Era casi de esperar. Lo siento, queridos Distópicos, pero toca un post de esos donde vengo a daros la chapa con reflexiones pseudofilosóficas, sacadas totalmente del sobaco. Sí, una de esas mierdas que escribo de vez en cuando para que parezca que hasta le doy al coco y todo en lugar de pasarme el día pensando en pechotes turgentes y en tebeos de fulanos en mallas. Supongo que en este artículo toca ir cerrando lo que podríamos llamar la "Trilogía de la Decepción" de este blog, que se inició hace ya su tiempo hablando sobre como solemos sentirnos cuando decepcionamos a los demás, que se pudo ver en dos artículos: aquí y, como apéndice, aquí. El segundo apartado de esta serie tuvo lugar cuando hablé de cuando los demás nos decepcionan, que pudo verse tanto aquí como aquí. Como en este blog nos gusta darle al tarro, avanzamos en este tema y pasamos al siguiente punto:
Cuando uno se decepciona a sí mismo.
Para empezar, me gustaría hablar un poco de ese concepto y aclarar que no creo que decepcionarse a uno mismo implique tener grandes expectativas o un alto concepto de la propia persona. Mucho me temo que eso no es para nada necesario. A veces solo falta con creer que podemos ser capaces de sobrellevar algo que no nos parece sobrehumano y descubrir que no podemos. Pensar a lo mejor que, de aquí a unos años, podemos llevar una vida quizás no perfecta, pero sí algo mejor que la que llevamos actualmente y darnos cuenta de que seguimos en un punto muy similar al que estábamos hace dos, cinco o puede que diez años. Es entonces cuando viene el concepto de la frustración, o cuando nos toca asumir, con sus grandes dosis de decepción; que igual, aunque no fuéramos por la vida creyéndonos los reyes del mambo nos hemos sobrevalorado sin darnos cuenta. Que nos hemos engañado a nosotros mismos en una cosa que es tan tonta que nos pone de mala leche darnos cuenta de que está por encima de nuestras capacidades.
Esas ganas de cagarte en todo simplemente porque no se te ocurre nada mejor que hacer.
Quizás por eso pasa que, cuando sucede algo que pone de manifiesto que no somos para tanto, o cuando alguien (de forma voluntaria o no) nos recuerda en el punto de la vida en que nos encontramos (por ejemplo, el famoso punto muerto o —los dioses no lo quieran— el punto sin retorno), nos ponemos de mala leche, o nos venimos abajo. Puede que incluso las dos cosas. Y ojo, lo mismo es que han querido tocarnos las pelotas, lo que implicaría que tiene sentido que nos cabreemos... pero en el fondo, gran parte de ese cabreo va destinado a nosotros mismos. A esa sensación de "Quiero y no puedo", de demostrar a quien nos habla, a la adversidad y, muy especialmente, a nosotros mismos que sí, que podemos. Que no somos esa clase de fracasados que las evidencias parecen demostrar que somos.
Supongo que hay gente que tolera el fracaso. No es malo, oye: no en el sentido de que tenemos que asumir que no somos perfectos; que, como humanos, somos seres falibles que cometemos errores. Que nos equivocamos o la cagamos de pleno. Es bueno y natural acostumbrarse a perder, porque es más fácil dar por sentado que puedes meter la pata en algún momento que ir por la vida creyendo que eres invencible. Que jamás puedes perder. Que eres un ser puto superior.
Y hasta aquí, la parte fácil de entender y de soportar.
Cuando vives día tras día, dándote cuenta de que no solo no has logrado cambiar tu vida para mejor, sino que además no tienes ni puta idea de cómo hacerlo, es cuando te encuentras en esa especie de callejón sin salida mental. Cuando te toca asumir que igual no te lo has montado nada bien; que estás estancado y que, si la gente te lo hace ver (o directamente te lo restriega por las narices, porque de todo tiene que haber), no es (solo) por sadismo: es que es una puta evidencia como un piano y tú eres el único que parece no verlo.
"¡Que la estás caaagaaaandoooo!"
El chiste es que tú si lo ves. Vaya si lo ves. La cuestión reside en un hecho interesante que la mayoría no parece notar, y es que eso lo ves perfectamente; lo que no ves es la salida, o no ninguna salida que consideres que vaya a mejorar lo que tienes. En todo caso, supondría un cúmulo de complicaciones que igual te salvan el culo por un lado pero que, a la larga (y digamos que lo sabes), reducen tus posibilidades de felicidad a cero. Dicho de otro modo, no es que tengas una existencia feliz y plena en estos momentos, pero todo te hace pensar que, si te pones a seguir los consejos de unos y otros, tu vida acabará siendo... bueno, la vida que otros quieren para ti y no la tuya. Y eso no es plan. Ni felicidad, ni hostias en vinagre. Y eso es frustrante.
Es muy frustrante que, por hache o por be, todo el puñetero planeta sepa qué es lo que te conviene; qué es lo mejor para tu vida. Qué es lo que necesitas, o cuál es la solución hasta para el más minúsculo de tus putos problemas. Coño, qué tonto del culo es uno que nunca se había dado cuenta, por muchas vueltas que le haya dado al tarro. Cosas que pasan, oye.
Pero seamos honestos, lo que nos jode no es que la gente venga a iluminarnos con su sapiencia o con sus fabulosas soluciones. Con el corazón en la mano, lo que nos jode es haber tenido que llegar al punto en que otros piensen que estamos en una situación en la que necesitamos que nos iluminen. Nos jode que puedan tener razón.
Aceptémoslo: nos van a dar de hostias, sí o sí.
Cuando éramos pequeños, contábamos con que las cosas nos salieran medio bien al crecer: estudiábamos (los que lo hacíamos) pensando que lo que hacíamos, aparte de gustarnos, sería el modo de ganarnos la vida, lo bastante como para poder tener un mínimo de estabilidad. Pensábamos que habría alguien en nuestro destino con quien compartir nuestra existencia y, si se terciaba y nos salía de los cojones (que tampoco tenía por qué ser), formar una familia y toda la mierda que se supone que tenemos que hacer con nuestra vida. Todas esas patrañas que nos llevan vendiendo por todas partes: en la publicidad, en las pelis, en los libros y donde queráis verlo. Es un poco esa idea de destino que nos quieren inculcar, donde parece ser que nos aguarda una vida medio en condis solo con desearlo, o (peor aún) solo porque cuando nos concibieron los Dioses estaban de buen rollo ese día.
O bien puede pasar el caso contrario, que cualquier puta cosa que hagamos parece abocada a irse a tomar por culo: no importa lo que estudiemos, a lo que nos dediquemos, o la gente a la que conozcamos. Al final, nada nos garantiza que la cosa llegue a buen puerto; más bien es al revés, donde ves que cualquier empresa que realices acabe degenerando hasta el puto desastre, que lo que estudiemos te convierta simplemente en uno más (tómese esto del modo más literal posible) o que los acercamientos con otros bichos vivientes se queden en algo nada más que regular, por ser optimistas y usando un eufemismo del tamaño del puto Texas.
En resumidas cuentas, que no tengas ni puta idea de qué hacer con tu vida, porque para cuando te has querido dar cuenta, las cosas se te han escapado de las manos y ahora no te encuentras el culo ni con un mapa.
Allá vamos de nuevo.
Quizás el meollo de la movida resulta ser que, por mucho que queramos creer en ello, no hay un destino. Quizás lo que pasa es que resultamos ser gente del montón, sin excusas metafísicas por medio. Es muy posible que no haya un Gran Plan Cósmico e Inefable aguardándonos en algún recodo del camino. Tal vez no haya Prueba de Fe alguna, que premie nuestra tesón o nuestra paciencia. El tiempo no pone a nadie en su sitio, por mucho que nos guste creer en esa idea, y conforme pasan los años te das cuenta de que la gente que te ha jodido, sin más razón aparente que simplemente la de tener la posibilidad de hacerlo, no ha recibido su merecido ni parece que sea posible que lo reciba ya. Ninguna de las afrentas ha sido vengada por un Universo justo, ni se han saldado las deudas que debían pagarse. Esa gente, lejos de llevarse su merecido, acaban llevando una vida mejor incluso que la tuya. Coño, hasta dirías que la vida les trata bastante bien.
Tal vez nos estamos llevando hostias de la vida, simplemente porque hemos jugado mal nuestras cartas, porque la hemos cagado en nuestras previsiones, porque hemos tomado una ristra de decisiones equivocadas o bien porque no hay ningún motivo en concreto.
Tal vez nos estamos llevando hostias de la vida, simplemente porque hemos jugado mal nuestras cartas, porque la hemos cagado en nuestras previsiones, porque hemos tomado una ristra de decisiones equivocadas o bien porque no hay ningún motivo en concreto.
Simplemente, puede que lo único que pase es que no seamos gente en absoluto especial. Que seamos una hormiga más de este hormiguero, o una pieza del engranaje que es el entramado social. Otro ladrillo más en el Muro. No somos hijos perdidos de ningún monarca europeo, ni nos va a llegar una carta de Hogwarts. No vamos a desarrollar superpoderes ni los alienígenas van a contactar con nosotros para darnos un Anillo de Poder con el que salvemos a la Humanidad. Quizás ha llegado la hora de reconocer, de una vez por todas, que los que la cagamos en esta vida somos nosotros. Que nadie va a salvarnos el culo ni demostrarnos que somos diferentes al resto de la humanidad. Que no hay un hechicero que, desde la distancia, nos envía sus peores deseos para que todo salga mal. No hay Mano Negra, ni complot contra nosotros. Puede que incluso no existan Fuerzas Invisibles que se alineen en nuestra contra y nos pongan las cosas difíciles. Asumir la existencia de todo eso es más romántico, y más fácil; porque asumir que los fracasos que cometemos son nuestros por nuestro error de juicio es algo duro.
Va a ser que no hay un Villano Oculto que nos lanza hechizos chungos para que fracasemos.
Esa puede ser una de las partes que más joden. No el cagarla o sufrir fracasos en sí, sino el hecho de darnos cuenta de que, por mucho que queramos ignorarlo, somos tan responsables de nuestros fracasos como vulnerables a ellos. Que se nos puede hacer daño. Que, como seres (presuntamente) humanos, podemos llegar a sufrir cada vez que nos llevamos una hostia. Llega un punto en que tenemos que asumir que somos falibles, que somos mortales; no somos dioses, ni gigantes. Ni siquiera héroes. Nuestra tarea, pues, es acabar por asumir que no solo cometemos errores, sino que estamos abocados a repetirlos de vez en cuando, queramos o no. Nos demos cuenta o no. Y que sonreír y poner buena cara a la Adversidad, cada vez que nos endiña un revés con la mano abierta, no nos hace ni más felices, ni menos falibles. Qué cojones, ni siquiera acaba con la frustración. Porque a mí decidme lo que os salga del culo, pero negar la frustración con una sonrisa por cojones o con una frase vacía de contenido no la hace desaparecer, ni la transforma en felicidad ni cualquier payasada de filosofía new age de chichinabo que me quieran meter por el pescuezo.
No creo que esto valga para nada.
Aunque, como siempre, vosotros podéis creer lo que os salga del ojo del culo.
No somos nadie, en realidad. Nadie relevante, al menos.
No vamos a salvar el mundo.
Probablemente no hagamos nada en esta vida por lo que se nos recuerde, y de aquí a un par de generaciones, como mucho, nadie sepa ni quienes fuimos. No vamos a convertirnos en mesías, y lo más seguro es que no seamos capaces de solucionar absolutamente nada en este mundo, más allá de lo estrictamente cercano. No vamos a dejar ninguna huella. No nos vamos a convertir en estrellas del rock, y nuestras palabras, lo más probable, no van a suponer una inspiración para nadie. Nuestra palabra no va a ser decisiva para cambiar el rumbo de la historia, y no vamos a dejar legado de grandeza alguno.
Quizás ha llegado el momento de asumir que somos gente corriente, y que jamás vamos a dejar de serlo. Tal vez eso evite que, cada vez que nos demos una hostia, pensemos que el Universo algún día nos va a compensar por todo lo que hemos tenido que tragar; viendo cómo funcionan las cosas, lo mismo estamos tragando para acostumbrarnos a tragar más, y ya está. Molaría creer lo contrario y pensar que de verdad cabe la posibilidad de que algún día tengamos una Revelación que cambiará el mundo tal y como lo conocemos, o que nos caerá un rayo encima que nos convertirá en seres especiales. Eso, de verdad que lo digo, estaría genial, pero la experiencia nos está demostrando, día a día, que no. Que si existe un Universo oculto y desconocido justo detrás del nuestro, lleno de misterios y esas cosas, le debemos importar una putísima mierda. Que si existe magia de algún tipo, somos gente tan vulgar y mundana que ésta no se nos acerca ni para tocarnos con un palo.
Quizás nos queda soñar, y pensar que algún día podríamos ser lo que sabemos que jamás seremos. Eso, al menos (y de momento) es gratis. Otra cosa es que realmente nos sirva para algo.






No hay comentarios:
Publicar un comentario