martes, 9 de diciembre de 2014

Angst- Naciste para estar solo (aunque no te lo creas)



Hay etapas en tu vida en las que las cosas se enfrían. Incluso se congelan. No me refiero al invierno; mucho menos en una época y en una zona geográfica en que la temperatura más baja que sufrimos está alrededor de siete grados. Además, si sois asiduos a este blog, ya os daréis cuenta de que no soy precisamente amigo de hablar del tiempo.
No, cuando me refiero a que las cosas se enfrían, me refiero a nuestro universo personal. Si seguimos mi habitual metáfora de comparar la vida con una serie (de televisión o cómic, da igual... aunque ya sabéis que yo siempre me decanto más por lo segundo), podría ser ese momento en que los secundarios que nos rodean, ese supporting cast, se toma un pequeño respiro, como si de un spin-off se tratase.

Es en ese momento en el que te das cuenta de que el mundo no gira a tu alrededor y que todos, todos y cada uno de los monos bípedos que campan por este planeta, tienen una vida. Pero esa es la parte fácil de asumir; incluso obvia, si no eres especialmente egoísta y tienes los pies bien enraizados en tierra.
La parte más difícil, quizás, es llegar a la conclusión que se deriva de esta primera afirmación, y es el hecho de que el ser humano (quizás casi como la mayoría de seres vivos) es una criatura solitaria.




"¡Y la vida es una jungla!"


Ante esto podemos decir que bueno, está la familia, la pareja, los amigos y todo un sinfín de explicaciones que podrían servir para intentar quitar hierro a este principio, pero en el fondo sabemos (o al menos yo creo saber) que no es verdad.
Nacemos solos. Aunque provenimos de un vientre materno y ese, por lo general está vivo el momento en que venimos a este mundo, lo cierto es que nadie más nace con nosotros. Aun siendo gemelos, cada uno nace por separado por razones anatómicas. Puede parecer una obviedad, pero desde el mismo nacimiento ya demostramos que somos individuos. Que, en el primero de los procesos elementales que nos catalogan como seres vivos, ya no formamos parte de comunidad alguna. Es un proceso que nos atañe a nosotros, y básicamente a nosotros. Nuestra madre está ahí fuera, sí, y sufre el proceso a su manera, pero no exactamente del mismo modo que nosotros. Ella nos da a luz, pero no nace con nosotros.

A lo largo de la vida ese proceso nos marca. Nos damos cuenta de que tenemos a la familia o a los amigos a nuestro alrededor pero, si lo pensamos, no son más que el resultado de una lotería cósmica: nuestra familia es lo que es, no porque lo hayamos elegido (o al menos no que yo sepa; ahora mismo no me apetece entrar en teorías místicas que sostienen que elegimos nuestra vida antes de nacer. No porque no las respete, sino porque sería salirme demasiado del tema), sino porque es lo que nos ha tocado vivir. Si vivimos en el seno de una familia que nos quiere o no, eso no es decisión nuestra. Podemos hacer lo posible por reforzar esos lazos o abandonarlo todo y destruirlos... Pero si nos damos cuenta, no hemos tenido ni voz ni voto al respecto del hogar en que hemos nacido y ha sido más una cuestión de buena o mala suerte que otra cosa.


"Ha tenido suerte, señor. Ha nacido en una familia que le apoyará y le querrá en todo momento".


Con los amigos, la cosa es tres cuartos de lo mismo. Tal y como decía un anuncio de coches, los amigos te los vas encontrando por la vida, y la mayoría de una forma casi tan aleatoria como ha sucedido con tu familia: empiezas por gente con la que estudias (cuando eres pequeño vas al colegio que te dicen porque, total, tampoco tienes mucha capacidad para decidir en ese estado de tu vida); dependiendo de la clase en la que caigas, dónde te sientes en el aula y con quién decidas hablarte en un determinado momento y en qué términos lo hagas, esa persona se convertirá en amigo, en una cara más que acabarás olvidando en unos años, en un conocido o en el hijo de la gran puta que te pega empujones en el patio.
Pasan los años y la cosa es similar; en absoluto es un fenómeno pasajero de la infancia. La etapa de la adolescencia, a ese respecto, se parece mucho a una secuela de tu vida social previa. Los amigos que haces son gente que, básicamente, se encuentran en tu entorno cercano. Algo que es obvio, sí; tan obvio quizás como pensar que no tenemos en realidad tanta libertad para elegir (o para ser elegido por) quienes nos rodean.


"¡Pikachu, te elijo a ti!"


Llegas a la universidad y, oh sorpresa, ves que la cosa continúa siendo una secuela de lo que ya viviste en el instituto (lo que en terminología serial se suele llamar "continuidad") y ahí, a menos que pase algo, te das cuenta de que tu Universo personal ya mantiene unas ciertas pautas: te das cuenta de que, a menos que seas una persona peculiar, tiendes a atraer a un tipo de gente muy concreto, mientras que con otras no conectas o directamente les provocas rechazo (no necesariamente odio, sino que tal vez representas todo lo contrario que les atrae). Es ahí cuando sientes esa extraña sensación de control (la cual no deja de ser eso, nada más que una sensación), de que en tu entorno decides quién entra y quién sale, cuando es una verdad a medias. Decides quién sale, por supuesto... En el momento en que tienes diferencias con alguien, si no eres de esa clase de personas que ponen buena cara a cualquier putada que le hagan, o que no tienes reparo alguno en hacerte fotos con el cabronazo que se ha estado tirando a cuatro patas a la tía que te gusta y te lo ha restregado por la cara, lo normal es que cojas y los mandes a cagar.
Pero eso de decidir quién entra no es tan fácil. Para empezar, hasta que medio conoces a la gente nunca sabes si merecen o no la pena como para tenerlos cerca. En muchas ocasiones crees que merecen la pena y no es así; en otras es justo al contrario. Y todavía estamos obviando a todos aquellos, esa masa ingente de humanos con los que igual podríamos conectar, incluso podrían ser almas gemelas y cuya existencia ignoramos por completo, sencillamente porque no nos movemos en los mismos entornos, no estudiamos en los mismos sitios, no tenemos amigos comunes o simplemente vivimos en ciudades distintas.

Si eres una persona más romántica, puede que pienses que con la pareja es diferente. Podemos creer en el destino, en esa vieja leyenda clásica que dice que en alguna parte de este mundo se encuentra la otra mitad de nuestra alma y que, no importa lo lejos que esté, estamos destinados a encontrarla. Esa leyenda, que perdura desde la antigüedad hasta nuestros días, ha servido como armazón argumental para millares de novelas románticas, pelis del mismo corte y hasta telefilmes de mierda de Antena 3. Escenas preciosas de gente que, tras pegarse hora y media de peli o trescientas páginas de novela, se reencuentran en un sitio que tiene un sentido especial para ambos. Ahí suena la música, aparece el cartelito de "Fin" o cierras las páginas del libro.
La vida en hora y media o en unas pocas páginas de papel impreso.
Ficción.
Mentira.


Seamos sinceros. Nuestra vida jamás será esto.
Que oye, veo  la portada... Y ni ganas.


Ya nos gustaría, pero la vida real no es así. Nuestra vida no acaba encontrando el amor verdadero; no suenan violines ni hay un Autor Omnisciente que nos pone al amor de nuestra vida delante de nuestras narices para que nos cojamos de la mano y nos digamos chorradas el uno al otro. Que estaría bien, no digo yo que no, pero siendo mínimamente realista (que no necesariamente pesimista) sabemos que no es así. El amor es bonito, pero no es la perfección absoluta. No es la respuesta a todos nuestros problemas. No es necesariamente conectar con el alma de nadie hasta un nivel que roza lo místico. No es "Contigo pan y cebolla", ni el "Amor vincit omnia" que leímos como lema en Los Cuentos de Canterbury. Estaría bien, insisto, pero no es así. No creo que sea así.

Obviamente, no me voy a poner a disertar sobre el amor, porque es un tema en el que ni me considero experto ni que me entusiasme precisamente. No tengo mucha intención de explicar lo que es, porque para mí que cada uno lo ve como ve otros conceptos medianamente metafísicos o filosóficos: es decir, cada uno lo ve como le da la real gana y cada uno lo define usando sus términos. Están los que creen en él a pie juntillas, los que tienen sus serias dudas (yo mismo podría incluirme en esa categoría, aunque con bastantes matices) y luego aquellos que piensan (y cito a Gaiman aquí) que no es más que una excusa que aquellos que están lo bastante solos y asustados usan para arrimarse unos a otros.
Lo que sí voy a decir es que tampoco creo que el destino sea quien nos pone a nuestra pareja delante. No en el sentido que plantea la leyenda; no creo que haya un Demiurgo o un Cupido que coja a dos personas, diga "Hey, estos dos están hechos el uno para el otro", los ponga a hacer el majara durante una temporada hasta que vean la luz y sean felices para siempre. No creo en el "Felices para siempre". Siempre me ha parecido una forma simplista de terminar las historias, que igual nos convence cuando somos críos, pero no en el momento en que echamos entendederas y nos damos cuenta de que (a menos que nos demuestren lo contrario cualquier día de estos) vivimos en un mundo real y no en uno de ficción.


A mí al menos no me ha llegado este todavía para decirme que vivo en Matrix...


Quizás el concepto de felicidad en sí es lo que me chirría de todo esto. Siempre he entendido la felicidad como una especie de estado de ataraxia, la culminación del bienestar absoluto. Algo por encima de lo material, lo mundano. Incluso por encima de lo sexual. La felicidad, desde que alguien me hablase por primera vez de ese concepto, me ha parecido algún tipo de estado de euforia espiritual, de plenitud máxima.
Somos humanos.
Somos criaturas presuntamente inteligentes, pero imperfectas. Yo diría que incluso inacabadas en según qué contextos. No creo que seamos capaces en la puta vida de aspirar a ese concepto tan elevado de felicidad, ya que no somos criaturas ni mucho menos tan elevadas como para percibirlo. Podemos, y eso es algo que respeto y entiendo, buscar esa felicidad. Algo así como el que busca el Santo Grial, y emprender nuestra vida en pos de esa búsqueda. Podemos buscar y buscar y morir diciendo que por lo menos lo intentamos en lugar de quedarnos en un rincón hechos un ovillo. Gracias a esa búsqueda podemos aspirar a tener vidas algo mejores que las que tenemos, incluso encontrar gente afín y relacionarnos con ella. Incluso llegar a intimar, casarnos y (si estamos lo bastante locos, viendo el mundo en que vivimos) perpetuar nuestro linaje y formar una familia.


"La familia es la familia. Así que dejaos de mierdas: follad y parid, y perpetuad vuestro legado por este mundo de asco".


Algunos podéis considerar que eso es felicidad, y si para vosotros lo es, yo no tengo nada que discutir... pero si me preguntáis mi opinión, bueno, yo no llamaría felicidad a eso por convicciones personales. Al fin y al cabo, en muchos, muchísimos casos, eso que os he planteado en el párrafo anterior no son más que convenciones. Ser feliz, casarte, formar una familia, en realidad es lo que nuestra sociedad espera que hagamos, quizás como mensaje subliminal y soterrado (probablemente inintencionado, herededado de nuestra época de las cavernas, donde la supervivencia dependía en buena medida de nuestra fertilidad) de que, pase lo que pase, debemos perpetuar la especie. Lo que se espera que hagamos para poder creer que nuestra vida es plena. Que ese (y no otro) es el camino para hallar la felicidad. Lo hemos visto, como digo, en pelis y libros, donde los protagonistas son felices en tanto se enamoran. Donde el clímax es una boda rodeada de los seres queridos, donde acaban teniendo hermosos hijos. Fotos de familia sonrientes como definición de felicidad.


O como intento de ella, al menos.


Este concepto, como he mencionado, me parece respetable y quien quiera creerlo... pues oye, me parece bien. Sin embargo, yo sigo planteándome que todo esto es la convención, y que no hace sino obviar lo que me planteo a lo largo de todo este artículo.
Vivimos estando solos. Otra cosa es que nos busquemos a gente que nos rodee.
La soledad es el precio a pagar por nuestra individualidad: tenemos una mente y, aunque tengamos puntos en común con espíritus afines, sigue siendo nuestra. Nuestros pensamientos están supeditados al interior de nuestro cerebro y de ahí no salen. Podemos pensar que la gente con la que conectamos piensa lo mismo que nosotros, pero en realidad piensa algo similar, no lo mismo. Sus neuronas no son las nuestras, sus procesos no son exactamente los nuestros. Puede estar de acuerdo con nosotros y sentir cosas similares, pero con matices. Con grados. No son nosotros.
Con nuestras percepciones pasa igual: yo puedo ver el color azul, pero eso no quiere decir que la persona con la que me siento más identificado en este mundo lo vea exactamente con el mismo matiz. Partiendo de este hecho, pasad a sentimientos y emociones, y os daréis cuenta de que no hay dos personas iguales. Y esa sensación de pluralidad e individualidad, de modo sutil, implica soledad.


"Lo veo todooo... en blanco y negooorooo... Eeeel vasooo... Acaba siendooo... amigooo mudoooo..."


Nacimos solos. Pensamos solos. Percibimos solos y sentimos solos.
En realidad, podemos ignorarlo, pero si la vida es un camino, lo recorremos solos. Nuestras experiencias son nuestras. Podemos vivirlas junto a otros, pero las asimilamos de un modo que solo nosotros, todos y cada uno, podemos asimilar. Nadie, absolutamente nadie, puede experimentar por nosotros, ni aprender por nosotros. Nadie puede (ni debe) pensar por nosotros, ni amar por nosotros. Nos guste o no, tenemos la bendición y la maldición de la soledad. Desde el mismo momento en que, desde la soledad, somos arrancados desde el útero materno, estamos obligados a recorrer un camino que nos llevará hasta el final. Y sí, ese final lo encontraremos solos. Rodeados de nuestros seres queridos, a lo mejor; o puede que nuestras decisiones (y las de otros) provoquen que lo hagamos tirados en un callejón sin nadie a nuestro alrededor. A grandes rasgos, no hay diferencia: al final, todos cruzamos esa línea en soledad, en un momento tan íntimo y solitario como lo fue nuestro nacimiento.

O bien puede que me equivoque y, efectivamente, seamos personajes ficticios. Que en el momento menos pensado, nos demos cuenta de que ese universo que creíamos real resulta no serlo. Que giremos la cabeza y descubramos, como decía el Bardo, que el mundo no es más que un escenario y nosotros meros actores.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Escupiendo Rabia- Vejestorios de treinta años



Una amiga mía ha estado trabajando hasta hace poco como camarera en un bar que frecuento. Un día me contó una anécdota de las de flipar en colores: estaba ella sirviendo una mesa tan tranquila cuando oyó una conversación en la que una criatura de apenas veinte años hablaba con unos amigos.

—¿Y sigues viviendo con la vieja? —le preguntó uno de sus amigos.
—Sí, hasta que encuentre un sitio mejor —respondió ella.
—¿Pero cómo de vieja es?
—Que tenga veinticinco o veintiséis años.

Mi amiga, de precisamente esa edad, se quedó aluciflipando mandarinas, pomelos y probablemente toda la frutería de mi barrio entera. No le faltaba razón, todo hay que decirlo.
Igual esto es un caso extremo, no digo que no. Que hay gente que no sabe dónde tiene la cara es un hecho, lo que explica que nos encontremos casos de genialidades absolutas como este.

Sin embargo, esta meada fuera de los pies del tiesto refleja de forma tangencial una realidad social bastante curiosa, que algunos nos hemos ido encontrando, poco a poco y de forma sutil, en este mundo de asco que nos rodea:
Si pasas de los veinticinco ya se considera que entras en la madurez. Si pasas de los treinta, por lo visto eres un abuelo. A los treinta y cinco eres una puta momia. Un carcamal. Vamos, que estás a dos pasos de la tumba.
Aquí es donde podéis decir que exagero, queridos Distópicos, pero pensad en el caso si estáis en paro y estáis en esa franja de edad. Más concretamente si os habéis pasado tiempo formándoos (algo que te vienen exigiendo desde que acabas la secundaria) y estáis haciendo lo posible por incorporaros en el mercado laboral. Fijaos en el perfil que ofrecéis (entre veinticinco y treinta, sin experiencia previa, aunque con estudios).
Sois puta carne de cañón.
Solo mirad las ofertas de trabajo, donde el tema de que forméis parte de una franja de edad empieza a tornarse requisito indispensable, si no de forma explícita, sí de forma implícita: el perfil del contratado parece ser hoy en día un chavalín de apenas veinte años, con experiencia laboral a punta pala, formación, que tenga nivel bilingüe en al menos tres idiomas y probablemente que sea capaz de hacer y deshacer un nudo con la lengua (por eso de la habilidad practicando felaciones que dejen al personal con los ojos en blanco y los dedos de los pies hechos un ovillo).
La clásica mierda que no hay Dios que se trague (el perfil, no lo de la felación), y que por cojones tenemos que asumir, casi dando por hecho que una persona de treinta y cinco años es una especie de criatura decrépita al borde de la muerte que no va a tener tiempo de trabajar en condis para la empresa porque va a contraer cáncer de próstata, la van a operar de la fístula o se va a morir de viejo de un momento a otro. Como si los pobres humanos que YA están currando no tuviesen que comerse eso de una jubilación a los sesenta y siete (si es que no la suben más, claro). Eso, sumado al hecho de que la población envejece cada vez más y que el número de humanoides por debajo de los cuarenta o cincuenta cae en picado (y contando), hace que esta concepción no deje de ser un chiste, por no llamarlo absoluta gilipollez. Podrían estar dándose de hostias por gente que no llegue a ese límite marcado por el envejecimiento de la población, pero se hacen gallardas mentales con eso de la juventud pipiolesca, que queda como más bonito.


Juventud pipiolesca, descripción gráfica.
No os olvidéis de sonreír y vestir ropa para daltónicos, chicos.
Hay que ser un remedo de lo que sale en el puto Canal Disney, por lo visto.


La hipocresía más grande de todo esto viene cuando nos encontramos casos como el de El Pequeño Nicolás. No por el caso en sí, que ya tiene tela, sino por la reacción de la opinión pública, tratando a un tío de veinte años como si fuera un niño de unos once o doce, con comentarios del tipo "Ooooh, pero si es un niño". Por supuesto, podemos decir que el hecho de que un personaje así haya hecho (presuntamente) lo que ha hecho a esa edad es algo sorprendente; tanto como dar por hecho que una persona de veinte años es tontita, que no sabe hablar, relacionarse o moverse entre según qué gente.
A aquellos que pensáis así, os invito que nos traslademos mentalmente a la época de nuestros padres. Pongamos, si queréis, unos veinte, puede que treinta años atrás. Pensad qué es lo que había: en las circunstancias de lo que era la sociedad de nuestro país, teníamos tíos de veinticinco años llevando alegremente sus casas, siendo gerentes de oficinas, haciéndose cargo de su familia o directamente sacándola adelante. Han cambiado las circunstancias, pero no la genética. No da tiempo en apenas una generación para eso... Sin embargo, fijaos en cómo sí que hemos cambiado nuestra percepción: hoy en día, lo que era un señor hecho y derecho que tenía su casa sería tratado poco más que como un niñato en nuestros días. Partiendo de ese hecho, lo que hoy en día debería ser un adulto más o menos joven (el de unos treinta y tantos, ya que la esperanza de vida ha aumentado), se considera todavía más carcamal que hace treinta años.


Eusebio López, de treinta y dos años.


Esto me hace pensar que nuestra sociedad (la moderna, la de estos últimos años) cualquier día revienta de subnormal que es. Es esa misma sociedad que vende cremas antiedad anunciadas por modelos de apenas treinta años, o la que considera que cualquier cosa viva por debajo de los veinticinco es puto incapaz de valerse por sí misma. Incapaz de valerse por sí misma, pero a la que se le exigen una formación y unas características que no se exigían en otras etapas donde la inserción al mercado laboral se hacía de una forma diferente y bajo otras circunstancias. Hoy en día, el adulto joven (pongamos, entre veinte y cuarenta años) tiene que competir el doble o el triple que sus padres. Tener más formación: títulos universitarios (a ser posible, con un expedientazo), másters y cursos de todo tipo (siempre y cuando estos no caduquen, claro). Ser más competitivo. Poseer una experiencia laboral que, a este paso, va a tener que remontarse a la guardería (el mínimo está ya en dos años). Haber viajado al extranjero (como si eso automáticamente te volviera más capacitado para según qué tareas, como por arte de magia). Y todo ello entre la época universitaria (entre los dieciocho y los veintidós, año arriba año abajo) y la infranqueable barrera de los veinticinco-treinta años, a partir de la cual la inserción laboral y la búsqueda de un primer empleo se ponen al nivel de la búsqueda del puto Santo Grial. Eso o no comerte un puto mojón y pasarte unos pocos de años tomando la alternativa de las oposiciones, que a menudo se nos plantea como la salida a aquellos que no vamos a ser contratados en ningún otro sitio "Porque se nos ha pasado el arroz".
Tócate los cojones, que con treinta y tantos ya se nos ha pasado el arroz. A más de treinta años de la edad de jubilación, y ya se considera a la gente de esta franja de edad como laboralmente inviables.
Inviables o invisibles.


Otro señor en la franja negra.


No deja de ser gracioso cuando, en respuesta al consecuente nivelazo de paro en la franja de edad que he mencionado, el gobierno quiera incentivar la colocación de los jóvenes españoles... Por debajo, si mis datos no me fallan (por favor, corregidme si me equivoco), de los treinta años. Queda molón decir que sí, que un tío que sale de la carrera con veintidós o veinticuatro tacos lo tiene más fácil para colocarse ahora que nos gobierna quien nos gobierna. Que yo sigo sin saber cómo coño se hace eso en un margen de tiempo tan apurado, pidiendo másters (de dos años al menos), experiencia laboral (de uno o dos años al menos) y cursos (pongamos a curso o dos cursos por año), sin contar niveles tan cafres como C1 o C2 en idiomas (lo que son los más avanzados o directamente bilingües), que echas también lo tuyo en prepararte. Llamadme pesimista, pero a mí las cuentas no me salen. Que habrá algún crack que lo logre, pero yo diría que ese requisito está más pensado en la excepción que en la regla. Mal asunto en un sistema que se supone que quiere combatir el paro y en una sociedad donde la idea es (o debería ser) que cada uno viva de la forma más decente que le permitan sus condiciones. El que sea mejor, pues vale, en mejores condiciones, pero sin por ello excluir al que no lo es tanto y mandarlo a cagar a la vía. No confundamos competitividad con "todo o nada", ni usar la competitividad como excusa para provocar exclusión social.


"Vente para acá, figura, que te vamos a decir dónde echar tu solicitud de empleo"


Sin embargo, no tengo intención alguna de echarle toda la culpa al gobierno. Es decir, ideítas como esa me parecen del tebeo, y dejar tirado a un sector de la sociedad básicamente porque te sale de los cojones y porque lo que te importa es lo que queda de cara a la galería ya de por sí es una subnormalidad bastante grande. Pero si lo pensamos, es posible que refleje una concepción social. Algo que tenemos en nuestra cabeza medio insertado: en un mundo donde la imagen es cada vez más importante (hasta rozar lo enfermizo), tenemos la impresión de que cualquier cosa que no sea un veinteañero de buena percha está a punto de ser sondado por la punta del nabo para que le miren a ver si todo funciona bien por ahí abajo. Que una señorita de treinta y seis años es ya menopáusica (y si no puede tener hijos, para más de uno y más de dos, ya pierde su condición de mujer, porque por lo visto la misión de una mujer en esta vida es única y exclusivamente parir. Y la que no tenga intención de tener hijos por el motivo que sea, es una egoísta. Y la que no pueda, pues Yerma perdida). Por esa regla de tres, tenemos que aquí (fíjate tú) la experiencia laboral pasa a un segundo plano en función de la edad si tenemos a un señor que se ha quedado en paro a los cuarenta y tres y se tiene que poner a buscar trabajo. Ese señor, vosotros lo sabéis tan bien como yo, queridos Distópicos, lo tiene puto jodido: no importa que sea el mejor en su oficio, que sea un puto profesional. Que esté acostumbrado a trabajar como un león desde los dieciséis, levantándose a las seis de la mañana y que no pare hasta las ocho de la tarde. Todo eso importa una mierda en el momento en que el que le hace la entrevista de trabajo mira su fecha de nacimiento.


"Me he quedado sin papel. Anda, tráeme los curriculums de los tíos por encima de treinta"


Es por eso quizás por lo que cada día me doy más cuenta del terrible absurdo que es todo esto que nos está rodeando. En el momento en que una persona es rechazada por factores ajenos a su capacidad laboral (o incluso su experiencia, como en este último ejemplo), nos damos cuenta de que el factor de la meritocracia está ahí, pero a veces viene influido (o paliado) por concepciones sociales. Damos por hecho idioteces tan gordas como que una persona de, pongamos, treinta y siete o cuarenta, no es capaz de rendir como una de veinte... sin importar el trabajo en sí. Para trabajos que no suponen un desgaste físico tan grande (digamos, recepcionista en una oficina) eso no nos importa tanto como la presencia. Presencia por delante de profesionalidad: en definitiva, que se prefiere a un extra de Sensación de Vivir que no sepa ni dónde tiene la cara a alguien que, realmente, sí sepa cómo capear un trabajo de atención al público. Son factores así los que hacen que creemos estigmas, y no solo el gobierno: el tío que se niega a contratarte en su tienda por eso ya parte de ese prejuicio y te marca con el estigma, sin que tenga que venirle ningún funcionario gubernamental a decirle que por debajo de treinta no se puede coger a nadie.

Las épocas anteriores fueron distintas, sin duda. En etapas de nuesta historia, en que una criatura de unos trece años ya tenía a su cargo una casa, una familia y dos bueyes o en etapas en las que un joven de diecinueve años era considerado un "joven caballero" y ya se encargaba de los negocios familiares, o donde un señor de cincuenta era "venerable" (mayormente porque era raro sobrepasar los sesenta o setenta) me pregunto qué sucedería si la cultura del pasado echase un vistazo a nuestra cultura y viese nuestra forma de discurrir. Cómo tratamos a los jóvenes y cómo despreciamos a los que, pese a que siguen siendo jóvenes desde nuestro concepto biológico, desde el concepto social ya empiezan a ser vistos como cadáveres con patas.

martes, 2 de diciembre de 2014

Mondo Chorra- La cultura de la humillación pública




Lo siento, amigos Distópicos, este post no va sobre rollos sadomaso, aunque eso de usar la palabra "humillación" pueda sonaros. A decir verdad, va sobre algo más insertado y arraigado en nuestra sociedad que las fustas, las cadenas y demás artículos que hacen que un peletero se frote las manos.
Estaba la otra noche hablando con un colega con el que suelo filosofar, debatir y arreglar el mundo, cuando salió un poco el tema de la actitud de los medios de comunicación a lo largo de los últimos años. Esa especie de manía en la que los debates sobre cualquier tema (no necesariamente política) se han convertido en lo que mi abuela solía definir con el término "Un lavadero de putas" (con respeto al colectivo prostitutil, no es más que la expresión que usaba mi abuela). En resumidas cuentas, donde más que ver cómo dos personas manifiestan posturas distintas y dejar que cada uno llegue a la conclusión que le salga del epicentro, el objetivo parece ser una especie de pelea de perros verbal, donde dos bestias pardas pugnan a voces peladas para echar por tierra los argumentos del otro, si es que hay argumentos de los que echar mano y no es un "Pero tú más". Sin importar el modo, los recursos o los modales que se usan. Todo eso pasa a plano secundario de forma automática.

Intentando llegar al origen de esta especie de política que podemos ver en concursos de cocina, programas del corazón y demás productos de la tele, estuvimos mi colega y yo dándole vueltas al tema. En un principio se me ocurrió que la movida de ser jodidamente borde con alguien por el careto pudo venir del personaje aquel que se inventó Risto Mejide para Operación Triunfo, donde veíamos como un personaje (insisto en este concepto porque tanto a mí como a los concursantes, como a una gran parte del público nos quedó más claro que el agua que aquello estaba totalmente pactado y era más falso que un billete de seis euros) se plantaba delante de alguien y, bajo el pretexto de hacer "una crítica sincera", se dedicaba a soltar sapos y culebras. Y ante esto, la gente lanzaba una ovación brutal.
Me equivoqué al plantearme a Risto (ahora reformado, reciclado y reinventado) como germen de todo esto, ya que, al seguir tirando hacia atrás, me pude dar cuenta de que eso de humillar públicamente al personal viene sucediendo desde mucho antes. Mejide, me temo, no inventó nada. En todo caso, al dejar clarito que aquello no era real (como no suele ser nada en la tele, si lo pensamos), al menos no manifestaba esa intención de engañarnos, que sí hemos visto después con mayor hincapié. Era una especie de parodia que, al menos a mí, me abrió un poco los ojos, diciéndome "¿Ves? Que lo veas en la tele no quiere decir que sea verdad".


House ya nos decía que todo el mundo miente.
Pues bien, en la tele la cosa no es diferente.
Aunque en el fondo, tal vez las cosas son ciertas siempre y cuando las asumamos como tales... ¿No?


Hubo más casos anteriores, como el espectáculo bochornoso que se podía ver en el Crónicas Marcianas de Javier Sardá, o yendo incluso más atrás, ver los espectáculos aún más bochornosos que se montaba uno de sus colaboradores, el señor Cárdenas, humillando a gente raruna que puebla por nuestra geografía. El señor Cárdenas, también reciclado en nuestros días y convertido en un respetable locutor de radio, fue de los primeros en hablarnos de los "frikis" (y enfrentado en su día a una condena por haber humillado públicamente a un discapacitado mental), aunque en un tono menos borde que lo que nos hemos venido encontrándonos después. Hoy en día esa especie de ironía para cachondearse de alguien se llega a ver incluso inocente comparada con lo que tenemos hoy en día. El espectáculo de gritos, berreos y ataques personales hacia la gente. Con el paso de estos últimos... no sé, quince, puede que veinte años, vemos cómo se ha instaurado ese gusto por el desprestigio y el ataque gratuito. Otros, de una forma igualmente incomprensible, ya ni buscan que otros los humillen y deciden perder por completo la vergüenza delante de un vídeo de Youtube, de la humillación a la autohumillación. Ahora todo el mundo puede ser Cárdenas. Incluso aquellos que pueden ser catalogados como "frikis", se dedican a atacar a otros "frikis", convirtiendo esto en una especie de Club de la Lucha público, con cientos de millones de personas jaleando en un muro de comentarios. De la autohumillación a la humillación mutua.


Tal vez uno de los grandes problemas de este mundo es que necesitamos atención, so pena de ser considerados "nadie" o "gente que no importa". Y, obsesionados con eso de tener aunque sea nuestros cinco minutitos de gloria, hacemos lo que sea.
Literalmente, lo que sea.


Quizás lo más siniestro no es el hecho de que esto suceda, sino que se respalde. Si recordamos que ya hablé en su momento acerca de cómo a menudo tendemos a rechazar por aburridas las actitudes que deberían ser socialmente normales en pos de las violentas (el caso de la pelea en unos billares, a la que el público acudía como moscas a la mierda para ver cómo dos canis se partían la cara), con la violencia verbal es tres cuartos de lo mismo. Hoy en día la violencia física, la agresividad verbal y (muy especialmente) el ataque injustificado contra alguien o ver cómo dos contendientes se desangran vivos a dentelladas metafóricas se han convertido en una especie de atractivo social. Hemos pasado de disfrutar cómo un oso atado a un poste se lía a zarpazos contra varios mastines a disfrutar viendo cómo un fulano en un concurso se caga en los muertos de la gente que compite en él... o la que compite contra él. Hemos pasado de un clima de competición (lo que no tiene por qué ser malo) a un clima de competición malsana, donde no importa lo que hagamos nosotros, sino lo que digamos del que tenemos al lado. Podemos decir que no es así, pero recordemos cómo, hace tan solo un par de días, nos cuentan que se han cargado a un hincha del fútbol. Hasta ahí, la noticia. En el momento en que se dedican especiales completos a mostrarnos imágenes de la reyerta entre ambos grupos de radicales, con todos los detalles imaginables (desde la escena donde lo tiran al río o ver a los sanitarios luchando por reanimarlo) la noticia pasa a convertirse en espectáculo. Espectáculo de sangre y violencia que rechazamos por violento, pero que al mismo tiempo nos atrae de un modo enfermizo. Subrayo enfermizo porque, a diferencia de lo que vemos en el cine o en la tele, donde todo es fingido y ficticio, aquí es real. Real, prácticamente en directo, en tu casa, gratis y desde todos los ángulos posibles.


"Tío, le han reventado la cabeza a patadas"
"Pues espérate, que ahora van a poner el vídeo del móvil de un testigo, donde se ve en primer plano".
"Chicos, ¿y si cambiamos de canal?"
"NI DE COÑA".
Total, ese vídeo estará pululando por todos los canales...


Esto último me recuerda un poco a lo que hablaba otro amigo mío, que suele ser más gurú espiritual que otra cosa, al respecto. Creo que ya lo he comentado en alguna ocasión, y subrayo aquí por venir justo al caso: "Ahora mismo no importa dedicar tus energías al 100% a lo que estás haciendo; ahora lo que se lleva, lo que mola de verdad, es dedicar más o menos un 50 o un 60% e invertir el resto a lo que están haciendo los demás, a ser posible para putearlo y echarlo por tierra". Esos que, en lugar de estar orgullosos o satisfechos con lo mucho o poco que puedan conseguir en sus vidas, tienen más como objetivo ver cómo aquellos a los que no soportan no lo consigan.
No hablamos de tener un espíritu crítico (a menudo confundido con esto): hablamos del ataque, del desprestigio personal y, en definitiva, de las ganas de joder y humillar. Para muchos cuesta verlo, pero al menos para mí, hay una enorme diferencia y se flanquea una línea que jamás debería cruzarse.

Pensadlo. Aquellos que hayáis formado parte o visto desde relativamente cerca el mundo de la música, la escritura o las artes lo veréis con particular claridad... pero no creo que seáis los únicos: esto se ve en todos los ámbitos. Laboral, académico, etcétera... esta especie de cultura de la puñalada trapera, donde el fin justifica los medios. Esta cultura donde no importa lo mucho que argumentes tu postura, sino lo beligerante que seas y el odio que manifiestes a una ideología contraria nos está llevando a una mentalidad de fanáticos. Fanáticos por todas partes, de muy diversas índoles y en muchos niveles diferentes de nuestra sociedad, pero fanáticos a fin de cuentas. Fanáticos que definen su ideología no por lo que piensen o dejen de pensar, sino por el odio que profesan a la ideología a la que tipifican como "la contraria" o, ya directamente (para qué andarse con polladas) "el enemigo". Y al enemigo, ni agua. Como enemigo que es, hay que avasallarlo, atacar sin provocación. Chillar, berrear, cagarse en su puta madre con la vena de la frente a punto de reventar. No hacen falta explicaciones, no hace falta respaldar la postura propia con nada. Eso ya no se lleva, porque para muchos, aunque no haya armas ni hostias (o al menos, no la mayoría de las veces), esto es la guerra. Y en la guerra hay que reventar caras (aunque sea dialécticamente) antes de que lo haga nadie. Así que venga, este es el mundo del "Todo vale". El fin justifica los medios, como he comentado arriba: para defender lo que nos dé la gana, lo tenemos todo permitido. Por el espectáculo podemos reírnos de inocentes, humillar, pisotear al que tenemos al lado porque así parecemos más duros. Más machos. Más fuertes.


"Mira, nano, este cuerpo es el que se lleva a las tías de calle. Esto es así y si no te gusta te jodes. Tú eres un mierda, un payaso. Y a llorar a casa, ¿te enteras?"
Este ejemplo es quizás el más descarado, pero analizándolo en frío, la esencia se traspasa a cualquier otro estrato social.


Por ejemplo, este:
"Señores de la oposición, nosotros hemos sacado este país de la crisis. Pueden seguir con sus discursos agoreros, con su política pesimista de quejarse y no hacer nada, pero yo les hablo de hechos. Ustedes no. Ustedes son los que se escudan en echar por tierra nuestros esfuerzos, para ocultar que son incapaces de hacer frente a la corrupción de su partido. Pero no pueden seguir negando lo que es innegable. Muchas gracias".



La deportividad en cualquier tipo de competición (no solo en deporte) ya no parece llevarse. Al enemigo no se le debe respeto. La arrogancia es un modo de vida y lo que se lleva es, no creerse superior a la gente con la que se compite: la historia aquí consiste en demostrarlo a todas horas. De irte para el de al lado y provocarlo, como un gallito en un corral. Pretender a lo mejor, para suavizar el tema, que se está de broma, pero en el fondo la intención es meter el dedo en la llaga. Tocar los cojones. "Para calentar los ánimos". "Para añadir salsa al tema".
Amigos, para calentar los ánimos se recomienda (en caso de ausencia) un buen maratón de porno. Para añadir salsa al tema, se recomienda una que no cause acidez de estómago. El todo vale, vale siempre y cuando lo ejerzamos nosotros... pero, amigos, en el momento en que el de al lado lo ejerce en nuestra contra, qué mal está todo.


"Vamos."
"Vamos."
"Vamos".


Quizás el problema de todo esto consiste en que no hemos superado esa etapa de vecinos que miran por lo alto del seto para ver qué hace el otro. Que el de al lado, aunque lo parezca, igual no es el paradigma de la felicidad. Igual no tiene ni tanto dinero y su pareja, en el momento en que se despelota, es un puto orco. Igual sus hijos no son tan perfectos ni sacan tan buenas notas como nos creemos... pero el problema es que nos lo creemos. Y no solo lo creemos, sino que no podemos soportarlo. A partir de ahí, es cuando vivimos nuestras vidas con la firme intención de destruir a aquellos que se creen mejores que nosotros (o a aquellos que igual no lo creen, pero nosotros sí pensamos que lo creen). Y si no los destruimos nosotros, contamos con que se destruyan ellos solitos para así poder regocijarnos en la miseria ajena.
Porque en el fondo el problema está ahí. Si bien muchos (por suerte, no todos) no somos capaces de buscar nuestra propia felicidad y optamos por hundirnos en la autocompasión, la autoindulgencia y otros autos que van del mismo rollo, menos capaces somos aún de soportar la felicidad ajena.

Somos una sociedad sanísima. Está claro.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Spanish Bizarro- Odisea en la Di-Putea-ción.



Estas cosas que pasan, oiga, cuando uno está en su casa y le llega su tía diciéndole que, ey, han salido unas oposiciones para chupatintas en la Diputación de su ciudad. Que dices tú, no tienes tiempo para estudiar que se diga, pero que si suena la flauta y los Hados sonríen, puede pegarse uno como interino en una bolsa y que le vayan llamando de vez en cuando. Así que hala, el procedimiento de siempre: se trinca uno la solicitud de la página de la Diputación, la rellena, la imprime, paga la tasa y lo entrega todo.
Hasta aquí, la teoría.

Al llegar a la práctica es cuando pasamos a la parte hard-core. Es por eso que esta historia forma parte de esta sección, y por lo que esta odisea merece ser contada.
Lo primero es conseguir pillarse la puta solicitud de los cojones. La llamo así y no solicitud a secas porque conseguir acceder a la parte de la web de la Diputación en la que se supone que está es solo un poco menos complicado que encontrar el puto Arca de la Alianza con un batallón de nazis con superpoderes pisándote los talones. Para entendernos, imaginad un cruce entre el laberinto del Minotauro, el de David Bowie y el Infierno donde viven los Cenobitas y os haréis una ligera idea del galimatías que es la web de estos tíos. La parte de "Recursos humanos", donde se supone que está el formulario de los huevos no aparece a la vista. Ni a la vista ni fuera de ella, qué cojones: es que no está y no es accesible desde el menú. Toca ponerte a dar más vueltas que un tonto en una feria hasta que se te inflan los cojones, te sales al buscador predeterminado y pones "Diputación recursos humanos" y es ahí donde, por arte de trolleo del programador, encuentras el puto impreso.


"¡LO PUTO LOGREEEE!"


El impreso en sí no es del todo complicado de rellenar. Lo rellenas desde la misma página. La guasa es que el programador, en un alarde de inteligencia, no parece saber qué coño es una tilde e interpreta cada vocal acentuada como le sale del alma. En este caso, con un precioso símbolo fonético. Imprimir el .pdf tiene su aquel, básicamente porque te obliga a descargarlo sí o sí. Que no es que sea un peso abundante de información para tu disco duro, pero siempre está bien que le den a uno a elegir estas cosas. Pues nada, imprimo el impreso, ya relleno. Se me ha colado un símbolo raro en el nombre de mi ciudad, pero se sigue entendiendo. En esta movida (básicamente en encontrar dónde coño estaba esto en la página web) he invertido algo más de una hora de mi vida delante del ordenador. Con las mismas, me voy para el banco unos días después, con la firme intención de hacer el ingreso. Tengo el número de cuenta tomado del BOJA (Boletín Oficial de la Junta de Andalucía) y soplo doce pavos (lo que leo que cuesta el inscribirse en la oposición) a la cajera. Realizo esta fantástica y excitante labor en medio de una sinfonía de mocos y estornudos. Llevo un par de días con un resfriado de tres pares de pollas.

Hablo con mi tía, que se va a presentar conmigo. Quedamos para el día siguiente, y así llevar los dos la inscripción a la sede de la Diputación (la Diputación es tan guai que no vale llevar la solicitud a cualquier registro, como sucede en cualquier otra cosa. Con esta familia, o las llevas a su cuartel general o te dan por culo). Antes de que mi tía venga a buscarme, me paso por la papelería de mi barrio y hago un par de copias de los impresos, para que me los sellen. Dos, en total: uno para la oposición en sí (el de doce pavos) y otro (que cuesta cuatro) para pagar por un disco donde se supone que está todo el temario. Nada más encontrarme con mi tía en el coche y en doble fila gracias a una faraónica obra que están llevando a cabo en mi base de operaciones, me pregunta dónde están los recibos bancarios de haber pagado las tasas. Echo un vistazo y compruebo que me los he dejado en casa. Me pego la carrera para casa y los encuentro (tras un rato de improperios y maldiciones) en mi escritorio. Tiro para abajo de nuevo. Ordenamos los papelotes en un momento, los grapamos y adelante.


"Amos pa allá".



Atravesamos la ciudad y llegamos a la sede de la Diputación. Nada más bajarme del coche, el superenfriamiento brutal que llevaba acarreando unos días se venga de un servidor y me propina un soberbio latigazo en las lumbares, en plena base de la columna vertebral. A partir de ahora, cada puto paso es como una fantastica puñalada en la rabadilla, pero sigo adelante.
La sede de la Diputación es una impresionante combinación entre la arquitectura tradicional y la moderna. Empezó como un antiguo orfanato, de aspecto clásico, y fue ampliada justo por detrás con un cacho estructura cúbica, que si Lovecraft viviera, tildaría de "ciclópea". Atravesamos el patio, que deben ser unos treinta o cuarenta metros. Treinta o cuarenta metros en los que, por lo bajo, me estoy cagando en las putas vértebras que están tocándome los cojones cosa mala. Entre eso, la congestión y el dolor de garganta, estoy en un momento de lo más interesante en mi vida.

"Registro, por aquí", reza un cartel, con una flecha. La seguimos. Seguimos esa flecha y otras tantas por todo el aparcamiento. Luego, entramos por una puerta secundaria y nos metemos por un pasillo. Más flechitas. Me siento como en una partida de rol chunga, o como en un cuento infantil. Cualquiera de los dos casos que sea, lo normal es que termine con un episodio aun más escalofriante: un dragón de mala leche porque un grupo de enanos hijos de puta le han jodido la siesta o una bruja con fobia por los canijuchos.
Lo que me encuentro es aún peor: hablo, cómo no, del personal de la Diputación.


Lo llegan a señalizar así y me hago un selfie.


La leyenda dice que este personal fue metido a dedo hace eones y que ahora, con la intención de sanear la imagen de la institución, se van convocando oposiciones para regularizar la situación de los que trabajan ahí. Es decir, se abre una oferta de empleo y compiten los que entran de nuevas con los que ya estaban, que tienen ya su antigüedad y que es complicado que pierdan su puesto. Fundada o no, esta leyenda sí tiene de cierto el hecho de que los seres que me encuentro en este despacho muy espabilados no parecen. El primero que me atiende todavía detecta una cosa en mi solicitud (la X se marcó por defecto en una casilla del formulario) y la corrige.
Lo heavy sucede cuando entro en lo que es el registro en sí.

Nos atiende una señora a la que eso de "pulsaciones al teclado" le debe sonar a disco de los Red Hot Chili Peppers, porque tarda (no es coña) más de cinco segundos en pulsar de una tecla a otra.
Tac.
Un, dos, tres, cuatro, cinco.
Tac.
Un, dos, tres, cuatro, cinco.
Tac.


Nuestras caras.


Si no fuera porque tengo las putas lumbares on fire, me daría igual. Total, esta era una mañana libre. Por cada golpe de tecla, yo miro a mi tía. Ella me mira a mí.
En mi familia tenemos la habilidad (supongo que os pasa a la mayoría) de entendernos con una sola mirada. En el tiempo que nos miramos, mi tía y yo hemos lanzado ya varios discursos, al menos tres debates y toda una ristra de improperios. Tiempo hemos tenido de sobra. Hasta nos ha dado para hacer una repetición de las mejores jugadas y grabar un recopilatorio doble de grandes éxitos.
Cuando la buena mujer termina de comunicarse en morse con Moscú, se va para mi solicitud y me suelta:

—Tu solicitud son nueve euros.
—Uh, en el BOJA ponía que eran doce —respondo yo.
—No, según mi tabla —saca una fotocopia que tenía por alguna parte —para auxiliar solo son nueve.
—¿Qué hago ahora?
—Es posible que por no ser el precio exacto te echen para atrás la solicitud. Lo mejor será que te vayas para la sucursal más cercana del banco y les cuentes el tema para que te devuelvan la diferencia.
A mis lumbares les gusta esto.
—¿Está muy lejos?
—Ahí al lado.
Mi tía y yo intercambiamos una mirada de resignación.
—Pos vale.

La señora coge el resguardo del banco y decide hacerle una fotocopia para que, al enseñársela al tipo de la sucursal, vea lo que he pagado y lo que me tiene que devolver. En ese momento, se produce una batalla épica entre élla y la máquina. Olvidaos de Terminator. Engendro Mecánico o 2001 reflejan pobremente esa lucha del hombre contra la tecnología. Qué coño, ni yo peleándome con mi portátil he mostrado la mitad de epicidad y dramatismo que ver a esta mujer rascarse la cabeza para averiguar dónde coño había que darle a aquello para que hiciera una miserable fotocopia.
Pasan, sin exagerar, casi tres minutos y medio de ardua contienda. Los debates silenciosos entre mi tía y yo se mean en los de Sócrates, Platón, Aristóteles y todos los sofistas juntos. Incluso tenemos tiempo para llevar a cabo una timba de apuestas para ver si al final la fotocopiadora, en lugar del impreso, le fotocopiará el culo a esta buena mujer delante de nuestras putas jetas.
Todo héroe debe reconocer el momento en que cae ante un enemigo superior. Es por eso que nuestra heroina acepta que la máquina la ha derrotado y decide llamar a un nuevo héroe que tome su manto. Este héroe es el señor que nos atendió en la puerta, que se materializa allí mismo y nos saca una fotocopia tan nítida como esas entradas del cine que has metido en el bolsillo del pantalón y que vuelves a ver varios meses después. Así de nítida. Con las mismas, la señora recoge un poco lo que queda de su dignidad y, amablemente, sale con nosotros de la oficina para indicarnos dónde está la sucursal bancaria.


Guas juas juas. La máquina gana.


Atravesamos un patio, tan ciclópeo como el edificio en sí. Una galería por la que un dragón de siete cabezas podría montarse una guarida y todavía le sobraría espacio. Un pasillazo en el que puedes aparcar el puto Halcón Milenario... y lo mejor: atraviesas una puerta y ves otro pasillo, en el que alguien ha puesto un arco de seguridad, con su guardia de seguridad... y que nadie necesita usar, básicamente porque el pasillo es puto ancho. NADIE necesita pasar a través del arco, porque ni siquiera hay vallas ni nada. En otras palabras, que está puesto de adorno. De hecho, mi tía y yo pasamos justo por al lado del arco para acercarnos a la oficina donde nos tienen que dar el puñetero disco con el temario. Nos atiende una señora, cuya única función, que yo sepa, es atender a la gente, coger el recibo de cuatro pavos, y darte el disco. Igual tiene alguna otra función aparte de esa, pero yo no vi nada más.

—Vale, para auxiliar —dice, al ver la mía —y para administrativo —al ver la de mi tía. Nos sopla un par de discos y nos encaminamos para la sucursal bancaria. Llegados a este punto, mis lumbares me han montado una rebelión que ríete tú de la puta Primavera Árabe. Hemos caminado no sé cuántos metros desde el edificio principal y yo estoy conociendo una nueva definición de lo que es estar jodido.
La sucursal bancaria es lo que podría llamarse un caso claro de ironía. Habida cuenta del tamaño del patio exterior (donde se han montado varios conciertos de música sin que nadie tenga sensación de estar apretujado) y la galería interior (del tamaño de un campo de fútbol pequeño), así como de la altura y amplitud de las instalaciones, te preguntas quién ha sido el hijoputa al que se le ha ocurrido que la sucursal bancaria sea un puto cagadero con pinta de pecera en el que caben cuatro gatos. Con esta duda en la cabeza, nos internamos y nos atiende un señor bastante simpático, que me escucha con atención cuando le cuento el caso. Con la misma amabilidad, me responde que al no haberse efectuado el pago el mismo día, sino el día anterior, la sucursal bancaria ya no tiene potestad sobre la pasta que les he aflojado de más y que lo que tengo que hacer es reclamar a la Diputación en sí. Me tiende un formulario y me dice que debo rellenarlo de forma muy precisa y detallada, explicándoles los entresijos de lo sucedido y lo que solicito exactamente. Yo lucho porque todo ese galimatías burocrático no se convierta en ruido blanco dentro de mi cabeza. El resultado es que, tras todo este cipote, tengo que:

1) Irme a la sucursal donde pagué originalmente la solicitud (es decir, en mi barrio, bastante lejos de donde estoy ahora) y contarles la movida de lo que pasó.
2) Cuando la tenga, con el impreso ya relleno, me voy otra vez a la sede de la diputación para que ellos se encarguen de tramitar el asunto.

Es decir, otra mañana más perdida.


"¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!"


Una vez tengo mi impreso, lo siguiente es (evidentemente) volver a pagar por la solicitud. Mi tía me presta los nueve pavos (solo tengo cinco en la cartera ahora mismo) y me hacen un nuevo resguardo, ya correcto acorde a lo que viene en el BOJA. Nuevamente, volvemos por el puto patio, desandando lo andado antes para finalizar el registro de una vez por todas. Por algún motivo, mis lumbares me han dado tregua en la sucursal bancaria y ahora puedo andar un poco mejor. Al volver a la oficina, corrigen el asunto y nos volvemos a casa. Mi tía me suelta en la avenida y yo tiro para mi base de operaciones, un poco hasta los cojones de todo. Le cuento la historia a mi madre, que se queda un poco flipando con el tejemaneje que nos hemos comido sin comerlo ni beberlo. Me sopla un pastillazo porque, aunque las lumbares me han dado tregua, no quiere decir que me hayan dejado de doler. Es más, no quiere decir que no me vayan a doler más. Me coloco en una posición medianamente cómoda para paliar el dolor y dejo que la mierda me haga su efecto.


Algo así.


Jodido como un cabrón, en parte por el dolor y en parte por el puto resfriado, me voy para el curro. Me esperan tres horas, que capeo como buenamente puedo. La tarde va pasando y, con ella, la sensación de absurdo que ha venido imperando en mi vida desde que me he levantado. Acabo mi última clase a eso de las ocho y media, pensando que ya puedo descansar tranquilo. Que mañana si eso, si me encuentro mejor, me paso ya por el banco y por la sede de la Diputación para arreglar el asunto. Que no es que corra prisa, porque ya estoy inscrito en las oposiciones, pero por lo menos para recuperar el dinero de más que he pagado.
Te crees fuerte por haber superado la adversidad, por haber hecho frente a todo un cúmulo de cosas mientras te retuerces en un dolor del carajo... y ves que tienes un mensaje en el móvil justo al salir de tu última clase.
Mi tía.
Lo abro y me dice que ha echado un vistazo al disco con mi temario. Me cuenta que los de la Diputación se han equivocado y que no me han dado el temario de Auxiliar, sino el de Administrativo.


Ay.


Observo el mensaje un segundo y, antes de responder a mi tía, medito sobre lo que ha sido de mi vida a lo largo de las últimas horas. Luego, le digo a mi tía lo que pienso de ese error, me meto el móvil para el bolsillo y tiro para mi casa. En mi mente, solo existe un deseo, que es el de tirarme en el sofá, ponerme hielo en la espalda y ver cualquier mierda en la tele.
Ese deseo y un mantra.
Una frase de poder, que imagino data de tiempos inmemoriales. Pronunciada por sabios a lo largo de los siglos y que se ha transmitido de generación en generación. En tan solo unas palabras, se almacena todo un sistema de creencias. Milenios de filosofía contenidos en unos cuantos sonidos. Poder concentrado que igual no soluciona tus problemas, pero sí hace que te sientas algo más fuerte una vez pronuncias ese mantra zen.
Sí, amigos Distópicos.
Mi mantra no era sino "A tomar por culo".

sábado, 1 de noviembre de 2014

Escupiendo Rabia- El elogio de la ignorancia



Hace cosa de un par de días, tuve una discusión con una persona. Una discusión que no es nueva, y que lo mismo os parece una chorrada, pero conforme os vaya contando la historia, os iré explicando a qué viene mi indignación y mi cabreo al respecto. Os cuento, esa persona es una de muchas que tiene la puta costumbre de subir citas falsas a redes sociales. De estas que ves al vuelo porque son soberanas gilipolleces, cuando no refranes comunes que, de buenas a primeras, se toman como válidas porque algún imbécil las ha acoplado a una fotito en blanco y negro del presunto "autor". Esta persona a la que me refiero en concreto, es de las que tienen la santa costumbre de ir presumiendo lo mucho que leen, sea verdad o mentira, de forma que en su caso poner citas (más falsas que Judas, dicho sea de paso) es como una forma de "demostrarlo" (¿Os acordáis de mi post anterior sobre Enarboladores de estandartes?), aunque en el fondo demuestren que, bien no leen tanto como dicen, o bien lo que leen es puta mierda sin adulterar, que no todos los libros son excelsas obras literarias y cada día más nos venden morralla para cenutrios en los libros que nos plantan en las librerías.

El caso es que cuando tú eres filólogo y anglista por definición, se te revuelven las tripas de rabia al ver cómo alguien, desde la más total y absoluta ignorancia, te planta una soberana mamarrachada y te dice que es de Shakespeare, quedándose tan pancha. En el caso de este autor es bastante fácil saber si una cita de él es falsa: ya que (a día de hoy no hay constancia de ello, al menos) no escribió diarios ni concertó entrevistas ni nadie se ponía a recoger lo que soltaba por la boca, lo que queda de él (nos guste o no) es lo que queda en sus textos (o sea, en sus obras). Así que te coges la supuesta frasecita, la pasas al inglés (es decir, la lengua nativa del autor) y te vas para cualquier página donde vengan sus obras completas. Activas el motor de búsqueda de tu navegador (generalmente lo suyo es hacer la búsqueda por palabras más o menos clave, no te vayas a poner a buscar por "the", que te puede dar algo buscando) y te pones a rastrear en las treinta y pico obras de teatro. Si la cita es más o menos correcta, no necesitas mucho tiempo de búsqueda (generalmente suelen estar en las obras más famosas). Si no, pues hasta que des con algo medio parecido, porque también puedes encontrar traducciones más o menos libres, que ralentizan un poco el trabajo. Que a ver, a la mayoría de vosotros igual esto os parece una soberana gilipollez, pero os recuerdo que algunos nos hemos pegado bastante tiempo haciendo de la literatura nuestro objeto de estudio. Para entendernos, es como si alguien se dedica a postear por ahí falsos remedios medicinales que aseguren curar, no sé... el cancer, por ejemplo, y vosotros sois médicos. O si sois psicólogos y te encuentras gente propagando información falsa sobre un trastorno o propagando prejuicios sobre algún otro. O si sois abogados y veis cómo algún subnormal se dedica a inventarse artículos del Código Penal para intentar justificar así su ideología. Pues amigos, los filólogos no somos menos (aunque muchos os penséis que sí) y tanta patada a la literatura nos toca los putos cojones. Pues en mi caso es con Shakespeare o con la mayoría de autores anglosajones que he estudiado, que (os guste o no), son unos cuantos.


Algunos pobres ilusos se piensan que la única forma de hacer daño a la cultura es quemar libros.
Eso es como pensar que la única forma de hacer daño a una persona es darle una bofetada.


Pero el objeto de este artículo no es la patada a la literatura en sí. No es la primera vez que algún amigo ha compartido alguna cita shakespeariana (gran parte de mi objeto de estudio, al que me he dedicado no pocos años de la carrera y otros cuantos en mi curso de doctorado) y al que le he dicho "Oye, voy a mirar si es correcta". Esa gente a la que me refiero, que es mínimamente educada y tiene un cierto respeto por mi área de estudio, y, en el momento en que he confirmado que, efectivamente, es falsa (suele pasar mucho, como con la propagación de bulos) me han dado las gracias por tomarme tiempo en investigarlo y por desmentirlo. No es ninguna labor heroica, pero oye, uno se dedica a estas cosas y procura que este tipo de patadas a lo que es la cultura en general no se propaguen más de la cuenta. Es lo que hacemos la gente que tenemos un mínimo de interés hacia lo que hemos estudiado. Lo que no hace una persona que tiene ni una pizca de educación o respeto es decir "Tú mismo con tu mecanismo, yo esto lo he visto así", con tono chulesco y dando a entender que le importa un coño:

a) Que la información compartida sea FALSA.
b) Que te ofrezcas a echar una mano.

El problema consiste en el momento en que gente como esta persona a la que me refiero en el primer párrafo de este artículo ve esa oferta como un insulto a su inteligencia (¿?) y te suelta soberanas imbecilidades como "A ver si tú lo vas a saber todo", pasando por alto el "detallito insignificante" de que todo a lo mejor no, pero al haberme pegado más de un lustro dándole caña al tema, una debida experiencia tengo. La justa como para poder decir "Oye, que sí" u "Oye, que no" tras un ratito de consulta que a mí, más que costarme, me resulta interesante. Más que nada porque es mi profesión. Tal vez no sea una autoridad en Shakespeare (poca gente puede permitirse el lujo de decir algo así y a mí me queda mucho camino por recorrer), pero sí tengo la base suficiente como para investigar y llegar a una conclusión en algo tan básico como eso. Más acojonante es cuando esa persona, al verse bragas abajo y con el culo en pompa al haberse descubierto que ha metido la pata hasta el sobaco, se pone tripas arriba e, incapaz de reconocer un error en el que podríamos caer cualquiera, se pone en plan farruca (rollito flamencoide) y te reta a que subas TÚ citas auténticas. A un anglista, que se ha pasado años trabajando con ellas, ¿vale? Como si el desafío fuera "Venga, a ver si tú tienes huevos de hacerlo mejor". Lo haces y, tras haber subido tres o cuatro (las primeras que te vienen a la cabeza) lo que te encuentras es como una especie de rollito de desprecio, como si fueras un "listo", simplemente por hablar de lo que sabes, o saber de lo que hablas, tanto da. Y no es la primera vez, la anterior ya me había hecho una similar con Poe, del que me colocó una cita falsa y, al verse descubierta, me dijo que era del poema "Lenore". Busqué ese poema, le planté las dos versiones en su idioma original (porque, como he dicho arriba, si el poema de un autor americano está SOLO en español, la falsa atribución canta por bulerías) y todavía tenia las narices de decir que yo no tenía razón, pese a que estuve investigando al menos seis webs de literatura. Dos de ellas, académicas.
Pero al parecer, esas webs no lo saben todo, ya ves que sí. Y yo, menos. Y es que esta persona "lo había leído en un libro". Todavía sigo esperando que me diga en cuál. Más que nada para enseñárselo a mis profesores de Literatura Norteamericana y que escriban un artículo, donde se ha descubierto un poema perdido que no aparece en ninguna otra parte. A los de la Antología Penguin fijo que les flipa enterarse de algo así, oye.


Hace algunos años, en España todo el mundo se reía de este fulano por aquella (presunta) frase de: "Yo no necesito leer libros; si necesito bombardear un país, lo busco en un mapa", que mandaba cojones, todo hay que decirlo.
Sin embargo, cuando hoy en día alguien nos dice que leer es aburrido y que es para "gente rara" y que "de tanto leer se te va a poner la cabeza cuadrada" lo asumimos y no pasa nada. Los que dicen eso no quedan tan ridiculizados como este tío. Es más, a algunos hasta se les suele tomar en serio cuando hablan.
Pero claro, no son americanos. Todo el mundo sabe que solo en Estados Unidos hay ignorantses. Aquí no, jamás de los jamases, somos todos muy cultos y lo único que vemos en la tele son los documentales de La 2...


Y es que ahora la moda, si nos salimos de este tema, parece ser que todo el mundo tiene derecho a una opinión, por infundada, falsa y llena de mierda que esté. Parafraseando a otro genio que me vino sentando cátedra de otro tema en el que tengo como quince años de experiencia, si no más (los cómics), hablando sin haber leído gran cosa y haciéndome ver lo blanco negro. Su defensa: "A ver si voy a tener que tener una tesis en un tema para poder opinar sobre él". Mi respuesta fue más o menos que, si pretendía que su opinión fuese medio tomada en serio, lo mínimo era tener una base de conocimiento acerca de lo que hablaba. Especialmente si la otra persona está versada en ese tema; o al menos, si lo que no quiere es quedar como un ignorante.
Ni que decir tiene que se pasó mi respuesta por el ojo del culo.

Es este el verdadero cogollo del asunto: cada día que pasa, estoy viendo cómo el personal tiende a crucificar a aquellos que saben más que ellos sobre algo, tildándolos de "listos", como si la experiencia en algo te volviese más inteligente (ojalá) y como si esa supuesta "inteligencia" fuese un factor negativo. Es el chiste padre, eso de decir "Yo no sé de lo que estoy hablando, pero es mi opinión, y como es mi opinión, es tan válida como la tuya". Aunque esa opinión de la que hablamos esté cargada de prejuicios, fundamentada sobre la más absoluta nada y que encima se use para pretender dar lecciones a aquellos que sí podrían darla.


"No me estudié las tablas de multiplicar, pero no pasa nada, puse el resultado que me pareció en el examen. Mi profesor me dijo que ocho por ocho no son ochenta y le dije que eso no era así, porque lo había visto en Internet y porque tengo derecho a una opinión. Mi profesor es un listo, se cree que me puede dar lecciones  A MÍ".


Más descojonante aún es el hecho de que esto es un caso cada vez menos aislado y, por cada ignorante que surge, soltando paridas de todos colores, surgen al menos tres o cuatro tontos del culo que le chupan el ídem a éste: gente que no tiene ni puta idea de dónde tiene la cara, pero oye, que se siente con el derecho de defender a quien saben que no tiene razón y quitándosela a quien les puede explicar cómo van según qué cosas porque parece ser que hablar desde lo que se sabe da como cosica. Y es que por lo que estoy viendo, en esta sociedad de putos simios mononeuronales, lo que mola no es entender de algo, ni esforzarse en entenderlo. No mola eso de que, cuando no sabemos algo, preguntemos al que sí puede darnos una idea e informarnos. Eso es una marcianada, algo de pringaos. Ahora lo que se lleva es apalear y tocarle los cojones al que sí tiene una ligera (ya ni experto, oiga) idea del tema a tratar. Que se calle, que nos deja en ridículo. Que se calle, que es un listo y yo a los listos no los soporto. Es mucho más molón vivir en mi mundo de piruletas, donde las cosas son como yo creo que son aunque no lo haya comprobado ni estudiado. A mí lo que me mola es que las cosas sean como yo quiero que sean, o como me las ha contado no sé quién, o porque las he visto en un meme de Internet tela de gracioso.


Pues eso.



Porque ahora lo que se lleva es esa soberbia imbecilidad de que todos tenemos derecho a expresarnos, sin importar que nuestra opinión esté mancillada por el paletismo y la ignorancia. Y si nos pillan en bragas, pues no pasa nada: incurrimos en la chulería de matones de colegio o, si no, en el insulto, en vez de razonar nuestra opinión o molestarnos siquiera en argumentarla. Algo tela de guapo para reafirmar nuestra postura y hacer que el fulanito de al lado nos dé la razón. Más gracioso es que luego esos mismos son los primeros en decir que vivimos en la era de la información; que en esta época tenemos el conocimiento al alcance de nuestra mano y que, con un golpe de ratón, podemos enterarnos de lo que queramos. Como si Internet fuese una herramienta de Verdad Absoluta y cualquier puta cosa que veamos en cualquier puta página, solo por el hecho de estar en Internet fuese irrefutable.
Y eso, amigos Distópicos, por lo visto NO es ser ignorante.

No me extraña, por tanto, que esa actitud que hemos tenido siempre en este puto país de mongolos, de estigmatizar a aquellos que tienen un mínimo interés por aprender o por esforzarse en algo, esa santa costumbre de hacer las cosas a la pata la llana y de autoerigirnos en expertos en cualquier cosa de la que no tengamos ni guarra se traduzca en esto: en un puñado de gente que, de la noche a la mañana, es experta en protocolos de contención del ébola; experta en historia (la Guerra Civil, el tema favorito de las masas; eso sí, la mayoría instruida por novelas de ficción), en cine, en literatura, en derecho, en arquitectura, en economía, ciencias aplicadas, política interior, política exterior, política local,  criminología, psicología, en educación física, arbitraje, medicina de todas las especialidades, cultura local, cultura universal, obras públicas, lingüística, idiomas, y un largo etcétera de disciplinas, dependiendo de la situación de la que hablemos.


Partiendo de este principio, si presuponemos como cierto todo lo que sale por la boca de un españolito de mierda al cabo del día, tenemos que es una especie de criatura biónica que sabe de todo, entiende de todo y que almacena información útil e irrefutable en cualquier puta cosa que le preguntes.
Cojones, visto así, somos las criaturas más inteligentes del planeta, que absorbemos conocimiento por ósmosis y sin leer una mierda, que eso es aburrido y es para enteradillos...


Pero claro, no confundamos: una cosa es hablar de algo a nivel básico, para lo que no hace falta una opinión de experto (por ejemplo, yo no soy médico, pero sé que si a un tío le cae una bola de bolos en la cabeza desde ocho metros de altura es muy probable que le deje secuelas) y otra muy diferente lo que se hace aquí cada día, que es hablar sentando cátedra y con juicios categóricos al respecto, como si tuviéramos un puto Honoris Causa en Cualquier Cosa colgando en nuestro saloncito. Con ese mantra de "Pero es que yo tengo derecho a opinar" lo que estamos haciendo es mearnos en ese derecho y corromperlo, usándolo para soltar capulladas una detrás de otra. A ver si nos vamos enterando de una puta vez, colegas: tenemos derecho a opinar, no a soltar mentiras. Tenemos derecho a expresar nuestra opinión, y la responsabilidad de usar esa opinión para algo más que para demostrar que somos una panda de ignorantes. Y si viviéramos en una sociedad medianamente sensata y no esta cosa enfermiza y plagada de tontos del culo, a los que hacen gala de ese derecho para cabestradas de ese calibre, bien lo normal sería ponerlos en su sitio y decirles "Illo, eso no es así", bien lo normal sería coger y darle a su opinión la credibilidad que merece (CERO), en vez de jalear a los mongolos y decirles "Dí que sí, tú si que vales".


"¡FUCK YEAHHH!"


En una sociedad medianamente coherente, aquellos que van demostrando día sí y día también que no saben ni donde tienen la cara tendrían de poco a ningún lugar, y tendrían las opciones de enmendarse o morirse de puto asco. En lugar de eso, nos damos cuenta de que es justo al revés, y los tontos tienden a agruparse con otros tontos y, como he indicado en más de una ocasión, fundar sus Ligas de Tontos Del Ojete donde reinvindican su derecho a no tener ni guarra de dónde tienen la cara y, no contentos con ello, tocar los cojones a los que por lo menos se pillan un mapa para encontrar el camino. A esos Tontos del Ojete, a esos Ignorantes y Orgullosos los reconoceréis porque son incapaces de argumentar su postura. Son aquellos que te vienen con equivalentes al mantra de "Es que en mi casa se juega así", que puede tomar mil formas diferentes, pero que en el fondo viene a ser lo mismo, que es justificarse en su lerdez y reírse de los que procuran aspirar a más. Porque el que sabe no es más que un "listo". Porque el que estudia o el que investiga, ese que se molesta en buscar la veracidad de las cosas "se cree que lo sabe todo". Es un intolerante, un intransigente o un desgraciado que vive para dar lecciones a los demás. Qué risa me da cuando esos mismos que esgrimen esos argumentos son los primeros en hacer eso mismo, pero sin tener ni puta idea de lo que hablan. Y para descubrirlo sí que no hace falta ser un genio: si se pilla a un mentiroso antes que a un cojo, a un ignorante lo pillas igual de rápido, porque es abrir la boca y dejarte flipando con sartas de estupideces una detrás de otra. Con justificaciones de todo tipo y, cuando no tienen nada con lo que agarrarse, atacando a quienes le preguntan: "Bueno, yo es que creo que es así y tú no tienes ningún derecho a juzgarme... pero si cuestionas lo que me acabo de sacar del culo con datos medianamente fiables, eres un hijo de la gran puta que viene a tocarme las pelotas. Y por tanto, ya tengo derecho a llamarte como me salga del culo, porque tengo derecho a opinar".


"¡Ha llegado la hora de hacer gala de mi ignoranciaaaa!"


Y lo peor de todo es que a aquellos que vemos estas cosas a diario, a aquellos que vemos como cada españolito de mierda tiene dentro de las tripas a un alcalde, un árbitro de fútbol, un médico, un abogado, un juez, un arquitecto, un ingeniero, un experto en obras públicas, un políglota, un psicólogo, un criminólogo, un analista literario, un corrector ortográfico, un experto en cine, un músico, un asesor de imagen, un conductor profesional, y un economista entre muchas otras cosas, nos tiene que parecer bien que el ignorante sea aplaudido. Que aquí cualquier idiota que no sabe hacer ni la O con un canuto, que cualquier subnormal se permita el lujo de poner su opinión de mierda (porque sí, todo el mundo tiene derecho a opinar, pero una opinión sin fundamento y sin conocimiento JAMÁS puede equipararse a la que sí lo está) a la altura de la de aquellos que sí están formados. Pero claro, al parecer aquí el saber no ocupa lugar alguno. No importa que el de al lado sepa de una materia más que tú. Tú tienes derecho a soltar las mentiras que te dé la gana, y la otra persona, sí, esa que tienes al lado, no tiene el más mínimo derecho a decirte que te estás meando fuera del tiesto o que eso no es como estás diciendo.


" ¡'Tecalles, enterao de mierda!"


Si por no soportar a lerdos de ese calibre resulta que soy un intolerante, un intransigente o la palabrita de moda que os hayáis inventado para crucificar a aquellos que no le besan el culo a los payasos como estos, pues así sea. Aceptemos entonces el argumento mamporrero: sí, soy un intolerante, y a mucha honra. Estoy más que harto de tener que soportar imbecilidades así a mi alrededor. Estoy hasta los putos cojones de ver cómo la gente es ignorante, orgullosa, y encima se cree con derecho a pisotear a aquellos que no les dan la razón. Estoy más que harto de ver y tener que respetar a gentuza que se inventa las cosas día sí y día también y predica unos valores basados en la mediocridad, en el conformismo y en aplaudir al que más berrea o al que más tonterías dice. Me revuelve las tripas ver cómo aquí se defiende al que más guai es, en lugar de al que más puede enseñarnos. Que tengamos los santísimos huevos de poner el grito en el cielo contra los recortes en educación (que, por supuesto, y antes de cualquier imbécil salte, soy el primero en decir que están MAL) y al mismo tiempo permitir, con risitas y demás, que la ignorancia se convierta en el buque insignia de la población. Nuestro derecho a ser ignorantes por encima de nuestro deber de dejar de serlo.

Pues nada, queridos simios, seguid. Seguid berreando por vuestros derechos. Seguid hablando como unos putos expertos en cualquier puta cosa que os echéis a la puta cara y seguid demostrando que para lo único para lo que valen vuestras cabezas es para echar muros abajo, porque lo que es para esforzaros e intentar mejorar lo que sois, no valéis. Seguid siendo unos ignorantes, seguid diciendo que no necesitáis aprender ni saber nada más. Seguid revolcándoos en vuestra propia mierda y seguid atacando a aquellos que procuran no hacer gala de una ignorancia supina.
Pero por favor, no me pidáis que acepte o vea con buenos ojos vuestra forma de ver la vida, porque vosotros sois los primeros en cagaros en la madre de los "listos".