El final de otro año se acerca y, como suele pasar, algunos nos ponemos reflexivos. Supongo que eso de tener fechas "límite" (como ya hablé en el post dedicado a septiembre), en cierto sentido te fuerza a ello. Y, por lo que a mí respecta, no lo considero algo malo. Reflexionar suele ser positivo, independientemente de la conclusión a la que nos lleve; por lo que a mí respecta, la importancia recae en el camino. En el proceso de introspección en sí.
Sí, amigos Distópicos: este post va a tener anécdotas y reflexiones, así que vamos preparándonos.
La primera anécdota de la que quiero hablar nos lleva a principios de los años noventa, cuando yo tenía apenas catorce años. Por aquel entonces, yo estaba a punto de hacer mi ingreso en el instituto (sí, gente de este siglo: en esa época, iniciabas la secundaria a esa edad), y cierta persona me dio un consejo que no olvidaría jamás: a grandes rasgos, me vino a decir que no importaba quién tuviera a mi lado, quién se supusiera que fuese, o quién dijera ser; que si, por hache o por be, esa persona se "maleaba" o se torcía, que no tuviera reparo alguno en darla de lado. Viéndolo en el contexto de aquella conversación en mitad de una hamburguesería un domingo a eso de las once y pico de la noche, se refería principalmente a que no quería que me convirtiese en un macarra, o en lo que con el tiempo llamaríamos canis. En pocas palabras, era un consejo para evitar "malas junteras", aunque yo opté por tomarlo en un sentido mucho más amplio, pasando de limitarme a algo tan evidente (al fin y al cabo, los macarras y yo siempre hemos sido como agua y aceite, de modo que aunque no me hubiese dado ese consejo no me habría juntado con ninguno). Tomando este consejo de ese modo, podemos decir que no es que esta persona en concreto estuviese precisamente en posición de darme lecciones de moral, ni entonces ni mucho menos ahora, pero eso en caso alguno era motivo para que no escuchase el consejo. Aunque quien me aconsejó no lo siguiese del todo, tengo que admitir que valía la pena. Creí en ello y sigo creyendo en ello. Una cosa no quita la otra.
Y tampoco es para que me den una medalla. Creo en eso y punto.
Os planteo el segundo caso, para ir viendo por dónde van los tiros. Ahora saltamos hacia finales de la década de 2000, donde tengo una movida con un amigo. No voy a entrar en detalles acerca de lo que pasó, pero me limitaré a decir que se fue de la lengua donde no debía, con quien no debía y salpicando a quien no debía. Era mi amigo, sí, pero viendo lo que había hecho, considerando que no tenía defensa alguna y que, de forma tangencial, fui de los afectados por su actuación, le di UNA oportunidad para defenderse. Le dejé que me diera UNA explicación al respecto y, dependiendo de lo convincente que fuese, ya decidiría yo qué hacer. El chaval fue tan convincente como un novio cabrón al que pillas a calzón bajado poniéndote los cuernos, con lo que mi curso de acción no tuvo lugar a dudas y no me arrepiento de haber hecho lo que hice, que fue mandarlo a hacer puñetas.
Lo más importante de esta segunda anécdota no es tanto lo que sucedió con este tío sino la conversación que tendría unos días después con una amiga común de los dos, que me preguntó qué (coño) había pasado. Al explicarle mi versión de los hechos y por qué había tomado una decisión tan drástica, esta amiga no entendió absolutamente nada y consideró que un amigo es un amigo haga lo que haga. Que no podía pretender que todo el mundo estuviese a la altura de mis estándares morales.
Y es ahí a donde quería yo llegar.
Una vez en este dilema que planteaba esta amiga, es cuando yo me pregunto por qué no podemos pretender eso. Aquí es cuando me planteo por qué en situaciones así nos vemos obligados a sacrificar nuestros propios valores (para mí, como sabéis, algo sagrado y que debería ser inviolable para todos y cada uno de nosotros) por lealtad a quien deja clarito que no se la ha ganado. Por qué damos por hecho que la lealtad hacia alguien que obviamente no la merece debe anteponerse a un valor, para mí infinitamente mayor, que es ser honesto. Honesto con los demás y, por encima de todo, honesto con uno mismo.
Yo suelo pensar que no hay nada más reconfortante que poder mirarte al espejo cuando te apetezca y poder soportar tu propio reflejo.
Manías que tiene uno.
Precisamente por procurar ser honesto conmigo mismo, lo que me he llevado han sido más hostias y decepciones de las que estoy dispuesto a soportar. Gente muy cercana a mí, de un modo u otro, me ha demostrado, como decía la persona que me aconsejase en su día, que se ha "maleado" o que tiene unos valores que, de forma evidente e irremisible, chocan tanto con los míos que es imposible seguir adelante. Son muchos años de decepciones, de depositar tus esperanzas en personas que, bien no han valido la pena demasiado, bien no la han valido en absoluto. Son muchos años en los que encuentras que muchos (por suerte, no todos) de los que has tenido a tu lado han traicionado tu confianza o abusado de ella. Puede que no lo hayan hecho adrede, pero en esencia sientes que te han tomado por idiota y no parece haberles importado. Son muchos años en los que te has comido verdaderas putadas de según qué especímenes y otros a tu alrededor han esperado que los apoyes. Que les rías las gracias. Que te doblegues.
En este mundo parece ser que es un valor eso de quedar bien, por el módico precio de tu dignidad.
La dignidad, ese concepto sobrevalorado.
Pues bien, llamadme terco. Llamadme cabezota, o rencoroso, si queréis.
Yo digo que no.
Hay cosas que no deben venderse bajo ningún concepto y la dignidad propia es una de ellas. Lamentablemente, sabemos que no es así. Aquellos que luchamos por lo que creemos y no clavamos la rodilla ante la gentuza que nos jode, o bien echamos la cruz a aquellos que nos defraudan y no tienen el puto detalle de darte siquiera una explicación somos los que, como he indicado arriba, nos llevamos hostias de todos colores. Somos la puta carne de cañón. Los hijos de perra, los que pegan puñaladas traperas a diestro y siniestro, los pelotas, los que te dicen una cosa por delante y por la espalda te ponen a caer de un burro son aquellos a los que las cosas parecen salirles bien, mientras que a nosotros parece que nos espera la miseria. El ser tratados, no una sino mil veces, como unos apestados por decir las cosas bien claritas y a la cara. Por no poner buena cara a quienes nos están tocando los cojones a dos manos. Por no tragar con la mierda que nos meten a paladas por el gaznate.
El mantra de respuesta a todo esto que nos vemos obligados a soportar por cojones lo hemos oído mil veces, tú y yo:
"La vida no es justa".
Y con esta puta mierda de frase, repetida hasta la saciedad como si fueramos un rebaño, nos toca aceptar las cosas que sabemos que podemos cambiar. Porque parece que tenemos que abrazar lo injusto y soportarlo estoicamente como buenas ovejitas, en lugar de coger un buen día, echarle tres pares de cojones al asunto y pelear por lo que es justo. Por lo que sabemos que nos merecemos. Por trazar la línea entre lo que es soportable y lo que sabemos que no tenemos por qué aguantar. A la mierda ya de eso de "sonríe por no liarla". A tomar por culo eso de "no digas tal cosa, que X se vaya a cabrear", como si X no nos hubiese cabreado ya bastante porque le ha salido del culo.
Hasta que te vuelves verde, creces tres metros y dices "Que ya está bien, joder".
Con esto quiero que se me entienda, no voy diciendo a nadie que la solución sea coger al primero que te la juega y meterle tal manta de hostias que se quede loco. Aunque a menudo bromeo con ello, sé que en el fondo esa no es (normalmente) la solución. Pero es que tampoco es la que se me suele ofrecer, que es la de callarme ante tal persona, porque claro, es tal persona y no se le puede toser. La de fingir que me llevo bien con ella. De poner buena cara y sonreír; de simular un buen rollito de plexiglás que huele a mierda pura, que además no hay Dios que se crea.
Hablo de trazar líneas. De "tú por aquí y yo por allá". De decir las cosas a la cara cuando te tocan la moral y dejarle bien clarito a la otra persona que no estamos para ser su zorra personal y dejar que nos la meta por el culo cada vez que se aburra. En este mundo basado en la hipocresía y abrazar lo injusto, se considera una marcianada eso de decirle a alguien que te está jodiendo y de mandarlo a cagar de una vez. Parece una puta locura eso de decirle a alguien que se vaya a joder a otra parte y a ti que te deje en paz.
Yo suelo hacerlo, y creedme: al deciros esto en caso alguno me siento en posición moral superior alguna. Más bien todo lo contrario; este tipo de historias suponen un desgaste de energías bastante grande y no pocos malos ratos, sin contar los malos tragos, las decepciones y la consiguiente sensación de que estás en este mundo más solo que la puta una. Si alguien se siente moralmente superior tras sinsabores de este estilo, os lo digo: más vale que se vaya buscando ayuda profesional, porque eso no puede ser sano.
Pero volvamos a las consecuencias que lleva trazar líneas e ir con la verdad por delante en un mundo en que eso de tener un mínimo de valores (o al menos, el valor de ser honesto contigo mismo) se considera ridículo. A aquellos que tengáis miedo de manifestar que no estáis dispuestos a tragar con más mierda os aviso que lo que os vais a encontrar es la sensación de estar luchando contra molinos de viento. Os va a tocar ir contracorriente. Raramente os van a comprender. Os van a llamar de todo, desde orgullosos hasta rencorosos, y la mayor parte de las veces la única persona que vais a sentir a vuestro lado sois vosotros mismos, que creéis firmemente en lo que estáis haciendo, mientras el mundo a tu alrededor baila una canción cuya melodía no acabas de pillar.
Algo del estilillo a esto.
Tomando el punto de partida de este post, el de la reflexión, si hago análisis de conciencia ni siquiera yo puedo decir que haya hecho eso de plantar los pies en el suelo y combatir al cien por cien. Aunque también ha habido buenos momentos (como haber empezado a meter la cabeza en el mercado laboral, que puede considerarse el puto logro de mi historia reciente), a lo largo de este último año, por ejemplo, me he visto obligado por determinadas circunstancias a tragar unas cantidades ingentes de mierda que, en el fondo, sé que no tenía obligación alguna de soportar. Cantidades ingentes que, mucho me temo, me siguen llegando a paladas a lo largo de los últimos meses, aun creyendo que trazar según qué líneas había servido para evitarlo. Como humano, cometo errores, y este ha sido uno de ellos: al principio, he transigido con según qué cosas porque (en contra de lo que parezca), soy bastante reacio a crear conflicto desde el primer minuto. Observo y analizo durante un tiempo, y luego actúo en consecuencia.
Puede que pasase observando demasiado tiempo. Ese pudo ser el germen de mi error.
Pero quizás es en mi actuación en sí donde estuvo mi error. En esta vida está claro que hagas lo que hagas, cuando te toca luchar por lo que crees y has de poner el escudo en tierra para soportar los embates, tienes que contar con que vas a estar solo en la contienda. Aunque te gustaría, aunque lo esperes... casi mejor que des por hecho que vas a estar peleando solo. Así, cuando ves que quien contabas con que te apoyase te ha dejado más solo que la una no deberías sentirte tan defraudado.
Pero, insisto: somos humanos. Es inevitable que una parte de nosotros, de nuestra mente (o corazón, o alma, o lo que queráis) cuente con que aquellos a los que admiramos, respetamos, apreciamos o incluso queremos estén ahí. Es cuando vemos que erramos en nuestro juicio y que a nuestro lado no hay absolutamente nadie y que estamos haciendo frente a la adversidad con lo que tenemos cuando vienen las decepciones. Cuando abrimos los ojos y descubrimos que quizás depositamos demasiadas esperanzas en gente que no era capaz de estar a la altura de nuestras expectativas (porque, por mucho que digamos que no, también las tenemos), o bien por el motivo que sea se pone de parte de la gente que nos causa problemas, nos humilla o nos desprecia, es cuando caemos en la cuenta de que nuestras batallas son nuestras. Vamos solos al combate y, si tenemos suerte, volvemos con nuestro escudo.
La mayor parte de las veces, por desgracia, volvemos sobre él.
Quizás es cierto.
Quizás resulta que siempre has sido tú contra el mundo.
Quizás por eso la gente que medio me conoce de un modo más o menos profundo acaba teniendo muy claro que tiendo a ser una persona más bien solitaria. Como ya comenté en un post anterior, resulta bastante duro estar a la altura de lo que la gente que quieres parece esperar de ti. No menos duro es descubrir que, con mayor frecuencia de la que te gustaría, la gente a la que admiras, respetas o incluso llegas a querer no son más que humanos. Héroes con pies de barro. Gente a la que creías honrada, de la que podías aprender. Gente que pensabas que, gracias a ella, podrías a llegar a ser mejor persona.
Ni te imaginas lo duro que resulta cuando ves que a esa gente le importas una mierda pinchada en un palo. Lo que duele cuando aquellos que creías que iban a estar siempre a tu lado te abandonan sin que haya habido más motivos que porque se busquen algo más entretenido que tú. O lo miserable que te sientes cuando aquellos que pensabas que nunca te iban a hacer daño corren a alistarse con todos los cabrones que te han estado jodiendo y se suman a la fiesta.
Pero la vida no es justa.
Repitámoslo, amigos Distópicos. Repitámoslo para que así nos vayamos a la camita con una justificación de la mierda más grande que tenemos que soportar día a día. Para que aquellos que nos hacen daño puedan seguir haciéndonoslo. Así se puede conformar una especie de cadena trófica basada en cagar y comer mierda: unos se cagan sobre otros y los otros, tienen la opción de limitarse a comerse la mierda que le cagan en la cara, o bien comérsela y cagarla sobre algún otro. Así todos podemos poner nuestro granito de mierda a convertir este sistema social en un puto ciempiés humano. Un trenecito donde todos comemos lo que caga otro y soportamos cosas que, en el fondo, sabemos que no tenemos que soportar.
"¡TRAGAD, CABRONES, TRAGAD!"
Porque esto es así.
Porque nos tiene que parecer bien.
Pues nada, sigamos pensándolo. Encojamos los hombros, agachemos la cabeza cada vez que nos hacen una putada. Mejor calladitos, nos vayan a llamar rencorosos, que es algo terrible. Una lacra que no podemos llevar. Ser orgullosos es el peor de los pecados, aunque eso conlleve que mandemos a tomar por culo nuestra dignidad. Que permitamos que otros nos avasallen, nos pisoteen, o que día sí y día también consideren que somos imbéciles y actúen en consecuencia.
O bien formemos parte del engranaje. Si nos putean, puteamos a algún otro y con eso ya sentimos que el equilibrio cósmico ha hecho su parte. Como me putean, tengo derecho a putear a alguien, se lo merezca o no.
"Y te jodes como Herodes".
Por lo que a mí respecta, yo hace años que tomé mi decisión. No es la decisión más fácil, como podéis ver. No me eleva en una posición de éxito. Me granjea problemas constantes, roces, enfrentamientos, y prácticamente nada que se parezca a una recompensa (lo más parecido es saber que hago lo que considero correcto y poco más): ser honesto, en este mundo diseñado y basado en el arte de cagar y comer mierda, es pintarte una diana en el pecho. Exponerte a ser expulsado de todas partes, de rumores a tus espaldas, de puñaladas entre las costillas. De muchas, muchas amistades rotas. De irte a dormir muy triste mil noches porque tienes la impresión de que no importas a aquellos que se supone que deberías importar. Del desgaste que supone tener que levantarte una y otra vez cada vez que las circunstancias te han molido a palos.
No es un camino más fácil.
No es un camino mejor.
No te garantiza más que problemas la mayoría del tiempo.
Pero pienso en aquella conversación que tuve a los catorce años y tengo claro que para mí nunca hubo ni habrá otro camino posible.









2 comentarios:
Creo que sé por dónde vas, aunque es posible que haya cosas que no pille. Y bueno, creo que la actitud que tenemos en la vida es cuestión de carácter y esa es la actitud con la que estás a gusto y cambiarla pensando que tu vida sería mejor si actuaras de otra forma... quizás es cierto que tu vida fuera mejor, pero no te sentirías bien (creo que lo mismo le dije a Vic una vez). En el post hay un momento que dices que "somos humanos" y eso es quizás lo que más claro hay que tener siempre, que nosotros decepcionamos y que nos van a decepcionar, y que ya dependiendo de lo que sea y como suceda actuamos en consecuencia. Y ninguna línea de actuación es mala, a veces tragamos mierda porque pensamos que merece la pena y nos compensa y otras veces no. Y se trata de eso, de si compensa y es lo que siempre hay que plantearse.
Creo que no te animo mucho, pero bueno... me he leído el post hasta el final ^^
Abrazos y ánimo!
Tienes toda la razón, Rae! De hecho, la conclusión a la que llego es a la misma a la que llegas tú: lo mismo actuando de otra forma las cosas mejorarían, pero no sentiría que soy yo quien toma las decisiones. No si hago algo que no es propio de mí. Y sí, totalmente de acuerdo en el hecho de que a veces tragamos mierda porque creemos que compensa. En mi caso, me temo que compensar ha compensado poquito, salvando quizás el hecho de que puedo decir que en todo momento he sabido mantenerme firme y fiel a mis valores. Eso es algo que no todo el mundo puede decir!
No te preocupes por lo de animarme. Esto no es más que una reflexión... ya me anima de sobra que hayas terminado el post! :D
Publicar un comentario