miércoles, 14 de febrero de 2018

Angst- Indefensión aprendida



Adelante.
Escribe.
Escribe y refúgiate en tu mundo, en tus palabras. Hazlo porque, a veces, es lo único que te da fuerzas. Soltar lo que llevas dentro, para así poder tomar aliento y ver las cosas con perspectiva. No, no te solucionará la vida ni resolverá tus problemas, eso ya lo sabes. El mundo se encarga él solito de decírtelo día tras día, minuto tras minuto. Pero te dará fuerzas. Es la forma que conoces de gritar sin molestar a nadie. De encontrar un pequeño rincón donde, al menos, puedes estar en paz contigo mismo.
Sin juicios.
Sin reproches.
Solo tú y tus pensamientos.

Y piensas.
Piensas en lo que eres. En lo que has conseguido. En esos pequeños logros del día a día que te dibujan una sonrisa en el rostro. Pero también piensas en aquello que no eres. En lo que se espera de ti y que no te ves capaz de dar. Piensas en todo, en absolutamente todo lo que se te dice, día sí y día también. En lo que se te dice, y en lo que se te calla.
Y te das cuenta de que pareces no estar a la altura de lo que deberías. De que la mayor parte de cosas que haces son erróneas; que aquello por lo que luchas, aquello en lo que crees, es extremadamente difícil o fútil. El mundo entero te hace ver que estás luchando contra molinos y te habla, oh, sí, te habla de lo que te conviene. De lo que debes hacer. De lo que no debes hacer. Lo que pensar, lo que desear.
Sin preguntas.

Pero resulta que no eres capaz, o no te sientes capaz de cubrir esas expectativas. Habrá quien te llame cobarde por ello, quien acuse centenares de carencias en ti. Te dirán que eres tal, cual o tal otra vez. Todo el mundo sabe qué es lo que te conviene. Y tú sólo puedes mirarlos embobado, porque... porque hay días en que ni tú mismo sabes qué es lo que realmente te conviene.
Haz.
No hagas.
Sé.
No seas.
Dí.
No digas.

Dime, ¿has vivido eso alguna vez? ¿Alguna vez has sentido que no haces otra cosa sino vivir sujeto a las expectativas que tu Universo tiene sobre ti? ¿Que lo único que pareces esperar de todo aquello que te rodea es que, por una vez en tu vida, consigas que alguien se sienta orgulloso de ti? Dime, has llegado alguna vez a ese punto de desesperación en que, hagas lo que hagas, elijas lo que elijas, digas lo que digas, lo único que consigas a tu alrededor es justo lo contrario?
Decepción tras decepción.
Reproche tras reproche.
Palabra tras palabra.

Ninguno de ellos cae en saco roto, te lo puedo asegurar. Oh, sé que parece lo contrario. Tras cada reproche siempre la misma canción, ¿no la conoces? Es ese viejo tema recurrente; ese que canta cómo, al mismo tiempo que tú sientes cómo las entrañas se quedan en carne viva ante cada palabra que te recuerda todos tus fracasos, lo único que oyes es que no escuchas. Que todo te da igual. Que eres obtuso, intolerante, de mente estrecha y que solo respetas tu propio criterio.
¿Cuántas veces has oído aquello de que pisoteas a los demás, que sólo lo que tú piensas es lo correcto y que eres incapaz de aceptar una crítica?
¿Cuántas veces te has sentido como una especie de monstruo solo al escuchar toda esa clase de cosas?
¿Cuántas veces te has planteado si realmente eres así de mezquino?

Escribe.
Escribe cómo te sientes, pero cómo te sientes de verdad.
No va a leerte tanta gente, porque quizás no le importe a tanta gente. O bien no lo entiendan. O bien les mueva la curiosidad, solo por saber si has vuelto a las andadas y a escribir lo que ellos esperan que escribas: lenguaje sucio, violencia verbal, rabia contra el mundo.
Pero no. Nuevamente eres una decepción. Sólo eres tú, y quizás eso no es suficiente. Quizás eso no es lo que deberías ser. No, estás aquí, vomitando lo que llevas en las tripas, sacándote las esquirlas de dentro y viendo estúpidamente cómo brota la sangre de las heridas.

Adelante, cuéntale a tu Universo que realmente no eres tan impresionante. No tienes, oh, sorpresa, la solución a todos los problemas. No eres más inteligente que los demás, ni siempre tienes las palabras adecuadas. De hecho, a veces ni siquiera eres tan inteligente como los demás, y tus palabras tienden a provocar conflictos que tú ni siquiera te habías planteado que lo harían. O, del modo contrario, lo entiendes todo al revés y acabas causando un desastre de proporciones catastróficas.
Dilo.
Cada día que pasa entiendes menos el mundo que te rodea. Cada día que pasa es, probablemente, otra muesca en tu cinturón. Más reproches, más reprimendas, más sermones.
Porque hiciste.
Porque no hiciste.
Porque obraste mal.
Porque lo mismo obraste bien, pero no era el momento.

Y te sientes como esos pobres animales de laboratorio, que se quedan paralizados en un rincón de su jaula tras recibir descargas hagan lo que hagan. Y no porque sean unos cobardes, ni porque carezcan de ambición. Ni porque sean obstinados o cortos de miras. Están paralizados porque han llegado a la conclusión de que cualquier cosa que hagan tendrá un resultado perjudicial para ellos. No es que hayan perdido la voluntad; sencillamente, han elegido no elegir.
Es la solución fácil, diréis.
Hay que seguir intentándolo, añadiréis.
Porque no hay que rendirse.

Y puede que sea verdad, pero esas frases, en según qué contextos resultan vacías y por completo carentes de contenido. Imaginad a alguien que pasa hambre. Alguien que se encuentra débil y que apenas puede caminar. Alguien que lo único que puede hacer es miraros con la vista perdida. Probad, pues, a decirle que su problema consiste en dejar de tener hambre. Que lo único que tiene que hacer es recuperar las fuerzas. No os falta razón en vuestro argumento, desde luego, pero tal vez, y solo tal vez porque es posible que me equivoque, no sea eso lo que el hambriento necesita en esos momentos.

Dime, ¿qué necesitas tú, entonces?
Esa es una gran pregunta. Una pregunta cuya respuesta todo el mundo, salvando uno, parece conocer. Todo el mundo, todo tu Universo alrededor, tiene la llave mágica. La solución. Todo el mundo parece saber cuál es la actitud que debes tomar, qué camino debes seguir. Parece todo tan fácil que hasta asusta; especialmente cuando uno, desde dentro, no consigue verlo. No por obstinación, ni por orgullo, no. Podríamos decir que es por falta de entendimiento. ¿Nunca te ha pasado eso de que te están explicando algo que debería ser muy sencillo y, da igual cómo te lo expliquen, no lo entiendes? ¿Alguna vez te has sentido humillado en silencio porque se espera que seas capaz de captar algo a la primera y tú, por el motivo que sea, no lo consigues y lo único que se te ocurre es fingir para que no se note?
Si no es así, eres envidiable.

¿Cuántas veces, por contra, te han hablado acerca de un curso de acción y lo has interpretado al revés? ¿Cuántas veces te has sentido tan estúpido por tu error que te has visto incapaz de hacer nada útil a continuación, a causa del miedo que supone equivocarte de un modo aún más desastroso?
Dime, con total sinceridad, ¿cuántas veces te has sentido como la cosa más inútil sobre la faz de la tierra cuando, de una forma pasmosamente frecuente, recibes constantes informes acerca de todos tus errores? La situación se recrudece, ya no sólo cuando oyes críticas, sino cuando te das cuenta de que ya ni te acuerdas de la última vez que alguien te felicitó por algo que habías hecho bien. Cuando una, una sola de tus decisiones, se vio como un acierto y no como otra de las estupideces que haces todo el rato.
Cuando, para variar, sientes que el Universo a tu alrededor te toma en serio y considera que sí que puedes aportar algo útil.

¿Qué necesitas, pues?
¿Palmaditas en la espalda?
No.
¿Atención?
Por favor.
¿Entonces?
Cuando vives el tiempo suficiente, te das cuenta de que cosas como esas son bastante vacías. No tiene ningún sentido necesitarlas cuando detrás de ellas no hay nada. Y, para bien o para mal, cuando se demandan y se consiguen, el vacío que hay tras ellas es brutal.
Quizás el sentimiento más necesario sería saber que uno forma parte de algo, donde pueda sentirse exactamente al mismo nivel que los demás. Donde pueda hablar sin tapujos, sin miedo al "qué dirán", sin sentirse socavado, cohibido, juzgado; sin tener que escuchar cómo lo mandan a uno callar, sin sentir que molesta a nadie; sin tener que dar explicaciones acerca de lo que haya dicho, hecho, dejado de decir o dejado de hacer; sin dobles lecturas, sin malas interpretaciones; sin desconfianzas ni generar silencios incómodos. Sin enfriamientos, ni distanciamientos, ni abandonos.
Sin que a uno le griten más, por favor.

Por eso escribes. Por desahogarte.
Te sueltas el pelo y dices "Qué demonios"; porque o lo sueltas o revientas... y ya has perdido la cuenta de las veces que has reventado. Porque, ¿qué más da? No es más que otra pataleta, ¿a que sí? Porque a uno no le puede doler nada jamás. Háblale como quieras; dile que se calle, chíllale, llámale lo que te dé la gana. Prueba a amenazarlo, a compararlo con gente que te parece mejor, a ponerlo en entredicho. Atribúyele ideas que no sabes si tiene realmente; acúsale de lo que quieras.  Traiciónalo. Abandónalo. Cúlpale de tus problemas, o págalos con él. Humíllalo. Toma sus carencias y restriégaselas por la cara. Minimiza sus aciertos y réstales importancia. Hazle ver que su vida, su actitud, su forma de pensar, incluso él mismo no son gran cosa. Seguro que es capaz de soportarlo. Y si no lo soporta, ya se le pasará, no es tu problema.

En eso consiste el desahogo.
No consiste en decirle al mundo que eres una víctima. No lo eres. Sencillamente estás cansado. Cansado de no entender, de fracasar, de no sentirte jamás en el lugar correcto. De no tener jamás las palabras correctas, ni las ideas correctas. Cansado de tener esa falta de seguridad cuando haces algo. Cansado de ese miedo cada vez que tomas una decisión, pues puede convertirse en otro detonante para otra reprimenda. Cansado de actuar de buena fe sólo para darte cuenta de que la magnitud de tu error empaña esa buena fe por completo. Cansado de ser recordado por tus errores, por tus momentos de debilidad, por aquello que hiciste y jamás se entendió. Cansado de que te recuerden todo eso como si tú mismo no te lo recordases día a día, o como si no te importase lo que te importa.  Cansado de tener que demostrar no ser lo que han creído que eres. Cansado de acumular polvo en las botas, de ir de aquí para allá, de no terminar jamás de encontrar tu sitio del todo; de valorar tanto cada decisión para que luego ésta sea puesta en entredicho, echada por tierra y pisoteada.
Te sientes mal, muy mal, y no encuentras el modo de sentirte mejor. El Universo a tu alrededor te dice "Estás mal porque quieres; solo tienes que pelear por estar bien", y tú no eres más que ese animal enjaulado, temblando en un rincón. Te preguntas cómo puede ser eso tan fácil para todo el mundo mientras que tú ni siquiera sabes cómo reaccionar.

Suelta toda esa desazón. Conjura a tus propios demonios. Que el resto de los mortales digan, si quieren, que tienes uno, dos o diez motivos ocultos tras tus palabras. Que monten sus propias teorías de la conspiración, si quieren, y que te vean como el monstruo que quieren ver, ya que llegados a cierto punto, no puedes ya convencerles de que vean otra cosa. Que levanten sus propios diagnósticos. Que tasen, evalúen y así limpien sus conciencias. Deja que todos ellos jueguen a sus juegos, que sean ellos los que digan las palabras adecuadas y que esgriman las soluciones. Deja que crean que van a salvar tu vida, aunque realmente no han salvado nada. De haberlo hecho, no estarías aquí, sacándote los cristales de debajo de la piel.

No, quizás escribir no sea la solución a tus problemas, como no lo era llorar cuando eras pequeño. "Llorando no arreglas nada", te decían. Y era cierto.
Pero no era lo que necesitabas.
A veces, solo a veces, necesitamos llorar. Necesitamos hablar. Necesitamos desahogarnos. Necesitamos gritarle al mundo. O bien, necesitamos recluirnos y lamernos las heridas porque sencillamente no tenemos fuerzas para lidiar con según qué cosas. Para aceptar según qué cosas. Para soportar según qué cosas. Es algo humano. Pero lo que no podemos, al menos algunos de nosotros, es limitarnos a tragar saliva, poner la otra mejilla y actuar como si no pasara nada. Sencillamente no podemos sonreír, decir "Eh, ya me pongo bien" y sentirnos mejor solo con desearlo. Para algunos de nosotros las cosas no funcionan así. No son "dos más dos son igual a cuatro". Ojalá, pero no.

Pero, quién sabe. Tal vez todo este desahogo no sea más que otra línea en mi eterna lista de errores. Es más que probable que todo lo que he sacado desde las entrañas no sea más que otro deprimente ejemplo de mi errónea visión del mundo. Que cualquiera medianamente inteligente lea todo esto y pueda sacar otra lista de todo lo que he entendido al revés, de todo aquello que he dicho que debería haberme callado. Quién sabe, puede que la idea misma de desahogarme resulte no ser la correcta y que lo que me toque sea coger y reventar por dentro. O haberme desahogado de otra manera. Lo que sea. Seguro que he fallado estrepitosamente en algo y tarde o temprano aparecerá alguien para decirme lo que tenía que haber hecho. A toro pasado, cuando todo ya está hecho y el error cometido, no antes. Apareciendo de entre las ruinas, en plan deus ex machina, con la opción que tenía que haber tomado en su momento y recriminándome no haber caído en ella.
No soy más que un animal enjaulado y cualquier decisión que tome, al parecer, será puesta en entredicho. Así que lo admito: no he hecho lo correcto, ni lo que se espera de mí. No he hecho nada inteligente, ni probablemente útil.
Me he limitado a hacer aquello que necesito hacer.

lunes, 8 de enero de 2018

Escupiendo Rabia- Hablando claro



Vamos a hablar claro.
Aquellos que me conocéis sabéis que puedo tener cien, mil, un millón de defectos, pero sabéis que andarme con rodeos no cuenta entre ellos. Cuando hablo, hablo muy clarito. Tan clarito que a veces hasta molesta, porque tiendo a decir cosas que muchos estamos pensando (esto no me lo invento, siempre llegan confirmaciones bajo cuerda) pero que no todo el mundo se atreve a decir en voz alta, y eso no está bien visto. Al parecer, este mundo va de disimular lo que sentimos, fingir ser lo que no somos y poner buena cara a quien no creemos que se lo merece. Sin ánimo de echarme flores (mi autoestima y mi estado de ánimo no dan para tanto, lo siento), tiendo a ser la voz discordante, que se mantiene firme mientras los demás dicen "muévete". La voz que a menudo mandan a callar, pero no por falta de razón (que no siempre la tengo, pero no es ese el motivo), sino por ser la que tiende a remover aquello que nadie se atreve a remover. Soy quien se ensucia las manos cuando la mayoría no quiere hacerlo y quien acaba cargando con las consecuencias, pese a haber hecho lo que había que hacer, y pese a haber contado con el apoyo de otros.
Y por eso, el mundo en que vivo me parece un auténtico estercolero.

Así que supongo que ha llegado el momento de hablar sin tapujos. ¿Qué más da, ensuciarme las manos una vez más, cuando sé que para muchos soy siempre el culpable de todo cuanto pasa, sea responsabilidad directa mía o no? ¿Qué más da, cuando la política general es pagar conmigo un mal día, problemas con terceras personas o situaciones de las que no tengo ni la menor idea hasta que me han acusado con el dedo y me han echado a los perros? Y de todos modos, ¿cuántos de vosotros vais a leer este artículo hasta el final? ¿A cuántos os importa realmente lo que yo diga o deje de decir? ¿Cuántos vais, por una vez en vuestra vida, a poneros en el pellejo del que lo está escribiendo, en lugar del consabido "Ya está este tío, pasándose tres pueblos otra vez"? Porque, vamos a ser claros: desde siempre ha sido muy, pero que muy fácil juzgarme. Juzgar lo que digo, lo que hago; lo que he optado por callarme o lo que no he querido, podido, sabido o atrevido a hacer. Porque siempre resulta mejor lanzar el dedo acusador en lugar de coger y preguntarme "¿Pero qué ha pasado?". No. Siempre es "Lo has hecho mal", "Es que tenías que haber hecho tal y no cual", "La has cagado". Siempre a posteriori. Siempre con la solución mágica en la que yo no he caído, siempre después de que yo ya haya cometido el error. Como si en esta vida nadie más se equivocase, salvo yo. O como si mis errores fuesen siempre los imperdonables.


Y el de la izquierda soy yo. A veces la mano es la mía propia.
A veces la de otros.
La cosa es que tiendo a sentirme culpado con facilidad... y es cuando veo que soy el que más acusaciones se lleva cuando me paro a pensar si realmente soy tan desastre o es que ya se ha tomado por costumbre culparme a mí de todo.


Tiene gracia.
Aquellos que me conocéis sabéis que mis valores, mi exceso de conciencia o como queráis llamarlo me impiden actuar de mala fe sin provocación previa. Jamás me veréis con la intención de hacer daño a nadie sin que considere que esa persona me haya causado algún tipo de molestia previa. No me veréis tomar represalias con nadie que no haya hecho nada antes, bien a mí, bien a gente de mi entorno. Y aun así, con relativa frecuencia siento que se duda de mí constantemente; que cualquiera de mis decisiones se tiene como error de forma sistemática hasta que me toca demostrar que no, que estaba haciendo lo que estaba haciendo por un motivo más que de peso (también puede resultar en error, pero lo curioso es que lo primero que se piensa, ya de entrada, es que la estoy cagando, y luego si eso ya veremos); que cualquiera de mis errores (que sí, que son muchos) es considerado una afrenta, y tratada como si la hubiera hecho a conciencia o a traición; a veces, se tiene por algo incluso más grave de lo que yo mismo considero, lo cual ya es decir (ya he mencionado anteriormente que mi tolerancia a mis propios errores es reducida y tiendo a culparme bastante por ellos, dándoles una importancia que nadie más le da). Es como si, llegados a cierto punto, cualquiera de mis fallos no solo no se viera como eso, como un fallo, y en su lugar recibiese el máximo castigo. Los reproches más duros. El trato más condescendiente.


Me es bastante familiar sentirme así.


De mí a menudo me han llegado juicios de valor sobre mi mentalidad, que por lo que veo nunca es la adecuada; sobre mi forma de ver las cosas, que siempre es errónea; sobre la vida que llevo, que parece ser que es incorrecta de principio a fin y algo sobre lo que todo el mundo tiene derecho a sentar cátedra; sobre mi actitud, que tampoco parece ser la que se espera de mí; sobre la clase de persona que soy, que a veces hace que yo mismo me cuestione la moralidad de mis actos, como si yo mismo fuese una mala persona; sobre la que no soy; sobre la que debería ser; sobre la que jamás llegaré a ser. Algunos de vosotros me habéis medido, evaluado, tasado, juzgado y, en ciertos contextos, declarado indigno. Es algo que solemos hacer, ¿verdad? La ironía consiste cuando vemos que quien más nos lo hace es gente a la que nosotros no se lo hemos hecho. No voluntariamente, al menos. No sin arrepentimiento. En otros casos, es gente a la que jamás se lo haríamos, bien por cariño, por respeto o por ambas cosas.
Eso te lo hace un desconocido y en menos de lo que canta un callo lo mandas al carajo y te dedicas a otra cosa. Sin embargo, duele cuando te llueven golpes de gente a la que bajo ningún concepto te plantearías dañar. Duele cuando resulta que, por lo visto, eso debe parecerte lo normal, y de paso tu lugar en el orden natural de las cosas es escuchar con la cabeza gacha y aceptar absolutamente todo cuanto oyes de ti. Sin importar que no estés de acuerdo. Sin importar que lo que oyes te parezca terriblemente injusto.
Sin importar que te duela.



"Ya se le pasará. Y si no se le pasa, es su problema".


Quizás por eso hoy me apetece dejarme de tonterías. Muchos de vosotros os habéis considerado muy cercanos a mí; otros, no tanto. Estos últimos no tenéis por qué sentiros aludidos. Al fin y al cabo, sois conocidos; gente con la que me llevo bien, pero sin más confianza que esa.
La cuestión es que muchos de aquellos que os habéis estado considerando amigos míos os habéis dado cuenta de que he desaparecido a lo largo de los últimos meses. No me he ido ni lejos, simplemente he tomado la determinación de no ser yo quien inicie una conversación. De no ser yo quien os llame. ¿Os acordáis de cuando estabais mal y era yo quien os buscaba para preguntaros cómo iba la cosa? ¿Os acordáis de aquellas largas conversaciones, cuando me contabais vuestros problemas y yo os escuchaba? ¿De cuando me preocupaba por que estuvierais bien? Pues bien, esta vez soy yo el que ha tenido su mala racha. El que lo ha pasado mal. Lo habéis sabido en el momento en que he desaparecido, porque corregidme si me equivoco: ¿No solíais pensar, e incluso decir que siempre estoy ahí? Si a esto añadimos algún comentario que he hecho de vez en cuando, en el momento en que se me ha aludido para alguna cosa diría que ha sido más que revelador; como he mencionado arriba, hablo claro. He estado escribiendo algún artículo por aquí, contando cómo me siento y lo he publicado. No os lo he ocultado a ninguno. Habéis podido leerlo cada vez que os ha parecido, porque eran muy fáciles de encontrar. De hecho, algunos lo habéis leído. Lo sé porque tengo acceso a las visitas de este blog.
Y os ha importado una mierda a muchos de vosotros.



"Pedazo de traje llevo".


Supongo que la mayoría tenéis excusa: que también tenéis vuestros propios problemas, que todos tenemos una vida, que tal y que cual. Las acepto. Pero en ese caso, me queda claro que entonces esto no va en dos direcciones. Con esa actitud ya me dejáis claro que mientras yo he estado para escucharos, para apoyaros, para ayudaros... Mientras yo he estado para soltaros chistes y haceros reír, todo ha ido bien. En el momento en que las cosas han cambiado sus tornas y soy yo el que lo está pasando mal, ya no parezco ser ese amigo tan especial que decíais que yo era. De buenas a primeras, habéis encontrado algo mejor que hacer con vuestras vidas. Porque vuestro tiempo es demasiado precioso para hacer lo que yo hacía con mi tiempo, que era escucharos.
Y eso de sentirme como una persona por completo desechable me tiene que parecer bien.
Una preciosidad, incluso.

Con esto no digo que toda persona a la que yo escucho, apoyo o ayudo me deba nada. Si pensáis eso, por favor, poneos en la cola de gente que me juzga sin tener ni la más mínima idea de la clase de persona que soy realmente y desapareced de mi vista inmediatamente porque no quiero saber más de vosotros.
No.
Lo único que digo es que yo baso la amistad en la confianza mutua. Creo que la mayoría de vosotros, al menos aquellos con los que he tenido un trato estrecho, podéis decir que me dejaría matar antes que romper un voto que haya hecho. Que, bajo ningún concepto, rompo una promesa de forma voluntaria. Que hago todo lo posible por ser una persona honrada y en la que se puede confiar. Que soy una persona que, debido a circunstancias personales que no mencionaré aquí, pero que aquellos que me conocen bien entenderán, no tolero el abandono de un amigo. Si te considero un amigo, verás que me resulta inconcebible abandonarte o dejarte en la estacada. Puedo, sí, cometer muchos, muchísimos errores. Todos los que quieras, pero no. No soy un Judas. No abandono a nadie, menos todavía para beneficiarme de ese abandono. No a menos que considere que esa persona ya no me parece digna de apoyo. Lo digo por aquellos que os habéis portado como os ha dado la real gana, sin importaros a quién habéis dañado y luego habéis esperado que vaya yo a apoyaros. Si de verdad esperabais eso de mí, por favor, uníos a los que pensaban que cuando ayudo a un amigo es porque espero que me lo agradezca o me lo devuelva, porque tampoco quiero saber nada de vosotros.


Aquí tenéis la puerta.


Quizás por eso, con aquellos que solo me habéis buscado o solo me habéis querido cerca para contar con mi ayuda, lo único que he visto es un afán tremendo por miraros el ombligo. He sido vuestro paño de lágrimas. Cuando habéis estado mal, habéis sido capaces de llamarme a las dos de la mañana y no me veréis jamás que os haya dado largas. Os he escuchado. Cuando me lo habéis pedido, os he dado mi opinión. Incluso mi consejo. Me he llegado a desplazar a vuestras casas cuando habéis estado mal y necesitabais compañía. Me he preocupado por algunos de vosotros cuando habéis estado enfermos o tristes. Os he dado las fuerzas que he podido cuando creíais que no podíais más. Cuando creíais que todo había terminado.
Sabéis lo que ha venido después, ¿verdad?
Que os habéis recuperado y lo mejor que muchos de vosotros habéis sabido hacer es dejar de contar conmigo de la noche a la mañana. Habéis dado con gente mejor que yo, al parecer; más acorde a vuestras nuevas necesidades, o a vuestra nueva vida, en otros casos. Habéis sabido que me he encontrado mal y... ¿dónde habéis estado? ¿Acaso habéis venido a preguntarme qué tal estoy? He desaparecido y, en lugar de plantearos siquiera lo que me pasa, me habéis juzgado. Habéis dado por sentado que, una vez más, la estoy cagando. Otros, ni siquiera habéis llegado a eso. Habéis tomado otro camino y os ha dado igual. Yo habré desaparecido, pero tal vez vosotros habíais desaparecido antes, ahora que lo pienso.



Ya pilláis la referencia, ¿verdad?


Y yo me he tenido que comer todas mis tribulaciones sin más compañía que la de aquellos que sí se han dado cuenta de forma automática. He tenido suerte, porque sí ha habido gente que ha estado ahí, preguntándome cómo me encuentro, apoyándome. Gente que, bien he conocido hace muy poco, (o menos que muchos de los que habéis dicho ser amigos míos), bien ha hecho enormes esfuerzos que agradezco desde aquí. Viviendo en otras ciudades, o incluso en otros países. Saliendo de trabajar después de doce horas y preguntándome, nada más salir por la puerta del trabajo, cómo me encuentro. Gente con empleos puñeteros, con hijos a los que atender. Con la agenda hasta arriba, estando incluso enfermos, y que han dedicado solo un momentito para escribirme o mandarme un mensaje de audio. Haciendo lo posible por animarme en los momentos más oscuros. Tal y como habría hecho yo con ellos. Suerte que los he tenido a ellos y no a vosotros, sí, esos que habéis tenido montones de razones de peso para no hacer lo que yo sí habría hecho por vosotros... porque si de vosotros dependo... Si de vosotros dependo me daría cuenta de que lo que estoy es muy solo y de que la gente a la que he dedicado mi tiempo, mi cariño, mi apoyo y mi confianza es gente que solo ha vivido para mirarse su ombligo e ignorar por completo lo que nos sucede a los que estamos a su lado.



"Pues sí, pedazo de traje llevo"


Quizás por eso este artículo es un agradecimiento a aquellos que sí habéis dedicado un simple minuto de vuestras vidas para preguntarme "Eh, ¿estás bien?" cuando habéis visto que no estaba de humor para subir chistes de culos y tetas. Para aquellos que, sabiendo que he estado pasando por rachas de ánimo más bien bajo, habéis dicho "Voy a escribir un rato a este tío para ver si le arranco una sonrisa". Vosotros, los que habéis estado ahí, sois los que no habéis corrido, ni os habéis escondido, ni os habéis refugiado en una o diez razones, en una o diez personas, para no estar ahí. Sois los que os habéis esforzado, con algo tan sencillo, y me habéis dado fuerzas para no venirme abajo. Para seguir pensando en mis proyectos personales, para que mi trabajo me siga dando alegrías. Os habéis esforzado en hacerme una persona un poquitín más fuerte, en lugar de culparme de todo cuanto me pasa (cosa que, por lo visto, parece ser una tónica constante y al parecer va fenomenal para ayudar a alguien con la autoestima hecha polvo) o de echarme broncas que ya me echo yo solito. Sois los que habéis hecho un esfuerzo titánico por hacerme ver que ni soy un monstruo ni el inútil que muchos otros sí parecen pensar que soy. Tal vez no la persona más resolutiva del mundo, desde luego... pero gracias a los que habéis estado ahí, al menos puedo ver que hay cosas para las que sí valgo. Cosas que sé hacer. Cosas que se me dan bien. Que mi personalidad puede tener sus sombras (como las de todo el mundo, incluido tú, que me estás leyendo), pero también sus luces.


"Ehmmm... No estoy..."
Ya, no hace falta que lo jures.


No obstante, debo decir que esta desaparición que habéis vivido y que a algunos de vosotros os ha importado se va a perpetuar una temporada. Tranquilos, que no me muero ni nada parecido; simplemente, ha llegado el momento de explorar otros universos, otros horizontes. De centrarme en aquello que me hace feliz e ir soltando lastre de todo aquello que no. De abandonar aquellos mundos en los que veo que sobro o donde no me veo como uno más, sino como uno menos. Entrar en un lugar donde lo único que veo son discusiones y la opinión de mierda de aquellos que hablan sin saber de lo que están hablando, y ver como todo se convierte en una plataforma reivindicativa del tema de moda o en una pelea de perros para ver quién chilla más no ayuda. Participar en ciertos círculos donde, se cuenta conmigo a toro pasado o directamente no se cuenta conmigo tampoco es que me haga feliz. A nadie le hace feliz sentirse el ciudadano de segunda clase, el que no es bienvenido en ciertos contextos ni el que solo parece ser de utilidad solo cuando la cosa va de hacer payasadas o únicamente cuando convenga.
Puede que otros os lo acepten. Puede que yo mismo lo haya aceptado. Pero lamento deciros que yo también me canso de que me hagan feos, de que me desplacen para según qué cosas; de ser visto como el tonto de turno al que "si le haces tal o cual, si le dices tal o cual, no le va a importar". Y mucho me temo que hace tiempo que me cansé. Pensé que lo mismo ibais a daros cuenta, pero me temo que os he sobrevalorado. Las cosas me dolían y no lo ocultaba; puede que no lo dijera abiertamente porque sabéis de sobra que odio entrar en conflicto, pero no. No lo ocultaba. Solo teníais que mirarme a la cara. Y aun así, jamás una disculpa, jamás un "Oye, no lo hemos hecho bien contigo". Habéis seguido, a sabiendas de que hay cosas que me duelen. Y no parece haberos importado en lo más mínimo.
Quizás ha llegado el momento de emprender otros caminos, como he mencionado. Mantener el contacto con la gente a la que realmente siento que importo y tratar de superar la pérdida de aquellos que me han demostrado que para ellos no soy más que un chiste que leer, o alguien que solo vale para echarse unas risas. Alguien que sobra en sus nuevas vidas de gente madura, responsable y todo eso que por lo visto yo no entiendo. Porque en el momento en que muchos de vosotros habéis dado con un puesto de trabajo serio, os habéis emparejado, casado o tenido hijos yo he empezado a desentonar en vuestras vidas. Poco a poco, he ido sobrando. Poco a poco, habéis demostrado que no soy suficiente para vosotros; que todo cuanto haya podido hacer por vosotros en el pasado ya queda muy atrás. Sois personas nuevas, al fin y al cabo. Y la gente, cuando crece, tira sus juguetes, o busca otros más acordes.



"Lo siento, ¿decías algo? Es que tu opinión significa muy poco para mí"


Así que no, no me voy muy lejos. Aquellos que habéis tenido un mínimo interés sabéis cómo localizarme. Sabéis dónde encontrarme, como lo han venido haciendo aquellos que sí han estado. Es solo cuestión de que os importe. Muchos de vosotros ni siquiera habréis notado que me he ido, porque, seamos honestos: en unos tres meses desde que desaparecí hasta ahora, a muchos ni se os ha movido la conciencia en saber cómo estoy. No me ha pasado nada grave; es decir, lo he pasado mal pero no he tenido ningún accidente, ni he pasado por ninguna enfermedad que haya puesto mi vida en peligro... pero es que me llega a pasar y vosotros a lo vuestro. A vuestras historias. Es una señal más que clara de lo mucho que pinto a vuestro lado y, como es evidente, no voy a molestaros más. Quizás uno de los propósitos de este nuevo rumbo es dejar de molestar a aquellos que, de forma silenciosa, consideráis que sobro en vuestras vidas. Es otra de mis virtudes, supongo: llegado ese punto, no me molesto en insistir; simplemente acepto que ese ya no es mi lugar y me busco otro donde sí sienta que estoy en mi sitio.

Mantendré, por supuesto, el contacto con aquellos que sí habéis demostrado interés. El resto... Para qué os voy a engañar: a estas alturas de la película, no tiene el más mínimo sentido que os molestéis. Total, no lo habéis hecho hasta ahora. Que vengáis a hablarme ahora, única y exclusivamente cuando digo esto, y tras meses en que, para variar, he sido yo el que no ha dado señales de vida, dice mucho. Muchísimo.

He añadido este artículo en la sección de Escupiendo Rabia pero, para ser sincero, no es rabia mi sentimiento ahora mismo. Tampoco me siento triste, como cuando he estado escribiendo estos meses en la sección de Angst. No es ni lo uno ni lo otro. Es más bien... más bien es cansancio. Cansancio de encontrarme otra vez en esa situación en que gente que me ha estado importando se comporta como si, de pronto, yo fuera un pañuelo usado que puedes tirar cuando ha cumplido su función. Decepción. Decepción porque, pese a mis fallos y mis debilidades, siempre he procurado hacer las cosas con la mejor de mis intenciones, y lo que me encuentro es que o no se ha entendido o que simplemente eso ha dejado de importar. Necesidad de desahogarme y soltar todo lo que llevo dentro desde hace ya una buena temporada. Porque, hasta la fecha, tengo la impresión de que a mí se me ha podido hablar como se ha querido, se me han podido hacer todos los feos que se han querido y la impresión general es que soy como un perrito al que le puedes dar con un periódico en el hocico, que al rato volverá a ti, contento de que le llames. Sin pensar siquiera que a mí las cosas me pueden llegar a doler. Dando por hecho de que, bueno... como hay confianza conmigo, se me puede tratar de cualquier manera. O bien, que si me duele, me aguanto, que para eso estoy.
Como digo, me estoy ensuciando las manos; soy yo el que está escribiendo, largo y tendido. Soy el que está soltando una parrafada tremenda y que, con toda seguridad, no va a importar a nadie. Especialmente, a muchos que han dicho ser amigos míos y me han considerado como tal y que ahora se encuentran en otra longitud de onda. En otro Universo, si quieres. Gente para la que, me duele admitirlo, hace ya bastante que no pinto nada. No, no puedo sentirme enfadado con gente que lo único que me ha demostrado es tener cosas mejores en las que pensar. Ambiciones más elevadas, amigos mejores, entornos más prometedores. Cosas mejores que hacer que escucharme cuando estoy mal. Quizás es por eso por lo que estoy escribiendo aquí. Como el que se saca una esquirla de cristal que se le ha quedado clavada bajo la piel. Algo doloroso, pero necesario. Para desahogarme, y dejar que quien quiera, lea cómo me siento, sin tener que obligar a nadie a hacerlo. Sin ser esa molestia de la que os hablaba. A estas alturas, ya ni espero una oleada de comentarios de apoyo, ni debatir al respecto. Ese momento pasó hace ya tiempo, y aquellos que se dieron cuenta aprovecharon la oportunidad para hacerlo. Ahora, ¿qué me vais a decir? ¿Qué me vais a contar? ¿Qué explicaciones me pensáis dar después de meses? No, ya no necesito que os toméis más molestias por mí. Que finjáis que os importo.



De verdad, por mí no lo hagáis.


Supongo que ahora debería añadir una forma bonita de terminar este artículo. No sé, una cita célebre, una frase lapidaria, algo así. Me temo que no se me ocurre gran cosa. Tampoco sé deciros sobre qué van a tratar los próximos artículos, porque sí tengo intención de seguir escribiendo. No porque me leáis, me dejéis de leer o lo que sea. Escribo porque me gusta. Porque necesito sacar todo lo que llevo dentro, ya sea cuando me encuentro fatal, o cuando quiero contar algo raro que me ha pasado. No necesito vuestra aprobación, ni que me deis la razón en nada. Ni siquiera necesito sacar un tema para formar un debate al respecto. Quizás lo único que necesite es lo que ya estoy haciendo, ni idea. El tiempo lo dirá.

martes, 5 de diciembre de 2017

Angst- Otro año




Otro año que acaba.
Otro año en que no hay nada nuevo bajo el sol. No en ciertos contextos, al menos.
¿Que qué pienso de este año? ¿De lo que ha sido?
Que no es más que otro año más, donde llueve sobre mojado.
Empecé el año tirando a mal, formando parte de situaciones que no me gustó vivir, y ante las cuales quizás no tomé la parte más activa. No todo lo que debería, al menos. No visto desde fuera. Por cobardía, seguramente piensan aquellos que fueron testigos; por cansancio, digo yo. Y es que ya venía muy cansado del año anterior. Cansado de participar en una y mil batallas que no me aportaron mucho más aparte de un desgaste emocional enorme. De tener que dar un sinfín de explicaciones cuando pocas veces las recibía. Agachando la cabeza ante según qué cosas, y no por cobardía ni por pereza, no. Por impotencia. Por impotencia pura y dura. Porque, ante según qué situaciones, no sabes qué hacer para no empeorar lo que de por sí está mal. Porque sabes que, cuando abres la boca e intentas explicarte, no haces sino meter la pata una y otra, y otra vez. Hasta que llegas a ese punto de indefensión aprendida, donde directamente te haces un ovillo y cuentas con que esta vez, para variar, la cosa no vaya contigo. Porque si te mantienes en silencio es malo, pero a veces, si lo rompes es infinitamente peor.

Imagino que, llegados a este punto en el tiempo, habréis notado la terrible ironía que supone todo lo que acabo de decir, ¿verdad? Porque, para ser sinceros, este año que ya está terminando no parece sino una segunda parte de lo que supuso  el año anterior. Otro año de sinsabores, de desplantes, de palabras que me duelen y que por lo visto tengo que aceptar de forma sumisa. Otro año de disputas y de decepciones; bien porque me decepcionan a mí o bien porque soy yo el que resulta ser una decepción, para el caso es lo mismo. Otro año donde mis fuerzas se reducen a la mínima expresión y donde ya opto por apagarme como una vela, ya que la alternativa de explotar no me parece mucho más prometedora. Ni sana. Ni siquiera me parece una buena idea. Lo he hecho en el pasado demasiadas veces y no me ha aportado nada. Algo así como lo que me ha aportado callarme, solo que encima avergonzándome de mí mismo.
Otro año en que, por buenas que sean mis intenciones, no consigo hacerme entender, pese a que me explique una y mil veces. Pese a que me repita constantemente y no pare de insistir con lo mismo una y otra vez. Es como si recitara mantras en vete a saber qué lengua y, por más que lo intentara, viera que todo mi Universo personal se queda a cuadros, pensando que he perdido el juicio, que no hago más que cagarla o cualquier otra cosa similar. Otro año donde cada decisión que tomo es puesta en entredicho. Otro año en el que hago las cosas lo mejor que puedo, lo mejor que sé, y no hago sino sentirme juzgado una y otra vez. Juzgado, hallado culpable y sufriendo según qué veredictos.

Otro año en que acabo muy triste y muy solo, sintiéndome el blanco de todos los dedos acusadores, que me echan la culpa de todo cuanto sucede en mi vida, sea yo el verdadero responsable o no. Otro año en que lo único que escucho son reproches y acusaciones sobre lo mal que hago las cosas, soltados a bocajarro, donde se me llama de todo; donde se me dice de todo. Donde me siento tasado, evaluado y declarado indigno. Otro año en que escucho reproches, sí, pero escucho muy pocas voces que me preguntan cómo estoy.

Otro año en que tengo la triste sensación de que cualquiera puede permitirse el lujo de dirigirse a mí en los términos que considere necesarios. Decirme según qué cosas, sinceras o no, de tal manera que lo único que consiguen no es hacerme entender nada, ni abrirme los ojos ante nada; no, lo único que consiguen es hurgar en llagas que ya tenía abiertas, patearme las tripas y luego ignorar cualquier responsabilidad al respecto, como si no les importara nada el efecto que han causado realmente con sus palabras, solo el que buscaban.

Ha sido otro año en el que he tenido la sensación de que no formo parte del mundo que me rodea. Un mundo que parece funcionar en base a otro lenguaje, o seguir otras reglas. Un mundo en el que cada vez parece que pinto menos. Da igual el afecto que ponga o lo mucho que intente formar parte de algo; lo único que encuentro es fracaso. La sensación de que los engranajes siguen moviéndose, pero yo no soy más que una piedra entre ellos. Una piedra que impide que funcionen correctamente. Llamadlo estorbo, escollo o como queráis. La cosa es que así es como me siento. No importa que siempre me haya movido por mis valores (y, aquí podéis creeros lo que os dé la real gana; tengo más que claro que toda mi vida he procurado ser una persona lo más honrada posible); que haya hecho las cosas lo mejor que he podido, viéndome limitado (obviamente, y valga la redundancia) por mis propias limitaciones, que no son pocas. Da igual. La cosa es que la cago, y no solo eso: parece que solo yo la cago, y de peor manera que el resto del planeta.

Es otro de esos años en que tengo la sensación de que soy un inútil, que no hago nada bien. Que cada vez que abro la boca me tendría que haber quedado callado porque, bien sienta mal lo que digo, bien se entiende algo que no tiene nada que ver con lo que he dicho, bien a nadie le importa una mierda. Es otro año de esos en que tengo la sensación de que le importo una mierda a muchos que a mí sí me importan. De que estoy para lo que estoy, y no para nada importante; más bien para echarse unas risas de vez en cuando; para soltar algún chiste malo (o muy malo) de vez en cuando, para que otros me pidan ayuda en según qué cosas y yo la ofrezca sin pedir nada a cambio... o incluso de que la ofrezca sin que nadie me la pida. Es otro de esos años en que siento que, incluso por esto último, también parece que la cago. La cosa es que, da igual lo mucho que me esfuerce en que la gente que considero cercana se encuentre bien; no parezco ser suficiente para la mayoría. No soy lo que debería ser. No lo bastante, al menos. He estado para todo aquel que me ha necesitado y no me arrepiento; pero a la hora de la verdad... A la hora de la verdad, cuando he sido yo el que ha necesitado a otros, lo que me he encontrado, en muchos, muchísimos más casos de los que me gustaría admitir, ha sido la nada. La nada más absoluta. Aquellos que estuvieron mal y que contaron con mi ayuda, cuando se encuentran bien, son gente que parece fingir que ya no existo. Gente que ya ni siquiera está para un "Hey, ¿qué tal el día?". Gente que parece que tiene cosas mejores que hacer en su tiempo libre. Gente mejor.
Es duro tener que reconocer cuando ya no eres necesario cuando antes lo eras. Ni siquiera importante.

Es otro de esos años en que siento en que el mal que hago me sobrevivirá por toda la eternidad, mientras que el bien quedará enterrado con mis huesos, dando absolutamente igual el hecho de que jamás obro mal adrede (y puedo dar mi palabra de esto sin problema alguno. Los que me conocéis sabéis que yo jamás empeño mi palabra en vano). A todos los efectos, acabo sintiéndome como la más insignificante de las mierdecitas, como si yo mismo no valiera como persona.
Otro año en que siento que no he hecho nada remarcable y, si lo he hecho, ya no es que a nadie lo haya reconocido en mayor o menor medida... es que directamente parece que ni siquiera ha importado. No así con mis errores. Creo que no hay uno solo de ellos que no se me haya recordado al menos dos veces, solo para dejarme claro que fui yo quien los cometió, que fueron errores y que lo hice mal. Como si yo no lo supiera. Como si yo mismo no sintiera cada error como un fracaso, de un modo u otro. Como si yo no les diera la más mínima importancia, o como si no temiera volver a cometerlos.

Es otro de esos años en que siento que sigo exactamente en el mismo sitio que... yo qué sé cuánto. Como si, por mucho que intentase romper el círculo (creedme, lo he intentado por activa y por pasiva) estuviese viviéndolo una y otra vez. Y otra, y otra. Imaginad la frustración y la desesperación que supone creer que empiezas algo nuevo para darte cuenta poco después de que has vuelto exactamente al mismo sitio en que estabas. Viviendo en el punto de partida cada día de tu vida.
"Cuanto más cambia una cosa, más parece la misma". Yo podría decir que cuánto más parece cambiar, más duro resulta el impacto con la realidad al ver que no. Que todo sigue prácticamente igual. Una pescadilla que se muerde la cola en un eterno retorno. Un aburrido círculo vicioso que hace que cada día parezca exactamente igual que el anterior.
Que cada año parezca exactamente igual que el anterior.

Es otro de esos años en que siento que el cansancio emocional hace que las cosas me afecten bastante. Sí, es muy fácil decirme eso de que yo decido cuánto me afecta algo. Es tan fácil como cuando estás mal y alguien te dice "No estés triste" y tú, mágicamente, ya te encuentras genial, como si no te hubiera pasado nada. Las cosas no funcionan así. No decidimos cuánto nos afecta algo, por mucho que queramos. Ya nos gustaría, pero no de coña; mucho menos cuando algo nos importa o cuando resulta especialmente doloroso. No nos levantamos una mañana diciendo "Pues ahora todo me importa tres carajos". No si las cosas realmente nos importan. Si tenemos sangre en las venas y sentimientos. Es otro de esos años en que la frase es "No, no estoy enfadado. Ni siquiera molesto. Lo que estoy es sin ganas de nada".

Y es que es otro de esos años en que he tenido que obligarme a salir de casa porque lo único que me apetecía en mi tiempo libre era echarme a dormir o ver alguna serie o película aunque no estuviera prestando demasiada atención y me olvidase un rato después. De decirle a alguien que no puedo quedar cuando me han llamado y sintiéndome fatal (os lo juro) por no haber tenido fuerzas para hacer nada. De sentir que, para alguien que se preocupa por mí, así se lo pago. He llegado a pensar estas cosas de forma literal.
Otro año de esos en que he tenido que hacer según qué cosas, no porque haya querido, sino porque no he tenido más remedio. Opciones tomadas que no siempre han sido las buenas, sino las menos malas de un montón de opciones malas posibles.Y encima de tener que sentirme culpable ante según qué decisiones, cuando sé que cualquiera a mi alrededor las tomaría (o las ha tomado) simplemente porque ha querido y no ha pasado absolutamente nada. Supongo que también estoy cansado de tener que sentirme mal por todo cuanto hago. De pensar si tal o cual cosa que he dicho o hecho ha sentado mal. De tener que disculparme de antemano. De pensar que no hago nada de una forma lo bastante correcta como para que nadie se las tome a mal.

Es otro de esos años en que tengo la sensación de que da igual que intente hacer bien las cosas. Que no tenga problemas en hacer sacrificios por un bien mayor. Que lo único que me motive sea tener un entorno estable y apacible a mi alrededor. Todo eso da igual, porque de un modo u otro acaba todo retorciéndose y convirtiéndose en algo que me cuesta reconocer. Es algo así como si fuera la antítesis de Midas y todo lo que tocase, en lugar de convertirse en oro, se convirtiera en algo que me estalla en plena cara y de lo que me acabo por sentir prácticamente el único responsable. Como si mis buenas intenciones acabasen condenadas a verse como errores irreparables. Como faltas vergonzosas o como algo por lo que debería pagar. Pequeños cargos que siento que se suman contra mí, uno tras otro. Platos rotos por los que intercedo. Actos cuyo peso parece que tengo que cargar sobre las espaldas.

Pero no todo ha sido malo. Ha sido otro año en que solo unos pocos me han demostrado que están ahí. Que han sabido ver cuándo me he encontrado verdaderamente mal y han dedicado tan solo unos segundos de su tiempo en preguntarme qué tal estoy, mientras los demás estaban demasiado ocupados (o les daba demasiado igual) como para darse cuenta. Sin juicios, sin reproches. Solo alguien escuchando, no he pedido mucho más nunca. Quizás porque es lo que me he limitado a hacer yo en la mayoría de casos; quizás porque no he sabido hacer nada mejor que eso.
Supongo que estas etapas de vacío te sirven para darte un poco cuenta de que estamos en este mundo algo más solos de lo que aparentamos, pero no tanto como creemos. A veces, son gente que vive muy lejos de ti; gente a la que ni siquiera has llegado a conocer en persona, o gente a la que has conocido hace relativamente poco la que se acuerda de ti, aunque sea para comentarte alguna chorrada solo para levantarte el ánimo. Quizás no necesitamos más para saber que alguien está ahí, sin importar que esa persona tenga familia, que se pegue trabajando doce horas seguidas o que viva a quinientos kilómetros de distancia. Cuando hablo con esa gente es cuando siento, para variar, que lo mismo no soy tan inútil. Que igual valgo la pena como persona aunque sea un poquito. Al menos no me siento tan mal conmigo mismo, y eso supongo que ya es algo.

Ante todo esto la cuestión que se plantea a partir de aquí es qué me voy a encontrar el año que viene. ¿Será por fin el cambio que espero, que deseo y que (por qué no decirlo) creo que me merezco de una vez? ¿O dentro de trescientos sesenta y cinco días acabaré escribiendo un post exactamente igual que este, y exactamente igual que el del año pasado?
Por si sí o por si no, me parece que no voy a hacer ningún pronóstico. Imagino que entenderéis por qué.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Escupiendo Rabia- El complejo de Doctora Quinn



Allá por los años noventa, había una serie que se hizo bastante popular en la televisión de nuestro país, titulada La Doctora Quinn. Era una serie bastante normalita, hija de su época en cuanto a formato y que carecía de la complejidad y la continuidad de la mayor parte de las series que vemos hoy en día. Olvidaos de temporadas trepidantes a lo Juego de Tronos, con giros de guión vertiginosos, o de personajes ultratorturados en plan Breaking Bad. Tampoco había tanto presupuesto en la televisión por aquel entonces para cascarte efectazos especiales o ambientaciones curradas. Como digo, era otra época.
La serie en sí, pues era sencillita a todos los niveles: ambientada en el siglo XIX estadounidense, contaba la historia de una de las primeras mujeres en graduarse en la universidad de medicina y cómo abandona una vida acomodada para irse a un pueblucho fronterizo a ejercer como doctora. Allí acaba (SPOILER) adoptando a tres críos tras la repentina muerte de su madre y (OTRO SPOILER) se acaba enrollando con un melenas a lo Jim Morrison que resultaba ser un mozo bastante apuesto que trabajaba como enlace con los indios que había a un par de barrios del pueblo.


Este pavo.
Come on baby, light my fire...


Lo que me interesa de esta serie como para dedicarle un artículo, como habréis deducido, no es esto, sino una especie de patrón que solía sucederse en muchos capítulos de la serie. Veréis, en cada uno de esos capítulos sucedía siempre algo en el pueblo. Dicho algo tenía carácter de novedad, y revolucionaba a la población, que tardaba entre poco y nada en dejarse llevar; si se trataba de un charlatán vendiendo crecepelo, en diez minutos de episodio tenías a todo el pueblo levantando carpas y bailándole el agua como si no hubiera un mañana; si se quedaba un niño atrapado en una mina, al personal le faltaba tiempo para montar una feria alrededor de la mina e ir a llevarle "sus mejores deseos" al susodicho mientras algunos se partían el lomo con el pico a ver si lograban sacarlo.
Todo el pueblo, claro está, menos la doctora Quinn, cuya función principal, aparte de curar úlceras y untarle pomadas en el toto a las prostis locales, consistía en mirar lo que sucedía con suspicacia y cara de "Si todo el mundo pierde el culo con esto, muy bueno no debe ser".


Y hasta aquí la argumentación.


El resto del patrón es fácil de deducir: la doctora Quinn se intentaba hacer escuchar mientras la masa dominante pasaba de ella como de la mierda. A veces se ofuscaba, e incluso llegaba medio a levantar la voz en un momento dado; los pueblerinos, pues a lo suyo, con sus movidas e historias, dejándose engañar o metidos en cualquier actividad colectiva que, visto desde fuera, no parecía tener sentido alguno. Esto venía sucediendo hasta que, bien la doctora Quinn encontraba la respuesta que desenmascaraba la mentira, o bien alguno del pueblo la acababa cagando de una forma tan estrepitosa que alguien estaba a punto de diñar. Era entonces cuando la doctora aparecía de entre la muchedumbre y se dirigía a la masa, con argumentos más o menos elaborados, para decirles a todos que se habían equivocado y que (esto, entre líneas) no eran más que una panda de putos palurdos que no sabían dónde tenían la cara, mientras que ella no se había dejado llevar y que podía tener la conciencia tranquila. Una vez esto sucedía, el pueblo se quedaba con cara de haber recibido un bofetón con una compresa usada, agachaba la cabeza y reconocían la cagada. El capítulo terminaba aquí y ya podías irte a hacer pipí y luego a la cama.


Menudas meadas las de aquella época...


Veo este patrón en muchísima gente hoy en día. Hay mucha gente que, independientemente de haber visto la serie o no, y más independientemente aún de llevar la razón, se comporta como la doctora Quinn. Cogen cualquier cosa que esté asumida y no es que la cuestionen, que es lo que hace una persona con cierto rigor: directamente la niegan y tachan a todos los demás de palurdos. Para ello se valen de una falacia muy básica, que consiste en asumir que todo aquello que está asumido o que es seguido por un grupo relativamente grande de gente es malo por definición, y les importa un coño zurrido en sobrasada que eso esté asumido porque funcione o que le guste a mucha gente siendo bueno. El absurdo no se queda aquí, sino que va más allá: cuando todos esos que van de Doctora Quinn por la vida declaran la guerra a ese algo asumido, no se limitan a no creer en ello; se pasan todo el puñetero día restregando por la cara que esa mierda mainstream no va con ellos. Se ponen un nombrecito, hacen piña y van de colectivo respetable, aunque lo que defiendan no tenga base, esté postulado desde la total y completa ignorancia o sea a todas luces aberrante. En este mundo digital la cosa no consiste en que tengas razón, sino que te la den. Son cosas diferentes, pero hay a quien le da igual.


—Hay alguien que creo que no piensa igual.
—¿Cómo lo sabes?
—Bueno, no nos ha dado la razón ni ha dicho que nuestra ideología/creencia/cosa es lo puto más.
—¡PUES VAMOS A REVENTARLE LA CARA A ESE HIJOPUTA! ¡TRINCAD PEDROLOS, QUE VAMOS!


Esos grupitos se vuelven ruidosos y exigen ser respetados por cojones, aunque ellos no respeten a nadie. Aunque incluso decidan saltarse las leyes, o pongan en riesgo a otros o a sí mismos. Estos doctores Quinn parten de la base de que algún día pasarán a la historia por haberse rebelado contra el sistema establecido y tienen la esperanza de que si la sociedad o la razón misma no les dan la razón, lo hará la historia algún día. Se creen que son revolucionarios pacíficos y que van a cambiar el mundo con sus consignas o porque tengan muchos amigos en redes sociales que piensan como ellos, pero no nos engañemos: una revolución no es pacífica si agrede a otros (incluyendo la agresión verbal), y no se pasa a la historia solo por hacer ruido aunque tu causa sea una soberana patochada. Es siendo una causa noble y a veces hacer ruido puede empañarla... imagínate cuando encima estás defendiendo una soberana estupidez.

Otros de estos piensan que el hecho de ser minoría es el que les da la razón, porque no están "contaminados" por el pensamiento regente... aunque ni siquiera se hayan molestado en entender por qué ese pensamiento es regente ni en qué consiste. Como digo, no tienden tanto a cuestionar ni preguntarse, sino a negar de manera tajante para sentirse diferentes. Especiales.
Volvemos al tema del narcisismo.
Y es que, cuanto más voy viendo este siglo en el que nos ha tocado vivir, más me estoy dando cuenta de esa necesidad que tienen muchos de sentirse no solo diferentes, sino superiores a la mayoría. Es respetable querer diferenciarte de la masa y buscarte la vida para tener un pensamiento que puedas atesorar como tuyo. Es loable intentar pensar por uno mismo y no dejarse llevar... intentar ser curioso, hacerse preguntas y alcanzar las respuestas por uno mismo es una búsqueda muy digna. Lo que no lo es, es abrazar la ignorancia y llamarla "iluminación", basándose simple y llanamente en el número de seguidores de tal o cual idea. Vanagloriarse de ser minoría es una de las mayores imbecilidades jamás paridas en la sociedad de los últimos años, cuando esa minoría viene respaldada por un sentimiento de identidad basado en la autosegregación, en ponerse etiquetas. En acabar por convertirse en un fanático que mira con desprecio a todos aquellos que no llevan su misma chapita, que no tararean las mismas consignas.


"Yo y los míos molamos. Tenemos la razón. Todos los demás os equivocáis absolutamente en todos. Y además sois mierda".


La era digital se ha convertido en un chiste: se nos lleva años diciendo que vivimos en una época dominada por el flujo de información y que cualquiera puede tener acceso a ella. Sin embargo, existe tal cantidad de desinformación, tal cantidad de ignorancia generalizada, que leer mucho no es en absoluto sinónimo de informarse acerca de algo. Hoy en día, puedes "informarte" acerca de basura ideológica, de mentiras e idioteces varias con tanto volumen de documentación como si fuera real. Presuntos estudios, basados en humo; palabras muy bonitas, pero vacías, que se supone que nos iluminan pero que solo nos sueltan rollos. Solo tienes que descartar cualquier cosa que no dé la razón a tu ideología para encontrarte con un océano de falsas noticias, bulos e idioteces varias que hacen que aquello que creas parezca "cierto". Quizás parece que exagero, pero si no, pensad en cuánta gente hoy en día empieza a volver a ideas medievales como la planicie de la Tierra o a "no creer" en las vacunas. Solo por poner un par de ejemplos de lo "modernos" que nos hemos vuelto en los últimos años...


"¡¡¡Que te pongas algo de ropa, zorra!!! ¡Me das asco, se te ven los tobillos! ¿Así pretendes que se te respete, pedazo de puta? ¿Y esas tetas? Operadas, ¿verdad? ¡Eso es de guarras!"
Como digo, actitudes muy progresistas y tolerantes, dónde va a parar...


Lo triste es que según qué cosas existen o no, independientemente de que uno crea en ellas. Es ahí donde los Iluminados caen en otra idea medieval, o incluso sacada de libro de fantasía: pensar que no creer en algo, por arte de magia, niega por completo su existencia. Y ya puedes razonar con ellos lo que te dé la gana, aportar documentos o lo que quieras. Para ellos eso NO existe y te callas, porque si resulta que estás hablando con más de uno a la vez y te superan en número, automáticamente tienen la razón. Es una perversión de la idea de democracia, que muchos aprovechan para hacer ruido: aprovecharse de una momentánea superioridad numérica (si pillan a alguien que no piensa como ellos a solas, como ya he mencionado), basar sus argumentaciones en la agresividad para "hacerse oír" o repetir la misma patraña una y otra vez hasta que el personal les dé la razón por cansinos.


"¡QUE TE HE DICHO QUE ME DES LA RAZÓN, HIJO DE LA GRANDÍSIMA PUTA!"


Pero existe una cosa mucho más triste aún, y es el hecho de que están ganando terreno. A diferencia de la Doctora Quinn de la serie, estos ni siquiera suelen tener razón... o no se ha demostrado que la tengan. Lo único que tienen es un puñado de teclados y mucho tiempo libre para dar por culo al prójimo. Cada día que pasa, los colectivitos, las legiones de ignorantes y las plataformas de completos palurdos, se van asentando por todas partes y están obligando a los demás a escucharlos. A convencernos de que, solo por el hecho de tener una opinión, ya es digna de respeto. Aunque dicha opinión no venga respaldada más que por un puñado de chapitas, frasecitas molonas prediseñadas por vete a saber quién y... y poco más. Sin una experiencia seria previa. Sin muestras representativas de lo que se supone que defienden. En muchas ocasiones, sin el más mínimo argumento siquiera.


"Meterle el dedo en el culo a alguien mientras cagas es bueno para el corazón. Yo lo hago y nunca me ha dado un infarto. Además, lo pone en un estudio de una prestigiosa universidad"


Todos hemos conocido a gente así en algún momento u otro. Fanáticos, que no pueden ser llamados de otra manera. Seres que nos obligan a tolerar por cojones sus salidas de tono, a que escuchemos su mierda, que nos traguemos sus manifiestos. Que absorbamos su propaganda. Cuando no estamos de acuerdo con ellos, se encabronan, nos llaman ignorantes a nosotros. Nos dicen que tenemos los ojos cerrados solo "por seguir a la mayoría". Llegan a la falta de respeto y al insulto, pero hay que tolerarlos, porque tienen la Prebenda Moral. Su Causa es mejor que la de los demás. Ellos salvarán el Mundo y hay que verlos como los nuevos Profetas de la Iluminación.
Pero no nos engañemos: lo que les gusta, en el fondo, es que los ignoren y los ninguneen. Así pueden sentirse especiales, diferentes. Superiores. Porque... si todo el mundo pensara como ellos y les diera la razón... ¿Acaso no serían la masa?

domingo, 20 de agosto de 2017

Escupiendo Rabia- Miedo y asco, o El inexistente derecho a odiar




Basta que tenga lugar una tragedia para encontrarnos a lo mejor y a lo peor de la raza humana, con poco o ningún término medio. En estos tiempos que corren, es una pena decir que la falta de empatía y de valores, sumadas a una enorme ignorancia, un tremendo egoísmo y un no menos alarmante narcisismo, hacen que lo peor empiece a empañar a lo mejor. Lejos quedan ya esas muestras de solidaridad, con gente donando sangre cuando hay heridos. O esas muestras de respeto hacia las víctimas de la catástrofe.
El mundo moderno nos está convirtiendo en unos hijos de puta. En unas bolsas de odio con patas. La sociedad en la que nos estamos arrastrando nos está convirtiendo en gentuza de la que, probablemente, hace diez, quince o veinte años, nos habríamos sentido por completo avergonzados de conocer.

Sin embargo, todo el mundo parece encontrar justificación para su odio. Para su ira. Para su falta de humanidad. Todo el mundo parece creerse con derecho a decir cosas que, no hace mucho, habrían garantizado que te llevases un bofetón de tus propios seres queridos. Nuestras madres, al oír lo que muchos están soltando por la boca, se llevarían las manos a la cabeza y se horrorizarían al ver que durante nueve meses llevaron dentro a semejantes seres.
Se ha puesto de moda hablar como auténticos pedazos de mierda con ojos.


Pero con menos gracia que esta.


Me estoy acordando de cuando sucedió la masacre en Londres, no hace mucho. Un chaval, que podría ser cualquiera de vosotros, se dijo en un momento dado que había inocentes en peligro a su alrededor. Armado solo con un monopatín y un valor que, honestamente, yo no creo que tuviera jamás en la vida, se enfrentó a varios de los agresores y dio su vida por la gente a la que estaba protegiendo. Aquel chico sabía que tenía todas las de perder y, aun así, se sacrificó por otros a los que ni siquiera conocía. La mayoría de la gente honrada y decente reconoció en aquel gesto un acto de heroísmo.
La mayoría.
Recuerdo que hubo un ser (me niego a reconocerlo como humano, más allá de los argumentos biológicos) que en su tuiter, cómo no, dijo que aquel chico había sido un gilipollas. Que ahora estaba fiambre por hacerse el héroe. Dio a entender que solo aquellos que se sacrifican por un bien mayor o por proteger a otros lo que buscan es que los revienten vivos. Que lo que había que hacer era salir por patas y sálvese quien pueda. El que habló era uno de esos valientes que parece que tenemos que respetar, de esos que se esconden tras un teclado para propugnar una ideología venenosa, llena de odio, destinada a mofarse de aquellos que sufren o que hacen el bien.
Otro machote más de los que algunos nos sentimos totalmente avergonzados a la hora de pensar que, como ser "humano", goza de los mismos derechos que tú y que yo, y que hasta puede votar. Gente como ese personaje, en el supuesto de que acuda a las urnas, tiene en sus manos la misma decisión que los demás de poner en el gobierno a tal o a cual. Gente así tiene el mismo derecho a la vida que nosotros. No nos gusta asumir una cierta igualdad entre alguien que habla de esa manera y nosotros, pero es así.
Lo único que puedo decir es que su discurso no es respetable. Su opinión no merece respeto. Su ideología es una auténtica basura. Ya sabéis que procuro no soltar algo así sin argumentarlo. Luego os explico, pero dejadme que siga un poco este planteamiento.


Parece que últimamente ha surgido mucho Comediante.
Es decir, mucho nihilista de poca monta que se cree ingenioso, pero no deja de ser un miserable.


La cuestión es que no es el único. Conforme nos encontramos cualquier tragedia (véase la acaecida en Barcelona, como una de las más recientes) he podido comprobar cómo el ser humano saca su lado más despreciable arrimando el ascua a su sardina. Si bien muchos han hecho lo que se debe hacer, que es mostrar su repulsa ante el terror, preocuparse por aquellos que podían haber sido víctimas y lamentar aquellos que han caído en semejante acto (independientemente de que sean amigos, conocidos o no), ha habido otros que han dado un bochornoso espectáculo y han hecho que la gente medianamente honrada se haya sentido asqueada, decepcionada o avergonzada de leer lo que han soltado por la boquita. Puede que incluso todos esos sentimientos a la vez.
Están los que han empezado a arremeter contra la barbarie desde la barbarie más hipócrita: yendo de respetabilísimos ciudadanos occidentales pero al mismo tiempo pidiendo ejecuciones, deportaciones de inocentes o incluso la ilegalización de credos.
Paradójicamente, en nombre de la democracia.
Y a los demás nos ha tenido que parecer bien semejante despliegue de basura ideológica.


Yo soy partidario de mandar más a la mierda.
Me alegra ver que mucha gente estos días ha estado haciéndolo con aquellos que se han comportado como verdaderos animales.
Todavía hay alguna esperanza.


Parece que ya no nos acordamos de cómo nos echamos a la cabeza hace unos cuantos años cuando se abrió Guantánamo, que venía a ser un campo de concentración con todas las letras para todos aquellos "sospechosos" de atentar contra los valores de la democracia. Allí se produjeron torturas y vejaciones de todo tipo, por no mencionar que la mayor parte de los reclusos fueron internados sin juicio. Solo por ser sospechosos.
Y nos pareció horrible. Un insulto para la democracia. Se crucificó públicamente al presidente Bush por semejante ofensa a los derechos humanos.
Década y media después, aquellos que se ofendieron en su día ahora piden que se haga lo mismo aquí. Aquellos que daban lecciones de moral al gobierno estadounidense ahora abrazan esa misma política basada en la venganza (y no en la justicia) y en acribillar inocentes para que no se escape ningún culpable.
Y con la conciencia bien tranquila, serán capaces de irse a dormir por las noches, pensando que ni son racistas ni intolerantes.

Esos mismos probablemente también se rasgaban las vestiduras cuando oían hablar del corredor de la muerte en el mismo país, y quizás también consideren aberrante que en Corea del Norte se ejecute a disidentes. Sin embargo, no parpadean a la hora de pedir pena de muerte para según qué crímenes. Algunos hasta la piden sin juicio. Otros propagan fotos para que se cace a según quién por ser responsable de según qué, propiciando auténticos pelotones de linchamiento, cuando lo de ajusticiar criminales es competencia única y exclusiva de la ley.
Pero parece que cuando el crimen es atroz, la ley no es suficiente y lo único que se quiere es sangre. Ni juicios, ni leches. Ojo por ojo y diente por diente. Esta actitud se vio en el famoso caso de la feria de Málaga hace unos años cuando se acusó a un grupo de chicos de violar a una relaciones públicas en grupo. El juicio acabaría por demostrar que eran inocentes, pero unos días antes la gente ya había estado pidiendo "justicia gitana para ellos". Traducido: que la familia de la víctima pudiera coger y, tan alegremente, cargarse a los acusados. Ya puestos, que se sumase cualquier Charles Bronson de barrio. Los chicos, contra todo pronóstico (la prensa condicionó mucho a la opinión pública, hay que decirlo), resultaron ser inocentes. Imaginad lo que habría pasado si hubieran llegado a esa "Justicia gitana" que se pedía. Cinco inocentes acusados de un crimen que no habían cometido, asesinados para acallar las ansias de sangre de la gente.
Muy racional.

Ahora se ha puesto de moda la filosofía de que si una ley te parece injusta, lo justo es saltártela.
Sumemos a eso esa especie de postureo de unos cuantos de abogar por lo de tomarse la justicia por su mano y lo que tenemos es una olla a presión que cualquier día nos va a dar un susto de los gordos.



Pero volvamos a lo de Barcelona, que es algo más reciente y sigue dando para comentar más cosas. He hablado de esos justicieros de sofá, que cualquier día pasan a la acción y van a acabar cometiendo una estupidez de las gordas, pero no son los únicos. El oportunismo tampoco tiene muchos límites, y ya he podido ver cómo ha habido quién ha hecho política de una tragedia. Los diferentes partidarios de una u otra formación política han aprovechado para putear a aquellos que no piensan como ellos, cargando piedras (dialécticas, de momento) contra esas opiniones cuya existencia son incapaces de admitir. En lo alto de su púlpito ideológico, miran por encima del hombro a aquellos que no votan lo mismo, escupiendo con desprecio y manifestando, una vez más, su odio.
¿Os acordáis de la tragedia en los Pirineos, cuando un puñado de críos empezó a decir que les importaba una mierda que hubiera muerto gente en un avión, que ellos querían ver su programa de la tele favorito y les tocaba los cojones (sic.) que interrumpieran la programación para contar eso? Este caso es muy del estilo, en el sentido de que es una tragedia y a buena parte del personal le está importando un huevo; que a mucha gente para lo único que le está sirviendo es para mirarse el ombligo y encerrarse en esa burbujita de cristal, donde su partido político, su pensamiento molón y sus consignas chachis salvarán el mundo. Porque la mierda de uno jamás huele y los demás no tienen ni puta idea.


"Y yo cago arco iris".


Hay otros que directamente ni se han puesto el moño de ser tolerantes y se han lanzado a la red en plan kamikazes, argumentando que son racistas o xenófobos y no les importa reconocerlo. Esto me recuerda a cómo no hace mucho ya estaba yo elucubrando que eso de ser gilipollas algún día se convertiría en un movimiento social y habría plataformas de gilipollas exigiendo respeto por ser gilipollas. Cambiad la palabra gilipollas por racista (que tampoco es que se diferencien demasiado) y nos damos cuenta de que ese día ha llegado. De buenas a primeras, un país que se llenaba la boca diciendo que era tolerante y moderno, saca la patita en cuanto pasa alguna cosa gorda y nos demuestra que sigue siendo una sociedad atrasada y llena de palurdos, con concepciones medievales y un gusto malsano por la picota y los linchamientos. Partiendo de supuestos a cuál más falaz (eso de coger a un asesino y mirar su nacionalidad es algo tan genialmente absurdo que hasta los telediarios lo hacen cada vez que se se sabe que alguien ha matado a alguien, aunque sea en una riña de bar), lo único que necesitan es una excusa para tener a alguien a quién odiar. No hace mucho, ese odio se disimulaba con argumentos medio discretos. Ahora, en una época en la que parece que nuestra libertad de expresión prima sobre la dignidad de los demás (porque parece que solo nosotros tenemos derecho a mearnos en los demás, y los demás que se jodan) ya ni hace falta. La gente ondea su ira y su odio contra quién le parece y lo exhibe como el degenerado que se abre la gabardina delante de la puerta de un colegio de monjas para que un puñado de inocentes le vean el miembro.


Creo que no existe dibujo que refleje mejor esta metáfora.


Todo el mundo encuentra justificación para sus barbaridades. Para odiar. Para creerse con la categoría moral superior que le permite arremeter contra otros. Son como esos que van de machos por la vida y piensan que pueden insultar a una chica que lleva escote pero que pasa de ellos. A partir de ahí, cualquier intento de llevarse a la susodicha al catre se convierte en un espectáculo para la humillación pública, con insultos de todo tipo hacia su sexo y hacia su persona.
Aunque no es el mismo caso, hay similitudes: una persona incapaz de entender a otros, de respetar a otros, de convivir con otros, al final acaba sintiéndose con el pleno derecho de humillarlos. Cambiad los insultos hacia su sexo y podéis sustituirlos por insultos hacia sus creencias, sus orígenes, o su forma de pensar. En esencia, lo que tenemos es gente que prefiere dejarse llevar por la ignorancia y el odio antes que vivir en armonía.

Están los que se justifican diciendo que ellos son víctimas primero. Que tal colectivo es malo malísimo porque le ha privado de sus derechos, porque se aprovechan del sistema, porque han venido para cepillarse a nuestras hijas y quedarse con nuestras casas. Sin embargo, esos mismos bien que aplauden al cuñao de turno que se las apaña para burlar al fisco. O al que vive de puta madre sin dar un palo al agua, pillando de aquí y allá de tal o cual ayuda, o aprovechándose de vete a saber quién. Vivimos en una sociedad que ha estado toda la vida aplaudiendo al caradura (os acordáis de El Lazarillo de Tormes, ¿no?), pero en el momento en que algo no le cuadra ya está buscando un culpable al que acusar de todos y cada uno de los problemas de su vida.
Esto se complementa con la visión de aquellos que piensan que porque existan otras formas de ver la vida ya la suya corre peligro. Me acuerdo de esos ultraconservadores que en su día se manifestaron en contra del matrimonio homosexual porque "la familia tradicional corría peligro". Como si por el hecho de que haya gente del mismo sexo que se case ahora la gente hetero pierda su derecho a hacerlo. O como si por el hecho de que una pareja se divorcie, todas y cada una de las demás de este país estén obligadas a divorciarse también.


Quizás los que venían con este argumento acerca de que la familia tradicional peligra es que en el fondo les da miedo pensar que sus familias no son tan perfectas como dicen.


Quizás uno de los problemas que tenemos en esta sociedad en que vivimos es que mucha, muchísima gente, no está preparada en lo más mínimo para vivir en sociedad. Vivir en sociedad no quiere decir que todo te tenga que parecer bien por cojones, ni mucho menos. Hay cosas en el sistema que son mejorables, por supuesto... y la convivencia entre personas de distinta ideología, de distintas creencias o de distintas razas no siempre es sencilla. Los choques son un hecho y hasta ahí todos de acuerdo.
El problema surge cuando existe gente que no ve más allá de su ombligo y se sienta en su púlpito desde el cual mira por encima del hombro a todos los que son diferentes. Como un matón de colegio cualquiera (en esto, llamadme raro, pero veo muchas similitudes) toma por banda a aquellos que considera "diferentes" y los vapulea hasta que se queda medio tranquilo. Traza una línea con la que medir a su entorno, diferenciando entre "Nosotros" y "Ellos", y a partir de ahí, ya puede ver la vida en términos simples: los que están a un lado gozan de sus simpatías y los del lado contrario serán el blanco de sus iras. Todo lo que piensen, todo aquello en lo que crean, será digno de escarnio. Pensad en todos aquellos de un partido político que han ninguneado la opinión de alguien sin escucharle, simplemente porque no es de su partido. En aquellos que se han puesto la chapita de una religión y han avasallado a los de otras... o esos otros que no profesan religión alguna y se creen con derecho a decir que toda persona creyente es subnormal (no como ellos, que son el claro paradigma de la inteligencia, dónde va a parar).
Y esto lo vemos a diario, lo que pasa es que con una tragedia como la ocurrida estos días se magnifica y se ve más claro. Pero lo hemos estado viendo y lo hemos dejado pasar... porque hemos pensado que semejante despliegue de odio es tolerable. Porque parece ser que todo el mundo tiene derecho a una opinión, por aberrante que esta sea.


Ya nos hemos acostumbrado a la figura del troll o del hater, que basan la mayor parte de su tiempo en volcar su frustración o su odio sobre otros. Usa discursos humillantes, incluso agresivos. No tiene reparos en insultar o incluso amenazar. Y eso es lo peor: que ya nos parece algo normal.


Quizás uno de los puntos a los que quiero llegar a parar en este post es el hecho de que no todo es respetable, y aquí llego al argumento que os prometí arriba que os explicaría. Alguna vez he hablado que la opinión de una persona que no sabe de lo que habla acerca de un tema concreto jamás puede ponerse a la altura de otra que sí, y que solamente el hecho de que sea una opinión no le da validez ni credibilidad.
Pues llegados a este punto quizás habría que añadir una segunda línea a ese argumento que planteé en su día; y es el hecho de que aunque se debe escuchar y procurar entender cualquier punto de vista, aquellos basados en la intolerancia y el odio son los últimos que deben ser respetados. Y esto, aunque suene paradójico, tiene una explicación que leí unos días por alguna parte. Dicha explicación, acuñada por un filósofo (no recuerdo el nombre, pero si alguien está leyendo este tocho y lo sabe, por favor, que me mande un bonito comentario y me lo indique) venía a sostener que respetar la intolerancia implica permitir que la intolerancia acabe con los demás puntos de vista. Que pisotee el respeto mutuo y que la tiranía del dogma que sea acabe imponiéndose.
Ese es el punto al que creo que no debemos llegar, y al que veo que nos estamos acercando. Ahora, con tanto guerrerito de sofá, tanto revolucionario digital y tanto indignado de postureo, lo que tenemos es un montón de gente que se pone la chapita de una ideología y la blande para pisotear a los demás.


"Ahora vais a pensar lo que yo os diga, hijos de puta. Y al que me tosa le meto dos hostias, ¿estamos?"


Tal vez pensáis que exagero. Ante eso os digo que espero que tengáis razón. De verdad que os lo digo. Pero vamos a ser serios con esto: cada vez que vemos el creciente fanatismo, no necesariamente religioso, es para pensarse esto dos veces. ¿Cuántas veces hemos visto a gente acabar casi a hostias por algo tan absurdo como un partido de fútbol? Recordemos la cantidad de altercados con ultras deportivos que hemos ido viendo a lo largo de este último año y ya tenemos algo más o menos evidente. Pero vamos a cosas más sutiles: gente que es de una forma de pensar y de pronto descubre que esa forma de pensar tiene puesta una etiqueta. Me viene a la mente el caso del movimiento "Antinatalista", que descubrí el otro día y que no es más que gente que, por el motivo que sea, no quiere tener hijos.
Gente que no quiere tener hijos la ha habido siempre y nunca ha pasado nada, pero atentos a la jugada: ahora a esa gente se le pone una etiqueta y ya pueden jugar a defender sus ideales de forma beligerante porque pertenecen a un colectivo. Se buscan a los "natalistas" como sus enemigos naturales y ya la tenemos liada. Pensadlo en aquellos que hacen algo tan respetable como negarse a comer carne y usan su opción alimenticia para adoctrinar a otros, dando lecciones de moral y "abriendo los ojos a aquellos que estaban ciegos". Pensad en esto aplicándolo a cualquier otro colectivo y, si queréis, cambiad la pertenencia a ese colectivo por la pertenencia a un dogma de fe o, yendo a casos más brutales, a una secta. Las frases que encontraréis serán escalofriantemente parecidas:

—Yo tenía una vida vacía hasta que descubrí tal forma de pensar.
—Yo vivía equivocado, pero cuando abrí los ojos a tal ideología desperté.
—El día que descubras que estabas equivocado con esa forma de pensar lo entenderás todo.

Y frases similares que nos hacen pensar que hay mucha gente que no parece contentarse con profesar tal creencia, tal ideología o formar parte de tal grupo. Hay que pregonarlo a los cuatro vientos y comerle el coco a los demás para que piensen como uno. Esparcir la Palabra. Iluminar a aquellos que viven en la oscuridad. Y si se niegan a ser convertidos, entonces que se vayan preparando para la que les espera. Es tan sencillo como coger a tres o cuatro amigotes y empezar a pico y pala hasta que el ese pobre desgraciado, que no tiene ya bastante con ser de la ideología equivocada, se tiene que rendir ante el acoso y derribo de la sabiduría del grupito en cuestión.


"Hora de vuestra conversión, ¡Abrid bien los ojos, mierdecillas!"


Regresando una vez más al asunto de las tragedias, no faltan aquellos que con sus santísimos cojones se las apañan para coger y echar mierda sobre aquellos que encima se llevan las hostias. Como comentaba un amigo esta tarde, se parece un poco al caso de una chica que es agredida sexualmente y siempre tiene que haber algún experto diciendo que eso se lo ha buscado por la ropa que llevaba. Que eso es como el que va contando billetes de 50 pavos en un barrio marginal. Que te acaba pasando por tener pocas luces.
Ante esto suelo decir que la culpa de un crimen la tiene SIEMPRE el criminal, y que no hay circunstancias ni hostias en vinagre. Remitiéndome al ejemplo, no veo el mismo caso: me parece que ir vestido de tal o cual manera no invita a una agresión. Menos si esta se produce, no en un barrio marginal, sino en un sitio público o en el portal de tu puta casa. Creo que el argumento falla porque no se usan los mismos parámetros ni los mismos contextos.
Con las tragedias más o menos multitudinarias suele ser algo del estilo: ahora está de moda decir que si un fulano saca una metralleta mientras estás tomándote un café es tu puta culpa. ¿Por qué? Porque occidente mata a gente a diario en otros países y a ti te da igual.


Algunos parece que se han escapado de un seminario y no han visto nunca una moza con escote.
Para aquellos que acaban de aterrizar, la lección es sencilla: sus tetas no dicen "Tócanos", ni "Dinos guarrerías". Mucho menos "Llámame puta si paso de ti" o "Barra libre, sírvete".
Básicamente lo que dicen es "Visto como me sale del coño".
Y poco más.


Vamos a analizar esto un poco: occidente hace muchas cosas mal, y hasta ahí estamos de acuerdo. Pero no es responsabilidad del ciudadano de a pie lo que hacen sus gobernantes en vete a saber dónde... más que nada porque en eso el ciudadano ni pincha ni corta. En según qué casos, es que ni se entera. ¿O nosotros, los civiles, somos responsables de a quién vende armas nuestro país, cuando ni siquiera tenemos plena noción de ello? Es más, por mal que nos parezca, ¿eso le importa algo a los que sí tienen plena responsabilidad? Básicamente, como se habló en una conversación que tuve hace unos días, somos peones en una partida de Risk. No podemos tener responsabilidad alguna como individuos de algo cuya existencia apenas sabemos.
En cuanto a lo de que no nos importa: pues a ver, esto lo planteo yo con un ejemplo sencillo. Supongamos que estamos en un hospital con un familiar en el quirófano, en una operación de vida o muerte. Mientras el destino de dicho familiar se decide, han muerto seis personas en diferentes secciones del hospital, por diversas causas. ¿Nos importa? Pues a ver, si nos lo dicen, obviamente no nos va a alegrar la existencia, pero seamos sinceros: si tenemos una persona cercana cuya vida pende de un hilo, la elección es clara. Si lo ampliamos a una escala algo más global, tiene sentido que nos preocupemos más por compatriotas o gente de países cercanos que por gente que está en la otra punta del mundo. Pero tampoco vamos a decir "Que se jodan". Obviamente nos parece mal, pero los seres humanos tendemos a priorizar ante estas cosas o nos da un telele. Porque en algún momento hay que parar.


Que a ver, uno si quiere puede responsabilizarse de todas y cada una de las cosas que están mal en el mundo. Si se quiere soportar el peso del mundo sobre los hombros, pues ya es elección propia.
Pero no es muy sano, que se diga.


Lo perverso es usar esto como argumento para dar a entender que si nos matan a alguien en nuestro entorno cercano nos lo merecemos por insensibles o por hipócritas. Creo que es más hipócrita ir de tolerante y luego no serlo, como suele pasar con muchos que usan este argumento. Igualmente hipócrita es irte para un puñado de víctimas, todavía llorando a sus muertos y coger y encima echarles mierda por lo alto para quedar de "concienciado". Me parece que es de muy mal gusto irse para nadie en una situación así y decirle que se lo ha buscado. ¿Que se ha buscado qué? ¿Que te peguen un tiro mientras te tomas una caña? ¿Que te den una paliza mientras vuelves a tu casa? ¿Tener un accidente mortal durante tus vacaciones?
¿Cuál es el argumento que se desprende de este tipo de aseveraciones? ¿Que, por el privilegio de haber nacido donde hemos nacido no podemos hacer lo que nos plazca con nuestras vidas? ¿Debemos marcarnos a fuego con la culpabilidad porque otros pasan hambre o viven en situaciones precarias? ¿Que todo aquello que nos pase es culpa nuestra por vivir en la sociedad equivocada y que lo que deberíamos hacer es vivir en la miseria para saber lo que es el sufrimiento de verdad? ¿Que no merecemos vivir como vivimos?
Si alguno de vosotros piensa eso y me conoce, por favor, quiero que sepa que no quiero tener a alguien así cerca de mí. Está totalmente invitado a desaparecer de mi entorno sin explicación alguna.


Ahí tenéis la puerta.
El culo es gratis.


Es más, si alguno de vosotros se ha sentido identificado o reflejado con todas estas actitudes que acabo de plasmar en estas líneas, quiero que sepa que me causan una terrible vergüenza ajena. En serio, me avergüenza ver cómo aquellos que se dan golpes de pecho contra las ideologías basadas en la ignorancia y el odio usan sus mismas armas. Sus mismos argumentos. Su mismo desprecio.
Es este el único caso en el que no me importa ser intolerante.
Si eres incapaz de tolerar la forma de pensar de otros, la forma de creer de otros, la forma de vivir de otros. Si crees que ciertos grupos de personas, inocentes o no, deberían ser eliminados para salvaguardar su "seguridad"; si crees que la respuesta a nuestros problemas es aplastar a aquellos que se consideran una amenaza, sin el beneficio de la ley, sin juicio y sin pruebas; si piensas que la respuesta es una guerra o un estado totalitario que acabe con los indeseables... por favor, desaparece de mi vida YA. O desapareceré yo de la tuya.