martes, 19 de marzo de 2013

Mondo Chorra- Actitudes que dan mal nombre, o Nadie es inocente




Ayer estuve hablando con un amigo y camarada de armas en esto del mundo de las letras. Una conversación de las nuestras, donde acusamos que esta industria cada día está más sobrecomercializada y convertida en una víctima de una especulación brutal y salvaje. Esto surgió a raíz de un comentario acerca de la obra de un autor que, en estos tiempos de consumismo animal y absurdo que corren, probablemente no será publicada en castellano en mucho tiempo. El tema, cómo no, dio para mucho y la crítica hacia el mercado literario no tardó en expandirse y ampliarse, tocando una enorme (y tristísima) variedad de puntos. Aquí he tratado de poner por escrito los que, quizás, sean más importantes. Lo verdaderamente patético es que, probablemente, me he dejado muchísimas cosas en el tintero; bien porque no haya caído (como veis, la lista es larga), bien porque hay cosas de las que todavía no me he enterado.
En cualquier caso, quiero que quede claro que esto NO es un ataque dirigido contra tal o cual elemento del sector. Como puede verse en las secciones que coloco a continuación, todos tenemos nuestra parte de culpa en esto. Nuestra mentalidad, nuestra actitud o bien lo que se espera que hagamos son las grandes responsables de que la industria literaria, como he dicho mil veces, sea un monstruo que se devora a sí mismo.
Nota para aquellos Distópicos que también andan metidos en el mundillo: NO se dan nombres de ningún tipo, y las alusiones, como siempre, son generales y aplicables a mucha, muchísima gente que comete estas barbaridades y muchas más. Antes de identificar tal actitud con Fulano o Mengano (o pensar que me estoy refiriendo a vosotros), pensad más bien en lo que planteo aquí: en si esas actitudes son algo focalizado o, por el contrario, se están convirtiendo en una práctica habitual que está convirtiendo al libro en un artículo que cada vez vale menos lo que cuesta.





1. El autor

El autor que escribe pensando solo en contentar a su público y en nada más que en contentar a su público no es digno de llamarse escritor.
El autor que no tiene ningún interés en superarse a sí mismo no es digno de llamarse escritor.
El autor que no lee no es digno de llamarse escritor.
El autor que reniega de obras que han supuesto un antes y un después en la literatura "porque aburren" no es digno de llamarse escritor.
El autor que no relee lo que ha escrito, que improvisa durante la mayor parte de su texto, que no corrige jamás y que sale del paso esperando que el lector no se dé cuenta no es digno de llamarse escritor.
El autor que no se atreve a ponerse en manos de lectores cero, correctores o gente que le pueda echar una mano a encontrar problemas en el texto no es digno de llamarse escritor.
El autor que escribe solo para sumarse a la moda regente no es digno de llamarse escritor.
El autor que fuerza, directa o indirectamente, a los reseñistas a que éstos hagan una crítica positiva de su texto y obligándole del mismo modo a ocultar cualquier punto negativo de éste, no es digno de llamarse escritor.
El autor que asume una crítica (justificada) a su obra como un ataque personal no es digno de llamarse escritor.
El autor que se cree las alabanzas de gente que dice haberle leído y piensa que con eso ya lo tiene todo hecho, no es digno de llamarse escritor.
El autor que escribe con faltas de ortografía constantes y recurrentes, que se escuda en "Lo que importa es la historia" y justifica todas sus carencias con este argumento y otros del tipo "Pero es que a mí me gusta así", sin un mínimo de resquicio de duda acerca de que lo que haya escrito se pueda mejorar o no, no es digno de llamarse escritor.
El autor que escribe con objetivos tales como revolucionar el mundo de la literatura o que piensa que lo que ha escrito no se le ha ocurrido jamás a nadie a lo largo de toda la historia y que por eso ya es un buen escritor no es digno de llamarse escritor.
El autor que quiere publicar a toda costa, cuanto antes y sin siquiera plantearse si las decisiones que está tomando son las correctas, aceptando cualquier cosa que el prometan con tal de ver su obra en la calle no es digno de llamarse escritor.
El autor que no escucha críticas negativas (constructivas) hacia su texto y que, de escucharlas, no siente la más mínima sombra de duda hacia lo que ha escrito, no es digno de llamarse escritor.
El autor que no busca su estilo, limitándose a la fotocopia barata del autor de moda, en lugar de intentar aprender de todo cuanto tenga a su alcance, no es digno de llamarse escritor.
El autor que no usa documentación, aunque sea mínima, para contar algo que la precisa, no es digno de llamarse escritor.
El autor que plagia no es digno de llamarse escritor.




2. El editor

El editor que no arriesga no es digno de llamarse editor.
El editor que no paga al autor, que falsea extractos de ventas o que usa cualquier artimaña para no dar el dinero que corresponde al creador de la obra, no es digno de llamarse editor.
El editor que se aprovecha del autor, obligándole a pagar por publicar, no es digno de llamarse editor.
El editor que trata con condescendencia a los autores, dirigiéndose a ellos como si fueran imbéciles o niños pequeños, y olvidando que es gracias a ellos es por lo que tiene un trabajo, no es digno de llamarse editor.
El editor que se cree o que insinúa que le hace un favor a alguien por publicarle su novela no es digno de llamarse editor.
El editor que se excusa en el volumen de trabajo para justificar la no respuesta cuando alguien ajeno a su empresa intenta ponerse en contacto con él no es digno de llamarse editor.
El editor que carga de trabajo indebido al autor, haciendo que éste promocione sus propias obras por obligación, ya que no mueve un dedo por promocionar el trabajo, no es digno de llamarse editor.
Asímismo, el editor que solo publicita a un autor porque su procedencia o un nombre exótico lo hacen "más vendible" (independientemente de su calidad) y que ignora por completo a un autor patrio por los mismos parámetros, sigue un doble rasero que le aleja de la dignidad de llamarse editor.
El editor que se limita única y exclusivamente a ganar dinero, olvidándose por completo de que también está trabajando con material artístico, no es digno de llamarse editor.
El editor que solo publica por cuestiones de volumen, sin prestar atención a un baremo de calidad, limitándose a contentar a la masa día tras día, especulando con el libro como el que especula con la vivienda, ofreciendo material de baja calidad por el precio que se cobraría por un material bien terminado, no es digno de llamarse editor.
El editor que exige que los autores de lo que demanda sea hombre o mujer, escudándose en encuestas sacadas de la manga donde "tal género se vende más a manos de autores mujeres u hombres" (y sacando de paso una relación causa-efecto traída por los pelos) segrega a sus autores por sexos y no es digno de llamarse editor.
El editor que no cuida sus ediciones, montando los libros sin márgenes, con portadas cutres o directamente plagiadas de las que tienen otros libros de éxito no es digno de llamarse editor.
El editor que exige a los autores que sus obras (y bajo amenaza encubierta de rechazo, independientemente de la calidad de la obra), del género que sean, contengan una temática o elementos que no guardan relación intrínseca con el género y, de paso, justificando su argumento en el índice de ventas no es digno de llamarse editor.
El que sobreexplota el mercado, lanzando al mercado lo mismo una y otra vez, saturando la demanda con una oferta excesiva, no es digno de llamarse editor.
El que, siendo consciente de que ciertas obras están siendo un fracaso de crítica (académica y de público) se dedica a lanzar sucedáneos aún más baratos de éstas porque "se han vendido muy bien", no es digno de llamarse editor.
El editor que publica o rechaza libros en base a sus filias personales hacia ciertos aspectos de la obra o hacia el autor (es decir, aceptando o no las obras por motivos personales en lugar de por motivos profesionales), sugiriendo que se mutilen obras o que colaboradores o participantes del proyecto sean expulsados como condición para ello no merece llamarse editor.



3. El lector y el reseñista

El lector que dice tener un buen criterio de lectura, pero que se limita a los cuatro (literalmente, cuatro) best-sellers que le han dicho por ahí que se supone que tiene que leer, no puede decir que lee como para ser tomado en serio.
El lector que basa su criterio de calidad única y exclusivamente en el nivel de entretenimiento (e ignorando por completo otros parámetros) no puede decir que entienda de literatura.
El lector que se contenta con cualquier cosa, sin un mínimo de espíritu crítico no puede presumir de buen gusto leyendo.
El lector que defiende una obra con argumentos como "a mí me ha gustado, por tanto es buena" no puede pretender que se le tome en serio.
El lector que parte de prejuicios como la nacionalidad o el sexo del autor, así como la extensión de su obra, no es digno de ser tomado en serio como lector.
El lector que juzga una obra en base a las filiaciones políticas o a la personalidad del autor no es digno de ser tomado en serio como lector.
El lector que defiende o ataca la calidad del libro en base a las ventas (modo "ataque indiscriminado a best-sellers"/modo "si se vende es porque es bueno") que este tenga no es digno de ser tomado en serio como lector.
El lector que se dedica a exigir que el libro que está comprando venga con la carátula de su adaptación al cine en la portada (o cualquier otro elemento externo) no es digno de ser tomado en serio como lector.
El lector que se deja llevar solamente por modas, leyendo y juzgando sin más criterio que el de la masa informe, no es digno de ser tomado en serio como lector.
El lector que compra libros al peso, sin buscar un mínimo de calidad, limitándose a las novedades que ha sacado tal editorial (y ninguna más) o leyendo solo a un autor o temática, no tiene un criterio digno de ser tomado en serio.
El lector que piensa que escribir no es un trabajo y que usa este pensamiento para justificar la piratería no es digno de ser tomado en serio.
El lector que piensa que cualquiera puede escribir y que esa es una tarea que no requiere esfuerzo o sacrificio alguno no es digno de ser tomado en serio.
El lector que juzga una obra de otra época desde el prisma de la concepción actual, sin molestarse en entender el contexto histórico en que ésta fue escrita y haciendo juicios de valor al respecto, no es digno de ser tomado en serio.

El reseñista que cae bajo la amenaza implícita de un autor o un editor, agachando la cabeza y haciendo críticas que elevan una obra a los altares, carente de cualquier cosa que pueda mejorarse, no es digno de llamarse reseñista.
El reseñista que escribe reseñas para ganar puntos con un autor o un editor, pensando que así es como se publica una obra y no en base a parámetros como ofrecer lo mejor que uno puede dar, no es digno de llamarse reseñista.
El reseñista que no apoya sus valoraciones o sus opiniones con unos argumentos más sólidos que el simplista "Esto es así porque yo lo digo"/"Esto es así porque me gusta a mí" y que ni siquiera se molesta en dar ejemplos que ilustren sus tesis no es digno de llamarse reseñista.
El reseñista que miente en su análisis, aludiendo a elementos de una obra que no existen, magnificando o denostando al autor, no es digno de llamarse reseñista.
El reseñista que basa su trabajo en la subjetividad más absoluta y justificándose "en su opinión" no es digno de llamarse reseñista.
El reseñista que considera que la buena reseña es la reseña destructiva e identifica reconocer lo positivo con la simple adulación no es digno de llamarse reseñista.
El reseñista que sostiene que solo existe una forma correcta de hacer literatura (por lo general la suya) y desprecia cualquier otra forma alternativa de concebir una historia (más allá de sus gustos personales o de los libros que le gusten a él) no es digno de llamarse reseñista.
El reseñista que solo lee obras de amigos y conocidos no es digno de llamarse reseñista.
El reseñista que carece por completo de formación (crítica literaria, análisis de obras artísticas, cursos de lectura profesional, etcétera) y se limita simplemente a poner "lo que le ha gustado" no es digno de llamarse reseñista.
El autor reseñista que pacta reseñas positivas (es decir, manipuladas y pactadas de antemano) con otro autor no es digno de llamarse ni escritor ni reseñista.
El reseñista que reseña obras que no ha leído y de las que ni siquiera ha buscado la más mínima información, escribiendo (o inventándose) reseñas llenas de errores de facto tales como escribir mal nombres de personajes, etcétera, no es digno de llamarse reseñista.



4. El librero.

El librero que no vela por su negocio no es digno de llamarse librero.
El librero que no busca que los libros estén bien cuidados y organizados en las estanterías no es digno de llamarse librero.
El librero que no repone su mejor material no es digno de llamarse librero.
El librero que recomienda a sus clientes lo que se está vendiendo más, sin más criterio que ese, no es digno de llamarse librero.
El librero que no ofrece a un cliente un servicio en condiciones, ofreciéndose a pedir aquellos libros que no se encuentran disponibles en la tienda en esos momentos, no es digno de llamarse librero.
El librero que no lee no es digno de llamarse librero.
El librero que trata la venta de libros simplemente como el que vende cualquier otro artículo y le da igual lo que está vendiendo no es digno de llamarse librero.
El librero que no se preocupa en lo más mínimo por haber atendido una consulta del mejor modo posible no es digno de llamarse librero.
El librero que no alberga la más pequeña de las esperanzas en que la venta que ha efectuado satisfaga al cliente no es digno de llamarse librero.
El librero que no es capaz de hacer algo tan sencillo como mirar a la cara al cliente que tiene delante no es digno de llamarse librero.
El librero que cede ante las presiones de las editoriales o el público y dedica una excesiva preferencia a lo que se está vendiendo más, ignorando cualquier otro parámetro no es digno de llamarse librero.
El librero que intenta colarle el best-seller de moda a un cliente, busque éste lo que busque, no es digno de llamarse librero.
El librero que trata a un autor en una firma de libros como si fuera una molestia no es digno de llamarse librero.
El librero que trata la industria del libro solo como una industria e ignora deliberadamente al libro como artículo artistico no es digno de llamarse librero.

jueves, 14 de marzo de 2013

Mondo Chorra- Guerras intestinas




Los pocos que me habéis tratado de un modo más o menos personal sabéis que no siempre me he dedicado a eso de juntar letras; actualmente, si seguís mis últimas noticias, estoy pegándole al asunto de los lápices (al que me llevo dedicando desde que el mundo es mundo) y, hasta muy poco antes de plantificar los pies en este mundillo, me dedicaba a la música. En ningún caso me he considerado un fuera de serie en ninguna de estas disciplinas, pero siempre lo he hecho lo mejor que he podido, intentando superarme a mí mismo cada día. Sin más ambiciones que las de ser mejor que lo que soy ahora mismo. De querer abandonar de una vez la mediocridad y poder decir que hago algo decente en mi vida, para variar.

Es curioso cómo cambian las percepciones: cuando asomé los hocicos por esta comunidad de escritores, escritorzuelos, cagamandurrias, reseñistas, gente que dice que es reseñista pero que no lo es, lectores profesionales, personajes que se han leído cuatro (literalmente, CUATRO) libros y dicen que son profesionales y toda clase de coyotes de distinto pelaje, mi impresión inicial era que este mundillo era algo más solidario que el de la música. Al fin y al cabo, yo venía pelín harto de formar parte de festivaletes en fincas que hacían las veces de campo de fútbol, compartir escenario con vete tú a saber qué seres y luego escuchar gilipolleces en foros de músicos.
Por aquella época, a mis veintitantos, ya me parecía ridículo tener que escuchar cosas del tipo "Cómo me toca los cojones que aquí unos organicen conciertos sin consultarnos nada", como si el grupo de uno estuviese sometido a las órdenes de un tío, llámalo Fulano, llámalo Mengano. De tener que ver cómo tus compañeros de grupo te venían diciendo que teníamos que hablar con los del otro, porque daba la casualidad de que la versión de tal grupo que tocábamos también la tocaban otros, porque "La comparación va a ser inevitable". Como si ahora por subirte a un escenario y tocar algo tengas que dar explicaciones a gente que ni siquiera toca contigo. De tener que andar desnudando tu repertorio para que no dé la puta casualidad de que otros toquen algo parecido y surjan malos rollos dignos de patio de colegio.

Y con la idea en mente de que eso no tenía por qué pasar entre escritores, me planto aquí.
Sé que muchos creéis que siempre pienso que tengo la razón. Que jamás creo haberme equivocado. Leyendas urbanas de estas que no hacen más que fomentar la subnormalidad colectiva y generar prejuicios sobre alguien a quien lo mismo no conocéis del todo bien. Lo cierto es que sí, la cago y muy a menudo. Lo que igual no sabéis es que, cuando me equivoco, me pillo unos rebotes conmigo mismo que os podéis ir cagando por las patas abajo.
Imaginad el cabreo que me pillé cuando me dí cuenta de que el mundo de los escritores no es tan distinto al de los músicos como yo pensaba.


"No me jodas, ¿aquí también?"

No me malinterpretéis, porque tengo que decir que aquí he conocido a gente que se ha portado muy bien conmigo. No voy a dar nombres, porque luego estarán los hijos de puta de siempre diciendo que hago la pelota a no sé quién y demás (irónico, creo que en mi puta vida le he hecho jamás la pelota a nadie, lo que me ha granjeado no pocas discusiones con gente con la que suelen relacionarme. Preguntad por ahí y lo comprobareis)... solo decir que la experiencia a nivel personal no ha sido del todo mala y que me llevo buena gente a mi alrededor.
Pero tampoco es oro todo lo que brilla, ni mucho menos. Por cada buena persona que he conocido, he visto al menos una o dos que es de todo menos amable. No es la primera vez que me ha llegado alguno en modo Juez Dredd por la vida, sin preguntarme por mis conocimientos literarios, graznándome y diciendo que no tengo ni puta idea sobre literatura (o cine, o más ridículo aún, sobre cómics). De pedazos de subnormales que, si bien han pretendido lamerme el ojete un día (ya sabéis cómo me tomo yo el peloteo) al día siguiente me han dejado de hablar sin dar explicaciones... para luego reaparecer como si nada hubiera pasado. De gente que se dedica a ignorarte porque no les das la razón en cosas que ni siquiera son importantes.

Y esto no es todo.
He tenido que presenciar pugnas entre escritores, elecciones de bandos y demás movidas que, personalmente, no tenía ninguna necesidad de presenciar. De hacer tú un comentario GENERAL acerca de un tema en que se habla y encontrarte que una persona ya asume que has elegido bando y que la estás atacando, aunque no tengas ni puta idea de quién es esa persona. De ver al día siguiente como esa misma criatura está poniendo a caldo a gente que ha demostrado tener, no solo buena educación, sino que además, se han portado contigo como no hace la mayoría.
He tenido que asumir como gente que iba de guai por la vida, en realidad no eran más que otros gusanillos rastreros que se dedicaban a echar mierda sobre los demás. Sobre supuestos amigos, incluso, dejándolos en vergüenza pública y bajándose los pantalones a la primera de cambio para salvar el culo.


Un proverbio dice que las ratas son las primeras en abandonar el barco.
Yo, cuando alguien jura y perjura lealtad y luego, a la primera de cambio, da la espalda al más pintado y pasa a convertirse en otro injuriador más... no sé si llamarlo rata, pero desde luego que mucho no congenia con mi forma de ser. Yo por lo menos no le juro lealtad a nadie.

A lo largo de estos últimos dos años he visto con notable decepción como unos y otros, por los motivos que sean (no pienso entrar en juzgar la motivación ajena), han ido sentando las bases de una guerra intestina que los demás nos hemos visto, como mínimo, obligados a presenciar. Gente ya hecha y derecha han empezado con combates de dires y diretes, con acusaciones veladas, ironías, mordiscos a la yugular e incluso puñaladas traperas. La fiereza que he llegado a ver a veces, la mala leche, esa pasión y esa desazón (ambas cosas se han dado, curiosamente) me ha llevado a pensar que en esto nos jugamos el pan de nuestros hijos. Como si cada libro que publicamos o vendemos fuese nuestra única y principal fuente de sustento. Como si cada crítica desacertada o cada comentario sacado de contexto nos hundiese en la más absoluta de las miserias.
Y es que cuando lo profesional (si es que con esta actitud podemos llegar a merecer ser dignos de este adjetivo) llega a lo personal es cuando las churras se convierten en merinas. Cuando el "mal escritor" pasa a convertirse en el "hijo de puta" es cuando nos damos cuenta (o deberíamos darnos cuenta, al menos) que hay algo que no estamos haciendo bien. Que igual no es la clase de punto al que deberíamos llegar... pero al que, por desgracia, hemos llegado. Cuando ves que otra persona (lo suyo sería usar la palabra "compañero") publica, puedes hacer dos cosas: una, alegrarte, y dos, simplemente pasar del tema. Puedes hacer lo primero cuando consideras (en tu opinión) que la persona realmente lo ha merecido, que se ha esforzado y que su trabajo por fin ha dado fruto. En caso contrario (ya he hablado muchas veces de la independencia de términos entre "publicar" y "tener un mínimo de calidad"), puedes optar por pasarte por el ojete la noticia. Puedes incluso hacer algún comentario con algún amigo que sea medio de fiar... pero la guerra encarnizada, lo del lanzamiento de pedradas y los ataques personales... Me vais a perdonar, pero eso para mí está totalmente fuera de lugar.

Sabéis que yo no soy precisamente un santo y que cuando abro la boca sube el pan, pero si en lugar de fijaros en lo superficial os ponéis a analizar con frialdad mis palabras, os daréis cuenta de que JAMÁS he participado en bando alguno ni he llegado al terreno personal con nadie. Es más, cuando lo han hecho, ha sido cuando he decidido yo dar la conversación por terminada.
De que cuando alguien que me cae como una patada en los cojones o que me parece más malo que la Peste en lata ha publicado, lo que he hecho ha sido callarme. No soy lo bastante hipócrita como para escribirle dándole mis felicitaciones o dedicarle un abracito, pero tampoco me he puesto en plan "El hijo de puta de (inserte nombre aquí, o bien nombre insinuado) ha publicado. No compréis/leáis su mierda". En un mundo cada vez más jodido para el autor novel, donde lo que más está haciendo falta es que surja una ola de CREATIVIDAD (y por este término me refiero a creadores y no fotocopiadores baratos de autores baratos) y una nueva generación de lectores que se fijen en algo más que la procedencia del autor ("¡Español caca!") lo último que necesitamos es apuñalarnos los unos a los otros y llenar más de mierda un mundo que de por sí está devorándose a sí mismo por culpa de una especulación masiva. Si lo que necesitamos es calidad por encima de la cantidad, joder, dejémonos de rencillas personales y busquémosla, que no es tan difícil. Pero hay que querer.
Nos tiene que importar.
A menos que lo que queramos sea figurar, decir "Hey, tengo un libro" y esperar a que nos la chupen.

"Hey, nena... no veas qué gorda es mi...
... Novela"


Alguien puede caerme rematadamente mal (joder, uno es humano y no puede ir de guai con todo el mundo, ni está obligado a que todo el mundo le caiga bien; menos en un mundillo como este, donde a la más mínima te saltan a la yugular), pero no me veréis jamás pedir aliados, de solicitar una camarilla que pelotee a mi alrededor, ni de mendigar palmaditas en la espalda. Al que le he caído bien, le he caído bien, y al que no, pues oiga, este es un país libre. Ya sabe usted donde tiene la puerta, tire usted por su camino que ya tiraré yo por el mío. Muchos ya lo han hecho, bien por decisión propia, bien por sugerencia de un servidor y no puedo decir que les esté yendo mal. Esa forma de actuar, a mi juicio, me parece más madura y razonable que la mayor parte de las cosas que he estado viendo durante estos dos años: de cómo gente que no se puede ni ver, todavía siguen quedando entre sí. Cómo siguen escribiéndose y reuniéndose en según qué sitios. Leyéndose comentarios mutuamente y luego reuniendo a sus propios gabinetes de crisis. Llamadas de teléfono, parlamentos de cuchicheos y conspiraciones ultrasecretas en las que terceras (y cuartas y quintas) personas son implicadas, sin comerlo ni beberlo. Tú tienes un problema conmigo y es TÚ problema y lo tienes CONMIGO. Déjate ya de hablar con no sé quién, de poner en contra de Fulano a Mengano y de hacer que ambos vengan a buscarme. Deja ya lo de "Los amigos de mis amigos son mis amigos, pero si un amigo mío tiene un enemigo, es enemigo mortal mío".

No tenemos ninguna necesidad de presenciar estas cosas, mucho menos de participar en ellas. No nos convierten en mejores personas; no sacamos ningún beneficio de ellas, ya que al final esto es forjar alianzas en base a tratados de lo más ridículos. Meritología consistente en ganar puntitos ante según quién, pero en el momento en que me deje de convenir, los gano con su peor enemigo (que a mí en realidad ni me va ni me viene, pero parece ser que tengo que decidir si es amigo mío o no). Juegos de Tronos, donde impera el secretismo, la corrección política, el pensar una cosa y actuar haciendo justo la contraria. Puteamos a gente (insisto, las puteamos como personas, no a cómo escribe o cómo deje de escribir) a la que luego le damos un abrazo cuando las tenemos cara a cara. Pasan de ser el blanco de nuestro escarnio a convertirse en nuestros amiguitos, pasamos de ponerlos a caer de un burro con declaraciones que sobrepasan de largo el concepto de difamación y nos hacemos fotitos con ellos, porque a la cara nunca hay cojones de mantener la actitud que se tiene a las espaldas. No contentos con ello, seguimos y seguimos. Reclutamos más gente a nuestro bando; cachorros que, recién llegados, se piensan que esto es lo normal, que hay que buscarse un padrino al que chuparle el nabo para ver si conseguimos arañar llegar a ser algo más que la mierdecilla que somos cuando no conocemos ni a nuestra madre. Este mundo de fans metidos a escritores y de escritores que no leen se está alimentando a sí mismo en base a seguir perpetuando esta clase de políticas. La política de la cueva, donde los que están en una cueva recelan de los de la cueva de al lado. Donde no puedes tener amigos en corral ajeno, vayan a mirarte mal. Vaya a ser que los estés traicionando.

"¡Toma, cabrón! ¡Eso por hablarte con la Maripili!"
"¿Pero qué cojones...?"
"Sí, la Maripili, la que me dijo un día que no estaba de acuerdo conmigo en que mi novela es una obra maestra. Si te hablas con ella es que tú tampoco lo piensas. ¡Chupa cuchillo, hijoputa!"


La traición viene desde dentro. Es algo más profundo. Es cuando te niegas a hablar con alguien porque ese alguien no se lleva bien con un amigo tuyo (y no sabes muy bien a qué se debe, porque igual no es ni asunto tuyo, o simplemente no has caído en preguntar) cuando cometes traición. Traición hacia ti mismo. Te traicionas al negarte a conocer a alguien con quien podrías tener algo en común o no, eso ya es decisión tuya. Alguien que igual ha tenido sus motivos para enemistarse con ese amigo tuyo. Si no preguntas, si no ves por tus propios ojos la clase de persona que es, lo único que estás haciendo es dejarte llevar. Seguir los dictados de otro (que no consejos) y, en definitiva, guiarte por prejuicios.
Cuando lo que haces es dedicarte a la meritología barata (demonizando a unos, ensalzando a otros hagan lo que hagan) no solo te haces un flaco favor a ti; la industria no recibe una buena imagen de ese tipo de actitudes, cuando quienes las llevan a cabo escritores, o gente que aspira a serlo: esos muros públicos donde las conversaciones parecen corralas, esas reseñas que elevan novelas a los altares, esas masturbaciones públicas... ¿De verdad os creéis que os estáis labrando un camino en este mundo a base de ir mendigando favores? ¿De verdad os creéis que, a base de exagerar las virtudes e ignorar los defectos de la gente a la que admiráis le estáis haciendo un favor? ¿Así es como pretendéis que esa persona se supere a sí misma? ¿Regalándole los oídos y practicando felaciones dialécticas?

"Sois lo más, mi señor. Vuestras palabras me satisfacen enormemente. Cada gota de lo que plasmáis sobre el papel son sublimes pensamientos que llenan el vacío de mi existencia"
"Pero si esto es mi lista de la compra"
"Pero jamás había visto una lista de la compra tan bien expresada, mi amo".


Por denunciar este tipo de actitudes, por desmarcarme de esta política de república romana en sus horas bajas, sé que no os caigo bien a muchos. Otros directamente no podéis ni verme. Puede que incluso me odiéis, me da igual. A diferencia de vosotros, yo sé perfectamente en qué batallas me debo meter, que son las que me atañen a MÍ y nada más que a MÍ. Que hoy por hoy, tengo buenos amigos en este mundillo (e incluso con estos tengo mis diferencias y discusiones a veces), pero que si consigo algo, lo poco que consigo (que no es mucho, lo sé) es en base a mi mérito, mi esfuerzo y mi afán por mejorarme a mí mismo. Que lo que escriban otros me suda la punta de la polla, esté mejor o peor escrito, pero que no tengo por qué compararme con nadie. No tengo por qué demostrar a nadie ni a los amigos de nadie aquello de lo que soy capaz de hacer, por poco que sea. Puedo estar equivocado o puede que lo que diga os caiga como una patada en los huevos (aunque en el fondo coincidáis conmigo), pero sabéis que no voy a decir nada de cara a la galería. No pretendo quedar bien ante nadie, porque no creo que sea siquiera un objetivo que merezca la pena. No voy a decir nada que considere que es mentira ni os voy a dar la razón como a niños tontitos que necesitan aprobación constante.
Igual es por eso por lo que últimamente me siento tan despegado de lo que es el mundo escritoril, en general: tengo a mis amigos de siempre, con los que se puede hablar (y no os imagináis la de hostias que me llevo, literariamente, a manos de ellos) y con los que merece la pena echar un rato. Tengo otros, algo más lejanos, con los que siempre es agradable conversar aunque no coincidamos en la mitad de opiniones... y poco más. Los demás, para mí cada día están más lejos, son más desconocidos. Cada vez es gente que me importa menos... igual porque es gente que cada vez ha de importarme menos. También me importa cada vez menos eso de publicar o no, porque honestamente, en un mundo tan lleno de payasos y de gente que no folla bien, o directamente no folla (ni siquiera consigo misma), lo último que me apetece es aguantar peloterías, escuchar hipocresías o ser la comidilla de algún pobre desgraciado que no sabe ni donde tiene la cara y que no me ha tratado en su puta vida.

Así que, a aquellos que pensáis que esto es un mundo ideal de gente chuliguai, os propongo la experiencia, por si os interesa: id a buscar a esos que se dicen vuestros colegas, coleguitas, camaradas, amiguetes o lameculos e intentad comprobar si ellos hacen lo mismo. Ved si os dan la razón en absolutamente todo y os alaban por las migajas de sabiduría y bondad que tenéis a bien desprender, o por el contrario, observad si analizan con frialdad lo que decís. Si cuestionan vuestras palabras. Si matizan vuestros argumentos o si, simplemente, no terminan de ver a dónde queréis ir a parar. Si sois capaces de soportar que el mundo no gire a vuestro alrededor, puede que esto os sirva para distinguir entre aquellos que quieren ayudaros y aquellos que solo quieren ayudarse a sí mismos gracias a vosotros.
Luego, si queréis, podéis seguir viviendo en vuestra burbuja de cristal. Jugando a vuestros Juegos de Tronos. Reuniendo vuestros grupúsculos conspiratorios. Participando en vuestras guerras intestinas. Pero si esto se os va de las manos y os estalla toda la mierda en la cara, luego no vengáis a quejaros. Sabíais que podía acabar pasando.

domingo, 10 de marzo de 2013

Escupiendo Rabia- Fechas para todo, o Igualdad es Igualdad, no hacer el gilipollas



Hará cosa de un par de días o así nos recordaron por activa y por pasiva que era el día internacional de la mujer trabajadora. Cosa curiosa esto, si pensamos en las implicaciones del tema.
Antes de empezar a disertar, quiero aclarar ante todos aquellos guerrilleros y lanzaladrillos que yo me he criado en un mundo de mujeres, desde mi entorno familiar hasta el académico (en mi carrera el noventa por ciento de los estudiantes eran mujeres), pasando por el fantástico mundillo de los cursos de formación (paridad absoluta o dominio femenino, según se mire), así que si vais a leer esto pensando que es un ataque contra la mujer o cualquier tipo de propaganda de este tipo, os ruego que os vayáis a tomar por culo, vosotros y vuestra paranoia. Gracias.

Volvamos al tema. Esto de las fechas es algo que no deja de resultarme gracioso. En una sociedad como esta, en la que todos los putos días son el día internacional de algo, no deja de resultar irónico (puede que incluso hipócrita) eso de proclamar a los cuatro vientos DURANTE UN DÍA que algo nos importa para, al día siguiente, coger y pasárnoslo todo por el ojo del culo. Trescientos sesenta y cuatro frente a uno, y ya con eso somos guais. Ya podemos darnos golpecitos de pecho y decir que somos tolerantes, bienintencionados y democráticos (reconozcámoslo: esta palabra mola que te cagas para vender lo que sea, desde ideas hasta aspiradoras).

Con la Navidad pasa tres cuartos de lo mismo: nos la venden como una fecha en la que tenemos que ser mejores personas, acordarnos de los pobres y reconciliarnos con ese vecino que nos cae tan mal.
Luego, cuando toca guardar los abalorios en el desván pasados los Reyes, parece que podemos volver a ser los hijos de la gran puta de siempre, que ya no queda tan mal visto.


Es justo eso lo que me toca los cojones de todo esto: aunque en un principio este día estaba pensado para celebrar un acontecimiento concreto (anoche mismo me explicaron de dónde sale esta historia y fíjate, que todavía no había visto yo por ninguna parte que se explicase en los medios), lo que estamos haciendo en la actualidad es coger y dedicar un día a algo que debería estar absolutamente normalizado, como es el hecho de que una mujer trabaje. Coño ya, hacer un día de gala de esto puede quedar de lo más guai en plan reconocimiento y demás, y suena bonito que te cagas, pero en cierto sentido, con esta actitud lo que estamos haciendo es exacerbar y dar una importancia a algo que debería estar asumido por nuestra sociedad hace décadas.
Igual es el hecho de que no esté asumido por lo que nos sigue pareciendo un imperativo moral celebrarlo.
Pensemos en cualquier otro colectivo minoritario menos rimbombante. Los zurdos, por ejemplo: una de cada tres personas más o menos es zurda, y en cierto sentido, también han sufrido (o sufrimos) discriminación. Un zurdo se las ve y se las desea a veces para vivir en un mundo de diestros, por si no os habéis dado cuenta: probad a darle unas tijeras para que las corte con la izquierda, diversión asegurada. Las sillas de pala por lo general no están adaptadas para nosotros y tenemos que hacer posturas para usarlas de lo más variopintas. También han sido perseguidos: hasta no hace mucho, se consideraba la mano izquierda como "la mano del diablo" y se corregía a los niños zurdos para escribir con la derecha, acarreando el riesgo de que se produzca dislexia.
Sin embargo, hoy por hoy, a los zurdos (al menos a los que tenemos algo de sentido común) no se nos ocurre tamaña gilipollez como exigir un Día Internacional del Zurdo Trabajador o fundar Frentes de Liberación Zurda para aplastar ese mundo de diestros hijos de puta que nos atenaza y nos trata como ciudadanos de segunda fila, supongo que porque ser zurdo es algo que se considera NORMAL.
Vaya, nos informan a última hora de que sí que existe un Día Internacional del Zurdo. Señal de lo que nos importa al colectivo, que ninguno tenía ni puta idea de que existía. Y, francamente, tampoco es que nos sintamos ni mejor ni peor sabiéndolo. Es etiquetar un día en conmemoración de los que escribimos con la izquierda. Yuju.

¿Se está diciendo con esto que no se celebre el día de la Mujer Trabajadora? En absoluto. Lo que se dice es que la simbología puede quedar bien de cara a la galería, pero la lucha es a diario. Si se quiere luchar para recordar las causas por las que se estableció este día, está bien... pero quedarse en la simbología y no ir más allá, subirse al carro de lo que es políticamente correcto, ponerse chapitas, entonar consignas y demás, para luego al día siguiente mearse en todos esos símbolos y ser los mismos sexistas hijos de puta de siempre es lo verdaderamente flagrante. Lo verdaderamente hipócrita.

Puede que lo de ser zurdo sea una comparación que os parezca descompensada, pese al hecho de que en ciertas partes del mundo no son para nada bien vistos (véase en el mundo árabe, sin contar una infinita cantidad de prejuicios al respecto a lo largo de toda la historia, desde China hasta la antigua Roma, pasando por Indonesia). Dejo por aquí el enlace para dejar claro que no me lo invento:
http://es.wikipedia.org/wiki/Zurdera#Estigmatizaci.C3.B3n_cultural

Vale. Probadlo entonces con otros colectivos, como sucede con la gente de raza negra (¿Existirá un Día Internacional del Negro?) o el colectivo homosexual, socialmente denostado a lo bestia, tan extendido o más que el colectivo de raza negra a lo largo y ancho del globo y que también se ha llevado unas pocas de hostias a lo largo de los últimos siglos. Existe el Día del Orgullo Gay, del que muchos amigos míos homosexuales abjuran y reniegan, precisamente por no sentirse representados por una simbología que en absoluto tiene que ver con la filosofía de dicho colectivo en profundidad. Que, según se dice, es una fiesta consagrada precisamente para que cada uno se sienta orgulloso de su identidad sexual, sea cual sea, vale... eso queda muy bonito así dicho y no creo que nadie mienta al respecto. La cuestión es: ¿Es así en la práctica?
Una vez más, insisto, para mí esto se queda en lo superficial, pero ya hablaré de esto último en otro momento.

Volvamos al tema de la mujer trabajadora y ciertas concepciones sociales: si eres mujer y trabajas fuera de casa ya es visto como algo fuera de lo normal, porque parece que en nuestro código genético tenemos insertada la concepción de que una mujer tiene que estar en su casa y todo lo que sea salirse de esa concepción antedeluviana como que nos rompe los esquemas.
Pero al mismo tiempo queremos quedar guais y tolerantes, así que en lugar de comportarnos con plena normalidad, tratando a una mujer trabajadora como un trabajador más (es decir, concediéndole LOS MISMOS derechos que se les concede a un hombre, abogando por una equidad TOTAL en sus sueldos y dejándonos de mamarrachadas indignantes como meterse en la vida personal de una mujer, preguntándole en una entrevista de trabajo si tiene pareja) lo que hacemos es justo lo contrario. Denormalizamos lo que debería estar asumido por nuestra sociedad; le damos la espalda a un derecho tan justo como es la igualdad REAL y cogemos y lo revestimos de una hipocresía que hace que nos meemos en los pantalones. Decimos que qué guai, que qué abiertos y tolerantes somos diciendo que ahora las mujeres pueden trabajar fuera de casa (lo que es verdad), pero luego preguntamos cuántas mujeres reciben ayuda de su familia (hijos, pareja, etcétera) en casa y nos damos cuenta de que, en un número tristemente enorme, esto no es más que una pantomima. Hemos hablado de liberación y en realidad lo que hemos hecho ha sido cargar doblemente de trabajo a la mujer. No estamos como en Japón, donde si eres, pongamos, presidenta de la Mitsubishi y tienes hijos tengas que dejarlo todo para criarlos, por supuesto... pero tampoco me parece que estemos en situación de creernos lo mejor desde las toallitas húmedas para el culete. No cuando la nueva generación, de chavales de dieciocho, veinte, veintipocos, está volviendo a unos valores ultraconservadores de sexismo imperante. Cuando los mismos gobiernos, lejos de paliar este cambio de concepción, parecen estar apoyándolos.

No voy a entrar en un debate tan complejo como es, por ejemplo, el tema del aborto o mi postura ante él. Tan sólo diré que se comparen las opciones de la mujer embarazada hace unos diez años con las que se están proponiendo hoy en día.


Para mí el feminismo no consiste en enarbolar pancartas o poner pósters de señoras con cara de cabreo haciendo cortes de mangas. No consiste en el berreo indiscriminado, acusando a los hombres en general de ser hombres, como si eso fuera una lacra o como si el que fuese hombre lo fuese por elección propia. Como si nacer hombre fuese ya un pecado capital.
Esto no lo hacen las feministas en realidad, sino la gente que da mal nombre a este movimiento. No confundamos el feminismo (práctica respetable donde las haya y que debería seguir manteniéndose, por la cuenta que nos trae a todos en esta sociedad que cada día más se va a tomar por culo) con el hembrismo, con el radicalismo más beligerante. Con la gente que se dice llamar "feminista" y a lo que se dedica es a echar en cara a los hombres todo lo que se ha hecho durante siglos, como si todo lo que tenga minga haya nacido con la marca de Caín, dispuesto a discriminar y humillar mujeres. Es exactamente el mismo planteamiento de muchos latinoamericanos que, a la primera de cambio, aprovechan para putear a los españoles por algo que sucedió hace quinientos años, por gente que ni siquiera eran ancestros de uno (al menos, en líneas generales, los que la liaron en las Indias Occidentales allí se quedaron; los que hemos nacido en España solemos ser descendientes de aquellos que no cruzaron el charco).

Y es que me resulta muy curioso que haya mujeres que, siendo conscientes de esa desigualdad que ha habido durante siglos (y que sigue habiendo, no nos engañemos, en este tema queda mucho por recorrer), decidan subirse al carro de la discriminación y combatir el fuego con el fuego. Esas mujeres que, en luchar por la igualdad REAL (insisto en esta palabra) de derechos, lo que pretenden es crear una ginecocracia talibana y radical, que no quiere otra cosa sino que imponerse a sangre y fuego sobre el mundo del hombre. Es esa clase de actitudes la que hacen que una causa tan noble, como es conseguir el reconocimiento que una mujer se merece tras siglos de represión, quede manchada por el extremismo y por la barbarie de un grupo de gentuza furibunda que lo único que busca es aplastar a la gente a la que odian.


Muchas ideologías, si nos fijamos, parecen definirse por el grupo social al que odian.
Nos puede parecer de risa, pero si lo pensamos friamente, no son ni dos ni tres los que definen su forma de pensar o actuar en contraposición a la de tal o cual grupo al que se oponen, desprecian o directamente quieren ver despedazado.
Son muchos, muchos más.

No, no lo revistamos con justificaciones, excusas ni argumentos maniqueos. Un colectivo que ha sufrido discriminación (mujer, homosexual, zurdo, albino) precisamente tiene que demostrar que no es como la gente que los ha estado oprimiendo. Suya es la tarea de dar la lección a los demás, ya que en eso consiste estar en el lado de los oprimidos: al serlo, estás en un yunque que, o te destruye o te hace más fuerte, pero no necesariamente debe convertirte en un opresor igual a la gente a la que combate. Esa es una elección personal, pero nada tiene que ver con el hecho de haber sufrido.

Es por eso por lo que me harta y me cabrea ver que hay mujeres que atacan a otras mujeres, con planteamientos tan flexibles como una viga de hierro, diciendo que son unas "guarras" por ir vestidas de tal o cual manera, porque (cito libremente algunas cosas que he leído o escuchado por ahí) "así visten para complacer a los hombres, para que las traten como objetos".
De eso a ponerle la letra escarlata a alguien hay un paso.
De eso a vivir en el puto siglo XVII no hay mucho.
Y lo que es curioso es que, si nos fijamos, se revisten de feminismo valores ultraconservadores y (por qué no) machistas: si una mujer viste de tal manera, resulta que jamás se da por hecho que le guste vestir así. Ya se asume que es para agradar a los hombres, aunque no se le haya preguntado. Planteamientos como ese ya asumen que tal ropa está hecha para servir de objeto. Poco falta para que si una mujer es violada, salte alguna de estas fieras diciendo que se lo ha buscado por llevar esa ropa, argumento que me ha parecido desde siempre una aberración de tres pares de cojones.


"Si es que con esas pintas va provocando"
Claro que sí, por tanto, queda perfectamente justificado si atracamos una panadería porque huele bien, o si me meto a mangar en mi tienda de cómics favorita porque han salido todas las novedades y ando sin un duro.
No, señores: el crimen es el crimen y lo que no se puede hacer es justificarlo echando la culpa a la víctima.
Partiendo de conceptos tan anormales como ese, ¿qué será lo próximo? ¿Apedrear mujeres por ir en minifalda? ¿Mandar a la hoguera a toda la que haga topless en la playa? ¿Prohibir esta última práctica o la ropa que enseña cacho para prevenir asaltos sexuales?
¿Es que nos estamos volviendo gilipollas?

No es la primera vez que he visto o leído que según qué colectivos ponen el grito en el cielo ante tal anuncio porque se exhibe a las mujeres como objetos (sin importar que junto a esas mujeres se exhiba también el cuerpo de hombres), llegando a exigir su inmediata retirada porque "semejante tratamiento de la mujer resulta denigrante u ofensivo". Nadie se pregunta si la modelo (o los modelos, en general) ha acudido voluntariamente a participar en ese anuncio o, por el contrario, la han puesto ahí a punta de pistola, sin pagarle un duro y bajo amenaza de su familia entera. Nadie se ha planteado si realmente a la persona que exhibe su cuerpo en una valla publicitaria o en un anuncio de la tele se siente manipulada por un mundo opresivo, le gusta lo que hace o simplemente le da igual por considerarlo un trabajo más. Ni siquiera se preguntan que el anuncio cuya retirada exigen es un anuncio de ropa íntima, así que a ver cómo coño se anuncia algo así sin enseñar carne. No preguntan, pero disparan primero.
Llamadme raro, pero a mí en mi casa (repito, en mi familia la mayor parte de los miembros han sido siempre mujeres, que además se han preocupado bastante en enseñarme acerca de la igualdad y el respeto entre géneros) me enseñaron desde siempre que el cuerpo humano no es horrible ni es un pecado. En el Renacimiento, una de mis épocas favoritas, estaba de moda el antropocentrismo, que postulaba precisamente que el hombre (el ser humano, el antropos) era el centro del universo. Que el cuerpo era una fantástica obre de ingeniería. Resulta curioso que, en aras de la "igualdad" ahora volvamos al oscurantismo, al "tápate, que pareces una guarra", encubierto como "tápate, que no necesitas agradar a los hombres".

Aunque a mucha gente (incluso gente joven) le resulte a todas luces insoportable que haya mujeres que se sientan a gusto vistiendo así, lo cierto es que sí que las hay; del mismo modo que hay mujeres que se sienten a gusto practicando pole-dancing o incluso striptease. Siempre y cuando sean actividades realizadas de modo consciente, sin ser coaccionadas y por el simple gusto de hacerlas son algo respetable, por lo que lindezas del tipo "Menuda guarra está hecha esa" y demás me parecen totalmente fuera de lugar.
El concepto mismo de la masturbación femenina, si lo pensamos, también parece considerado algo sucio, o propio de mujeres viciosas. Ya visteis la que se lió con el caso de la concejala aquella (aparece en un post anterior), y no es un caso aislado. En nuestra sociedad occidental, esa que abandera valores moralmente superiores, a día de hoy, todo lo que suene a mujer que disfruta con el sexo ya le cuelga a ésta el cartel de "cachoguarra". La mujer que reconoce masturbarse, por tanto, es vista como una criatura zafia y pervertida.
Si lo hace un tío, no pasa nada, es que los tíos somos así de guarros, fíjate tú.



Ahora todo queda revestido, disfrazado, maquillado para sonar tolerante y para que suene a lucha por los derechos, pero no nos confundamos: por cada persona que lucha creyendo realmente en lo que hace, y siendo consciente de lo que está defendiendo, habrá otra que use esa causa para destapar sus fobias contra según qué colectivo, contra según qué enemigo. Por cada dos o tres mujeres que luchen por vivir en un mundo de igualdad de oportunidades, habrá al menos una que lo que querrá es ponerse por encima de aquellos a los que odia. Por cada mujer que se sienta satisfecha sabiendo que va a ganar lo mismo que su compañero de trabajo, habrá otra que lo que pida es una reserva de plazas para mujeres por tal o cual motivo, porque "se lo merece por ser mujer". Por cada mujer que se sienta segura sabiendo que a un hijo de puta que le meta dos hostias le va a caer el merecido castigo, habrá otra exigiendo al sistema judicial que las leyes sobre maltrato sean más duras con los hombres que con las mujeres.

Argumentarán que el hombre es más fuerte, que el hombre ha tenido siempre el poder. Argumentarán lo que quieran, pero si os fijáis, estos argumentos, pese al supuesto "feminismo" que emanan (me niego a llamarlo feminismo), ya no parten de una base de igualdad y no dejan de ser de un machista que flipas. O, hablando de un modo más concreto, sexista.
Sexista es aquel que discrimina por género, independientemente del género de la persona que lo esté haciendo. Decir que es imposible que las mujeres sean sexistas es como decir que es imposible que una persona de raza negra sea racista o que un universitario sea gilipollas. Es usar una concepción asumida de una forma más o menos general y sacarla de quicio a lo bestia, llegando al estereotipo más exagerado.
Una mujer que diga que está bien que exista la discriminación positiva está pecando de sexismo, y está meándose en su propio género: si te dan una plaza por el mero hecho de ser mujer, no estás haciendo un favor a tu sexo. Lo estás poniendo en duda, ya que te ves obligada a demostrar que realmente estás capacitada para ese trabajo por encima de aquellas personas que han sido escogidas por sus aptitudes. Cada día en un trabajo en que has sido elegido por discriminación positiva tienes que demostrar a los demás (y lo que es más duro, a ti mismo) que realmente vales y que no te han cogido por razones que, en el fondo, no son mérito tuyo.

Por lo general, hasta la fecha, las mujeres ya las estaban pasando putas con eso de tener que demostrar que valían en un mundo que las discriminaba por ser mujeres. Hoy en día, la lucha ya no se limita solo a eso: una mujer tiene que luchar para demostrar que vale tanto como un hombre, que ha sido elegida para el puesto por algo más que por ser mujer y, de paso, (como sucede, por poner un simple ejemplo, en los grandes almacenes) demostrar que tiene los ovarios más gordos que otras mujeres que llevan más tiempo que ellas y que se comportan como unas tiranas para demostrar que son más duras que cualquier otro bicho viviente.
Dicho de otro modo, las mujeres no solo tienen que luchar en un mundo de hombres: tienen que demostrar lo que valen ante hombres, ante otras mujeres y ante sí mismas, todo a la vez.
Quizás el planteamiento justo a nivel laboral, entre compañeros, es ver a tu compañero como un trabajador o como una persona, independientemente de su sexo. Si tu compañero es un buen trabajador, ¿qué más da que sea hombre o mujer? A lo que va es a trabajar. Nada de chorradas, nada de paridas de "no, pero es que es mujer" o "con un hombre es diferente".
Mis cojones, si la persona (hombre o mujer) vale para su puesto, que lo cubra. Si no, pues no.
Dejémonos ya de subnormalidades de buscar la paridad de sexos en tal sitio, si luego esa paridad lo que implica es que, de las personas que tenemos ocupando los puestos, no valen ni para pegar sellos.
Si lo que buscamos es un trabajo eficiente, buenos resultados y sacar un buen provecho, ¿quién se fija en que la persona que lo lleve a cabo tenga picha o tenga toto? Tiene tanto sentido como buscar la paridad entre gente que tenga los ojos azules y marrones.



Una mujer que diga que está bien que metan a un fulano en prisión preventiva y sin pruebas porque ha sido denunciado por violencia está abogando por la injusticia más flagrante. Que sí, que sabemos que hay muchos casos de violencia, pero, ¿da eso derecho al sistema a hacer pagar justos por pecadores, aunque solo sea una vez? Se mete a un inocente en la cárcel, pero no pasa nada porque es uno solo y se han encerrado a muchos más culpables. ¿Qué idea es esa de la justicia, que se basa en los números más que en los hechos? ¿Desde cuando ahora se es culpable hasta que se demuestre la inocencia?
Cada día más, gente que conozco que trabaja en el sector de la justicia (abogados, funcionarios y demás, algunos bastante cercanos a mí) me cuentan cómo hay más y más gente que se está aprovechando de esas desigualdades judiciales (a la mierda el artículo 14 de nuestra Carta Magna) para emitir denuncias falsas sobre parejas con las que han terminado a la gresca, en plan vendetta pura y dura. Esto igual no es mayoría, pero demuestra que existe gente a la que los casos REALES de maltrato se la sudan, y no son dos o tres casos aislados, sino que son MUCHOS. Eso de que haya personas que lo estén pasando realmente mal a causa de sus parejas en realidad para lo que les sirve es para tener un pretexto de puta madre para vengarse. Y el sistema, con ese tipo de medidas, lo que está haciendo es darle una oportunidad a esta gentuza.

Voy más lejos: la prensa tampoco es que esté actuando como para meneárnosla de gusto. Primeros de enero y ya empieza el ranking de mujeres que mueren a manos de sus parejas en los telediarios. Como el que ve la puta pole position de Fernando Alonso, oiga. Lo más descojonante de todo es que las estadísticas, según nos cuentan, parecen que las van rellenando conforme sale la noticia. Es decir, antes de que se aclare el caso y se determine que:

A) La mujer ha muerto, efectivamente, asesinada por su pareja o expareja
B) Que el motivo del asesinato sea porque su pareja o expareja consideraba que la mujer era su posesión

Tenemos que el noticiero de turno ya ha dictado sentencia y lo tilda de "caso de violencia machista". Ponen un "presuntamente" por medio para que quede chuliguai y ponen los tiempos en condicional, diciendo que "podría tratarse de su marido" o "murió, supuestamente, a manos de su expareja", pero a continuación, se plantifica el teléfono de atención a la mujer maltratada (esto, viéndolo de modo objetivo, se pasa por el forro el principio de presunción de inocencia de nuestro estado de derecho y lo transforma en presunción de culpabilidad). No dictan sentencia abiertamente, pero te lo dejan todo mascado para que lo digas tú.
No deja de ser curioso que se habla de "violencia machista". Ojo al dato, señores. Si una mujer agrede a un hombre (no hay muchos casos denunciados, pero como con las mujeres hasta hace poco, eso no demuestra su inexistencia; simplemente, que no se están denunciando) no se dice NADA. No sale en la tele, no importa una puta mierda a nadie; es más, incluso se puede llegar a ridiculizar, con pretextos del tipo "Si a un tío le pega una tía, es un calzonazos". Os puede parecer de risa, pero entonces preguntad por qué, de los casos de violencia de mujeres contra los hombres, éstos han sentido vergüenza al denunciarlo.
Pensad en el caso de las parejas homosexuales. No seamos tan inocentones al pensar que el maltrato solo existe en parejas heterosexuales, por favor. No es el primer caso de amigos míos homosexuales que han tenido, si bien no problemas directos de maltratos, muy cercanos. Que una persona sea homosexual no es condición si ne qua non para no ser violento, o un agresor.
Sin embargo, estos casos no trascienden jamás a la prensa. Y si lo hacen... joder, ¿habrá cojones de llamarlo también "violencia machista" o nos saldrá algún subnormal del culo acuñando el término "violencia homosexual"?

Más idioteces no, por favor.


Recordemos también que los casos que van por vía penal no se resuelven en dos o tres días (¡ojalá!), por lo que las estadísticas de violencia (me niego a llamarla machista, como mucho la llamaría "violencia dentro de la pareja" o simplemente "violencia", que me parece un término de por sí bastante contundente) digamos que me hacen arquear la ceja. No porque crea que los datos se falsean, ni mucho menos; de hecho, estoy convencido de que la violencia es mucho más patente y está mucho más extendida que los casos que aparecen denunciados. Lo que vengo a decir es que me resulta muy curioso que esas estadísticas se actualicen tan jodidamente rápido cuando para dictaminar el móvil de un crimen (así como detalles y demás) se necesita bastante tiempo, especialmente con lo lenta que es la justicia.

Y es aquí cuando las cosas empiezan a volverse absurdas: hemos empezado luchando por una igualdad real entre ambos sexos y ahora la idea es coger y desequilibrar la balanza hacia el otro lado. Retorcer la idea de justicia y pervertirla porque, total, ha habido discriminación, ancha es Castilla. En lugar de enderezar lo que estaba torcido, el plan aquí es coger y darle la vuelta. Para muchas personas (por suerte, no para todas, pero lo que me preocupa es que para las que sí son MUCHAS), el concepto de justicia es similar al de venganza, donde los oprimidos esperan su turno para convertirse en opresores y exigiendo que el sistema se encauce hasta que haya perros nuevos con el mismo collar. La crispación, por tanto, está servida: por un lado, los monstruos de la vieja guardia, que siguen pensando que el lugar de una mujer es estar a pata partida en la casa, pariendo hijos y fregando platos porque no vale para otra cosa; por otro, las nuevas fieras que dicen que las leyes deben hacerse por y para mujeres, porque mucho tiempo han disfrutado ya los hombres y hay que ponerlos ya en cintura de una puta vez. Y entre medias, los cuatro gilipollas que pensamos que la igualdad no es eso. Que la igualdad consiste en pasar de rencillas y de las desigualdades que ha habido siempre y hacerlas desaparecer. No por medio de una absurda compensación, o dándole más derechos a los oprimidos que a los opresores, sino desde una total imparcialidad, viendo a los hombres y a las mujeres como lo que son: como personas, y dejarnos de una puta vez ya de monsergas de "Hombre= verdugo/ Mujer= Víctima".

Que no es tan difícil de entender, joder: Igualdad implica IGUALDAD. Justicia es que cada uno tenga exactamente lo que se merece, ni más de lo que le corresponde ni menos.
Que la igualdad no atienda a razones de credo, sexo o raza.
Nada de soplapolleces biensonantes, nada de adjetivos como "compensatorio" o "positivo".
Igualdad y justicia para todos quiere decir PARA TODOS y en IGUALDAD DE CONDICIONES.


Por eso lo del día internacional de la mujer me resulta hipócrita, como la mitad de las fechas chuliguais que se ponen. No porque me parezca mal la idea de rememorar según qué acontecimiento o para recordarnos que las mujeres tienen los mismos derechos que los hombres (como he dicho arriba, es algo que debería estar normalizado desde hace mucho... pero también tenemos una tasa importante de gente que vive en otro planeta y que necesita recordatorios así para ver si les entra en la mollera de una puta vez), sino porque el reconocimiento hacia la mujer se hace desde los hechos, desde el sistema y favoreciendo esa igualdad de oportunidades, y no con gilipolleces de chapitas, banderitas, pósters y mamonadas para darse golpes de pecho... para que en cuanto pase ese día, la mitad del personal se limpie el ojete con el merchandising y vuelva a decir que una tía que se pasea en minifalda por el barrio es una guarra buscando guerra.
El día que aprendamos a llevar a cabo cosas que REALMENTE sirvan, en vez de hacer cosas guais de cara a la galería que, en sentido práctico, son tan útiles como los pezones de una armadura, ese día nos daremos cuenta de que los días internacionales, las banderitas y el resto de chorradas para tontos solo sirven para engañarnos a nosotros mismos.

martes, 5 de marzo de 2013

Angst- El Arte, ese solitario compañero




A veces creo que debería pagarle a mi amiga Isi una subvención o algo por las cuestiones que me plantea cada vez que hablamos. Esta, concretamente, ha surgido apenas unos minutos, cuando me ha hecho unas preguntas que ha lanzado a unos cuantos de nosotros. A algunos de esos pobres granujas que le hemos dado un poco la espalda a esa sociedad cada día más encuadrada y distópica y hemos decidido emprender nuestros pasos por ese mundo demente que es el del Arte.

Me pregunta mi amiga si me siento apoyado por mi entorno cercano cada vez que dibujo o escribo. Es una buena pregunta, que no sé responder con tanta rapidez como me gustaría. No es que me sienta ninguneado ni nada por el estilo; mis familiares y amigos, hasta dónde sé (o creo saber) no se descojonan de mí ni me desprecian por algo tan sacrificado como es crear historias o plasmarlas en imágenes. Pero, seamos serios, sabemos que corren malos tiempos para los soñadores y que con el Arte te mueres de hambre. Por muy bueno que seas o (en su defecto) por mucho que te esfuerces por serlo, sabes que lo más probable es que dibujar, pintar o convertirte en músico no te va a dar de comer. Ojo, no digo que sea imposible ni que sea un sueño ridículo... pero es más difícil de conseguir que, pongamos, sacarte unas oposiciones. Que sí, que el tema del curro está jodido para todos, eso es un hecho. Probad a currar como artistas, en este mundillo donde el trabajo no se considera trabajo, donde la mitad de la gente que conoces intenta aprovecharse de ti, no pagarte y encima encabronarse porque tú sí lo consideres una profesión digna.
Mi familia, por ejemplo, es consciente de ello. No tienen la suerte de tener un vecino del quinto que empezase pintando por ahí y ahora tenga un sueldo estable de ello todos los meses. No conocen demasiada gente que, a fuerza de tesón y horas de perfeccionamiento ahora tenga un modo de vida digno. Supongo que por eso la actitud es la de pensar que lo que hago está bien, pero está muy por debajo de cosas más importantes y urgentes, como ir a comprar el pan o tirar la basura. No importa que ande en pleno proceso creativo, o que necesite concentrarme pasa sacar una idea adelante. Lo primero es lo primero.
Esto es así y yo no lo voy a cambiar por mucho que quiera.

El Arte, hablando en general, es un amante cruel. Por escribir y dibujar no es la primera vez que nos hemos quedado en casa sin salir; por ensayar hemos echado un montón de horas que podíamos haber aprovechado conociendo gente, frotándonos con alguna pajaruela o cualquier otra actividad lúdica y social. No es la primera vez que nos hemos abroncado con gente con la que hasta entonces nos habíamos llevado bien, algo muy frecuente cuando tocas en un grupo y cada uno de los miembros tira para un lado. Y no han sido ni una ni dos broncas a causa de ello, creedme.
Tampoco es la primera vez que nos cuelgan el sambenito de "artistas", aludiendo que tenemos una personalidad diferente al resto de los mortales y que, gracias a esa especie de prejuicio, ya se nos considera gente "rara", "voluble" y más cosas curiosas.
El Arte, nuevamente, nos distancia un poco de la gente que no siente esa llamada. No lo hace siempre, por supuesto, pero esa imagen, de un modo u otro, siempre está ahí.

Es un camino árido y solitario.
Pero muchos no conocemos otro.


Por escribir una historia y hacerlo lo mejor que podemos nos hemos llegado a aislar, a volvernos huraños. A encabronarnos con nosotros mismos porque sabemos que no lo estamos dando todo, que podemos hacerlo mejor y (para nuestra desgracia) no encontramos el modo de conseguirlo. Nos esforzamos y a menudo es inevitable que nos vengamos abajo cuando vemos que el resultado no está a la altura de nuestras expectativas. Cuando descubrimos que horas y horas de pegarte un currazo que flipas se han ido por el retrete porque no tienes el día y lo que te ha salido es una chusta de tres pares.
Más duro es aún cuando ves que tu entorno lo respeta (si es que tienes esa suerte), pero en el fondo no lo entiende. Para muchos, eso de que te pases tres horas y media dibujando hasta que casi se te rompa la mano es como intentar leer en arameo. Alucinan con tu tesón, pero una parte de ellos no termina de pillarle la importancia que tiene para uno eso de querer plasmar en una obra artística (musical, visual, literaria) lo que lleva en las tripas.

Supongo que es algo recíproco. Yo mismo no suelo entender el mundo que me rodea, no me avergüenza decirlo. Intento pensar qué hace mucha gente para exteriorizar lo que lleva dentro, pero no lo comprendo. Por tanto, es posible que yo no sea muy diferente al resto del mundo; todo lo más, lo único diferente tal vez sean los resultados: en líneas generales, tengo la impresión de que el mundo se deja llevar menos por sus demonios interiores que yo. O acaso, no lo exteriorizan demasiado.
Y no digo esto sintiéndome parte de una élite por eso de dedicarme a las artes, ni mucho menos. Si hablo con total sinceridad, diría que es justo lo contrario. Es casi una maldición, en el sentido de que ya me gustaría a mí tener ese aplomo para enfrentarme a mi Infierno privado, por superar mil y un complejos y por acallar las voces interiores que de vez en cuando me dan la tabarra.
En serio que ojalá yo fuese de esos que tuviesen la habilidad innata para pasar de todo, desconectar y llevar una vida, si no feliz, lo más cercana posible a ello. Una vida, no simple, sino sencilla, donde la obsesión por querer salir de tu propia mediocridad no fuese tan intensa.

Creedme, no creo que eso de dedicarme a las Artes me convierta en una persona mejor o más feliz. Es el camino que he elegido, posiblemente porque cualquier otro me habría hecho una persona bastante más desgraciada. No es un camino fácil ni alegre, por bonito que lo pinten; es insomnio, es cansancio, es una lucha constante que precisa mucha perseverancia y doble ración de sangre fría. Es tener que echarle los cojones para coger un día, revisar tu propia obra y destruirla porque sabes que no has dado lo mejor de ti. Es pelear contra esa ola gigante que es un mundillo cerrado y hermético que, si bien no te ignora, bien se mueve en tu propia contra. Es querer ser mejor de lo que eres, y tener que asumir que igual no eres un fuera de serie. Que no te vas a convertir en una estrella del rock. Es más, que igual no eres ni gran cosa.
Y sin embargo, no tener otra opción que te satisfaga, porque podrías abandonar. Podrías decir "A tomar por culo, esto no me compensa", abandonar las artes por completo y dedicarte a algo igualmente respetable, como puede ser la cría de champiñones o la pintura de techos y paredes. Seamos honestos, hacer algo así todavía puede conllevar una carga aún mayor, porque sabes que estás sintiendo la llamada y la estás desoyendo. Estás traicionando a tu propia naturaleza.

Y es que la persona que se dedica a las artes (podéis llamarla artista si queréis, a mí no me gusta considerarme a mí mismo como tal; esos son términos que te tiene que conceder la posteridad, a mi juicio), en cierto modo, está abocada a la soledad. Lo que creamos, la mitad de las veces, nace de la soledad. La obra es un acto solitario, incluso siendo músico y tocando en un grupo. A fin de cuentas, tú tocas UN instrumento y nadie más puede hacer por ti lo que haces. El batería de tu grupo no va a tocar ese solo de guitarra que tanto te cuesta, y si estás cantando y no llegas a la nota, alguien puede cubrirte con un coro, pero eres tú quien tiene que dar el callo.
De componer ya ni hablamos.
En el caso del dibujo y la literatura es algo todavía más patente; puedes escribir una novela con algún colega, pero tu estilo, tus ansias y tus rabias más profundas están ahí, en cada línea que vomitas. Los trazos de un dibujo son parte de ti y te representan, como lo hace tu letra. Son las huellas dactilares del arte, una extensión de ti, por así decirlo.
Y también puedes jugar al despiste: estar jodido como un cabrón y sin embargo escribir una comedia; estar alegre y componer una balada. La obra no es diferente de la mano que la crea, pero no te fíes jamás de alguien que se dedica a las artes. No, si pretendes conocerlo en base a sus creaciones.

A veces somos como las Matryoshkas: hay muchos dentro de uno, cada uno más soterrado que el anterior. Todos contradiciéndose, pero a la vez partes de lo mismo.
Recurrencia.


Quizás por eso, por esa soledad que produce el Arte, o acaso por esa opacidad hacia nuestra persona que produce una obra, por la que los autores somos gente considerada como extraña. Gente que camina por las vías secundarias de la vida, observando las cosas con ojos diferentes... más que nada porque no tenemos otros con que verlos. Somos y seremos siempre esos tíos raros, que muchos no saben bien de qué vamos; esos que, dicen, tenemos un mundo interior al que pocos acceden (y no por dificultad; puede que simplemente ni se molesten en hacerlo. Tampoco los obliga nadie). Somos esos tíos que, con suerte, nos ganamos el respeto ajeno, pero pocos son los que no se dedican a las artes y nos brindan su apoyo entendiendo qué hacemos y por qué lo hacemos. Muy pocos. Olvidaos de esa imagen guai del rockero con pinta de maldito que se zosca a todo potorro que se le ponga por delante, o del poeta ultrasensible que derrite bragas con leer un par de poemas. No voy a decir que eso no pase, pero en general la impresión es la de "Ah, escribe, interesante". Como mucho, que te pregunten sobre qué escribes, pero vete olvidando de ese halo de magnificencia, de ese glamour o carisma especial que tiene dedicarte a juntar letras.
Esto es el futuro y, como he dicho arriba, corren malos tiempos para los soñadores. Para los artistas.
Para aquellos que no nos conformamos con el mundo de "Limítate a coger la pasta y límpiate el culo con todo lo demás".

"Sé uno más", nos dicen.
Y hay algunos que no podemos. No porque nos sintamos mejores que los demás. Sencillamente, no encajamos.


Parafraseando a Palahniuk, somos los hijos medianos de Dios. Aquellos que no han vivido una crisis ni una gran depresión, salvando la que tenemos en nuestro propio interior. Incomprendidos en el mejor de los casos, denostados en otros o incluso blanco de burlas por parte de aquellos que tienden a pisotear aquello que no pueden entender. Y lo peor es que no podemos hacer gran cosa. Lo único que podemos hacer es intentar luchar contra la existencia gris. Exorcizar nuestros demonios. Plantar ambos pies en el suelo y hacer frente a esa marea imparable que pretende hacernos creer que lo que hacemos no tiene aplicación práctica. Que no da dinero. Que no nos sostendrá jamás. Que la imaginación está bien, pero que hay que madurar. Crecer. Ser uno más con el rebaño. Otra pieza en la maquinaria. Otro ladrillo en la pared.

No somos seres superiores. Ni héroes, ni sabios. Ni siquiera una casta privilegiada que observa a los mortales desde un Olimpo, con ojos condescendientes y una media sonrisa en el rostro. Somos la clase de gente que ve el mundo y no entiende la locura en que se ha convertido. Somos la voz que predica en el desierto y chilla asustada porque ve la sociedad con un rostro muy diferente a la máscara con la que se muestra (¿el auténtico, tal vez, o acaso otra máscara bajo la máscara?) Somos aquellos que, metafóricamente hablando, hemos sentido el aliento de la Muerte en la nuca o los que hemos visto el Terror con nuestros propios ojos. Hemos sido destruidos y hemos vuelto a surgir de entre las cenizas. Estamos acostumbrados a vivir entre el martillo y el yunque, obligados a reforjarnos y reinventarnos una vez tras otra.
Tras otra.
Tras otra.
Podemos rodearnos de gente, pero cuanto tenemos una obra delante, lo sabemos.
Estamos completamente solos.

sábado, 2 de marzo de 2013

Mondo Chorra- Sobre la tiranía académica y la libertad de la lengua.



Desde hace alguna temporadilla no estoy viendo sino esa especie de tira-y-afloja entre los seguidores de la Real Academia y sus detractores. Como siempre, héroes en ambos bandos y el consabido "Tú no sabes nada" de toda la vida.
Por mi parte, antes de que muchos empiecen a poner el grito en el cielo, diré que puede que no sea un experto pero, como filólogo y estudiante de lingüística, teoría de la literatura y crítica literaria (curso de doctorado aparte versado en detallitos como traducción literaria y otras lindezas), tampoco soy un total lego en este asunto y sí tengo algunas cosas que añadir al respecto. Como siempre, podéis estar de acuerdo o no con ellas, pero por favor: no me vengáis con chorradas del tipo "No tienes ni idea de lo que hablas", porque esto toca de modo muy directo una disciplina que me he pasado AÑOS estudiando.

El tema surge cuando empiezan a aparecer los defensores de la gramática prescriptiva, que son aquellos que nos dicen que una palabra es ESTO, que tal cosa se dice ASÍ y que un concepto tiene ESTE significado y ningún otro, hasta que la Real Academia dé por válida una nueva acepción. Dicho en otras palabras, la gramática prescriptiva lo que hace es señalar una serie de directrices o pautas que, aseguran, son las que sientan las bases del "correcto" español.
Fácil de entender: si sigues tal norma, lo dices correctamente y si no, pues no.

Hasta aquí, en principio, ningún problema.
La cosa se pone fea en el momento en que se radicalizan las posturas y encontramos que, la Real Academia, muy ducha ella en el asunto, ya no "recomienda" tal o cual concepto, sino que lo impone. Como si se tratase de la Biblia para un fundamentalista, todo lo que aparece en sus gramáticas o diccionarios es lo correcto y lo que no, bien es incorrecto o bien no existe. Aquí es donde Noam Chomski, un señor que sabe del asunto un poco más que un servidor, nos demuestra que esa concepción hace un poco aguas a la hora de plantear ciertos conceptos:

Para empezar, plantea la lengua como algo vivo: el lenguaje está vivo en tanto en cuanto nace, se reproduce, evoluciona o incluso muere. Partiendo de este principio, encontramos neologismos que se acaban aceptando; una lengua se reproduce en el momento en que surgen dialectos derivados de ella, que acaban convirtiéndose en lenguas por motivo propio (véase el caso del latín y todas las lenguas romances), evoluciona (el caso del inglés antiguo al moderno, por ejemplo) y muere cuando se deja de hablar (la lengua gótica de la Europa central). En resumidas cuentas, una lengua es tal en base al uso que se da de ella. Única y exclusivamente. Según el bueno de Noam, no existiría, por tanto, un "uso correcto" propiamente dicho; existiría un uso generalizado que se convierte en standard.

Standard. Quedaos con ese concepto.
Si nos salimos de nuestras fronteras, donde la gente es menos cerrada de mollera en lo que toca al lenguaje, no hablamos de un "inglés correcto", sino de un inglés "standard". Lo más parecido a lo "correcto" es lo que, por uso común, se emplea por la mayor parte de los hablantes, quedando lo que no es como "marginal" o simplemente "non-standard". Esto propicia, por ejemplo, que gramaticalmente hablando, nos encontremos dos formas gramaticales que coexistan en el tiempo, sin que una tenga que ser "la buena" y la otra la de "los palurdos que no saben hablar". Me viene el caso, sin ir más lejos, de la forma negativa del verbo "have got" ("tener"), que puede negarse de dos maneras perfectamente aceptadas: una, como verbo "especial" ("haven't got"), o bien tratando a este verbo como uno más (negándolo con el auxiliar de siempre, quedando como "don't/doesn't have got"). Los hablantes anglosajones (he conocido unos pocos) no se echan las manos a la cabeza cuando niegas el verbo de cualquiera de ambas maneras, usándose esta forma tanto en lenguaje de calle como en obras literarias (me viene el caso de un relato que leí de Thomas Hardy hace algunos años). Sin embargo, si esto no aparece en un libro de texto (no suele, ni zorra de por qué), no sería el primer profesor que acusa a un alumno de usar una forma alternativa como "don't have" de usar un "inglés incorrecto".

Según me enseñaron en su día, a esta forma le pasa un poco como al gonna, que son formas más propias del inglés americano... o al menos originariamente. Nada más que por la influencia de los Estados Unidos sobre Inglaterra (que la hay), ciertas formas lingüísticas se pasan de un territorio a otro y se aceptan de forma común.
Y no pasa absolutamente nada.


Le pese a quien le pese, resulta que estas cosas son precisamente las que permiten la evolución del lenguaje. Olvidémonos de patochadas de limpiar, fijar y dar esplendor. La lengua no puede fijarse porque está en constante evolución; se reinventa a sí misma siguiendo principios como el de la economía del lenguaje. Según este principio, tenemos que las lenguas tienden siempre a simplificarse, tanto en forma como en fonética, con la intención de expresar el mayor número de ideas usando el menor número de componentes lingüísticos (bien fónicos, bien ortográficos). Por medio de este principio, encontramos casos de evoluciones de diptongos, como el clásico diptongo "au" que acaba transformándose en "o". Pensad en el latín aurum y cómo evoluciona a "oro". Si anduviésemos con polladas del tipo "no podemos permitir que la lengua se corrompa con el paso de los siglos" lo que tendríamos es una lengua estancada, obsoleta, que evitaría que ese principio de economía estuviese vigente y que no tendiese a volverse más sencillo. En resumen, atentaríamos contra la propia naturaleza del lenguaje.

Igualmente ridículo resulta cuando llegan los puristas más beligerantes enarbolando gritos contra los préstamos extranjeros. A ver, amiguetes... por mucho que nos pongamos así, los préstamos son un fenómeno tan natural como lo es la evolución que he mencionado arriba, y también atiende a ese principio de economía, en cierto modo. Las lenguas no son mecanismos aislados del mundo que se mantienen impasibles en el tiempo, y el préstamo lingüístico es una manera de enriquecerla; no me vengáis con la sacrosanta idea chovinista de "Debemos impedir que nuestra lengua se mancille de la influencia anglosajona/francesa/lo que sea", porque ha venido sucediendo desde que el mundo es mundo. Volviendo al asunto que mejor controlo, que es la lengua inglesa, da la puñetera casualidad de que es precisamente el factor del préstamo lingüístico lo que ha ayudado a que el inglés se simplifique a lo bestia como lengua. Si no me creéis, podéis echar un vistazo a cualquier texto escrito en inglés antes de la invasión normanda de 1066. Hasta entonces, la influencia extranjera (si descontamos a los romanos) desde que los anglosajones tomaran las islas hacia finales del s.V era escasa: lo que tenemos es una lengua compleja, declinable y bastante complicada de pronunciar, cargada de fonemas guturales y diptongos bastante complejos... eso sin mencionar la variedad de diferentes dialectos (al menos siete, uno por reino de la Heptarquía anglosajona) que hacían que el entendimiento (el verdadero objetivo de toda lengua) fuese, como poco, complicadillo.

No es hasta que llega Guillermo el Conquistador cuando empieza a haber una influencia continental (más concretamente, del francés proveniente de la Normandía, lo que había más cerca de las Islas Británicas) que, en contacto con el anglosajón, produce ciertos cambios en la ortografía y la fonética: así, diptongos como el extraño /ow/ se convierten en un /ou/ que le empieza a sonar más a los continentales. La influencia francesa hace que, poco a poco, este diptongo acabe sonando como una /u/, lo que hace que, como puede verse, resulte más sencillote de pronunciar. Lo mismo pasa con los sonidos formados por una U larga (generalmente expresada con un mácron para que los lingüistas sepamos que lo es, antiguamente la cosa no era tan sencilla de ver), que también es asumida como una /ou/. Dicho de otro modo, lo que se va haciendo poco a poco es ir limando incoherencias o bien fusionando tendencias a fin de simplificarlo todo y hacer la vida del pobre hablante más fácil.
No es una corrupción ni una desaparición de una lengua. Es simplemente evolución, gracias al contacto con otra. Asimismo, encontramos que el inglés sufre un reencuentro con el latín via el francés, y palabras que al prójimo le sonaban raras de cojones (porque básicamente el anglosajón ya solo se hablaba en las Islas) se transformen, por medio del préstamo, en palabras que le suenan al personal. Más fáciles de recordar para la mayoría de hablantes y, por tanto, facilitando la comunicación. Os pongo el ejemplo de palabras como héafodbéag, que acabaría por verse sustituido por una palabra algo más "latina" como crown (corona). Esto, por supuesto, no se hace de un día para otro, sino que hacen falta varias generaciones de bilingüismo y diglosía (uso de dos lenguas diferentes en un mismo país, usándose una para un contexto más familiar y la otra para cuestiones oficiales) para ir asentando un uso generalizado de la lengua.
En ningún caso apareció un señor diciendo "Esto lo tenéis que decir así o si no, os llamaremos cazurros".

Este tío tan feo es Guillermo el Conquistador. De no ser por él, el inglés se parecería bastante más a un cruce entre alemán y latín (por eso de las declinaciones) y sería una puta pesadilla estudiarlo.
Sí, más de lo que es ahora, creedme.


Igual es por eso de haber estudiado que las lenguas se ven sometidas a cambios e influencias constantes por lo que no me causa pavor alguno que añadamos términos anglosajones (o de donde sea, ahora está de moda llamar tsunami a lo que toda la vida de Dios hemos llamado "Una ola de tres pares de cojones) con la idea de enriquecer nuestra lengua. Esto se puede hacer por varios motivos: uno, que el término añada algo nuevo al concepto en sí (como en el caso de tsunami) o bien simplemente porque el término es más corto de pronunciar o más sencillo a nivel morfológico. Pongo el ejemplo de llamar "Friki" a un "esperpento". La palabra puede ser de origen anglosajón, como podría serlo del mandarín o de una lengua bantú; lo que interesa aquí es que es más corta y su fonología bastante más sencilla. Esto es así y si queremos podemos revestirlo de ese romántico chovinismo de "Nos roban nuestra lengua", pero no es una cuestión política en realidad. Es una cuestión más bien cerebral. Al lenguaje le importan tres cojones los patriotismos y lo bonita que es tal o cual lengua: tirará siempre a lo más sencillo, y punto pelota.

Con el concepto de significante y significado viene a ser tres pares de lo mismo: llevo ya una temporadita hasta las napias de escuchar que según qué palabras están recibiendo un significado "incorrecto". Me viene a la mente el caso de la palabra "Bizarro" (sí, como la sección de este blog), que en castellano viene a ser algo así como "valiente", y que está viéndose reemplazada por "extraño".
Volvemos a la economía del lenguaje: Bizarro, según la Real Academia (sí, esos pavos que nos dicen lo que está bien y lo que está mal, como si estuvieran en posesión de la Sacrosanta Verdad) puede tener ese significado en sus magníficos diccionarios (sí, esos que menean y remenean cada año, añadiendo y cambiando lo que les sale del culo sin preguntarse si eso atiende al uso popular), pero lo cierto es que hace un siglo ya que nadie usa esa palabra con ese significado. Sí, puede que algunos expertos en lengua castellana lo conozcan, muy bien... pero NO son la mayoría de hablantes (y sí: me meo en la cara de los elitistas que se piensan que por ser unos pocos que saben el verdadero significado ya se creen alguien... como me meo en los elitistas de cualquier pelaje. Por el arco de triunfo que me los paso a todos, uno detrás de otro). Según el principio de economía del lenguaje, un término que no se usa tiene dos salidas, para bien o para mal: evolucionar o morir. En este caso, la influencia anglosajona lo que está haciendo es evitar que el término en sí desaparezca y se convierta en un término en desuso (obsoleto o, como suelen usar en los diccionarios de inglés, archaic), lo que hace es poner en marcha un "reciclaje": el término absorbe el significado anglosajón, que por allí sigue en boga y evoluciona hacia algo nuevo. No es necesariamente una corrupción, no seamos chovinistas. Es más bien eso, reciclar.

Esto no es nuevo ni inherente a la lengua española, a la que solemos ver como la pobre maltratada. En el inglés encontramos términos como nice (proveniente del latín nescius e importado a la lengua inglesa) que venía a ser un sinónimo de fool ("idiota"). El uso continuado de ese término como eufemismo hacia el s.XVII hace que, junto con la coexistencia con otros sinónimos, se vea en una vía muerta. Nuevamente, evolucionar o morir; es por eso por lo que hoy en día una palabra como nice se convierte en "agradable", carente de cualquier connotación negativa. Si nos ponemos a buscar palabras anglosajonas cuyo significado ha desaparecido en favor de un término extranjero no paramos: tenemos que recordar que la mitad del vocabulario inglés proviene, si no del latín, del francés, o de las lenguas nórdicas (esto último debido a las invasiones de los daneses hacia el s.VIII y el Danelaw, que dividió la isla en dos territorios). Cuando no, se insertan palabras indias, holandesas e incluso españolas. Dicho de otro modo, el inglés no es una lengua en absoluto chovinista y acepta préstamos de todas partes. Los integra en su lengua como una palabra más y sin problemas.

El español también ha hecho lo mismo, ojo: nosotros tenemos términos como "fútbol" que han suplantado al balompié (este existe, pero es un término en desuso); hemos modificado la ortografía para que nos resulte más sencilla de entender, pero fíjate que tenemos un término anglosajón. Que vale, esta palabra es de origen inglés, sí; probad entonces con "Líder". La Real Academia, fíjate tú, que aquí si acepta la palabra como un anglicismo que hemos insertado en nuestro idioma, sustituyendo a...
A...
Y yo qué coño sé. Es un término que ha desaparecido, precisamente porque hemos asumido este. ¿A alguien le preocupa lo que se decía antes? Puede que a tres o cuatro, pero la lengua no es nostálgica. Como digo, mira hacia delante y no se pone a lloriquear por tal o cual palabra perdida; en el caso de la naturaleza, esto es la supervivencia del más apto. Hay palabras que sobreviven, y otras que desaparecen, nada más.

Ya lo decían en La Patrulla-X: "La mutación es la clave de la evolución".
Es curioso como todavía haya tanta gente que sienta miedo y desprecie a los mutantes, cuando en realidad son el futuro de la especie... y con esto no me refiero solo a personas.
Las palabras, como intento demostrar, también mutan. Y más de lo que nos creemos.


Igual por esto es por lo que me mosquea esa especie de obsesión que tiene la Real Academia con eso de implantar un español "correcto", en base a directrices que se sacan del ojete, como el caso de quitar acentos donde estaba asumido que los había, o bien añadiendo palabras que ni Dios pronuncia o escribe así: pongo los casos de términos tan alucinantes como "Bluyín" para referirse a unos putos pantalones vaqueros o "Jonrón" para hablarme del término homerun de beisbol. Este último caso me hace especial gracia: una cosa es que asumamos un término y lo modifiquemos como hemos hecho con el fútbol (vale), pero que se haga con el paso del tiempo y en base a un uso POPULAR y otra muy diferente que me llegue un señor y que, un término que poca gente usa en nuestra lengua (el beisbol no es que sea popular) coja y nos diga que en un "correcto" español se escribe así porque ellos lo dicen. Por cojones y sin vaselina.
El prescriptivismo lingüístico, qué queréis que os diga... me parece la mayor forma de pedantería que te puedes echar a la cara, porque ya no es que busque un standard en una lengua. Es que, de modo indirecto, lo impone (que sí, que podemos decir que no, pero ya hemos visto unas pocas de veces eso de "Por favor, no dejemos que nuestra amada lengua se contamine con la invasión de términos extranjeros" o "Los andaluces hablan mal, lo que demuestra lo incultos que son", y este tipo de detallitos son muy propios de los puristas de la gramática de este tipo). Dejo por aquí un enlace acerca del tema: http://es.wikipedia.org/wiki/Gram%C3%A1tica_prescriptiva


Pasa muchas veces con la no-inclusión de muchas palabras. Pongo el caso de términos lingüísticos, comúnmente asumidos y utilizados por la comunidad científica, que aparecen en libros de texto y que se emplean en el mundillo con cierta regularidad y que no aparecen recogidos en el diccionario de la Real Academia; partiendo de ese hecho, podemos entender que palabras como "Sociolecto" (lingüística) "Eneagrama" (termino de una teoría de Psicología algo poco ortodoxa, pero extendida), "Apendectomía" (práctica quirúrgica por la cual se extirpa el apéndice a una persona), "Teleportación" (término acuñado por la literatura de ciencia-ficción para referirse al teletransporte, generalmente haciendo viajar solo el cuerpo de un individuo, que además sufre un fenómeno de clipping de una palabra ya conocida... fenómeno que está asumido de forma general como parte de los procesos de formación de palabras en lingüística) o "Retrocontinuidad" (otro término literario, consistente en barrer del mapa un hecho previo por parte de un nuevo hecho que cambia el pasado) no son términos "correctos". Aquí a la Real Academia le importa tres pares de cojones que cada día más hablantes usen esos neologismos, y hasta que un buen día no se les ponga en el culo y decidan añadirlos, serán tildados de "incorrectos". Así, por huevos.

La parte absurda proviene en el momento en que insertan otros términos que son de creación más reciente y que la gente, bien no los usa tanto, o los usa con la misma frecuencia. Esto lo que produce es una sensación de incoherencia tan grande que te hace dudar de la "corrección" del lenguaje que plantean.
Pongo el caso de la acepción de "Matrimonio". Hasta no hace mucho, la acepción decía que era la unión entre hombre y mujer, sin tener mucha consideración el matrimonio como algo que no entendía de sexos, y pese a que llevamos unos treinta y pico de años en democracia. Hasta aquí, pues vale, podemos decir que eso es porque hasta entonces no había una ley de apoyo al matrimonio homosexual... pero tenemos dos incoherencias:

La primera, que si asumimos ese hecho, tenemos que asumir que el lenguaje está sometido al uso de las leyes vigentes, lo cual se mearía en esta naturaleza del lenguaje a la que alude Chomsky y lo que tendríamos es una lengua oficial en base a la legislación/ideología regente.
Lenguaje politizado.
Jodidamente genial.

La segunda es que los conservadores se oponían a reconocer el matrimonio homosexual desde el punto de vista legal por razones lingüísticas: según ellos, al no estar reconocido como tal de forma "Oficial" (es decir, por parte de la Real Academia), no había nada que rascar. Por tanto, tenemos que la simple idea resulta como poco contradictoria.

A esto tenemos que añadir un hecho bastante escalofriante, y es que la Real Academia, en contra de la creencia popular, NO es un organismo estatal, sino una entidad privada y sostenida por empresas y corporaciones de nuestro país, lo que hace que mi confianza en ellos quede, como poco, nublada. Si la SGAE, por poner otro ejemplo del mismo tipo, tampoco me inspira mucha confianza porque es un puñado de señores que han fundado una empresa, la Real Academia no dista mucho de esta idea. Menos aún si tenemos en cuenta que, entre sus patrocinadores, tenemos entidades políticas (Junta de Andalucía), bancarias (Caja Madrid o el Banco Santander), gigantes empresariales (el Corte Inglés, Telefónica o la demonizada Inditex) o universidades... todos y cada uno de ellos tirando para su propia conveniencia, y no creo que lo hagan de forma desinteresada. De estos que he mencionado, sabéis que NINGUNO es un filántropo que actúa por amor al arte o la cultura. No mientras puedan sacar tajada o satisfacer sus propios intereses.
Dicho esto, ¿qué fiabilidad puede ofrecerme una entidad privada que actúa como si la lengua le perteneciera, y que además recibe pasta contante y sonante de gente que -ya no a mí, sino a nadie- no inspira confianza alguna?
Voy aún más lejos: ¿Por qué un puñado de señores que se hacen llamar Académicos, de buenas a primeras, nos vienen diciendo lo que está bien y lo que está mal sin siquiera hacer sondeos medio decentes de lo que está más o menos aceptado por la mayoría de los hablantes?

"Prepárese, que le vamos a sondear un rato"


Y es que, por culpa de esto, nos encontramos con un elitismo lingüístico que a mí, personalmente, me da mucho ASCO. Siguiendo esos ideales dignos de Slytherin, resulta que lo que no "Mola" es "incorrecto"; así, términos locales como los malagueños "chorraera" (rampa) o "aliquindoi" (ojo avizor) son "incorrectos", lo que fomenta ese riesgo de exclusión social: el andaluz (ya no solo el malagueño) es un paleto que no tiene ni idea de hablar bien. A la mierda los acentos o las variedades dialectales; gracias a este uso despótico de la lengua lo que tenemos es un montonazo de prejuicios que se alimentan a sí mismos, ayudando a que la sociedad siga dividida y que algunos, por mucho que hayamos estudiado quedemos como "los catetos esos que no saben ni hablar". Pongo el ejemplo de los andaluces que es el que más me toca (los cojones) de cerca, pero que se le aplica a un extremeño, a un gallego o a un cántabro y se lleva hostias como panes también. Incluso los madrileños cometen esas "irregularidades" que tanto acusa la RAE, pero oiga, aquí se ve que unos molan más que otros y nos lo tenemos que comer con patatas.

No es la única incoherencia, no. Es curioso que una gramática que no ha sufrido grandes cambios desde, pongamos los últimos siglos, de buenas a primeras reciba cambios de nomenclatura constantes (anda que no he visto yo el concepto de "complemento directo" referido con nombres diferentes, coño), por no mencionar alguna cosa que otra rara que he visto en algún estudiante de hoy en día (cosas tales como la no clasificación del grupo preposicional, cosa que creo que duró un curso o dos). Joder, la gramática como tal que no ha sufrido cambios últimamente (no hemos cambiado nuestra sintaxis, por ejemplo, y si ha habido un cambio ha sido sutil) y nos pasamos cada cinco o seis años cambiando la forma de llamar a las cosas, lo que hace que estemos todo el puto día dudando de si esto está bien hecho o no, si a esto se le llama así o han decidido volver a cambiarlo.
Es decir, para algo que tenemos medio establecido, estar todo el día toqueteándolo para vete a saber qué chorrada. Lo que hoy en día es complemento directo se puede llamar mañana objeto directo y pasado, no sé... bocata directo. Venga a darle vueltas al tema... COÑO, que es un CONCEPTO, dejad de marear la perdiz.

Pero no quiero crear confusión. ¿Estoy diciendo con esto que no se deba tener reglas en la lengua? En absoluto. Las reglas deben estar ahí y, en la medida de lo posible, deberían ser cumplidas por la mayoría de hablantes para que éstas se consideren "generales"... pero en caso alguno defiendo que un puñado de señores se autoerijan defensores de La Lengua, diciéndole a la gente qué es lo que está bien y qué es lo que está mal. Hablando en términos relativos, las reglas sirven para tener una pauta, pero la última palabra de lo que está bien y lo que está mal es lo aceptado de forma general, por medio del uso constante y frecuente. Si algo tiene la lengua es que es democrática, es usada por sus hablantes y son éstos los que deciden si un término se usa, se deja de usar o si tal o cuál grafía es la correcta... siempre y cuando, claro está, no se violen los principios de la pragmática: es decir, que lo que se escriba o se diga resulte medianamente inteligible. Planteo el caso de cierto libro que leí hace algún tiempo, donde la persona responsable de su autoría había escrito "por su puesto". No una vez, lo que podría considerarse una errata, sino de modo sistemático. Esta persona bien podría defenderse diciendo "Es que a mí me gusta escribirlo así", pero:

Uno: NO es un término que se use de forma genérica, normalizada y por la mayoría de hablantes durante un período prolongado de tiempo, sino una forma no standard.

Dos: Si yo pongo "por su puesto" no es lo mismo que decir "por supuesto". Lo primero implicaría "por el puesto de tal persona", mientras que lo segundo es sinónimo de "pues claro". Esto viola el principio de cooperación, donde el emisor de un mensaje, si quiere ser entendido, tiene que usar un lenguaje que se pueda asumir por un receptor medianamente normal (no hablamos de que tenga que ser un genio de las letras ni leches, simplemente que use un vocabulario y una sintaxis que no sean confusos o que impliquen significados que solo conoce el autor). Otra cosa es que queramos ir de rebeldes por la vida, plantar un texto sin puntuación y poner los puntos y las comas sin orden ni concierto. Pero luego no nos quejemos de que no se nos entiende, pajaruelos. Que lo de que las reglas están para saltárselas queda la hostia de rompedor, pero luego tenemos que hacernos entender. A menos que queramos usar el lenguaje para otra cosa que no sea para su función básica (la comunicación), claro: también hay gente que usa los plátanos para metérselos por el culo en lugar de para comérselos. Es un uso tan respetable como cualquier otro, pero luego que no digan que son unos incomprendidos, si usan prácticas tan reducidas como esa.
Lo que hoy en día nos parece "incorrecto", en base al uso generalizado, puede acabar asumiéndose como "lo normal" y mañana convertise en "correcto". Llamadlo corrupción, decadencia o como os salga de los cojones, pero lenguas con tanto "caché" como el latín también acabaron evolucionando, derivando en el latín vulgar, tendiendo hacia su simplificación y finalmente hacia su división en dialectos. La fijación y el purismo quedan muy chulis, pero en realidad no son más que posturas ultraconservadoras contra natura.
Puede gustaros, o puede que no.
Tampoco tiene por qué gustaros. Son cosas que pasan.

Insisto en esta idea: reglas SÍ, prescripciones desde la artificialidad más absoluta y desde ese elitismo soterrado NO. Nadie, y lo digo muy claro NADIE puede ni debe creerse con derecho a poseer el lenguaje. Como mucho, a lo más a lo que puede llegar es a observarlo y a decir "Bueno, esto no es lo normal". Juicios de valor, esos comentarios chulescos y elitistas desde el Olimpo de las Letras y otras sandeces, por favor, a otra parte.

No me diga lo que no puedo hacer!"


Acentos que desaparecen sin ninguna razón evidente (véase los de "sólo") o inserción de palabras en femenino porque al lobby ultrafeminista se le ha puesto en el coño (nunca mejor dicho) decir que una lengua con género gramatical como la nuestra (es decir, una lengua que contiene el concepto de "masculino" y "femenino") o con un masculino genérico que engloba masculino y femenino es por definición machista. Claro que sí: los hablantes a lo largo de siglos, para demostrar que odian a las mujeres, lo que han hecho ha sido modificar la lengua para que el género femenino sea un género de segunda clase. Como si se hubiese hecho conscientemente, voy yo y me lo creo.

"El adjetivo 'verde' no tiene forma femenina. ¡DISCRIMINACIÓOOONNNN!"


¿Qué pasa ahora? Que resulta que tenemos que atentar contra el principio de economía del lenguaje a base de insertar el género inclusivo: ahora tenemos asociaciones de padres y madres de alumnos y alumnas, porque así las mujeres no se sienten excluidas. Como si tocar la lengua (algo usado de forma natural y espontánea) fuese la solución. Como si una cosa fuese un reflejo de la otra.
Ganas de ver donde no hay, y tocar cosas que, ni es productivo que se toquen, ni plantea cambio real alguno: el que es machista no va a dejar de serlo por emplear lenguaje inclusivo, del modo que la persona que no usa lenguaje inclusivo no tiene por qué ser machista por definición; simplemente es que no le gusta andar repitiendo palabras para que cuatro mozas (las cuatro payasas que andan buscándole tres pies al gato) no se sientan ofendidas.

No nos pongamos tontos del culo con eso, por favor: hay palabras que son femeninas por definición y yo no me siento ofendido porque se me añada en ella. Pongo el caso de "víctima", que es femenina para referirse a a ambos sexos. No creo que nadie en un mundo coherente diga que siente su virilidad amenazada por no llamarse "víctimo". Nadie se pone a reivindicar su derecho a la hombría si hace de "Carabino" en lugar de carabina. Si las mujeres no han vivido en una situación de igualdad SOCIAL es algo en lo que estoy de acuerdo, pero lo que hay que hacer es cambiar el sistema SOCIAL, dando IGUALDAD real de derechos tanto mujeres como a hombres, no forzando al prójimo a hacer mamarrachadas de este tipo con la lengua que no sirven nada más que para que unos pocos se pongan bien puestos y se crean que así han dado otro pasito para arreglar el mundo.
Pongo un caso claro: yo, desde hace ya más de una década, he sido de los pocos hombres, si no el único, en las clases a las que he asistido. Bien en asignaturas de la carrera, donde la proporción de mujeres respecto a hombres era bastante mayor, bien en cursos o academias. No es la primera vez que algún profesor (con esto incluyo a hombres y mujeres, sin intención alguna de demostrar superioridad de un sexo: para mí un profesor es una PERSONA y me importa tres pares de cojones su sexo) se ha referido al grupo como "chicas" o "vosotras". Y no es la primera vez que se han dirigido a mí diciendo "lo siento".
Si yo me hiciese el ofendido, si sintiese vulnerada mi identidad o si sintiese que se me está ninguneando, el gilipollas aquí sería yo y no el docente. ¿Por qué? Porque es una cuestión de números; no creo que me sienta menos hombre por estar en una clase rodeado de trece mujeres, ni mucho menos. Que no se me incluya genéricamente, qué queréis que os diga, me la suda, porque sé que los docentes (por lo general) no hacen eso por joder. Quien quiera ver algo así, lo ve, lógicamente. Pero es más una cuestión de paranoia personal que de exclusión social. El que se ponga en plan víctima ofendida tiene tanta razón como el subnorguai de turno que llega y dice que tenemos que eliminar términos comúnmente aceptados como "tener un día negro" por sus connotaciones racistas.

Coño, los Black Sabbath usan la palabra "Negro" en el nombre de su grupo. Entonces, nada más que por eso, también son racistas, ¿no?


Claro que sí, yo tengo un día negro y automáticamente supone que pienso que los negros son una raza inferior a la que hay que barrer del mapa, ¿verdad? Y digo yo, ¿de verdad alguien se cree que con semejante planteamiento gilipollas se llega a alguna parte? ¿Alguien se cree que semejante ridiculez se deba tomar en serio? ¿Que con tamaña payasada se va a arreglar algo? ¿Que hay relación entre el tocino y la velocidad?
Pues lo peor es que sí. Hay mucho imbécil que se piensa que la lengua atiende a connotaciones de sexo o raza y que ha evolucionado de un modo totalmente consciente para que ciertos colectivos se sientan insultados. Esa teoría de la conspiración lingüística es mucho más fácil que pensar que las palabras solo son palabras, y que ofende el que quiere y no el que puede.

Con todo esto, y para resumir este kilométrico post, lo que vengo a decir es un poco lo que decía otro amigo hace exactamente veinticuatro horas, como conmemoración del Día de Andalucía: pasemos de una puta vez ya de elitismos lingüísticos. Las élites son para gilipollas que o follan poco, follan mal o directamente no follan nada, ni siquiera consigo mismos. No es más culto ni más chachiguai el que sigue a pie juntillas lo que dicen cuatro seres que le bailan el agua a los fulanos que les soplan la pasta cada mes. Los tíos que se autoproclaman en posesión de la "verdadera y correcta lengua" en realidad lo que demuestran es una ignorancia de proporciones épicas al ignorar que la lengua no está en posesión de una élite. Que no se pueden imponer formas o grafías desde los despachos, sino desde el uso común y generalizado de los hablantes. Que la lengua está concebida, única y exclusivamente para COMUNICARSE y que lo de "hablar bien" y "hablar mal" es un término tan jodidamente relativo que toda radicalización de este asunto lo único que hace es contradecir principios NATURALES y ESPONTÁNEOS que tienen lugar durante SIGLOS de habla y uso constante.

Y esto, para variar, no lo dice alguien que no está informado. Lo está diciendo alguien que se ha tirado bastantes años estudiando y partiéndose los cuernos con el tema. Como digo siempre (e insisto), podéis estar de acuerdo o no conmigo, pero por favor, no me vengáis diciendo que no tengo ni puta idea ni que no estoy informado, porque esta vez no os lo pienso consentir: justo aquí, en una materia que me toca la fibra muy de cerca (ya que forma parte de mi formación académica y de mi profesión vocacional), creo que ya he demostrado de forma fehaciente que, aunque no sea un experto ni un doctor, no estoy falto de información ni de estudios al respecto.
Ahora, podéis pensar lo que os dé la real gana. Aquí no se sueltan verdades absolutas, sino las conclusiones que yo mismo he extraído en base a mis estudios y a mi trabajo en docencia. Las que saquéis vosotros, son asunto vuestro.