Ayer estuve hablando con un amigo y camarada de armas en esto del mundo de las letras. Una conversación de las nuestras, donde acusamos que esta industria cada día está más sobrecomercializada y convertida en una víctima de una especulación brutal y salvaje. Esto surgió a raíz de un comentario acerca de la obra de un autor que, en estos tiempos de consumismo animal y absurdo que corren, probablemente no será publicada en castellano en mucho tiempo. El tema, cómo no, dio para mucho y la crítica hacia el mercado literario no tardó en expandirse y ampliarse, tocando una enorme (y tristísima) variedad de puntos. Aquí he tratado de poner por escrito los que, quizás, sean más importantes. Lo verdaderamente patético es que, probablemente, me he dejado muchísimas cosas en el tintero; bien porque no haya caído (como veis, la lista es larga), bien porque hay cosas de las que todavía no me he enterado.
En cualquier caso, quiero que quede claro que esto NO es un ataque dirigido contra tal o cual elemento del sector. Como puede verse en las secciones que coloco a continuación, todos tenemos nuestra parte de culpa en esto. Nuestra mentalidad, nuestra actitud o bien lo que se espera que hagamos son las grandes responsables de que la industria literaria, como he dicho mil veces, sea un monstruo que se devora a sí mismo.
Nota para aquellos Distópicos que también andan metidos en el mundillo: NO se dan nombres de ningún tipo, y las alusiones, como siempre, son generales y aplicables a mucha, muchísima gente que comete estas barbaridades y muchas más. Antes de identificar tal actitud con Fulano o Mengano (o pensar que me estoy refiriendo a vosotros), pensad más bien en lo que planteo aquí: en si esas actitudes son algo focalizado o, por el contrario, se están convirtiendo en una práctica habitual que está convirtiendo al libro en un artículo que cada vez vale menos lo que cuesta.
1. El autor
El autor que escribe pensando solo en contentar a su público y en nada más que en contentar a su público no es digno de llamarse escritor.
El autor que no tiene ningún interés en superarse a sí mismo no es digno de llamarse escritor.
El autor que no lee no es digno de llamarse escritor.
El autor que reniega de obras que han supuesto un antes y un después en la literatura "porque aburren" no es digno de llamarse escritor.
El autor que no relee lo que ha escrito, que improvisa durante la mayor parte de su texto, que no corrige jamás y que sale del paso esperando que el lector no se dé cuenta no es digno de llamarse escritor.
El autor que no se atreve a ponerse en manos de lectores cero, correctores o gente que le pueda echar una mano a encontrar problemas en el texto no es digno de llamarse escritor.
El autor que escribe solo para sumarse a la moda regente no es digno de llamarse escritor.
El autor que fuerza, directa o indirectamente, a los reseñistas a que éstos hagan una crítica positiva de su texto y obligándole del mismo modo a ocultar cualquier punto negativo de éste, no es digno de llamarse escritor.
El autor que asume una crítica (justificada) a su obra como un ataque personal no es digno de llamarse escritor.
El autor que se cree las alabanzas de gente que dice haberle leído y piensa que con eso ya lo tiene todo hecho, no es digno de llamarse escritor.
El autor que asume una crítica (justificada) a su obra como un ataque personal no es digno de llamarse escritor.
El autor que se cree las alabanzas de gente que dice haberle leído y piensa que con eso ya lo tiene todo hecho, no es digno de llamarse escritor.
El autor que escribe con faltas de ortografía constantes y recurrentes, que se escuda en "Lo que importa es la historia" y justifica todas sus carencias con este argumento y otros del tipo "Pero es que a mí me gusta así", sin un mínimo de resquicio de duda acerca de que lo que haya escrito se pueda mejorar o no, no es digno de llamarse escritor.
El autor que escribe con objetivos tales como revolucionar el mundo de la literatura o que piensa que lo que ha escrito no se le ha ocurrido jamás a nadie a lo largo de toda la historia y que por eso ya es un buen escritor no es digno de llamarse escritor.
El autor que escribe con objetivos tales como revolucionar el mundo de la literatura o que piensa que lo que ha escrito no se le ha ocurrido jamás a nadie a lo largo de toda la historia y que por eso ya es un buen escritor no es digno de llamarse escritor.
El autor que quiere publicar a toda costa, cuanto antes y sin siquiera plantearse si las decisiones que está tomando son las correctas, aceptando cualquier cosa que el prometan con tal de ver su obra en la calle no es digno de llamarse escritor.
El autor que no escucha críticas negativas (constructivas) hacia su texto y que, de escucharlas, no siente la más mínima sombra de duda hacia lo que ha escrito, no es digno de llamarse escritor.
El autor que no busca su estilo, limitándose a la fotocopia barata del autor de moda, en lugar de intentar aprender de todo cuanto tenga a su alcance, no es digno de llamarse escritor.
El autor que no usa documentación, aunque sea mínima, para contar algo que la precisa, no es digno de llamarse escritor.
El autor que plagia no es digno de llamarse escritor.
2. El editor
El editor que no arriesga no es digno de llamarse editor.
El editor que no paga al autor, que falsea extractos de ventas o que usa cualquier artimaña para no dar el dinero que corresponde al creador de la obra, no es digno de llamarse editor.
El editor que se aprovecha del autor, obligándole a pagar por publicar, no es digno de llamarse editor.
El editor que trata con condescendencia a los autores, dirigiéndose a ellos como si fueran imbéciles o niños pequeños, y olvidando que es gracias a ellos es por lo que tiene un trabajo, no es digno de llamarse editor.
El editor que se cree o que insinúa que le hace un favor a alguien por publicarle su novela no es digno de llamarse editor.
El editor que se excusa en el volumen de trabajo para justificar la no respuesta cuando alguien ajeno a su empresa intenta ponerse en contacto con él no es digno de llamarse editor.
El editor que carga de trabajo indebido al autor, haciendo que éste promocione sus propias obras por obligación, ya que no mueve un dedo por promocionar el trabajo, no es digno de llamarse editor.
Asímismo, el editor que solo publicita a un autor porque su procedencia o un nombre exótico lo hacen "más vendible" (independientemente de su calidad) y que ignora por completo a un autor patrio por los mismos parámetros, sigue un doble rasero que le aleja de la dignidad de llamarse editor.
El editor que se limita única y exclusivamente a ganar dinero, olvidándose por completo de que también está trabajando con material artístico, no es digno de llamarse editor.
El editor que solo publica por cuestiones de volumen, sin prestar atención a un baremo de calidad, limitándose a contentar a la masa día tras día, especulando con el libro como el que especula con la vivienda, ofreciendo material de baja calidad por el precio que se cobraría por un material bien terminado, no es digno de llamarse editor.
El editor que exige que los autores de lo que demanda sea hombre o mujer, escudándose en encuestas sacadas de la manga donde "tal género se vende más a manos de autores mujeres u hombres" (y sacando de paso una relación causa-efecto traída por los pelos) segrega a sus autores por sexos y no es digno de llamarse editor.
El editor que exige que los autores de lo que demanda sea hombre o mujer, escudándose en encuestas sacadas de la manga donde "tal género se vende más a manos de autores mujeres u hombres" (y sacando de paso una relación causa-efecto traída por los pelos) segrega a sus autores por sexos y no es digno de llamarse editor.
El editor que no cuida sus ediciones, montando los libros sin márgenes, con portadas cutres o directamente plagiadas de las que tienen otros libros de éxito no es digno de llamarse editor.
El editor que exige a los autores que sus obras (y bajo amenaza encubierta de rechazo, independientemente de la calidad de la obra), del género que sean, contengan una temática o elementos que no guardan relación intrínseca con el género y, de paso, justificando su argumento en el índice de ventas no es digno de llamarse editor.
El editor que exige a los autores que sus obras (y bajo amenaza encubierta de rechazo, independientemente de la calidad de la obra), del género que sean, contengan una temática o elementos que no guardan relación intrínseca con el género y, de paso, justificando su argumento en el índice de ventas no es digno de llamarse editor.
El que sobreexplota el mercado, lanzando al mercado lo mismo una y otra vez, saturando la demanda con una oferta excesiva, no es digno de llamarse editor.
El que, siendo consciente de que ciertas obras están siendo un fracaso de crítica (académica y de público) se dedica a lanzar sucedáneos aún más baratos de éstas porque "se han vendido muy bien", no es digno de llamarse editor.
El editor que publica o rechaza libros en base a sus filias personales hacia ciertos aspectos de la obra o hacia el autor (es decir, aceptando o no las obras por motivos personales en lugar de por motivos profesionales), sugiriendo que se mutilen obras o que colaboradores o participantes del proyecto sean expulsados como condición para ello no merece llamarse editor.
El editor que publica o rechaza libros en base a sus filias personales hacia ciertos aspectos de la obra o hacia el autor (es decir, aceptando o no las obras por motivos personales en lugar de por motivos profesionales), sugiriendo que se mutilen obras o que colaboradores o participantes del proyecto sean expulsados como condición para ello no merece llamarse editor.
3. El lector y el reseñista
El lector que dice tener un buen criterio de lectura, pero que se limita a los cuatro (literalmente, cuatro) best-sellers que le han dicho por ahí que se supone que tiene que leer, no puede decir que lee como para ser tomado en serio.
El lector que basa su criterio de calidad única y exclusivamente en el nivel de entretenimiento (e ignorando por completo otros parámetros) no puede decir que entienda de literatura.
El lector que se contenta con cualquier cosa, sin un mínimo de espíritu crítico no puede presumir de buen gusto leyendo.
El lector que defiende una obra con argumentos como "a mí me ha gustado, por tanto es buena" no puede pretender que se le tome en serio.
El lector que parte de prejuicios como la nacionalidad o el sexo del autor, así como la extensión de su obra, no es digno de ser tomado en serio como lector.
El lector que juzga una obra en base a las filiaciones políticas o a la personalidad del autor no es digno de ser tomado en serio como lector.
El lector que defiende o ataca la calidad del libro en base a las ventas (modo "ataque indiscriminado a best-sellers"/modo "si se vende es porque es bueno") que este tenga no es digno de ser tomado en serio como lector.
El lector que defiende o ataca la calidad del libro en base a las ventas (modo "ataque indiscriminado a best-sellers"/modo "si se vende es porque es bueno") que este tenga no es digno de ser tomado en serio como lector.
El lector que se dedica a exigir que el libro que está comprando venga con la carátula de su adaptación al cine en la portada (o cualquier otro elemento externo) no es digno de ser tomado en serio como lector.
El lector que se deja llevar solamente por modas, leyendo y juzgando sin más criterio que el de la masa informe, no es digno de ser tomado en serio como lector.
El lector que compra libros al peso, sin buscar un mínimo de calidad, limitándose a las novedades que ha sacado tal editorial (y ninguna más) o leyendo solo a un autor o temática, no tiene un criterio digno de ser tomado en serio.
El lector que piensa que escribir no es un trabajo y que usa este pensamiento para justificar la piratería no es digno de ser tomado en serio.
El lector que piensa que cualquiera puede escribir y que esa es una tarea que no requiere esfuerzo o sacrificio alguno no es digno de ser tomado en serio.
El lector que juzga una obra de otra época desde el prisma de la concepción actual, sin molestarse en entender el contexto histórico en que ésta fue escrita y haciendo juicios de valor al respecto, no es digno de ser tomado en serio.
El lector que piensa que escribir no es un trabajo y que usa este pensamiento para justificar la piratería no es digno de ser tomado en serio.
El lector que piensa que cualquiera puede escribir y que esa es una tarea que no requiere esfuerzo o sacrificio alguno no es digno de ser tomado en serio.
El lector que juzga una obra de otra época desde el prisma de la concepción actual, sin molestarse en entender el contexto histórico en que ésta fue escrita y haciendo juicios de valor al respecto, no es digno de ser tomado en serio.
El reseñista que cae bajo la amenaza implícita de un autor o un editor, agachando la cabeza y haciendo críticas que elevan una obra a los altares, carente de cualquier cosa que pueda mejorarse, no es digno de llamarse reseñista.
El reseñista que escribe reseñas para ganar puntos con un autor o un editor, pensando que así es como se publica una obra y no en base a parámetros como ofrecer lo mejor que uno puede dar, no es digno de llamarse reseñista.
El reseñista que no apoya sus valoraciones o sus opiniones con unos argumentos más sólidos que el simplista "Esto es así porque yo lo digo"/"Esto es así porque me gusta a mí" y que ni siquiera se molesta en dar ejemplos que ilustren sus tesis no es digno de llamarse reseñista.
El reseñista que no apoya sus valoraciones o sus opiniones con unos argumentos más sólidos que el simplista "Esto es así porque yo lo digo"/"Esto es así porque me gusta a mí" y que ni siquiera se molesta en dar ejemplos que ilustren sus tesis no es digno de llamarse reseñista.
El reseñista que miente en su análisis, aludiendo a elementos de una obra que no existen, magnificando o denostando al autor, no es digno de llamarse reseñista.
El reseñista que basa su trabajo en la subjetividad más absoluta y justificándose "en su opinión" no es digno de llamarse reseñista.
El reseñista que considera que la buena reseña es la reseña destructiva e identifica reconocer lo positivo con la simple adulación no es digno de llamarse reseñista.
El reseñista que sostiene que solo existe una forma correcta de hacer literatura (por lo general la suya) y desprecia cualquier otra forma alternativa de concebir una historia (más allá de sus gustos personales o de los libros que le gusten a él) no es digno de llamarse reseñista.
El reseñista que considera que la buena reseña es la reseña destructiva e identifica reconocer lo positivo con la simple adulación no es digno de llamarse reseñista.
El reseñista que sostiene que solo existe una forma correcta de hacer literatura (por lo general la suya) y desprecia cualquier otra forma alternativa de concebir una historia (más allá de sus gustos personales o de los libros que le gusten a él) no es digno de llamarse reseñista.
El reseñista que solo lee obras de amigos y conocidos no es digno de llamarse reseñista.
El reseñista que carece por completo de formación (crítica literaria, análisis de obras artísticas, cursos de lectura profesional, etcétera) y se limita simplemente a poner "lo que le ha gustado" no es digno de llamarse reseñista.
El autor reseñista que pacta reseñas positivas (es decir, manipuladas y pactadas de antemano) con otro autor no es digno de llamarse ni escritor ni reseñista.
El reseñista que reseña obras que no ha leído y de las que ni siquiera ha buscado la más mínima información, escribiendo (o inventándose) reseñas llenas de errores de facto tales como escribir mal nombres de personajes, etcétera, no es digno de llamarse reseñista.
4. El librero.
El librero que no vela por su negocio no es digno de llamarse librero.
El librero que no busca que los libros estén bien cuidados y organizados en las estanterías no es digno de llamarse librero.
El librero que no repone su mejor material no es digno de llamarse librero.
El librero que recomienda a sus clientes lo que se está vendiendo más, sin más criterio que ese, no es digno de llamarse librero.
El librero que no ofrece a un cliente un servicio en condiciones, ofreciéndose a pedir aquellos libros que no se encuentran disponibles en la tienda en esos momentos, no es digno de llamarse librero.
El librero que no lee no es digno de llamarse librero.
El librero que trata la venta de libros simplemente como el que vende cualquier otro artículo y le da igual lo que está vendiendo no es digno de llamarse librero.
El librero que no se preocupa en lo más mínimo por haber atendido una consulta del mejor modo posible no es digno de llamarse librero.
El librero que no alberga la más pequeña de las esperanzas en que la venta que ha efectuado satisfaga al cliente no es digno de llamarse librero.
El librero que no es capaz de hacer algo tan sencillo como mirar a la cara al cliente que tiene delante no es digno de llamarse librero.
El librero que cede ante las presiones de las editoriales o el público y dedica una excesiva preferencia a lo que se está vendiendo más, ignorando cualquier otro parámetro no es digno de llamarse librero.
El librero que intenta colarle el best-seller de moda a un cliente, busque éste lo que busque, no es digno de llamarse librero.
El librero que trata a un autor en una firma de libros como si fuera una molestia no es digno de llamarse librero.
El librero que trata la industria del libro solo como una industria e ignora deliberadamente al libro como artículo artistico no es digno de llamarse librero.





























