miércoles, 2 de mayo de 2018

Escupiendo Rabia- ¿Dónde cojones tenéis las putas luces?




Los acontecimientos en nuestro país a lo largo de los últimos días, decía una amiga ayer, deberían ser para que la sociedad empezase a reaccionar ante según qué cosas y, para variar, cambiásemos nuestra actitud de putos paletos trogloditas y empezásemos a tener eso que se llama conciencia. En resumidas cuentas, y aquí ya hablo ya por mí mismo, para que dejemos de comportarnos como una panda de anormales y empecemos a darnos cuenta de que en sociedad lo mínimo es tener un poco de empatía.
Y es aquí cuando me equivoco de pleno y, por desgracia, creo que el pronóstico de mi amiga tampoco es que vaya a ser muy acertado.

Basta que sucedan acontecimientos relativamente mediatizados para que saquemos lo peor de cada uno y, no solo no tomemos conciencia, sino que nos comportemos como auténticos garrulos en una especie de concurso para ver quién suelta la animalada más gorda.
Por un lado, entre las cosas que me he encontrado (esto no cuenta como garrulez, pero sí lo veo como una visión muy limitada de las cosas, por no mencionar una terrible falta de memoria), he podido ver cómo de buenas a primeras la gente (especialmente mujeres, en lo tocante al tema que se ha convertido en la comidilla del personal) dice "Pasar más miedo ahora al volver a casa que hace una o dos décadas". Parece que no nos acordamos, si echamos lo que es la vista atrás, a lo jodido que fue vivir en la España de los 80, con el auge yonki y personajes calcados de Yo, el Vaquilla y Perros Callejeros campando por las calles. Los 90 no fueron mejor; fue la época donde se cargaron, previas torturas de todo tipo, a las niñas de Alcásser, y donde se sufrió toda una oleada de histeria colectiva que seguiría vigente durante más de una década: ya no hablo solo de violadores, sino de asesinos en serie (véanse los famosos casos de los asesinos del rol o el chaval de la Katana). Si queremos meternos en asuntos de violadores, me viene a la mente el famoso caso del Violador del Ensanche (agrediendo a mujeres entre 2005 y 2016, aunque fue en los primeros años donde causó más terror y donde se volvió especialmente mediático. De hecho, hasta que no me he puesto a redactar estas líneas y documentarme un pelín, no tenía ni idea de que había estado reincidiendo hasta hace un par de años), que hizo furor en los medios hasta que, en un momento dado, dejó de ser noticia. Hasta hace unos años, te ponías un programa que echaban por la tarde en la Primera y lo mismo que te contaban las movidas de la alta sociedad, te contaban con bastante lujo de detalles (sin morbo, ¿eh?) la última violación ocurrida en un pueblo de Albacete.
En resumidas cuentas, que igual no estamos ni mejor ni peor que antes; simplemente, es posible que estemos más o menos igual en cuanto a nivel de riesgo, pero la percepción tal vez sea diferente a causa de los medios, que hoy en día son como más intensos a la hora de contarte algo. Y sí, me reitero en que vemos una noticia sobre una agresión y parece que se nos olvidan todas las ocurridas antes.


"No me acuerdo, no"


Pero sigamos con las cosas que he venido leyendo. Otra que no me ha parecido especialmente grave, pero sí significativa la he encontrado por parte de alguien que se preguntaba cómo decirle a sus hijas que debían vivir con miedo el resto de su vida.
Vamos a analizar esto.
Sí es cierto que una mujer cuenta con el riesgo de una agresión sexual y que el hombre (en líneas generales, porque de todo hay) no. Que un atraco puede derivar en un ataque de este tipo, o que a una criatura le pueden echar algo en la bebida, dejarla medio inconsciente y... bueno, ya conocemos el resto de la historia. Hasta ahí, de acuerdo.
Pero permitir o fomentar que la sociedad viva atemorizada es un error. Se empieza por ahí y acabamos agradeciendo ideas como toques de queda, más propios de otros sistemas políticos que hacían que el ciudadano sacrificara su libertad por una sensación de seguridad que igual no se correspondía tanto con la realidad como pudiera parecer. Pensad que hace unos meses, nos dijimos como sociedad que no tendríamos miedo a salir a la calle aun bajo la amenaza de que algún desalmado cogiera un camión y lo estampara contra los transeuntes. O que un puñado de salvajes se liaran a machetazos o a tiros contra inocentes en plena calle.
Recordad que ahí dijimos bien clarito "Yo no tengo miedo".
Aunque hablamos de casos diferentes, para mí la idea de fondo que subyace de todo esto es la misma: estamos hablando de una lucha contra el miedo, de poder vivir nuestras vidas sin que el peligro nos la condicione, porque vamos a ser sensatos: peligro habrá siempre, en mayor o menor medida, a menos que queramos vivir en un eterno estado policial, donde se nos vigile en todo momento (siendo inocentes o no) vaya a ser que nos salgamos del redil un poco más de la cuenta... y ni aun así. No podemos permitirnos esto. No ahora, con todo lo que hemos luchado para tener el modo de vida que tenemos, y con todo lo que nos queda por luchar. Encerrarnos en casa y/o vivir bajo el yugo del miedo no es la solución. Debemos seguir viviendo nuestras vidas y pelear por que esas vidas sean un poquito mejores de lo que son. Cueste el tiempo que cueste. El trabajo o el esfuerzo que cueste. Pero no hacer el juego a aquellos que nos quieren, como sociedad, viviendo asustados.


Porque es mucho más guai que nos digan cuándo y cómo podemos salir a la calle, no sea que nos vaya a pasar algo...


Sigo hablando de cositas que me he encontrado, y aquí viene ya lo chungo y lo peligroso. Ante la famosa sentencia de marras me he encontrado unas dosis bastante razonables (y razonadas) de indignación. Gente que siente que el sistema les ha fallado (y con razón) y que piensan que debe cambiar (de estos me he encontrado menos, pero oye, con más razón que un santo). Hasta aquí, bien. Lo chungo aparece cuando esa indignación avanza un paso más y me encuentro con amenazas. "Ya saldréis", ha manifestado la gente públicamente a los condenados por esta última agresión. "Hemos visto vuestras caras", añaden otros.
Se puede entender la sed de justicia ante una injusticia. Yo el primero, si de a mí hubiera dependido redactar el artículo del código penal que regula esto, a titulo personal os digo que habría encerrado a esos personajes y habría tirado la llave. La cosa es que yo no soy la ley. Ni vosotros tampoco.
Pero una cosa es lo que haría yo, lego en leyes, y otra cosa lo que hace el sistema. Una tercera muy distinta es lo que el sistema debería cambiar, tal y como están postulando otros jueces y algunos políticos que se suman al carr... digooo, que están concienciados con esto. Y sí, debe cambiar, y a lo bestia.
Existe una cuarta cosa que es creerse por encima de la ley cuando uno considera que la ley es injusta. Esa es la justificación del revolucionario de turno, que generalmente ni sabe en qué sistema vive (generalmente pensando que vive en el peor sistema posible, aunque viva en las comodidades del primer mundo) ni se molesta en buscar cambiar las cosas de una forma legítima. Es el revolucionario que se cree que a golpe de grito y alimentando la violencia (aunque sea verbal) arregla las cosas más rápido y puede ir pasando de una injusticia a otra. En plan Castigador.


"Si (a mí me parece) que eres culpable, estás muerto"


Esa gente no piensa que en medios públicos, tales como redes sociales, esas cosas quedan registradas y pueden ser usadas como pruebas ante delitos de amenazas. Tan solo basta con que alguien interponga su debida denuncia en una unidad de delitos informáticos. Y aquí es cuando vendrán las lágrimas de cocodrilo, lloriqueando porque les han metido un purete bueno. Y se dirá que el sistema no funciona, y que es injusto y tal. Que si vivimos en una dictadura, que si detenerte por decir lo que se piensa es de fascistas y las clásicas pataletas de siempre.
Vamos a ser claros, amigos Distópicos: que se haya producido una injusticia o error judicial o lo que sea, en absoluto os justifica a vosotros para poder comportaros como salvajes. Ese sistema del que tanto abjuráis es el mismo sistema que impide que mañana os revienten la cara por la calle si habéis dicho algo por Internet que, sin que lo hayáis previsto, ha sentado mal a cualquier colectivo. Amenazar, por muy noble que sea vuestra causa, es delito. Hacerlo en un medio público, además de ser delito, es una estupidez, porque es como si hubierais firmado la amenaza de vuestro puño y letra, poniendo hasta la fecha. Y aquí no hay prebendas morales, ni justificaciones que valgan: estáis amenazando a otras personas, por muy culpables que sean de lo que hayan hecho, y eso no os exime de lo que habéis hecho.


"Con toa mi polla"


Pero vamos más allá, porque el nivel de vigilantismo del personal está llegando a un punto que empieza a dar miedo. Me encuentro además recetas de cómo preparar esprays de pimienta caseros "para la autodefensa, porque el sistema no nos protege". Y volvemos a lo mismo: el sistema está demostrando que falla, pero vosotros estáis proponiendo salir con armas a la calle. Algo que luego os resulta aberrante cuando lo veis en Estados Unidos (especialmente con las de fuego, se ve que un espray que podría dejarte ciego es menos arma, oye); pero aquí, parece que si tenemos una excusa como "la autodefensa" cambiais vuestro discurso. Hablamos de esprays de pimienta, pero si en lugar de eso se os ocurre llevar navajas encima, lo mismo os parece igual de bien. Así que la solución, según vosotros, es esa. Sin pensar que, gracias a los medios y a las redes sociales, lo que ha venido siendo un caso penal bastante grave, ha desembocado en verdadera histeria colectiva (por favor, no me restreguéis los orígenes machistas del término, que ya me los sé. Uso esto para referirme al "Pánico de masas", si este término está más adecuados a vuestros oídos del s.XXI, donde hay que medir todas y cada una de las palabras que se sueltan) y que puede dar lugar a un montón de "autodefensas" originadas a partir de malentendidos, traducidas en simples y llanas agresiones. Pongo un caso hipotético: yo me pierdo por un barrio y le pregunto una dirección a la primera persona que me encuentre. Esa persona resulta ser una joven que lleva su espray de pimienta casero llevada por el miedo. No llego ni a preguntarle cómo llegar a dónde quiero ir cuando la chica me lanza un chorro de esa cosa y acabo en urgencias. Esta es la clase de cosas a las que nos exponemos, y muchos de vosotros estáis aplaudiéndolas alegremente "por nuestra seguridad".


En medio de un gran aplauso es como mueren las libertades.


Por nuestra seguridad y por proteger a otros estoy viendo cómo estáis cometiendo actos que son abiertamente delictivos, tales como difundir vídeos de agresiones con la expresa idea de "denunciarlos". Parece que no os habéis enterado, o no habéis querido enteraros, de que el único organismo ante el cual puedes denunciar una actividad delictiva es ante las autoridades. Dejaos el rollo de juez, jurado y verdugo, porque no cuela. La última barbaridad que estoy viendo es un vídeo de abusos a menores que la gente está difundiendo indignadísima. Ni siquiera se han puesto a contrastar que el vídeo es antiguo y que el responsable ya está en la cárcel. Tampoco se ha pensado que se está vulnerando la intimidad de una víctima (algo al nivel de coger y subir el vídeo de los Sanfermines con la intención de denunciar a los ya condenados, sin importar que ese vídeo le está jodiendo la vida -aun más- a la víctima). Y nuevamente, estáis poniendo vuestra firmita con vuestra fecha ante cada una de estas burradas que compartís "por la justicia". Porque os pensáis que así salváis el mundo, que así ayudáis a alguien. Que hacéis el Bien. Ni siquiera os da por pensar que lo que estáis haciendo es joder a inocentes, hurgar en el dolor de las víctimas, crear pelotones de linchamiento sobre gente que ya ha tenido que dar explicaciones ante la justicia. Todo porque consideráis que "vuestra" justicia es más que la justicia regente. Y os importa una mierda buscar el modo de que la justicia regente sea más justa o más equitativa. Os da igual pelear el tiempo que sea o esforzaros para que el sistema por fin se adapte a los tiempos que corren. No, lo queréis ya, y rapidito, que hay prisa. 




Pues si queréis que os diga lo que me parece, lo que pienso es que a vosotros la justicia os importa una mierda, os pongáis todo lo dignos que queráis poneros. Vosotros no queréis hacer un mundo más justo ni luchar porque el sistema mejore para todos. Lo único que parece que queréis es buscar alguien a quien atizarle mientras seguís fomentando el miedo. La gente ya está bastante acojonada y vosotros, en lugar de esforzaros por combatir el miedo, lo estáis esparciendo como sífilis en una orgía. Estáis permitiendo, si no alentando, actitudes de guerrilla, de justicieros callejeros. Lo próximo que haréis será organizar pelotones en las calles para apalear al que os parezca sospechoso. Estaréis dando vuestro consentiemiento a grupos que actúan de forma paramilitar para "hacer justicia" y os parecerá bien.
Mañana instauran un toque de queda "por nuestra seguridad" y diréis que es lo mejor que se puede hacer. Total, ya habéis votado por la segregación con esa idiotez del "espacio seguro", demonizando y señalando con el dedo a gente que no ha llegado a hacer nada y santificando a otros solo por pertenecer a tal género o grupo social. Unos, unos demonios y otros unos santos. Exactamente la misma actitud que se tuvo en los Estados Unidos con los negros en los 50, a los que acusaban de ser una raza de... sí: delincuentes y violadores. Estáis cayendo en las mismas mentiras y en las mismas mierdas y no solo os está encantando. La estáis manufacturando, empaquetando y vendiendo. Ya veo merchandising al respecto: camisetas con lemas que incitan al odio o señalan con el dedo a quien no pertenece a la Idea Dominante. Manifiestos agresivos en forma de viñetas, chapitas y demás. Alguien haciendo caja con estas cosas y vosotros comprándolas. Así de genial.

Se habla abiertamente de pelotones de linchamiento y los estáis difundiendo porque así os creéis que "se hace justicia", pero luego sois los más demócratas del planeta. ¿Los yankis? Esos son unos animales que tienen pena de muerte y van con una pistola por la calle, oiga. Nosotros, unos santos, porque buscamos defendernos... Oh, espera. Es el mismo puto argumento.
El mismo puto argumento, que veis con dureza en otros países y aquí justificáis.
Tal y como comentaba en mi post anterior, mañana mismo os proponen la idea de La Purga y os parecerá de puta madre, porque ya consideráis que el sistema no funciona, así que os pondréis vuestra mascarita, os haréis vuestros selfis y saldréis a las calles a cargaros a aquel que no consideráis "limpio".


"¿A quién hay que darle hoy?"


A eso de cada semana o cada dos semanas, os dicen a quién odiar, y vosotros lo hacéis sin preguntar, obedientes como puñeteros corderitos: no hace mucho era a una asesina confesa de un pobre niño. De repente, todos sospechabais de ella y la queríais muerta. Aprovechasteis para sacar toda la mierda que teníais dentro, aludiendo a los orígenes latinoamericanos de la asesina confesa, como si eso importara algo, o como si los nacidos aquí no asesináramos a nadie. Habéis participado en fiestas populares donde se queman muñecos con el nombre y apellidos de la susodicha y os habéis amparado en vuestra "libertad de expresión"... cuando en realidad lo que habéis querido decir es que no habéis cogido a la de verdad porque no os han dejado.
Habéis difundido bulos y mierdas sin contrastar "por si acaso". Habéis acusado a gente inocente de crímenes que no han cometido (hace unas semanas la Unidad de Delitos Informáticos insistió en que no se publicara la foto de un hombre acusado de un crimen porque se había demostrado que no era él, pero la gente a su rollo, señalándolo con el dedo) y os ha dado exactamente igual (un segundo caso de alguien que se hizo un perfil falso en Insta con la foto y el número del ex de su pareja, poniendo que daba palizas por dinero, fue superdifundido por todas partes, con amenazas de muerte incluidas, y la gente lo compartió sin preguntarse de dónde coño había salido ese perfil).
La cosa es: fue un error, ¿vale? Pero de los errores se aprende. ¿Lo habéis hecho? Permitidme que lo dude, porque todavía me están llegando muchos avisos de "Difundid la cara de este hijo de puta para que se sepa quién es". Nuevamente, caéis en lo mismo una y otra vez. Solo para que podáis daros palmaditas en la espalda por lo entregados que estáis a eso de hacer just... qué cojones: a atacar a gente.


Felicidades, genios: vuestra sed de justicia os ha llevado a practicar ese cyberbullying que decís que aborrecéis en las chapitas que os ponéis.


La clase de cosas que me llevan a pensar que a vosotros la justicia os importa una mierda. Ayudar al prójimo os importa una mierda. Hacer las cosas bien os importa una mierda. Lo único que queréis es tener una excusa para volcar vuestro odio y toda la mierda que lleváis dentro sobre el que toque, a modo de entretenimiento. Os indignáis, muchos de vosotros, porque es lo que se espera que hagáis. Alguien simplemente os señala dónde y allá que vais con vuestra furia, vuestros ataques, vuestra agresividad, vuestras amenazas. Vuestra puta ignorancia y vuestra mala leche de rebaño condensada. Lo único que queréis es tener a alguien a quien odiar. Felicidades, le habéis dado la razón a George Orwell con aquello de los Dos Minutos de Odio. Y es que ni os preguntáis por qué os quieren dirigir, por qué os quieren atemorizar. Por qué os buscan un enemigo cada semana. No os lo preguntáis porque da la impresión de que vosotros mismos sois los que pedís alguien a quien darle de hostias. Sois vosotros los que estáis pidiendo a gritos que os pongan un yugo, que se meen en vuestras libertades, que os ninguneen vuestros derechos individuales y que os vendan un futuro que no vale una puta mierda.
Sois vosotros los que estáis pidiendo y contribuyendo al nacimiento de una sociedad totalitaria. Felicidades, porque os está saliendo de puta madre.


"¡TOMAAAAA! ¡OLE MI COÑO PELÚO!"


Quizás es que os habéis pensado que eso de "buscar justicia" (lo entrecomillo porque esto para mí no es justicia, es una puta pantomima que esconde la necesidad de un linchamiento a razón de dos al mes o así), si lo hacéis muchos, vuestros actos os hacen menos responsables. Que eso de tener una buena causa ("¡Por la justicia!") os pone por encima del bien y del mal y que tenéis derecho a pisotear a inocentes, culpables y a cualquiera que se os ponga en vuestro camino para llevarla a cabo. Os meáis en los derechos fundamentales de todo acusado o detenido y dictáis vuestra propia sentencia sin tener ni pajolera de leyes, o de los detalles de los casos que no han trascendido a la luz pública. Pero qué cojones, lo único que sabéis de los juicios es lo que os cuentan los telediarios, aunque sean capaces de manipular toda noticia que se les ponga a tiro con tal de condicionar al personal. Mañana podéis ser vosotros los que acabeis en la picota popular y aun así os la sigue sudando. Os la suda porque os sentís Moralmente Superiores y vuestros actos, por agresivos, antisociales o guiados por la absoluta ignorancia, están plenamente justificados hagáis lo que hagáis. Jodáis a quien jodáis.
Y vuelvo a repetirlo, hacéis todo esto poniendo vuestra firmita digital en ello. Os meáis en la dignidad de los demás, reconocida en nuestra Constitución, amparándoos en un derecho a la libertad de expresión que no contempla ni injurias, ni amenazas.
Os habéis criado en una democracia y se os llena la boca con ella, pero al mismo tiempo apoyáis el vigilantismo, os cagáis en la presunción de inocencia dictando sentencias antes de que se celebren juicios; apoyáis la violencia popular contra alguien que consideráis persona non grata. Amenazáis a aquellos que no siguen Vuestro Santo Credo (o el de Vuestros Santos Cojones, que viene a ser lo mismo). Usáis vuestros derechos para negar los de los demás. Os inventáis derechos que ni siquiera tenéis. Seríais capaces de sacrificar vuestra libertad como individuos o incluso vuestra intimidad (o peor aún, las de otros y sin su permiso) con tal de que aquellos que consideráis "sospechosos" sean detenidos. Os la sopla todo y encima lo ponéis en un medio público para que se sepa que habéis sido vosotros los que lo habéis dicho.
Y yo me pregunto: ¿Dónde cojones tenéis las putas luces?

sábado, 28 de abril de 2018

Escupiendo Rabia- Sobre justificar auténticas burradas y otras cosas igualmente preciosas





A veces suceden cosas que nos resultan espantosas. Creo que no necesitáis que os dé detalles acerca de lo que hablo. No cuando vemos la indignación popular, las manifestaciones, la rabia (bastante justificada, por cierto) y lo que vienen siendo cosas que nos parecen terriblemente injustas. Más allá de entrar en detalles acerca de un caso del que no tengo todos los datos (ni tampoco soy abogado), hablaré de esto desde otro ángulo. El ángulo de lo que considero que somos, como sociedad, y cómo tratamos este tipo de cosas, en general. Antes de que nadie se me eche las manos a la cabeza, me veo obligado a explicar según qué puntos antes de empezar. Sé que no debería, pero hay mucho imbécil suelto que se cree psiquiatra y quiero dejar las cosas claritas ante todo.

1) No justifico NADA. De hecho, si aguantáis leyendo esto hasta el final, veréis que precisamente denuncio las justificaciones.
2) En movidas así, una vez he visto ya una condena firme (la cual no comparto personalmente), aunque respete la ley, me posiciono con la víctima. Antes de la condena prefería no hablar, porque lo suyo es dejar que los profesionales de la justicia actúen. Porque para eso ellos son profesionales y yo no.
3) El hecho de que yo no esté de acuerdo con la sentencia no significa NADA. Solo significa que no me parece bien que gente que lleva a cabo según qué cosas (insisto, gente ya declarada culpable ante un tribunal) no reciba una pena mayor, independientemente de las razones que se han hallado para reducir su pena. Con lo cual, yo puedo decir misa, pero realmente no tiene trascendencia.
4) Creo que mi postura de PUTO ASCO ante el concepto de machito alfa, movidas como violencia, humillaciones, abusos de cualquier tipo y demás queda sobradamente patente no solo aquí, sino en cualquier otro texto que haya escrito previamente. Si no lo pilláis o pensáis que apoyo ese tipo de salvajadas, os invito a que os metáis en un curso de comprensión lectora antes de dar el coñazo a un servidor.
5) Que haga un alegato en contra de destituir a los que han dictado una sentencia no quiere decir que esté de acuerdo con ella, ni que me parezca bien cómo tenemos concebido el código penal ni cualquier pensamiento remotamente semejante. Simplemente digo que no creo que sea esa la manera de hacer las cosas.
6) Si pese a esta declaración de intenciones alguno de vosotros sigue pensando que estoy defendiendo, justificando o poniéndome de parte de un sistema de mierda, ya no hablamos de una materia de opinión. Estaréis poniendo palabras en mi boca de forma deliberada y tergiversando lo que digo para hacer un juicio de valor acerca de mi persona, como si me conocierais, como si tuvierais vuestro título de psiquiatra o como si tuvierais el más mínimo derecho a ello. Si sois de ese palo, desde aquí os digo que os vayáis a tomar por culo, porque eso es lo que hace un hijo de la grandísima puta. Y sí, esto último sería un juicio de valor, pero vosotros habríais empezado. Haberos metido la lengua en el culo en su momento.

Dicho esto, empezamos:

Somos una sociedad que busca culpables. No importa tanto encontrar la raíz de un problema y buscar el modo de atajarlo como dar con una cabeza que ruede, aunque ello implique que el problema se perpetúe una y otra vez. Es posible incluso que tengamos una percepción algo distorsionada de las cosas y realmente no busquemos soluciones, sino apaciguar nuestras iras, nuestras frustraciones, nuestra rabia contenida día a día.
Quizás es por eso que, cuando el sistema no nos satisface, no buscamos tanto cambiarlo como buscar un chivo expiatorio. Quizás eso nos permite, en nuestro fuero interno, sentirnos como justicieros o como héroes del momento, con la implicación justa o con la responsabilidad medida con cuentagotas. Nos sumamos a la masa, al pelotón de fusilamiento y apretamos el gatillo, pero ninguno de nosotros está seguro de cuál ha sido el balazo que mata al ajusticiado. "Habrá sido otro", decimos, "pero se ha hecho justicia y es lo que importa", añadimos. Mañana nuevas injusticias se cometerán y allí estaremos para ahorcar a quien consideremos necesario. Por culpables no me refiero tanto a los ya condenados (desde mi visión de lego en leyes, más culpables no los puedo ver), sino a aquellos que los han procesado.


"¿Quién vigila a los vigilantes?"


Con los hechos más recientes que he estado viendo es un poco así. Hemos visto una condena que nos ha parecido aberrante (y podemos decir que lo es), pero ni siquiera nos hemos parado a pensar que esa condena viene de un código que debe ser revisado y reformado acorde a los tiempos que vivimos, donde las sensibilidades hacia cierto tipo de actos son (o deberían ser) mayores. No, en lugar de eso hemos tomado las horcas y hemos cargado contra los que han aplicado la ley. Una ley injusta, pero aplicada tal cual. No, en nuestra mayoría no nos hemos planteado cambiar las leyes... principalmente porque ni las conocíamos. Ni nos hemos molestado, muchos de nosotros, en saber por qué se ha llegado a esa resolución que, insisto, es aberrante. Pero la cuestión es: ¿nos hemos planteado por qué se ha llegado a una solución así de aberrante?

Ante esta pregunta, muchos empezarán a hacer lo que se suele hacer en estos casos, y lo que llevo ya hablando un buen rato: buscar un culpable. La ley la redactó fulanito, con su mentalidad de no sé qué y por eso deberían hacerle no sé qué, no sé cuántos. La ley responde a no sé qué, y ese no sé qué debería ser erradicado de la faz de la tierra. Demasiados no sé cuántos que, al parecer, tienen que pagar... pero nadie (o casi nadie, claro), que yo sepa, parece plantearse una vía diferente: ¿Y si pasamos de todos esos no sé cuántos y, con las experiencias vividas, decimos "No, nada de rodar cabezas. Vamos a arreglar las cosas de una puñetera vez"? ¿De qué sirve inhabilitar a quienes aplican la ley si mañana, con esa ley aun vigente, se volverán a repetir estas aberraciones? ¿Es acaso nuestro concepto de lo que es justo tan limitado que, en cuanto que vemos algo que no funciona, matamos al mensajero y nos quedamos ahí?


Algunos ya es que son más jueces que Dredd.


Es algo curioso: vivimos en una época extraña, en la que todo el mundo afirma hacer reflexiones intelectuales, donde se ve mucho más allá de lo evidente (a veces, con una creatividad que roza lo psicotrópico), pero al final, la mayor parte de esas reflexiones acaban enfocándose en direcciones muy similares. Con matices, con mayor moderación o extremismo, la mayoría de los dedos señalan a la misma dirección, aunque intenten convencernos de que hablan desde el libre pensamiento. Pasa el tiempo y las voces discordantes se acallan y empiezan a limarse, hasta el punto de que da la impresión de que tienen miedo a hablar una vez sus palabras no coinciden con las del pensamiento dominante. Dicho de otro modo, aunque se pueda estar de acuerdo en el fondo, parece que si no se suscribe al 100% un sistema completo de creencias, se forma parte de una ideología repugnante que debe ser exterminada a cualquier precio.


Estas ansias de linchamiento disfrazadas de justicia me hacen pensar que cualquier día vamos a acabar votando por burradas tipo La Purga y nos van a parecer de puta madre. Es decir, algo que es abiertamente aberrante, pero lo abrazamos simplemente porque nos suena bien y porque nos da cierto permiso para "desfogar".


Y eso es lo verdaderamente peligroso.
Cada vez que veo una campaña por la justicia social, os juro que siento miedo. No porque la idea de fondo que se defienda sea noble o deje de serlo, o porque no la comparta. Estoy plenamente convencido de que los fines que se persiguen, en la mayor parte de casos, suelen ser nobles o, al menos, aquellos que los persiguen creen estar haciendo algo bueno. Hasta aquí, bien. Pero lo que me da miedo es la filosofía reinante de pensar que el fin justifica los medios. De creernos que si algo está mal, tenemos perfecta licencia para pisotearlo y destruirlo. De que todos aquellos que no estén de acuerdo con esa ideología de "Si las leyes son injustas, lo justo es saltarse las leyes" (en lugar de "Si las leyes son injustas, luchemos por cambiarlas, aunque así nos lleve una vida entera", que es algo como que cansa un poco más); de "Si alguien no está de acuerdo, o tiene una forma de ver las cosas diferente, debemos aplastarlo" (en lugar de "Si alguien no está de acuerdo y creemos que se equivoca, mostrémosle lo que creemos que es cierto para que su forma de pensar cambie... si es que realmente debe ser cambiada").


Ya con la idea de revolución se nos va un poco la pinza. Ser revolucionario no consiste necesariamente en liarte a hostias ni en liarla parda. Simplemente puede ser luchar por cambiar aquello que consideras que debe cambiarse. A veces este tipo de revoluciones llevan años, pero oye, también cambian las cosas.
Eso sí, no son tan fáciles ni tan molonamente guais de cara a la galería.
Hacen menos ruido y se ven menos.
Pero, ¿cuál es el objetivo? ¿Arreglar lo que está mal o que se sepa que hemos sido nosotros?


Al mismo tiempo, hemos caído en la contradicción de que absolutamente todo debe ser respetable. Usamos este argumento especialmente cuando nuestra opinión es la que está en entredicho, pero lo más curioso es que resulta que no todas lo son, lo he dicho mil veces: la opinión de un ignorante, por muy opinión que sea, no puede estar a la misma altura de la persona que sí sabe de lo que habla. La opinión de un extremista, por muy opinión que sea, no puede ponerse al nivel de respeto de una persona que no lo es. Parece que no nos hemos dado cuenta de que, si toleramos a los intolerantes, les damos manga ancha para que pisoteen cualquier forma de pensamiento que no sea la suya.
Si lo pensamos bien, puede que gracias a eso, estén ganando y cada día las opiniones sean más extremas, más beligerantes y más agresivas. Ya no consiste en que uno milite o deje de militar en un partido político, o que profese tal forma de pensar; ahora, si no te dedicas a cagarte en los muertos del que consideras "el enemigo" no eres un Verdadero Creyente y los que son "de los tuyos" hasta parecen mirarte con recelo. Algo así como una especie de concurso de a ver quién la tiene más grande (la ideología, claro), pero que en el fondo no supone absolutamente NADA.

No eres mejor defensor de algo solo por ser más agresivo.
No estás más concienciado por gritar más fuerte.
No eres mejor persona por querer erradicar a sangre y fuego a cualquiera que no agache la cabeza ante tus sacrosantos ideales.


"Exterminar. Exterminar. Exterminar".


Y con esto, quiero dejar claro que puedo entender la rabia, el malestar y el asco que se siente ante una injusticia. Yo soy el primero en sentirme así. Pero creo que en momentos de total indignación es cuando no podemos dejarnos llevar y debemos mantener la cabeza bien fría para encontrar soluciones. Para poner fin de una vez por todas a esas cosas que consideramos injustas, o que nos parecen abiertamente lacras para el mundo en que vivimos. Eso es algo perfectamente normal e incluso legítimo. Sin entrar en pormenores legales o valoraciones personales hacia tal o cual, quiero limitarme a lo que entendemos por lo que es justo (creo que todos sabemos lo que es) y lo que es legal (cosa de la cual no siempre somos del todo conscientes). No sirve de nada hacer rodar las cabezas de aquellos que se limitan a ejecutar leyes injustas porque, repito, mañana otros las ejecutarán igualmente. Los pelotones de linchamiento estaban muy bien en la Edad Media, cuando lo que había era una masa iletrada que lo único que quería era sangre por sangre y ya está. Hoy en día, se supone (insisto en el se supone) que hemos evolucionado un poquito y que tenemos un sistema que, pese a no ser el mejor (de hecho, tiendo a pensar que nuestro sistema penal es una blandurriez de tres pares), sí tiene opción de ser reformado. No es algo que resulte fácil, pero al menos sí respondería a una necesidad social. Sí sería efectivo, o al menos sería más efectivo que pedir la destitución de aquellos que han aplicado una sentencia aberrante. No: la sentencia es aberrante porque el código es aberrante. Pues entonces lo suyo es cambiar el código.


"Hay una anomalía en la Matriz".


Quizás pasa también que el código ha venido reflejando nuestra sociedad. Ante casos extremos sí es verdad que parecemos entrar en razón y nos damos cuenta de que como sociedad se nos va la mano en los juicios de valor, pero... vamos a verlo de esta manera: ¿Cuántas veces hemos oído, por parte de hombres y mujeres, que una chica es una fulana por vestir de tal o cual manera? ¿Por tener iniciativa sexual? ¿Por no ser "lo que se espera"? Con el corazón en la mano, decidme cuántas veces habéis escuchado por parte de gente (a veces sorprendentemente joven) decir que no les extraña que violen a una chica a causa de la vestimenta que lleva. Yo no sé vosotros, pero por desgracia, yo lo he oído más veces de las que me gustaría. Lo mismo que he oído llamar a una chica "guarrilla" (casi como sinónimo de "mujer") o decir, de forma muy despectiva, que se bajaría las bragas ante cualquiera, como si eso fuera materia de discusión por parte de la audiencia.
Por desgracia, si el código es así, es porque una buena parte de la sociedad ha venido pensando hasta ahora que una mujer, más que víctima, es materia de juicio haga lo que haga, o le pase lo que le pase. Y sí, poco a poco estamos cambiando, pero no creo que sea suficiente. A día de hoy, sigo escuchando términos como "lagarta" y derivados; sigo oyendo conversaciones allá por donde voy acusando a las mujeres de provocar o de usar su sexualidad para conseguir sus fines. Y no es algo que oiga una vez cada cuarenta mil años. Es algo asquerosamente habitual.


Y ya sin entrar en la cantidad de gente (mujeres jóvenes incluidas) que piensan que es perfectamente normal que una mujer sea controlada por su pareja, o soportar salidas de tono tales como manipulaciones, chantajes emocionales, insultos, amenazas o (ya en el culmen de todo este repertorio de preciosidades) agresiones físicas.
Que podemos decir que no, pero hemos criticado muchas novelas "románticas" que hablan de esto como sinónimo de amor... pero se han vendido como churros.
No nos engañemos: no venden ninguna imagen ni ningún ideal. Simplemente responden a algo que ya estaba en la sociedad y lo reflejan.


Esa actitud que la sociedad ha tenido con las mujeres (y me refiero a la sociedad entera; al haberme criado y trabajado básicamente entre mujeres, he podido ver que la crueldad que las mujeres gastan entre sí no es algo que sea como para ignorarlo) igual no justifica ni aplaude abusos de cualquier tipo... pero sí es cierto que, en mayor o menor medida acaba juzgando a la víctima cuando estos se producen. Con cosas del tipo "No se lo merecía, pero sí era verdad que se lo iba buscando" o el famoso "Si yo no voy por un barrio marginal contando billetes de 50 pavos, siendo tía no me meto en un fiestón enseñando carne". Y nos hemos quedado tan panchos, porque nos ha parecido LO NORMAL.

Esta es una especie de fascinación por criminalizar a las víctimas que, de forma indirecta (o no tanto), justifica a los culpables. Y no nos engañemos, esto no es solo algo que vemos en los tribunales. Nos puede parecer asqueroso ver cómo se juzga a una víctima en un caso como este (y lo es), pero... No es algo nuevo ni estrictamente limitado al mundo judicial. Quizás los tribunales deberían dar ejemplo, sí... pero al final, acaban por reflejar lo que, en un nivel tristemente alto, somos como sociedad. Es algo así como cuando en el colegio nos robaban hasta los apuntes y cuando se lo decías a un profesor te soltaba que también era culpa tuya por dejarte robar. Y dices tú, ¿PERDONA? ¿Qué cojones es eso de que nos dejamos robar? Se pongan como se pongan, ese es el argumento que defiende el matonismo y que otorga al delincuente una especie de "derecho" (que no se tiene) a delinquir. Es prácticamente el mismo principio que nos hemos encontrado en el código penal en este caso: que, si te dejas, el crimen parece menos crimen.
Y NO.
Un crimen es un crimen, y punto.
Pero la cuestión es que, en mayor o menor medida, la sociedad ha dado su consentimiento a esa idea, y de vez en cuando tienen que pasar barbaridades para que digamos "Ah, hostia, pues no". El ladronzuelo de barrio del que todo el mundo decía "Él también tiene que ganarse la vida" cuando la policía le echaba el guante pasa a ser un monstruo el día en que un día se le va la mano y le pega una puñalada en el corazón a alguien. Los matones de colegio hacen "cosas de críos" hasta que un día su víctima se suicida. Y es quizás el hecho de que hemos normalizado la delincuencia, el abuso y la crueldad hasta tal punto que nos parecen "lo que hay". Es solo cuando se trazan ciertas líneas que nos parecen insoportables cuando reaccionamos pero, hasta entonces, estamos anestesiados.

domingo, 18 de marzo de 2018

Angst- Mientras los mundos mueren




Ayer mismo tuve una experiencia que, debo decir, se repite de vez en cuando.
Es lo que sucede cuando estás en un sitio y aparece alguien con quien ya no tienes contacto. Alguien a quien contaste entre tus amigos en su momento y que ahora resulta no ser más que alguien que entra en un sitio donde estás tú, a secas.
Sin saludos.
Sin siquiera miraros a la cara.
Todo ese tiempo que compartisteis, toda esa confianza que depositasteis el uno en el otro, ya no están y no queda rastro de ella. Sois dos desconocidos cuando antes no lo érais.

Me pasa a menudo, sí. Más a menudo de lo que me gusta pensar. A veces la gente me decepciona, a veces la decepciono yo, da igual. La cosa es que lo que había desapareció.
A veces tiendo a pensar que esa constante en mi vida es una señal de que mi Universo personal, de vez en cuando, parece tener la necesidad de reiniciarse. Sucede de una forma cíclica, pero luego hay episodios de rupturas puntuales cada dos por tres.
Esa persona que reapareció ayer, se mire como se mire, forma parte de una etapa de mi vida que ya se cerró. Junto a ella, fueron desapareciendo otros de ese mismo entorno, uno por uno, de forma espaciada pero inexorable. Un mundo del que ya no formo parte. O, pensándolo de otro modo, ya hay mucha, muchísima gente que, bien por las buenas, bien por las malas, ya no forma parte del mío.



Algo en este plan, aunque no tan espectacular.


Supongo que lo fácil es pensar que es siempre culpa mía, ¿verdad? Es decir, cualquiera con sentido común se sentaría delante de mí y me diría "Si te ha pasado con tanta gente diferente, entonces tú eres la causa".
Y sí, podría pensarlo.
Podría coger y decir "Hey, es verdad. Soy una persona terrible y es normal que la gente se acabe hartando de mí. Mis defectos son tan imperdonables que lo normal es acabar dándome la patada tarde o temprano". Podría pensar que, debido a mi penosa actitud, no haya dios que quiera tenerme cerca. Podría incluso abrazar toda una espiral de sentimientos basados en la autoflagelación y seguir los dos millones y medio de consejos paternalistas que me llegan cada vez que alguien me pega una puñalada trapera.

Pero, ¿sabéis una cosa?
Que no.
No pienso agachar la cabeza y asumir que me gano el desprecio de la gente a pulso. No, señor. No en el momento en que escribo estas líneas. No, siendo plenamente consciente de la clase de persona que soy.
Porque sí, cometo errores. Muchos, muchísimos. Creedme, lo sé: pienso en ellos a diario.
¿Y qué? ¿Acaso no los cometéis vosotros? ¿O es que mis faltas son peores que las de los demás?
No, no es esa la cuestión. Quizás lo que hace que sienta que, por una vez, debo clavar los pies y mantenerme firme ante toda la oleada de frases del tipo "Es que tienes que ser de tal manera", "Es que no has hecho las cosas como deberías" y el no menos clásico "La culpa es tuya por (inserte aquí motivo impersonable)" es precisamente el hecho de que sé que no soy esa clase de monstruo que tanta gente ha querido hacerme creer que soy a lo largo de muchos años.


Tras un montón de decepciones, desengaños y experiencias amargas de todo tipo, a veces hay calma entre tempestades. A veces puedes tomar aliento y decir "Alto ahí". Es ahí, justo cuando has respirado hondo y te has parado a pensar, cuando te das cuenta de que si hay algo que siempre has tenido es conciencia. Siempre has tenido todas esas voces dentro de tu cabeza dictándote lo que está bien y lo que está mal. Aun actuando del modo que has visto más correcto dada la situación, siempre has tenido una voz dentro de ti cuestionándote si lo has hecho lo mejor que podías.
Aquellos que tengáis esa voz interior, creo que coincidiréis conmigo cuando digo que es muy, muy pero que muy difícil hacer que esa voz se calle. No importa lo justa que sea esa decisión que tomas, o que tengas por seguro que no has podido tomar ninguna otra más correcta: siempre queda ese resquicio de duda en tu cabeza, en tu corazón, en la boca de tu estómago.


Aunque hagamos lo correcto. Siempre tenemos esa sensación de haber estado por debajo de nuestras propias expectativas.


Respiro hondo y me digo que, pese a lo duro de muchas decisiones que he tomado a lo largo de toda mi vida con respecto a la gente que me rodea, ninguna ha sido tomada a la ligera ni sin sopesar durante un cierto tiempo. En todas y cada una, he sopesado los pros y los contras, y he visualizado todos los escenarios posibles, con todas sus consecuencias. A menudo, las peores consecuencias que he previsto coinciden con el resultado final de mis actuaciones, lo que implica que el desenlace de muchas de ellas, aunque amargo, no era algo que me pillase de sorpresa.
Y aun así, las he tomado, siendo consciente de ello, cuando mucha gente me ha dicho que, para un desenlace así, que ni me moleste en tomarlas.

Y pese a todo las he tomado, ¿por qué?
Porque he considerado que eran lo más justo.
O lo más lógico.
O lo más honesto.
O, sencillamente, porque dentro de lo malo, era lo menos malo a lo que podía aspirar.

Esas decisiones, me consta, me han granjeado muchos problemas con mucha gente. Gente que debe tener conceptos morales diferentes a los míos, o gente que de pronto considera que tener confianza conmigo es una especie de puerta abierta para según qué comportamientos.
No lo sé, ni me importa.
Como digo, sé la clase de persona que soy yo, y me empieza a importar bastante poco la clase de persona que se espera que soy.


¿Y de comerte solo montones de historias?
Ni os cuento.


Conforme pasan los años, me doy cuenta de que en este mundo muchos juegan a juegos que no entiendo, o juegos que no me interesan. Juegos basados en pensar de una manera, decir otra muy diferente y actuar de un modo que no tiene nada que ver. A lo largo de todo este tiempo, he visto cómo muchos han esperado de mí que finja, que diga las cosas de según qué manera, que oculte mi forma de pensar, de sentir o que directamente mienta.
"Mientras X esté delante, no puedes hablar de Y".
"No puedes decir las cosas así, mejor dilas de este otro modo".
"Disimula si no confías en alguien que tienes delante".

Todos esos jugando a sus juegos, todos guardando secretos. Secretos que envenenan, que matan relaciones. Mentiras que encubren secretos, engaños que maquillan la verdad. Pactos de silencio que, en cierto modo, suponen traiciones. Dilemas morales, todo por no atreverse a decir las cosas. Te sientes obligado a llevar máscaras con las que no te sientes cómodo, como en una especie de carnaval donde, a la más mínima, te pueden apuñalar.
Yo no quiero formar parte de eso.

Si hay una cosa que siempre he tenido muy clara es que yo no soy capaz de actuar contra nadie a quien cuento entre los míos. No sin provocación previa. Puedo actuar por error, por supuesto, pero creo que no necesito ni explicar esto último, porque cualquiera que me conoce un poco lo sabe de sobra y no tiene nada que temer de mí, ni motivos para desconfiar.
Y sin embargo, no pocas veces me he sentido atacado sin que nadie tenga las agallas de explicarme a qué viene el ataque. Mi confianza, traicionada. Me he acabado enterando de un cúmulo de cosas que se acumulaba a mis espaldas para acabar estallando como una fosa séptica y salpicándolo todo de inmundicia.
He abandonado a muchos amigos, no tengo reparos en admitirlo. Pero tampoco tengo reparos en admitir que jamás, JAMÁS, he abandonado a alguien que no me haya dejado antes en la estacada. Puedo ser leal, pero no soy un perro que viene a lamer la mano del dueño después de que este lo haya apaleado.
Me he enfrentado a muchísimos amigos, también. A muchos más de los que me habría gustado, pero nunca lo he hecho por gusto. Si me he puesto en contra de gente que he tenido a mi lado, ha sido porque estaban tomando caminos en los que yo no quería verme implicado. Puedo ser leal, sí, pero mi lealtad no es ciega, y hasta yo tengo unos límites.


No hablo de estas cosas como alarde. Al final, lo que te acabas llevando son batallas perdidas, heridas por parte de quien no debería infligírtelas (o no en un mundo medio lógico) y mucho, mucho dolor.
Lo digo por si algún colgado sigue pensando que es guai ser como yo. Los dioses me libren de hacer proselitismo de esto.


Así que me voy a poner soberbio (es curioso, a veces hablamos de "soberbia" cuando sencillamente lo que que estamos haciendo es manifestar nuestra propia dignidad) por un momento. Me lo puedo permitir, considerando que mi vida no ha sido una colección de triunfos precisamente y que mi autoestima nunca ha sido para tirar cohetes. Así que supongo que por un día que diga "Mira, no", no pasa nada. Y si esto supone ofensa alguna para alguien, pues lo siento. Más me ofenden a mí muchas cosas que tengo que tragarme cada dos por tres y me han tenido que parecer geniales.
Me voy a poner soberbio cuando digo que igual no soy yo el que no vale. Que lo mismo es una locura, pero igual es mi Universo personal el que, en líneas generales, no vale un pimiento, si espera que agache la cabeza, que trague mierda y ponga buena cara o que me comporte como un hipócrita. Lo siento mucho si alguno de vosotros espera eso de mí, pero si es así, habéis dado con la persona equivocada. Cometo errores, sí, e insisto. Pero son errores. Cuando me la han jugado a mí, no he visto tales errores en la mayoría de casos: he visto cerdadas hechas con total consciencia y, lo que es más fuerte, sin asomo de arrepentimiento. Incluso he llegado a ver sorna y cachondeo cuando se me ha llegado a tocar la moral a dos manos, para luego juzgar mis decisiones en cuanto yo actúo en consecuencia.


"¿Por qué tan serio?"


Y encima he tenido que "tomármelo bien". Por cojones, pese al hecho de que es harto evidente que yo jamás haría algo así. Ni se me ocurriría, vaya. No adrede, ni a sabiendas.
¿Se supone entonces que yo soy aquí la mala persona? ¿El que toma las decisiones desafortunadas? No, queridos. Hacedme el favor de meteros vuestros juicios de valor por donde os entren, y meteos, ya de paso, en la cabeza, que yo me portaré con vosotros tal y como vosotros os portáis conmigo. Así que en lugar de pensar en lo desproporcionado de mis reacciones, lo mismo podéis hacer examen de conciencia y recapacitar si a lo mejor os habéis comportado de una forma deshonesta conmigo... en el caso de que tengáis conciencia, claro.
En lugar de pensar si soy una persona que no sabe guardar según qué secretos, podríais pensar si vosotros deberíais vivir con tanto secretismo. Porque lo mismo no es el hecho de que alguien pueda revelar un secreto lo que haga peligrar vuestras vidas; puede que sea el hecho de que os pasáis la vida ocultando cosas lo que sea un peligro.
En lugar de pensar y reprocharme que no estoy ahí para daros la palmadita en la espalda o besar el culo a gente que no creo que haya que besárselo, tal vez podríais pararos a pensar que yo no sirvo para los falsos halagos ni para aplaudir putadas. O que esa gente que lo mismo es tan maravillosa para vosotros para mí no lo es por alguna razón de peso. Porque, vamos a ser claros de una vez por todas: ¿A mí cuándo me habéis visto de emprenderla con alguien sin motivo? Aquellos que me conocéis sabéis que, si le echo la cruz a algún ser vivo a este lado de la Vía Láctea, lo hago siempre por varias razones, y generalmente procurando fundarlas muy, muy bien, o todo lo bien que puedo. Así que, por favor, no me vengáis con payasadas de "Disimula ante no sé quién" y "Que no se note que te cae mal". Si queréis fingir y ser hipócritas, adelante. Pero no me forcéis a mí a serlo.


¿Perdona?


Sé que por esta clase de cosas he perdido a muchos amigos... y seguiré perdiéndolos, me temo. Que esto ha hecho que muchos otros se distancien de mí y que otros hasta me eviten. He llegado al punto en que yo no puedo tomar las decisiones de otros. Todos sois libres de elegir, bien seguir a mi lado, bien tomar vuestros propios caminos. Yo he hecho lo mismo con otros muchas veces y aquí sigo. Pero me va quedando cada vez más claro que lo que no puedo es traicionarme a mí mismo, ni a aquello en lo que creo, ni a aquello que creo ser.

¿Qué creo ser?
Buena pregunta. Supongo que solo intento ser lo mejor persona que puedo ser. Intento dar lo mejor de mi mismo, pese a todos mis defectos, a todos mis pecados y a todos mis errores, que no son pocos. Soy una persona con una conciencia que anda todo el santo día martilleándole en el cerebro y que hace lo posible por poder aguantar la mirada cuando se mira al espejo. Soy la clase de persona que intenta dormir bien por las noches, aunque esto último le cuesta bastante.
No creo, pese a lo que digáis, que sea mejor que los demás. Si lo pensáis, bueno... hacédmelo saber, para que lo apunte en la lista de cosas que se suelen decir sobre mí a la ligera. Creo que ya debo ir por los doce volúmenes o así.
No, no creo ser mejor que los demás... pero sí tengo la voluntad de serlo. De mejorar como persona día a día y poder callar de una vez mis voces, pero no por haberlas ignorado, como sé que habéis hecho muchos, sino por conseguir que no tengan nada que decir. Esa es la clase de persona que soy, y la clase de persona a la que aspiro.

Podéis ser testigos de ello, o podéis hacer como muchos de los que han estado a mi lado a lo largo de los años: desaparecer y formar parte de otro de esos capítulos de mi vida que quedan cerrados. Como he dicho arriba, yo no puedo decidir por vosotros.

miércoles, 7 de marzo de 2018

Escupiendo Rabia- El efecto Mi(er)das, o cómo convertir las redes sociales en un puto estercolero



Existe una cosa que se llama decoro.
Es un principio básico que aparece en la mayor parte de sociedades civilizadas. Es el principio social por el cual uno (siempre y cuando no sea un puto enfermo) no va a un parque lleno de críos de cinco años y se saca la chorra. Es exactamente el mismo principio por el cual uno no se mete en un restaurante y se saca la chorra. Coño, es incluso el mismo que nos impide sacarnos la chorra cuando vamos al supermercado de la esquina.
Para entendernos, chorras aparte, es ese principio que nos dice "aquí no, tío, aquí no, que la estás cagando". Dicho de otro modo, es una especie de recurso social que tenemos para tener un comportamiento medianamente coherente con el entorno que nos rodea.
Sí, sé que estoy machacando mucho con esto. Pero quiero insistir en ello, por si luego algún alma de cántaro me dice que no lo pilla.


Algo así, pero con chorras de verdad.
Para aquellas personas no familiarizadas con los miembros viriles, aclaro que el miembro viril que se ve en la foto no es real.
Por lo general no tienen ese tamaño.
No en reposo, al menos.


Vamos a retroceder unos diez años en nuestras fantásticas y fabulosas vidas. Movámonos a esa época que igual no todo el mundo recuerda bien, a finales de la primera década de 2000. En esa época fuimos testigos del auge de las redes sociales, y oye, podemos decir que la cosa funcionó a grandes rasgos. Servía para mantenernos en contacto con gente que vivía lejos, más allá del Mechenguers (¡Qué tiempos aquelllos!) y poco tiempo antes de que Guachaps fuese la realidad extendida que es hoy. Sirvió también para reencontrarse con gente que había tomado otro camino y darnos la oportunidad de volver a seguir en el mismo barco. No sé lo que pensáis vosotros, pero desde mi punto de vista la cosa funcionó, al menos en términos generales. Que bueno, luego al final es lo de siempre: que pierdes el contacto igualmente con esa persona que no veías desde el preescolar, pero oye, lo has intentado. Y si no, siempre podías cotillearle las fotos (no vayáis de santos, sé que lo habéis hecho).


Internet puede ser un lugar maravilloso.


Y luego estaban las aplicaciones chorras y los tests de coña, donde contestabas a unas cuantas preguntas super generales y te decían que, si fueras un miembro de los Vengadores, serías el Capitán América. Poco después, se vivió la época de los grupos que sonaban a cachondeo, del tipo "Señoras que van por la calle con una bolsa en la cabeza cuando llueve" o "Yo también me puse palote viendo a la princesa Leia en bikini en El Retorno del Jedi". En resumidas cuentas, hablamos de una época en que redes sociales como Feisbus dejaban claro que la cosa estaba para echar el rato. Para desconectar de nuestras aburridas vidas y para, por qué no, hacer el mongolo subhumanoide con tus colegas, o con colegas de colegas.

Siempre había, por supuesto, alguna discusión. Se te entrecruzaba algún gilipollas al que, tras haber intentado razonar un poco (si eras una persona medio civilizada), mandabas a cascarla tras un debate más o menos intenso. La cosa es que el asunto quedaba ahí. La gente se bloqueaba y no se volvía a saber de ellos. Pero podemos decir que, a menos que uno fuera un buscabroncas profesional, eso NO era para nada lo habitual, sino que podía pasar por lo anecdótico. En general era un sitio en el que podías hartarte de reír si dabas con los colegas adecuados, bien soltando chorradas, bien subiendo algún vídeo de Yustube en el que otro la hacía por tí. O subías alguna canción de los Judas Priest y tenías a tus colegas diciendo que Halford es el Puto Dios del Metal Sobre La Puta Tierra.



Ahí está el tío.


Eran otros tiempos.
Pasamos a los últimos años de esta década y estamos viendo que ese carácter social y lúdico se ha ido por el retrete y lo único que parece haber permanecido es una enooorme diarrea sociopolíticomental que impregna de caca plastosa, grumosa y oleaginosa, que rezuma un olor como de mostaza hervida. Donde había cachondeo ahora lo que tenemos son plataformas reivindicativas, que tienen una fecha de caducidad más corta que las canciones del verano (hablando de una forma tristemente literal). Hoy se reivindica una causa y tienes al personal enarbolando el puño en alto, indignadísimo e intentando concienciar (lo que se puede ir traduciendo de una forma no demasiado libre como "dar por culo al prójimo, intentando lavarle el cerebro para sumarlo por cojones a la causa de la semana") al personal acerca de lo que se supone que está defendiendo. Hoy te dicen que Lo Que De Verdad Importa Por Encima De Cualquier Otra Puta Mierda En La Que Estés Pensando es, no sé... salvar a los indios Guachimochi que viven en la selva Tocomocho al sur de Paraguay. Tú, pobrecito, que ni te has enterado de que salió una noticia en el telediario de ayer (sí, de esas de relleno) en que uno de esos indios estaba enfermito en alguna parte (exactamente del mismo modo que millones de personas están enfermitas en todos los rincones de este mundo, por desgracia) y ahora resulta que no estás a la moda. Antes de que te des cuenta, tienes hashtags y gente haciéndose camisetas con la foto del pobre indio enfermito, que probablemente ni siquiera se esté enterando de que lo están usando como objeto de merchandising y, de una forma más triste todavía, ni siquiera vea un duro en derechos de imagen. La cuestión es que, si no perdemos de vista al pobre indio, nos damos cuenta de que unos días después, deja de molar y todo el puto planeta se olvida de él. Él y su tribu seguirán pasándolas putas y toooda esa gente que se había puesto chapitas y había vendido camisetas con su cara ahora está pensando que Lo Que De Verdad Importa Por Encima De Cualquier Otra Puta Mierda En La Que Estés Pensando Es... pues yo qué sé. Acabar con el gobierno de no sé quién en un país que hasta hace tres días al personal se la sudaba. Puede que muchos ni siquiera supieran dónde estaba.



Hora de ponerse la chapita que toque.


Es algo así como la cultura pop, para entendernos.
Tomemos la analogía de la canción del verano que he mencionado antes. Multipliquémosla por cien y dividamos su tiempo de vida por diez. Así pues, tenemos elementos que causan un fanatismo mucho más jodido que eso de que te pongan a King África cada cinco minutos en la feria de tu pueblo, con la cosa de que en lugar de durar los dos meses y pico de verano, dura como una semana. Esto podría ser bueno, si tuviéramos en cuenta que una canción del verano da por culo un par de meses y luego desaparece de por vida, hasta el verano siguiente, donde el ciclo de la morralla musical resurge.
El ciclo con la mierda ideológica es algo mucho más efímero. No terminamos de asimilar una plataforma reivindicativa online cuando han surgido dos o tres, que pugnan por ser El Puto Tema Candente De Moda. Hoy en día no puedes hablar de nada en plan normal; todo tiene que ser una puta polémica, una controversia de tres pares de cojones o un fenómeno viral. Aunque, en el fondo, no haya una puta mierda de que hablar. Recordemos el caso del vestidito aquel de marras, que tuvo acaloradísimos debates acerca de su color. Surgieron expertos en gamas cromáticas debajo de las piedras. De pronto, todo el mundo era diseñador gráfico, experto en tarjetas gráficas, dominaba el Fotochós, tenían licenciaturas en imagen y vete a saber qué más. Todo por llevarse el gato al agua en eso de llevar la razón. Todo por un puto vestido que, a fin de cuentas, no tenía mayor importancia. Y, de haberla tenido, no se habría solucionado un coño zurrido en manteca por haber dejado una cantidad escandalosa de comentarios en una red social.


Ahí está el tío.


¿Os acordáis de los ejemplos de sacarse la chorra en público que he mencionado al principio de este post? Pues esto es el equivalente digital. Y demos gracias a que la gente no se saca la chorra de verdad porque sitios como Feisbus son de un puritano que te cagas y se afanan en censurar hasta los pezones de la Venus de Boticelli.
Coñas (o no tan coñas) aparte, vamos a quedarnos por un momento con lo de la plataforma reivindicativa. ¿Estoy diciendo con esto que es malo reivindicar cosas? No, para nada. Todos lo hacemos en un momento u otro de nuestras vidas, o lo hacemos aquellos que creemos que hay cosas por las que merece luchar. Es respetable.
Quizás el problema surge cuando eso de reivindicar se convierte en una moda para, como digo, sacarte la chorra y hacerte el guai delante de gente que:

a) Ya estaba de acuerdo contigo
b) Le importas una puta mierda
c) El tema le importa una puta mierda y no te va a hacer ni puto caso
d) Gente a la que el tema le importa una puta mierda, pero posturea igual y lo vais a acabar convirtiendo en una especie de competición a ver quién reivindica las cosas de la forma más borrica.
e) Todas las anteriores (que no son del todo compatibles entre sí, pero ya estamos llegando a un punto en que la lógica se va a tomar por culo).


¡Eso, eso! ¡A la mierda la lógica!


Pasa además que nuestro concepto de "Tontopollas" ha cambiado por completo de significado. Me explico: hasta hace algunos años, todos conocíamos a un tontopollas. Los había de muchos tipos, pero generalmente era ese tío que, si bien no era colega tuyo, era el colega de algún colega. O el primo de algún colega. O era el clásico "arrimao" que no era colega de nadie, pero se te pegaba a ti y a tus colegas como una puta ladilla y lo estabas aguantando mientras decía gilipollez una tras otra hasta que se largaba o hasta que alguien lo mandaba a tomar por culo. Vemos tontopollas a diario: en las barras de los bares cuando nos estamos percutiendo un chanwis mixto, en la cola del súper o en el autobús. Son esos que empiezan a soltar tal clase de mongoleces que no hablamos de algo con lo que estés o no de acuerdo: es que no tienen por dónde cogerlas. En esencia, el tontopollas siempre se ha considerado como eso, como un tontopollas, y como tal, nunca lo hemos tomado en demasiada consideración. Un día te decía que se había circuncidado a sí mismo con la tapa de una lata de aceitunas y tú te encogías de hombros y decías "es que es tontopollas, macho, no se puede esperar más". Y luego seguíamos con nuestras historias.


Ya me entendéis.


Hoy en día la cosa no funciona así. El mundo digital, como he comentado, hace que la gente se una... para bien y para mal. El ostracismo de los tontopollas ha pasado a la historia y ahora se acaban uniendo unos a otros, de tal manera que ya tenemos una especie de movimiento de tontopollez organizada. Porque todo debe ser un movimiento o un colectivo social. Antes pasabas de comer carne y arreando. Ahora tienes que formar parte de una comunidad que explique al mundo por qué está mal comer carne. Antes te hacías las pajas a mano contraria y ahora te pones una etiqueta molona como "Counterwanker" ("Contrapajero". Antes de que lo preguntéis, me acabo de inventar el término) y creas toda una subcultura acerca de tus hábitos masturbatorios. Y, faltaba más, la cosa consiste en sentirse putamente especiales y andar convenciendo a los demás de que cascársela con la mano hábil es:

a) Algo obsoleto
b) Por algún motivo, inmoral
c) Ofensivo para el colectivo de los Counterwankers
d) Símbolo de algún sistema social represivo que vete tú a saber qué coño tiene que ver con la mano con la que te la meneas.

Antiguamente llamábamos a estos seres tontopollas y nos quedábamos tan panchos. La cuestión es que, al hacer piña, ahora exigen un respeto totalmente inmerecido. Aquí es donde muchos os echaréis las manos a la cabeza y me diréis que cómo se me ocurre decir tal cosa. No nos rasguemos las vestiduras, pipiolos: el que os ha parecido un gilipollas, os ha parecido un gilipollas toda vuestra puta vida. Si una persona ha sido una ignorante y ha hecho gala de su ignorancia, os ha parecido un gilipollas. Si ha actuado de una forma prepotente, aun a sabiendas de la estupidez que ha dicho, os ha parecido un gilipollas. Que ahora haya todo un colectivo de Tontopollas Unidos no les da la razón en nada ni los hace menos tontopollas. Solo más ruidosos y más porculeros, pero nada más.


Bueno, yo iba a subir una foto de alguien chillando, y aquí la tenéis...
Pero, entre vosotros y yo.
¿No os recuerda a la cara que ponemos al cagar?
Porque la mía se parece bastante, no voy a mentiros.


Es otro de los problemas que están surgiendo en esta nueva subcultura de plataformeo posturil organizado, que es la del miedo. Antes no había miedo en decirle a alguien que se fuera a cagar cuando estaba soltando una subnormalidad del tamaño de Texas. Ahora se ha formado una especie de tiranía del Buen-Rollito-Por-Cojones que es más falsa que Judas. Esta tiranía consiste, básicamente en dar la razón a las plataformas de tontos del culo so pena de quedar como unos intolerantes, unos intransigentes o como el enemigo que la plataforma en cuestión haya decidido tener. A ese punto hemos llegado en que a veces hasta nos da miedo estar en desacuerdo con los más beligerantes, a menos que queramos meternos en una discusión sin puto sentido, o que llegue un pobre desgraciado (que otro nombre no tiene) que no te conoce de nada y empiece a psicoanalizarte, hablando de tus motivaciones, tu infancia y de la relación que tenías con tus yayos a los cuatro años.

Esta movida se ha llevado a tal extremo que los tontopollas de plataforma se han hecho fuertes y, no contentos con eso de que cualquier puta cosa que no les guste les haga montar un pollo que ríete tú de las peleas de jebis en billares en los 80, toman la preciosa idea de organizar cruzadas.
Eso de organizar cruzadas, así contado, suena chulo. Una causa noble que defender y batallar contra un mundo injusto, armado con tu tesón y con tu fe y...
Bla, bla, bla.
Vamos a dejarnos de paridas. Eso de montar una cruzada hoy en día consiste, no en pasar de lo que no te gusta, sino en esforzarte por erradicarlo de la faz de la tierra de tal manera que NADIE MÁS pueda siquiera plantearse si merece la pena o no. Os pongo un ejemplo algo chorra, pero creo que así se pilla fácil: pongamos que no os gustan las lentejas, como a un servidor. A mí aparte es que me sientan como una patada en los cojones, ¿vale? Pues oye, yo me limito a no comerlas y santas pascuas.
Una cruzada de estas chupiguais no se queda ahí, no: consiste en decir que las lentejas son una ofensa contra la puta sociedad y en empezar a recoger firmas para que sean eliminadas de todos los putos supermercados. En perseguir a aquellos que les gustan las lentejas. En invitar a la reflexión acerca de si las lentejas tienen cabida en nuestro mundo (aunque esa reflexión sea totalmente unilateral y no invite a un debate justo, con todas las opiniones posibles).


"Por supuesto, todas las voces en este debate se escucharán y se respetarán"
Entre paréntesis: (porque las que no eran afines a la ideología dominante ya fueron previamente segregadas)


Pero vamos más allá. Supongamos que alguien, un buen día, sube una foto suya de una matita de lentejas que ha cultivado en su terraza, ¿vale? Ese alguien, como dé con lentejofóbicos que vean la susodicha foto, ya se puede ir buscando una nueva identidad y mudarse a una isla en las putas Hébridas porque no van a parar hasta hacerle la vida imposible. Irán desde "borra esa puta foto" a "con esas lentejas estás ofendiendo a todos aquellos que no pueden comerlas". Habrá otros que les pasen sus vídeos de Llustubes para hacerlo reflexionar acerca de por qué las lentejas son inmorales y deberían estar más extintas que los putos dinosaurios. Otros directamente le amenazarán de muerte.
Todo por una puta foto de una matita de lentejas.

Lo terrible y desquiciante de todo eso es que esos mismos que propugnaban su odio contra las lentejas (y además pregonan la intolerancia que sufren a manos de los "lentejófilos") de aquí a unos días se acaban olvidando del asunto y no solo se dedicarán a acuchillar a los fans de la fabada, sino que tendrán los santísimos cojones de decir que para sanas, las lentejas. O bien les importará todo eso una triste mierda e irán a ponerse una chapita para salvar el Amazonas (el cual hasta el momento les importaba un huevo).


Otro con sus chapas.
Empiezo a sospechar que hay muchos más de los que parecen, solo que la mayoría no se pone todas las chapas a la vez.
Y no físicamente.


Y quizás ese es el quid de la cuestión.
Aquí entro en el terreno de la especulación y lo que es mi percepción personal, ¿vale? Posiblemente esté equivocado, o alguno de vosotros vea algo en lo que yo no haya caído. La cosa es que, tal y como yo lo veo, la principal razón de que tanta causa y tanta plataforma surja y desaparezca a tal velocidad es que no hay absolutamente nada detrás. Ni interés, ni conciencia ni preocupación reales. Es tan solo una moda que seguir, como las lentejuelas en los 80 o eso de parecer un primo del Cobain en los 90. Un movimiento que seguir porque toca seguirlo, pero no porque creas en él. Me resisto a creer que en cuestión de un par de años una persona haya creído ya en prácticamente de todo. Más cuando ha dicho creer en esas cosas solo cuando le ha tocado. Es algo así como esa especie de obsesión proveniente del país del sol naciente (sí, ese país que empieza con una risa y acaba con una explosión) por la cual si no te pones una etiqueta con la que identificarte o no formas parte de tal o cual tribu urbana, no es que se te mire como un bicho raro: es que no se te mira y quedas como parte de la homogénea masa nipona. Una gotita de yogur.


Es yogur, ¿vale?


Puedo equivocarme, pero es la impresión que tengo. Tanta beligerancia exprés, tanta indignación efímera... al final, da la impresión de que vivimos en los putos dos minutos de odio que nos decía Orwell. Hoy nos cagamos en los muertos de no sé quién porque (creemos que) ha dicho no sé qué; mañana pedimos la ejecución pública (sin juicio, porque pa qué) de no sé quién porque (la prensa ha dicho que) ha cometido tal o cual delito. Pasado quemaremos los libros de alguien porque (alguien ha dicho que) era de tal condición. Y así podemos seguir, rajando obras de arte en museos para visibilizar tal causa, o directamente escondiéndolas para poner en su lugar un puñado de post-its donde gente sin criterio alguno puede soltar la mierda que tenga en la cabeza y ponerse a la altura de... bueno, de todos los demás.
Dentro de una semana, tal vez, se reúna un grupo de gente que empiece a hacer presión para prohibir los pantalones vaqueros porque los consideran una prenda ofensiva por vete a saber qué razón de mierda; y habrá otros tantos que piensen que es una parida pero no se atrevan ni a toserles porque vaya a ser que queden como unos intransigentes o los amenacen.


—Pero... ¿Qué coño hacéis?
—Aquí, quemando los libros de un intolerante.
—Bueno, ¿no trae más cuenta que, si no os gusta algo, no lo leáis? ¿Es necesario borrarlo del mapa?
—Cierra la puta boca, subnormal, o te quemamos a ti también.


Y puede que algún día, tengamos que rendir cuentas a los grupos que más chillan acerca de por qué no pensamos como ellos. Puede que incluso acabemos teniendo que llevar algún tipo de marca que nos distinga como disidentes, o que se nos condene a que no podamos expresar jamás nuestro punto de vista en un medio público. Puede que al final, las redes sociales acaben siendo dominadas por aquellos que más chillan, por los ignorantes que piensan que su derecho a opinar sobre algo que desconocen está al mismo nivel que el de aquellos que sí. Es posible que al final, todos esos que usan lo que antes era un medio lúdico para entretenerse y, si acaso, comentar asuntos serios cuando era menester, hayan usado un análogo escatológico de la maldición del rey Midas y en vez de oro estén  convirtiendo las redes sociales en mierda aceitosa y con más grumos que el Cola-Cao tradicional: un caldo de cultivo para el odio, la piel fina, la intolerancia, la falsa corrección política, el puritanismo, las posturas extremas, la crispación, las amenazas, la violencia verbal, la hipocresía y la ignorancia.
En resumen, en un puto estercolero.

domingo, 4 de marzo de 2018

Mondo Chorra- Camina



Camina, viajero.
Un paso tras otro, recorre el trayecto hacia la puesta de sol. El ocaso te espera y algún día, lo quieras o no, llegarás a él. Quizás entonces, te reencuentres con aquellos que perdiste por el camino. Quizás, solo quizás.
Sigue caminando. Cada paso que das, sientes, se hace más duro. Tus botas están desgastadas y han coleccionado polvo de tantos senderos y veredas que ni siquiera recuerdas su aspecto original. Sus suelas ya apenas te protegen de las afiladas piedras que minan el camino. Puedes notar las heridas abiertas, sangrando, en tus pies.
Tu espalda, maltrecha y dolorida, soporta la carga de tu fardo. Con cada movimiento que das, este se va llenando, aumentando su peso. Te preguntas cuándo llegará el momento en que se desborde... pero eso todavía no ha sucedido. Simplemente sigue ahí, sobre tus hombros, acumulando todo cuanto encuentra por el camino. Útil, inútil... el fardo no distingue. Tan solo atrapa todo cuanto encuentra a su alcance.
Continúa tu viaje, acompañado solo por tu sombra, que parece alargarse más y más en este eterno día. Por tu sombra y por las voces que resuenan a tu alrededor. Unas más fuertes, que se clavan al alma; otras que, con el tiempo, se vuelven borrosas y distantes. Voces de aquellas figuras espectrales y etéreas que, durante un tiempo, caminaron a tu lado. Espejismos, pues este es un camino que estás condenado a recorrer solo. La compañía es temporal y solo es cuestión de tiempo que las siluetas se desvanezcan y las risas dejen de burbujear. El ocaso te espera algún día, y a él accederás sin más compañía que la de ti mismo.
Prosigue tu camino, tratando de ignorar las llagas que anidan en tu interior. Heridas que jamás cierran; si acaso, se vuelven más soportables o, mejor dicho, simplemente aprendes a vivir con ellas. No importa que parezcan abrirse más y más a cada paso. No importa que empapen de sangre tus ropas. Con suerte, se convierten en dolorosas cicatrices, amargos recuerdos de lo que viviste. De las batallas que luchaste. De tus errores, tus pecados, tus delitos y tus faltas. Es por eso, viajero, que tus ropas se han teñido pardas y se han vuelto incómodas, bajo la espesa costra que las recubre. Si prestas la debida atención, podrás oír cómo crujen; podrás sentir cómo cada pliegue se afila y roza tu piel, abriendo nuevas heridas. Si pudieras detenerte por un segundo y desnudarte bajo el sol de justicia al que te diriges, descubrirías que tu mismo cuerpo se asemeja bastante a un mapa. Un mapa de laceraciones y abrasiones. Senderos de carne cortada. Valles de piel arrancada. Ríos de sangre fresca. Suaves elevaciones de tejido cicatrizado. Ya no existe el terreno virgen. Todo, absolutamente todo, se muestra devastado.
Otro paso más, viajero. Observa el camino que te rodea. Alza la vista, contempla el cielo y maravíllate, para luego tropezar con otra piedra y caer de bruces. Destroza tu rostro contra el suelo, clava esas rodillas despellejadas que tienes y ponte en pie para volver a caminar, en un ciclo eterno de auge y caída. Deja tras de ti ese reguero sanguinolento. No importa: tienes más sangre en tu interior que derramar. Pisada tras pisada. Día tras día.
Sigue, sigue caminando. Observa, escucha, intenta entender. Deja que tu corazón lata más deprisa para luego resecarse. Sístole y diástole. Crea, cree en lo que has creado y contempla, paralizado, cómo se destruye. Fíjate en cómo el sendero que recorres se enfría a tus espaldas. Cómo el hielo crece a tu alrededor. Cómo la hierba se seca, las flores se marchitan y los animales mueren y se pudren. Observa cómo las ciudades se derrumban y sus habitantes se pudren. Observa cómo los amantes se destruyen al tiempo que se destruyen a sí mismos. Contémplalo todo como un reflejo de tu interior. De tu alma.
De tu camino.
Camina, viajero, y procura no pensar en si realmente conservas la fe o es solo inercia. Procuras luchar contra la adversidad cada vez que las piedras y la maleza entorpecen tu camino. Rezas por que cada recodo del sendero sea el correcto. Porque cada bifurcación te lleve a tu destino por la ruta más correcta. Reza, sí, pero consciente de que la fe y las oraciones no son más que plegarias, y el camino no entiende de súplicas. Simplemente está ahí, para que lo recorras. Cada decisión es tuya. Cada error, seas consciente de que lo cometes o no, es tuyo. Cada metro que recorres es una dura brazada hacia la puesta de sol.
Recorre el sendero. Sigue observando. Luchando. Creando. Cayendo. Volviéndote a levantar, una y otra vez.
Un paso más.
Siente cómo las rocas se clavan sobre tu carne.
Otro.
Ecos en tu cabeza.
Otro más.
La piel de tu torso se ha desgarrado por completo y tus costillas ya quedan al aire.
Otro más.
Tienes el viento en contra.
Otro más.
El camino se vuelve cuesta arriba.
Y otro.
Un nuevo tropiezo.
Estás sobre un charco de sangre.
El cuerpo te duele tanto que te preguntas por qué sigues consciente.
Y, cuando quieres darte cuenta, estás de nuevo de pie.
Un  nuevo paso.
Todo sigue doliendo.
Otro más.
Estás sangrando de la cabeza a los pies.
Otro más.
Tu cuerpo entero está en carne viva.
Otro.
Las heridas empiezan a infectarse.
Y otro.
Supuran.
Otro más.
Sangre y pus plagan la enorme herida viviente que eres ahora.
Pero sigues andando.
Porque no sabes hacer otra cosa.
Porque no tienes a dónde ir.
Porque el final de todos los caminos es el ocaso.