sábado, 28 de abril de 2018

Escupiendo Rabia- Sobre justificar auténticas burradas y otras cosas igualmente preciosas





A veces suceden cosas que nos resultan espantosas. Creo que no necesitáis que os dé detalles acerca de lo que hablo. No cuando vemos la indignación popular, las manifestaciones, la rabia (bastante justificada, por cierto) y lo que vienen siendo cosas que nos parecen terriblemente injustas. Más allá de entrar en detalles acerca de un caso del que no tengo todos los datos (ni tampoco soy abogado), hablaré de esto desde otro ángulo. El ángulo de lo que considero que somos, como sociedad, y cómo tratamos este tipo de cosas, en general. Antes de que nadie se me eche las manos a la cabeza, me veo obligado a explicar según qué puntos antes de empezar. Sé que no debería, pero hay mucho imbécil suelto que se cree psiquiatra y quiero dejar las cosas claritas ante todo.

1) No justifico NADA. De hecho, si aguantáis leyendo esto hasta el final, veréis que precisamente denuncio las justificaciones.
2) En movidas así, una vez he visto ya una condena firme (la cual no comparto personalmente), aunque respete la ley, me posiciono con la víctima. Antes de la condena prefería no hablar, porque lo suyo es dejar que los profesionales de la justicia actúen. Porque para eso ellos son profesionales y yo no.
3) El hecho de que yo no esté de acuerdo con la sentencia no significa NADA. Solo significa que no me parece bien que gente que lleva a cabo según qué cosas (insisto, gente ya declarada culpable ante un tribunal) no reciba una pena mayor, independientemente de las razones que se han hallado para reducir su pena. Con lo cual, yo puedo decir misa, pero realmente no tiene trascendencia.
4) Creo que mi postura de PUTO ASCO ante el concepto de machito alfa, movidas como violencia, humillaciones, abusos de cualquier tipo y demás queda sobradamente patente no solo aquí, sino en cualquier otro texto que haya escrito previamente. Si no lo pilláis o pensáis que apoyo ese tipo de salvajadas, os invito a que os metáis en un curso de comprensión lectora antes de dar el coñazo a un servidor.
5) Que haga un alegato en contra de destituir a los que han dictado una sentencia no quiere decir que esté de acuerdo con ella, ni que me parezca bien cómo tenemos concebido el código penal ni cualquier pensamiento remotamente semejante. Simplemente digo que no creo que sea esa la manera de hacer las cosas.
6) Si pese a esta declaración de intenciones alguno de vosotros sigue pensando que estoy defendiendo, justificando o poniéndome de parte de un sistema de mierda, ya no hablamos de una materia de opinión. Estaréis poniendo palabras en mi boca de forma deliberada y tergiversando lo que digo para hacer un juicio de valor acerca de mi persona, como si me conocierais, como si tuvierais vuestro título de psiquiatra o como si tuvierais el más mínimo derecho a ello. Si sois de ese palo, desde aquí os digo que os vayáis a tomar por culo, porque eso es lo que hace un hijo de la grandísima puta. Y sí, esto último sería un juicio de valor, pero vosotros habríais empezado. Haberos metido la lengua en el culo en su momento.

Dicho esto, empezamos:

Somos una sociedad que busca culpables. No importa tanto encontrar la raíz de un problema y buscar el modo de atajarlo como dar con una cabeza que ruede, aunque ello implique que el problema se perpetúe una y otra vez. Es posible incluso que tengamos una percepción algo distorsionada de las cosas y realmente no busquemos soluciones, sino apaciguar nuestras iras, nuestras frustraciones, nuestra rabia contenida día a día.
Quizás es por eso que, cuando el sistema no nos satisface, no buscamos tanto cambiarlo como buscar un chivo expiatorio. Quizás eso nos permite, en nuestro fuero interno, sentirnos como justicieros o como héroes del momento, con la implicación justa o con la responsabilidad medida con cuentagotas. Nos sumamos a la masa, al pelotón de fusilamiento y apretamos el gatillo, pero ninguno de nosotros está seguro de cuál ha sido el balazo que mata al ajusticiado. "Habrá sido otro", decimos, "pero se ha hecho justicia y es lo que importa", añadimos. Mañana nuevas injusticias se cometerán y allí estaremos para ahorcar a quien consideremos necesario. Por culpables no me refiero tanto a los ya condenados (desde mi visión de lego en leyes, más culpables no los puedo ver), sino a aquellos que los han procesado.


"¿Quién vigila a los vigilantes?"


Con los hechos más recientes que he estado viendo es un poco así. Hemos visto una condena que nos ha parecido aberrante (y podemos decir que lo es), pero ni siquiera nos hemos parado a pensar que esa condena viene de un código que debe ser revisado y reformado acorde a los tiempos que vivimos, donde las sensibilidades hacia cierto tipo de actos son (o deberían ser) mayores. No, en lugar de eso hemos tomado las horcas y hemos cargado contra los que han aplicado la ley. Una ley injusta, pero aplicada tal cual. No, en nuestra mayoría no nos hemos planteado cambiar las leyes... principalmente porque ni las conocíamos. Ni nos hemos molestado, muchos de nosotros, en saber por qué se ha llegado a esa resolución que, insisto, es aberrante. Pero la cuestión es: ¿nos hemos planteado por qué se ha llegado a una solución así de aberrante?

Ante esta pregunta, muchos empezarán a hacer lo que se suele hacer en estos casos, y lo que llevo ya hablando un buen rato: buscar un culpable. La ley la redactó fulanito, con su mentalidad de no sé qué y por eso deberían hacerle no sé qué, no sé cuántos. La ley responde a no sé qué, y ese no sé qué debería ser erradicado de la faz de la tierra. Demasiados no sé cuántos que, al parecer, tienen que pagar... pero nadie (o casi nadie, claro), que yo sepa, parece plantearse una vía diferente: ¿Y si pasamos de todos esos no sé cuántos y, con las experiencias vividas, decimos "No, nada de rodar cabezas. Vamos a arreglar las cosas de una puñetera vez"? ¿De qué sirve inhabilitar a quienes aplican la ley si mañana, con esa ley aun vigente, se volverán a repetir estas aberraciones? ¿Es acaso nuestro concepto de lo que es justo tan limitado que, en cuanto que vemos algo que no funciona, matamos al mensajero y nos quedamos ahí?


Algunos ya es que son más jueces que Dredd.


Es algo curioso: vivimos en una época extraña, en la que todo el mundo afirma hacer reflexiones intelectuales, donde se ve mucho más allá de lo evidente (a veces, con una creatividad que roza lo psicotrópico), pero al final, la mayor parte de esas reflexiones acaban enfocándose en direcciones muy similares. Con matices, con mayor moderación o extremismo, la mayoría de los dedos señalan a la misma dirección, aunque intenten convencernos de que hablan desde el libre pensamiento. Pasa el tiempo y las voces discordantes se acallan y empiezan a limarse, hasta el punto de que da la impresión de que tienen miedo a hablar una vez sus palabras no coinciden con las del pensamiento dominante. Dicho de otro modo, aunque se pueda estar de acuerdo en el fondo, parece que si no se suscribe al 100% un sistema completo de creencias, se forma parte de una ideología repugnante que debe ser exterminada a cualquier precio.


Estas ansias de linchamiento disfrazadas de justicia me hacen pensar que cualquier día vamos a acabar votando por burradas tipo La Purga y nos van a parecer de puta madre. Es decir, algo que es abiertamente aberrante, pero lo abrazamos simplemente porque nos suena bien y porque nos da cierto permiso para "desfogar".


Y eso es lo verdaderamente peligroso.
Cada vez que veo una campaña por la justicia social, os juro que siento miedo. No porque la idea de fondo que se defienda sea noble o deje de serlo, o porque no la comparta. Estoy plenamente convencido de que los fines que se persiguen, en la mayor parte de casos, suelen ser nobles o, al menos, aquellos que los persiguen creen estar haciendo algo bueno. Hasta aquí, bien. Pero lo que me da miedo es la filosofía reinante de pensar que el fin justifica los medios. De creernos que si algo está mal, tenemos perfecta licencia para pisotearlo y destruirlo. De que todos aquellos que no estén de acuerdo con esa ideología de "Si las leyes son injustas, lo justo es saltarse las leyes" (en lugar de "Si las leyes son injustas, luchemos por cambiarlas, aunque así nos lleve una vida entera", que es algo como que cansa un poco más); de "Si alguien no está de acuerdo, o tiene una forma de ver las cosas diferente, debemos aplastarlo" (en lugar de "Si alguien no está de acuerdo y creemos que se equivoca, mostrémosle lo que creemos que es cierto para que su forma de pensar cambie... si es que realmente debe ser cambiada").


Ya con la idea de revolución se nos va un poco la pinza. Ser revolucionario no consiste necesariamente en liarte a hostias ni en liarla parda. Simplemente puede ser luchar por cambiar aquello que consideras que debe cambiarse. A veces este tipo de revoluciones llevan años, pero oye, también cambian las cosas.
Eso sí, no son tan fáciles ni tan molonamente guais de cara a la galería.
Hacen menos ruido y se ven menos.
Pero, ¿cuál es el objetivo? ¿Arreglar lo que está mal o que se sepa que hemos sido nosotros?


Al mismo tiempo, hemos caído en la contradicción de que absolutamente todo debe ser respetable. Usamos este argumento especialmente cuando nuestra opinión es la que está en entredicho, pero lo más curioso es que resulta que no todas lo son, lo he dicho mil veces: la opinión de un ignorante, por muy opinión que sea, no puede estar a la misma altura de la persona que sí sabe de lo que habla. La opinión de un extremista, por muy opinión que sea, no puede ponerse al nivel de respeto de una persona que no lo es. Parece que no nos hemos dado cuenta de que, si toleramos a los intolerantes, les damos manga ancha para que pisoteen cualquier forma de pensamiento que no sea la suya.
Si lo pensamos bien, puede que gracias a eso, estén ganando y cada día las opiniones sean más extremas, más beligerantes y más agresivas. Ya no consiste en que uno milite o deje de militar en un partido político, o que profese tal forma de pensar; ahora, si no te dedicas a cagarte en los muertos del que consideras "el enemigo" no eres un Verdadero Creyente y los que son "de los tuyos" hasta parecen mirarte con recelo. Algo así como una especie de concurso de a ver quién la tiene más grande (la ideología, claro), pero que en el fondo no supone absolutamente NADA.

No eres mejor defensor de algo solo por ser más agresivo.
No estás más concienciado por gritar más fuerte.
No eres mejor persona por querer erradicar a sangre y fuego a cualquiera que no agache la cabeza ante tus sacrosantos ideales.


"Exterminar. Exterminar. Exterminar".


Y con esto, quiero dejar claro que puedo entender la rabia, el malestar y el asco que se siente ante una injusticia. Yo soy el primero en sentirme así. Pero creo que en momentos de total indignación es cuando no podemos dejarnos llevar y debemos mantener la cabeza bien fría para encontrar soluciones. Para poner fin de una vez por todas a esas cosas que consideramos injustas, o que nos parecen abiertamente lacras para el mundo en que vivimos. Eso es algo perfectamente normal e incluso legítimo. Sin entrar en pormenores legales o valoraciones personales hacia tal o cual, quiero limitarme a lo que entendemos por lo que es justo (creo que todos sabemos lo que es) y lo que es legal (cosa de la cual no siempre somos del todo conscientes). No sirve de nada hacer rodar las cabezas de aquellos que se limitan a ejecutar leyes injustas porque, repito, mañana otros las ejecutarán igualmente. Los pelotones de linchamiento estaban muy bien en la Edad Media, cuando lo que había era una masa iletrada que lo único que quería era sangre por sangre y ya está. Hoy en día, se supone (insisto en el se supone) que hemos evolucionado un poquito y que tenemos un sistema que, pese a no ser el mejor (de hecho, tiendo a pensar que nuestro sistema penal es una blandurriez de tres pares), sí tiene opción de ser reformado. No es algo que resulte fácil, pero al menos sí respondería a una necesidad social. Sí sería efectivo, o al menos sería más efectivo que pedir la destitución de aquellos que han aplicado una sentencia aberrante. No: la sentencia es aberrante porque el código es aberrante. Pues entonces lo suyo es cambiar el código.


"Hay una anomalía en la Matriz".


Quizás pasa también que el código ha venido reflejando nuestra sociedad. Ante casos extremos sí es verdad que parecemos entrar en razón y nos damos cuenta de que como sociedad se nos va la mano en los juicios de valor, pero... vamos a verlo de esta manera: ¿Cuántas veces hemos oído, por parte de hombres y mujeres, que una chica es una fulana por vestir de tal o cual manera? ¿Por tener iniciativa sexual? ¿Por no ser "lo que se espera"? Con el corazón en la mano, decidme cuántas veces habéis escuchado por parte de gente (a veces sorprendentemente joven) decir que no les extraña que violen a una chica a causa de la vestimenta que lleva. Yo no sé vosotros, pero por desgracia, yo lo he oído más veces de las que me gustaría. Lo mismo que he oído llamar a una chica "guarrilla" (casi como sinónimo de "mujer") o decir, de forma muy despectiva, que se bajaría las bragas ante cualquiera, como si eso fuera materia de discusión por parte de la audiencia.
Por desgracia, si el código es así, es porque una buena parte de la sociedad ha venido pensando hasta ahora que una mujer, más que víctima, es materia de juicio haga lo que haga, o le pase lo que le pase. Y sí, poco a poco estamos cambiando, pero no creo que sea suficiente. A día de hoy, sigo escuchando términos como "lagarta" y derivados; sigo oyendo conversaciones allá por donde voy acusando a las mujeres de provocar o de usar su sexualidad para conseguir sus fines. Y no es algo que oiga una vez cada cuarenta mil años. Es algo asquerosamente habitual.


Y ya sin entrar en la cantidad de gente (mujeres jóvenes incluidas) que piensan que es perfectamente normal que una mujer sea controlada por su pareja, o soportar salidas de tono tales como manipulaciones, chantajes emocionales, insultos, amenazas o (ya en el culmen de todo este repertorio de preciosidades) agresiones físicas.
Que podemos decir que no, pero hemos criticado muchas novelas "románticas" que hablan de esto como sinónimo de amor... pero se han vendido como churros.
No nos engañemos: no venden ninguna imagen ni ningún ideal. Simplemente responden a algo que ya estaba en la sociedad y lo reflejan.


Esa actitud que la sociedad ha tenido con las mujeres (y me refiero a la sociedad entera; al haberme criado y trabajado básicamente entre mujeres, he podido ver que la crueldad que las mujeres gastan entre sí no es algo que sea como para ignorarlo) igual no justifica ni aplaude abusos de cualquier tipo... pero sí es cierto que, en mayor o menor medida acaba juzgando a la víctima cuando estos se producen. Con cosas del tipo "No se lo merecía, pero sí era verdad que se lo iba buscando" o el famoso "Si yo no voy por un barrio marginal contando billetes de 50 pavos, siendo tía no me meto en un fiestón enseñando carne". Y nos hemos quedado tan panchos, porque nos ha parecido LO NORMAL.

Esta es una especie de fascinación por criminalizar a las víctimas que, de forma indirecta (o no tanto), justifica a los culpables. Y no nos engañemos, esto no es solo algo que vemos en los tribunales. Nos puede parecer asqueroso ver cómo se juzga a una víctima en un caso como este (y lo es), pero... No es algo nuevo ni estrictamente limitado al mundo judicial. Quizás los tribunales deberían dar ejemplo, sí... pero al final, acaban por reflejar lo que, en un nivel tristemente alto, somos como sociedad. Es algo así como cuando en el colegio nos robaban hasta los apuntes y cuando se lo decías a un profesor te soltaba que también era culpa tuya por dejarte robar. Y dices tú, ¿PERDONA? ¿Qué cojones es eso de que nos dejamos robar? Se pongan como se pongan, ese es el argumento que defiende el matonismo y que otorga al delincuente una especie de "derecho" (que no se tiene) a delinquir. Es prácticamente el mismo principio que nos hemos encontrado en el código penal en este caso: que, si te dejas, el crimen parece menos crimen.
Y NO.
Un crimen es un crimen, y punto.
Pero la cuestión es que, en mayor o menor medida, la sociedad ha dado su consentimiento a esa idea, y de vez en cuando tienen que pasar barbaridades para que digamos "Ah, hostia, pues no". El ladronzuelo de barrio del que todo el mundo decía "Él también tiene que ganarse la vida" cuando la policía le echaba el guante pasa a ser un monstruo el día en que un día se le va la mano y le pega una puñalada en el corazón a alguien. Los matones de colegio hacen "cosas de críos" hasta que un día su víctima se suicida. Y es quizás el hecho de que hemos normalizado la delincuencia, el abuso y la crueldad hasta tal punto que nos parecen "lo que hay". Es solo cuando se trazan ciertas líneas que nos parecen insoportables cuando reaccionamos pero, hasta entonces, estamos anestesiados.

domingo, 18 de marzo de 2018

Angst- Mientras los mundos mueren




Ayer mismo tuve una experiencia que, debo decir, se repite de vez en cuando.
Es lo que sucede cuando estás en un sitio y aparece alguien con quien ya no tienes contacto. Alguien a quien contaste entre tus amigos en su momento y que ahora resulta no ser más que alguien que entra en un sitio donde estás tú, a secas.
Sin saludos.
Sin siquiera miraros a la cara.
Todo ese tiempo que compartisteis, toda esa confianza que depositasteis el uno en el otro, ya no están y no queda rastro de ella. Sois dos desconocidos cuando antes no lo érais.

Me pasa a menudo, sí. Más a menudo de lo que me gusta pensar. A veces la gente me decepciona, a veces la decepciono yo, da igual. La cosa es que lo que había desapareció.
A veces tiendo a pensar que esa constante en mi vida es una señal de que mi Universo personal, de vez en cuando, parece tener la necesidad de reiniciarse. Sucede de una forma cíclica, pero luego hay episodios de rupturas puntuales cada dos por tres.
Esa persona que reapareció ayer, se mire como se mire, forma parte de una etapa de mi vida que ya se cerró. Junto a ella, fueron desapareciendo otros de ese mismo entorno, uno por uno, de forma espaciada pero inexorable. Un mundo del que ya no formo parte. O, pensándolo de otro modo, ya hay mucha, muchísima gente que, bien por las buenas, bien por las malas, ya no forma parte del mío.



Algo en este plan, aunque no tan espectacular.


Supongo que lo fácil es pensar que es siempre culpa mía, ¿verdad? Es decir, cualquiera con sentido común se sentaría delante de mí y me diría "Si te ha pasado con tanta gente diferente, entonces tú eres la causa".
Y sí, podría pensarlo.
Podría coger y decir "Hey, es verdad. Soy una persona terrible y es normal que la gente se acabe hartando de mí. Mis defectos son tan imperdonables que lo normal es acabar dándome la patada tarde o temprano". Podría pensar que, debido a mi penosa actitud, no haya dios que quiera tenerme cerca. Podría incluso abrazar toda una espiral de sentimientos basados en la autoflagelación y seguir los dos millones y medio de consejos paternalistas que me llegan cada vez que alguien me pega una puñalada trapera.

Pero, ¿sabéis una cosa?
Que no.
No pienso agachar la cabeza y asumir que me gano el desprecio de la gente a pulso. No, señor. No en el momento en que escribo estas líneas. No, siendo plenamente consciente de la clase de persona que soy.
Porque sí, cometo errores. Muchos, muchísimos. Creedme, lo sé: pienso en ellos a diario.
¿Y qué? ¿Acaso no los cometéis vosotros? ¿O es que mis faltas son peores que las de los demás?
No, no es esa la cuestión. Quizás lo que hace que sienta que, por una vez, debo clavar los pies y mantenerme firme ante toda la oleada de frases del tipo "Es que tienes que ser de tal manera", "Es que no has hecho las cosas como deberías" y el no menos clásico "La culpa es tuya por (inserte aquí motivo impersonable)" es precisamente el hecho de que sé que no soy esa clase de monstruo que tanta gente ha querido hacerme creer que soy a lo largo de muchos años.


Tras un montón de decepciones, desengaños y experiencias amargas de todo tipo, a veces hay calma entre tempestades. A veces puedes tomar aliento y decir "Alto ahí". Es ahí, justo cuando has respirado hondo y te has parado a pensar, cuando te das cuenta de que si hay algo que siempre has tenido es conciencia. Siempre has tenido todas esas voces dentro de tu cabeza dictándote lo que está bien y lo que está mal. Aun actuando del modo que has visto más correcto dada la situación, siempre has tenido una voz dentro de ti cuestionándote si lo has hecho lo mejor que podías.
Aquellos que tengáis esa voz interior, creo que coincidiréis conmigo cuando digo que es muy, muy pero que muy difícil hacer que esa voz se calle. No importa lo justa que sea esa decisión que tomas, o que tengas por seguro que no has podido tomar ninguna otra más correcta: siempre queda ese resquicio de duda en tu cabeza, en tu corazón, en la boca de tu estómago.


Aunque hagamos lo correcto. Siempre tenemos esa sensación de haber estado por debajo de nuestras propias expectativas.


Respiro hondo y me digo que, pese a lo duro de muchas decisiones que he tomado a lo largo de toda mi vida con respecto a la gente que me rodea, ninguna ha sido tomada a la ligera ni sin sopesar durante un cierto tiempo. En todas y cada una, he sopesado los pros y los contras, y he visualizado todos los escenarios posibles, con todas sus consecuencias. A menudo, las peores consecuencias que he previsto coinciden con el resultado final de mis actuaciones, lo que implica que el desenlace de muchas de ellas, aunque amargo, no era algo que me pillase de sorpresa.
Y aun así, las he tomado, siendo consciente de ello, cuando mucha gente me ha dicho que, para un desenlace así, que ni me moleste en tomarlas.

Y pese a todo las he tomado, ¿por qué?
Porque he considerado que eran lo más justo.
O lo más lógico.
O lo más honesto.
O, sencillamente, porque dentro de lo malo, era lo menos malo a lo que podía aspirar.

Esas decisiones, me consta, me han granjeado muchos problemas con mucha gente. Gente que debe tener conceptos morales diferentes a los míos, o gente que de pronto considera que tener confianza conmigo es una especie de puerta abierta para según qué comportamientos.
No lo sé, ni me importa.
Como digo, sé la clase de persona que soy yo, y me empieza a importar bastante poco la clase de persona que se espera que soy.


¿Y de comerte solo montones de historias?
Ni os cuento.


Conforme pasan los años, me doy cuenta de que en este mundo muchos juegan a juegos que no entiendo, o juegos que no me interesan. Juegos basados en pensar de una manera, decir otra muy diferente y actuar de un modo que no tiene nada que ver. A lo largo de todo este tiempo, he visto cómo muchos han esperado de mí que finja, que diga las cosas de según qué manera, que oculte mi forma de pensar, de sentir o que directamente mienta.
"Mientras X esté delante, no puedes hablar de Y".
"No puedes decir las cosas así, mejor dilas de este otro modo".
"Disimula si no confías en alguien que tienes delante".

Todos esos jugando a sus juegos, todos guardando secretos. Secretos que envenenan, que matan relaciones. Mentiras que encubren secretos, engaños que maquillan la verdad. Pactos de silencio que, en cierto modo, suponen traiciones. Dilemas morales, todo por no atreverse a decir las cosas. Te sientes obligado a llevar máscaras con las que no te sientes cómodo, como en una especie de carnaval donde, a la más mínima, te pueden apuñalar.
Yo no quiero formar parte de eso.

Si hay una cosa que siempre he tenido muy clara es que yo no soy capaz de actuar contra nadie a quien cuento entre los míos. No sin provocación previa. Puedo actuar por error, por supuesto, pero creo que no necesito ni explicar esto último, porque cualquiera que me conoce un poco lo sabe de sobra y no tiene nada que temer de mí, ni motivos para desconfiar.
Y sin embargo, no pocas veces me he sentido atacado sin que nadie tenga las agallas de explicarme a qué viene el ataque. Mi confianza, traicionada. Me he acabado enterando de un cúmulo de cosas que se acumulaba a mis espaldas para acabar estallando como una fosa séptica y salpicándolo todo de inmundicia.
He abandonado a muchos amigos, no tengo reparos en admitirlo. Pero tampoco tengo reparos en admitir que jamás, JAMÁS, he abandonado a alguien que no me haya dejado antes en la estacada. Puedo ser leal, pero no soy un perro que viene a lamer la mano del dueño después de que este lo haya apaleado.
Me he enfrentado a muchísimos amigos, también. A muchos más de los que me habría gustado, pero nunca lo he hecho por gusto. Si me he puesto en contra de gente que he tenido a mi lado, ha sido porque estaban tomando caminos en los que yo no quería verme implicado. Puedo ser leal, sí, pero mi lealtad no es ciega, y hasta yo tengo unos límites.


No hablo de estas cosas como alarde. Al final, lo que te acabas llevando son batallas perdidas, heridas por parte de quien no debería infligírtelas (o no en un mundo medio lógico) y mucho, mucho dolor.
Lo digo por si algún colgado sigue pensando que es guai ser como yo. Los dioses me libren de hacer proselitismo de esto.


Así que me voy a poner soberbio (es curioso, a veces hablamos de "soberbia" cuando sencillamente lo que que estamos haciendo es manifestar nuestra propia dignidad) por un momento. Me lo puedo permitir, considerando que mi vida no ha sido una colección de triunfos precisamente y que mi autoestima nunca ha sido para tirar cohetes. Así que supongo que por un día que diga "Mira, no", no pasa nada. Y si esto supone ofensa alguna para alguien, pues lo siento. Más me ofenden a mí muchas cosas que tengo que tragarme cada dos por tres y me han tenido que parecer geniales.
Me voy a poner soberbio cuando digo que igual no soy yo el que no vale. Que lo mismo es una locura, pero igual es mi Universo personal el que, en líneas generales, no vale un pimiento, si espera que agache la cabeza, que trague mierda y ponga buena cara o que me comporte como un hipócrita. Lo siento mucho si alguno de vosotros espera eso de mí, pero si es así, habéis dado con la persona equivocada. Cometo errores, sí, e insisto. Pero son errores. Cuando me la han jugado a mí, no he visto tales errores en la mayoría de casos: he visto cerdadas hechas con total consciencia y, lo que es más fuerte, sin asomo de arrepentimiento. Incluso he llegado a ver sorna y cachondeo cuando se me ha llegado a tocar la moral a dos manos, para luego juzgar mis decisiones en cuanto yo actúo en consecuencia.


"¿Por qué tan serio?"


Y encima he tenido que "tomármelo bien". Por cojones, pese al hecho de que es harto evidente que yo jamás haría algo así. Ni se me ocurriría, vaya. No adrede, ni a sabiendas.
¿Se supone entonces que yo soy aquí la mala persona? ¿El que toma las decisiones desafortunadas? No, queridos. Hacedme el favor de meteros vuestros juicios de valor por donde os entren, y meteos, ya de paso, en la cabeza, que yo me portaré con vosotros tal y como vosotros os portáis conmigo. Así que en lugar de pensar en lo desproporcionado de mis reacciones, lo mismo podéis hacer examen de conciencia y recapacitar si a lo mejor os habéis comportado de una forma deshonesta conmigo... en el caso de que tengáis conciencia, claro.
En lugar de pensar si soy una persona que no sabe guardar según qué secretos, podríais pensar si vosotros deberíais vivir con tanto secretismo. Porque lo mismo no es el hecho de que alguien pueda revelar un secreto lo que haga peligrar vuestras vidas; puede que sea el hecho de que os pasáis la vida ocultando cosas lo que sea un peligro.
En lugar de pensar y reprocharme que no estoy ahí para daros la palmadita en la espalda o besar el culo a gente que no creo que haya que besárselo, tal vez podríais pararos a pensar que yo no sirvo para los falsos halagos ni para aplaudir putadas. O que esa gente que lo mismo es tan maravillosa para vosotros para mí no lo es por alguna razón de peso. Porque, vamos a ser claros de una vez por todas: ¿A mí cuándo me habéis visto de emprenderla con alguien sin motivo? Aquellos que me conocéis sabéis que, si le echo la cruz a algún ser vivo a este lado de la Vía Láctea, lo hago siempre por varias razones, y generalmente procurando fundarlas muy, muy bien, o todo lo bien que puedo. Así que, por favor, no me vengáis con payasadas de "Disimula ante no sé quién" y "Que no se note que te cae mal". Si queréis fingir y ser hipócritas, adelante. Pero no me forcéis a mí a serlo.


¿Perdona?


Sé que por esta clase de cosas he perdido a muchos amigos... y seguiré perdiéndolos, me temo. Que esto ha hecho que muchos otros se distancien de mí y que otros hasta me eviten. He llegado al punto en que yo no puedo tomar las decisiones de otros. Todos sois libres de elegir, bien seguir a mi lado, bien tomar vuestros propios caminos. Yo he hecho lo mismo con otros muchas veces y aquí sigo. Pero me va quedando cada vez más claro que lo que no puedo es traicionarme a mí mismo, ni a aquello en lo que creo, ni a aquello que creo ser.

¿Qué creo ser?
Buena pregunta. Supongo que solo intento ser lo mejor persona que puedo ser. Intento dar lo mejor de mi mismo, pese a todos mis defectos, a todos mis pecados y a todos mis errores, que no son pocos. Soy una persona con una conciencia que anda todo el santo día martilleándole en el cerebro y que hace lo posible por poder aguantar la mirada cuando se mira al espejo. Soy la clase de persona que intenta dormir bien por las noches, aunque esto último le cuesta bastante.
No creo, pese a lo que digáis, que sea mejor que los demás. Si lo pensáis, bueno... hacédmelo saber, para que lo apunte en la lista de cosas que se suelen decir sobre mí a la ligera. Creo que ya debo ir por los doce volúmenes o así.
No, no creo ser mejor que los demás... pero sí tengo la voluntad de serlo. De mejorar como persona día a día y poder callar de una vez mis voces, pero no por haberlas ignorado, como sé que habéis hecho muchos, sino por conseguir que no tengan nada que decir. Esa es la clase de persona que soy, y la clase de persona a la que aspiro.

Podéis ser testigos de ello, o podéis hacer como muchos de los que han estado a mi lado a lo largo de los años: desaparecer y formar parte de otro de esos capítulos de mi vida que quedan cerrados. Como he dicho arriba, yo no puedo decidir por vosotros.

miércoles, 7 de marzo de 2018

Escupiendo Rabia- El efecto Mi(er)das, o cómo convertir las redes sociales en un puto estercolero



Existe una cosa que se llama decoro.
Es un principio básico que aparece en la mayor parte de sociedades civilizadas. Es el principio social por el cual uno (siempre y cuando no sea un puto enfermo) no va a un parque lleno de críos de cinco años y se saca la chorra. Es exactamente el mismo principio por el cual uno no se mete en un restaurante y se saca la chorra. Coño, es incluso el mismo que nos impide sacarnos la chorra cuando vamos al supermercado de la esquina.
Para entendernos, chorras aparte, es ese principio que nos dice "aquí no, tío, aquí no, que la estás cagando". Dicho de otro modo, es una especie de recurso social que tenemos para tener un comportamiento medianamente coherente con el entorno que nos rodea.
Sí, sé que estoy machacando mucho con esto. Pero quiero insistir en ello, por si luego algún alma de cántaro me dice que no lo pilla.


Algo así, pero con chorras de verdad.
Para aquellas personas no familiarizadas con los miembros viriles, aclaro que el miembro viril que se ve en la foto no es real.
Por lo general no tienen ese tamaño.
No en reposo, al menos.


Vamos a retroceder unos diez años en nuestras fantásticas y fabulosas vidas. Movámonos a esa época que igual no todo el mundo recuerda bien, a finales de la primera década de 2000. En esa época fuimos testigos del auge de las redes sociales, y oye, podemos decir que la cosa funcionó a grandes rasgos. Servía para mantenernos en contacto con gente que vivía lejos, más allá del Mechenguers (¡Qué tiempos aquelllos!) y poco tiempo antes de que Guachaps fuese la realidad extendida que es hoy. Sirvió también para reencontrarse con gente que había tomado otro camino y darnos la oportunidad de volver a seguir en el mismo barco. No sé lo que pensáis vosotros, pero desde mi punto de vista la cosa funcionó, al menos en términos generales. Que bueno, luego al final es lo de siempre: que pierdes el contacto igualmente con esa persona que no veías desde el preescolar, pero oye, lo has intentado. Y si no, siempre podías cotillearle las fotos (no vayáis de santos, sé que lo habéis hecho).


Internet puede ser un lugar maravilloso.


Y luego estaban las aplicaciones chorras y los tests de coña, donde contestabas a unas cuantas preguntas super generales y te decían que, si fueras un miembro de los Vengadores, serías el Capitán América. Poco después, se vivió la época de los grupos que sonaban a cachondeo, del tipo "Señoras que van por la calle con una bolsa en la cabeza cuando llueve" o "Yo también me puse palote viendo a la princesa Leia en bikini en El Retorno del Jedi". En resumidas cuentas, hablamos de una época en que redes sociales como Feisbus dejaban claro que la cosa estaba para echar el rato. Para desconectar de nuestras aburridas vidas y para, por qué no, hacer el mongolo subhumanoide con tus colegas, o con colegas de colegas.

Siempre había, por supuesto, alguna discusión. Se te entrecruzaba algún gilipollas al que, tras haber intentado razonar un poco (si eras una persona medio civilizada), mandabas a cascarla tras un debate más o menos intenso. La cosa es que el asunto quedaba ahí. La gente se bloqueaba y no se volvía a saber de ellos. Pero podemos decir que, a menos que uno fuera un buscabroncas profesional, eso NO era para nada lo habitual, sino que podía pasar por lo anecdótico. En general era un sitio en el que podías hartarte de reír si dabas con los colegas adecuados, bien soltando chorradas, bien subiendo algún vídeo de Yustube en el que otro la hacía por tí. O subías alguna canción de los Judas Priest y tenías a tus colegas diciendo que Halford es el Puto Dios del Metal Sobre La Puta Tierra.



Ahí está el tío.


Eran otros tiempos.
Pasamos a los últimos años de esta década y estamos viendo que ese carácter social y lúdico se ha ido por el retrete y lo único que parece haber permanecido es una enooorme diarrea sociopolíticomental que impregna de caca plastosa, grumosa y oleaginosa, que rezuma un olor como de mostaza hervida. Donde había cachondeo ahora lo que tenemos son plataformas reivindicativas, que tienen una fecha de caducidad más corta que las canciones del verano (hablando de una forma tristemente literal). Hoy se reivindica una causa y tienes al personal enarbolando el puño en alto, indignadísimo e intentando concienciar (lo que se puede ir traduciendo de una forma no demasiado libre como "dar por culo al prójimo, intentando lavarle el cerebro para sumarlo por cojones a la causa de la semana") al personal acerca de lo que se supone que está defendiendo. Hoy te dicen que Lo Que De Verdad Importa Por Encima De Cualquier Otra Puta Mierda En La Que Estés Pensando es, no sé... salvar a los indios Guachimochi que viven en la selva Tocomocho al sur de Paraguay. Tú, pobrecito, que ni te has enterado de que salió una noticia en el telediario de ayer (sí, de esas de relleno) en que uno de esos indios estaba enfermito en alguna parte (exactamente del mismo modo que millones de personas están enfermitas en todos los rincones de este mundo, por desgracia) y ahora resulta que no estás a la moda. Antes de que te des cuenta, tienes hashtags y gente haciéndose camisetas con la foto del pobre indio enfermito, que probablemente ni siquiera se esté enterando de que lo están usando como objeto de merchandising y, de una forma más triste todavía, ni siquiera vea un duro en derechos de imagen. La cuestión es que, si no perdemos de vista al pobre indio, nos damos cuenta de que unos días después, deja de molar y todo el puto planeta se olvida de él. Él y su tribu seguirán pasándolas putas y toooda esa gente que se había puesto chapitas y había vendido camisetas con su cara ahora está pensando que Lo Que De Verdad Importa Por Encima De Cualquier Otra Puta Mierda En La Que Estés Pensando Es... pues yo qué sé. Acabar con el gobierno de no sé quién en un país que hasta hace tres días al personal se la sudaba. Puede que muchos ni siquiera supieran dónde estaba.



Hora de ponerse la chapita que toque.


Es algo así como la cultura pop, para entendernos.
Tomemos la analogía de la canción del verano que he mencionado antes. Multipliquémosla por cien y dividamos su tiempo de vida por diez. Así pues, tenemos elementos que causan un fanatismo mucho más jodido que eso de que te pongan a King África cada cinco minutos en la feria de tu pueblo, con la cosa de que en lugar de durar los dos meses y pico de verano, dura como una semana. Esto podría ser bueno, si tuviéramos en cuenta que una canción del verano da por culo un par de meses y luego desaparece de por vida, hasta el verano siguiente, donde el ciclo de la morralla musical resurge.
El ciclo con la mierda ideológica es algo mucho más efímero. No terminamos de asimilar una plataforma reivindicativa online cuando han surgido dos o tres, que pugnan por ser El Puto Tema Candente De Moda. Hoy en día no puedes hablar de nada en plan normal; todo tiene que ser una puta polémica, una controversia de tres pares de cojones o un fenómeno viral. Aunque, en el fondo, no haya una puta mierda de que hablar. Recordemos el caso del vestidito aquel de marras, que tuvo acaloradísimos debates acerca de su color. Surgieron expertos en gamas cromáticas debajo de las piedras. De pronto, todo el mundo era diseñador gráfico, experto en tarjetas gráficas, dominaba el Fotochós, tenían licenciaturas en imagen y vete a saber qué más. Todo por llevarse el gato al agua en eso de llevar la razón. Todo por un puto vestido que, a fin de cuentas, no tenía mayor importancia. Y, de haberla tenido, no se habría solucionado un coño zurrido en manteca por haber dejado una cantidad escandalosa de comentarios en una red social.


Ahí está el tío.


¿Os acordáis de los ejemplos de sacarse la chorra en público que he mencionado al principio de este post? Pues esto es el equivalente digital. Y demos gracias a que la gente no se saca la chorra de verdad porque sitios como Feisbus son de un puritano que te cagas y se afanan en censurar hasta los pezones de la Venus de Boticelli.
Coñas (o no tan coñas) aparte, vamos a quedarnos por un momento con lo de la plataforma reivindicativa. ¿Estoy diciendo con esto que es malo reivindicar cosas? No, para nada. Todos lo hacemos en un momento u otro de nuestras vidas, o lo hacemos aquellos que creemos que hay cosas por las que merece luchar. Es respetable.
Quizás el problema surge cuando eso de reivindicar se convierte en una moda para, como digo, sacarte la chorra y hacerte el guai delante de gente que:

a) Ya estaba de acuerdo contigo
b) Le importas una puta mierda
c) El tema le importa una puta mierda y no te va a hacer ni puto caso
d) Gente a la que el tema le importa una puta mierda, pero posturea igual y lo vais a acabar convirtiendo en una especie de competición a ver quién reivindica las cosas de la forma más borrica.
e) Todas las anteriores (que no son del todo compatibles entre sí, pero ya estamos llegando a un punto en que la lógica se va a tomar por culo).


¡Eso, eso! ¡A la mierda la lógica!


Pasa además que nuestro concepto de "Tontopollas" ha cambiado por completo de significado. Me explico: hasta hace algunos años, todos conocíamos a un tontopollas. Los había de muchos tipos, pero generalmente era ese tío que, si bien no era colega tuyo, era el colega de algún colega. O el primo de algún colega. O era el clásico "arrimao" que no era colega de nadie, pero se te pegaba a ti y a tus colegas como una puta ladilla y lo estabas aguantando mientras decía gilipollez una tras otra hasta que se largaba o hasta que alguien lo mandaba a tomar por culo. Vemos tontopollas a diario: en las barras de los bares cuando nos estamos percutiendo un chanwis mixto, en la cola del súper o en el autobús. Son esos que empiezan a soltar tal clase de mongoleces que no hablamos de algo con lo que estés o no de acuerdo: es que no tienen por dónde cogerlas. En esencia, el tontopollas siempre se ha considerado como eso, como un tontopollas, y como tal, nunca lo hemos tomado en demasiada consideración. Un día te decía que se había circuncidado a sí mismo con la tapa de una lata de aceitunas y tú te encogías de hombros y decías "es que es tontopollas, macho, no se puede esperar más". Y luego seguíamos con nuestras historias.


Ya me entendéis.


Hoy en día la cosa no funciona así. El mundo digital, como he comentado, hace que la gente se una... para bien y para mal. El ostracismo de los tontopollas ha pasado a la historia y ahora se acaban uniendo unos a otros, de tal manera que ya tenemos una especie de movimiento de tontopollez organizada. Porque todo debe ser un movimiento o un colectivo social. Antes pasabas de comer carne y arreando. Ahora tienes que formar parte de una comunidad que explique al mundo por qué está mal comer carne. Antes te hacías las pajas a mano contraria y ahora te pones una etiqueta molona como "Counterwanker" ("Contrapajero". Antes de que lo preguntéis, me acabo de inventar el término) y creas toda una subcultura acerca de tus hábitos masturbatorios. Y, faltaba más, la cosa consiste en sentirse putamente especiales y andar convenciendo a los demás de que cascársela con la mano hábil es:

a) Algo obsoleto
b) Por algún motivo, inmoral
c) Ofensivo para el colectivo de los Counterwankers
d) Símbolo de algún sistema social represivo que vete tú a saber qué coño tiene que ver con la mano con la que te la meneas.

Antiguamente llamábamos a estos seres tontopollas y nos quedábamos tan panchos. La cuestión es que, al hacer piña, ahora exigen un respeto totalmente inmerecido. Aquí es donde muchos os echaréis las manos a la cabeza y me diréis que cómo se me ocurre decir tal cosa. No nos rasguemos las vestiduras, pipiolos: el que os ha parecido un gilipollas, os ha parecido un gilipollas toda vuestra puta vida. Si una persona ha sido una ignorante y ha hecho gala de su ignorancia, os ha parecido un gilipollas. Si ha actuado de una forma prepotente, aun a sabiendas de la estupidez que ha dicho, os ha parecido un gilipollas. Que ahora haya todo un colectivo de Tontopollas Unidos no les da la razón en nada ni los hace menos tontopollas. Solo más ruidosos y más porculeros, pero nada más.


Bueno, yo iba a subir una foto de alguien chillando, y aquí la tenéis...
Pero, entre vosotros y yo.
¿No os recuerda a la cara que ponemos al cagar?
Porque la mía se parece bastante, no voy a mentiros.


Es otro de los problemas que están surgiendo en esta nueva subcultura de plataformeo posturil organizado, que es la del miedo. Antes no había miedo en decirle a alguien que se fuera a cagar cuando estaba soltando una subnormalidad del tamaño de Texas. Ahora se ha formado una especie de tiranía del Buen-Rollito-Por-Cojones que es más falsa que Judas. Esta tiranía consiste, básicamente en dar la razón a las plataformas de tontos del culo so pena de quedar como unos intolerantes, unos intransigentes o como el enemigo que la plataforma en cuestión haya decidido tener. A ese punto hemos llegado en que a veces hasta nos da miedo estar en desacuerdo con los más beligerantes, a menos que queramos meternos en una discusión sin puto sentido, o que llegue un pobre desgraciado (que otro nombre no tiene) que no te conoce de nada y empiece a psicoanalizarte, hablando de tus motivaciones, tu infancia y de la relación que tenías con tus yayos a los cuatro años.

Esta movida se ha llevado a tal extremo que los tontopollas de plataforma se han hecho fuertes y, no contentos con eso de que cualquier puta cosa que no les guste les haga montar un pollo que ríete tú de las peleas de jebis en billares en los 80, toman la preciosa idea de organizar cruzadas.
Eso de organizar cruzadas, así contado, suena chulo. Una causa noble que defender y batallar contra un mundo injusto, armado con tu tesón y con tu fe y...
Bla, bla, bla.
Vamos a dejarnos de paridas. Eso de montar una cruzada hoy en día consiste, no en pasar de lo que no te gusta, sino en esforzarte por erradicarlo de la faz de la tierra de tal manera que NADIE MÁS pueda siquiera plantearse si merece la pena o no. Os pongo un ejemplo algo chorra, pero creo que así se pilla fácil: pongamos que no os gustan las lentejas, como a un servidor. A mí aparte es que me sientan como una patada en los cojones, ¿vale? Pues oye, yo me limito a no comerlas y santas pascuas.
Una cruzada de estas chupiguais no se queda ahí, no: consiste en decir que las lentejas son una ofensa contra la puta sociedad y en empezar a recoger firmas para que sean eliminadas de todos los putos supermercados. En perseguir a aquellos que les gustan las lentejas. En invitar a la reflexión acerca de si las lentejas tienen cabida en nuestro mundo (aunque esa reflexión sea totalmente unilateral y no invite a un debate justo, con todas las opiniones posibles).


"Por supuesto, todas las voces en este debate se escucharán y se respetarán"
Entre paréntesis: (porque las que no eran afines a la ideología dominante ya fueron previamente segregadas)


Pero vamos más allá. Supongamos que alguien, un buen día, sube una foto suya de una matita de lentejas que ha cultivado en su terraza, ¿vale? Ese alguien, como dé con lentejofóbicos que vean la susodicha foto, ya se puede ir buscando una nueva identidad y mudarse a una isla en las putas Hébridas porque no van a parar hasta hacerle la vida imposible. Irán desde "borra esa puta foto" a "con esas lentejas estás ofendiendo a todos aquellos que no pueden comerlas". Habrá otros que les pasen sus vídeos de Llustubes para hacerlo reflexionar acerca de por qué las lentejas son inmorales y deberían estar más extintas que los putos dinosaurios. Otros directamente le amenazarán de muerte.
Todo por una puta foto de una matita de lentejas.

Lo terrible y desquiciante de todo eso es que esos mismos que propugnaban su odio contra las lentejas (y además pregonan la intolerancia que sufren a manos de los "lentejófilos") de aquí a unos días se acaban olvidando del asunto y no solo se dedicarán a acuchillar a los fans de la fabada, sino que tendrán los santísimos cojones de decir que para sanas, las lentejas. O bien les importará todo eso una triste mierda e irán a ponerse una chapita para salvar el Amazonas (el cual hasta el momento les importaba un huevo).


Otro con sus chapas.
Empiezo a sospechar que hay muchos más de los que parecen, solo que la mayoría no se pone todas las chapas a la vez.
Y no físicamente.


Y quizás ese es el quid de la cuestión.
Aquí entro en el terreno de la especulación y lo que es mi percepción personal, ¿vale? Posiblemente esté equivocado, o alguno de vosotros vea algo en lo que yo no haya caído. La cosa es que, tal y como yo lo veo, la principal razón de que tanta causa y tanta plataforma surja y desaparezca a tal velocidad es que no hay absolutamente nada detrás. Ni interés, ni conciencia ni preocupación reales. Es tan solo una moda que seguir, como las lentejuelas en los 80 o eso de parecer un primo del Cobain en los 90. Un movimiento que seguir porque toca seguirlo, pero no porque creas en él. Me resisto a creer que en cuestión de un par de años una persona haya creído ya en prácticamente de todo. Más cuando ha dicho creer en esas cosas solo cuando le ha tocado. Es algo así como esa especie de obsesión proveniente del país del sol naciente (sí, ese país que empieza con una risa y acaba con una explosión) por la cual si no te pones una etiqueta con la que identificarte o no formas parte de tal o cual tribu urbana, no es que se te mire como un bicho raro: es que no se te mira y quedas como parte de la homogénea masa nipona. Una gotita de yogur.


Es yogur, ¿vale?


Puedo equivocarme, pero es la impresión que tengo. Tanta beligerancia exprés, tanta indignación efímera... al final, da la impresión de que vivimos en los putos dos minutos de odio que nos decía Orwell. Hoy nos cagamos en los muertos de no sé quién porque (creemos que) ha dicho no sé qué; mañana pedimos la ejecución pública (sin juicio, porque pa qué) de no sé quién porque (la prensa ha dicho que) ha cometido tal o cual delito. Pasado quemaremos los libros de alguien porque (alguien ha dicho que) era de tal condición. Y así podemos seguir, rajando obras de arte en museos para visibilizar tal causa, o directamente escondiéndolas para poner en su lugar un puñado de post-its donde gente sin criterio alguno puede soltar la mierda que tenga en la cabeza y ponerse a la altura de... bueno, de todos los demás.
Dentro de una semana, tal vez, se reúna un grupo de gente que empiece a hacer presión para prohibir los pantalones vaqueros porque los consideran una prenda ofensiva por vete a saber qué razón de mierda; y habrá otros tantos que piensen que es una parida pero no se atrevan ni a toserles porque vaya a ser que queden como unos intransigentes o los amenacen.


—Pero... ¿Qué coño hacéis?
—Aquí, quemando los libros de un intolerante.
—Bueno, ¿no trae más cuenta que, si no os gusta algo, no lo leáis? ¿Es necesario borrarlo del mapa?
—Cierra la puta boca, subnormal, o te quemamos a ti también.


Y puede que algún día, tengamos que rendir cuentas a los grupos que más chillan acerca de por qué no pensamos como ellos. Puede que incluso acabemos teniendo que llevar algún tipo de marca que nos distinga como disidentes, o que se nos condene a que no podamos expresar jamás nuestro punto de vista en un medio público. Puede que al final, las redes sociales acaben siendo dominadas por aquellos que más chillan, por los ignorantes que piensan que su derecho a opinar sobre algo que desconocen está al mismo nivel que el de aquellos que sí. Es posible que al final, todos esos que usan lo que antes era un medio lúdico para entretenerse y, si acaso, comentar asuntos serios cuando era menester, hayan usado un análogo escatológico de la maldición del rey Midas y en vez de oro estén  convirtiendo las redes sociales en mierda aceitosa y con más grumos que el Cola-Cao tradicional: un caldo de cultivo para el odio, la piel fina, la intolerancia, la falsa corrección política, el puritanismo, las posturas extremas, la crispación, las amenazas, la violencia verbal, la hipocresía y la ignorancia.
En resumen, en un puto estercolero.

domingo, 4 de marzo de 2018

Mondo Chorra- Camina



Camina, viajero.
Un paso tras otro, recorre el trayecto hacia la puesta de sol. El ocaso te espera y algún día, lo quieras o no, llegarás a él. Quizás entonces, te reencuentres con aquellos que perdiste por el camino. Quizás, solo quizás.
Sigue caminando. Cada paso que das, sientes, se hace más duro. Tus botas están desgastadas y han coleccionado polvo de tantos senderos y veredas que ni siquiera recuerdas su aspecto original. Sus suelas ya apenas te protegen de las afiladas piedras que minan el camino. Puedes notar las heridas abiertas, sangrando, en tus pies.
Tu espalda, maltrecha y dolorida, soporta la carga de tu fardo. Con cada movimiento que das, este se va llenando, aumentando su peso. Te preguntas cuándo llegará el momento en que se desborde... pero eso todavía no ha sucedido. Simplemente sigue ahí, sobre tus hombros, acumulando todo cuanto encuentra por el camino. Útil, inútil... el fardo no distingue. Tan solo atrapa todo cuanto encuentra a su alcance.
Continúa tu viaje, acompañado solo por tu sombra, que parece alargarse más y más en este eterno día. Por tu sombra y por las voces que resuenan a tu alrededor. Unas más fuertes, que se clavan al alma; otras que, con el tiempo, se vuelven borrosas y distantes. Voces de aquellas figuras espectrales y etéreas que, durante un tiempo, caminaron a tu lado. Espejismos, pues este es un camino que estás condenado a recorrer solo. La compañía es temporal y solo es cuestión de tiempo que las siluetas se desvanezcan y las risas dejen de burbujear. El ocaso te espera algún día, y a él accederás sin más compañía que la de ti mismo.
Prosigue tu camino, tratando de ignorar las llagas que anidan en tu interior. Heridas que jamás cierran; si acaso, se vuelven más soportables o, mejor dicho, simplemente aprendes a vivir con ellas. No importa que parezcan abrirse más y más a cada paso. No importa que empapen de sangre tus ropas. Con suerte, se convierten en dolorosas cicatrices, amargos recuerdos de lo que viviste. De las batallas que luchaste. De tus errores, tus pecados, tus delitos y tus faltas. Es por eso, viajero, que tus ropas se han teñido pardas y se han vuelto incómodas, bajo la espesa costra que las recubre. Si prestas la debida atención, podrás oír cómo crujen; podrás sentir cómo cada pliegue se afila y roza tu piel, abriendo nuevas heridas. Si pudieras detenerte por un segundo y desnudarte bajo el sol de justicia al que te diriges, descubrirías que tu mismo cuerpo se asemeja bastante a un mapa. Un mapa de laceraciones y abrasiones. Senderos de carne cortada. Valles de piel arrancada. Ríos de sangre fresca. Suaves elevaciones de tejido cicatrizado. Ya no existe el terreno virgen. Todo, absolutamente todo, se muestra devastado.
Otro paso más, viajero. Observa el camino que te rodea. Alza la vista, contempla el cielo y maravíllate, para luego tropezar con otra piedra y caer de bruces. Destroza tu rostro contra el suelo, clava esas rodillas despellejadas que tienes y ponte en pie para volver a caminar, en un ciclo eterno de auge y caída. Deja tras de ti ese reguero sanguinolento. No importa: tienes más sangre en tu interior que derramar. Pisada tras pisada. Día tras día.
Sigue, sigue caminando. Observa, escucha, intenta entender. Deja que tu corazón lata más deprisa para luego resecarse. Sístole y diástole. Crea, cree en lo que has creado y contempla, paralizado, cómo se destruye. Fíjate en cómo el sendero que recorres se enfría a tus espaldas. Cómo el hielo crece a tu alrededor. Cómo la hierba se seca, las flores se marchitan y los animales mueren y se pudren. Observa cómo las ciudades se derrumban y sus habitantes se pudren. Observa cómo los amantes se destruyen al tiempo que se destruyen a sí mismos. Contémplalo todo como un reflejo de tu interior. De tu alma.
De tu camino.
Camina, viajero, y procura no pensar en si realmente conservas la fe o es solo inercia. Procuras luchar contra la adversidad cada vez que las piedras y la maleza entorpecen tu camino. Rezas por que cada recodo del sendero sea el correcto. Porque cada bifurcación te lleve a tu destino por la ruta más correcta. Reza, sí, pero consciente de que la fe y las oraciones no son más que plegarias, y el camino no entiende de súplicas. Simplemente está ahí, para que lo recorras. Cada decisión es tuya. Cada error, seas consciente de que lo cometes o no, es tuyo. Cada metro que recorres es una dura brazada hacia la puesta de sol.
Recorre el sendero. Sigue observando. Luchando. Creando. Cayendo. Volviéndote a levantar, una y otra vez.
Un paso más.
Siente cómo las rocas se clavan sobre tu carne.
Otro.
Ecos en tu cabeza.
Otro más.
La piel de tu torso se ha desgarrado por completo y tus costillas ya quedan al aire.
Otro más.
Tienes el viento en contra.
Otro más.
El camino se vuelve cuesta arriba.
Y otro.
Un nuevo tropiezo.
Estás sobre un charco de sangre.
El cuerpo te duele tanto que te preguntas por qué sigues consciente.
Y, cuando quieres darte cuenta, estás de nuevo de pie.
Un  nuevo paso.
Todo sigue doliendo.
Otro más.
Estás sangrando de la cabeza a los pies.
Otro más.
Tu cuerpo entero está en carne viva.
Otro.
Las heridas empiezan a infectarse.
Y otro.
Supuran.
Otro más.
Sangre y pus plagan la enorme herida viviente que eres ahora.
Pero sigues andando.
Porque no sabes hacer otra cosa.
Porque no tienes a dónde ir.
Porque el final de todos los caminos es el ocaso.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Angst- Indefensión aprendida



Adelante.
Escribe.
Escribe y refúgiate en tu mundo, en tus palabras. Hazlo porque, a veces, es lo único que te da fuerzas. Soltar lo que llevas dentro, para así poder tomar aliento y ver las cosas con perspectiva. No, no te solucionará la vida ni resolverá tus problemas, eso ya lo sabes. El mundo se encarga él solito de decírtelo día tras día, minuto tras minuto. Pero te dará fuerzas. Es la forma que conoces de gritar sin molestar a nadie. De encontrar un pequeño rincón donde, al menos, puedes estar en paz contigo mismo.
Sin juicios.
Sin reproches.
Solo tú y tus pensamientos.

Y piensas.
Piensas en lo que eres. En lo que has conseguido. En esos pequeños logros del día a día que te dibujan una sonrisa en el rostro. Pero también piensas en aquello que no eres. En lo que se espera de ti y que no te ves capaz de dar. Piensas en todo, en absolutamente todo lo que se te dice, día sí y día también. En lo que se te dice, y en lo que se te calla.
Y te das cuenta de que pareces no estar a la altura de lo que deberías. De que la mayor parte de cosas que haces son erróneas; que aquello por lo que luchas, aquello en lo que crees, es extremadamente difícil o fútil. El mundo entero te hace ver que estás luchando contra molinos y te habla, oh, sí, te habla de lo que te conviene. De lo que debes hacer. De lo que no debes hacer. Lo que pensar, lo que desear.
Sin preguntas.

Pero resulta que no eres capaz, o no te sientes capaz de cubrir esas expectativas. Habrá quien te llame cobarde por ello, quien acuse centenares de carencias en ti. Te dirán que eres tal, cual o tal otra vez. Todo el mundo sabe qué es lo que te conviene. Y tú sólo puedes mirarlos embobado, porque... porque hay días en que ni tú mismo sabes qué es lo que realmente te conviene.
Haz.
No hagas.
Sé.
No seas.
Dí.
No digas.

Dime, ¿has vivido eso alguna vez? ¿Alguna vez has sentido que no haces otra cosa sino vivir sujeto a las expectativas que tu Universo tiene sobre ti? ¿Que lo único que pareces esperar de todo aquello que te rodea es que, por una vez en tu vida, consigas que alguien se sienta orgulloso de ti? Dime, has llegado alguna vez a ese punto de desesperación en que, hagas lo que hagas, elijas lo que elijas, digas lo que digas, lo único que consigas a tu alrededor es justo lo contrario?
Decepción tras decepción.
Reproche tras reproche.
Palabra tras palabra.

Ninguno de ellos cae en saco roto, te lo puedo asegurar. Oh, sé que parece lo contrario. Tras cada reproche siempre la misma canción, ¿no la conoces? Es ese viejo tema recurrente; ese que canta cómo, al mismo tiempo que tú sientes cómo las entrañas se quedan en carne viva ante cada palabra que te recuerda todos tus fracasos, lo único que oyes es que no escuchas. Que todo te da igual. Que eres obtuso, intolerante, de mente estrecha y que solo respetas tu propio criterio.
¿Cuántas veces has oído aquello de que pisoteas a los demás, que sólo lo que tú piensas es lo correcto y que eres incapaz de aceptar una crítica?
¿Cuántas veces te has sentido como una especie de monstruo solo al escuchar toda esa clase de cosas?
¿Cuántas veces te has planteado si realmente eres así de mezquino?

Escribe.
Escribe cómo te sientes, pero cómo te sientes de verdad.
No va a leerte tanta gente, porque quizás no le importe a tanta gente. O bien no lo entiendan. O bien les mueva la curiosidad, solo por saber si has vuelto a las andadas y a escribir lo que ellos esperan que escribas: lenguaje sucio, violencia verbal, rabia contra el mundo.
Pero no. Nuevamente eres una decepción. Sólo eres tú, y quizás eso no es suficiente. Quizás eso no es lo que deberías ser. No, estás aquí, vomitando lo que llevas en las tripas, sacándote las esquirlas de dentro y viendo estúpidamente cómo brota la sangre de las heridas.

Adelante, cuéntale a tu Universo que realmente no eres tan impresionante. No tienes, oh, sorpresa, la solución a todos los problemas. No eres más inteligente que los demás, ni siempre tienes las palabras adecuadas. De hecho, a veces ni siquiera eres tan inteligente como los demás, y tus palabras tienden a provocar conflictos que tú ni siquiera te habías planteado que lo harían. O, del modo contrario, lo entiendes todo al revés y acabas causando un desastre de proporciones catastróficas.
Dilo.
Cada día que pasa entiendes menos el mundo que te rodea. Cada día que pasa es, probablemente, otra muesca en tu cinturón. Más reproches, más reprimendas, más sermones.
Porque hiciste.
Porque no hiciste.
Porque obraste mal.
Porque lo mismo obraste bien, pero no era el momento.

Y te sientes como esos pobres animales de laboratorio, que se quedan paralizados en un rincón de su jaula tras recibir descargas hagan lo que hagan. Y no porque sean unos cobardes, ni porque carezcan de ambición. Ni porque sean obstinados o cortos de miras. Están paralizados porque han llegado a la conclusión de que cualquier cosa que hagan tendrá un resultado perjudicial para ellos. No es que hayan perdido la voluntad; sencillamente, han elegido no elegir.
Es la solución fácil, diréis.
Hay que seguir intentándolo, añadiréis.
Porque no hay que rendirse.

Y puede que sea verdad, pero esas frases, en según qué contextos resultan vacías y por completo carentes de contenido. Imaginad a alguien que pasa hambre. Alguien que se encuentra débil y que apenas puede caminar. Alguien que lo único que puede hacer es miraros con la vista perdida. Probad, pues, a decirle que su problema consiste en dejar de tener hambre. Que lo único que tiene que hacer es recuperar las fuerzas. No os falta razón en vuestro argumento, desde luego, pero tal vez, y solo tal vez porque es posible que me equivoque, no sea eso lo que el hambriento necesita en esos momentos.

Dime, ¿qué necesitas tú, entonces?
Esa es una gran pregunta. Una pregunta cuya respuesta todo el mundo, salvando uno, parece conocer. Todo el mundo, todo tu Universo alrededor, tiene la llave mágica. La solución. Todo el mundo parece saber cuál es la actitud que debes tomar, qué camino debes seguir. Parece todo tan fácil que hasta asusta; especialmente cuando uno, desde dentro, no consigue verlo. No por obstinación, ni por orgullo, no. Podríamos decir que es por falta de entendimiento. ¿Nunca te ha pasado eso de que te están explicando algo que debería ser muy sencillo y, da igual cómo te lo expliquen, no lo entiendes? ¿Alguna vez te has sentido humillado en silencio porque se espera que seas capaz de captar algo a la primera y tú, por el motivo que sea, no lo consigues y lo único que se te ocurre es fingir para que no se note?
Si no es así, eres envidiable.

¿Cuántas veces, por contra, te han hablado acerca de un curso de acción y lo has interpretado al revés? ¿Cuántas veces te has sentido tan estúpido por tu error que te has visto incapaz de hacer nada útil a continuación, a causa del miedo que supone equivocarte de un modo aún más desastroso?
Dime, con total sinceridad, ¿cuántas veces te has sentido como la cosa más inútil sobre la faz de la tierra cuando, de una forma pasmosamente frecuente, recibes constantes informes acerca de todos tus errores? La situación se recrudece, ya no sólo cuando oyes críticas, sino cuando te das cuenta de que ya ni te acuerdas de la última vez que alguien te felicitó por algo que habías hecho bien. Cuando una, una sola de tus decisiones, se vio como un acierto y no como otra de las estupideces que haces todo el rato.
Cuando, para variar, sientes que el Universo a tu alrededor te toma en serio y considera que sí que puedes aportar algo útil.

¿Qué necesitas, pues?
¿Palmaditas en la espalda?
No.
¿Atención?
Por favor.
¿Entonces?
Cuando vives el tiempo suficiente, te das cuenta de que cosas como esas son bastante vacías. No tiene ningún sentido necesitarlas cuando detrás de ellas no hay nada. Y, para bien o para mal, cuando se demandan y se consiguen, el vacío que hay tras ellas es brutal.
Quizás el sentimiento más necesario sería saber que uno forma parte de algo, donde pueda sentirse exactamente al mismo nivel que los demás. Donde pueda hablar sin tapujos, sin miedo al "qué dirán", sin sentirse socavado, cohibido, juzgado; sin tener que escuchar cómo lo mandan a uno callar, sin sentir que molesta a nadie; sin tener que dar explicaciones acerca de lo que haya dicho, hecho, dejado de decir o dejado de hacer; sin dobles lecturas, sin malas interpretaciones; sin desconfianzas ni generar silencios incómodos. Sin enfriamientos, ni distanciamientos, ni abandonos.
Sin que a uno le griten más, por favor.

Por eso escribes. Por desahogarte.
Te sueltas el pelo y dices "Qué demonios"; porque o lo sueltas o revientas... y ya has perdido la cuenta de las veces que has reventado. Porque, ¿qué más da? No es más que otra pataleta, ¿a que sí? Porque a uno no le puede doler nada jamás. Háblale como quieras; dile que se calle, chíllale, llámale lo que te dé la gana. Prueba a amenazarlo, a compararlo con gente que te parece mejor, a ponerlo en entredicho. Atribúyele ideas que no sabes si tiene realmente; acúsale de lo que quieras.  Traiciónalo. Abandónalo. Cúlpale de tus problemas, o págalos con él. Humíllalo. Toma sus carencias y restriégaselas por la cara. Minimiza sus aciertos y réstales importancia. Hazle ver que su vida, su actitud, su forma de pensar, incluso él mismo no son gran cosa. Seguro que es capaz de soportarlo. Y si no lo soporta, ya se le pasará, no es tu problema.

En eso consiste el desahogo.
No consiste en decirle al mundo que eres una víctima. No lo eres. Sencillamente estás cansado. Cansado de no entender, de fracasar, de no sentirte jamás en el lugar correcto. De no tener jamás las palabras correctas, ni las ideas correctas. Cansado de tener esa falta de seguridad cuando haces algo. Cansado de ese miedo cada vez que tomas una decisión, pues puede convertirse en otro detonante para otra reprimenda. Cansado de actuar de buena fe sólo para darte cuenta de que la magnitud de tu error empaña esa buena fe por completo. Cansado de ser recordado por tus errores, por tus momentos de debilidad, por aquello que hiciste y jamás se entendió. Cansado de que te recuerden todo eso como si tú mismo no te lo recordases día a día, o como si no te importase lo que te importa.  Cansado de tener que demostrar no ser lo que han creído que eres. Cansado de acumular polvo en las botas, de ir de aquí para allá, de no terminar jamás de encontrar tu sitio del todo; de valorar tanto cada decisión para que luego ésta sea puesta en entredicho, echada por tierra y pisoteada.
Te sientes mal, muy mal, y no encuentras el modo de sentirte mejor. El Universo a tu alrededor te dice "Estás mal porque quieres; solo tienes que pelear por estar bien", y tú no eres más que ese animal enjaulado, temblando en un rincón. Te preguntas cómo puede ser eso tan fácil para todo el mundo mientras que tú ni siquiera sabes cómo reaccionar.

Suelta toda esa desazón. Conjura a tus propios demonios. Que el resto de los mortales digan, si quieren, que tienes uno, dos o diez motivos ocultos tras tus palabras. Que monten sus propias teorías de la conspiración, si quieren, y que te vean como el monstruo que quieren ver, ya que llegados a cierto punto, no puedes ya convencerles de que vean otra cosa. Que levanten sus propios diagnósticos. Que tasen, evalúen y así limpien sus conciencias. Deja que todos ellos jueguen a sus juegos, que sean ellos los que digan las palabras adecuadas y que esgriman las soluciones. Deja que crean que van a salvar tu vida, aunque realmente no han salvado nada. De haberlo hecho, no estarías aquí, sacándote los cristales de debajo de la piel.

No, quizás escribir no sea la solución a tus problemas, como no lo era llorar cuando eras pequeño. "Llorando no arreglas nada", te decían. Y era cierto.
Pero no era lo que necesitabas.
A veces, solo a veces, necesitamos llorar. Necesitamos hablar. Necesitamos desahogarnos. Necesitamos gritarle al mundo. O bien, necesitamos recluirnos y lamernos las heridas porque sencillamente no tenemos fuerzas para lidiar con según qué cosas. Para aceptar según qué cosas. Para soportar según qué cosas. Es algo humano. Pero lo que no podemos, al menos algunos de nosotros, es limitarnos a tragar saliva, poner la otra mejilla y actuar como si no pasara nada. Sencillamente no podemos sonreír, decir "Eh, ya me pongo bien" y sentirnos mejor solo con desearlo. Para algunos de nosotros las cosas no funcionan así. No son "dos más dos son igual a cuatro". Ojalá, pero no.

Pero, quién sabe. Tal vez todo este desahogo no sea más que otra línea en mi eterna lista de errores. Es más que probable que todo lo que he sacado desde las entrañas no sea más que otro deprimente ejemplo de mi errónea visión del mundo. Que cualquiera medianamente inteligente lea todo esto y pueda sacar otra lista de todo lo que he entendido al revés, de todo aquello que he dicho que debería haberme callado. Quién sabe, puede que la idea misma de desahogarme resulte no ser la correcta y que lo que me toque sea coger y reventar por dentro. O haberme desahogado de otra manera. Lo que sea. Seguro que he fallado estrepitosamente en algo y tarde o temprano aparecerá alguien para decirme lo que tenía que haber hecho. A toro pasado, cuando todo ya está hecho y el error cometido, no antes. Apareciendo de entre las ruinas, en plan deus ex machina, con la opción que tenía que haber tomado en su momento y recriminándome no haber caído en ella.
No soy más que un animal enjaulado y cualquier decisión que tome, al parecer, será puesta en entredicho. Así que lo admito: no he hecho lo correcto, ni lo que se espera de mí. No he hecho nada inteligente, ni probablemente útil.
Me he limitado a hacer aquello que necesito hacer.