martes, 20 de septiembre de 2016

Angst- Visita al yo pasado



A lo largo de estos días, he estado viendo una viñeta por las redes en las que se ven un par de muñequitos, bastante parecidos entre sí, con la diferencia de que uno es más mayor que el otro. El texto, bastante evidente: ¿Qué le dirías a tu yo pasado de cinco años?
No he participado en el juego en las redes, pero la pregunta me ha hecho pensar un poco. No me apetece entrar mucho en cómo era yo a los cinco años. Tengo mis motivos y no los expondré aquí. Espero que lo entendáis.

Quizás lo primero que le diría es que se vaya preparando para la que le espera. Le tendría que decir que le tocaría lidiar con un mundo al que querrá pertenecer pero al que no le dejarán. Bien porque no lo entienda, bien porque será abiertamente hostil. Tendrá que escuchar y soportar cosas bastante horribles y, lo que es peor: tendrá que fingir que las lleva bien. Mi yo de cinco años tendrá la obligación de formar una coraza a su alrededor y, con esa armadura puesta prácticamente día y noche, hacer ver que las cosas le afectan como una décima parte de lo que le afectan realmente. Adoptará distintos papeles que, a modo de máscaras, le servirán para protegerse: para muchos, será un bufón, pero solo para aquellos que le conozcan de verdad, será alguien que enmascara con una risa burlona todo bueno y lo malo lo que lleva por dentro. Aprenderá, con muchísimo esfuerzo y muchísimo dolor, a ser invisible. A pasar todo lo desapercibido que le sea posible, para así evitar convertirse en el blanco de según qué cosas.
También la cagará en eso, y a lo bestia, puesto que no siempre conseguirá alcanzar esa invisibilidad. No para según qué personas.

Aprenderá a soportar el sufrimiento de una vida que, si bien no es la más dura de la historia, sabe que no la merece. Le diría que le tocará descubrir lo que es el dolor, la incomprensión y la soledad. Tendrá que refugiarse en su propio mundo y sacrificar parte de su cordura solo para mantener la que le quede. Se convertirá en un nómada, que irá de un lado para otro, buscando un sitio al que pueda llamar suyo. Creerá encontrarlo de vez en cuando, para darse cuenta de su error y volver a empezar. Conservará pocos amigos y muchas cicatrices entre sus emociones. Tendrá un buen puñado de recuerdos agradables, empañados por una enorme cantidad de decepciones. Conocerá la soledad, la amargura y la injusticia. Combatirá esta última, solo para darse cuenta de que estará luchando contra molinos. Por ello, se estrellará contra un muro una y otra vez. Será crucificado. Le soltarán los perros. Por decir lo que piensa y negarse a mentir; por negar la autoridad de aquellos que no considera dignos de ella. Por no adorar a las malas personas a las que todo el mundo adora. Por todo eso será visto como el enemigo.



Por otra parte, descubrirá las artes. Las tomará como un amigo, como un camino solitario que le ayudará a entender el mundo; mucho menos, conseguir que el mundo le entienda a él, pero serán un buen alivio para escapar de aquello que no puede soportar. Para huir de un mundo al que no siente que pertenece, aunque lo intente una y otra vez. Las artes le enseñarán a expresar lo que no puede expresar por medio de la voz. Serán el consuelo con el que aliviar las heridas, con el que conjurar a sus propios demonios. Serán el desahogo y el purgante que necesitará y que no le será concedido tan fácilmente por otras personas.
Le diré que ese será un camino duro, puesto que corren malos tiempos para los soñadores. Vivirá en un mundo en que las artes no serán valoradas como deberían, y tendrá que aceptar que nunca ganará dinero con ellas. Por ello, cada vez que sus decisiones le lleven por ese camino, dichas decisiones serán cuestionadas. Tendrá que dar explicaciones, más de las necesarias, acerca de por qué ha elegido ese camino. Cada vez que lo haga, verá la incomprensión en los ojos del mundo. Verá la insinuación de estar cometiendo un error.

Será una voz que predica en el desierto. Alguien cuyas palabras no serán del todo escuchadas. Alguien que vive en un mundo en que decir lo que piensas te marca a fuego como culpable de incontables crímenes; tendrá que soportar vivir en un mundo donde aquellos que mienten salen airosos. Donde será acusado de crímenes que no ha cometido; donde cargará con las culpas de lo que hacen aquellos que se comportan de manera egoísta.
Mi yo de cinco años crecerá alimentando una enorme lista de fracasos y derrotas, que le serán recordadas de forma constante, bien por su entorno, bien por sí mismo, pues su capacidad de perdonarse según qué cosas estará muy limitada. Sus logros y sus aciertos pasarán de puntillas y a menudo serán abiertamente ignorados. Durante muchos, muchísimos años, vivirá estancado, sin apenas evolucionar en su universo: seguirá viviendo de la misma manera, sin mejorías, sin proyectar a una forma de vida mejor. Creerá salir del círculo en que se convierten sus días, semanas, meses y años para acabar en el punto de partida. Vivirá en un ciclo constante, que se repetirá una, y otra, y otra vez. Luchará por cambiarlo, pero no lo conseguirá. Cada vez que crea encontrar una ruptura con lo ya vivido, volverá de nuevo al punto de partida.


Pero sin cobrar. Más bien pagando.


Serán unos cuantos años de lucha incesnate contra su propio entorno: años viéndose obligado a justificarse por todas y cada una de las decisiones que toma. Años luchando contra sus demonios privados, sus terrores más recurrentes y sus propias derrotas. La mayor parte de las veces, no vencerá; ni siquiera quedará en tablas. Acabará, hablando de un modo figurado, siendo arrastrado por el suelo y escupiendo tierra. Lo único que le quedará será tener que aprender a encajar las pérdidas de la forma más digna posible. Mirará a su alrededor y, con el tiempo, la experiencia le dirá que nadie ha llegado jamás a explicarle nada, ni justificarse ante él. A veces lo ha necesitado y no lo ha tenido. Lo único que le ha quedado es la aceptación de que la balanza no suele estar equilibrada a ese respecto en este mundo.

La alternativa a esas explicaciones que ha tenido que dar ha sido siempre ser juzgado y declarado culpable. Se dictarán durísimas sentencias sobre su persona. Se pondrán palabras en su boca y se le atribuirán pensamientos que jamás ha tenido. Se le usará como chivo expiatorio para cargar con las culpas de los problemas de otros. Habrá culpables que salgan completamente impunes, y los pecados de éstos caerán directamente sobre sus hombros. La gente cercana a él, una vez más, le dará la espalda y se aliará con aquellos que han salido indemnes para lanzar sobre él sus sospechas, sus acusaciones. Para acusarle con el dedo de crímenes que saben que han cometido otros.


Una carga, a fin de cuentas.



Perderá a bastante gente por el camino. A otros, los abandonará de forma deliberada, aunque jamás sin al menos una buena lista de motivos que considere justos. Cada vez que esto suceda, todo el mundo le dirá que es algo a lo que no debe darle importancia y que le da demasiadas vueltas a las cosas. La cuestión es que, por carente de importancia que le digan que es, a él le importa. Y no podrá evitar destrozarse por dentro cada vez que esto suceda.
Se verá obligado a tomar decisiones muy, muy duras. Decisiones que le llevará mucho tiempo tomar y que, como importantes que considera, las encarará del mejor modo que sabe, tras haber meditado largo y tendido sobre ello. Prácticamente ninguna de esas decisiones será tomada en serio y casi nunca se pensará cuánto ha reflexionado sobre ellas. Eso también le hará daño, porque descubrirá que la imagen que proyecta no se corresponde con la persona que cree ser. Una vez más, se dará cuenta de que no solo no entiende el mundo que me rodea: éste tampoco le entiende a él.

Recibirá puñaladas por parte de aquellos a los que ha considerado siempre sus mejores amigos. Habrá quien le manipule, quien juegue con sus emociones. Muchos intentarán aprovecharse de él; más de los soportables lo conseguirán. Será humillado, engañado, incluso abandonado por quienes más le importan. Acabarán con su cordura y estarán a punto de destruirle. Esto dejará cicatrices en él de por vida y marcarán su comportamiento futuro.
Le romperán el corazón una y mil veces. Su vida a este respecto será básicamente una lista de amores imposibles, amores frustrados y todo un repertorio de dolor de todo tipo. Será descartado, cuando no abiertamente despreciado; la elección jamás tomada. Ni siquiera será planteado como elección en muchos casos. Será una sombra, raramente tenida en cuenta. Su lealtad, su atención y sus buenos sentimientos nunca serán suficientes, pues siempre habrá otros considerados mejores que él. Se verá obligado a aceptar eso último, y será consciente de siempre acabará quedando al margen. Siempre habrá alguien que le recuerde que no era una opción válida. No lo bastante bueno.
Deberá vivir con esos fantasmas, que le atormentarán una y otra vez. A veces, intentará olvidarlos y estos aparecerán de vez en cuando solo para molestarle. Para recordarle lo que le hicieron. Algunas veces, acudirán a él, de forma directa o indirecta para seguir insistiendo en que, puede que ya no formen parte de su mundo, pero que se niegan a aceptarlo. Él los querrá bien lejos y estos no dejarán de insistir, pese a que saben que ya no hay nada de que hablar. Que no le interesa saber nada de ellos.


"Hola, ¿te acuerdas de mí?"


Se  le dirá que todo eso no debe importarle. Que solo a él debe importarle cómo es y lo demás es irrelevante... pero seguirá pensando que forma (o, al menos, intenta formar) parte de un mundo en el que viven otros seres humanos. Que, por muy bien que suenen esas palabras de independencia y autodeterminación, también es parte de una comunidad. De una especie. De una sociedad. Puede ser un individuo, pero también pertenece a un colectivo; como miembro de ese colectivo, debe ser aceptado por él.
Y no cree estar consiguiéndolo.

Más adelante, se dará cuenta de que sus palabras no serán tan claras como le gustaría. Por más que intente explicar las cosas, descubrirá que lo único que hará será empeorarlo todo. Buscará poner fin a mis conflictos pero, al hacerlo, los avivará. Solo querrá estar en paz, pero al intentarlo, no hará sino generar más problemas. Intentará evitarlos pero, tarde o temprano, le buscarán a él. No tendrá manera de evitarlo. Como siempre, el dedo de la culpa señalará hacia él, y no sabrá cómo defenderse.

No será el héroe que siempre quiso ser. Su vida no será la de nadie importante. No descubrirá nada que cambie el mundo para mejor. Probablemente, morirá sin ser recordado como nadie especial para la humanidad. No será más que otra persona anónima, cuyo paso por el mundo dejará una huella leve. Sin embargo, consagrará su vida a ayudar a otros. Una labor que le llenará y que considerará necesaria, pero que será raramente reconocida por el mundo que le rodea. No importará la de gente a la que haya ayudado, ni lo mucho que haya podido influenciar para bien en las vidas de otros. Tampoco importará lo que haya podido aportar, ni las enseñanzas que haya podido impartir. Eso jamás parecerá excesivamente importante y siempre se esperará de él algo más. Algo que tal vez ni sea capaz de conseguir, pero se dé por sentado que sí. Sin preguntarle siquiera si eso es lo que realmente quiere.

Llegará el momento en que, harto de tener que justificarse cuando no debería, acabará agachando la cabeza. Se quedará en silencio y se limitará a mantenerse ahí,  pero sin aceptar las culpas de los crímenes que no ha cometido. Se dirá a mí mismo que no es responsable de las miserias de otros y, como tal, no tiene por qué pagar por ellas. Pero lo dirá en silencio, puesto que pocos realmente comparten ese pensamiento. El resto ni siquiera querrá escucharle.
Querrá huir. Desaparecer. Refugiarse donde pueda, lejos de todas las voces que le dirán lo que debería hacer, aunque no le pregunten qué quiere hacer, ni se planteen los motivos reales acerca de los cuales llega a las conclusiones que llega y toma las decisiones que toma.
Lejos de los juicios, de las acusaciones. Lejos de los reproches, de los intentos de humillación sacando trapos sucios. Acabará cansado, muy cansado. Incluso herido, porque sabe que no es como muchos piensan que es. Como muchos le acusan de ser.
Tan grande es la presión, que incluso tendrá dudas de esto último.


Las dudas son traidoras y tal.


Sus únicos aliados acabarán siendo la oscuridad y la distensión. Será testigo de todo cuanto sucede; de cómo se repite la historia una y otra vez. Condenado a observar. A destruir cada vez que intento solucionar algo. Se sentirá la criatura más inútil e inservible de la creación, que destroza todo cuanto cae en sus manos. Intentará luchar contra el caos de mi vida pero, al hacerlo, no hará sino provocarlo. Extenderlo.
Lo único que tendrá serán buenas intenciones, y no le servirán para nada. Acabará frustrado. Decepcionado y triste, como un niño que levanta un castillo de arena y ve cómo la marea lo destroza por completo sin que pueda hacer nada por evitarlo.
Ese será tu futuro, le diría a mi yo de cinco años.

Supongo que por eso la naturaleza es sabia y no nos permite viajar al pasado. Quizás por eso es mejor vivir en la ignorancia del presente sin saber lo que nos espera. Al menos, es mejor en mi caso, visto lo visto. Posiblemente, si me encontrara con mi yo de cinco años y le contase todo esto que acabo de poner por escrito, éste dedicaría todos sus esfuerzos a cambiarlo... y acabaría por no vivir su vida y embrollándolo todo aún más. Al intentar solucionar las cosas que ya sabría, lo más seguro es que acabase de destrozarlas y la cosa degenerase en algo aún peor. En un futuro, si cabe, bastante más oscuro.
Creo que mi yo de cinco años está bien donde está, sin saber según qué cosas.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Spanish Bizarro- ACME y el estrambótico caso de la pizza con piña que nunca debió llegar



Entre los ACMEs existen una serie de hechos que se repiten de forma más o menos recurrente que podríamos llamar "Tradiciones". Por ejemplo, que cada (puta) vez que vamos a ir a comer a un sitio, dicho sitio esté cerrado y haya que buscar otro, o que cada vez que organicemos algo alguien lea mal las cosas y acabe por no enterarse del todo bien de lo que se va a hacer.
Este artíCULO habla de otro hecho que, con el tiempo, parece estar a punto de convertirse en otra tradición ACME. Como toda buena historia, tiene un prólogo; los protagonistas de éste son Martish Oscura, nuestra Honorable Tirana y su Amado Esposo, el Doctor Invierno.

Todo empezó una noche que llegaron a su casa y, como cualquier matrimonio normal, decidieron pedir algo de comida por teléfono. Unas pizzas, por ejemplo. Para tal propósito, eligieron una pizzería que se encuentra a unos trescientos metros de su casa en línea recta. Llamaron, pidieron sus pizzas y los del local les dijeron que tardarían unos cuarenta minutos en llegar. Esto es algo que no he terminado nunca de entender desde que estos tíos abrieron el restaurante: vayas a la hora que vayas, te dicen que, si vas a pedir pizza, va a tardar mínimo ese tiempo. No importa que el local esté lleno o vacío, siempre dicen lo mismo. Eso me lleva a pensar dos cosas: una, que siempre andan cortos de masa y se ponen a hacerla allí mismo bajo pedido, y dos, que el horno es más o menos del tamaño del que había en la casa de los Pin y Pon y que lo tienen a mínima potencia.
Sea como sea, nuestros Honorables Líderes hacen su pedido y esperan. Pasan los cuarenta minutos. Pasan algo más de cuarenta minutos.
Pasan algo más de algo más de cuarenta minutos.
Les llama el repartidor, diciendo que no sabe llegar al sitio. Martish Oscura le dice que está en la misma avenida, solo que un poco más abajo. El tío, al parecer, está unos metros más arriba.
Pasa un buen rato y el tío les dice dónde está. Ya va mal, porque asegura estar en un portal que es impar, y el matrimonio Oscuro vive en un par. Cualquiera que tenga más de dos neuronas juntas sabe que los números de los portales en una calle van agrupados por pares e impares.
El fulano consigue llegar. Lo ven llegar con la moto desde la ventana. También lo ven preguntar por el portal en la cafetería de abajo, pese a que es el único de la acera en bastantes metros. Doc Invi se acerca al portero electrónico para abrir. Mira por la cámara...
... Y no ve a nadie.
Pasan varios minutos, hasta que suena el portero y le abren. Pasa otro buen rato hasta que consigue subir. Se les presenta un fulano de al menos cincuenta tacos con cara de ser la antítesis más absoluta del espabilamiento. Les entrega la caja de la pizza que, para más inri, está chorreando cachos de queso y tomate por doquier. La puta lepra de las pizzas.



Algo así, por lo visto.


—Esto no lo vais a querer, ¿verdad? —dice.
—No —responde Invi, observando el Hiroshima de las pizzas desmenuzándose en la puerta de casa.

El tipo se va para devolverla y nuestros amados líderes se quedan con la cara partida ante el despropósito. A Doc Invi le da por hacer un Hansel y Gretel y seguir el rastro de cachos de queso que hay esparcidos alegremente por todo el bloque. Dicho rastro le lleva hasta el portal, donde descubre que no se ha tratado del simple meneo que se pueda llevar una pizza en una moto: al parecer, la pizza hizo turismo al salir del cajetín y se estampó contra el suelo del portal, a juzgar por la pedazo de mancha de tomate que encontró. Ahí fue cuando la cosa dejó de tener gracia y le hizo una foto al cuerpo del delito.
El repartidor vuelve no sé cuánto tiempo después y les entrega la pizza que faltaba. Invi le dice que puede entender muchas cosas, pero no que intenten colarle una pizza que se ha caído al suelo. El repartidor se defiende diciendo que era "la pizza de otra persona". No quiero ni imaginarme la cara que le puso el Doctor cuando escuchó aquello.

—De todos modos, me han despedido —le dice el repartidor allí mismo, como si ese dato procediera.

Nuestros líderes, tras el episodio absurdo, cenan y se van a dormir. Les suena el teléfono.
Puede que no os lo creáis, pero así sucedió.
Era el repartidor, otra vez.



"¡NOOO, POR DIOOOOS!"


—Oye, que no me han pagado —le dice a Invi, que no se puede creer que eso le esté pasando.
—Yo lo siento mucho —contesta nuestro líder —. No me gusta que despidan a nadie, pero... es que estás hablando con el tío al que le has traído la pizza. Eso es un asunto que tienes que tratar con tus jefes.
Un momento de silencio.
—Ah, me he equivocado de número.
El sonido de la línea y el prólogo de esta historia termina aquí.

Pasan algo así como un par de semanas, puede que un poco más. Estamos en una quedada de las nuestras en el cuartel general ACME y decidimos pedir tres pizzas para cenar. Obviamente, no contamos con el mismo sitio... ya no porque vayan a tener al mismo personaje como repartidor (ya he mencionado que fue despedido), sino por la tardanza. Además, entre nosotros hay gente que no le termina de gustar cómo cocinan; de este modo, trincamos unos papeles de propaganda que teníamos por ahí y pasamos al embolado habitual de ponernos de acuerdo acerca de lo que vamos a pedir, porque la idea es compartir. Tenemos a Katya, mi gemela maligna, en Skype, berreando que pidamos pizza con piña, su favorita. Al no estar físicamente con nosotros, ignoramos su petición. Salvando ella, nadie es capaz de digerir pizza que lleve fruta tropical encima.
Un buen rato de negociaciones y ya tenemos el pedido listo. Se piden las pizzas y nos dicen que, en unos veinte-treinta minutillos, llegarán.
Pasan los veinte minutos. Incluso los treinta.
Pasan cuarenta minutos, y cincuenta.
Las pizzas llegan a los setenta minutos.
Nos disponemos a comer, cuando... Abrimos una de las cajas y vemos que lleva piña.
Hay un puto despliegue tropical encima de nuestra cena.


Creo que todos en la casa pensamos esto.


Justo en ese momento pienso en Katya, que abandonó sesión en Skype y se había puesto con sus cosas. Le mando un mensaje preguntándole si ha tenido algo que ver, y la muy cabrona se descojona al otro lado de mi teléfono. El Doctor Invi, al ver la cena, muda la expresión de su rostro. El episodio con el anterior repartidor todavía está muy reciente y esto supone reabrir viejas heridas.
Para evitar que nuestro líder sufra una crisis nerviosa, nuestra benjamina, Kawaii-Chan, se ofrece para llamar por teléfono y comentar al local lo que ha pasado. La cosa empieza bien; al menos los dos o tres primeros segundos, cuando le dan las buenas noches. A partir de aquí, la cosa se pone cuesta arriba: los del local, lejos de pedir disculpas ante lo sucedido (un simple error que le podría pasar a cualquiera), se ponen a la defensiva, echan la culpa a su repartidor y ni siquiera contemplan la idea de hacer una devolución del pedido por el correcto. Kawaii-Chan, como es normal, empieza a perder los estribos al ver que la educación de la otra persona al otro lado del teléfono empieza a desaparecer cual zurullo en un váter al tirar de la cadena. Le comenta que habían pedido una pizza con tal nombre, y el tipo al otro lado del teléfono ni siquiera parece saber qué lleva. Llega ya al punto de tener que hablar de pedir una hoja de reclamaciones si no le hacen la correspondiente devolución del pedido. Y les pide que, por favor, la cena llegue en menos de treinta minutos y no setenta.
Esperamos unos veinte minutos y llega el pedido. Esta vez el repartidor es una chica, porque por lo visto el que trajo la comida la vez anterior no ha querido venir; esta es la primera noche de trabajo de la muchacha y la han mandado sin un puto cajetín en su moto. Obviamente, Martish e Invi le dicen a la repartidora que no es culpa de ella, de manera que no tiene de lo que preocuparse por lo que respecta a nosotros. De las pizzas que nos trae, una está machacada (nuevas reminiscencias del alucinante prólogo a esta historia) y se la tiene que llevar. Esto ya es la guerra, decimos. Una cosa es el error, que entra dentro de lo posible, y otra la falta de educación a la hora de resolver el asunto. Es por eso que Kawaii-Chan, Martish Oscura y yo unimos nuestras fuerzas para ir al local y pedirles la (puta) hoja de reclamaciones.



"No sé quién eres, pero si nuestra cena no está aquí cuanto antes, sufrirás las consecuencias"


Martish y yo quedamos en su portal. Es la primera mañana que tenemos disponible los tres tras la movida y no es plan de demorarlo. Tenemos previsto coger el Martishmóvil, recoger a Kawaii-Chan en su casa y de ahí tirar para el local. Algo sencillo, sin artificios. Llegar, entrar y salir.
Poco podíamos imaginarnos que saldríamos en el Día Internacional del Lerdo, o el Lerdo Day: nada más salir de la Martishcueva cogemos una rotonda y vemos a un fulano que, por algún motivo desconocido aparte de una lerdez absoluta, se había quedado congelado en mitad de la susodicha rotonda, impidiéndonos el paso. Nosotros allí buscando el modo de hacer algo tan sencillo como pasar por la puta calle, y el colega allí convirtiendo oxígeno en dióxido de carbono (eso, claro está, si no se dedica a hacer la fotosíntesis) y provocando un tapón de tamaño considerable. Tras un rato en que nos toca ser testigos forzosos de una supina incompetencia al volante y de un empanamiento que roza la patología, nos ponemos en camino. Nuestra Honorable Tirana me pide que le mande un mensaje a Kawaii-Chan para decirle que tiramos para la Kawaiicueva, pero que vamos a hacer una parada para echar gasolina al Martishmóvil. Yo me quedo en el coche, mientras Martish entra a pedir el surtidor para repostar.
Pasa un minuto.
Dos.
Cinco.
La Tirana regresa con los ojos chisporroteando energía satánica y me cuenta que delante de ella había otro lerdo: este en cuestión no parecía saber cómo funciona un puto boleto de Rasca-y-Gana y andaba examinándolo como si estuviera diseccionando una rana o como si estuviera intentando desmantelar una bomba. Yo me palmeo la cara y, una vez hemos conseguido alimentar al vehículo, salimos para la Kawaiicueva. Recogemos a Kawaii-Chan y tiramos para abajo, llegando al susodicho local en unos minutos.



"Con el encargado, por favor".
Imaginadnos con los roles de género cambiados y lo tenéis.


Llegamos a una hora en que no hay demasiada gente, de manera que contamos con que se nos pueda atender sin demasiadas complicaciones. Nada más llegar, vemos en la puerta que el "vehículo de reparto" resulta ser una bicicleta con una caja de fruta amarrada en la parte de atrás. Empezamos bien. Martish pide hablar con el encargado, que resulta ser el tipo que está tras el mostrador. Le recordamos lo que pasó la noche anterior y éste, a toda velocidad, se va a por el ticket del pedido. Al contarle lo que pasó (que entendemos que ya lo sabía, pero nos pareció necesario explicarle dónde estuvo la cagada), este se encoge de hombros y vuelve a echarle la culpa al repartidor. Le decimos que esa no es excusa y se defiende diciendo que nos cambió las pizzas, que qué más queremos. Kawaii-Chan interviene y pide el libro de reclamaciones... y advierte que el local no tiene el cartel obligatorio donde se indica al cliente que el local dispone de un libro de reclamaciones en caso de queja o petición. La cosa empieza mal. Mientras ésta está discutiendo con el encargado, Martish Oscura está informando a Katya, que está al otro lado pendiente de toda la historia a tiempo real. Kawaii-Chan, al ver que no le están haciendo ni puñetero caso, empieza a ponerse nerviosa. Nuestra Honorable Tirana, que ya la conoce metida en un saco, decide calmarla un poco y tomar ella la iniciativa de la situación. Es por eso que Kawaii-Chan pasa a informar a Katya vía móvil mientras Martish Oscura se encara con el personal, y yo me quedo en un segundo plano momentáneamente, esperando a que me llamen a escena.

—Llamad a la policía —nos pone Katya por escrito varias veces —. YA.



"Salid de ahí".


 En mitad de la movida, aparece el dueño. Un tío que, por algún motivo, me da muy mala espina. No sé si es porque llega en plan "Yo soy el dueño (¿qué coño pasa aquí?)" o porque no parece muy dispuesto a hablar. Ni siquiera nos escucha, de hecho; se limita a decirnos que nos dará la hoja de reclamaciones, dando a entender que no quiere saber más del tema. Ni siquiera mira la foto que le hicimos a la segunda pizza chafada que nos trajeron; según él, "esas cosas pasan, del meneo del reparto". El mejor momento viene cuando, tras insistirle una o dos veces que las pizzas por lo generalmente tienen forma redonda y plana... o, mejor dicho, tienen forma, a secas, nos suelta,  cuando Martish ya consigue que mire la foto durante un segundo o así, con sus huevazos toreros: "¿Qué pasa, que así no se puede comer?" Es ese momento en que nos damos cuenta de que estos tíos no se van a bajar de la burra y empezamos a pensar que Katya tiene razón y deberíamos ir llamando a la poli a la de ya. Sin embargo, la sangre no llega al río. Nos traen unos impresos para rellenar la hoja de reclamaciones... pero la movida no acaba aquí.
Echamos un vistazo a los impresos y nos damos cuenta de que NO son impresos legales. Me explico: un impreso de una hoja de reclamaciones está hecho con un papel más fino y tiene tres hojas de calco (blanca, amarilla y rosa), de manera que, al rellenarlo, te quedas con tu copia, el local se queda con otra y la tercera que iría para la administración (en este caso, Consumo). Estos papeles están bajados de Internet, impresos en folios con una impresora normal y corriente y grapados. Dicho de otro modo: si no había cartel indicando que había un libro de reclamaciones, es porque NO había un libro de reclamaciones.



"Todo esto es irregular".


Lo rellenamos igualmente, mientras el personal a nuestro alrededor empieza a hablar entre sí en una lengua que no consigo identificar. Sospecho que nos están poniendo a parir, pero no nos inmutamos: tenemos las de ganar, solo viendo la cantidad de irregularidades que nos estamos encontrando. Relleno dos impresos, ya que no hay copias. Le decimos al encargado que nos lo tiene que sellar y éste nos contesta que no tiene sello.
Aquí es donde ya llegamos al punto de la juerga padre.
Os explico: TODO local que ofrece un servicio debe tener un sello. Por ejemplo, para firmar albaranes; si te llega una hoja de reclamaciones, tienes la obligación de sellarla precisamente para que haya constancia de que el local ha recibido dicha queja y así se pueda dar parte a la administración. Si aseguras no tener dicho sello, para empezar, a ver de dónde narices sacas la comida que sirves, porque tiene que constar por alguna parte que la has comprado a tu proveedor. Aparte, quieren quedarse con una de las copias que he hecho para pasársela a su gestor. La abogada de Martish, al otro lado del teléfono mientras yo redactaba aquello, nos dice que bajo ningún concepto dejemos nada escrito por nosotros allí y que nos llevemos los impresos que hemos rellenado. El encargado, después del asunto con el sello, nos dice que quiere una copia para llevársela a su gestor. Tampoco es que nos lo ponga fácil para facilitarnos los datos del local y así ponerlos en el impreso. Hemos tenido que decirle que o nos facilita los datos o nos veremos obligados a llamar a la Policía.
Ante esto, que no sé ya si es incompetencia o abierta caradura, me dirijo al encargado y uso mi tono de profesor, que para algo me dedico a ello:

—Mira, te cuento cómo funciona esto —le digo, sorprendentemente tranquilo para cómo soy yo en este tipo de situaciones, que me suelen resultar bastante incómodas y violentas —: estos papeles que tenéis aquí no son legales. No estáis cumpliendo la normativa, de modo que ya os estáis metiendo en un lío. Si quieres llevarle el impreso a tu gestor, vosotros mismos... pero es que estos papeles no significan nada. Os dirá que no estáis cumpliendo la normativa y os meteréis en un lío más grande del que ya estáis metidos. Así que nos vamos a llevar estos papeles.


"No hagáis esto más difícil, por favor".


Martish, a mi lado, usa el mismo tono y complementa lo que digo con los detalles legales que yo desconozco. El encargado, que llegados a este punto no sé si es un pobre desgraciado al que han dejado ahí comiéndose el marrón (recordemos que el dueño se ha volatilizado tras darnos los impresos de chichinabo) o es otro jeta que se está haciendo el tonto, opta por hacer como su superior y desaparece tras decirnos "Un momento".
Kawaii-Chan, Martish Oscura y yo nos miramos los unos a los otros con una patente expresión de confusión en nuestras caras. Aprovechamos para coger un papel de propaganda del local y apuntar el nombre, la dirección y el teléfono. Con las mismas, nos largamos de allí. Nos llevamos los impresos, no como reclamación oficial, sino como prueba de la irregularidad que están cometiendo. Martish Oscura también ha sacado más pruebas fotográficas mientras hablaba con su abogada. Todo con la idea de plantarles una bonita reclamación en Consumo para que les cayera la inspección pertinente.


O pa que les manden a este.


Varios días después, Martish aprovechó una mañana que tenía libre para acercarse a Consumo y poner la correspondiente reclamación. A día de hoy, no tenemos constancia de lo que ha podido pasar a partir de este punto; según me ha contado la Honorable Tirana, la administración tarda un mínimo de dos meses hasta que inicien su intervención, así que a saber cómo acabará esto. Una cosa sí es segura: parece que ACME está sufriendo una nueva maldición, aparte de la de ir a un sitio y encontrárselo cerrado. Ahora, la comida a domicilio también está suponiendo un nuevo reto.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Tebeos en Vena- Sobre HarleyQuines, Apocalipsis y demás cosas



No he ido a ver El Escuadrón Suicida.
Básicamente, no me llamaba, como no me llama ir a ver una de las típicas pelis de Jennifer Anniston o alguna de estas basadas en novelas de John Grisham. Es la única explicación que considero oportuno dar a este respecto.
Lo que tampoco he hecho ha sido animar a la gente a que no la vea. Todo lo contrario, cuando alguien me ha dicho que iba a verla, lo que les he dicho es que me cuenten cuando salgan, para ver si mi intuición fallaba o no. He oído de todo, pero la gente cuyo criterio suele ser más afín al mío me ha dicho que no me pierdo gran cosa.
Sigue sin llamarme.

Sin embargo, conforme pasan las semanas, estoy viendo que el revuelo que se está montando por la película roza ya lo ridículo. Y es que parece que ya no se puede sacar una película basada en cómics sin que se arme la marimorena. No necesito haber visto o dejado de ver El Escuadrón Suicida para empezar a pensar que la cruzada contra el cine de ficción y, más concretamente, contra el mundo del cómic, está siendo tomada muy en serio.
El principal argumento (que no el único), el de siempre, el cual comienza a resultar ya un poco manido y trillado: que si las películas basadas en cómics hipersexualizan la figura de la mujer, les ponen unas pintas que parecen objetos (todavía vendrá alguien "concienciado" con la igualdad de género y me dirá que parecen putas,  como si lo viera) y un sinfín de blablablases que, sinceramente, aburren.

Insisto, no voy a entrar en si El Escuadrón Suicida hipersexualiza a la mujer. Como digo, no la he visto; pero también me juego el cuello a que mucha gente tampoco ha visto la película y ha cargado las tintas igualmente contra Margot Robbie por llevar un short de esos en que lleva medio culo al aire.
Y he ahí la gracia.
No sé ya cuántas veces he tenido que escuchar ese argumento rancio de que ese tipo de vestimentas en las que se enseña medio culo son denigrantes para la mujer (casi dando por sentado de que una mujer lleva ese tipo de ropa a punta de pistola), que la que lo lleva es una furcia, marioneta del Malvado Imperio Heteropatriarcal Opresor, Culpable de Todos y Cada Uno de los Males de Esta Sociedad. Echándole más cojones (u ovarios, que nadie me acuse de no usar lenguaje inclusivo, por los Dioses), he llegado a escuchar de gente supuestamente "abierta de mente" y "superconcienciada" que si se lleva ese tipo de prendas que nadie se extrañe luego de que las mozas sean violadas.
Y quedarse tan panchos tras soltar semejante idiotez, porque quien lo dice se ha puesto una chapita con un símbolo feminista y hay que hacer caso de todo cuanto diga, so pena de quedar como machistas si no se les da la razón. Aunque lo que estén diciendo sea básicamente negar el derecho que tiene toda mujer a vestir como le salga del mismísimo coño.


Lo diré las veces que sea necesario: la culpa de una violación recae única y exclusivamente en el violador.
Si alguien me viene con el argumento de que este tipo de pantalones provocan a los hombres para que violen mujeres, le invito a que por favor deje de seguir este blog y, si lo tengo en mi lista de amigos, que me borre y me bloquee de por vida.
Esto lo digo muy en serio. No necesito a nadie cerca de mí que justifique violaciones, se ponga de digno como se ponga.
Puedo pasar por muchas cosas, pero esa no la consiento.


Una vez hemos tomado esta película como punto de partida, vamos a salirnos de ella por un momento. A lo largo del último mes me ha tocado leer una cantidad tremenda de estupideces acerca del personaje de Harley Quinn, de la cual se ha dicho que (y cito de un modo casi textual), "el personaje vende valores de una relación enfermiza con el Joker, basada en la dominación que éste ejerce sobre la chica, y en la que imperan elementos como el miedo". Se alude a una frase de la peli, como guinda, en la que el Joker dice "No voy a matarte; solo te haré mucho daño".
Y es aquí cuando la cabeza me explota ante tanta lumbrera junta que dice "saber leer entre líneas".
Que la relación que antaño (digo antaño, porque esto en el Nuevo Universo DC, por lo que tengo entendido, se ha abandonado y ahora mantiene una relación homosexual con Hiedra Venenosa... algo super misógino y homófobo, como parece ser todo el mundo del cómic, según algunos) mantuviera el personaje de Harley Quinn con un villano con el Joker fuera enfermiza no es ningún secreto. Ahora bien, lo que me parece una meada fuera del tiesto es coger y argumentar que, solo por el hecho de que se muestre una relación de ese tipo, ahora estemos ante un caso de "propaganda machista". En casos como este, da la impresión de que existe gente que da por sentado que TODO lo que aparece en un cómic es automáticamente y por definición apología. Dicho de otro modo, viene a ser algo semejante a decir que, como Superman puede volar, vende a los niños la posibilidad de volar y que los está incitando a tirarse por la ventana. Si alguien se para a leer cualquier cómic donde Harley Quinn mantenía esa relación con el Joker sin prejuicios ni chorradas del tipo "Es que los cómics de superhéroes cosifican a la mujer" (luego voy a eso) y demás gilipolleces, se darían cuenta de que lo que se muestra en dicha relación es la relación entre dos personajes perturbados. Seamos claros, almas de cántaro: el Joker está perturbado... y Harley Quinn también. No cabe esperar que la relación que tengan sea normal.



Stephen Amell en el cartel promocional de Arrow. Si nos ponemos en el mismo plan, podemos decir que está cosificado y que su cuerpo se vende como reclamo. No en vano, prácticamente en todos los capítulos se quita la camiseta.


Esta preciosidad de estatua es el Esclavo Moribundo de Miguel Ángel. Nótese el cuidado por exponer las formas masculinas y... sí, también sus atributos varoniles. Si nos ponemos estrictos, podemos decir que también se cosifica la figura aquí.


Del mismo modo que se podría decir que se cosifica también la Venus de Boticelli por... por mostrar a una mujer desnuda.


Supongamos que cambiamos el tipo de arte y en lugar de una pintura al fresco tenemos un cómic. Pues aquí es donde llegan las críticas, porque por lo visto las únicas que van semidesnudas en los cómics son las mujeres.



Y Estela Plateada va con un jersey de cuello vuelto.
Señalo esto porque parece que hay quien no se ha dado cuenta de que el cómic occidental, en líneas generales, es el arte de dibujar el cuerpo desnudo, pero sin parecer que va vestido. Tanto el del hombre como el de la mujer.
Ir con monsergas en contra del desnudo, a estas alturas de la película, y revestirlas de un presunto feminismo que nadie con dos dedos de sentido común se traga, lo que atufa, es a un puritanismo que flipas.




Pero voy más lejos: el Joker, además de ser lo que llamaríamos fuera del amplio campo de la patología clínica un puto enfermo, además es un villano de lo más cabrón. Como tal, no tiene respeto por nada ni por nadie. ¿A quién se le ocurre pensar que podría tenerlo en una pareja? Yendo más lejos aún: ¿Por qué un villano (hombre o mujer, aquí hablo del concepto de villano genérico) iba a tener respeto por nadie, incluido la persona con la que se acuesta? Es lo que hacen los villanos, y lo que los define: ser unos hijos de la gran puta. La misma crítica y la misma polémica que nos comimos con el famoso cartel de X-Men: Apocalipsis, en el que el villano aferraba violentamente por el cuello a Mística. Volvieron a salir las mismas rasgadas de vestiduras, y allí estuvimos unos cuantos preguntándonos: "A ver, ¿qué esperáis que haga un cabrón? ¿Ser respetuoso con un enemigo? ¿Tener deferencia con alguien que le desafía por ser mujer? ¡No, los cabrones son así! ¡Eso es lo que les hace cabrones!"


Si resulta que ahora un villano solo puede atacar a héroes varones, y si cada vez que esta especie de imposición se rompe la respuesta sea el pataleo y la exigencia de censura, me veo de que de aquí a unos años se van a empezar a prohibir películas y libros como Otelo...
Solo porque un montón de gente es incapaz de soportar ver (o que otros vean) aquello que no quieren ver.
Pero si les preguntas a ellos, qué va: no son intolerantes, ni radicales ni extremistas. Es que luchan por lo que creen... aunque eso suponga coger y empezar a mutilar o cargarse obras culturales.


Es ahí cuando me planteo si verdaderamente el personal sabe distinguir entre realidad y ficción, entre lo que es inculcado y lo que es parte de una trama. En el momento en que ya hay que andar con pies de plomo y un villano ahora solo puede andar arreando a otros villanos de su sexo (y, a ser posible, de su misma condición sexual) es cuando ya empezamos con esa política censora de negar absolutamente cualquier rasgo de oscuridad en la naturaleza humana en la ficción o en el arte. Y, como he manifestado más de una vez, cuando hay radicales cerca, el arte suele contarse entre sus primeras víctimas.
No podemos ver a un asesino en una peli, pero luego nos lo comemos con patatas en un telediario. Encogemos los hombros, decimos "Ay, este perro mundo" y seguimos a lo nuestro.
No podemos consentir que un hombre pegue a una mujer en la ficción, pero sí se consiente mirando hacia otro lado (y algunos hasta lo defienden) en la vida real.
Se ningunea a las mujeres en los medios de comunicación (véase la cantidad de titulares escritos por chimpancés durante las Olimpiadas y su trato hacia nuestras deportistas) y hay a quien le parece lo normal, o no ve machismo ahí. Es más fácil verlo en la ficción. Es más comprometido cargar contra lo que no es real, en lugar de afrontar y combatir lo que sí lo es.
Y así con todo.

Pero volvamos a la peli, que la polémica sigue servida. Esta vez, ya no solo con la pinta de la Harley Quinn y su rollo con el Joker, sea este como sea (probablemente dé igual, porque siempre, siempre, siempre, parece haber un puñado de energúmenos con el puño en alto dispuestos a liarla, se cuente lo que se cuente en una peli basada en cómics), sino ya con las críticas en sí. Volvemos a lo que expuse en el primer párrafo de este artículo, cuando dije que la película no me llamaba y no la vi... pero que tampoco le dije a nadie que no lo hiciera. Algunos no parecen ver más allá de sus narices y han montado un zapatiesto de tres pares, exigiendo el cierre de páginas como Rotten Tomatoes porque las críticas no han sido buenas. Parte de ese fundamentalismo se puede ver en un artículo como este que me llegó hace unos días y que no hacen sino causarme una vergüenza ajena de las gordas. Algo así ya nos encontramos no hace mucho cuando se lió la que se lió con lo del Capitán América y su presunta vinculación con Hydra o como cuando amenazaron de muerte a Joss Whedon tras haber dirigido Los Vengadores: Era de Ultron.


"¡Su puta madreeee!"


Y esto ya no es que no lo entienda: sinceramente, es que no me sale de los cojones entenderlo. Me importa un carajo que la gente use la libertad de expresión como excusa, o que suelte el rollo clásico de que se puede insultar a los hombres solo por ser hombres debido a un constructo social que ha favorecido el ninguneo de la mujer a lo largo de siglos. Todo eso, y quiero que quede muy clarito, me importa UNA PUTA MIERDA. Todas esas presuntas explicaciones, todos esos argumentos que se supone que justifican según qué actitudes, me resultan excusas baratas. La libertad de expresión, lo diré una y un millón de veces si hace falta, no consiste en tener carta blanca para amenazar de muerte a nadie, ni para aplastar la opinión de otro, ni para juzgarlo ni para nada que no sea decir lo que uno piensa y punto. Si su opinión resulta que se basa en ir despreciando, sojuzgando, avasallando o pisoteando a otros, lo sentimos, pero usted no está incurriendo en su derecho a la libertad de expresión: está profiriendo insultos y socavando la dignidad de otros. Y eso está tipificado como delito en nuestro sistema penal, con la misma valía que si se lo estuvieran haciendo a usted, ni más ni menos. Porque en estos casos, cuando se trata de cagarse en los muertos de alguien o en amenezarle con rajarle el cuello en un medio público (tal y como hicieron con un amigo ante mis ojitos hace tan solo dos días), está usted incurriendo en un delito grave. Algo que, estoy seguro que no le gustaría a usted que le soltaran. Así que puede ir metiéndose por donde le quepa la excusa del derecho constitucional a la libertad de expresión, que no funciona así.


"La guerra es la paz.
La libertad es la esclavitud.
La ignorancia es la fuerza"
Y yo que veo estas actitudes y solo puedo pensar en lemas como este...


En cuanto a lo del constructo social... pues, a ver: hay una diferencia muy grande entre reconocer que todavía tenemos muuuucho camino que avanzar en el tema de la igualdad de género, lo que es cierto, y usar ese mantra como excusa. Me explico: es fácil reconocer según qué muestras de sexismo en los medios de comunicación... o fuera de ella. No hay más que ver cómo habla la gente cuando se habla de un caso de violación masiva en fiestas (tema de moda en verano, tristemente) y cómo hay gente que dice estar en contra de la violación... pero al mismo tiempo salen con lo de que la víctima "se lo estaba buscando" y demás. Lo que he mencionado arriba.
El problema recae en el momento en que, en lugar de pedir penas más duras para este tipo de cosas y aplaudir sentencias ejemplarizantes (lo que vendría siendo una forma de actuar más o menos civilizada... lenta, considerando cómo funciona la justicia, pero con vistas a llegar a algo medio serio a largo plazo), el personal se siente con la carta blanca de ir crucificando a un sexo entero. Por el "constructo social" que ha permitido que estas barbaridades se normalicen.
Si hay un constructo social y se es consciente de ello, la primera idea sería no pensar según dicho constructo y educar a los que nos rodean a no seguirlo, o no seguirlo en la medida de lo posible. Lo que no se puede jamás, es usarlo como excusa para pedir la ejecución masiva de hombres solo por ser hombres, porque "se ha hecho con las mujeres y no ha pasado nada". O coger y generalizar sobre el género masculino refiriéndose a este como "el género opresor" de una forma tan salvaje como decir "Un hombre jamás podrá apoyar a las mujeres porque eso es como un blanco que dice que no tiene nada en contra de los negros: no puedes apoyar a los oprimidos desde la clase opresora". Dicho de otra manera: generalizar y prejuzgar la opinión de unos solo porque están en un grupo social que ni siquiera han elegido, y dar por sentado que no pueden pensar diferente, ni desafiar a lo que se supone que se espera de ellos.
Si se quiere respeto para uno, lo principal es tenerlo hacia los demás. Y estas declaraciones, leídas por aquí y por allá, no muestran respeto para nadie. Ni para los hombres, ni para aquellas mujeres con dos dedos de frente que son conscientes de que, ni todos los hombres son unos cabrones hijos de la gran puta, ni todas las mujeres, unas criaturas elevadas nacidas sin mácula. Que hay personas buenas y malas, y que eso no te lo da tu condición de hombre o mujer.



"¡Tiene la marca de la Bestiaaaa!"


Este inciso que he hecho no ha sido por casualidad: sirve para poner de manifiesto que las posturas agresivas y beligerantes, basadas en prejuicios, lo único que hacen es un flaco favor a la causa que se defiende. Diré esto una y otra vez. Las veces que sea necesario. Posturas que he visto en el momento en que se ha estrenado una película que, siendo serios, no es más que entretenimiento. Lo que ha sido el cine y, en general, el arte, desde que el mundo es mundo. El cine, a menos que se trate de películas muy específicas, no viene con la misión de inculcarnos nada, ni de vendernos una filosofía de vida, ni leches en vinagre. Lo que hace, y aquí viene la guasa, es reflejar un poco lo que somos. Lo que es la sociedad, pero no tiene por qué decir "Ey, chavales, esto es lo que mola". No, si la relación que se nos ha mostrado en El Escuadrón Suicida, ciñéndonos al ejemplo que atañe a este artículo, no es la de dos héroes. Villanos, ¿vale? Villanos. Si me aprietas, antihéroes... pero jamás héroes. Que yo sepa, en ningún momento parece que se haya dicho por ninguna parte que sean un ejemplo a seguir, o que haya que aplaudir lo que se ve en una peli. Si alguien, ya con su entrepierna negra (de pelos y no de roña, se entiende), considera que lo que ve ahí es digno de imitarse, no es culpa de la película, sino de una mente perturbada que es incapaz de distinguir realidad de ficción. Si hay una mente que, de antemano, ya está emitiendo juicios de valor sobre la ideología del director, y es incapaz de saber si lo que se muestra es una apología, una denuncia o un simple reflejo, casi lo más recomendable es que no vea películas porque va a acabar con una terrible úlcera de estómago nada más que a base de malos ratos.


 A menos que les mole odiar.
De esos también hay muchos.


Pero hay una cuestión que me escama en esto; como mencioné en uno de los artículos previos en que se hablaba ya un poco de este tema (los que he enlazado aquí), parece que el mundo del cómic se está llevando las mismas castañas que el heavy metal, los juegos de rol, o los videojuegos. Parece que la moda imperante es que, cada cierto tiempo, se achacan los males de una sociedad que lleva ya enferma una buena temporada sobre algo. Una buena excusa para ser incapaces de reconocer que, como sociedad, somos una puta mierda. Que somos incapaces de resolver nuestros problemas y que lo más cómodo es usar algo como cabeza de turco. Todo lo que está de moda y no nos gusta se convierte de forma automática en un caldo de cultivo para satanistas, asesinos en serie, maltratadores, violadores o despojos sociales de cualquier tipo. Si el mundo del cómic hubiera tenido la misma influencia en los años 50 que ahora y hubiéramos tenido Internet, probablemente se habría dicho que también es un caldo de cultivo para comunistas e invertidos.
Ups.
Me equivoco: eso ya pasó en los años 50. Lo escribió un subnormal profundo llamado Fredric Wertham. Pues para que veáis, no hemos cambiado nada, o no lo suficiente; en su momento, aquel pedazo de gilipollas (digo que es gilipollas porque hizo lo que hacen muchos gilipollas en esta vida: sentar cátedra sobre algo acerca de lo cual no tenía ni puta idea, proyectando toda la mierda que tenía dentro de su cabeza y haciendo creer a los demás que era La Verdad Absoluta) metió miedo a la población respecto a los cómics acusándolos precisamente de incitación al comunismo y a la homosexualidad, entre otras cosas. Ha habido otros tontos del culo que han arremetido contra el ocio, como Jack Chick, dibujante de cómics que denunciaba... lo perniciosos que son los cómics (entre otras cosas, como Harry Potter), lo que ya dice mucho de su coherencia. Mensajes llenos de odio y prejuicios, que el personal está abrazando porque parece que es más fácil tener algo que odiar. Es mucho más fácil decir que se tiene una causa, ponerse una chapita para identificarse con según qué grupo y no tener que entender nada. Es mucho mejor sumarse a los Dos Minutos de Odio y lanzar todo lo que uno tenga a mano para cagarse en los muertos de un director de cine, escritor o lo que sea.
Quizás es verdad que para algunos es mejor quemar libros en lugar de leerlos.



El Doctor Jones tenía razón.


He tenido amigos que han disfrutado viendo El Escuadrón Suicida. Tengo amigas fans de Harley Quinn y que me comentan que tienen ganas de disfrazarse de ella en el próximo Halloween. También tengo amigos que la han visto y que me han dicho que ni fu ni fa. Nadie me ha dicho que la peli sea una puta mierda, pero tampoco que sea una obra maestra. Sencillamente, es una película, que te puede gustar más o menos. Te puede interesar ir a verla, o te puede pasar como a mí, que he considerado que los casi ocho pavos que me cuesta la entrada hay que medirlos muy bien antes de meterse en el cine, y sospeches que lo mismo esa peli no los va a valer.
Creo que en eso consiste la libertad de expresión: en que ninguno de los amigos que va a verla, o aquellos a las que no nos llama tengamos que dar explicaciones sobre lo que hacemos o lo que dejamos de hacer. Libertad de expresión es que uno vaya al cine sin que le venga nadie con la gilipollez de que si la ven están contribuyendo a una sociedad machista o vete a saber qué burrada. Libertad de expresión es que una chica quiera disfrazarse de Harley Quinn enseñando el culo o de Green Arrow enseñando pechera y nadie le diga a ella que es una zorra por ir de esa manera o que el otro parece un puto macarra (independientemente de que les guste el disfraz o no, a lo que nadie te obliga). Es no tener que convertir cualquier puta cosa en una guerra entre sexos. Es no tener que convertir la salida de cualquier cine en un espectáculo de ver quién la tiene más grande y desear que se muera el director porque el personaje mostrado en cuestión no es exactamente igual a como uno quería que fuese. La peli te puede parecer buena, mala, o una puta mierda, pero hay límites. Y esas salvajadas (especialmente, cuando se dicen en serio y usadas como amenaza, lo que ya es grave) los sobrepasan, con mucho.

El día en que nos demos cuenta de que lo que no se puede hacer es montar un cipote de este tipo de cosas, lo mismo superaremos eso del radicalismo y el extremismo. Porque no siempre un radical es el que se carga a otro por sus ideas. También lo es el que pide explicaciones al que no comparte su punto de vista, como si estuviera en su derecho de pedirlas. Lo es el que amenaza a otros y el que exige que censuren aquello que no quiere ver.

domingo, 21 de agosto de 2016

Angst- Gólgota



¿Lo sientes?
Aspira hondo y piensa en ello.
Cada fracaso, cada herida. Cada palabra que has recibido que te ha llegado a lo más hondo. Cada grito, cada humillación. Cada uno de tus miedos y tus culpas. Imagina que cada uno de ellos es una piedra, un puñado de arena o cenizas. Una parte de un todo.
Llega un día en que, con la debida experiencia, se amontonan unos sobre otros y conforman una colina. Tu Gólgota personal.
Caminas sobre ese monte, cargando tu propia cruz. El peso sobre tus hombros, tu piel lacerada. La corona de espinas que se clava en tu cabeza hasta tocar el hueso.
Avanzas hacia tu inevitable destino.

Lo has visto una y mil veces. Tus ojos te han hecho ver el drama de antemano en un bucle infernal. Has luchado con uñas y dientes, pero nada de lo que ha hecho ha impedido que lo que parece estar escrito se pueda evitar. Has rezado en secreto, has ocultado tu miedo. Has sudado sangre, pero no ha habido Misericordia contigo. Lo que está escrito, escrito está y así será.
Agacha la cabeza.
Acepta tu destino.
No tienes opción.
Sacrifícate.


Cae.


Con los pies sangrando a causa de las piedras del camino, llegas a la cima de tu Gólgota personal. Todo a tu alrededor está en silencio, como si contuviera el aliento. El Universo sabe lo que va a suceder y, a modo de respeto, no dice nada. O tal vez es que no hay nada que decir.
Vives una pequeña tregua, tan efímera que casi no puedes apreciarla. Tus vestiduras, ya empapadas en sangre, son arrancadas con violencia y ahí quedas, desnudo ante los ojos de un mundo desolado. Herido. Indefenso.
El Universo sigue conteniendo el aliento, pues no hay vuelta atrás.

Coge un clavo.
Cada palabra que te dices a ti mismo, cada recuerdo que te obliga a abrazar la cruz.
Golpea el clavo.
Cada lágrima derramada, cada palabra no dicha.
Golpea con más fuerza.
Cada decepción, cada derrota.
Coge otro clavo.
Cada grito de rabia contenido por un silencio autoimpuesto.
Golpea el clavo.
Cada vez que has caído al barro.
Sigue golpeando.
Cada vez que sientes que no eres nada.
Golpea más fuerte.
Cada vez que oyes las Voces dentro de tu cabeza.
Coge otro clavo.
Cuando oyes las risas revoloteando a tu alrededor.
Golpea el clavo.
Cuando debes asumir que prácticamente todo lo que te sucede es tu culpa y no sabes lo que hacer para salir airoso.
Golpea con fuerza.
Esos momentos en los que quieres huir, gritar, desaparecer.



Golpea.


El acero atraviesa tu carne de parte a parte. Tus heridas abiertas siguen sangrando. Expuesto, débil. Llegaste al mundo desnudo y desnudo sufres tu propia agonía. El dolor que tú mismo te has infligido, el perdón que no te has permitido concederte. Desde tu cruz, puedes ver: ves cómo tu mundo ha tomado caminos que han escapado a tu control. Todo tu poder, toda la fuerza que antaño rezumabas, ahora se han apagado. El Universo baila una melodía que no se te ha concedido bailar. Habla en un lenguaje que no entiendes. A veces, incluso disfruta una felicidad que te ha sido vedada. Ves todo eso y te das cuenta de que no puedes mover un músculo porque el acero ha sido clavado a conciencia. Lo has clavado tú mismo.

Intentas gritar, pero no sale sonido alguno de tu garganta. Tu voz ha sido acallada, al igual que ese poder que tuviste. Lo único que queda es un hilo débil, cansado. La voz de aquellos que han perdido la fuerza y no pueden sino dejarse arrastrar por lo inevitable. Aquellos cuyo tiempo se escapó de sus manos y que ya solo pueden contemplar las consecuencias. Recoger los pedazos. Amontonar recuerdos de lo que nunca hicieron y desear aquello que jamás tuvieron.
Agacha la cabeza.
Acepta.
Tu tiempo pasó y lo perdiste. Lo perdiste haciendo lo que considerabas correcto. Esperando aquello que jamás llegó. Luchando por causas perdidas.
Agacha la cabeza.
Acepta.
Siempre tomando las decisiones que resultaron ser erróneas. Tomando los caminos más difíciles, solo para terminar en el punto de partida. Siempre cuesta arriba, siempre caminando en un laberinto, siempre sin ver la salida.
Acepta.
Acepta.
Al final, tu vida se resume en buenas intenciones, empresas nobles y en ideales caballerescos... pero tu mundo no se alimenta de eso. Mastica las buenas intenciones, pisotea las empresas nobles y se ríe de los ideales caballerescos. No perteneces a este mundo, y él se encargará de recordártelo. Cada intención, cada empresa y cada ideal se ven traducidos en la nada más absoluta. Al final del camino, al pie del Gólgota, solo te queda un puñado de polvo al viento, deseos no realizados, ilusiones aplastadas y mucho tiempo agotado.



Todo esto conforma un árido desierto por el que vagas.
Vas de un lado a otro y solo encuentras arena a tu alrededor.


En la cruz, sientes el frío y la oscuridad. Sientes la soledad cernirse sobre ti. El silencio, la melancolía. Las voces alegres y las risas son cosa del pasado; el futuro es una mancha gris que te nubla la vista. El presente, un recuento de heridas que no dejan de sangrar.
Intentas gritar una vez más, pero sigue sin serte concedido ese pequeño alivio. Estás mudo ante el mundo y tan solo tu rostro muestra parte de la agonía que llevas dentro.
Lo que fuiste.
Lo que eres.
Lo que pudiste ser.
Lo que deseaste ser y jamás fuiste.
La sangre que cae de tus incontables heridas se desliza por tu piel y empapa el madero. A tus pies se forma un charco de color rojo que dibuja tu propio reflejo. Incapaz de levantar la cabeza, es lo único que consigues ver: tu rostro, ahora demacrado. Las cuencas de los ojos, hundidas. Donde hubiera luz, ahora hay dos profundas manchas de color negro. Tus facciones no son más que una máscara de dolor, cansancio, frustración y tristeza. No puedes más.



Y llega un momento en que lo reconoces.
Sabes que tienes que detenerte, aunque sea un momento.
Necesitas un respiro.


Lanzas un suspiro, aunque no el último. Sigues ahí para recordar. Para asumir.
Para seguir haciéndote daño a ti mismo.
Sabes que, aunque hicieras lo que creíste correcto, no supiste jugar tus cartas. Tu existencia ha sido un juego con unas reglas que, bien no entendiste, bien no dominaste. Todas las estrategias que creías inteligentes se han venido abajo una tras otra y te has dado cuenta cuando ya no puedes hacer nada. Cuando todas las manos han sido ya repartidas. Cuando la partida ha avanzado demasiado. Querrías reírte, pero la ironía es demasiado dura como para poder sacar fuerzas para ello. Todas tus buenas intenciones, todos tus deseos, todas tus esperanzas... se reducen a nada.
Mea culpa, te dices. Sin embargo, sabes que aceptar que la mayor parte de lo que te ha sucedido ha sido por tu proceder no sirve de nada. No resuelve nada. No consuela nada. Tan solo hace que duela más.

Dolor.
Culpa.
Miedo.
Desesperanza.
Tristeza.
Soledad.
Frustración.
Bienvenido al Gólgota.

sábado, 6 de agosto de 2016

Angst- Atelofobia



No sé por qué escribo esto.
Supongo que por desahogarme. No escribo desde la rabia, ni desde el sarcasmo. No estoy haciendo uso de mi ojo crítico, ni de mi capacidad de análisis.
Creo que escribo desde el vacío. Desde esa sensación de derrota que nos suele cubrir con una manta cuando estamos cansados. Cuando no sabemos qué paso dar. Si hay alguna emoción que me embarga ahora mismo, es esa.

A veces la vida se plantea como un reto; en ocasiones, ese reto se hace cuesta arriba. Muy cuesta arriba. Tanto como tapar tres agujeros con solo dos manos. O siete. O diez. Llega un punto en que pierdes la cuenta y lo único que eres capaz de hacer es mirarte las manos y preguntarte: "¿Y ahora qué?"
Ahí es cuando te toca reconocer que eres falible. Y que en según qué casos vas a fracasar, hagas lo que hagas. No porque seas un inútil, sino porque todo te supera y no eres capaz de pensar con claridad. O lo que es peor, crees que estás haciéndolo, pero cada vez que tocas algo lo destrozas. Pones tu mejor intención, pero es como si hubiese algo en ti que se encargase de generar el caos más absoluto a tu alrededor. Si lo tocas, lo destrozas, sí... pero es que si no lo tocas, se destroza solo. Es una especie de disyuntiva que solo parece tener una salida: la destrucción total.


Básicamente.


Es en ese momento en que surge la frustración. El "Quiero y no puedo" que suele visitarnos de cuando en cuando. Una de esas Voces Interiores que todos tenemos dentro. Esas voces que nos martillean la cabeza, una y otra, y otra, y otra vez. Una letanía que te recuerda lo te gustaría conseguir y no consigues. Lo que te gustaría ser y no eres. Lo que jamás de los jamases llegarás a ser.
La mayoría de los seres humanos, como criaturas adaptables que son, poseen un mecanismo muy rudimentario para acallar esas voces y seguir con sus vidas. Obviamente, hablamos de algo tan desagradable como afrontar un fracaso, de modo que tampoco es que suela ser olvidarse de todo... pero sí hacerlo lo más llevadero como para seguir el camino y emprender nuevos retos. Supongo que es una cuestión de eso, de adaptación. De mutabilidad. De saber sobreponerse a los cambios, evolucionar y, en definitiva, sobrevivir.
Os juro por lo más sagrado que no sabéis hasta qué punto admiro a esa gente. De verdad, me encantaría ser como ellos.

Con el corazón en la mano, diría que carezco de esa habilidad para sobreponerme a mis propios fracasos. A día de hoy, tiendo a recordarlos con vergüenza y de forma implacable; por algún motivo que desconozco (creedme, he intentado saber por qué), me siento incapaz de perdonarme por según qué errores, por según qué derrotas. Unas veces, por no haber sabido anticiparme a todo lo que acontecería; otras, por haberlo visto y no haber sabido actuar de la forma correcta. Ha sucedido también que mi propio Universo ha esperado que esté a la altura de las circunstancias... y no he sabido.
Es entonces cuando me veo obligado a guardar silencio, agachar la cabeza y hundirme. Encogerme, encerrarme a oscuras o agazaparme en algún rincón. Sé que no debo hacerlo, pero lo mejor que se me ocurre es encerrarme en mi propia coraza y pensar.
Pensar es otra cosa que sé que no debo hacer en estos casos, y aun así lo hago. Supongo que porque no sé hacer otra cosa. Es lo único que he sabido hacer cuando no he sido capaz de entender el Universo que me rodea. Cuando me he visto sobrepasado, abatido o derrotado. He intentado ponerme en paz conmigo mismo... ya he perdido la cuenta de las veces.


No confundir dormir una siesta con morder el polvo.


Asumámoslo: no soy lo bastante fuerte. Me gustaría, me encantaría serlo... pero no lo soy. Si soy algo, en muchos aspectos, diría que soy bastante fraudulento. Sé que muchos me consideráis alguien con una personalidad bastante fuerte; la clase de persona que se mantiene en pie cuando todos se agachan. La que dice "Muévete" cuando su entorno obliga a detenerse.
Y no es cierto, o no del todo.
Me habéis visto muchas veces alzar la voz cuando todos los demás se callan, y me habéis visto ir contra corriente aun a sabiendas de decir algo que no es lo que se espera que diga... pero no me ha dado igual. Tengo unos valores firmes, pero también sangro si se me pincha. Hago lo que creo justo y hablo cuando creo que debo hablar... pero no os confundáis. Cada conflicto, cada defensa que debo hacer, cada paso que avanzo contra esa corriente, me pasan factura. Cada palabra enfrentada es una herida que cicatriza con dificultad. Cada una de esas batallas, aunque parezca ganarlas, para mí conllevan una derrota, porque el hecho de entrar en batalla para mí ya implica ser derrotado, a causa del terrible desgaste emocional y de mis propias fuerzas.

Podría no hacer nada, por otra parte... Sí, podría dejarme llevar por la corriente. Aceptar todo cuanto me digan, agachar la cabeza y lo mismo podría ser feliz así, pero lo cierto es que tampoco es una buena alternativa. Los que ya me conocéis sabéis que, si mi sentido crítico es duro, mi autocrítica es diez, cincuenta, cien veces más feroz. Callarme implicaría que esas Voces Interiores me atacaran con muchísima más fuerza. Haría que me resultase imposible mirarme al espejo y que, poco a poco, empezara el tortuoso pero adictivo camino de odiarme a mí mismo. Supongo, por tanto, que vivo haciendo lo que creo correcto y sufriendo al mismo tiempo por hacerlo. Vivo en una lucha constante que sé que no puedo ganar.


Gracias, Jacko.


Pero volvamos un poco a eso que mencionaba arriba del desafío no realizado. ¿Qué es lo que se siente cuando ves que cada reto que no has sido capaz de superar se convierte en otra muesca más que añadir a la colección? ¿Qué haces cuando algo que sabes que deberías conseguir se convierte en algo imposible?
Indefensión aprendida: te paralizas, te bloqueas y eres incapaz de superarlo, por muchas capacidades que tengas. Algo así como si tú mismo te impidieses hacerlo, fueses consciente de ello... y aun así sigas viéndote incapaz.
Por poner un ejemplo, quizás por eso no me he llegado nunca a sacar el carnet de conducir. ¿Os cuento lo que me pasó? Muy sencillo: me presenté a un test de la autoescuela y lo había estudiado más o menos bien. Saqué mal prácticamente todas las preguntas. Os juro por todos los dioses que, si ya me sentí avergonzado por aquello, ver la cara de la mujer que me corrigió el test (tampoco nada del otro jueves, pero para mí suficiente) fue más que suficiente para que no volviera por allí hasta la fecha.
Podéis llamarme cobarde. Os lo concedo. Pero aquello para mí fue algo insuperable. Una estupidez, a lo mejor, pero desde entonces me he visto incapaz de superar cualquier test: en la universidad (cuando hice mi primer año de Psicología, por ejemplo, donde todos los exámenes eran tests), en oposiciones, donde sea. Es como si hubiera algo dentro de mí que me bloquease y me impidiese hacer un examen de ese tipo. No es coña: han pasado dieciocho años desde entonces y lo he intentado mil veces. Sin éxito ni una sola de ellas.


Descripción gráfica de lo que viene a ser esto.
Para el que no me haya visto mucho, yo sería como el chavalín en taparrabos que  os da la espalda.


No es de extrañar, supongo, que la sola idea de conducir me genere una sensación de pánico de las gordas. No por el hecho de que me dé miedo conducir en sí... sino por el hecho de que estoy haciendo algo con la inevitable e implacable sensación de que me va a llevar a un fracaso. De que jamás lo haré bien.
He aquí el fraude que soy: cuando doy clases, una de las primeras cosas que enseño a mis alumnos es a no temer el fracaso, a aceptarlo como algo natural, y que hay que afrontar para superarlo. Y aquí estoy yo, incapaz de afrontar el mío propio. Quizás porque estoy más dispuesto a perdonar el fracaso de otros que el mío, no lo sé. Quizás porque creo más en otros que en mí mismo, eso tampoco lo sé.

Si tengo que pensarlo con frialdad, creo que hay solo unas cuantas cosas que creo que hago medio bien en esta vida: dibujar, dar clase, escribir y escuchar. Ninguna de ellas me parece que las haga lo bastante bien como para poder sentirme satisfecho. Viendo cómo se está desarrollando mi vida últimamente, incluso podríamos tachar la última palabra de mi vida y quedarnos en tres, de las cuales, bueno... en ninguna puede decirse que sea una persona sobresaliente. Dibujando me defiendo, pero no para llegar a nivel profesional. Escribiendo... bueno, ya habéis visto cómo escribo; no hay problema en reconocer que no soy nada de otro mundo. Y lo de dar clase... a ver, es una de mis pasiones, pero tengo una buena lista de fracasos a mis espaldas. Que no, que no están a la altura de mis aciertos... pero eso no me disculpa. Son y serán siempre casos en los que no supe actuar, y que no veo de recibo obviar, solo porque sean menos. En definitiva, puede decirse que no soy alguien que destaque; quizás eso no sea necesario, desde luego... pero sí me daría ciertas seguridades que no poseo. Lo único que me queda, por tanto, es la voluntad de querer hacer bien las cosas... pero esa voluntad no basta. No cuando acumulas fracasos, pifias y meteduras de pata. Querer hacerlo bien no te exime de tu responsabilidad cuando fracasas. Ni siquiera suele ser consuelo, o no uno que realmente te creas.


Que sí, que molaría ser un Green Lantern y poder solucionarlo todo solo con tu fuerza de voluntad.
Pero va a ser que no.


Este es otro de esos artículos en los que no llego a una conclusión. No tengo una respuesta para este tipo de cosas porque, como veis, aún sigo tocando de oído. Fracasando una y otra, y otra vez cada vez que pongo mi mejor voluntad por hacer que todo a mi alrededor esté bien. Sintiéndome como un fraude, porque no soy ni mucho menos esa persona sabia o inteligente que pensáis que soy y que a mí me gustaría ser. No tengo la varita mágica con la solución a todos los problemas, ni mucho menos tengo siempre algo acertado que decir.
Posiblemente, esta sea otra de esas veces en las que lo único que me queda es volver a encerrarme en mi coraza y esperar que el mundo, por una vez, tenga algo más de consideración conmigo.