domingo, 13 de marzo de 2016

Mondo Chorra- La ley del Embudo, o No soy responsable



No.
Lo siento, pero no.
Sé que os gustaría que fuese verdad, pero debo decíroslo: no soy responsable de las decisiones que toméis. No puedo andar detrás de vosotros, esperando que lo que se os pase por la cabeza no tenga consecuencias negativas para vosotros o, ya puestos, para nadie.
No soy responsable de vuestros desplantes, de vuestras mentiras o de vuestras palabras.
No soy responsable de vuestros actos, especialmente cuando lo que os mueve es el egoísmo.
No es culpa mía si los caminos que tomáis os llevan a unas consecuencias que no os gustan.
Vuestros errores no son los míos.

Supongo que es fácil buscar un mártir al que lapidar.
Es fácil pintar una diana en el pecho sobre aquellos que no aceptamos comulgar con ruedas de molino. Sobre aquellos que no estamos dispuestos a escuchar tonterías ni payasadas, ni reírle las gracias a aquellos que se consideran con carta blanca para hacer lo que les venga en gana.
Es tan sencillo cargar los errores de uno sobre otro, y tan difícil asumir la propia responsabilidad... Pero no. No voy a ser vuestro chivo expiatorio. No pienso cargar con la cruz de una jugada que os ha salido mal, porque sé de sobra que, de haber salido bien, ni siquiera repararíais en mí.
No, no pienso aceptar eso.


Soy una persona a la que le gusta ayudar, pero no pienso morir por los pecados de nadie.
Eso que quede clarito.


El asunto va sobre caminos.
Cada decisión que se toma es un camino; a veces, estas son duras y el camino elegido excluye a los que no. En otras, no es tan drástico y siempre se puede optar por vías alternativas, menos dramáticas, menos agresivas. Sin embargo, cada decisión que se toma es personal. A estas alturas de la vida, ya deberíais saber que cada una de ellas es vuestra y solo vuestra. Yo no puedo, ni debo, elegir por vosotros. Por tanto, no puedo, ni debo, sentirme responsable si esos caminos que elegís os llevan a mal puerto, o acarrean consecuencias que no esperabais.

No.
No soy omnisciente, no soy dios, ni maestro ni vuestra conciencia.
Como mucho, puedo responderos si me preguntáis lo que pienso. Puedo incluso daros mi más bienintencionado consejo, el cual puede ser acertado o no, pues no paso de ser humano convencional (y de esto espero que no haya duda, pues todo el que se molesta en conocerme aunque sea un mínimo, se dará cuenta de que yo no soy de joder a nadie porque me dé la gana, ni actúo para dañar a otros sin provocación previa. Para eso hay gente más capacitada que yo). Si desoís mi consejo, si ignoráis lo que pienso o simplemente no os importa lo que pueda deciros, pese a que me hayáis preguntado... lo siento, pero las consecuencias no me competen si resulta que al final no os gusta el resultado de lo que habéis obtenido.

No creo en ese tipo de dobles raseros. No creo en esa filosofía tan de moda en el Universo que me rodea, consistente en que cada uno hace lo que le da la gana y, si las cosas salen bien, es un triunfo personal pero, si salen mal, son culpa de los demás. Sé que algunos pensáis (o incluso decís, berreando a los cuatro vientos) que miento como un bellaco al decirlo. Por supuesto, queridos míos: yo soy un mentiroso compulsivo y lo que me salvan son mis exquisitas formas; sin embargo, a aquellos que habéis levantado ese fabuloso diagnóstico, os deseo que algún día podáis saber lo que es vivir en una lucha constante con vosotros mismos, sufriendo los mordiscos y arañazos de un sentido de la autocrítica que roza el sadismo. Viviendo en constante discusión conmigo mismo para no achacarme las culpas acerca de cosas que sé que no las tengo. Considerando todos y cada uno de mis errores como auténticos fracasos y cabreándome MUCHO conmigo mismo cada vez que los cometo. Sintiéndome responsable de actos que no he podido controlar, y luchando por desoír según qué voces en mi cabeza. Voces que me dicen cosas que no son ciertas, pero que me hablan constantemente y que, a veces, es muy difícil ignorar.


Y chillan a lo burro.


Quizás por eso algunos de vosotros hacéis uso de ese sentimiento que me suele poseer para aprovechar y depurar responsabilidades. Para hacer lo que queráis y salir indemnes. Para pedir explicaciones cuando vosotros jamás habéis dado una sola. Para estar a las maduras, pero no a las duras. O para no estar, a secas. Para olvidaros de todo y de todos, seguir los dictados de vuestros propios intereses y a los demás, pues que les vayan dando. Siempre es bueno que haya alguien para que cargue con las culpas de aquellos que vosotros solitos habéis estado haciendo, no una vez, sino cientos. Está fenomenal eso de la ley del embudo: para vosotros el lado ancho, y el estrecho para los demás. O, hablando de una forma más concreta, íntima y personal, para mí.

¿Cuántas veces he visto que me habéis culpado de vuestros propios fracasos? ¿Cuántas veces he tenido que callarme mientras veo que la estáis cagando de pleno, para luego tener que soportar que me echéis vuestra mierda encima? ¿Cuántas veces me habéis hecho responsable de vuestros errores, como si yo hubiera decidido por vosotros? ¿Cuántas veces habéis intentado darme pena cuando he actuado en consecuencia, desplante tras desplante? ¿Cuántas veces habéis intentado convencerme de que no os merecéis vuestro destino y, de forma directa o indirecta, habéis dicho que es cosa mía y solo mía?


Y, os lo digo muy clarito: estoy ya de deditos acusadores que me los toco.
A dos manos.


Lo siento, pero no.
Llegados a este punto de la vida, queridos míos, donde ya somos (o deberíamos ser adultos), somos dueños de nuestro silencio y esclavos de nuestras palabras. Esto se puede extrapolar a nuestras acciones o nuestras elecciones. Todo cuanto hacemos tiene unas consecuencias y, más vale que lo vayamos asumiendo, no siempre vamos a salir airosos de ellas. Es por eso que conviene dejarnos de idioteces y tener muy claro qué queremos hacer y lo que implica. Y una vez hemos llegado a esa decisión, ponerla en práctica, siendo muy conscientes de las implicaciones que puede tener en nuestro futuro, sobre nuestro entorno o sobre nosotros. Asumir que, efectivamente, podemos equivocarnos. Que lo mismo nuestro brillante plan no es tan brillante y que podemos meter la pata hasta el cuello. Que aquello en lo que confiábamos no era sino un error de percepción, y que debemos estar preparados para un acto de fe. Eso, y para una cura de humildad si esto acaba por suceder.

Lo que no se puede es actuar absolutamente sin uso alguno de mesura o responsabilidad. Hacer lo que a uno se le pasa por la cabeza primero, sin pensar. Sin siquiera considerar que eso puede provocar más mal que bien; sin siquiera tener en cuenta a la gente a la que se puede estar dañando. Lo que no se puede es actuar solo por beneficio propio y encogerse de hombros en caso de que se provoque un cataclismo.
Lo que no se puede es, una vez causado todo el daño posible a causa de una tremenda irresponsabilidad, echar balones fuera. Buscar a alguien a quien culpar por todas y cada una de las elecciones fallidas que habéis tomado.


Lanzar la paja sobre ojo ajeno es guai.
Así me lo aprendí yo.


Lo siento, pero no.
Vosotros sois muy libres, sí. Sois la libertad personificada, si os da la real gana.
Sois libres de hacer lo que queráis, de decir lo que queráis. De atacar a quién queráis o defender a quien queráis. Sois libres de ir, venir y volver. De enriqueceros, de ahorrar; de dilapidar el dinero de forma absurda o incluso de arruinaros.Podéis hablar con quién os dé la gana. Odiar a quien os dé la gana. Ignorar a quien os dé la gana. Acostaros con quién os dé la gana. Yo no os he obligado a ninguno a hacerlo, ni os he prohibido nada. Vosotros habéis tomado vuestras decisiones, y yo no he tenido nada que ver con ellas. Por eso, quiero que os quede claro que no voy a consentiros a ninguno que la paguéis conmigo si el tiro os sale por la culata. Se acabó eso de escuchar quejas y reproches donde hasta no hace mucho solo había muestras de pura desconsideración y de desinterés. Estoy muy harto y se me han acabado las ganas de escuchar cómo alguien viene a buscarme solo cuando la ha cagado para restregarme su mierda por la cara. De echarme cosas en cara por las que ellos mismos tendrían que agachar la cabeza y callarse. De que se me exijan a mí cosas que no se les exige a nadie más; ya puestos, que nadie exige para sí mismo. Yo no estoy para eso.

Así que, tomad nota de esto:
Sois muy libres de tomar vuestras decisiones, insisto. Sois libérrimos. Pero esa libertad va en doble dirección: elegid lo que os dé la gana, que yo no pienso deciros nada. Pero también cuento con que no volváis a tener la desfachatez de decirme ni media palabra cuando yo tome las mías en consecuencia.

martes, 1 de marzo de 2016

Escupiendo Rabia- Sobre galardones, reivindicaciones y otras cosas



Pues nada, que al DiCaprio le han soplado por fin un Óscar, y el personal se regocija con ello, porque el hombre se lo merecía y tal. Que no voy a decir yo que no, que aquí el amigo llevaba tiempo partiéndose el alma con Scorsese y otros directores, haciendo papelones uno detrás de otro (y alguna castaña, que tampoco es oro todo lo que reluce, seamos honestos), y la Academia pasaba de su ano, año tras año.
Pues ya se lo han dado.
Y ahora es cuando viene mi cúmulo de preguntas, de estas que hacen que me mosquee (entendamos por "mosqueo" el tener la mosca detrás de la oreja, y no un cabreo monumental). Por ejemplo, eso de que la peli por la que lo han galardonado es buena o deja de serlo. Ahí no voy a entrar a opinar, porque no la he visto, pero sí he visto otras que ha hecho y las cuales la Academia ha ignorado otras veces. ¿Las otras no eran dignas de Óscar? Pues a ver, no soy ningún experto, pero parece ser que ese "por fin" que tanto se repite por todas partes da a entender que lo mismo sí. Entonces, ¿por qué ahora?

Vamos más lejos: mencionemos el hecho de que Leo no ha sido el único en toda la historia del cine que ha estado persiguiendo un Óscar durante años y que han tardado mucho en dárselo. En la misma gala apareció por ejemplo el genial Ennio Morricone, que ha necesitado varias décadas para que lo galardonen por sus bandas sonoras. Y no hablamos de mero gusto en esto, porque podemos decir, sin ánimo a equivocarnos, que muchas de ellas forman parte de la historia del cine o incluso de la cultura popular (no hay más que escuchar la impresionante BSO de El Bueno, el Feo y el Malo para entender a lo que me refiero, y esto tan solo como un ejemplo). Viendo el caso que se le ha hecho a uno y a otro, ¿estamos diciendo entonces que DiCaprio se merece más un Óscar como actor que Ennio Morricone como compositor? Hablando más que de hechos (la permanencia en el tiempo me parece uno bastante claro) que de percepciones, mi respuesta personal es un no rotundo.
Pero podemos ir un poquitín más lejos. Podemos hablar de otros actores que han estado siempre a la altura de DiCaprio a nivel interpretativo, como Gary Oldman o Edward Norton, y que siguen ahí, esperando a que les den su Óscar... y no ha habido ni la mitad de revuelo en Internet porque no se lo hayan dado a ninguno. Si somos claros, han sido ignorados una y otra vez, y el gran público siempre ha reconocido tenerles respeto y decir que son grandes actores... pero ya está. Al parecer, lo que importaba era que el Óscar lo tuviera DiCaprio de una puta vez, y solo el; a los demás que les den por culo.


Que os follen.


¿Estoy diciendo con esto que DiCaprio no se merece el Óscar? En absoluto. Lo que estoy diciendo es que no entiendo ese revuelo con él y solo con él, como si fuera el único actor infravalorado en este planeta, o como si se lo mereciera más que otros que han demostrado haber tenido una trayectoria (si cabe) mayor que la suya a lo largo de la historia del cine. El personal ha querido ser justo con DiCaprio, a costa de ser injustos con los demás. Se ha volcado con una figura, en esa especie de arranque reivindicativo que tan de moda está, ignorando a cualquier otra en la misma situación. Lo que más rabia me da es que muchos de los que llevan todo un año dando por culo con memes y chistes, exigiendo el Óscar para Leo, igual no han visto ni una película suya desde Titanic y se han apuntado a esto por moda. Otra moda más, de las muchas que llevan pululando por Internet desde hace demasiado tiempo, revestida con un auge reivindicativo que huele a chusta en el momento en que acercas la nariz más de la cuenta.
Quizás por eso me da rabia que la Academia le dé el Óscar a DiCaprio AHORA, y no hace años. Que parezca haberlo hecho, no porque considere que el actor se lo merezca (desde hace tiempo, vengo pensando que la Academia ya no premia a los mejores en la industria del cine, sino que hace como cualquier otra Academia que vaya de "oficial" en esta vida: actúa de forma arbitraria, por cuestiones completamente ajenas a sus competencias, tales como la popularidad, acallar bocas o cualquier otra estupidez), sino porque ha habido un fandom de gente muy muy plasta que se ha pasado mucho tiempo dando la tabarra. Si mi teoría es cierta y a DiCaprio le han dado el Óscar realmente por eso, debo decir que la Academia ya puede decir que ha terminado de tocar fondo, tal y como el año aquel que "casualmente" empezaron a dar premios a varios actores afroamericanos a la vez, en una especie de intento cutre y descarado de quedar bien y demostrar que no son racistas (habiendo ignorado a los actores de esta raza durante años).


Halle Berry suele ser una gran actriz.
Pues bien, habían estado pasando de su culo hasta el año que fue galardonada, donde se premió a más actores afroamericanos, a los que también se había ignorado durante siglos. A todos de golpe.
Representación, vale.
Pero ya queda en duda si esto fue por ser buena o porque la Academia decidió ir de guai.


Y es que esto de ponerse a reivindicar llega un punto en que traspasa la buena intención y se queda en el postureo chorra y en pringar de mierda buenas ideas solo por ir de Martin Luther King por la vida. Nos hemos quejado durante años de lo que ha venido siendo la ceremonia de los Goya en España, donde se ha respirado un tufillo a manipulación política por parte del colectivo de actores que echa para atrás. Me explico: una cosa es defender una causa y otra muy distinta usar una gala de premios de cine como panfleto, donde la mayor parte de actores parece provenir de una única índole ideológica que hay que aplaudir por cojones. Pues bien, en los Óscar ha pasado tres cuartos de lo mismo este año, con reivindicaciones de todo tipo donde parece que no ha habido colectivo minoritario exigiendo (tócate los huevos con las maneras) presencia en el cine mainstream.

¿Con esto estoy diciendo que dichos colectivos no deberían tener presencia? Todo lo contrario. ¿Estoy diciendo entonces que no debería pedirse? Menos aún. Lo que digo es que el cine, al igual que la pintura, la música o cualquier manifestación artística, son justo eso: arte. Andar con este tipo de panfletos y forzar a los artistas o creadores a manifestar según qué ideologías o añadir según qué tramas o según qué tipo de personajes de forma obligatoria o bajo presión hace un flaco favor a la causa que se quiere defender y no pasa de simple y zafia propaganda política. Si nos ponemos serios con esto, nos daremos cuenta de que tanta protesta no va a normalizar a actores negros, homosexuales o lo que sea en el cine: lo que va a propiciar es que ahora las apariciones de actores o personajes de esta índole sea forzada, en ese ejercicio barato de "quedar bien", pero no de normalizar. Se normaliza cuando a un director le parece añadir a un personaje así a su trama porque lo considera correcto y sin tener que andar en plan "Ey, chavales, mirad que guai soy, que he puesto un negro aquí y un gay allá. ¡Y mirad, he puesto de paso una madre soltera, soy un moderno!"
Sinceramente, el personal se puede rasgar las vestiduras como quiera con este tipo de cosas, pero si yo fuera gay, negro o una madre soltera y un director incluyese a un personaje de mi condición de esta manera, no me sentiría representado; todo lo contrario, probablemente me sentiría insultado porque tendría la impresión de que están usando mi condición para ganar puntos con el público, en un ejercicio de demagogia bastante barata y, tal vez, realmente la causa de mi colectivo les importe de poco a una puta mierda.


"Pos vale, ya me he enterado de que el prota de esta peli es zurdo como yo... Pero de verdad, no necesito que me lo digan cada dos minutos para sentirme integrado, os lo digo en serio..."


El problema quizás es que hoy en día no importa si creas o no en lo que apoyas, y solo basta con que lo apoyes, a ser posible chillando más que los demás. Es un poco el caso de las declaraciones de Will Smith acerca de por qué se negó a ir a la ceremonia de los Óscar este año, pero ojo, no la emprendamos solo con él: si nos fijamos, su actitud ha sido exactamente la misma que la de muchos de esos guerreros sociales, que han ido de hipersusceptibles por la vida y han visto discriminación racial (o sexual, o lo que sea) hasta en las pegatinas de los Bollicaos. Ha molado más ir levantando el puño en alto e ir gritando "Yo soy más comprometido que todos esos hijos de puta" que ser una persona razonable e intentar cambiar las cosas poco a poco. ¿Que no te dan un Óscar, según tú, porque eres negro? Pues vale, Will, hay montones de premios de distinta índole que te pueden reconocer como actor. Tú mismo puedes producir y dirigir tus películas; es más, puedes hacer como Robert Redford y montar tu propio festival de cine independiente. No necesitas ir de guerrero, porque al hacerlo, lo que vas a hacer es decirle a la Academia que empiecen a premiar a actores negros sin ton ni son, solo por quedar bien. Eso no normaliza a la raza negra (ni a la comunidad homosexual, judía o lo que sea), sino que lo que hace es dar una visibilidad a alguien por motivos que no tienen nada que ver con el arte.
A menos que lo que te importe es que haya visibilidad y solo eso.


"Con esto se me ve por cojones".
Felicidades.


Y yo qué queréis que os diga, tanta reivindicación de postureo empieza ya a enfermarme, porque apesta a bienquedismo a kilómetros. Aquí cada uno tiene su rollo y, en lugar de creer en él, defenderlo como buenamente pueda y respetar cualquier postura que sea digna de respeto (que no todas lo son), tiene que berrear más, liarla más, hacer más campañitas y gestos vacíos y ser más beligerante con los demás. Por eso quizás me ha mosqueado un poco lo de DiCaprio: quizás él no venga de ningún colectivo minoritario, que yo sepa, pero eso no ha supuesto diferencia alguna; al personal le ha dado por defenderlo y se ha puesto de moda. Lo que ha imperado es hacer el mayor ruido posible, para que a la masa le den el caramelito que anda pidiendo. Y la Academia, como cualquier organismo últimamente, en vez de manifestarse firme, da la impresión de que simplemente se ha bajado los pantalones y ha actuado para quedar bien ante el clamor popular. Algo así como  lo de Forocoches cuando se las apañaron para que John Cobra fuera a Eurovisión, pero a una escala algo más global, y salvando las distancias, claro.
¿Y el cine? ¿Qué pasa entonces con el cine?
Bah, el cine aquí, como suele pasar con el arte en general para cualquier extremista, importa una mierda, por lo visto.

jueves, 25 de febrero de 2016

Angst- No soy lo que pensáis



Lo he oído una, mil veces.
He sido sometido a juicio, analizado, tasado y evaluado.
Declarado digno, declarado indigno. Héroe, maestro, discípulo inocente y traidor.
He escuchado cómo a mi alrededor los demás se permiten el lujo de opinar sobre mi vida y decirme qué debo hacer con ella; a casi nadie he oído preguntarme qué es lo que quiero. He escuchado en silencio, prestando mis oídos y raramente mis labios.
Opiniones, recomendaciones, órdenes.
Palabras, palabras, palabras.

He vivido cómo algunos han dicho admirarme, y luego he visto la decepción en sus ojos.
Porque no soy lo que pensáis.
Habéis tomado mis palabras como la Verdad. Habéis visto sabiduría en mí. Habéis confiado ciegamente en mi criterio, en lugar de pensar que no lo sé todo. Que soy humano y que puedo equivocarme.

Ese estribillo que suena en mis oídos, una y otra vez.
Esa imagen, donde parezco sabio, seguro de mí mismo, inteligente y fuerte.
Fuerte, yo.
Casi me dan ganas de reírme hasta no poder más.
Me habéis considerado una persona fuerte, incluso valiente. Habéis creído que puedo resistirlo todo, que mi voluntad no conoce límites. Que no hay situación ante la que no me rinda, que absolutamente nada en este mundo me hace daño. Que no hay mañana en que no me levante solo por inercia, aburrido del mundo que me rodea.

Qué poco me conocéis, queridos míos.
Si a estas alturas seguís pensando que siempre salgo triunfal de cualquier cosa a la que me enfrente, sin corte, magulladura o rasguño, queda claro que no soy lo que pensáis. Que nunca me habéis visto guardar silencio porque no me queda nada que decir; cuando he recibido golpes tan fuertes que me he quedado sin réplicas ingeniosas... o tal vez no han sido fuertes en absoluto, pero me pillan en un mal momento y hacen que yo solito me venga abajo. Cuando mi sarcasmo se acalla y lo único que queda alguien que se repliega sobre sí mismo y no quiere que le toquen, ni que le hablen, ni que le miren siquiera.

Muchos de vosotros habéis pensado que siempre estoy dispuesto a entrar en batalla, encarando la adversidad con una sonrisa socarrona, o con las palabras más acertadas. Algunos incluso habéis creído que tengo la respuesta a todo, que pase lo que pase, siempre sé cómo escapar airoso de cualquier situación.
Hay quien me ha considerado invencible, sin pensar en algo tan simple como que no soy diferente a vosotros. No soy lo que pensáis: si me pincháis, sangro.

Hay quien ha pensado que vivo en una constante guerra con el mundo, que estoy lleno de ira, o tal vez odio. Que desprecio todo aquello que no tiene que ver conmigo o con mi punto de vista. Me habéis visto como arrogante o soberbio. Nunca os habéis preguntado si eso que creéis que es ira no es más que amargura o una sensación de desesperanza. Si, cuando hablo con firmeza es porque hablo en una de esas pocas ocasiones en que me siento seguro. El resto de casos, si quisierais fijaros, ni siquiera abro la boca.
Nunca habéis pensado que a veces me pueda sentir triste. Que no siempre esté de humor, o que si parezco estarlo, no sea más que una fachada para negarme a mostrarme cómo estoy por dentro aquellos días que no me encuentro bien. Que, de vez en cuando, esté tan cansado de según qué situaciones en mi vida que me gustaría desaparecer sin apenas dejar rastro durante unos días y no hablar con nadie. Estar tranquilo en alguna parte donde pueda descansar del mundo que me rodea. Limpiar mi mente y recargar mis fuerzas.

Solo lucho por hacer las cosas lo mejor que sé, o lo mejor que puedo, pero eso no quiere decir que lo consiga. Fallo, tanto o más que vosotros, y cada uno de mis errores, creedme, cuenta para mí como un fracaso que raramente me perdono. El mal que ocasiono prevalece; el bien, quedará enterrado con mis huesos. Vivir conmigo y con esa sensación de que, haga lo que haga, nunca es lo bastante bueno, es duro; quizás no más duro que para el resto vivir consigo mismo, pero tampoco es un camino de rosas.

Vivo, pues, entre un intenso deseo de hacer mi entorno un lugar mejor y la constante frustración que supone no conseguirlo, o conseguirlo tan solo a medias. Hay quien piensa que soy capaz de conseguir cualquier cosa que me proponga, pero no es cierto: mis fracasos suelen superar siempre en aplastante número a mis victorias. No es de extrañar, por tanto, que me suela sentir torpe y patoso. Que abra la boca y sienta que estoy metiendo la pata constantemente, pese a mis buenas intenciones. Que sí, que sé que tengo virtudes, pero acaban quedando empañadas entre todas las cosas que se supone que debería ser, las que debería hacer o lograr, y que no consigo por más que lo intente.

Creéis que lucho movido por la esperanza, pero no soy lo que pensáis. A menudo, lucho desde una profunda inercia, simplemente porque no sé hacer otra cosa. En el resto de ocasiones, lucho por aquello que creo, solo para ser crucificado una y otra vez. No soy digno ni de envidia ni de admiración. Tampoco creo que sea digno de lástima.
Hablando claro, no sé de lo que soy digno.

Me he caído y me he vuelto a levantar una y otra vez, coleccionando heridas de todo tipo. Si fueran físicas, mi piel se parecería bastante a un mapa ajado, cosido y recosido. Cada una de esas heridas está ahí y no la he olvidado; cada una de ella forma parte de lo que he sido, de lo que soy y de lo que seguiré siendo. No siempre las viejas heridas me hacen más fuerte; todo lo contrario, con más frecuencia de la que me gustaría admitir, tienden a reabrirse. A sangrar. A torturarme.

La mayoría de vosotros no ve mi lado oscuro. El de una persona solitaria que tiende a analizar cada segundo de su existencia, juzgándose con dureza a sí mismo. Que se declara a sí misma culpable de cosas que todo el mundo olvida. Hay una parte de mí que no dejo que vea ninguno de vosotros; un rostro diferente, que solo yo conozco y con el que intento aprender a vivir cada día. Un rostro con el que hablo, discuto y me reconcilio. Un rostro que, en esencia, es mío.

La mayoría de vosotros solo ve de mí el lado burlón, el cínico. El irreverente o el vehemente. Casi todos se quedan en la fachada o, peor aún, a las puertas de lo que realmente soy. El papel de bufón, una de tantas armaduras que he vestido a lo largo de mi vida, y que yo mismo me he autoimpuesto para protegerme de un mundo que no entiendo. Que no me gusta, y en el que cada día más siento que encajo menos. Habéis pensado que mi conocimiento puede abarcar cualquier cosa, o que soy un teórico de la vida. Que sé cómo funciona todo; que puedo solucionarlo todo; que lo sé todo sobre las personas.

No soy fuerte, ni valiente.
No soy ni sabio ni inteligente.
No siempre soy un cínico,
y mi sonrisa a menudo no es más que una máscara.
Se me puede hacer daño, y mucho.
Con frecuencia, quien más daño me hace soy yo mismo.
No soy una guía, ni un referente. Ni gurú ni maestro.
No puedo deciros cómo vivir, porque eso no lo sé ni yo mismo.
La mayor parte de las veces creo no ser nadie. Nadie especial, al menos.
Casi siempre creo tener razón en esto último.

Pero lo que sí es cierto es que no:
No soy lo que pensáis.

martes, 2 de febrero de 2016

Angst- A mi Hermano Oscuro



Donde veis uno, bajo esta fachada que muestro al mundo, soy dos. No siempre es fácil distinguirnos, pero créeme, estamos ahí. Siempre el uno al lado del otro.
Tú y yo, Hermano Oscuro. Sí, estoy hablando de ti. Sé que puedes oírme, pues tus latidos son los míos; cada ápice de aire que tomas en una inspiración, yo lo expulso en una espiración. Dime, ¿cuántas veces hemos discutido entre nosotros? ¿Cuántas veces nos hemos gritado? ¿Cuántas veces nos hemos declarado odio mutuo para, más adelante, darnos cuenta de que no tenemos a nadie más y acabar abrazándonos en la oscuridad?
Debo aceptarlo: eres parte de mí, del mismo modo que yo soy parte de ti. Ambos formamos parte de un todo, pero no podemos estar el uno sin el otro. En cada batalla librada, has recibido los mismos golpes que yo. Has sufrido conmigo, has sangrado conmigo y te has retorcido de dolor. Hemos llorado juntos nuestras derrotas. Nos hemos levantado con la estricta compañía el uno del otro y hemos reanudado nuestro camino, a veces tomándonos de la mano, a veces ignorándonos porque nuestras posturas son irreconciliables.



Y sí, debería quererte, Hermano Oscuro. Al fin y al cabo, sé que eres el único que nació al mismo tiempo que yo, y que serás el único que me acompañe el día que abandone este mundo. Sé que estás conmigo, que estás junto a mí. Que ambos compartimos el interior de esa carcasa que dejamos ver a los demás. En nuestros peores momentos, eres la única voz que he oído dentro de mi cabeza, consolándome entre lágrimas. Junto a mí, has jurado venganza sobre aquellos que nos lastimaron sin provocación. Tú y yo hemos tomado decisiones importantes, hemos cometido graves errores y hemos aprendido de ellos. Nos hemos felicitado mutuamente en los momentos alegres, cuando hemos logrado lo que nos proponíamos.
Debería quererte, pero a veces te odio, y no te imaginas cómo. A veces te alías con aquellas fuerzas que conspiran en mi contra y frenas mi mano. Me impides soñar, me haces agachar la cabeza las raras veces que oigo un cumplido, me culpas por cosas que han sucedido a mi alrededor, haciéndome responsable cuando no debería serlo. Eres la voz que me dice que siempre puedo hacerlo mejor, aunque lo haya dado todo; que no soy lo bastante bueno, que debo cargar con una cruz que tú mismo has colocado sobre mis hombros.



Tú eres quien me crucifica, quien golpea con un martillo esos clavos que se incrustan en mis muñecas y no paran hasta atravesarme de parte a parte. Quien me muestra al mundo como alguien que debería avergonzarse por sus actos, pese a que es mi mano la que los ha guiado, siempre templada por buenas intenciones, aunque estas no te importan. Me conviertes en mártir, víctima y esclavo. Soy aquel que debe pagar por los pecados de otros.
No te importan mis sentimientos, reconócelo.
No te importa lo que me haces sufrir cada vez que tu hielo congela el fuego que llevo dentro. Eres un juez severo, ciego e implacable. Si tienes que lacerarme con tus palabras, no dudas en hacerlo en aras de tu Código. Por el bien de la justicia, me abofeteas, me gritas y me intimidas hasta que acabo acurrucado en un rincón. Por el bien de la justicia, dices... como si yo no creyese en ella. Como si yo no tuviese ese Don del que te vanaglorias, ese Ojo Místico con el que escrutas la injusticia por mucho que se quiera esconder. Eres cruel conmigo, Hermano Oscuro, y a veces creo que no quieres que yo exista; que mi sola presencia te incomoda. A veces creo que tú también me odias a mí.

¿Que no?
¿Que lo que haces, lo haces por mi bien?
Dime, ¿han sido por mi bien todas esas veces que me has hecho sentir como un monstruo, aun a sabiendas que no lo soy? ¿De verdad tienes el valor de decirme que te preocupas por mi bienestar cuando me torturas cada vez que te viene en gana?
Por tu culpa muy a menudo tengo que esforzarme para poder contemplar mi reflejo en el espejo y mantener la mirada. Porque intentas ridiculizarme, mostrarme como alguien de quien debería avergonzarme. Tras el brillo de mis ojos, se encuentra el destello de los tuyos, helado y metálico, duro y terrible. Esa mirada insoportable, que me recuerda lo que me gustaría ser pero que no alcanzo a ser. Que me dice, una y otra vez, que jamás lograré serlo. Casi puedo oír tu voz, preguntándome a quién quiero engañar. Que soy un fraude. Que no soy especial. Que soy mediocre en todo cuanto hago y que mis empresas jamás llegan a ninguna parte.



Eres prudente, dices.
Tienes los pies en la tierra.
Aseguras que lo haces para evitar que me decepcione cuando fracase... dando por hecho que voy a fracasar; para no vivir haciéndome ilusiones, ni con falsas esperanzas.
Dices tener buenas intenciones, pero al hablar, cortas mis alas; me anulas, me enmudeces. Haces que me sienta estúpido, y que cada palabra que quiera decir suene burda, torpe o ridícula. Dices querer ayudarme, pero te ríes de mí, me menosprecias y me insultas. Tu condescendencia no hace sino encadenarme al suelo e impedirme echar a correr. Me atas las manos y me amarras los brazos a la espalda. Me muestras imágenes del pasado para recordarme mis errores, mis fracasos. Todas y cada una de mis derrotas; las restriegas por mi cara como si fueran un trapo sucio. Me obligas a recordarlas con todo detalle, y no dejas de decirme en lo que me equivoqué. No me perdonas jamás por ello. No me das un respiro.
Quieres protegerme, insistes una y otra vez, pero me conviertes en el blanco de tus iras.
Cuando yo digo "Sí", tu palabra es siempre "No". Me ordenas agachar la cabeza, me envías a mi habitación. Me obligas a olvidarme de aquello que deseo, porque no me consideras digno. Quieres que sea perfecto en todo lo que hago, pero me impides ser feliz. Me impides incluso creer en la felicidad.

Me limitas, me atas, me mutilas... pero luego, cuando el tiempo me ha dado la razón, demostrando que debería haber hecho aquello que no me permitiste, me torturas de nuevo por haberte obedecido. Una vez más, la culpa es mía. Tu Sagrado Criterio, inviolable e inmutable, jamás se ve contrariado de este modo. Tu Palabra es la ley y, suceda lo que suceda, yo debo acatarla. Si sumamos una victoria, es porque todo ha ido según tus deseos; si es una derrota, yo debo pagar por ella.
Y llamas a eso protección.
Lo llamas amor, pero eres como ese Dios sádico y retorcido, que considera que el amor del prójimo debe ser puesto a prueba por medio de la tortura. Me obligas a amarte a costa de golpearme hasta dejarme sin aire, de pisotearme cuando estoy en el suelo. De gritarme cuando me siento mal.



Supongo que te preguntas por qué te escribo. Por qué ahora. La respuesta es sencilla: solo te pido una tregua, porque estoy muy cansado. Estoy muy cansado de escucharte, de que me aterrorices, de que me socaves y de que me impidas caminar sin trabas. Sé que soy lo bastante fuerte como para soportarte, pues lo llevo haciendo toda mi vida... pero hay veces en que, sencillamente, me sacas de quicio. A veces creo que yo soy el único que te soporta porque no existe nada sobre la faz de esta tierra que sea capaz de hacerlo. Creo que no me has abandonado porque, en el fondo, me necesitas para subsistir. Irónico, ¿no te parece? Me necesitas, pero ejerces tu violencia verbal sobre mí de forma sistemática, sin piedad.
Tal vez es porque no eres más que otro cobarde. Tal vez, Hermano Oscuro, eres aquello que yo debo controlar y no al revés; tal vez sea yo quien deba tomar las riendas y no tú, pues bajo tu mando no es que nos hayamos cubierto de gloria precisamente. Lo único que hemos obtenido, gracias a tu Código Sagrado y a tu estrechez de miras, es limitarnos una y otra vez. A vivir con miedo; contigo lo único que he escuchado siempre ha sido la palabra "No".
No.
Tal vez deberías ser tú quien escuchase esa palabra, para variar. Me pregunto cómo te sentaría. Me gustaría saber cómo debe ser, por una vez, que seas tú quien reciba una negativa. Que tu voz quede por completo silenciada. Por un día, me gustaría saber lo que es que estés completamente callado.



Es posible que estas palabras te estén asustando, o bien estés muerto de la risa porque sabes que jamás voy a poder vencerte del todo y que siempre estarás ahí. Que siempre tendrás algo que decir. Aunque vivimos juntos desde que nacimos, a veces me cuesta tanto sondearte que no siempre sé qué piensas a ese respecto. Nunca sé a ciencia cierta si eres débil y por eso me tratas como me tratas, o lo haces porque eres fuerte y te lo puedes permitir. Este es un juego que quizás no acabe nunca.
Pero quiero dejar de tener miedo, y lo sabes; eso quiere decir que, en un momento u otro, tú y yo, querido Hermano Oscuro, acabaremos por enfrentarnos. Al final, estaremos tú y yo y uno de los dos tendrá la última palabra.
Lo único que puedo decirte es que te prepares; porque yo también pienso hacerlo.

jueves, 28 de enero de 2016

Angst- Heridas y cicatrices.




Mi primera herida fue limpia y dolorosa, del tipo que recibes cuando todavía no has aprendido a levantar un escudo. Cuando no llevas una armadura lo bastante resistente que te proteja de los embates que, tarde o temprano, acabarás soportando. Se trataba de un arma ligera y flexible, que silbaba en el aire con gracilidad a cada movimiento. La hoja, alargada, fina y ligeramente curvada, me atravesó de parte a parte, con rapidez, incluso antes de darme cuenta de que ya había entrado en batalla. Tardé un segundo completo en reaccionar, en entender lo que me había pasado. En descubrir que había caído en mi primera batalla. Aquella estocada, precisa y directa, fue profunda como solo la primera herida puede serlo. Me hizo sangrar. Sangré tanto que no quedó nada dentro de mí. Me quedé seco. Seco y débil.
Pero no morí.




Pese a ello, fue una recuperación lenta, con un dolor terrible a cada movimiento, a cada paso que daba. La cicatriz que dejaría sería espantosa. La clase de recordatorios sobre tu cuerpo que te instan a ser prudente; a protegerte. A usar tu olfato y levantar el escudo en cuanto se te eriza el vello de la nuca. A día de hoy, todavía me duele, aunque los años y la experiencia han hecho que ese dolor sea soportable. Que pueda vivir con ello.

Una vez inicias el camino, sabes que tarde o temprano entrarás en combate de nuevo, sin importar que ya hayas sido herido anteriormente. No puedes evitarlo, bien porque un instinto primario te insta a ello, bien porque es el propio fragor de la batalla el que te busca a ti. Esto último fue lo que me sucedió la segunda vez que me hirieron. Aunque igualmente ligera, el arma era silenciosa y fría. Un arma que, aunque esta vez ya estaba preparado para entrar en combate, fue lo bastante sutil para penetrar en mis defensas y atacar. A diferencia de la anterior, no fue un corte limpio: la hoja estaba llena de un veneno que me royó por dentro. Me hizo apretar los dientes y sentirme furioso por no haber sabido verlo. Sangre y pus se mezclaron en mi interior hasta que logré purgar aquella herida.



La tercera herida fue incluso peor. Esta vez era un arma ostentosa, labrada en oro, digna de la realeza. Se me mostró como un arma noble e impresionante. Todo para pillarme desprevenido y penetrar por resquicios de mi armadura tan insignificantes que ni yo mismo había reparado en ellos. El golpe fue devastador, casi mortal. Al contacto con mi carne, la hoja estalló en llamas y me hizo arder desde el interior. Me consumí, casi hasta que no quedó nada de mí. Mi armadura, mis escudos, mi carne y mis huesos, estuvieron a punto de ser reducidos a cenizas. Mi demonio privado, hasta el momento presente pero oculto, hizo ahí acto de presencia. Contempló mi cuerpo calcinado y se rió, pisoteando lo poco que quedaba de mí. Supongo que creyó haberme derrotado, y en gran parte no le faltó razón: aunque logré recomponerme y renacer de mis restos, durante un tiempo perdí el juicio. Me volví errático y temeroso: el demonio, no contento con haberse mofado de mi tercera derrota, había dejado el germen de algo terrible en mi interior. Una larva que anidaría en mis entrañas y que crecería hasta convertirse en un gusano que las devoraría incesantemente.



Vencer a aquel gusano no fue fácil, y requirió gran parte de mis fuerzas. Fueron años duros, donde debía calcular con precisión cada paso, pues no quería volver a cometer los mismos errores; una victoria no podía justificar el descuido que llevaría a otras derrotas. No, habiendo tanto que perder. Seguí caminando, pues, dedicándome a ofrecer mi espada a ayudar a aquellos que más lo necesitasen. Fueron buenos tiempos, y debo decir que creo que no hice mal trabajo en su momento. Pasó el tiempo y me di cuenta de que mi interior estaba algo mas restablecido; ninguna de las heridas, desde luego, había dejado de doler: el tejido cicatrizado era áspero y molesto, pero seguir caminando, seguir combatiendo, te permite adaptarte a él. Con la experiencia suficiente, casi no notas que está ahí.
Casi.

Llegamos pues, a la cuarta vez que fui herido en combate. Esta vez puede decirse que fue culpa mía: pensando que podría sobrevivir a aquello, combatí durante años aun sin ser del todo consciente que lo estaba haciendo. Fue al caer en la cuenta de que estaba entrando en batalla, me prometí a mí mismo que lucharía. Que lucharía con todas mis fuerzas; que desoiría la voz de mi demonio interior y que mantendría la espada en alto aunque fuese lo último que hiciera.
Y lo hice.
Peleé, con más arrojo y decisión del que jamás he tenido en mi vida. Me enfrenté a la situación, mirándola directamente a los ojos y usando mi mejor arma. Sin embargo, tenía clara una cosa: para que mis movimientos fueran más certeros, debía sacrificarme y bajar mis escudos. Desprenderme de mi armadura. En definitiva, debía luchar con lo poco que tenía.
Y lo hice.
Mi instinto, al igual que un ángel guardián, me decía que volvería a salir herido. Pero había otra voz en mi interior. Una voz poderosa, firme y fuerte, que se imponía a mi instinto. Me decía, una y otra vez, que eso no importaba. Que debía combatir, pues era mi deber. Pues había hecho una promesa, y si faltas a ella, no mereces mirarte al espejo. Pues, ¿qué es un hombre sin palabra?
Lamento decir que, una vez más, no estuve a la altura de las circunstancias. El arma, salvaje como la garra de un felino, se hundió en mí con total profundidad, retorciéndose en mi interior, y abriéndose de una forma muy dolorosa. Al hacerlo, el resto de cicatrices se resintieron, abriéndose algunas de ellas. Empecé a sangrar por todas partes, medio muerto.



Aquella herida me llevó a mi Infierno personal, donde tuve que recorrer otro largo camino, sorteando la risa y las burlas de mi demonio interior, que no hacía más que recordarme la poca valía que tengo en el arte de la guerra. Este me tentó una segunda vez, tomando la forma de un ser querido para volver a rematarme. Me humilló y me arrastró por el suelo, dejando un reguero de color rojo tras de mí. Diciéndole a todos, sin una sola palabra, que yo no era nada. Que yo no importaba. Que era una patética criatura inferior que solo merecía ser pisoteada. A mi alrededor, podía oír voces que coreaban a aquel monstruo, mientras yo no era más que un despojo. Un pedazo de carne escuálida, reseca y moribunda.
Tampoco morí ahí.

Esta vez, el demonio se olvidó de dejar nada en mi interior, de modo que me alimenté de rabia. De una rabia intensa, como jamás había conocido hasta entonces. Me prometí que aquel sacrificio de mi interior sería el último y que jamás volvería a perdonar las ofensas de aquellos que aprovechan para golpearme estando ya de rodillas. Puede que no fuera un gran guerrero; puede incluso que la mayor parte de mis batallas acabasen conmigo en el suelo, malherido. Pero, por todos los dioses jamás habidos, que no lamería las botas de mis verdugos. Jamás.
El camino tras aquel infierno me llevaría a sendas inexploradas, lejos de la sombra bajo la cual había vivido hasta entonces. El tipo de cosas que no descubres hasta que las abandonas, supongo. En aquellos territorios inexplorados, descubrí que no soy tan débil como creía, o como me habían hecho creer... o como me había hecho creer yo mismo. Incluso gané alguna batalla menor.



Pero la suerte no está siempre de tu parte, me temo. Siempre hay una batalla que se te resiste. Cada vez que entras en combate, sabes que puedes resultar lastimado, lo quieras o no. No importa lo resistente que sea tu armadura, o lo hábil que te hayas vuelto manejando la espada. No importa que tu escudo ahora sea tan ligero como resistente: la posibilidad de que caigas de nuevo, tarde o temprano, existe.
Eso fue justo lo que me sucedió la quinta vez. No sabría decir si aquel combate fue buscado por mí, o participé en él por invitación. Puede que fueran las dos cosas; no es algo que pueda decir con facilidad, y quizás, pasado el tiempo, ya no importe. Lo único que puedo decir es que, por un momento, me sentí poderoso. Sentí que llevaba las riendas de la lucha, y que blandía mis armas con certeza. Tal vez, me decía a mí mismo, había adquirido experiencia y la suerte me sonreía, para variar. ¿Acaso no era posible?
Y así fue, al menos, durante un breve espacio de tiempo, hasta que fui atacado por sorpresa. Casi por la espalda. El ataque se produjo de un modo tan ruin como el arma que lo protagonizaba: era un puñal, de hoja corta, pequeño y ligero. Diseñado para aparecer de improviso, causar el mayor daño posible y desaparecer. El arma de un cobarde.
Aquella puñalada, debo decirlo, no logró destruirme, pero sí dejó heridas internas. Heridas que, si bien no parecieron graves en un momento dado, se enconarían poco después, infectándose y produciendo lesiones que me nublarían el juicio. Mi demonio privado, lejos de verme hundido y casi destruido como otras veces, me miró a los ojos. Yo le devolví la mirada.
Ninguno de los dos dijo nada.



Esta historia no tiene final. Tal vez, porque dicho final no se ha escrito aún; es posible que ni siquiera exista, y no sea sino parte de un ciclo sin fin. Un ciclo de derrotas y resurrecciones, de escudos quebrados y armaduras que se fortalecen. De caminos que se recorren y de lecciones, tanto aprendidas como olvidadas.
Es posible que lo único que se desprenda de esto, si es que se puede desprender algo, es que nacemos para combatir. Para caminar. Para sangrar.
Para caer y, ¿por qué no?, no sabemos hacer otra cosa, para ponernos en pie de nuevo.

jueves, 21 de enero de 2016

Angst- Reflexiones sobre una foto antigua




Esta mañana, durante mis ejercicios de respiración y meditación al final de mi sesión matinal de entrenamiento en casa, he fijado mi vista en una foto mía en la repisa. La foto puede tener, no sé, unos diez, puede que once años. Ahí salgo yo, de punta en blanco, junto a la familia, posando en la clásica foto de una boda.
Me he visto y he intentado analizar lo que he sentido al ver la foto. No sé muy bien lo que ha sido. Orgullo, desde luego que no; aunque en esa foto no tengo mal aspecto, mi fuerte sentido de la autocrítica y una autoestima que no es precisamente la leche (los que tenéis más confianza conmigo lo sabéis de sobra, pobrecitos míos) me impiden verme así, no importa la circunstancia. ¿Nostalgia? Pues no sé yo, la verdad; en aquella época ya tenía yo mis movidas mentales y mis neuras. De hecho, creo que las vengo teniendo desde que tengo uso de razón, y el momento presente no es que difiera mucho.
La cosa es que era más o menos lo que soy ahora, pero aun así...
Lo siento, no sé explicarlo. No bien, y creedme, para alguien que se dedica a eso de la enseñanza y que escribe (aunque sea por afición) lo que lleva dentro, es frustrante.

Empecemos por el principio. Voy a ir improvisando un poco mientras escribo estas líneas, si no os importa. Tal vez sea un buen ejercicio de autoconocimiento, o bien puede ser una buena manera de echar un ratito que tengo libre por las mañanas. La verdad es que en esto, como en muchas cosas, no tengo la respuesta, aunque haya algunos de vosotros que piensen que sí puedo responder a cualquier pregunta. Ojalá, os lo digo en serio, pero no: no soy más que un ser humano, al que poco tenéis que envidiar, mucho me temo. Como mucho, puedo escribir para ver si la encuentro.
En esa foto yo era unos diez años más joven, como he dicho. No es que me sienta mucho más estropeado hoy en día (mi pelo ya no es tan negro, y mi rostro se ha afilado aún más a lo largo de los últimos años); en todo caso, podría decirse que estoy más bien igual. Vale, no siento nostalgia.
Tampoco tenía precisamente un mal aspecto en esa foto. No es la típica foto avergonzante (por ejemplo, las de mi comunión, que juraría que habíamos quemado en alguna hoguera de San Juan para que no queden testimonios de la pinta que tenía yo por aquel entonces), así que tampoco pienso en lo clásico de "Quién te ha visto y quién te ve".


Y, por suerte, tampoco eran los 80.


No, creo que esa foto me hace pensar en la clase de persona que era en aquella época, y en la clase de persona que soy ahora. Si me pongo a profundizar, incluso puedo llegar a pensar en la clase de persona que he sido siempre. Sí, soy así de raro, me gusta reflexionar sobre lo que era, y en lo que me he convertido.
Analizándolo con el corazón en la mano, supongo que me toca decir que sigo en esa búsqueda espiritual de la que hablé en su día. Lamento ser repetitivo, chicos; sé que me lo habéis echado mucho en cara, pero a veces tengo que escribir sobre esto, sin importar que ya hayáis leído cómo divago sobre lo mismo una y otra vez. Pensemos en que, si escribo mucho sobre esto, es porque pienso mucho sobre esto. Y los que ya me conocéis, sabéis que si hago algo es porque lo necesito o porque creo en ello. No sé fingir y no sé invertir mi tiempo en cosas que me resultan vacías y sin sentido.

Desde que tengo uso de razón sigo buscando mi lugar. Podría decirse que, en muchos aspectos, soy un nómada: sigo buscando el lugar al que pertenezco; sigo intentando encontrarme a mí mismo y (ahí le echo unas narices tremendas) entender el mundo que me rodea. A veces hago como que desisto, pero una y otra vez, vuelvo a intentarlo. ¿Os acordáis del mito de Sísifo? Sí, el tío aquel al que condenan a llevar una roca a lo alto de una loma, solo para que esta se caiga y tenga que volver a empezar... así por toda la Eternidad. Pues a veces me siento un poco así; emprendo una tarea, una cruzada o simplemente hago lo que creo que es justo, solo para recibir un varapalo que me dice "Buena idea, pero al final la cagaste"; me retiro, me lamo las heridas y, una vez me recupero, vuelvo a empezar. Porque no sé hacer otra cosa.
Puede que en el fondo no quiera hacer otra cosa, si soy honesto conmigo mismo.


Algo en este plan, metafóricamente hablando.
Además, yo no estoy tan cachas.


Y es que, si me pongo a pensarlo, muchos de mis errores los he cometido precisamente porque creía que estaba haciendo bien; bien a mi mismo, bien a otros... Pero creo recordar que, en mi vida (salvando etapas muy, muy oscuras, en las que ni yo mismo me reconocía y en las que, mucho me temo, tampoco era del todo consciente de lo que hacía), he actuado para dañar a nadie sin provocación previa. He conocido a mucha, mucha gente que sí lo ha hecho, creedme; y si algo he aprendido de ellos es que no quería ser así. Tal y como decía Garth Ennis, "En esta vida tienes que ser uno de los buenos, porque malos hay ya demasiados". La verdad es que leí esta cita hace relativamente poco, pero si lo pienso... Si lo pienso, ya creía en eso antes de haberla leído, y hago lo posible por llevarla a cabo.
Aunque luego, por supuesto, la acabe cagando de una forma estrepitosa.

Sé que algunos de vosotros me habéis visto entrar en combate. Habéis visto cómo he sacado las garras y me he defendido como un lobo (o he defendido a aquellos que considero, si seguimos la metáfora animal, de mi "manada"), a dentellada limpia, procurando no dejar vivo a nada ni nadie que se cruce en mi camino. Me habéis visto enseñar los dientes, lo que sé que os ha sorprendido a unos cuantos, dada mi imagen de bufón experto en soltar chistes guarros. Me habéis visto plantar los pies en el suelo y decir "No" cuando otros dicen "Sí". Habéis visto cómo me he negado a sonreír a según quiénes, porque no he considerado que haya que sonreír a aquellos que han hecho según qué cosas, menos aún por "ser ellos". Otros, tal vez los menos, me habéis visto enfrentarme a mis propios amigos por negarme a darles la razón en lo que se suponía que tenía que darlas. Todas, y creedme cuando lo digo, han sido batallas muy duras. Cada una de ellas, en mayor o menor medida, me ha dejado cicatrices. Y no ha habido ninguna de estas batallas en las que haya entrado por diversión o sin creer en lo que estaba haciendo. Sé que muchos de vosotros me habéis podido ver en algún momento como una persona agresiva, o incluso arrogante. No creo que estas palabras que escribo ahora mismo sirvan para justificarme o para haceros cambiar de opinión; francamente, quizás debería darme igual. Al fin y al cabo, estas líneas las estoy escribiendo más para mí mismo que para vosotros. Otra cosa es que os deje leerlas.
A lo que vengo a referirme es que en el fondo sé que no soy así. No soy arrogante, por mucho que lo parezca, por mucho que penséis que me creo en posesión de la verdad. Y lo que llamáis agresividad, tal vez no sea más que vehemencia y pasión. ¿Alguna vez habéis luchado con todas vuestras fuerzas por aquello en lo que creéis? ¿Alguna vez habéis saltado al campo de batalla sabiendo que, hagáis lo que hagáis, poco remedio tiene y, pese a ello, habéis luchado? ¿Alguna vez os habéis sentido en la firme obligación (aunque innecesaria en el fondo) de defender a aquellos que os importan? Si esto os ha pasado, entonces lo tendréis mucho más fácil para entender mi actitud en según qué situaciones. Si no, pues lo siento. No sé explicarlo mejor.


—Tío, no tenemos ni la más mínima oportunidad. Vamos a diñar.
—Pues al menos diñaremos juntos y luchando por lo que creemos.


Esto, en contra de lo que pueda desprenderse de este último párrafo, no me convierte en un héroe. Algunos, en ciertas conversaciones, habéis alabado mi valor, mi integridad y mi firmeza a la hora de defender mis valores. Agradezco de corazón vuestra admiración... pero no siempre me siento valiente. No creo que haya nacido con el espíritu de un héroe. Os lo digo de verdad, si algo me gustaría sería tener el arrojo y la potestad para hacer algo que ayude a mejorar las cosas, pero a la hora de la verdad, no siento que lo tenga. Solo creo en lo que creo y, si lucho por ello, es porque no sé hacer otra cosa. Porque si hiciera esa otra cosa, me sentiría mal conmigo mismo. No me sentiría yo. Tal vez me empezaría a apagar poco a poco... y no es algo que entre en mis planes.

Es posible que esa actitud me convierta, simplemente, en una diana. En el blanco de todos los golpes. Soy aquel que habla cuando los demás callan; el que dice lo que los demás piensan, quizás con demasiada claridad, o simplemente ante quien la mayoría de la gente no se molesta en hablar. El que queda como el malo cuando ha habido otros que dicho exactamente lo mismo que yo. Actúo cuando las fuerzas me lo permiten, aun sabiendo que no tengo mucho que ganar y muchísimo que perder. En ese aspecto, creo que tengo más corazón que cerebro, y así me va.
Esta actitud no convierte mi vida en ejemplar. Lo que ha hecho ha sido arrojarme a un montón de combates que, objetivamente, no eran asunto mío. Me ha hecho saltar a defender a gente que, siendo sincero, sabe defenderse por sí misma bastante bien y no me necesitaba en lo más mínimo. Me ha hecho llevarme las hostias que ellos no se han llevado. Todo porque me siento en la imperiosa obligación de proteger a los que me importan.
Lo mismo todo esto sucede porque no soy más que un imbécil con buenas intenciones, vete tú a saber.

Pero si algo he aprendido de cada una de estas batallas es que no me arrepiento en lo más mínimo de haber entrado en ellas, pese a las monumentales cagadas. Pese al desgaste de energías que me han supuesto. Pese a las duras cicatrices emocionales que llevo conservando desde vete tú a saber cuándo. Si algo he aprendido de todo esto es que si las hago es porque considero que hay cosas por las que merece llevarse todos estos golpes. Que a veces, hay que anteponer aquello en lo que crees a lo que puedes ganar o perder, pues esto no es un concurso ni un partido de fútbol en el que gana el que más marca. Que (y vuelvo a citar a Ennis de forma un poco libre), si dejas tirado a un ser querido, ya puedes ir a alistarte con los demás gilipollas, porque eres otra causa más por la cual el mundo se va a la mierda.


Para mí no hay nada más duro que saber que alguien merece y necesita mi ayuda y ver que lo he dejado en la estacada. Es de la clase de cosas que soy incapaz de perdonarme a mí mismo.
Sé que a muchos os parece una soberana estupidez, pero a mí me resulta muy difícil evitarlo.


Alguien me dijo una vez que mi mayor problema era que siempre hacía lo que debía, pero nunca me paraba a pensar en hacer lo que quería. Fue un bien consejo, y supongo que en cierta medida lo llevé en práctica, aunque a mi modo. A veces hacer lo que debes implica tomar decisiones muy duras que no te hacen feliz; en otras ocasiones, hacer lo que quieres puede implicar actuar de un modo egoísta y hacer daño a los seres queridos que te rodean, lo que tampoco es gran cosa. Quizás el término medio consista en hacer aquello en lo que crees. Si crees en hacer lo correcto y resulta que hacer lo correcto implica luchar porque tu entorno esté en paz, no entras en ese conflicto. Lo haces porque quieres hacerlo; porque te sientes mejor contigo mismo, o al menos mejor que no haciendo nada en absoluto. Eso sirve un poco como consuelo cuando luego empiezan a lloverte los palos y las piedras por todas partes. Sirve para poder mirarte al espejo cada mañana y poder decirte a ti mismo que no huiste y que, de haberlo hecho, jamás te lo habrías perdonado. Que afrontaste aquello que tenías que afrontar del mejor modo que has sabido (eso no quiere decir que lo hayas hecho de forma correcta, por supuesto... pero sí lo has hecho al límite de tus posibilidades), y que te habría gustado que, de ser al revés, alguien lo hubiera hecho por ti.


Es cierto que del hoyo salimos nosotros y nada más que nosotros.
Pero también es cierto que a veces necesitamos a alguien que nos tienda una mano en nuestros momentos más oscuros. Es parte de nuestra naturaleza.
Y, partiendo de esa idea de que nos gustaría que nos trataran así... tal vez lo justo sea que nosotros hagamos lo mismo.
Pero esto no es más que una idea, por supuesto.


Esto, insisto, no me convierte en una persona ni sabia ni inteligente. De estas líneas se deduce que mi actitud es la de meter la pata una y otra vez y, si tengo suerte, aprender de ello en la medida de lo posible. Supongo que el sentido de mi vida (al menos, por ahora y que yo sepa) consiste en ir cuesta arriba por ese camino empedrado que es el aprendizaje. Intentar sacar todas las lecciones posibles de mi vida y, si tuviera la suerte de haber llegado a las conclusiones correctas (no creo que se dé el caso en un futuro próximo, la verdad sea dicha), inspirar a aquellos que vengan detrás para guiarles en ese camino. O tal vez la cosa consista en recibir hostias hasta que llegue el día en que no haya más hostias que recibir, que todo puede ser.

Como ya habréis imaginado, todavía no he llegado a una conclusión clara acerca de lo que he sentido al verme en esa foto. Tal vez la respuesta esté entre estas líneas y yo mismo no me haya dado cuenta a la hora de escribir. Tal vez sea algo completamente diferente y simplemente haya estado escribiendo unas cuantas tonterías para pasar el rato. Lo siento, queridos Distópicos. Hoy, como sucede tantas veces a lo largo de mi vida, no tengo las respuestas.

jueves, 7 de enero de 2016

Mondo Chorra- Ganarte el Anillo Esmeralda




Sí, ya sé que este post, si nos fijamos en el título, debería ir incluido en la sección de "Tebeos en Vena". La cosa es que, pese a la evidente referencia, no voy a hablar de cómics en este artículo. No de forma directa.
Para aquellos no iniciados en eso de lo que son los Anillos Esmeralda, empezaré con una breve explicación: en los comics de Green Lantern se nos muestra a una especie de policía intergaláctica conocida como los Green Lantern Corps. Cada miembro de este cuerpo, cuenta con un Anillo de Poder, que les permite hacer prácticamente cualquier cosa que les permita la imaginación y el cual debe ser recargado por medio de una batería con forma de linterna cada 24 horas. Dicho Anillo se maneja de forma mental, dependiendo única y exclusivamente de la fuerza de voluntad del portador. Es éste quien elige a su portador, de entre todas las formas de vida del sector de la galaxia a proteger, precisamente en base a la fuerza de voluntad que este ostente.
En otras palabras, cuanto mayor es tu voluntad, menor es tu dificultad para poder manejar un Anillo Esmeralda.

Los Anillos de color verde no son los únicos en el Universo que nos muestra Green Lantern; con el paso de los años, se nos ha ido contando que el espectro emocional atiende a otros colores, también representados por otros Anillos de Poder: Los Índigo, que representarían la compasión; los Azules, la esperanza; los Magentas (también conocidos como Zafiros Estelares), el amor; los Naranjas, la avaricia; los Rojos, la ira o el odio.
Y luego están los Amarillos, los pricipales enemigos del Green Lantern Corps, que funcionan en base al miedo. Hasta aquí, la referencia de comics y todo cuanto necesitáis saber del tema, por el momento. Pasemos al meollo.


Colorines para simbolizar cosas que están en nuestro interior.
Simplón, pero suficiente para expresar aquello de lo que quiero hablar.


Si tengo que hacer balance de lo que es mi vida, creo que usar este Universo ficticio como referencia es más o menos acertado; podríamos decir que, de un modo metafórico, se ajusta bastante a lo que ha sido mi existencia a lo largo de unas cuantas décadas. Ya hemos hablado de esto alguna vez, si la memoria no me falla: desde mi vida más o menos "moderna" (la cual, como ya sabéis, suelo estipular desde 1995 en adelante, por razones estrictamente personales) siempre me he visto a mí mismo como alguien que se ha visto obligado a luchar contra el Caos, entendiéndose este concepto como el Desorden que amenaza tu vida de vez en cuando, poniéndola patas arriba. Lo Aleatorio, lo Imprevisto o Aquello que tienes que aceptar, te guste o no. Como persona tendiente al Orden, es una lucha que ha venido siendo bastante encarnizada: el mundo, hay que aceptarlo, tiende al Caos y no al Equilibrio. El mundo cambia y no nosotros, y eso, como he mencionado alguna vez, es lo que hace de nuestras vidas una lucha. A veces llevadera, a veces miserable, pero lucha al fin y al cabo. Luchas contra el mundo que te rodea porque sabes que tu naturaleza no te permite hacer otra cosa. Porque eso es lo que eres. Tomas lo poco que tienes, lo empleas como arma y soportas la embestida de un Gigante que tiene centenares de ojos, centenares de bocas, miles de brazos y toma innumerables formas.
Plantas los talones contra el suelo, adoptas la posición y resistes el embate como puedes. A veces resistes, a veces te dejas arrastrar durante un tiempo, para luego levantarte.
Tomad nota de esto último, por favor.


Tal vez caemos para aprender a levantarnos.


Esta es la guerra que algunos nos vemos obligados a llevar a cabo contra nuestro Universo personal. En cierto modo, es como si fuéramos peones de un juego cósmico y nos limitamos a cumplir con nuestro papel; de lo contrario, sentiríamos que estamos yendo contra corriente, traicionándonos a nosotros mismos y, en definitiva, haciendo de nuestra vida un absurdo. Algunos hemos nacido para cargar el escudo al hombro y mantener la lanza enhiesta para resistir el ataque de Aquello que nos embiste. No somos héroes, ni semidioses. Tal vez solo somos piezas de un engranaje mucho mayor, o simplemente es nuestra naturaleza. La verdad es que no lo sé.

Pero, si somos lo bastante introspectivos... Si analizamos nuestros pensamientos, nuestros sentimientos o el curso de acción que hemos llevado a lo largo de nuestra vida, nos damos cuenta de que se lleva librando otra guerra en nuestro interior durante mucho, mucho tiempo. Esta vez no consiste en enfrentarse al Caos, ni a lo Imprevisible. Esta guerra, secreta y profunda, tiene nuestro propio fuero interno como campo de batalla. Nuestra propia alma, si sentís alguna inclinación por lo espiritual y este concepto no os causa aversión.
Es la guerra contra el Miedo, tal y como he explicado arriba en mi metáfora.

Aceptémoslo de una vez: somos humanos y tenemos miedo. Dicho miedo puede tomar mil formas, encarnarse bajo un aluvión de ideas. Podemos creer tenerlo superado y, en el momento menos esperado (o indicado) surgir y apretarnos el pecho hasta hacer que perdamos el color en la cara. El miedo está ahí, agazapado en algún rincón de nuestro yo más recóndito, esperando para salir a la luz. Para recordarnos que no hemos sido engendrados por un Dios en el vientre de una mortal. Para dejarnos bien claro que somos humanos, falibles y débiles. A veces, dicho miedo puede ser necesario, ya que pone de manifiesto nuestro instinto de conservación; otras, es la manifestación más clara de nuestro yo irracional. El Miedo (voy a personalizarlo, así que permitidme las mayúsculas), si lo escuchamos, puede ser el más terrible de los consejeros: nos vuelve pusilánimes, hipocondríacos; saca todas nuestras inseguridades y complejos a la superficie y nos los restriega por la cara. Nos muestra el peor reflejo de nosotros mismos y nosotros, en respuesta, solo somos capaces de asentir, siempre que decidamos escucharlo. O siempre que creamos que debemos escucharlo. A veces es que no podemos evitarlo.


Visualizad vuestro Miedo como este mamón y ya tenéis la idea.


Suele decirse que la gente valiente no tiene miedo. Permitidme que discrepe: en mi modesta opinión, tiendo a creer que absolutamente todo ser vivo con un sistema nervioso medianamente desarrollado tiene miedo a algo. Ese algo puede ser vago, tal vez no más que un concepto abstracto; en ocasiones, puede personificarse y resultar que tenemos miedo a una persona concreta, o a lo que esa persona representa para nosotros. Muchas caras, muchos nombres, pero es una idea subyacente que se muestra como factor común a todas esas encarnaciones.
Quizás el mayor miedo, o el miedo que los engloba a casi todos, es el miedo a la Incertidumbre. Temer a algo que desconocemos es la forma más común y primaria de todos los miedos, desde mi punto de vista: se encontraría tras el clásico miedo a la muerte (el cual también es responsable de muchas formas de miedo y de ese instinto de autoconservación que he mencionado arriba) o el miedo a no saber qué acontecerá en tal o cual situación. Es el terror a la falta de seguridad, de estabilidad. Si lo proyectamos hacia nuestro Universo personal, podríamos hablar incluso de ese miedo al Caos.

¿Qué es el valor, entonces?
El valor, desde mi punto de vista, consiste no en carecer de miedo, sino en asumirlo. Hace falta mucho valor dentro de ti para admitir que algo te aterra. Para admitir que eres humano y que hay cosas que están por encima de la capacidad de tu raciocinio; que hay cosas que pueden hacer que la sangre se te hiele y se te acelere el pulso de mala manera. El valor lo tienen aquellos que aceptan su miedo y, muy especialmente, buscan el modo de afrontarlo. De un modo muy parecido a como explicaba Dante en su Divina Comedia, para salir del Infierno antes debes atravesarlo por completo hasta llegar a su mismo corazón. Plantead por un momento vuestros terrores más profundos como vuestro Infierno personal y creo que os haréis una idea bastante clara de lo que quiero decir.
Quizás, por tanto, la diferencia entre un valiente y un cobarde consiste, en resumidas cuentas en que el primero busca vencer a su miedo, mientras que el segundo encuentra mucho más cómodo hacerse un ovillo en un rincón y esperar que alguien le saque las castañas del fuego. Los valientes jamás pierden del todo el miedo, pero hacen todo lo posible por vivir con él y, si tienen suficiente suerte, superarlo.


Con lo que se tenga a mano, por poco que sea.


Es ahí donde entra el concepto de la fuerza de la voluntad. Para hacer frente a ese terror, para sobrevivir en tu propio Infierno personal sin un Virgilio que te diga qué camino debes escoger, lo único que tenemos es la voluntad. Es esa fuerza dentro de nosotros que, aunque no logre hacernos pensar de un modo racional en mitad de un ataque de miedo (creedme, esto lo he vivido de forma personal y os digo que, en medio de una crisis, ni pensamiento racional, ni positivo ni leches en vinagre), lo único que nos muestra, si decidimos hacerle caso, es un deseo. El deseo ardiente de salir adelante. De sobrevivir. De levantarnos cuando creemos que todo ha terminado para nosotros y que ya no podemos hacer nada para seguir peleando en esta guerra.
La Fuerza de Voluntad no tiene una voz tan intensa como la del Miedo. Su tono, la mitad de las veces, es apenas un susurro leve, mucho menos adictivo que la de su opuesto. Es complicado oírla, puesto que el Miedo forma parte de nuestro yo más primario y se expresa en un lenguaje basado en el instinto, en aquello que podemos sentir por encima de aquello en lo que podemos pensar. La Fuerza de la Voluntad, en este duelo, es apenas audible.
Pero no por ello inexistente.


A veces esa voz solo te va a decir una cosa:
"Levántate".


La Fuerza de la Voluntad, por silencioso que sea su discurso, no nos quitará el Miedo. No nos hará invencibles, ni inmortales. Lo que sí hará será darnos la oportunidad de encarar a la Bestia, mirarla a los ojos y, con la suficiente dosis, lograr apuñalarla en pleno corazón. Esta es una prueba ardua y, creedme, difícil. Muy difícil. ¿Cuántos de vosotros os habéis dejado vencer por vosotros mismos? ¿Cuántos de vosotros os habéis dado la espalda a vosotros mismos? ¿Cuántas veces habéis escuchado a esas voces dentro de vuestras cabezas que os dicen "No"? ¿Que os susurran regodeándose en vuestras debilidades o vuestras inseguridades?
Es una guerra muy dura la que se libra dentro de nosotros mismos, lo sé. Es una guerra que, lamento tener que decíroslo, jamás tendrá fin. Podréis afrontar el Caos durante un tiempo, pero no de por vida; tarde o temprano, tomará una nueva forma y os atacará de nuevo, cuando menos lo esperéis, o cuando tengáis la guardia baja. En vuestro fuero interno, el Miedo atacará vuestra alma cuando creáis que habéis superado ciertas cosas, cuando creéis que habéis cerrado según qué heridas. Recordadlo: las heridas no cierran jamás; tan solo aprendéis a vivir con ellas. Y si se lo permitís,el Miedo se encargará de echar sal sobre ellas y os convertirá en las personas débiles que creíais que ya no erais.


Y ahí estaréis, tirados en el suelo hasta que logréis escuchar esa voz.
No lo digo con condescendencia: insisto en que es una prueba muy, muy dura.


Sí, es una guerra dura, pero no quiere decir que esté perdida. Tenéis (tenemos) ese arma que es la Voluntad en vuestro interior. Tal vez ésta no os permitirá ganar la partida (ojalá), pero sí os permitirá poneros en pie, plantar los talones en el suelo, alzar vuestros escudos y preparar la lanza para la siguiente embestida.
Pero recordadlo: la Fuerza de Voluntad es solo vuestra. Al igual que esos Anillos Esmeralda, nadie puede usarla por vosotros. Nadie va a estar (ni debe estar) en vuestro puesto de combate. La Voz de la Voluntad os hablará a vosotros y solo a vosotros, y es de vosotros de quien depende escucharla. Puede que al final el Caos se apodere de vuestras vidas; puede que haya cosas más allá de vuestra potestad que hagan que todo se os vaya de las manos. Puede que el tren de las consecuencias os arrolle y os dejéis llevar por un destino que no desearíais ni a vuestro peor enemigo. Es posible que haya cosas que jamás podáis evitar. La Voluntad estará ahí, no para arreglaros la vida, pero sí para daros el poder para vivirla.