sábado, 13 de diciembre de 2014

Tebeos en Vena- Superhéroes a los que seguramente has puteado (aunque no hayas leído nada de ellos)




Sobre el mundo del cómic la gente tiende a hablar muchísimo, especialmente en los últimos años, gracias al impulso del cine sobre este género. Es precisamente por medio del cine por el que se están dando a conocer muchos personajes e historias que, hasta la fecha, habían quedado relegados al círculo de los lectores asiduos y poco más (el ejemplo más claro lo hemos tenido con la reciente Guardianes de la Galaxia, donde se ha visto que Marvel le ha echado unos huevos como los de un toro por apostar por personajes que hasta la fecha eran de bastante segunda línea, sacarlos a la palestra y hacer que lo peten). Lo que sí es curioso es que con esto, como con muchas otras cosas, la gente tiene una costumbre malsana de poner a caldo a tal o cual personaje... Aunque realmente de ese personaje sepan lo justo, lo hayan visto una o dos veces o simplemente lo hayan juzgado por la pinta. Este post está precisamente dedicado a romper una lanza por aquellos personajes que (según un servidor) han sido maltratados, vapuleados y sodomizados por la opinión pública, aunque la mitad de aquellos que cargan sus iras contra ellos ni siquiera tengan claro qué clase de personajes son realmente.
Vamos que nos vamos:



El primero de esta lista es Robin. Porque, seamos serios, los que medio conocemos el personaje estamos hartos de oír la misma cantinela: bla, bla, bla, Robin es gay (como si ser gay hoy en día fuese algo malo, así de "tolerantes" que somos cuando nos ponemos a reírnos de algo), Robin es un becario, es el mancebo de Batman y no sabe hacer la O con un canuto... Pero echemos un vistazo en profundidad al personaje. O personajes: mucha gente ignora que tras la máscara de Robin ha habido casi media docena de personas, cada una de ellas bastante diferenciada entre sí. Pasemos a hablar un poco de ellos:
Dick Grayson fue el primer Robin y probablemente el más puteado de todos. Creado allá por 1940 y luego lanzado al estrellato en los años sesenta por la famosa serie de televisión, este pobre chaval se ha llevado palos de todos colores habidos y por haber. Lo que la mayoría de gente no sabe es que Grayson abandonó la identidad de Robin allá por 1984 (precisamente para buscar su propio camino, algo que sus detractores le siguen, paradójicamente, achacando) y que desde entonces se estableció por independiente tras el nombre de Nightwing (cuya serie propia aguantó bastante tiempo). En el nuevo Universo DC, hasta ha abandonado el tema de los disfraces y tiene su propia cabecera, Grayson. El personaje, tratado de "inútil" y "gilipollas" para arriba (todo esto mezclado con las connotaciones homosexuales, como si fueran algo que añadir a los términos ya mencionados) resulta ser un excelente acróbata, un lider no menos capaz, un detective bastante aceptable, un luchador cuerpo a cuerpo notable y, cuando no lleva puesto el pijama, un policía que trabaja en Blüdhaven. Ha liderado a los Titanes durante varios años (incluso en etapas tan complicadas como las Crisis en Tierras Infinitas) y no ha tenido problema alguno para intimar con Starfire (su compañera en los Titanes), tener algún escarceo con La Cazadora (tanto él como su versión de la Golden Age, curiosamente) y acabar manteniendo una relación bastante bonita (y estable) con la primera Batgirl, Barbara Gordon.


Dick Grayson, en una de las versiones más modernas y famosas de su uniforme de Nightwing.


El segundo Robin es Jason Todd que, en contra de lo que piensan aquellos que Robin es un moñas mojigato, era un delincuente juvenil. Este debutó en 1983, justo cuando su antecesor ya andaba dando voltios con los Titanes y liándose a hostias limpias con bicharracos como el demonio Trigon. Jason es, probablemente, uno de los Robins más arrogantes y problemáticos con los que Batman se ha topado. Este personaje, a diferencia de lo que suele pensarse, ha contradicho y desobedecido a su mentor, cuestionado sus decisiones y órdenes y, en definitiva, ser un auténtico dolor de muelas. Jason duró poco en su andanza como Robin, ya que en el arco argumental A Death In the Family, se convertía en el primer protegido de Batman que palmaba. En un rollo a lo Marco, se iba a buscar a su desaparecida madre a Oriente Próximo a espaldas del Hombre Murciélago, para tener la mala pata de encontrarse que ésta trabajaba en un campamento del Joker, que andaba haciendo el terrorista por ahí, cosas de la vida. Éste, al verlo, le dio de hostias con una barra de hierro y luego le colocó una bomba, dejándolo hecho un puto cromo. Tendrían que pasar casi más veinte años para que los guionistas decidieran retomar al personaje, esta vez bajo la identidad de Capucha Roja (2005)


A hostias limpias.
Por cierto, que la muerte de Jason Todd, un personaje ya bastante impopular, se decidió por votación de los lectores.


El tercero es Tim Drake, que probablemente sería uno de los más carismáticos en encarnar a este personaje, llegando incluso a protagonizar la cabecera Robin en 1993. Este Robin desde sus orígenes ya se muestra como un más que notable detective amateur, llegando a ser uno de los poquitos que descubren, no solo la identidad del primer Robin, sino también la del propio Batman. Tim aparece poco después de la muerte de Jason Todd, y pone de manifiesto un hecho que la mayoría de la gente pasa por alto: Batman NECESITA un Robin. ¿Por qué? Porque, queridos fans de Batman, Batman está loco. Asumidlo, tíos. Loco. Majara. Chalado. Como una puta cabra. Nos mola, pero tiene un problema de paranoia severo y, por mucho que Alfred le diga para intentar devolverle a la cordura, no está en las calles con él. Desde la muerte de Jason Todd, Batman se vuelve innecesariamente violento. Inestable. Necesita alguien a su lado a quien servir de ejemplo y que le pueda decir "Oye, Batman, que serás el Señor de la Noche y lo que te salga de los huevos, pero que se te está yendo el melón cosa mala es un hecho". Tim Drake marca la diferencia con sus antecesores en el hecho de que no empieza sus andanzas siendo un pobre huerfanito, sino que es un chaval que vive con su padre, tiene su pareja y todo parece medianamente normal. Eso hasta que sale del instituto y se enfunda el traje de pelea, claro. Por cierto, aquellos que pensáis que Robin va siempre en calzones, echadle un vistazo a su uniforme: usa pantalones desde 1993.
Tim no solo ha formado equipo con Batman y tenido sus aventuras en solitario. También ha formado parte de la Young Justice (una especie de versión juvenil de la Liga de la Justicia) acabaría dejando el uniforme de Robin original y pasaría a convertirse en Red Robin a causa de lo sucedido tras el evento conocido como Crisis Final. Así ha seguido prácticamente hasta hace nada. En el relanzamiento del Nuevo Universo DC se cuenta que Tim siempre había sido el Red Robin. Cosas que pasan cuando gente como Dan DidioBob Harras y Jim Lee meten mano en el puchero. Pero esto es otra historia que debe ser contada en otro momento...


¿Lo veis? ¡Pantalones!


Brevemente, tras Tim, su novia por aquel entonces se presentó voluntaria para llevar el manto de Robin. Esta chica, conocida como Stephenie Brown, no era ninguna novata en esto del superheroísmo y previamente había operado bajo la identidad de Spoiler (siendo, de paso, hija de un enemigo de Robin, así que todo quedaba en casa). Stephenie tampoco llevaba muy bien eso de acatar órdenes de Batman solo porque "Es Batman". En una de sus andanzas de Robin rebelde, fue capturada y torturada prácticamente hasta la muerte por el villano Máscara Negra.


La chica Robin.


El papel de Robin quedó vacante nuevamente hasta que surgió, de buenas a primeras, un Robin que ni Cristo se había podido imaginar: para empezar, no solo un Robin que se había pasado toda su vida criado y entrenado por la Liga de las Sombras (sí, los ninjas asesinos de Ra's Al Ghul), sino que además, este es el primer Robin en tener lazos de sangre con Batman. Más concretamente, su propio hijo.
Esta historia ni es casualidad ni está sacada de la manga. Para los orígenes de todo esto, tenemos que remontarnos a una novela gráfica de Batman titulada Son of the Demon, parida (nunca mejor dicho) allá por 1997. En esta historia, tenemos un idilio entre Batman y Talia Al Ghul que va algo más allá, (ejem) de lo meramente platónico. Pasan los años y llegamos a 2006, donde se nos cuentan las consecuencias de esta historia (es decir, que nació Damian y tal) y, ya en 2009, pasaría a seguir la tradición de los Robins. Como personaje criado por la Liga, tenemos un personaje de marcada personalidad violenta y con un aprecio por la vida que podríamos tildar de "exótico". Quizás aquí el tema de que Robin "frene" a Batman quede mucho más compensado y ambos se frenen el uno al otro...


Damian Wayne.
Shungo ahí.


Existe otra Robin, que no he citado aquí en orden cronológico, ya que aparece fuera de la continuidad del universo DC, pero que no por ello merece menos importancia. Me refiero a Carrie Kelley, que es la Robin del universo alternativo futurista de la clásica The Dark Knight returns. Carrie es una joven estudiante criada por unos padres hippies que se pasan todo el puto día fumando petas y discutiendo acerca de la opresión del gobierno fascista en el que viven en lugar de pensar que tienen una hija o responsabilidades. Carrie, por algún motivo, sale de esta unión como una chica bastante responsable y concienciada con la idea de que hay que luchar (pero de verdad) por mejorar las cosas. Por eso (y tras un breve encuentro con un Batman sexagenario) decide embutirse en un un disfraz de Robin y actuar, llegando a salvar la vida del Caballero Oscuro contra todo pronostico.


La (primera) chica Robin.


El siguiente personaje en ser apaleado por la opinión pública es, como no podía ser menos, Superman. Sobre este personaje se han soltado no pocas chorradas, la mayoría erróneas o directamente falsas. Una de las más notables, la que soltaba David Carradine en el monólogo aquel de la segunda parte de Kill Bill, en el que decía que Superman usaba su identidad humana (la de Clark Kent) como una máscara, y una máscara encima mal enfocada. Según lo que decía el personaje de Bill en la película, Superman se disfraza como un ser patético y ridículo con gafas, porque es así como Superman ve a los humanos y como cree que puede camuflarse entre ellos.
El que escribió este monólogo no pudo soltar una payasada más gorda.
Aquellos que han leído mínimamente al personaje (yo mismo puedo decir que no he leído demasiado; por "no demasiado" me refiero a que me he tragado prácticamente toda la etapa de John Byrne, que corresponde a unos ochenta números o así, algunas miniseries y luego sus apariciones tanto en la Liga de la Justicia como en los eventos más gordos de DC, incluyendo su contrapartida de la Golden Age) se darán cuenta de que el concepto de Superman hacia los humanos es precisamente todo lo contrario: si Superman siente algo por la gente de la Tierra, es aprecio. Joder, que es su planeta adoptivo; si no lo sintiese, sería un puto desagradecido. Si se disfraza de humano patético y ridículo es porque quiere pasar desapercibido y no poner en peligro a aquellos que lo rodean.


Clark Kent, o tomar el concepto de una identidad secreta que no tenga que ver con el superhéroe como pretexto para putear al superhéroe.
Por esa regla de tres podemos empezar a putear a otros empijamados y nos faltaría espacio...


Otra de las estupideces que he tenido que escuchar del personaje (insisto, no de mis favoritos, pero al César lo que es del César) es que es un patriotero, un pelele del Presidente de los Estados Unidos y, en definitiva, un tonto del culo con pijama que solo vale para pegar hostias.
Vamos por partes: el personaje, más que patriotero (como si amar el país de uno fuera ahora algo de lo que avergonzarse), lo que es, es ser coherente. Me explico: cuando la nave de Kal-El sale de Krypton y se escogorcia en la Tierra, no lo hace en la Rusia comunista (como sí haría en la versión alternativa Superman: Rojo); lo hace en el puto Kansas, y lo encuentra un matrimonio de granjeros. ¿Qué quiere decir eso? Pues coño, que cuando crece, Superman es criado según los valores del medio oeste americano: es decir, que lo que nos sale es un chaval de buenos modales, que cree en el trabajo duro y en la honestidad como medio de vida. Cree en el sacrificio del día a día y en el sacrificio de uno por un bien mayor. No en vano, cuando se dio de hostias en 1993 contra el villano conocido como Juicio Final no se le cayeron los anillos a la hora de estar dando el callo contra semejante bestia parda hasta que acabase por sacrificar su vida (o al menos momentáneamente, recordad que esto son cómics y los que palman tarde o temprano acaban resucitando).
Superman, aparte, cree en la democracia, lo que conforma el malentendido de aquellos que es un vendepatrias. A ver, muñecos: Superman, por encima de todo, respeta lo que hacen los humanos. Si un cabronazo como Lex Luthor es elegido presidente de los Estados Unidos (como llegaría a pasar en el año 2000), lo que no te va a hacer es deponerlo porque es su enemigo, implantar un golpe de estado e instaurar el orden por sus kryptonianos cojones. Y ojo, no es que le haga gracia que eso pase o que de buenas a primeras Luthor sea su amiguito del alma o su amo y señor: es que Superman, ante lo que dicen los humanos (y más concretamente, los que considera "sus compatriotas" por razones obvias) se calla, se jode y se aguanta. Porque los respeta a ellos, no porque ame al presidente ni leches.


Algún lumbrera también ha puteado eso de los calzones rojos, como si fuera el único puto personaje en llevarlos de color distinto a las mallas, y por encima de la ropa.
Primero: lo de los colores brillantes se hizo en su día por el tema de las imprentas que se usaban, y se ha mantenido por tradición.
Dos: los trajes de superhéroes (incluido el detalle de los calzones) originalmente estaban inspirados en los forzudos de circo, y también se han mantenido por tradición.
Hasta que el fan gilipollesco de turno ha berreado más de la cuenta y se han acabado quitando los calzones rojos a Superman. Como si fuera algo realmente importante o algo que tenemos ya asumido de toda la vida y a lo que ni echamos cuentas.
El caso es putear.


En cuanto a lo de Superman como personaje básico que solo vale para pegar hostias, perdonavidas y demás... pues no sé. Yo es que ya estoy tan acostumbrado a verlo recibir palos de todos colores (no solo físicos, que le han hecho putadas ya de todos colores) que ese argumento me parece de puta risa. Superman, en contra de lo que piensan todos aquellos, es un personaje que piensa, y mucho. Se pasa todo el día obsesionado con ese niño en el Tibet al que no ha podido salvar porque ha estado conteniendo la fuga de una presa en Canadá. Ha salvado miles de vidas, sí, pero hay una que sabe que no ha podido salvar y eso le mata por dentro. Porque, por muy Superman que sea, sabe que ser Superman no siempre es suficiente.



Al Capitán América le ha pasado siempre un poco lo mismo que a Superman. Parodiado y ridiculizado hasta decir basta, ha tenido que soportar la curiosa lacra de lo que es llevar una bandera como uniforme (que por cierto, no ha sido el único en hacerlo) y soportar las críticas de aquellos que son incapaces de ver más allá del uniforme. El Capitán América, al igual que le pasa a Superman, es el héroe que actúa. La clase de fulanos que ve una injusticia y ya se le empiezan a subir las bilis higadillos arriba. Un tío que originalmente era un enclenque, pero que siempre supo que quería ayudar. Marcar la diferencia. Acabar con la guerra y, si era posible, hacer del mundo un lugar mejor.
Con el paso de los años, y muy especialmente en nuestro país, al Capitán América se le ha tildado de "facha" (palabra que ya sabéis que me revienta sobremanera, porque se usa con una facilidad pasmosa sin ser conscientes del pedazo de insulto que es), cuando este personaje no es que lo sea: es que representa justo lo contrario.


Sabemos que a algunos esta bandera os jode.
Pero eso no es problema ni del personaje ni de lo que representa realmente.
Ese es un problema ideológico, que poco o nada tiene que ver con esto, pero que sí influye en vuestro juicio de valor, os pongáis como os pongáis.


Al Capitán América, si lo hemos seguido mínimamente, lo hemos visto defender a los homosexuales (uno de ellos, un viejo amigo de su unidad de combate) argumentando, a grandes rasgos, que no tienen por qué avergonzarse de ser lo que son, ni de a quién aman. Lo hemos visto defender a los mutantes (que en el universo Marvel hay más prejuicios contra ellos que contra los homosexuales) y combatir codo con codo con ellos y por ellos, sin que salga reparo alguno de su boca. Lo hemos visto enfrentarse a su propio gobierno y denunciar la corrupción política (el caso más claro, en la Saga del Imperio Secreto, que es una clara referencia, nada más que por época, al caso Watergate) y, cuando no ha podido acabar con la injusticia proveniente de las altas esferas, lo hemos visto abandonar el uniforme para convertirse en el Nómada ("el héroe sin tierra") porque se siente avergonzado de representar a un país al que no consigue reconocer. Lo hemos visto tener como compañeros a gente de raza negra (por ejemplo el Halcón o Pantera Negra) sin que haga una sola mención al color de su piel, porque él no presta siquiera atención a eso: para él una persona vale lo que vale como persona, nada más. Lo hemos visto liderar a los Vengadores y poner en cintura a varios dioses (Thor o Hércules) o incluso a Hulk. No es el más fuerte, ni lanza rayos ni tiene un martillo encantado, pero es un líder natural, armado con un valor y un carisma que no todos son capaces de superar (por no decir prácticamente ninguno). El líder al que no nos importaría seguir a la batalla, porque sabemos que junto a él no podemos fallar.


Esta escena muestra parte de la batalla entre el Capi y su compañero, el Hombre Gigante, en la versión "actualizada" de Los Vengadores en el Universo Ultimate. El motivo: se ha enterado de que éste es un maltratador, y que ha usado sus poderes para mandar a su esposa al hospital.
Al enterarse, el Capi lo busca por toda la ciudad. Lo encuentra en un bar y le dice:
"Doctor Pym, salga a la calle. Y, por favor: hágase gigante".
Si habéis entendido lo que he querido decir a lo largo de este apartado sobre el personaje, no necesito explicaros el significado completo de esa frase.


El Capi es la clase de personaje que cree en lo que hace; no se pone a hacer el idiota con medias tintas que justifiquen injusticias. Para él, hay cosas que están bien y cosas que están mal. Y las que están mal hay que luchar por arreglarlas. Si el gobierno de su país resulta que está negociando con un traficante de armas o un terrorista, le importa un huevo que eso beneficie a las altas esferas del país: para él, no se debe negociar con un asesino de masas y punto pelota.
El Capitán América es el guardián de la libertad y la democracia. Podría haberse llamado Capitán Britania (que también existe), o Capitán Francia, pero da la puta casualidad de que lleva las barras y las estrellas. Puede que a algunos le escueza eso. Pero solo a aquellos que solo se fijan en el color del traje y no ven al hombre que hay debajo.



Sigamos con líderes desvirtuados. Este caso me toca más la fibra sensible, ya que es un personaje al que he seguido a lo largo de más de treinta años de colección. Hablo, cómo no, de Cíclope, el primer líder de la Patrulla-X.
Desde que puedo recordar, a Cíclope me lo han vendido siempre como el mojigato, el gilipollas y el tío soso que no hay Dios que aguante. Parte de la culpa viene de la lengua viperina de los correos de los lectores que leíamos en la época que Forum editaba Marvel en nuestro país (como ejemplo más claro de esa "objetividad" y esa "falta de intención de condicionar a los lectores", el tío que se hacía llamar Prof. Loki, dondequiera que esté ahora). Por lo que recuerdo y conservo, no hay correo de cualquier serie mutante (al menos de La Patrulla-X o X-Men) en que no se mencione, implícita o explícitamente que Cíclope es un tío aburrido, que es un soplagaitas y que probablemente se hace pipí por las noches. Esto viene principalmente de la época cercana a los años noventa y los años siguientes, donde a tooooodo el puto mundo le dio por decir que Lobezno era lo más, que Lobezno molaba y que sin Lobezno no había Hombres-X que valieran un pimiento.
Hay que ser gilipollas para decir eso.
Para empezar, hubo una colección de la Patrulla-X previa a Lobezno y, si fue cancelada, era por sus bajas ventas y porque los guionistas de por aquel entonces no tenían del todo claro lo que hacer con ella. Pese a eso, dejó una etapa producida por el tándem Roy Thomas/Neal Adams allá por 1970 que era digna de recuerdo.
Fue más adelante, ya con el resurgimiento de la Nueva Patrulla-X cuando aparecería Lobezno y se integraría un triángulo amoroso (Lobezno-Jean Grey- Cíclope) que no se había explotado demasiado hasta la fecha (todo lo más, algún triángulo previo con el Ángel, pero sin llegar a desarrollarse lo suficiente). Lobezno, para aquellos que tienen poca memoria, era mostrado por aquel entonces como un personaje prepotente, arrogante y bastante mal compañero (de "solitario" nada: mal compañero con todas las letras) y no sería ya hasta bien entrada la etapa de Chris Claremont/John Byrne cuando cambiaría un poco de tercio la cosa. Aun así, el peso del carisma de la serie estaría repartido más bien en dos personajes: primero, Tormenta... y luego, Cíclope, al menos hasta que este se tomase una excedencia tras la aparente muerte de Jean Grey tras los sucesos de Fénix Oscura.


Estas cosas son un palo, y Cíclope no está hecho de piedra.


En esta etapa (tanto en la de Claremont/Byrne y muy especialmente en la previa, la de Claremont/Dave Cockrum), se nos muestra a Cíclope como un líder experimentado, muy lejano del adolescente con problemas de autoestima que habíamos visto en la primera encarnación de la serie. Es un tío que entrena a los Hombres-X prácticamente sin dejarlos respirar, como una especie de Sargento de Hierro que los fuerza al máximo y les dice que se dejen de gilipolleces, que se están jugando la vida en cada combate. Es un personaje inteligente, consciente de lo que está haciendo y que se ve sometido a las consecuencias de cada decisión que toma. En al menos dos ocasiones lo vemos hacer huir al grupo, y no porque le guste: es porque sabe que tienen prioridades más grandes que no pueden desatender. Lobezno, el chulito del colegio, le recrimina por ello y Cíclope no tiene reparo alguno en pegarle una hostia en la cara y tumbarlo para que se calle de una puta vez y piense con la cabeza en vez de con el culo. Llegando incluso más lejos, es capaz de ganarse el respeto del garras canadiense cuando éste casi se mea en los pantalones enfrentándose a Proteus. Cíclope olvida cualquier aversión personal que tenga hacia él y, de un modo poco ortodoxo, lo devuelve a la cordura y, de paso, pone a la Patrulla entera a punto contra la batalla final (dicho sea de paso, con un plan bajo el brazo).


"Espabila, coño".


Entre otras cosas destacables que ha hecho Cíclope ha sido intentar exorcizar a la Entidad Fénix Oscura del cuerpo de Jean Grey sin más armas que apelar a la mente humana (y los sentimientos) que hay bajo esa bestia parda y razonar con ella. No lo logró, porque Fénix Oscura es mucha Fénix Oscura, pero hay que decir que el tío le echó unos cojones que flipas y que hizo que semejante bicha hasta reculara un poco. Eso solo lo puede hacer un personaje con lo que hay que tener, y no un mojigato que vive según un manual, como se suele decir de él.




Canario Negro ha sido vapuleada públicamente a lo largo de los últimos años, con toda esa mierda pseudofeminista (digo "pseudo" porque no creo que el feminismo consista en esto) consistente en putear personajes femeninos de cómics (o a sus autores, de forma indirecta) por las posturas que emplea o por la forma de vestir. El caso de Canario Negro es particularmente gracioso, y se asemeja muchísimo al de Power Girl, la cual no he añadido a esta lista porque he visto que ha recibido menos hostias de este sector del publico. ¿Por qué es gracioso? Porque la gente que ha puteado a este personaje por su vestimenta o por sus posturas parece que no ha leído una puta mierda acerca de él en su vida.
Canario Negro es una superheroína de segunda generación, hija de la Canario Negro original de la Golden Age (creada allá por 1947), que ya vestía con el corpiño y las medias de rejilla (algo muy de la época, si nos ponemos a pensar en lo que es la movida pin-up y tal). Por mucho que su madre quisiera o dejase de querer, lo cierto es que decidió seguir sus pasos y no hubo cojones de disuadirla o de impedírselo. Se trincó una moto, se puso el uniforme de su señora madre y se dedicó a repartir mamporros contra los malosos (es lo que tiene al haberte criado, no solo con una madre superheroína, sino rodeada de tíos en pijama con poderes, como el "especial" caso de Starman, por ejemplo). En contra de lo que suelta la gente que no sabe absolutamente nada de este personaje, Canario Negro es una feminista convencida, que en numerosas ocasiones ha hablado de la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres. Detesta, por encima de cualquier otra cosa, ser "La chica que hay que salvar", y eso le ha acarreado no una, sino cuarenta mil discusiones con su pareja más estable, Green Arrow, que tiende a ser algo protector con la gente que le importa. De hecho, Canario se niega a aceptar a la mujer como un ser más débil por naturaleza o como alguien que deba ser supeditada a la figura masculina. Es por eso por lo que conoce no pocas artes marciales (por eso de que ser tía no es óbice para que no te puedas defender tú misma) y tiene una personalidad de tres pares de pelotas.


¿Veis? ¡Pantalones!


Canario posee un sentido de la responsabilidad y la independencia que la hace un poco complicada para Green Arrow, pero que pese a todo, está loco con ella; sin embargo, el amor que los une no significa en momento alguno que ella acepte cualquier chorrada de su pareja, como cabría pensarse de un personaje concebido por y para un mundo machista (como algunos aseguran que es), sino todo lo contrario: Canario es la que le recuerda a Green Arrow cuáles son sus responsabilidades y que puede hacer lo que le dé la puta gana, si quiere, pero que ella tiene muy clarito cuáles son las suyas y cómo va a actuar.
Para aquellos que, como pasaba con el Capi, no ven más allá del uniforme, Canario lo ha cambiado en varias ocasiones: en algunas de ellas ha usado pantalones y uniformes de cuello vuelto (por ejemplo, en los años ochenta y buena parte de los noventa) o monos más tipo sport, a veces con las piernas al aire, a veces con pantalones (como haría en la serie Aves de Presa, a lo largo de gran parte de los noventa hasta casi llegar a principios de la década de 2000).




Hulka es un caso diferente, y más similar con la superheroína que mencionaré después. Con los personajes femeninos existe una ridícula tendencia a presuponer que se crean como "copias de personajes masculinos" y quedarse tan panchos ante el derroche de ignorancia. La historia no funciona ni exactamente así, ni por esos motivos. Es más, el caso de Canario Negro no solo es una prueba que refuta este argumento, sino que corrobora el auténtico. Me explico: en el cómic de superhéroes, una identidad es una identidad, que no entiende de roles. Por lo general, un superhéroe es lo que se llama un "manto", que puede tomar otro en un momento dado. Ese otro puede ser hombre o mujer, como sucede en el caso de Flash, que ha sido una especie de papel generacional, que ha sido asumido por distintas personas que han encarnado al personaje (en algunos casos, compañeros o "robins" del Flash vigente).
En el caso concreto de Hulka, tenemos que eso de llevar el manto es una cosa poco más que testimonial: ya hubo un Hulk y repetir esa fórmula al pie de la letra podía cantar muchísimo; más, si tenemos en cuenta que eso de ser Hulk no es un honor como ser un Flash o ser un Capitán América. Es, si os digo, una lacra.


Es que es mu borrico. ¡Es mu borrico!


Sin embargo, en esto radica parte de la creatividad de un autor: en ampliar el universo de un personaje (para mantener su éxito, que estamos hablando de una franquicia, no de una ONG) sin necesidad de fotocopiarlo. Es por eso por lo que he incluido a Hulka aquí, porque es un claro ejemplo de ello, y porque se la ha puteado justo por lo contrario.
Hulka debuta en 1980, presentándose como una prima de Bruce Banner que, tras haber sido gravemente herida, necesita una transfusión de sangre urgente. Su primo dona sangre y, bueno... no hace falta ser un genio para explicar lo que pasa.
Lo interesante es justo lo que viene a continuación, porque podríamos pensar que Hulka se convierte en un Hulk con tetas, sin nada más que contar sobre él... pero resulta que lo que sucede es justo lo contrario: esta prima de Banner se convierte en una tiparraca verde de dos metros y pico, pero da la puñetera casualidad de que, a diferencia de su primo, conserva su inteligencia (que no es poca), lo que da pie a una concepción del personaje diametralmente opuesta: esta Hulka, con el tiempo, se convierte en una reputada abogada que no esconde su condición de tía gigante con pellejo verde, con lo que tenemos ya una temática centrada en derechos civiles y otras cositas interesantes que aquellos que se creen que solo es una simple comparsa femenina ni se podrían imaginar.
Tal es el éxito de este personaje que sería relanzado ya a mediados-finales de los años ochenta, con una serie más de tono cómico, incluso llegando a romper la cuarta pared. A nivel personal, incluso ha llegado a evolucionar, pasando de una tiparraca con mal genio a un personaje bastante más afable con el paso de los años, pero siempre idealista y siempre muy concienciada con eso de hacer lo correcto.


Aquí la tenemos. Verde y gigante, pero oiga, muy profesional y muy centrada en lo suyo.



Spiderwoman ha sufrido hostias muy similares a las de Hulka, con el agravante de que lo único que comparte con Spiderman es el nombre... y prácticamente nada más. Nacida en 1977, se decidió usar el concepto de Spider-Woman por una cuestión de derechos: Stan Lee se dio cuenta de que era fácil que alguien pudiera usar ese nombre y ya sabemos cómo es Stan con estas cosas, por lo que decidió ponerse manos a la obra. Para ello, fue un guionista llamado Archie Goodwin el que, bajo mandato de Stan Lee, creó al personaje.
Aunque fuese una decisión por el tema del nombre, estaba claro desde el principio que Spider-Woman NO iba a ser un Spiderman con tetas. Para empezar, su origen no tendría nada que ver ni con arañas radiactivas ni leches en vinagre. El origen de esta heroína se remonta a la montaña Wundagore, a la que aquellos que sigáis las andanzas de los Vengadores reconoceréis como ese sitio donde un fulano llamado Alto Evolucionador, una especie de Doctor Moreau con armadura, experimentaba con animales hasta acelerar su evolución y volverlos medio humanoides. El padre de esta chica, de hecho, era compañero de trabajo del Alto Evolucionador así que, cuando ella enferma a causa de la radiación que usaban en los experimentos, se hace lo que se puede por salvar su vida. Para ello, se trabaja con un suero experimental basado en la sangre de una araña que creen que puede ser la cura y, para rematar el tratamiento, la meten en un acelerador genético, que hace que crezca a ritmo ralentizado, de forma que pasan décadas y ella se queda en diecisiete años. Al salir del acelerador, resulta que la chica ha obtenido (cómo no) poderes que incluyen vuelo, un "rayo venenoso" (que no es sino energía bioeléctrica), fuerza, velocidad, resistencia a venenos y radiaciones, pegarse a las paredes e incluso generación de feromonas. Como puede verse, las similitudes con Spiderman son poco menos que testimoniales; si a ello añadimos que el personaje acabaría por mudarse a San Francisco para trabajar como detective privado y que entre sus talentos, aparte del de la habilidad para investigar, tampoco era manca disfrazándose, tenemos que tiene más bien poco o nada que ver.
Spider-Woman, además, es uno de los primeros personajes femeninos de Marvel en tener su propia serie de animación en solitario, allá por 1979.


"¡Que no lanzo telarañas, joder!"



Pero si ha habido un personaje puteado, apaleado, humillado y ridiculizado a más no poder, ese ha sido Aquaman. Bajo el pretexto de que es un personaje que solo vale para estar en el agua, ha sido objeto de chistes a lo largo de bastante tiempo, aunque quizás esto se ha visto reforzado por las constantes coñas que hemos visto en The Big Bang Theory y que mucha, mucha gente, se ha dedicado a repetir como si fueran monitos en lugar de coger y plantearse quién es este personaje y de dónde sale. O incluso (horror de los horrores) leerse alguna historia donde salga y luego ya poder opinar medio en condiciones.


"Defiendo el mundo submarino de las agresiones de los humanos y ya soy un gilipollas, ¿no? ¡Pues ya me habríais querido para solucionar la mierda del Prestige, mongolos!"

Aquaman fue creado en 1941, poco después que su contrapartida Marveliana, Namor, que fue creado dos años antes. Durante su encarnación de la Golden Age, sus aventuras tenían un tono más humorístico, como le sucedería al Capitán Marvel original (el que conocemos como Shazam)... y sin embargo, en su encarnación original podíamos encontrar detalles que hoy en día, en esta especie de mojigatería gilipollesca y estas ganas de escandalizarnos que tenemos, serían impensables: me refiero a una épica escena en que Aquaman detiene un misil nuclear con una gigantesca ostra (y con las connotaciones sexuales, bastante evidentes, que implica la escena, que hoy en día serían objeto de un sinfín de polémicas absurdas). Quizás este tono humorístico ha sido parte del argumento del fan comiquero 2.0, que se piensa que TODO personaje que se enfunde unas mallas y luche contra el mal debe ser chungo, macarra, matar gente a cascoporro y tener la brújula moral en Quintocoño, Oklahoma. Que a ver, algunos personajes que son así molan: pero eso no implica que haya que hacerlos a todos en ese plan por putos cojones.


Garras, cadenas y metralletas o pistola.
Porque si eres un superhéroe que no vas de chungo por la vida, con una máscara, un nombre posmoderno y con mala leche, y si no vas matando gente por ahí porque te has levantao con el pie izquierdo, no vales un coño zurrío en nocilla.
Así me lo aprendí yo.


El caso es que Aquaman, y aquí viene lo gracioso, se ha ido poniendo más serio con el paso de los años hasta llegar a los años noventa, donde parecía que, o te ponías con cara de mala leche en la portada de un tebeo o te iba a comprar tu puta madre. A partir de ahí, el papel de Aquaman se centra más en lo que ha venido siendo también Namor (mucho menos puteado y muchísimo más respetado que Aquaman pero como de aquí a Lima): su papel como rey de Atlantis.
Este personaje plantea un concepto interesante y por el cual el fan-tontopolla medio se piensa que un personaje es interesante en función de lo poderoso que es: el hecho de que Aquaman, al gobernar el mar, gobierna las tres putas cuartas partes del planeta y siente una responsabilidad más grande por el mundo submarino que por el de la superficie, lo que hace que en más de una ocasión el personaje no se sienta del todo cómodo entre los demás tíos con pijama.
Eso, sin embargo, no le impide formar parte de la Liga de la Justicia que crearía Grant Morrison en 1997. Aquí Aquaman se muestra como un personaje que está perfectamente a la altura de sus compañeros, leal y valiente y que no tiene nada de lo que avergonzarse por ser un héroe submarino. Incluso con una mano menos, lo hemos visto manipular manualmente (o con una, al menos) las esclusas de seguridad de la Atalaya de la JLA sin ayuda. Hacer frente a todo tipo de amenazas sin achantarse. Han pasado ya los años en que lo veíamos a lomos de un delfín en la serie Super-Friends, pero parece que algunos se han quedado anclados en esa época y siguen viéndolo (o queriendo verlo) así.


Hay superhéroes con peor pinta.
Hay superhéroes más recientes.
Superhéroes menos poderosos.
Superhéroes sin serie propia porque realmente no han causado nunca mucho interés.
No importa.
Aquaman siempre estará ahí para que lo puteen.


Y esto ha sido todo. En realidad se puede hablar de muchos más personajes que han sido infravalorados por el gran público, pero sería entrar en un terreno mucho más específico que lo que se muestra en este artículo, ya que sería entrar en personajes que apenas han salido del reducido mundo del cómic, que ni han tenido versiones televisivas o (mucho menos) cinematográficas. Esos personajes, como podrían ser Blue Beetle, la Familia Marvel, el Capitán Britania o algunos de los Defensores, son personajes que a la mayoría del gran público (es decir, el que no se pasa todo el puto día leyendo tebeos) le resultan unos perfectos desconocidos. Quizás no porque no sean interesantes; es posible que lo único que haya sucedido es que se han encontrado con toda una fuente de prejuicios en su contra. Algo así como los que han formado parte de esta lista, pero sin la "suerte" de haber trascendido tanto.

martes, 9 de diciembre de 2014

Angst- Naciste para estar solo (aunque no te lo creas)



Hay etapas en tu vida en las que las cosas se enfrían. Incluso se congelan. No me refiero al invierno; mucho menos en una época y en una zona geográfica en que la temperatura más baja que sufrimos está alrededor de siete grados. Además, si sois asiduos a este blog, ya os daréis cuenta de que no soy precisamente amigo de hablar del tiempo.
No, cuando me refiero a que las cosas se enfrían, me refiero a nuestro universo personal. Si seguimos mi habitual metáfora de comparar la vida con una serie (de televisión o cómic, da igual... aunque ya sabéis que yo siempre me decanto más por lo segundo), podría ser ese momento en que los secundarios que nos rodean, ese supporting cast, se toma un pequeño respiro, como si de un spin-off se tratase.

Es en ese momento en el que te das cuenta de que el mundo no gira a tu alrededor y que todos, todos y cada uno de los monos bípedos que campan por este planeta, tienen una vida. Pero esa es la parte fácil de asumir; incluso obvia, si no eres especialmente egoísta y tienes los pies bien enraizados en tierra.
La parte más difícil, quizás, es llegar a la conclusión que se deriva de esta primera afirmación, y es el hecho de que el ser humano (quizás casi como la mayoría de seres vivos) es una criatura solitaria.




"¡Y la vida es una jungla!"


Ante esto podemos decir que bueno, está la familia, la pareja, los amigos y todo un sinfín de explicaciones que podrían servir para intentar quitar hierro a este principio, pero en el fondo sabemos (o al menos yo creo saber) que no es verdad.
Nacemos solos. Aunque provenimos de un vientre materno y ese, por lo general está vivo el momento en que venimos a este mundo, lo cierto es que nadie más nace con nosotros. Aun siendo gemelos, cada uno nace por separado por razones anatómicas. Puede parecer una obviedad, pero desde el mismo nacimiento ya demostramos que somos individuos. Que, en el primero de los procesos elementales que nos catalogan como seres vivos, ya no formamos parte de comunidad alguna. Es un proceso que nos atañe a nosotros, y básicamente a nosotros. Nuestra madre está ahí fuera, sí, y sufre el proceso a su manera, pero no exactamente del mismo modo que nosotros. Ella nos da a luz, pero no nace con nosotros.

A lo largo de la vida ese proceso nos marca. Nos damos cuenta de que tenemos a la familia o a los amigos a nuestro alrededor pero, si lo pensamos, no son más que el resultado de una lotería cósmica: nuestra familia es lo que es, no porque lo hayamos elegido (o al menos no que yo sepa; ahora mismo no me apetece entrar en teorías místicas que sostienen que elegimos nuestra vida antes de nacer. No porque no las respete, sino porque sería salirme demasiado del tema), sino porque es lo que nos ha tocado vivir. Si vivimos en el seno de una familia que nos quiere o no, eso no es decisión nuestra. Podemos hacer lo posible por reforzar esos lazos o abandonarlo todo y destruirlos... Pero si nos damos cuenta, no hemos tenido ni voz ni voto al respecto del hogar en que hemos nacido y ha sido más una cuestión de buena o mala suerte que otra cosa.


"Ha tenido suerte, señor. Ha nacido en una familia que le apoyará y le querrá en todo momento".


Con los amigos, la cosa es tres cuartos de lo mismo. Tal y como decía un anuncio de coches, los amigos te los vas encontrando por la vida, y la mayoría de una forma casi tan aleatoria como ha sucedido con tu familia: empiezas por gente con la que estudias (cuando eres pequeño vas al colegio que te dicen porque, total, tampoco tienes mucha capacidad para decidir en ese estado de tu vida); dependiendo de la clase en la que caigas, dónde te sientes en el aula y con quién decidas hablarte en un determinado momento y en qué términos lo hagas, esa persona se convertirá en amigo, en una cara más que acabarás olvidando en unos años, en un conocido o en el hijo de la gran puta que te pega empujones en el patio.
Pasan los años y la cosa es similar; en absoluto es un fenómeno pasajero de la infancia. La etapa de la adolescencia, a ese respecto, se parece mucho a una secuela de tu vida social previa. Los amigos que haces son gente que, básicamente, se encuentran en tu entorno cercano. Algo que es obvio, sí; tan obvio quizás como pensar que no tenemos en realidad tanta libertad para elegir (o para ser elegido por) quienes nos rodean.


"¡Pikachu, te elijo a ti!"


Llegas a la universidad y, oh sorpresa, ves que la cosa continúa siendo una secuela de lo que ya viviste en el instituto (lo que en terminología serial se suele llamar "continuidad") y ahí, a menos que pase algo, te das cuenta de que tu Universo personal ya mantiene unas ciertas pautas: te das cuenta de que, a menos que seas una persona peculiar, tiendes a atraer a un tipo de gente muy concreto, mientras que con otras no conectas o directamente les provocas rechazo (no necesariamente odio, sino que tal vez representas todo lo contrario que les atrae). Es ahí cuando sientes esa extraña sensación de control (la cual no deja de ser eso, nada más que una sensación), de que en tu entorno decides quién entra y quién sale, cuando es una verdad a medias. Decides quién sale, por supuesto... En el momento en que tienes diferencias con alguien, si no eres de esa clase de personas que ponen buena cara a cualquier putada que le hagan, o que no tienes reparo alguno en hacerte fotos con el cabronazo que se ha estado tirando a cuatro patas a la tía que te gusta y te lo ha restregado por la cara, lo normal es que cojas y los mandes a cagar.
Pero eso de decidir quién entra no es tan fácil. Para empezar, hasta que medio conoces a la gente nunca sabes si merecen o no la pena como para tenerlos cerca. En muchas ocasiones crees que merecen la pena y no es así; en otras es justo al contrario. Y todavía estamos obviando a todos aquellos, esa masa ingente de humanos con los que igual podríamos conectar, incluso podrían ser almas gemelas y cuya existencia ignoramos por completo, sencillamente porque no nos movemos en los mismos entornos, no estudiamos en los mismos sitios, no tenemos amigos comunes o simplemente vivimos en ciudades distintas.

Si eres una persona más romántica, puede que pienses que con la pareja es diferente. Podemos creer en el destino, en esa vieja leyenda clásica que dice que en alguna parte de este mundo se encuentra la otra mitad de nuestra alma y que, no importa lo lejos que esté, estamos destinados a encontrarla. Esa leyenda, que perdura desde la antigüedad hasta nuestros días, ha servido como armazón argumental para millares de novelas románticas, pelis del mismo corte y hasta telefilmes de mierda de Antena 3. Escenas preciosas de gente que, tras pegarse hora y media de peli o trescientas páginas de novela, se reencuentran en un sitio que tiene un sentido especial para ambos. Ahí suena la música, aparece el cartelito de "Fin" o cierras las páginas del libro.
La vida en hora y media o en unas pocas páginas de papel impreso.
Ficción.
Mentira.


Seamos sinceros. Nuestra vida jamás será esto.
Que oye, veo  la portada... Y ni ganas.


Ya nos gustaría, pero la vida real no es así. Nuestra vida no acaba encontrando el amor verdadero; no suenan violines ni hay un Autor Omnisciente que nos pone al amor de nuestra vida delante de nuestras narices para que nos cojamos de la mano y nos digamos chorradas el uno al otro. Que estaría bien, no digo yo que no, pero siendo mínimamente realista (que no necesariamente pesimista) sabemos que no es así. El amor es bonito, pero no es la perfección absoluta. No es la respuesta a todos nuestros problemas. No es necesariamente conectar con el alma de nadie hasta un nivel que roza lo místico. No es "Contigo pan y cebolla", ni el "Amor vincit omnia" que leímos como lema en Los Cuentos de Canterbury. Estaría bien, insisto, pero no es así. No creo que sea así.

Obviamente, no me voy a poner a disertar sobre el amor, porque es un tema en el que ni me considero experto ni que me entusiasme precisamente. No tengo mucha intención de explicar lo que es, porque para mí que cada uno lo ve como ve otros conceptos medianamente metafísicos o filosóficos: es decir, cada uno lo ve como le da la real gana y cada uno lo define usando sus términos. Están los que creen en él a pie juntillas, los que tienen sus serias dudas (yo mismo podría incluirme en esa categoría, aunque con bastantes matices) y luego aquellos que piensan (y cito a Gaiman aquí) que no es más que una excusa que aquellos que están lo bastante solos y asustados usan para arrimarse unos a otros.
Lo que sí voy a decir es que tampoco creo que el destino sea quien nos pone a nuestra pareja delante. No en el sentido que plantea la leyenda; no creo que haya un Demiurgo o un Cupido que coja a dos personas, diga "Hey, estos dos están hechos el uno para el otro", los ponga a hacer el majara durante una temporada hasta que vean la luz y sean felices para siempre. No creo en el "Felices para siempre". Siempre me ha parecido una forma simplista de terminar las historias, que igual nos convence cuando somos críos, pero no en el momento en que echamos entendederas y nos damos cuenta de que (a menos que nos demuestren lo contrario cualquier día de estos) vivimos en un mundo real y no en uno de ficción.


A mí al menos no me ha llegado este todavía para decirme que vivo en Matrix...


Quizás el concepto de felicidad en sí es lo que me chirría de todo esto. Siempre he entendido la felicidad como una especie de estado de ataraxia, la culminación del bienestar absoluto. Algo por encima de lo material, lo mundano. Incluso por encima de lo sexual. La felicidad, desde que alguien me hablase por primera vez de ese concepto, me ha parecido algún tipo de estado de euforia espiritual, de plenitud máxima.
Somos humanos.
Somos criaturas presuntamente inteligentes, pero imperfectas. Yo diría que incluso inacabadas en según qué contextos. No creo que seamos capaces en la puta vida de aspirar a ese concepto tan elevado de felicidad, ya que no somos criaturas ni mucho menos tan elevadas como para percibirlo. Podemos, y eso es algo que respeto y entiendo, buscar esa felicidad. Algo así como el que busca el Santo Grial, y emprender nuestra vida en pos de esa búsqueda. Podemos buscar y buscar y morir diciendo que por lo menos lo intentamos en lugar de quedarnos en un rincón hechos un ovillo. Gracias a esa búsqueda podemos aspirar a tener vidas algo mejores que las que tenemos, incluso encontrar gente afín y relacionarnos con ella. Incluso llegar a intimar, casarnos y (si estamos lo bastante locos, viendo el mundo en que vivimos) perpetuar nuestro linaje y formar una familia.


"La familia es la familia. Así que dejaos de mierdas: follad y parid, y perpetuad vuestro legado por este mundo de asco".


Algunos podéis considerar que eso es felicidad, y si para vosotros lo es, yo no tengo nada que discutir... pero si me preguntáis mi opinión, bueno, yo no llamaría felicidad a eso por convicciones personales. Al fin y al cabo, en muchos, muchísimos casos, eso que os he planteado en el párrafo anterior no son más que convenciones. Ser feliz, casarte, formar una familia, en realidad es lo que nuestra sociedad espera que hagamos, quizás como mensaje subliminal y soterrado (probablemente inintencionado, herededado de nuestra época de las cavernas, donde la supervivencia dependía en buena medida de nuestra fertilidad) de que, pase lo que pase, debemos perpetuar la especie. Lo que se espera que hagamos para poder creer que nuestra vida es plena. Que ese (y no otro) es el camino para hallar la felicidad. Lo hemos visto, como digo, en pelis y libros, donde los protagonistas son felices en tanto se enamoran. Donde el clímax es una boda rodeada de los seres queridos, donde acaban teniendo hermosos hijos. Fotos de familia sonrientes como definición de felicidad.


O como intento de ella, al menos.


Este concepto, como he mencionado, me parece respetable y quien quiera creerlo... pues oye, me parece bien. Sin embargo, yo sigo planteándome que todo esto es la convención, y que no hace sino obviar lo que me planteo a lo largo de todo este artículo.
Vivimos estando solos. Otra cosa es que nos busquemos a gente que nos rodee.
La soledad es el precio a pagar por nuestra individualidad: tenemos una mente y, aunque tengamos puntos en común con espíritus afines, sigue siendo nuestra. Nuestros pensamientos están supeditados al interior de nuestro cerebro y de ahí no salen. Podemos pensar que la gente con la que conectamos piensa lo mismo que nosotros, pero en realidad piensa algo similar, no lo mismo. Sus neuronas no son las nuestras, sus procesos no son exactamente los nuestros. Puede estar de acuerdo con nosotros y sentir cosas similares, pero con matices. Con grados. No son nosotros.
Con nuestras percepciones pasa igual: yo puedo ver el color azul, pero eso no quiere decir que la persona con la que me siento más identificado en este mundo lo vea exactamente con el mismo matiz. Partiendo de este hecho, pasad a sentimientos y emociones, y os daréis cuenta de que no hay dos personas iguales. Y esa sensación de pluralidad e individualidad, de modo sutil, implica soledad.


"Lo veo todooo... en blanco y negooorooo... Eeeel vasooo... Acaba siendooo... amigooo mudoooo..."


Nacimos solos. Pensamos solos. Percibimos solos y sentimos solos.
En realidad, podemos ignorarlo, pero si la vida es un camino, lo recorremos solos. Nuestras experiencias son nuestras. Podemos vivirlas junto a otros, pero las asimilamos de un modo que solo nosotros, todos y cada uno, podemos asimilar. Nadie, absolutamente nadie, puede experimentar por nosotros, ni aprender por nosotros. Nadie puede (ni debe) pensar por nosotros, ni amar por nosotros. Nos guste o no, tenemos la bendición y la maldición de la soledad. Desde el mismo momento en que, desde la soledad, somos arrancados desde el útero materno, estamos obligados a recorrer un camino que nos llevará hasta el final. Y sí, ese final lo encontraremos solos. Rodeados de nuestros seres queridos, a lo mejor; o puede que nuestras decisiones (y las de otros) provoquen que lo hagamos tirados en un callejón sin nadie a nuestro alrededor. A grandes rasgos, no hay diferencia: al final, todos cruzamos esa línea en soledad, en un momento tan íntimo y solitario como lo fue nuestro nacimiento.

O bien puede que me equivoque y, efectivamente, seamos personajes ficticios. Que en el momento menos pensado, nos demos cuenta de que ese universo que creíamos real resulta no serlo. Que giremos la cabeza y descubramos, como decía el Bardo, que el mundo no es más que un escenario y nosotros meros actores.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Escupiendo Rabia- Vejestorios de treinta años



Una amiga mía ha estado trabajando hasta hace poco como camarera en un bar que frecuento. Un día me contó una anécdota de las de flipar en colores: estaba ella sirviendo una mesa tan tranquila cuando oyó una conversación en la que una criatura de apenas veinte años hablaba con unos amigos.

—¿Y sigues viviendo con la vieja? —le preguntó uno de sus amigos.
—Sí, hasta que encuentre un sitio mejor —respondió ella.
—¿Pero cómo de vieja es?
—Que tenga veinticinco o veintiséis años.

Mi amiga, de precisamente esa edad, se quedó aluciflipando mandarinas, pomelos y probablemente toda la frutería de mi barrio entera. No le faltaba razón, todo hay que decirlo.
Igual esto es un caso extremo, no digo que no. Que hay gente que no sabe dónde tiene la cara es un hecho, lo que explica que nos encontremos casos de genialidades absolutas como este.

Sin embargo, esta meada fuera de los pies del tiesto refleja de forma tangencial una realidad social bastante curiosa, que algunos nos hemos ido encontrando, poco a poco y de forma sutil, en este mundo de asco que nos rodea:
Si pasas de los veinticinco ya se considera que entras en la madurez. Si pasas de los treinta, por lo visto eres un abuelo. A los treinta y cinco eres una puta momia. Un carcamal. Vamos, que estás a dos pasos de la tumba.
Aquí es donde podéis decir que exagero, queridos Distópicos, pero pensad en el caso si estáis en paro y estáis en esa franja de edad. Más concretamente si os habéis pasado tiempo formándoos (algo que te vienen exigiendo desde que acabas la secundaria) y estáis haciendo lo posible por incorporaros en el mercado laboral. Fijaos en el perfil que ofrecéis (entre veinticinco y treinta, sin experiencia previa, aunque con estudios).
Sois puta carne de cañón.
Solo mirad las ofertas de trabajo, donde el tema de que forméis parte de una franja de edad empieza a tornarse requisito indispensable, si no de forma explícita, sí de forma implícita: el perfil del contratado parece ser hoy en día un chavalín de apenas veinte años, con experiencia laboral a punta pala, formación, que tenga nivel bilingüe en al menos tres idiomas y probablemente que sea capaz de hacer y deshacer un nudo con la lengua (por eso de la habilidad practicando felaciones que dejen al personal con los ojos en blanco y los dedos de los pies hechos un ovillo).
La clásica mierda que no hay Dios que se trague (el perfil, no lo de la felación), y que por cojones tenemos que asumir, casi dando por hecho que una persona de treinta y cinco años es una especie de criatura decrépita al borde de la muerte que no va a tener tiempo de trabajar en condis para la empresa porque va a contraer cáncer de próstata, la van a operar de la fístula o se va a morir de viejo de un momento a otro. Como si los pobres humanos que YA están currando no tuviesen que comerse eso de una jubilación a los sesenta y siete (si es que no la suben más, claro). Eso, sumado al hecho de que la población envejece cada vez más y que el número de humanoides por debajo de los cuarenta o cincuenta cae en picado (y contando), hace que esta concepción no deje de ser un chiste, por no llamarlo absoluta gilipollez. Podrían estar dándose de hostias por gente que no llegue a ese límite marcado por el envejecimiento de la población, pero se hacen gallardas mentales con eso de la juventud pipiolesca, que queda como más bonito.


Juventud pipiolesca, descripción gráfica.
No os olvidéis de sonreír y vestir ropa para daltónicos, chicos.
Hay que ser un remedo de lo que sale en el puto Canal Disney, por lo visto.


La hipocresía más grande de todo esto viene cuando nos encontramos casos como el de El Pequeño Nicolás. No por el caso en sí, que ya tiene tela, sino por la reacción de la opinión pública, tratando a un tío de veinte años como si fuera un niño de unos once o doce, con comentarios del tipo "Ooooh, pero si es un niño". Por supuesto, podemos decir que el hecho de que un personaje así haya hecho (presuntamente) lo que ha hecho a esa edad es algo sorprendente; tanto como dar por hecho que una persona de veinte años es tontita, que no sabe hablar, relacionarse o moverse entre según qué gente.
A aquellos que pensáis así, os invito que nos traslademos mentalmente a la época de nuestros padres. Pongamos, si queréis, unos veinte, puede que treinta años atrás. Pensad qué es lo que había: en las circunstancias de lo que era la sociedad de nuestro país, teníamos tíos de veinticinco años llevando alegremente sus casas, siendo gerentes de oficinas, haciéndose cargo de su familia o directamente sacándola adelante. Han cambiado las circunstancias, pero no la genética. No da tiempo en apenas una generación para eso... Sin embargo, fijaos en cómo sí que hemos cambiado nuestra percepción: hoy en día, lo que era un señor hecho y derecho que tenía su casa sería tratado poco más que como un niñato en nuestros días. Partiendo de ese hecho, lo que hoy en día debería ser un adulto más o menos joven (el de unos treinta y tantos, ya que la esperanza de vida ha aumentado), se considera todavía más carcamal que hace treinta años.


Eusebio López, de treinta y dos años.


Esto me hace pensar que nuestra sociedad (la moderna, la de estos últimos años) cualquier día revienta de subnormal que es. Es esa misma sociedad que vende cremas antiedad anunciadas por modelos de apenas treinta años, o la que considera que cualquier cosa viva por debajo de los veinticinco es puto incapaz de valerse por sí misma. Incapaz de valerse por sí misma, pero a la que se le exigen una formación y unas características que no se exigían en otras etapas donde la inserción al mercado laboral se hacía de una forma diferente y bajo otras circunstancias. Hoy en día, el adulto joven (pongamos, entre veinte y cuarenta años) tiene que competir el doble o el triple que sus padres. Tener más formación: títulos universitarios (a ser posible, con un expedientazo), másters y cursos de todo tipo (siempre y cuando estos no caduquen, claro). Ser más competitivo. Poseer una experiencia laboral que, a este paso, va a tener que remontarse a la guardería (el mínimo está ya en dos años). Haber viajado al extranjero (como si eso automáticamente te volviera más capacitado para según qué tareas, como por arte de magia). Y todo ello entre la época universitaria (entre los dieciocho y los veintidós, año arriba año abajo) y la infranqueable barrera de los veinticinco-treinta años, a partir de la cual la inserción laboral y la búsqueda de un primer empleo se ponen al nivel de la búsqueda del puto Santo Grial. Eso o no comerte un puto mojón y pasarte unos pocos de años tomando la alternativa de las oposiciones, que a menudo se nos plantea como la salida a aquellos que no vamos a ser contratados en ningún otro sitio "Porque se nos ha pasado el arroz".
Tócate los cojones, que con treinta y tantos ya se nos ha pasado el arroz. A más de treinta años de la edad de jubilación, y ya se considera a la gente de esta franja de edad como laboralmente inviables.
Inviables o invisibles.


Otro señor en la franja negra.


No deja de ser gracioso cuando, en respuesta al consecuente nivelazo de paro en la franja de edad que he mencionado, el gobierno quiera incentivar la colocación de los jóvenes españoles... Por debajo, si mis datos no me fallan (por favor, corregidme si me equivoco), de los treinta años. Queda molón decir que sí, que un tío que sale de la carrera con veintidós o veinticuatro tacos lo tiene más fácil para colocarse ahora que nos gobierna quien nos gobierna. Que yo sigo sin saber cómo coño se hace eso en un margen de tiempo tan apurado, pidiendo másters (de dos años al menos), experiencia laboral (de uno o dos años al menos) y cursos (pongamos a curso o dos cursos por año), sin contar niveles tan cafres como C1 o C2 en idiomas (lo que son los más avanzados o directamente bilingües), que echas también lo tuyo en prepararte. Llamadme pesimista, pero a mí las cuentas no me salen. Que habrá algún crack que lo logre, pero yo diría que ese requisito está más pensado en la excepción que en la regla. Mal asunto en un sistema que se supone que quiere combatir el paro y en una sociedad donde la idea es (o debería ser) que cada uno viva de la forma más decente que le permitan sus condiciones. El que sea mejor, pues vale, en mejores condiciones, pero sin por ello excluir al que no lo es tanto y mandarlo a cagar a la vía. No confundamos competitividad con "todo o nada", ni usar la competitividad como excusa para provocar exclusión social.


"Vente para acá, figura, que te vamos a decir dónde echar tu solicitud de empleo"


Sin embargo, no tengo intención alguna de echarle toda la culpa al gobierno. Es decir, ideítas como esa me parecen del tebeo, y dejar tirado a un sector de la sociedad básicamente porque te sale de los cojones y porque lo que te importa es lo que queda de cara a la galería ya de por sí es una subnormalidad bastante grande. Pero si lo pensamos, es posible que refleje una concepción social. Algo que tenemos en nuestra cabeza medio insertado: en un mundo donde la imagen es cada vez más importante (hasta rozar lo enfermizo), tenemos la impresión de que cualquier cosa que no sea un veinteañero de buena percha está a punto de ser sondado por la punta del nabo para que le miren a ver si todo funciona bien por ahí abajo. Que una señorita de treinta y seis años es ya menopáusica (y si no puede tener hijos, para más de uno y más de dos, ya pierde su condición de mujer, porque por lo visto la misión de una mujer en esta vida es única y exclusivamente parir. Y la que no tenga intención de tener hijos por el motivo que sea, es una egoísta. Y la que no pueda, pues Yerma perdida). Por esa regla de tres, tenemos que aquí (fíjate tú) la experiencia laboral pasa a un segundo plano en función de la edad si tenemos a un señor que se ha quedado en paro a los cuarenta y tres y se tiene que poner a buscar trabajo. Ese señor, vosotros lo sabéis tan bien como yo, queridos Distópicos, lo tiene puto jodido: no importa que sea el mejor en su oficio, que sea un puto profesional. Que esté acostumbrado a trabajar como un león desde los dieciséis, levantándose a las seis de la mañana y que no pare hasta las ocho de la tarde. Todo eso importa una mierda en el momento en que el que le hace la entrevista de trabajo mira su fecha de nacimiento.


"Me he quedado sin papel. Anda, tráeme los curriculums de los tíos por encima de treinta"


Es por eso quizás por lo que cada día me doy más cuenta del terrible absurdo que es todo esto que nos está rodeando. En el momento en que una persona es rechazada por factores ajenos a su capacidad laboral (o incluso su experiencia, como en este último ejemplo), nos damos cuenta de que el factor de la meritocracia está ahí, pero a veces viene influido (o paliado) por concepciones sociales. Damos por hecho idioteces tan gordas como que una persona de, pongamos, treinta y siete o cuarenta, no es capaz de rendir como una de veinte... sin importar el trabajo en sí. Para trabajos que no suponen un desgaste físico tan grande (digamos, recepcionista en una oficina) eso no nos importa tanto como la presencia. Presencia por delante de profesionalidad: en definitiva, que se prefiere a un extra de Sensación de Vivir que no sepa ni dónde tiene la cara a alguien que, realmente, sí sepa cómo capear un trabajo de atención al público. Son factores así los que hacen que creemos estigmas, y no solo el gobierno: el tío que se niega a contratarte en su tienda por eso ya parte de ese prejuicio y te marca con el estigma, sin que tenga que venirle ningún funcionario gubernamental a decirle que por debajo de treinta no se puede coger a nadie.

Las épocas anteriores fueron distintas, sin duda. En etapas de nuesta historia, en que una criatura de unos trece años ya tenía a su cargo una casa, una familia y dos bueyes o en etapas en las que un joven de diecinueve años era considerado un "joven caballero" y ya se encargaba de los negocios familiares, o donde un señor de cincuenta era "venerable" (mayormente porque era raro sobrepasar los sesenta o setenta) me pregunto qué sucedería si la cultura del pasado echase un vistazo a nuestra cultura y viese nuestra forma de discurrir. Cómo tratamos a los jóvenes y cómo despreciamos a los que, pese a que siguen siendo jóvenes desde nuestro concepto biológico, desde el concepto social ya empiezan a ser vistos como cadáveres con patas.

martes, 2 de diciembre de 2014

Mondo Chorra- La cultura de la humillación pública




Lo siento, amigos Distópicos, este post no va sobre rollos sadomaso, aunque eso de usar la palabra "humillación" pueda sonaros. A decir verdad, va sobre algo más insertado y arraigado en nuestra sociedad que las fustas, las cadenas y demás artículos que hacen que un peletero se frote las manos.
Estaba la otra noche hablando con un colega con el que suelo filosofar, debatir y arreglar el mundo, cuando salió un poco el tema de la actitud de los medios de comunicación a lo largo de los últimos años. Esa especie de manía en la que los debates sobre cualquier tema (no necesariamente política) se han convertido en lo que mi abuela solía definir con el término "Un lavadero de putas" (con respeto al colectivo prostitutil, no es más que la expresión que usaba mi abuela). En resumidas cuentas, donde más que ver cómo dos personas manifiestan posturas distintas y dejar que cada uno llegue a la conclusión que le salga del epicentro, el objetivo parece ser una especie de pelea de perros verbal, donde dos bestias pardas pugnan a voces peladas para echar por tierra los argumentos del otro, si es que hay argumentos de los que echar mano y no es un "Pero tú más". Sin importar el modo, los recursos o los modales que se usan. Todo eso pasa a plano secundario de forma automática.

Intentando llegar al origen de esta especie de política que podemos ver en concursos de cocina, programas del corazón y demás productos de la tele, estuvimos mi colega y yo dándole vueltas al tema. En un principio se me ocurrió que la movida de ser jodidamente borde con alguien por el careto pudo venir del personaje aquel que se inventó Risto Mejide para Operación Triunfo, donde veíamos como un personaje (insisto en este concepto porque tanto a mí como a los concursantes, como a una gran parte del público nos quedó más claro que el agua que aquello estaba totalmente pactado y era más falso que un billete de seis euros) se plantaba delante de alguien y, bajo el pretexto de hacer "una crítica sincera", se dedicaba a soltar sapos y culebras. Y ante esto, la gente lanzaba una ovación brutal.
Me equivoqué al plantearme a Risto (ahora reformado, reciclado y reinventado) como germen de todo esto, ya que, al seguir tirando hacia atrás, me pude dar cuenta de que eso de humillar públicamente al personal viene sucediendo desde mucho antes. Mejide, me temo, no inventó nada. En todo caso, al dejar clarito que aquello no era real (como no suele ser nada en la tele, si lo pensamos), al menos no manifestaba esa intención de engañarnos, que sí hemos visto después con mayor hincapié. Era una especie de parodia que, al menos a mí, me abrió un poco los ojos, diciéndome "¿Ves? Que lo veas en la tele no quiere decir que sea verdad".


House ya nos decía que todo el mundo miente.
Pues bien, en la tele la cosa no es diferente.
Aunque en el fondo, tal vez las cosas son ciertas siempre y cuando las asumamos como tales... ¿No?


Hubo más casos anteriores, como el espectáculo bochornoso que se podía ver en el Crónicas Marcianas de Javier Sardá, o yendo incluso más atrás, ver los espectáculos aún más bochornosos que se montaba uno de sus colaboradores, el señor Cárdenas, humillando a gente raruna que puebla por nuestra geografía. El señor Cárdenas, también reciclado en nuestros días y convertido en un respetable locutor de radio, fue de los primeros en hablarnos de los "frikis" (y enfrentado en su día a una condena por haber humillado públicamente a un discapacitado mental), aunque en un tono menos borde que lo que nos hemos venido encontrándonos después. Hoy en día esa especie de ironía para cachondearse de alguien se llega a ver incluso inocente comparada con lo que tenemos hoy en día. El espectáculo de gritos, berreos y ataques personales hacia la gente. Con el paso de estos últimos... no sé, quince, puede que veinte años, vemos cómo se ha instaurado ese gusto por el desprestigio y el ataque gratuito. Otros, de una forma igualmente incomprensible, ya ni buscan que otros los humillen y deciden perder por completo la vergüenza delante de un vídeo de Youtube, de la humillación a la autohumillación. Ahora todo el mundo puede ser Cárdenas. Incluso aquellos que pueden ser catalogados como "frikis", se dedican a atacar a otros "frikis", convirtiendo esto en una especie de Club de la Lucha público, con cientos de millones de personas jaleando en un muro de comentarios. De la autohumillación a la humillación mutua.


Tal vez uno de los grandes problemas de este mundo es que necesitamos atención, so pena de ser considerados "nadie" o "gente que no importa". Y, obsesionados con eso de tener aunque sea nuestros cinco minutitos de gloria, hacemos lo que sea.
Literalmente, lo que sea.


Quizás lo más siniestro no es el hecho de que esto suceda, sino que se respalde. Si recordamos que ya hablé en su momento acerca de cómo a menudo tendemos a rechazar por aburridas las actitudes que deberían ser socialmente normales en pos de las violentas (el caso de la pelea en unos billares, a la que el público acudía como moscas a la mierda para ver cómo dos canis se partían la cara), con la violencia verbal es tres cuartos de lo mismo. Hoy en día la violencia física, la agresividad verbal y (muy especialmente) el ataque injustificado contra alguien o ver cómo dos contendientes se desangran vivos a dentelladas metafóricas se han convertido en una especie de atractivo social. Hemos pasado de disfrutar cómo un oso atado a un poste se lía a zarpazos contra varios mastines a disfrutar viendo cómo un fulano en un concurso se caga en los muertos de la gente que compite en él... o la que compite contra él. Hemos pasado de un clima de competición (lo que no tiene por qué ser malo) a un clima de competición malsana, donde no importa lo que hagamos nosotros, sino lo que digamos del que tenemos al lado. Podemos decir que no es así, pero recordemos cómo, hace tan solo un par de días, nos cuentan que se han cargado a un hincha del fútbol. Hasta ahí, la noticia. En el momento en que se dedican especiales completos a mostrarnos imágenes de la reyerta entre ambos grupos de radicales, con todos los detalles imaginables (desde la escena donde lo tiran al río o ver a los sanitarios luchando por reanimarlo) la noticia pasa a convertirse en espectáculo. Espectáculo de sangre y violencia que rechazamos por violento, pero que al mismo tiempo nos atrae de un modo enfermizo. Subrayo enfermizo porque, a diferencia de lo que vemos en el cine o en la tele, donde todo es fingido y ficticio, aquí es real. Real, prácticamente en directo, en tu casa, gratis y desde todos los ángulos posibles.


"Tío, le han reventado la cabeza a patadas"
"Pues espérate, que ahora van a poner el vídeo del móvil de un testigo, donde se ve en primer plano".
"Chicos, ¿y si cambiamos de canal?"
"NI DE COÑA".
Total, ese vídeo estará pululando por todos los canales...


Esto último me recuerda un poco a lo que hablaba otro amigo mío, que suele ser más gurú espiritual que otra cosa, al respecto. Creo que ya lo he comentado en alguna ocasión, y subrayo aquí por venir justo al caso: "Ahora mismo no importa dedicar tus energías al 100% a lo que estás haciendo; ahora lo que se lleva, lo que mola de verdad, es dedicar más o menos un 50 o un 60% e invertir el resto a lo que están haciendo los demás, a ser posible para putearlo y echarlo por tierra". Esos que, en lugar de estar orgullosos o satisfechos con lo mucho o poco que puedan conseguir en sus vidas, tienen más como objetivo ver cómo aquellos a los que no soportan no lo consigan.
No hablamos de tener un espíritu crítico (a menudo confundido con esto): hablamos del ataque, del desprestigio personal y, en definitiva, de las ganas de joder y humillar. Para muchos cuesta verlo, pero al menos para mí, hay una enorme diferencia y se flanquea una línea que jamás debería cruzarse.

Pensadlo. Aquellos que hayáis formado parte o visto desde relativamente cerca el mundo de la música, la escritura o las artes lo veréis con particular claridad... pero no creo que seáis los únicos: esto se ve en todos los ámbitos. Laboral, académico, etcétera... esta especie de cultura de la puñalada trapera, donde el fin justifica los medios. Esta cultura donde no importa lo mucho que argumentes tu postura, sino lo beligerante que seas y el odio que manifiestes a una ideología contraria nos está llevando a una mentalidad de fanáticos. Fanáticos por todas partes, de muy diversas índoles y en muchos niveles diferentes de nuestra sociedad, pero fanáticos a fin de cuentas. Fanáticos que definen su ideología no por lo que piensen o dejen de pensar, sino por el odio que profesan a la ideología a la que tipifican como "la contraria" o, ya directamente (para qué andarse con polladas) "el enemigo". Y al enemigo, ni agua. Como enemigo que es, hay que avasallarlo, atacar sin provocación. Chillar, berrear, cagarse en su puta madre con la vena de la frente a punto de reventar. No hacen falta explicaciones, no hace falta respaldar la postura propia con nada. Eso ya no se lleva, porque para muchos, aunque no haya armas ni hostias (o al menos, no la mayoría de las veces), esto es la guerra. Y en la guerra hay que reventar caras (aunque sea dialécticamente) antes de que lo haga nadie. Así que venga, este es el mundo del "Todo vale". El fin justifica los medios, como he comentado arriba: para defender lo que nos dé la gana, lo tenemos todo permitido. Por el espectáculo podemos reírnos de inocentes, humillar, pisotear al que tenemos al lado porque así parecemos más duros. Más machos. Más fuertes.


"Mira, nano, este cuerpo es el que se lleva a las tías de calle. Esto es así y si no te gusta te jodes. Tú eres un mierda, un payaso. Y a llorar a casa, ¿te enteras?"
Este ejemplo es quizás el más descarado, pero analizándolo en frío, la esencia se traspasa a cualquier otro estrato social.


Por ejemplo, este:
"Señores de la oposición, nosotros hemos sacado este país de la crisis. Pueden seguir con sus discursos agoreros, con su política pesimista de quejarse y no hacer nada, pero yo les hablo de hechos. Ustedes no. Ustedes son los que se escudan en echar por tierra nuestros esfuerzos, para ocultar que son incapaces de hacer frente a la corrupción de su partido. Pero no pueden seguir negando lo que es innegable. Muchas gracias".



La deportividad en cualquier tipo de competición (no solo en deporte) ya no parece llevarse. Al enemigo no se le debe respeto. La arrogancia es un modo de vida y lo que se lleva es, no creerse superior a la gente con la que se compite: la historia aquí consiste en demostrarlo a todas horas. De irte para el de al lado y provocarlo, como un gallito en un corral. Pretender a lo mejor, para suavizar el tema, que se está de broma, pero en el fondo la intención es meter el dedo en la llaga. Tocar los cojones. "Para calentar los ánimos". "Para añadir salsa al tema".
Amigos, para calentar los ánimos se recomienda (en caso de ausencia) un buen maratón de porno. Para añadir salsa al tema, se recomienda una que no cause acidez de estómago. El todo vale, vale siempre y cuando lo ejerzamos nosotros... pero, amigos, en el momento en que el de al lado lo ejerce en nuestra contra, qué mal está todo.


"Vamos."
"Vamos."
"Vamos".


Quizás el problema de todo esto consiste en que no hemos superado esa etapa de vecinos que miran por lo alto del seto para ver qué hace el otro. Que el de al lado, aunque lo parezca, igual no es el paradigma de la felicidad. Igual no tiene ni tanto dinero y su pareja, en el momento en que se despelota, es un puto orco. Igual sus hijos no son tan perfectos ni sacan tan buenas notas como nos creemos... pero el problema es que nos lo creemos. Y no solo lo creemos, sino que no podemos soportarlo. A partir de ahí, es cuando vivimos nuestras vidas con la firme intención de destruir a aquellos que se creen mejores que nosotros (o a aquellos que igual no lo creen, pero nosotros sí pensamos que lo creen). Y si no los destruimos nosotros, contamos con que se destruyan ellos solitos para así poder regocijarnos en la miseria ajena.
Porque en el fondo el problema está ahí. Si bien muchos (por suerte, no todos) no somos capaces de buscar nuestra propia felicidad y optamos por hundirnos en la autocompasión, la autoindulgencia y otros autos que van del mismo rollo, menos capaces somos aún de soportar la felicidad ajena.

Somos una sociedad sanísima. Está claro.