En un pequeño poblado en el que jamás sucedía nada de interés, vivía un muchacho que trabajaba como mozo de cuadras en una fonda, al igual que su padre y el padre de su padre. Su vida, consideraba, tenía tanto de especial como la del pequeño poblado; se levantaba temprano, trabajaba, comía, se iba a dormir y cada día era exactamente igual que el anterior, pero jamás se quejaba de su situación. Vivía feliz con lo poco que tenía y se limitaba a escuchar y entender a aquellos que se quejaban porque no tenían la vida que habían soñado.
Una mañana, los lugareños abandonaron sus puestos de trabajo para acudir a la plaza central del poblado. El muchacho, movido por la curiosidad, hizo lo mismo y se unió a ellos para ver qué sucedía.
Ante ellos, se alzaba un Héroe. Una de esas figuras de las que todo el mundo había oído hablar y que arrojaban la luz de la esperanza sobre el mundo. La clase de Personas que hacían que todo resultase menos oscuro y menos terrible. Con más como ellos, decían, podría haber una Edad de Oro donde nadie tendría que sufrir.
Cuando el Héroe se acercó al muchacho, con su armadura brillante, su capa roja y el dragón rojo luciendo orgulloso en el blasón de su escudo, la gente a su alrededor no pudo evitar agitarse. Un coro de sonrisas iluminadas se encendió mientras éste se puso frente a él y, señalándole con el dedo, le dijo que le siguiera. No sin cierta envidia soterrada, le dijeron que no fuera tonto y lo hiciera; una oportunidad así no se presentaba todos los días y no debía desperdiciarla. Los Dioses, decían, le habían concedido el honor de seguir a toda una leyenda viviente. De ejercer como escudero del protagonista de numerosas gestas y no pocos cantos y, si los Hados eran propicios, de aprender de él lo suficiente como para emprender el camino de un héroe.
Quizás fue por esa presión por lo que aceptó. Al fin y al cabo, él no era más que un mozo de cuadras; no es que estuviera insatisfecho con su vida, ya que no sentía el gusano de la ambición en la boca del estómago. Prefería no tener que escuchar cómo los demás se metían en su vida y le decían lo mucho que se perdía; le resultaba más llevadero hacer lo que había hecho siempre: obedecer, hacer lo que se espera que uno haga y pasar desapercibido ante los ojos del mundo. Así le había ido relativamente bien, hasta entonces.
El Héroe lo sacó de la ciudad sin decir ni una palabra. Ni una, mejor dicho, referente a la misión que llevarían a cabo; para todo lo demás, escuchar su discurso era una tarea tan épica como las que él mismo decía realizar: cientos de bestias asesinadas con sus propias manos. Se reía de cosas tales como el peligro. Miraba a la Muerte a los ojos y escupía a su rostro. Miles de enemigos muertos o puestos en fuga en campos cubiertos de sangre hasta las rodillas. Y sobre todo, las damiselas: por cada tirano depuesto o cada criatura infernal enviada de vuelta a casa había al menos una o dos doncella dispuesta a sacrificar su virginidad ante él. Todas y cada una de ellas temerosas y excitadas a partes iguales, henchidas de pasión y estremeciéndose ante los embates amorosos del Héroe. Hasta los mismos Dioses, parecía, estaban orgullosos de contemplar las hazañas de aquel insólito hombre.
No fue hasta el séptimo día de jornada cuando por fin el plan salió a la luz.
—Nos dirigimos hasta el Cubil del Demonio de la Noche —explicó, sin inmutarse, lo que hizo que el muchacho se estremeciera.
El Demonio de la Noche, según había oído, era una de las criaturas más implacables que jamás habían pisado la tierra. De él se decía que era capaz de arrancar el alma del cuerpo con una sola mirada, o hacer envejecer a alguien cuarenta años con la voz. El Demonio de la Noche podía arruinar la existencia del hombre e incluso convertirlo en una triste sombra de lo que en su día fue.
Centenares de rumores y leyendas, y ninguno bueno.
—Pero no temas —prosiguió el Héroe, brindándole una sonrisa cálida —. Junto a mí estarás a salvo, pues todos los demonios de este mundo tiemblan al oír mi nombre.
Sin embargo, el muchacho seguía temblando, y no precisamente porque tuviese sangre de demonio recorriendo sus venas.
Al llegar a la Montaña del Demonio de la Noche, descubrieron que el silencio imperaba en varios kilómetros a la redonda. Ni un animal, ni siquiera la más leve brisa, resonaban a lo largo del valle plagado de cañones que enmarcaba aquel gigante de piedra cenicienta. Para su sorpresa, el Héroe no encontró ni guardias ni soldados que vigilasen la entrada a aquel palacio horadado en la roca viva. Las enormes puertas de ónice negro estaban incluso abiertas, como si estuviesen dando la bienvenida a todo forastero que se internase por aquellos parajes.
—Entremos, entonces —fueron las palabras del Héroe, cuyo eco resonó por el valle. Su voz cálida ahora sonaba como un coro celestial que debía iluminar la oscuridad que empezaba a crecer y multiplicarse poco a poco.
El chico se mostró reacio al principio, pero el mapa de cicatrices a lo largo de toda la anatomía del Héroe fueron prueba más que suficiente para atestiguar su experiencia en combate: sin duda, sabía distinguir entre una trampa y una zona ausente de peligro. Además, su determinación de entrar era firme: si algo malo iba a suceder, pensó, más valía que estuviese junto a alguien que supiese manejar una espada. El hecho de que, pese a todas las marcas en su piel, siguiese vivo, debía suponer que su habilidad con las armas era más que notoria.
—No temas —dijo, una y otra vez.
Avanzaron por los pasillos de obsidiana y alabastro, maravillándose ante las hermosas esculturas que se erigían a lo largo de ellos. Hermosas damas de piel negra y brillante bailaban estáticamente, o bien dormían, o bien permanecían de pie contemplando el infinito. Un hermoso y oscuro paisaje que desembocaba en una ciclópea estancia, semejante al salón del trono de un rey.
El Demonio estaba allí, aguardándolos.
Sentado sobre un trono de ébano, era una figura pálida envuelta en una túnica negra como la brea. Sus ojos eran profundos, dos pozos del color del mar y su rostro, impasible, hizo un gesto amable que les invitó a acercarse. Como respuesta, el Héroe avanzó, ordenando al muchacho que se quedase donde estuviese.
—Pues estas contiendas están reservadas a los héroes y no a los jóvenes aprendices —añadió.
El Demonio, sin hacer mucho caso a aquellas palabras, se puso en pie y abrió los brazos en señal de bienvenida. Su oponente, sin pensarlo dos veces, embistió con su espada, apuntando con la hoja al corazón.
Bastó un segundo.
Solo un segundo para que el arma se hiciese pedazos como si hubiese sido construida en el más fino de los cristales. Una insignificante fracción de tiempo para que el Héroe cayese de rodillas y, bajo una gélida mirada de su anfitrión, estallase en una nube escarlata ante la atónita mirada de su escudero.
El silencio se hizo de nuevo, mientras el joven veía cómo el Demonio se acercaba hacia él con paso despreocupado. Cuando estuvo a tan solo un par de pasos de distancia, fue incapaz de sostener la mirada de aquella criatura y se desplomó, arrodillado y cabizbajo.
—Hola —se limitó a decir el Demonio —, ¿cómo te llamas?
Él le dijo su nombre.
—¿Qué haces aquí?
Lo único que pudo hacer fue ser honesto: explicó que el Héroe lo había sacado de su pueblo unos días atrás y que se habían encaminado hacia allá con el único propósito de matar al Demonio de la Noche. Que incluso su nuevo amo había jurado cortar su cabeza y exhibirla como trofeo.
Ante aquella revelación, el Demonio quedó pensativo.
—¿Y por qué quería tu amo hacer eso?
El muchacho se encogió de hombros.
Porque era un Demonio, y a los Demonios había que matarlos, supuso.
—No he hecho mal alguno a nadie, salvo para defenderme —sonrió aquella criatura—, pero mi naturaleza garantiza que siempre haya alguien dispuesto a matarme. Deseo vivir en paz, pero los héroes quieren mi cabeza. ¿No es algo absurdo, muchacho?
El mozo de cuadras asintió. En parte porque veía sinceridad en las palabras del Demonio, en parte porque no se sentía capaz de llevarle la contraria.
Fue en ese momento cuando aquel ser le puso una helada mano sobre la cabeza y todo le dio vueltas. El muchacho pensó en su familia y en la vida que había tenido hasta entonces. En aquellos amigos a los que estaba a punto de dejar. En todo lo que perdería. No, en caso alguno quería que todo terminase ahí, de aquella manera.
Y fue entonces cuando se vio a sí mismo lejos de aquel siniestro lugar. Había regresado a su pueblo natal, no sabía cómo. Fue descubierto deambulando por allí por un granjero, que avisó al resto de sus paisanos. Éstos preguntaron por el Héroe y por lo que habían visto y hecho. Preguntaron por lo que había sucedido y, cuando hubo terminado su relato, no terminaron de entender lo que habían escuchado.
—¿Por qué te dejó vivir, entonces? —le dijo alguien —. Él era un héroe y lo mató sin pestañear. Era fuerte, sabio, valiente, apuesto y audaz. Curtido en mil batallas, justo y despiadado con sus enemigos. Dinos, ¿qué tienes tú que no tenía él? ¿Qué es lo que te hizo superarle?
El muchacho no respondió inmediatamente y se limitó a pensar. Se limitó a recordar la breve conversación con el Demonio y lo que sucedió justo después. Tembló de miedo al revivir el tacto de aquella mano como el hielo, pero fue eso lo que le dio la respuesta a la pregunta que acababan de hacerle.
—¿Qué tienes tú, eh? —repitieron los hombres, a coro.
La respuesta del mozo de cuadras cayó a plomo, silenciando a todos los que le rodeaban.
—Miedo.





4 comentarios:
Moraleja: mejor cobarde vivo que valiente muerto :-) O patitas para qué las quiero.
Jajajajaja algo así. Yo lo veía más bien como: no hay persona más valiente que la que reconoce que está asustada, en lugar de aquellos que niegan tener miedo y lo que hacen es exponerse de modo suicida a una muerte absurda :P
Don't worry, se entiende el mensaje. A mí me hace recordar a esas personas idiotas que se meten con animales salvajes, haciéndose las "valientes". Luego terminan muertas o con alguna extremidad de menos. Yo a los bichos los respeto, no por cobardía, sino porque el miedo a acabar triturado en realidad es muy razonable :-D
Jajaajajj el miedo es como todo, tiene su parte positiva y que nos hace crecer como persona. Que no todo es hacerse el macho :D
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