Villares se encontraba de pie, observando el anochecer en el cielo a través de los ventanales de su despacho. A varios kilómetros de allí, en el horizonte, podía verse el halo fantasmal que la ciudad, invisible tras las colinas, comenzaba a proyectar. A su espalda, su oficina ofrecía un aspecto fúnebre: la decoración, grisácea y minimalista, era tan sobria que parecía atrapar el tiempo entre sus cuatro paredes. La luz, indirecta y suave, otorgaba una atmósfera que invitaba al silencio.
Una mirada de inquietud comenzaba a dibujársele por momentos en el rostro maduro. Algo poco común, viniendo de un hombre de negocios implacable, conocido por su sagacidad y su frialdad a la hora de llevar a cabo todas sus gestiones. Era esa frialdad la que había llevado a su Corporación a la cima del país y parte del extranjero. Pero ahora esa actitud, que le había convertido en un hombre tan respetado como temido, comenzaba a agrietarse como un bloque de hielo.
Consultó su reloj. Faltaban unos segundos para las ocho. Estaba perfectamente sincronizado con el horario nacional. Para Villares, la precisión era más que importante: era fundamental. De este modo, al tiempo que él otorgaba precisión, también la exigía. Según él, era el único modo de que las cosas funcionasen correctamente. Y había sido así, de hecho, hasta hacía solamente unos días.
Apenas hubo sonado el timbre que indicaba que por fin habían dado las ocho, llamaron a la puerta, sacándole de sus elucubraciones. Se trataba de su secretario, que había sido citado a la hora en punto. Venía acompañado de algunos miembros de su consejo administrativo de confianza: un segundo hombre y dos mujeres. Todos con la misma pulcritud, con un paso casi unísono. Con el paso de los años, todos sus empleados habían adquirido la precisión y la seriedad que exigía. Los había educado bien.
Los miró a todos a los ojos, analizando la mirada de cada uno de ellos; en respuesta, sus empleados bajaron la vista tras unos segundos. solo las dos mujeres fueron capaces de resistirla un poco más. Los hombres de negocios, pensaba Villares, habían olvidado aquel viejo arte, el de reconocer lo que su interlocutor pensaba. Así les iba: ninguna otra empresa era competencia. De esta manera, Corvus, que había empezado siendo una fábrica industrial más hacía solo unas décadas, expandió sus horizontes. Compró todas las empresas importantes que se le interpusieron; abrió otras nuevas, que se convirtieron en auténticos éxitos y se ramificó hasta tal punto que pasó a ser, no el gigante corporativo más importante del país, sino prácticamente el único. Sumado a eso, el crecimiento de un mundo cada vez más globalizado, donde las multinacionales y las grandes empresas cobraban poder gracias a las políticas económicas de los gobiernos occidentales y asiáticos, solo sirvió para allanar el terreno a Corvus y ponérselo más y más fácil. Era por ello que todo el mundo la conocía ya como La Corporación.
- Señor Robles- con estas dos palabras, que sonaron más contundentes y firmes que la sentencia del juez más severo, dio la palabra a su secretario. Los ojos de Villares no se fijaban en él; se clavaban en los de su interlocutor como dos puñales.
No dijo nada más, ni falta que le hizo. No lo consideraba necesario, cuando con una mirada era capaz de decirlo todo: estaba esperando que éste le informase inmediatamente. Para eso estaba allí. Él y los demás.
Robles permaneció en silencio apenas unos segundos, ordenando de una forma estéticamente aceptable sus pensamientos, mientras hacía el terrible esfuerzo de soportar aquellos ojos que le analizaban, quemándole como dos carbones encendidos. Era un ejecutivo de unos cuarenta y pocos años, ambicioso y muy eficiente. Poseía un don de la diplomacia inusual, que le había convertido en un portavoz esencial para la Corporación. Al mismo tiempo, era muy hábil para conocer los puntos débiles de los demás y aprovecharlos en su propio beneficio, lo que le había servido para eliminar a todos sus competidores y escalar puestos el doble de rápido que cualquier otro. Si su mentor se podía comparar con un león viejo, éste se parecía más a un tiburón.
- Hemos- carraspeó, sin poder contener los nervios. Por muy buen ejecutivo que se fuese, por mucho hielo que corriese en la sangre, hablar ante Villares era algo difícil. El más mínimo desliz, una palabra mal escogida o a destiempo, y uno podría verse envuelto en problemas considerablemente serios-... hemos conseguido los resultados del Departamento de Investigación. Los resultados que Herrera y Sanz- señaló a las dos mujeres a su espalda, mientras dejaba los informes sobre la mesa. El símbolo del Cuervo de alas abiertas encabezaba los membretes de todos los folios- han obtenido son… lamento decirlo… lo que habíamos estado temiendo estos últimos meses, desde la... aparición del fenómeno y más concretamente, desde los últimos días. Según sus sondeos, está fuera de control.
Había algo en aquellas dos mujeres que inquietaba y enfermaba a Robles a partes iguales. No el hecho de que fuesen lesbianas, por supuesto. Había conocido de todo en la Corporación y sabía que la tendencia sexual de una persona no la hacía más fácil ni más difícil de apartarla de su camino hacia la cima. Para él, eso tenía tanto interés como el hecho de que tuviesen el pelo rubio. No, lo que le repugnaba de ellas era algo mucho más profundo, más insondable. Ambas tenían la expresividad de muñecas de cera pero, tras esos rostros hieráticos se escondía un brillo que insinuaba algo peor, mucho peor. Le daban escalofríos. Éstas, por su parte, parecían demostrar que disfrutaban causándole esa impresión. No era la primera vez que las veía observarle y luego mirarse entre ellas esbozando una leve media sonrisa, como si les pareciese un animal de feria. Algo muy divertido que no les llegaba ni a la suela de los zapatos. Eran odiosas.
Villares sopesaba las palabras al tiempo que pasaba los ojos sobre los informes, probablemente sin leer nada en concreto, solo tomando la idea general. Por primera vez en su vida, que sus empleados supiesen, agachó la cabeza. Toda la habitación pareció oscurecerse por un momento y el silenció llenó el aire. Nadie dijo nada, en parte por diplomacia, y en parte porque nunca había visto aquella actitud en su superior.
Por fin, tras aquellos cinco segundos que parecieron interminables, levantó nuevamente la vista, clavándola en la de Robles. Los demás no existían. El despacho no existía. El mundo no existía. solo existían aquellos ojos que se le clavaban en el alma. No fue de extrañar que éste sintiese una punzada que le recorría la columna en todas direcciones y se le erizasen los vellos de la nuca.
- Fuera de control- repitió. Cada palabra sonaba como un mazo en el estómago del secretario-. Y, dígame, señor Robles, ¿hay algo en estos informes que nos indique qué posibilidades tenemos de solucionar esta crisis?
- Sí, señor- no había nada que supusiera mayor alivio que dar buenas noticias a su superior en situaciones como ella. Era como demostrar ser inocente de herejía ante un Tribunal de la Inquisición.
Como toda respuesta, Villares meneó la cabeza de modo condescendiente. Era su manera de decir “Estoy esperando, así que no haga perder mi tiempo con pausas absurdas”.
- Como podrá comprobar en el informe, Herrera y Sanz han apuntado que el sujeto puede ser contenido por medio de...
Podía haber sido un buen discurso el que Robles estaba a punto de pronunciar. Se sentía inspirado y las palabras, poco a poco, empezaban a fluir en su cabeza. Es más, podría haber sido un discurso magnífico si el presidente de la Corporación no hubiese levantado la mano para decirle que se callase. Que no quería oir lo que tenía que decir. Que no estaba para tonterías. Todo eso con aquel simple gesto.
La firmeza de la negativa, pese a no haberse emitido con palabras, desarmó los argumentos de Robles como si le hubiese azotado con una fusta. Fue al atreverse a mirarle a la cara cuando descubrió algo en Villares que jamás habría esperado en él: en su frente comenzaba a dibujarse el brillo de una delgada capa de sudor. El hielo, por primera vez, parecía que empezaba a fundirse.
- ¿Perdón?- la voz del secretario empezaba a temblar. Nunca había tenido que decirle algo así a su superior. Así de preciso había sido hasta el momento.
- No quiero frenarlo.
Robles se quedó sin palabras.
- No estamos hablando de contener ni de frenar, señor Robles. Ni siquiera de neutralizar. Creo que ya tiene muy claras cuáles son nuestras intenciones al respecto, y consideraría una terrible pérdida de tiempo darle explicaciones acerca de algo que usted... que todos- los demás por fin parecieron existir ante la augusta presencia de Villares, que paseó su mirada fugazmente sobre ellos- saben perfectamente cómo hacer.
El tiempo se congeló nuevamente durante algunas fracciones de segundo cuando, Villares, apenas hubo terminado de hablar, volvió sus ojos hacia el tercer hombre que allí se encontraba. Robles, en ese momento, dejó de existir por un momento y una sensación de alivio le recorrió los hombros como una manta.
- ¿Tiene algo que decir al respecto, señor Sierra?- el tono de voz no era el de una pregunta. Con solo haberle visto, el hombre a la cabeza de la Corporación sabía que la respuesta era afirmativa. También supo que el ejecutivo que tenía delante no tenía ni la más mínima intención de expresar abiertamente su opinión. Ni una cosa ni otra le impidió a Villares sacarle de su momentánea invisibilidad.
Sierra era otro de los grandes ejecutivos de la Corporación. A diferencia de Robles, su valía se debía más a su cerebro para las gestiones que a otra cosa. Sin embargo, Villares había notado últimamente que su lealtad se encontraba dividida entre él y su ética personal. Había llegado el momento, pensó, de que su posible Judas revelase sus verdaderos colores delante de los demás. Por eso le había traído allí.
- Espero su respuesta, señor Sierra.
- Pues- el hombre titubeaba al hablar de un modo patético y lamentable. Desde luego, no era Robles. No tenía la entereza de éste ni por asomo-... verá... es que estoy escuchando todo esto y no puedo evitar pensar en la ilegalidad del asunto. Nuestra Corporación se ha esforzado desde siempre por mantener una imagen de honradez ante los medios. Su política empresarial es intachable... y personalmente, no creo que mancharnos las manos en este asunto vaya a resultarnos beneficioso en absoluto.
Al oír aquellas palabras, Robles no pudo evitar reírse para sus adentros. ¿Cómo se podía ser tan tristemente ingenuo en un sitio como la Corporación? ¿De verdad se creía aquella sarta de imbecilidades que acababa de soltar? ¿Honradez? ¿Política empresarial intachable? Estaba claro que aquel tipo no era más que un contable venido a más. De lo contrario, no habría abierto la boca. Ni siquiera se le habría pasado por la cabeza aquel discurso de parvulario. Y no era el único en considerar ridícula aquella postura. Incluso sin mirar a sus compañeras, podía ver perfectamente que Herrera y Sanz se estaban partiendo de la risa bajo aquellas máscaras de cera.
Villares, sin embargo, no se reía.
El silencio que se hizo a continuación fue sencillamente insoportable. Se estaba cuestionando abiertamente una decisión tomada por el propio presidente de la Corporación. Para ello, solo se podía ser dos cosas: muy valiente o muy imbécil. Robles no tuvo duda a la hora de elegir entre ambas opciones.
- Señor Sierra, creo que no es necesario entrar en el tema de lo que nos estamos jugando actualmente- el ejecutivo agachó la cabeza, recordando la imagen de un alumno reprendido por un maestro severo de antaño, aquella época en la que la autoridad estaba bien presente en las aulas-. No me apetece en lo más mínimo ponerme a discutir con usted sobre la legalidad de nuestras operaciones, ni sobre lo “intachable” que es realmente nuestra política empresarial. Lo que sí me gustaría dejarle claro es que usted forma parte de nuestra junta directiva, y que eso conlleva una serie de privilegios y beneficios que mucha gente estaría dispuesta a matar por conseguirlos.
«Asimismo, formar parte de ella implica aportar su punto de vista personal y sus conocimientos ante la materia que se discute... pero también implica que, si la junta ha tomado su decisión mayoritariamente, la decisión que se toma es la que se lleva a cabo y usted deberá acatarla sin cuestionarse la moralidad o no de sus asuntos. Para eso ya tenemos en nómina a los bufetes de abogados más importantes del país, ¿le ha quedado claro lo que le he dicho?
- Por supuesto, señor- Sierra tenía ahora el mismo aspecto grisáceo y carente de espíritu de la decoración que le rodeaba. Se sentía como un cerdo en un matadero, colgando por los pies y con un gancho a dos milímetros de su cuello. solo le faltaba ponerse a gritar.
- No me mire así, maldita sea- el tono del presidente rozaba la crueldad-. Parece que no lo entiende. Si está fuera de control, ya no nos sirve. Eso debe morir. Ya no solo por el bien de la Corporación, sino por el de toda esta ciudad… o Dios sabe de cuántos más.
- Comprendo, señor- la voz de Sierra ahora era un hilillo débil. Era sorprendente que no hubiese manchado los pantalones al oir aquella reprimenda.
En cuanto a Robles, comprendía la situación, pero eso no lo hacía más agradable. No era debido al hecho de que la Corporación se convirtiese en responsable de un crimen. Eso le daba exactamente igual; en el mundo en el que se movía, términos como “legal” e “ilegal” se difuminaban, convirtiéndose en algo tan relativo que costaba distinguir entre lo que estaba bien y lo que estaba mal. Además, como bien había insinuado Villares, se era inocente de algo en tanto la Justicia no lo juzgase. Y jamás se les ocurriría juzgar a la Corporación. No si se quería perder ese juicio. No. Se debía al hecho de tener que enfrentarse a algo así. No era humano, para empezar. Ni siquiera los informes tenían claro qué era lo que podía acabar con él, más allá de vagas referencias. Nada concreto. Y precisamente ahí era donde estaba el fallo: si no lo conocían, no podrían destruirlo; y si lo intentaban y no lo conseguían… bueno, eso les destruiría a ellos.
- Señor Robles- la voz de Villares volvió a sacarle de aquel agradable período de invisibilidad. El tono autoritario indicaba a la perfección lo que estaba pidiendo.
- Pondré inmediatamente al equipo especializado a trabajar, señor- respondió él con diligencia.
- Gracias- respondió Villares, volviendo a su tono tajante, esta vez con una tensión añadida que lo hacía aún más autoritario-. Esta vez, quiero resultados, ¿me he expresado con la suficiente claridad? ¿Lo han entendido bien todos?- Robles casi pudo oír la última palabra, literalmente, pronunciada en mayúsculas. La respuesta fue pronunciada de modo corporativo, carente de emoción. Al unísono.
Acto seguido, el pequeño comité que representaba a la junta directiva empezó a caminar con la intención de abandonar el despacho. Por el rabillo del ojo, Robles advirtió que las mujeres se detuvieron e intercambiaron un críptico cruce de miradas con Villares. Malditas gestalt, cualquiera podía saber lo que querían decir. Fuese lo que fuese, era algo entre ellas y el presidente. Algo que, le enfermaba admitir, le dejaba fuera. Mejor no pensar en lo que podían traerse entre manos.
Tras aquel pequeño careo con sus empleados, Villares se quedó solo una vez más. Éste volvió la cabeza a la ventana y observó que ya había caido la noche. La habitual calma que solía flotar a aquellas horas ahora le parecía siniestra o amenazante, como si una sombra fuera a abalanzarse sobre ella. Parecía como si la ciudad, allá a lo lejos, contuviese el aliento antes de gritar.
Este último pensamiento le produjo un desagradable escalofrío. Tras unos segundos de cavilación, llamó a su guardaespaldas personal.
- Trujillo.
- Dígame, señor Villares- Crujió la voz al otro lado del comunicador.
- Termino la jornada de hoy. Le espero en mi despacho.
- Entendido, señor.
Como cabía esperar en alguien de su posición, Villares era un hombre muy ocupado y su mente estaba trazando planes de todo tipo constantemente. En ningún momento había reparado en la estrella fugaz que había surcado el cielo hacia la ciudad.
©Javier Durán Valdeiglesias, 2008

9 comentarios:
Nada que corregir ni sugerir sobre este capítulo. Muy lograda la atmósfera de misterio e intriga. Muy bien trabajados los personajes, muy bien retratados, sobre todo ese cabronazo de Villares, que da mala espina incluso antes de abrir la boca. Los diálogos muy bien estructurados, muy bien hechos,aportando y sumando a la acción, no parándola. Me ha gustado mucho. Sólo una cosita, pero esto es mas bien una manía personal. No me acaba de convencer este párrafo "No fue de extrañar que éste sintiese una punzada que le recorría la columna en todas direcciones y se le erizasen los vellos de la nuca."... el no fue de extrañar... para mi gusto, demasiado omnisciente... pero vamos, ya te digo, una manía personal. ;D
Como siempre, Voro, muchas gracias por tu aporte! En principio, veo que has dado justo con los dos elementos principales que tenía intención de transmitir:
Uno, la atmósfera sombría y casi opresiva que transmiten las instalaciones de la Corporación y
Dos, la presencia de Villares, cuya mirada debería ser como la de un Gran Hermano que desnuda el alma de tod aquel que se le pone por delante.
En cuanto a la intriga, en los próximos capítulos deberían ir dándose ya las suficientes pistas como para que los lectores empeceis a forjaros vuestras propias teorías acerca de lo que está sucediendo... me encantará ver lo que se os ocurre!
A ver que se nos ocurre... miedo me das... aunque la historia promete lo suyo. Como dije, y como creo te dijo Alejandro, no desmerece en absoluto a lo que se publica hoy en día del mismo género.
Hala, me has dejado con la intriga de nuevo. Esperaré la siguiente entrega.
Jajajajaja Gissel, la idea es mantener con la intriga hasta el final de la historia; si dices que la cosa se mantiene, parece ser que sigo cumpliendo algunos de mis objetivos... de manera que, muchas gracias!
Un capítulo muy intrigante, como ya te han dicho, con los personajes muy bien definidos. Quizás las dos mujeres se quedan un poco en el aire, al tratarlas siempre en bloque parece como si fueran iguales las dos, gemelas o algo así. Supongo que es un efecto buscado y que ya las veremos más individualizadas en siguientes capítulos ;)
Muchas gracias, Raelana! Como siempre, lanzas un apunte interesante. Herrera y Sanz es cierto que están simplemente "presentadas" en este primer capítulo y quedan (momentáneamente) en el aire. El tratamiento en bloque, sí, no sólo está buscado, sino que en cuanto sepas más (no haré spoiler, claro) entenderás por qué. Sin ánimo de desvelarte nada más, te digo que puede que vayas encontrándote alguna sorpresita al respecto más adelante...
A mi me has dejado con el mismo sabor a miel que la vez anterior, o sea que tengo ganas de más y lo de tanta intriga me mola, q habrá pasado con el tío de la herida?? Qué es la Corporación?? Qué o quien es el sujeto??... alguna escena X con las lesbianas? jajajajajaja Un besazo artistaaaaa
Jajaajjaaj Ana, me alegra ver que el segundo capítulo mantiene mi intención de enganchar al lector!
En cuanto a las preguntas que me haces, me temo que todavía es demasiado pronto para desvelar nada. Lo único que sí puedo decirte, por el momento, es que el tema de la Corporación viene parcialmente explicado en este capítulo: al menos, lo que interesa saber de ellos de momento es que son todo un holding de empresas y que son uno de los grupos industriales más fuertes del país. En cuanto a la relación con el hombre herido y lo que parece estar pasando... tendreis noticias más adelante!
Como siempre, gracias por el feedback! Es estupendo ir viendo opiniones del Respetable conforme van saliendo los primeros capítulos. Así dará pie a que, en próximas entregas podais ir formandoos vuestras propias teorías!
(Como he mencionado más arriba, me muero por saber qué se os ocurre)
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