jueves, 26 de enero de 2012

Mesa de Autopsias: Los Caminantes, de Carlos Sisí



Tras un poco de tiempo de espera, por fin he terminado la lectura de la primera novela de Carlos Sisí, que narra lo que viene a ser un ataque zombi ambientado en la ciudad de Málaga, emplazamiento que (por razones obvias) me resulta bastante familiar.
En primer lugar, tengo que decir que he coincidido con Carlos en un par de ocasiones; primero, en la presentación de la novela de otro amigo escritor (no fuimos presentados entonces, puesto que yo no era más que uno más del público) y, algún tiempo después, en unas jornadas de Terror que tuvieron lugar en mi ciudad. En esa ocasión pude conocerle un poco más de cerca y me dio la impresión de ser un tipo humilde y sencillo al que no le gustaba demasiado eso de hablar en público.
Esto no es del todo gratuito, a continuación os explicaré a qué viene.

Una vez iniciada la lectura de la novela, charlé un poco con Carlos para preguntarle un poco cuáles eran las premisas de las que había partido a la hora de trabajar en Los Caminantes. Fue entonces cuando mi primera impresión pareció confirmarse: éste, de un modo sencillo y honesto, me dijo que no había tenido ninguna pretensión más allá del puro entretenimiento. "Una lectura de piscina", dijo, "sencilla y entretenida".
Es precisamente ese concepto lo que tomé como punto de partida a la hora de realizar este análisis. A lo largo de este post, iré desgranando su novela con la intención de demostrar si dicho objetivo que tenía en mente se ha cumplido o no.
Vamos allá, pero antes quiero advertiros que probablemente leeréis detalles que desvelarán gran parte de la trama. Se recomienda la lectura de este artículo a aquellos que hayan leído ya la novela, o bien a aquellos a los que esto no le importe. Avisados estáis.

También me gustaría aclarar que, personalmente, el género zombi por lo general no me dice gran cosa, ni buena ni mala, por lo que espero ser lo bastante objetivo y no dejarme llevar por mis filias o fobias personales. La idea es ser lo más académico posible al respecto, de modo que tampoco se harán más comentarios personales de los imprescindibles (y cuando se hagan, se dirá expresamente, para que quede claro) ni comparaciones con otras novelas del género u otros autores. Quien quiera ver algo más allá de estas líneas, me temo que mira en la dirección equivocada.

Estructura: Concebida en cuarenta y dos capítulos, nos narra de modo casi lineal (salvando alguna que otra secuencia de flashback, especialmente al principio) la historia del ataque, centrándose en los supervivientes. No hay división en partes o actos narrativos, de manera que toda la historia queda secuenciada en una sola línea argumental, dividida en diferentes puntos de vista. Esto, durante más o menos la mitad de la novela, da un carácter casi coral a la historia: vemos distintos grupos de supervivientes, localizados en diferentes zonas de la ciudad que, bien por azar, bien por motivos más directos, convergen en un punto determinado.
Al tratarse de una estructuración prácticamente carente de elipsis y mantenerse en líneas argumentales relativamente paralelas (salvando aquellos momentos en que es necesario retrasar o avanzar la acción para solaparse con otros acontecimientos que tienen lugar a la vez), se puede decir que la mayor parte de lo narrado atiende a una línea temporal casi inamovible, salvando las mencionadas secuencias de flashback.

Tempo: El tratamiento del tiempo y el ritmo narrativo está desarrollado de una manera paralela a la estructura. Al no haber grandes divisiones en lo que es la narración, encontramos por tanto una unidad temporal bastante firme; la historia empieza in medias res, aunque no por ello se confunde al lector con lo que pasa: el lector es rápidamente informado acerca de la situación inicial (aunque no de las causas), de manera que las piezas quedan dispuestas en el tablero para que el resto tenga lugar; en otras palabras, se nos cuenta lo que sucede y ya sólo nos queda esperar cómo los supervivientes saldrán de esta.
La novela posee un ritmo narrativo bastante directo y deja poco lugar a concesiones o pausas digresivas. No dejan de suceder cosas en ningún momento, ya que en el momento en que un personaje consigue salvar el cuello en un momento dado, la narración nos lleva a otro que se encuentra en algún apuro. Esto hace que la lectura sea relativamente ágil y dé poco lugar a treguas. De esto se deduce, por contra, que carece de pausas digresivas que sirvan de contrapunto a la acción o que la ralenticen.

Escenario: Quizás uno de los puntales sobre los que se sostiene la novela y de los que podrían resultar más atractivos para el público; por la época en que fue escrita, no había muchos autores que se atreviesen a exponer este tipo de temáticas en suelo español. Desde mi punto de vista personal, es algo que nunca he entendido: para un autor resulta más fácil mostrar ambientes y escenarios que conoce... ¿y qué mejor que la propia patria de uno, donde vive? Además, las situaciones y personajes deberían resultar mucho más cercanas al lector. Y sin embargo, siempre parece haber una tendencia a verlo todo en Londres, Nueva York o Gotham, como lo "glamouroso"...
El hecho de que Los Caminantes, además de situarse en España, lo haga en mi ciudad natal tiene puntos extra para un paisano, que reconoce a la perfección todos los settings que nos muestra el autor: la ciudad deportiva de Carranque (uno de los escenarios principales), la estrecha Calle Beatas o el Santuario de la Victoria son sitios tan reconocibles que dudo mucho que ninguno de los locales haya pasado por allí aunque sea una vez en su vida.
Si tengo que verle a esto algo que me haga dudar, es el hecho de que, si bien alguien que vive en esta ciudad se orienta perfectamente ante las indicaciones (casi todas narradas a base de dar nombres de calles, plazas o algún otro emplazamiento urbano), no sé cómo se lo tomaría alguien que nunca ha visto esta ciudad. Carlos consigue solucionar un poco este asunto indicando distancias y orientando hacia el norte o el sur los lugares; a mí me sirve, pero yo vivo aquí. Me gustaría oír la opinión de alguien de fuera a este respecto.

Personajes: Como he mencionado un poco más arriba, la obra pasa más o menos la mitad de su extensión de un modo coral, mostrando los distintos grupos de supervivientes en cada capítulo. A excepción de Juan Aranda, que viene a ser un poco el protagonista de la novela, el resto de personajes entran en las características de lo que podría llamarse "novela de personaje colectivo": se nos muestra una especie de calidoscopio de personajes, cada uno con sus rasgos diferenciadores, y el resto se va definiendo en base a sus acciones.
Mi comentario personal al respecto es que me llamó mucho la atención un personaje llamado Sandra, casi al final de la historia. Menciono esto porque considero que es de los pocos personajes (no el único) del que se nos cuenta una historia completa, de principio a fin. En tan sólo un par de páginas, no más, se nos cuenta una biografía que hace que un personaje que acaba de aparecer tenga toda una vida. Paradójicamente, sus acciones no destacan demasiado, ya que muere de modo casi instantáneo. Yo habría preferido que la presentación del resto de personajes hubiese sido más como la de Sandra, puesto que ese tipo de narración me hace empatizar más con ellos; eché bastante en falta eso en otros personajes de mayor peso, como Dozer. De éstos, tan sólo Moses si me pareció desarrollado en esta línea (se nos cuenta una curiosa historia familiar en su primera aparición, que ayuda a identificarlo con bastante facilidad); el resto de personajes se van perfilando conforme avanza la historia.

Lenguaje y diálogos: He mencionado lo que creo que es un punto fuerte de la novela; ahora toca un punto débil.
El lenguaje aquí tiene un factor positivo y otro negativo; lo positivo es que es sencillo, directo y carente de artificios, lo que hace que la lectura sea ágil, rápida y entretenida.
El punto negativo recae en la parte de los diálogos, donde el lenguaje vulgar (pienso que resulta una influencia directa de Stephen King, al que me ha recordado en muchísimos puntos) es tan abundante que llega un momento en que me ha costado reconocerlo como creíble. Para ilustrarlo, pongo el caso de una línea, que me permito citar. Tiene lugar al principio, en la playa. En el momento en que uno de los primeros resucitados ataca, tenemos comentarios como:

- ¿Qué cojones ha pasado- bramó uno de los hombres mientras se movía erráticamente de un lado para otro- ¡¿Qué cojones de mierda ha pasado?!

Tengo que decir que a mí el lenguaje vulgar no me ofende en lo más mínimo; de hecho, yo mismo soy la vulgaridad personificada a la hora de hablar. Sin embargo, la reiteración constante y expresiones como la de arriba (espectacular, pero que no he oído jamás decir a nadie, por límite que sea la situación) hacen que me distancie un poco de los personajes en cuanto a credibilidad: los diálogos, por lo general, suelen representar la personalidad de un personaje. Si todos hablan igual, este reflejo psicológico resulta demasiado "uniforme". Tan sólo algunos personajes, como Juan Aranda, Isabel y (muy especialmente) el Padre Isidro consiguen paliar un poco este efecto; sin embargo, creo que es un asunto que podría pulirse un poco, desde mi punto de vista.
Esto, por supuesto, es mi opinión personal, y entenderé que muchos no lo veáis así.

Estilo: Este punto es un poco el resumen de algunos de los apartados previamente mencionados; Carlos no se entretiene con larguísimas metáforas ni con descripciones barrocas, sino que opta por centrarse en lo que sucede. En lo que se ve y lo que se oye. Abundan las frases cortas y las descripciones sencillas, sin entretenerse demasiado en detalles menores. Parece sentirse muy cómodo narrando la angustia de los supervivientes por seguir vivos un día más (esto se ve sobre todo al principio, con las escenas de la huida del centro de la ciudad) o en la lucha contra los muertos vivientes. Sin embargo, es al final cuando se van encontrando frases algo más poéticas, como "Isabel suspiró, observando cómo las nubes evolucionaban ante sus ojos. La luz cambiaba poco a poco, arrancando destellos brillantes a las formaciones más altas mientras que la oscuridad caía lentamente sobre el campamento". Esta evolución estilística me hace pensar que, conforme va avanzando en la narración, el autor empieza a sentirse más cómodo con las descripciones y añadiendo elementos de este tipo al discurso.
También destacan algunas referencias intertextuales, que aparecen salpicadas por aquí y por allá. La mitad de éstas suelen ser referentes a la cultura popular; otras, de la Biblia, como Apocalipsis 11:17. Como es de esperar, las citas bíblicas corresponden al Padre Isidro. El resto, bien al narrador, bien a algún otro personaje.

Temáticas y otros elementos narrativos: Más allá de la temática de la invasión zombi, se nos van mencionando algunos otros detalles que aportan color a la historia, como el hecho de la explicación del virus (que, desde mi punto de vista, me resultó la escena más interesante de toda la novela casi con diferencia) y algunas otras, como poco, curiosas.
Como anglista, me llamó mucho la atención la escena en que se explica la etimología de la palabra cadáver. No la conocía, así que me fío de lo que me dice el autor: esto proviene de caro data vermibus, "carne dada a los gusanos" (referencia a Lovecraft añadida por medio, dicho sea de paso). Más adelante, uno de los personajes comenta que la misma palabra aparece en inglés y en alemán. Lejos de emitir juicio de valor alguno, me remitiré a mi propia experiencia con el inglés y diré que, hasta la fecha, no he visto cadaver en inglés como tal; la palabra en inglés más frecuente para esto es corpse, proveniente también del latín corpus. Sin referencias gusaniles, simplemente significa "cuerpo". De hecho, otra palabra común para referirse a un cadáver es simplemente "body", que podría ser su cognado más directo. Sin embargo, con esto no tengo intención de contradecir nada; simplemente menciono aquí mi propia experiencia.

Otra temática interesante que se menciona es la del fanatismo que se destila del Padre Isidro y la posible incógnita durante la mayor parte de la novela acerca de que estemos presenciando una pandemia o, en efecto, el Apocalipsis. Sin ánimo de hacer comentario alguno hacia la Iglesia Católica (no procede aquí), resulta bastante interesante el hecho de que, para variar, el inmune al virus zombi no sea la típica niñita de encantadores ojos azules o el intelectual de raza negra. No, aquí la supuesta cura al virus se encuentra por parte de alguien que ha perdido el juicio. Alguien que, imbuido por una especie de dispensa moral a causa de esa inmunidad, se permite el lujo de traicionar a su propia especie y que, por tanto, es a todas luces una amenaza para todo bicho viviente, literalmente hablando.
Esto genera bastante conflicto para los supervivientes, que quizás se ven en su primer gran dilema desde que están reunidos: ¿acabar con esa amenaza o capturarla para su propio beneficio, pese al riesgo que ello supone? Juan Aranda, proclamado líder espiritual del grupo de Carranque, se ve forzado a elegir. Y esas decisiones no son fáciles, pues sabe que pueden costar vidas. Y, tal y como está la situación, ni que decir tiene que cada vida es valiosa.

En cuanto al concepto del zombi en sí, Carlos opta por el zombi reanimado, más cercano al remake de El Día de los Muertos que a versiones más "clásicas", como La Noche de los Muertos Vivientes. Así pues, tenemos que el virus se propaga por el aire, lo que implica que cualquier persona, haya sido mordida o no, está expuesta al patógeno y a convertirse en un zombi en el mismo momento de su muerte. Esta posible referencia se ve también en el momento en que encontramos que alguno de los muertos vivientes logra empuñar un arma, ya casi finalizando la novela (esto se veía también en esta película, lo que me lleva a pensar en una posible influencia).
Encontramos también alguna variante a esta tónica general, más similar a lo que vimos en el genial remake de El Amanecer de los Muertos, en detalles como ver a una subespecie de zombis que corren como galgos. Este concepto de infectados que presentan síntomas diversos a lo que parece ser una pandemia global hace que las posibilidades de reacción de éstos, así como las situaciones que se produzcan, vean ampliado su espectro.
Por otra parte, el autor no abandona conceptos clásicos, como el hecho de eliminar a los muertos a base de dispararles o golpearles en la cabeza.

Valoración: En mi opinión, creo que todos estos argumentos (tanto positivos como negativos) respaldan el hecho de que el autor no ha querido contarnos el sentido de la vida ni revolucionar la literatura con una novela como Los Caminantes.
Si tengo que ser honesto, dudo mucho que eso sea estrictamente necesario en todo libro que se publique en el mercado; que a mí me gusten cosas que tengan un trasfondo, digamos, más "profundo" en ningún momento me incapacita para reconocer que la lectura de "palomitas" o, en palabras del propio Carlos "para leer en la piscina" sea una lectura de segunda clase ni mucho menos. No, teniendo en cuenta que si existen públicos muy diversos, se entiende que haya libros muy diversos también. Por eso, tampoco creo que estemos ante una lectura que desmerezca al lector ni que incurra en estafas argumenales, ni nada por el estilo. Por tanto, diría que cumple al 100% el objetivo que se planteó inicialmente; además, el hecho de que esta novela no se parezca mucho a lo que yo leo normalmente no debe suponer influencia en mi análisis en absoluto. Sería muy deshonesto por mi parte.


Sin embargo, también hay que decir que no estamos, tal y como he leído por ahí, ante una obra maestra, ni mucho menos. Yo prefiero no caer en la exageración y ver las cosas en lo que opino que es su justa medida, amigos Distópicos: lo que tenemos aquí es una ópera prima, que no es en absoluto lo mismo; Los Caminantes es la primera incursión de un escritor que, según comenta, no había escrito nada hasta la fecha y que (ahí lo llevas) entra escribiendo una novela.
¿Qué quiere decir eso? Que lo que tenemos aquí es un primer ejercicio correcto (ni terrible ni sobresaliente, sino digno, lo cual creo que es un buen punto de partida), con muchos detalles que se pueden pulir (véanse palabras repetidas, por ejemplo... y aquí hablo por experiencia propia, porque ese es un fallo que yo mismo tengo y que algún día de estos conseguiré quitarme de encima)... pero me gustaría que esto no se interpretase como un ataque o una crítica, ni mucho menos; de hecho, sostengo la creencia de que, con la experiencia, este estilo aún primerizo se asentará y madurará, como debe ser. No en vano, Carlos me comentó que él mismo había notado una tremenda evolución en sus siguientes novelas: Necrópolis y Hades Nebula.
Si alguno de ellos cae en mis manos, os lo haré saber.

viernes, 20 de enero de 2012

Escupiendo Rabia- Protección virtual y desprotegidos reales



Menudo cipote se ha montao, amigos.
Está uno zampándose la merienda cuando le empiezan a hablar del asalto a Megaupload. Así, por la cara. Que por lo visto han resucitado a Elliot Ness y les ha faltado liarse a tiros, metralleta Thompson en mano, reventando terroristas y demás indeseables.

Dicen que es para salvaguardar la cultura.
Para proteger al autor de esos seres infames y despreciables que son los piratas.
Y nosotros, como ovejitas obedientes, nos lo tenemos que creer.
Por cojones.

¿Queréis que hablemos de quiénes atentan realmente contra la industria del arte y cómo? Pues vamos a hablar, porque de eso uno ha ido pillando información en los últimos añitos y se ha enterado de cosas de las de mear y no echar gota. Porque el pirata puede ser muy malo malísimo, pero no es ni mucho menos el cabrón más gordo en esta historia; tan sólo es al que mejor se ve.
A lo largo de este post iréis viendo anécdotas, opiniones y casos expuestos por gente a la que conozco o de la que he oído hablar; puede que muchos os sintáis identificados. Es incluso posible que hable de vosotros. Libres sois de comentarme lo que queráis al respecto.

Vamos a hablar un poco de ese concepto hipócrita que es proteger al autor y toda esa parafernalia demagógica que se ha montado al respecto. De lo que es pedir para Dios y no dar ni para Cristo.
Si queremos hablar de gente que se mea sobre el autor (me centraré un poco más en la literatura por ser mi faceta más actual, pero también tocaré lo que es la música, mundo que no es del todo ajeno para mí), vamos a hablar en primer lugar del concepto de los royalties.


No, no. He dicho "Royalties".

El royalty, para entendernos, viene a ser un porcentaje de lo que un autor se lleva por cada venta de su obra. Pongamos que, de los veinte pavos que se gasta un lector en un libro o en un disco, un tanto por ciento va para la productora/editorial; otro tanto por cierto para la distribuidora, otro tanto para el vendedor y el resto va para el autor. Si decimos que el porcentaje, para la persona que hace mover la industria es de un cuatro por ciento, ya estamos exagerando: un músico no ve más de un euro por cada venta, y todavía puede decir que tiene suerte, porque a diferencia de él, el escritor no tiene ningún plus por los conciertos en directo (no nos engañemos, el músico ve la pasta ahí, no de los discos).
Resumiendo, es como si tu tienes un burro que acciona un molino y lo matas de hambre. Pero como hay mil  burritos más a los que echar mano, da exactamente igual.
Y me pregunto yo dónde coño están las supuestas asociaciones que protegen al autor para acabar con esto.

Pero tranquilos, que esto no es todo. He hablado de un porcentaje irrisorio, ¿verdad? Pues entonces preparaos, porque aquí es donde llega el punto de lo miserable. De lo vergonzoso. Me refiero, claro está, a esos productores/editores que se creen que el artista vive por amor al arte y se "olvida" de pagarle. Y no son ni dos ni tres, sino MUCHAS. Si no cada mes, cada dos meses, me llega la noticia de alguien a quien su editorial le ha dejado en la estacada, debiéndole una pasta por las ventas. Editoriales que falsean las ventas reales para pagar menos dinero a sus autores. Editoriales que, en el colmo de la desfachatez, no sólo no pagan al autor, sino que encima quieren parte de los beneficios de taquilla cuando su novela es llevada al cine.
Y a estos autores, ¿quiénes los protege?

Pero esperad, que no he terminado aún: podemos empezar a hablar de otra gañanería, consistente en el uso a discreción de la imagen, la pesadilla de los ilustradores. Esto consiste en coger y apropiarse de una fotografía o ilustración (sin permiso del artista) y emplearla para los fines que al distribuidor/editor le salga de las gónadas. Sin que los beneficios por el uso de esa imagen recaigan JAMÁS en la persona que ha sido responsable de esos ingresos.


"Tío, tío, tío, yo hice ese dibujo de Emma Frost"
"Pues te ha quedado de puta madre"
"Hombre, lo que sí habría quedado de puta madre es que, de cada camiseta vendida, hubiese visto una parte, que para eso me pegué dibujando hasta las tres de la mañana"

Si queréis, puedo hablar de otra bastardez, consistente en esos seres que se dedican a buscar todo manuscrito que no haya sido debidamente registrado para adueñarse de él y publicarlo como propio. No en vano, a todo escritor novel le advierten que SIN EXCEPCIÓN registren sus obras a la hora de enviarlas a una editorial porque NO son de fiar.
Y todavía no he oído de nadie a quien hayan denunciado estos supuestos organismos que deberían defender al artista para poner fin a estos atropellos.

Puedo hablar, si os parece bien, de esos organismos oficiales que organizan rondas de conciertos sin ton ni son, prometiendo el oro y el moro, que supuestamente van a proyectar a los artistas y no pasan de ferias de pueblo. Que oiga, son de lo más respetable, pero eso no es en caso alguno una proyección artística ni de lejos: eso es como decir que vas a proyectar como vendedor en unos grandes almacenes y te ponen de azafato. Digno, pero en caso alguno una mejora.

Otros seres son más sibilinos, son de los que prometen grabaciones de la puta hostia y, si no te dejan tirado con una maqueta o disco a medio montar, directamente te aburren en un estudio. Hay casos donde la misma productora "secuestra" al autor, con contratos abusivos donde no pueden firmar con ningún otro sello; entretanto, los estudios de grabación se centran en el primero que llegue después, provocando el hastío del artista, que ni puede grabar su disco con ellos ni con nadie. Preguntadle a Terence Trent D'Arby.


Terence ahora se hace llamar Sananda Maitreya, tras haberse pegado (creo que fueron) CINCO años secuestrado por una multinacional discográfica, que posponía continuamente la grabación de su disco e impidiéndole rescindir su contrato para que pudiese grabar con otra parte.
Puede que a lo mejor su música no os guste demasiado, pero poneos en su lugar y preguntaos si un autor se merece esto.

¿Y dónde están aquí las asociaciones que protegen al autor, me lo puede decir alguien?

O, para hablar de contratos abusivos, esas editoriales que te dicen que eres lo mejor desde Shakespeare y luego en sus contratos ves que te imponen claúsulas en las que poco menos que tienes que pagar parte de los gastos de producción o lo que no se venda de la primera tirada. Es decir, hacer participar por huevos al autor en el asunto de gestión económica de la venta de un libro (sin que este tenga opción a negarse una vez firmado el contrato) o, más infame aún, que éste tenga que promocionar su propio libro porque la editorial en sí ni siquiera se molesta en vender el producto.
Autor, socio capitalista y vendedor por el módico precio de un euro por libro... si es que te pagan.

En serio, yo sigo sin ver por aquí a esas respetabilísimas asocaciones y organismos en pro del autor. Tampoco veo a ningún Ministerio Estatal partirse el pecho por la cultura, pese a lo que nos intentan vender.
Ubi sunt?, que diría Jorge Manrique.

Pero no empecemos a chillar todavía, que estas empresas no sólo se aprovechan del autor. El público, en una ingente medida de ocasiones, también es engañado, vejado y encima humillado.
Pensad en la de veces que habéis comprado una película que os ha costado quince o veinte pavos.
Pensad en la cara de gilipollas que se os queda cuando, TRES meses después (o seis, o un año, eso no es tiempo), os sacan la edición especial, con chorrocientos extras y mil escenas cortadas en el cine. ¿Eso no es una estafa? ¿No es un robo?


Por ejemplo, el segundo álbum de estos señores. Aquí tenéis la primera edición del disco.

Aquí, una segunda.

E incluso una tercera. De la anterior no puedo hablar mucho, pero recuerdo ésta última y no había pasado más de un año del lanzamiento de la primera edición cuando pusieron esto a la venta.
Y NO. Estas cosas JAMÁS son improvisadas, sino que están planificadas más de un año antes.

Lo mismo lo hacen con los discos, cuando íbamos en aquella época tan alegre a gastarnos parte de la paga en un álbum que llevaba unos mesecitos en el mercado y, a nada de tiempo, te sacaban esa edición especial, MÁS barata y con un disco extra. Y con los libros, cuando en menos de un año, te das cuenta de que esa novedad tan rabiosa se lanza en edición de bolsillo o en saldo, viendo su precio reducido a la mitad o menos. Los cómics tampoco se quedan atrás. Hace ya bastante tiempo escribí en este blog acerca de la política tocapelotas de cierta editorial, que lanza primero sus colecciones en tomos baratos, para luego sacar un tomo recopilatorio que, en conjunto, no sólo tiene mucha más calidad, sino que es mucho más económico que la edición anterior.
¿Pensáis que la empresa está perdiendo dinero al hacer esto? En absoluto, amigos Distópicos: simplemente no gana tanto como al principio, pero le sigue sacando una burrada.

Las películas de cine tampoco se quedan atrás, cuando te anuncian a bombo y platillo que el último estreno aparecerá en salas 3D y te das cuenta de que la película NO ha sido rodada en 3D, lo que lo convierte en un auténtico engañabobos que te clava diez euros por la puta cara. No me voy a molestar siquiera en hablar de vulneración de derechos de autor con esa bazofia artística que los amigos del otro lado del Atlántico se han sacado de la punta del cipote, consistente en coger cualquier cosa y convertirla en un refrito, remake, precuela o puta fotocopia. De eso ya hablé en su momento y ya quedó bastante claro. Tan sólo decir que, para mearse sobre una obra previa convirtiéndola en una majadería políticamente correcta donde priman el 3D y las actuaciones de saldo aquí nadie parece protestar ni alzar la mano por lo que es un autor. Ni siquiera por el hecho de que los mismos guionistas parezcan provenir de una fábrica de plagiadores de ideas extranjeras o previas.
Eso NO es un delito, porque ha habido pasta por medio.


Espabilemos: esta peli, por poner un ejemplo, fue rodada años antes de que se usase la tecnología 3D. Además, a diferencia de otras películas de animación, donde ésta es digital y se usa un falso 3D ( es decir, no está rodada con la cámara doble para crear la sensación tridimensional... aunque todavía podría dar el pego al ponerse las gafitas), es 2D, de manera que vamos a pagar 10 pavos por ver una película que no está diseñada para este formato.
Si esto no es quedarse con el público, a mí que me lo expliquen.

¿Queréis saber dónde se encuentran, pues, todas esas organizaciones tan honorables?
Os lo diré:
Contando la pasta que pagamos cada vez que compramos un puto disco virgen o un pen-drive. No importa que sea para salvar nuestras maquetas o nuestros manuscritos. Gracias a estos señores que velan por los autores (yo soy autor y a mí no me han dicho nada, qué curioso... y si alguien tiene alguna duda que se vaya al Registro de la Propiedad Intelectual y pregunte) somos considerados culpables de antemano, sin derecho a presunción de inocencia y se nos cobra por proteger nuestras propias obras (WTF???)
Y nos lo tenemos que comer.

Esta gente a lo que se está dedicando es a emplar tácticas Orwellianas de vigilancia extrema, consistentes en cosas tan nobles como infiltrarse en bodas o en peluquerías y sangrar al personal. No importa que se trate de plataformas de retransmisión pública (como es una radio o una televisión). Aquí se trata de sacar pasta... de sangrar al consumidor hasta que no pueda más. Hasta que la cultura se convierta en un lujo al alcance de aquellos a los que a éstos señores les salga de las pelotas. Y como en este ajo está metido hasta el Tato, los gobiernos agachan la cabeza y ponen la mano bajo cuerda. Porque es una olla muy rica de la que comer. De ahí que aquellos, que en su día pusieron el grito en el cielo contra cierta cineasta metida a política (y que, de paso, se convirtió en una vergüenza para su profesión y en una traidora de cuidado a su especie artística), ahora se bajen los pantalones y aprueben leyes del mismo palo. Con otro nombre, con alguna variante, pero la misma mierda, al fin y al cabo.
Collares distintos, los mismos perros.
Y luego me venís diciendo que no es lo mismo un partido que otro. Perdonad si no me lo creo, pero este tipo de cosas me demuestra justo lo contrario.



Pero vamos más allá.
Olvidémonos por un momento de la pasta.
Olvidémonos del negocio que supone sangrar a la gente por escuchar música o leer un libro, actividades tan deleznables y tan demodé que hay que poner un impuesto de lujo para ello.
Centrémonos en otro beneficio, más suculento, más tentador y, por supuesto, mucho más peligroso.
Pensad en el enemigo en la sombra que supone El Pirata. Ese ser maligno que amenaza con destruir la estabilidad y la paz mundial, que destruye la economía con pulsar un botón.
Pensad en la figura del terrorista hace diez años y comparad una con otra.
¿Soy el único en ver similitudes?

Cuando cayeron las Torres Gemelas, el mundo dio un paso de gigante hacia la distopía. En el momento en que el gobierno estadounidense admitió abiertamente que falsearía la información si era necesario, con tal de perseguir sus intereses; el día en que el Reino Unido dijo, tras los atentados del siete de Julio de Londres, que a partir de entonces, registraría los correos electrónicos de los súbditos británicos con tal de salvaguardar la seguridad nacional, en esas fechas nos dimos cuenta de que nuestro mundo hubo cambiado hacia un Nuevo Orden Mundial. Un statu quo basado precisamente en la vigilancia constante del individuo, no se vaya a desmandar. Y el individuo, intoxicado por el miedo a una Amenaza (terroristas, piratas, vendedores de muñecas hinchables, lo que sea), poco a poco empezará a aceptar que necesitan un Gran Hermano que les vigile. Esperarán al momento en que digamos "No tengo nada que ocultar, así que a mí pueden registrarme lo que quieran".


Perro policía busca material ilegal alojado en el cuerpo de una turista.

Hoy en día se están cerrando webs y se están aprobando legislaciones que impidan la libertad de prensa y expresión en la red. Hace cosa de unos meses, en nuestro país, estandarte de las libertades y la democracia, resulta que se planteó una ley que regulase los contenidos en televisión, lo que atenta contra nuestros principios básicos. Salió mal y al final aquello no salió adelante pero... ¿qué habría pasado si no hubiese sido así? Es más, ¿quién dice que eso no se está haciendo ya de modo oculto?
Yo no voy a decir ni que sí ni que no. Simplemente me limitaré a decir que aquí no me sorprendería ya de nada.

Vigilancia.
Manipulación de prensa.
Miedo.

Pero ojo, no vayamos a pensar que nosotros somos unos pobres corderitos inocentes. Ya sabéis que este blog no rinde vasallaje a nadie, ni tiene amiguitos a los que lamerles el culo, o mirar para otro lado cuando éstos la cagan. Nosotros, los de abajo, también tenemos lo nuestro.
¿Por qué?
Por nuestra actitud. Allá vamos:
Vale que hayan abusado de nosotros, cobrándonos más del 200% del gasto de producción por un producto. Vale que nos hayan estafado una y mil veces con películas, libros y discos cuya calidad está muy por debajo del precio que hemos pagado por ellos. Vale que somos los que nos llevamos la peor parte.
Pero en esto de la piratería, no existen los inocentes: si no, miraos. Mirad a la gente a la que conocéis, escuchad al personal en el autobús, el metro, en la cola del súper.
Nos comportamos como si el gobierno, el sistema o la sociedad misma nos lo debiese todo.
Un tío estafa a la Seguridad Social. Otro cobra el desempleo mientras trabaja. Otro incluso manga en el súper. Nuestra respuesta es: "Más me roban a mí los políticos".
Vemos un funcionario que está saturado porque hay poca gente cubriendo su puesto y una cantidad de demanda y nuestras amables palabras con el trabajador del Estado (sea bueno o malo, que hay de todo) son: "Yo te estoy pagando tu sueldo". Y si estamos en el paro, fíjese usted, que NUNCA nos preguntamos quién nos paga el subsidio.
Pues igual es ese funcionario al que has escupido en la cara el que lo ha hecho, ¿no lo has pensado?

Con actitudes así, no es de extrañar que haya gente que piratee películas, no como protesta por el precio abusivo o, como apuntan algunos amigos, para encontrar material que a las distribuidoras no se les pone en sus santos cojones de traer a España. Muchos, muchísimos, son de decir "Aunque costase un euro, prefiero pagar cero euros, que sigue siendo más barato".
Y luego, cuando señoras como Lucía Etxeberría se quejan contra el daño que hace la piratería en ciertos sectores (ya hablé de esto en un post anterior, con todos sus pros y contras, que ella también se llevó sus tirones de orejas), ¿qué hacemos?
Lapidación.
Escarnio.
Fusilamiento.
Mofa.
Me pregunto qué se habría dicho si el que hubiese amenazado con retirarse hubiese sido algún otro escritor más popular. Igual la acogida no habría sido la misma...


"¡Di tus últimas palabras, indeseable!
Bueno, mejor no digas nada... total, digas lo que digas te vamos a disparar igual..."

Más pruebas de actitudes vergonzosas por parte del público o por parte de los propios autores (como digo, aquí TODOS nos llevamos nuestra ración de hostias) ha sido cuando he visto que alguien ha denunciado públicamente a su editorial/discográfica diciendo que no les han pagado. Nosotros, esa raza tan curiosa de seres, pudiendo sentirnos solidarizados con un compañero (nos caiga mejor o peor) que podríamos ser nosotros la próxima vez, ¿a qué nos dedicamos? A coger y a defender a esa empresa por lo bien que lo han hecho. Porque a nosotros todavía no nos la han metido por el culo.
Y cuando lo hagan, lloraremos, que es lo nuestro.

Hablándolo con un compañero de fatigas y reciente amigo en este extraño mundo que es el de los garabatos y las palabras rimbombantes, resulta que ahora la moda es la pataleta popular. Parece ser que, frente a la opresión de las grandes empresas, que se ríen de nosotros cosa mala, se está organizando un frente reaccionario donde impera la tiranía del que más chilla. Del que más amiguitos tiene detrás jaleándole. De aquellos que se creen que, berreando, llorando y cagándose en la puta madre que parió a Fulanito tienen automáticamente la razón.
Pues, damas y caballeros, precisamente ese tipo de cositas son las que, igual no justifican que ahora nos vigilen hasta cuando vayamos a cagar... pero si hacemos examen de conciencia, igual nos damos cuenta de que, con ellas, les hemos dado razones para hacerlo.
Nos han dado diez metros de soga y nos estamos ahorcando con ella.

lunes, 16 de enero de 2012

Escupiendo Rabia- Orgullo y prejuicios



Pues mire usted por donde que me fui este fin de semana a tomarme unos chatos con unos cuantos amigos y, mire usted por donde, que surgieron conversaciones (como sólo puede pasar en contextos cimentados por jugo de uva fermentado) de lo más interesantes.
Cuestiones que te hacen plantearte qué coño es eso de la naturaleza humana y la clase de fulanos que estamos hechos.

No, no es que nos pusiéramos intelectuales, ni mucho menos. Estas cuestiones tan profundas surgen precisamente a raíz de conversaciones mucho más banales y en contextos de confianza y comodidad con la gente que te rodea.
Y son la clase de cosas que inspiran la escritura de posts como el de hoy.

En otras ocasiones, ya he hablado sobre el tema del arte y del bocachanclismo que nos rodea. Ojo, no hablo de ejercer una crítica fundada acerca de lo que uno considera que está sobrevalorado o de lo que directamente le parece un truño (que de esto no nos libramos ninguno, y no tenéis más que ver la sección "Mis Truños Favoritos", en este mismo blog, para verlo).
A lo que me refiero es a la crítica de tercera regional, al prejuicio gratuito hacia cosas que, bien se conocen sólo a medias o de oidas, o directamente sin tener ni putísima idea de a quién se ataca.

En primer lugar, habría que decir que el mundo del arte, en todas sus facetas (en contra de la creencia popular), no es en absoluto distinto a cualquier otro ámbito: los artistas siguen siendo humanos y, como humanos, pueden ser desde bellísimas personas hasta una pandilla de cretinos que no saben ni donde tienen la cara. Olvidaos de eso de la apertura de mentes y demás, que esto es como todo.
Por tanto, si bien podemos encontrar gente que cree en lo que hace o gente que cumple con ese concepto previo de "artista de mentalidad renacentista, dispuesto a aprender de todo lo que se le pone por delante, sin prejuicios ni trabas", tenemos también mucha víctima del movimiento. En este mundo, amiguitos, hay mucho que enarbola su bandera de "rebelde", "cultureta" o "revolucionario del género" que, si no resulta muy inocente a veces, cuando se pone a abrir la boca del vecino puede llegar a resultar directamente insoportable.


Aquí, los listos de los Manowar, que se han pegado media vida diciendo que todo lo que no sea Heavy Metal (de hecho, ellos se consideran la única banda de "auténtico metal", sea eso lo que sea) es mierda y mariconadas.
Con fotos como esta y habiendo escuchado algún disco de ellos, omitiré mis opiniones personales al respecto.
Baste decir que ellos han inspirado a legiones enteras de chavales que se han creído eso y que van por ahí mirando con asco a todo aquel que no vaya por la vida haciendo los cuernos.

El caso de la tertulia que mantuve con mis amigos este fin de semana no tiene directamente que ver con el mundo de la escritura; sin embargo, me parece que se puede aplicar a cualquier contexto. Incluso si lo sacamos del arte, puede que veamos similitudes con nuestras propias vidas.
Todo es analizar las cosas.
También es posible que no veáis un carajo.

Pero volvamos al tema: resulta que aquí salió, de modo tangencial y bastante sutil el concepto de lo que es un estilo artístico más comercial y el tema "contracorriente". Ambos términos, que bien podrían ser complementarios, hoy en día parecen estar contrapuestos y polarizados, como todo en esta puta sociedad de asco:
Eres de derechas o de izquierdas.
Monárquico o republicano.
Del Madrid o del Barça.
Comercial o independiente.

Lo más curioso del asunto es que, un servidor no suele ser muy amigo del mundo mainstream (puede que algún Mentalista aficionado diga que es porque me gusta llevar la contra; yo, que aunque no tengo por qué justificar mis gustos personales y nadie debería tener por qué hacerlo, diré que sencillamente lo mainstream no coincide con lo que me gusta a mí. Ni mejor ni peor. Y si coincidiera al 100%, no se me caerían los anillos al reconocerlo. Punto pelota); sin embargo, resulta acojonante ver cómo esos "defensores a ultranza de las minorías" tratan con un desprecio total y absoluto aquellas facetas artísticas que están única y exclusivamente orientadas a un gran público.
Por sistema.
Por cojones, además.


"¡Me pegaban de pequeño! ¡Se reían de mí! ¡Me llamaban friki!
Pues ahora, nada más que por eso, tengo pleno derecho a matarlos a todos. A ellos y a todas sus putas familias. ¡Se van a cagar!"

Debo reconocer, como he hecho mil veces, que no soy ni he sido jamás un fiel seguidor de fenómenos de masas. Ya visteis el "Escupiendo Rabia" anterior, donde todo esto queda más que claro; sin embargo, toca un poco la moral ver cómo esa misma gente, que argumenta razones culturales y una cojonudísima apertura de miras, carga en plan Brigada Ligera sobre facetas del Arte que no casan con su credo, simplemente por diferencias personales. Sin analizar detenidamente lo que están viendo, leyendo o escuchando.
Y esto lo hemos hecho todos.
Sin embargo, también creo en lo que es justo y lo que no. Y hay mucha, muchísima gente que no se merece ese trato. Eso es precisamente de lo que quiero hablaros hoy.

Pero bueno, aquí luego empleamos nuestros propios mecanismos de defensa para justificar nuestros juicios de valor; como dicen algunos, "para gustos, los colores"...
Y con eso ya tenemos carta blanca. No necesitamos más argumentos. Es bueno porque nos mola a nosotros y nos mola porque nos sale de las pelotas. Lo nuestro es lo que vale y lo demás es una puta mierda. Hemos dicho.
Y, llegados a ese punto de superioridad de criterio, con esa balanza moral apuntando erecta hacia el norte, es cuando continúa la siguiente fase de la carga: el desmérito y los ataques a escalas más rastreras.


"Ahora! Ahora! Ahora!"

Un artista puede ser comercial y no por ello su trabajo debe tener menos mérito. Es cierto que en el mundo mainstream hay muchísima mierda metida, porque se atiende a patrones de cantidad más que calidad para satisfacer una demanda (al fin y al cabo, esto es mercado, señores); el problema viene cuando se da por hecho de que todo lo que va orientado a un gran público, absolutamente todo, es mierda.
Eso es caer en una falacia tan grande como decir que todo lo que no va respaldado por una gran empresa es buenísimo. Y oiga, que entre los indies, los alternativos y todos esos grupúsculos de artistas, también hay de todo: hay genios, sí... pero también hay mucho mediocre y mucho cagamandurrias, y a esos nadie los pone a parir. Es más, ni les tosen.
Pongo el ejemplo de la llamada literatura "de género" donde, a causa de tal o cual moda, gente que no ha escrito ni la lista de la compra (y lo que es peor, ni ha leido nada más denso que el folleto del Lidl) se sube al carro de "lo que mola" para darse a conocer (lo que en épocas más antiguas se conocía como "advenedizos"). Mucha ilusión, muchas ganas... pero ahí queda el asunto. Y ojo, no quiero generalizar al 100%, puesto que se pueden dar casos de gente muy capaz... pero, al no haber un filtro severo de calidad artística en la recepción de obras (sino de cantidad, de temática o de volumen), podéis imaginaros la devaluación del tema.
Carnaza para uso y disfrute.
La ley de la oferta y la demanda llevada al extremo.
Y no es mainstream propiamente dicho (cuando lo sea, ya vendrán las cargas de fusileros por parte de gente que hoy en día está defendiendo el tema a capa y espada. Si no, esperad un tiempecillo y veréis).


"¿Quién, yo? ¡Pero si yo no dije nada!"

Hace algún tiempo expuse el caso del primer libro de la saga de Stieg Larsson que, lejos de parecerme tan cojonudamente revolucionario en eso de la novela detectivesca o negra (eso es lo que he venido oyendo), me pareció una novela correcta y más o menos bien elaborada. Con sus fallos, como todas, pero nada tan garrafal que convirtiese la obra en un despropósito; podía gustar más, podía gustar menos, pero objetivamente aprobaba. Al menos, le pegaba patadas en la boca (o en otras partes más dolorosas) a más de una y más de dos cosas de género que me he venido tragando.
Y era mainstream.

Es con ejemplos como este, donde llega la gran duda: una obra se convierte en mainstream o comercial en el momento en que, bien por una buena publicidad (generalmente el principal factor, pero no el único), bien por el boca a boca (algo que gracias a Internet se está convirtiendo en otro elemento importante), bien por una buena acogida de público y crítica (el tercer factor de peso). A partir de ahí, sucede una cosa curiosa: que aparecen detractores que miden la calidad de la obra en base a si lleva la etiquetita best seller o el sello Cadena Cuarenta o el Mickey de Disney.
Es en ese momento cuando se empieza a decir que eso es mierda. Que no vale.
Medir la calidad de algo por su número de ventas, como si eso fuese determinante. O, como he venido leyendo en las últimas semanas, basándose en los premios que tenga.
Eso, supongo, debe ser criterio.
Yo, personalmente, no lo veo, qué queréis que os diga.

Resulta particularmente gracioso que ese tipo de comentarios, en muchas ocasiones, provengan de los rebeldillos de turno que, estancados en un único género o tendencia, se suban al púlpito de su punto de vista y empiecen a repartir hostias contra cosas que ni han visto, ni han escuchado y, es más, les importa una puta mierda.
Amigos míos se han llevado mantas de hostias (muy finas y muy pocas en la cara) por cosas como esta, y se las han tenido que comer al enterarse, porque si dicen lo que piensan de todo eso, encima quedan como los malos de la película. Así, sin más. Porque en el momento en que intentas proyectar, evolucionar, hacer algo que no hacías antes (aunque sea comercial), ya te ponen la etiquetita y te miran regular (no mal, pero tampoco bien). Como si hubieses descendido en la escala evolutiva artística.
Oh, yeah, baby.

Y aquí es donde llegamos al descrédito que hacía mención un poco más arriba, antes de divagar durante varios párrafos: aquí es cuando se deja de tener en cuenta si ese escritor se ha documentado a lo bestia (véase Ken Follet con sus Pilares de la Tierra) o si ese músico se está partiendo los cuernos seis, siete u ocho horas diarias todos los putos días de la semana en un local para hacer una música bien hecha. Comercial, pero bien hecha.
Se llega a extremos que rozan la injuria, como en el hecho de insinuar que, si una escritora novel ha conseguido publicar con una gran editorial es porque es una experta en el noble arte de las felaciones hacia algún editor (según los últimos estudios, estamos más concienciados con eso de la igualdad de género... para mí seguimos siendo una puta panda de trogloditas a ese respecto); no hablemos con el tema de la música, donde todo bicho viviente que lleva una guitarra colgando del brazo ya tiene una fama de ser de follada rápida y fácil que ríete tú del equipo de animadoras de cualquier instituto yanki.


"Llevo leyendo clásicos desde que tenía trece años. Escribo poesía desde los dieciséis, toco el piano y hablo cuatro idiomas. Tengo un CV de nueve páginas. Gracias a una beca que me dieron en la Universidad tras haberme matado a estudiar durante años, opto a un puesto en una empresa importante.
Y por lo visto todo eso me lo han regalado porque tengo estas tetas".

Prejuicios y más prejuicios.
Irónico además el hecho de que la gente que emite esos dictámenes suele ser gente que, pese a no haber "vendido su estilo al sistema" (de verdad, me encanta esa frase) tienden a tener un nivel como músico que roza la mediocridad. La clase de artistas o artistillas que justifica sus constantes parches y petardeos con frases de magna categoría como "es que esto es mi estilo". La clase de cosas que me hacen recordar a cuando jugaba en el patio de mi colegio y un fulano, dueño del balón (y peor que la mayoría de los demás, lo cual era decir la hostia) imponía sus propias reglas.
"No se juega según mis reglas, no jugamos".
Supongo que es mucho más fácil escudarse en el orgullo personal antes que reconocer las carencias propias... y a esto, mucho me temo, hemos jugado todos en algún momento u otro de nuestras vidas.
Pero hay que reconocerlo.

Este tipo de cosas es propia de la raza humana, nos pongamos como nos pongamos. No creo que os esté contando ninguna novedad, ni que haya descubierto América con estas palabras; el objetivo de este "Escupiendo Rabia" de hoy se centra quizás en el hecho de que, si esto es duro, lo resulta aún más cuando ese tipo de comentarios provienen de gente que te ha rodeado. De antiguos compañeros de tertulias, de gente con la que has compartido escenario. Gente que ha estudiado o trabajado a tu lado y que, en el momento en que decides hacer algo que igual agrada a los demás (o igual no, quién sabe; el público es un mundo y no os imagináis la cantida de grupos de sonido "comercial" que hay por ahí que no han llegado a calar, a pesar de los mil estudios de mercado), ya te dice que es que te has vendido.


Nada, que por cojones hay que ir de Kurt Cobain por la vida... y eso que él también grabó con la MTV.

No, señor. En la industria, como decía un buen amigo, que entiende un poco de ese tema, no te vendes: te compran, que no es exactamente lo mismo. Es muy fácil echar la culpa al sistema, a lo que está arriba, de que no proyectas, de que no han apostado por ti. Nos encanta llorar a lo Fernandito (y que otro buen amigo mío, fan de este caballero, me perdone, pero viene al pelo) y decir que nadie ha apostado por nosotros. Que nos lo hemos comido todo solos. Que somos unos genios incomprendidos.
¿Habéis pensado alguna vez que es porque no llegáis a lo que se espera? ¿Que quizás vuestras horas de trabajo son insuficientes? ¿Que vuestras pretensiones no se corresponden con vuestras capacidades actuales? ¿Que podéis -y debéis- ser mejores de lo que sois? No sé vosotros, pero yo me lo planteo constantemente, y especialmente cada vez que me rechazan un manuscrito. Cada vez que releo mis propias historias. Porque sé que no voy a revolucionar nada. Porque tengo muy claro que ya está todo inventado; que no soy ningún genio, y que es perfectamente normal ser incomprendido porque tengo días en que no me comprendo ni yo.


Aquí, otro de esos que dice que es un genio incomprendido.

Y sin embargo, cuando gente que ha compartido penurias a mi lado, buscando editorial, o pringando en eso de cargar/descargar amplificadores, resulta que publica o que empieza a ganar concursos de maquetas... gente que sé de buena tinta que es mejor que yo, porque he leído lo que han escrito o he escuchado su música, qué queréis que os diga: yo no me siento con esa superioridad moral que muchos podéis pensar que tengo para decir nada. La circunstancia de que esa gente haya sido compañera mía se convierte en todo un agravante y, lejos de coger y lanzar comentarios ambiguos, hace que me sienta terriblemente orgulloso.

Al César lo que es del César.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Escupiendo Rabia: Inocencia interruptus



Estaba yo ayer despatarrado delante de la tele esperando a que terminasen los anuncios de una serie cuando me puse a hacer zapping.
Pues nada, otra manifestación de gente protestando, que en su derecho están. El lema: "Hemos perdido la inocencia".

No puedo estar menos de acuerdo en eso.

Sentirse triste no es perder la inocencia; tampoco lo es estar jodido. Digamos que son cosas que pueden ir de la mano, pero en caso alguno se implican mutuamente. Si queréis mi opinión, hoy en día somos más inocentes que nunca.
Si queréis saber por qué, seguid leyendo y os cuento.

1. Los buenos contra los malos:

La pérdida de inocencia no consiste en descubrir, de golpe y porrazo, que las cosas van mal. Ojalá fuera algo tan simple, pero no van por ahí los tiros: la inocencia que tenemos, como país, consiste en pensar que todavía existe una lucha del bien contra el mal. En creernos que, con un puñado de ideales, podemos conseguir lo que sea. Que en tres meses podemos salvar nuestro país y, ya puestos, contagiar el espíritu al resto de países y salvar el mundo.
Es bonito, pero no es más que un sueño. Tener sueños está bien, pero lo está mejor cuando uno es consciente del mundo que le rodea y tiene los pies en la tierra. Nadie nos impide soñar, de momento... pero no podemos convertirnos en víctimas de nuestros propios sueños. No debemos dejarnos arrastrar por unas ideas que, pueden ser maravillosas, pero que igual requieren tiempo. Mucho tiempo. O incluso que están muy por encima de nuestras limitaciones, como seres humanos.
"Nada es imposible".
"Yo, junto con unos amigos, salvé el mundo".
Fantasía adolescente.
Inocencia.


Os lo digo en serio: si todo fuese tan fácil habría pasado de la Universidad. Me habría matriculado en Hogwarts y habría planificado mi propia guerra contra Voldemort.

2. El idealismo. Ese concepto sobrevalorado:

Hablemos ahora de ideales. No nos confundamos, no es malo tener ideales o creencias... o al menos, no siempre. Pero ojo, eso no debería permitirnos sobrevalorar ese concepto. Tener un ideal no nos convierte en bellas personas, ni en sabios ni en nada por el estilo. Los ideales son como la gente: pueden ser buenos o pueden ser malos, así que el argumento de "yo tengo una idea" no es siempre algo digno de agradecer, porque igual nuestra idea es errónea... o igual es una idea muy mala.
Hitler tenía ideales.
Robespierre tenía ideales.
Un tío que se inmola en un mercado matando mujeres y niños inocentes tiene ideales.
Todos los mencionados creyeron que lo que estaban haciendo estaba bien, en aras de un bien mayor: matas a doscientos por salvar a miles. Luego querrás salvar a millones y matarás a miles. Luego querrás salvar a miles de millones y matarás a cientos de miles.
Los ideales, queridos Distópicos, no son estrictamente buenos. Son como las armas: en manos equivocadas pueden hacer mucho, mucho daño. Y además, son contagiosos.
Armas biológicas insertadas en nuestras cabezas.


Metáfora freak: Llega un señor como Magneto. Dice "hay que ver qué jodidos están los mutantes por culpa de los hombres". Decide aplastar a los hombres para así salvaguardar la paz de su pueblo...
Y se convierte en uno de los villanos más carismáticos.
Esto no es una crítica: no es más que un ejemplo que demuestra cómo somos.

3. Atribución de responsabilidad:

Para mí la inocencia está también en este punto. En pensar que, en momentos de desesperación, cualquier idea que desafíe lo establecido es buena. Cueste lo que cueste. Valga lo que valga. Sin responsabilidades.
Eso, amigos distópicos, es lo que me parece que nos convierte en seres totalmente inocentes: en pensar que, da igual lo que hagamos; que, en el momento en que creemos que lo que hacemos está bien, es como si nos envolviese un halo divino y celestial. Nuestros actos quedan justificados. Nuestra responsabilidad desaparece.
Y no lo digo por decir: ya os conté cuando estuve en las urnas y una señora, con mucha ilusión y muchas ganas, iba a votar al señor X, de un partido mayoritario... pero no sabía siquiera a qué partido pertenecía éste.

Nuestro país está forjado por la clase de gente que defiende una idea hasta las últimas consecuencias, pero sin saber qué coño está defendiendo. Somos los primeros en echarnos a la calle para pedir que nuestra democracia sea realmente representativa (lo cual está bien), pero al mismo tiempo nos vanagloriamos de nuestra ignorancia y lo que hacemos es pedir que nos arreglen el país, sin ser conscientes de que en un sistema realmente democrático, que el poder radique EN el pueblo implica que el pueblo tome las decisiones, y se responsabilice de sus errores.


Este año ya os puse el ejemplo de la excelente película La Ola. Gente que atribuye sus errores a otros y que, reconfortada en el ideal de pertenencia a un grupo, se siente superior.
No es en absoluto raro.

Que levante la mano el que se sienta identificado con esto.

Inocencia es, por ejemplo, cagarnos en el sistema bipartidista (lo cual es lógico) y luego dejar nuestro criterio en manos de la resistencia, sin preguntarnos (muchos de nosotros) siquiera quién mueve los hilos. Si todo cuanto se dice en esa resistencia está bien, o coincidimos con ello; nos cagamos en la gente que sigue ciegamente al PPSOE, pero en cuanto surge alguien que está en contra, muchos les seguimos con la misma ceguera. Lo mismo que justificábamos los actos de uno, justificamos los actos de otros.
No nos hacemos preguntas.
Obedecemos.

Pensad en ello:
Hitler fue elegido democráticamente.
Cromwell en su momento fue aclamado como un héroe.
Mientras Napoleón la liaba parda en Europa, provocando la muerte de muchísima gente, miles de personas le respaldaban porque "no era un tirano como los reyes".

Tiempos de crisis que hicieron que la gente depositara su fe ciega en los primeros que se alzasen en contra del poder establecido. Y luego, si no es lo que nosotros esperábamos o queríamos, la culpa es de ellos; no nuestra, por haberlos apoyado.
Pensemos en ello.

4. Con nosotros o contra nosotros:

Esto, por supuesto, no es un ataque a según qué colectivos; hace tiempo que me cansé de eso, porque luego parece que esperan que rindas vasallaje a gente que está en contra de lo que atacas.
Pues no.
Esto es un ataque contra nuestra forma de pensar. Contra el sentimiento de colmena que tenemos como especie. Contra esa puñetera manía que tenemos de coger y dejar que otros nos digan lo que hacer, lo que pensar, lo que creer.
Esto no es la Edad Media, amigos. Nadie nos obliga a agachar la cabeza ante un señor o grupo y darle la razón absolutamente en todo lo que diga. De hecho, no creo que sea ni sano.
Da la puñetera casualidad de que coincidir con alguien en algo no implica en caso alguno una defensa a ultranza; no implica no ver lo malo. No implica dar la razón en todo a alguien que no crees que la tiene.

Este es otro punto donde se ve la inocencia que nos cubre: en el concepto de crítica; hoy en día, cuando te dicen que puedes mejorar algo, lo interpretamos irremisiblemente como un ataque, lo sea o no. O estás con nosotros o contra nosotros. Entonces, entran la pasión y el discurso azorado. Y con esa desenfrenada pasión, a menudo los argumentos de ese discurso quedan empañados; la cosa se convierte en el "porque yo lo digo" o en el "tú eres malo", "estás equivocado", etcétera.
Todo se convierte en una cuestión de fe.
Nosotros frente a ellos.


"Tus ideas están menos de moda que las mías. Eres muy malo"

5. Conoce a tu enemigo:

Otra muestra de nuestra inocencia es cuando preguntas por ahí y ves que, después de siglos, seguimos viéndolo todo en términos polares. En España o eres de derechas o de izquierdas (o rojo o facha, dependiendo de lo atrasado que vivas históricamente a la hora de establecer diferencias políticas); o eres republicano o monárquico; o eres bipartidista o eres perroflauta; o eres del Madrid o del Barça.
No existe más muestra de inocencia que tener una visión tan limitada de las cosas. Pensar constantemente en etiquetas, y (lo que es mucho peor) medir a la gente en base a ellas.

Que necesitamos identificar las cosas es un hecho; de no ser así, no le pondríamos nombre a la mitad y haríamos como hacen muchas de nuestras madres, que las llamaríamos "eso" o "aquello". Pero, como digo, no podemos hacer un modo de vida de una simple idea. No a menos que queramos cegarnos por un único punto de vista y (horror de los horrores) veamos la realidad como algo limitado. Fragmentado. Tan subjetivo que flipas.
También estamos en la libertad de hacerlo, y tenemos el libre albedrío de sacrificar dicha libertad en aras de la comodidad; lo que sí resultaría hipócrita, por tanto, sería decir que los demás viven dormidos.
Buscad por ahí la Historia de los Siete Ciegos y el Elefante y entenderéis un poco lo que quiero decir. Si no, preguntadme y os la pondré encantado.

El problema está precisamente en eso: cuando nuestra visión limitada, según nuestro criterio, nos daría derecho a atacar a otros (a menudo físicamente, que también ha pasado en nuestra historia) o, (más recientemente) nos lleva a la división.
Hablamos de cambiar las cosas, cosa con la que muestro mi total apoyo... pero al mismo tiempo, a todo el que no lo comparte lo rechazamos. Le ponemos motes. Nos convertimos en matones de la clase y nos puteamos mutuamente.
Si queremos cambiar algo, quizás deberíamos empezar por cambiarnos a nosotros mismos y darnos cuenta de que así no podemos seguir.

Pero la raza humana necesita un enemigo. Alguien a quien lapidar. Alguien a quien odiar.
Eso es mucho más cómodo.


Claro que también es muy fácil decir que sólo los cristianos o la gente de derecha son intolerantes.
Y los demás no.
Claro que sí.

6. Amenazas fantasma:

También es mucho más fácil odiar a lo que se ve. A lo evidente, pero aquello que nos distrae de la raíz de los problemas.
Unos atacan la inmigración masiva, con argumentos tan alucinantes como decir que son un sinónimo de delincuencia (¿?); eso es lo fácil, en vez de pensar que quizás el problema radicaría en la superpoblación y en la falta de recursos... o bien en leyes que no están terminando de funcionar del todo bien.

Otros atacan sin piedad a los políticos, tachándolos de "nazis" cuando no ha salido el partido que les mola a ellos. No pensar en conceptos como "voto castigo" o "voto tradicional" es lo fácil; es muy fácil achacarle toda la culpa a la ley electoral (que ojo, tiene gran peso en el problema) como si fuera el ÚNICO factor que nos coloca en esta situación. Como si el pueblo llano, ese último y definitivo responsable de la maquinaria electoral (a menos que se demuestre un pucherazo, claro) no tuviese absolutamente nada que ver en el tema.
En los romances del siglo XIII, la culpa de todo mal a un caballero era un mago.
Aquí, ya lo vamos viendo.


"Lo confieso: yo soy el único responsable de todos y cada uno de vuestros problemas. Vosotros, unas pobres víctimas inocentes que no habéis roto un plato en vuestra puta vida".

Es muy fácil echar la culpa al político de turno que ha salido elegido (más o menos) democráticamente. Es muy fácil decir que sus políticas no molan (aunque igual respete las del gobierno anterior). Es muy fácil decir que es el Anticristo, la reencarnación de Hitler o el espíritu de Kurt Cobain, que vuelve a darnos la paliza con la guitarra.
Eso es mucho más fácil que pensar que los que están ahí arriba son gente a la que hemos puesto nosotros, y a su vez, son gente que responde a intereses superiores: nuestros políticos son lo que son gracias a los votos; los votos provienen, en gran parte, debido a un respaldo propagandístico BRUTAL (otros ejemplos de efectos de propaganda masiva de auténtica bazofia: que Stephenie Meyer sea best-seller); ese respaldo proviene en base a préstamos de la banca.
Tenemos entonces que los políticos responden más ante la banca que ante el pueblo, ¿no?
Pues no del todo.
A su vez, nuestros políticos responden ante Alemania. Sí, ese país que tanto nos encanta y que tiene montada una guerra encubierta en toda Europa. No una guerra con tanques o aviones, sino una guerra económica, donde una palabra de desconfianza hace hundir los mercados bursátiles; donde un rumor puede escoñar el comercio exterior.
Y aquí no acaba la cosa. Alemania responde ante los propios mercados. Los bancos de inversión, a causa de grandes crisis como esta, se convierten en auténticos especuladores que deciden quién conviene y quién no.
Pasaos por Italia. Pasaos por Grecia. Ahí ya tienen gente puesta a dedo, sin pasar por unas elecciones, que está gobernando estos países. Gente que, casualmente, trabaja para dichas agencias de especulación.
Y nosotros pensando en la derecha y la izquierda, en lo buenos buenísimos que son unos y lo malos malísimos que son otros, dependiendo de a quién votemos nosotros. Decidme si eso no es ser inocentes.


Personalmente, si tengo que inventarme un enemigo al que echarle la culpa de absolutamente todo, me quedo con este. Esa máscara de cara de mala leche mola.

Conclusiones inconclusas:

Si habéis entrado en este post esperando respuestas, mucho me temo que os vais a tener que quedar con las ganas. No creo que haya respuestas a estas cuestiones, porque estamos tratando de problemas que forman parte de cada individuo.
Para ser honestos, yo no creo en los movimientos de masas. No creo que una idea que se contagia como la pólvora sea necesariamente buena (de hecho, suelo dudarlo; a la Historia me remito), ni que la masa como entidad sea una criatura inteligente. No hablo aquí de individuos, donde hay de todo, sino de lo que es el rebaño, el grupo. El colectivo masivo. Ese que se deja influenciar y que actúa movido por una pasión irracional, sin reflexión ni razón.


Citando al gran Obi-Wan Kenobi: "¿Quién está más loco? ¿El loco o el loco que sigue al loco?"

Para ilustrar esto, me permito citar una frase que vi en una película, titulada El Cuervo, dirigida por Alex Proyas: "Un hombre tiene una idea; esa idea atrae a otros. Piensan igual. Esa idea crece y se convierte en una institución. ¿Cuál era la idea?"

Analizad cualquier fenómeno de masas. Cualquier disturbio. Esto es psicología social pura y dura: extraes a un individuo de uno de esos follones y, un par de horas después descubres que es incapaz de reconocerse a sí mismo. Que, si bien estaba saqueando o pegándole fuego a un contenedor (a menos que sea un auténtico sociópata), lo que le ha sucedido es que al verse inmerso en una turba ha visto diluidos sus límites morales. Se ha sentido con la total libertad de sacar la bestia que lleva dentro.
No es necesario que lleguemos a tanto, ni que nos pongamos a lanzar cócteles Molotov a la pasma, pero podemos pensar en la de veces que hemos creído que una idea es correcta y nos hemos sentido con carta blanca para actuar como nos dé la gana. En saltarnos las leyes. En pensar que provenimos de una Autoridad superior que nos lo permite.
Nos hemos creído mentiras y las hemos defendido hasta la última causa. Con pasión. Con vehemencia. Con rabia.
Con ira.
Hemos actuado creyendo que hemos tenido una idea, pero no hemos sabido quién mueve los hilos. Quién está detrás, orquestando todo cuanto sucede; dirigiéndonos en la sombra. Y no nos ha importado, porque creíamos que estábamos haciendo lo correcto.
Nos hemos convertido en cruzados.
En fanáticos.


"¡Adelante, chicos, que tenemos una causa! ¡AL ATAAAAQUEEEEERRRGGGHHH!"

No tengo respuestas, sólo lo que creo yo. Y, llegados a este punto, muchos pensaréis que no es gran cosa. Puede que penséis que vivo en mi propia Matrix, o simplemente que no tengo ni idea de nada. No os lo discuto, puesto que jamás me habréis oído decir que sea más listo o mejor que los demás; tan sólo os digo que prefiero cometer mis propios errores antes que los de otros. Si me equivoco (lo cual es más que probable), prefiero hacerlo yo antes de que nadie se equivoque por mí.

martes, 20 de diciembre de 2011

Escupiendo Rabia: La Política del Despelleje, Segunda Parte o El País de los Bocachanclas



Si sois seguidores de este blog, es probable que os hayais topado con un post en el que se denunciaba la costumbre que tenemos en este país de cargar contra lo primero que despunta tan sólo un poquito. Si no lo habéis leído, podéis encontrarlo en esta misma sección, o bien quedaros con el resumen que acabo de haceros en un par de líneas (sé que me enrollo mucho, pero al menos es fácil pillar mis ideas principales).

Y no puedo decir que la cosa haya mejorado mucho en cuestión de un año que hace que debí escribir aquello.
Si os digo ha empeorado.
A lo burro.

No contentos con el pataleo nacional que se produjo A LAS DOS HORAS de haberse proclamado el resultado de las elecciones, con gente que ya amenazaba con largarse del país por razones políticas (¿?), me sigo encontrando muestras de lo cabreado que está el personal. De las ganas que hay de arremeter contra el primero que abre la boca. Contra el primero que gana más que nosotros, el que es más famoso o el que se tira a tías más buenas que nosotros.
Y nos quedamos tan panchos.

La última ha sido una señorita conocida como Lucía Etxeberría, cuyo oficio es ser escritora. Debo confesar que yo no he leído ni un solo libro de ella (eso no me hace ni mejor ni peor persona, pero me gusta dejarlo claro para que nadie se piense que hago mis argumentos, críticas o defensas desde las filias o las fobias), pero me ha tocado particularmente los cojones el temita de marras que se ha producido por unas declaraciones que ha soltado en la Red del Pajarito (antes de que penséis en miembros viriles, os digo que me refiero a Twitter).

Va la colega y se pone a despotricar contra la piratería, denunciando (como muchos músicos hayan hecho en su día, llevándose su buena ración de hostias) un mercado en el que se descarga ilegalmente más de lo que se compra y defendiendo la tarea del escritor que no trabaja gratis. Que tiene facturas que pagar, que no le compensa escribir, que si tal que si cual.
Y en cuestión de unos días, empiezan a llegar mensajes de odio, insultos y demás lindezas en las que los españoles parecemos ser unos putos expertos.


"¿Pero qué ha pasaooooo?"
"Nada, que nos han ganado al futbolín"


Que yo no soy el máximo defensor de una Sociedad de Autores que ha impuesto cánones ilegales, pasándose por el forro la presunción de inocencia y se ha dedicado a implantar un estado cuasi policial a la hora de censurar y limitar el uso a la cultura no es ningún secreto. Pasaos por posts anteriores como el de La Señora de las Tijeras y tendréis pruebas fehacientes de ello.
Pero hay cosas que no puedo consentir.
Lo que no se puede consentir es que alguien que no vea beneficio a una labor a la que se dedica (sí, el arte puede ser un trabajo, le joda a quien le joda, y no es que se pueda... es que SE DEBE cobrar por ello. O si no, que lo haga el que se beneficia de ello, a ver si lo hace igual de bien) tenga que ser el blanco de ataques malintencionados por parte de los guerrerillos de fin de semana que no tienen nada mejor que hacer que cagarse en su puta madre.
Pues va a ser que yo no apoyo eso, mire usted por donde.

Porque ya ando un poco hasta los cojones de que en este puto país cojamos una buena causa (que las hay) y, por ese mero hecho, ya nos sintamos con carta blanca para atacar a todo aquel que no la enarbole. Empleando el ataque sin argumentos. El insulto. El "tía gorda, cállate que no sabes de lo que hablas".
Educado.
Elegante.
Valiente.


Una muestra visual de esta idea.


Pese a lo bonito que nos pueda parecer eso de decir "Si no quieres escribir, ponte a trabajar", esto pone de manifiesto muchas cosas:

1) No consideramos el arte un trabajo. Si alguien te quiere cobrar por un artículo de prensa, por una ilustración, por una novela... nos rasgamos las vestiduras y decimos que es un pesetero. Pero si alguien te arregla el baño y alguien no paga a esa persona, decimos que es tal y cual. Pues no, señores, AMBOS son trabajos. No desgastan lo mismo, pero también requieren su tiempo, su dedicación y no todos los puede desempeñar cualquiera (ponedme a mí a desatorar un wáter y ya veréis, ya...)

2) La falta de empatía y la manera que tenemos de atacar, agresiva y casi violenta, cosas que ni terminamos de entender: para empezar, de toda la gente que ha propugnado ese ataque, me gustaría saber CUÁNTOS han leído REALMENTE a Lucía Etxeberría para dar a entender (o decir) que es una escritora de mierda. Yo, repito, no la he leído, ni conozco a nadie que lo haya hecho, así que no opino. Yo ya voy conociendo los entresijos de lo que es un poco el tema de publicar (o, mejor dicho, lo que es pelear por publicar) y el rollo que se traen las editoriales. Lejos de ponerme a atacar la piratería, lo que sí voy a decir (y dudo que me equivoce, puesto que conozco la experiencia de muchos escritores ya publicados) es que el autor de un libro, al igual que un músico, es LA ÚLTIMA MIERDA que mueve esta industria.
Aquí me preguntaréis, "¿y por qué no tienes el mismo rasero con los músicos?"
Mi respuesta es obvia: habiendo estado en un grupo de música durante casi un lustro, y habiendo conocido a gente que sí ha formado parte de la industria discográfica (ninguno grande, pero oye, gente que sabe de qué va el rollo), me ha quedado claro de que el músico por lo menos tiene la opción de los espectáculos en directo, donde hay muchos menos intermediarios y ve algo más de la triste mierda que gana por un disco. De ahí que no defienda a gente como Alejandrito S.: porque no habla como músico, sino como accionista de una empresa privada que se aprovecha de los artistas.
Hablamos de arte, pero hasta en esto se ve que hay diferentes status y castas, como en todas partes.


Pues sí, esto fue de pago. ¿Por qué no he oído nunca a nadie decir que Miguel Ángel era un pesetero?

3) Demuestra además, el gusto que tenemos en España por las leyes, y lo que nos gusta justificar saltárnoslas. Yo mismo no estoy de acuerdo con las leyes antidescargas, y su simple imposición me parece aberrante y os explico por qué: porque el hecho de que te cobren más del 1000% del valor de producción por un artículo me parece abusivo (he puesto el 1000%, pero no estoy seguro de haber hecho el cálculo. Solicito corrección de esto): un producto que cuesta unos 20 céntimos (en el caso de un disco, que es lo que mejor conozco) EN LA PUTA VIDA debería costar 25 euros. Esa es la política del abuso.
¿Pero qué pasa aquí? Que se enarbola la injusticia social para coger y decir "pues ahora hacemos lo que nos sale de los cojones", sin importarnos una mierda lo que pase.

Ya lo hemos visto en las manifestaciones okupas, donde la gente se cuela en sitios abandonados, ejerciendo su "derecho a la vivienda" (sin haberse leído la Constitución, donde se indica EXPRESAMENTE que el artículo 47 NO es un derecho fundamental de los ciudadanos, sino un PRINCIPIO RECTOR de la política: es decir, son aspectos que se contemplan en nuestra Carta Magna, para decirnos "eh, no nos olvidamos de esto: simplemente los ponemos para que quede constancia de ello y que deben ir regulados por las leyes vigentes". Y, por ese mismo principio, nos meamos alegremente sobre el artículo 31, donde se dice que es un derecho y un deber del ciudadano contribuir al gasto público. O sea, pagar impuestos.
Pero claro, como "Ya nos roba bastante el Gobierno", ancha es Castilla.
Anarquía y birra fría.


"¡¡¡Y TEBEOS GRATIS, COLEGAAAAAA!!!"

4) También este tipo de actitudes pone de manifiesto que España va de abierta, tolerante, buenrollista y demás, pero lo que buscamos siempre es un enemigo al que darle hostias como panes: ya lo vimos con el señor al que el pueblo (por votación) ha elegido como candidato a la Presidencia del Gobierno, lo vimos con los controladores aéreos en su día, y lo seguiremos viendo. Porque nos mola tener un Emmanuel Goldstein al que Odiar al menos una vez al día. Tal vez para descargar nuestras frustraciones, proyectar nuestra mala leche, no lo sé. Sólo sé que pasa. Cada día más.

En este país si no sigues la voz cantante de "lo que mola" (sea lo que coño sea eso), eres un proscrito. Un indeseable. Un hijo de puta. Y parece que, por ese hecho ya te pones una diana en el pecho para que te tiren las lechugas podridas. Para que te suban a la picota. Para que te quemen en la hoguera o que te guillotinen directamente.
De puertas para afuera, vamos de simpáticos, tolerantes, democráticos y hasta de que somos unos monstruos en la cama.
Curiosa actitud para un pueblo que da la impresión de pasarse el día jodiendo cada vez más y más y follando menos.

Pero ojo, que no todas las hostias van para el mismo sitio: que aquí la señora Etxeberría también ha puesto unas cuantas cositas de manifiesto, que paso a argumentar.

1) El concepto "víctima desagradecida": esto me encanta, porque no ha pasado de moda con los años. España, si os fijáis, no tiene héroes. En su historia reciente (salvando quizás a Miguel Induráin) no vemos a nadie que haya hecho algo glorioso y que luego no haya sido puesto en duda, criticado, vilipendiado... o que cuando abra la boca no vaya de víctima por la vida, argumentando que TODO lo que ha conseguido ha sido gracias a SU esfuerzo, que NADIE le ha apoyado, que NADIE ha creído en él/ella, y que no debe ABSOLUTAMENTE NADA a nadie.
Y eso, amigos, nos encanta.
Nos pone realmente cachondos.
Para mí eso es ser la puta víctima e irle con el cuento llorica al pueblo llano. No sé si para quedar bien, si para ir de humilde por la vida o yo qué sé... pero lo cierto es que cuando se ponen a decir que todo se lo deben a sí mismos, para mí esa idea se va a tomar por culo.
¿Que una persona que no era nadie en su día ha llegado arriba sin deber nada? ¿Perdona?
En el momento en que te dedicas al deporte, el arte o lo que sea, tienes que entrar en contacto con gente: entrenadores, productores, editores, y así hasta un larguísimo etcétera de socios, empresarios que te explotan, profesores y formadores de todo tipo a los que les debes algo aunque te hayan tratado con la punta del pie. Obviar eso es de ser un desagradecido.
Y ya sabéis lo que se dice aquí de ser agradecido.


Algo como esto. No pongo el antónimo porque resultaría demasiado desagradable. Incluso para este blog.

Fijaos en nuestra cultura. Nuestra literatura. Nos encantan los perdedores, los outsiders, la gente que ve su país como un pozo de mierda y que se niega a reconocer que haya algo bueno (yo podría enmarcarme en este último grupo, sólo que SÍ reconozco que tenemos cosas buenas. Tan sólo quiero dejar claro que lo malo hay que mejorarlo, y con mucha necesidad). Los pesimistas. Los deprimidos y/o oprimidos que no levantan cabeza jamás.
Y parece que tenemos que aplicar ese criterio a todo aquel que haga algo: si no se queja, malo y nos dedicamos a putearlo hasta que él mismo se acaba aburriendo. Pongo el caso de Banderas, que ha aguantado sin quejarse lo indecible durante veinte años... y no porque no le hayan tocado los cojones. Y todavía hay algún subnormal que de vez en cuando le acusa e injuria por cosas que no puede demostrar (o que, probablemente, ni siquiera ha hecho).
Pero es que si se queja, da igual que denuncie la guerra, el hambre o el elevadísimo precio de los tebeos. Automáticamente, esa persona no tiene derecho a quejarse porque gana más. Porque vive mejor. Porque (en el fondo) no lo podemos ni ver y necesitamos un argumento.
Y, yendo más allá, pedimos su cabeza.
Pedimos que censuren sus obras.
Pedimos que no vuelva a aparecer públicamente.
Pedimos cosas que por lo general nos repugnan.


"¡Que salga el hijoputa eseeeee!"

2) Que el cinismo de unos cuantos no parece tener fin, y que una señora que ha vivido ampliamente de sus libros desde 1997, habiendo sido premiada varias veces (y no con un premio cualquiera, oiga, sino con un Planeta) tal vez no se encuentra en la mejor de las posiciones para decir según qué cosas, porque puede sonar incluso hipócrita.
Pero lo ha hecho. ¿Está un servidor de acuerdo con este argumento? En absoluto. ¿Justifica eso, entonces, al que se ha liado? Pues tampoco.

Pero al mismo tiempo, os digo que no pienso caer en la demagogia de "al decir eso insulta a aquellos escritores que no pueden vivir de sus libros". Con el debido respeto, yo no vivo de mis libros porque, a día de hoy, no he conseguido ni publicar. Porque, parafraseando a un amigo, "La industria literaria pasa de mi culo", así que, para ofendido, podría estarlo yo. ¿Eso me da derecho a meterme en su Twitter y ponerla a parir? No. Porque por esa misma regla de tres podría coger y, como desemplado, poner a caldo a toda persona que tenga un trabajo y que se queje. Y va a ser que esa no es precisamente una actitud ni sana ni respetuosa. Ni respetable.
Hace poco, hablando con un seguidor de este blog, nos preguntamos si realmente nos merecíamos ser salvados como país. Si nos merecíamos un futuro mejor. Nosotros, que inventamos la picaresca, la cultura de quebrantar leyes, de cargar el trabajo y el muerto a los otros: donde el que lee es un "listillo", pero el "listo" es el que no curra. Donde somos lo bastante hipócritas como para decir al mundo entero que somos un país relleno de gente simpática, pero que en el fondo tenemos todavía una mentalidad atrasada en la que nos dan asco los maricones, donde torturamos animales por diversión y donde el que piensa de una manera mola, y el que no, es un sociata, un facha, o un indeseable, a secas.
No voy a responder aquí a la pregunta que este amigo y yo nos hicimos.
Eso os lo dejo a vosotros.

Como también os dejo a vosotros la opción de pensar lo que queráis la próxima vez que el pueblo decida buscarse otro Emmanuel Goldstein.
Aquí soy yo el que os pregunta: ¿Qué haréis? ¿Pensaréis qué estais defendiendo o atacando exactamente... o seréis de los que cojan las lechugas?
Pronto lo veremos.