lunes, 16 de enero de 2012

Escupiendo Rabia- Orgullo y prejuicios



Pues mire usted por donde que me fui este fin de semana a tomarme unos chatos con unos cuantos amigos y, mire usted por donde, que surgieron conversaciones (como sólo puede pasar en contextos cimentados por jugo de uva fermentado) de lo más interesantes.
Cuestiones que te hacen plantearte qué coño es eso de la naturaleza humana y la clase de fulanos que estamos hechos.

No, no es que nos pusiéramos intelectuales, ni mucho menos. Estas cuestiones tan profundas surgen precisamente a raíz de conversaciones mucho más banales y en contextos de confianza y comodidad con la gente que te rodea.
Y son la clase de cosas que inspiran la escritura de posts como el de hoy.

En otras ocasiones, ya he hablado sobre el tema del arte y del bocachanclismo que nos rodea. Ojo, no hablo de ejercer una crítica fundada acerca de lo que uno considera que está sobrevalorado o de lo que directamente le parece un truño (que de esto no nos libramos ninguno, y no tenéis más que ver la sección "Mis Truños Favoritos", en este mismo blog, para verlo).
A lo que me refiero es a la crítica de tercera regional, al prejuicio gratuito hacia cosas que, bien se conocen sólo a medias o de oidas, o directamente sin tener ni putísima idea de a quién se ataca.

En primer lugar, habría que decir que el mundo del arte, en todas sus facetas (en contra de la creencia popular), no es en absoluto distinto a cualquier otro ámbito: los artistas siguen siendo humanos y, como humanos, pueden ser desde bellísimas personas hasta una pandilla de cretinos que no saben ni donde tienen la cara. Olvidaos de eso de la apertura de mentes y demás, que esto es como todo.
Por tanto, si bien podemos encontrar gente que cree en lo que hace o gente que cumple con ese concepto previo de "artista de mentalidad renacentista, dispuesto a aprender de todo lo que se le pone por delante, sin prejuicios ni trabas", tenemos también mucha víctima del movimiento. En este mundo, amiguitos, hay mucho que enarbola su bandera de "rebelde", "cultureta" o "revolucionario del género" que, si no resulta muy inocente a veces, cuando se pone a abrir la boca del vecino puede llegar a resultar directamente insoportable.


Aquí, los listos de los Manowar, que se han pegado media vida diciendo que todo lo que no sea Heavy Metal (de hecho, ellos se consideran la única banda de "auténtico metal", sea eso lo que sea) es mierda y mariconadas.
Con fotos como esta y habiendo escuchado algún disco de ellos, omitiré mis opiniones personales al respecto.
Baste decir que ellos han inspirado a legiones enteras de chavales que se han creído eso y que van por ahí mirando con asco a todo aquel que no vaya por la vida haciendo los cuernos.

El caso de la tertulia que mantuve con mis amigos este fin de semana no tiene directamente que ver con el mundo de la escritura; sin embargo, me parece que se puede aplicar a cualquier contexto. Incluso si lo sacamos del arte, puede que veamos similitudes con nuestras propias vidas.
Todo es analizar las cosas.
También es posible que no veáis un carajo.

Pero volvamos al tema: resulta que aquí salió, de modo tangencial y bastante sutil el concepto de lo que es un estilo artístico más comercial y el tema "contracorriente". Ambos términos, que bien podrían ser complementarios, hoy en día parecen estar contrapuestos y polarizados, como todo en esta puta sociedad de asco:
Eres de derechas o de izquierdas.
Monárquico o republicano.
Del Madrid o del Barça.
Comercial o independiente.

Lo más curioso del asunto es que, un servidor no suele ser muy amigo del mundo mainstream (puede que algún Mentalista aficionado diga que es porque me gusta llevar la contra; yo, que aunque no tengo por qué justificar mis gustos personales y nadie debería tener por qué hacerlo, diré que sencillamente lo mainstream no coincide con lo que me gusta a mí. Ni mejor ni peor. Y si coincidiera al 100%, no se me caerían los anillos al reconocerlo. Punto pelota); sin embargo, resulta acojonante ver cómo esos "defensores a ultranza de las minorías" tratan con un desprecio total y absoluto aquellas facetas artísticas que están única y exclusivamente orientadas a un gran público.
Por sistema.
Por cojones, además.


"¡Me pegaban de pequeño! ¡Se reían de mí! ¡Me llamaban friki!
Pues ahora, nada más que por eso, tengo pleno derecho a matarlos a todos. A ellos y a todas sus putas familias. ¡Se van a cagar!"

Debo reconocer, como he hecho mil veces, que no soy ni he sido jamás un fiel seguidor de fenómenos de masas. Ya visteis el "Escupiendo Rabia" anterior, donde todo esto queda más que claro; sin embargo, toca un poco la moral ver cómo esa misma gente, que argumenta razones culturales y una cojonudísima apertura de miras, carga en plan Brigada Ligera sobre facetas del Arte que no casan con su credo, simplemente por diferencias personales. Sin analizar detenidamente lo que están viendo, leyendo o escuchando.
Y esto lo hemos hecho todos.
Sin embargo, también creo en lo que es justo y lo que no. Y hay mucha, muchísima gente que no se merece ese trato. Eso es precisamente de lo que quiero hablaros hoy.

Pero bueno, aquí luego empleamos nuestros propios mecanismos de defensa para justificar nuestros juicios de valor; como dicen algunos, "para gustos, los colores"...
Y con eso ya tenemos carta blanca. No necesitamos más argumentos. Es bueno porque nos mola a nosotros y nos mola porque nos sale de las pelotas. Lo nuestro es lo que vale y lo demás es una puta mierda. Hemos dicho.
Y, llegados a ese punto de superioridad de criterio, con esa balanza moral apuntando erecta hacia el norte, es cuando continúa la siguiente fase de la carga: el desmérito y los ataques a escalas más rastreras.


"Ahora! Ahora! Ahora!"

Un artista puede ser comercial y no por ello su trabajo debe tener menos mérito. Es cierto que en el mundo mainstream hay muchísima mierda metida, porque se atiende a patrones de cantidad más que calidad para satisfacer una demanda (al fin y al cabo, esto es mercado, señores); el problema viene cuando se da por hecho de que todo lo que va orientado a un gran público, absolutamente todo, es mierda.
Eso es caer en una falacia tan grande como decir que todo lo que no va respaldado por una gran empresa es buenísimo. Y oiga, que entre los indies, los alternativos y todos esos grupúsculos de artistas, también hay de todo: hay genios, sí... pero también hay mucho mediocre y mucho cagamandurrias, y a esos nadie los pone a parir. Es más, ni les tosen.
Pongo el ejemplo de la llamada literatura "de género" donde, a causa de tal o cual moda, gente que no ha escrito ni la lista de la compra (y lo que es peor, ni ha leido nada más denso que el folleto del Lidl) se sube al carro de "lo que mola" para darse a conocer (lo que en épocas más antiguas se conocía como "advenedizos"). Mucha ilusión, muchas ganas... pero ahí queda el asunto. Y ojo, no quiero generalizar al 100%, puesto que se pueden dar casos de gente muy capaz... pero, al no haber un filtro severo de calidad artística en la recepción de obras (sino de cantidad, de temática o de volumen), podéis imaginaros la devaluación del tema.
Carnaza para uso y disfrute.
La ley de la oferta y la demanda llevada al extremo.
Y no es mainstream propiamente dicho (cuando lo sea, ya vendrán las cargas de fusileros por parte de gente que hoy en día está defendiendo el tema a capa y espada. Si no, esperad un tiempecillo y veréis).


"¿Quién, yo? ¡Pero si yo no dije nada!"

Hace algún tiempo expuse el caso del primer libro de la saga de Stieg Larsson que, lejos de parecerme tan cojonudamente revolucionario en eso de la novela detectivesca o negra (eso es lo que he venido oyendo), me pareció una novela correcta y más o menos bien elaborada. Con sus fallos, como todas, pero nada tan garrafal que convirtiese la obra en un despropósito; podía gustar más, podía gustar menos, pero objetivamente aprobaba. Al menos, le pegaba patadas en la boca (o en otras partes más dolorosas) a más de una y más de dos cosas de género que me he venido tragando.
Y era mainstream.

Es con ejemplos como este, donde llega la gran duda: una obra se convierte en mainstream o comercial en el momento en que, bien por una buena publicidad (generalmente el principal factor, pero no el único), bien por el boca a boca (algo que gracias a Internet se está convirtiendo en otro elemento importante), bien por una buena acogida de público y crítica (el tercer factor de peso). A partir de ahí, sucede una cosa curiosa: que aparecen detractores que miden la calidad de la obra en base a si lleva la etiquetita best seller o el sello Cadena Cuarenta o el Mickey de Disney.
Es en ese momento cuando se empieza a decir que eso es mierda. Que no vale.
Medir la calidad de algo por su número de ventas, como si eso fuese determinante. O, como he venido leyendo en las últimas semanas, basándose en los premios que tenga.
Eso, supongo, debe ser criterio.
Yo, personalmente, no lo veo, qué queréis que os diga.

Resulta particularmente gracioso que ese tipo de comentarios, en muchas ocasiones, provengan de los rebeldillos de turno que, estancados en un único género o tendencia, se suban al púlpito de su punto de vista y empiecen a repartir hostias contra cosas que ni han visto, ni han escuchado y, es más, les importa una puta mierda.
Amigos míos se han llevado mantas de hostias (muy finas y muy pocas en la cara) por cosas como esta, y se las han tenido que comer al enterarse, porque si dicen lo que piensan de todo eso, encima quedan como los malos de la película. Así, sin más. Porque en el momento en que intentas proyectar, evolucionar, hacer algo que no hacías antes (aunque sea comercial), ya te ponen la etiquetita y te miran regular (no mal, pero tampoco bien). Como si hubieses descendido en la escala evolutiva artística.
Oh, yeah, baby.

Y aquí es donde llegamos al descrédito que hacía mención un poco más arriba, antes de divagar durante varios párrafos: aquí es cuando se deja de tener en cuenta si ese escritor se ha documentado a lo bestia (véase Ken Follet con sus Pilares de la Tierra) o si ese músico se está partiendo los cuernos seis, siete u ocho horas diarias todos los putos días de la semana en un local para hacer una música bien hecha. Comercial, pero bien hecha.
Se llega a extremos que rozan la injuria, como en el hecho de insinuar que, si una escritora novel ha conseguido publicar con una gran editorial es porque es una experta en el noble arte de las felaciones hacia algún editor (según los últimos estudios, estamos más concienciados con eso de la igualdad de género... para mí seguimos siendo una puta panda de trogloditas a ese respecto); no hablemos con el tema de la música, donde todo bicho viviente que lleva una guitarra colgando del brazo ya tiene una fama de ser de follada rápida y fácil que ríete tú del equipo de animadoras de cualquier instituto yanki.


"Llevo leyendo clásicos desde que tenía trece años. Escribo poesía desde los dieciséis, toco el piano y hablo cuatro idiomas. Tengo un CV de nueve páginas. Gracias a una beca que me dieron en la Universidad tras haberme matado a estudiar durante años, opto a un puesto en una empresa importante.
Y por lo visto todo eso me lo han regalado porque tengo estas tetas".

Prejuicios y más prejuicios.
Irónico además el hecho de que la gente que emite esos dictámenes suele ser gente que, pese a no haber "vendido su estilo al sistema" (de verdad, me encanta esa frase) tienden a tener un nivel como músico que roza la mediocridad. La clase de artistas o artistillas que justifica sus constantes parches y petardeos con frases de magna categoría como "es que esto es mi estilo". La clase de cosas que me hacen recordar a cuando jugaba en el patio de mi colegio y un fulano, dueño del balón (y peor que la mayoría de los demás, lo cual era decir la hostia) imponía sus propias reglas.
"No se juega según mis reglas, no jugamos".
Supongo que es mucho más fácil escudarse en el orgullo personal antes que reconocer las carencias propias... y a esto, mucho me temo, hemos jugado todos en algún momento u otro de nuestras vidas.
Pero hay que reconocerlo.

Este tipo de cosas es propia de la raza humana, nos pongamos como nos pongamos. No creo que os esté contando ninguna novedad, ni que haya descubierto América con estas palabras; el objetivo de este "Escupiendo Rabia" de hoy se centra quizás en el hecho de que, si esto es duro, lo resulta aún más cuando ese tipo de comentarios provienen de gente que te ha rodeado. De antiguos compañeros de tertulias, de gente con la que has compartido escenario. Gente que ha estudiado o trabajado a tu lado y que, en el momento en que decides hacer algo que igual agrada a los demás (o igual no, quién sabe; el público es un mundo y no os imagináis la cantida de grupos de sonido "comercial" que hay por ahí que no han llegado a calar, a pesar de los mil estudios de mercado), ya te dice que es que te has vendido.


Nada, que por cojones hay que ir de Kurt Cobain por la vida... y eso que él también grabó con la MTV.

No, señor. En la industria, como decía un buen amigo, que entiende un poco de ese tema, no te vendes: te compran, que no es exactamente lo mismo. Es muy fácil echar la culpa al sistema, a lo que está arriba, de que no proyectas, de que no han apostado por ti. Nos encanta llorar a lo Fernandito (y que otro buen amigo mío, fan de este caballero, me perdone, pero viene al pelo) y decir que nadie ha apostado por nosotros. Que nos lo hemos comido todo solos. Que somos unos genios incomprendidos.
¿Habéis pensado alguna vez que es porque no llegáis a lo que se espera? ¿Que quizás vuestras horas de trabajo son insuficientes? ¿Que vuestras pretensiones no se corresponden con vuestras capacidades actuales? ¿Que podéis -y debéis- ser mejores de lo que sois? No sé vosotros, pero yo me lo planteo constantemente, y especialmente cada vez que me rechazan un manuscrito. Cada vez que releo mis propias historias. Porque sé que no voy a revolucionar nada. Porque tengo muy claro que ya está todo inventado; que no soy ningún genio, y que es perfectamente normal ser incomprendido porque tengo días en que no me comprendo ni yo.


Aquí, otro de esos que dice que es un genio incomprendido.

Y sin embargo, cuando gente que ha compartido penurias a mi lado, buscando editorial, o pringando en eso de cargar/descargar amplificadores, resulta que publica o que empieza a ganar concursos de maquetas... gente que sé de buena tinta que es mejor que yo, porque he leído lo que han escrito o he escuchado su música, qué queréis que os diga: yo no me siento con esa superioridad moral que muchos podéis pensar que tengo para decir nada. La circunstancia de que esa gente haya sido compañera mía se convierte en todo un agravante y, lejos de coger y lanzar comentarios ambiguos, hace que me sienta terriblemente orgulloso.

Al César lo que es del César.

No hay comentarios: