domingo, 12 de abril de 2015

Tebeos en Vena- Cronología Uncanny X-Men, los primeros treinta años (primera parte)



Hará cosa de un tiempecillo, uno de los lectores Distópicos más asiduos me sugirió que podía hacer una cronología sobre alguna serie de cómics; como este blog no suele desatender esas peticiones, a lo largo de esta sección de "Tebeos en Vena" he ido añadiendo algunas de ellas, la mayor parte de las veces centradas en el complejo Universo DC.
Esta vez ha llegado la hora de movernos hacia otro universo no menos complejo, que es el creado por Marvel. Para ser más concretos, vamos a hacer un pequeño despiece de la serie The Uncanny X-Men, conocida en nuestro país como La Patrulla-X. Para tomar una cifra más o menos redonda, el objetivo de este artículo será hacer un repaso acerca de los primeros treinta años de vida de la colección. Quizás aquellos que sí hayáis seguido las andanzas de este grupo notéis que algunas cosas están un poco referidas de pasada; es mucha información y me va a tocar condensar en la mayor medida de lo posible. No obstante, si encontráis algún detalle o saga sobre la que os gustaría que añadiese algo más de información, no dudéis en escribirme y podré ir considerando escribir un post aparte sobre ella.

Y con esto, vamos arrancando:

La división que vamos a hacer para diferenciar las distintas etapas va a ser principalmente en base a equipos creativos. Al ladito iré poniendo, bien una fecha de inicio y cierre, bien la extensión en ejemplares que ocupa cada etapa. Luego, cada una de ellas contará por lo general con subdivisiones, referidas a sagas u arcos argumentales, que marcarán también el transcurso de los acontecimientos en la serie. Siguiendo, por tanto, esta división, vamos a tener las siguientes etapas a lo largo de los primeros treinta años:

I. GRUPO ORIGINAL (PRIMERA GÉNESIS)

1. La etapa Stan Lee/ Jack Kirby
2. La etapa Roy Thomas (I)/ Werner Roth
3. La etapa Gary Friedrich y Arnold Drake/ John Buscema/ Werner Roth
3. La etapa Roy Thomas (II)/ Neal Adams

II. AÑOS PERDIDOS

III. SEGUNDO GRUPO (SEGUNDA GÉNESIS)

3. La etapa Len Wein/ Dave Cockrum
4. La extensa etapa Chris Claremont, subdividida en:
4.1. La etapa Chris Claremont/ Dave Cockrum (I)
4.2. La etapa Chris Claremont/ John Byrne
4.3. La etapa Chris Claremont/ Dave Cockrum (II)
4.4. La etapa Chris Claremont/ John Romita Jr. (I)
4.4. La etapa Chris Claremont/ Barry Windsor-Smith
4.5. La etapa Chris Claremont/ John Romita Jr. (II)
4.6. La etapa Chris Claremont/ Alan Davis/ Jackson Guice/ Bret Blevins
4.7. La etapa Chris Claremont/ Marc Silvestri
4.8. La etapa Chris Claremont/ Jim Lee
5. La etapa Scott Lobdell.

Este primer artículo se centrará en la Primera Génesis, así como hará un pequeño repaso acerca de los Años Perdidos de la colección; dicho de otro modo, será un recorrido desde los orígenes de la serie hasta que fuese cancelada en 1970.


Primera portada de la colección The Uncanny X-Men, versionada y homenajeada hasta nuestros días.


I. GRUPO ORIGINAL (PRIMERA GÉNESIS):

1. La etapa Stan Lee/ Jack Kirby comienza en septiembre de 1963 y tiene una extensión de diecinueve números (The Uncanny X-Men 1-19), abarcando como el primer año y medio de colección. De entre estos, los últimos seis números son una especie de "transición" hacia la etapa siguiente, tras la marcha de Jack Kirby y la incorporación de Werner Roth (bajo el pseuónimo de Jay Gavin) a los lápices. Por eso vamos viendo trabajo combinado entre los dos dibujantes (Kirby haciendo bocetos y Roth acabándolos), o bien Stan Lee trabajando directamente con Roth.

En este primer año y medio seremos testigos de las andanzas de la primera alineación de la Patrulla, tutelada por el Profesor Xavier y formada por Cíclope, el Ángel, la Bestia y el Hombre de Hielo, a quienes se suma La Chica Maravillosa en el número 1 de la colección. Son historias relativamente autoconclusivas, sin entrar en grandes arcos argumentales ni sagas, que sirven como presentación de villanos de distinta alcurnia, tales como Magneto, el Desvanecedor, Unus el Intocable, los Centinelas o el Juggernaut. La culminación de esta etapa tiene lugar con la aparición de El Mímico, un personaje prácticamente olvidado hoy en día y que llegó a liderar el grupo mutante durante una breve temporada.


The Uncanny X-Men 20, cubierta realizada por Werner Roth.


2. La etapa Roy Thomas/ Werner roth: La etapa de Roy Thomas a cargo de los guiones de The Uncanny X-Men arranca desde este primer año y medio prácticamente hasta el cierre de la colección original (The Uncanny X-Men 20-64), salvando un lapso de ocho números escrito por Gary Friedrich y Arnold Drake. Desde mi punto de vista, se trata de una de las etapas más prescindibles de estos primeros treinta años (al menos esta primera, desde el número 20 de la colección hasta el 46, trabajando con Werner Roth), debido a que no aporta demasiados momentos de excepcional relevancia. De estos, quizás uno de los más importantes pueda ser el primero, que explica la pérdida del uso de las piernas del Profesor Xavier a manos de Lucifer. Luego, tenemos también la resolución de la historia de El Mímico, la primera aparición de Banshee y, por supuesto, la supuesta "muerte" del Profesor Xavier a manos de Grotesko en el último número guionizado por Thomas hasta el paréntesis de Friedrich y Drake. Aquí tiene lugar, junto con el arco argumental de El Mímico, una de las primeras sagas que implican varios números. Me refiero a la saga de Factor-3, que intenta recopilar a varios villanos previamente presentados sin tener que formar parte de la Hermandad de Mutantes de Magneto y liderados por un misterioso personaje cuya identidad permanece en el anonimato hasta el final (El Amo Mutante) y cuya resolución resulta, como poco, no muy lograda en ejecución. En los últimos  ocho números de esta etapa, Roth es sustituido por Jim Steranko y Don Heck. Como curiosidad, esta saga de Factor-3 cuenta con el hecho de que es la última en presentar los uniformes originales. Con la "muerte" de Xavier a manos de Grotesko, puede decirse que el concepto de la serie evoluciona y la Patrulla pasa de ser un grupo de estudiantes a un grupo de superhéroes que goza de una mayor autonomía.


The Uncanny X-Men 46, cubierta dibujada por Don Heck.


3. La etapa de Arnold Drake a cargo de los guiones es, probablemente, una de las más oscuras y menos recordadas de la cronología inicial. Esta etapa, más bien cortita en cuanto a extensión (nueve números, incluyendo también un par de ellos escritos por Gary Friedrich), desde Uncanny X-Men 46 hasta el 54. Argumentalmente, arranca desde ese momento de la supuesta "muerte" del Profesor Xavier a manos de Grotesko, y cuenta con la particularidad de ser el primer crossover de la serie con otra colección: en este caso, con The Avengers, donde encontramos que la historia que arrancase en el número 43 continúa hasta el número 45 y, de ahí, salta a The Avengers 53 (he descartado una aparición previa de Los Vengadores en la colección en el número , por no darse este salto, de modo que lo considero más un cameo que un cruce en sí). Salvando esto, más alguna aparición del Juggernaut y la primera aparición de Mesmero, Polaris y Erik el Rojo (que tendrían consecuencias posteriores), esta etapa roza casi lo anecdótico, pese al interesante dibujo de Jim Steranko en un par de números.


Portada de The Uncanny X-Men 57, dibujada por Neal Adams


4. La siguiente etapa (The Uncanny X-Men 55- 64) marca el regreso de Roy Thomas a la colección, y que supondría un cambio de dirección bastante grande. No solo por la vuelta de este guionista, sino por la inclusión del que, probablemente, sería uno de los dibujantes más espectaculares de finales de los años sesenta. Hablo de Neal Adams, que redefiniría la estética mutante. Adams no solo aportaría un nivel de detalle y expresión que superaría a sus predecesores; aparte, rediseñaría el traje del Ángel y sería el primero en mostrarnos a Magneto sin su habitual casco. Esta etapa, además, contaría con momentos bastante excepcionales como el regreso de la Patrulla a la Tierra Salvaje (no volvían desde su primera aventura allí, que tuvo lugar en el número 6) y la primera aparición de Sauron; la inclusión de Polaris en el grupo; la primera aparición de Fuego Solar, el mutante japonés (en un número de esta etapa dibujado por Don Heck); el regreso de los Centinelas; la primera aparicion de Kaos, hermano de Cíclope, junto con la primera aparición del Faraón Viviente; la "resurrección" de Charles Xavier y, por tanto, una revolución (es decir, evolución sobre la evolución) del grupo y la batalla mental contra los Z'Nox (que sentaría las bases de la Saga Fénix, años más tarde). Los que hasta la fecha se habían visto como estudiantes, guiados por Xavier, ahora gozaban de un status muy diferente tras su "graduación", lo que debía implicar un nuevo paso en la serie.


Cubierta de The Defenders 16, muy relacionada con el destino del universo Mutante.


Pinta de El Ángel tras su "graduación".


El Ángel, después de que Neal Adams lo cogiera por banda y rediseñara su uniforme.
Gracias, Neal.




II. LOS AÑOS PERDIDOS:

Roy Thomas permanece en la colección, como comenté arriba, prácticamente hasta su cancelación en 1970. El último número pasaría a la historia por ser el primero (y único) dibujado por Sal Buscema, que incluiría una batalla contra Hulk. A partir de aquí, el descenso de las ventas (pese al evidente esfuerzo tanto de Thomas como de Adams, que por fin empezaban a pillarle el punto a la serie) fue el que marcó el destino de la colección, que se vería cancelada durante cinco años. A partir de aquí, comienza la etapa conocida como "Los años perdidos", donde la numeración de la serie seguiría, pero limitándose a reeditar lo ya publicado. En cuanto a Cíclope y compañía, no desaparecerían del todo, sino que tendrían apariciones esporádicas en otras colecciones, como The Amazing Spider-Man o The Defenders. Este último caso es quizás uno de los mas notables, ya que nos cuenta cómo Magneto sufre su canto del cisne al intentar crear un mutante que pudiese subyugar a la humanidad y colocar a su raza en lo más alto. El llamado Alpha se enfrenta a Xavier y los Defensores, teniendo como resultado que el amo del Magnetismo es revertido a la infancia, quedando convertido poco más que en un bebé.
Al mismo tiempo, vamos encontrando alguna que otra miniserie referente al universo mutante, destacando la de la Bestia, donde ésta sufre una mutación y acaba por convertirse, literalmente, en una bestia de pelo azulado y aspecto simiesco. Este personaje sería de los primeros en reciclarse al ser reclutada, poco después, entre las filas de los Vengadores.

Hay que comentar también que, a mediados de la década de 2000, el dibujante John Byrne escribiría y dibujaría una serie referente a los Años Perdidos de la Patrulla-X (X-Men: The Hidden Years), contando historias que debieron haber sucedido entre una etapa y otra. No he querido incluirla aquí, ya que su fecha de publicación es muy posterior a estos primeros treinta años.


Resurrección del quinteto original. Ni ha sido la primera vez ni sería la última en que estos personajes se reunirían tras su disolución.


Y hasta aquí, la primera parte de esta cronología. A continuación, voy añadiendo un esquema con las alineaciones del grupo y algún resumen que pueda resultar de interés, con la idea de que la cosa quede completita y sea más fácil seguirla:


La Patrulla con el uniforme original, diseñado por Jack Kirby. Nótese que el Hombre de Hielo, en sus primeras apariciones, tenía un aspecto muy similar al de un hombre de nieve.
A la derecha, Xavier y el Mímico.


Primera alineación (Uncanny X-Men 1-26): Los cinco estudiantes originales, junto al Profesor Xavier, que ejerce de tutor. En esta etapa tenemos al grupo en su estado inicial, adolescentes y sin demasiada autonomía:

-Profesor Charles Xavier, en calidad de mentor.
-Cíclope (Scott Summers), como líder.
-El Ángel (Warren Worthington)
-La Bestia (Hank McCoy)
-El Hombre de Hielo (Bobby Drake)
-La Chica Maravillosa (Jean Grey), que es la última en incorporarse al grupo.


El Mímico: todos los Hombres-X en uno solo.


Segunda alineación (Uncanny X-Men 27-29): El Mímico se une al grupo por las malas y acaba liderándolo de modo muy breve hasta que es expulsado y pierde sus poderes tras una batalla contra el Super-Adaptoide:

-Profesor Charles Xavier, en calidad de mentor.
-El Mímico (Calvin Rankin), como líder.
-Cíclope (Scott Summers)
-El Ángel (Warren Worthington)
-La Bestia (Hank McCoy)
-El Hombre de Hielo (Bobby Drake)
-La Chica Maravillosa (Jean Grey)


El Cambiante en su primera aparición.
Sí, yo también me he fijado en el casco.


Tercera alineación (hacia Uncanny X-Men 40, contado en un flashback en el número 65): Charles Xavier recluta al Cambiante (uno de los miembros de Factor-3) para sustituirle mientras él se dedica a prepararse para su lucha mental contra la invasión de los alienígenas Z'Nox. El Cambiante asume la identidad de Xavier sin que la Patrulla sea consciente de ello para acabar muriendo a manos de Grotesko:

-Cambiante (Kevin Sydney), asumiendo la identidad de Xavier, muriendo poco después.
-Cíclope (Scott Summers), como líder
-El Ángel (Warren Worthington)
-La Bestia (Hank McCoy)
-El Hombre de Hielo (Bobby Drake)
-La Chica Maravillosa (Jean Grey)


Lorna Dane, alias Polaris. Pelos verdes antes de la era punk.


Cuarta alineación: Inclusión de Polaris (Uncanny X-Men 60) y Kaos (Uncanny X-Men 65, tras haber vivido un par de aventuras previas con ellos). "Resurrección" de Xavier.

-Profesor Charles Xavier, en calidad de mentor.
-Cíclope (Scott Summers), como líder.
-El Ángel (Warren Worthington)
-La Bestia (Hank McCoy)
-El Hombre de Hielo (Bobby Drake)
-La Chica Maravillosa (Jean Grey)
-Polaris (Lorna Dane)
-Kaos (Alex Summers)

miércoles, 8 de abril de 2015

Spanish Bizarro- La Saga Troll




Sin duda, aquellos que seáis lectores Distópicos con una cierta experiencia recordaréis aquel post referente a mi experiencia dando clases particulares de inglés con una familia que se pensaba que, más que un profesor a domicilio, soy el puto Jesucristo y, con solo hacer acto de presencia, chavales que llevan años de déficit de base con la asignatura de buenas a primeras aprueben y, a ser posible, con nota. Para aquellos que os habéis incorporado de forma más reciente y no habéis buceado en los anales de este submundo, os dejo por aquí lo que sucedió durante los acontecimientos de la Saga Milagro.

Aunque sigo manteniendo que mi experiencia a lo largo de los diez años que cumpliré en unos meses como profesor ha sido estupenda y que he tenido una suerte que no me la merezco, tanto con los alumnos que he tenido como con los padres (con los que he tenido siempre una relación excelente, ha habido confianza mutua y mucho respeto por mi trabajo), existe lo que se podría llamar "Ley de la Compensación Universal de Acontecimientos Metafísicos". Traducido a un idioma que no me haya acabado de inventar para resultar más molón, "Para compensar tanto buen rollo y tan buenos resultados, siempre tiene que haber gente que resulta ser diez veces más tocapelotas que todo bicho viviente que te has echado a la jeta". Es el caso de la Saga Troll.



¡Agarraos, que vamos!


Todo empezó hará unos tres cursos, cuando me mandaron a dar clase a una niña, familiar de una de mis alumnas. No es que tuviera demasiados huecos, pero vivía cerca de mi casa y podía apañar una clase el único día que me quedaba libre. Como siempre que sucede en estos casos de "alumnos especialitos", la primera en la frente nada más empezar: los padres de la chica están divorciados y, al estar en custodia compartida, me vería obligado a dar clase cada dos semanas, en lugar de hacerlo de una forma más continua. La idea me hizo tanta gracia como depilarme las gónadas con un soplete, porque las posibilidades de hacer un seguimiento del avance de la alumna, así como de poder reaccionar con tiempo en vistas a un examen (pensadlo, dos clases al mes tan solo) eran menores. Sin embargo, acepté: la alumna por medio de la cual me había llegado este caso era de confianza y no era plan de rechazar un trabajo de buenas a primeras: expuse la dificultad que supondría eso, pero no pareció haber problema. Total, hablamos de primaria, así que con una noción básica de gramática e ir poniendo sesiones intensivas de ejercicios de vez en cuando, junto con algunas listas de vocabulario molonas para que se las fuera estudiando las semanas que no daba clase conmigo, no debía haber problema.
No debía.

El caso es que durante ese año, la cosa tuvo sus altibajos: esta nueva alumna empezó relativamente bien. Bastante motivada y con no menos curiosidad, lo que suele suponer siempre una buena señal. En mi experiencia, tiende a indicar interés y ganas de aprender, lo que es positivo.
Sin embargo, no todo el monte es orégano y, como he mencionado, hubo altibajos. De hecho, hubo tantos bajos como altos: la cría resultó ser lo que yo llamo "alumnos Casera". Para aquellos que no esteis familiarizados con el concepto, os lo explico: si tú coges una botella de gaseosa La Casera y la agitas antes de abrirla, tienes un chorrazo digno de bukkake extremo que sale con mucha fuerza al principio; sin embargo, en el momento en que se pierde el gas (al ratillo del chorrazo inicial), la presión del chorrazo se acaba convirtiendo en una cosa bastante floja, que acaba por tener menos fuerza que el pedo de un mono. Aplicado a este caso, el interés de la chavala debió durarle como tres clases (es decir, mes y medio).


Aunque hay pedos y pedos.


A partir de este punto, me di cuenta de que lo que le pasaba era que no estaba acostumbrada a sentarse a estudiar. Mucho menos si, por lo que pude descubrir, las semanas que yo no le daba clase no hacía absolutamente nada. Eso implicaba que, si bien una semana llevaba la gramática medio bien, a las dos o tres clases de aquello hacía reset, lo que hacía que tuviera que volver a explicarle lo que no había repasado por su cuenta, prácticamente desde cero.
Hizo falta prácticamente un curso para que la cría se adaptase al hecho de dar clase en casa; y aun pasado este tiempo, era como tener un jarrón que se ha roto y acabas de pegar con cola: sabías que en cualquier momento se desmoronaría otra vez. Por eso tenía que tenerla atada bastante corto y no despistarme un momento en cada clase que le diera, al tiempo que rezar para que no lo olvidase absolutamente todo durante la semana que tendría de barbecho.

Como he dicho, pasa un año y hasta aquí la cosa pues más o menos va tirando hasta el segundo año, en el que deciden añadirme al hermano de esta niña. Al hermano me lo describen como "un niño inteligentísimo, que roza el superdotado". También me lo escriben como un niño algo difícil, algo que no me sorprende, ya que durante el curso anterior lo he visto dando vueltas por la casa y compruebo que tiene la extraña costumbre de tratar al primero que se le pone por delante como si fuera un colega de su edad.
Así que me plantan a este elemento. Necesito tan solo unas cuantas clases para darme cuenta de que, efectivamente, el chaval es listo. Bastante listo, de hecho. ¿El problema? Que el chaval no es tan listo como dicen, o como le han hecho creer (esto último parece un hecho bastante firme, en base a la actitud que demuestra), y la mayor parte de su inteligencia la desperdicia en buscar excusas para no estudiar o para intentar hacer perder el tiempo de la clase, usando subterfugios e intentando llevarme a su terreno.

—Esto te lo vas a tener que estudiar —le digo un día, al ver que un ejercicio le había salido de puta pena.
—Es que no tengo tiempo para estudiar.
—Estás en primaria, ¿qué es lo que tienes que hacer?
—Es que juego al fútbol.
—¿Todas las semanas? ¿Incluidos fines de semana?
—Sí.
—¿Hasta los domingos?
—No, pero tengo que hacer deberes.
Esto también son tus deberes. Si das clase, es una responsabilidad que estudies lo que ya has visto.
—Pero es que no tengo tiempo —blanquea los ojos, como si estuviese diciendo una obviedad que yo no logro entender.
—Yo solo digo que esto que vemos lo das en tu asignatura de inglés, y eso lo tienes que aprobar. Tú mismo.


"Tu eliges"


Esto es algo que no deja de tener gracia, ya que yo empecé a dar clase cuando él era un niño de teta y no es el primer alumno que intenta desafiarme. Lo normal es que lo intenten durante un tiempo, y luego vean que no hay nada que rascar. A partir de ahí, la convivencia generalmente se hace más llevadera y la clase avanza.
Este se ha pegado prácticamente dos cursos completos en el mismo plan, prácticamente sin cejar en el intento. Su padre me advierte que el chaval es así con todo el mundo y me dice que en ningún caso ceda un pelo con él. Yo no es que sea de ceder demasiado con alguien a quien eso de esforzarse un poco le importa una mierda, y con este no pretendo hacer una excepción, así que adelante: él intenta llevarme al límite y yo no le dejo que tome el control, que es lo que pretende en todo momento. He visto dummies reventarse contra muros de hormigón con efectos menos devastadores. La frase más fina que le he podido soltar para que no se pase de chulo es:

—Una pregunta, ¿la clase quién la da, tú o yo?
—Tú.
—Ah, vale, es que como te estoy escuchando darme lecciones de inglés sobre cosas que ni siquiera pareces saber cómo funcionan, igual es que me había equivocado.


Esta es la actitud.


Aclaremos esto del desafío: por lo general, esto es más normal de lo que parece. Cualquier crío medio inteligente suele tener la costumbre de desafiar a alguien que viene a enseñarle algo. ¿Por qué? Pues porque no se limitan a comer de lo que le echan y cuestionan las cosas impuestas, tratando de buscar su propia manera de llegar a un pensamiento autónomo. Esa es la parte razonable del asunto.
Y luego están aquellos a los que les gusta tocar las pelotas.
Por tocar las pelotas, no me refiero a aquellos alumnos que se ponen en plan "Esto no me gusta, quiero hacer otra cosa", o "¿Otra vez vamos a hacer esto? Si ya me lo sé". Esas son cosas de niños, y se entiende que no siempre tenga uno ganas de currar; cosas que toreas de esta o aquella manera hasta que medio consigues convencerlo. Por tocar las pelotas me refiero a aquellos que tratan de proyectar sus propios errores en los demás, o pretender saber cosas que ignora por completo, con la intención de quedar por encima de otros. Eso sucedió durante un ejercicio, sobre un vocabulario de comida:

—¿Lettuce? Esa palabra no existe.
Yo lo miro durante un segundo.
—Vale, déjala y hazme el resto.
Al terminar, me pongo a corregir y le pregunto, como el que no quiere la cosa:
—¿Cuánto tiempo llevas dando inglés?
—Desde primero —me contesta en tono chulesco —, así que calcula.
—¿Pongamos tres años?
—Seh, por ahí debe andar.
—Ya... Es que a ver, yo llevo enseñándolo unos nueve, y estudiándolo más de veinte. Que tú, con apenas tres años dando clase de inglés me digas que una palabra no existe, cuando eso muchas veces no podemos decirlo con seguridad ni los que llevamos viéndolo toda la vida, me parece una valoración muy optimista por tu parte. Más cuando— le tiendo la libreta y le pongo la página con la lista del vocabulario delante de las narices, donde puede verse que la puta palabra que según él no existe significa simplemente "lechuga" —esa palabra está en tu lista y te la enseñé hace dos semanas. Es más, es posible que la tengas hasta en tu libro de clase. Otra cosa es que ni te haya dado por leértela.
Silencio absoluto al darse cuenta de que no tengo la más mínima intención de dejarle pasar vaciladas y chulerías, por nimias que sean.


"¿Nunca te has cruzado con alguien a quien no deberías haber puteado? Ese soy yo"


Optimista era, desde luego: como veía que no estudiaba fuera de la clase, lo dejaba estudiando un rato dentro de ella para que aprovechase el tiempo mientras le iba preparando los ejercicios. Listas de cincuenta palabras, de ochenta. Algunas hasta de cien, creo recordar. Bien, pues no llegaba yo ni a redactar la mitad del ejercicio cuando ya me daba la libreta diciendo "Ya", con tono de "¿Esto es todo lo que tienes para mí?", en plan, "si es que soy un genio, no necesito más tiempo". Os hablo de que el colega afirmaba haberse estudiado todas estas palabras en el tiempo de noventa segundos.
Lo sé porque un día me puse a contar mentalmente mientras estaba haciendo los ejercicios

—En esta voy a sacar un siete, por lo menos —me decía, dejando el concepto de "sobrado" a la altura de la babucha.
Hace el ejercicio.
—Un tres.
—IMPOSIBLE.
—¿Quieres que lo cuente de nuevo? A ver... no, es un tres. Has puesto tres bien, has dejado varias en blanco y el resto está mal. Menos mal que te he dado cinco minutos de reloj para que te los mires. No has echado ni uno solo en devolverme la libreta, diciendo que te lo sabías. Pues bien, ya lo veo.

Este crío en concreto, como se ha podido ver, era bastante bueno a la hora de trabajar con ejercicios de comprensión (por ejemplo, gramática); tenía momentos de auténtico vacile, del tipo "Ponme lo que quieras, que me lo voy a saber" (cita cuasitextual) y demostrar que, efectivamente, sabía hacerlas, pero a la hora de memorizar (es decir, el trabajo que implica sentarte a estudiar y dedicarle horas de trabajo de fondo, no solo en clase), pinchaba a lo bestia. Es el caso del vocabulario, que es donde se demuestra realmente el esfuerzo y el interés de cada uno, era donde caía miserablemente en cosas incluso básicas. Lo peor no era que fallase (como si fuera el primero, o como si yo fuera a enfadarme o machacarle por fracasar, cuando mi objetivo es que aprendan a superarlo), sino el hecho de que me echase la culpa a mí:

—Bueno, esta lista no te la has sabido —digo, más como observación que como reproche. Total, como si fuera el primero que no se sabe una lista.
—Es que no me has dicho que me la tenía que estudiar.
—Tú me pediste que te hiciera una lista de vocabulario completa. ¿Esperabas que no te la fuera a preguntar en la siguiente clase?


"¿En serio?"


Ante este último punto, decir que SIEMPRE que explico algo tengo la costumbre de decirle a mis alumnos "Bueno, pues esto prepáratelo para la semana que viene". Quizás se me podría olvidar alguna vez, pero no TODAS. Esta frase de "es que no me lo dijiste" era una especie de respuesta tipo que empleaba cada vez que le ponía un ejercicio de vocabulario, que casaba genialmente con su costumbre de estudiar única y exclusivamente lo que estaba dando ese tema. Si caía alguna cosa de un tema anterior (cosas de la evaluación continua), pues como ni se molestaba en repasarlas y se escudaba diciendo que eso no le tocaba, se las pasaba por el arco de triunfo. Imaginad la guasa empezar cada curso con él, viendo como si no hubiera visto en su puta vida las cosas más elementales; el mismo drama se repetía cada vez que llevaba la lección actual medio bien y quería volver atrás para asegurarme de que lo llevaba todo al día.
Más allá de eso, la guasa era que esas listas interminables me las pedía él, preguntándome cómo se decían no menos de cincuenta palabras por cada lista, y reprochándome (con el mismo tono chulesco que he mencionado que usaba casi siempre) que se me había olvidado poner una, cuando él mismo era incapaz de recordar mucho menos de la mitad de lo que yo le había puesto, como si el fallo por no poner UNA palabra fuese peor que ni siquiera molestarse en mirarse la lista de vez en cuando. Pensar que no se la iba a preguntar una vez (aunque se lo hubiera dicho) podría ser pecar de ingenuo; pensar eso por cada puta lista de las que le ponía era tener una moral de hierro.


Así de densa, por lo menos.


Este, por supuesto, no fue el único modelo de excusa empleado para culparme a mí de no haber estudiado. Si el tío tenía ingenio, lo empleaba con todas sus fuerzas en esta labor:

—Es que este vocabulario es muy difícil.
—Este vocabulario es todo lo difícil que puede ser si ni siquiera te lo miras.
—Pero si me lo he mirado.
Echo un vistazo a las dos o tres palabras de un ejercicio de diez que le he puesto y veo que, de esas palabras, dos de ellas no se parecen absolutamente nada al español y no son precisamente comunes. Las ha escrito bien. Por contra, se ha dejado en blanco palabras que son cognados y otras, directamente, se las ha inventado por si sonaba la flauta. En resumidas cuentas, no hace falta ser un genio para darse cuenta de que este se ha quedado con lo que le ha dado la real gana y el resto es que ni siquiera lo ha repasado. Si me apuráis, ni se lo ha leído, como comentaré más abajo.

Ante esto, cuando el chaval ve que TODO lo que me pide que le enseñe se lo tiene que estudiar, tiene dos opciones: una, decir "mejor me estudio esto hasta que lo controle, me lleve el tiempo que me lleve", o tomar la opción tocapelotas.
Exacto: seguir con la misma política de preguntarme listas de vocabulario, muy probablemente con la esperanza de perder clase y no tener que hacer ejercicios. Ante eso, yo me paso por el forro de mi sacrosanto escroto sus quejas y sigo en mis trece: cada puta cosa que está en la libreta, le suelo decir (bueno, no pronuncio la palabra "puta"), se la puedo preguntar en el momento que considere oportuno. En su mano está estudiárselas o no.
Pese a que eso se lo he dicho por activa y por pasiva, el crío me pide una lista de plantas y flores. Con dos cojones.
Ni que decir tiene que, dos semanas más tarde (tiempo de sobra para haberse estudiado esa lista), se la pregunto. Es una lista difícil, y se lo advertí antes de que empezase a preguntarme las palabras. "Esta me la voy a saber", me dijo.
Le planto, como siempre, diez palabras, para que él las rellene, bien en español, bien en inglés. Al plantarle el ejercicio por delante, su cara es básicamente la de "Ni puta idea".
Observo al chaval durante un minuto.
Casi dos.
Escribe una palabra ("rose") y el resto del rato se queda convirtiendo oxígeno en dióxido de carbono. Yo observo la escena entre divertido e indignado. Lo primero porque nuevamente, toda la arrogancia del chaval ha vuelto a ponerse donde se merecía; lo segundo, por todo el tiempo que siento que estoy malgastando con él para que no sea capaz de interesarse por aprender lo más mínimo. Ya no lo digo solo por este vocabulario, que sí reconozco que era difícil (aunque él me lo pidió, y del que podría haber aprendido más de una palabra de haberse molestado en estudiar), sino por cualquier otro, difícil, normal o básico.

—Cuando quieras puedes empezar —le digo, pasado ese tiempo, considerablemente harto de que el crío pase de mirarse lo que sea y que encima tenga los cojones de echarme la culpa a mí.


Mi cara al decir esto.



Pero por dentro me sentía así.


No es la única vez que me ha hecho eso. Como digo, las vaciladas han sido constantes, con cosas como decirme, en tono de reproche "No me has puesto el vocabulario de la última unidad por escrito", con un tono bastante insultante que suena a "¿Así es cómo pretendes darme clase?"
Considerando que se había examinado de esa unidad la semana anterior, me extrañé de dos cosas: una, de no habérselo puesto; dos, que me lo echase en cara una vez hubiese hecho el examen, cuando en su colegio han llegado a echar más de un mes en dar una unidad concreta y tengo la costumbre de ser lo primero que explico, precisamente para pelear con él todo el mes para que se mire la puta lista (de como mucho treinta palabras, la mitad de ellas casi idénticas al español, para todo un mes) en vistas al examen.

—Déjame ver la libreta, porque me extraña.

Tal y como había sospechado, la lista estaba allí, con todas las palabras nuevas del tema. Estaba bastante seguro de haberla escrito, pero nunca está de más asegurarse.

—Ah, pues estaba ahí —me dice, con la cara cambiada al darse cuenta de la cagada —. Se me había olvidado.
—Y claro —respondo yo, hasta los mismísimos cojones de reproches y de que un enano me eche la culpa de sus errores durante casi tres años —, es mucho más fácil echarme la culpa a mí de no haberte escrito la lista que mirarse la libreta en más de un mes, ¿verdad?


"¡Responde!"


Otra cosa similar me sucede en este punto, con el tema de un examen que tiene. Lo pongo a estudiar, ya que me da a entender que se ha estado tocando los huevos a dos manos desde que empezamos la unidad, limitándose a hacer los deberes, basándose en lo que se acuerda de lo que le he enseñado y vivir de la renta de otros años. Me protesta por la lista de vocabulario (diez palabras, y sobre deportes, que se dicen prácticamente igual que en español), ante lo cual ya me canso y le suelto:

—A ver, esta es la lista del tema. Diez [putas] palabras. Estamos a sábado y el examen lo tienes el lunes. Si no quieres, pues no te la estudies, pero esto es lo que te van a preguntar. Si luego te suspenden, ni se te ocurra echarme las culpas de no habértela sabido, porque problema mío no es.

He mencionado arriba que a este chaval le encantaba tocar las pelotas a dos manos. Y ya no porque hubiese alguien dándole clase, sino porque he llegado a la conclusión de que era su manera de sentirse alguien, aunque fuera soltando cosas totalmente fuera de lugar y dignas de pegarle un manguerazo de agua helada. Cosas como:

—Mi hermana no da clase hoy.
—Gracias, me lo ha dicho tu padre al entrar.
—Eso significa que hoy solo te llevas diez euros, ¿no?

O como:

—Yo es que no sé de qué me sirve el inglés, si yo voy a ser futbolista.
—Por ejemplo, si te contrata un equipo extranjero.
—Yo es que voy a jugar en el Málaga.
—Ya, y si te contrata el Manchester ofreciéndote el doble, les vas a decir que no porque no hablas inglés, ¿no?
—Pues sí.
—Ponte a hacer el ejercicio.


Ay. Ay. Ay. Ay. Ay. Ay.


Y como estas, pues prácticamente todas las clases. Sin embargo, tengo que deciros que la Saga Troll no se limita a estos momentazos, sino que me voy encontrando movidas e historias a lo largo de estos casi tres años.
Como ya he dicho, al principio daba clases en el día de la semana que tenía libre; más adelante (hace un año), resulta que fui contratado para trabajar por las tardes, lo que implicaba una reestructuración de todas mis horas particulares para poder cuadrarlas. Os hablo de un mes de abril, fecha complicada porque pilla justo a mitad de curso. No me parece buena idea darle la patada a todos mis alumnos por eso y me toca llamarlos para empezar a ir cuadrando cambios. Como ya he dicho, la relación con los padres de mis alumnos es excelente: todos me dan la enhorabuena y se alegran mucho por mí, y no tardan en decirme los huecos que tienen libres para ver cómo puedo compaginarlos. Es una tarea muy complicada poner de acuerdo a tanta gente, pero me las apaño.
Hablo con el padre de estos críos, y le comento el plan. Le digo de poner su clase después de mi jornada y me dice que es muy tarde (de siete a nueve), de modo que le ofrezco los fines de semana, a fin de no dejarlos tirados en mitad de curso.

—Es que la niña tiene partido de balonmano —me dice.
—¿A qué hora?
—No sé, depende.
—Entonces, ¿qué hacemos?
—Bueno, podemos probar el sábado.

Aquí es cuando ya veo un poco la actitud. Lo de "podemos probar" me deja bastante claro que, si bien no parece darse cuenta de que yo me tomo la clase como mi trabajo, menos se da cuenta de que el cambio al sábado se lo he ofrecido como un favor. Aun así, acepta y me llama unos días después, poniéndome la clase a las once y media. Este parece ser el horario "oficial", que se viene respetando durante un tiempo.
Durante un tiempo.
A los tres meses o así, veo que el ritmo de semana con clase/semana sin clase se interrumpe. Este señor queda en llamarme para confirmarme las clases, porque me dice que su ex-señora está en mitad de un ERE o no sé qué y que a veces se queda con los niños. Llega un viernes y yo, consciente de que no había dado la clase anterior, me preocupo y pregunto:

—Los niños están con la madre —es toda la respuesta que recibo, en un tono que me suena a "Que parece que no te has enterado".
—Ah, es que como la semana pasada no dimos clase... por eso preguntaba —suelto yo, sin callarme. Si al caballero le molesta que me preocupe por hacer mi trabajo, con bueno ha dado.
—Quedamos en que te llamaría si había clase.
—Ya, y esta semana no me has llamado.
—Es que si no damos clase, no te llamo.


"Tio. Esto no puede ser. Esto no me lo pueden estar diciendo".


Ante tal respuesta, me quedo cuajado, porque ya veo el nivel de formalidad y responsabilidad que destila aquí el colega. Ante eso, no puedo evitar cogerme un cabreo, porque empiezo a ver que eso de echar las culpas a los demás no es solo del crío. Más aún me enferma el hecho de que por lo visto parezca que le estoy molestando por no haber leído su puto pensamiento. Pese a todo, paso de discutir y me organizo mi fin de semana alegremente.

Esta, sin embargo, no es la única movida que me encuentro. A partir del momento en que soy contratado para trabajar, las mamonadas se suceden a razón de una al mes, mínimo. De coger un día y pedirme que le adelante la hora de la clase porque la niña tiene partido. En lugar de dar clase a las once y media, me pone la clase a las diez y media. Acepto y, pese a que he salido la noche anterior, uno es un profesional y se levanta a la hora propia para llegar, aun habiendo dormido unas pocas horas. Llegas a la clase y te sueltan, nada más poner el pie en la casa:

—La niña está mala, así que le das clase solo al niño.


"Vamos, no me jodas..."


La niña, que era la que tenía prisa por ir al partido, y por la cual me adelantaban la clase para que yo la preparase, no estaba disponible. Y, al parecer, de eso no me podía avisar la tarde antes. No podía decirme que, ya que la niña estaba mala, daría solo una hora a la hora de siempre. Se ve que para eso le costaba coger el teléfono.
Y no, no es que me moleste madrugar para ir a trabajar. He dado clases en sábados montones de veces, e incluso más temprano. La diferencia es que los padres de los niños a los que le he dado clase me lo han agradecido siempre.
Lo que me molesta, aparte del agradecimiento cero, es el hecho de que me hayan modificado el horario por la puta cara, para nada, dando incluso menos horas y, en definitiva, haciéndome perder tiempo. Me habría molestado lo mismo que me la hubieran retrasado.

De llamarme en mitad del trabajo (sabiendo de sobra que estoy trabajando a esa hora, porque era la hora a la que daba clase a sus hijos) un viernes por la tarde. Obviamente, no se lo cogí; un rato después, me encuentro un mensaje suyo diciéndome: "Me acabo de enterar que tengo a los niños este fin de semana. ¿Estás disponible mañana a la hora de siempre?" Ante eso, y viendo el plan que está destilándose aquí, me propongo coger y rechazar cualquier clase que me venga a última hora, de modo que le digo que no, que ya había hecho planes, cosa que era cierta.

De estar tan tranquilo en mi casa y, por la putísima cara, recibir un mensaje del padre de los críos con un chiste de estos que te mandan por Guasap, y tú quedarte a cuadros, preguntándote a qué coño ha venido eso.


"¿Pero esto qué mierda es? ¿ESTO QUÉ PUTA MIERDA ES?"


Los cambios de hora vienen sucediéndose a partir de entonces de forma relativamente frecuente. Yo he llegado al punto en que, si llegamos al jueves y no tengo noticias, me organizo mi fin de semana sin contar con esa clase. Como he mencionado arriba, ya solo doy clase en la hora pactada, lo que podría suponer que a partir de aquí los momentos troll desaparecen.
Os equivocáis.

Si bien os pensabais que el niño era el único tocapelotas y habéis flipado con el padre, resulta que la hermana se suma a la movida y entra en una dinámica de "Me lo paso todo por el epicentro" que flipas. A lo largo del segundo curso de los tres que le di clase, ya apuntaba maneras y tenía la sanísima costumbre de encogerse de hombros cuando le decía que podría estudiar aunque fuera un poquito, porque esto estaba suponiendo una total pérdida de tiempo. Su actitud era algo del tipo "yo es que soy así" y no había manera alguna de hacer que se pusiera a estudiar. Ni siquiera durante la clase, ya que no paraba de hablar, por mucho que la cortase y le dijese que se pusiera en lo que tenía por delante. La criatura llega a su momento de paroxismo pasota en el momento en que me viene con el portátil del colegio (buena cosa han hecho, con una criatura que parece conocerse a todos los putos Youtubers de la galaxia, más alguno que para mí que proviene de otra) con una presentación en Power Point, para que se la revise. Empiezo a ver frases que no tienen ni pies ni cabeza, con palabras que yo no le he enseñado a la niña, y que parecen sinónimas de las que deberían ser, solo que solo lo son en forma y no en contenido. Orden de las frases, como poco, extraño, como muy "españolizado", a diferencia de la gramática inglesa, que es a sota-caballo-rey. Uno tiene ya experiencia con estas cosas y lo ve a la legua:

—Google Translator, ¿verdad?
La niña se encoge de hombros, pone su habitual cara de "me importa un huevo" y suelta, medio riéndose:
—Seh.
Tomo aire. Tres cursos. Tres cursos enseñando frases básicas a esta niña. Frases básicas que son las que tiene que utilizar en la puta presentación. Ni una jodida frase está en condiciones, porque ha considerado más útil pasar de pensar en lo que lleva tiempo haciendo y que a cualquier otro alumno, no más inteligente, sino que ponga un poco más de interés le saldrían casi de cabeza. En lugar de eso, tiene los santos huevos de hacerme un copy-paste y dejar que una máquina le haga el trabajo sin revisarlo siquiera.
—Pues que sepas que habrías tardado menos haciéndolo como te enseñé yo, que es poniendo las frases como deben ir. Ahora te va a tocar borrarlo todo y empezar de nuevo, porque eso no tiene por dónde cogerlo.


"¡¡¡YEEEAAAARRRGGHGHGHGHGHGHGHGHG!!!"


La cosa se vuelve más cuesta arriba, mientras voy viendo que tanto ella como su hermano no solo no avanzan (eso no me preocupa, considerando que cada uno tiene su ritmo y no se puede exigir que den más de lo que dan), sino que retroceden: en efecto, los dos están olvidando cosas que llevan viendo conmigo desde el primer puto día que les estoy dando clase, pese a que se las pregunto cada vez que voy a su casa.

—Es que nada más que estudian conmigo —me dice el padre, intentando quedar bien, en plan "Porque con su madre no hacen ni el huevo".
Yo, ya harto de tanta chorrada y de que me tomen como el pito del sereno, respondo. De muy buenas maneras (porque uno será un cafre, pero en el trabajo es correcto y educado), pero respondo:
—Me temo que no estamos hablando de un déficit de una semana. Verás, cuando un alumno no solo no avanza, sino que olvida cosas que se le enseñaron hace años, te puedo hablar de meses en los que no se ha tocado un libro.


"Sin rollos, ¿vale?"


Llegamos a los últimos meses, donde me encuentro que la niña parece haber desaparecido y solo doy clase al crío. Es decir, que me llevo mi sueldo mínimo, que cobro cada dos semanas, con suerte. Porca miseria.

—Es que están de obras en casa de la madre, y llevan ya tres meses —me suelta el padre como toda explicación. Por algún motivo me imagino a la niña cargando ladrillos o algo así.

Pasan varios meses más. La niña sigue sin aparecer y me pillan algunas vacaciones por medio, entre navidades y semana santa. En conjunto, que haya dado de "continuo" al hermano, que hayan sido un par de clases en dos meses, como mucho. Para entonces, parece ser que media familia ha dejado de dar clase conmigo: la primera familiar, por medio de la cual los conocí, decide dejar de dar clase "Por razones personales", y me dice que "Ya me llamará". Me deja colgada una hora que me había pedido por activa y por pasiva que le respetase antes de terminar la segunda evaluación (llegando incluso a hablar con otra madre para decirle que no cogiera SU hora). A otra familiar, a la que daba clase por las mañanas, lo mismo: me dice que le viene mal dar clase conmigo por cuestiones laborales y que ya me llamaría para retomar. Ni que decir tiene que, en la medida de lo que he podido, he cubierto ya esas horas, porque no me parece de recibo que me dejen colgado a mitad de curso sin explicaciones. No seré el mejor en mi oficio, pero siempre me las apaño para encontrar alumnos aun en momentos así.


"Vaya, alguien ha activado la Putiseñal!"


El resto de las clases de los fines de semana, o bien las he rechazado porque me querían cambiar el horario o directamente no me han llamado; cuando las he dado, solo he dado una hora porque la niña no ha vuelto a hacer acto de presencia en casi tres meses. Llegados a este punto, yo ya he tomado la determinación de no seguir con ellos a partir de verano, porque tengo la certeza de que estoy perdiendo el tiempo (no solo por ser fin de semana que es mi tiempo libre: también por la frustración que supone invertir ese tiempo en gente que ni lo aprovecha, ni lo agradece ni parece importarle, ni enterarse de que eres quien le estás haciendo un favor a ellos y no al revés). Por no dejarlos tirados, decido seguir hasta final de curso y luego que se busquen la vida. No os creáis que una parte de mí no se teme este momento como una vara verde; ya me comí la aventura de la Familia Milagro y, a decir verdad, de lo último que tengo ganas es de entrar en otra discuión. Paso, no me apetece.

Llega esa mañana en que recibes un mensaje. Ves que el remitente es el padre de estos críos y te extraña que lo haga un martes, ya que como muy pronto suele escribirte un miércoles. Ya temíendote cualquier bizarrada, lo abres y te dice, a dos putos meses escasos de terminar el curso, que dejamos de dar clase "por unos meses" porque a él lo van a operar y los críos se quedan con la madre.
Que ya me llamará para retomar.
Al leer esto, me pienso si esto es una especie de mantra familiar o algo así. Ni que decir tiene que me resulta todo un alivio, ya que me ha hecho el trabajo sucio de mandarlo a zurrir manteca al monte. Si le da por llamarme (cosa que todavía está por demostrar, y con muchísimas reservas), le diré que ni me quedan huecos y que, por motivos "personales", ya no puedo dar clase los fines de semana.


"Demasiado tarde".


Y es que con estas cosas, amigos Distópicos, uno tiene que darse a valer y tener un respeto por su propia profesión: si otros no se toman en serio sus responsabilidades, no lo va a hacer uno por ellos. Y si ellos no respetan lo que hacemos, nosotros tenemos que hacer que nos respeten. Lidiar con estas cosas supone un desgaste brutal de energías. En el caso de gente que no muestra interés alguno y a la que le da exactamente igual aprobar que suspender, aprender que no aprender y que a lo único a lo que se dedican es a tocarte las pelotas y a dar la impresión de que se están cachondeando de uno, no merecen la pena. Ni compensa siquiera lo que te pueden pagar (como veis, para el choteo de clases tampoco es que ganase nada en condiciones), ni el hecho de que les hayas hecho la cantidad de favores que les has hecho precisamente para no acabar en malos términos.
Hay gente que parece vivir para tocar las narices. Y esa gente es la que no hay que soportar, en la medida de lo posible.

domingo, 5 de abril de 2015

Escupiendo Rabia- Hasta los putos cojones del activismo social mamporrero, o A ver si folláis más y jodéis menos.



Algunos de vosotros, queridos Distópicos, recordaréis que en la sección de Mesa de Autopsias hablé de una de las películas que más ha marcado mi vida en los últimos años. Me refiero a la genial La Ola, del alemán Dennis Gansel, analizada en este enlace con todo el detalle que me fue posible. En ella, se planteaba la posibilidad de un resurgimiento del nazismo en la Alemania de la década de 2000, y donde se mencionaba en un principio que los jóvenes alemanes habían aprendido la lección de sus antepasados y que esas cosas no podían volver a suceder. La peli nos enseña un postulado algo diferente y nos dice que esa idea no es tan clara, pero en el artículo de hoy quiero quedarme, no con la existencia de esa posibilidad en sí o no, sino con la filosofía del alemán medio de la que parte esta historia. Es decir, el hecho de que los alemanes nacidos en los últimos, pongamos, veinte años, no se sienten ni culpables ni responsables por lo que hicieron antepasados suyos a los que ni siquiera conocieron. Tienen bastante con haber aprendido la lección, seguir adelante y recordar lo que pasó para que no vuelva a suceder.
Bien, retengamos eso y sigamos.

En esta sociedad de rebaños humanos existe una curiosa tendencia a polarizar ideologías. Es un principio falaz, pero no por ello menos practicado: si usted, querido fulanito, resulta no estar al completo al 100% de acuerdo con los ideales de algún personaje que viene a predicarle la obra y gracia de su credo personal (filosófico, político, social o lo que sea), usted será automáticamente visto como su más completa y radical antítesis. Enemigo, apóstata o criatura despreciable, dependiendo si este personaje en sí es radical o muy radical. Si usted no apoya A, es porque apoya B de forma inevitable, ya que no existen las medias tintas.
También los hay no radicales que defienden sus causas como los dioses mandan, lo sé; este artículo no va dedicado a ellos, que bastante tienen ya con defender una causa de forma respetable y razonada, y con desvincularse de los completos tontos del culo que las llenan de mierda y los dejan a la altura del betún. Esos salvajes con los que es imposible siquiera tener una conversación, porque se exaltan, la lían y causan profunda vergüenza ajena a los que sí defienden esas mismas causas como personas civilizadas.


"Ay, ay, ay, contentos me tenéis, desgraciaus"


El caso es que cuando polarizamos ideologías y nos paramos a ver cómo funciona el tema, nos damos cuenta de que el personal en realidad hace lo más descojonante que nos podemos echar a los hocicos, que es definir su propia ideología en base a aquello que se opone o, peor aún, odia. Dicho de otro modo, parece imposible para mucha gente eso de defender un ideario propio sin tener que atacar a aquellos a los que ven como el enemigo. Algo de lo que he hablado alguna que otra vez y que, si sois de usar el coco para algo más que para abrir puertas, habréis deducido vosotros solitos sin que yo tenga que soltaros ninguna milonga.

Yendo más allá, y llegando ya al núcleo de lo que quiero hablar aquí, es cuando nos damos cuenta de que existen colectivos y colectivos. Que igual os puede parecer antidemocrático o antinoséquépollas, pero yo lo explico. Que os convence, pues yo me alegro; que no, pues nada. Que venís a tocar los cojones, pues os digo que os vayáis a la puta mierda y que se los toquéis a otro más dispuesto a escuchar vuestras idioteces. Total, si no vais a razonar, os lo digo de antemano y me ahorro tener que soportaros.
Existen colectivos que son minoritarios y otros que no lo son. Es una división meramente demográfica, pero a nivel social nos damos cuenta de que las cosas funcionan de una manera muy curiosa. Como siempre, insisto para aquellos que llegáis de nuevas o aquellos que no sabéis ni leer y venís con evaluaciones psiquiátricas de los chinos o intentando meter palabras en mi boca: esta es una valoración PERSONAL y NO ACADÉMICA. Hablo por mi propia experiencia, por lo que he vivido, presenciado y tenido que escuchar, y no he hecho estudios científicos por la Universidad de Quintocoño, Alabama.
Volvemos a eso del trato de los colectivos: en principio, un colectivo, mayoritario o minoritario debe o debería gozar del mismo respeto, considerando que bueno... si tenemos grupos de personas, cada una con una ideología, si ambas ideologías son respetables, no importa el tamaño (del colectivo).

Lo malo sucede en el momento en que aparecen "movimientos" (sí, lo entrecomillo porque me niego a darle a tales grupos tal reconocimiento) en que un ruidoso y superactivista puñado de gente parece adueñarse de una ideología (generalmente minoritaria) y se dedica a juzgar a otros movimientos (generalmente mayoritarios) de la forma más irracional posible. Son los Enarboladores de Estandartes, de los que hablé en un artículo previo. La cosa se pone verdaderamente indignante, no solo cuando el personaje de ese grupo minoritario arremete contra cualquier otro grupo al que ve como un enemigo, sino ya arremete contra cualquier individuo que, por el motivo que sea, pertenece a él, como si fuera total y único responsable de la desgracia en la que su vida se pueda haber convertido. Es decir, tomar la parte por el todo, sin plantearse siquiera conocer a quién está atacando o escuchar lo que tenga que decir. Si es que tiene que decir algo, que lo mismo está tan normal y por cojones parece que tiene que posicionarse. Porque ahora cualquier defensa de ciertos derechos o de ciertas opiniones parece que tiene que ser una guerra abierta.


"Tortilla de patatas. ¿Con cebolla o sin cebolla?
¡HABLA, MAJARÓN!"


Pongamos el caso de un varón, de raza blanca, heterosexual y que mantiene algún tipo de creencia religiosa, no necesariamente practicante. Pues bien, en muchos círculos, dependiendo del nivel de energumenismo con el que se encuentre, parece ser que tiene que andar pidiendo disculpas.
Para empezar por ser blanco, ya que su raza ha ido pisoteando a otras razas a lo largo de la historia. Un caso claro es que te encuentres todavía gente que te diga que los problemas de Latinoamérica, TODOS Y CADA UNO DE ELLOS, provienen del imperialismo que los españoles impusieron a sangre y fuego HACE MÁS DE 500 PUTOS AÑOS. Resulta más irrisorio si pensamos que, la mitad de las veces, esos mismos que sueltan esos argumentos, gente con apellidos de origen europeo (a menudo español), se refieran a los españoles (con bastante desprecio, por cierto) como "nuestros" antepasados y no como los suyos. Irónico, si pensamos que las probabilidades de que los antepasados de los que residimos en España, hoy por hoy, viajaran a las Indias Occidentales, sean menores que las de encontrarse europeos en los antecedentes de ellos.
Sea como sea, no deja de ser curioso que, medio milenio después, todavía tengamos que sentirnos responsables por cosas que no hemos hecho. No como personas, ni como individuos. Ni nuestros padres. Joder, ni nuestros abuelos siquiera.
Y tenemos que andar justificándonos, porque siempre habrá alguien que se indigna cuando sepa de nuestro país de origen.
He hablado del tema de Latinoamérica, pero por supuesto no es el único. Me llega el caso, hace escasos minutos, de una señora de raza negra en Estados Unidos que decide denunciar a una criatura de año y medio porque ha llorado al verla. La criatura es blanca, ergo la señora ve un caso claro de racismo.
Y este disparate, por lo visto, nos tiene que parecer un avance en pos de la lucha de los derechos civiles y de la igualdad. Y si no este, alguna cosa parecida, quizás no tan exagerada, pero con el mismo trasfondo.


Chorradas tales como decir que en Batman Begins, el Bruce Wayne que encarna Christian Bale es racista porque miente y da órdenes al Lucius Fox encarnado por Morgan Freeman.
Esto se ha llegado a escribir. Y lo peor es que el que lo ha escrito parecía ir en serio.


Supongamos que este varón se encuentra, por el motivo que sea, en según qué círculos. Círculos que ya lo miran mal y lo discriminan por ser varón. Tomando su opinión, no importa que esté razonada o que esta persona esté de parte de lo que se está hablando: su opinión será sometida a juicio, o como poco, bajo sospecha. Porque no basta con tener una opinión razonada en ciertos contextos; al parecer, uno tiene que ganarse las simpatías, ya que carga con la terrible maldición de haber nacido con un pene entre las piernas. La justificación que se oye a veces es la de "Pues eso es lo que han sufrido las mujeres durante siglos, para que veas". Como si, por el mero hecho de ser hombre, diera la puta casualidad de que eso implica automáticamente aceptar y apoyar las borricadas que se han hecho con las mujeres o que se piense de forma inserta en el puto ADN que las mujeres son inferiores.
Los hombres, como colectivo "Mayoritario" (más bien por un remanente de machismo en la sociedad que por número, pero venga, llamémoslo así, porque es cierto que el feminismo -el de verdad, que es el que persigue la igualdad entre PERSONAS sin distinguir si tienen una picha o un toto entre las patas, y no la mierda ultrarradical que estoy obligado a tener que aguantar día sí y día también- todavía tiene mucho que avanzar para tener el reconocimiento que merece) tienen que andar, para mucha gente, pidiendo disculpas y midiendo sus palabras hasta el extremo, vayan a ser tergiversadas, retorcidas o simplemente malinterpretadas. Muchos hombres nos hemos criado en ambientes prácticamente matriarcales, o bien nos hemos pasado toda la vida rodeados de mujeres, tanto en la universidad como en el trabajo y no hemos acusado absolutamente nada. En un ambiente sano, sin idioteces que pretendan santificar a unos o demonificar a otros, es una convivencia pacífica y agradable. Sin dedos que señalen. Sin tonterías de "Tú, como hombre, tienes la puta culpa de todo, da igual lo que pienses, porque un tío es siempre un tío." Es la crisis del hombre del s.XXI, a la que ya hice referencia en este otro artículo.


Con esto quiero que quede claro que no pienso que el sexismo se haya erradicado del todo de la sociedad.
Soy el primero en admitir que todavía quedan muchos pasos por recorrer, y no niego que hay muchas concepciones que cambiar.
Pero también digo que juzgar a los hombres solo por ser hombres y tratar su opinión con un rasero diferente a la de las mujeres no es el camino.
Ni siquiera reconozco feminismo en eso.


Con el tema de que el hombre en sí sea heterosexual, tres cuartos de lo mismo: en muchos casos, concretamente en aquellos donde lo que encontramos son esos guerrerillos sociales de salón, cuyo único objetivo en la vida parece ser tener un enemigo al que odiar, combinar los términos "varón" y "heterosexual" parece conllevar ver a dicho hombre hetero como una especie de macho alfa. Un cruce entre Alfredo Landa y un gorila de los documentales del National Geographic, que parece tener como afición apalear maricones y bolleras y luego irse a su casa a inseminar a alguna fémina, ya que ese es la misión de todo hombre.
Ese tipo de planteamientos, esgrimidos por dichos colectivos de índole radical (insisto: SOLO los de índole radical que, puede que no sean la mayoría, pero cada día hacen más ruido y son cada vez más cansinos), no dejan de ser prejuicios, esgrimidos desde una especie de fobia social hacia aquellos a los que ven como los tiranos opresores... Pero sin pensar que, si bien una persona no elige ser homosexual (al menos, que sepamos; que oye, que si lo elige tampoco es que suponga una gran diferencia), tampoco es que elija ser hetero. Se es así y punto. Como existen personas que son bisexuales, o incluso transexuales. No pasa absolutamente nada.
Lo verdaderamente triste es encontrarte humanos que, por el mero hecho de formar parte de un colectivo social que, cada día que pasa, (por fin) normaliza cada vez más su existencia, tienden justo a hacer lo contrario: a denormalizarse ellos solos, buscando la forma de sentirse "especiales" y de autoaislarse de los demás, meándose en el concepto base de la normalización y la aceptación, que es la lucha por la integración. Gente que en lugar de alegrarse porque poco a poco esas barreras y esos prejuicios se vayan superando y seguir luchando porque se terminen de superar del todo, se dedican a pasarse todo el santo día dando la matraca, intentando convencernos de la discriminación constante y el odio brutal y desenfrenado al que son sometidos, como si viviésemos en los putos años cuarenta (o como si ellos los hubieran vivido). Escudándose en el prejuicio hacia los que no son como ellos, y justificándolo con lo de "Es que yo formo parte de un colectivo discriminado, así que mi rabia está permitida".
Dicho esto: ¿sigue existiendo homofobia? Pues claro, joder. Ahora bien, ¿tanta como había hace, pongamos, dos, tres, cuatro décadas? ¿Se ha avanzado algo? En caso afirmativo, ¿se debe seguir avanzando?
Vamos más lejos: si queremos seguir avanzando, ¿merece realmente la pena exagerar lo malo, negar o minimizar lo bueno y andar buscando guerra todo el santo día? ¿Es esa una herramienta para avanzar y concienciar a la gente, o al final acabamos causando rechazo?


Puede que la cuestión sea darnos cuenta de que todo el mundo es especial.
O, usando la lógica, podemos decir que en realidad nadie lo es.


Aquí es cuando algún tonto del culo empezará diciendo que este postulado es totalmente homofóbico y que estoy negando a la gente de determinado colectivo tener su sitio donde expresarse. Para vosotros la perra gorda; dije exactamente lo mismo de otros colectivos, como el autoproclamado "colectivo friki" aquí. Así que si soy homófobo solo por ver a las personas como PERSONAS, independientemente de su condición sexual, parece ser que también soy frikífobo (sí, me acabo de inventar el término) solo por decir que ser aficionado a algo no justifica ir por ahí marginándose a uno mismo. Menos aún para luego decir que el mundo "normal" (tócate los cojones) los margina y no los entiende.
En cualquier caso, cuando uno con un cierto sentimiento de igualdad (esto es, que se pase por el forro de las almorranas con quién se acueste el prójimo) se encuentra un radical que mide a la gente por su sexualidad y no le da la razón en cualquier estupidez que suelte (algo muy típico de los guerreros sociales de pose), es tachado abiertamente de homofobia, cuando a lo mejor esa persona simplemente lo que no soporta es la imbecilidad, venga de un hetero, de un homosexual o de una espora alienígena.


Si un alien es más tonto que el culo de un grillo, lo mismo es que lo que nos molesta no es que sea alien, sino que sea tonto. Que sea tonto y se pase todo el día dando por saco.
Pero eso no nos convierte en xenófobos.


El último caso es cuando esa persona profesa una creencia. Este tema es curioso, porque hemos pasado de un extremo a otro: en épocas más represoras, eso de no ser católico practicante, apostólico y blablablá era considerado algo pernicioso. En épocas incluso más oscuras, te sometías al peso de la ley por ello. En épocas más oscuras aún, hasta te daban matarile por no seguir las enseñanzas del viejo Jesús al pie de la letra.
Hoy en día llegamos a una época en que las tornas se invierten, pero no mejoran. Ahora ya no te queman por decir que no crees en Dios pero, para muchos, el profesar una creencia (ya no digamos practicarla) parece convertirte en una especie de soplagaitas con un defecto cromosomático, corto de entendederas y más manipulable que un puto Lemming. Esto es otro principio de la polaridad a la que me refería arriba, donde dos ideologías, que toman filosofías diferentes, se toman por definición como mutuamente excluyentes; dicho de otro modo, si usted es de ciencias, por cojones tiene que ser inteligente y, ¡cómo no! más ateo que Lenin. Por contra, si usted es creyente, esto le convierte en una especie de palurdo desdentado que todavía piensa que el mundo se creó en siete días y que el niño Jesús nos vigila por si nos da por acariciarnos el cipote. Para esta gente, parece imposible pensar que una persona de ciencias pueda ser creyente, o que un creyente pueda ser inteligente. Unos listísimos, otros tontitos del culo y hala, a correr.
Y eso, por lo visto, no es un pensamiento radical. Solo son radicales aquellos que siguen sus creencias.
Cada día que pasa veo cada vez más puños en alto, casi pidiendo explicaciones a aquellos que parecen haber cometido el imperdonable error de tener fe. De pensar que hay algo más allá, o de que las cosas suceden por un motivo que la ciencia, bien no termina de explicar, o bien si lo explica, no ofrece una explicación del todo satisfactoria. Ahora el creyente tiene que justificarse, y el que no lo es y viene atacándolo solo por tener creencias, se escuda en el hecho de que la religión ha perseguido a mucha gente en el pasado y que ahora tiene derecho a devolver todas y cada una de las hostias dadas, aunque sea a gente que ni es responsable directa de eso, bien ni siquiera está de acuerdo con esas cosas que sucedieron.


"¡Cojones ya!"



Lo más enervante de todo es el hecho de que la mayor parte de estos juicios que emiten estos colectivos radicales, o bien estos guerreros sociales, se hacen desde la ignorancia: para estos seres, todo lo que no sea darles la razón se convierte en machista, racista, homófobo o intolerante, y solo por poner los tres o cuatro ejemplos de activismo de pose más explotados últimamente. Es muy gracioso que vivan día sí y día también para denunciar (lo de actuar lo dejamos) las actitudes que ellos encuentran (insisto, encuentran, no necesariamente tienen por qué ser reales) intolerantes en el mundo que les rodea y ni siquiera se paren a pensar que toda esa rabia que sueltan, toda esa censura que exigen, todas esas explicaciones que piden a los demás, no hacen sino mostrarlos como los intolerantes que ellos mismos denuncian.



"Formo parte del colectivo de señores con gafas, barba, camisa blanca y corbata roja que tienen problemas para peinarse. Odio a los tíos que visten de negro, se peinan y se afeitan. PERO SOBRE TODO ODIO A LOS TÍOS QUE NO USAN GAFAS PORQUE ME MIRAN DE FORMA DIFERENTE. ¡MUERTE A TODOS ELLOS!"



Volviendo pues a lo que mencionaba al principio de este post acerca de la peli de Dennis Gansel, tengo que decir una cosa: puede que a mucha gente le moleste, pero he nacido varón, blanco, heterosexual y hasta profeso una cierta creencia religiosa (no en ningún culto organizado, pero tengo mis creencias. Y como son mis creencias, me las follo cuando quiero). No tengo que pedir disculpas por ninguna de ellas. En el caso de las tres primeras, ni siquiera las he elegido y, de haberlo hecho, no considero que sean ni erróneas ni que tenga que andar dando explicaciones a aquellos que no son ni hombres, ni blancos ni heterosexuales, del mismo modo que yo no le he pedido jamás explicaciones a nadie por ello, porque me resulta ridículo.
Con el tema de profesar una creencia, pues lo mismo: esto sí es más una elección propia, pero al tener amigos tanto ateos como creyentes practicantes como agnósticos o como paganos (como tengo amigas lesbianas, amigos gays y bisexuales... y transexuales, lo siento: es que no conozco a ninguno), francamente, lo que crea el prójimo me suda la puta polla de cabo a rabo, siempre y cuando no se dedique a tocarme los cojones predicándome (y ojito, no os creáis que son solo los ultracatólicos los que predican, que hay no pocos ateos que dan un por culo con su antirreligiosidad galopante que se vuelven jartibles, como decimos en mi tierra) o pidiéndome explicaciones acerca de por qué creo en lo que creo.


Os voy a decir por dónde os podéis meter esas explicaciones que exigís.


Creo que en esta sociedad existe la pluralidad y el derecho a profesarla: caballero, si usted decide llevarse a la cama a otro caballero, cuenta con mi respeto y con mi aprobación. Señora, si usted cree que la sociedad todavía tiene que avanzar en la lucha por los derechos de las mujeres, estoy por completo de acuerdo. Señor, si usted no cree en nada, o por el contrario decide creer que provenimos de un inmenso pedo cósmico , en su derecho está y cuenta con mi respeto. Que no es que ninguno de ustedes necesiten que yo les diga estas cosas, pero bueno, es posible que se sientan más a gusto sabiéndolo.
Ahora, os lo digo bien claro: a lo que no tenéis derecho es a pedir explicaciones ni a andar juzgando a nadie ÚNICA Y EXCLUSIVAMENTE porque no es "de los vuestros". Más cuando esas personas, más de una vez, resultan estar de acuerdo con vosotros y las miráis mal porque pensáis que no son "auténticos". A lo que no tenéis derecho es a ir imponiendo vuestro criterio por vuestros putos cojones (o vuestro puto coño, o lo que tengáis entre las patas), bajo la amenaza de insultar a otros llamándolos "machistas", "homófobos" o "capillitas", que estáis muy pesados ya con vuestro activismo social mamporrero de poca monta. Con vuestros pataleos, vuestros ataques, vuestros apedreos masivos y vuestras ganas de armarla día sí y día también. Por que si nos paramos a pensarlo, a razón de cada puta semana tenemos motivos para armarla: cuando no consiste en armarla en Semana Santa para pedir que la retiren porque es una festividad que aborrecéis (y esgrimiendo como argumentos excusas que no empleáis con otras festividades que deberían seros igualmente molestas y cuya retirada no pedís), me encuentro activismo de pose en el Día de la Mujer, a cuál más radical, más pasado de rosca y más lleno de odio. Cuando no, es porque ha salido un artículo con una noticia acerca de lo que sea y ya vais todos, armados con vuestros ladrillos verbales, dispuestos a aplastar la ideología (que consideráis) contraria. Con imbecilidades del calibre "Yo de esto no entiendo, pero tengo derecho a opinar, y siento cátedra con un juicio de valor generalista y parcial, por no mencionar parco en información", y dando por hecho de que, solo por ser una opinión, ya está a la altura de la de la gente que SÍ sabe de lo que habla y a la que avergonzáis con vuestros gruñidos. Ahí fuera hay un mundo, tíos. Un mundo que puede ser una cosa aceptable, una puta mierda o algo más soso que un polo de agua. Salid y vividlo, joder. En vez de andar buscando los siete pies al gato acerca de cualquier puta cosa que creáis ver, haced que os dé el aire y os refresque las ideas. Qué coño, hasta podéis follar un poco.
A ver si, para variar, la próxima vez, venís más tranquilitos y con menos ganas de protestar por payasadas. Con menos intención de ir buscando enemigos a costa de juzgar a gente que lo único que ha hecho es no ser como vosotros.
A ver si folláis más y jodéis menos.