domingo, 5 de abril de 2015

Escupiendo Rabia- Hasta los putos cojones del activismo social mamporrero, o A ver si folláis más y jodéis menos.



Algunos de vosotros, queridos Distópicos, recordaréis que en la sección de Mesa de Autopsias hablé de una de las películas que más ha marcado mi vida en los últimos años. Me refiero a la genial La Ola, del alemán Dennis Gansel, analizada en este enlace con todo el detalle que me fue posible. En ella, se planteaba la posibilidad de un resurgimiento del nazismo en la Alemania de la década de 2000, y donde se mencionaba en un principio que los jóvenes alemanes habían aprendido la lección de sus antepasados y que esas cosas no podían volver a suceder. La peli nos enseña un postulado algo diferente y nos dice que esa idea no es tan clara, pero en el artículo de hoy quiero quedarme, no con la existencia de esa posibilidad en sí o no, sino con la filosofía del alemán medio de la que parte esta historia. Es decir, el hecho de que los alemanes nacidos en los últimos, pongamos, veinte años, no se sienten ni culpables ni responsables por lo que hicieron antepasados suyos a los que ni siquiera conocieron. Tienen bastante con haber aprendido la lección, seguir adelante y recordar lo que pasó para que no vuelva a suceder.
Bien, retengamos eso y sigamos.

En esta sociedad de rebaños humanos existe una curiosa tendencia a polarizar ideologías. Es un principio falaz, pero no por ello menos practicado: si usted, querido fulanito, resulta no estar al completo al 100% de acuerdo con los ideales de algún personaje que viene a predicarle la obra y gracia de su credo personal (filosófico, político, social o lo que sea), usted será automáticamente visto como su más completa y radical antítesis. Enemigo, apóstata o criatura despreciable, dependiendo si este personaje en sí es radical o muy radical. Si usted no apoya A, es porque apoya B de forma inevitable, ya que no existen las medias tintas.
También los hay no radicales que defienden sus causas como los dioses mandan, lo sé; este artículo no va dedicado a ellos, que bastante tienen ya con defender una causa de forma respetable y razonada, y con desvincularse de los completos tontos del culo que las llenan de mierda y los dejan a la altura del betún. Esos salvajes con los que es imposible siquiera tener una conversación, porque se exaltan, la lían y causan profunda vergüenza ajena a los que sí defienden esas mismas causas como personas civilizadas.


"Ay, ay, ay, contentos me tenéis, desgraciaus"


El caso es que cuando polarizamos ideologías y nos paramos a ver cómo funciona el tema, nos damos cuenta de que el personal en realidad hace lo más descojonante que nos podemos echar a los hocicos, que es definir su propia ideología en base a aquello que se opone o, peor aún, odia. Dicho de otro modo, parece imposible para mucha gente eso de defender un ideario propio sin tener que atacar a aquellos a los que ven como el enemigo. Algo de lo que he hablado alguna que otra vez y que, si sois de usar el coco para algo más que para abrir puertas, habréis deducido vosotros solitos sin que yo tenga que soltaros ninguna milonga.

Yendo más allá, y llegando ya al núcleo de lo que quiero hablar aquí, es cuando nos damos cuenta de que existen colectivos y colectivos. Que igual os puede parecer antidemocrático o antinoséquépollas, pero yo lo explico. Que os convence, pues yo me alegro; que no, pues nada. Que venís a tocar los cojones, pues os digo que os vayáis a la puta mierda y que se los toquéis a otro más dispuesto a escuchar vuestras idioteces. Total, si no vais a razonar, os lo digo de antemano y me ahorro tener que soportaros.
Existen colectivos que son minoritarios y otros que no lo son. Es una división meramente demográfica, pero a nivel social nos damos cuenta de que las cosas funcionan de una manera muy curiosa. Como siempre, insisto para aquellos que llegáis de nuevas o aquellos que no sabéis ni leer y venís con evaluaciones psiquiátricas de los chinos o intentando meter palabras en mi boca: esta es una valoración PERSONAL y NO ACADÉMICA. Hablo por mi propia experiencia, por lo que he vivido, presenciado y tenido que escuchar, y no he hecho estudios científicos por la Universidad de Quintocoño, Alabama.
Volvemos a eso del trato de los colectivos: en principio, un colectivo, mayoritario o minoritario debe o debería gozar del mismo respeto, considerando que bueno... si tenemos grupos de personas, cada una con una ideología, si ambas ideologías son respetables, no importa el tamaño (del colectivo).

Lo malo sucede en el momento en que aparecen "movimientos" (sí, lo entrecomillo porque me niego a darle a tales grupos tal reconocimiento) en que un ruidoso y superactivista puñado de gente parece adueñarse de una ideología (generalmente minoritaria) y se dedica a juzgar a otros movimientos (generalmente mayoritarios) de la forma más irracional posible. Son los Enarboladores de Estandartes, de los que hablé en un artículo previo. La cosa se pone verdaderamente indignante, no solo cuando el personaje de ese grupo minoritario arremete contra cualquier otro grupo al que ve como un enemigo, sino ya arremete contra cualquier individuo que, por el motivo que sea, pertenece a él, como si fuera total y único responsable de la desgracia en la que su vida se pueda haber convertido. Es decir, tomar la parte por el todo, sin plantearse siquiera conocer a quién está atacando o escuchar lo que tenga que decir. Si es que tiene que decir algo, que lo mismo está tan normal y por cojones parece que tiene que posicionarse. Porque ahora cualquier defensa de ciertos derechos o de ciertas opiniones parece que tiene que ser una guerra abierta.


"Tortilla de patatas. ¿Con cebolla o sin cebolla?
¡HABLA, MAJARÓN!"


Pongamos el caso de un varón, de raza blanca, heterosexual y que mantiene algún tipo de creencia religiosa, no necesariamente practicante. Pues bien, en muchos círculos, dependiendo del nivel de energumenismo con el que se encuentre, parece ser que tiene que andar pidiendo disculpas.
Para empezar por ser blanco, ya que su raza ha ido pisoteando a otras razas a lo largo de la historia. Un caso claro es que te encuentres todavía gente que te diga que los problemas de Latinoamérica, TODOS Y CADA UNO DE ELLOS, provienen del imperialismo que los españoles impusieron a sangre y fuego HACE MÁS DE 500 PUTOS AÑOS. Resulta más irrisorio si pensamos que, la mitad de las veces, esos mismos que sueltan esos argumentos, gente con apellidos de origen europeo (a menudo español), se refieran a los españoles (con bastante desprecio, por cierto) como "nuestros" antepasados y no como los suyos. Irónico, si pensamos que las probabilidades de que los antepasados de los que residimos en España, hoy por hoy, viajaran a las Indias Occidentales, sean menores que las de encontrarse europeos en los antecedentes de ellos.
Sea como sea, no deja de ser curioso que, medio milenio después, todavía tengamos que sentirnos responsables por cosas que no hemos hecho. No como personas, ni como individuos. Ni nuestros padres. Joder, ni nuestros abuelos siquiera.
Y tenemos que andar justificándonos, porque siempre habrá alguien que se indigna cuando sepa de nuestro país de origen.
He hablado del tema de Latinoamérica, pero por supuesto no es el único. Me llega el caso, hace escasos minutos, de una señora de raza negra en Estados Unidos que decide denunciar a una criatura de año y medio porque ha llorado al verla. La criatura es blanca, ergo la señora ve un caso claro de racismo.
Y este disparate, por lo visto, nos tiene que parecer un avance en pos de la lucha de los derechos civiles y de la igualdad. Y si no este, alguna cosa parecida, quizás no tan exagerada, pero con el mismo trasfondo.


Chorradas tales como decir que en Batman Begins, el Bruce Wayne que encarna Christian Bale es racista porque miente y da órdenes al Lucius Fox encarnado por Morgan Freeman.
Esto se ha llegado a escribir. Y lo peor es que el que lo ha escrito parecía ir en serio.


Supongamos que este varón se encuentra, por el motivo que sea, en según qué círculos. Círculos que ya lo miran mal y lo discriminan por ser varón. Tomando su opinión, no importa que esté razonada o que esta persona esté de parte de lo que se está hablando: su opinión será sometida a juicio, o como poco, bajo sospecha. Porque no basta con tener una opinión razonada en ciertos contextos; al parecer, uno tiene que ganarse las simpatías, ya que carga con la terrible maldición de haber nacido con un pene entre las piernas. La justificación que se oye a veces es la de "Pues eso es lo que han sufrido las mujeres durante siglos, para que veas". Como si, por el mero hecho de ser hombre, diera la puta casualidad de que eso implica automáticamente aceptar y apoyar las borricadas que se han hecho con las mujeres o que se piense de forma inserta en el puto ADN que las mujeres son inferiores.
Los hombres, como colectivo "Mayoritario" (más bien por un remanente de machismo en la sociedad que por número, pero venga, llamémoslo así, porque es cierto que el feminismo -el de verdad, que es el que persigue la igualdad entre PERSONAS sin distinguir si tienen una picha o un toto entre las patas, y no la mierda ultrarradical que estoy obligado a tener que aguantar día sí y día también- todavía tiene mucho que avanzar para tener el reconocimiento que merece) tienen que andar, para mucha gente, pidiendo disculpas y midiendo sus palabras hasta el extremo, vayan a ser tergiversadas, retorcidas o simplemente malinterpretadas. Muchos hombres nos hemos criado en ambientes prácticamente matriarcales, o bien nos hemos pasado toda la vida rodeados de mujeres, tanto en la universidad como en el trabajo y no hemos acusado absolutamente nada. En un ambiente sano, sin idioteces que pretendan santificar a unos o demonificar a otros, es una convivencia pacífica y agradable. Sin dedos que señalen. Sin tonterías de "Tú, como hombre, tienes la puta culpa de todo, da igual lo que pienses, porque un tío es siempre un tío." Es la crisis del hombre del s.XXI, a la que ya hice referencia en este otro artículo.


Con esto quiero que quede claro que no pienso que el sexismo se haya erradicado del todo de la sociedad.
Soy el primero en admitir que todavía quedan muchos pasos por recorrer, y no niego que hay muchas concepciones que cambiar.
Pero también digo que juzgar a los hombres solo por ser hombres y tratar su opinión con un rasero diferente a la de las mujeres no es el camino.
Ni siquiera reconozco feminismo en eso.


Con el tema de que el hombre en sí sea heterosexual, tres cuartos de lo mismo: en muchos casos, concretamente en aquellos donde lo que encontramos son esos guerrerillos sociales de salón, cuyo único objetivo en la vida parece ser tener un enemigo al que odiar, combinar los términos "varón" y "heterosexual" parece conllevar ver a dicho hombre hetero como una especie de macho alfa. Un cruce entre Alfredo Landa y un gorila de los documentales del National Geographic, que parece tener como afición apalear maricones y bolleras y luego irse a su casa a inseminar a alguna fémina, ya que ese es la misión de todo hombre.
Ese tipo de planteamientos, esgrimidos por dichos colectivos de índole radical (insisto: SOLO los de índole radical que, puede que no sean la mayoría, pero cada día hacen más ruido y son cada vez más cansinos), no dejan de ser prejuicios, esgrimidos desde una especie de fobia social hacia aquellos a los que ven como los tiranos opresores... Pero sin pensar que, si bien una persona no elige ser homosexual (al menos, que sepamos; que oye, que si lo elige tampoco es que suponga una gran diferencia), tampoco es que elija ser hetero. Se es así y punto. Como existen personas que son bisexuales, o incluso transexuales. No pasa absolutamente nada.
Lo verdaderamente triste es encontrarte humanos que, por el mero hecho de formar parte de un colectivo social que, cada día que pasa, (por fin) normaliza cada vez más su existencia, tienden justo a hacer lo contrario: a denormalizarse ellos solos, buscando la forma de sentirse "especiales" y de autoaislarse de los demás, meándose en el concepto base de la normalización y la aceptación, que es la lucha por la integración. Gente que en lugar de alegrarse porque poco a poco esas barreras y esos prejuicios se vayan superando y seguir luchando porque se terminen de superar del todo, se dedican a pasarse todo el santo día dando la matraca, intentando convencernos de la discriminación constante y el odio brutal y desenfrenado al que son sometidos, como si viviésemos en los putos años cuarenta (o como si ellos los hubieran vivido). Escudándose en el prejuicio hacia los que no son como ellos, y justificándolo con lo de "Es que yo formo parte de un colectivo discriminado, así que mi rabia está permitida".
Dicho esto: ¿sigue existiendo homofobia? Pues claro, joder. Ahora bien, ¿tanta como había hace, pongamos, dos, tres, cuatro décadas? ¿Se ha avanzado algo? En caso afirmativo, ¿se debe seguir avanzando?
Vamos más lejos: si queremos seguir avanzando, ¿merece realmente la pena exagerar lo malo, negar o minimizar lo bueno y andar buscando guerra todo el santo día? ¿Es esa una herramienta para avanzar y concienciar a la gente, o al final acabamos causando rechazo?


Puede que la cuestión sea darnos cuenta de que todo el mundo es especial.
O, usando la lógica, podemos decir que en realidad nadie lo es.


Aquí es cuando algún tonto del culo empezará diciendo que este postulado es totalmente homofóbico y que estoy negando a la gente de determinado colectivo tener su sitio donde expresarse. Para vosotros la perra gorda; dije exactamente lo mismo de otros colectivos, como el autoproclamado "colectivo friki" aquí. Así que si soy homófobo solo por ver a las personas como PERSONAS, independientemente de su condición sexual, parece ser que también soy frikífobo (sí, me acabo de inventar el término) solo por decir que ser aficionado a algo no justifica ir por ahí marginándose a uno mismo. Menos aún para luego decir que el mundo "normal" (tócate los cojones) los margina y no los entiende.
En cualquier caso, cuando uno con un cierto sentimiento de igualdad (esto es, que se pase por el forro de las almorranas con quién se acueste el prójimo) se encuentra un radical que mide a la gente por su sexualidad y no le da la razón en cualquier estupidez que suelte (algo muy típico de los guerreros sociales de pose), es tachado abiertamente de homofobia, cuando a lo mejor esa persona simplemente lo que no soporta es la imbecilidad, venga de un hetero, de un homosexual o de una espora alienígena.


Si un alien es más tonto que el culo de un grillo, lo mismo es que lo que nos molesta no es que sea alien, sino que sea tonto. Que sea tonto y se pase todo el día dando por saco.
Pero eso no nos convierte en xenófobos.


El último caso es cuando esa persona profesa una creencia. Este tema es curioso, porque hemos pasado de un extremo a otro: en épocas más represoras, eso de no ser católico practicante, apostólico y blablablá era considerado algo pernicioso. En épocas incluso más oscuras, te sometías al peso de la ley por ello. En épocas más oscuras aún, hasta te daban matarile por no seguir las enseñanzas del viejo Jesús al pie de la letra.
Hoy en día llegamos a una época en que las tornas se invierten, pero no mejoran. Ahora ya no te queman por decir que no crees en Dios pero, para muchos, el profesar una creencia (ya no digamos practicarla) parece convertirte en una especie de soplagaitas con un defecto cromosomático, corto de entendederas y más manipulable que un puto Lemming. Esto es otro principio de la polaridad a la que me refería arriba, donde dos ideologías, que toman filosofías diferentes, se toman por definición como mutuamente excluyentes; dicho de otro modo, si usted es de ciencias, por cojones tiene que ser inteligente y, ¡cómo no! más ateo que Lenin. Por contra, si usted es creyente, esto le convierte en una especie de palurdo desdentado que todavía piensa que el mundo se creó en siete días y que el niño Jesús nos vigila por si nos da por acariciarnos el cipote. Para esta gente, parece imposible pensar que una persona de ciencias pueda ser creyente, o que un creyente pueda ser inteligente. Unos listísimos, otros tontitos del culo y hala, a correr.
Y eso, por lo visto, no es un pensamiento radical. Solo son radicales aquellos que siguen sus creencias.
Cada día que pasa veo cada vez más puños en alto, casi pidiendo explicaciones a aquellos que parecen haber cometido el imperdonable error de tener fe. De pensar que hay algo más allá, o de que las cosas suceden por un motivo que la ciencia, bien no termina de explicar, o bien si lo explica, no ofrece una explicación del todo satisfactoria. Ahora el creyente tiene que justificarse, y el que no lo es y viene atacándolo solo por tener creencias, se escuda en el hecho de que la religión ha perseguido a mucha gente en el pasado y que ahora tiene derecho a devolver todas y cada una de las hostias dadas, aunque sea a gente que ni es responsable directa de eso, bien ni siquiera está de acuerdo con esas cosas que sucedieron.


"¡Cojones ya!"



Lo más enervante de todo es el hecho de que la mayor parte de estos juicios que emiten estos colectivos radicales, o bien estos guerreros sociales, se hacen desde la ignorancia: para estos seres, todo lo que no sea darles la razón se convierte en machista, racista, homófobo o intolerante, y solo por poner los tres o cuatro ejemplos de activismo de pose más explotados últimamente. Es muy gracioso que vivan día sí y día también para denunciar (lo de actuar lo dejamos) las actitudes que ellos encuentran (insisto, encuentran, no necesariamente tienen por qué ser reales) intolerantes en el mundo que les rodea y ni siquiera se paren a pensar que toda esa rabia que sueltan, toda esa censura que exigen, todas esas explicaciones que piden a los demás, no hacen sino mostrarlos como los intolerantes que ellos mismos denuncian.



"Formo parte del colectivo de señores con gafas, barba, camisa blanca y corbata roja que tienen problemas para peinarse. Odio a los tíos que visten de negro, se peinan y se afeitan. PERO SOBRE TODO ODIO A LOS TÍOS QUE NO USAN GAFAS PORQUE ME MIRAN DE FORMA DIFERENTE. ¡MUERTE A TODOS ELLOS!"



Volviendo pues a lo que mencionaba al principio de este post acerca de la peli de Dennis Gansel, tengo que decir una cosa: puede que a mucha gente le moleste, pero he nacido varón, blanco, heterosexual y hasta profeso una cierta creencia religiosa (no en ningún culto organizado, pero tengo mis creencias. Y como son mis creencias, me las follo cuando quiero). No tengo que pedir disculpas por ninguna de ellas. En el caso de las tres primeras, ni siquiera las he elegido y, de haberlo hecho, no considero que sean ni erróneas ni que tenga que andar dando explicaciones a aquellos que no son ni hombres, ni blancos ni heterosexuales, del mismo modo que yo no le he pedido jamás explicaciones a nadie por ello, porque me resulta ridículo.
Con el tema de profesar una creencia, pues lo mismo: esto sí es más una elección propia, pero al tener amigos tanto ateos como creyentes practicantes como agnósticos o como paganos (como tengo amigas lesbianas, amigos gays y bisexuales... y transexuales, lo siento: es que no conozco a ninguno), francamente, lo que crea el prójimo me suda la puta polla de cabo a rabo, siempre y cuando no se dedique a tocarme los cojones predicándome (y ojito, no os creáis que son solo los ultracatólicos los que predican, que hay no pocos ateos que dan un por culo con su antirreligiosidad galopante que se vuelven jartibles, como decimos en mi tierra) o pidiéndome explicaciones acerca de por qué creo en lo que creo.


Os voy a decir por dónde os podéis meter esas explicaciones que exigís.


Creo que en esta sociedad existe la pluralidad y el derecho a profesarla: caballero, si usted decide llevarse a la cama a otro caballero, cuenta con mi respeto y con mi aprobación. Señora, si usted cree que la sociedad todavía tiene que avanzar en la lucha por los derechos de las mujeres, estoy por completo de acuerdo. Señor, si usted no cree en nada, o por el contrario decide creer que provenimos de un inmenso pedo cósmico , en su derecho está y cuenta con mi respeto. Que no es que ninguno de ustedes necesiten que yo les diga estas cosas, pero bueno, es posible que se sientan más a gusto sabiéndolo.
Ahora, os lo digo bien claro: a lo que no tenéis derecho es a pedir explicaciones ni a andar juzgando a nadie ÚNICA Y EXCLUSIVAMENTE porque no es "de los vuestros". Más cuando esas personas, más de una vez, resultan estar de acuerdo con vosotros y las miráis mal porque pensáis que no son "auténticos". A lo que no tenéis derecho es a ir imponiendo vuestro criterio por vuestros putos cojones (o vuestro puto coño, o lo que tengáis entre las patas), bajo la amenaza de insultar a otros llamándolos "machistas", "homófobos" o "capillitas", que estáis muy pesados ya con vuestro activismo social mamporrero de poca monta. Con vuestros pataleos, vuestros ataques, vuestros apedreos masivos y vuestras ganas de armarla día sí y día también. Por que si nos paramos a pensarlo, a razón de cada puta semana tenemos motivos para armarla: cuando no consiste en armarla en Semana Santa para pedir que la retiren porque es una festividad que aborrecéis (y esgrimiendo como argumentos excusas que no empleáis con otras festividades que deberían seros igualmente molestas y cuya retirada no pedís), me encuentro activismo de pose en el Día de la Mujer, a cuál más radical, más pasado de rosca y más lleno de odio. Cuando no, es porque ha salido un artículo con una noticia acerca de lo que sea y ya vais todos, armados con vuestros ladrillos verbales, dispuestos a aplastar la ideología (que consideráis) contraria. Con imbecilidades del calibre "Yo de esto no entiendo, pero tengo derecho a opinar, y siento cátedra con un juicio de valor generalista y parcial, por no mencionar parco en información", y dando por hecho de que, solo por ser una opinión, ya está a la altura de la de la gente que SÍ sabe de lo que habla y a la que avergonzáis con vuestros gruñidos. Ahí fuera hay un mundo, tíos. Un mundo que puede ser una cosa aceptable, una puta mierda o algo más soso que un polo de agua. Salid y vividlo, joder. En vez de andar buscando los siete pies al gato acerca de cualquier puta cosa que creáis ver, haced que os dé el aire y os refresque las ideas. Qué coño, hasta podéis follar un poco.
A ver si, para variar, la próxima vez, venís más tranquilitos y con menos ganas de protestar por payasadas. Con menos intención de ir buscando enemigos a costa de juzgar a gente que lo único que ha hecho es no ser como vosotros.
A ver si folláis más y jodéis menos.

domingo, 22 de marzo de 2015

Tebeos en Vena- La Broma Asesina de Fredric Wertham, o "No lo llaméis censura, llamadlo causa"




Hará cosa de cerca de treinta años, DC contó con un fulano llamado Alan Moore para escribir una historia sobre Batman. Moore, que había escrito Watchmen cosa de un año antes y que, por aquel entonces, ya despotricaba sobre los superhéroes cosa fina, aceptó, partiendo de una de sus habituales premisas: "No me siento satisfecho hasta que he tomado un personaje, lo he destruido por completo y lo he vuelto a recrear". Esta misma premisa era la que había tomado, precisamente, con Watchmen, tomando como base para sus personajes aquellos de DC cuyos derechos habían sido comprados a Charlton Comics: de esta manera, es fácil encontrar un paralelismo entre Rorschach y Question, o entre el Búho Nocturno y Blue Beetle. Si tiramos un poco más hacia atrás en el tiempo, encontramos que la Cosa del Pantano también había sufrido el "toque Moore".
La Broma Asesina, título de esta historia de Batman, no sería ni mucho menos tan ambiciosa: para empezar, se trataría de una novela gráfica de extensión bastante reducida y que, en teoría, iba a contar una aventura más del Detective Murciélago.
En teoría, claro.
El "toque Moore" que he mencionado arriba también tuvo, de forma sutil, acto de presencia, a la hora de reciclar un personaje que, para ese 1988, ya estaba en horas bajas. Me refiero, como ya he mencionado en otros artículos de este blog como este, a Batgirl.


Portada original de La Broma Asesina, a manos del genial artista británico Brian Bolland.


Como ya comenté previamente en el post dedicado a superheroínas que demuestran que el cómic es uno de los géneros pioneros en mostrarnos el inmenso potencial que tiene la feminidad en un formato narrativo, Batgirl es el claro ejemplo de reciclar un personaje y no convertirlo en una víctima más: tras haber sido disparada en la columna, el personaje queda postrado en una silla de ruedas, pero sobrevive y evoluciona hasta convertirse en Oráculo, la hacker que intercomunica a toda la comunidad superheroica del Universo DC y convirtiéndose, de un modo tan paradójico como irónico, en la columna vertebral de no pocas sagas y macrohistorias de dicha casa. Esto explica que, por tanto, esa Broma Asesina se haya convertido, pese a su corta extensión y a la sencillez de su argumento, en todo un referente que sigue en boga como unas tres décadas más tarde, del mismo modo que lo han venido siendo otras novelas gráficas e historias de Batman como Año Uno o El Regreso del Señor de la Noche, versioneadas y homenajeadas hasta lo indecible.

Treinta años. Treinta años, insisto. Han pasado tres décadas y, conforme voy creciendo y observando el mundo que me rodea (un mundo cada vez más absurdo, contradictorio y escalofriante), me voy dando cuenta de que, en lugar de superar muchas cosas, hemos retrocedido al punto de olvidarlas y llegar al punto de partida.
Para entender esto que explico, voy a pasar a contar algo que sucedió allá por los años cincuenta y que he mencionado muy de pasada en artículos anteriores. Cuando sigáis leyendo, queridos Distópicos, entenderéis que no voy soltando datos al azar, sino que todo tiene su razón de ser. Todo está conectado, pero quiero enseñaros todas las piezas antes de que veáis el cuadro completo.
Como iba diciendo, vamos a retroceder nuevamente en el tiempo, esta vez hasta el año 1954. En este año, aparece la obra de un psiquiatra llamado Fredric Wertham, que causa bastante revuelo en la opinión pública norteamericana. Su libro, llamado The Seduction of the Innocent, arremete directamente contra la cultura del cómic, especialmente el superheroico (que llevaba asentada apenas quince años), profiriendo acusaciones realmente graves: según el doctor, los cómics incitaban a conductas tan perniciosas entre los jóvenes como (atentos) la homosexualidad o las tendencias filocomunistas.
Lo que hoy puede parecernos desfasado, no obstante, en su contexto tuvo gran parte de sentido: recordemos que esta obra fue publicada en plena Guerra Fría, de modo que las acusaciones que Wertham emitía, fundadas o no, calaron muy hondo en una sociedad que vivía inmersa en el miedo hacia lo desconocido. Donde los comunistas y todo aquello que se saliera medianamente del "American Way of Life" (significase eso lo que significase) se veían como algo amenazador y siniestro que convertiría, poco a poco, al "país de las libertades" en una dictadura al más puro estilo Telón de Acero.


Aquí, el viejo Fredie, leyendo un tebeo con cara de "¿Pero esto qué mierda es?"


Tal repercusión tuvo aquel estudio que, a causa de ello, los cómics sufrieron un cambio bastante profundo en su forma de proceder; para empezar, la aparición de héroes enmascarados que luchaban por la igualdad (algo que sonaba demasiado a socialismo) descendió de forma radical, siendo sustituidos por héroes de western, piratas o historias románticas. Se impuso, además, un sello en toda publicación dirigida a chavales conocido como el Comics Code Authority, que venía a suponer la censura en este formato. Así pues, cualquier cosa que se dibujara en un comic, independientemente de que el contenido fuera para niños o no (por aquella época era más o menos lo normal, a menos que hablásemos de historias de terror), tenía que pasar por un comité que evaluase los contenidos y determinase si, en efecto, eran "dignos" de ser publicados o no. Así estaría el patio que el Comics Code estuvo vigente durante décadas, incluso ya en los sesenta, cuando el revuelo contra los superhéroes se relajó un poco y, además de que DC rescatase a sus superhéroes (o los reformase, como queráis), surge una nueva editorial que supone una dura competencia: Marvel. No sería hasta el año 1984, cuando Alan Moore (nuevamente) lanzase la primera serie que, oficialmente, se lo saltaría: La Cosa del Pantano. Habían pasado treinta años, poco más o menos, para que la censura hubiera podido ser desafiada de forma oficial, y todavía harían falta unos pocos años más para que el Comics Code se convirtiera en un residuo anacrónico.


He aquí el sello, que se podía ver en montones de portadas de cómics hasta bien entrados los ochenta.


Llegamos por fin a 2015. Tres décadas después de la aparición de obras como La Cosa del Pantano o La Broma Asesina, y casi sesenta después de la aparición de The Seduction of the Innocent. Un s.XXI en el que se supone (subrayo, SE SUPONE) que este tipo de movidas deberían haber quedado más que superadas. En el que conceptos como eso de que los cómics SOLO van dirigidos a un público de chavales, inmaduros y mentalmente inestables, con una personalidad impresionable y que viven para imitar a un tío en mallas debieron quedar atrás, no solo con Watchmen, sino con otras obras como The Authority, Kick-Ass, The Sandman o Los Invisibles (y esto por poner tan solo unos pocos ejemplos que apenas arañan la superficie de la inmensa cantidad creativa de la industria). Superados, especialmente, si tenemos en cuenta la brutal libertad creativa que han disfrutado miles de autores de cómics a lo largo de las últimas décadas, mostrando contenidos políticos, filosóficos e incluso metaliterarios en sus historias.

Sin embargo, y como comentaba arriba, vamos hacia atrás, olvidando todo eso; en lugar de superar tabúes, volvemos a retomarlos, con mas fuerza y más rabia, aunque bajo otras consignas. Propagados como enfermedades venéreas a través de foros y redes sociales, y con un público que protesta más de lo que lee... porque con cada comentario, demuestran que su derecho a opinar está por encima de su conocimiento. Lo he visto durante los últimos dos años, con polémicas absurdas desatadas por portadas y dibujos que han llegado a la ridiculez más absoluta. Nuevamente, aquellos que encienden su navegador favorito para buscar algo con lo que ofenderse, lo encuentran. No tienen más que entrar en la página de Marvel o DC, o en el perfil de tal o cual artista al que le han encargado un trabajo. Se calzan sus lentes de "cazar ideologías" (aunque se haga desde la ideología de un fanático) y, como sucede con todo el que busca pelea, acaban dando con ella. Sucedió con aquella portada de Spiderwoman de la que hablé en un artículo anterior, sucedió con todas las chorradas que soltaba Gail Simone en su blog "Women in Refrigerators" (acerca del cual, ya expresé mi opinón en otro artículo, ya enlazado arriba) y ha vuelto a suceder con la última portada de Batgirl.


CULO.


Si tengo que hablar algo de este tema, es el hecho de que a mí el nuevo Universo DC (NUDC para abreviar) no me entusiasma, pero básicamente es por concepto. En resumidas cuentas, os diré que yo no veía necesario otro reinicio del Universo, y mucho menos que auténticos ineptos como Bob Harras y el trepa de Jim Lee se dediquen a convertir DC en su lupanar personal. Pero bueno, como no me interesa lo que hagan esos pavos, pues no lo compro y ya está.
Pero sí tengo la trayectoria suficiente como lector para no caer en según qué juicios de valor que se han hecho hacia estos tíos, y que probablemente se seguirán haciendo cada vez que alguien que trabaja para ellos saque una puñetera portada. Me refiero, cómo no, a las acusaciones de machismo e incitación a la violencia de género lanzadas por los típicos armabroncas de siempre. Gente que parece que no ha leído cómics en su santa vida (o no los suficientes, al menos), para entender que precisamente esa portada es un homenaje a la citada Broma Asesina, la cual en su día no generó esta discusión ni por el forro. Gente que no se ha enterado de que Batgirl, en este nuevo Universo DC, lleva el traje, con lo que se da un claro pie a volver a homenajear a la obra de Moore, para aquellos que entendemos que leer cómics es algo más que pillarte cuatro novedades, sino que es un arte que, a diferencia de como sucede con la literatura o el cine, posee un sentido de continuidad, precisa de una considerable capacidad de relacionar datos, y que referencias a hechos surgidos hace veinte, treinta o incluso cuarenta años, son una constante.


Esta es la escena de La Broma Asesina donde el Joker irrumpe en casa de Barbara Gordon y la deja gravemente herida de un disparo. Nótese el homenaje de la portada de arriba con el sombrero.
Como nota curiosa, ahora hay malas lenguas que vienen con la insinuación de que el Joker abusó sexualmente de Barbara en la historia. Esto es algo que, lejos de ser una interpretación subjetiva, probablemente no pasó debido a dos motivos:
Uno, DC en su línea mainstream no se atrevía por aquella época a contar ese tipo de cosas, ya que no eran los tiempos adecuados.
Dos, Alan Moore lo contó un año antes sin tapujos en Watchmen, con lo cual, de haber querido hacerlo y le hubieran dejado, habría sido mucho más explícito y no se habría cortado al mencionarlo.


El perfil medio de la persona que protesta obvia todo eso, y descontextualiza por completo la idea. Ni siquiera llega a leer la historia para poder comprobar de forma fehaciente si, en efecto, lo que se muestra es una apología del machismo o la violencia de género, es por el contrario una denuncia, o simplemente no es ni una cosa ni la otra. Tan solo ven a una mujer atada y un psicópata amenazante a su lado y, como hacían las mujeres barbudas de La Vida de Brian, cargan sus piedras con juicios de valor, e inculcando ideologías sobre los artistas.
Tengo que decir que esto me causa mucha risa. Pero no me entendáis, no me causa risa porque me haga gracia; me río por no llorar, porque me estoy dando cuenta de que en este mundo solo se necesita una causa que defender para sentirse con el derecho a pisotear a los demás. Para presionarles para que se retracten de lo que han hecho... aunque en realidad no hayan hecho nada, o nada más que lo que los demás han querido ver. Para que ellos mismos sean los que se acaben autocensurando y pidan disculpas por haber creado lo que querían. Me causa risa de las de lágrimas cuando pienso que, no hace demasiado, estos mismos que ahora se indignan por esas cosas, por esas "llamadas continuas a la violencia de género" y otros juicios sacados de la manga, eran los que mostraban fotos con lápices rotos en señal de duelo por la masacre de Charlie Hebdo en París. Los mismos que decían que nada debía coartar la libertad de un artista. Que el arte no debía entender de barreras.

Ahora, esos mismos me salen diciendo que es que esta portada es un homenaje al mal gusto. Que muestra a la mujer como un personaje débil y sumiso. Que una vez más (o una vez más tengo yo que escuchar semejante parida) las costumbres del patriarcado (sea eso lo que sea, porque por lo visto es la Fuente de Todo Mal, y Todo lo Malo parece haber salido de un pene) imponen y marcan roles y estereotipos sociales sobre los que debemos reflexionar.
Comentarios pseudosesudos.
Sentadas de cátedra.


Velas rojas para luchar por una causa, pero al soplarla, se defiende justo la contraria.
Pero siempre es una buena causa la que se defiende.


Vamos a ir analizando un poco lo que se puede ver en esa portada y un poco lo que he venido leyendo acerca de este tema. En primer lugar, lo que tenemos es el ya citado homenaje, donde efectivamente, Batgirl aparece atada y con la pintura del Joker en la cara. A su lado, éste, con un arma en la mano y su habitual sonrisa.
El Joker, ¿vale?
Ahora pregunto yo: si el Joker es un psicópata, totalmente democrático (mata hombres, mujeres y niños por igual, sin hacer distinción de credo, religión o si tiene que matar a un héroe o a otro villano), capaz de, no solo de dejar en silla de ruedas de un disparo a Barbara Gordon, sino de vejar mentalmente a su padre (en la misma historia, de hecho), matar (literalmente) a palos a Jason Todd, envenenar el depósito de agua de Gotham City, pactar con los iraníes solo para tener cabezas nucleares a su disposición, intentar matar a TODOS los bebés que quedan en Gotham tras el terremoto y hasta de automutilarse el rostro para no ser reconocido por los ordenadores de Batman... ¿Alguien me puede explicar a qué viene esa acusación de machismo? ¿Es que acaso nadie ha leído los suficientes cómics donde aparece este personaje para darse cuenta de que el hecho de tener atada a Batgirl entra dentro de lo que es su idiosincrasia básica?

Ha habido otros que han basado su queja y su argumento en pos de la portada como un ejemplo de machismo al decir que a Batgirl se le escapa una lagrimilla de PUTO PÁNICO, y que eso "Hace mostrar a la mujer como débil y manipulable". He llegado a leer sandeces tan grandes como decir que nunca se muestra llorando a un héroe varón porque eso lo hace parecer más débil o una "nenaza", sin despeinarse ante lo homofóbico del comentario en sí mismo. Esa misma gente no parece haber visto llorar desconsoladamente a Cíclope al menos DOS veces (una, cuando Jean Grey se "salvó" del accidente que sufrió durante la saga Fénix y dos, cuando la vio suicidarse delante de sus narices); a Spiderman, tras el asesinato de su tío. a Rondador Nocturno, precisamente al recordar a su amiga muerta o al tener el cadáver de su hermano adoptivo entre los brazos. A Daredevil, en no pocas ocasiones. A Batman, con la muerte de Jason Todd. A Green Lantern cuando Coast City fue arrasada. A TODOS LOS PUTOS PERSONAJES DE DC cuando J'onn J'onzz fue asesinado. A TODOS LOS PUTOS PERSONAJES DE MARVEL cuando murió el Capitán Marvel a causa de un cáncer. Nadie parece haber visto a Lobezno a punto de cagarse en los pantalones tras su primera pelea con Proteus. A Aquaman, cuando cae víctima de la toxina del miedo del Espantapájaros. Batgirl aparece CAGADA de miedo en la portada, sí. ¿Y QUÉ?Cualquiera que lee cómics (incluso cualquiera que lee historias, en general) sabe que el miedo no es algo que convierte en débil al héroe, sino que es un elemento a superar para fortalecerse. Para levantarse, para afrontarlo y salir adelante. Que es justo eso lo que te convierte en un héroe, y no un traje molón y unos poderes. Si esos críticos que han ido con su causa enarbolada han sido incapaces de ver esto... Casi que trae más cuenta que lean más historias en lugar de ir de psiquiatras por la vida y se dejen ya de psicoanalizar a los artistas.


El pellejo del careto del Joker, tirado en el suelo, mientras el amigo iba correteando por ahí con la jeta en carne viva. Me pregunto dónde coño estaban todos aquellos que están berreando ahora contra el mal gusto cuando se publicó esto, si es que tantos cómics habían leído.
A mí personalmente no es que me importe. El mal gusto es intrínseco a un psicópata de ficción, y creo que prescindir de ello es una auténtica ridiculez.
Pero se ve que en el mundo real algunos ven solo lo que quieren ver e ignoran todo lo demás.


Vamos un poco más lejos: otros han ido diciendo que bueno, es que son siempre las mujeres las que aparecen atadas. Precisamente el otro día me llega una foto de una portada de Spiderman de hace como diez años en la que él aparece amarrado en una postura bastante sadomaso. Y como esa, tenemos la clásica de los años cuarenta de la Sociedad de la Justicia de América, donde TODO EL GRUPO (varones por aquella época) aparecía atado mientras la Sociedad de la Injusticia Mundial rasgaba un mapa de América. Eso de atar a un héroe ha sido un cliché toda la vida y nadie, ABSOLUTAMENTE NADIE había protestado por eso, sacándose causitas de la manga hasta ahora.

Seguimos avanzando en la crítica; resulta que ahora parte del escándalo consiste en que el villano es varón y la heroína, mujer, lo que reafirma esa "violencia de género". Si tenemos que pensar en este concepto, la corrección política de este planteamiento roza el histérico absurdo. Es como si tenemos que pensar ahora que un villano SOLO puede atacar a otros hombres, o bien que una heroína SOLO puede tener mujeres como enemigos. Incluso podemos llegar a pensar que un villano debe tener un trato de favor con su enemiga por ser esta mujer... Lo que nos daría una visión totalmente irreal (por no decir rídicula) de lo que es un personaje malvado.
Y es que esta corrección política extrema nos está haciendo perder el norte. Con tanta causa y tanto "Patrón neomachista implícito en la sociedad que genera conductas que tenemos asumidas" estamos perdiendo el contacto con la realidad y estamos empezando a ser incapaces de ver que una historia no es más que una historia y, por tanto, NO es real. No todo lo que se muestra debe ser un ejemplo de conducta o un reflejo necesario de nada. Puede serlo, pero es que no hay obligación de ello. Que se muestre a Batgirl atada por su peor enemigo EN SU PROPIA SERIE no es más que el reflejo de que Batgirl posee un enemigo que es el paradigma del hijo de la gran puta... y cualquiera que sabe un mínimo de historias, tiene asumido que un héroe se define por el nivel de maldad de sus enemigos. Del sociópata que carece por completo de humanidad o compasión. Que disfruta matando gente Y YA ESTÁ. Asumir o dar por hecho de que los directivos de DC son una especie de comuna misógina que buscan ridiculizar mujeres es, de entrada, una calumnia; en segundo lugar, es un insulto para la cantidad de mujeres (lectoras, creadoras, e incluso directivas. ¿Quién os creéis que manda ahora en DC Entertainment?) que están ahí y que disfrutan con las historias tanto como los hombres... porque hace décadas, digan lo que digan, que las historias que se pueden leer en un cómic, no van dirigidas solo a hombres. Asegurar lo contrario no es solo un prejucio: es un estereotipo, basado en la más total y absoluta ignorancia.


50 Sombras de Spidey.


Sentar cátedra, asumiendo que el cómic es machismo para chicos, es como dar por hecho de que el mundo del deporte es solo para hombres y que las mujeres no tienen cabida ahí. Que no puede haber ni mujeres deportistas, o mujeres que se dediquen al periodismo deportivo, con lo que figuras como María Escario no tendrían absolutamente ninguna razón de ser, partiendo de este hecho. Más curioso resulta el hecho cuando hablo con amigas mías, que sin darse golpes de pecho ni andar subiendo artículos todo el santo día para que veamos lo consagradas que están por la causa, creen y luchan a su modo por la igualdad de género. Al enterarse de lo que ha pasado con la portada de Batgirl, no han podido sino escandalizarse... pero no por la portada en sí, sino por lo ridículo de la protesta. Estas amigas mías consideran que un villano no debe ser diferente con una mujer por ser mujer. Algunos igual las llamaréis raras, pero ellas consideran que ni siquiera en eso debe haber diferencias de trato (hablando, por supuesto, en casos de ficción; en ningún caso me quiero salir de este tema). No si se quiere ver a la mujer al mismo nivel que al hombre.

Por otra parte, parece que la corrección política no solo afecta al hecho de si la villana es mujer o no. Parece ser que la solución de la sociedad posmoderna de hoy en día ante la esencia del Mal es negarla. Ahora lo escabroso o lo directamente maligno nos causa tal pavor que no solo no podemos verlo, sino que exigimos su desaparición total (por medio de la censura, o presionando para que haya autocensura) para que podamos seguir viviendo en nuestras burbujitas de piruletas y colorines. Si lo pensamos, hoy en día sería prácticamente imposible que obras como Las 120 Jornadas de Sodoma, Lolita, o incluso Tito Andrónico fuesen publicadas por sus autores, de no haberlo hecho en épocas anteriores. Es más, no me sorprendería que dentro de nada se pusiese de moda reescribirlas para un público modernito que, incapaz de soportar esa oscuridad del ser humano, exigiese la mutilación y la descuartización de clásicos de la literatura solo para poder presumir de haberlos leído.


Algo así ya se ha venido haciendo, con eso de "adaptar el lenguaje de una obra clásica para hacerla más cercana".
Traducido, "mandar a la mierda el estilo y el genio del autor original para que el lerdo de a pie pueda decir que la ha leído y la ha entendido".


O quizás es el hecho de crear una polémica a la semana, al menos. Si nos fijamos, hoy en día, todo, absolutamente todo, es polémico. Desde un vestidito que crea una gilipollesca controversia durante días hasta la portada de un cómic, pasando por el penalty que ha fallado un futbolista. Todo son memes, todo son gracietas, hasta que llega un colectivo que se adueña de esa polémica y la usa como caballo de batalla para así justificar sus filias y sus fobias personales. Gente que, pese a no saber de lo que está hablando (como ha sucedido con el Joker y Batgirl), se ha sentido con su derecho a la opinión y ha cargado contra aquello que no sabe ni lo que es, ni lo que realmente significa. Insisto: DC no son mis mejores amigos. No me pagan las facturas. No me tienen en nómina; ni siquiera dibujo para ellos ni compro los cómics que están publicando como novedades desde hace ya como cuatro años. En los últimos años, me parecen una cuadrilla de listillos que han convertido una franquicia editorial en un antro de mediocres donde sobreviven los pelotas. Los veo como una panda de gañanes que tienen la profesionalidad donde Cristo se pilló la chorra. Puedo estar puteándolos con mil cosas y no me canso. Pero no los veo como intencionadamente machistas, porque saben que entre sus lectores, hay una cantidad ingente y creciente de mujeres. Mujeres que, sin diferenciarse de los hombres, disfrutan leyendo cómics y no se sienten "lectoras de segunda clase" por ser mujeres.

Sin embargo, al desatarse toda esta polémica, toda esta presión social, todo este revuelo y su consabida resolución que es invitar (obligar/exigir/recomendar/esperar que se llegue a) a la autocensura y a la disculpa pública, no puedo evitar pensar en que, si Fredric Wertham levantase la cabeza y viera la que están liando mes sí y mes también en el mundo del cómic, lo más probable es que aplaudiese a todos aquellos que están enarbolando la causa de moda y dijese "¿Lo veis? YO TENÍA RAZÓN".

jueves, 19 de marzo de 2015

Angst- Sed de justicia



Este artículo comienza con un episodio que viví en mi época de primaria. Esa época prehistórica en la que, según dicen (yo no me lo creo), las cosas son más fáciles para nosotros. Recuerdo que una mañana estábamos en clase de lengua. La profesora estaba explicando y, como es habitual en cualquier clase de este planeta, había chavales hablando; en ese momento, va y pilla a uno, al que echa de clase. Lo que venía siendo normal en aquella época.
Lo curioso fue que al que echó era a uno de los alumnos que tenían "carta blanca" para comportarse como les diera la real gana sin apenas consecuencias. Podemos echarnos las manos a la cabeza, pero estoy seguro de que, si no habéis vivido el doble rasero dentro de un aula es porque, seguramente, os habéis beneficiado de él. Pero no porque no exista. Eso o es que habéis tenido una suerte de la hostia, que también puede ser.
Tal vez os parecerá una chorrada, pero aquel sistema de castas dentro de una misma aula se vio de manifiesto en ese preciso instante, cuando este chaval se levantó, inseguro, del pupitre, y avanzó por el aula como si aquello fuese lo más extraño que le había sucedido en su vida. Algo que, por otra parte, a los que no teníamos esa consideración nos parecía tan normal (no es que sucediese a diario, pero sabíamos que nos podía pasar en cualquier momento y por la más mínima idiotez, con lo que si sucedía no es que nos fuésemos a extrañar), y que él no parecía creerse del todo.
El niño anduvo un par de pasos y miró a la profesora en silencio, como preguntando si aquello iba en serio. La profesora, tajante, le preguntó si todavía seguía ahí y lo instó a largarse a pasar el resto de la clase en la puerta de una (puta) vez.
Aquello, obviamente, nos dio esperanzas a aquellos estudiantes con los que no había tanta consideración ni tanta manga ancha. A aquellos que éramos vistos desde una óptica diferente y a aquellos que no nos sentíamos amparados en un sistema de castas creado por gente que había decidido que había distintas clases sociales entre aquellos que, en definitiva, éramos compañeros. Ese tema (porque, aunque fuéramos niños, no éramos idiotas) se comentó por activa y por pasiva durante bastante tiempo y nos dio que pensar que, por fin, seríamos todos tratados con la misma consideración. Por desgracia, aquello no pasó de la mera anécdota y, aquellos que seguíamos siendo alumnos de segunda clase, seguimos siéndolo hasta que terminamos los estudios en aquel colegio.
Es algo que no olvidé, y que me hizo reflexionar en su momento.
Hoy en día lo sigue haciendo.


Aunque soy de pensar que NO todos los estudiantes son iguales (no todos se esfuerzan lo mismo, ergo no todos merecen la misma evaluación), SÍ pienso que todos deben ser tratados con el mismo respeto y con la misma educación.
No hacerlo es llevar lo académico a terreno personal y dejarse llevar por lo bien o lo mal que el estudiante le cae a uno.
Muy profesional, dónde va a parar.


Tras esta anécdota, que sirve como prólogo al tema del que quiero hablar hoy, vayamos al grano. Aquellos que me conocéis bien (por "bien" me refiero a aquellos que os habéis molestado en tratarme más allá de lo meramente superficial) sabéis de sobra la forma de comportarme que tengo a nivel general. No soy una persona excesivamente complicada (o eso creo) y, en cuanto se me trata un par de veces, quedan claras cuáles son mis motivaciones. Si además sois de esa clase de personas con las que he llegado a hablar de una forma más o menos seria (menos imposible de lo que muchos piensan), llego a ser hasta predecible. De hecho, basta con mirarme a los ojos para saber lo que estoy pensando. Aquellos que formáis parte de este último grupo, con toda seguridad, andáis más o menos convencidos de que una de mis obsesiones personales es que las cosas sean justas.

Es esa búsqueda de justicia la que, como muchos de vosotros habéis presenciado en algún momento u otro de mi vida, la que me ha granjeado una nutrida cantidad de problemas. Esa tendencia inevitable a decir "NO" cuando otros han dicho "No es justo, pero bueno", lejos de ser una bendición en sí misma, es un ímpetu bastante difícil de refrenar que implica conflictos, discusiones y, sobre todo, mucha infelicidad. Entendedme, no es buscar que las cosas sean justas lo que  me hace (o nos hace, ya que no creo ser el único en este mundo que lo vea así) infeliz, ni mucho menos; es más bien la imposibilidad de conseguirlo. Ver cómo, día sí y día también, el mundo que te rodea demuestra que los humanos no solo están dispuestos a traicionarse unos a otros por cualquier chorrada, sino que están dispuestos a traicionarse a sí mismos, lo que debería ser el mayor pecado jamás concebido por esta raza de monos con aires de grandeza.


Hace infeliz, por no mencionar que cansa un huevo.
Por cierto, la chica de la foto, si seguimos esta metáfora visual, está cansada, no poniendo el culo.


Cada día, cualquier norma (escrita o no) es pisoteada, tergiversada o abiertamente violada, apuñalada y tirada por la cuneta. La palabra de uno que, como solía decir un viejo amigo, es lo que te demuestra lo que vales como persona, es un puñado de fonemas berreados al aire y llevados por el viento en menos de lo que canta un gallo. Nuestros actos, que deberían ser aquellos que respaldasen nuestra palabra (vulgar trámite de lo que son nuestras intenciones), son la navaja que se usa para acuchillar a nuestro honor (palabra cuyo significado, en estos tiempos, está en desuso hasta el punto de quedar desfasado) hasta desangrarlo y dejarlo tirado en cualquier rincón de mala muerte. Si no me creéis, mirad a vuestro alrededor y pensad en la cantidad de promesas que oís. La cantidad de juramentos vacíos que no llegan a ninguna parte, la cantidad de pactos que jamás llegan a cumplirse. Es más, que ni siquiera tienen intención alguna de gestarse.
Palabras, palabras, palabras.

Nos saltamos reglas no escritas (y escritas también, ya puestos) y faltamos a nuestra palabra, pero no es la única manera que tenemos de mearnos en la justicia; lo hacemos cada vez que aplicamos el doble rasero. Cada vez que vemos la paja en el ojo ajeno y jamás la viga en los propios. Cada vez que nos dejamos llevar por nuestros sesgos personales, nuestros prejuicios, filias y fobias para tomar decisiones que en absoluto deberían estar guiadas por los sentimientos, sino por una cabeza bien fría. Tergiversamos la justicia hablando de eliminar diferencias, pero segregando a aquellos que son diferentes al mismo tiempo y haciendo pagar a justos por pecadores en aras de un mensaje que consideramos "correcto". Realzando sus diferencias y poniéndolas de manifiesto, como si ser diferente equivaliese a una imperiosa obligación de estar orgulloso de esa diferencia (por absurda que sea) y una aún más imperiosa necesidad de hacer gala constante de ella, como algo que exhibir. Convirtiendo la normalización (objetivo de toda lucha contra la diferenciación) en una especie de abanderamiento obsesivo de dicha diferencia, obligando a aquellos que no tienen demasiado interés en ver lo diferente como necesariamente especial, sino como un elemento más que hay que tener en consideración, de forma obligatoria y falaz. Etiquetando. Pervirtiendo la idea de asumir lo diferente como lo normal. Ridiculizando ese concepto de justicia y pariendo una pantomima. Vendiendo humo.


"Lo injusto es aquello que no me da privilegios a mí, MADERFAQUERS"


Pero no os creáis que he sido así siempre. Yo no vine exigiendo justicia desde el útero. Soy humano, como vosotros, y para llegar a según qué conclusiones he debido vivir según qué cosas hasta que he llegado a la conclusión de que necesito que haya justicia. La injusticia, por lo que a mí respecta (y como habéis podido leer en el prólogo de arriba), nunca se ha decantado en mi favor. Nunca he sido el favorito de nadie; las normas jamás se han torcido, quebrantado o ignorado para mi beneficio. Nunca he formado parte de una casta de privilegiados a los que le han puesto fáciles las cosas. Más bien al revés, he visto los dobles raseros y los prejuicios (y los perjuicios que conllevan) con mis propios ojos. He vivido los empujones y las palabras de la gente que piensa que la justicia no es más que la estatua de una tía con las tetas al aire y los ojos vendados en mis carnes. Y no me ha gustado. Es por ello que, desde el momento en que he reaccionado y me he dado cuenta de que las cosas no son como deberían ser, me he cabreado. He dado patadas contra el suelo. He dado la espalda a aquellos que han querido aprovecharse de los demás. He apretado los dientes o maldecido. He desoído los discursos de justificación de muchos piquitos de oro. Me he visto, en incontables ocasiones, levantando tremendas polvaredas al no hincar la rodilla cuando otros me han dicho "Obedece". He dejado que se defiendan, si pueden, a aquellos que han pensado que podían hacer putadas a diestro y siniestro y que yo correría a dar la cara por ellos. Me he visto poseído por ese "complejo de Lucifer" del que hablé previamente en un artículo del mismo nombre.
He han llamado de todo por actuar así: orgulloso, rencoroso, traidor y mil cosas más.



Si, se le ve una teta.
Ya podéis indignaros en lugar de reflexionar sobre lo que hablo.


A nadie le gusta, evidentemente, pero conforme vas viendo cómo funcionan las cosas, te planteas si la actitud de encogerse de hombros es la correcta. Cuando ves que la injusticia, además, se ceba con gente que sabes que no lo merece, si tienes un mínimo de sangre en las venas... si tienes un mínimo de empatía, si hay un mínimo de coraje ardiéndote por alguna parte... Es entonces cuando empiezas a sentir la sed. Es cuando te hartas.
Es cuando dices "¿Por qué unos sí y otros no?" "¿Por qué gente que se supone que es igual, o que está al mismo nivel —laboral, social, lo que sea— disfruta de una consideración diferente, haga lo que haga?"
En ese momento, sufres una especie de epifanía y te das cuenta de que aceptar ese tipo de cosas es formar parte del juego. Cada vez que permaneces callado, te encoges de hombros o simplemente lo tomas como lo que te toca, estás dando la razón a todos aquellos que convierten su alrededor en su coto personal. En todos aquellos que evalúan, catalogan y crean su propia sociedad estamental. Cada vez que aceptas que eres un "clase baja", o "persona de segunda" o como quieras llamarlo; o bien, cada vez que aceptas que otros son considerados como tales y tú, en tu condición de "clase media/alta" o "persona de primera", no haces nada, estás permitiendo que estas cosas sigan adelante.


"¡Hostiaputa, acabo de caer!"


Cada vez que dejamos que alguien le haga una pedazo de putada a alguien, sin motivo aparente y sin provocación previa "porque es tal", "porque se llama tal", "porque esta persona puede", estamos otorgando nuestro propio criterio personal a una entidad superior. Una entidad superior que, ojo, por ser superior no es mejor. Se trata de una entidad que dicta lo que hacemos; que nos convierte en proscritos si no actuamos del modo que se espera de nosotros. Esa entidad (podemos llamarla "sociedad", si no nos sentimos incómodos con el término) es la que hace que, en cierta medida, desarrollemos mentalidad de rebaño, o de manada. Es lo que hace que sacrifiquemos nuestro punto de vista como individuos y asumamos el de la masa. Existen categorías de personas, o eso nos han dicho, y no solo lo vemos ya como "lo normal"; nos tiene incluso que parecer bien. Debemos amar a ese Gran Hermano que controla nuestras vidas. No salirnos del camino marcado.
Acepta que eres Clase B.
Acepta que eres de la baja burguesía.
Eres pueblo llano, te jodes.
Felicidades, te ha tocado ser aristócrata.


De hecho, si lo pensamos en frío, la moda de etiquetarnos según vete a saber qué criterios en lugar de vernos como PERSONAS está cada vez más extendida. Esa política del "¿Tú de quién eres?". Esa obsesión de tener que formar parte de algo por cojones (por ridículo que sea), para no sentirse aislado o el bicho raro de turno, como si no comulgar con las gilipolleces del prójimo te convirtiera en un monstruo.
Que igual os parece una chorrada, pero esa tendencia a etiquetar no dista mucho del concepto de crear una escala de clases. De esos que ven a tal grupo como buenos, malos o raros.
Y con esa escala de clases, a menudo, el doble rasero y la injusticia que suelen devenir de ellas: la opinión de alguien, por razonada y coherente que sea, no será vista del mismo modo si proviene de según qué colectivos, o de según qué personas que no se identifiquen con tal o cual causa.


Como suelo decir, para que el mal triunfe basta con que la gente buena no haga nada. Con el caso de la justicia es tres cuartos de lo mismo: si queremos que la injusticia triunfe (como suele pasar, por mucho que nos joda admitirlo), basta con que aquellos que creemos en lo que es realmente justo, por encima de ideologías, por encima de causas, movimientos, plataformas, colectivos o escolanías de prepúberes cantarines, agachemos la cabeza. Basta con que nos limitemos a decir con la boca pequeña (y no muy fuerte, vaya a ser que se nos oiga demasiado) que las cosas no nos parecen bien y nos quedemos de brazos cruzados, sin mover un dedo. Sin actuar. No hay más que comulgar con ruedas de molino, y acabar por dar por sentadas cosas que, en el fondo, sabemos que no merecemos. Basta con abandonar la idea de que existen normas (escritas o no) que están hechas para cumplirse, o al menos cumplirse siempre que veamos que no vamos a joder a nadie. Pactos tácitos con otros seres humanos que sirven para que la convivencia entre unos y otros sea algo, si no más fácil, al menos soportable.
Cuando abandonamos esa idea y rompemos esos pactos sin justificación convincente alguna... cuando llegamos a la conclusión de que eso se puede hacer y que, si hemos nacido bajo la estrella adecuada, no vamos a sufrir repercusión alguna, es cuando nos hemos convertido en otra razón más por la que el mundo se va a la mismísima mierda cada día.

En el pasado, hubo alguien que me decía que la forma de luchar contra lo que era injusto era manifestarse. Lo es, pero no nos confundamos. Que esa sea UNA forma de actuar en caso alguno implica que sea la única. Con según qué cosas que son injustas (porque la injusticia es como Dios, está en todas partes, y es como la mala suerte, toma mil formas) ni siquiera es un medio para luchar contra lo que no es justo. Lo que sí suele serlo es decir lo que se piensa, abiertamente y sin miedo. Sin dejarnos cegar por tal o cual ideología, o sin usar los pensamientos prestados de aquella gente que espera que pensemos de tal o cual manera. O bien, en un momento dado, optar por el silencio hacia según qué cosas a menos que a uno se le pregunte... pero JAMÁS aceptar las injusticias. JAMÁS verlas como algo normal. JAMÁS dejar de tomar nota para actuar en consecuencia en el momento en que se deba o se pueda.


Ser justo no equivale a ir por ahí luchando contra el mal vestido con mallas y usando un nombre chulo.
Simplemente es no aceptar lo que es injusto.
Por lo menos, que te dé, como decimos en el sur, "coraje".
Si ya actúas, pues oye, ya la cosa hasta mejora.


El problema de esto, supongo, es el hecho de que no es algo fácil en absoluto. Posicionarnos en contra de la política de la puñalada trapera y del "Sálvese quien pueda" nos hace abandonar una cómoda zona de seguridad donde no estamos en riesgo de ser señalados con el dedo. Mostrarnos reacios ante la injusticia, admitámoslo, es duro. Es incómodo. Da bastante miedo la mayor parte de las veces, porque implica ponernos una diana en el pecho y someternos a juicio sumarísimo. Actuar contra lo que consideramos que está mal nos saca de la penumbra y expone nuestros valores. Eso, en un mundo en el que, cada día más, valorar las cosas por uno mismo en lugar de dejarse seguir por la corriente es anatema, es peligroso. Vivimos en un mundo cada vez más distópico, donde somos etiquetados, evaluados, tasados y procesados. Donde se nos ve en función de aquello a lo que pertenecemos, en lugar de lo que somos. Donde nuestra ideología, la mayoría de las veces, en realidad no es nuestra, sino que es prestada de según qué colectivos, o de según qué voces cantantes. Decimos lo que otros quieren oír. Pensamos lo que otros quieren que pensemos. No nos atrevemos a llevar la contraria a "los nuestros" en el más mínimo ápice.



El gobierno no es el único que te lava el cerebro.
Ni la publicidad.
Lo es cualquiera que te dice lo que tienes que pensar, lo que tienes que aceptar, lo que tienes que creer. Cualquiera que es incapaz de entender que haya cosas con las que no estés de acuerdo. Que haya cosas que no te convenzan. Que tengas tu propia forma de pensar y que coincidas solo en parte, o en nada.
Si asumes lo que te dicen (generalmente sin explicaciones, basándose en juicios de valor, de forma imperativa y unilateral) sin que siquiera te plantees por qué, felicidades. Tu cerebro empieza a oler a jabón.


Y ante eso, solución, poquita. Podemos tomar el camino fácil, que es el camino marcado; aceptar lo que somos, porque otros nos han dicho lo que somos. Seguir los dictados de aquellos a los que vemos como "superiores", pero que vulneran algo tan sencillo como la igualdad día sí y día también. Podemos aceptar los dobles raseros como lo normal. Podemos sumarnos al juego y, no solo aceptar que la gente no tenga palabra, sino que podemos faltar a ella también. Podemos prometer y prometer, jurar y perjurar, que las palabras se las lleva el viento y al final, lo que impera es que hagamos nuestra santa voluntad. Y si jodemos a alguien por el camino, pues sin problema, porque ellos no son nosotros. No son gente que importe.



Y es que para muchos el fin justifica los medios.
Si ese fin es simplemente el beneficio personal, del tipo que sea, ya ven justificada cualquier tropelía. Cualquier abuso, cualquier atropello.
Para muchos, si hay que pisotear a quien sea con tal de conseguir lo que se quiere, no pasa absolutamente nada.


También podemos tomar el camino contrario, que es un camino pedregoso y cuesta arriba que recorremos descalzos. Podemos enfrentarnos a ese tipo de cosas. Podemos negarnos a agachar la cabeza. Podemos dejar de sonreír, y decir "NO" cuando realmente queremos decir "NO". Podemos ser coherentes con lo que realmente pensamos y actuar de forma acorde a nuestros pensamientos. Podemos combatir ese miedo llegando a la conclusión de que aquellos que nos miran como si fuéramos alienígenas solo por no dejarnos someter a según qué cosas no son más que humanos. Ni más, ni menos que nosotros. Por tanto, no son nadie a quienes debamos temer. No son nadie a quien debamos obediencia, ni vasallaje. Son gente cuyo criterio, como mucho, podemos respetar, en caso de encontrarse en según qué posición... pero eso no quiere decir que tengamos que aceptarlo. No quiere decir que tengamos que estar de acuerdo ni comulgar con él. No quiere decir, mucho menos, que tengamos que apoyarlo, o aplaudirlo.
La decisión, queridos Distópicos, siempre estuvo en nuestra mano.

jueves, 5 de marzo de 2015

Spanish Bizarro- ACME y el extraño caso del restaurante francés



No es ningún secreto que un servidor forma parte de un grupo literario que lleva como cerca de un lustro reuniéndose en su ciudad natal, ese extraño universo particular conocido como MalaGotham. Esa patria de gente extraña y peculiar, donde subirte a un autobús es poco menos que una odisea y donde necesitas una puta enciclopedia para pedir un café.
Lo que la mayoría desconoce es que este grupo es virtualmente diferente a todos los conocidos (y probablemente a muchos desconocidos) que pululan por ese prepucio de toro superdesarrollado que es España.
Para empezar, es un grupo en el que el espameo y la autopromoción no es que estén prohibidos; es que son materia suficiente para mandar a pastar al que venga a vender su mierda (por excelsa que esta sea) con todos los gastos pagados. En segundo, tenemos la firme decisión (cumplida a rajatabla) de no organizar antologías. Es un tema que, desde la primera vez que se habló, nos daba bastante por el tracatrás por diversos motivos, de forma que se estipuló de modo tajante que como ACME (nuestro acrónimo para decir Asociación Cultural Málaga Escribe) JAMÁS sacaríamos nada parecido.
En último lugar, somos un grupo asociado al caos y el absurdo padre, con lo que no es de extrañar que lo raro es que se hable de libros cada vez que nos reunimos.

Por ACME ha pasado ya una cantidad bastante considerable de gente. Algunos de paso, otros que estuvieron y se marcharon por motivos de muy diversa índole y otros que, por lo que sea, vienen solo de vez en cuando. También tenemos un cúmulo de amiguetes que son, por así decirlo, "ACMEs adoptivos", nacidos y residentes en otras ciudades, pero que han sido acogidos con los brazos abiertos y a los que, pese a la distancia que nos separa, los vemos como "de los nuestros".
Sin embargo, este trasiego de personajes supuestamente humanoides en caso alguno implica que no existan componentes fijos. Esos son los que solemos llamar "el núcleo duro" de ACME o, lo que es lo mismo, los que toman las decisiones importantes.


Algo así, pero con mas luz.


En ese núcleo duro tenemos a Rae, que fue nuestra primera líder hasta el macroevento conocido como La Rebelión de los Putillos, donde Rae abdicó de su puesto como tiran... digooo, como presidenta y dio paso a una especie de coalición entre todos los componentes del Núcleo Duro. Digo especie, porque al final quien toma las decisiones es la criatura conocida como Martish Oscura, que aprovecha el estado natural de indecisión generalizada para coger y decir "Lo hacemos así". Y como, pese a su fachada de moza adorable, sabemos que es un ser infernal y despiadado (que además tiende a ver su naturaleza demoníaca aumentada cada vez que se acerca a menos de tres metros de un servidor), pues como que no hay muchos huevos de toserle.
Martish Oscura suele ser una de las principales encargadas en hacer las compras de cumpleaños comunales, por cierto. Es un dato aleatorio, pero mola comentarlo.
También tenemos a Guada, que es quizás la que más se esfuerza por aportar sensatez a esta panda de proscritos de la liter... de los libr... bueno, de eso de escribir. Quiero hacer especial hincapié en eso de que se esfuerza. Otra cosa es que lo consiga, en lugar de unirse a la juerga, que es lo que acaba siendo lo más natural. Guada es la herbolaria del grupo, y tiene en su despensa un repertorio de tés e infusiones bastante apañado.
La peque del grupo es Isi, también conocida como LPP, que también ha aparecido alguna vez en este blog, y más conocida entre nosotros como Elfabruja. Es la única componente del ND que actualmente vive más allá de las fronteras de MalaGotham. Es famosa su sed de sangre, su única neurona que nada alegremente bajo su cráneo y su pérdida total del botón de la sutileza.



Las mozas de ACME. Así de adorables.


Entre los varones del ND tenemos en primer lugar a Invi, que es el complemento espiritual de Martish Oscura y el principal encargado de rebajar su naturaleza infernal hasta límites soportables para el ser humano. Destaca por ser un tipo extremadamente tranquilo y que, cuando las suelta, te deja como dos minutos y medio intentando reaccionar ante la que ha soltado.
Luego tenemos al Deivi, del que ya hablé en su momento en el Spanish Bizarro dedicado a la noche aquella viendo La Princesa Mononoke. Es exactamente el mismo Deivi que visteis ahí. Es más, no existe otro Deivi.
Rae tiene un hermano, al que conocemos como The Mane, y que conforma la más reciente adquisición al ND. The Mane es un tío tela de creativo, que te hace unos montajes al Photoshop de chuparse los dedos. Hace algunos años grabó un disco, que supuso todo un antes y un después en las vidas de aquellos que lo oímos. El día que se presentó en una reunión y nos regaló una copia al Deivi y a mí fue como la llave a todo un universo nuevo.
Y luego estoy yo. Vuestro Putillo favorito. Ya me conocéis de sobra.


CULO.


En esta primera historia de ACME que voy a contaros, se cuentan los hechos narrados en la última reunión del grupo. O mini-reunión, ya que no estuvo todo el mundo. Por ejemplo, Martish Oscura e Invi andaban esparciendo el mal allende las fronteras, y Elfabruja andaba haciendo lo propio en su nueva ubicación, de modo que "solo" quedábamos Guada, El Deivi, The Mane, Rae y yo. Suficientes para que haya momentos absurdos y surrealistas.
En un principio, la cosa pintaba bastante "normalita" (para nuestros estándares), ya que era de las pocas veces que Rae organizó un evento y el servidor de la página de Feisbus no le hizo ninguna cosa rara, del tipo poner la fecha que no es, no dejarle poner bien la hora o vete a saber qué. En esto, su habilidad con las máquinas es más o menos como la mía. La verdad es que ese detalle resultó raro y no es que lo pasáramos por alto, pero... también contábamos con que podía ser la excepción que confirmara la regla.
The Mane y yo llevábamos un par de día hablando en secreto; era el cumpleaños de su hermana y andábamos cada uno en nuestras historias, buscando a ver qué puñetas podíamos regalarle. Él lo tenía más claro y decidió regalarle un montaje fotográfico con algunos miembros de ACME (básicamente el ND más algunos amigos más) en el cuerpo de superhéroes. Yo no lo tenía del todo claro, sumado esto al hecho de que se acercaba un fin de semana festivo y cualquiera era el guapo que encontraba un sitio abierto en el que comprar algo decente. Al final, The Mane me sugiere que le dibuje algo que le pueda gustar, y apunta que un dragón (su bichejo favorito de toda la vida) sería una buena idea.


"Hala, a currar".


De este modo nos presentamos en el centro de MalaGotham a la hora prevista, pertrechados con los regalitos y dispuestos a probar un sitio nuevo que han abierto y que El Deivi nos ha sugerido, algo que tiene un nombre que suena a mezcla de cosas y que por lo visto es un restaurante francés... y no de esos de los que tienes que hacerte una colonoscopia cuando te traen la cuenta. Al principio se había sugerido una tetería que no se encontraba del todo lejos de allí, pero yo dije que ni de coña volvía allí. La explicación de esto es que hay DOS locales con el mismo nombre en el centro (probablemente, por tener los mismos dueños): yo fui a uno en que el servicio era pésimo (tardaban en atender y el camarero te trataba como si fuera un colega tuyo aunque fuera la primera vez que lo vieras, y encima con guasitas), el producto regulero y los precios bastante elevados para lo que me estaba metiendo por el pescuezo. De ahí que al escuchar el nombre de aquello me saltasen las alarmas y empezase a echar espuma por la boca. Es por eso por lo que, para prevenir ataques de ira desatada, Deivi sugirió este sitio.
Una vez reunidos los que veníamos, nos movemos diez metros y nos dejamos de ir para el dueño del localeto, que resulta ser un tipo con acento francés la mar de simpático que conocíamos de otro local que tenía en el centro y que hace las veces de camarero.

El tipo nos coloca en un par de mesas que junta en la calle y plantamos nuestros bullarengues allí. Echamos un vistazo a la carta y todo tiene la mar de buena pinta, aparte de que los precios incluso molan. Entre nuestras opciones, descubrimos que, al igual que en el local anterior, los crepes siguen siendo un reclamo. Nos parece cojonudo, ya que los crepes que solía tener este tío eran la puta hostia y sin exagerar. Por consenso decidimos que un crepe con las tripas repelladas en Nutella es imprescindible para nuestras vidas y luego, para acompañar, otro de compota de manzana. Ni que decir tiene que a Deivi y a The Mane les faltó tiempo para hacer el juego de palabras y decir "con pota".



Buas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas juas.




Como diez minutos para decidirnos, llamamos al camarero y empezamos a pedir:

—Queremos un crepe de... —empieza a decir Rae.
—Lo sentimos, no tenemos crepes en la carta ahora mismo —nos informa el camarero. Nosotros contemplamos cómo toda una carilla de la carta desaparece de nuestro abanico de opciones.
—Vaya, pues en ese caso nos va a tocar pensar qué pedir.
—Vamos pidiendo lo que no es de comer y ahora decidimos de nuevo —se me ocurre a mí —. Yo tomaré un té de manzana y canela...
—¿No quieres mejor un chocolate? Los tenemos muy buenos —al oír esto, deduzco que el tío me debe conocer, ya que yo he llegado a pedir chocolate caliente en el puto mes de Julio. No es coña.
—Uh, no... Esta vez no, gracias.
Deivi, al decir estas palabras, me mira con cara de "¿Pero va en serio eso de que no quieres?" Como toda respuesta, yo me encojo de hombros, en plan "Sí, hoy no voy a tomar lo de siempre. Es que no hace bastante calor".
—En fin, yo pediré un té de After Eight —dice El Deivi.
—O sea, de nueve —respondo yo.
— ¿¿¿????
— Claro, después del ocho va el nueve.
Suenan los grillos.
—¿El zumo de naranja es natural o de bote? —pregunta Rae, echando otro vistazo a la carta, totalmente ajena a esta gilipollez supina.
—No, lo que tenemos es Fanta.
—...

OK.


El resto de los ACMEs pide sus cosas: Guada y Rae, en vista de lo que hay (o de lo que no hay, mejor dicho) piden unas infusiones y The Mane, una cocacola. Pasa un ratazo en el que aprovechamos para echar un vistazo a una segunda carta que nos dan y decidir qué es lo que podemos comer; al cabo de ese tiempo, las infusiones aparecen, aunque no hay ni el menor rastro de la cocacola de The Mane. El camarero, amablemente, se disculpa por el retraso.

—Solo tengo dos manos, ya sabéis —añade, agitando los brazos como en el baile de María Jesús y su acordeón.
Nosotros respondemos que no pasa nada, que tranquilo. Rae, que es la que tiene el interior del bar más cercano a su ángulo de visión, echa un vistazo. Ha visto desiertos más ambientados. Sin embargo, como el ambiente es agradable y estamos de tranquileos, no le damos la menor importancia.
—Y —prosigue el camarero—... ¿Habéis decidido lo que vais a tomar para comer?
—Sí, queremos esto —señala Rae a unos profiteroles que había visto en la carta y que tenían  muy buena pinta.
—Ah, los profiteroles... ¿Pero para compartir?
—Uh, sí.
—Bueno, es que los profiteroles están bien para compartir siendo dos... pero es que sois cinco. Igual se os queda un poco corto.
Yo me quedo pensando si nos traería cuenta pedir dos raciones de profiteroles, pero al parecer no es tan buena idea. Es por eso que el camarero, sin perder la compostura, nos recomienda unos macarons, que son una especie de galletitas muy cuquis, rellenas de cosas. Ni que decir tiene que los macarons no aparecían en ninguna de las cartas. A Rae le ha parecido escuchar que los tenía reservados para clientes especiales. Suponemos que el hecho de ser los únicos clientes en lo que va de tarde ya debe contarnos como especiales.
—Bueno, pues eso —acepta Rae. Los demás nos quedamos con cara de "pues vale", empezando a pensar que casi trae más cuenta que el camarero nos traiga lo que tiene y acabemos de una vez con eso.
De la cocacola de The Mane ni rastro todavía.




Visión de Rae.


Pasa otro rato largo y aparece la comida. Yo no me había dado cuenta de que aparte de los macarons (aquí representados por media docena de galletitas de color naranja intenso y rellenas de chocolate), habían traído una especie de pastel francés de chocolate bastante bueno, que por lo visto son los profiteroles (aquello no se parecía en nada a un profiterol, pero vaya, estaba igualmente bueno). Nos dispusimos a devorar la comida, dándonos tiempo a darle los regalos a Rae, que le encantaron. Al rato, aparece el camarero, preguntándonos si nos gusta lo que hemos pedido. Le respondemos que sí, siendo sinceros. La verdad es que la comida en el sitio merece mucho la pena.
Es justo en ese momento en que le comentamos a nuestro nuevo amigo que nos gusta lo que nos ha traído cuando se viene arriba y empieza a contarnos la idea del restaurante durante un buen rato. Tan bien se lo está pasando que sospechamos que le falta el canto de un duro para sentarse con nosotros y contárnoslo más cómodo. Nos cuenta que, aparte de lo que tienen en carta, tienen una especie de plan genial de mostrarnos la gastronomía francesa semanalmente, dedicando una lista de platos a una región concreta cada semana. Cuando termina de hablar, se vuelve para el interior del restaurante y aparece con la cocacola de The Mane, comentándole que es su bebida favorita. The Mane, tras haber exclamado un "¡Por fin!" que se ve que le sale del alma, le mira y le dice algo tan sencillo como:

—La mía también —no es que esta frase fuese del todo cierta, pero prefería ser amable.


El templo de la Coca-Cola.
¡Existe!


Total, que seguimos a lo nuestro. A lo largo de la conversación que acontece, se cuentan cosas tales como el episodio surrealista y alucinante que supuso la visita de Rae y Guada a Ronda, que podría dar perfectamente para una historia completa. Deivi y yo, como suele ser costumbre, hacemos nuestra ronda de pronósticos habitual acerca de lo que le espera a compañías de cómic como Marvel y DC, incluyendo la puta mierd... lo que creemos que serán algunos estrenos cinematográficos que ya han sido anunciados.
Justo en lo más álgido de la tertulia, en la que como es natural, no se ha mencionado un libro ni por casualidad, oímos un sonido atronador provenir de uno de los extremos de la calle. Como buenos nativos de MalaGotham, no tardamos en identificarlos como tambores de Semana Santa, con la curiosidad de que todavía falta un mes para que ésta empiece. Conocedores de esta especie de extraña costumbre de hacer procesiones fuera de calendario (generalmente, con la excusa de que es un centenario, el día de la patrona del Potorro Lubricado, o lo que sea), nos empezamos a temer que la tamborada invada la calle. No es ni de extrañar, considerando que tenemos una iglesia a escasos cuatro metros de nuestros cuerpazos.

—No os preocupéis —nos dice Deivi con firmeza —, que no se van a acercar —. Yo visualizo a Deivi en plan Gandalf, con un bastón en la mano y gritándole a los tamborileros que no pueden pasar por el callejón.

La tamborada aumenta en intensidad. Deivi, que ha trabajado en la tetería que hay justo al lado del restaurante, nos dice que sus tropecientas horas de experiencia currando ahí le indican que el sonido no es lo bastante fuerte como para indicar que se estén acercando, y aventura que seguramente irán a otra iglesia de las que hay por los alrededores.
Yo observo su cara de seguridad total, al tiempo que oigo cómo los tambores se acercan.
Cada vez más.

—Que no, tranquilos.


"¡No podéis pasar!"


Por suerte, tiene razón y, en el momento más atronador, con las tropecientas baquetas retumbando en las paredes del callejón en que nos encontramos, y de ahí a nuestros oídos, parecen cambiar de dirección. Es una suerte, porque la calle está llena de mesas y la imagen de al menos cien tamborileros arrasando a golpe de bombo se ha perfilado en el interior de mi cabeza como más que probable. No habría sido la primera vez.
Seguimos a lo nuestro, cuando poco después, surge de alguna parte del callejón una sonriente señora con pinta de guiri federada. Nos pregunta, en un inglés nativo, que si la palabra "Iglesia" significa "church" en inglés, que la ha visto escrita en el edificio y le ha llamado la atención. Nosotros le decimos que sí, y mientras se marcha alegremente, me pregunto cómo serán las iglesias en su país si no identifica el edificio enrejado con torre y campanas que tenemos justo delante como tal. Por un momento se me antoja como muy divertidísima la idea de que podríamos haberle dicho que la palabra "Iglesia" en inglés se puede traducir como "Brothel" (= "Burdel").
Habría sido muy épico ver su cara al escuchar la respuesta.

Ya llegando la hora de pagar, Guada decide darse un paseo por el cuarto de baño. Yo había estado antes y me había llamado particularmente la atención el hecho de que el meadero de hombres en cuestión era simplemente un cuarto con un váter, en el que no había ni espejos, ni lavabos ni nada. De hecho, el lavabo con el espejo se encontraba fuera, en el mismo pasillo.
La experiencia de Guada, sin embargo, empequeñece a la mía al contarme que ha visto un agujero a media altura de la pared de su urinario.




—¿Cómo que un agujero? —pregunto yo, incrédulo.
—Sí, justo lo que estás pensando —responde ella, consciente de que poseo, con toda posibilidad, una de las mentes más sucias a este lado del Universo —. Me habría acercado más, pero de pronto me acordé de aquella peli de Cameron Diaz en que hacía lo mismo, y... ya sabes.

Para aquellos que no hayáis visto La cosa más dulce, os lo resumo rápido: Están Cameron Diaz y Christina Applegate en un meadero, y la primera ve un gigantesco grafitti de un perro con la boca abierta que ocupa gran parte de la pared. En medio de la boca, hay un agujero. Cameron Diaz, que encarna el papel de una tía que está como unas putas maracas, se acerca al perro a decirle cositas como si fuera un cachorro de verdad. Asoma el ojo al agujero y, de pronto, alguien al otro lado, se saca la picha y por poco la deja tuerta.



"No puede caber ahí"


—Tengo que ver eso —respondo a Guada, visualizando la escena y pensando que la tarde ya más absurda no puede ser.
Aprovecho que Rae está pagando para colarme sutilmente en el pasillo donde están los servicios y meto la cabeza en el urinario de señoras. Efectivamente, ahí tenemos un agujero, situado más o menos a la altura de una entrepierna humana. Sería un gloryhole en toda regla si no viviésemos en occidente... básicamente porque el diámetro del agujero no superará los dos o tres centímetros. Sin embargo, el sitio y la altura a la que se encuentra el boquete son cosas que no dejan de llamarme la atención.
Salgo y me encuentro que Rae anda hablando con una chica tras la barra. Nuestro nuevo amigo el camarero había desaparecido; considerando que el restaurante ahora estaba más vacío que antes (es decir, porque nos íbamos), elucubro la posibilidad de que haya decidido fundirse con el pavimento o que esté buscando alguna cocacola debajo del mostrador. La chica informa a Rae de que no tienen cambio de diez pavos, ya que quería pagar con un billete; de este modo, se ve obligada a ir arañando monedas con la idea de pagar el importe justo. Yo he salido ya a la calle, donde me reúno con los demás, y Rae aparece poco después comentando que la chica parecía visiblemente emocionada al cobrar la cuenta con monedillas de céntimo.



"Vale, pues ya está todo".

Con este último episodio, nos marchamos. Hay que reconocer que, pese al completo desastre, el servicio ha sido amable, la comida muy aceptable y tampoco hemos vendido nuestra alma para pagar la cuenta, lo que a mí personalmente no me hace descartar posibles futuras visitas al local. Aparte, es más que probable que toda esta serie de catastróficas coincidencias se deba más bien a la presencia de casi media docena de ACMEs. Llega a estar el grupo entero y probablemente habría estallado alguna cosa, o habría aparecido un coro rociero. Esa clase de cosas jamás se descartan cuando salimos a la calle.