Este artículo comienza con un episodio que viví en mi época de primaria. Esa época prehistórica en la que, según dicen (yo no me lo creo), las cosas son más fáciles para nosotros. Recuerdo que una mañana estábamos en clase de lengua. La profesora estaba explicando y, como es habitual en cualquier clase de este planeta, había chavales hablando; en ese momento, va y pilla a uno, al que echa de clase. Lo que venía siendo normal en aquella época.
Lo curioso fue que al que echó era a uno de los alumnos que tenían "carta blanca" para comportarse como les diera la real gana sin apenas consecuencias. Podemos echarnos las manos a la cabeza, pero estoy seguro de que, si no habéis vivido el doble rasero dentro de un aula es porque, seguramente, os habéis beneficiado de él. Pero no porque no exista. Eso o es que habéis tenido una suerte de la hostia, que también puede ser.
Tal vez os parecerá una chorrada, pero aquel sistema de castas dentro de una misma aula se vio de manifiesto en ese preciso instante, cuando este chaval se levantó, inseguro, del pupitre, y avanzó por el aula como si aquello fuese lo más extraño que le había sucedido en su vida. Algo que, por otra parte, a los que no teníamos esa consideración nos parecía tan normal (no es que sucediese a diario, pero sabíamos que nos podía pasar en cualquier momento y por la más mínima idiotez, con lo que si sucedía no es que nos fuésemos a extrañar), y que él no parecía creerse del todo.
El niño anduvo un par de pasos y miró a la profesora en silencio, como preguntando si aquello iba en serio. La profesora, tajante, le preguntó si todavía seguía ahí y lo instó a largarse a pasar el resto de la clase en la puerta de una (puta) vez.
Aquello, obviamente, nos dio esperanzas a aquellos estudiantes con los que no había tanta consideración ni tanta manga ancha. A aquellos que éramos vistos desde una óptica diferente y a aquellos que no nos sentíamos amparados en un sistema de castas creado por gente que había decidido que había distintas clases sociales entre aquellos que, en definitiva, éramos compañeros. Ese tema (porque, aunque fuéramos niños, no éramos idiotas) se comentó por activa y por pasiva durante bastante tiempo y nos dio que pensar que, por fin, seríamos todos tratados con la misma consideración. Por desgracia, aquello no pasó de la mera anécdota y, aquellos que seguíamos siendo alumnos de segunda clase, seguimos siéndolo hasta que terminamos los estudios en aquel colegio.
Es algo que no olvidé, y que me hizo reflexionar en su momento.
Hoy en día lo sigue haciendo.
Lo curioso fue que al que echó era a uno de los alumnos que tenían "carta blanca" para comportarse como les diera la real gana sin apenas consecuencias. Podemos echarnos las manos a la cabeza, pero estoy seguro de que, si no habéis vivido el doble rasero dentro de un aula es porque, seguramente, os habéis beneficiado de él. Pero no porque no exista. Eso o es que habéis tenido una suerte de la hostia, que también puede ser.
Tal vez os parecerá una chorrada, pero aquel sistema de castas dentro de una misma aula se vio de manifiesto en ese preciso instante, cuando este chaval se levantó, inseguro, del pupitre, y avanzó por el aula como si aquello fuese lo más extraño que le había sucedido en su vida. Algo que, por otra parte, a los que no teníamos esa consideración nos parecía tan normal (no es que sucediese a diario, pero sabíamos que nos podía pasar en cualquier momento y por la más mínima idiotez, con lo que si sucedía no es que nos fuésemos a extrañar), y que él no parecía creerse del todo.
El niño anduvo un par de pasos y miró a la profesora en silencio, como preguntando si aquello iba en serio. La profesora, tajante, le preguntó si todavía seguía ahí y lo instó a largarse a pasar el resto de la clase en la puerta de una (puta) vez.
Aquello, obviamente, nos dio esperanzas a aquellos estudiantes con los que no había tanta consideración ni tanta manga ancha. A aquellos que éramos vistos desde una óptica diferente y a aquellos que no nos sentíamos amparados en un sistema de castas creado por gente que había decidido que había distintas clases sociales entre aquellos que, en definitiva, éramos compañeros. Ese tema (porque, aunque fuéramos niños, no éramos idiotas) se comentó por activa y por pasiva durante bastante tiempo y nos dio que pensar que, por fin, seríamos todos tratados con la misma consideración. Por desgracia, aquello no pasó de la mera anécdota y, aquellos que seguíamos siendo alumnos de segunda clase, seguimos siéndolo hasta que terminamos los estudios en aquel colegio.
Es algo que no olvidé, y que me hizo reflexionar en su momento.
Hoy en día lo sigue haciendo.
Aunque soy de pensar que NO todos los estudiantes son iguales (no todos se esfuerzan lo mismo, ergo no todos merecen la misma evaluación), SÍ pienso que todos deben ser tratados con el mismo respeto y con la misma educación.
No hacerlo es llevar lo académico a terreno personal y dejarse llevar por lo bien o lo mal que el estudiante le cae a uno.
Muy profesional, dónde va a parar.
Tras esta anécdota, que sirve como prólogo al tema del que quiero hablar hoy, vayamos al grano. Aquellos que me conocéis bien (por "bien" me refiero a aquellos que os habéis molestado en tratarme más allá de lo meramente superficial) sabéis de sobra la forma de comportarme que tengo a nivel general. No soy una persona excesivamente complicada (o eso creo) y, en cuanto se me trata un par de veces, quedan claras cuáles son mis motivaciones. Si además sois de esa clase de personas con las que he llegado a hablar de una forma más o menos seria (menos imposible de lo que muchos piensan), llego a ser hasta predecible. De hecho, basta con mirarme a los ojos para saber lo que estoy pensando. Aquellos que formáis parte de este último grupo, con toda seguridad, andáis más o menos convencidos de que una de mis obsesiones personales es que las cosas sean justas.
Es esa búsqueda de justicia la que, como muchos de vosotros habéis presenciado en algún momento u otro de mi vida, la que me ha granjeado una nutrida cantidad de problemas. Esa tendencia inevitable a decir "NO" cuando otros han dicho "No es justo, pero bueno", lejos de ser una bendición en sí misma, es un ímpetu bastante difícil de refrenar que implica conflictos, discusiones y, sobre todo, mucha infelicidad. Entendedme, no es buscar que las cosas sean justas lo que me hace (o nos hace, ya que no creo ser el único en este mundo que lo vea así) infeliz, ni mucho menos; es más bien la imposibilidad de conseguirlo. Ver cómo, día sí y día también, el mundo que te rodea demuestra que los humanos no solo están dispuestos a traicionarse unos a otros por cualquier chorrada, sino que están dispuestos a traicionarse a sí mismos, lo que debería ser el mayor pecado jamás concebido por esta raza de monos con aires de grandeza.
Hace infeliz, por no mencionar que cansa un huevo.
Por cierto, la chica de la foto, si seguimos esta metáfora visual, está cansada, no poniendo el culo.
Cada día, cualquier norma (escrita o no) es pisoteada, tergiversada o abiertamente violada, apuñalada y tirada por la cuneta. La palabra de uno que, como solía decir un viejo amigo, es lo que te demuestra lo que vales como persona, es un puñado de fonemas berreados al aire y llevados por el viento en menos de lo que canta un gallo. Nuestros actos, que deberían ser aquellos que respaldasen nuestra palabra (vulgar trámite de lo que son nuestras intenciones), son la navaja que se usa para acuchillar a nuestro honor (palabra cuyo significado, en estos tiempos, está en desuso hasta el punto de quedar desfasado) hasta desangrarlo y dejarlo tirado en cualquier rincón de mala muerte. Si no me creéis, mirad a vuestro alrededor y pensad en la cantidad de promesas que oís. La cantidad de juramentos vacíos que no llegan a ninguna parte, la cantidad de pactos que jamás llegan a cumplirse. Es más, que ni siquiera tienen intención alguna de gestarse.
Palabras, palabras, palabras.
Nos saltamos reglas no escritas (y escritas también, ya puestos) y faltamos a nuestra palabra, pero no es la única manera que tenemos de mearnos en la justicia; lo hacemos cada vez que aplicamos el doble rasero. Cada vez que vemos la paja en el ojo ajeno y jamás la viga en los propios. Cada vez que nos dejamos llevar por nuestros sesgos personales, nuestros prejuicios, filias y fobias para tomar decisiones que en absoluto deberían estar guiadas por los sentimientos, sino por una cabeza bien fría. Tergiversamos la justicia hablando de eliminar diferencias, pero segregando a aquellos que son diferentes al mismo tiempo y haciendo pagar a justos por pecadores en aras de un mensaje que consideramos "correcto". Realzando sus diferencias y poniéndolas de manifiesto, como si ser diferente equivaliese a una imperiosa obligación de estar orgulloso de esa diferencia (por absurda que sea) y una aún más imperiosa necesidad de hacer gala constante de ella, como algo que exhibir. Convirtiendo la normalización (objetivo de toda lucha contra la diferenciación) en una especie de abanderamiento obsesivo de dicha diferencia, obligando a aquellos que no tienen demasiado interés en ver lo diferente como necesariamente especial, sino como un elemento más que hay que tener en consideración, de forma obligatoria y falaz. Etiquetando. Pervirtiendo la idea de asumir lo diferente como lo normal. Ridiculizando ese concepto de justicia y pariendo una pantomima. Vendiendo humo.
"Lo injusto es aquello que no me da privilegios a mí, MADERFAQUERS"
Pero no os creáis que he sido así siempre. Yo no vine exigiendo justicia desde el útero. Soy humano, como vosotros, y para llegar a según qué conclusiones he debido vivir según qué cosas hasta que he llegado a la conclusión de que necesito que haya justicia. La injusticia, por lo que a mí respecta (y como habéis podido leer en el prólogo de arriba), nunca se ha decantado en mi favor. Nunca he sido el favorito de nadie; las normas jamás se han torcido, quebrantado o ignorado para mi beneficio. Nunca he formado parte de una casta de privilegiados a los que le han puesto fáciles las cosas. Más bien al revés, he visto los dobles raseros y los prejuicios (y los perjuicios que conllevan) con mis propios ojos. He vivido los empujones y las palabras de la gente que piensa que la justicia no es más que la estatua de una tía con las tetas al aire y los ojos vendados en mis carnes. Y no me ha gustado. Es por ello que, desde el momento en que he reaccionado y me he dado cuenta de que las cosas no son como deberían ser, me he cabreado. He dado patadas contra el suelo. He dado la espalda a aquellos que han querido aprovecharse de los demás. He apretado los dientes o maldecido. He desoído los discursos de justificación de muchos piquitos de oro. Me he visto, en incontables ocasiones, levantando tremendas polvaredas al no hincar la rodilla cuando otros me han dicho "Obedece". He dejado que se defiendan, si pueden, a aquellos que han pensado que podían hacer putadas a diestro y siniestro y que yo correría a dar la cara por ellos. Me he visto poseído por ese "complejo de Lucifer" del que hablé previamente en un artículo del mismo nombre.
He han llamado de todo por actuar así: orgulloso, rencoroso, traidor y mil cosas más.
He han llamado de todo por actuar así: orgulloso, rencoroso, traidor y mil cosas más.
Si, se le ve una teta.
Ya podéis indignaros en lugar de reflexionar sobre lo que hablo.
A nadie le gusta, evidentemente, pero conforme vas viendo cómo funcionan las cosas, te planteas si la actitud de encogerse de hombros es la correcta. Cuando ves que la injusticia, además, se ceba con gente que sabes que no lo merece, si tienes un mínimo de sangre en las venas... si tienes un mínimo de empatía, si hay un mínimo de coraje ardiéndote por alguna parte... Es entonces cuando empiezas a sentir la sed. Es cuando te hartas.
Es cuando dices "¿Por qué unos sí y otros no?" "¿Por qué gente que se supone que es igual, o que está al mismo nivel —laboral, social, lo que sea— disfruta de una consideración diferente, haga lo que haga?"
En ese momento, sufres una especie de epifanía y te das cuenta de que aceptar ese tipo de cosas es formar parte del juego. Cada vez que permaneces callado, te encoges de hombros o simplemente lo tomas como lo que te toca, estás dando la razón a todos aquellos que convierten su alrededor en su coto personal. En todos aquellos que evalúan, catalogan y crean su propia sociedad estamental. Cada vez que aceptas que eres un "clase baja", o "persona de segunda" o como quieras llamarlo; o bien, cada vez que aceptas que otros son considerados como tales y tú, en tu condición de "clase media/alta" o "persona de primera", no haces nada, estás permitiendo que estas cosas sigan adelante.
Cada vez que dejamos que alguien le haga una pedazo de putada a alguien, sin motivo aparente y sin provocación previa "porque es tal", "porque se llama tal", "porque esta persona puede", estamos otorgando nuestro propio criterio personal a una entidad superior. Una entidad superior que, ojo, por ser superior no es mejor. Se trata de una entidad que dicta lo que hacemos; que nos convierte en proscritos si no actuamos del modo que se espera de nosotros. Esa entidad (podemos llamarla "sociedad", si no nos sentimos incómodos con el término) es la que hace que, en cierta medida, desarrollemos mentalidad de rebaño, o de manada. Es lo que hace que sacrifiquemos nuestro punto de vista como individuos y asumamos el de la masa. Existen categorías de personas, o eso nos han dicho, y no solo lo vemos ya como "lo normal"; nos tiene incluso que parecer bien. Debemos amar a ese Gran Hermano que controla nuestras vidas. No salirnos del camino marcado.
"¡Hostiaputa, acabo de caer!"
Cada vez que dejamos que alguien le haga una pedazo de putada a alguien, sin motivo aparente y sin provocación previa "porque es tal", "porque se llama tal", "porque esta persona puede", estamos otorgando nuestro propio criterio personal a una entidad superior. Una entidad superior que, ojo, por ser superior no es mejor. Se trata de una entidad que dicta lo que hacemos; que nos convierte en proscritos si no actuamos del modo que se espera de nosotros. Esa entidad (podemos llamarla "sociedad", si no nos sentimos incómodos con el término) es la que hace que, en cierta medida, desarrollemos mentalidad de rebaño, o de manada. Es lo que hace que sacrifiquemos nuestro punto de vista como individuos y asumamos el de la masa. Existen categorías de personas, o eso nos han dicho, y no solo lo vemos ya como "lo normal"; nos tiene incluso que parecer bien. Debemos amar a ese Gran Hermano que controla nuestras vidas. No salirnos del camino marcado.
Acepta que eres Clase B.
Acepta que eres de la baja burguesía.
Eres pueblo llano, te jodes.
Felicidades, te ha tocado ser aristócrata.
De hecho, si lo pensamos en frío, la moda de etiquetarnos según vete a saber qué criterios en lugar de vernos como PERSONAS está cada vez más extendida. Esa política del "¿Tú de quién eres?". Esa obsesión de tener que formar parte de algo por cojones (por ridículo que sea), para no sentirse aislado o el bicho raro de turno, como si no comulgar con las gilipolleces del prójimo te convirtiera en un monstruo.
Que igual os parece una chorrada, pero esa tendencia a etiquetar no dista mucho del concepto de crear una escala de clases. De esos que ven a tal grupo como buenos, malos o raros.
Y con esa escala de clases, a menudo, el doble rasero y la injusticia que suelen devenir de ellas: la opinión de alguien, por razonada y coherente que sea, no será vista del mismo modo si proviene de según qué colectivos, o de según qué personas que no se identifiquen con tal o cual causa.
Como suelo decir, para que el mal triunfe basta con que la gente buena no haga nada. Con el caso de la justicia es tres cuartos de lo mismo: si queremos que la injusticia triunfe (como suele pasar, por mucho que nos joda admitirlo), basta con que aquellos que creemos en lo que es realmente justo, por encima de ideologías, por encima de causas, movimientos, plataformas, colectivos o escolanías de prepúberes cantarines, agachemos la cabeza. Basta con que nos limitemos a decir con la boca pequeña (y no muy fuerte, vaya a ser que se nos oiga demasiado) que las cosas no nos parecen bien y nos quedemos de brazos cruzados, sin mover un dedo. Sin actuar. No hay más que comulgar con ruedas de molino, y acabar por dar por sentadas cosas que, en el fondo, sabemos que no merecemos. Basta con abandonar la idea de que existen normas (escritas o no) que están hechas para cumplirse, o al menos cumplirse siempre que veamos que no vamos a joder a nadie. Pactos tácitos con otros seres humanos que sirven para que la convivencia entre unos y otros sea algo, si no más fácil, al menos soportable.
Cuando abandonamos esa idea y rompemos esos pactos sin justificación convincente alguna... cuando llegamos a la conclusión de que eso se puede hacer y que, si hemos nacido bajo la estrella adecuada, no vamos a sufrir repercusión alguna, es cuando nos hemos convertido en otra razón más por la que el mundo se va a la mismísima mierda cada día.
Cuando abandonamos esa idea y rompemos esos pactos sin justificación convincente alguna... cuando llegamos a la conclusión de que eso se puede hacer y que, si hemos nacido bajo la estrella adecuada, no vamos a sufrir repercusión alguna, es cuando nos hemos convertido en otra razón más por la que el mundo se va a la mismísima mierda cada día.
En el pasado, hubo alguien que me decía que la forma de luchar contra lo que era injusto era manifestarse. Lo es, pero no nos confundamos. Que esa sea UNA forma de actuar en caso alguno implica que sea la única. Con según qué cosas que son injustas (porque la injusticia es como Dios, está en todas partes, y es como la mala suerte, toma mil formas) ni siquiera es un medio para luchar contra lo que no es justo. Lo que sí suele serlo es decir lo que se piensa, abiertamente y sin miedo. Sin dejarnos cegar por tal o cual ideología, o sin usar los pensamientos prestados de aquella gente que espera que pensemos de tal o cual manera. O bien, en un momento dado, optar por el silencio hacia según qué cosas a menos que a uno se le pregunte... pero JAMÁS aceptar las injusticias. JAMÁS verlas como algo normal. JAMÁS dejar de tomar nota para actuar en consecuencia en el momento en que se deba o se pueda.
Ser justo no equivale a ir por ahí luchando contra el mal vestido con mallas y usando un nombre chulo.
Simplemente es no aceptar lo que es injusto.
Por lo menos, que te dé, como decimos en el sur, "coraje".
Si ya actúas, pues oye, ya la cosa hasta mejora.
El problema de esto, supongo, es el hecho de que no es algo fácil en absoluto. Posicionarnos en contra de la política de la puñalada trapera y del "Sálvese quien pueda" nos hace abandonar una cómoda zona de seguridad donde no estamos en riesgo de ser señalados con el dedo. Mostrarnos reacios ante la injusticia, admitámoslo, es duro. Es incómodo. Da bastante miedo la mayor parte de las veces, porque implica ponernos una diana en el pecho y someternos a juicio sumarísimo. Actuar contra lo que consideramos que está mal nos saca de la penumbra y expone nuestros valores. Eso, en un mundo en el que, cada día más, valorar las cosas por uno mismo en lugar de dejarse seguir por la corriente es anatema, es peligroso. Vivimos en un mundo cada vez más distópico, donde somos etiquetados, evaluados, tasados y procesados. Donde se nos ve en función de aquello a lo que pertenecemos, en lugar de lo que somos. Donde nuestra ideología, la mayoría de las veces, en realidad no es nuestra, sino que es prestada de según qué colectivos, o de según qué voces cantantes. Decimos lo que otros quieren oír. Pensamos lo que otros quieren que pensemos. No nos atrevemos a llevar la contraria a "los nuestros" en el más mínimo ápice.
El gobierno no es el único que te lava el cerebro.
Ni la publicidad.
Lo es cualquiera que te dice lo que tienes que pensar, lo que tienes que aceptar, lo que tienes que creer. Cualquiera que es incapaz de entender que haya cosas con las que no estés de acuerdo. Que haya cosas que no te convenzan. Que tengas tu propia forma de pensar y que coincidas solo en parte, o en nada.
Si asumes lo que te dicen (generalmente sin explicaciones, basándose en juicios de valor, de forma imperativa y unilateral) sin que siquiera te plantees por qué, felicidades. Tu cerebro empieza a oler a jabón.
Y ante eso, solución, poquita. Podemos tomar el camino fácil, que es el camino marcado; aceptar lo que somos, porque otros nos han dicho lo que somos. Seguir los dictados de aquellos a los que vemos como "superiores", pero que vulneran algo tan sencillo como la igualdad día sí y día también. Podemos aceptar los dobles raseros como lo normal. Podemos sumarnos al juego y, no solo aceptar que la gente no tenga palabra, sino que podemos faltar a ella también. Podemos prometer y prometer, jurar y perjurar, que las palabras se las lleva el viento y al final, lo que impera es que hagamos nuestra santa voluntad. Y si jodemos a alguien por el camino, pues sin problema, porque ellos no son nosotros. No son gente que importe.
Y es que para muchos el fin justifica los medios.
Si ese fin es simplemente el beneficio personal, del tipo que sea, ya ven justificada cualquier tropelía. Cualquier abuso, cualquier atropello.
Para muchos, si hay que pisotear a quien sea con tal de conseguir lo que se quiere, no pasa absolutamente nada.
También podemos tomar el camino contrario, que es un camino pedregoso y cuesta arriba que recorremos descalzos. Podemos enfrentarnos a ese tipo de cosas. Podemos negarnos a agachar la cabeza. Podemos dejar de sonreír, y decir "NO" cuando realmente queremos decir "NO". Podemos ser coherentes con lo que realmente pensamos y actuar de forma acorde a nuestros pensamientos. Podemos combatir ese miedo llegando a la conclusión de que aquellos que nos miran como si fuéramos alienígenas solo por no dejarnos someter a según qué cosas no son más que humanos. Ni más, ni menos que nosotros. Por tanto, no son nadie a quienes debamos temer. No son nadie a quien debamos obediencia, ni vasallaje. Son gente cuyo criterio, como mucho, podemos respetar, en caso de encontrarse en según qué posición... pero eso no quiere decir que tengamos que aceptarlo. No quiere decir que tengamos que estar de acuerdo ni comulgar con él. No quiere decir, mucho menos, que tengamos que apoyarlo, o aplaudirlo.
La decisión, queridos Distópicos, siempre estuvo en nuestra mano.










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