lunes, 7 de abril de 2014

Mondo Chorra- El factor Miedo



De todas las emociones, posiblemente es el miedo una de las que más fascinación ha podido causar al ser humano. Lo que, fisiológicamente, podemos entender como una reacción primaria ante una señal de peligro o una manifestación de nuestro instinto de supervivencia (y, por tanto, presente también en la mayoría de animales), evoluciona a nivel psicológico y cultural hasta conformar toda una mitología y metodología en sí misma. A lo largo de este artículo intentaré hacer un repaso sobre los elementos que rodean el concepto del miedo y cómo tendemos a verlos. Como siempre, y parece ser que tengo que explicarlo cada dos por tres, tengo que advertiros que este artículo NO es un artículo científico. NO cuenta la Verdad Absoluta, ni lo pretende. La única documentación que vais a encontrar serán las referencias a cosas que he vivido o alguna cosa que haya leído por ahí, pero eso solo se tomará como un punto de apoyo a mi argumento a modo de ilustración, JAMÁS como referencia documentada. Los errores o faltas a la verdad que podáis ver aquí NO son fruto de tergiversación, manipulación/omisión informativa o cualquier gilipollez que se os ocurra, sino conclusiones MÍAS, extraídas en base a MI experiencia PERSONAL y NO se pretende dar un punto de vista profesional ni irrefutable. El que lo busque en estas líneas, está haciendo el gilipollas al buscar la Verdad en Internet y no en alguien titulado que sepa orientarle del modo adecuado.
Y, una vez marcada la diferencia entre un blog de OPINIÓN personal y un artículo científico profesional para que nadie se haga la picha un lío y vea donde no hay, arrancamos:

Tal y como lo entendemos, el miedo se origina en el cerebro. Más concretamente, en el llamado "cerebro reptiliano" (encargado de conductas basadas en la supervivencia, como la comida y la respiración) y en el sistema límbico (cuya misión es regular las emociones y también controlar las conductas de evitación del dolor, así como la huida o la lucha). Toda la información que proviene del exterior es recopilada por este sistema y, por medio de lo que se conoce como amígdala, se activan los mecanismos de respuesta hacia lo que ésta identifica como fuente de peligro. En el momento en que la amígdala entra en acción, se producen estos mecanismos de respuesta, que pueden variar: huida, paralización o (más común de lo que parece) enfrentamiento. Sin embargo, tenemos que tener en cuenta que nuestro cerebro es algo más complejo que el animal y no es la amígdala la única responsable de la sensación de miedo: en nuestro cerebro, se da una importante interacción con la corteza cerebral y con el resto del sistema límbico.


La amígdala, señalada en rojo para que nos confundamos.


Hasta aquí, lo que dice la Wikipedia en cuanto a su origen. Quizás no una fuente excesivamente fiable, pero contamos con que sí sea lo bastante cercana a lo que en realidad hace nuestro cerebro cuando percibe una amenaza como real. No obstante, si hay algún neurólogo leyendo esto, se le invita a que complemente esta información.

Pasemos a lo que es el miedo en sí. Para empezar a hablar en lo que entiendo yo por tal, tendría que irme a una charla que se dio hace algunos años en mi ciudad, donde tres escritores de terror (o de lo que se entiende hoy en día como terror, cosa que no termino de ver del todo) hablaban sobre sus libros, así como de otras historias alucinantes que fueron surgiendo a lo largo de la tarde. En un momento dado, un niño de, no sé... unos doce, puede que trece años, se fue para uno de estos escritores y le preguntó si se había planteado en escribir novelas de terror orientadas a niños. La respuesta fue, como poco, interesante:

—No sé. ¿Qué es el terror?

El crío se encogió de hombros, y este autor prosiguió, a fin de profundizar en su respuesta:

—Es decir, ¿qué es lo que te da terror a ti? Porque igual no es muy distinto de lo que me pueda causar terror a mí. O igual sí.

Saltamos un año y pico hacia delante, puede que dos. El mismo tema vuelve a surgir en la ciudad de Valencia, en otra presentación literaria; esta vez, quien presenta su libro es mi amiga y camarada de penurias Elena Montagud, quien cuenta conmigo para que sea yo quien haga de maestro de ceremonias. Ella no ve esa idea muy diferente tampoco, y sostiene que el terror es algo proteico, que cambia de forma según el individuo. El terror, alude mi amiga, no tiene por qué ser un zombi o un vampiro; ni siquiera algo sobrenatural. El terror es aquello que te paraliza y te causa un nudo en el estómago. Lo que te impide reaccionar, te bloquea y hace que no seas capaz de pensar de una forma clara. Es, tal y como muestran algunos de sus relatos, lo que sientes cuando eres incapaz de abrir la boca en tu propia casa. Es una fobia irracional, o no tan irracional: cuando sientes que te van a despedir de un momento a otro, eso es terror. Cuando tienes a un familiar muy grave en cuidados intensivos y te planteas, en serio, lo que te puede pasar si lo pierdes, es terror.


Una de las cosas más aterradoras que conoce muchísima gente es algo tan inofensivo como hablar en público. La gente no te va a pegar, ni siquiera tiene por qué reírse de ti. Sin embargo, suele ser una experiencia bastante aterradora para muchos.


He mencionado arriba que el miedo se produce en el momento en que identificamos una fuente de peligro, pero esta fuente de peligro no tiene en absoluto por qué provenir de una amenaza en el futuro: podemos sentir miedo al recordar algo terrible. Podemos sentir miedo de nosotros mismos al descubrir que hemos hecho algo malo y que no nos creíamos capaces de hacerlo, lo que nos hace pensar más en el presente ("¿Qué clase de persona soy?"). El miedo suele tener un componente de anticipación pero, como indico aquí, no es una condición si ne qua non para que se dé.
Yendo aún más lejos, podemos sentir miedo incluso sin conocer una fuente de peligro concreta. Es lo que entendemos como ansiedad o pánico, que se desarrolla en crisis emocionales de cierta intensidad. Estás tan tranquilo y, de buenas a primeras, sientes un terror creciente que se apodera de ti. Que te corta la respiración, empapa tu piel en sudor frío, te seca la boca y hace que tu corazón se desboque.

A nivel psicológico (o incluso filosófico) casi me atrevo a decir que el ser humano viene a ser una suma de sus miedos. En cierto modo, nos definimos por aquello a lo que tenemos, de una manera muy similar a como cuando decimos que alguien se define por los enemigos que tiene. Al fin y al cabo, el miedo puede ser una reacción lógica y hasta saludable (por eso de la conducta de autoconservación), pero también es un enemigo. El miedo es el enemigo interior que nos limita y que nos impide vivir una vida normal; nos define, sí, y colabora en eso de conformar nuestra personalidad... pero también es capaz de hacer que desarrollemos conductas autodestructivas. Por evitar enfrentarnos a nuestras fobias y terrores más intensos, estamos dispuestos a mortificarnos o sufrir, y no nos importa: un claustrofóbico, por ejemplo, preferiría subir quince pisos a pie antes que meterse en un ascensor. Un niño que tenga miedo a que le hurten sus libros o cualquier otra posesión en el colegio acabará por llevarlo absolutamente todo en la mochila y no separarse de ella, aunque eso implique cargar con ocho kilos a las espaldas. Los ejemplos son múltiples, variando no solo en forma, sino también en intensidad.


Una buena forma de representar el miedo en la literatura lo hemos podido ver recientemente en la saga Harry Potter, representado por el Boggart que, en el universo de J.K. Rowling es una criatura que toma la forma de lo que más aterra a su víctima. De este modo, el Boggart jamás se presenta de dos formas iguales, sino que varía en aspecto dependiendo de a quién se enfrente.


Vemos un buen antecedente de esto en la historia del Rey Mono en la serie de La Cosa del Pantano de Alan Moore. En ella, el Rey Mono era una entidad demoníaca que se alimentaba de los miedos ajenos, tomando la forma de estos. Concretamente, encontramos que el bicho en cuestión se hacía fuerte en un centro para niños autistas o con problemas psicológicos graves. En la imagen, quizás una de las más representativas de lo que quiero decir, vemos cómo la mente hace de las suyas ella solita: una niña sufre un miedo irracional al cáncer, con el que la han asustado desde siempre. No está muy segura de lo que es pero, como dice el texto, "tiene sus propias ideas".
El miedo funciona así: tememos a lo desconocido, pero esos "agujeros informativos" no importan: nuestra mente se las apaña para rellenarlos, y de la forma más terrible posible.



He aquí, quizás, la parte más irracional del miedo: es esa en que nuestra mente asume un sufrimiento con el objetivo de evitar otro sufrimiento. No importa lo que suframos o lo que tengamos que hacer, pero por medio de esas conductas evitamos (o creemos evitar) que eso que nos aterra se nos ponga por delante. Al hacerlo, sin embargo, no caemos en la cuenta de que en realidad cedemos y nos cerramos puertas a lo que podría ser una vida relativamente tranquila: hay miedos justificados, sí, pero muchos otros carecen por completo de un fundamento real. En otras palabras, hay cosas a las que tememos sencillamente porque hemos decidido temerlas. Y, en el momento en que hemos cedido ante un miedo infundado, abrimos la puerta a otros miedos infundados: usando mi experiencia personal como ejemplo, si desarrollas agorafobia durante una crisis de ansiedad (quizás ya la variante patológica de lo que estoy hablando), es terriblemente tentador que otros miedos se instalen en tu interior. El miedo se contagia a sí mismo y, si dejamos que se instale en nuestras vidas y que campe a sus anchas, acabaremos por darnos cuenta de que estamos cediendo terreno más y más cada día.

El miedo, en cierto sentido, posee un atractivo único. En el fondo, muy en el fondo, nos gusta sentir miedo, quizás porque es una manera de hacernos sentir vivos: el miedo, aun de forma controlada, aparece presente en nuestra forma de vida. En espectáculos de riesgo, donde sufrimos al ver cómo alguien se juega la vida; al subirnos a una montaña rusa, con ese pensamiento fugaz de que igual el vagón en el que viajamos se estropea y nos la pegamos a no sé cuántos kilómetros por hora. Películas o libros nos muestran la naturaleza oscura del ser humano o bien nos muestran el terror sobrenatural... que reconocemos como "no real", pero no por ello tiene por qué asustarnos menos. Yendo aún más lejos, tenemos la mitología moderna de las leyendas urbanas que, desde que somos pequeños, nos habla de fenómenos terribles que pretenden ser reales. Tome la forma que tome, el miedo está presente entre nosotros y no existe nadie (o nadie en su sano juicio, al menos) que no tema absolutamente a nada. Todos tenemos algo que perder; todos podemos sentirnos intimidados en un momento dado en nuestra vida. En prácticamente todos nosotros hay una voz que nos dice "No".


El miedo es ese Yago, que nos mal aconseja, con ideas destructivas.


Esa es, precisamente, el arma que muchos emplean: el miedo es una herramienta útil, usada en muchos ámbitos, desde la publicidad hasta la política (como ejemplos, los famosos anuncios de corte gore de la Dirección General de Tráfico o las constantes amenazas veladas que lanzan los partidos políticos día sí y día también si el ciudadano medio no cree en ellos), sin pasar por lo que hace la sociedad en sí misma: desde que somos pequeños, el miedo a ser considerados "diferentes" nos lleva a poner en marcha conductas que, de modo implícito, nos obligan a ser uno con la masa. De aquí nace en muchas ocasiones ese miedo que tienen muchos a decir lo que piensan, o el miedo al "Qué dirán". Ese miedo que tenemos a sentirnos segregados es el miedo que nos obliga a comulgar con ruedas de molino, a obedecer. Es el miedo del que cobardes y poderosos se aprovechan para intimidar a los demás.
He dicho cobardes, sí: a menudo la gente que tiene más miedo es la que siente mayor necesidad de provocarlo en otros, a fin de no mostrarse como los débiles que son. Es por ello que aquellos que se creen poderosos o fuertes intentan constantemente ostentar ese supuesto poder sobre otros, a modo de recordatorio. No es tanto la ley del más fuerte que impera en la naturaleza, como la ley del más aterrador: esos que se dicen fuertes y que ejercen su dominio por medio del miedo en realidad no son más que una panda de cobardes que se dedican a intimidar y a amenazar, pero que raramente llegan a cumplir dichas amenazas. ¿Por qué? Quizás por lo mucho que tienen que perder, ellos los primeros: no en vano, si lo pensamos, la mayor parte de esa gente amenazada o presionada por este tipo de individuos es gente a la que deben mucho. Bien porque esos a los que oprimen son aquellos que sudan por ellos, bien porque sacan beneficio de cualquier otro tipo... pero no pueden permitirse perder a sus víctimas, de ahí que la amenaza no sea más que eso: una amenaza, vacía y vana, que jamás llegan a cumplir en realidad.

Este concepto es lo que matones y otros parásitos sociales emplean como arma para conseguir que otros satisfagan sus necesidades. El modus operandi, aunque complejo y revestido de un sinfín de artimañas, consiste básicamente en el mantra "No me das lo que quiero, pues entonces lanzo mi amenaza". Este concepto se suele basar siempre en una amenaza que busca el virtual "hueco en la armadura" del individuo amenazado: quien ostenta el miedo como arma, busca las debilidades de sus víctimas para volverlas en su contra. Gracias a eso, saben que éstas lo tienen muy difícil para evitar ceder ante la amenaza: bien porque ellos saben muy bien lo que pueden perder, bien porque tocan fibras a nivel personal lo bastante sensibles como para drenar sus fuerzas y convertirlas en marionetas que ceden ante cualquier petición. Saben cómo hacerlo y se aprovechan de ello. Es esa clase de gente "tóxica", término que ahora está muy de moda, capaz de someter la voluntad del prójimo, socavar su autoestima y llevarla a una espiral de humillación y dependencia. Cuando esto sucede, la víctima ve mermadas sus fuerzas para actuar y obedece, prácticamente, por inercia.


A causa de nuestro miedo a enfrentarnos a aquello que nos aterra, podemos optar por perder nuestra dignidad. Aceptar que otros nos juzguen, nos sometan y se burlen de nosotros.
Incluso podemos acabar por pensar que merecemos ser tratados así.


¿Es entonces imposible escapar de un yugo así? No, pero tampoco es fácil. La mayor arma para combatir el miedo, por tópico que resulte, es la voluntad. Incluso llegando a extremos de terror patológico, quien no quiere combatir el miedo no puede hacerlo (de hecho, es queriendo y ya cuesta, imaginad si encima uno no pone de su parte). O no durante mucho tiempo, al menos. Si el miedo, como he comentado arriba, es esa voz que nos dice "No" cada vez que deseamos hacer algo, la voluntad debe ser la sordera que se niega a escuchar a esa voz. La que nos hace plantar la rodilla en tierra cuando estamos tirados por los suelos y ayudarnos a ponernos en pie, ya que, en multitud de ocasiones, somos perfectamente conscientes de que debemos cambiar la situación que vivimos; el problema es que, sencillamente, no podemos. O, mejor dicho, creemos que no podemos.

Las amenazas que otros lanzan sobre nosotros, hablando a un nivel general (y con multitud de excepciones, todo hay que decirlo) suelen ser vacuas y esgrimidas por cobardes que no tienen cojones de meterse con alguien de su tamaño (físico o de otra índole) y que se creen que otras personas les pertenecen. En el momento en que la voluntad se interpone en su camino, la persona que ejerce su poder igual sigue intentando ejercerlo, pero cambia una cosa: la percepción. Tiene que llegar un momento en nuestra vida en que acabamos hartándonos de gente así a nuestro alrededor para que podamos empezar a cambiar las cosas. Para que hagamos acopio de nuestras fuerzas y podamos pensar en una solución que nos saque del hoyo. Por difícil que resulte (que lo es, y mucho), el primer paso es no creernos toda esa mierda que nos sueltan aquellos que intentan ostentar el miedo como un arma. Si ellos dicen que no valemos, tenemos que recordar (y esto, creedme, es MUY difícil) que no hacen sino valerse de mentiras para hacernos ceder. Si no hacen más que recordarnos que, si no les obedecemos, nos espera una vida miserable y desgraciada, nuestro cometido es recordar que no son dioses que pueden ver el futuro. Por mucho que cacareen y nos amenacen, no son dueños de nuestro destino y no tienen ni la menor idea de lo que nos sucederá si nos marchamos de su lado. Si no hacen más que decirnos lo mucho que podemos perder, la mitad de las veces eso es porque más tienen que perder ellos; de lo contrario, no andarían machacándonos con esa perorata.
Toda esa artillería de argumentos agresivos, no podemos olvidarlo jamás, es el recurso primario de los incompetentes. De aquellos que se han arruinado la vida ellos solitos y que, pensando que los que le rodean les deben lealtad incondicional, creen que van a salir a flote a costa de pisotear a otros.


El miedo es Lengua de Serpiente, que envenena nuestros oídos con mentiras y nos anula por completo, convirtiéndonos en gente apocada e incapaz de luchar.


Me gusta pensar que el miedo, ese miedo que anida en nuestros pechos por la noche y nos impide respirar, es el verdadero enemigo. Un enemigo sin rostro, o sin un único rostro, al menos. Un enemigo que, en realidad, es débil y al que le gusta gritar mucho para que no se note. Desde mis experiencias sufridas con el miedo, tanto combatiéndolo como dejándome someter por él (porque uno no es Dios y pierde más batallas de las que gana, hay que admitirlo), puedo decir que combatir el miedo es una forma de guerra. Una guerra interna e íntima, que tiende a resurgir de vez en cuando, a recrudecerse o a pacificarse, dependiendo de lo fuertes que nos sintamos.
Tal y como citaba Frank Herbert en su obra clásica Dune, "El miedo mata a la mente. El miedo es la pequeña muerte que lleva a la destrucción total". Según cita el escritor en esta novela, uno de los métodos para combatirlo es por medio de un mantra o letanía, que se repite constantemente para autoconvencerse de que el miedo, en sí mismo, no es más que una percepción mental y que, como tal, puede controlarse: "Afrontaré mi miedo. Lo haré pasar por encima de mí y a través de mí. Cuando pase, giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Y cuando haya pasado, no quedará nada. Solo yo". Independientemente del uso del lenguaje del señor Herbert, que a más de uno le puede sonar "anacrónico" y los chistes facilones sobre cosas que pasan a través de uno y ojetes interiores, lo que sí es bien cierto es el hecho de que racionalizar el miedo por medio de una voluntad más o menos fuerte es un método que suele funcionar para combatirlo. En el momento en que racionalizamos algo tan irracional y asumimos que estamos asustados, la fuente de nuestro miedo es percibida de una forma diferente; en su justa medida, si quieres: la amenaza potencial queda reducida a lo que es en realidad (generalmente, algo mucho menos peligroso y terrible de lo que percibíamos), y nos ayuda a mantener un curso de acción diferente al de "huye-escóndete-moja los pantalones".


William Shakespeare, figura recurrente en este blog, también escribió lo suyo sobre el miedo. Para muestra, un par de botones, como:
 "Ya que no nuestros actos, nuestros miedos serían los que nos acusaran de traidores" (Macbeth, Acto IV , escena 2), dando a entender, en este contexto, que el miedo se muestra por sí mismo y revela nuestra verdadera naturaleza en situaciones límite.
"Nuestras dudas son traidoras, y nos hacen perder a menudo el bien que podríamos ganar, por temor a experimentarlo" (Medida por Medida, Acto I, escena 4). El miedo, bien autoimpuesto, bien impuesto por otros, es esa fuerza que nos impide desplegar las alas, luchar contra la adversidad y atrevernos a buscar la propia felicidad.
El miedo no solo intenta someternos, sino que procura que jamás pensemos en rebelarnos.


Sé que los artículos que escribo en este blog no gustan a todo el mundo: bien por el lenguaje brutal que uso, bien porque no se está de acuerdo con mis opiniones. Bien porque algunos de vosotros pensáis que, en lugar de equivocarme, me dedico a mentiros. Si sois algunos de ellos, tengo un mensaje para vosotros: os estáis quedando en la superficie, en lo que se ve a simple vista y no miráis más allá. Puede sonar pretencioso, lo sé... pero no por ello es menos cierto. Independientemente de la temática, el lenguaje o que veáis demasiadas tetas y no os gusten, hay un mensaje entre líneas en cada uno de los posts que subo. Si hay algo que quiero deciros cada vez que escribo en este blog es precisamente que no tengáis miedo. No debéis tener miedo a decir lo que pensáis; no debéis tener miedo a que lo que lleváis dentro escandalice a otros o que os miren mal por no seguir la nota dominante (siempre y cuando no hagáis apología de cosas ilegales, claro, pero creo que queda claro que en caso alguno me refería a ese tipo de cosas).
Combatir el miedo es una guerra, y toda guerra se inicia con una batalla. Ganaréis vuestra primera batalla cuando oigáis esa voz interior que os dice "No" y podáis responderle "QUE TE FOLLEN".

lunes, 31 de marzo de 2014

Mondo Chorra- El complejo de Lucifer



Como ya he comentado en varias ocasiones, me crié en un colegio religioso. Quizás por eso a lo mejor la enseñanza de las escrituras, a cargo de sacerdotes (bastante tolerantes, todo hay que decirlo), sí pudo hacerse de un modo algo más intenso que en cualquier otro sitio. Comparaciones aparte, ya que no es de eso de lo que va ese post, lo cierto es que en algún momento nos debieron hablar alguna vez de quién era Satán. O Lucifer. O como queramos llamarlo.
Según me debieron enseñar (pese a que no viene en la Biblia, sino que hay que irse a la tradición y a algunos apócrifos para ir directo al texto), Lucifer fue el ángel más poderoso de toda la corte celestial, solo por debajo de Dios; este ángel, también conocido como Luzbel y algunos otros nombres así de exóticos, fue expulsado del Cielo por cometer el pecado del orgullo. Dicho de otro modo, si el Dios que conocemos de la tradición más clásica es una especie de cabronazo que se dedica a chantajear emocionalmente a cualquier criatura viva para "probar el amor que profesan por Él", se podría decir que a Lucifer se le inflamaron sus cojones y dijo "Hasta aquí hemos llegado". Se hartó de contemplar la Gracia Divina (siempre me he imaginado a un puñado de angelitos mirando a Dios y Dios, sentado en Su Trono, que no se cansa de que lo adoren día sí y día también) y dijo "A la mierda". El Padre Celestial se pilló el rebote del siglo porque había alguien que no se dedicaba a decirle lo maravilloso y lo guapo que era por haber creado este Universo y lo echó a patadas de Casa. La leyenda nos cuenta también que Lucifer tomó a un tercio de las huestes celestiales bajo su manto y se marchó con ellos, dando origen a lo que conocemos como "demonios" e "infierno".


Como nota curiosa, "Demonio" tiene su raíz en el griego, en la palabra "Daimon" se puede referir a energías interiores, siendo traducido a veces como "genio". En la tradición precristiana, este concepto se refería a una voz, similar a la de la conciencia, que instaba al hombre a NO hacer según qué cosas.
Fue con el cristianismo cómo este concepto tomó carácter de maldad.
Y sí, he puesto esta demonia porque está buena.


Tal y como nos cuenta la tradición, este viene a ser el Origen del Mal, tal y como nuestra cultura (lo que viene siendo la cultura occidental de raíz judeocristiana y toda la mitología que la acompaña) lo entiende. Si lo pensamos, es curioso cómo hemos aceptado que el Mal consiste precisamente en no agachar la cabeza ante lo que se supone que tenemos que hacer, sin explicación alguna: Dios ordena a Abraham a sacrificar a su hijo, sin darle más explicaciones que "Porque lo digo yo". Abraham se traga las lágrimas, obedece y ESO es lo que lo convierte en un buen siervo de Dios: que haga las cosas sin protestar y que así profese amor incondicional a la deidad, le haga las putadas que le haga. Una deidad tan débil y cobarde que necesita constantemente que le demuestren que le quieren para seguir existiendo. Peor aún, bajo amenazas y coacciones de todo tipo.

Me pongo a pensar en este concepto de "Obedece sin rechistar o serás el malo" y oye, no puedo sentirme más identificado. A lo largo de estos últimos días, he estado reflexionando sobre lo que ha venido siendo mi vida desde que puedo recordar. El resultado es que, si bien siempre he querido llevar una vida tranquila, el desorden y el conflicto han venido a buscarme como las moscas a la mierda; cuanto más he querido huír de complicaciones y de disputas, siempre he acabado inmerso en alguna, de forma directa (porque me hayan tocado los huevos y haya corrido a defenderme) o indirecta (de estar en medio en mitad de algún follón en el que se me ha pedido que tome parte por cojones)... y no, pese a lo que penséis muchos de vosotros (que sé que lo pensáis), ni he querido provocarlas a conciencia ni he disfrutado en cada uno de estos conflictos. Todo lo contrario, lo único que me han producido es un desgaste emocional y de energías tremendo. Nada de lo que te enorgullezcas ni la clase de cosas que te guste repetir. Eso, a largo o a corto plazo, te acaba pasando factura: nerviosismo, insomnio, comeduras de cabeza...
... Pero raramente, remordimientos.


'Tomáh por culoh.


No me malinterpretéis. Si no tengo remordimientos no es porque considere que sea perfecto o que no cometo errores. Ojalá no los cometiese, pero no soy tan imbécil como para caer en ese despliegue de soberbia. Lo más parecido a remordimientos que puedo albergar en historias como las que vivo consisten en los que siento al no haber visto las cosas venir antes, o al no haber actuado de una forma más expeditiva. O de no haber conseguido lo que me proponía, una vez enzarzado en la discusión... porque yo también pierdo batallas. Más de las que me gustaría reconocer, de hecho; pero no, cuando tomo una decisión, para bien o para mal, no hay vuelta atrás, pues es fruto de haber madurado mucho mi curso de acción. No en vano he tenido enfrentamientos con gente muy, muy cercana. Enfrentamientos que, cómo no, me han dolido. Pero una vez sacas el cuchillo, amigo, no lo guardes sin haber manchado de sangre su hoja. Eso te enseña a dar importancia a cada conflicto y su consecuencia. A conocer el precio de entrar en combate y no entrar en cualquier enfrentamiento a lo loco.

Pero volvamos a ese repaso que he venido haciendo de mi vida: desde que puedo recordar, tal y como he venido repasando últimamente, me he dado cuenta de que todos, absolutamente todos los enfrentamientos que he tenido con gente relativamente cercana (amigos, muy amigos, compañeros de hace bastante tiempo y demás) han venido por UNA única razón: es ese complejo de Lucifer. Esa voz interior que te insta a decir NO cuando los demás intentan decirte que son superiores a ti, de un modo u otro.
Aclaremos esto: esa voz que me incita a rebelarme (o instinto, o como queramos llamarlo) no es tanto la voz de la soberbia (los que me conocéis bien ya sabéis qué clase de concepto de mí mismo tengo) como la voz del escepticismo, o incluso la de la dignidad. Si he tenido problemas con tanta gente, no ha sido porque me crea mejor que ellos, sino porque desde siempre, cuando alguien me ha dicho lo que tengo que pensar o lo que dejar de pensar, mi reacción más básica ha sido "Y una mierda". Cuando, en cualquiera de los veinte mil grupos de personas con los que he trabajado, convivido o me he relacionado ha llegado alguien que se ha autoproclamado líder (en lugar de buscar un consenso, como para mí debe ser un buen líder) y ha venido imponiendo su criterio sobre los demás, mi respuesta tarde o temprano siempre ha sido NO. Sin importarme haberme quedado solo; sin miedo a que los demás, aunque piensen igual que yo, no tengan agallas (o simplemente ganas) de plantar los pies en el suelo y decir "Hasta aquí hemos llegado". Como consecuencia de eso, no pocas veces me he visto siendo la oveja negra del Pensamiento Reinante o, usando términos más bíblicos, como está saliendo en este post, la voz que predica en el desierto. Nunca he creído en dogmas, ni en imposiciones; si se me ha dicho "esto es lo que debes creer" y, cuando he preguntado "¿por qué?" la respuesta ha sido "porque sí", ya la tenemos formada. Y no porque haya ido a buscar el conflicto: simplemente he dicho "No", y las imprecaciones han caído sobre mí como una lluvia de hachas.


"¿Atacamos ya?"
"Que siga hablando, que se va a cagar..."


Y esto es lo que ha venido pasando, a grandes rasgos, a lo largo de décadas. Que sí, que esas cosas las puedo evitar, sencillamente evitando conflictos. No metiéndome en problemas y, qué cojones, cuando alguien diga "mierda" yo solo tengo que decir "amén". Aun pese al hecho de que ese personaje o personaja se dedique a sentar cátedra sobre mi santa persona y se dedique a meterse en mi vida y a decirme lo que tengo o lo que no tengo que hacer con ella. Aceptar eso con tal de no entrar en discusiones supone tener que soportar a todo un escuadrón de subnormales con la catadura moral de un parásito venéreo que se cree con derecho a mangonear tu vida y hacer juicios de valor sobre ti. Y eso es algo que la dignidad (no orgullo, ojo) de nadie debería permitir.

¿Significa eso entonces que tengo un problema con la autoridad? ¿Que no acepto a nadie por encima de mí? ¿Que, por tanto, me siento superior a cualquier bicho viviente? No, pipiolitos míos, no os confundáis ni saquéis esta interpretación tan rápido. Asumir eso supondría que entonces yo no siento admiración por nadie y que soy ampliamente superior a los demás en todo. Que por encima de mí está solo Dios, y solo si yo le dejo. Permitidme recordaros lo que he mencionado arriba acerca del concepto que tengo de mí mismo para que lo vayáis pillando. No, la cuestión está en que, si yo acepto a alguien como superior o reconozco el liderazgo de alguien, va a ser un alguien que no intente impresionarme. No va a ser ese alguien que viene con su sonrisita de soplapollas y dándome palmaditas en la espalda, tratándome como si fuera mi puto jefe y con guasitas que denotan una confianza que yo no les he dado. Si tengo que reconocer la superioridad de alguien en algo, es porque ese alguien se ha ganado mi respeto y mi admiración, sin que venga una horda de subnormales sin personalidad a decirme que X es Dios y que si quiero estar en la onda tengo que agacharme y hacer reverencias. Así es como funciona esto, amigos: me importa un coño cómo se llame no sé quién. Me da exactamente igual la cantidad de admiradores, fans o follamigos que tenga. No me importa que ese alguien se rodee de aduladores y gente que moja la entrepierna ante la primera imbecilidad que suelte por la boca. Y, por supuesto, me da exactamente igual que se cabreen conmigo por no rendir pleitesía a alguien que no creo que se la merezca. Ya he tenido que torear a muchos así a lo largo de mi vida y, puedo pecar de generalista, pero tengo la impresión de que todos estos, prácticamente sin excepción, andan cortados por el mismo patrón.


"¡AMADLO! ¡PORQUE SOLO EL MERECE SER AMADO! ¡SUS PALABRAS SON SABIDURÍA CELESTIAL QUE BROTA DE SU LENGUA COMO EL MANÁ CAE DEL CIELO!"


Por lo que a mí respecta, no tengo absolutamente ninguna necesidad de caer bien a nadie. Menos, a aquellos que van por la vida mirándote como si fueras un pobre diablo, o como si no fueras nadie. Esos seres, basándome en los que he conocido a lo largo de esta vida, en realidad, son gente con una tremenda necesidad de ser adorados, para así poder inflar su ego. De los que, en cuanto te quieres dar cuenta, te están contando batallitas y diciéndote lo mucho que les admira la gente. Bien con la falsa modestia típica de "Yo no soy para tanto" ("pero te lo cuento así, espontáneamente y sin querer"), o bien los que no la fingen y sacan la cola de pavo real para restregártela por los hocicos. Porque oye, tú no molas tanto. No tienes gente que te chupa el culo ni que te dice frases tan alucinantes como "Tienes estilo", o "No he conocido jamás a nadie como tú". Que ojo, en un momento dado nos lo pueden decir, eso no es lo malo; lo malo es cuando lo vamos diciendo por ahí, haciendo ostentación de ello, en plan "Mira lo que me dicen. ¿A que soy la hostia?"


"Uy, perdona, se me ha vuelto a escapar cómo una tía me llegó el otro día diciendo que quería follar salvajemente conmigo porque le parecía lo más impresionante que había visto en mucho, mucho tiempo".


Igual es que soy un misántropo, o un sociópata o, como decía cierto desgraciado a mis espaldas (más por las ganas de joder e insultar que porque no tuviera razón), "Un inadaptado social"... Pero a mí la gente que vive para contar sus proezas como si fuera su propio bardo me toca los cojones. La gente que irrumpe en mi vida para darme lecciones sin que yo se las haya pedido me revienta, porque siento que invaden mi criterio o mi inteligencia (los pocos que tenga, sí, mamones) imponiendo los suyos por la fuerza. Sin preguntar ni nada, arrasando que es gerundio.
Pues si por esas resulta que sí, que soy un misántropo por no aceptar lo que me suelte cualquier soplagaitas sin reservas; que soy un sociópata por no creerme la primera milonga que me suelten, sin darme un argumento medianamente sólido y basándome nada más que en la fe ciega a vete a saber quién; que soy un inadaptado social por no agachar la cabeza ante el primer "tioguai" que dice molar más que los demás y que viene seguido de un rebaño de ovejas que se pasan el día diciendo "Beeee", lo único que tengo que decir es que sí. Soy todo eso y más, pero a mucha honra. Con la cabeza bien alta, para poder mirar a la cara a los gilipollas e hijos de puta que intentan pisotearme, sin humillarme y sin consentir ni media payasada.
¿Que por esto soy yo el malo? ¿Que me mandan al Infierno?
Pues oiga, más se perdió en la guerra; por lo menos en el Infierno están los rockeros y no me voy a aburrir.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Mondo Chorra- Anatomía del abuso




No deja de ser curioso que, cuando se escucha que alguien ha sufrido abusos de pequeño, automáticamente pensemos en abusos sexuales, como si éstos fueran el único abuso posible al que alguien puede someterse. Sin embargo, y pese a que el abuso sexual es una realidad (voy a pasar de poner la estadística porque ya sabéis lo que pienso de ellas), no es el único abuso al que nosotros, pobres humanoides, podemos vernos sometidos, no solo en la infancia, sino a lo largo de nuestras vidas. No, si entendemos por abuso el momento en que alguien ejerce una autoridad X sobre nosotros y se aprovecha de ella de una forma desmedida, injusta y egoísta.

El abuso es algo que puede formar parte de nuestro entorno y la mayor parte de las veces pasa desapercibido. Es el caso del llamado acoso escolar o bullying, que ha intentado definirse y tipificarse de una forma más o menos científica, pero que resumo aquí con mis propias palabras: alguien que, en un entorno académico, coge y se dedica a hacerle la vida imposible a una persona que, la mayor parte de las veces, no puede defenderse. Todo lo demás que se quiera añadir, para mí, no es más que aderezo y es adornar una raíz bastante simple.

Si cogemos artículos como este que he encontrado por ahí:


O este otro:


Encontramos que coinciden en el hecho de que el acosador-tipo es una persona cuyo ambiente familiar es, en cierta medida, desestructurado. Se habla de un entorno en el que hay falta de atención, falta de cariño o se habla de que el acosador típico sufre violencia en casa, de forma que la proyecta en la escuela. No digo que esto sea falso y que no haya casos así, pero la experiencia conocida me ha demostrado que el acoso no entiende ni de género (he conocido casos de acosadoras femeninas), ni de estratos sociales. Si tengo que hablar por lo que he visto, yo me crié en un colegio donde había bastantes estudiantes de clase media-alta. Muchos de ellos no estaban precisamente faltos de atención, sino todo lo contrario: algunos de estos acosadores (para los expertos son "víctimas del sistema" o como quieran llamarlo; para mí uno que acosa es un hijo de la grandísima puta, a secas) provenían de familias "bien", y solo tenían que chasquear los dedos para que papá les comprase el balón Etrusco de Adidas que los demás no podíamos permitirnos. Gente acostumbrada a hacer lo que les sale del ojete y no tener la menor conciencia ni sentimiento de repercusión hacia ello... poco o nada que ver con la falta de afecto, o no directamente, para mí.


En muchos entornos, el acoso se ve de una forma tan normalizada que todos nos convertimos en partícipes: puede que no seamos acosadores directos, pero al asumir que alguien es el que se lleva todos los palos y no sentir indignación al respecto, formamos parte de la cadena del abuso.


En el primero de los artículos, se cuenta que el acosador tipo en el fondo siente envidia por la gente a la que acosa. Se dice que no es muy listo, pero sí carismático. Error de nuevo, si tengo que pensar en mi experiencia: si pienso en los que he conocido, era justo el caso contrario; las víctimas del acoso en mi entorno era la gente que peores notas obtenía la mitad de las veces. Los acosadores (porque a menudo no van solos, en contra de la típica imagen para mucha gente del acosador solitario que tiene amenazada a una clase entera) eran chavales tirando a "guais", no solo buenos deportistas, sino gente que no obtenía malas notas, bien porque no eran tan idiotas como rezan los estudios, bien porque el profesorado que yo conocí tenía una forma bastante "sui generís" de evaluar a la gente (póngase el caso de aquellos a los que nos costaba aprobar, frente a aquellos que decían abiertamente a los profesores, y con una sonrisa en la cara, que no habían estudiado. Sin vergüenza ni rubor. Adivinad, de estos dos grupos, quiénes iban a septiembre con al menos dos o tres asignaturas y quiénes pasaban limpios). Hablamos pues, de gente relativamente popular, con un expediente académico no demasiado malo y sin concepto aparente de frustración, que acosaba a gente que, si usamos términos estamentales (algo muy apropiado en lo que podría ser la sociedad de una clase como la que yo conocí), no pasaban de ser "el pueblo llano".


A mucha gente, lo visto en películas como Chicas Malas les puede sonar a tópico. Sin embargo, hay un trasfondo bastente real en esto: existe gente que usa su popularidad o el grupo de gente que le rodea riéndole las gracias para hacer que la existencia de quienes no le interesa sea lo más desgraciada posible.
La mitad de las veces, porque les parece divertido.


Y es que no es el primer caso en el que ha habido padres que se han enterado con notable sorpresa de que sus hijos son unos acosadores escolares: en casa, sus hijos son modélicos y no tienen por qué sufrir ni violencia ni sentirse ignorados. Insisto, puede pasar, pero cada día más estoy convencido de que el perfil que muestran esos estudios está sesgado y posee una visión limitada: para mí, el acosador no responde a un perfil concreto y la violencia puede desatarse en individuos de muy diversa índole. De ahí que el asunto sea difícil de detectar y aún más difícil de erradicar.

Tal y como yo lo veo, el abuso no es tanto una reacción al entorno (que también) como una manera de manifestar una conducta en la que un individuo descubre que la actitud violenta/de dominio funciona en el momento en que nadie le rinde cuentas, por miedo o por el motivo que sea. Dicho de otro modo, mucha gente es acosadora, no por un entorno difícil o porque provengan de una familia desestructurada: hay gente que hace la vida imposible a otros simplemente porque puede.

Cuando crecemos y dejamos el colegio, nos damos cuenta de que el abuso como tal no desaparece, sino que se transforma: todos hemos conocido a alguien que, en un momento dado, se aprovecha de nosotros de mala manera. Igual no abusa de nosotros por medio del miedo o la violencia, pero no por ello es menos abuso; en el momento en que alguien ningunea nuestra individualidad o que se toma excesivas confianzas hacia nosotros ya podemos estar hablando de un abuso: ese colega gañán que nos pide pasta y no nos la devuelve así venga la Inquisición a pedírsela y que, no contento con ello, nos exprime de mil y una formas. Ese familiar irritante que hace chistecitos jocosos hacia nuestras personas, humillándonos a mala leche delante de todo el mundo y que se aprovecha de que no nos atrevemos a responderle cuatro cosas con tal de no liarla. Ese jefe cabrón que nos amenaza día sí y día también con despedirnos si no accedemos a hacer cosas que están lejos de nuestras obligaciones como empleados. Ese compañero de trabajo que se dedica a pisotearte el cuello cada vez que puede, con la intención de hacerte quedar mal delante de otros. Ese colega que está en tu grupo de amigos que se inventa o tergiversa cosas para ponerte en contra de los demas. Todos esos, sin uso de la violencia, sin carácter alguno de índole sexual y sin que necesariamente hayan tenido que llevarse una ración doble de hostias cuando todavía estaban en la cuna son acosadores. Gente que perpetra el abuso y se sienten totalmente cómodos en su impunidad.


La frase del día: "Que puedas hacerlo no quiere decir que deberías hacerlo"


Según el segundo artículo, se habla de un papel de sumisión que andan buscando, cosa que no niego del todo. Yo más bien diría que, más que necesitar una sumisión (que también), el asunto es más sencillo en muchas ocasiones: son simples y llanas ganas de joder. La manipulación de las demás personas está en la mente del acosador, sí, pero no es tanto un fin sino un medio, tal y como lo veo yo. Un acosador, en multitud de ocasiones no busca tanto sentirse "superior" como tener a otros que le solucionen la vida, lo que lo convierte en un parásito. Como ejemplo de esto, podríamos tener la clásica escena del matón a lo Regreso al Futuro que, en modo rockabilly, se va para el empolloncete de turno y le obliga a que le haga los deberes. Donde mucha gente ve que los deberes son un medio para un fin (es decir, por medio de que te hagan los deberes demuestras tu poder), el tipo de abusón al que me refiero yo funciona justo al revés: por medio de la fuerza/del chantaje/cualquier otro medio, tiene a alguien que le soluciona la vida, sin habérselo tenido que ganar. Pongo un ejemplo más claro: está el abusón que te obliga a que le hagas los deberes, pero el que te roba los deberes para copiarlos y devolvértelos varios días después, con curiosísimas marcas alrededor de tus ejercicios (de las del tipo "esto lo he copiado ya"), no es menos abusón. Aquí se puede incluir al ente parasitario que echa mano de cualquier cosa que encuentre un compañero de clase (manteniéndonos en el ámbito escolar por un momento), desde el anonimato y la más total furtividad. La actitud del "Me gusta, pues para mí". En esto no hay violencia ni intimidación directa, pero sí abuso; el miedo de la víctima viene después, de un modo no necesariamente buscado por el agresor, que ya ha visto cubierto su objetivo, y no le interesa pensar en que la persona a la que ha robado empiece a sospechar de toda criatura que le rodea, generando así un ambiente de desconfianza creciente.

Ante esto, prosigue el segundo artículo, tenemos las típicas causas que culpan a una permisividad total o a la televisión de ser el caldo de cultivo de los abusones. A veces, como he indicado, los abusones pueden provenir de casas en las que los padres están bastante preocupados por sus hijos; y lo de la tele, a estas alturas de la película, resulta tan plausible como culpar de esto al heavy metal o a los videojuegos. Que sí, que como influencia, cualquier cosa puede ser una mala influencia (véanse la cantidad de asesinos en serie influenciados por la Biblia, por poner un ejemplo: ¿Es la Biblia una mala influencia, entonces? No; sencillamente, hay gente que toma una mala influencia de donde sea), pero la generalización tiende a llevar a grandes errores. Mi generación es precisamente la que se crió con la televisión, mientras que la siguiente es la que se está criando con Internet. El abuso no ha desaparecido, y probablemente no lo ha hecho con respecto a la generación que precedió a la mía, con lo cual igual la causa que se atribuye a televisión y videojuegos no es tan directa como podría parecer, y en realidad hay otros factores.


"Lucius se ha portado mal en la escuela"
"La culpa es de los gladiadores".


La cultura también pone lo suyo: si bien hay países donde el abuso de índole violenta es más que patente (pongo el caso trillado de Estados Unidos, o bien Finlandia, donde la tasa de suicidios y asesinatos por armas de fuego es la leche), en España no somos tanto de liarnos a tiros con el prójimo (o no siempre) como de dedicarnos a tocar los huevos cosa mala. En parte, gracias a ese rollito de picaresca que nos caracteriza, somos más de abusar de la confianza del vecino y sentirnos guais por ello. En esta sociedad, y cada día más, está primando el "Tengo derecho a tener eso y, como no me lo puedo permitir, considero que la sociedad me lo debe", lo que se usa para justificar abusos como el de alguien que toma lo que no le pertenece, o el de alguien que se aprovecha del trabajo de otros para vivir mejor, pensando que se merece una vida mejor más que nadie.

En un documental que vi por la tele hace años (y que, por cierto, no vi entero), se hablaba de la raíz científica de la maldad. Philip Zimbardo, (http://www.zimbardo.com/) el prestigioso psicólogo norteamericano y profesor en la facultad de Stanford, hacía mención a la Psicología del Mal y aludía a que el mal no es más que una falta de conciencia hacia el futuro de otros. Dicho de otra manera, la persona que consideramos "mala" simplemente es alguien a la que no le importa lo que le pueda suceder a los demás. Esto, si lo pensamos, encaja bastante bien con el concepto de abusón que he planteado: todos los casos que he expuesto en este artículo, si lo pensamos, reflejan la actitud de alguien que carece por completo de empatía hacia sus víctimas y que solo buscan beneficiarse de ellas. Cueste lo que cueste.
¿Convierte esto entonces a una persona que comete abusos hacia otra en un psicópata? No necesariamente. Sé que últimamente está bastante de moda eso de pensar que todo el mundo es bueno y el que no, es que tiene un trastorno mental... pero yo al menos tengo muy claro que mucha, muchísima gente y puede que la mayoría de los que he conocido eran perfectamente conscientes de lo que estaban haciendo cuando se aprovechaban de otros o directamente los pisoteaban. Más allá de ello, hasta se enorgullecían, lo que sí implica una respuesta emocional (y diferenciándolos de los psicópatas). Por mucho que nos cueste admitirlo, existe gente que disfruta aprovechándose de otros o incluso causando daño, pero no nos confundamos: no son enfermos. No tienen un trastorno. Lo hacen porque quieren y, más importante, porque pueden hacerlo.


"Me gusta joder, disfruto con ello. ¿Cuál es tu puto problema, mediamierda?"


Porque pueden hacerlo.
Quizás esa es la raíz del problema, amigos Distópicos. Pensemos por un momento en lo que dicen los artículos que he mencionado arriba y, contradiciendo lo que he venido diciendo, vamos a darles el beneficio de la duda y démosles la razón: admitamos que, en efecto, la persona que abusa busca el poder. Hagámonos entonces esta pregunta: ¿Por qué obtiene el poder, entonces?
La única respuesta que se me ocurre a mí es tan simple como decir que lo obtienen porque se lo damos los demás.
El poder, desde mi punto de vista, es algo que roza lo imaginario. Tenemos el poder que otros creen que tenemos, ni más ni menos; en una tierra en la que estuviéramos solos, seríamos al mismo tiempo la persona más poderosa y la que menos... porque nuestro poder viene dado en función de lo que nos rodea. La gente que abusa de otros, en cierta medida, conoce este hecho, de un modo consciente o no. Aquellos que nos ponen el pie encima del cuello lo hacen porque saben (o creen) que no vamos a protestar. Que no les vamos a devolver el golpe. Los que nos gorronean dinero (o lo que sea) cuentan con que no sabemos decirles que no. Todos, o la inmensa mayoría, se sienten con el poder que otorga la impunidad. El miedo existe como factor, por supuesto, pero es algo tangencial y puede no darse: los caraduras abusan de los que le rodean y no lo usan, por ejemplo.


"YOOOO TENGO EL PODEEEEERRRR!
No, He-Man, lo siento. Lo que tienes es una espada. El poder te lo dimos nosotros de pequeños, flipando con tus aventuras. Y de mayores te lo arrebatamos en el momento en que empezamos a pensar que era un poco raro que fueras todo el día en taparrabos y con los musculitos aceitados...


El chantaje, planteado de mil maneras, es otra forma alternativa al miedo o la amenaza directa y que se puede emplear para ejercer abuso sobre otra persona. No hablo del clásico chantaje de "Mándame una foto de tus tetas o le digo a todo el mundo lo que hiciste con no sé quién" o extorsiones similares, sino de formas mucho más sutiles. Cuando alguien nos viene con la cantinela de "Entiendo que no hagas X por mí. Lo entiendo de verdad" y, entre paréntesis lo de "Pero no tienes ni idea de lo triste que voy a sentirme por ello", ya estamos entrando en un chantaje emocional de libro: aquí no tememos a las represalias físicas o de acción que podamos sufrir por no ceder ante una petición de lo que sea (aunque sea un favor chorra), sino en el hecho de que podemos estar haciendo daño a otra persona, lo que pone en entredicho nuestra propia moral y nos hace sentir como verdaderos gusanos. En este tipo de casos es muy frecuente acusar de egoísta (o de ruín, de codiciosa, de rencorosa, de celosa, etc.) a la persona que, bien no quiere, bien no puede acceder a la petición (o presión) que sea, obviando por completo el hecho de que quien ejerce el abuso es egoísta por definición. En el ámbito familiar, tenemos el clásico caso de "Como se entere papá de que (no) has hecho esto, no te va a querer". En el de pareja "Como no seas de la forma que yo quiero que seas, me pondré a llorar, me plantearé dejarte o incluso no tendré tan claro si te quiero", lo que me lleva a pensar en casos de maltrato psicológico (no pienso entrar en la condición "de género", porque soy plenamente consciente de que este tipo de actitudes se llevan a cabo por gente de ambos sexos) que no necesariamente consisten en insultos o vejaciones, sino en algo mucho más profundo, retorcido y siniestro.
Como puede verse, este tipo de actitudes, perpetradas a lo largo del tiempo no generan necesariamente una violencia física, ni miedo a recibirla. El efecto es tan devastador o más, porque no hacen más que propiciar las inseguridades de una persona, haciendo que se plantee incluso si es buena o mala.


Todos hemos tenido momentos Hamlet (o sea, de dudas) por culpa de gente que ha intentado convencernos de lo malos malísimos que somos al no seguirles la corriente...


Pero volvamos al poder.
El poder, como decía arriba, es ilusorio y no pasa de ser un poder otorgado por otros, nunca por uno mismo. Si bien el respeto es algo que se gana por medio del trato justo entre dos o más personas, el poder es harina de otro costal: el poder es cedido y/u otorgado de forma voluntaria o involuntaria. Una persona tiene poder sobre nosotros solo cuando la permitimos tenerlo. Sus amenazas y sus chantajes, por lo general, derivan no de la envidia o de la frustración que puedan tener, sino de la necesidad que tienen que hagamos algo por ellos. Cuanto mayor es esa necesidad, según lo vivido por un servidor, mayores son esas ansias de poder. Más corta es la correa con la que atan a los que les rodean. Menores son sus escrúpulos y sus cortapisas morales a la hora de atacar.
Y es ahí la parte más complicada de este dilema. Es terriblemente duro recuperar el poder que nosotros, todos nosotros, hemos otorgado a la gente que abusa de nosotros. Lo hicimos movidos por nuestra buena fe, por simple educación o porque nos pillaron con la guardia baja. No en vano, una de las palabras más difíciles de pronunciar en según qué situaciones es "No" y, por culpa de esas dos letras, nos hemos visto metidos en berenjenales de padre y muy señor mío. Por no entrar en discusiones que no deseamos, hemos cedido terreno a gente que se ha excedido de lo lindo con nosotros. Por creer que estábamos haciendo lo correcto, hemos dejado que otros nos mangoneen y dispongan de nuestras vidas. Por actuar de corazón, hemos confiado en gente que no nos ha aportado tanto como nos ha arrebatado.
Sin embargo, no nos olvidemos de esto: nos lo han hecho porque nos hemos dejado. No somos ni más idiotas, ni más débiles ni más torpes por ello, ya que no siempre estamos preparados ni los vemos de venir, quitémonoslo de la cabeza.
Nos hemos dejado porque hemos creído que ellos estaban hechos de la misma pasta que nosotros, y nos duele descubrir que no es así. Nos duele, pero no por ello debemos negarlo, sino afrontarlo. Si han tomado el poder gracias a nuestra concesión, es nuestra voluntad la que puede arrebatárselo. Ellos creen tener el poder, y puede que lo tengan...
... Pero si la gente que se lo ha dado les da la espalda, no son nadie.

sábado, 8 de marzo de 2014

Escupiendo rabia- Cuando los estudios se convierten en un producto




Malos tiempos corren para la enseñanza, nos digan lo que nos digan desde arriba. Y no es nada nuevo: ya tuvimos que hacer frente a soberanas mamarrachadas como aquella reforma educativa en la universidad que se quiso implantar hacia 2005 (de la que hablé en un artículo anterior), que consistía básicamente en follarse por el culo a las carreras de letras bajo el pretexto de "Es que no son vendibles" y soltándonos la milonga de que era "según Bolonia" (no sé si era la Bolonia de Tierra-2, porque los estudiantes Erasmus que teníamos por compañeros de Italia o Alemania nos decían que en sus respectivos países las cosas que quisieron implantarnos aquí no se hicieron). Por suerte, no llegó a cuajar, pero oiga, es un precedente porque estuvo a un pelo de que carreras como Historia del Arte se fueran a tomar por culo, que fusionaran dos titulaciones como Geografía e Historia o que desaparecieran los estudios literarios de la universidad y otras cuantas barbaridades de las que no llegamos a enterarnos. Como muestra, me gustaría comentar que fue gracias a la intervención de los rectores, que tenían la última palabra, como se evitó... Y no de todos. Recuerdo el caso concreto de cierta rectora que fue diciendo por ahí, con sus santos ovarios, que el que quisiera estudiar a Shakespeare "Podía ir buscándose otro sitio, porque la Universidad ya no estaba para eso".

La cosa hoy en día no ha cambiado: no hay más que ver la última movida, en la que me entero de que el Amigo Encargado de Educación y Cultura, con sus santos cojones, se cepilla gran parte de lo que viene siendo el arte de nuestra educación (lo que en literatura se podría asemejar a un oxímoron, o contradicción de conceptos en el mismo término): según la LOMCE, Educación Artística y Música pasarían a ser materias optativas, dando la opción a las CCAA no ofertar esta última.

Dejo por aquí el artículo del BOE dedicado a este respecto:


No deja de ser descojonante que el mismo preámbulo nos hable de formar personas autónomas (¿Hola? ¿En este país? ¿Donde ya nos han demostrado que el sistema educativo está perfectamente diseñado para hacer que el alumno se pase su puta vida memorizando cosas sin entenderlas y donde eso de la autonomía es una palabra que carece por completo de trasfondo?), y se llene la boca con eso de mejorar la calidad de la enseñanza. En las primeras páginas del BOE no hago más que ver promesas vacías del tipo que hay que crear un sistema educativo que forme (cito textualmente) "personas activas con autoconfianza, curiosas, emprendedoras e innovadoras". Que es necesario adquirir (y sigo citando) "pensamiento crítico, gestión de la diversidad, la creatividad o la capacidad de comunicar, y actitudes como la confianza individual, el entusiasmo, la constancia y la aceptación del cambio". No deja de ser curioso que esto lo diga un gobierno de ideología conservadora, al que eso del cambio le suele causar urticaria, que se dedica a desmoralizar al pueblo a base de joderlo día sí y día también. Que ha hecho recortes en educación que hacen que cualquiera que se dedique a la docencia lo primero en lo que piense en el momento en que ve la que se avecina sea irse al bar más próximo. Que este gobierno hable de diversidad cuando pone cuchillas en la frontera para que los inmigrantes se desangren (o no, porque no hay constancia de que esas cuchillas corten, tócate las pelotas) o que recorta a lo burro las leyes de dependencia para personas con discapacidades. Es alucinante que un gobierno que crea leyes tan bonitas como la famosa Ley Mordaza, que viene a criminalizar la protesta social y que cada día esté limitando más la libre expresión contra las políticas gubernamentales en sitios como Internet, nos venga hablando de fomentar el espíritu crítico.


"Hala, señora, ya está usted habilitada por el gobierno para ejercer su derecho a crítica"
"¡GOIHISMHMMSDGSDH!"
"Oh, tomamos nota de su crítica, muchas gracias"


Pero volvamos al plan de la educación en sí.
Según sigo leyendo en este BOE nos vienen con la mierda de que el plurilingüismo mola. Pues vale, eso es lo típico que hemos oído de que en Finlandia allí los niños hablan dieciocho idiomas antes de llegar a la secundaria y oiga, como en Finlandia funciona, pues lo tenemos que hacer aquí por huevos y sin pararnos a pensar por qué, pasándonos por el culo cualquier diferencia de base cultural, que la economía, la mentalidad o la población sean totalmente distintas. Porque lo que es viable en un sitio por cojones lo tiene que ser en otro, y nos lo tenemos que creer. El caso es que aquí tenemos la política del vecino cotilla, que se pasa el día viendo lo que hacen en el jardín de al lado y se dedica a imitarlo para quedar mejor de cara a la galería sin pensar si eso que está imitando realmente lo puede aplicar él en su casa. O, más triste aún, los motivos por los que los otros lo hacen (siempre lo he dicho: los países nórdicos son punteros en lo del bilingüismo, pero no porque sean la Raza Superior: es que sus idiomas natales son hablados por una población media de unas cinco millones de personas en todo el mundo. No tienen más cojones). Al españolito medio eso le importa tres cojones: si en Finlandia, que son los que molan y a los que hay que imitar, se hace así, pues en España también y a tomar por culo.
El chiste es que esto se hace de forma propagandística y más falsa que una polla de goma: al final, ni se implantan las medidas made in Finland y, cuando se hacen (como en el caso del bilingüismo) se hace de forma torpe y apresurada. Hasta hace unos... diez años o así no se había hablado de la enseñanza bilingüe y, de la noche a la mañana, se empezó con la paranoia de que nadie tenía ni guarra de inglés. Ahora por cojones TODOS tenían que ser bilingües (de hecho, se estuvo hablando en 2005 de implantarla por ley para 2010): los profesores que estaban con su plaza tuvieron que empezar cursos de reciclaje de dos años (¿Dos años para aprender un idioma con la bastante soltura como para impartir una asignatura? ¿Hola?), aunque no hubiesen visto el inglés en treinta años. Y los alumnos, en el ojo del huracán de las críticas (porque si hay fracaso escolar es culpa de ellos, de toda la vida, oiga) tenían que ponerse las pilas como unos campeones, ya que habían pasado de pegarse cinco años de su vida malgastados estudiando los números, los colores y los animales a tener que entender historia o matemáticas en inglés.
Resultado: Imaginad cómo está saliendo el asunto (no del todo mal, porque implantar un sistema bilingüe, así a ojo, puede llevar más de diez años para que se arraigue por completo... pero tampoco del todo bien, ya que esta enseñanza ni se ha implantado por ley en todos los centros. No hay suficientes profesores preparados, y los que han asumido el riesgo de meterse con el inglés hacen lo que pueden. Sin embargo, en España sobran profesores, claro que sí). Otra cosa es lo que ya le preguntemos a los mandamases acerca de ello...


"¡Anda, en Finlandia están estudiando un sistema que permita ir a los niños a clase en un día que haya un temporal de nieve! ¡Pues esto vamos a implantarlo!"
"Ejem, las temperaturas más bajas de este año no han bajado de los cinco bajo cero, tampoco es que haga falta..."
"¡TÚ TE CALLAS, GILIPOLLAS! ¡SI EN FINLANDIA LO HACEN Y TIENEN EL MEJOR SISTEMA EDUCATIVO SEGURO QUE FUNCIONA AQUÍ!"


Siempre he dicho que cuando se inserta la política o la ideología en el arte, lo que tenemos es propaganda. Cuando esto se hace en la educación, lo que tenemos es encuadramiento. Veamos qué movida nos presenta la LOMCE y qué es lo que saco yo personalmente de todo esto. Como siempre, no tenéis por qué estar de acuerdo. Este blog no es la Verdad ni pretende serlo. Lo que yo veo es lo que veo y que cada uno haga de su capa un sayo. Aquí va:

Primero, como he comentado, las asignaturas de Cultura Clásica, Plástica o Música se van a hacer puñetas (pero no dicho abiertamente, dicen que dejarán la opción "a cada Administración educativa o a la oferta de cada centro docente": dicho de otra manera, que en el momento en que falte pasta (y, llamadme pesimista, pero me huelo desde ya que, para cosas de estas de educación, va a faltar sí o sí) ya sabemos qué cabezas van a rodar primero. Con lo cual, está prácticamente cantado que, a menos que nos encontremos comunidades autónomas MUY por la labor y centros lo bastante bien financiados, esa idea de fomentar la creatividad y el pensamiento divergente se van a tomar por culo. Vale que algunos nunca hayamos sido unos manitas en eso de las manualidades y tocar el "Smoke on the Water" con la flauta dulce, pero oiga. ¿Es eso el único motivo para barrerlas del mapa? Un sistema educativo basado en una ideología en la que prima el "empresarialismo" (es decir, "Lo que vende y se puede convertir en un producto, para adentro y lo que no, a la puta calle, con pocas o ninguna alternativa al respecto") precisamente elimina eso: por lo que se puede deducir con historias así, lo que hace es limitar la creatividad y, por tanto, crear bonitos robots que solo se limiten a hacer lo que les dicen.
De lo que es formación cultural (pictórica o musical) ya ni hablemos. Como con eso no se crean empresas (o ninguna que podamos vender como "Empresa con proyección de futuro"), a la mierda.


A juzgar por el modelo que nos están vendiendo, no parece haber lugar para el arte o la cultura en el mundo moderno. Lo que prima es generar engranajes para un mundo en el que las empresas (pero las grandes, oiga) mandan.
Que sí, que hay opciones de arte en los bachilleratos.
Como también nuestra amiga Espe tuvo un "plan para Humanidades".
Como también hubo un plan para las carreras de letras en la Universidad.
Dan la opción y la ahogan al mismo tiempo. Así parece funcionar esto.


Puede que algunos que leáis ese párrafo no lo veáis tan claro, ya que se dice que se deja la opción y tal, pero pensad que todo lo que cuenta como "creativo" ya forma parte del grupo de asignaturas "optativas"; en segundo lugar, es importante dejar claro e insistir en que eso va a depender de la oferta del centro. Dicho de otra manera, si el centro anda con poco dinero (algo relativamente frecuente con tanto recorte), adivinad qué es lo que va a pasar. Tal y como yo lo veo (no sé vosotros) es la forma fina de decir "No las borramos del mapa, pero oye, que os dejamos la puerta abierta y todos los factores para que lo hagan por nosotros".
En el mismo bloque, curiosamente, aparece una nueva asignatura: "Iniciación a la actividad emprendedora y empresarial", lo que me parece una auténtica preciosidad. Hablamos de un país (ya no de un gobierno en concreto, eso llega un momento en que empieza a dar igual, porque tengo la sensación de que esto se ha venido repitiendo desde hace décadas: unos, por imponer medidas draconianas y otros por prometer soluciones que nunca han llegado a nada) que se ha dedicado durante décadas a asfixiar a los emprendedores que han decidido abrir pequeñas y medianas empresas (las cuales para mí, no sé lo que pensará el resto del planeta, son las que realmente sostienen la economía de un país). Que ha fomentado los contratos basura. La precariedad. Y no solo que lo ha hecho, sino que lo sigue haciendo, recortando derechos sociales de los trabajadores. Pues los mismos que dejan al currito hecho unos zorros cogen ahora y se plantean animar al que viene de nuevas a que tengan iniciativa empresarial.
No olvidemos que también son los mismos (insisto, por "los mismos" me refiero a "gobernantes") que dijeron que cuando alguien se iba a buscarse los garbanzos al extranjero, era por "espíritu aventurero", lo que viene siendo una forma muy fina de convertir la miseria de un país en algo de lo que enorgullecernos: ¿Que estamos regalando a nuestros licenciados, médicos e ingenieros para que las empresas de otros países se beneficien de su trabajo y no las nuestras? No pasa nada, asesores de imagen al canto y que escriban un discursito que maquille el despropósito. Semejante cabestrada se pudo ver en artículos de prensa como este:

http://politica.elpais.com/politica/2012/11/30/actualidad/1354286966_753467.html


Por esa regla de tres, todos estos también tienen espíritu aventurero, no te jode.
Más, si te digo, viendo las condiciones en las que llegan a nuestras costas.
Lo que no deja de ser curioso es lo de ver con buenos ojos cómo nuestros estudiantes se largan de nuestras fronteras, como si fueran héroes, y luego tener ese doble rasero con alguien que viene aquí a trabajar.



Resumiendo este punto, resulta terriblemente paradójico contemplar cómo durante bastante tiempo hemos tenido una formación más o menos aceptable, por no decir decente (al menos en lo que a calidad-precio se refiere, comparándola con otros países, nos hagan lo que nos hagan creer), creando una generación de gente preparada a la que no han sabido integrar en el mercado laboral, como ha sucedido con los licenciados de los últimos (más o menos) diez años. Pensad, si no os convence mucho eso de que nuestra formación no es tan mala, por qué Alemania ha venido más de una vez buscando ingenieros y médicos a punta pala. Por qué precisamente los proyectos de tecnología en Europa se hacen con pasta alemana y equipos de trabajo (en gran medida) españoles, que son los que ponen el cerebro y el trabajo de fondo. Los amigos estos de las salchicas y las cervezas pueden ser muchas cosas, pero os aseguro que de gilipollas no tienen un pelo y saben lo que quieren para su industria. Teniendo la sartén económica por el mango, ¿de verdad iban a contratar a un puñado de gañanes que no saben hacer ni la O con un canuto? Si así fuera, la llamada "Tecnología Alemana", ¿nos parecería tan buena como la consideramos?


"Pues claro que sí, yo me he caído de un guindo. Por eso en Europa se hace lo que yo digo".


La Formación Profesional, por otra parte, más orientada al mercado laboral que la Universidad (por mucho que nos vendiesen la moto en su día) se ha venido considerando la "prima tonta" de la educación, con el sambenito de gueto. De que ahí nada más que iban a estudiar los macarras, los drogatas. Los despojos de la sociedad que no valen para nada. Igual os parece exagerado, pero pensad en cómo se trata a los centros educativos (por lo menos los de mi ciudad) que ofertaban FP en sus aulas. De rollito tipo Harlem no los baja ni Cristo.
Llegamos a la actualidad y, ¿qué tenemos? Que ahora parece castigarse al mundo docente a lo bestia: todos aquellos licenciados que no encontraron hueco en el mundo laboral han encontrado básicamente dos opciones. La primera, optar por la precariedad: gracias a esa política de contratos-basura y a esa permisividad hacia los empresarios, currar es barato y despedir a la gente, ni te cuento. Eso sí, por lo visto "genera empleo" (imagino que se refieren a que cuando una empresa está despidiendo gente cada dos por tres y contratando a otros tantos para luego continuar con la cadena de explotación pues oye, igual se entiende por "generar empleo").
La segunda salida es, como he mencionado arriba, irse a tomar por culo en otro país. Allí la salida también suele ser la precariedad, pero la explicación es que es una precariedad frente a la terrible amenaza del paro. Y ante eso, la respuesta ha sido tajante: pies, para qué os quiero. Lo más gracioso es que esto se ha visto como algo positivo para el Ministerio de Propaganda local. ¿De qué manera? Sencillito: aparte de la patochada del "espíritu aventurero" (que clamó al cielo), oficialmente las tasas de desempleo bajan (hay menos gente en el país, ergo menos parados). Menos subsidios que pagar (véase lo de la fabulosa historia del derecho a la sanidad si una persona estaba más de noventa días en el extranjero) y menos mierdas, que eso de tener demasiados estudiantes es un coñazo, oiga.


Hay empleos, como el de reponedor de supermercado, que me resultan de lo más honrados. Sin embargo, cuando tienes a alguien que, por formación, puede aspirar a otro tipo de empleos (como está sucediendo con médicos, ingenieros, profesores y otros tantos), te resulta bastante curioso ver cómo hay gente que defiende que estén llevando a cabo este tipo de trabajos "porque así tienen una formación laboral plural y dinámica", sea eso lo que sea realmente.
No lo veo como "indigno", en el sentido de que trabajar en un supermercado no me parece indigno. Lo que sí me resulta indignante es que haya gente que se ha pasado toda su vida preparándose en carreras, másters, idiomas y otras tantas cosas que les han requerido para acabar en puestos para nada relacionados con su formación.
A menudo, cayendo en precariedad y contratos basura.
¿Así es como tratamos a nuestros estudiantes?


Continuando con el tema que da título a este artículo, tenemos que pensar un poco en la filosofía de base que veo que hay tras todo esto. En lo poco que han interesado siempre los valores culturales a este país, salvo para cuando se quiere poner las medallitas diciendo que tiene un Picasso en tal museo... y porque va a atraer turismo, no por otra cosa. Mercantilizar los estudios lo que conlleva es vender la educación a la ley de la oferta y la demanda de la forma más extrema: puede sonar bien, pero pensemos en lo que supone sacrificar la cultura en aras de la empresa. Supone (en contra de lo que dice el preámbulo del BOE) aniquilar por completo el espíritu crítico y la creatividad. Destruir la autonomía y el libre pensamiento, creando "empleados" en lugar de gente que pueda pensar por sí misma. Fomentar el propagandismo patriótico rancio por medio de chorradas tales como considerar "Arte" al toreo, soplándole subvenciones a manta cuando menos necesidad hay. Cuando la educación está sufriendo recortes por esa supuesta falta de dinero (marco supuesta porque cada dos por tres a las cabezas pensantes de este país se les ocurre gastarse ingentes burradas de dinero en completas idioteces, como estatuas, homenajes, subvenciones a colectivos como la Iglesia, que chupa más de lo que suelta o continuas concesiones equiparables a lamidas de glande a la banca, a las eléctricas u otras grandes empresas y otras cosas igualmente útiles).


Con el debido respeto, me paso el mundo del toreo por el culo.
¿Por qué? Para empezar, porque me toca muchísimo los cojones que se llame "cultura" a algo que debería estar tipificado en el Código Penal como delito. Porque la única diferencia entre esto y otras salvajadas como lanzar cabras desde campanarios, poner gallos o perros a pelear o dedicarse a cazar gatos por la calle a escopetazo limpio es que se ha venido haciendo esto durante siglos y a un puñado de gente con dinero le ha venido muy bien.
Para todo lo demás, me reitero: me paso su "Arte" por el ojete.



A cada día que pasa, la educación está cediendo terreno a otras cosas que se consideran más importantes. Lo que vende es lo que vale, y lo que sea simplemente artístico, cultural o no esté orientado para ganar enormes cantidades de pasta, por lo visto tiene los días contados. Por cojones y sin turno de réplica. Por eso, si un torero, famoso dónde los haya, se tiene que poner a dar clases en la Universidad por delante de gente mucho más preparada en el mundo de la docencia (que eso no lo puede hacer cualquiera, se pongan como se pongan), pues se hace porque eso va a mover gente y, por consiguiente, pasta. Lo haga como lo haga, aunque se diese el caso de que no supiese ni leer, eso no importa mientras se genere pasta. Y no es coña, se puede leer la noticia aquí (aunque me encantaría recibir la noticia de que el diario El Mundo ha metido la pata hasta el sobaco y que esto no es más que un error):

http://www.elmundo.es/loc/2014/02/28/530f7251268e3ee47f8b457a.html

Esta es la sociedad que estamos creando, amigos Distópicos: una sociedad en la que cada vez está importando menos ser creativo y cosas como la educación pasan a un segundo plano. El Arte no genera tanta pasta como puede generar el fútbol (o eso es lo que nos venden; yo me sigo preguntando si los tratantes de arte o los conservadores de museos son unos muertos de hambre). El mercantilismo por encima del conocimiento: aquello que no se puede convertir en dinero desaparece. Aquello con lo que no se puede hacer propaganda queda relegado al segundo plano de lo optativo para luego clavar la lanza de los recortes en pleno cuello y, disimuladamente, obligar a retirar esas opciones.


"Yo no he borrado ni prohibido nada. Te he dado a elegir. Otra cosa es que la alternativa que te he dado sea tan inviable que te veas obligado a coger la que me sale a mí de los huevos, pero oye: ha sido decisión tuya, ERGO ES DEMOCRACIA".


Pero no nos engañemos, que no es solo culpa del gobierno: mientras haya cada día más gente en este país que se enorgullezca de su propia ignorancia, que diga que la lectura, la pintura y la música no valen para nada. Mientras haya animales sobre dos patas que consideren que toda carrera o estudio cuya proyección laboral más elemental sea la enseñanza como "de segunda" y tome ese argumento para despreciarlos, tendremos lo que nos merecemos. Mientras haya gente que considere que la Universidad es una pérdida de tiempo porque no te coloca ipso facto en un puesto en el que cobres dos mil pavos al mes. Mientras haya escritores que no tengan ni idea de quién fue Conan Doyle, o que enarbolen su más absurda prepotencia diciendo que los clásicos son una mierda "porque están pasados de moda" y no venden tropecientos ejemplares a la semana o que, (más fuerte aún, si cabe) se enorgullezcan de no leer, así estaremos: potenciando la empresa para generar curritos que vivan explotados. Una masa homogénea de ignorantes que se crean absolutamente todo cuanto les cuenten que, con el tiempo, habrán aprendido a no protestar. A no preguntarse nada jamás. A obedecer. A currar doce horas sin derecho a nada por un sueldo que no llega ni para vivir.


"El otro día, en la presentación de mi antología de relatos, me hablaron de un tal Conan no sé qué. Les dije que no tenía ni idea de quién era, porque yo no leo para contaminar mi genio. Me miraron mal. No entienden mi arte. Por suerte tengo a mis pelotas que me ríen las gracias y me dicen que el Conan ese no sabía ni escribir".


Cuando los estudios se convierten en un producto de consumo más, como lo está siendo la cultura en general, lo único que nos va a quedar es un rebaño de gente que no piensa en otra cosa que en ganar cuatro duros... y absolutamente nada más.
Y un pueblo que no piensa, simplemente porque no le da la real gana, está condenado al fracaso más justo. Un pueblo que alardea de su ignorancia, merece irse a tomar por culo. Un pueblo que prefiere anclarse en idioteces con la excusa de que son "tradiciones" será visto como "bárbaro" toda su puta vida.

Todavía estamos a tiempo de evitar estas cosas, siendo conscientes de que no pueden seguir por este camino. Todavía podemos luchar por cambiarlo. El tiempo dirá si lo hemos hecho o simplemente hemos hecho lo de siempre, que es lloriquear, dejar que otros nos arreglen el país y quejarnos por lo bajo.