No deja de ser curioso que, cuando se escucha que alguien ha sufrido abusos de pequeño, automáticamente pensemos en abusos sexuales, como si éstos fueran el único abuso posible al que alguien puede someterse. Sin embargo, y pese a que el abuso sexual es una realidad (voy a pasar de poner la estadística porque ya sabéis lo que pienso de ellas), no es el único abuso al que nosotros, pobres humanoides, podemos vernos sometidos, no solo en la infancia, sino a lo largo de nuestras vidas. No, si entendemos por abuso el momento en que alguien ejerce una autoridad X sobre nosotros y se aprovecha de ella de una forma desmedida, injusta y egoísta.
El abuso es algo que puede formar parte de nuestro entorno y la mayor parte de las veces pasa desapercibido. Es el caso del llamado acoso escolar o bullying, que ha intentado definirse y tipificarse de una forma más o menos científica, pero que resumo aquí con mis propias palabras: alguien que, en un entorno académico, coge y se dedica a hacerle la vida imposible a una persona que, la mayor parte de las veces, no puede defenderse. Todo lo demás que se quiera añadir, para mí, no es más que aderezo y es adornar una raíz bastante simple.
Si cogemos artículos como este que he encontrado por ahí:
O este otro:
Encontramos que coinciden en el hecho de que el acosador-tipo es una persona cuyo ambiente familiar es, en cierta medida, desestructurado. Se habla de un entorno en el que hay falta de atención, falta de cariño o se habla de que el acosador típico sufre violencia en casa, de forma que la proyecta en la escuela. No digo que esto sea falso y que no haya casos así, pero la experiencia conocida me ha demostrado que el acoso no entiende ni de género (he conocido casos de acosadoras femeninas), ni de estratos sociales. Si tengo que hablar por lo que he visto, yo me crié en un colegio donde había bastantes estudiantes de clase media-alta. Muchos de ellos no estaban precisamente faltos de atención, sino todo lo contrario: algunos de estos acosadores (para los expertos son "víctimas del sistema" o como quieran llamarlo; para mí uno que acosa es un hijo de la grandísima puta, a secas) provenían de familias "bien", y solo tenían que chasquear los dedos para que papá les comprase el balón Etrusco de Adidas que los demás no podíamos permitirnos. Gente acostumbrada a hacer lo que les sale del ojete y no tener la menor conciencia ni sentimiento de repercusión hacia ello... poco o nada que ver con la falta de afecto, o no directamente, para mí.
En muchos entornos, el acoso se ve de una forma tan normalizada que todos nos convertimos en partícipes: puede que no seamos acosadores directos, pero al asumir que alguien es el que se lleva todos los palos y no sentir indignación al respecto, formamos parte de la cadena del abuso.
En el primero de los artículos, se cuenta que el acosador tipo en el fondo siente envidia por la gente a la que acosa. Se dice que no es muy listo, pero sí carismático. Error de nuevo, si tengo que pensar en mi experiencia: si pienso en los que he conocido, era justo el caso contrario; las víctimas del acoso en mi entorno era la gente que peores notas obtenía la mitad de las veces. Los acosadores (porque a menudo no van solos, en contra de la típica imagen para mucha gente del acosador solitario que tiene amenazada a una clase entera) eran chavales tirando a "guais", no solo buenos deportistas, sino gente que no obtenía malas notas, bien porque no eran tan idiotas como rezan los estudios, bien porque el profesorado que yo conocí tenía una forma bastante "sui generís" de evaluar a la gente (póngase el caso de aquellos a los que nos costaba aprobar, frente a aquellos que decían abiertamente a los profesores, y con una sonrisa en la cara, que no habían estudiado. Sin vergüenza ni rubor. Adivinad, de estos dos grupos, quiénes iban a septiembre con al menos dos o tres asignaturas y quiénes pasaban limpios). Hablamos pues, de gente relativamente popular, con un expediente académico no demasiado malo y sin concepto aparente de frustración, que acosaba a gente que, si usamos términos estamentales (algo muy apropiado en lo que podría ser la sociedad de una clase como la que yo conocí), no pasaban de ser "el pueblo llano".
A mucha gente, lo visto en películas como Chicas Malas les puede sonar a tópico. Sin embargo, hay un trasfondo bastente real en esto: existe gente que usa su popularidad o el grupo de gente que le rodea riéndole las gracias para hacer que la existencia de quienes no le interesa sea lo más desgraciada posible.
La mitad de las veces, porque les parece divertido.
Y es que no es el primer caso en el que ha habido padres que se han enterado con notable sorpresa de que sus hijos son unos acosadores escolares: en casa, sus hijos son modélicos y no tienen por qué sufrir ni violencia ni sentirse ignorados. Insisto, puede pasar, pero cada día más estoy convencido de que el perfil que muestran esos estudios está sesgado y posee una visión limitada: para mí, el acosador no responde a un perfil concreto y la violencia puede desatarse en individuos de muy diversa índole. De ahí que el asunto sea difícil de detectar y aún más difícil de erradicar.
Tal y como yo lo veo, el abuso no es tanto una reacción al entorno (que también) como una manera de manifestar una conducta en la que un individuo descubre que la actitud violenta/de dominio funciona en el momento en que nadie le rinde cuentas, por miedo o por el motivo que sea. Dicho de otro modo, mucha gente es acosadora, no por un entorno difícil o porque provengan de una familia desestructurada: hay gente que hace la vida imposible a otros simplemente porque puede.
Cuando crecemos y dejamos el colegio, nos damos cuenta de que el abuso como tal no desaparece, sino que se transforma: todos hemos conocido a alguien que, en un momento dado, se aprovecha de nosotros de mala manera. Igual no abusa de nosotros por medio del miedo o la violencia, pero no por ello es menos abuso; en el momento en que alguien ningunea nuestra individualidad o que se toma excesivas confianzas hacia nosotros ya podemos estar hablando de un abuso: ese colega gañán que nos pide pasta y no nos la devuelve así venga la Inquisición a pedírsela y que, no contento con ello, nos exprime de mil y una formas. Ese familiar irritante que hace chistecitos jocosos hacia nuestras personas, humillándonos a mala leche delante de todo el mundo y que se aprovecha de que no nos atrevemos a responderle cuatro cosas con tal de no liarla. Ese jefe cabrón que nos amenaza día sí y día también con despedirnos si no accedemos a hacer cosas que están lejos de nuestras obligaciones como empleados. Ese compañero de trabajo que se dedica a pisotearte el cuello cada vez que puede, con la intención de hacerte quedar mal delante de otros. Ese colega que está en tu grupo de amigos que se inventa o tergiversa cosas para ponerte en contra de los demas. Todos esos, sin uso de la violencia, sin carácter alguno de índole sexual y sin que necesariamente hayan tenido que llevarse una ración doble de hostias cuando todavía estaban en la cuna son acosadores. Gente que perpetra el abuso y se sienten totalmente cómodos en su impunidad.
La frase del día: "Que puedas hacerlo no quiere decir que deberías hacerlo"
Según el segundo artículo, se habla de un papel de sumisión que andan buscando, cosa que no niego del todo. Yo más bien diría que, más que necesitar una sumisión (que también), el asunto es más sencillo en muchas ocasiones: son simples y llanas ganas de joder. La manipulación de las demás personas está en la mente del acosador, sí, pero no es tanto un fin sino un medio, tal y como lo veo yo. Un acosador, en multitud de ocasiones no busca tanto sentirse "superior" como tener a otros que le solucionen la vida, lo que lo convierte en un parásito. Como ejemplo de esto, podríamos tener la clásica escena del matón a lo Regreso al Futuro que, en modo rockabilly, se va para el empolloncete de turno y le obliga a que le haga los deberes. Donde mucha gente ve que los deberes son un medio para un fin (es decir, por medio de que te hagan los deberes demuestras tu poder), el tipo de abusón al que me refiero yo funciona justo al revés: por medio de la fuerza/del chantaje/cualquier otro medio, tiene a alguien que le soluciona la vida, sin habérselo tenido que ganar. Pongo un ejemplo más claro: está el abusón que te obliga a que le hagas los deberes, pero el que te roba los deberes para copiarlos y devolvértelos varios días después, con curiosísimas marcas alrededor de tus ejercicios (de las del tipo "esto lo he copiado ya"), no es menos abusón. Aquí se puede incluir al ente parasitario que echa mano de cualquier cosa que encuentre un compañero de clase (manteniéndonos en el ámbito escolar por un momento), desde el anonimato y la más total furtividad. La actitud del "Me gusta, pues para mí". En esto no hay violencia ni intimidación directa, pero sí abuso; el miedo de la víctima viene después, de un modo no necesariamente buscado por el agresor, que ya ha visto cubierto su objetivo, y no le interesa pensar en que la persona a la que ha robado empiece a sospechar de toda criatura que le rodea, generando así un ambiente de desconfianza creciente.
Ante esto, prosigue el segundo artículo, tenemos las típicas causas que culpan a una permisividad total o a la televisión de ser el caldo de cultivo de los abusones. A veces, como he indicado, los abusones pueden provenir de casas en las que los padres están bastante preocupados por sus hijos; y lo de la tele, a estas alturas de la película, resulta tan plausible como culpar de esto al heavy metal o a los videojuegos. Que sí, que como influencia, cualquier cosa puede ser una mala influencia (véanse la cantidad de asesinos en serie influenciados por la Biblia, por poner un ejemplo: ¿Es la Biblia una mala influencia, entonces? No; sencillamente, hay gente que toma una mala influencia de donde sea), pero la generalización tiende a llevar a grandes errores. Mi generación es precisamente la que se crió con la televisión, mientras que la siguiente es la que se está criando con Internet. El abuso no ha desaparecido, y probablemente no lo ha hecho con respecto a la generación que precedió a la mía, con lo cual igual la causa que se atribuye a televisión y videojuegos no es tan directa como podría parecer, y en realidad hay otros factores.
"Lucius se ha portado mal en la escuela"
"La culpa es de los gladiadores".
La cultura también pone lo suyo: si bien hay países donde el abuso de índole violenta es más que patente (pongo el caso trillado de Estados Unidos, o bien Finlandia, donde la tasa de suicidios y asesinatos por armas de fuego es la leche), en España no somos tanto de liarnos a tiros con el prójimo (o no siempre) como de dedicarnos a tocar los huevos cosa mala. En parte, gracias a ese rollito de picaresca que nos caracteriza, somos más de abusar de la confianza del vecino y sentirnos guais por ello. En esta sociedad, y cada día más, está primando el "Tengo derecho a tener eso y, como no me lo puedo permitir, considero que la sociedad me lo debe", lo que se usa para justificar abusos como el de alguien que toma lo que no le pertenece, o el de alguien que se aprovecha del trabajo de otros para vivir mejor, pensando que se merece una vida mejor más que nadie.
En un documental que vi por la tele hace años (y que, por cierto, no vi entero), se hablaba de la raíz científica de la maldad. Philip Zimbardo, (http://www.zimbardo.com/) el prestigioso psicólogo norteamericano y profesor en la facultad de Stanford, hacía mención a la Psicología del Mal y aludía a que el mal no es más que una falta de conciencia hacia el futuro de otros. Dicho de otra manera, la persona que consideramos "mala" simplemente es alguien a la que no le importa lo que le pueda suceder a los demás. Esto, si lo pensamos, encaja bastante bien con el concepto de abusón que he planteado: todos los casos que he expuesto en este artículo, si lo pensamos, reflejan la actitud de alguien que carece por completo de empatía hacia sus víctimas y que solo buscan beneficiarse de ellas. Cueste lo que cueste.
¿Convierte esto entonces a una persona que comete abusos hacia otra en un psicópata? No necesariamente. Sé que últimamente está bastante de moda eso de pensar que todo el mundo es bueno y el que no, es que tiene un trastorno mental... pero yo al menos tengo muy claro que mucha, muchísima gente y puede que la mayoría de los que he conocido eran perfectamente conscientes de lo que estaban haciendo cuando se aprovechaban de otros o directamente los pisoteaban. Más allá de ello, hasta se enorgullecían, lo que sí implica una respuesta emocional (y diferenciándolos de los psicópatas). Por mucho que nos cueste admitirlo, existe gente que disfruta aprovechándose de otros o incluso causando daño, pero no nos confundamos: no son enfermos. No tienen un trastorno. Lo hacen porque quieren y, más importante, porque pueden hacerlo.
"Me gusta joder, disfruto con ello. ¿Cuál es tu puto problema, mediamierda?"
Porque pueden hacerlo.
Quizás esa es la raíz del problema, amigos Distópicos. Pensemos por un momento en lo que dicen los artículos que he mencionado arriba y, contradiciendo lo que he venido diciendo, vamos a darles el beneficio de la duda y démosles la razón: admitamos que, en efecto, la persona que abusa sí busca el poder. Hagámonos entonces esta pregunta: ¿Por qué obtiene el poder, entonces?
La única respuesta que se me ocurre a mí es tan simple como decir que lo obtienen porque se lo damos los demás.
El poder, desde mi punto de vista, es algo que roza lo imaginario. Tenemos el poder que otros creen que tenemos, ni más ni menos; en una tierra en la que estuviéramos solos, seríamos al mismo tiempo la persona más poderosa y la que menos... porque nuestro poder viene dado en función de lo que nos rodea. La gente que abusa de otros, en cierta medida, conoce este hecho, de un modo consciente o no. Aquellos que nos ponen el pie encima del cuello lo hacen porque saben (o creen) que no vamos a protestar. Que no les vamos a devolver el golpe. Los que nos gorronean dinero (o lo que sea) cuentan con que no sabemos decirles que no. Todos, o la inmensa mayoría, se sienten con el poder que otorga la impunidad. El miedo existe como factor, por supuesto, pero es algo tangencial y puede no darse: los caraduras abusan de los que le rodean y no lo usan, por ejemplo.
"YOOOO TENGO EL PODEEEEERRRR!
No, He-Man, lo siento. Lo que tienes es una espada. El poder te lo dimos nosotros de pequeños, flipando con tus aventuras. Y de mayores te lo arrebatamos en el momento en que empezamos a pensar que era un poco raro que fueras todo el día en taparrabos y con los musculitos aceitados...
El chantaje, planteado de mil maneras, es otra forma alternativa al miedo o la amenaza directa y que se puede emplear para ejercer abuso sobre otra persona. No hablo del clásico chantaje de "Mándame una foto de tus tetas o le digo a todo el mundo lo que hiciste con no sé quién" o extorsiones similares, sino de formas mucho más sutiles. Cuando alguien nos viene con la cantinela de "Entiendo que no hagas X por mí. Lo entiendo de verdad" y, entre paréntesis lo de "Pero no tienes ni idea de lo triste que voy a sentirme por ello", ya estamos entrando en un chantaje emocional de libro: aquí no tememos a las represalias físicas o de acción que podamos sufrir por no ceder ante una petición de lo que sea (aunque sea un favor chorra), sino en el hecho de que podemos estar haciendo daño a otra persona, lo que pone en entredicho nuestra propia moral y nos hace sentir como verdaderos gusanos. En este tipo de casos es muy frecuente acusar de egoísta (o de ruín, de codiciosa, de rencorosa, de celosa, etc.) a la persona que, bien no quiere, bien no puede acceder a la petición (o presión) que sea, obviando por completo el hecho de que quien ejerce el abuso es egoísta por definición. En el ámbito familiar, tenemos el clásico caso de "Como se entere papá de que (no) has hecho esto, no te va a querer". En el de pareja "Como no seas de la forma que yo quiero que seas, me pondré a llorar, me plantearé dejarte o incluso no tendré tan claro si te quiero", lo que me lleva a pensar en casos de maltrato psicológico (no pienso entrar en la condición "de género", porque soy plenamente consciente de que este tipo de actitudes se llevan a cabo por gente de ambos sexos) que no necesariamente consisten en insultos o vejaciones, sino en algo mucho más profundo, retorcido y siniestro.
Como puede verse, este tipo de actitudes, perpetradas a lo largo del tiempo no generan necesariamente una violencia física, ni miedo a recibirla. El efecto es tan devastador o más, porque no hacen más que propiciar las inseguridades de una persona, haciendo que se plantee incluso si es buena o mala.
Todos hemos tenido momentos Hamlet (o sea, de dudas) por culpa de gente que ha intentado convencernos de lo malos malísimos que somos al no seguirles la corriente...
Pero volvamos al poder.
El poder, como decía arriba, es ilusorio y no pasa de ser un poder otorgado por otros, nunca por uno mismo. Si bien el respeto es algo que se gana por medio del trato justo entre dos o más personas, el poder es harina de otro costal: el poder es cedido y/u otorgado de forma voluntaria o involuntaria. Una persona tiene poder sobre nosotros solo cuando la permitimos tenerlo. Sus amenazas y sus chantajes, por lo general, derivan no de la envidia o de la frustración que puedan tener, sino de la necesidad que tienen que hagamos algo por ellos. Cuanto mayor es esa necesidad, según lo vivido por un servidor, mayores son esas ansias de poder. Más corta es la correa con la que atan a los que les rodean. Menores son sus escrúpulos y sus cortapisas morales a la hora de atacar.
Y es ahí la parte más complicada de este dilema. Es terriblemente duro recuperar el poder que nosotros, todos nosotros, hemos otorgado a la gente que abusa de nosotros. Lo hicimos movidos por nuestra buena fe, por simple educación o porque nos pillaron con la guardia baja. No en vano, una de las palabras más difíciles de pronunciar en según qué situaciones es "No" y, por culpa de esas dos letras, nos hemos visto metidos en berenjenales de padre y muy señor mío. Por no entrar en discusiones que no deseamos, hemos cedido terreno a gente que se ha excedido de lo lindo con nosotros. Por creer que estábamos haciendo lo correcto, hemos dejado que otros nos mangoneen y dispongan de nuestras vidas. Por actuar de corazón, hemos confiado en gente que no nos ha aportado tanto como nos ha arrebatado.
Sin embargo, no nos olvidemos de esto: nos lo han hecho porque nos hemos dejado. No somos ni más idiotas, ni más débiles ni más torpes por ello, ya que no siempre estamos preparados ni los vemos de venir, quitémonoslo de la cabeza.
Nos hemos dejado porque hemos creído que ellos estaban hechos de la misma pasta que nosotros, y nos duele descubrir que no es así. Nos duele, pero no por ello debemos negarlo, sino afrontarlo. Si han tomado el poder gracias a nuestra concesión, es nuestra voluntad la que puede arrebatárselo. Ellos creen tener el poder, y puede que lo tengan...
... Pero si la gente que se lo ha dado les da la espalda, no son nadie.







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