sábado, 26 de octubre de 2013

Escupiendo Rabia- Proscrito, o Días sin gilipollas



Como habéis visto, llevo bastante calmado a lo largo de las últimas semanas y, personalmente, quiero que las cosas sigan así. No deja de ser un poco curioso, por tanto, que este artículo aparezca en la sección más combativa del blog, pero no se me ocurría mejor sitio donde ubicarlo.
Sí, llevo ya una temporada bastante tranquilo y no sin esfuerzo: los que habéis tenido un cierto trato conmigo sabéis que he tenido que soportar muchas idioteces últimamente, hasta que me he hartado y reventado. No, amigos Distópicos, mucho me temo que no ha habido influencias externas; nadie me ha presionado ni ha influido para que me acabe hartando de escuchar las idioteces de nadie. Creo para que uno se harte de leer y escuchar payasadas solo necesita dos cosas: muchos payasos y que la paciencia se agote. Eso es lo que me ha pasado a mí. Y no, antes de que empecéis con lo de siempre, no voy a dar nombres: las personas a las que me estoy refiriendo saben perfectamente quiénes son y por qué me he hartado de sus tonterías. El objetivo de este artículo, como imagino que ya empezaréis a deducir, no es una queja ni una pataleta ni nada que se parezca. Es más bien una observación acerca de lo que supone echar a según qué gente de tu vida.

Más curioso es ese argumento  que he mencionado arriba acerca de actuar por medio de influencias de terceras personas cuando, de la gente que se supone que me rodeo, precisamente es gente con la que últimamente tengo poco contacto. Bien gente con la que me he dejado de hablar por diversos motivos que no mencionaré aquí (pero, conociéndome, ya sabéis que yo no rompo relaciones con nadie a la ligera, sino que son el fruto de un poso de anécdotas desagradables), gente de la que me he distanciado porque están tomando actitudes con las que yo no caso del todo (actitudes que no entro a juzgar, simplemente no comulgo con ellas) o gente con la que he tenido mis más y mis menos. En definitiva, por mí podéis creeros lo que os salga del culo, pero ya sabéis que eso del apoyo incondicional y lo de dejarme influenciar por tal y por cual es algo que se me da mal. Preguntad por ahí, no valgo para ello y desafío a quien sea a que busque un solo argumento mío en que defiendo hacer la pelota o alabar a yo no se quién, sin considerar que esa persona se haya ganado mis respetos. Y ya me conocéis, o conocéis mi reputación: para ganarse mi respeto hace falta sudar sangre.

¡Metafóricamente! ¡Quería decir metafóricamente!


Supongo que por esto puede decirse que estoy recorriendo el camino del proscrito, y oiga, viendo el plan que se respira aquí, a mucha honra: como he mencionado arriba, las últimas semanas han sido la gota que ha colmado el vaso. Han sido muchas, muchas idioteces que he tenido que oír, tanto a nivel profesional como a nivel personal: gente ya con canas en la entrepierna, puteándose vivos como putos niños de guarderia. Indirectas, insinuaciones, amenazas veladas y todo un cúmulo de gilipolleces que ni mi estómago ni mi tensión arterial iban a soportar mucho tiempo. Ver cómo unos cuantos que te rodean encima parecían quererte solo esperando que le concedieras algún tipo de favor no es que haya paliado mucho las cosas.
Ya lo dije en el famoso artículo aquel que recibió tropecientas visitas y que prácticamente nadie tuvo cojones de comentar: esta situación me da mucho asco, porque a mí no me han educado para ser un rastrero y, mucho menos, para traicionar a la gente que tengo cerca por cuatro duros, por hacerme una foto con nosecuántos o para (ya lo he dicho mil veces) ver mi nombre en un librito puesto en la estantería de una librería.

Sí, han sido un par de semanas duras, teniendo que soportar demasiadas estupideces de demasiada gente y la paciencia se agota, pequeñuelos. No todo el mundo está hecho para poner buena cara al primer desgraciao que se te pone por delante y que "desde el cariño" se caga en tu puta madre. No a la cara, claro, espera a que te des media vuelta para coger y contárselo a algún amigo. De esta clase de cosas que te enteras con el tiempo y que, con la cabeza fría, resulta que no te sorprenden. Porque no deja de ser curioso que cuando te relacionas con tal persona o personas, no tengan ni una palabra buena para nadie. Ni una. Muy soberbios somos al pensar que sí las tengan para nosotros, como si fuésemos especiales o mejores; de eso nada, nosotros también somos carne de despotrique, con la salvedad de que estando delante no van a soltar ni media.

Es por eso y no por otra cosa por lo que uno se acaba hartando. No, no es el típico calentón que pensáis que me ha podido dar; no es una neura ni que me haya levantado con mal pie... sencillamente es el producto ya de varios años escuchando idioteces y viéndome pringado en las guerras de otros. Viendo cómo hay gente que no me ha dirigido la palabra en su miserable vida y que no se atrevían a hacerlo, no por lo que yo pueda decir por esta boquita que los dioses me han dado (y de la cual, me temo, soy más que responsable), sino por la gente con la que me rodeo, como si yo tuviera que comulgar con el credo el tío que tengo al lado. Como si por irme de cañas con nosequién (algo menos frecuente de lo que muchos se creen, por cierto), ya estuviese de acuerdo al cien por cien con lo que dice. Como si esa etiqueta de "amigo" no me hubiera granjeado más de una o más de dos discusiones con esa persona. Como si, en no pocas ocasiones (buscad por ahí, pequeños desmemoriados) no hubiese dicho ya por activa y por pasiva que yo las batallas que libro son las mías propias y que a mí que nadie me meta en sus guerras ni en las mierdas que tenga con nadie.
Si de verdad os habéis creído que soy EXACTAMENTE igual que toda persona con la que me rodeo, en serio, tenéis que ir a hacer que os miren eso, porque sois vosotros los que tenéis un problema del tamaño de una catedral y yo no.

Dicho de un modo más clarito: el que asimilaba el ADN de todo bicho viviente con el que entraba en contacto era el bicho que salía en La Cosa, ¿vale?


A lo largo de estas semanas, como iba diciendo, he tenido que echar de mi vida a patadas a un montón de gente por diversos motivos. Gente que en mi vida ya no era en absoluto necesaria... no porque su presencia me aportase algo desde el punto de vista de la conveniencia (los que me conocéis sabéis que no soy así; a los que no y lo hayáis pensado, que os follen, qué queréis que os diga), sino porque es gente que me estaba resultando molesta. Incómoda. Gente que lo único que estaba trayendo a mi vida era un cabreo detrás de otro y tener que esforzarme el doble en las clases de yoga para no querer reventarle la crisma al primer imbécil de todos estos que se me cruzase por la calle. La clase de cosas que te hacen pensar en la actitud que estás tomando a la hora de afrontar cosas que tienen más bien poca importancia, o mejor dicho, la clase de cosas que provienen de gente que en realidad tienen poca importancia. ¿Que yo no sé quién, que ha publicado no sé qué cosa, ha dicho algo? Bueno, pues muy bien, ¿y esa persona en mi vida quién es, aparte de un señor que ha escrito algo? Lo piensas objetivamente y te das cuenta de que no es amigo (un amigo no dice esas cosas), ni familiar ni nadie cuyo criterio deba importarte un huevo. Con lo cual, esa persona, dicho desde la honestidad, sobra.
¿Que llega otro desgraciado y no deja de molestar a la gente a la que quieres y te rodea? ¿Que ese mismo desgraciado, que encima se cree que eres tonto y no te enteras de lo que hace, va de amigo tuyo? Pues a la puta calle con todos los gastos pagados. Porque bastantes problemas tiene uno ya en esta vida como para buscarse más con gente que en realidad no son más que ladillas: es decir, bichos insignificantes, similares a gusanitos, que lo único que hacen es pegarse a ti y tocarte los cojones.

No, no tiene uno ya ni edad ni ganas para tal despliegue de mamarrachadas. Para escuchar las llantinas de gente que en realidad no tiene ni derecho a llorarte, porque les va incluso mejor que a ti (y cuando pueden, te lo restriegan por la cara). Para escuchar cómo algún llorica un día sale diciendo que alguien le ha hecho pupa y pidiendo amiguitos y al día siguiente riéndose de los que hacen lo mismo que ha estado haciendo él. De ver cómo uno putea a otro, a su familia, a sus amigos, y en menos de veinticuatro horas comerse los caldos con su víctima como si no hubiera pasado nada. Y te lo tienes que creer. Qué cojones, te tiene que parecer hasta bien e incluso tienes que participar aquí del mamoneo, que no es la primera vez en que se me ha medio forzado a bailar al son de unos o de atacar a otros, que a mí ni me han hecho nada, ni a nadie que realmente me importe.
Pues va a ser que conmigo no contéis. Como ya he comentado, yo tengo ya bastantes problemas en mi vida y bastante gente ya en mi contra (y hablo de mi vida personal, que no me venga ningún maestrillo de poca monta a decirme que esto es una percecpión mía de redes sociales ni chuflas New Age, que le digo por dónde se puede ir largando y a dónde) como para tener que buscarme a unos cuantos más. Soy masoca, pero no tanto. Y no, tampoco voy a dedicarme a hacer una lista de lo mal que va mi vida, porque:

a) Sé que no me va tan tan mal como a veces creo.
b) Tengo tendencia a agradecer lo bueno que recibo
c) Para quejarse y lloriquear acerca de lo malo malísimo que es el mundo y decir lo víctima que es uno, hay gente mucho más capacitada y con mucha más experiencia en eso de hacer de Reinona del Drama que un servidor.

De hecho y volviendo al tema, si os fijáis, ya poco o ningún contacto tengo realmente con el mundo escritoril: hace casi seis meses que no envío nada a ninguna editorial (y algunos de vosotros que trabajáis para editoriales lo podéis comprobar si queréis), porque cada vez me interesa menos formar parte de esto. Ahora mismo mi objetivo es hacer lo que hago, que es producir: dibujar, cuando me apetece dibujar o escribir alguna chorrada como la que estáis leyendo ahora mismo, o mis cuentos o cualquier otra cosa que me llene personalmente. Admitámoslo: no me vais a echar de menos, y desde luego yo tampoco a vosotros. A vosotros no os gusta que yo os diga a la cara lo que pienso y a mí no me hace ni puta gracia que las digáis a mis espaldas. Así que seguiré con mis historias y mis proyectos porque los llevo en las tripas... pero nada de esa chorrada de "Todo lo que escriba debe ser compartido con el mundo y puesto en una librería". Prueba de ello es que en mi lista de amigos ya prácticamente no quedan contactos con editoriales (salvando una, que me agregó hace poco y todavía no me ha dado motivos para largarla) y, de la gente de este mundillo, los que se han quedado son la gente a la que considero colegas, es decir: la gente con la que me suelo escribir con relativa frecuencia y con quienes la conversación es algo más que hablar de libros.

"Vale, sí, estás buena... ¿Pero te gusta leer, moza?"
"Pues no mucho"
"Entonces eres escoria. Basura. Un desperdicio de carne"


Porque a ver si nos enteramos, literatos y otros coyotes: no todo en esta vida es hablar de libros, por mucho que mole. No somos mejores personas por leer más (ojalá) y mucho menos por escribir vete tú a saber qué. El que más vende no me parece mejor que aquel que menos, y viceversa. Eso no va ni con la cultura, ni con la habilidad escribiendo ni con el índice de ventas ni pollas en vinagre, a ver si nos dejamos ya de rollos y de juicios absurdos.
Yo mismo tengo amigos (algunos se cuentan incluso entre los mejores) que apenas leen y no por ello me siento superior a nadie, o considero que no pueda tener conversación alguna con ellos. Todo lo contrario, me enriquecen porque me enseñan puntos de vista que yo no veo desde mi visión del mundo. No son ni dignos de mi desprecio ni hacen que mi ego aumente al sentirme en un Olimpo. Partiendo de ese principio, yo no tengo "Amigos Escritores" propiamente dichos; lo que tengo son amigos que, da la puta casualidad, comparten conmigo la afición de la escritura. Si de verdad tengo que explicaros la diferencia entre una cosa y la otra, me temo que no estáis leyendo el artículo adecuado.

Por esto, supongo que entenderéis mi actitud y mis cabreos de estos días, amiguetes Distópicos. No es que tenga la obligación de justificarme o de daros explicaciones; muchos de los que me han mandado a tomar por culo lo han hecho sin explicarse siquiera, y yo no creo que tenga por qué ser diferente. Esto es más bien una forma de hacer catarsis, o bien de observar que este tipo de cosas, en realidad no es difícil solucionarlas. Consiste en coger y mandar a tomar por donde amargan los pepinos a la gente que en realidad no es más que una piedra en el zapato.
Me pongo a pensarlo y me doy cuenta de lo imbécil que he sido al no haberlo hecho antes.
Damas y caballeros a los que va dirigido este post y que han sido, en mayor o menor medida responsables de amargarme un par de semanas que, por todo lo demás, han sido estupendas: que os follen a todos.

jueves, 24 de octubre de 2013

Cuentos de la Sombra- En la Corte del Demonio de la Noche



En un pequeño poblado en el que jamás sucedía nada de interés, vivía un muchacho que trabajaba como mozo de cuadras en una fonda, al igual que su padre y el padre de su padre. Su vida, consideraba, tenía tanto de especial como la del pequeño poblado; se levantaba temprano, trabajaba, comía, se iba a dormir y cada día era exactamente igual que el anterior, pero jamás se quejaba de su situación. Vivía feliz con lo poco que tenía y se limitaba a escuchar y entender a aquellos que se quejaban porque no tenían la vida que habían soñado.

Una mañana, los lugareños abandonaron sus puestos de trabajo para acudir a la plaza central del poblado. El muchacho, movido por la curiosidad, hizo lo mismo y se unió a ellos para ver qué sucedía.
Ante ellos, se alzaba un Héroe. Una de esas figuras de las que todo el mundo había oído hablar y que arrojaban la luz de la esperanza sobre el mundo. La clase de Personas que hacían que todo resultase menos oscuro y menos terrible. Con más como ellos, decían, podría haber una Edad de Oro donde nadie tendría que sufrir.

Cuando el Héroe se acercó al muchacho, con su armadura brillante, su capa roja y el dragón rojo luciendo orgulloso en el blasón de su escudo, la gente a su alrededor no pudo evitar agitarse. Un coro de sonrisas iluminadas se encendió mientras éste se puso frente a él y, señalándole con el dedo, le dijo que le siguiera. No sin cierta envidia soterrada, le dijeron que no fuera tonto y lo hiciera; una oportunidad así no se presentaba todos los días y no debía desperdiciarla. Los Dioses, decían, le habían concedido el honor de seguir a toda una leyenda viviente. De ejercer como escudero del protagonista de numerosas gestas y no pocos cantos y, si los Hados eran propicios, de aprender de él lo suficiente como para emprender el camino de un héroe.



Quizás fue por esa presión por lo que aceptó. Al fin y al cabo, él no era más que un mozo de cuadras; no es que estuviera insatisfecho con su vida, ya que no sentía el gusano de la ambición en la boca del estómago. Prefería no tener que escuchar cómo los demás se metían en su vida y le decían lo mucho que se perdía; le resultaba más llevadero hacer lo que había hecho siempre: obedecer, hacer lo que se espera que uno haga y pasar desapercibido ante los ojos del mundo. Así le había ido relativamente bien, hasta entonces.

El Héroe lo sacó de la ciudad sin decir ni una palabra. Ni una, mejor dicho, referente a la misión que llevarían a cabo; para todo lo demás, escuchar su discurso era una tarea tan épica como las que él mismo decía realizar: cientos de bestias asesinadas con sus propias manos. Se reía de cosas tales como el peligro. Miraba a la Muerte a los ojos y escupía a su rostro. Miles de enemigos muertos o puestos en fuga en campos cubiertos de sangre hasta las rodillas. Y sobre todo, las damiselas: por cada tirano depuesto o cada criatura infernal enviada de vuelta a casa había al menos una o dos doncella dispuesta a sacrificar su virginidad ante él. Todas y cada una de ellas temerosas y excitadas a partes iguales, henchidas de pasión y estremeciéndose ante los embates amorosos del Héroe. Hasta los mismos Dioses, parecía, estaban orgullosos de contemplar las hazañas de aquel insólito hombre.

No fue hasta el séptimo día de jornada cuando por fin el plan salió a la luz.

—Nos dirigimos hasta el Cubil del Demonio de la Noche —explicó, sin inmutarse, lo que hizo que el muchacho se estremeciera.

El Demonio de la Noche, según había oído, era una de las criaturas más implacables que jamás habían pisado la tierra. De él se decía que era capaz de arrancar el alma del cuerpo con una sola mirada, o hacer envejecer a alguien cuarenta años con la voz. El Demonio de la Noche podía arruinar la existencia del hombre e incluso convertirlo en una triste sombra de lo que en su día fue.
Centenares de rumores y leyendas, y ninguno bueno.

—Pero no temas —prosiguió el Héroe, brindándole una sonrisa cálida —. Junto a mí estarás a salvo, pues todos los demonios de este mundo tiemblan al oír mi nombre.
Sin embargo, el muchacho seguía temblando, y no precisamente porque tuviese sangre de demonio recorriendo sus venas.

Al llegar a la Montaña del Demonio de la Noche, descubrieron que el silencio imperaba en varios kilómetros a la redonda. Ni un animal, ni siquiera la más leve brisa, resonaban a lo largo del valle plagado de cañones que enmarcaba aquel gigante de piedra cenicienta. Para su sorpresa, el Héroe no encontró ni guardias ni soldados que vigilasen la entrada a aquel palacio horadado en la roca viva. Las enormes puertas de ónice negro estaban incluso abiertas, como si estuviesen dando la bienvenida a todo forastero que se internase por aquellos parajes.



—Entremos, entonces —fueron las palabras del Héroe, cuyo eco resonó por el valle. Su voz cálida ahora sonaba como un coro celestial que debía iluminar la oscuridad que empezaba a crecer y multiplicarse poco a poco.

El chico se mostró reacio al principio, pero el mapa de cicatrices a lo largo de toda la anatomía del Héroe fueron prueba más que suficiente para atestiguar su experiencia en combate: sin duda, sabía distinguir entre una trampa y una zona ausente de peligro. Además, su determinación de entrar era firme: si algo malo iba a suceder, pensó, más valía que estuviese junto a alguien que supiese manejar una espada. El hecho de que, pese a todas las marcas en su piel, siguiese vivo, debía suponer que su habilidad con las armas era más que notoria.

—No temas —dijo, una y otra vez.

Avanzaron por los pasillos de obsidiana y alabastro, maravillándose ante las hermosas esculturas que se erigían a lo largo de ellos. Hermosas damas de piel negra y brillante bailaban estáticamente, o bien dormían, o bien permanecían de pie contemplando el infinito. Un hermoso y oscuro paisaje que desembocaba en una ciclópea estancia, semejante al salón del trono de un rey.
El Demonio estaba allí, aguardándolos.
Sentado sobre un trono de ébano, era una figura pálida envuelta en una túnica negra como la brea. Sus ojos eran profundos, dos pozos del color del mar y su rostro, impasible, hizo un gesto amable que les invitó a acercarse. Como respuesta, el Héroe avanzó, ordenando al muchacho que se quedase donde estuviese.

—Pues estas contiendas están reservadas a los héroes y no a los jóvenes aprendices —añadió.

El Demonio, sin hacer mucho caso a aquellas palabras, se puso en pie y abrió los brazos en señal de bienvenida. Su oponente, sin pensarlo dos veces, embistió con su espada, apuntando con la hoja al corazón.
Bastó un segundo.
Solo un segundo para que el arma se hiciese pedazos como si hubiese sido construida en el más fino de los cristales. Una insignificante fracción de tiempo para que el Héroe cayese de rodillas y, bajo una gélida mirada de su anfitrión, estallase en una nube escarlata ante la atónita mirada de su escudero.

El silencio se hizo de nuevo, mientras el joven veía cómo el Demonio se acercaba hacia él con paso despreocupado. Cuando estuvo a tan solo un par de pasos de distancia, fue incapaz de sostener la mirada de aquella criatura y se desplomó, arrodillado y cabizbajo.



—Hola —se limitó a decir el Demonio —, ¿cómo te llamas?
Él le dijo su nombre.
—¿Qué haces aquí?
Lo único que pudo hacer fue ser honesto: explicó que el Héroe lo había sacado de su pueblo unos días atrás y que se habían encaminado hacia allá con el único propósito de matar al Demonio de la Noche. Que incluso su nuevo amo había jurado cortar su cabeza y exhibirla como trofeo.
Ante aquella revelación, el Demonio quedó pensativo.
—¿Y por qué quería tu amo hacer eso?
El muchacho se encogió de hombros.
Porque era un Demonio, y a los Demonios había que matarlos, supuso.
—No he hecho mal alguno a nadie, salvo para defenderme —sonrió aquella criatura—, pero mi naturaleza garantiza que siempre haya alguien dispuesto a matarme. Deseo vivir en paz, pero los héroes quieren mi cabeza. ¿No es algo absurdo, muchacho?
El mozo de cuadras asintió. En parte porque veía sinceridad en las palabras del Demonio, en parte porque no se sentía capaz de llevarle la contraria.
Fue en ese momento cuando aquel ser le puso una helada mano sobre la cabeza y todo le dio vueltas. El muchacho pensó en su familia y en la vida que había tenido hasta entonces. En aquellos amigos a los que estaba a punto de dejar. En todo lo que perdería. No, en caso alguno quería que todo terminase ahí, de aquella manera.



Y fue entonces cuando se vio a sí mismo lejos de aquel siniestro lugar. Había regresado a su pueblo natal, no sabía cómo. Fue descubierto deambulando por allí por un granjero, que avisó al resto de sus paisanos. Éstos preguntaron por el Héroe y por lo que habían visto y hecho. Preguntaron por lo que había sucedido y, cuando hubo terminado su relato, no terminaron de entender lo que habían escuchado.

—¿Por qué te dejó vivir, entonces? —le dijo alguien —. Él era un héroe y lo mató sin pestañear. Era fuerte, sabio, valiente, apuesto y audaz. Curtido en mil batallas, justo y despiadado con sus enemigos. Dinos, ¿qué tienes tú que no tenía él? ¿Qué es lo que te hizo superarle?

El muchacho no respondió inmediatamente y se limitó a pensar. Se limitó a recordar la breve conversación con el Demonio y lo que sucedió justo después. Tembló de miedo al revivir el tacto de aquella mano como el hielo, pero fue eso lo que le dio la respuesta a la pregunta que acababan de hacerle.

—¿Qué tienes tú, eh? —repitieron los hombres, a coro.
La respuesta del mozo de cuadras cayó a plomo, silenciando a todos los que le rodeaban.
—Miedo.

lunes, 21 de octubre de 2013

Cuentos de la Sombra- Los regalos de la Oscuridad




En el albor de los tiempos, hubo tres hermanos, a los que el Universo les concedió varios dones.
Al mayor, de pelo castaño y semblante serio, le concedieron el don de la razón. En él residirían el equilibrio y la rectitud. Dictaría las leyes por las cuales se regirían los hombres y su reino sería la vasta tierra. Agricultores y ganaderos le rendirían homenaje, pues gracias a su Don, saldrían de las cavernas y tendrían el conocimiento necesario para inventar máquinas que harían su vida algo más sencilla.
El segundo hermano era un fornido varón de cabello dorado y recia barba. A él le fue concedido el don del sol y, con él, el calor. Por medio de aquel regalo del Universo, haría hervir la sangre de los hombres por medio de la pasión y la lujuria. Grandes fiestas se harían en su nombre, donde correría el vino y la diversión. Su nombre sería pronunciado como sinónimo de buena suerte, y su sonrisa, una bendición.
Al menor de los tres hermanos, una criatura con el pelo del mismo color que las alas de un cuervo y la piel del color del cielo antes del amanecer, solo se le concedió la oscuridad.



Durante mucho tiempo, el más joven de los tres hermanos no supo qué hacer con aquella bola de azabache, pues su interior se negaba a mostrarse a simple vista. Por tanto, se limitó a sentarse en su pequeño rincón del mundo a observarla, con intención de aprender para qué podía servir aquello. Entretanto, el mundo de los hombres se debatía entre la razón pura y la pasión desenfrenada. El frío contra el calor.
Ese debate, de vez en cuando, no tardaba en provocar conflictos: pese a que los dos hermanos mayores eran inseparables y jamás discutían, los hombres que poblaban la tierra se debatían entre ambos espíritus, discutían y luchaban. A veces, para pesar de éstos, incluso llegaban a la guerra. Por medio de la pasión inflamaban sus odios y, por medio de la razón, inventaban artefactos para dañarse.
Se avecinaba la Era del Caos.

El más joven de los tres no era ajeno a esto, pero se sentía impotente: al fin y al cabo, no entendía el don que había recibido y poco había que pudiese hacer. Esto sucedió así hasta que un buen día, se le ocurrió mirar en el interior de la bola negra que tenía entre las manos. Cuán grande fue su sorpresa al descubrir que la Oscuridad le devolvió la mirada y, tras haber visto en lo más profundo de su alma, le habló:

— Tienes buen corazón, muchacho. El mundo se está sumiendo en el Caos y quieres hacer algo para evitarlo; yo puedo ayudarte, pero me temo que es necesario un intercambio.
— ¿Un intercambio?
— Llámalo sacrificio, pues. Está escrito que la Oscuridad no puede darte nada a menos que reciba una compensación.

El hermano de piel azulada caviló durante unos instantes. Una compensación implicaba desprenderse de algo que tuviera tanta importancia como lo que estaba pidiendo.

— Te daré la mitad de mi sangre— respondió, por fin.

La Oscuridad se revolvió sobre sí misma y le otorgó la noche al mundo. Durante la mitad de un día entero, el poder del hermano mediano se vio mermado, y la mitad de los hombres se sintieron algo confusos. En la sorpresa, dejaron sus conflictos de lado por un tiempo y se dedicaron a contemplar las estrellas, intentando entender qué era todo aquello. Pero la raza de los hombres era de naturaleza inquieta y los problemas no tardaron en surgir de nuevo: tres noches hicieron falta para que surgieran los primeros hurtos, al amparo de las sombras.



Tres noches más hicieron falta para que el más joven de los tres hermanos se recuperase y preguntase a la Oscuridad de nuevo:

— Veo que los hombres no han agradecido mi regalo— dijo la Oscuridad, con tristeza— y me encantaría ayudar, pero estoy atada por la Ley Sagrada y no puedo ayudarte sin un sacrificio.

Él lo entendió y pensó qué podría darle.

— Te daré mis oídos— fue su respuesta, y la Oscuridad aceptó por segunda vez. Es por eso por lo que, desde entonces, se asocia el silencio a la noche.

Al ponerse el sol al día siguiente, los hombres sintieron una extraña sensación que los llevó a detenerse. Por aquí y por allá, se tumbaron donde pudieron y cerraron los ojos, abandonándose a una paz momentánea. Fue así como nació el sueño.
Durante el sueño, el hermano menor descubrió que las cosas empezaron a cambiar sustancialmente: los hombres se levantaban algo más relajados y algunos, para su sorpresa, empezaron a crear cosas que poco o nada tenían que ver con la razón. Gracias al sueño, nació el arte.

Pero la raza humana era fácilmente corruptible y usó el arte para ponerlo al servicio del odio: de esta manera, los hombres dibujaron símbolos con los que identificarse y diferenciarse de otros hombres. Surgieron clanes, élites e imperios, que se enfrentaron los unos a los otros. La música parió himnos ensordecedores y marchas militares, que rasgaron el aire. La sangre se convirtió en tinta y la carne en lienzo.

El más joven de los tres hermanos, débil y sordo, se volvió a dirigir a la Oscuridad en busca de respuestas. Ella, preocupada, le advirtió:

— Ya estás bastante herido por mi culpa. Por favor, no me pidas más dones. Será peor para ti.
Él negó con la cabeza. Debía solucionar aquello, ya que sus hermanos se veían incapaces de hacer nada; pero, por otra parte, la Oscuridad tenía razón: ya había llevado a cabo sacrificios bastante grandes y no había conseguido gran cosa. Fuese lo que fuese lo que iba a darle, debía pensárselo bien.
— Te daré mi corazón— dijo, mientras se hundía la mano entre sus costillas.
La Oscuridad concedió su tercer regalo con lágrimas en los ojos.



De este modo, la noche y el sueño dieron paso a la misericordia y el amor. Gracias a ellos, el período en el que el sol se ocultaba se convirtió en el reino de los amantes. La simple lujuria dio paso a un sentimiento más profundo y más íntimo y los hombres empezaron a pensar que el odio no debía ser lo único que sintieran. En sus sueños, la inspiración para sus obras de arte dio un giro y así nacieron las historias de amor, las baladas y la poesía. La razón dejó de ser lo único que movía las mentes de los seres humanos y muchos de ellos empezaron a verse impulsados por motivaciones diferentes: de entre todos aquellos que solo buscaban el reconocimiento por sus logros intelectuales o aplastar a los que pensaran diferente, surgió una nueva especie que quería cambiar las cosas. Ayudar a los necesitados. Ser, simplemente, mejores personas.
Por desgracia, el joven hermano solo tenía un corazón y para haber salvado al mundo debía haber sacrificado dos, por lo que esto solo se produjo en unos pocos hombres.

Ahora, su cuerpo yacía frío en su sala, delante de la Oscuridad, que lloraba desconsoladamente ante la pérdida de alguien a quien consideraba digno de su cariño. Sin embargo, ésta supo aprovechar aquel último sacrificio: al haber entregado su vida, ella otorgó el último regalo a los hombres. Un regalo que, con suerte, sería el único elemento que podría aportar algo de justicia en un mundo sumido por el Caos. Algo que pudiera ser afín a todo hombre, bueno o malo, joven o viejo, rico o pobre. Algo que aportase una paz duradera para todos, más allá de su pensamiento o creencia.
Fue así como la Oscuridad, intentando mantener la última voluntad de su único amigo, aportó equilibrio y orden.
Fue así como nació la Muerte.

jueves, 17 de octubre de 2013

Mondo Chorra- Microcosmos, o Universo Personal



Hace ya varios años, cuando estaba en la carrera, tuve a una profesora de literatura norteamericana que, hará cosa de un añito o puede que más, nos abandonó tras una lucha contra una grave enfermedad contra la que estuvo peleando durante años. Quizás no fuese de mis profesoras favoritas por aquel entonces pero, como sucedió con la mayoría de mis docentes, es alguien de quien aprendí algunas cosas interesantes. Si bien tenía costumbre de sacar un contexto sexual a cualquier cosa que se encontrase en un relato (lo que queda como anécdota curiosa y que me gusta mencionar cuando hablo de ella, puede que debido a mi mentalidad guarruna), lo realmente importante de esta señora es que era una mujer muy concienciada con el género (para muchos, quizás demasiado) y que nos abrió los ojos hacia todo ese mundo que es el enfoque feminista de la literatura.
Entre sus enseñanzas, cabe destacar el concepto de Microcosmos, que esta profesora usaba para referirse al contexto de una narración: ese pequeño universo particular en el que los personajes se desenvuelven y en el que un conflicto se desarrolla, dando lugar a una historia.
Un Universo en miniatura, si quieres.

En algún artículo anterior ya he señalado que me gusta comparar la vida real con las historias de ficción, salvando las distancias. Si habéis seguido posts antiguos, me habréis visto mencionar que en este aspecto lo ficticio no es muy diferente de lo real: no si partimos del hecho de que nosotros, pobres habitantes de un Universo gris en el que no parece pasar nunca nada digno de mención, somos los protagonistas absolutos de nuestra propia historia. Somos el sujeto de nuestra biografía particular. Héroes o antihéroes de un mundo en el que nacemos, crecemos y (mucho me temo) moriremos.

A veces somos como el héroe que mata a la bestia.
Otras, somos como la bestia.
Y de vez en cuando solo somos el caballo, que contempla lo que pasa.


A veces pienso que nuestras vidas parecen escritas, si no por nosotros mismos (no creo tanto en la voluntad del hombre para forjar su propio destino contra leyes tales como las de la probabilidad), por algún tipo de Mano. No, no pienso entrar en cuestiones filosóficas o teológicas; no tengo mucha intención de debatir acerca de la existencia de Algo Superior y, por supuesto, creo que lo más sensato es dejar que cada uno de vosotros crea en lo que le parezca conveniente.
Cuando hablo de esta Mano no me refiero a una voluntad consciente, sino simplemente a esa consecución de acontecimientos que hacen que nuestra vida se muestre como una historia lineal que, bien se repite cada cierto tiempo (al menos yo sí creo que en nuestra vida se dan ciertos ciclos o períodos, con patrones más o menos recurrentes), bien no es más que la consecución de un montón de acontecimientos aparentemente caóticos, pero que al mismo tiempo conforman toda una secuencia. Una trayectoria que, a largo plazo, nos acaba definiendo como lo que somos. Nosotros, en gran medida, pequeños humanos que nos creemos amos de nuestro destino, resultamos ser la suma de los acontecimientos que tienen lugar en nuestras vidas. Somos lo que que sobrevive a un montón de experiencias, buenas o malas.

Como ya mencioné, en este Universo particular de cada uno las cosas parecen tener sus propias reglas: nosotros, como protagonistas, nos podemos rodear de personajes secundarios (padres, hermanos, amigos, gente que nos guía o gente que nos escucha) que están a nuestro lado durante un tiempo. Algunos, años, otros, simples episódicos que están con nosotros apenas un par de horas para no volverlos a ver jamás. A veces algunos de ellos saltan a la palestra y pasan de ser perfectos desconocidos a gente muy importante en nuestro entorno; en otros casos es justo al revés: buenos amigos o incluso hermanos con los que perdemos el contacto y cuya influencia en nuestras vidas acaba por formar parte del pasado. Capítulos enteros que se convierten en apenas notas a pie de página mientras el libro de nuestra historia avanza.

El tiempo mismo parece obedecer a diversos cambios de ritmo: en ciertas etapas de nuestra vida, la prosa se vuelve lenta y tediosa, como si al Autor de nuestra existencia le hubiese dado por escribir una pausa digresiva o bien estuviese poco inspirado. Esos capítulos en los que la acción se ralentiza y todo parece sumamente descriptivo; donde el tiempo mismo parece congelarse y cada día es exactamente igual que el anterior. En otras ocasiones, el ritmo se vuelve endiablado y los días y los meses se suceden con una velocidad que da vértigo: la acción se atropella y los hechos saltan de párrafo a párrafo. Nosotros, pobres protagonistas, héroes o antihéroes de esa maltrecha historia que es la vida, tenemos que luchar por adaptarnos a ese cambio de ritmo, a ese agresivo martilleo del lenguaje. Si pensamos en historias ilustradas o novelas gráficas (sabéis que me encanta el mundo del cómic), incluso podemos pensar en un trazado nervioso, lleno de tramas rayadas, manchas de tinta salpicada a lo largo de toda la página. Imágenes caóticas en cada viñeta pero que, al comprobarlo con cierto detenimiento, descubrimos que conforman una secuencia más ordenada de lo que podíamos pensar.
Simplemente todo va más rápido.

Tanto que ni lo notamos.


Nuestro enfoque como personajes en sí puede cambiar, incluso: tenemos etapas más confusas en las que nuestra mayor gesta es luchar contra nosotros mismos. La guerra interior, haciendo frente a los demonios que anidan en nuestras tripas que, como si de una saga se tratase, puede cerrarse y pasar a otros conceptos diferentes. Podemos ser vistos como héroes, amantes, perdedores o incluso villanos. Esas etapas en las que odiamos al mundo, o bien la vida nos parece de color de rosa. Esas etapas en las que afrontamos las adversidades y, oponiéndonos a un mar de dudas, combatimos los palos y flechas de una airada Fortuna. Eso, claro está, si no nos sumimos en la inactividad, en la indecisión o simplemente en la pereza que confiere una etapa de cierta serenidad.
En cierto modo, somos siempre los mismos y raramente dejamos de ser quienes somos... pero al mismo tiempo, si lo pensamos bien, evolucionamos. Sufrimos cambios sutiles o bien nuestra percepción del mundo es la que varía.

Percepción.
Si bien dijo Kant en su momento que nuestra percepción del mundo es la que define un poco nuestro concepto de las cosas (ver el mundo con unas gafas de lente amarilla no convierte al mundo en algo amarillo en sí, pero tampoco lo hace algo del todo diferente), no puedo sino evitar recordar las palabras de alguien que conocí hace ya más de una década y que me dijo que en realidad la realidad que creemos conocer no es tal; que no es más que la suma de nuestras percepciones y de la imagen mental que nos conformamos acerca de ella, pero que en caso alguno eso implica un universo objetivo e inmutable.
Dicho de otro modo, el Universo como tal no es más que nuestro Universo personal.

La vida igual no es color de rosa. Solo algunos la ven así.


Partiendo de esta base, la gente que nos rodea no es como creemos que es; tan solo hemos forjado nuestra imagen mental a partir de lo que esa persona nos muestra o (más evidente de lo que parece) de lo que queremos ver de ella. Por tanto, no es la gente que nos rodea la que nos decepciona: somos nosotros, como artífices de nuestro propio Universo los que nos decepcionamos al configurar una quimera acerca de otros que, obviamente, no debe corresponder mucho con lo que realmente son.
De ahí es posible incluso que la respuesta a la clásica pregunta acerca de si la vida es maravillosa o una mierda en realidad sea algo mucho más gris y neutro de lo previsto: es posible que no sea ni lo uno ni lo otro, sino que dependa de en dónde enfoquemos nuestra visión. Matices de gris que en absoluto están reñidos: podemos ser la gente más optimista del mundo y nos pueden suceder cosas malas, o bien pensar que estamos abocados al fracaso más absoluto y, contra todo pronóstico, salir airosos.

Y pese a ello, pese a este carácter de relativismo, podemos encontrar patrones: nuestros Universos, por lo general, parecen atender a ciertas características propias. Podemos pensar lo contrario, pero siempre tenemos una forma particular de enfocar las cosas y, en cierto modo, ciertas cosas solo parecen sucedernos a nosotros. O lo hacen de un modo muy preciso y concreto, diferente al de los demás. Recordemos ese tipo de cosas que hemos dicho siempre "Lo que me pase a mí, no le pasa a nadie"... lo que en el fondo, y en cierto modo, es verdad: nosotros, por así decirlo, tenemos una forma de enfocar el mundo; esa forma, si creemos en una especie de teoría psicotrópica, psicodélica, metafísica y esotérica acerca de cómo funcionan las cosas, crea una pauta. Somos la gota que cae en el agua y genera ondas, y por medio de un principio de acción y reacción, lo que generamos nos es devuelto. No solo eso, nos es devuelto y lo percibimos de una forma propia, lo que hace que ese hecho se convierta en algo único. No por el hecho en sí, sino por cómo lo asimilamos.

Probablemente (y solo si tomamos esta teoría como algo plausible) de aquí se pueda sacar la conclusión de que en cada Universo Personal las cosas suceden de un modo propio. Hablaríamos entonces de una multitud de Universos (uno por cada persona) en que cada acontecimiento se desarrolla con un lenguaje diferente. Puede ser que por eso a veces los Universos choquen o no se entiendan; o bien que haya otros que resulten ser compatibles, si no de una forma perpetua, si durante un período largo de tiempo.
Universos que se expanden, se contraen o sufren evoluciones y revoluciones. Que se ponen a prueba a sí mismos y que acaban por reinventarse.
Quizás, y solo quizás, si lo pensamos, no seamos tan diferentes a esos personajes de ficción que miramos por encima del hombro cuando leemos un libro.
O quizás solo sea percepción mía.

domingo, 6 de octubre de 2013

Angst- Conjurando a los Demonios, o Luchar contra la Máscara



Me vais a perdonar por ponerme reflexivo, pero supongo que ya iba tocando. Supongo que de vez en cuando, toca hacer un poco de introspección y echar un vistazo a cómo viene llevando las cosas en los últimos tiempos. La clase de cosas que a veces, por el motivo que sea, necesitamos.
En mi caso, me pongo a pensar un poco en la clase de persona que soy y en lo que proyecto hacia el exterior. Ya he comentado alguna vez que no suele importarme en exceso lo que se diga de mí (puede que ande parcialmente sordo, pero creedme, no soy ni tonto ni ciego, como diría mi colega Tije de Ridia), pero eso tampoco quiere decir que no me preocupe mostrarme como soy en realidad.

Hace poco, alguien muy especial para mí me dijo que en su momento me vio como una persona arrogante y que, recientemente, ha descubierto que no era más que una impresión errónea. No es algo que, en frío, vea como una ofensa o como algo que me deba ofender; en cierto modo, más bien me puede preocupar un poco... no por cómo me vean los demás, sino por cómo me muestre yo. Y creo que es ahí donde anda el quid de esta reflexión.
En el post anterior (sí, ese sobre los posers), ya comenté un poco de pasada lo realmente jodido que es eso de dar una imagen de modo inconsciente y descubrir que, ya no es que esa imagen no sea del todo ajustada a lo que soy en realidad, sino que tiende a mostrar un arquetipo que personalmente detesto.
Y no sé muy bien cómo combatirlo, lo que lo convierte en una pesadilla.

Pero no nos hagamos la víctima. Supongo que una gran parte de todo esto me la he ganado yo solito; algunos ya habéis comentado en mil ocasiones que el lenguaje que uso en este blog es, como poco, agresivo, lo que imagino que os ha hecho pensar que vivo todo el santo día cabreado. Que tengo una guerra particular contra el mundo. Algunos puede incluso que penséis que bebo sangre de recién nacidos por las mañanas y que me dedico a torturar ancianos todos los días después de comer. Ante esto podría deciros que habéis confundido un lenguaje bronco y duro con agresividad, pero creo que faltaría un poco a la verdad al coger y lavarme las manos de cualquier responsabilidad.
También sé que tener un carácter fuerte y temperamental (no me importa reconocerlo, y los que me habéis tratado en persona lo habéis experimentado en vuestros propios pellejos más de una vez) a veces me ha acarreado no pocas discusiones con muchos de vosotros. Discusiones que a veces yo mismo he llevado a un terreno más personal del que debería en varias ocasiones, y que no creo que me hayan hecho ningún bien a mí a título personal. Ni me he sentido mejor persona, ni he crecido espiritualmente, ni leches en vinagre.

Sé que mi espíritu crítico me ha granjeado no pocos enemigos y puedo aceptarlo. Sé que no todo el mundo está dispuesto a encajar cómo le dicen algo que no quiere oír porque, bueno... asumámoslo: en este mundo ir de cara es algo que te genera más problemas que beneficios. En este apartado, tengo que decir que no me arrepiento en lo más mínimo y que he actuado siempre con pleno conocimiento de causa. Lo digo una vez y lo diré las veces que haga falta: yo no soy la clase de persona que os va a dorar la píldora y que os va a soltar peloterías para hacer que os sintáis mejor. No va conmigo. Yo hablo desde las tripas, digo lo que pienso y lo que siento y en este contexto sabéis tan bien como yo (aunque no lo admitáis, ni falta que hace) que no tengo ni por qué justificarme ni por qué retractarme de nada.

Supongo que no es más que una suma de factores, como podéis ver. No es algo nuevo, ni mucho menos, sino más bien una especie de fantasma que lleva persiguiéndome toda la vida; ahora se me puede ver como una especie de monstruo arrogante, que lanza blasfemias por la boca y que os revuelve las tripas por decir cosas que nadie se atrevería a decir en público. Cuando se me veía como una especie de sábelotodo que tenía la respuesta para todas y cada una de las preguntas de este Universo, creedme, no me sentía mucho mejor. Para nada.
Quizás es precisamente por eso de generar expectativas, y de ahí un poco mi ataque contra los posers del otro día. Yo llevo prácticamente toda mi vida generándolas muy a mi pesar. Y cuando el mundo te descubre que no eres ni mucho menos tan guai como se creía, vienen las decepciones. Vienen las caras largas y las frases de "Pues no eres como yo me había imaginado".
Es muy duro sentirte un fraude.

Lo mismo que sé que hay gente que está muy contenta con eso de llevar una máscara y hacer creer al mundo que son lo que ellos quieren que crean.
Sé que a muchos les va bien así, pero lo siento. Eso conmigo no va. Para mí es engañar al prójimo, se revista del ideal que se revista y no hay forma humana de que comulgue con eso.


Y como suelo decir, cuanto más cambian las cosas, más permanecen igual. Ha pasado ya algún tiempo desde que no aparento ir con la varita mágica, solucionándole la vida a todo el mundo. Una infinidad desde aquella especie de halo de racionalidad que me rodeaba y que parecía darme la razón absoluta en todo, aunque en realidad yo no tuviese ni puta idea de nada. Sin embargo, volvemos al punto de partida, donde te das cuenta de que la cara que muestras, muy en contra de tu voluntad, no es la cara que realmente tienes. Y, como dije en el artículo anterior, esto no es algo ni deliberado ni estudiado ni hostias. Es una puta pesadilla, porque las frases de "Me he equivocado contigo" siempre están ahí.
Algunos podréis decir "Bueno, al menos se han dado cuenta de su error". Y sí, eso puede ser reconfortante hasta cierto punto; lo malo es el hecho de comprobar que, por mucho que intentas mostrarte tal y como eres, más la cagas. Más errónea es la imagen que proyectas de ti mismo y más grande es la sensación de fraude.

Por eso, quizás, es por lo que no entiendo ese afán que tiene mucha gente de formarse una máscara y mostrar lo que quieren que el mundo vea de ellos de forma estudiada y deliberada, con el objetivo de beneficiarse de una imagen que no tiene nada que ver con cómo son en realidad. Quiero pensar que no soy el único que (creáis lo que creáis, en este punto me importa muy poco) se esfuerza por ser y mostrarse como uno mismo y, día a día, año tras año, se da cuenta de que hay cosas que es incapaz de controlar. Que haga lo que haga, parece tener un aura que da una imagen terriblemente distorsionada de uno y que le hace parecer algo que no es. Algo que, bien le parece más falso que Judas, o bien directamente detesta. Y de esto es muy complicado huir, visto lo visto.

No importa lo rápido que corras o lo lejos que vayas. Al final, esto siempre está ahí. Y acaba por salir.



Con este artículo quiero que os quede claro que ni me siento en la obligación de justificarme ni de dar explicaciones a nadie. Tampoco os estoy echando en cara a ninguno de vosotros que hayáis tenido una imagen de lo que no soy. Que hayáis podido pensar que soy un tío borde, un empollón repelente o que incluso (no sería la primera vez que lo he oído), que soy una especie de ogro que se come a la gente a la más mínima. No, en realidad esto es más bien una reflexión acerca de lo que llevo viviendo... bueno, gran parte de mi vida y no solo ahora. Por tanto, os pido que ni lo toméis como un ejercicio de autoafirmación o autodefensa, y mucho menos como un reproche contra nadie, salvo quizás contra mí mismo. Como (espero) habéis deducido por el tono, tampoco es un lloriqueo en plan "Nadie me entiende"; no, no van por ahí los tiros, si más o menos estáis acostumbrados a leer este blog y a captar un poco entre líneas lo que suelto con cada una de estas reflexiones. Al fin y al cabo, no os conozco a muchos de vosotros. En otros casos, ni siquiera sé si me leéis o no, y no pocas veces me acabo enterando de que tal se ha leído no sé qué artículo. Si ya me vais entendiendo, sabéis que la mayoría de estos artículos los escribo para mí mismo. Reflexión, catarsis, desahogo. Que alguien más los lea y que pille o no pille el asunto es algo absolutamente secundario.

Creo que el mejor resumen de toda esta vomitera mental puede obtenerse de uno de los artículos más recientes ("Enemigos Íntimos"), donde ya dejé entrever una de las ideas que tienden a ser los puntales de mi filosofía personal: nosotros mismos solemos ser nuestros peores enemigos. Los más acérrimos y los más incansables. Porque, a diferencia de cualquier otra persona, nosotros estamos condenados a vivir con nosotros mismos desde el momento en que nacemos. Somos nosotros quienes nos mostramos nuestras más grandes miserias al mirarnos al espejo. Los que nos torturamos con las voces más crueles que podamos oír. Los que nos revolvemos las entrañas con los recuerdos más descorazonadores.

Demonios.


Nosotros somos nuestros propios demonios y, por dura que sea esa lucha, tal y como dije en su momento, estamos abocados a ella. No sabemos cómo hacerlo, y la mayor parte de las veces ni siquiera nos acercamos a conseguirlo. Y pese a todo, ahí seguimos. Peleando, clavando los talones en el suelo y apretando los dientes para resistir otra oleada, escudo y espada en ristre. Embate tras embate, golpe tras golpe. Esforzándonos por ser mejores día a día y echándole al asunto los huevos necesarios como para poder mirarte cada mañana al espejo y poder mantener la mirada, sin pensar "¿Cómo puedes ser una engañifa tan grande y quedarte tan pancho, tío?". Aprendiendo a respirar hondo antes de soltar cualquier burrada de la que te puedas arrepentir, o ensuciándote un poco al enfrentarte a gente que, bien no te ha hecho nada grave, bien es tan miserable  (que la hay y lo sabemos) que no merece ni la pena en entablar ni discusión. Empezando a tomarse en serio la filosofía de que no debo obsesionarme por aquellas cosas que, hoy por hoy, no puedo (o no sé) cómo cambiar.
Dar, como me dijo un amigo hace ya siglos, la importancia justa a las cosas. Y darte cuenta de que en realidad, hay pocas cosas realmente importantes en esta vida.
Y como sucede con todo demonio, hay que conjurarlo. Hay que invocar su nombre para poder atraparlo y pegarle una patada en el culo. No sé si voy por el camino correcto simplemente con un artículo escrito con el corazón y las tripas en la mano, honestamente. No sé si una simple declaración de intenciones de lo que me gustaría hacer con mi forma de enfocar mi Universo personal basta. Es posible que tenga que hacer más cosas.
Pero quiero pensar que este es un punto de partida tan bueno como cualquier otro.

jueves, 3 de octubre de 2013

Escupiendo Rabia- El Poser, ese personaje




Con la de guantazos que se está llevando el mundillo literario en este blog, a estas alturas el lector se preguntará si queda ya algún sector por llevarse su ración: ya hemos arreado cates a editoriales, lectores y demás. Ya hemos comentado que la industria, lejos de ser la perfección que algunos aseguran, necesita una revisión y una mejora considerables y a una profundidad que ríete tú de la fosa de las Marianas. Ya hemos hablado de la imbecilidad redomada del fandom, que en gran medida tiende a actuar en modo rebaño, bien lamiendo culos, bien escupiendo a la cara del prójimo, dependiendo de en qué "bando" se encuentren. Ya hemos apaleado esa política ridícula de guerra intestina, donde un señor X se caga en los muertos de un señor Y, llegando incluso a términos que pueden considerarse delito penal, incurriendo en lindezas tan denunciables como la injuria y la calumnia. Encima en medios públicos como redes sociales y demás, donde queda constancia clara de sus actividades y donde cualquier día se le puede caer el pelo a más de uno y más de dos, si las personas a las que se dedican a insultar (amparándose, cómo no, en ese sacrosanto derecho que es el de la libertad de expresión, el cual parece confundirse con el derecho a mearse en otro derecho constitucional como la dignidad del prójimo) un día les ponen una querella en el juzgado más próximo.

Después de toda esta enumeración de barbaridades e idioteces que uno tiene que ver día sí y día también en un mundillo que no es ni mejor ni peor que cualquier otro (pero que me viene tocando más de cerca y que me dedico a diseccionar para avisar a todos aquellos que vengan de nuevas y así puedan ver el plan que hay), tengo que decir que ojalá la movida terminase aquí, pero no. Da la puñetera casualidad de que todavía nos quedan motivos para cuestionar la supuesta "integridad moral" del personal o, en el mejor de los casos, su madurez.
Hoy, en Rumbo a la Distopía, presentamos el concepto del Autor Poser.

Lo primero que nos toca en este artículo es, cómo no, definir qué coño es eso de un Poser. Para entendernos, un Poser es un personaje no muy distinto de vosotros o de yo mismo: es decir, un ser humanoide, con dos patas, dos orejas y un ojete. Del que se levanta por las mañanas, hace pis o caca (o ambas cosas a la vez) y se rasca el sobaco cuando le pica. ¿Qué diferencia a tan curiosa especie, pues, de lo que venimos siendo el resto de los mortales? Muy sencillo: el Poser JAMÁS admitirá que su vida es tan cutre como la nuestra. Porque tiene que ser especial, dejar su huella en la posteridad y demás chorradas de estas que nos enseñaron en los dibujos animados cutres donde nos cuentan la milonga de que todos tenemos un destino, de que vamos a salvar la Tierra o de que marcaremos un antes y un después tras nuestro paso por esta cosa rara que es la vida.
Partiendo de esta ambición desorbitada, el Poser niega cualquier similitud con el resto de cucarachas que somos los demás y se forja una identidad a medida: es así como encontramos Posers que van de intelectuales, de rebeldes o incluso de buenos chavales. Para entendernos, el Poser lo que hace es crear una imagen de sí mismo a medida, más falsa que los billetes de tres euros y, por lo general, diametralmente opuesta a como son de verdad en su vida cotidiana. Esta especie de identidad superheroica que se montan los Posers suele estar relacionada, cómo no, con su ambición por vender libros y con la actitud que quieren mostrar en el mundillo. Ojo, no confundir con la persona que quiere dar tal o cual imagen para ser tomada medio en serio, no tiene nada que ver. Estos últimos por lo general son gente que no están mintiendo o fingiendo; sencillamente optan porque una faceta de sus vidas (la seria, por ejemplo), quede resaltada y no den la impresión de ser el típico idiota que escribe chorradas. A otros nos pasa que hacemos lo posible por no dar según qué imagen y resulta que acabamos consiguiendo, muy a nuestro pesar, el efecto contrario. De esto último yo mismo puedo dar cuenta, cuando luego hablo con la gente y se dan cuenta de que, en realidad, no soy lo que aparento. Y lo peor viene cuando te das cuenta de detestas esa imagen que das, y no puedes hacer nada por evitarlo, salvo esperar a que la gente que te rodea muestre un mínimo de interés en descubrir si hay algo más (últimamente me estoy dando especial cuenta de ello, de hecho).
Esto, amigos, más que ser una pose deliberada, es una putada, creedme.

Un ejemplo para ir abriendo boca: el que va de atormentado por la vida.
"Hola, Paco, ¿cómo te va?"
"Pues aquí, atormentado. El mundo es un valle de lágrimas y cada día que sucede es una interminable miseria que no hace sino recordarnos que vivimos en un valle de lágrimas"
"Bueno, yo solo preguntaba cómo te iba"
"Y ya lo ves, mucho más atormentado que a ti"
"Emmm, ¿y por algo en concreto?"
"No, solo que mi vida es así de gris"
"Pues vale, Paco, a seguir bien, ¿eh?"


No, amigos, el Poser es completamente diferente. El Poser lo que hace es crearse un papel. Un papel calculado y estudiado, con la intención de armar revuelo de cualquier tipo: puede ser el típico tío que en su casa o a pie de calle no es más que un tío normal, tan pringado como cualquiera de nosotros y que luego se dedica a faltar el respeto al personal o a montar polémicas absurdas con tal de llamar la atención. El Poser Polémico (los conoceréis porque se llaman a sí mismos Autores Malditos, como si ese fuera un término que uno pueda aplicarse a uno mismo sin quedar en ridículo) es de esa clase de personajes que se creen que tocando los cojones al prójimo (pero de mala manera, por medio de insultos y vaciladas dignas de portero de discoteca) van a marcar la diferencia. A dejar una huella en un mundo que, a fin de cuentas, importas una mierda en el momento en que han pasado unos pocos años desde que te hayas ido al otro barrio.
Estos tíos se creen que van a pasar a la historia y en realidad lo único que hacen es dejar claro que no engañan a nadie. Alejan al personal de ellos mismos y encima se escudan en argumentos tan alucinantes como "A mí es que no me entienden", "Soy un incomprendido de la vida" o mi favorito: "A mí es que me envidian".
Claro que sí, campeón: tú te dedicas a soltar animaladas, a faltar el respeto al personal, a insultar a troche y moche y a cagarte en los muertos de alguien a quien consideras un enemigo jurado y los demás te tenemos envidia.

Hay otros Posers, por supuesto: el Poser Intelectual, sin ir más lejos, es ese que no solo escribe, por Dios. Escribir hoy en día lo hace cualquiera, así que hay que ser diferente, rompedor. Para ello, el objetivo consiste en salirse de esa especie de vorágine de mediocridad que atenaza el mundo y sacar el cuello como sea. ¿De qué manera?
Teniendo algo que demostrar.
El Poser Intelectual, también conocido como Cooltureta, es ese que te va por la vida restregándote por los hocicos lo mucho que lee. El que es capaz de llevarte una camiseta que ponga "Hola, soy escritor", pensando que la gente se va a parar por la calle y le va a señalar con el dedo diciendo "Hostia, por ahí va un escritor, ya puedo decir que tengo el día completo". El Intelectual es ese que, le preguntes o no, te va a hacer spam de lo que los Dioses quieran que escriba y, no contento con ello, te va a hacer un monográfico de sí mismo, haciendo referencias constantes, desde Homero hasta Marcel Proust, pasando por Luigi Pirandello. Al igual que un hipster, se meará en lo mainstream y todo lo que sea un récord de ventas le parecerá una chusta infumable, sin pararse a pensar que ha habido grandes clásicos de la literatura (p. ej. Shakespeare) que lo han petado durante siglos, y que entre la cultura "independiente" también hay mucha, muchísima mierda.

Mario Vaquerizo: un Poser haciendo una pose.
Pues como este, hay unos pocos en el artisteo, y no solo literario: entre músicos, dibujantes y demás hay un afán por quedar como "diferente" al resto del mundo, que flipas.
Y oiga, por "diferente", generalmente tenemos conceptos tan extraños asociados como "superior".
"Soy artista y tú no".


Luego tenemos el Poser Chulipiruli: este viene a ser justo lo contrario que los otros dos arriba mencionados; su imagen, lejos de crear polémica, se basa en un "buen rollito" tan exagerado que la cosa atufa a plexiglás. El Poser Chulipiruli se esforzará tanto en parecer un chaval humilde y bienintencionado que oye, lo mismo pecas de paranoico, pero es que no te lo crees. Del que JAMÁS oirás protestar acerca de nada... o de nada que no sea lo políticamente correcto; es decir, un Poser Chulipiruli hablará de lo chuli que es el mundo que le rodea, de la gente maravillosa con la que cuenta alrededor y de los unicornios que campan por el campichi de su pueblo. Jamás tendrá quejas de nada ni de nadie, aunque luego en privado o en persona te reconozca que no puede ni ver a yo no sé quién. Es más, esa gente a la que no puede ni ver, la mitad de las veces es gente con la que tendrá un trato afable de cara a la galería o a la que ignorará deliberadamente escudándose en argumentos tan alucinantes como "Esa persona no es positiva para mí", lo que el resto de los mortales traducimos como "Yo a ese no lo puedo ni ver". Pero claro, un Poser Chulipiruli no puede mostrar pensamientos tan bajos como que alguien le caiga como una patada en los higadillos, aunque los tenga como cualquier hijo de vecino; va en contra de la imagen buenrollista de los chinos que se ha montado.
O no los puede mostrar en público, porque si algo interesante tiene el Poser Chulipiruli es el hecho de que a nivel personal RECONOCE y ADMITE absolutamente TODAS las cosas que él mismo niega en público y que desmiente ante los demás. ¿Todas esas cosas en que te dice que te equivocas o tienes una percepción limitada del asunto? Pues en petit comité te dice que son verdad y te puede llegar a confesar que no solo es que tuvieras razón en según que cosas: es que encima te quedabas corto comparado con él. Es decir, que lo que te niega por un lado, acusándote implícitamente de ignorante, te lo concede por el otro.

"Pues ahí estaba yo, delante de la gente, soltando lo que me salía del ojete"
"¿Y nadie te dijo nada?"
"Sí, uno me llevó la contra en un detalle mínimo"
"¿Y qué hiciste?"
"Bueno, sonreí y usé una posición conciliadora"
"¿Y luego?"
"Lo pillé en un callejón y le metí dos hostias"


De esto último se puede sacar un elemento bastante frecuente que no solo caracteriza al Poser Chulipiruli, sino que además se puede tomar como factor común a los Posers en general.
Este factor común es que el Poser, sea del tipo que sea (hay más tipos de Posers, pero he querido limitarme a los más básicos), viene a darte lecciones... porque el Poser parte de la base de que tú no tienes ni puta idea de nada. Ya puedes tener un doctorado en Literatura, que el Poser se va a venir para ti diciéndote que él sabe más que tú, aunque no haya pasado de leerse la etiqueta de champú del baño (cosa que JAMÁS admitirá un Poser, por favor). Gracias a esto, estos curiosos seres son capaces de meterse en camisas de once varas y demostrar unas carencias más gordas que el nabo de Nacho Vidal y dejándose a sí mismos en el más miserable de los ridículos.
Pero tampoco pasa nada, amiguitos: el Poser tiene un segundo factor común, que es el hecho de que vive por y para su público. Siguiendo el principio de Oscar Wilde, ellos buscan que hablen de ellos aunque sea para bien (curioso, porque a veces da la impresión de que lo único que han leído de este autor es precisamente esta frase... pero oiga, todo ayuda). Y gracias a eso y a la apabullante personalidad del fandom, que en absoluto es impresionable (ejem), acaba rodeándose de toda una camarilla de seres que le van a aplaudir la subnormalidad que suelte por la boca. Ya te puede decir que La Divina Comedia es la obra más importante de la literatura checa del s.XX, que habrá toda una ristra de mentecatos detrás aplaudiendo y diciéndole que están abrumados por su nivel cultural y que son bellísimas personas. Sí, esto último por lo general aparece añadido por la santísima cara y sin ningún motivo aparente. Es como una especie de coda que el pelota de un Poser inserta como para dar énfasis a su comentario-pelotesco.

El Poser, además, es la clase de personas que no solo te restriegan su supina ignorancia por los morros: son además tan abiertos de miras que, en el momento en que alguien les dice "Tío, va a ser que no me convences", montan en cólera y lían unos cipotes de aquí te espero. Es lo que, en términos coloquiales, podría llamarse el "Momento diva desatada". Esto se debe a que el Poser a menudo suele creer en la filosofía de que, en el momento en que tienes público o algún libro por ahí dando vueltas, ya se puede subir al púlpito que le sitúa por encima del bien y del mal y ya puede (literalmente) cagarse en la puta madre de todo bicho viviente que no le dé la razón absolutamente en todo. Para ello, se valdrá de argumentos tan trillados y tan jodidamente discutibles como:

- Es que esto es mi opinión (y ancha es Castilla, ya puestos)
- Es que me he sentido ofendido como persona y me estoy defendiendo (aunque lo único que se esté diciendo es que AC/DC tienen un par de discos que no están a la altura del resto)
- Yo es que tengo un libro por ahí y a mí nadie puede llevarme la contra porque no están a mi altura.
- Yo es que soy sincero y al que no le guste lo que digo no es mi problema.

"¡Qué malote soy, mira cómo me cago en tu puta madre y te saco los dedos!"


En resumen, lo que vienen siendo justificaciones de lo más chapuceras, que te hacen pensar que, si tienen esta creatividad para esto, habrá que ver qué coño escriben.
El Poser también cuenta con un punto llorica, consistente en berrear en el momento en que alguien les dice algo que no quieren oír (Sí, amigos, ¿eso que nos pasa a los demás a diario? Pues lo mismo para ellos, sin apenas diferencias). En el momento en que eso sucede, el Poser tomará básicamente dos vías:

- Una, la del cipote, consistente en empezar a proferir insultos, bien a la cara, bien a las espaldas y pedir aliados en una guerra que en realidad a nadie le importa un carajo. Pugnas, peleas y toda clase de improperios, más dignos de un patio de colegio de primaria, se convierten en el discurso de tíos con canas en los cataplines (o en el chichi, que también hay mujeres posers) y dando, de paso, una imagen bochornosa de sí mismos... salvo para los pelotillas que los rodean, claro, que son los que importan de verdad. Esos, conocidos como "Mi público, mi amado público, que no sé que haría sin vosotros" tienen tanta culpa o más de toda esta movida, porque en lugar de coger y pasar del tema (Lo clásico de "Pues que se arreglen que mayorcitos son"), se dedican a jalear a un Poser contra otro, en plan peleas de perros.

- La segunda es la del lloriqueo propiamente dicho. La del "Ay, ay, ay, mirad lo que me han dicho", poner la pose de mártir y esperar a que el fandom más pelotilla les dé la palmadita en la espalda. A esto se suelen acompañar amenazas de dejar las redes sociales, abandonar la escritura y cualquier día de estos incluso la de tirarse por un puente. Sin embargo, como suele pasar, esto está todo estudiado. No es más que otra estrategia y, al igual que el típico suicida de las pelis, aquí la sangre no llega nunca al río: nadie se tira por el puto puente, ni nadie deja la escritura ni leches en vinagre.

Más curioso aún es el hecho de la Pose Camaleónica, consistente en ir cambiando de papel de pose según estés promocionando un libro o no: hay Posers que van de malotes por la vida y que, en el momento en que se dedican a promocionar vete a saber qué, deciden convertirse en Posers Chulipirulis y que, paradójicamente, se dedican a dar lecciones al prójimo acerca de cosas que ellos mismos hacían un mes antes. El caso claro del fulano que ha armado broncas por dondequiera que ha pasado y que ahora se dedica a reírse de las broncas ajenas, diciendo que él es un profesional y no está para eso. O del caso del llorica que se pone a reírse de lo pesimistas que están los demás, en cuestión de unas cuantas semanas. Y si esto resulta alucinante, más alucinante resulta el hecho de que los mismos que le estaban aplaudiendo la actitud de malote ahora actúan como acólitos de una Nueva Religión basada en un Buenrollismo Extremo.
Ellos dicen mierda y los demás dicen amén.

"Espera, eso que dice... ¿No dijo lo contrario el mes pasado?"
"¡CALLA Y AGÁCHATE, IDIOTA!"


En resumen, esto no es más que un compendio sobre la clase de idioteces que el ego obliga a hacer a unos pocos. Como he mencionado arriba, esto no es una cuestión de medio mantener una reputación; ya sabemos que en el momento en que se tiene una vida pública, hay que cuidar un poco la imagen, y es una actitud de lo más respetable. No, el problema surge en el momento en que estas personas mienten descaradamente y se convierten en esclavas de una imagen que no tiene nada que ver con cómo son de verdad; cuánto más se esfuerzan en intentar demostrarnos lo buenos chavales o lo tíos duros que son, más nos queda claro a los demás que en realidad lo que hacen es mentir como bellacos. Que no es más que marketing de segunda para algo tan corriente como vender el producto. A raíz de eso, el Poser lo que hace es mostrar sus verdaderos colores: así es cómo más de uno deja clara su catadura moral, a costa de decir una cosa por un lado y luego otra, creyéndose que luego aquí la gente no habla entre sí (lo que viene siendo un insulto a la inteligencia ajena). A base de mentiras es como intentan ganarse la confianza de un público... jugada que, tengo que decir, les está saliendo bien, visto lo visto (o al menos a algunos).
Otros se creen que como lo que tiene que trascender (ja, ja, ja, ya recordaréis lo que pienso de eso de la posteridad) son las obras y no la persona, se ven a sí mismos con carta blanca para despotricar y pisotear a los demás. Para lanzar indirectas e insultos soterrados al que tienen al lado. Porque "son sinceros". Porque "no se callan". Esos mismos, que se cagan en la puta madre de alguien un día y al siguiente le chupan el culo a ese alguien.



No deja de ser curioso que critiquemos esa política de "Se puteaban y ahora se comen los mocos juntos, sin orden de transición" en los mandatarios y, cuando lo hacen los que nos rodean, nos parezca fenomenal.
"Porque hay que llevarse bien".
"Porque en el fondo siempre se han entendido, solo tenían que sentarse a hablar (aunque no lo hayan hecho siquiera)".
Inserte aquí su mentira favorita para justificar actitudes así de coherentes.


Y la cuestión es sencilla, amigos: al final todo se acaba sabiendo. Es cierto que un autor debe ser valorado por sus obras, y hasta ahí todo bien. El problema es cuando el autor decide poner en práctica todo un entramado de absolutos despropósitos dialécticos y lo que hace, lejos de causar interés y conseguir que el lector se acerque a él (porque vivimos en un mundo basado en la imagen, y el que lo niegue mal camino lleva), lo que producen es justo el efecto contrario: la mierda explota en la cara, las mentiras salen a la luz. Las incoherencias lo dejan a uno con el culo al aire y la ignorancia se acaba convirtiendo en una seña de identidad.
Esos autores, esos Posers, se creen que lo están haciendo de rechupete, todo el día con sus guerritas. Todo el día lanzando discursitos de paz y amor para que los demás los alaben. Llorando para que les den palmaditas en la espalda y haciéndose pasar por chavales humildes, aunque luego sean absolutamente incapaces de soportar una crítica medio razonada o que les discutan cualquier cosa en público. Estos personajes son de los que viven pensando que van a salvar la literatura, que gracias a ellos habrá un hito que servirá de inspiración a generaciones venideras. Que se hablará de ellos doscientos años después de que hayan muerto, como si hoy en día el que escribe bien es el que va a pasar a la historia, sin mirar siquiera los índices de ventas. Como si de aquí a un siglo alguien fuese a fijarse en un libro del que solo se vendieron cuarenta copias y del que ninguna editorial ha tenido huevos de sacar una reedición, no vaya a ser que se la tengan que meter por el culo.
Luego están los contrarios, esos que se creen que por vender bien HOY ya serán lo más en un futuro y serán un referente mundial, sin pensar siquiera en lo mejorable de sus obras.
Pero todos, todos, todos los Posers cuentan con ese factor de inocencia que les hace pensar que por tener un librito por ahí o tener cuatro fans que les dicen que son lo más ya han crecido como persona. Que son mejores que los demás. Que pueden permitirse por ahí dando lecciones a otros que igual saben más que ellos. Que pueden pisotear al de al lado, mentir al que tienen delante y quedar bien (o mal, dependiendo del tipo de Poser) con todo el mundo.
Yo ante eso me quedo con la frase que soltó una buena amiga de las que he hecho en este mundillo, que tendrá como tres o cuatro libros publicados ya, si no más (más que muchos posers, por ejemplo) y de la que JAMÁS sabrías que es escritora porque no lo va diciendo por ahí ni va presumiendo de ello: "¿Qué pasa, que por tener un libro en la calle eres mejor persona? Pues yo tengo varios y no me siento ni mejor ni peor de lo que era antes".
Muchos deberían aprender de alguien así, porque esta persona SÍ puede darnos lecciones a todos... y fíjate tú, que no lo hace.

Seguid, seguid con vuestro rollito, pequeños. Seguid con vuestros papeles, seguid fingiendo. Seguid mintiendo y engañando. Seguid embaucando al personal y sacrificando vuestra identidad para que los de Arriba estén contentos con vuestros extractos de ventas. Seguid siendo esclavos de una imagen que no tiene nada que ver con lo que sois.
Porque puede que penséis que una mentira contada el tiempo suficiente se convierte en verdad, pero en realidad no queréis escuchar algo más obvio: no se puede mantener una mentira eternamente. Y a muchos ya se os lleva viendo el plumero desde hace bastante.