lunes, 31 de marzo de 2014

Mondo Chorra- El complejo de Lucifer



Como ya he comentado en varias ocasiones, me crié en un colegio religioso. Quizás por eso a lo mejor la enseñanza de las escrituras, a cargo de sacerdotes (bastante tolerantes, todo hay que decirlo), sí pudo hacerse de un modo algo más intenso que en cualquier otro sitio. Comparaciones aparte, ya que no es de eso de lo que va ese post, lo cierto es que en algún momento nos debieron hablar alguna vez de quién era Satán. O Lucifer. O como queramos llamarlo.
Según me debieron enseñar (pese a que no viene en la Biblia, sino que hay que irse a la tradición y a algunos apócrifos para ir directo al texto), Lucifer fue el ángel más poderoso de toda la corte celestial, solo por debajo de Dios; este ángel, también conocido como Luzbel y algunos otros nombres así de exóticos, fue expulsado del Cielo por cometer el pecado del orgullo. Dicho de otro modo, si el Dios que conocemos de la tradición más clásica es una especie de cabronazo que se dedica a chantajear emocionalmente a cualquier criatura viva para "probar el amor que profesan por Él", se podría decir que a Lucifer se le inflamaron sus cojones y dijo "Hasta aquí hemos llegado". Se hartó de contemplar la Gracia Divina (siempre me he imaginado a un puñado de angelitos mirando a Dios y Dios, sentado en Su Trono, que no se cansa de que lo adoren día sí y día también) y dijo "A la mierda". El Padre Celestial se pilló el rebote del siglo porque había alguien que no se dedicaba a decirle lo maravilloso y lo guapo que era por haber creado este Universo y lo echó a patadas de Casa. La leyenda nos cuenta también que Lucifer tomó a un tercio de las huestes celestiales bajo su manto y se marchó con ellos, dando origen a lo que conocemos como "demonios" e "infierno".


Como nota curiosa, "Demonio" tiene su raíz en el griego, en la palabra "Daimon" se puede referir a energías interiores, siendo traducido a veces como "genio". En la tradición precristiana, este concepto se refería a una voz, similar a la de la conciencia, que instaba al hombre a NO hacer según qué cosas.
Fue con el cristianismo cómo este concepto tomó carácter de maldad.
Y sí, he puesto esta demonia porque está buena.


Tal y como nos cuenta la tradición, este viene a ser el Origen del Mal, tal y como nuestra cultura (lo que viene siendo la cultura occidental de raíz judeocristiana y toda la mitología que la acompaña) lo entiende. Si lo pensamos, es curioso cómo hemos aceptado que el Mal consiste precisamente en no agachar la cabeza ante lo que se supone que tenemos que hacer, sin explicación alguna: Dios ordena a Abraham a sacrificar a su hijo, sin darle más explicaciones que "Porque lo digo yo". Abraham se traga las lágrimas, obedece y ESO es lo que lo convierte en un buen siervo de Dios: que haga las cosas sin protestar y que así profese amor incondicional a la deidad, le haga las putadas que le haga. Una deidad tan débil y cobarde que necesita constantemente que le demuestren que le quieren para seguir existiendo. Peor aún, bajo amenazas y coacciones de todo tipo.

Me pongo a pensar en este concepto de "Obedece sin rechistar o serás el malo" y oye, no puedo sentirme más identificado. A lo largo de estos últimos días, he estado reflexionando sobre lo que ha venido siendo mi vida desde que puedo recordar. El resultado es que, si bien siempre he querido llevar una vida tranquila, el desorden y el conflicto han venido a buscarme como las moscas a la mierda; cuanto más he querido huír de complicaciones y de disputas, siempre he acabado inmerso en alguna, de forma directa (porque me hayan tocado los huevos y haya corrido a defenderme) o indirecta (de estar en medio en mitad de algún follón en el que se me ha pedido que tome parte por cojones)... y no, pese a lo que penséis muchos de vosotros (que sé que lo pensáis), ni he querido provocarlas a conciencia ni he disfrutado en cada uno de estos conflictos. Todo lo contrario, lo único que me han producido es un desgaste emocional y de energías tremendo. Nada de lo que te enorgullezcas ni la clase de cosas que te guste repetir. Eso, a largo o a corto plazo, te acaba pasando factura: nerviosismo, insomnio, comeduras de cabeza...
... Pero raramente, remordimientos.


'Tomáh por culoh.


No me malinterpretéis. Si no tengo remordimientos no es porque considere que sea perfecto o que no cometo errores. Ojalá no los cometiese, pero no soy tan imbécil como para caer en ese despliegue de soberbia. Lo más parecido a remordimientos que puedo albergar en historias como las que vivo consisten en los que siento al no haber visto las cosas venir antes, o al no haber actuado de una forma más expeditiva. O de no haber conseguido lo que me proponía, una vez enzarzado en la discusión... porque yo también pierdo batallas. Más de las que me gustaría reconocer, de hecho; pero no, cuando tomo una decisión, para bien o para mal, no hay vuelta atrás, pues es fruto de haber madurado mucho mi curso de acción. No en vano he tenido enfrentamientos con gente muy, muy cercana. Enfrentamientos que, cómo no, me han dolido. Pero una vez sacas el cuchillo, amigo, no lo guardes sin haber manchado de sangre su hoja. Eso te enseña a dar importancia a cada conflicto y su consecuencia. A conocer el precio de entrar en combate y no entrar en cualquier enfrentamiento a lo loco.

Pero volvamos a ese repaso que he venido haciendo de mi vida: desde que puedo recordar, tal y como he venido repasando últimamente, me he dado cuenta de que todos, absolutamente todos los enfrentamientos que he tenido con gente relativamente cercana (amigos, muy amigos, compañeros de hace bastante tiempo y demás) han venido por UNA única razón: es ese complejo de Lucifer. Esa voz interior que te insta a decir NO cuando los demás intentan decirte que son superiores a ti, de un modo u otro.
Aclaremos esto: esa voz que me incita a rebelarme (o instinto, o como queramos llamarlo) no es tanto la voz de la soberbia (los que me conocéis bien ya sabéis qué clase de concepto de mí mismo tengo) como la voz del escepticismo, o incluso la de la dignidad. Si he tenido problemas con tanta gente, no ha sido porque me crea mejor que ellos, sino porque desde siempre, cuando alguien me ha dicho lo que tengo que pensar o lo que dejar de pensar, mi reacción más básica ha sido "Y una mierda". Cuando, en cualquiera de los veinte mil grupos de personas con los que he trabajado, convivido o me he relacionado ha llegado alguien que se ha autoproclamado líder (en lugar de buscar un consenso, como para mí debe ser un buen líder) y ha venido imponiendo su criterio sobre los demás, mi respuesta tarde o temprano siempre ha sido NO. Sin importarme haberme quedado solo; sin miedo a que los demás, aunque piensen igual que yo, no tengan agallas (o simplemente ganas) de plantar los pies en el suelo y decir "Hasta aquí hemos llegado". Como consecuencia de eso, no pocas veces me he visto siendo la oveja negra del Pensamiento Reinante o, usando términos más bíblicos, como está saliendo en este post, la voz que predica en el desierto. Nunca he creído en dogmas, ni en imposiciones; si se me ha dicho "esto es lo que debes creer" y, cuando he preguntado "¿por qué?" la respuesta ha sido "porque sí", ya la tenemos formada. Y no porque haya ido a buscar el conflicto: simplemente he dicho "No", y las imprecaciones han caído sobre mí como una lluvia de hachas.


"¿Atacamos ya?"
"Que siga hablando, que se va a cagar..."


Y esto es lo que ha venido pasando, a grandes rasgos, a lo largo de décadas. Que sí, que esas cosas las puedo evitar, sencillamente evitando conflictos. No metiéndome en problemas y, qué cojones, cuando alguien diga "mierda" yo solo tengo que decir "amén". Aun pese al hecho de que ese personaje o personaja se dedique a sentar cátedra sobre mi santa persona y se dedique a meterse en mi vida y a decirme lo que tengo o lo que no tengo que hacer con ella. Aceptar eso con tal de no entrar en discusiones supone tener que soportar a todo un escuadrón de subnormales con la catadura moral de un parásito venéreo que se cree con derecho a mangonear tu vida y hacer juicios de valor sobre ti. Y eso es algo que la dignidad (no orgullo, ojo) de nadie debería permitir.

¿Significa eso entonces que tengo un problema con la autoridad? ¿Que no acepto a nadie por encima de mí? ¿Que, por tanto, me siento superior a cualquier bicho viviente? No, pipiolitos míos, no os confundáis ni saquéis esta interpretación tan rápido. Asumir eso supondría que entonces yo no siento admiración por nadie y que soy ampliamente superior a los demás en todo. Que por encima de mí está solo Dios, y solo si yo le dejo. Permitidme recordaros lo que he mencionado arriba acerca del concepto que tengo de mí mismo para que lo vayáis pillando. No, la cuestión está en que, si yo acepto a alguien como superior o reconozco el liderazgo de alguien, va a ser un alguien que no intente impresionarme. No va a ser ese alguien que viene con su sonrisita de soplapollas y dándome palmaditas en la espalda, tratándome como si fuera mi puto jefe y con guasitas que denotan una confianza que yo no les he dado. Si tengo que reconocer la superioridad de alguien en algo, es porque ese alguien se ha ganado mi respeto y mi admiración, sin que venga una horda de subnormales sin personalidad a decirme que X es Dios y que si quiero estar en la onda tengo que agacharme y hacer reverencias. Así es como funciona esto, amigos: me importa un coño cómo se llame no sé quién. Me da exactamente igual la cantidad de admiradores, fans o follamigos que tenga. No me importa que ese alguien se rodee de aduladores y gente que moja la entrepierna ante la primera imbecilidad que suelte por la boca. Y, por supuesto, me da exactamente igual que se cabreen conmigo por no rendir pleitesía a alguien que no creo que se la merezca. Ya he tenido que torear a muchos así a lo largo de mi vida y, puedo pecar de generalista, pero tengo la impresión de que todos estos, prácticamente sin excepción, andan cortados por el mismo patrón.


"¡AMADLO! ¡PORQUE SOLO EL MERECE SER AMADO! ¡SUS PALABRAS SON SABIDURÍA CELESTIAL QUE BROTA DE SU LENGUA COMO EL MANÁ CAE DEL CIELO!"


Por lo que a mí respecta, no tengo absolutamente ninguna necesidad de caer bien a nadie. Menos, a aquellos que van por la vida mirándote como si fueras un pobre diablo, o como si no fueras nadie. Esos seres, basándome en los que he conocido a lo largo de esta vida, en realidad, son gente con una tremenda necesidad de ser adorados, para así poder inflar su ego. De los que, en cuanto te quieres dar cuenta, te están contando batallitas y diciéndote lo mucho que les admira la gente. Bien con la falsa modestia típica de "Yo no soy para tanto" ("pero te lo cuento así, espontáneamente y sin querer"), o bien los que no la fingen y sacan la cola de pavo real para restregártela por los hocicos. Porque oye, tú no molas tanto. No tienes gente que te chupa el culo ni que te dice frases tan alucinantes como "Tienes estilo", o "No he conocido jamás a nadie como tú". Que ojo, en un momento dado nos lo pueden decir, eso no es lo malo; lo malo es cuando lo vamos diciendo por ahí, haciendo ostentación de ello, en plan "Mira lo que me dicen. ¿A que soy la hostia?"


"Uy, perdona, se me ha vuelto a escapar cómo una tía me llegó el otro día diciendo que quería follar salvajemente conmigo porque le parecía lo más impresionante que había visto en mucho, mucho tiempo".


Igual es que soy un misántropo, o un sociópata o, como decía cierto desgraciado a mis espaldas (más por las ganas de joder e insultar que porque no tuviera razón), "Un inadaptado social"... Pero a mí la gente que vive para contar sus proezas como si fuera su propio bardo me toca los cojones. La gente que irrumpe en mi vida para darme lecciones sin que yo se las haya pedido me revienta, porque siento que invaden mi criterio o mi inteligencia (los pocos que tenga, sí, mamones) imponiendo los suyos por la fuerza. Sin preguntar ni nada, arrasando que es gerundio.
Pues si por esas resulta que sí, que soy un misántropo por no aceptar lo que me suelte cualquier soplagaitas sin reservas; que soy un sociópata por no creerme la primera milonga que me suelten, sin darme un argumento medianamente sólido y basándome nada más que en la fe ciega a vete a saber quién; que soy un inadaptado social por no agachar la cabeza ante el primer "tioguai" que dice molar más que los demás y que viene seguido de un rebaño de ovejas que se pasan el día diciendo "Beeee", lo único que tengo que decir es que sí. Soy todo eso y más, pero a mucha honra. Con la cabeza bien alta, para poder mirar a la cara a los gilipollas e hijos de puta que intentan pisotearme, sin humillarme y sin consentir ni media payasada.
¿Que por esto soy yo el malo? ¿Que me mandan al Infierno?
Pues oiga, más se perdió en la guerra; por lo menos en el Infierno están los rockeros y no me voy a aburrir.

3 comentarios:

Gissel Escudero dijo...

"No hay recurso al que una persona normal no echará mano para evitarse el trabajo de pensar." Thomas Alva Edison

"Hay dos maneras fáciles de conducirse en la vida: creerlo todo y dudar de todo. Ambas nos ahorran tener que pensar." Alfred Korzybski

"El grueso de la humanidad está tan calificado para volar como para pensar." Jonathan Swift

Y como decía en la propaganda de EL MARIACHI... "Él no buscaba problemas, pero los problemas lo encontraron a él".

Rumbo a la Distopía dijo...

"Molas un cojón, Gisselita"- Yo :P

Gissel Escudero dijo...

Gracias, majete :-) Lo mismo digo de ti.