lunes, 30 de septiembre de 2013

Angst- Enemigos íntimos



Te conozco. Sé que estás ahí, no te escondas. Tú y yo somos viejos conocidos, compañeros de viaje y amargos enemigos.
Llevas a mi lado prácticamente desde que puedo recordar. Es imposible olvidar aquella noche, cuando te presentaste ante mí en mitad de la oscuridad, cuando yo apenas contaba con tres años. Fue tu mano la que cogí, fuiste tú quien me hizo recorrer el pasillo de casa. Fue tu voz la que me hizo gritar y llorar en medio de la noche.
Desde entonces tú y yo estamos juntos.
Has tomado mil formas y mil rostros, pero sé que jamás has dejado de ser tú. Susurrándome al oído, cambiando de aspecto cada vez que he ido creciendo y aprendiendo a pelear, pero jamás desapareciendo. Pasaste de ser aquel extraño visitante que se escondía entre las sombras de mi habitación a ponerme grilletes en los pies. Fuiste tú quien se sentaba sobre mi pecho y me impedía respirar. Quien me decía cuando salía a la calle que nadie podía ayudarme. Quien me ponía el aliento helado de la Parca en la nuca.
Me paralizas, erizas mi vello y aceleras mi pulso. Me llevas a rastras a mi propio Infierno privado. Me golpeas con brutalidad, me muerdes y me arañas y me obligas a ver, una y otra vez, todo aquello que detesto ver.
Tú, maldita sea tu estirpe.
Llevas aquí toda mi vida, lastrándome. Humillándome, haciéndome sentir inferior. Proyectas voces y evocas recuerdos que estarían mejor muertos y enterrados. Susurras palabras que me impiden caminar, que me llenan de rabia y sufrimiento. Tu mirada, inquisitiva y penetrante, resulta insoportable.
A veces haces que me odie a mí mismo.
Tiras de mis huesos, entumeces mis músculos, cierras mi boca, silencias mi mente, socavas mi cordura. Por tu culpa mis fuerzas se ven mermadas. Por tu culpa veo el mundo desde bastidores.

Te odio. Te odio con toda mi alma, pero drenas mis fuerzas que a veces me es imposible luchar contra ti. Tu voz se clava en mi cerebro y congela mis venas con tanta saña que es imposible escucharte. Disfrutas con ello porque sabes que, por mucho que luche contra ti, y por muchas veces que crea vencerte, tuya es la última palabra. Y esa palabra es No.
Dices que intentas protegerme, pero creo que mientes. Creo que en realidad me odias, casi tanto como yo a ti. Somos enemigos íntimos, tú y yo. Tú me gritas, yo te grito a ti. Discutimos durante horas y horas, pero jamás llegamos a nada. Cuanto más cambian las cosas, más permanecen iguales...
Es una batalla cruda y eterna y, a diferencia de ti, yo solo soy humano. No soy fuerte y resistir tus golpes, día tras día, es una lucha destinada a héroes. Ignorar tu voz, insistente minuto a minuto, es una proeza digna de leyendas.
Yo no soy ni lo uno ni lo otro.

Peleo contra ti -o creo hacerlo-, a veces creo que por inercia. Porque se supone que es lo que tengo que hacer. Si quieres, porque es lo que se espera de mí. Cada embate que resisto es más débil, mientras que cada golpe tuyo es más fuerte. Es el juego del gato y el ratón: me derribas y me atraviesas de parte a parte; yo me levanto creyéndome más fuerte, para que tú al final me demuestres lo equivocado que estoy. Para que me abras los ojos y me dejes claro que me he estado engañando todo este tiempo. Me miras a los ojos, te ríes de mí y haces que agache la cabeza, abatido. Me recuerdas, una y otra vez, que no soy la clase de guerrero que me gustaría ser. Que no soy más que una sombra de lo que deseo. Una vez en el suelo, me golpeas hasta que no me puedo mover y te marchas.
Pero no te marchas por piedad. Tú no la conoces. No sabes lo que es la misericordia, porque no tienes sentimientos. Me dejas para que crea haberme recuperado, para que me engañe pensando que todas las heridas que me has abierto se han cerrado.
Eres muy hábil con las mentiras.
Debes partirte de la risa cuando, una vez vuelvo a levantarme, me doy cuenta de que todas y cada una de ellas no solo no han restañado: están abiertas y de ellas mana sangre a borbotones. Estoy seguro de que disfrutas muchísimo cuando me doy la vuelta y me doy cuenta de que jamás te fuiste. Jamás desapareciste.
Tan solo te tomaste un descanso.
O acaso estabas jugando conmigo.
Siempre estuviste ahí.

Debes sentirte hasta arriba de orgullo al ver que lo único que puedo hacer es intentar combatirte, sin pasar de eso, del mero intento. Al contemplar cómo cada día que pasa te apoderas de mí con tanta fuerza que no soy más que tu esclavo. Hago lo que puedo por ignorarte, pero tus zarpas de hielo me atenazan el corazón. El vaho frío de tu aliento nubla mi juicio.
Puedo oír tus carcajadas mientras caigo de rodillas.
Oigo tus insultos y tus vejaciones en el momento en que tiembla el pulso.
Tus burlas inundan mis oídos mientras la espada y el escudo resbalan de mis manos.
Me escupes a la cara cuando oyes resquebrajarse mi armadura.
Y no puedo más.

No puedo más.
Conoces esta frase, porque te la he dicho mil veces. Te la he dicho cada vez que he intentado plantarte cara, cada maldita vez que te he levantado la mano para defenderme. Y has hecho como que me has escuchado, para devolverme el golpe con más fiereza. Más violencia. Clavando tus puñales entre las costillas, en la boca del estómago, en la misma espalda.
Te digo que no puedo más, que me dejes en paz, pero a ti te da igual. No paras, no te rindes. Te da igual lo que te diga, lo que te suplique. Te da igual todo, porque esa es tu razón de ser.
Te odio, maldita sea tu estirpe.
Y más me odio a mí mismo porque no sé cómo vencerte.

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