viernes, 28 de junio de 2013

Mondo Chorra- Sobre el concepto de envidia y la objetividad




Lo he oído una y mil veces. Todos lo hemos hecho, diría yo. Eso de que alguien te llegue, te cuente una historia que ha tenido con yo no sé quién y resuma la movida con "Es que me tiene envidia". "La envidia le corroe". "Tiene una envidia que no puede con ella".
Envidia, sí. Hay muchos tipos de envidia, según parece: Envidia sana. Envidia tiñosa. Envidia con puto roquefort.
Ese concepto me hace pensar. O igual no es el concepto en sí, sino el uso.

Hará cosa de más de una década conocí a alguien que me explicó ciertas nociones de lo que podría llamarse (a falta de un término más adecuado) "filosofía mentalista". Para entendernos, esto plantea algo tan sencillo como que somos nosotros los que conformamos el mundo que nos rodea. Partiendo de este principio, por ejemplo, una persona en realidad no nos decepciona en sentido estricto, sino que somos nosotros los que lo hacemos: somos nosotros los que nos hemos forjado una imagen de una persona que, obviamente, no se ha correspondido con lo que ha resultado ser.
Conformamos el mundo en base a nuestro espectro de visión y raramente buscamos otro punto de vista.

Con esto, lógicamente, no niego la existencia de la envidia, ni mucho menos. Es una pasión humana como otra cualquiera. Lo que sí vengo a decir es que igual no es tan tan tan tan superfrecuente como algunos nos quieren hacer creer.
Curiosamente, Dante no pone a la Envidia (ni a la Soberbia) como pecados por los que pagar en el Infierno.
Los pone en el Purgatorio.
Soy de pensar que el primero de estos círculos del Purgatorio no estará tan lleno como el segundo...


Con el caso de la envidia viene a ser tres cuartos de lo mismo: cuando alguien me viene diciendo que los demás le envidian, a menudo tiendo a pensar que igual no es tanto un caso de envidia ajena como de soberbia propia. Si piensas que los demás te envidian igual el problema radica en que, en un sentido u otro, te consideras superior a ellos. Los demás no son tan buenas personas como nosotros, no son tan guapos, ni tan listos y no tienen el éxito merecido del que disfrutamos nosotros.
Esta idea, si lo pensamos, se convierte en un argumento que se puede emplear como defensa universal: no en vano, más de uno y más de dos en este mundo miserable por el que nos arrastramos, considera que todo bicho viviente que no le da la razón en algo o que no le admira incondicionalmente lo hace desde la más desatada envidia, sin considerar siquiera que la otra persona pueda tener motivos para actuar de esa manera.

Otros llevan el ideal de "El mundo lo creo yo en base a mi visión del mundo" a un nivel extremo, rozando la ausencia de contacto con el mundo real y eliminando de su vida todo aquello que no les mola o que no sigue sus dictados. Algo similar al pensamiento mágico, o a lo que hemos visto en muchas novelas de fantasía, donde creemos que el Mal (sí, en mayúsculas, personificado en plan chungo de la muerte) existe única y exclusivamente cuando se le menciona. Hay quienes piensan que, por el mero hecho de ignorar algo, ya no existe. Que mientras veamos solo lo bueno de la vida lo malo dejará de afectarnos o de ser un problema. Esto, para la psicología más tradicional, recibe el nombre de "Mecanismo de defensa". Estos mecanismos no son más que formas que la mente humana emplea para afrontar (o no) todo aquel obstáculo que se le pone por delante; mientras unos proyectan sus miserias sobre otros (el caso del violento que denuncia la violencia de otros, por ejemplo), otros directamente hacen como que lo malo o lo que va en contra de sus esquemas no existe. Y no es que lo finjan, es que se lo llegan a creer.

"Nononononono no quiero saber nada más"


Supongo que no es tan raro, entonces, que cuando aquí un servidor haya dicho a lo largo de su vida "No estamos haciendo bien esto" (pongo el caso de cuando tocaba en la que pudo ser la peor banda de rock duro de mi ciudad), siempre haya alguien que te diga "Tú es que eres un pesimista".
Pues no, joder: si tú mismo te estás dando cuenta de que no pillas una puta nota, que el que tienes al lado te está mirando para saber por dónde vas y que el que no está desafinado está improvisando porque se le acaba de olvidar la canción, no es una cuestión ni de subjetividad, ni de pesimismo ni leches. Las cosas no están saliendo bien. No hay coordinación ni soltura. Eso se puede negar si se quiere. Se puede decir "Me he subido a un escenario a pasarlo bien y es lo único que importa". Se puede ignorar que haya gente que te diga "Quillos, hoy habéis sonado nada más que regular, ¿eh?"

Quizás por eso me he ganado a pulso la fama de tocapelotas integral. Puede que sea por mi afán perfeccionista o porque no me gusta vender la piel del oso antes de cazarla. Es posible que sea porque no me contento jamás con halagos fáciles o con una visión chachiguai del mundo. Incluso podría deberse a que me gusta buscar otros puntos de vista diferentes a los míos acerca de tal o cual tema; para ver que, si bien no todo tiene por qué ser tan malo como lo pintan (alguna vez lo he mencionado, aunque vuestro punto de vista no lo haya notado), tampoco creo en las utopías. No creo en "la gente fantástica", ni en esos que lo hacen todo bien. No creo en esos mundos coloridos, llenos de florecitas y unicornios rosas. Me gustaría que existiesen, pero sé que no. No a este lado del Universo, al menos.
Lo mismo es porque estoy acostumbrado a ver las partes más oscuras del mundo y sin demasiado miedo. No es que haya vivido en la miseria ni mucho menos, ni he convivido con gente en el arroyo, pero tampoco me he criado entre algodones. He conocido gente que lo ha pasado mal y gente que ha tenido muchos problemas y, en la medida de lo que he podido, he intentado echar una mano a los que creo que me han merecido la pena.
Pero ignorar este tipo de cosas, poner una sonrisa y decir "No te preocupes, que eso no es nada" no va conmigo. No ha ido jamás, precisamente por eso: porque no creo que quitarle importancia a algo haga que éste, automáticamente, deje de tenerla. Los problemas no se resuelven así. Los problemas, en primer lugar, hay que detectarlos, reconocerlos, asumirlos... y luego, buscar el modo de combatirlos.

Eso, si queremos combatirlos de verdad. Ya he mencionado más de una vez aquella política del "Aversi" ("A ver si me pongo, a ver si lo hago") que tanto se estilaba en mi época universitaria. Nos iban a cerrar la carrera y lo mínimo era hacer algo. No es que fuésemos a salvar el mundo ni mucho menos, ya que estábamos luchando contra gigantes... pero por lo menos, intentarlo. No hundirnos en la apatía. Esto lo he comentado en posts previos, así que no me extenderé; solo diré que la mayor parte de la gente ignoró el problema hasta que fue demasiado tarde y se dio una última reunión informativa donde se contaba lo que, de modo casi inevitable, iba a pasar.
Miré a mi alrededor y, ¿sabéis lo que vi?
Caritas compungidas. Suspiros. Casi me faltó ver puñetazos de indignación sobre la mesa.
Lágrimas de cocodrilo, tíos.

Descripción gráfica.


Mi abuela, que en paz descanse, siempre me pareció una persona de las más sabias que he conocido. No porque fuera más inteligente que los demás ni porque se hubiera criado en el Tibet rodeada de lamas. Mi abuela era de la clase de gente que veía en el interior de los demás y no se asustaba de lo que veía. No lo negaba ni ponía buena cara. Sabía que la gente, en general, es gilipollas y lo tenía asumido.
Igual en ese aspecto he salido a ella, no sé.
El caso es que mi abuela, el bastión de la sensatez en mi familia, solía decir que las cosas o se hacían a tiempo o luego tocaba callarse como putas. Porque quejarse tarde y a destiempo, decía, es de idiotas.

Y no deja de tener gracia; por un lado estoy viendo gente que no hace más que condenar hasta la última de las miserias de este mundo, sin hacer mucho más allá de eso. Ya no hablamos de una denuncia, sino del lloriqueo barato, el Hipogrifo Maldito, que se lamenta de la suerte del mundo y se queja del Destino impuesto por los Hados.
La otra, algo menos poser en cuanto a dramatismo, es el caso contrario. Nuevamente, el ejemplo de bipolaridad de este mundo. Aquí resulta que los males no siempre se niegan (aunque sí muchas), pero cuando se reconocen... bah, eso no es nada. Eso se arregla solito. Solo tenemos que ser optimistas y esperar un mundo mejor. El bien triunfará, el mal será sometido y todos nos pondremos a cantar hossanas en el patio al sol, mientras los pajaritos cantan y las abejas van por ahí chupeteando floripondios. Y es curioso ese momento en que, cuando dices "Joer, esto al menos apóyamelo con algo, que a mi la fe ciega como que no me mola" se lanza el argumento de marras:

- Tú es que eres un pesimista.

O bien, lo de "Tú es que tienes envidia de mi fantástica visión del mundo".
Nuevamente, volvemos a ese concepto religioso, de pensamiento mágico: el nosotros y lo que pensamos, nuestro punto de vista que da forma y sentido al mundo, frente al Mal. Lo que nos contradice, lo que no casa con nuestros ideales.
Conflicto, que suele ser lo normal.
¿Es normal, entonces, que ante ese conflicto nuestra actitud sea la de taparnos los oídos y negar que esa gente existe? ¿Es mentalmente sano decir que nuestra experiencia de la vida es perfecta y maravillosa simplemente porque nos hemos negado a reconocer que lo que no lo es existe? ¿Nuestra vida social es una balsa de aceite porque nos hemos negado a escuchar a todos aquellos que no comulgan con nuestro pensamiento? ¿Somos acaso más plenos en nuestra existencia cuando expulsamos de nuestras vidas a aquellos que no comparten nuestra visión del mundo? ¿O igual esgrimimos ese argumento como arma porque no tenemos nada mejor que decir? ¿Somos acaso tan limitados a la hora de defender nuestras ideas que, en el momento en que las cosas se quieren poner medio complicadas, arremetemos contra aquellos que no comulgan con nuestro credo y limitamos lo que digan a "Me tienen envidia"?
¿De verdad somos así de simples?

"Yo molo. Si no estás de acuerdo, eres malo y me envidias".


Orwell contra Huxley. Ambas historias son distopías, amigos. Y porque en el segundo caso se use la palabra "Feliz" en el título, no nos engañemos. La felicidad no consiste en negar lo malo. No consiste en reducirlo todo a nuestra visión happy-guai de las cosas. Que nos vaya bien a nosotros no quiere decir que a todo el mundo le tenga por qué ir igual (so pena de decir que no lo han hecho bien, que también lo he visto alguna vez). Que otros no vean nada magnífico en nosotros y que nos vean como a seres humanos, desprovistos de cualquier halo de divinidad no quiere decir que nos envidien, ni que nos odien. Es posible que nos vean de un modo mucho más objetivo que esos otros de los que decidimos rodearnos. Sí, de esos que se pasan el día diciendo que somos gente maravillosa. Gente especial. Gente que ha dado sentido a sus vidas.
Es duro reconocer que, en el fondo, no somos Mesías. No llevamos ninguna buena nueva. Nuestra filosofía de vida, con toda seguridad, no es mejor que la de los demás. Puede que ni siquiera sea muy diferente. No hemos inventado nada revolucionario, ya que está todo inventado. No somos los guías de nadie, ni sus maestros. Somos gente tan falible y fallida como el fulano que se sienta a nuestro lado en el autobús. Puede que menos incluso, si pensamos que a lo mejor esa persona nos puede dar lecciones sobre algo que hemos ignorado hasta la fecha.
Pero esa es la clase de cosas que muchos ignoran, ya que están obsesionados con su único punto de vista de las cosas, desde el cual se permiten el lujo de juzgar desde la ignorancia. De sentar cátedra sobre un maravilloso mundo que nos rodea a todos, donde el sol brilla, los pajaritos cantan y las nubes se levantan. De creerse todos esos halagos que los elevan a un altar. Tanto, que ni siquiera se plantean que más allá de las fronteras de su visión, hay todo un Universo. No mejor ni peor, sencillamente diferente. Puede que más completo. Más abierto y más extenso.
Y que ellos no han visto ni la décima parte.

4 comentarios:

Gissel Escudero dijo...

Uf. De pronto recordé una discusión con alguien en Facebook, con un argentino que insistía en decir a toda costa que mi ciudad (Montevideo) es hermosa, pasando por alto completamente el estado ruinoso y sucio en el que ha ido cayendo a lo largo de los años por culpa de la mala administración. Le dije que en realidad no nos hace un favor. Lo que nos sirve es que los turistas DIGAN LA VERDAD sobre Montevideo, por si existe la posibilidad de que los gobernantes empiecen a prestar atención a los desperfectos para no dar una mala impresión a los turistas (y su dinero). Vamos, que no se puede solucionar un problema si primero no se reconoce, ¿verdad? No es negatividad, es tener los pies sobre la tierra y no negar los problemas. En cuanto a la envidia... si me habré topado con eso también. Tienes razón ahí: muchas personas que se creen que las envidian en realidad lo que tienen es un ego hiperinflado. La atención no es envidia, es que te están diciendo que eres genuinamente imbécil, entérate :-D

Rumbo a la Distopía dijo...

Jjajajajaajajaj pues sí! Yo creo que lo de "quedarse solo con lo bueno", como eufemismo de "ignoremos lo malo, que no me interesa" es la actitud infantil del que solo ve lo que quiere ver. Luego, cuando ve que alguien no solo se fija en lo bueno, sino también en lo malo el único argumento es el de "Tú es que eres un pesimista".

weiss dijo...

Mi naturaleza displicente me hace coincidir con tu parecer, Maese Durán. Chachiguaísmo, mucho chachiguaísmo percibo en todos los ámbitos en los que me desenvuelvo: la escritura, la micropolítica, la sociedad. Soy un juntaletras doliente por el pésimo gusto y la nula destreza de legiones y legiones de colegas de afición cuyos egos inflados a base de recibir lametones de pene les ciega la visión de su incorregible y avergonzante falta de talento. Soy habitante de una de las ciudades más bellas, cultural e históricamente influyentes de Occidente, pero a la vez una de las que registra más mierda de perro por metro cuadrado. Soy un tipo que tuvo hace años la ocurrencia de montar una pequeña empresa con la ingenua convicción de que ofrecer algo bueno, bonito y barato era todo cuanto se necesitaba para triunfar en los negocios. No contaba yo con el poder de un carnet del Partido X ni con la inclinación al whisky bueno y las putas finas de concejales, funcionarios y empresarios del gremio, que dejan lo bueno, bonito y barato en algo anecdótico y perfectamente olvidable. Porque más o menos todo me ha ido de culo en la última década, debo de ser un puto envidioso. Será eso.

Rumbo a la Distopía dijo...

Es un poco eso, entre otras muchas cosas, sí. Ver y reconocer que las cosas no son justas y encima que te llamen envidioso :D