Quizás muchos de vosotros no lo sepáis, pero yo me crié en un colegio religioso.
En contra de la creencia popular (generalmente, enarbolada y defendida por gente que ni ha visto un centro así por dentro, pero que se siente con el conocimiento omnisciente necesario para putear y poner a caldo), no viví en un antro de represión. No abusaban de nosotros. No nos daban palizas aleatorias ni nos golpeaban con reglas en los nudillos. Tampoco, como muchos gritan y berrean, tuvimos la sensación de que nos lavasen el cerebro. Sí, se tenía por costumbre rezar el Padrenuestro todas las mañanas... pero joder, seamos coherentes: si uno se mete en un bar de pescaíto frito, no pide un Big Mac. Si se mete uno a estudiar en un colegio religioso (por lo general, eso se hace por voluntad propia), esperarse cualquier otra cosa resulta a todas luces una ridiculez. Es algo tan absurdo como estudiar literatura inglesa y protestar porque te hablen de Shakespeare o meterse en un conservatorio y escuchar una pieza de Mozart.
Otra cosa es que uno se piense que rezar por las mañanas es que te laven el cerebro (por esa regla de tres, sabernos canciones de los Metallica es lavado de cerebro masivo, no hay más que ir a un concierto); por lo que a mí respecta, he tomado las creencias que he considerado oportunas, porque no todo lo que postula la religión católica es malo; menor es esa impresión cuando ves que la gente que se dedica a impartirla no muestra el fanatismo que muchos guerrilleros (siempre desde la ignorancia, porque no quieren tener un cura a menos de dos kilómetros de distancia, pero para ponerlos a caer de un burro sin conocimiento de causa, sin problemas) nos quieren hacer creer que tienen. En esto hay como todo, hay gente más beligerante, gente de mente más abierta, y luego los radicales. Mis profesores (los que eran sacerdotes, que no eran todos) podían encajar más bien en el segundo grupo. Creo que mis comentarios hacia la Iglesia en concreto(como institución, más que a la religión católica en sí) y mi tendencia a soplar hostias a todo bicho viviente sea del "bando" que sea demuestran lo "lavado" que está mi cerebro.
Por otra parte, habéis visto alguna vez críticas bastante duras hacia el sistema educativo y hacia cómo funcionaban las cosas en mi colegio. Antes de que empecéis a buscar tres pies al gato y decir que me contradigo, os aclaro que esas críticas que he vertido muchas veces en este blog las he vertido no sólo contra la educación religiosa, sino contra el sistema educativo en general (aunque muchos no os lo creáis, los centros religiosos son subvencionados y funcionan como una empresa privada, pero el temario se tiene que ceñir obligatoriamente al sistema educativo regente. Tal es el punto que los libros de unos centros y otros a veces incluso coinciden: ambos son igual de cutres). Insisto, esto es como todo: hay profesores buenos, profesores normalitos y gente que no se merece la plaza. Y esto sucede en ambos sitios.
Ahora imagino que os estaréis preguntando a qué viene esta especie de flashback que os estoy largando. Antes de que lancéis vuestros gruñidos, os diré que esto no es algo tan gratuito como puede parecer en un primer momento. Os lo cuento para ilustrar la terrible ironía en la que se ha convertido nuestra sociedad.
Echad un vistazo a vuestras redes sociales favoritas. Mirad foros o cualquier sitio donde podáis tener un amplio espectro de lo que es la opinión de mucha gente a la vez.
Escuchad a la gente, así en general.
He ahí el chiste: tanto, tantísimo tiempo que nos hemos pegado escuchando lo supuestamente intolerante que es la Iglesia Católica (que, en muchos aspectos, lo es; especialmente sus escalafones más altos), resulta que nosotros no tenemos cojones de escuchar opiniones contrarias a la nuestra. Y si lo hacemos, la tendencia es a demonizar, a lapidar, a ladrar como una panda de putos chacales. Sin argumentos, sin razonar con nadie.
"¡Tú te callas, hijoputaaaaa!"
Igual exagero.
Pero pensad en esa gente que, por el motivo que sea, tienen una mentalidad de derechas. Si partimos de los patrones sociales que nosotros mismos, a golpe de gruñido y dentellada, estamos creando, esa persona automáticamente ya no puede ser vista como una buena persona: esa persona ya es un "Pepero", un fascista y un hijo de puta.
Si, por el contrario, nos ponemos a hablar de alguien que sea aficionado al fútbol, por definición es ya un ignorante, un descerebrado y un gilipollas, al que se la suda todo lo que nos pase como nación.
Si esa persona es monárquica, resulta que ahora es un payaso que se la menea pensando en otro payaso al que deberían ahorcar por profascista y por ser la causa y razón de todos los males que asolan a nuestro país, desde el paro hasta el aumento de la prima de riesgo, pasando por el fracaso escolar y la alarmante tasa de disfunción eréctil entre los varones mayores de cincuenta años.
Si es funcionario es un hijo de la gran puta que vive pegándose la gran vida y tocándose los cojones a costa de un sufrido pueblo llano, que ve cada día sus derechos recortados. Y claro, la culpa es del oficinista. Qué malo, que malísimo que es.
Si es creyente (no necesariamente en el Dios católico, sino una persona que enarbola cualquier tipo de creencia personal), es un pobre infeliz, un gilipollas patético que lo que tiene que hacer es creerse todos los dogmas de la ciencia, que tiene la Verdad absoluta e indiscutible ante cualquier puta cosa de este mundo. Porque pensar que hay cosas que la ciencia, bien no puede explicar o que las diversas teorías acerca de todo pueden equivocarse o reescribirse es de imbéciles (pese a que ciencias como la física cuántica se estén reescribiendo y redefiniendo cada diez o quince años)
Si es creyente (no necesariamente en el Dios católico, sino una persona que enarbola cualquier tipo de creencia personal), es un pobre infeliz, un gilipollas patético que lo que tiene que hacer es creerse todos los dogmas de la ciencia, que tiene la Verdad absoluta e indiscutible ante cualquier puta cosa de este mundo. Porque pensar que hay cosas que la ciencia, bien no puede explicar o que las diversas teorías acerca de todo pueden equivocarse o reescribirse es de imbéciles (pese a que ciencias como la física cuántica se estén reescribiendo y redefiniendo cada diez o quince años)
Si es un policía, no es más que un Neanderthal ignorante que ni siquiera sabe leer, y que disfruta partiéndole la boca a la gente por puro sadismo.
Ya he visto muchos comentarios de gente hablando de la Policía, en general, como "unos hijos de puta que tendrían que irse ya todos a tomar por culo de una vez". Luego, si resulta que un chorizo te pega un susto nos quejamos de que la Policía nunca está cuando se la necesita.
A ver si nos aclaramos: ¿Hacen falta o no? ¿O es que son unos hijos de puta intermitentes?
Puedo seguir, si queréis, pero me parece que la mayoría de los que habéis leído esta lista habéis sido testigo de esta generalización de según qué colectivos, basados en un talibanismo ideológico que, a cada día que pasa, se vuelve más radical y agresivo.
Y eso, amigos, nos parece normal.
Como esos ideales que aseguran defender (libertad, igualdad y demás gilipolleces utópicas) molan que te cagas, no pasa nada si ellos pierden el respeto a la gente con cuyo credo no comulgan.
Sin embargo, ponen el grito en el cielo, se rasgan las vestiduras y muestran los colmillos en el momento en que alguien quiere dar a entender algo que ellos consideran que está faltando al respeto a sus sacrosantos ideales.
La ley del puto embudo, aplicada por aquellos que dicen tener la mente abierta.
Liberales que solo son liberales con la gente que comulga con ellos, pero que pueden ser tan radicales e intolerantes como aquellos mismos a los que atacan.
Tíos con una actitud tan respetable y tan intachable que no se cortan un pelo en desinformar al público con intención de cabrearle aún más, como el caso de una imagen que me llegó el otro día acerca de impugnar un gobierno legítimo y elegido de modo democrático porque según la LOREG (Ley Orgánica de Régimen Electoral General), en su artículo 113, "se pueden impugnar unas elecciones si el partido elegido no cumple con el programa electoral. Pues bien, ese artículo es totalmente FALSO. Lo que dice el artículo 113 de la ley es que se puede impugnar una urna en una administración local (o sea, un ayuntamiento) si se detectan irregularidades en la elección. Nada que ver con destituir a nadie ni hostias en vinagre. La mentira, sin embargo, ya estuvo rondando por ahí durante varios días.
Y la soltó gente que iba de liberal por la vida, porque querían acabar con "esos fascistas que tenemos en el poder". Con dos cojones.
Tíos con una actitud tan respetable y tan intachable que no se cortan un pelo en desinformar al público con intención de cabrearle aún más, como el caso de una imagen que me llegó el otro día acerca de impugnar un gobierno legítimo y elegido de modo democrático porque según la LOREG (Ley Orgánica de Régimen Electoral General), en su artículo 113, "se pueden impugnar unas elecciones si el partido elegido no cumple con el programa electoral. Pues bien, ese artículo es totalmente FALSO. Lo que dice el artículo 113 de la ley es que se puede impugnar una urna en una administración local (o sea, un ayuntamiento) si se detectan irregularidades en la elección. Nada que ver con destituir a nadie ni hostias en vinagre. La mentira, sin embargo, ya estuvo rondando por ahí durante varios días.
Y la soltó gente que iba de liberal por la vida, porque querían acabar con "esos fascistas que tenemos en el poder". Con dos cojones.
Lobos con piel de cordero.
Pues qué queréis que os diga: yo ya estoy muy cansado de esa especie de "halo de invulnerabilidad moral" que estos guerrerillos parecen tener por encima de los demás. Estoy muy cansado de los constantes juicios de valor sobre personas por parte de estos seres, que luego tienen los cojones de hablarme a mí de intolerancia, cuando ellos son los primeros que miden a los demás en función de a quién votan en las urnas. Estoy más que harto de esos seres, que se suben al púlpito y empiezan a despotricar a todo bicho viviente que no comulga al cien por cien con lo que ellos dicen, bajo amenaza de injurias tales como "fascista", "borrego" y demás términos tan chuliguais.
Traduzco: "Liberales tolerantes. Tolerantes, mientras estés TOTALMENTE de acuerdo con ellos".
Nada que añadir al respecto.
Hablemos de fascismo, para ir dejando claritas algunas cosas.
Esto es algo que realmente hace que me tenga que reír. Os explico: yo nací a finales de la Transición española. Me crié viendo los últimos programas de Los Payasos de la Tele, series como Ulises 31 o siguiendo las aventuras de Espinete. Paquito había muerto varios años antes, de modo que nunca tuve ni puta idea de lo que era una dictadura de verdad, de las de toque de queda y tiros en la nuca. Cuando el golpe de estado de Tejero yo andaba en pañales y mis preocupaciones más graves eran que los dientes no me rajasen demasiado las encías y que el biberón llegase a su hora.
Imaginad qué risas me echo cuando, hará algunos años, me encuentro a unos alumnos que conocí en mi período de prácticas en una tienda de cómics y uno me dice lo siguiente:
- En serio, jamás me habría imaginado encontrar aquí a un profesor.
- ¿Por qué?- pregunto yo, extrañado. Como ser humano que soy, no me parece tan raro emplear mi tiempo libre en una tienda de cómics. Mucha gente lo hace a diario, me digo.
- Hombre, yo pensaba que los profesores solían ser más fachas.
Dicho de otro modo, tenemos que asumir que un profesor, por ser profesor, niega cualquier criterio personal y se reviste de profascista y, al hacerlo, ya no puede gustarle pillarse un Spiderman de vez en cuando. Más curioso aún es que eso te lo cuente alguien nacido cuando los Nirvana forraban las carpetas de las chavalas en los institutos y muy poco antes de que las Spice Girls reventasen las listas de éxitos.
Y sin embargo, es así. Esto, por lo que he podido comprobar a lo largo de unos pocos de años arrastrándome por este mundo de coña marinera, sucede con más frecuencia de la que nos creemos: partiendo de nuestro propio concepto del mundo, conformamos nuestros ideales, lo cual está muy bien; lo malo es lo que viene luego, que consiste en usar esos ideales como armadura moral para medir y evaluar el mundo, sin opción a comparar y contrastar. Partiendo de esa base ideológica, muchos nos creemos en posesión del pensamiento "correcto", por encima del de los demás. Y al ser "correcto", ya podemos ejercer la política de la lapidación y el escupitajo.
Somos unos fanáticos y no es que no nos demos cuenta: es que nos da exactamente igual.
¿Que nos van mal las cosas? De puta madre, ya tenemos una excusa más para cagarnos en la puta madre de alguien, da igual quien sea. No importa por qué.
El otro día hablaba yo con una lectora ocasional de este blog, que me pasó el enlace a un blog sobre el caso de una blogger que sufrió el acoso constante de los trolls de Internet. En ese blog se comentaba el tema de la conciencia de género y sobre el ataque que esa mujer sufrió por ser mujer. Se expuso el caso de Sara Carbonero, que fue crucificada públicamente durante la última Eurocopa por ser la novia del portero de la selección y por ser guapa. Ante esto digo que todavía no hemos superado el objetivo de la igualdad de género y que a la persona que escribió ese artículo no le faltaba razón.
Y sin embargo, puedo decir que es algo con lo que concuerdo a medias: el acoso social, amparado por ese sobrevalorado derecho a la libertad de expresión (pocos conocen las limitaciones que estipula el artículo 20 de nuestra Constitución), no se rige necesariamente... o no exclusivamente, al menos, por cuestiones de género.
No, porque no hace falta.
El acoso mediático y social, hoy en día, está enraizándose en cuestiones antropológicas mucho más básicas. Hoy en día es la imperancia del número, de la masa sobre el individuo sobre el disidente. El número hace la fuerza, y hoy en día esos que se sienten fuertes integrados en una masa se convierten en tiranos que ponen el pie en la nuca sobre los débiles.
Lo más cínico se produce cuando esos grupos, tan beligerantes como aquellos a los que atacan, dicen ser gente tolerante, dispuesta al diálogo y a luchar contra la represión.
Qué terrible ironía cuando vemos que ellos mismos, con su actitud de "nosotros contra ellos", son tan represivos como aquellos a los que lapidan día sí y día también.
Tanto poner a estos a caldo... y cada día me doy más cuenta de que la sociedad en la que vivo no es tan diferente.
Más hipócrita, si acaso, pero ya está.
Más alucinante aún es cuando comprobamos que toda esta represión, todo este despliegue de alaridos y gruñidos, se hace desde la más total y absoluta de las ignorancias.
Os pongo otro flashback como ejemplo.
Cuando iba al instituto, coincidí con algunos miembros de las Juventudes Comunistas de Andalucía que, por algún curioso motivo, se las habían apañado para ocuparse de las actividades culturales del centro. ¿Qué sucedía entonces? Que, en ese despliegue de tolerancia y de apertura de mentes, el cine-forum que se abría una tarde a la semana estaba ocupado en temas políticos, especialmente dedicados a la defensa de Cuba y de su régimen.
Ellos lo llamaban concienciación.
Yo lo llamaba propaganda.
En cualquier caso, uno de los mejores amigos que tuve por aquella época resultaba ser comunista, aunque no estaba afiliado a ningún partido por aquel entonces, que yo sepa. Solía decir que él era comunista y creía en el comunismo porque ese sistema político era con el que más se sentía representado como persona, pero reconocía que en la actualidad era algo inviable. Supongo que yo entendía bien a lo que se refería: al fin y al cabo, yo era un rockero que se movía en un mundo que no pasaba de escuchar a The Prodigy y Camela.
Estaban también los grunges, pero con esos nunca llegué a entenderme, tampoco.
Un buen día estábamos hablando este chaval y yo acerca del tema de Cuba y él me dijo algo bastante curioso. Algo que no tenía nada que ver con lo que predicaban día sí y día también los de las JCA: "Yo no puedo apoyar a Castro ni el sistema que tiene en Cuba porque es un dictador. Y por muy comunista que diga que sea, jamás puedo estar de acuerdo con eso".
Podía estar más o menos equivocado al respecto (a mí la verdad es que ese planteamiento me convenció, pero yo tampoco sabía demasiado de la historia), pero lo interesante no es eso. Lo interesante fue cuando esas declaraciones llegaron a los de las Juventudes, con los que se suponía que compartían ideología.
- Ese tío es un imbécil- dijo uno de ellos de él, a sus espaldas y delante de mis narices. El melenas de al lado, su Robin personal, hizo una especie de gracieta para rubricar el hecho. No recuerdo qué clase de argumento me soltó para respaldar un insulto soltado con tanto desprecio. He de decir que me importó tres cojones, porque la persona a quién estaba puteando era un amigo mío y, a diferencia de él, era alguien con quien se podía hablar sin tener que sentirte presionado para que le dieras la razón.
Pues bien, estos tíos de mente tan abierta (no olvidemos el hecho de que era un comunista el que estaba insultando a otro, pero que no compartía al cien por cien su ideología) eran de los que llamaban "facha" a la gente que se iba a la discoteca en el viaje de fin de estudios. De los que miraban por encima del hombro a aquellos que no se sabían las anécdotas de Marx con su criada.
Es la actitud del converso, del paleto que se cree que ha descubierto el mundo porque ha leído un libro que no se ha leído nadie.
"¡Me he leído un libro que me ha abierto los ojos! ¡He descubierto que gracias a sus enseñanzas todos los demás sois gilipollas!"
"Emmm genial, ¿y qué libro es ese?"
"El Mein Kampf"
"Ajam, estupendo".
Volvamos a hoy en día, cuando tenemos genios que asumen desde la total ignorancia que todo lo que venga de la derecha es fascismo y, por tanto, las fuerzas del mal, pero que luego no se han enterado de que tanto el fascismo italiano como el nazismo alemán ("nazi", otra palabra usada para designar a la gente de derechas de nuestro país) surgieron como movimientos de izquierdas (España es quizás la excepción a este respecto, ya que el golpe de estado producido durante el levantamiento originó un gobierno autoritario de índole ultraconservadora y arraigada en las tradiciones nacionales más austeras). De que ese comunismo, socialismo o republicanismo que tanto proclaman no es una utopía: muchos de los países de este mundo que cuentan con sistemas totalitarios, precisamente son republicas socialistas. El caso más claro, Corea del Norte.
Algunos, en ese despliegue de genialidad, confunden churras con merinas y se creen que una república es un sistema de izquierdas que roza la utopía. Vayamos a Estados Unidos y nos daremos cuenta de la pedazo de falacia que ello supone. Joder, hasta en nuestras dos anteriores repúblicas hubo partidos de derechas. ¿O es que el plan de estos iluminados es que la derecha desaparezca y el sistema político se convierta en un sistema izquierdista sin posibilidad de un punto de vista alternativo? ¿Es esa la apertura de mente de la que se presume? ¿Es que se es abierto de mente cuando se desea que los disidentes desaparezcan?
No, aquí lo que se lleva es el apedreo: en vez de pensar que da igual el sistema político que tengamos (monarquía, república, democracia) para que el país vaya bien o mal (hay repúblicas que funcionan, monarquías que fracasan, al tiempo que monarquías que funcionan y repúblicas que fracasan), dependiendo quizás más de la actitud del pueblo, ¿qué hacemos?
Lo que hacemos siempre: echamos balones fuera. Montamos castillos en el aire.
Buscamos a alguien a quien apedrear para expulsar nuestra rabia, porque no nos confundamos: entre toda la gente que cree en un sistema republicano, hay mucho tonto del culo que lo único en lo que creen es en odiar a la monarquía. Que eso es suficiente para ser republicano. Justificar una creencia en base al odio hacia otra, y si se insulta, se ridiculiza y se falta al respeto, mejor. Pero ojo. A nosotros que no nos toque nadie.
Cuando no ha sido un rey, la hemos emprendido contra un presidente que no llevaba ni veinticuatro horas elegido (ahora sí hay más motivos para ponerlo a caer de un burro, pero se le lleva puteando desde entonces); cuando no, contra una ley electoral que bien puede estar mal, pero que lo único que hace es joder al partido minoritario. Si la gente ha votado masivamente a los mayoritarios, eso no lo ve nadie.
Puteamos a un partido al que, casualmente, no ha votado nadie.
El concepto de la Caza de Brujas, en cierto sentido, consiste en crear un único rasero por el que medir a la sociedad. Si estás en ese rasero (establecido por un patrón social más o menos unificado), no tienes nada que temer; si tu actitud o tus costumbres se salen de ese rasero, te cazarán. Te echarán a los perros. Te subirán a la picota o te lanzarán a la hoguera.
Esto no tiene por qué ser por cuestiones religiosas.
Fijaos bien y os daréis cuenta de que lo estamos haciendo día a día y sin que haga falta un motivo concreto.
Solo necesitamos alguien a quien culpar por nuestras frustraciones.
Nuestro modo de actuación consiste en putear a Mariano, decir que él y su séquito son unos hijos de puta, que violan a sus propias madres todas las noches y que sacrifican bebés a Satán todas las mañanas. Nadie habla de los hijos de puta (aun mayores) que están por encima de ellos y entre ellos. Esos cabronazos de Lexman & Brothers (o como coño se escriba), de Goldman & Sachs y otras agencias de aspirantes a supervillanos a los que sólo les faltan los putos rayos láser para terminar de jodernos.
A esos ni los conocemos ni nos importa. Lo que mola es tener una cabeza visible a la que putear. De ahí que durante mucho tiempo hayamos vilipendiado, repudiado y sodomizado verbalmente a los funcionarios por tener un puesto fijo en la administración. Gente que, en un enorme número, no pasa de los mil pavos al mes y que llevan con el sueldo congelado desde hace ya casi veinte años, han recibido ladrillazos y escupitajos de medio país, mientras un paleta cobrando en negro no sale de su casa por un trabajo inferior a los seis mil euros.
Y eso nos ha parecido bien.
A razón de cada més, como plazo medio, este país de perdedores y de hienas rabiosas se ha buscado a alguien a quien putear, haya motivo o no.
Vuelvo al caso de Sara Carbonero, que se convirtió en el blanco de las crueles bromas de un puñado de subnormales que, amparados en su anonimato y en su "derecho a la libertad de expresión", se lo pasaron de lo lindo humillándola y privándola de su dignidad. Mucho hablar del artículo 20 (el de la libertad de expresión), pero cómo nos pasamos por el culo el 15, que habla de que (y cito literalmente) "Todos tenemos derecho a la vida y a la integridad física y moral, sin que en ningún caso, puedan ser sometidos a tortura ni tratos inhumanos o degradantes" (omito el apartado referente a la pena de muerte por no estar directamente relacionado con esto).
Creo que reírse de una persona en comanda, sin ningún motivo en concreto más allá que el de divertirse a costa de alguien que ni siquiera participa de la broma es un trato lo bastante degradante.
¿Qué pasa, entonces?
Que si un buen día la señorita Carbonero decide emprender acciones legales contra ese despliegue de mala leche e hijoputismo, saldrá algún "tolerante" hablando de la libertad de expresión y el derecho a decir lo que se piensa libremente. Y si esas acciones legales salen adelante, incluso se hablaría de fascismo, censura e intolerancia.
Pero nadie hablaría de que se ha dejado la dignidad de una persona por los suelos.
Nadie se plantearía siquiera que esa humillación atenta contra el honor de las personas, y que incluso se puede llegar a tipificar penalmente como injurias.
Nunca.
Es más fácil pensar en fascistas.
Aquí un ejemplo del divertidísimo sentido del humor del españolito medio que siente que todo el puto Universo está en deuda con él, hasta el punto de coger y despreciar a alguien por motivos tales como salir en la tele, estar buena o salir con un futbolista.
Eso ya es suficiente para decir que esa persona es gilipollas y que lo único en lo que piensa, por encima de su trabajo, es en que su hombre le folle.
Perdonad si tengo faltas de ortografía a partir de ahora.
La risa me está matando.
Pensad si queréis en Lucía Etxeberría, crucificada públicamente por exponer su punto de vista (o tal vez una técnica de marketing viral) y de la cual en su momento hablé largo y tendido. Pensad ya no en las críticas vertidas hacia su obra (que puede gustar más o menos), sino hacia ella como persona. En los comentarios que otros escritores, que van por ahí de "gente tolerante y de mente abierta", lanzaron hacia una compañera de profesión.
Con todo esto, resulta curioso que me venga nadie hablando de ideales y de gente que se une para conseguir cosas como el que habla de la Quinta Maravilla. Como si tener ideales o pensar en una revolución fuese algo inherentemente bueno, inmaculado y sin tacha.
La ilusión de pensar que cualquier cambio impuesto por cojones tiene que ser automáticamente mejor a lo que ya tenemos.
Pero no.
Los ideales son como los curas o los profesores de los que hablaba al principio: los hay buenos y nobles y luego están las ideas que van disfrazadas, pero que en el fondo no dejan de ser más que ideas podridas y cargadas de odio. Pensad en todas esas ideas de revolución y de acabar con este sistema y pensad cuántas de ellas no están basadas en la ira y el odio ante aquella institución que no nos convence. Pensad en cuánta gente no ha pensado en seguir el ejemplo de la Revolución Francesa... ¿Para qué? ¿Para instalar un Robespierre en nuestro gobierno? ¿Un Napoleón, acaso? ¿Fueron cambios mejores?
Pensad que una cosa es lo que penséis y otra muy diferente lo que consigáis.
"Es que mis ideales son nobles" jamás puede ser un fin que justifique medios. Esa frase es la que han usado dictadores, emperadores, terroristas y asesinos de masas a lo largo de toda nuestra historia, para luego justificarse tras haber visto sus manos manchadas de sangre.
"¡Ha sido horrible! ¡Estan todos muertos!"
"No te quejes, los asesinos tenían ideales nobles. Gracias a eso, los muertos parecen menos muertos, ¿que no?"
Que la gente se una con un único propósito es algo que puede molar, así visto, porque suena la hostia de democrático... pero las grandes masas también cometen grandes errores. Y porque muchos sigan a un líder/ideal no quiere decir que sean más sabios o que tengan razón. Simplemente son más los que se han dejado convencer. Motivo de sobra para que yo, desde mi punto de vista personal, desconfíe.
¿Por qué? Llamadme cabezota, pero siempre me ha tocado mucho los cojones tener que aceptar según qué concepción por presión social. Yo no siento esa necesidad de sentirme integrado con tal o cual colectivo. No me siento mejor formando parte de algo (a veces lo hago, a veces no, pero no es un imperativo moral para mí), y desde luego, tengo más que claro que no voy a salvar el mundo. Ni yo ni mis cuatro amiguitos, que nos unimos para luchar contra el mal. Eso mola que te cagas para los cómics, pero todavía los distingo de la vida real.
Llamadme escéptico.
Llamadme desencantado, si queréis.
Pero ni se os ocurra llamarme intolerante por tener mis ideas muy claras y no dejarme convencer por los argumentos de moda, sin más; yo no os digo a vosotros lo que tenéis que pensar. No os obligo a molar más por aceptar sumisamente lo que yo os diga. Este blog no es ningún colectivo ante al que agachar la cabeza y, de hablarse aquí de una revolución, es una revolución que debería hacerse dentro de cada persona. De cambiar esa actitud de talibanismo, de ser unos lanzapiedras y empezar a ver las cosas de un modo algo más racional que como lo estamos haciendo.
Sin embargo, pese a mi bonito ideal, me siento como mi amigo comunista del instituto: sé que eso no es más que una utopía inviable y que no va a pasar, porque el ser humano se siente mucho más cómodo teniendo alguien ante al que arrodillarse y alguien a quien apedrear. A menudo ambos roles coinciden.
Por tanto, como sé lo que hay, simplemente me limito a decir lo que pienso, pasándome por el culo molar menos que otros. No aceptar como un buen chaval los imperativos sociales (tácitos e implícitos, pero no por ello menos reales) que esperan que sea de tal tendencia política o religiosa. Que piense de determinada manera ante determinados aspectos. Incluso que actúe de un modo cool, de cara a la opinión pública.
Ante toda esta presión social, ante esta constante necesidad de según qué personas a justificarse todo el rato por sus creencias o convicciones, simplemente me paro a pensar en que precisamente esos que lanzan las piedras, esos que escupen al Mal a la cara, son los que se ponen la chapita de "Tolerante" en la gorra.
Que Dios nos libre de ellos.









4 comentarios:
Pues como siempre, estoy en casi todo lo que diices de acuerdo. Por cierto, ¿qué pasó con Carbonero? O.o
A Sara Carbonero durante los últimos mundiales la pusieron a parir en Twitter, con tweets supuestamente jocosos (para mí la gracia la tenían en los cojones) donde la ridiculizaban y la ponían de tonta para arriba. Fue incluso trending topic. Eso sí, si alguien llega a cerrar el hashtag porque se estaban pasando cuatro pueblos con la integridad moral de esta persona (no entro a valorar si es buena o mala periodista, solo digo que nadie merece que lo humillen de esa manera) habría salido algún soplapollas diciendo que su derecho a la libertad de expresión estaba coartado...
Hombre, si atacarla a mala baba no está bien ni es respetable, pero hay que entender que al final son chistes y no pasan más allá de eso. Yo me he reído como una enana con la tontería y no tengo nada en contra de esa mujer, ni le tengo en cuenta las tonterías que se le colaron (peores se me han colado a mi). Pero es realmente absurdo pensar en impedir hacer esos comentarios, me parece más preocupante pensar en la censura (sí, censura) que pensar en los animales que decían las cosas en serio. Es un personaje público y tendrá que aguantarse (por mucho que suene trillado), igual que tú te tienes que aguantar si tu vecino se parte el ojete de ti con sus amigos en twitter.. Ella está más expuesta y es inevitable, tampoco puedes cerrarle el grifo a todos pagando unos por otros (los que lo hacen por chiste no tienen culpa de que haya animales que le tengan odio irracional) y el humor es muy sano.
A mi de todas formas no me pareció para tanto lo que yo vi.
No sé, Karela, eso que dices de que está expuesta es como decir que está justificado que se haga escarnio público de ella solo porque es una persona conocida. Si no lo fuera y se hiciera lo mismo en Twitter o donde sea... Nos parecería igual de justificado? O es que hay un doble rasero para gente conocida y gente que no lo es? Unos se lo merecen por ser conocidos y los demás no?
Por otra parte, lo que tú llamas censura yo lo veo usar el sentido común: se nos llena la boca con eso de la libertad de expresión, pero la mitad de las veces lo usamos para ofender al prójimo (lo cual, por cierto, está penado por ley, con delitos como la injuria y demás lindezas, que son delitos contra el honor de una persona y respaldados por nuestra Carta Magna al mismo nivel jurídico que la libertad de expresión, curiosamente) y, si resulta que nos damos cuenta de que nuestro derecho a putear al contrario acaba justo en el del contrario a decir "pues hasta aquí hemos llegado", resulta que es entonces cuando hablamos de represión y censura.
No sé, no dudo que fuese una broma. Lo que pasa es que las buenas bromas son aquellas de las que se puede reír todo el mundo, incluida la persona que es blanco de ella. De esto a burlarse de alguien en una clase porque es gordo o lleva gafas no veo mucha diferencia. Y nadie suele pensar que al gordo o al gafotas lo pongan a caldo a diario... Pero puede ser que mi sentido del humor esté muy limitado...
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