La muchedumbre se arremolinaba ante la capilla. Eran una masa gris, homogénea. Como la leyenda griega del gigante Argos, todas aquellas personas se asemejaban más a una única criatura con decenas de ojos abiertos de par en par. El debate urbano a pie de calle, contenido por la verja exterior y por la cinta blanca y azul de la Policía. Al igual que en las películas de terror, aquella singular especie de vampiros era contenida por un sello que delimitaba el suelo sagrado, que no podían pisar. Por aquí y por allá había agentes del Cuerpo y miembros de los diferentes equipos de investigación. No dejaban de moverse por todas partes. Se daban órdenes unos a otros, casi a gritos; se quejaban de que ciertas cosas no funcionasen como deberían. Estaban al borde de la histeria, correteando como una bandada de pollos sin cabeza. Una escena que podría haber resultado divertida, de no ser por la gravedad de lo que se estaba tratando en el interior del templo.
Por encima y por debajo del murmullo general, los aparatos de radio chasqueaban y silbaban; las voces al otro lado sonaban deformadas, distorsionadas. Lo poco que se podía reconocer de algunas de ellas empleaban una jerga ininteligible para el ciudadano de a pie. Lenguaje críptico salpicado de estática.
De cuando en cuando, alguno de los transeúntes desafiaba el sello de la cinta policial y, asomando la cabeza, preguntaba a los agentes sobre lo sucedido. La respuesta, por lo general, era vaga y escueta, ordenando a continuación que circularan, que no podían quedarse allí. Nadie sabía gran cosa y, lo poco que sabían, lo callaban.
César Domínguez llegó teniendo que abrirse paso entre el gentío casi a codazos, como si en vez de ir a trabajar estuviese intentando colarse en el backstage de una banda de rock. No le gustaban demasiado las muchedumbres, especialmente porque tendían siempre a entorpecerlo todo. ¿Por qué la raza humana se comportaba de un modo tan estúpido cada vez que pasaba algo? Cuando no era el típico imbécil que hacía veinte mil preguntas absurdas, estaba el otro que se creía más listo que un forense y, sin mirar siquiera al cuerpo, ya venía con toda una lista de sospechosos, generalmente gente que le caía mal. ¿Tan difícil era que le dejasen hacer su trabajo, por amor de Dios?
Cuando llegó al cordón, mostró la placa que le identificaba como Inspector de Policía y le permitieron pasar. Al agachar la cabeza para internarse en la iglesia, las voces de los curiosos todavía hormigueaban a sus espaldas.
El interior era el típico caos de costumbre: los especialistas habían tomado la zona literalmente, rastreando cualquier pista que pudiese ser de utilidad. Actuaban con tal minuciosidad que cualquiera que no estuviese familiarizado con su forma de trabajar se habría sentido como si pisase un campo de minas. Tocar algo, pisar donde no se debía, podría suponer no encontrar ese minúsculo detalle que podría ayudar a resolver el caso que se les presentaba.
- ¡Eh, Domínguez!- la voz era de su compañero, Antonio Lafuente-, Llevamos un rato esperando, ¿qué ha pasado?
- Un atasco de los gordos- respondió éste, con tono exasperado, mientras se pasaba la mano por las incipientes entradas de su pelo, cortado casi al cero-; el centro está imposible con la cantidad de obras... y encima toda esa gente ahí fuera, que no dejaba pasar. Que es Martes, por los clavos de Cristo, ¿es que nadie trabaja?
Como toda respuesta, su compañero se encogió de hombros con una expresión de patente estoicismo. El motivo era en parte porque tenía razón y en parte porque no le apetecía iniciar un debate que no llevaba a nada.
César Domínguez tenía treinta y ocho años y se había divorciado hacía seis meses. Ninguna historia especial. Nada revestido de esos tintes casi épicos que aparecen en las películas, ni mucho menos; sencillamente, las cosas habían dejado de funcionar bien con su mujer. Intentaron arreglarlo durante casi dos años, pero la cosa no mejoraba. Transcurrido ese tiempo, ambos descubrieron que habían estado engañándose a sí mismos. Que el tema, a pesar de haber puesto buena voluntad, seguía un curso muy definido. Llegados a cierto punto, intentar salvar un barco que llevaba bastante hundiéndose era absurdo. A ninguno le hizo gracia, evidentemente, pero llegaron a la conclusión de que lo mejor era tirar cada uno por su lado antes de hacerse daño mutuamente. Si se podía contar con algo positivo de todo aquello, era el hecho de que no habían llegado a tener hijos. No habría daños colaterales en la refriega.
Su compañero, como amigo que era también, conocía la historia de principio a fin. Era por eso por lo que se mostraba comprensivo en todo momento ante los pequeños bajones de ánimos que tenía Domínguez. Al fin y al cabo, era una cuestión de empatía: lo que le había pasado no era tan raro ni mucho menos. Podía pasarle a cualquiera, él incluido. Por eso, procuraba limitar la conversaciones de carácter personal al máximo mientras estaban trabajando. Antes no estaban mal pero, ahora, con el divorcio reciente, era inevitable tocar el tema y Domínguez perdía bastante el norte. Fue por eso por lo que, siguiendo esa especie de pacto tácito entre ellos, le llevó directamente al cadáver, sin más preámbulos.
- ¿Éste es el cura?
- Varón, treinta y cuatro años. El sacerdote a cargo de la capilla. Déjame comprobar el nombre- Lafuente revisó algunos papeles que tenía en la mano-... Ah, sí. Peñas, se llamaba.
El cuerpo del Padre Peñas yacía en el suelo, más parecido a un muñeco de trapo de los que los niños rellenaban en San Juan para quemarlos que a un ser humano. A juzgar por la posición antinatural de brazos y piernas, la muerte había sido violenta. Muy probablemente, había recibido una paliza impresionante antes de morir. Su piel, además, tenía un aspecto extraño: pálido, reseco y arrugado. Parecía más un papiro viejo que piel humana.
Domínguez recitó mentalmente las palabras que acababa de oír mientras observaba el cuerpo. Junto a ellos, se encontraba uno de los forenses, que seguía buscando algún otro indicio en él.
- Un momento- dijo, tras haber masticado la información- ¿Has dicho treinta y cuatro? Tiene que tratarse de un error. Mírale: el pelo está completamente blanco, y la piel está seca y acartonada. Al verle, diría que no baja de setenta y cinco u ochenta años, si no más.
- Eso no es lo que aparece en la documentación que hemos encontrado... ni en las fotos que hemos encontrado por aquí- Lafuente tendió a su compañero una foto en la que el sacerdote aparentaba más o menos la edad que tenía. Aparentemente, la foto parecía bastante reciente. Uno, dos años, como muy vieja.
- Fíjate en los dedos. Justo antes de que llegaras, López- señaló con la cabeza al forense- me estaba diciendo que tiene rotos los dedos de ambas manos. A este hombre le torturaron antes de morir.
- ¿Torturado? ¿Crees que se trata de un caso de ajuste de cuentas?
- Según hemos podido comprobar, había trabajado como misionero durante un tiempo. Es posible que tuviera contacto con bandas de narcotraficantes... y quizá éstos tuvieran algún asunto pendiente con él.
- Pues mirad esto- interrumpió López, levantando el brazo de la víctima-. Si estamos hablando de narcotraficantes o bandas organizadas, parece ser que hemos dado con alguien nuevo. ¿Veis estas marcas? Parece ser que le clavaron algún tipo de aguja.
- ¿Drogas?- los inspectores se agacharon, con la intención de ver mejor la herida.
- Es pronto para decirlo, pero creo que no... Además, ¿os habéis preguntado dónde está la sangre? A este hombre le dieron una paliza de muerte y no hay ni una gota en toda la escena del crimen.
- ¿Le apalearon y le desangraron como a un animal?- inquirió Lafuente. Es un modus operandi muy poco frecuente. Habría que investigar entre las mafias sudamericanas... o tal vez algo en África. Este hombre había estado en los dos sitios.
- Para desangrar a alguien lo normal es colgarlo boca abajo y practicarle un corte en el cuello- respondió López-. Debería haber marcas pre-mortem en los tobillos... y no las hay. Ni tampoco tenemos corte. Como mucho, tenemos marcas de manos alrededor de la garganta.
- Sigue sin explicar el estado de la piel y del pelo- añadió Lafuente.
Domínguez examinó los pinchazos con detenimiento. Durante algún tiempo, había trabajado en la unidad de Narcóticos, de modo que conocía las señales que dejaba una jeringuilla hipodérmica. También había visto casi todo tipo de heridas punzantes producidas por navajas, estiletes, punzones e incluso destornilladores. Aquello no encajaba ni con unas ni con otras. Después de tantos años trabajando como Policía, encontraba algo nuevo.
- ¿Qué es eso?- le dijo al forense que estaba examinando el cuerpo, mientras señalaba en un punto concreto en la piel de éste-. Fíjate en el cerco alrededor de las heridas… está como amoratado.
- Habría que hacer más pruebas- respondió el especialista-, pero a priori diría que parece algún tipo de infección.
- Me recuerdan a las picaduras de un insecto. A mi hija le picó una vez una araña y se parecía un poco a eso.
- Debía ser una araña muy grande, Lafuente- el tono de López casi sonaba a sorna. Los científicos eran así. Buena gente, pero unos enteradillos cuando alguien se acercaba a meter el pie en su terreno- Si esto fuesen aguijones de un insecto, tendrían que tener… no sé… el tamaño de un lápiz.
- ¿Alguna teoría, entonces?- preguntó Lafuente.
- Tendré que analizar el componente que ha causado la infección, pero en principio lo del ajuste de cuentas me parece lo más plausible. Es posible que el asesino haya usado algún tipo de arma contaminada con algo. Un veneno, o algún agente nocivo.
Se hizo un silencio sepulcral durante unos instantes. Alrededor, los investigadores seguían rastreando cada milímetro de la capilla. El hormiguero seguía bullendo de actividad, mientras ellos calibraban las posibles explicaciones en sus cabezas. Por fin, al darse cuenta de que todavía no tenían los datos suficientes, cejaron en aquella actividad y pasaron a algo más productivo.
- Bueno, vamos a centrarnos en lo que es la reconstrucción del crimen- Domínguez suspiró profundamente mientras decía estas palabras-... el cura fue asesinado aquí mismo, en la nave central, ¿alguna idea de por dónde pudo entrar el asesino?
- La puerta exterior estaba cerrada por dentro- respondió Lafuente.
- Deducimos entonces que acababa de cerrar la iglesia, ¿no?
- Fíjate en esa escoba- señaló al pedazo de madera, que se encontraba apoyado con indiferencia al lado de la puerta-. Acababa de cerrar y estaba barriendo.
- Acababa de cerrar y estaba barriendo... así que el asesino, una de dos: o entra por otra puerta...
- La de la sacristía, al lado del altar. Tampoco está forzada; es posible que le dejarse entrar, o que tuviese una copia de la llave... bueno, Medina ha dicho antes que hay una ventana arriba que no cierra bien; igual entró por ahí...
- ... O bien entra por la puerta principal... o tal vez incluso le deja entrar el cura... y está con él mientras está barriendo.
- Conversando...
- Pero, por algún motivo, parece ser que la conversación se pone fea y empieza el ataque.
- El cura podría intentar correr, pero la puerta principal está cerrada.
- Eso llevaría a buscar la otra salida, que está demasiado lejos- con una mano, señaló en dirección al altar. Debía haber más de quince metros desde donde estaban hasta la otra puerta.
- Le agarran... uno, por el cuello; quizás algún otro le ayude... y le torturan. ¿Cómo lo ves?
- Pues- Domínguez meneó la cabeza y se palpó las sienes-... no termino de verlo del todo claro, pero es una teoría. Yo me quedaría con esta reconstrucción hasta que tengamos algo más sólido.
El resto de la unidad apareció poco después; habían estado junto al resto del equipo forense, investigando en la sacristía y en el resto del edificio. Era un grupo pequeño, de dos hombres y una mujer. Pese a ser bastante diferentes en aspecto y edad, todos tenían un rasgo en común: la expresión de frustración y confusión en la cara. Domínguez no necesitó ser un genio para deducir lo que querían decir. Ninguno de ellos tenía nada.
- La sacristía estaba impoluta- informó uno de los hombres. Un cuarentón regordete con aspecto bonachón llamado Medina-. No se han llevado nada, por lo que podemos descartar el móvil del robo. Domínguez asintió con la cabeza, confirmando así sus sospechas. Aquello era demasiado profesional, y a la vez demasiado pasional, para ser un simple robo. No cuadraba.
- Y ninguno de los especialistas ha encontrado huellas, por ahora- comentó Aguado, la mujer. También conocida como “La Niña”, porque era la oficial más joven de la brigada. Apenas tenía treinta años y ya había demostrado ser una fuera de serie-, ¿por dónde empezamos?
- Por donde siempre- respondió Domínguez-: lo primero, encontrar al entorno cercano del cura. Localizad a la familia, a gente que le conociese... tenemos que enterarnos si tenía algún enemigo. Alguien con quien tuviese problemas.
«Luego, veremos a ver qué nos dicen los del laboratorio. Tal vez con lo que encuentren en las marcas de la víctima tengamos alguna dirección más sólida.
- ¿Y qué pasa con lo del suelo?- contestó Aguado.
- ¿Con lo del suelo?
- No me ha dado tiempo a decírtelo- intervino Lafuente-. Medina y Martos lo encontraron al entrar. El suelo muestra señales como de quemaduras... con forma de pies.
Se acercó a las señales en las baldosas y las miró durante un buen rato. Efectivamente, tenían el aspecto de quemaduras... pero no había hollín en ellas. Simplemente, la silueta de una suela de un tamaño más que considerable se recortaba a la perfección contra la roca oscurecida. Era como si el envejecimiento de la piedra hubiese sido especialmente rápido y caprichoso. Dado que no entendió la causa, decidió lavarse las manos al respecto. Al menos, hasta que los analistas dijesen algo. Entretanto, tenía que ir atando cabos con las pocas piezas que tenía.
Un trabajo limpio. Metódico y sádico. Tenía toda la pinta de ser obra de un profesional.
¿Pero por qué? ¿Qué tenía este hombre para que le hicieran esto?
Por un momento, se le pasó por la cabeza la posibilidad de que el sacerdote no fuese la víctima, sino que se tratase de un aviso a una tercera persona. Sin embargo, pasó la idea por alto; no tenía prueba alguna de ello y sonaba demasiado rebuscado. Había que pensar en algo más cercano. Más personal.
- Esto no parece del todo normal- comentó Martos, que había permanecido sin decir nada todo el rato-... ¿deberíamos al menos contemplar la posibilidad de llamar a esa unidad nueva de la Unión Europea? ¿La especializada en cosas poco frecuentes?
Domínguez también había oído hablar de esa unidad en alguna ocasión, pero nada mínimamente concreto. Había oído que, hacía cosa de un par de años, o dos años y medio, habían resuelto un conflicto en Londres con bastante eficiencia. Sin embargo, todo lo demás que podía oírse al respecto eran rumores, imprecisos y muy probablemente infundados. Nadie sabía nada, realmente. El hermetismo al respecto era casi total.
- De momento, vamos a dejar las cosas como están- respondió, sin querer ofender la personalidad ligeramente paranoica de su subalterno. Cuando no estaba sospechando cosas raras, era un trabajador bastante comprometido-. No me haría ninguna gracia meter a la Unión Europea en esto y que al final resulte no ser nada.
«Pero sí vamos a hacer una cosa- un circuito de su mente se activó y empezó a funcionar como una maquinaria de engranajes bien calibrada-. Aguado, quiero que compruebes si existe algún grupo organizado de tendencias anticlericales. Gente de extrema izquierda, anarquistas radicales, cualquier cosa que encaje con ese perfil. Comprueba denuncias por amenazas provenientes de sacerdotes... colegios religiosos, en el seminario...
«Ah, y me vais a traer al monaguillo. Le vais a sacar toda la información posible, desde si tiene algún antecedente por pequeño que sea hasta conocer su entorno familiar. Puede ser una de las últimas personas que vio al cura con vida y quizás es de las que mejor le conozca. Quiero que os dé también una lista de los feligreses más frecuentes.
Un momento después, el juez apareció para levantar el cadáver, que retiraron de allí en una bolsa de plástico. El clásico ritual casi funerario, lleno de frialdad. Los agentes de la brigada, cuando sucedían estas cosas, procuraban no pensar en aquel pedazo de carne como un ser humano; de hecho, ni siquiera procuraban mirarlo directamente. No por crueldad ni por falta de respeto, sino por una cuestión de salud mental. Pensar que cada cuerpo que veían retirar era una persona que había tenido una vida o una familia y que, a causa de determinados acontecimientos, todo lo que esa persona había sido en el pasado o sería en un futuro se veía truncado de manera drástica e irreversible... era algo difícil de soportar, si se pensaba con detenimiento. Por eso, la mente humana tendía a insensibilizarse. Eso o convertirlo en algo personal. El primer paso para volverse loco.
Cuando hubieron terminado todo cuanto tenían por hacer, Lafuente y Domínguez salieron del templo acompañados del resto de agentes. Se dirigieron hacia el grupo de curiosos, con intención de cruzar la verja de salida. En la calle, el día era agradable y las calles del centro estaban animadas, lo que propiciaba que hubiese más gente todavía que se acercase a enterarse de lo que había pasado. Domínguez echó una mirada a los transeúntes, asqueado. Cada vez que abandonaba una escena del crimen, lo mismo: esas miradas, la mayoría disfrazadas de confusas. No se lo creía; la mitad de las veces tenía la impresión de que toda aquella gente se acercaba para ver si podía ver al muerto. Nunca había entendido esa obsesión, esa extraña necrofilia visual, esperando ver a la víctima e intentando enterarse de los detalles escabrosos. Para él, un cadáver no era precisamente un objeto de diversión. No le hacía nada de gracia, pese a que formaba parte de su trabajo. Ya no era más que un enorme trozo de carne, inerte y que, generalmente, olía mal. Debía tratarse, pues, de la sensación de la novedad. El gusto humano por lo macabro. El morbo. solo había que ver las cabeceras de los telediarios para entenderlo.
En este caso, la gente incluso estaba preguntando si al cura lo había matado algún monaguillo resentido por haber abusado sexualmente de él. Muchos incluso ya lo daban por hecho: “Ha sido un cura, seguro que le encantaba meterle mano a los críos. Habrá sido una venganza, ¡si es que son todos iguales!” Oír comentarios como aquel hacía preguntarse al detective para qué puñetas se había metido en la academia de Policía y había hecho tantos cursos de criminología y psicología criminal. A la mierda con el principio de presunción de inocencia, ya puestos. ¿Para qué estaba la Ley? Si no estuviesen ellos, si no hubiese unas fuerzas del Orden, probablemente volverían a las prácticas ancestrales de buscar un culpable con una antorcha en la mano y ahorcarlo en la plaza más cercana.
Patético.
Pero, entre las caras de expectación o confusión, Domínguez acertó a distinguir a una cara completamente diferente, que observaba la escena con un aspecto dolorido. Un rostro que, pese a no parecer especial, destacaba sobre la masa gris. Se trataba de un hombre de unos treinta y tantos años, bastante desaliñado, vestido con una cazadora vaquera bastante raída y una camiseta estampada que imitaba salpicones de pintura que no dejaba de tocarse el costado izquierdo. No, ese no era como los demás. Había... había algo, algo especial en su forma de mirar que le llamó la atención, aunque no fue capaz de identificarlo. Ese algo que parecía emanar el hombre le confería una presencia atractiva, que hacía imposible dejar de mirarle. De repente, como si fuese consciente de que le estaba observando, el viandante giró la cabeza y su mirada chocó con la de Domínguez. Era intensa, y penetrante, pero totalmente serena. De esa clase que no se puede resistir mucho tiempo, porque tienes la impresión de que, solo con los ojos, puede acceder a los lados más oscuros de ti. Esos que no te atreves a confesar a nadie. Esos que te dan vergüenza.
Apenas había pasado una fracción de segundo, se rindió, incapaz de soportarlo. Se sentía sucio, indigno. Una mala persona. El peor de los gusanos. Había perdido el duelo y se había visto forzado a bajar la vista.
Un instante después, tan leve que se reducía solo una fracción de tiempo apenas perceptible, Domínguez olvidaría ese fugaz encuentro, como si jamás hubiese sucedido.
©Javier Durán Valdeiglesias, 2008

4 comentarios:
Me ha caído bien el poli :-) A mí también me revienta un poco el morbo de la gente en los accidentes.
Olvidaste algo: el científico recalcitrante hubiera aclarado, además, que las arañas no son insectos :-D (porque así somos los cerebritos).
Jajajjaja muy bueno lo de las arañas! Vale, puedo añadirlo... o bien hacer pensar al lector que hablamos de un tío al que no le pagan lo suficiente como para andar explicándole cosas a los polis que ya deberían saber (recordemos que es la poli española, no el CSI jajajajaajaj)
Este capítulo ha resultado muy intrigante. Sabemos más o menos qué ha pasado por los capítulos anteriores, pero eso hace que se establezca complicidad entre el asesino (no recuerdo el nombre del chico, lo siento) y el lector. Lo del corrillo de mirones es un detalle muy típico.
El personaje de Dominguéz me ha gustado mucho, con los otros policías admito que me he líado un poco y no termino de cuadrar quien es quien.
Y lo mejor es sin duda el final, con ese duelo de miradas. Estupendo!! :D
Muchísimas gracias, Raelana! Conociendo como voy conociendo tu criterio, puedo decir que me alegro que te haya gustado!
Bueno, a los otros policías se les irá distinguiendo un poco más en los próximos capítulos. Este está centrado especialmente en Dominguez, que es quien nos va guiando hacia el "tomate".
El nombre del asesino es Álex... a él se le empieza a conocer mejor en el segundo acto.
El punto gracioso: la subtrama de la unidad de Policía siempre fue mi punto débil (y con notable diferencia) en las versiones anteriores. Dominguez era probablemente el personaje más plano de toda la novela y sus compañeros (que eran menos en la versión antigua) eran poco más o menos que un puñado de monigotes... digamos que cuando reescribí el libro me propuse cambiar eso radicalmente. Los comentarios que he recibido por el momento parecen confirmar mi intención! :)
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