Sara sueña.
Es uno de esos sueños imprecisos, de los que se tienen cuando no conseguimos dormir bien. Las impresiones están insertas con fragilidad en nuestras mentes, y la mayor parte de lo que percibimos es tan difuso que, al despertar, de ellos solo quedan fragmentos abstractos. Sin imágenes, apenas un sonido. Prácticamente nada.
A su alrededor, las sombras se extienden como manchas de tinta. Oye una voz sin voz, que no hace otra cosa que llamarla insistentemente. Aun sin poder ver, le resulta imposible desoírla. Hay algo hipnótico en ella. Camina a tientas en la oscuridad, con una sensación que no se siente capaz de describir. Ni siquiera está segura de si es algo bueno o malo.
Avanza y avanza, hasta que por fin llega a su objetivo. Su cerebro es incapaz de procesar la información completa. Hay sentidos que parecen apagados o entumecidos. solo el tacto parece algo fiable. Y es el de algo reseco y escamoso.
Un momento.
Algo repele a la joven. En la atemporalidad del sueño, no sabría decir cuánto, pero le parece que pasa una eternidad hasta que consigue darse cuenta.
Sea lo que sea lo que haya tocado, está vivo.
Eran cerca de las nueve y media de la mañana y Victoria ya se encontraba en pie, tomando una ducha. Aquella mañana no le tocaba trabajar. Ventajas de tener las horas laborales concentradas en días concretos de la semana. Debía estar cansada, pero no era así. Se había ido a la cama pronto y, pese a haber pasado dos días prácticamente sin haber dormido, había logrado coger el sueño y descansar de golpe. Gracias a Dios.
Tal vez la razón de aquella mejoría se había debido a que, por primera vez en esos dos días, habían logrado conseguir un par de datos sobre lo que podía estar pasando. De acuerdo, no era nada excesivamente sólido, pero ya había algo: un hilo, o mejor dicho, una finísima hebra de la que tirar. Eso era mejor que ninguna otra cosa. Aquel hecho era, con toda seguridad, el principal sospechoso de haberle dado fuerzas: la sensación de incertidumbre era mucho más vana que la noche anterior. En resumen, se sentía esperanzada.
Aun así, había que ser realista; todavía había mucho trabajo por hacer, y no se podían echar las campanas al vuelo. Había que considerar la posibilidad de que esa pista fuese en una dirección equivocada que, tarde o temprano, podría llevarlas a un callejón sin salida. Pero al menos, ya se sentía picada de nuevo por el gusanillo de la investigación. Alguna Musa la había inspirado para pensar en un par de ideas al respecto. No era la Salvación ni la Panacea Universal, pero servía para motivarla. Tener la moral alta era importante.
Con la cabeza cargada de pensamientos algo más positivos que los que había tenido durante los días anteriores, Victoria salió de la ducha. Sentía que pesaba menos. La suavidad nerviosa que se siente bajo la piel al estar en un estado de relajación la acompañaba. Su respiración era más lenta y pausada. El dolor en la boca del estómago a causa de los nervios no había desaparecido del todo, pero había remitido bastante. Buenas señales.
Se ató una toalla a la cabeza y se puso el albornoz. Abrió la ventana del baño para ventilarlo de la humedad que el agua caliente había dejado en el aire. Mientras se secaba la cabeza, el vaho del espejo se iba retirando, dibujando su rostro reflejado en el cristal. Como de costumbre, aunque sin reparar en ello, la chica observaba su propia imagen.
Era joven; no había cumplido los veinticuatro siquiera. Según su hermano y su mejor amiga era guapa; según ella misma, una chica de aspecto normal. Poseía los rasgos típicos que caracterizaban a las mujeres del sur: pelo negro, ojos castaños, y con un tono de piel bronceado. No demasiado alta, ni tampoco demasiado delgada. Físicamente, Victoria no consideraba tener nada que la hiciese demasiado especial… a excepción de las cicatrices que le rodeaban las muñecas.
Antes de tener por costumbre ponerse muñequeras o brazaletes, de los que tenía en la actualidad una colección muy extensa, la gente solía pensar que había intentado quitarse la vida. Por algún motivo bastante morboso, este es el pensamiento más evidente cuando se ve una chica con dos espantosos cortes en semejante parte… pero en este caso, errónea. La idea del suicidio nunca se había acercado a la cabeza de Victoria ni por asomo. El origen de aquellas marcas era bien distinto. Cuando ella tenía tres años, sus padres murieron en un accidente de coche. La niña quedó huérfana y fue a vivir con su tutor legal, el hermano de su madre. Éste había trabajado hasta hacía algún tiempo en una fábrica, pero a partir de que ésta cerrase, el tío de Victoria había desembocado en una caída en picado producida por el alcohol que prácticamente había destruido su personalidad. De este modo, incapaz de hacerse cargo de la niña y con la mente completamente amargada y enturbiada por la bebida, acabó por encerrarla en el sótano de su casa y, para evitar que escapase, la ató por las muñecas con unas cadenas. Era de ahí, pues, de donde venían aquellas terribles marcas.
Casos así se ven con cierta frecuencia en las noticias. Todos hemos oído hablar alguna vez de esos Monstruos que se esconden bajo la fachada de amables vecinos, de agradables señores que encontramos en la cola del supermercado o en el autobús. Lobos con piel de cordero que abusan de los más débiles: sus esposas, sus propios hijos, hijas, desconocidos...
La pequeña Victoria fue una de esas víctimas, aunque su caso no salió por televisión ni hubo una gran cobertura mediática. Sucedió en una época diferente, donde el impacto de esas cosas trascendía muchísimo menos. La prensa, por aquel entonces, era menos sensacionalista. No obstante, de haber habido recortes de prensa, ella no los habría leído. No le apetecía revolcarse en aquella mierda.
Pese a todo esto, la mujer que era ahora tenía que admitir, llena de furia, que hasta tuvo suerte. Su tío no la forzó ni la sometió a abusos ni vejaciones como las que pueden leerse en centenares de casos similares. Encima tenía que dar las gracias al hijo de puta aquel que la había matado de hambre en un sótano lleno de mugre.
Por eso no le gustaba darle vueltas al asunto. Se le revolvían las tripas al pensar que había más como él en el mundo. Que día a día hay también muchas otras Victorias, encerradas en sótanos, que sufren lo mismo y mil cosas más. Y que no todas salen tan bien paradas, puesto que esa pesadilla que vivió solo duró unos meses; pasado este tiempo, los Servicios Sociales vieron el estado de la pobre niña. El muy bastardo de su tío ni siquiera se molestó en disimular. Simplemente le importaba un carajo. Con presteza, fue puesto a disposición judicial. Acabarían condenándole e iría a prisión. Por una vez, se hizo justicia.
En cuanto a ella, lógicamente, se la llevaron de allí. La pobre criatura apenas recordaría nada de lo que le había pasado, lo que vendría a ser una especie de bendición para ella. Los Servicios Sociales hicieron una rápida investigación en busca de algún otro familiar, pero no lo encontraron. Por eso, acabó ingresando en un orfanato. Ahí fue donde conocería a Álex, al que protegería y querría como su hermano.
Una vez seca, se puso unas braguitas, salió del baño y se fue a su cuarto a vestirse. Un chándal viejo para estar por casa y unas zapatillas. Al calzarse éstas últimas, se sentó en la cama. Ahí, estiró un poco la espalda para comprobar que el dolor de cuello, así como la jaqueca habían desaparecido por completo. Parecía que la cura de sueño no solo había mejorado su actitud, sino también le había aliviado el malestar.
Pero no era su actitud la que tenía mucho que mejorar; Victoria siempre había procurado mostrarse optimista ante las adversidades o, al menos, en la medida de lo coherente. Ella era de la clase de gente que, habiendo solo una posibilidad de solucionar algo, se aferraba a esa posibilidad, ya que era mejor que no tener ninguna.
El problema estaba en darle esperanzas a Sara. La noche anterior estaba destrozada, y con motivo. La última vez que había visto al chico del que estaba enamorada, era algo muy diferente. Además, a diferencia de su abuelo o de ella misma, su amiga no tenía ni la menor idea de ocultismo, ni conocía del todo las circunstancias que rodeaban a su novio; era algo que le aterraba y de lo que prefería saber lo menos posible. A ella lo que le importaba era Álex, y nada más. Sin embargo, ante una crisis de una naturaleza como aquella a la que se enfrentaban, no solo no tenía demasiada idea sobre las posibilidades que tenía de recuperarle, como Victoria: el miedo a lo desconocido, además, aumentaba su desesperación.
Ella, lejos de juzgarla, entendía todo esto. Ambas eran amigas desde que empezaron estudiando Psicología en la facultad y la quería con locura. La mitad de las veces ni siquiera tenían que hablar entre ellas para entenderse: una mirada y estaba todo dicho. Y, en aquellos momentos, era más o menos igual. solo necesitaba verla a los ojos para saber que no había mucho que pudiese decirle.
Era frustrante. Ya era bastante malo no dar con la clave que pudiera salvar a su hermano. Su mejor amiga estaba hecha polvo y ella no sabía qué hacer para que se sintiese mejor. Victoria seguía en blanco todavía, sin encontrar las palabras que la reconfortaran.
Después de haberse vestido, se dirigió a la habitación de Susana. Ésta se encontraba fuera de la ciudad, en una feria inmobiliaria, representando a la empresa para la que trabajaba. Sin embargo, la cama de su compañera de piso estaba igualmente ocupada. Se sentó en un costado y, con mucho cariño, tocó la cara de su ocupante, que seguía dormida. Una muchacha con el cabello del color del trigo y piel pálida como el marfil, ataviada con una camiseta del Pato Lucas que ella le había prestado para dormir. Tenía los párpados ligeramente enrojecidos; se había pasado llorando gran parte de la noche. A Victoria le partía el alma ver como su mejor amiga, por lo general alegre y llena de vida, estaba tan abatida.
- Ummm- dijo Sara al despertar, con los ojos aún cerrados- ¿qué hora es?
- Las... diez menos cuarto- respondió, consultando el reloj del despertador de Susana, que estaba sobre la mesita de noche-. Te he dado unos quince minutos de cancha.
- Sí… vale- lentamente, Sara se incorporó y se frotó un poco los ojos. Finalmente, los abrió del todo. Eran almendrados, de color verde oliva, muy brillantes y expresivos. Al verlos, podría incluso pensarse que había algo felino en ellos. Ahora, sin embargo, eran tristes y tenían un destello acuoso.
La noche anterior, Victoria se había ofrecido a llevarla a ella y a su abuelo a casa en lugar de que éstos cogieran un taxi. A Sara no le gustaba mucho conducir; de hecho, ni siquiera se había presentado al examen de conducir, por lo que llevarla y traerla formaba ya parte de lo habitual. Fue al llegar allí cuando se le ocurrió que lo mejor sería que se quedase a dormir en su piso. La conocía bien y sabía que, si pasaban juntas y a solas algunas horas, podría hablar con ella tranquilamente y tranquilizarla un poco. No sería fácil, desde luego, pero además de optimista, Victoria era una persona bastante tenaz. De este modo, ayudaron a Marcos a acostarse en la cama y volvieron para pasar la noche bajo el mismo techo. A la mañana siguiente, se levantarían temprano para levantarle de la cama y sin problemas.
- Te preguntaría cómo estás- dijo, mientras tocaba las mejillas de su amiga-, pero ya me sé la respuesta.
Sara esbozó una sonrisa lúgubre que denotaba agradecimiento, más que cualquier otra cosa.
- No dejo de darle vueltas a eso. Al odio que me tenía cuando me miró.
La abrazó y le dio un beso en la frente, como hiciera la noche anterior, junto a la ventana del salón. Su amiga lo recibió con afecto. Más que cualquier otra cosa en el mundo, deseaba calor humano.
- Vente, vamos a hacer el desayuno. No pienso obligarte; si tú quieres, me vas a contar lo que pasó y te vas a desahogar. Si no, no pasa nada... pero creo que te vendría bien.
- ¿Vas a ejercer de psicóloga conmigo, Victoria?
- No. Voy a ejercer de tu mejor amiga. Lo siento, Sarita, pero de mí no te vas a librar tan fácilmente.
- No tengo alternativa, ¿verdad?
- No. Ninguna.
Sara no respondió de inmediato. Primero miró hacia un lado, luego hacia otro… y al final, reconoció que Victoria tenía toda la razón del mundo. De haberse dado circunstancias diferentes, ella y cualquier otra se habría quejado de estar sola cuando todo se iba a hacer puñetas. Sin embargo, no así: Sara no estaba sola. Allí estaba su mejor amiga para ayudarla a salir del hoyo, por profundo que éste fuese. Y ella la necesitaba.
- ¡Venga, Sara, vamos a comer algo!
Aunque los padres adoptivos de Victoria eran gente acomodada, ésta había prefirió independizarse cuanto antes. No era tanto una cuestión de orgullo como el deseo de valerse por sí misma. De demostrarse que, pese a ser muy jovencita, podía ser lo bastante responsable como para tener su propia vida sin depender de nadie. Pensamiento de alguien que ya ha perdido una familia y a quien le gusta estar preparada para cualquier eventualidad. Por eso, desde que consiguió aquel empleo en el Ministerio como psicóloga de plantilla, decidió que ya era el momento de abandonar el nido. El resultado era aquel piso junto a Susana. Posiblemente no era el mejor sitio del mundo, pero a ella le hacía feliz.
La cocina era bastante vieja y no muy grande; los muebles, que antaño debían haber sido blancos y ahora tenían un color cremoso e indefinido, hacían juego. Sin embargo, los turnos de limpieza junto con Susana (y alguna que otra discusión provocada a causa de ellos), habían conseguido que por lo menos estuviese limpia.
La hornilla era prácticamente prehistórica, de las últimas de gas, de modo que para calentar la leche, Victoria la encendió con un mechero eléctrico y cogió un cazo donde la vertió. Podía haber usado un microondas, pero no terminaba de fiarse; últimamente hacía un ruido raro y, de no encontrarse en la situación en la que estaban, habría esperado a que Álex se pasase por allí para echarle una mirada y que le dijese qué le pasaba. Esas cosas se le daban muy bien.
Pobrecillo, ¿dónde estará ahora?
- Hay galletas en ese mueble de ahí- le dijo a su amiga, que estaba plantada de pie allí en medio con la cabeza un poco en otro lado-, ¿te importaría cogerlas, tú que estás más cerca?. Victoria sabía que si la mantenía más o menos ocupada, lo tendría algo más fácil. Lo importante era no darle tiempo a rumiar para que no se viniese abajo. Tenía que conseguir que su mente divagase lo menos posible.
Poco después, durante el desayuno, Sara comenzó a hablar. Para su sorpresa, no necesitó presionarla demasiado. Las palabras fueron fluyendo de modo natural, contando con algo más de detalle lo que había visto, y cómo se sentía en mitad de aquella historia. Más o menos lo que ya se esperaba; lo importante era que lo estaba soltando.
Estaba aterrorizada. Desde niña, las cosas paranormales ya le daban miedo… pese a que su abuelo era ocultista y vivía con él desde hacía años. Pero nunca llegó a acostumbrarse a esas cosas; sencillamente, consideraba que no estaba hecha para eso.
Y luego estaba lo de Álex. Sabía que éste era... especial, lo que en cierto momento casi les cuesta la relación. Aquella vez en concreto, al menos, Sara supo mantener la cabeza bien fría y puso en una balanza lo que le daba miedo y lo que le importaba. Y Álex le importaba demasiado como para perderle.
Lo que estaba viviendo ahora era muy diferente. Por supuesto, sabía que él no tenía culpa y que las cosas habían sucedido así de modo accidental, que ella supiese. Eso, sin embargo, no dejaba de atormentarla. Después de todo, ella era una chica normal que había vivido una vida sencilla, con los problemas que podía tener una persona corriente. Y de pronto, de la noche a la mañana, todo se iba a la mierda. Lo peor de todo era que se sentía completamente inútil, ya que lo que estaba pasando la desbordaba; ni siquiera sabía si Álex seguía vivo. Todo eso la estaba matando por dentro.
- En otra ocasión- respondió Victoria con dulzura, rezando porque las palabras que empezaban a formársele en la cabeza no sonasen burdas y vacías- te diría que no sé lo que sientes… pero a mí me pasa algo parecido. Al fin y al cabo, Álex para mí es como mi hermano. Nos hemos criado juntos durante muchos años, ya lo sabes... la idea de perderle a mí también me resulta insoportable. Créeme cuando te digo que entiendo mejor que nadie.
- ¿Y de dónde sacas las fuerzas? Porque te aseguro que a mí ya no me quedan.
- Bueno, yo tampoco estoy hecha de piedra... pero lo que me contó tu abuelo anoche me ha dado un par de ideas.
- ¿Ah, sí?
- Bueno, no es que sean pistas reveladoras... pero he estado pensando en los datos que tenemos y se me han ocurrido algunas cosillas. Si tenemos mucha suerte, puede que nos lleven a algo... pero Sara- la tomó por las manos y la miró a los ojos con seriedad-, antes de ponernos a trabajar, no quiero prometerte nada, ¿vale?
Sara trató de esbozar una sonrisa.
- No te preocupes.
Mírala. Se ha pasado prácticamente todo el fin de semana con su abuelo registrando bibliotecas de arriba abajo y todavía se cree que no está haciendo nada útil.
- Me vas a echar una mano, ¿verdad?
Su amiga la miró fijamente, con aquellos brillantes ojos verdes abiertos de par en par. A juzgar por la expresión de su rostro, parecía que le había pedido realizar una operación a corazón abierto.
- ¿Yo?
- Sara, yo no puedo hacer esto sola. Y no conozco una investigadora de campo con la que trabaje más a gusto que contigo.
- Pero yo no sé nada de ocultismo, ya lo sabes; yo solo me he limitado a apuntar referencias y a buscar en los sitios donde me decía mi abuelo- se detuvo un rato, pensativa. Cambió de expresión una o dos veces, como celebrando un acalorado debate en su fuero interno-… pero quiero ayudar. ¿Qué quieres que haga exactamente?
- Lo que has estado haciendo hasta ahora. Siempre se te ha dado bastante bien investigar; buscar libros; anotar referencias, esas cosas. En la facultad trabajábamos bien juntas, ¿te acuerdas?
Sara dibujó una sonrisa abierta y sincera por primera vez en días. El hecho de recordar días mejores, cuando las cosas eran mucho más sencillas, cuando la mayor complicación era aprobar un examen, parecía tener un buen efecto en ella.
- Sí... vale. Tú dime entonces lo que tengo que hacer y me pongo manos a la obra. ¿Cuál es el plan?
- De momento, el plan será terminar de desayunar y sacar a tu abuelo de la cama. Luego, consultamos el catálogo de la Universidad en el ordenador; tiramos para la biblioteca que nos diga y allí nos metemos en búsqueda y captura de libros, ¿qué te parece?
Ya lo sé, Sara. Sé que piensas que es un plan de mierda. Pero no se me ocurre nada mejor. Yo también tengo miedo; yo también estoy agotada. Yo tampoco tengo ni puñetera idea de lo que hacer para encontrar a mi hermano.
- Bueno, no suena del todo mal- su voz denotaba que no estaba del todo convencida, pero también era patente el hecho de que ni quería mostrarse excesivamente pesimista ni que, por supuesto, quería ofender-. Por lo menos es algo por donde empezar.
- Pues nada. Terminamos de desayunar, vamos para tu casa y a ver qué encontramos.
Ninguna de las dos quería decir abiertamente que en realidad aquello era un plan penoso. Pero, por mucho que lo fuera, tenía un lado positivo, al que se aferraban como un clavo ardiendo: serviría para mantenerlas ocupadas. Evitaría que se quedasen apáticas y muertas de miedo en un rincón, como los conejillos de indias de los laboratorios. Victoria y Sara, como cualquier persona con dos dedos de frente envuelta en algo así, estaban muy asustadas. Sabían que no se enfrentaban a algo natural y que ese algo era además muy peligroso. Sabían además que la vida de su hermano, de su novio, muy probablemente estaba en juego, siendo optimistas. Un error y quizás esa cosa podría matarle. Pero, pese al miedo que tenían, no eran la clase de personas que se quedan en casa a lloriquear y morderse las uñas cuando todo empieza a salirse de madre. A pesar de la locura en que sus vidas se habían convertido en apenas un par de días, ahora contaban con una mínima esperanza. Y, quién sabía: si tenían suerte... si tenían mucha, mucha suerte, tal vez esa esperanza estuviese fundada. Tal vez estuviesen en la línea de investigación correcta y pudiesen encontrar algo que ayudase al pobre Álex.
©Javier Durán Valdeiglesias, 2008

6 comentarios:
Dejo constancia de que te he leído :-)
Y como siempre, dejo constancia de mi más sincero agradecimiento! :)
Como ya te dije, pero lo digo públicamente, es cojonudo. Reflejas a la perfección la personalidad de Sara, la dibujas perfectamente, es creíble y real. Me encanta este capítulo. Y a nivel de escritura, creces conforme avanza la novela, se te ve mas suelto, con mas confianza y usando mejor los recursos que tienes a tu alcance. El Gusano mola, si señor...
Y como siempre, Voro, muchas gracias! Este capítulo tiene varias funciones, en realidad. Aparte de desarrollar a Sara, como tú mismo apuntas (la pobre quedó un poco eclipsada por Victoria en su primera aparición), se empieza a ver un poco ya el trasfondo de los personajes de la Saga (o al menos, de los principales. Otros tendrán que esperar algunos capítulos, o bien otros libros), así como la relación entre ellos. Para mí Sara y Victoria vienen a ser un poco esa par de amigas que están a las duras y las maduras, y que lo mismo se están llamando "cacho guarra" que no se dicen absolutamente nada entre sí porque ya queda todo dicho. No por ello ha sido una tarea fácil crear a estas dos. Sara, por ejemplo, es un personaje al que tardé varias versiones en cogerle el punto; Victoria resultó todo lo contrario y era la clase de personaje que tiraba de mí y me obligaba a veces a cambiar parte de la línea argumental, porque me iba pidiendo unas reacciones u otras.
Pero quizás el elemento que siempre ha sido una constante en todas las versiones del Gusano (entre escrituras, reescrituras y correcciones severas podeis contar una media docena) es la conexión y la sinergia entre ellas dos. Es un punto que quiero seguir tratando en la reescritura del resto de volúmenes, un día de estos...
Sigue así, ese es el camino. Has hayado lo mas complicado: la voz.
Muchas gracias, entonces. Seguiremos trabajando en ello!
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