Permitidme que me ponga reflexivo esta tarde. Nada de reflexiones políticas, ni de cómo nuestra decadente sociedad se va cada día más al carajo. Hoy me apetece tocar temas un poco más cotidianos, de los de hoy en día. De los que pueden referirse a ti o a mí.
Llamadlo intimismo, si queréis.
Aquellos que me conocéis de hace bastante tiempo sabéis que no soy una persona del todo fácil. Me he distanciado de la mayor parte de gente que conozco y he forjado alianzas con perfectos desconocidos. No siento lealtad por la gente, sino por valores; por eso, si alguien en quien confío se comporta como un perfecto bastardo, me da igual que sea amigo: no tengo razón alguna para defenderle y lo mando al carajo. Para muchos, eso es sinónimo de traición; para mí, es lealtad a causas superiores. Cuestión de semántica.
Como podréis suponer, eso quiere decir que me compra el que me entiende, y no son muchos. Respetable. No me molesta el hecho de ver que cada vez somos menos los que seguimos juntos en el camino de la vida desde el principio. No, mientras los que sigamos avanzando seamos dignos de fiarnos unos de otros. Me gustaría pensar que eso es sencillo de entender.
Pero no siempre las cosas salen como nos gusta, y es ahí cuando nos cabreamos.
Pese a la comparación friki, a menudo pienso que la vida tiene mucho de cómic; o, dicho de otro modo, que el cómic imita a la vida. Por supuesto, no vamos por ahí con superpoderes, vestidos en mallas, salvando a imponentes primas de Adriana Lima vestidas con un escueto trajecillo de lycra (ya nos gustaría). Pero vedlo de esta manera: en nuestra vida, somos protagonistas únicos y exclusivos. A menos que seamos gemelos, nacemos solos; y, a menos que las circunstancias sean de otra manera, nos vamos solos al Otro Lado (quiero decir, que nadie más muere con nosotros). En nuestra vida tenemos etapas (en los cómics las llaman sagas), en las que las cosas se suceden de una determinada manera: por algún motivo, vemos las cosas de un determinado modo, se suceden distintos acontecimientos relacionados, etcétera. Si alguna vez os ha dado por leer series largas de cómics, pensad en lo que sucede cuando cambia un guionista: el enfoque de las cosas se vuelve diferente y se potencian aspectos de un personaje que no estaban del todo explotados hasta la fecha. ¿Cuántos de vosotros habéis tenido una temporada en vuestras vidas en que le dais una especial importancia a algo (o a alguien) en concreto, y que todo cuanto os sucede gira en torno a eso?
Si tenéis la suficiente imaginación, incluso cambia el apartado gráfico. Como si de un cambio de dibujante se tratase, vemos las cosas con más o menos colorido. Lo simple o neutro, dependiendo de nuestro estado de ánimo se vuelve apagado, colorido, siniestro o incluso surrealista.
A lo largo de esas temporadas o sagas, tenemos gente a nuestro alrededor que forma parte de nuestra vida como personajes secundarios. Unos se convierten en algo patente a lo largo de la serie y otros, por designios de algún guionista que no sabe qué hacer con ellos, simplemente desaparecen gradual o drásticamente.
Y por supuesto, están los antagonistas. Nuestra vida tiene mucho de literario en ese aspecto, pensadlo. A diferencia de la literatura o el Noveno Arte, los antagonistas no son supervillanos que se ríen histéricamente mientran lanzan misiles sobre la población. No son como el Doctor Muerte o como El Joker. Son gente que tenemos cerca y que, consciente o inconscientemente, se las apañan para amargarnos la existencia.
En mi caso personal, los antagonistas suelen haber sido amigos antes. Si habéis prestado atención a lo que he escrito arriba, queridos Distópicos, estoy seguro de que lo habéis entendido perfectamente. Aunque deteste decirlo, a lo largo de los años mi Galería de Villanos personal ha aumentado bastante y, al igual que en los cómics o en las series de la tele, muchos se esfuerzan por volver del pasado.
Y eso es lo que me molesta profundamente. Esa incapacidad de asumir el ritmo de las cosas. De aceptar que la batalla terminó hace años. El orgullo se convierte en el estandarte de ciertas personas que parecen habérselo tomado como algo personal y, bajo ningún concepto, cejar en el intento de querer regresar a mi vida.
¿Para qué? Eso mismo me pregunto yo. Si tengo algún defecto, precisamente no es el de no hablar claro. Ya nos vamos conociendo tras unos cuantos posts (a muchos os conozco personalmente y supongo que lo corroboraréis), así que supongo que cuando he considerado que ya no me queda nada de lo que hablar con cierta persona, no es en absoluto difícil entenderlo.
Clarito como una hostia en la cara.
Pero claro, una cosa es entenderlo y otra quererlo entender. Algo tan diferenciado como lo que decía Cela con eso de "No es lo mismo joder que estar jodiendo".
Esto último, por tanto, me lleva a pensar en la tremenda falta de respeto que implica esto. Gente a la que pateé de mi vida hace años por haberse comportado como verdaderos bastardos conmigo regresa con carita de cordero degollado. Fingiendo arrepentimiento. O no fingiendo, me da igual. Cuando le das muchas oportunidades a una persona y no es capaz de aprovechar NINGUNA es cuando decides que llega un momento en que estás hasta las narices de todo y que esa persona no se merece ni una más. Haberlo pensado mejor en su día.
Llamadme rencoroso si queréis, no me importa. Aunque me crié en el seno de la enseñanza católica, no creo en el perdón incondicional por medio del simple arrepentimiento. En eso me parezco más a los protestantes: somos lo que hacemos. Arrepiéntete si quieres, pero lo hecho hecho está. Una cosa es que alguien meta la pata y pida perdón, que eso sí es respetable, y otra que una persona se dedique a hacerte perrerías de todos colores durante más de DOS años y luego venga como si no hubiese pasado nada. Más aun toca la moral cuando cometes un acto de justicia y le pateas el culo haciéndole el vacío y esa persona, sin ningún tipo de dignidad ni de respeto, no tiene otra cosa que hacer que dedicarse a buscar a tus amigos para estar cerca de ti... y seguir tocándote la moral.
Llamarlo patético es quedarme corto. Miserable igual se acerca un poco más a la idea que quiero expresar.
Cuando se es una persona que se siente particularmente a gusto con una determinada gente o en un determinado espacio (se puede llamar "instinto territorial"), es particularmente insultante y ofensivo el hecho de que venga alguien con esas intenciones. Por lo general, la respuesta más sabia es la ignorancia. Desde las primeras muestras de falta de dignidad, hace ya seis años, es lo que llevo haciendo.
Pero cuando ves que semejante criatura se obsesiona hasta el punto de invitarte unas cuantas veces a Facebook y a otras redes sociales... que no te acosa constantemente por teléfono porque no tiene tu número. Que te manda mails que te ves obligado a bloquear porque ya sientes que no te dejan en paz ni en tu puta casa... así durante SEIS años... Pues llega un día en que te tocan la moral tela marinera. A ver si queda clara una puta cosa: "NO, no me interesa saber de ti ni de tu vida. NO, no quiero hacer las paces contigo porque te he he dado muchas oportunidades y te las has pasado todas y cada una de ellas por tu santísimo esfínter. Y SÍ, me da exactamente igual lo importante que sea para tu vida. Tú ya NO lo eres en la mía. Si te cambias de sexo, te abducen los alienígenas o te unes al culto Hare- Krishna son cosas que me importan exactamente lo mismo que la vida de la madre del primo de un colaborador en un programa de prensa rosa. Creo que después de SEIS PUTOS AÑOS lo he dicho clarito, lo que me lleva a pensar que tienes un serio problema para respetar las decisiones de los demás. Ante eso, creo que ya sólo queda una única cosa por hacer, para ver si nos vamos entendiendo de una vez:
Llamarlo patético es quedarme corto. Miserable igual se acerca un poco más a la idea que quiero expresar.
Cuando se es una persona que se siente particularmente a gusto con una determinada gente o en un determinado espacio (se puede llamar "instinto territorial"), es particularmente insultante y ofensivo el hecho de que venga alguien con esas intenciones. Por lo general, la respuesta más sabia es la ignorancia. Desde las primeras muestras de falta de dignidad, hace ya seis años, es lo que llevo haciendo.
Pero cuando ves que semejante criatura se obsesiona hasta el punto de invitarte unas cuantas veces a Facebook y a otras redes sociales... que no te acosa constantemente por teléfono porque no tiene tu número. Que te manda mails que te ves obligado a bloquear porque ya sientes que no te dejan en paz ni en tu puta casa... así durante SEIS años... Pues llega un día en que te tocan la moral tela marinera. A ver si queda clara una puta cosa: "NO, no me interesa saber de ti ni de tu vida. NO, no quiero hacer las paces contigo porque te he he dado muchas oportunidades y te las has pasado todas y cada una de ellas por tu santísimo esfínter. Y SÍ, me da exactamente igual lo importante que sea para tu vida. Tú ya NO lo eres en la mía. Si te cambias de sexo, te abducen los alienígenas o te unes al culto Hare- Krishna son cosas que me importan exactamente lo mismo que la vida de la madre del primo de un colaborador en un programa de prensa rosa. Creo que después de SEIS PUTOS AÑOS lo he dicho clarito, lo que me lleva a pensar que tienes un serio problema para respetar las decisiones de los demás. Ante eso, creo que ya sólo queda una única cosa por hacer, para ver si nos vamos entendiendo de una vez:
Hala. Espero haberme explicado con la suficiente claridad. Luego no quiero quejas de "Es que no entiendo qué te pasa conmigo".





No hay comentarios:
Publicar un comentario