martes, 16 de noviembre de 2010

Mondo Chorra- Viaje de Ida y Vuelta al Infierno


Sucedió el Sábado pasado. Estaba yo en mi casa cuando mi padre vino a mí diciendo "Debes venir conmigo al INFIERNO. Tenemos asuntos pendientes allí". Ante la magnitud de la petición, acepté. Lo que se hace por la familia, como suele decirse. Además de eso, yo también tenía que descender a los Pozos del Averno por unos asuntos personales. No había más remedio. Partimos.
La Autopista hacia el Infierno, como la llamarían Bon Scott y sus secuaces no está pavimentada con buenas intenciones. No tardamos mucho en llegar y allí que nos presentamos. Fue sorprendente no encontrar al Perro de las leyendas, al temido Cerbero, vigilando la puerta. Qué va. Las puertas del INFIERNO estaban abiertas de par en par, esperando a las almas de los pecadores internarse a través de ellas. Lo más curioso resultaba ser el hecho de que éstos acudían voluntariamente y en masa. El mensaje de Dante grabado en sus puertas "Abandonad pues, toda esperanza" perdía, por tanto, sentido. Entiendo que los Duques Infernales lo hubiesen retirado.

Las masas acudían al interior, y nosotros no fuimos menos. Pese a que la gente que me rodeaba parecía feliz (incluso ilusionada, diría yo), a mí me asaltó un sentimiento de anticipación. Esa desazón que te roe el alma cuando sabes que algo malo va a suceder.
Tal y como indicaba Dante, lo primero que mi padre y yo encontramos fue el Limbo, donde se encontraban las almas de niños y nonatos. Allí estaban, recorriendo incesantemente unos extraños tubos de madera y vidrio, huyendo de algo que no fui capaz de ver. Tampoco deseaba saberlo.

El avance era lento y tortuoso. Las masas caminaban lentamente, como ríos de cemento, a través de angostos pasillos. Los demonios, lejanos a esas imágenes medievales de cabras sobre dos patas con rabo y tridente, ahora tenían un aspecto deshumanizado. Para mi sorpresa, sus nombres aparecían grabados en placas. Siempre había pensado que conocer el nombre de un demonio da poder sobre él. Así era el INFIERNO, donde los demonios eran los señores del lugar y podían ostentar su nombre (un incomprensible galimatías de vocales y consonantes que no me decían gran cosa) sin temor alguno.

Se dice que el INFIERNO es un lugar donde no hay esperanza. Totalmente cierto. No importaba cuánto avanzases. Jamás podías volver atrás. No había forma humana de ver la luz. De respirar aire puro. Era un foso claustrofóbico, lleno de almas torturadas de ojos desorbitados. Codiciosos, envidiosos, e incluso coléricos campaban por aquí y allá. En algún momento, escuché a una mujer que no encontraba a su hija y gritaba su nombre por aquí y por allá. Horrible.

Más adelante, encontramos un tablón donde se mostraban los Mapas del INFIERNO. Se dice que éste es un lugar cambiante. Puede ser; yo suelo pensar que cuanto más cambia una cosa, más sigue siendo la misma. No era una excepción. No importaba cuánto mirases los mapas de aquel Abismo. No entendías nada. No calculabas las distancias. No había un Sol, una Luna o unas estrellas que tomar como referencias. Una vez allí dentro, un corredor que parece sencillo de recorrer se convierte en un laberinto. Vuelves una y otra vez al mismo sitio. Resultaba extraño no ver a nadie derrumbado en una esquina.

De vez en cuando podíamos ver a alguno de los esclavos del INFIERNO, tan humanos como vosotros o como yo, guiar a las pobres almas. Sabía que no podía confiar en ellos. No en vano Lucifer es el Señor de las Mentiras y sus esclavos, sus pobres marionetas. Dios sabía a qué horribles lugares podían guiarte. A qué extraños demonios arrodillarte. No, seguimos avanzando, tras una tortuosa y accidentada marcha hacia la parte más profunda.

La parte más profunda del INFIERNO, como ya decía Dante, es el rumbo hacia la salida. Llega hasta el corazón de todo mal y ya sólo quedará lugar para la redención. Tras haber sido golpeado incesantemente por los aparejos de algunas almas torturadas, que parecían llevar pesadas cargas sobre sus hombros, nos dirigimos a hacer los pactos que forzosamente nos habían obligado a bajar hacia los pozos Infernales. Allí el ambiente era más denso incluso que antes. La atmósfera era opresiva y el aire, ahora pude notarlo, estaba cargado con una horrible melodía. No supe distinguir si se trataba de algún demonio con inspiración artística, o directamente de un alma torturada. No quise averiguarlo.

Las mentiras de los demonios, como sucedía en Fausto, se hacen patentes en sus pactos. Habíamos bajado a lo más profundo del INFIERNO a causa de una promesa y, cuando llegamos, vimos que esa promesa se había roto de tal manera que no había vuelta atrás. Nunca hay vuelta atrás en el INFIERNO. Nos vimos obligados a claudicar y aceptar lo que se nos ofrecía. El pago, como suele suceder con estos seres, era el doble del previsto. Habíamos condenado nuestras almas.

Seguimos avanzando, contemplando como las demás almas giraban la vista hacia algunos demonios que les atraían. Al igual que con el canto de las sirenas, procuramos ignorarlos. Escuchar esas palabras podía significar que tu estancia en el INFIERNO se podía prolongar más de lo previsto... hasta el punto de que, cuando volvieras a casa, no reconocieras tu hogar.
Finalmente, llegamos a los estadios más profundos. Lo que se conoce como la Fragua de Satanás. Un lugar enorme, cavernoso, donde tu voz se puede perder a lo largo de interminables galerías de hierro. Allí, los demonios duermen, esperando aferrarse a las almas cual parásitos. Poseerlas a todas para no despegarse de ellas jamás. En aquellos lugares fue donde me vi obligado a recurrir a uno de los esclavos para sellar mi pacto. Intenté invocar a uno de los Altos Señores, pero éste me ignoraba. Sólo obtuve un mensaje que me forzaba a buscar un intermediario humano, cosa que hice.

Imaginad mi cara de desesperación y de horror, cuando tras horas interminables que me parecieron años, descubrí que a mí también me habían engañado los demonios. Que mi viaje al INFIERNO había sido en vano y que había sido testigo de todo aquel horror para nada. Me prometieron que en un futuro podríamos resolver esa cuenta pendiente, ese pacto diabólico. ¿Qué podía hacer yo, pues necesitaba de ellos? Sí, amigos. Yo también me vi obligado a claudicar... pero al menos tuve suerte y pude encaminarme hacia la salida del Infierno. Hacia la luz y el aire. Hacia la vida.

Pero no era tan sencillo. Mi padre empezó a dudar. Yo, recordando la leyenda de Orfeo, le dije que para salir del INFIERNO, jamás, JAMÁS, debes mirar atrás. Un sólo vistazo y condenarás tu alma. Te quedarás allí años. Será el principio de tu fin.
Fue difícil, pero lo conseguimos, no sin terribles esfuerzos. Salimos de allí, con la terrible sensación de haber perdido en aquel terrible lugar parte de nosotros, de nuestra vida, de nuestro yo. Los demonios se habían burlado de nosotros una vez más. Es lo que tiene. Si pactas con ellos, de algún modo u otro lo acabas pagando.

Y hasta aquí mi viaje. Si pensáis que hablo de una pesadilla que tuve, de una revelación extracorpórea o algún desafortunado encuentro con los alucinógenos, pensadlo nuevamente. Esto no es nada tan psicodélico, creedme.
Y si no lo haceis, sólo teneis que cambiar donde pone INFIERNO y todos sus sinónimos por la palabra IKEA.
Escalofriante, ¿a que sí?

2 comentarios:

Nymeria Solo dijo...

Muy bueno XD XD XD. A mitad del post he empezado a sospechar de qué se trataba, aunque en vez de en Ikea pensaba más en El Corte Inglés, que para mí siempre ha sido un auténtico infierno porque een él pierdo por completo el poco sentido de la orientación que tengo XD. Por lo demás, clavado :P.

Rumbo a la Distopía dijo...

Jajajajaa me alegra que te guste! A mí es que la sensación de claustrofobia que me produce ese sitio no me la produce el CI ni de coña. Eso y lo de tener que moverte en UNA dirección. INFERNAL.