miércoles, 16 de enero de 2019

Mondo Chorra- Exilio (V): Desconexión



No sé si este post se leerá con la misma afluencia (que tampoco era mucha, no nos engañemos) que hace unos meses. No ahora que, poco a poco, voy empezando a desaparecer del mundo digital. Así que supongo que, si antes me sentía con cierta libertad para escribir lo que me parecía, ahora que sé que prácticamente nadie me va a leer, esa libertad se vuelve más reconfortante.

Supongo que lo necesitaba.
Necesitaba poner punto y final a según qué cosas, según qué políticas, según qué dinámicas. El mundo digital, admitámoslo, no ha sido la causa como tal, pero sí ha sido el medio. El vehículo por el cual se han movido las cosas, y se han acelerado hasta llegar a lo que yo llamaría la gota que colma un vaso bastante profundo. Un punto de no retorno, si quieres, en el que acabas por decir "Hasta aquí hemos llegado" y empezar a replantearte una buena parte de la vida que has estado llevando. Cómo has gestionado según qué cosas. Qué has experimentado. Qué has consentido.

Hace poco tuve una conversación con alguien que cuestionó la clásica frase de "Somos lo que sembramos", argumentando que no solo no es verdad, sino que es un concepto totalmente erróneo. No había pensado en ello, debo decirlo, pero cuando esa personal me dijo "Somos lo que consentimos", fue como si se me abrieran los ojos ante algo que había estado siempre ahí y que no había sido capaz de ver. Me pareció, sin exagerar mucho, uno de los planteamientos más acertados que  he oído en los últimos tiempos.


En tó tu puta cara.


Quizás he consentido demasiado. Quizás he tenido demasiada esperanza en que otros entendieran mis silencios, o que incluso empatizaran conmigo cuando argumentaba que según qué cosas no me parecían justas o no me sentaban bien. La respuesta a lo primero ha sido siempre "Pues habla", pero es que cuando he hecho lo segundo, la reacción ha sido la que he comentado muchas veces: la de que dramatizo, la de que la culpa es mía; la de decirme, con mayor o menor sutileza dependiendo la persona o el día, que me calle. Que me calle porque otros tienen sus propios problemas (lo que implica, dicho voluntariamente o no, que los míos importan una mierda, pese a que yo jamás, JAMÁS, he actuado así con nadie cercano, ni le he soltado eso a NADIE cuando me han contado sus problemas) o que me calle porque se es incapaz de admitir la responsabilidad propia y es muchísimo más cómodo cargarla en su totalidad sobre mis hombros.

Entonces llega el momento en que estallas por una tontería. Una tontería, sí, pero es que no es más que la última de un montón de cosas que, a lo largo de los últimos años, te han estado quemando por dentro. Haciéndote sentir como un pedacito de caca incrustado en la suela de alguien. Como el elemento que empieza a sobrar en su propio entorno, porque... porque se ve que en esto de que a uno algo le siente mal también hay jerarquías: lo que me sienta mal a mí es completamente irrelevante, pero si eso mismo le sienta mal a otro, aquí se paran las rotativas y toca hacer examen de conciencia. A los mismos de siempre, claro.

Y oye, llega un punto en que te das cuenta de que eso no tiene ya remedio y que ya, por mucho que hables, por mucho que debatas, no hay dios que lo arregle. Porque los roles están así establecidos y las palabras se las lleva el viento. Dices tú, "Hey, venga, vamos a hablar y solucionar las cosas". Y las hablas, sí, con tu mejor intención, porque quieres hacer las cosas bien. Porque te importa. Pero pasa un mes, dos, tres, tras la conversación y te das cuenta de que las cosas vuelven a estar exactamente en el mismo punto. Lejos de enderezarse, regresan a esa dinámica que precisamente estaba haciéndote sentir así.



Al final, todo se lo lleva el viento.


Ahí es cuando toca plantearse si realmente lo que quieres es andar en una especie de ciclo de auge y caída constante, donde todo son promesas y conversaciones largas, larguísimas, que se supone que sientan un cambio, un compromiso o como queramos llamarlo... pero acaban hundiéndose en la pereza y llevan a un progresivo deterioro. Las cosas empiezan a enfriarse de nuevo y nadie parece querer darse cuenta de ello. Nadie parece interesado en actuar, tan solo en dejar pasar las cosas porque, si no las nombras, es que no suceden.

Y cuando ya se ha colmado el vaso, sencillamente es que no te quedan energías para más conversaciones sin objeto, para oír las mismas promesas de siempre. Para escuchar palabras que no se corresponden con los actos. Para que alguien venga a decirte que no, que todo lo que sucede es causa de tu personalísima visión del mundo y que, como no es verdad, ni tienes derecho a sentirte como un grano en el culo y lo único a lo que puedes optar es a sentirte culpable por sentirte así. En resumen, las cosas se enfrían, pero realmente son neuras tuyas y si encima te parece mal, te aguantas, porque es tu culpa.

Ha pasado varias veces y, en estos casos, he agachado la cabeza y he cedido. Ahora, con cierto tiempo y cierta distancia por medio, me doy cuenta de que ese fue mi mayor error. Consentí lo que no debía haber consentido por no provocar conflictos mayores. Ahí es donde radica mi equivocación, y la cual no tengo problema alguno en admitir: esos conflictos se han agravado de todo modos al sentar precedentes: cuando llegas a ese extremo de las cosas en que resulta que parece que eres el único que no tiene derecho a reproche alguno, pero sí te comes los de toda criatura viva a este lado del Universo es cuando te das cuenta de que las cosas no solo van mal; es que da la impresión de que eso ya no tiene por dónde cogerlo.


¿La salida, por favor?


Y desapareces, porque ya no ves solución posible. No por miedo, ni por cobardía, ni por pereza siquiera. A lo que llegas es a una sensación de que hagas lo que hagas estás luchando contra algo que hace tiempo que ya es imparable. Que ha tomado una dirección precisa y definida y que nada de lo que hagas o digas va a cambiar eso. Puedo sonar pesimista al decir eso, pero realmente habla más la voz de la experiencia que la de mi impresión personal aquí. Ha pasado antes, en el 100% de los casos y no hay razón alguna, no hay indicio, ni prueba empírica, de que aquí se encuentre la famosa excepción a la regla.

Llegas entonces al punto de ruptura. Desconectas y, poco a poco, empiezas a notar cómo los moratones poco a poco cambian de color. Lo que te dolía y aquello en lo que apenas te atrevías a pensar ahora se ve algo como muy ajeno, algo que te resulta menos temible. Supongo que ojos que no ven, corazón que no siente. No te sientes más fuerte, pero sí empiezas a ver las cosas de otra manera. Es ahí cuando te das cuenta de que, oye, no eras tan desastre como te habían hecho creer. Piensas en todos los reproches y todas las discusiones y te ves, por fin, para decirte a ti mismo que tus errores (que los tuviste, claro) no debieron nunca causar el revuelo que causaron y que, en todo caso, de causarlo, deberían haber llegado al mismo nivel de revuelo que los errores de los demas... porque ellos también cometieron los suyos. Que muchas de las cosas que te reprocharon se quedaban en nada comparadas con las cosas que tú nunca te molestaste en reprochar. Que te acusaron con montones de palabras, usando términos muy duros... pero luego te pones a pensar en quiénes te las lanzaron y te das cuenta de que igual tú no eras para tanto en comparación con quien te las soltó. Que igual quien más te montaba la escena era quien más tenía por qué callar.
Y la sangre nunca llegó al río, porque sencillamente lo consentiste.

Hasta que dejas de hacerlo.
Hasta que necesitas llevar a cabo lo que tanto tiempo habías estado diciendo que necesitabas y desconectas. Empiezas a buscar tu propio sitio y, aunque todavía no puede decirse que lo hayas encontrado, al menos comienzas a sentir que puedes hablar sin miedo a represalias, ni otra tormenta de reproches. Sin que te manden a callar, sin que te digan "Así no".
"Eso no lo digas".
"No me gusta que hables así".
"Dejemos la conversación aquí" (aunque tú no hayas empezado siquiera a decir lo que tenías que decir)
Resulta reconfortante poder expresarte, ser tú mismo, sin que venga nadie a juzgarte. A ponerte mala cara. A mearse por completo en lo que hayas dicho, a exigirte que tu punto de vista se mueva en tal o cual dirección. Es un alivio perder poco a poco el miedo a que lo que digas ofenda, siente mal, se malinterprete o se te anden pidiendo las explicaciones que nadie se molesta en darte.


Pasando de esto.
Pero millas.


Pero volvamos a lo que supone desconectar del mundo digital en sí. Sí, queridos Distópicos, este post es de los largos, largos, así que os sugiero que os pongáis cómodos y pilléis unas palomitas o un tentempié nutrido, porque aquí va a caer un post largo. Y de los que llevan hostias para todas partes, le pese a quien le pese. Porque ya está bien de soportar mamarrachadas.

Cuando llevas el suficiente tiempo fuera de lo que son los medios sociales más controvertidos te das cuenta de lo que ha venido siendo una ingente espiral de mierda sin adulterar que yo... que todos, nos hemos venido comiendo. Para algunos, eso de las redes sociales ha supuesto una especie de boom porque, oye, de buenas a primeras, ahora tenemos un lugar donde expresarnos con total libertad y poder compartir ideas con gente que se mueve por las mismas inquietudes que nosotros y...
Y una polla como una olla.
Cuando llevas el tiempo suficiente te das cuenta de que eso no solo no es verdad, sino que resulta ser todo lo puto contrario a lo que nos creíamos. Eso de la plataforma para expresarse con libertad está resultando, de una forma más evidente cada día, en una patraña de cojones. Básicamente, somos como esos monitos de laboratorio que pulsan teclas para que les caiga un plátano. Esos monitos tienen la total impresión de que controlan su entorno y que las palancas satisfacen sus necesidades, pero de libertad nada. Viven en una puta jaula mientras los dueños del laboratorio están a sus historias. Si los monos se dan de hostias, posiblemente sea porque los dueños del laboratorio ya han estado manipulando según qué condiciones para propiciar el asunto y, si uno de esos monos le revienta la cabeza al otro contra la pared y sodomiza el cadáver mientras los demás le jalean, es porque los dueños del laboratorio están consintiéndolo para sus propios intereses.


"Presione aquí para dar su opinión condicionada"


Eso es en lo que se han convertido básicamente las redes sociales. Donde antes teníamos un ambiente distendido, donde echábamos el rato subiendo polladas y jugando a las putas granjas, ahora todo se ha orientado a eso del plataformeo de chichinabo, donde aparece el soplapollas de turno vendiéndonos su ideología y entonando el mantra radical de "o conmigo o contra mí". Sembrando crispación y, en esencia, dando por culo, exactamente del mismo modo que nos quejábamos hace veinte años con el por culo que nos daban los adeptos de cualquier religión minoritaria que nos paraban por la calle para contarnos la Buena Nueva, o que incluso nos fundían el timbre mientras nosotros fingíamos no estar en casa.

Antes los mandábamos a cagar y ahora no hay cojones, nos vayan a tildar de vete tú a saber qué, porque ahora, con el mundillo social, nos importa más que nunca lo que un soplapollas en la otra punta del planeta piense de nosotros. Te llega uno de esos calentándote la oreja y pidiéndote explicaciones acerca de tu puta vida y antes de que te des cuenta, estás teniendo que justificar lo que piensas o dejas de pensar ante un subnormal de paguita que no tiene autoridad alguna sobre ti, pero que dice ser el estandarte de vete tú a saber qué gilipollez.


Y oye, que no hay cojones de decirle a esa gentuza que nos coma el puto rabo de una vez.


Compartir información útil.
Otra auténtica mierda del tamaño de un puto camión. Cada dos por tres, hemos tenido que andar toreando bulos y noticias sin contrastar, cuando no te llega el titular tendencioso de turno que al pinchar en la noticia te das cuenta de que te la han colado. Has dado visitas a un periódico digital de dudosa reputación y ellos te la han colado... pero el problema no es que te la hayan colado. Es que la cuelan, lo siguen haciendo a diario, su mierda se comparte y sigue colando. Cada día vemos como caemos en las mismas mierdas, en los mismos engaños y en las mismas mentiras, orquestadas por vete a saber quién, por vete tú a saber qué motivos. Ellos dicen mierda y nosotros, como buenos corderitos, decimos amén. Y no nos limitamos a eso, es que por su mierda acabamos discutiendo con el que sea y enzarzándonos en las peleas de otros, porque pensadlo: ninguno de los hijos de la gran puta que va esparciendo esta mierda, inventándose noticias y poniendo a unos en contra de otros, se pone en primera línea a partirse la cara por una mentira; para eso tiene a todo un ejército de zombis que lo hacen por ellos mientras él se sienta alegremente, se pone una birra, y ve cómo los demás se sacan verbalmente las tripas a navajazos. Cualquier día alguno de los guerreritos que luchan en nombre de estos mal paridos en la sombra pasa a la acción, queda con alguno de sus enemigos para reventarse la boca y fijo que el que ha orquestado todo esto tiene para hacerse pajas durante semanas.
Y el vulgo ha abrazado todo esto con pasión.



"Ven p'acá, cabrón"


Libertad de expresión.
Perdonad que me ría.
Hace unos años, cuando todo eran risas, no nos dábamos cuenta del nivel de manipulación al que nos estábamos viendo sometidos. Ahora, solo hay que ser mínimamente perspicaz (subrayo el mínimamente, porque empiezo a pensar que el que no vea según qué cosas ya es por vagancia pura y dura y no por falta de recursos mentales, siquiera) para darnos cuenta de que hoy en día ya no puedes hablar de prácticamente nada en un medio público sin que uno de esos tontos de los cojones que se la cogen con un papelito para mear venga a decirte que se ha ofendido brutalmente por cualquier pollada que hayas podido soltar. Y oye, que el muy cabrón se caga en tu puta madre en público, te amenaza de muerte y no para de acosarte hasta que has retirado lo dicho... y es que parece ser que solo algunos tienen derecho a ofender a los demás, siempre y cuando la causita de mierda que les toque defender esa semana entre dentro de los estándares. Y si están dentro de esos estándares de corrección política e hipocresía perfumada en mierda diarreosa, absolutamente cualquier animalada que pueda soltar queda justificada. Porque nos vienen con el lemita de que todos somos iguales, pero luego unos siempre son más iguales que otros.



Y eso es lo que puto hay.


Hemos llegado ya a un punto de imbecilidad crónica que incluso acojona. Ahora por cojones hay que formar parte de algo. Hablamos de libertad, pero aquí nadie cuenta una puta mierda hasta que no se pone un puto hashtag o se identifica con tal o cual colectivo. Hasta que no toma parte activa en cualquier chuminada, a la que ahora llaman "challenges". Hace algunos años, si cogías y te grapabas el escroto a la pared te llamaban gilipollas y te señalaban por el barrio como el gilipollas aquel que se grapó los huevos a la pared; ahora, si lo haces en una red social y lo escribes como #grapateloscojoneschallenge, te encontrarás con unos doscientos millones de mongolos que se apuntan a la movida solo por hacerse los guais. Porque nos vamos a dejar de causitas y de chorradas; al 99% de los que se apuntan a estas soberanas idioteces lo único que les interesa son sus 20 segunditos de gloria y su ración constante de laiks. De ahí que ya paridas como lo del cubito de agua fría, que nos lo vendieron como algo solidario para luchar contra la ELA haya derivado en hacer en gilipollas sin más motivación alguna que la de hacer el gilipollas. Véanse otros challenges inventados por algún comemierda como ese de ponerte a bailar bajándote de un coche en marcha o ese de imitar a Sandra Bullock en su última peli cutre e ir por la calle con los ojos vendados. Y qué queréis que os diga, yo veo estas cosas y empiezo a plantearme que solo las casas reales se hayan estado apareando entre primos durante generaciones.


Algunos hasta se meten ya con cocodrilos para hacer el challenge de la temporada. Le muerde a uno el cocodrilo en el cipote y todavía serán lo bastante tontos de la polla (valga la repugnancia) de, en caso de sobrevivir, pedir responsabilidades legales a los de Nesflis por haber producido una película que los incitaba a hacerlo.
Como si lo viera, vaya.


La guasa es que ves todo esto y encima parece que los pobrecitos míos se piensan que están haciendo algo, cambiando el mundo o incluso salvándolo. Ves cómo en las noticias las redes sociales "arden" ante tal o cual cosa y en realidad no es más que otro puñado de soplagaitas subiendo memes y soltando paridas, cuando no te encuentras ya directamente a los cuñaos de turno, que saben de todo y más que nadie. He visto a gente que se ha subido al púlpito, dando lecciones a diestro y siniestro sobre la vida en general, tal y como hacían los predicadores hace dos mil años, y a otros tantos meneando la cabeza y diciendo "este tío controla"... pero es que no es la primera vez que a veces se han puesto a sentar cátedra sobre algo que los demás hemos estudiado y nos hemos echado las manos a la cabeza ante el despliegue de memeces que han soltado. No contentos con eso, tienen los santísimos cojones de coger y decir que no, que ellos sí que tienen idea de lo que hablan, porque "han vivido". Porque "están en el mundillo". Porque...
Mira, paso de andar poniendo las excusas que sueltan los ignorantes para revolcarse en sus propia ignorancia.
La guasa es que encima esos discursos no son ni graciosos. No te ríes con según qué mensajes, con según qué tonos. Cuando alguien, no contento con soltarte lecciones sacadas del sobaco, entra a matar con tono condescendiente y chuloputas, perdonándote la vida por no darle la razón ante la cuñadez de turno que acaba de soltar, es cuando te dan ganas de irte para él y hacerle comer calcetín sudado hasta que cague lana tres meses. Pero no, no se puede hacer eso porque entonces uno es el intolerante; no el gilipollas que te llega, te suelta "no sé de lo que hablo, pero mi opinión vale puto oro" o "esta idiotez la leí en un libro" (porque también hay libros malos y que cuentan mentiras) o "tú te callas, gilipollas".



Ah, tenéis una opinión.
Qué suerte tenemos los demás de que tengáis una opinión de mierda sobre algo de lo que no tenéis ni puta idea.
Lástima que me acabe de lavar el ano, porque os iba a invitar a que os comiérais todas las pelotillas de mierda que colgaban de los pelos.
Total, coméis pelotillas de mierda de otra gente y pedís una segunda ración, no es que haya mucha diferencia...


Es así como se forman los corros de la patata de sientacátedras y chupapollas: los primeros te dictan el sentido de la vida y los segundos se la chupan mientras tanto, predicando la Palabra. Una Palabra de mierda, que enaltece el ego de un pobre desgraciado que no tiene ni donde caerse muerto, pero que parece que tiene "un nombre", solo por haber ido de Clint Eastwood en un par de muros.
Perdonadme un segundo, voy a dejar de escribir para masturbarme un rato mientras grito a los cuatro vientos los nombres de estos seres iluminados que han salvado nuestras vidas de la ignorancia en la que hemos estado viviendo. De no ser por ellos y por su puto pensamiento, viviríamos ahora en la puta Edad Media, fijo. Aunque sean de los que te putean una película solo porque han visto el trailer y ya se saben el argumento entero... y aunque luego la caguen de pleno porque no han dado una.

Supongo que es otra cosa que pasa en los medios sociales y que resulta tela de curiosa: la puta falta de memoria, pese a que todo viene por escrito. Uno suelta una gilipollez del tamaño de Wisconsin, y otros treinta se turnan para chupársela hasta la garganta; pasa un mes y resulta que la gilipollez no era del tamaño de Wisconsin, sino del tamaño de toda la puta Australia, y los otros treinta que se la chupaban... se la siguen chupando y dándole la razón en todo al fulano, que ahora se siente enaltecido y, más chulo que un puto ocho, va por ahí repartiendo lecciones como si fueran lacasitos. Tú ves eso el tiempo suficiente y no sabes si el asunto te da risa, pena, asco o todo mezclado, metido en un cubo y con un huevo frito encima para que te lo comas a cucharadas.


Y hay quien come, y come, y pota, y pota, y sigue comiendo.


Pero ojo, de todo lo que estamos hablando hay que dejar claro que no siempre es culpa de los dueños del laboratorio. Desde el puto minuto uno tuvimos la oportunidad de cuestionarnos cosas; de no entrar en según qué mierdas; de pasar de defensas a ultranzas de según qué ideologías y centrarnos más en el carácter social y vivir una vida digital medio en condiciones, manteniéndonos en contacto con amigos que estaban fuera y haciendo lo que haríamos con esos amigos, que es echar el rato y poco más. Nada de monsergas, de payasadas ni de peleas de patio de colegio que no llevan a nada. ¿Cuánto tiempo nos hemos enzarzado en discusiones que nos han aportado de poco a nada con gente cuya existencia ni siquiera nos importa? ¿Cuánto tiempo hemos malgastado comentando noticias que han resultado ser falsas, o dando nuestra opinión de ignorantes acerca de cosas de las cuales no tenemos ni puta idea? ¿O es que ahora resulta que aquí nadie se ha autoerigido en detectives en casos de niños desaparecidos, o de abogados en casos de juicios mediáticos, llegando incluso a hacer pronósticos altamente detallados sin tener ni puta idea de jurisprudencia?



Anda que no salen Sherlock Holmes de barrio cada vez que desaparece un crío o matan a alguien...


Porque esa es otra: aquí nadie admite que no sabe ni dónde tiene la cara. Todo cristo hace aquí valoraciones ultrasesudas sobre el escenario político, sobre cuestiones complejas tales como emergencias sanitarias, jurisprudencia (como he mencionado antes), ciencia, arte, literatura (no hablo ya a nivel de usuario;  aquí al personal le falta ya escribir tesis sin haber pisado un aula, y sin haber olido el área a la que se refieren con mayor intensidad que un pedo de ascensor) y prácticamente todo lo que les salga del culo A LA VEZ. Entiendo que una enfermera hable de su área, del mismo modo que lo haría un abogado o un policía... pero cuando el mismo ser parece tener la puta clave DE TODO es cuando la cosa atufa a cuñadismo. Más si luego vemos que la gente que es médico raramente se pone a pontificar sobre lo suyo en público, del mismo modo que los policías o cualquier otro. No, desde luego, al nivel de los expertillos del "Yo sí que sé de esto porque blablabla".

Y podría seguir hablando largo y tendido de toda la mierda que nos hemos estado comiendo a diario durante años, y de la que muchos siguen comiendo. Otros son más ambiciosos y no se limitan a comer mierda, sino que ya puestos, la cagan y prueban fortuna en una especie de ciclo de comer mierda y cagarla que no parece tener fin, más que la reproducción y el esparcimiento de mierda por todo el mundo digital hasta convertirlo en una preciosa y grumosa plasta marrón.
Espesita, a poder ser, que eso de masticar tropezones con textura terrosa siempre mola.


Comer de lo comido, beber de lo bebido.
Solo muere de hambre el estreñido.


Dicho todo esto, supongo que queda claro que el mundo social me ha desencantado bastante a lo largo de los últimos años y que mi salida de él era crónica de una muerte anunciada. Supongo que me compensa más dedicar mi tiempo a eso de avanzar con mis proyectos personales y a hacer de mi trabajo algo un poco mejor. Y sí, dadas mis circunstancias últimamente, todo parece desembocar en una etapa algo más ascética y menos bajo según qué luces. A veces es necesario, para desconectar de según qué cosas. Para, como ya dije en su momento, para limpiarse de según qué energías que no han sido en absoluto beneficiosas. Para crecer un poco emocionalmente, sin que nada a tu alrededor te impida hacerlo. Podemos llamarlo el final de una etapa, pero también es el comienzo de otra. Y, como en cada comienzo, siempre hay dudas, asomos de viejos temores y pasos inseguros.
Pero todo camino empieza dando un paso.

sábado, 6 de octubre de 2018

Mondo Chorra- (IV) Secretos



A veces me pongo a pensar en cómo salen las cosas y me pregunto cuál es la mayor causa de que se desomoronen. Por supuesto, no hay una única causa, claro... pero, en muchos casos y, basándome en lo que ha sido mi vida a lo largo de los últimos años, empiezo a tener cada vez más clara la idea de que son los secretos los que nos acaban desangrando.
Puede resultar contradictorio, puesto que los secretos suelen ser una prueba de confianza: alguien te guarda un secreto y te traiciona cuando deja de guardarlo. Todo parece sencillo desde ese punto de vista... pero es un arma de doble filo. Y, como tal, puede ser dañina. Incluso destructiva.

Cuando empiezas a darte cuenta de que tu entorno se relaciona en base a los secretos que comparte, es cuando ves que algo no va del todo bien. Hay una clara diferencia entre las intimidades, que solo compartes con aquellos en los que más confías, y el secretismo, que realmente crea castas de relaciones. En un mismo entorno de confianza, donde se supone que todos los que te rodean están al mismo nivel, no debería haber secretos entre unos y otros; sin embargo, en el momento en que descubres que no todo el mundo sabe lo mismo, es cuando ves que algo no encaja. Cuando ves que todos son iguales... pero unos parecen ser más iguales que otros. Todo eso sin contar esas situaciones en las que te ves metido, en las que pasas de hablar de cualquier cosa con los que te rodean a acabar teniendo que medir tus palabras ante aquellos que se supone que son de fiar, no sea que no sé quién se entere de algo que no debía saber... o a dejar claro que tú sabes algo que se supone que no sabías. El secretismo te obliga a censurarte, crea conversaciones paralelas, obliga a guardar silencios incómodos. A veces, hasta obliga a mentir para proteger a otros.
Y eso no es más que el inicio de una espiral enferma.



Oh, yeah.


En ciertos entornos de confianza, resulta que todo se acaba sabiendo. El secreto que unos evitan que descubras es la confidencia que te cuentan otros, también de forma secreta, por supuesto. También sucede que dichos secretos ni siquiera sepan ocultarse bien y sean lo que llamamos "secretos a voces". Sea como sea, cuando descubres algo que te ha estado ocultando todo el mundo, es cuando te sientes traicionado. Excluido. En el mejor de los casos, te das cuenta de que aquellos en quienes tú has estado confiando resultan no contar contigo... pero sí cuentan con otros que hasta la fecha habían resultado más ajenos. Y es en ese momento cuando ya terminas de darte cuenta de que eso de los secretos no siempre es tan buena señal de confianza.

El secretismo (que no la confidencia) puede convertirse en hermetismo cuando incluso preguntas a qué viene lo que está pasando a tus espaldas y nadie es capaz de darte una respuesta clara, aunque realmente la conozcan. Se vuelve incluso algo hiriente cuando tú sabes perfectamente lo que te están ocultando y, en lugar de admitirlo, te encuentras con verdades veladas o incluso mentiras. Excusas cualesquiera para no decirte las cosas a la cara, por el motivo que sea.
"Porque es mejor que no te enteres".
"Porque si no sabes nada, para ti no ha sucedido y salimos todos ganando".
"Porque es de mal gusto que sepas tal o cual verdad".
Excusas, insisto. Excusas para no decirte de primera mano aquello que, tarde o temprano, acabarás descubriendo por ti mismo.
Nuevamente, vemos cómo descendemos en esa espiral, convirtiéndose en una bola de nieve que va aumentando día tras día, mes tras mes.
Año tras año.


Oh, mierda.


Excusas... y razones. Este cúmulo de secretos y misterios acaba resultando ser una patata caliente que se pasan unos a otros para no ser claros, o para no afrontar la responsabilidad de tener que decir la verdad. Tal vez, incluso porque piensan que te olvidarás de todo esto. Que no afrontar el asunto de forma directa hará que las cosas se enfríen.
"Haz como si no pasara nada y será como si realmente no hubiera pasado nada".
Pero no. No funcionan así las cosas, me temo. Unas mentiras ocultan verdades, pero revelan otras: en el momento en que descubres a la persona que te ha estado mintiendo, se cae un velo y te das cuenta de que ya no te puedes fiar de ella. Aquellos que te han estado ocultando cosas que, igual no era imperativo que supieras, pero que tampoco es de recibo ocultarlas como si se tratasen de tabúes, se retratan a sí mismos con su falta de confianza en ti. Y te dejan más que claro que ya no puedes fiarte de ellos. No como lo hacías antes.
Vamos a ser honestos, ¿cómo vas a hacerlo?

Aquellos que antaño eran gente a la que veías y sentías como cercana empiezan a difuminarse en un halo de desconfianza e incertidumbre. Sabes que te han estado ocultando cosas. Que todos y cada uno de ellos te han estado mintiendo en un momento dado. Que te han contado las cosas a medias, solo limitándose a las partes que convienen que tú sepas y decidiendo por ti.
"No va a entenderlo si se lo digo".
"No le va a parecer bien".
"Mejor le cuento solo lo justo".
"Mejor no le digas nada de esto".
"No le hables de tal, o de cual".
Mantras para justificarse en algo que es dañino y que te lleva a preguntarte: "He descubierto que me han ocultado esto, pero... ¿qué más se me ha podido estar ocultando?".
Cuando llegas a ese pensamiento, sabes que lo mejor es no seguir en según qué direcciones.


Ya conoces la salida.


Hay quien piensa que la verdad siempre acaba saliendo, y que el tiempo pone a cada uno en su lugar. Yo no estoy seguro de creerlo del todo... pero sí suelo pensar que es muy complicado estar ocultando algo todo el tiempo sin que nadie se dé cuenta. Sin que nadie cometa errores. Es muy difícil mantener una mentira sin que, tarde o temprano, las cosas dejen de cuadrar. Sin que suceda algún hecho imprevisto que la desmonte.
Y entonces, ¿qué?
¿Qué sucede cuando descubres que alguien se ha portado así? ¿Qué clase de excusas puede dar para justificarse y que te las creas, cuando ya estás viendo que ni siquiera puedes creerte lo que te han venido diciendo a lo largo de vete a saber cuánto tiempo?

Sé que la mayoría de gente a mi alrededor piensa que soy extremadamente radical con eso de la lealtad, pero... yo parto de un hecho fundamental y es que, si no puedo fiarme al 100% de la gente con la que trato, esa gente automáticamente deja de ser gente cercana para mí. Es ahí cuando enfrío mi actitud y cuando, oh, sorpresa, el resto de humanos dice sentirse decepcionado hacia mi actitud.
Irónico, cuanto menos.
No sé si es ver la paja en el ojo ajeno, o sencillamente no darse cuenta (o no querer darse cuenta) de que el secretismo, el hermetismo, las mentiras "por protección" (o, por el motivo que sean) vienen a ser como un cáncer que devora relaciones y las corrompe hasta degradarlas en algo irreconocible. Supongo que es más fácil hacer lo de siempre, que es hacerme pagar los platos rotos de todo en lugar de admitir todo el secretismo a mis espaldas.


También está la otra opción, que es decir que todo es neura mía, o parte de mi imaginación... y optar por no hacer absolutamente nada al respecto, diciendo que "Ya se me pasará".
Porque aquí el único que la caga soy yo.


Con el tiempo, alguien te acaba contando cómo han sido las conversaciones acerca de ti cuando tú no estabas, y te quedas, como poco, de piedra. Resulta que todo, absolutamente todo lo que hacías, era cuestionable (y cuestionado). Nadie entendía por qué hacías las cosas, pero a nadie le daba por preguntar. No sin antes haber emitido un juicio de valor, por supuesto. Luego sí, llegaban las preguntas, pero con el veredicto ya dictado, de manera que no tenía ningún sentido que te explicaras. Porque nadie parecía entender, ni querer entender, nada de nada.
O bien resulta que te enteras de cosas de alguien por terceras personas que habría sido mucho más honrado si te las hubieran dicho de primera mano y se dejaran de tonterías que lo único que demuestran es que no se fían de ti. Que, al parecer, parece que nunca se fiaron demasiado. Claro, uno da motivos a diario como para eso. Lo acostumbrados que estarán a que yo traicione a la gente que me rodea.

Hasta que todo eso acabó muriendo. Esa voluntad por querer explicar por qué habías hecho tal o cual, desapareció. Las ganas de escuchar mentiras, desaparecieron también. Con el tiempo, dejas de preguntarte acerca de todas esas conversaciones a tus espaldas, de todos esos momentos en que, de forma velada o incluso de forma totalmente abierta, se ha prescindido de tu presencia. Incluso se ha llegado a vetar. A decirte (de antemano y dándolo por sentado previamente) que tú no quieres estar ahí, por eso no se cuenta contigo. A no confiarte según qué cosas porque oye, de buenas a primeras, ya no eres tan de fiar como solías ser. Porque resulta que esa misma gente que decía confiar en ti, tiene las santísimas agallas de decir que no se siente cómoda contigo hablando de según qué temas y prefiere excluirte de según qué conversaciones. Cuando, no mucho tiempo atrás, te alababan diciéndote que contigo se podía hablar de todo.


"Pues ya no. A la calle".


Y es respetable. No está bien obligar a los demás que cuenten con uno. No es mi intención y, francamente, ni siquiera llega a enfadarme; pero, por otra parte, tampoco está bien que te digan que les importas muchísimo cuando ves que las palabras se las lleva el viento. Cuando ves que no es verdad, porque los actos (sobre todo los actos a tus espaldas) no se corresponden con las palabras. Cuando, poco a poco, descubres todas las cosas que, si bien no son mentiras flagrantes, desde luego faltan a la verdad completa. Eso tampoco me enfada, pero sí me hace replantearme según qué cosas. Sentirme como la última mierdecita en la vida de gente que me importa.
Igual no eres tan amigo, ni tan importante en la vida de alguien, cuando te vas enterando de todo lo que te están ocultando. De todo cuanto está sucediendo a tus espaldas. Cuando descubres que, de forma totalmente voluntaria, evitan cualquier mención a según que asuntos, o a según qué personas en tu presencia (como si dieran por sentado que te vas a cabrear o vas a decir vete tú a saber qué), pero es darte la vuelta y volver a ello. Como si la exclusión y el ostracismo no dolieran más, ni fueran más insultantes. Porque uno no pide que le cuenten pelos y señales de todo cuanto hacen... pero tampoco pide que se las vayan ocultando adrede, como si tuviéramos ahora catorce años, o como si se diera por sentado que solo los tengo yo, que también me he llegado a comer ese reproche en unas cuantas ocasiones.


"Is qui pirici qui tinis quitirci iñis".


No, no sienta bien darte cuenta de (o al menos sentir) que no eres bienvenido en según qué contextos. Que haya dos personas hablando de según qué temas a tu lado y, en el momento en que te acerques, cambien de tema, excluyéndote por completo, sin pudor alguno y en tu cara. O que esperen a que estés a tan solo unos metros para hablar de algo que jamás hablarían contigo porque, de pronto, no pareces la persona indicada para ello... pero oye, sí, sigues siendo un buen amigo al que le contarían absolutamente cualquier cosa. Y te lo tienes que creer.
¿Qué confianza te queda en esos círculos cuando estás viendo eso durante tanto tiempo? ¿Qué lugar crees que tienes ahí, cuando estás sintiéndote empujado, una y otra vez, al exterior? ¿Cómo de cómod ote puedes sentir si estás viendo que se te dice una cosa, pero se te demuestra la contraria? ¿Cuando cada vez menos cosas parecen unirte a otras personas?


—Bla, bla, bla, bla, bla, bla...
—Hola, ¿de qué habláis?
—No, no, de nada, de nada...


Es entonces cuando tu locuacidad desaparece y lo único que te apetece es quedarte callado. Ni comentarios ingeniosos, ni chistes, ni nada por el estilo. Te vuelves hermético... no ya por secretismo, sino porque no consideras de recibo contar nada nuevo de lo que pase en tu vida. Porque estás viendo que los que te rodean te cuentan única y exclusivamente lo que les parece, y tú ya no ves sentido a actuar de un modo diferente a ese. Porque, habida cuenta de estas cosas, no sabes si lo que cuentes va a ser motivo para más conversaciones a tus espaldas o ser usado en tu contra en un futuro. No lo sabes y, como no lo sabes, prefieres callarte. Contestar solo cuando te pregunten... y, si no te preguntan, no dar norte alguno. Porque según qué cosas parecen haber muerto y yacer no sé cuántos metros bajo el suelo. Enterradas con los secretos y las promesas que se hicieron y que parecen haberse olvidado.
Que sí, que podría hablar las cosas. Pues claro que podría, no te fastidia... pero es que cada vez que me ha dolido algo lo he dicho y al final, he acabado siendo yo el que tenía que disculparse. He sido yo al que no han dado importancia alguna y el que se ha comido el trato condescendiente, con argumentos tan sólidos como "que he tenido una rabieta" solo por decir que algo no me parece bien. Por hacer lo que se supone que tenía que hacer, que era hablar las cosas.


Al final, ¿sabes lo que pasa? Que te quedas con la sensación de que no puedes ganar nunca, tomes la decisión que tomes: si hablas, malo porque oye, eres tal o cual por decir lo que sea. Te comes juicios de valor de todo tipo de gente que no ha entendido absolutamente nada de lo que querías decir.
Pero es que si te callas te dicen que oye, que hables las cosas.
Lo guapo es cuando yo pregunto "¿En qué quedamos, entonces?" y NADIE me da una respuesta. Todo el mundo se encoge de hombros y encima parece que tengo que ser yo el que se busque la vida para que haga lo que haga, no se vea como una cagada monumental.


Podría seguir hablándolas, pero es que ya no me da la gana. Me resulta un esfuerzo absurdo con un resultado aún más absurdo. Más cuando aquí cualquiera puede callarse y no pasa nada, se respeta... pero cuando lo hago yo, se me echa la bronca y se me presiona para que lo hable... y luego me encuentre comprensión CERO. He sido yo el que, por decir las cosas cuando la situación se ha puesto fea, se ha comido toda la mierda, mientras que otros, tras portarse como gente que no se merece llamarse amigos míos y que ha hecho lo que le ha dado la real gana sin consecuencia alguna (como por ejemplo, quedarse callados de la forma más ruín cuando les estaban hablando directamente para que se hablara un problema serio), sí parecen ser dignos de un trato de respeto, confianza y comprensión. Yo he sido el que, en situaciones así, raramente ha recibido un "¿Cómo estás?", aun a sabiendas que estas cosas me pasan factura. No. Lo que he recibido han sido reprimendas, a veces dadas meses después (a toro más que pasado ya), cuando ya empezaba a recuperarme, y tras vete tú a saber cuántas conversaciones acerca de esto a mis espaldas, cuando es conmigo el primero con el que se tenía que habar hablado y no el último. Con gente que provoca el caos, que es incapaz de morderse la lengua a la hora de soltar cosas realmente dañinas y que luego se calla de la forma más cobarde cuando se le rinden cuentas, se habla las veces que sea, y probablemente en tono conciliador y comprensivo, porque a según qué gente no se le tose y su Santo Criterio va a misa. A mí, que me den: primero se me cuestiona; luego, sermón, broncazo y, de postre, hacerme sentir culpable.
Mira, NO. Yo por ahí no paso.


Habrá otros que toleren la ley del embudo porque en el fondo les dé igual.
A  mí ni me da igual ni la tolero.


Todo aquel que me conoce BIEN (y no el que dice hacerlo, que de esos hay muchos) sabe que yo soy capaz de comprender muchas, muchísimas cosas. Pero que jamás voy a consentir ni dobles raseros ni tratos de favor. Como tampoco voy a consentir que alguien se mee fuera del tiesto, falte al respeto, se permita el lujo de levantarme la voz A MÍ, luego no tenga ni la educación ni la catadura moral para, no ya para pedir disculpas, sino dar una miserable explicación (que luego, como siempre, sí que se me piden a mí)... y esa persona resulte ser una bellísima persona, querida, respetada y tolerada mientras a mí se me lanza el argumento de "Algo habrás hecho" (super justo, por cierto) y se me eche encima un muerto que nadie ha tenido a día de hoy la decencia de decirme a la cara en qué consiste ni a qué viene. Aunque haya quien probablemente lo sepa.
Y, antes de que venga nadie a liármela acerca de esto último que acabo de decir, quiero que quede claro: con esto no digo que me vengan a explicar a qué ha venido toda esta mierda; lo que digo es que, si resulta que se sabe a qué viene, lo último que se debe hacer es mentirme, decir que ni idea, y usarlo como argumento para que yo me coma toda la responsabilidad. Una vez más, más secretismo que no me da la real gana de aceptar ni tolerar, en caso de que esto resulte ser así.
Por ahí tampoco paso.



"Hala, cómete eso, que para eso es para lo que estás tú".


Supongo que esta es una de esas cosas que ya no espero que mucha gente entienda; simplemente son las cosas con las que me toca vivir. Otras más en una larga lista.
No, no espero que nadie entienda nada de lo que digo, ni que sea capaz de entender lo que siento cuando veo que todo a mi alrededor, en mi Universo personal, se enfría para acabar desmoronándose. Total, he escrito sobre esto mil veces ya para desahogarme y nadie ha parecido entender lo que quería decir. Nadie ha parecido siquiera pararse a pensar que oye, lo mismo no me encuentro bien. Ni de coña se les pasa por la cabeza que igual ellos están siendo testigos silenciosos de todo eso y que lo mismo saben de qué va toda esta película. No, aquí como si no fuera con nadie. Es todo cosa mía porque, claro, todo el mundo sabe que a mí se me va la olla día sí y día también y es normal que de vez en cuando desvaríe. Que diga cosas que no tienen sentido alguno. Que me desahogue sin motivo. Que, de buenas a primeras, diga que no quiero a alguien cerca porque lo normal en mí es que yo le ponga una cruz a alguien por la cara. Que yo actúe sin pensar (o, mejor dicho, sin haberme comido la cabeza cuarenta veces en un mismo día) o según me dé un aire. Claro, estáis de lo más acostumbrados a que yo haga esas cosas. Tanto, que lo mejor es pensar que me he dado un golpe en la cabeza o algo así, no tomarme en serio e ir a lo vuestro. Ante todo, la política es siempre cuestionarme, dar por sentado que soy yo el que no sabe dónde tiene la cara, que soy el que exagera, el que se inventa cosas, dramatiza o el que directamente dice tonterías que no merecen la pena ni tenerse en cuenta.
No. El único sentimiento que he visto, en la mayor parte de los casos, es el de culparme a mí o el de sospechar que, si algo malo sucede, o yo he sido la causa o he tenido algo que ver. De cargarme a mí siempre con toda la responsabilidad del desastre y hacerme a mí vivir con todas y cada una de sus consecuencias, mientras los demás pueden tener bien limpias sus conciencias y hacer lo que les viene en gana sin sentir ni una migaja de culpa por ello. De escudarse en según qué decisiones diciendo que yo también las tomo, pero no plantearse que, mientras unos hacen según qué cosas porque les da la gana, yo las hago porque no me queda más remedio.


Coñas aparte, solo me pregunto una cosa: cuando las cosas vayan mal a mis espaldas, ¿también serán culpa mía, aunque no tenga ni idea de lo que pasa, o se buscará a otro para que sea el que cargue con todo, como lo hacía yo?


Pero también supongo que todos los ciclos llegan a su fin. Supongo que, tras mucho advertir por activa y por pasiva que esto iba a acabar por suceder (porque lo hice, no una, sino cien veces. Más todas las que dije que estaba empezando a estar muy cansado de según qué actitudes y de según qué situaciones... y sospecho que, si alguien me llegó a escuchar, ni se molestó en tomarme en serio ni en plantearse que todo esto acabaría pasando), el ciclo en el que yo paso de ser la voz que rompe el silencio para luego convertirme en chivo expiatorio ha terminado. Ha llegado el momento de romper según qué cadenas y quitarme según qué mordazas de la boca. De hablar cuando me dé la real gana y no cuando se me dé permiso. Ese momento de deshacerme en explicaciones que se van a malentender o que no se van a entender en absoluto... ese momento también ha terminado. También ha acabado la etapa en que cualquiera tomaba las decisiones que quería y luego se me responsabilizaba a mí. De pagar por los malos días de otros. Se ha acabado la etapa de recibir sermones donde se restriegan por mi cara todas y cada una de mis miserias. De sentirme como un inútil. De tener que callarme porque no quiero convertir una situación cualquiera en un conflicto. De tener que disculparme por mil y una cosas que ahora veo que no fueron culpa mía... pero sí que se me hizo pensar que lo eran hasta que me lo creí.

Y, por supuesto, se acabaron los secretos.

martes, 2 de octubre de 2018

Escupiendo Rabia- El error de Idígoras



Está uno currando y, cuando termina su jornada laboral, le llega una noticia que le deja pasmado: el excelente dibujante Ángel Idígoras, conocido en mi ciudad por haber estado... nada, la friolera de unos treinta años (que se dice pronto) ilustrando con viñetas satíricas nuestro diario local, ha tenido que retirar un mural que ha pintado por acusaciones de machismo. Dicho mural, concebido por este caballero (no lo digo con retintín: es un artista al que siempre he admirado, y al que considero más que justo su galardón como Hijo Predilecto de mi ciudad) en el que hace una referencia visual a la famosa foto de Robert Doisneau (todo un icono de la fotografía del s.XX, le joda a quien le joda... y sí, parece joder a mucha gente porque alguien se enteró de la historia que hubo detrás de la foto y se ha puesto a alzar el puño en alto, aunque esa historia haya sido hace décadas y no se haya quedado con lo que realmente quería representar, tal y como es el objetivo del arte), adaptada al entorno de mi ciudad, venía rubricada con una cita de Vicente Aleixandre: "La memoria de un hombre está en sus besos".

Para quienes no lo sepan, Vicente Aleixandre tampoco era nadie: miembro de la Generación del 27 (como veis, Lorca no era el único) y premio Nóbel de poesía, que también se dice pronto. Creo que hablamos de un artista representativo que referencia y homenajea a otros dos artistas; uno, un clásico a nivel mundial y el otro, otro artista que es un estandarte de mi ciudad.
El mural, así como la cita, para mí, no muestran más que un acto de amor. Eso que en estos tiempos de represión parecemos haber olvidado. En estos tiempos extraños, en los que las muestras de afecto parecen malinterpretadas por muchas personas como un acto vergonzoso, o de sumisión, o algo que hay que ocultar y relegar al ámbito privado, puede ser un desafío a esa tendencia y decirnos que no: que no tengamos miedo de mostrar nuestro amor. Que el amor, a fin de cuentas, es uno de esos recuerdos agradables que quedan en nuestra memoria (si no sufrimos Alzheimer) para siempre.

Hasta que ha llegado la criautra de turno, con su ideología de plexiglás, perfectamente diseñada para odiar y soltar reflexiones sesudas; para ensuciar con ella las obras artísticas de otros, cuando nadie le ha pedido su opinión, ni le ha dado permiso para hacerlo. Tan solo contando con una legitimidad autoatribuida y creyéndose por encima del bien y del mal, con un derecho que nunca tuvo para pisotear el arte del prójimo, con una pintada que rezuma la misma creatividad del ladrillo. Poniendo el clásico símbolo y las mismas consignas que empiezan ya a apestar a un encuadramiento ideológico peligroso. Con un insulto abajo, en la misma firma del creador, para marcarlo como si fuera un animal de rebaño, o un hebreo en tiempos (no mucho) más oscuros que este.


Hay que ser salvaje. Así os lo digo: salvaje.
Y os digo una cosa más: a un artista se le puede insultar de la forma más grave de dos maneras. Borrando su firma o ensuciándola. La persona que ha hecho esto, me da igual su ideología, lo que ha demostrado, aparte de una ignorancia supina, es una falta de respeto acojonante.
Pero luego pedirá respeto para sí misma, como si lo viera.


Alguien, una vez más, ha volcado sus fobias personales y las ha plasmado contra el arte. El arte, una vez más se ha convertido en el chivo expiatorio de algo que no sé por qué no está empezando ya a tipificarse de forma penal como delito de odio. Una vez más, los más radicales se están haciendo oír y, lo que es peor, se les está escuchando: Idígoras, desde mi punto de vista, ha cometido el error que ningún artista debería cometer. Le respeto enormemente, pero creo que se ha equivocado al pedir perdón y retirar su obra del muro en que estaba pintada.

El arte es luchar contra el miedo, contra la intolerancia, la ignorancia y el odio. El arte es levantar la voz cuando otros te dicen que agaches la cabeza. Es rebelarte contra aquellos que te dicen que te calles, que pienses como ellos. Que no hables, que pidas permiso para todo.
Tengo otra cita para esto. Para aquellos que tienen miedo a ser marcados o tildados de lo que no son. Para aquellos que creen que su arte es ofensivo, solo porque otros se lo han dicho: "Mejor reinar en el infierno que servir en el cielo" (John Milton). Si ciertos colectivos o ciertas voces nos dicen que nos callemos, que tengamos miedo de hablar, de pensar por nosotros mismos; si nos dicen aquello que debemos crear, cómo debemos hablar, cuándo debemos hablar y con quién, estamos cediendo.

Y sí, antes de que digáis nada, esto me parece un acto de terrorismo. Si queréis nos vamos a la definición del término que acuña la RAE. Ya sabéis que yo no creo mucho en ella como institución con derecho a dictar nada, pero sé que vosotros, o muchos de vosotros, si la tenéis como referencia:

1. m. Dominación por el terror.
2. m. Sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror.
3. m. Actuación criminal de bandas organizadas que, reiteradamente y por lo común, pretende crear alarma social con fines políticos.

Y qué queréis que os diga: tener asustada a la gente para que no diga nada, vaya a ser que se atente en contra del Pensamiento Único es terrorismo. Obligarla a censurarse es terrorismo. Usar el insulto y el odio como único argumento es terrorismo. Marcar al "enemigo" con el dedo, usando un término despectivo con el que poder humillarlo es terrorismo. Protagonizar actos vandálicos a fin de hacerse notar y reivindicar una ideología es terrorismo. Hacer uso de la violencia verbal, tales como faltas de respeto graves, o incluso amenazas, para aplastar las voces discordantes es terrorismo. Hacer uso de acciones agresivas, tales como lanzar lejía a un transeúnte, es terrorismo. Abrazar la filosofía de que el fin justifica los medios para poder mancharse las manos de sangre (literal o metafórica) a la hora de defender una ideología es terrorismo, y del extremista más recalcitrante.
Y sí, os podéis cachondear con el típico "todo es ETA", que os veo venir. Pero solo os digo una cosa: vosotros estáis aceptando (y algunos de vosotros, hasta viendo bien) acciones que, si en lugar de ir con un pañuelo morado hubieran ido con un turbante, os habrían parecido aberrantes y muchos de vosotros ya estaríais convocando actos de repulsa contra el extremismo. Estáis consintiendo el terror y la censura porque queréis parecer tolerantes... y lo que estáis haciendo es agachar la cabeza ante la intolerancia, la ignorancia y el odio. Llegará el día en que se les vaya la olla y agredan o se carguen a alguien... y entonces, ¿qué diréis? ¿Cómo lo justificaréis? ¿O es que vais a ser lo bastante hipócritas como para rasgaros las vestiduras cuando se cargan las estatuas de un museo a mazazos en otra parte del mundo o revientan una ciudad persa con dinamita, pero vais a mirar para otro lado cuando se hace aquí y no se hace en nombre de vete tú a saber qué deidad?
Lo mismo os daréis cuenta cuando sea demasiado tarde... o lo mismo no os atreveréis a abrir la boca, vaya a ser que os llamen lo que se hayan inventado para denigraros.

Volviendo al caso de Idígoras, no creo que ningún artista que se pueda mirar al espejo y considerarse como tal realmente crea que deba pedir perdón por soltar lo que lleva dentro. Ninguno que crea en lo que hace, al menos.
No me atrevo a decir que Idígoras no crea en lo que haga, pero sí creo que ha escuchado a quien no debería y ha ignorando a aquellos que pensamos que ole sus pelotas por haber hecho lo que ha hecho. Que ha creado algo hermoso y que no es algo por lo que haya que pedir perdón. Que no ha debido ceder al terror.


¿O es que ya no nos acordamos de esto?


Así que, artistas, os lo digo bien claro antes de que empiecen a quemar libros y a asaltar mesos por una buena causa: rebelaos. Cread. Sacad lo que lleváis dentro de vuestra misma alma y demostrad que la opinión de muchos no está por encima de vuestro arte. No miréis para otro lado cuando estas cosas suceden en nuestros hogares para luego llevaros las manos a la cabeza si suceden en otro mundo.
Los radicales están aquí y van a por el arte. Llevan otra bandera, entonan otras consignas, pero no pararán hasta arrasar todo aquello que no casa con sus ideales.
No les hagáis el juego.

viernes, 28 de septiembre de 2018

Escupiendo Rabia- Comiendo mierda cultural



De un tiempo a esta parte eso de la globalización se está notando, y la influencia de unas culturas recae sobre otras. Esto es un hecho y no tiene por qué ser malo; no voy a ser yo el que se ponga gilipollas ahora porque al personal le dé por tajarse yendo a fiestorros de San Patricio o que quiera celebrar Halloween (ya comenté una vez que, aunque digamos que sea de origen anglosajón y que por esa vía nos haya -re-entrado, es una festividad céltica, de modo que es más europea que americana). Eso de que nos apiporremos de cine coreano o nos metamos a zampar en un Döner-Kebab no me parece en caso alguno perder nuestra identidad ni leches en vinagre, sino enriquecernos.

Pero ojo, no todo lo que nos viene de fuera es gloria bendita, y da la puñetera casualidad de que alzamos el puño contra las patochadas pero nos comemos lo gordo como si fuera un mojón de kilo y medio recién cagado. Y oye, eso nos parece de puta madre.
Para muestra, un botón: no sé si la mayoría os habéis fijado en la ola de puritanismo que nos estamos comiendo desde el otro lado del charco. Ya no es que las redes sociales censuren pezones (femeninos, eso sí, que se identifican con algo lascivo y maligno, al parecer) y lo manifiesten abiertamente en sus términos y condiciones de usuario con todo su flow, pese a lo bestialmente discriminatorio que resulta. Pasemos a movidas igualmente chungas, paridas por la gente, donde se empiezan a escandalizar con la ropa de las crías, cuando hace unos diez o quince años se puso la moda de ir enseñando el tanga (por edad, puede que hasta muchas de las que alzan la voz contra las niñas de hoy en día "por sus hijas", fueran precisamente de esas) y al personal le pareció más o menos mal, pero no empezaron con imbecilidades como pedir resucitar al Caudillo para recuperar los valores o que impongan el uniforme en clase. Ya mismo viene algún iluminado pidiendo la abolición de la enseñanza mixta (que vino siendo todo un avance en la integración de género en su día) y aparecerá una caterva de simios aplaudiendo como putas focas.


Umf. Umf. Umf. Umf.


Se pasa de eso a dar por sentado, como se está dando, que una chica que hace topless en la playa es una fresca, que eso de ir con minifalda por la calle incita a las violaciones y que abrir las piernas es ofensivo (ante esto último, recordad que ya os comenté que es una idea puritana acerca de insinuar los genitales, pero que aquí no coló -a menos, en su momento; ahora tengo mis dudas- y la disfrazaron con lo de invadir el espacio personal). Se está pasando de movidas como estas a pedir la segregación de las mujeres en eventos "por su seguridad" y a pedir censura en los medios públicos bajo amenaza de boicot. Donde hace unos veinte años, en según qué programas de la tele (fuera de horario infantil, claro) se podía hablar de sexo sin tapujos o incluso se podían ver stripteases de ambos géneros, todo eso se ha reducido prácticamente a cero porque ya hay gente que se ofende al ver o escuchar esas cosas.

Voy más lejos: las charlas de orientación sexual en muchos centros educativos también están desapareciendo, a petición de padres que creen que sus hijos van a ser vírgenes hasta los 30 o 40 y no quieren que les enseñen "guarradas". Sin embargo, esos mismos que ponen el grito en el cielo y que se creen que sus hijos no van a tener relaciones prematrimoniales antes de la mayoría de edad son los primeros en soltarle una tablet, un portátil o un móvil con acceso a Internet para que un chaval se atiborre de porno del duro, pero del duro de verdad, con sexo forzado, representaciones de violaciones grupales, violencia sexual, insultos y toda clase de cosas preciosas que, un adulto puede distinguirlas como algo ficticio (al menos un adulto sano, claro, y no un esquizoide o uno que se cree que todo lo que ve en una pantalla es real) y puede decidir si le gusta o no; un chaval que carece de educación sexual alguna da por sentado que el sexo, o la sexualidad, es una especie de acto predatorio que, dicho sea de paso, hay que consumir bajo cuerda. Los padres se desentienden de toda explicación, ya sea en casa o en clase y prefieren mirar para otro lado mientras los críos se zampan Two Girls One Cup.
Nadie dice nada y todo solucionado, piensan muchos.


Si no hablas de ello (en público, claro), no existe.


Esa es una doble moral claramente anglosajona, que hemos adaptado como buenos borreguitos, la de escandalizarnos por lo que vemos que hacen otros y que nosotros también hacemos bajo cuerda. No hablo tanto de ver porno extremo, sino del hecho de tener una sexualidad; la gente en nuestro país no había terminado de adaptarse a la apertura de la transición cuando, en dos, tres décadas, está tomando unas ideas de represión que recuerdan a la época en que vivieron mis abuelos. "Libertad, pero no libertinaje", es el mantra que usan, sin darse cuenta de que en realidad no están permitiendo ni una cosa ni la otra. No cuando llaman "guarra" a cualquiera que enseñe más cacho del esperado (y cada vez se espera menos). No cuando su conducta empieza a rezumar una hipocresía que daría risa si no diera tanto asco.

Hemos demonizado el sexo hasta el punto de que el cuerpo humano empieza a verse como algo pernicioso. Preguntad las críticas de cualquier modelo de desnudo que trabaje en Insta y os contará la cantidad de mamarrachos que se creen que por tener derecho a opinar pueden entrar a "evangelizar" al personal y decirle lo que tienen o no tienen que hacer con su cuerpo: la moda ahora es decirle a alguien que muestra su cuerpo sin pudor que "No se da a valer" (esto incluso se aplica con mujeres, y no con hombres, que tienen relaciones sexuales esporádicas e informales). "Que seguro que tiene muchos más talentos que andar exhibiéndose". "Que un cuerpo por sí solo no es nada". "Que ya envejecerá". La cantidad de perfiles denunciados por imbéciles redomados que parece que no pueden soportar que alguien se exhiba, ya sea de forma artística o porque le salga del mismísimo coño.


"¡Otra maldita ramera de Satanás que incita a los pobres e inmaculados internautas a masturbarse!
¡Y masturbarse es el mal! ¡El mal! ¡EL PUTO MAL!"


Mierda que, además de demostrar una envidia malsana hacia lo que hacen los demás, lo único que esconde es una fobia tremenda a que alguien muestre su cuerpo... como si quiere mostrarse con un traje de neopreno o con la armadura del puto Iron Man. Dicha fobia, no nos engañemos, proviene de una mentalidad puritana que nos han ido metiendo con cucharón hasta que ya muchos no es que la estén aceptando: es que la están abrazando con gusto y se creen que pueden ir por la vida diciéndole a la gente que se tape, que son unos impúdicos. Que no follen hasta el matrimonio (pero si no están casados, argumentan, es lícito irse de putas (y de paso, ya que se ponen, tratarlas como pedacitos de mierda), que para eso están. Dicho esto sin pudor, sin despeinarse y bajo la idea de que una mujer es básicamente un coño con patas donde meterla. Ahí es nada).

Más mierda de este tipo es cuando los gilipollas de turno nos vienen con las clásicas paridas de "es que el arte sexualiza", sin pararse a pensar que el arte no sexualiza nada, o no lo hace per se: lo que hace es ensalzar la belleza y dejar claro que el cuerpo humano, incluyendo pechos y genitales, es hermoso. Sexualiza el que ve las cosas con lascivia, no el que crea, como siempre. Digo esto y quiero que quede claro para que todo aquel que vaya con las antorchas cargadas pidiendo la cabeza de artistas como Manara, Frank Cho, Luis Royo o al que toque apalear se las meta por el culo, encendidas y todo. Cuando tengan el talento de crear algo tan hermoso como lo que son capaces de dibujar estos tres, que hablen y, si tienen cojones (porque hasta para dibujar una tía abierta de patas hace falta arte y dedicación, y mucha, os lo aseguro) que vengan a darnos lecciones a los demás sobre lo que tenemos o no que dibujar, o sobre los cómics que tenemos que leer, o las ilustraciones que tenemos que comprar.
Y por mí, que vengan a darme lecciones, que es tan sencillo como decirles que me chupen mi sexualizado ojo del culo y se vayan ya a cagar de una puta vez. Ellos y su pensamiento de puritanos de mierda.


Tomad culo artístico. Fijo que muchos de vosotros, escandalizados de la vida, lo reventaríais a martillazos por exponer el cuerpo como un objeto sexual. Luego decid que sois mejores que los que revientan las estatuas por cuestiones de fanatismo relig...
Oh, wait...


Pero vamos más lejos: supongamos que sí, que sexualiza. ¿Es que nadie se ha dado puta cuenta de que hablamos de sexualizar algo como si lo degradáramos o como si lo convirtiéramos en algo sucio? ¿Como si el sexo en sí mismo fuera algo de lo que avergonzarse? ¿Algo que esconder bajo la alfombra para que nadie lo vea? ¿O es que ahora resulta que aquí los genios del puritanismo son paridos por los dioses, sin concepción previa, de madres vírgenes e inmaculadas? Vamos, no me jodas ya aquí con las putas rasgadas de vestiduras y con lo santos que son todos y cada uno de ellos y lo putos y degenerados que son los demás.

Pero no es la única mierda que nos estamos comiendo.
Para muestra, otro botón: ¿habéis notado esa tendencia a la etiqueta absurda que estamos viviendo también? Antes te gustaba una persona por su inteligencia y punto; ahora eres sapiosexual. Antes te gustaba alguien de tu otro sexo y ahora te llaman hetero cis. Antes decías "estoy probando a ver si me gusta la gente de mi sexo" y no había mayor conflicto en eso. Ahora eres bi-curious. La cosa es que hemos pasado de una tendencia a tolerarnos unos a otros (ojo, tendencia; nunca se llegó a conseguir realmente... pero se empezaba a ver el esfuerzo) y ahora lo que tenemos es que cada uno empieza a montarse una especie de parcelita con su etiqueta para distinguirse y separarse de los demás, no vaya a ser que se les pegue algo.


Parece ser que ahora tenemos que andar en este plan para definirnos, no sea que nos tomen por gente "que no pertenece a nada". Y claro, eso no puede ser.
Hoy en día tenemos que formar parte de algo para no ser vistos como escoria.


Y con la identidad sexual, todavía tiene cierto sentido, pero vamos más lejos: definirse por la práctica sexual (véanse los que antiguamente eran sados, ahora se han ramificado de tal modo que ni me atrevo a enumerarlos) está llevando a otra tendencia más curiosa, que es la de ir buscando cada vez prácticas más extremas y crear subculturas alrededor de ellas... con su dosis de egocentrismo y superioridad. Antiguamente un tío se cepillaba un caballo y era un follacaballos (o violacaballos, para ser más honesto). Era gente que, debido a lo perverso de sus prácticas, vivía oculta, y con razón. Ahora les hacen documentales y los ponen como mártires cuando mueren reventados por un caballo. No exagero. Como putos mártires incomprendidos de la vida. Basta con ponerte una etiqueta como "Zoosexual" o alguna gilipollez similar y decir que la gente te odia porque es intolerante y no te entiende. No porque eres un pedazo de mierda que abusa de animales (o de niños, que muchos podrían aplicar este argumento, dado el caso), no. Porque los malos son los demás, que no te entienden, pobrecito. Joder, hemos llegado a tal punto de imbecilidad crónica que mañana aparece un señor diciendo que es "pedosexual" y que ama a los niños hasta sus últimas consecuencias (tales como abusar de ellos, como aquí el follacaballos se follaba -o se dejaba follar- por un animal, siendo un abuso en toda regla, se pongan de dignos como se pongan) y todavía saldrá algún gilipollas crónico diciendo que eso hay que respetarlo.
Mira, NO.


En el documental llamado Zoo se nos vende precisamente esto: cómo una subcultura de cabrones que abusaban de caballos eran en realidad unos muchachos tristes y solitarios (usando incluso lo de ser veteranos como justificación) a los que nadie entendía y que abusaban de animales porque "necesitaban amor".
Y claro, la soledad y la necesidad de amor implicaba cepillarse a un caballo delante de los colegas mientras estos lo graban. Algo romántico y amoroso.
Lo verdaderamente vergonzoso llega en el momento en que se relata el caso real de la muerte de uno de estos pobrecitos, reventado por dentro por un caballo (mientras lo estaban grabando en vídeo). Música emotiva y una iluminación angelical... para intentar vendernos a un puto violador de animales como si fuera un santo varón que dio su vida por una causa noble.


Esa tendencia a crear subgrupos que encima tengan los santísimos cojones de decirles a los demás que son unos pobres ignorantes de la vida por no follarse caballos/niños/espachurrarse bichos por el cuerpo/tirarse pedos en la cara/lo que sea también es inculcada,  a mi juicio. Japón, por ejemplo, es un auténtico experto en crear subculturas de mierda (véanse las muñecas hinchables que representan niñas de 9 años en sus sex-shops, por ejemplo) para sacar pasta, permitiendo lo que debería ser impermisible. Ya no hablo de algo en plan tabú como que te guste que te azoten el culo o que te guste comer caca. Cada uno es cada uno, y lo que hace cada uno con su cuerpo, en su cuerpo se queda y sí que es respetable. Ya hablo de prácticas que incluyen abusos, torturas no consentidas y auténticas burradas que, por lo visto, ahora hay que respetar porque si no algún subnormal se nos vaya a ofender (aunque en el fondo a él también le den asco y no tenga los cojones de decirlo abiertamente). Burradas que se están poniendo de moda en el porno, como el hijo de la gran puta que esta misma tarde ha salido en las noticias porque intentaba degollar a una chica, previa violación, emulando una peli porno que había visto.

Nótese la doble moral de esto: demonizamos el porno como si fuera la fuente de todo mal, cuando no nos damos cuenta de que el problema viene más bien en la represión que nos estamos comiendo (la misma que lleva tiempo en América y en Japón, llegando a publicar vídeos con prácticas que, si las catalogo como "humillantes para las mujeres", me quedo corto... pero con los santísimos huevazos de ponértelas con los genitales pixelados, les vaya a dar un cuco por ver vello púbico). Parece que no nos sale de los putos cojones enterarnos de que, cuanto mayor es la represión, mayor es la aberración: cuanto más le dicen al personal que el porno es el mal, más ganas tienen de verlo... y más ganas tienen de consumir las versiones del porno más salvajes y extremas que se puedan echar a la cara.
Pero es mucho más coherente, valiente y autocrítico lavarse las manos, en lugar de reconocer que, como sociedad, somos unos mierdas. Que estamos criando generaciones alienadas, llenas de putos reprimidos, que buscarán hacer una bestialidad con una chica solo para hacerse los guais. Que las chicas, en un entramado social que cada vez da más puto asco, se verán en la obligación de participar en prácticas sexuales grupales (y extremas, y sin protección, porque los condones también son el mal para muchos subnormales que se creen que tapando los ojos de sus hijos solucionan el problema) en contra de su voluntad solo para no ser repudiadas o tenidas como "estrechas".


—Y encima todos más feos que Pichote. Lo que tiene que hacer una para que no la llamen estrecha...
—¡No, de estrecha nada! ¡Cuando acabemos contigo serás la guarra mayor del reino!
Lo mismo esto os suena a coña, pero es básicamente la mentalidad de muchos.
La cosa deja de tener gracia por completo cuando pensamos que, en lugar de una adulta como la que he puesto aquí, sucede con una chavala de trece años.
Ya no nos reímos tanto, ¿a que no?


Vamos más allá del plano sexual. Fijaos en cómo de buenas a primeras la gente empieza a definirse a sí misma en base a los grupos a los que dicen pertenecer, mucho más allá de las tribus urbanas de los 80. La gente se está etiquetando como el que se pone un código de barras, definiéndose por sus credos políticos, sus tendencias sociales y, en definitiva, por cualquier gilipollez que se le ocurra que considere que le hace especial, diferente y aparte de la homogénea masa que nos aliena a todos y cada uno de nosotros. Una vez se identifica con ese grupúsculo, lo siguiente que hace es restregarlo por la cara como si a los demás nos importara una mierda y, lo que es peor: a decirnos a los demás que debemos abrazar dicha subcultura porque es mejor y, básicamente, porque lo dice él. Así es como concepciones de vida o determinadas ideologías, que pueden ser inocuas (como lo de ser friki) o incluso respetables (como ser vegetariano o animalista) se extreman y no hay huevos de tener a un intensito de estos al lado sin que te den ganas de acariciarle la cara con un ladrillo porque tanto panfleto viviente y tanta superioridad moral ya cansa.


Hasta los cojones ya de tanto estandarte de la moral.


Hasta no hace mucho, yo contaba con que Europa, dentro de los estándares del mundo occidental, todavía conservaba algo de cordura y no entraba en estas mierdas; por un lado, porque Europa fue la que echó a los puritanos a patadas porque era imposible convivir con ellos. Porque, mucha mierda que venden de que eran unos pobrecitos a los que no dejaban rezar, pero se olvidan de decirnos que ellos mismos eran los que pedían la prohibición de la cultura (véase el cierre de los teatros en Inglaterra por su culpa, hacia 1688, por poner un ejemplo).
Y pensaba que tampoco entrábamos en las movidas de los japoneses, básicamente porque Europa no ha pasado de la Edad Media a la Edad Contemporánea en un espacio de unos 20 años, como les pasó a ellos y no necesita definirse a sí misma o, al menos, no necesita buscar una identidad con la que sentirse cómoda.

Y sin embargo, aquí estamos: volviéndonos cada día más puritanos y más fanáticos del grupito que decimos representar. Ofendiéndonos por auténticas gilipolleces y mirando para otro lado con las cosas realmente gordas. Poniendo el grito en el cielo cuando queremos ver media teta, pero luego cuando hay un caso de violación, decir que la culpa es de las guarras que visten así, o si acaso, empezar a buscar culpables en el heavy metal, los videojuegos, los juegos de rol o lo que toque, pero en caso alguno tener los cojones de reconocer que como sociedad la estamos cagando. Que criando a nuestros hijos estamos siendo una puta mierda (no hay más que ver cuando el personal se indigna al ver los casos de violencia sexual entre menores, pero pocos entonan un mea culpa, oye). No. La culpa siempre es de otros, que no educan a nuestros hijos como es debido. Que no tenemos tiempo de criarlos nosotros. Lo que sea.


Cualquier día le echan la culpa a los spinners de alguna agresión sexual entre menores.
Gilipolleces igual de gordas hemos tenido que comernos.


Aprovechamos cualquier excusa para cagarnos en los muertos del de al lado por no ser "de los nuestros" y encabezamos nuestras propias cruzadas de mierda contra aquellos que no nos la chupan cuando soltamos un manifiesto reivindicativo. Nos sueltan cuatro leyes que suenan guai, como si les importara una mierda, para que nos callemos y para que nos creamos que nuestras reivindicaciones han sido escuchadas, pero lo único que hacemos es pelearnos entre nosotros para ver quién la tiene más grande. Para ver quién es más extremo y beligerante en su defensa. Para que tracemos líneas entre "nosotros" y "el enemigo". Entretanto, los de arriba nos siguen metiendo más y más mierda ideológica en los medios de comunicación; seguimos importando, nosotros mismos, lo peor de cualquier cultura en lugar de quedarnos con lo que es realmente loable.
Somos putas marionetas.
Somos un puto rebaño.
Nos pasamos el día comiendo mierda cultural, y obligando a otros a comerla. Comemos mierda, la abrazamos con alegría y nos revolcamos en ella.


Fuck yeah!


Y llegará el día en que alguien no pueda hablar con un amigo de lo que sea en una cafetería sin miedo a que venga cualquier hijo de la gran puta a denunciarlo, o a grabar la conversación y subirla a un medio público para poner en la picota a quien sea. Si seguimos con esta política de comemierdas, no habrá lugar, ya no solo para la libre expresión, sino para el libre pensamiento. La Policía del Pensamiento serán todos los que nos rodean y viviremos bajo la constante amenaza de no ser lo bastante guais.
Pues hala, sigamos comiendo mierda, que nos espera un futuro cojonudo.