jueves, 28 de enero de 2016

Angst- Heridas y cicatrices.




Mi primera herida fue limpia y dolorosa, del tipo que recibes cuando todavía no has aprendido a levantar un escudo. Cuando no llevas una armadura lo bastante resistente que te proteja de los embates que, tarde o temprano, acabarás soportando. Se trataba de un arma ligera y flexible, que silbaba en el aire con gracilidad a cada movimiento. La hoja, alargada, fina y ligeramente curvada, me atravesó de parte a parte, con rapidez, incluso antes de darme cuenta de que ya había entrado en batalla. Tardé un segundo completo en reaccionar, en entender lo que me había pasado. En descubrir que había caído en mi primera batalla. Aquella estocada, precisa y directa, fue profunda como solo la primera herida puede serlo. Me hizo sangrar. Sangré tanto que no quedó nada dentro de mí. Me quedé seco. Seco y débil.
Pero no morí.




Pese a ello, fue una recuperación lenta, con un dolor terrible a cada movimiento, a cada paso que daba. La cicatriz que dejaría sería espantosa. La clase de recordatorios sobre tu cuerpo que te instan a ser prudente; a protegerte. A usar tu olfato y levantar el escudo en cuanto se te eriza el vello de la nuca. A día de hoy, todavía me duele, aunque los años y la experiencia han hecho que ese dolor sea soportable. Que pueda vivir con ello.

Una vez inicias el camino, sabes que tarde o temprano entrarás en combate de nuevo, sin importar que ya hayas sido herido anteriormente. No puedes evitarlo, bien porque un instinto primario te insta a ello, bien porque es el propio fragor de la batalla el que te busca a ti. Esto último fue lo que me sucedió la segunda vez que me hirieron. Aunque igualmente ligera, el arma era silenciosa y fría. Un arma que, aunque esta vez ya estaba preparado para entrar en combate, fue lo bastante sutil para penetrar en mis defensas y atacar. A diferencia de la anterior, no fue un corte limpio: la hoja estaba llena de un veneno que me royó por dentro. Me hizo apretar los dientes y sentirme furioso por no haber sabido verlo. Sangre y pus se mezclaron en mi interior hasta que logré purgar aquella herida.



La tercera herida fue incluso peor. Esta vez era un arma ostentosa, labrada en oro, digna de la realeza. Se me mostró como un arma noble e impresionante. Todo para pillarme desprevenido y penetrar por resquicios de mi armadura tan insignificantes que ni yo mismo había reparado en ellos. El golpe fue devastador, casi mortal. Al contacto con mi carne, la hoja estalló en llamas y me hizo arder desde el interior. Me consumí, casi hasta que no quedó nada de mí. Mi armadura, mis escudos, mi carne y mis huesos, estuvieron a punto de ser reducidos a cenizas. Mi demonio privado, hasta el momento presente pero oculto, hizo ahí acto de presencia. Contempló mi cuerpo calcinado y se rió, pisoteando lo poco que quedaba de mí. Supongo que creyó haberme derrotado, y en gran parte no le faltó razón: aunque logré recomponerme y renacer de mis restos, durante un tiempo perdí el juicio. Me volví errático y temeroso: el demonio, no contento con haberse mofado de mi tercera derrota, había dejado el germen de algo terrible en mi interior. Una larva que anidaría en mis entrañas y que crecería hasta convertirse en un gusano que las devoraría incesantemente.



Vencer a aquel gusano no fue fácil, y requirió gran parte de mis fuerzas. Fueron años duros, donde debía calcular con precisión cada paso, pues no quería volver a cometer los mismos errores; una victoria no podía justificar el descuido que llevaría a otras derrotas. No, habiendo tanto que perder. Seguí caminando, pues, dedicándome a ofrecer mi espada a ayudar a aquellos que más lo necesitasen. Fueron buenos tiempos, y debo decir que creo que no hice mal trabajo en su momento. Pasó el tiempo y me di cuenta de que mi interior estaba algo mas restablecido; ninguna de las heridas, desde luego, había dejado de doler: el tejido cicatrizado era áspero y molesto, pero seguir caminando, seguir combatiendo, te permite adaptarte a él. Con la experiencia suficiente, casi no notas que está ahí.
Casi.

Llegamos pues, a la cuarta vez que fui herido en combate. Esta vez puede decirse que fue culpa mía: pensando que podría sobrevivir a aquello, combatí durante años aun sin ser del todo consciente que lo estaba haciendo. Fue al caer en la cuenta de que estaba entrando en batalla, me prometí a mí mismo que lucharía. Que lucharía con todas mis fuerzas; que desoiría la voz de mi demonio interior y que mantendría la espada en alto aunque fuese lo último que hiciera.
Y lo hice.
Peleé, con más arrojo y decisión del que jamás he tenido en mi vida. Me enfrenté a la situación, mirándola directamente a los ojos y usando mi mejor arma. Sin embargo, tenía clara una cosa: para que mis movimientos fueran más certeros, debía sacrificarme y bajar mis escudos. Desprenderme de mi armadura. En definitiva, debía luchar con lo poco que tenía.
Y lo hice.
Mi instinto, al igual que un ángel guardián, me decía que volvería a salir herido. Pero había otra voz en mi interior. Una voz poderosa, firme y fuerte, que se imponía a mi instinto. Me decía, una y otra vez, que eso no importaba. Que debía combatir, pues era mi deber. Pues había hecho una promesa, y si faltas a ella, no mereces mirarte al espejo. Pues, ¿qué es un hombre sin palabra?
Lamento decir que, una vez más, no estuve a la altura de las circunstancias. El arma, salvaje como la garra de un felino, se hundió en mí con total profundidad, retorciéndose en mi interior, y abriéndose de una forma muy dolorosa. Al hacerlo, el resto de cicatrices se resintieron, abriéndose algunas de ellas. Empecé a sangrar por todas partes, medio muerto.



Aquella herida me llevó a mi Infierno personal, donde tuve que recorrer otro largo camino, sorteando la risa y las burlas de mi demonio interior, que no hacía más que recordarme la poca valía que tengo en el arte de la guerra. Este me tentó una segunda vez, tomando la forma de un ser querido para volver a rematarme. Me humilló y me arrastró por el suelo, dejando un reguero de color rojo tras de mí. Diciéndole a todos, sin una sola palabra, que yo no era nada. Que yo no importaba. Que era una patética criatura inferior que solo merecía ser pisoteada. A mi alrededor, podía oír voces que coreaban a aquel monstruo, mientras yo no era más que un despojo. Un pedazo de carne escuálida, reseca y moribunda.
Tampoco morí ahí.

Esta vez, el demonio se olvidó de dejar nada en mi interior, de modo que me alimenté de rabia. De una rabia intensa, como jamás había conocido hasta entonces. Me prometí que aquel sacrificio de mi interior sería el último y que jamás volvería a perdonar las ofensas de aquellos que aprovechan para golpearme estando ya de rodillas. Puede que no fuera un gran guerrero; puede incluso que la mayor parte de mis batallas acabasen conmigo en el suelo, malherido. Pero, por todos los dioses jamás habidos, que no lamería las botas de mis verdugos. Jamás.
El camino tras aquel infierno me llevaría a sendas inexploradas, lejos de la sombra bajo la cual había vivido hasta entonces. El tipo de cosas que no descubres hasta que las abandonas, supongo. En aquellos territorios inexplorados, descubrí que no soy tan débil como creía, o como me habían hecho creer... o como me había hecho creer yo mismo. Incluso gané alguna batalla menor.



Pero la suerte no está siempre de tu parte, me temo. Siempre hay una batalla que se te resiste. Cada vez que entras en combate, sabes que puedes resultar lastimado, lo quieras o no. No importa lo resistente que sea tu armadura, o lo hábil que te hayas vuelto manejando la espada. No importa que tu escudo ahora sea tan ligero como resistente: la posibilidad de que caigas de nuevo, tarde o temprano, existe.
Eso fue justo lo que me sucedió la quinta vez. No sabría decir si aquel combate fue buscado por mí, o participé en él por invitación. Puede que fueran las dos cosas; no es algo que pueda decir con facilidad, y quizás, pasado el tiempo, ya no importe. Lo único que puedo decir es que, por un momento, me sentí poderoso. Sentí que llevaba las riendas de la lucha, y que blandía mis armas con certeza. Tal vez, me decía a mí mismo, había adquirido experiencia y la suerte me sonreía, para variar. ¿Acaso no era posible?
Y así fue, al menos, durante un breve espacio de tiempo, hasta que fui atacado por sorpresa. Casi por la espalda. El ataque se produjo de un modo tan ruin como el arma que lo protagonizaba: era un puñal, de hoja corta, pequeño y ligero. Diseñado para aparecer de improviso, causar el mayor daño posible y desaparecer. El arma de un cobarde.
Aquella puñalada, debo decirlo, no logró destruirme, pero sí dejó heridas internas. Heridas que, si bien no parecieron graves en un momento dado, se enconarían poco después, infectándose y produciendo lesiones que me nublarían el juicio. Mi demonio privado, lejos de verme hundido y casi destruido como otras veces, me miró a los ojos. Yo le devolví la mirada.
Ninguno de los dos dijo nada.



Esta historia no tiene final. Tal vez, porque dicho final no se ha escrito aún; es posible que ni siquiera exista, y no sea sino parte de un ciclo sin fin. Un ciclo de derrotas y resurrecciones, de escudos quebrados y armaduras que se fortalecen. De caminos que se recorren y de lecciones, tanto aprendidas como olvidadas.
Es posible que lo único que se desprenda de esto, si es que se puede desprender algo, es que nacemos para combatir. Para caminar. Para sangrar.
Para caer y, ¿por qué no?, no sabemos hacer otra cosa, para ponernos en pie de nuevo.

jueves, 21 de enero de 2016

Angst- Reflexiones sobre una foto antigua




Esta mañana, durante mis ejercicios de respiración y meditación al final de mi sesión matinal de entrenamiento en casa, he fijado mi vista en una foto mía en la repisa. La foto puede tener, no sé, unos diez, puede que once años. Ahí salgo yo, de punta en blanco, junto a la familia, posando en la clásica foto de una boda.
Me he visto y he intentado analizar lo que he sentido al ver la foto. No sé muy bien lo que ha sido. Orgullo, desde luego que no; aunque en esa foto no tengo mal aspecto, mi fuerte sentido de la autocrítica y una autoestima que no es precisamente la leche (los que tenéis más confianza conmigo lo sabéis de sobra, pobrecitos míos) me impiden verme así, no importa la circunstancia. ¿Nostalgia? Pues no sé yo, la verdad; en aquella época ya tenía yo mis movidas mentales y mis neuras. De hecho, creo que las vengo teniendo desde que tengo uso de razón, y el momento presente no es que difiera mucho.
La cosa es que era más o menos lo que soy ahora, pero aun así...
Lo siento, no sé explicarlo. No bien, y creedme, para alguien que se dedica a eso de la enseñanza y que escribe (aunque sea por afición) lo que lleva dentro, es frustrante.

Empecemos por el principio. Voy a ir improvisando un poco mientras escribo estas líneas, si no os importa. Tal vez sea un buen ejercicio de autoconocimiento, o bien puede ser una buena manera de echar un ratito que tengo libre por las mañanas. La verdad es que en esto, como en muchas cosas, no tengo la respuesta, aunque haya algunos de vosotros que piensen que sí puedo responder a cualquier pregunta. Ojalá, os lo digo en serio, pero no: no soy más que un ser humano, al que poco tenéis que envidiar, mucho me temo. Como mucho, puedo escribir para ver si la encuentro.
En esa foto yo era unos diez años más joven, como he dicho. No es que me sienta mucho más estropeado hoy en día (mi pelo ya no es tan negro, y mi rostro se ha afilado aún más a lo largo de los últimos años); en todo caso, podría decirse que estoy más bien igual. Vale, no siento nostalgia.
Tampoco tenía precisamente un mal aspecto en esa foto. No es la típica foto avergonzante (por ejemplo, las de mi comunión, que juraría que habíamos quemado en alguna hoguera de San Juan para que no queden testimonios de la pinta que tenía yo por aquel entonces), así que tampoco pienso en lo clásico de "Quién te ha visto y quién te ve".


Y, por suerte, tampoco eran los 80.


No, creo que esa foto me hace pensar en la clase de persona que era en aquella época, y en la clase de persona que soy ahora. Si me pongo a profundizar, incluso puedo llegar a pensar en la clase de persona que he sido siempre. Sí, soy así de raro, me gusta reflexionar sobre lo que era, y en lo que me he convertido.
Analizándolo con el corazón en la mano, supongo que me toca decir que sigo en esa búsqueda espiritual de la que hablé en su día. Lamento ser repetitivo, chicos; sé que me lo habéis echado mucho en cara, pero a veces tengo que escribir sobre esto, sin importar que ya hayáis leído cómo divago sobre lo mismo una y otra vez. Pensemos en que, si escribo mucho sobre esto, es porque pienso mucho sobre esto. Y los que ya me conocéis, sabéis que si hago algo es porque lo necesito o porque creo en ello. No sé fingir y no sé invertir mi tiempo en cosas que me resultan vacías y sin sentido.

Desde que tengo uso de razón sigo buscando mi lugar. Podría decirse que, en muchos aspectos, soy un nómada: sigo buscando el lugar al que pertenezco; sigo intentando encontrarme a mí mismo y (ahí le echo unas narices tremendas) entender el mundo que me rodea. A veces hago como que desisto, pero una y otra vez, vuelvo a intentarlo. ¿Os acordáis del mito de Sísifo? Sí, el tío aquel al que condenan a llevar una roca a lo alto de una loma, solo para que esta se caiga y tenga que volver a empezar... así por toda la Eternidad. Pues a veces me siento un poco así; emprendo una tarea, una cruzada o simplemente hago lo que creo que es justo, solo para recibir un varapalo que me dice "Buena idea, pero al final la cagaste"; me retiro, me lamo las heridas y, una vez me recupero, vuelvo a empezar. Porque no sé hacer otra cosa.
Puede que en el fondo no quiera hacer otra cosa, si soy honesto conmigo mismo.


Algo en este plan, metafóricamente hablando.
Además, yo no estoy tan cachas.


Y es que, si me pongo a pensarlo, muchos de mis errores los he cometido precisamente porque creía que estaba haciendo bien; bien a mi mismo, bien a otros... Pero creo recordar que, en mi vida (salvando etapas muy, muy oscuras, en las que ni yo mismo me reconocía y en las que, mucho me temo, tampoco era del todo consciente de lo que hacía), he actuado para dañar a nadie sin provocación previa. He conocido a mucha, mucha gente que sí lo ha hecho, creedme; y si algo he aprendido de ellos es que no quería ser así. Tal y como decía Garth Ennis, "En esta vida tienes que ser uno de los buenos, porque malos hay ya demasiados". La verdad es que leí esta cita hace relativamente poco, pero si lo pienso... Si lo pienso, ya creía en eso antes de haberla leído, y hago lo posible por llevarla a cabo.
Aunque luego, por supuesto, la acabe cagando de una forma estrepitosa.

Sé que algunos de vosotros me habéis visto entrar en combate. Habéis visto cómo he sacado las garras y me he defendido como un lobo (o he defendido a aquellos que considero, si seguimos la metáfora animal, de mi "manada"), a dentellada limpia, procurando no dejar vivo a nada ni nadie que se cruce en mi camino. Me habéis visto enseñar los dientes, lo que sé que os ha sorprendido a unos cuantos, dada mi imagen de bufón experto en soltar chistes guarros. Me habéis visto plantar los pies en el suelo y decir "No" cuando otros dicen "Sí". Habéis visto cómo me he negado a sonreír a según quiénes, porque no he considerado que haya que sonreír a aquellos que han hecho según qué cosas, menos aún por "ser ellos". Otros, tal vez los menos, me habéis visto enfrentarme a mis propios amigos por negarme a darles la razón en lo que se suponía que tenía que darlas. Todas, y creedme cuando lo digo, han sido batallas muy duras. Cada una de ellas, en mayor o menor medida, me ha dejado cicatrices. Y no ha habido ninguna de estas batallas en las que haya entrado por diversión o sin creer en lo que estaba haciendo. Sé que muchos de vosotros me habéis podido ver en algún momento como una persona agresiva, o incluso arrogante. No creo que estas palabras que escribo ahora mismo sirvan para justificarme o para haceros cambiar de opinión; francamente, quizás debería darme igual. Al fin y al cabo, estas líneas las estoy escribiendo más para mí mismo que para vosotros. Otra cosa es que os deje leerlas.
A lo que vengo a referirme es que en el fondo sé que no soy así. No soy arrogante, por mucho que lo parezca, por mucho que penséis que me creo en posesión de la verdad. Y lo que llamáis agresividad, tal vez no sea más que vehemencia y pasión. ¿Alguna vez habéis luchado con todas vuestras fuerzas por aquello en lo que creéis? ¿Alguna vez habéis saltado al campo de batalla sabiendo que, hagáis lo que hagáis, poco remedio tiene y, pese a ello, habéis luchado? ¿Alguna vez os habéis sentido en la firme obligación (aunque innecesaria en el fondo) de defender a aquellos que os importan? Si esto os ha pasado, entonces lo tendréis mucho más fácil para entender mi actitud en según qué situaciones. Si no, pues lo siento. No sé explicarlo mejor.


—Tío, no tenemos ni la más mínima oportunidad. Vamos a diñar.
—Pues al menos diñaremos juntos y luchando por lo que creemos.


Esto, en contra de lo que pueda desprenderse de este último párrafo, no me convierte en un héroe. Algunos, en ciertas conversaciones, habéis alabado mi valor, mi integridad y mi firmeza a la hora de defender mis valores. Agradezco de corazón vuestra admiración... pero no siempre me siento valiente. No creo que haya nacido con el espíritu de un héroe. Os lo digo de verdad, si algo me gustaría sería tener el arrojo y la potestad para hacer algo que ayude a mejorar las cosas, pero a la hora de la verdad, no siento que lo tenga. Solo creo en lo que creo y, si lucho por ello, es porque no sé hacer otra cosa. Porque si hiciera esa otra cosa, me sentiría mal conmigo mismo. No me sentiría yo. Tal vez me empezaría a apagar poco a poco... y no es algo que entre en mis planes.

Es posible que esa actitud me convierta, simplemente, en una diana. En el blanco de todos los golpes. Soy aquel que habla cuando los demás callan; el que dice lo que los demás piensan, quizás con demasiada claridad, o simplemente ante quien la mayoría de la gente no se molesta en hablar. El que queda como el malo cuando ha habido otros que dicho exactamente lo mismo que yo. Actúo cuando las fuerzas me lo permiten, aun sabiendo que no tengo mucho que ganar y muchísimo que perder. En ese aspecto, creo que tengo más corazón que cerebro, y así me va.
Esta actitud no convierte mi vida en ejemplar. Lo que ha hecho ha sido arrojarme a un montón de combates que, objetivamente, no eran asunto mío. Me ha hecho saltar a defender a gente que, siendo sincero, sabe defenderse por sí misma bastante bien y no me necesitaba en lo más mínimo. Me ha hecho llevarme las hostias que ellos no se han llevado. Todo porque me siento en la imperiosa obligación de proteger a los que me importan.
Lo mismo todo esto sucede porque no soy más que un imbécil con buenas intenciones, vete tú a saber.

Pero si algo he aprendido de cada una de estas batallas es que no me arrepiento en lo más mínimo de haber entrado en ellas, pese a las monumentales cagadas. Pese al desgaste de energías que me han supuesto. Pese a las duras cicatrices emocionales que llevo conservando desde vete tú a saber cuándo. Si algo he aprendido de todo esto es que si las hago es porque considero que hay cosas por las que merece llevarse todos estos golpes. Que a veces, hay que anteponer aquello en lo que crees a lo que puedes ganar o perder, pues esto no es un concurso ni un partido de fútbol en el que gana el que más marca. Que (y vuelvo a citar a Ennis de forma un poco libre), si dejas tirado a un ser querido, ya puedes ir a alistarte con los demás gilipollas, porque eres otra causa más por la cual el mundo se va a la mierda.


Para mí no hay nada más duro que saber que alguien merece y necesita mi ayuda y ver que lo he dejado en la estacada. Es de la clase de cosas que soy incapaz de perdonarme a mí mismo.
Sé que a muchos os parece una soberana estupidez, pero a mí me resulta muy difícil evitarlo.


Alguien me dijo una vez que mi mayor problema era que siempre hacía lo que debía, pero nunca me paraba a pensar en hacer lo que quería. Fue un bien consejo, y supongo que en cierta medida lo llevé en práctica, aunque a mi modo. A veces hacer lo que debes implica tomar decisiones muy duras que no te hacen feliz; en otras ocasiones, hacer lo que quieres puede implicar actuar de un modo egoísta y hacer daño a los seres queridos que te rodean, lo que tampoco es gran cosa. Quizás el término medio consista en hacer aquello en lo que crees. Si crees en hacer lo correcto y resulta que hacer lo correcto implica luchar porque tu entorno esté en paz, no entras en ese conflicto. Lo haces porque quieres hacerlo; porque te sientes mejor contigo mismo, o al menos mejor que no haciendo nada en absoluto. Eso sirve un poco como consuelo cuando luego empiezan a lloverte los palos y las piedras por todas partes. Sirve para poder mirarte al espejo cada mañana y poder decirte a ti mismo que no huiste y que, de haberlo hecho, jamás te lo habrías perdonado. Que afrontaste aquello que tenías que afrontar del mejor modo que has sabido (eso no quiere decir que lo hayas hecho de forma correcta, por supuesto... pero sí lo has hecho al límite de tus posibilidades), y que te habría gustado que, de ser al revés, alguien lo hubiera hecho por ti.


Es cierto que del hoyo salimos nosotros y nada más que nosotros.
Pero también es cierto que a veces necesitamos a alguien que nos tienda una mano en nuestros momentos más oscuros. Es parte de nuestra naturaleza.
Y, partiendo de esa idea de que nos gustaría que nos trataran así... tal vez lo justo sea que nosotros hagamos lo mismo.
Pero esto no es más que una idea, por supuesto.


Esto, insisto, no me convierte en una persona ni sabia ni inteligente. De estas líneas se deduce que mi actitud es la de meter la pata una y otra vez y, si tengo suerte, aprender de ello en la medida de lo posible. Supongo que el sentido de mi vida (al menos, por ahora y que yo sepa) consiste en ir cuesta arriba por ese camino empedrado que es el aprendizaje. Intentar sacar todas las lecciones posibles de mi vida y, si tuviera la suerte de haber llegado a las conclusiones correctas (no creo que se dé el caso en un futuro próximo, la verdad sea dicha), inspirar a aquellos que vengan detrás para guiarles en ese camino. O tal vez la cosa consista en recibir hostias hasta que llegue el día en que no haya más hostias que recibir, que todo puede ser.

Como ya habréis imaginado, todavía no he llegado a una conclusión clara acerca de lo que he sentido al verme en esa foto. Tal vez la respuesta esté entre estas líneas y yo mismo no me haya dado cuenta a la hora de escribir. Tal vez sea algo completamente diferente y simplemente haya estado escribiendo unas cuantas tonterías para pasar el rato. Lo siento, queridos Distópicos. Hoy, como sucede tantas veces a lo largo de mi vida, no tengo las respuestas.

jueves, 7 de enero de 2016

Mondo Chorra- Ganarte el Anillo Esmeralda




Sí, ya sé que este post, si nos fijamos en el título, debería ir incluido en la sección de "Tebeos en Vena". La cosa es que, pese a la evidente referencia, no voy a hablar de cómics en este artículo. No de forma directa.
Para aquellos no iniciados en eso de lo que son los Anillos Esmeralda, empezaré con una breve explicación: en los comics de Green Lantern se nos muestra a una especie de policía intergaláctica conocida como los Green Lantern Corps. Cada miembro de este cuerpo, cuenta con un Anillo de Poder, que les permite hacer prácticamente cualquier cosa que les permita la imaginación y el cual debe ser recargado por medio de una batería con forma de linterna cada 24 horas. Dicho Anillo se maneja de forma mental, dependiendo única y exclusivamente de la fuerza de voluntad del portador. Es éste quien elige a su portador, de entre todas las formas de vida del sector de la galaxia a proteger, precisamente en base a la fuerza de voluntad que este ostente.
En otras palabras, cuanto mayor es tu voluntad, menor es tu dificultad para poder manejar un Anillo Esmeralda.

Los Anillos de color verde no son los únicos en el Universo que nos muestra Green Lantern; con el paso de los años, se nos ha ido contando que el espectro emocional atiende a otros colores, también representados por otros Anillos de Poder: Los Índigo, que representarían la compasión; los Azules, la esperanza; los Magentas (también conocidos como Zafiros Estelares), el amor; los Naranjas, la avaricia; los Rojos, la ira o el odio.
Y luego están los Amarillos, los pricipales enemigos del Green Lantern Corps, que funcionan en base al miedo. Hasta aquí, la referencia de comics y todo cuanto necesitáis saber del tema, por el momento. Pasemos al meollo.


Colorines para simbolizar cosas que están en nuestro interior.
Simplón, pero suficiente para expresar aquello de lo que quiero hablar.


Si tengo que hacer balance de lo que es mi vida, creo que usar este Universo ficticio como referencia es más o menos acertado; podríamos decir que, de un modo metafórico, se ajusta bastante a lo que ha sido mi existencia a lo largo de unas cuantas décadas. Ya hemos hablado de esto alguna vez, si la memoria no me falla: desde mi vida más o menos "moderna" (la cual, como ya sabéis, suelo estipular desde 1995 en adelante, por razones estrictamente personales) siempre me he visto a mí mismo como alguien que se ha visto obligado a luchar contra el Caos, entendiéndose este concepto como el Desorden que amenaza tu vida de vez en cuando, poniéndola patas arriba. Lo Aleatorio, lo Imprevisto o Aquello que tienes que aceptar, te guste o no. Como persona tendiente al Orden, es una lucha que ha venido siendo bastante encarnizada: el mundo, hay que aceptarlo, tiende al Caos y no al Equilibrio. El mundo cambia y no nosotros, y eso, como he mencionado alguna vez, es lo que hace de nuestras vidas una lucha. A veces llevadera, a veces miserable, pero lucha al fin y al cabo. Luchas contra el mundo que te rodea porque sabes que tu naturaleza no te permite hacer otra cosa. Porque eso es lo que eres. Tomas lo poco que tienes, lo empleas como arma y soportas la embestida de un Gigante que tiene centenares de ojos, centenares de bocas, miles de brazos y toma innumerables formas.
Plantas los talones contra el suelo, adoptas la posición y resistes el embate como puedes. A veces resistes, a veces te dejas arrastrar durante un tiempo, para luego levantarte.
Tomad nota de esto último, por favor.


Tal vez caemos para aprender a levantarnos.


Esta es la guerra que algunos nos vemos obligados a llevar a cabo contra nuestro Universo personal. En cierto modo, es como si fuéramos peones de un juego cósmico y nos limitamos a cumplir con nuestro papel; de lo contrario, sentiríamos que estamos yendo contra corriente, traicionándonos a nosotros mismos y, en definitiva, haciendo de nuestra vida un absurdo. Algunos hemos nacido para cargar el escudo al hombro y mantener la lanza enhiesta para resistir el ataque de Aquello que nos embiste. No somos héroes, ni semidioses. Tal vez solo somos piezas de un engranaje mucho mayor, o simplemente es nuestra naturaleza. La verdad es que no lo sé.

Pero, si somos lo bastante introspectivos... Si analizamos nuestros pensamientos, nuestros sentimientos o el curso de acción que hemos llevado a lo largo de nuestra vida, nos damos cuenta de que se lleva librando otra guerra en nuestro interior durante mucho, mucho tiempo. Esta vez no consiste en enfrentarse al Caos, ni a lo Imprevisible. Esta guerra, secreta y profunda, tiene nuestro propio fuero interno como campo de batalla. Nuestra propia alma, si sentís alguna inclinación por lo espiritual y este concepto no os causa aversión.
Es la guerra contra el Miedo, tal y como he explicado arriba en mi metáfora.

Aceptémoslo de una vez: somos humanos y tenemos miedo. Dicho miedo puede tomar mil formas, encarnarse bajo un aluvión de ideas. Podemos creer tenerlo superado y, en el momento menos esperado (o indicado) surgir y apretarnos el pecho hasta hacer que perdamos el color en la cara. El miedo está ahí, agazapado en algún rincón de nuestro yo más recóndito, esperando para salir a la luz. Para recordarnos que no hemos sido engendrados por un Dios en el vientre de una mortal. Para dejarnos bien claro que somos humanos, falibles y débiles. A veces, dicho miedo puede ser necesario, ya que pone de manifiesto nuestro instinto de conservación; otras, es la manifestación más clara de nuestro yo irracional. El Miedo (voy a personalizarlo, así que permitidme las mayúsculas), si lo escuchamos, puede ser el más terrible de los consejeros: nos vuelve pusilánimes, hipocondríacos; saca todas nuestras inseguridades y complejos a la superficie y nos los restriega por la cara. Nos muestra el peor reflejo de nosotros mismos y nosotros, en respuesta, solo somos capaces de asentir, siempre que decidamos escucharlo. O siempre que creamos que debemos escucharlo. A veces es que no podemos evitarlo.


Visualizad vuestro Miedo como este mamón y ya tenéis la idea.


Suele decirse que la gente valiente no tiene miedo. Permitidme que discrepe: en mi modesta opinión, tiendo a creer que absolutamente todo ser vivo con un sistema nervioso medianamente desarrollado tiene miedo a algo. Ese algo puede ser vago, tal vez no más que un concepto abstracto; en ocasiones, puede personificarse y resultar que tenemos miedo a una persona concreta, o a lo que esa persona representa para nosotros. Muchas caras, muchos nombres, pero es una idea subyacente que se muestra como factor común a todas esas encarnaciones.
Quizás el mayor miedo, o el miedo que los engloba a casi todos, es el miedo a la Incertidumbre. Temer a algo que desconocemos es la forma más común y primaria de todos los miedos, desde mi punto de vista: se encontraría tras el clásico miedo a la muerte (el cual también es responsable de muchas formas de miedo y de ese instinto de autoconservación que he mencionado arriba) o el miedo a no saber qué acontecerá en tal o cual situación. Es el terror a la falta de seguridad, de estabilidad. Si lo proyectamos hacia nuestro Universo personal, podríamos hablar incluso de ese miedo al Caos.

¿Qué es el valor, entonces?
El valor, desde mi punto de vista, consiste no en carecer de miedo, sino en asumirlo. Hace falta mucho valor dentro de ti para admitir que algo te aterra. Para admitir que eres humano y que hay cosas que están por encima de la capacidad de tu raciocinio; que hay cosas que pueden hacer que la sangre se te hiele y se te acelere el pulso de mala manera. El valor lo tienen aquellos que aceptan su miedo y, muy especialmente, buscan el modo de afrontarlo. De un modo muy parecido a como explicaba Dante en su Divina Comedia, para salir del Infierno antes debes atravesarlo por completo hasta llegar a su mismo corazón. Plantead por un momento vuestros terrores más profundos como vuestro Infierno personal y creo que os haréis una idea bastante clara de lo que quiero decir.
Quizás, por tanto, la diferencia entre un valiente y un cobarde consiste, en resumidas cuentas en que el primero busca vencer a su miedo, mientras que el segundo encuentra mucho más cómodo hacerse un ovillo en un rincón y esperar que alguien le saque las castañas del fuego. Los valientes jamás pierden del todo el miedo, pero hacen todo lo posible por vivir con él y, si tienen suficiente suerte, superarlo.


Con lo que se tenga a mano, por poco que sea.


Es ahí donde entra el concepto de la fuerza de la voluntad. Para hacer frente a ese terror, para sobrevivir en tu propio Infierno personal sin un Virgilio que te diga qué camino debes escoger, lo único que tenemos es la voluntad. Es esa fuerza dentro de nosotros que, aunque no logre hacernos pensar de un modo racional en mitad de un ataque de miedo (creedme, esto lo he vivido de forma personal y os digo que, en medio de una crisis, ni pensamiento racional, ni positivo ni leches en vinagre), lo único que nos muestra, si decidimos hacerle caso, es un deseo. El deseo ardiente de salir adelante. De sobrevivir. De levantarnos cuando creemos que todo ha terminado para nosotros y que ya no podemos hacer nada para seguir peleando en esta guerra.
La Fuerza de Voluntad no tiene una voz tan intensa como la del Miedo. Su tono, la mitad de las veces, es apenas un susurro leve, mucho menos adictivo que la de su opuesto. Es complicado oírla, puesto que el Miedo forma parte de nuestro yo más primario y se expresa en un lenguaje basado en el instinto, en aquello que podemos sentir por encima de aquello en lo que podemos pensar. La Fuerza de la Voluntad, en este duelo, es apenas audible.
Pero no por ello inexistente.


A veces esa voz solo te va a decir una cosa:
"Levántate".


La Fuerza de la Voluntad, por silencioso que sea su discurso, no nos quitará el Miedo. No nos hará invencibles, ni inmortales. Lo que sí hará será darnos la oportunidad de encarar a la Bestia, mirarla a los ojos y, con la suficiente dosis, lograr apuñalarla en pleno corazón. Esta es una prueba ardua y, creedme, difícil. Muy difícil. ¿Cuántos de vosotros os habéis dejado vencer por vosotros mismos? ¿Cuántos de vosotros os habéis dado la espalda a vosotros mismos? ¿Cuántas veces habéis escuchado a esas voces dentro de vuestras cabezas que os dicen "No"? ¿Que os susurran regodeándose en vuestras debilidades o vuestras inseguridades?
Es una guerra muy dura la que se libra dentro de nosotros mismos, lo sé. Es una guerra que, lamento tener que decíroslo, jamás tendrá fin. Podréis afrontar el Caos durante un tiempo, pero no de por vida; tarde o temprano, tomará una nueva forma y os atacará de nuevo, cuando menos lo esperéis, o cuando tengáis la guardia baja. En vuestro fuero interno, el Miedo atacará vuestra alma cuando creáis que habéis superado ciertas cosas, cuando creéis que habéis cerrado según qué heridas. Recordadlo: las heridas no cierran jamás; tan solo aprendéis a vivir con ellas. Y si se lo permitís,el Miedo se encargará de echar sal sobre ellas y os convertirá en las personas débiles que creíais que ya no erais.


Y ahí estaréis, tirados en el suelo hasta que logréis escuchar esa voz.
No lo digo con condescendencia: insisto en que es una prueba muy, muy dura.


Sí, es una guerra dura, pero no quiere decir que esté perdida. Tenéis (tenemos) ese arma que es la Voluntad en vuestro interior. Tal vez ésta no os permitirá ganar la partida (ojalá), pero sí os permitirá poneros en pie, plantar los talones en el suelo, alzar vuestros escudos y preparar la lanza para la siguiente embestida.
Pero recordadlo: la Fuerza de Voluntad es solo vuestra. Al igual que esos Anillos Esmeralda, nadie puede usarla por vosotros. Nadie va a estar (ni debe estar) en vuestro puesto de combate. La Voz de la Voluntad os hablará a vosotros y solo a vosotros, y es de vosotros de quien depende escucharla. Puede que al final el Caos se apodere de vuestras vidas; puede que haya cosas más allá de vuestra potestad que hagan que todo se os vaya de las manos. Puede que el tren de las consecuencias os arrolle y os dejéis llevar por un destino que no desearíais ni a vuestro peor enemigo. Es posible que haya cosas que jamás podáis evitar. La Voluntad estará ahí, no para arreglaros la vida, pero sí para daros el poder para vivirla.

jueves, 31 de diciembre de 2015

Tebeos en Vena- Adam Warlock, el Mesías de Marvel



Hará cosa de unos veintitantos años (sí, cómo pasa el tiempo), encontré en mi kiosco habitual (por aquel entonces las tiendas de cómics en mi ciudad no eran la realidad que son hoy, y mucho menos lo era mi economía) el primer número de una colección de Marvel llamada Warlock y la Guardia del Infinito. El nombre me atrajo, ya que yo ya había oído hablar de un simpático personaje del universo mutante con el mismo nombre. Nada más lejos de la realidad al pillarme aquel número 1 de la serie y darme cuenta de que este Warlock era un personaje completamente diferente.
Aquel fue mi primer encuentro con el que sería uno de los personajes que más me han llamado la atención del Universo Marvel y sobre el que pretendo escribir en este artículo... pero, ni por asomo, esta era la primera aparición de dicho personaje. Ahondemos, pues, en este personaje y analicemos sus premisas. Como siempre en este tipo de análisis, os aviso de que ENCONTRARÉIS DETALLES QUE REVELARÁN PARTES ESENCIALES DE LA TRAMA. Si tenéis previsto leer estos cómics y no tenéis ganas de que os los destripen, NO SIGÁIS LEYENDO.

Adam Warlock fue creado como "Él" (Him, en inglés) en 1967 por el clásico dueto Stan Lee/ Jack Kirby para la clásica serie de los Cuatro Fantásticos, en su número 66. "Él" sería creado por un grupo de científicos conocidos como La Colmena, con la clásica intención de crear el ser humano definitivo; consciente de que los fines de sus creadores no eran del todo éticos, "Él" se rebela contra ellos y acaba dándose un paseo por el espacio. Poco despúes de esto, tiene un pequeño encontronazo con Thor (en el número 165 de su colección). La explicación: buscaba una compañera con la que... ejem, "intimar", y no se fue a fijar en otra que en Lady Sif. Tras la consabida pelea, "Él" se encierra en un capullo de su creación y se autoexilia en el espacio.
Hasta aquí, un poco el origen más básico. Toca, pues, empezar a meterle mano a la etapa que iniciaría ya en 1972, a cargo de Roy Thomas y Mike Friedrich, ambos encargados del guión y argumento. La intención, por supuesto, relanzar al personaje y dotarle de algo más de profundidad de la vista hasta el momento. Según el propio Thomas, se partiría de dos bases fundamentales a la hora de trabajar sobre el personaje: la primera, plantear una clara competencia al Cuarto Mundo de DC (creación del genial Jack Kirby a lo largo de los años setenta, una vez hubo abandonado Marvel); la segunda, y quizás la más alocada, tomar el musical Jesuchrist Superstar como referente.


Pero sin coreografías ni canciones molonas.


Esto quizás nos puede parecer algo descabellado: ¿un personaje mesiánico en el Universo Marvel? Bueno, si nos fijamos, tampoco era una idea tan extraña; ya había un panteón Nórdico, representado por Thor, del mismo modo que Hércules, representante del panteón Olímpico, ya había campado por entre las filas de los Vengadores. Thomas, con toda probabilidad, entendió la mitología cristiana como eso, como una mitología más, y pensó que adaptarla era una forma más de añadir riqueza al Universo Marvel. Por otra parte, según Thomas afirmó en su momento, ya se consideraba a Estela Plateada como un referente mesiánico en cierto modo. "Tal vez fuera el momento de llevar esa idea al siguiente nivel", añadió.

Así es como Warlock surge con su nueva encarnación (nunca mejor dicho) en el primer número de Marvel Premiere, dejando la historia más o menos por el mismo punto por el que quedó en su anterior aparición en Thor: con una especie de crisálida flotando por el espacio. Dicha crisálida es encontrada por el Alto Evolucionador, que viene a ser una especie de Doctor Moureau a lo bestia, que ya había hecho alguna aparición, también en la serie de Thor, y cuya relación con otros personajes de Marvel (tales como Mercurio, la Bruja Escarlata o la primera Spiderwoman) se iría consolidando no mucho después.
El Alto Evolucionador, como ya he contado, era un tipo que tenía unas ínfulas científicas muy propias de H.G. Wells, aunque potenciando ese lado de creerse Dios. Gracias a esas ínfulas, el personaje inicia un proyecto muy ambicioso, consistente en crear una Tierra justo en la órbita contraria a la nuestra; una tierra, cuyas leyes naturales y su desarrollo estarían bajo su estricta supervisión, sin mácula y más cercanas a la utopía de lo que nuestro mundo jamás fuese capaz de soñar. Para su creación, Thomas se basa en el concepto pitagórico de la Antictón y actualiza el término, llamándolo "Contratierra": al desarrollar este mundo, el Alto Evolucionador desarrolla un mundo paralelo, más similar a lo que podría ser la Tierra-2 de DC que el Cuarto Mundo: un mundo que viene a ser una especie de espejo paralelo del nuestro, con una geografía exacta y contrapartidas en cada persona. Algo así como una "segunda oportunidad". Este concepto del Alto Evolucionador, si nos fijamos, ya sentaría las bases de esa especie de mitología cristiana que he mencionado, pero la cosa avanza un poco más, hasta volverse todavía más explícita.


El Alto Evolucionador.
Y sí, viste de rosa, ¿algún problema?


Es aquí donde entra el Hombre-Bestia, cuyo papel se convertirá en algo más que relevante a lo largo de toda esta historia. Creado por el Alto Evolucionador, se trata de un lobo cuya genética fue alterada hasta tener un aspecto humanoide... pero, pese a los esfuerzos de su creador, imperfecto: el Hombre-Bestia se plantea, pues, como el siervo rebelde. Como el fracaso del Creador. Su función, al igual que la de un Lucifer, es la de rebelarse contra su amo y aprovechar su descanso durante la formación de la Contratierra para insuflarla de ese instinto de maldad que caracteriza a la raza humana: a causa de su influencia, pues, este nuevo mundo sufre exactamente de los mismos problemas que la Tierra. El hambre, la guerra y la injusticia proliferan por todas partes, y los errores de nuestro mundo se repiten de nuevo. La segunda oportunidad se ha perdido.
O eso es lo que parece.

Es entonces cuando "Él", recién salido del cascarón (literalmente hablando, de hecho), decide ayudar al Alto Evolucionador y liberar a la Contratierra de la amenaza del mal. La otra opción es que el Alto Evolucionador destruya su proyecto y empiece desde cero, cosa a la que Él se niega. El científico, convencido por las buenas intenciones de su inesperado visitante, acepta y le da la oportunidad, otorgándole la llamada Gema-Alma, que le concedería todo un sinfín de nuevos poderes.
Una vez en la Contratierra, Él es acogido por un grupo de adolescentes, que lo rebautizan como Adam Warlock y al que siguen en sus andanzas, de un modo que recuerda, aunque más simplificado, al de un grupo de apóstoles. Éste empieza a experimentar los horrores de la injusticia o la guerra, haciendo todo lo posible por combatirlas. A lo largo de sus aventuras, se enfrentaría una y otra vez al Hombre- Bestia, al que creería vencer durante un tiempo... Pero no es tan fácil acabar con el Mal, y Warlock acabaría comprendiéndolo.


El Hombre-Bestia. No solo es malvado y tocapelotas.
También tiene un cabreo monumental constante.


Tras varias victorias sobre el Hombre-Bestia y algunos de sus secuaces, Warlock acabaría siendo visto como una amenaza por el gobierno de los Estados Unidos de la Contratierra y se pondría precio a su cabeza. Marcado por la muerte de uno de sus seguidores, procuraría no usar la violencia para cumplir sus fines e intentaría solucionar los males del mundo de una forma sabia. Por el camino, encontraría a contrapartidas de otros personajes del Universo Marvel, como Reed Richards (convertido en una especie de Hulk llamado El Bruto) o Victor Von Muerte, su mejor amigo. Este último se perfilaría como una antítesis del Doctor Muerte del Universo Marvel tradicional, mostrándose como un abnegado científico que lucharía por el bien común y por conseguir hacer del mundo un lugar mejor. Tal es la diferencia con el Doctor, que incluso llegaría a sacrificarse para que Warlock y los suyos pudiesen salvar la vida.

Esta persecución culmina con una terrible revelación: el presidente de los Estados Unidos de la Contratierra resulta ser el mismísimo Hombre-Bestia que, sin su forma corpórea original (destruida por Warlock en su momento), se ha hecho con el poder y clama por su ejecución pública para que la Contratierra sea un lugar más "seguro". Dicha ejecución se haría del modo más mediático posible, por medio de una simbólica crucifixión que sería retransmitida por todo el planeta. Una vez muerto, Warlock regresaría a su estado de crisálida y ahí, en teoría, acabaría todo.
Pero volvamos a la idea del Mesías: tras esa supuesta muerte, Warlock acabaría resucitando y se enfrentaría nuevamente al Hombre-Bestia, al que vencería de forma definitiva, usando su Gema-Alma para revertirlo de una vez por todas a su forma primitiva. Gracias a esto, la humanidad de la Contratierra contaría con una nueva oportunidad para seguir adelante por sí misma; esta vez, sin la guía de Warlock, que decide elevarse en los cielos para explorar el espacio profundo.


La crucifixión de Adam Warlock. Una imagen más que reveladora.


Pasa un tiempo y llegamos al Strange Tales #178 (1975), donde descubrimos que Warlock no ha sido del todo olvidado. Ahí lo tenemos, en su periplo espacial, interrumpido por un asalto en un planetoide. Sobre su superficie, el personaje acudirá en la ayuda de una chica cuyo nombre jamás llegará a conocer, pues ha sido fulminada por un grupo de creyentes de algo llamado La Iglesia Universal de la Verdad. Adam se entera de esto tras usar la Gema-Alma para hablar con el espíritu de la difunta y conocer a quién se enfrenta: a través de ella, aprende que dicha Iglesia rinde culto a una entidad llamada el Magus y que están imponiendo su criterio a sangre y fuego por todo el cosmos. Todos aquellos que no crean en él serán forzados a la extinción. Es durante esta revelación mística como el propio Warlock descubre que el Magus y él son el mismo ser, por lo que se convertirá en una de sus batallas más duras.

Si interpretamos esto todavía desde el punto de vista de la mitología cristiana, podríamos encontrar incluso un fuerte componente de crítica. Planteémonos lo que sucedería si se plantease una Segunda Venida de Cristo y se encontrase con una Iglesia que predica en su nombre y con una oleada de fanatismo que está generando mucho más dolor, sufrimiento y muerte que su mensaje original. Es básicamente lo que le sucede a Warlock, cuando descubre que toda su buena intención y sus buenos ideales se han corrompido, pervirtiendo su sueño de un Universo en paz para traer más miseria y destrucción. El componente de crítica hacia el fanatismo religioso (especialmente el cristiano, aunque en realidad podría ampliarse hacia cualquier creencia que se ha usado como excusa para hacer daño) se acentúa si nos damos cuenta de que dicha Iglesia toma como símbolo la cruz con forma de Ankh en que Warlock fue ejecutado en su día por el Hombre-Bestia.
Nótese además cómo, en este punto de la saga, Adam ejerce un manifiesto en contra de la violencia que parece ser inherente al ser humano, por medio de una historia que cuenta. Esta historia, de cuya veracidad no se tiene demasiada constancia, casi tiene más de parábola que de historia en sí, pues sirve para ilustrar a quienes le rodean acerca de su filosofía.


El Magus: una versión futura-chunga-morada-con-el-pelo-a-lo-afro-por-el-careto de Adam Warlock.


A lo largo de los siguientes números de Strange Tales, vemos cómo Adam es capturado por los fanáticos del Magus y hecho prisionero a bordo de una nave que transporta a las razas de "indignos" (aquellos que no son humanoides no han sido creados a imagen y semejanza del Magus y, por tanto, merecedores de la muerte) para ser ejecutados. Allí conocerá a Pip, el Troll, una especie de secundario cómico que, a lo largo de esta saga, se mostrará como un personaje con bastante sentido común y que procura arrancar a Warlock de su "nebulosa" para devolverlo al mundo real. Ambos lograrán escapar de la nave, no sin antes enfrentarse a Autolycus, capitán de ésta. Al hacerlo, Adam descubre una nueva realidad que le había sido velada hasta el momento: su Gema-Alma tiene un lado tenebroso, pues es capaz de vampirizar las almas de sus enemigos; una vez empieza a hacerlo, no para de tentar a su portador para que siga haciéndolo, por lo que necesita una enorme fuerza de voluntad para resistirse.
¿Es tal vez ese el motivo por el cual ascendería el Magus?

La huida de Warlock y Pip les llevará hasta el mismísimo corazón del imperio del Magus, el llamado Mundopatria. El plan, pese a lo suicida, es bien sencillo: forzar el enfrentamiento definitivo con el enemigo, aunque eso suponga la propia muerte (ya que son el mismo ser, como he mencionado). Nuevamente, el elemento de autosacrificio aparece, y encontramos a un Adam dispuesto a acabar con su propia vida, si con eso puede salvar la de millones de seres.
Este enfrentamiento, sin embargo, no tiene lugar, puesto que antes de dar con el Magus encontrará a la Matriarca de la Iglesia, una antigua madame "reconvertida" en la líder de la sangrienta religión. Mi interpretación personal (y estrictamente personal) sigue siendo la de la crítica, donde se nos muestra una institución corrupta y prostituida, más centrada en imponer su criterio a sangre y fuego que por predicar paz y amor. Que la Matriarca hubiese sido una proxeneta, desde mi punto de vista, no es más que una forma de simbolizar la depravación vestida de misticismo y religiosidad.

El enfrentamiento con la Matriarca tampoco llega a gran cosa, puesto que Warlock es enviado hacia un foso donde encontrará a una extraña criatura llamada Kray-Tor, que viene a ser una especie de juez inquisidor. Éste lo someterá a juicio, declarando abiertamente que va a estar amañado y que el único objetivo de ello será tener motivos de sobra (aunque sean inventados) para poder disponer de él del modo más lógico: sentenciándolo a un "correccional" de la Iglesia. Warlock intenta defenderse, aludiendo que él y el Magus son la misma persona y que, de poder ser juzgado, solo podría serlo por el Magus mismo. Nadie le escucha y es declarado culpable. Tiene lugar otra batalla, en la que se ve obligado a usar la Gema-Alma por segunda vez.


Esta cosa fea es Kray-Tor. Nótese la coña de que su nombre suena muy similar a la palabra "creator" ("Creador") en inglés.


Entretanto, entra un nuevo personaje en escena: Gamora, que se presenta a sí misma como la mujer más peligrosa de la galaxia. Ésta se pone en contacto con Pip (a quien Warlock había abandonado en su búsqueda del Magus) para dar con Adam. No sería un detalle en exceso importante si no ésta no trabajase para un "Amo", que no resulta ser otro que Thanos,el Titán Loco.
Thanos, algo más adelante, se aliará con Warlock para acabar con el Magus. Juntos consiguen derrocar dicha amenaza, usando la Gema-Alma para "limpiar" esa corriente temporal de la que éste último proviene. De este modo, el Magus jamás ha tenido lugar y su existencia ha sido por completo barrida de la realidad.
No pensemos, sin embargo, que Thanos ha actuado por desinterés: a lo largo de esta batalla, ha tenido tiempo para estudiar a Warlock y, más concretamente, a su Gema-Alma. Poco después, descubriremos que dicha gema forma parte de otras seis, que el Titán Loco buscará para acabar con la vida tal y como la conocemos.

Dicha búsqueda llevará al Titán a enfrentarse a Los Vengadores que, aliados con Warlock y el Capitán Marvel original, presentarán batalla contra él. Para cuando consiguen formar una alianza, Thanos ya habrá destruido la Contratierra y tendrá planes de  conquista con la propia Tierra. La batalla se recrudece y todo acabará limitándose a Thanos y Warlock que, convertidos cada uno en la némesis del otro (Thanos simbolizando la muerte de todo, frente a Warlock, que vendría a simbolizar la vida y la esperanza) lucharán entre hasta que solo uno caiga. En este caso, y contra lo que cabría esperar, no es Thanos el que cae, sino Warlock; no obstante, éste se las apaña para destruir una Gema artificial que el Titán Loco ha construido para canalizar su poder, de modo que se sacrifica una vez más para poner en fuga al enemigo.
¿Es este el final de Adam Warlock? Si habéis seguido la trayectoria del personaje, nos damos cuenta de que su ciclo de muerte y resurrección no parece tener fin: esta vez, no ha habido capullo por medio, sino la Gema-Alma, que recoge su esencia vital, junto a la de sus amigos caídos en batalla.


Traducción libre de lo que dice Warlock aquí:
"A tomar por culo el pacifismo y la no-violencia, porque con el hijoputa este no hay manera. Ven pa acá que te voy a reventar la boca, majarón!"


Pasarían casi diez años en tiempo Marvel (y algo más en tiempo real, ya hacia 1991) para que el personaje volviese a renacer. Del mismo modo que la leyenda de cualquier Mesías, lo hace solo cuando se le necesita: en este caso, justo después de la resurrección de Thanos.
Para ponernos en situación, el Titán Loco había muerto poco después de la desaparición de Warlock (el propio Warlock había sido llamado desde el exterior de su Gema para enfrentarse a Thanos de forma definitiva, al que convertiría en piedra), pero tampoco es una entidad que sea fácil de destruir; gracias a su pacto con la Muerte, de la cual está enamorado, regresaría desde el Otro Lado para acabar con la mitad de la creación, bajo deseo expreso de su Amada. Es aquí cuando tiene lugar el Renacimiento de Thanos, presenciado por Estela Plateada y que tendría su continuación en la saga conocida como La Búsqueda de Thanos. A lo largo de esta miniserie, veremos cómo el Titán Loco intenta ganarse a su Amada por medio de convertirse en su igual; para ello, emprenderá la búsqueda de las seis Gemas del Infinito, las cuales, una vez reunidas, le otorgarán los atributos de la Deidad Suprema.


He aquí las gemas originales, con sus colores correspondientes.


La Búsqueda de Thanos llevará al Titán Loco a enfrentarse con los seres conocidos como los Primordiales del Universo, y tendrá que echar mano tanto de su poder como de su astucia para ganar la batalla. Esta cruzada culmina con la creación del Guantelete del Infinito, y con Thanos alcanzando el poder supremo.


Thanos con el Guantelete del Infinito. Esta historia servirá (en teoría, claro) como base para futuras películas del Universo Cinemático de Marvel.


La saga del Guantelete del Infinito comienza con un Thanos ya elevado al rango de divinidad y asesorado por el malvado demonio Mefisto. Éste último será testigo de cómo el Titán Loco se desvive para agasajar a la Muerte, que hasta el momento no se ha dignado a dirigirle la palabra. La explicación: todavía no ha iniciado su proyecto de aniquilar a la mitad de todos los seres vivos del Universo, cosa que empieza a hacer casi de inmediato. Entretanto, al otro lado del cosmos, van sucediendo varios hechos de importancia:
Por un lado, Estela Plateada logra legar hasta el Doctor Extraño para informarle a él (y, por extensión, a cualquier héroe disponible) de la que se va a montar, ahora que Thanos es un dios; por otro, ya empiezan a desaparecer seres vivos por todas partes, señal de que el proyecto ya se ha puesto en marcha. Por último, en una carretera comarcal tiene lugar un accidente de tráfico. Debería ser mortal, pero las tres víctimas (dos hombres y una mujer) resultan sobrevivir hasta llegar a un motel. Una vez allí, empiezan a mutar de un modo extraño: la piel de la mujer empieza a tornarse verde, mientras que uno de los hombres empieza a ver cómo su cuerpo se deforma.
El tercero, en una habitación contigua, se ha encerrado en un capullo y parece estar sufriendo una profunda metamorfosis.


Algo como esto.


Es con esta nueva resurrección de Warlock cuando el juego cósmico se pone en funcionamiento de nuevo. Éste reúne a todos los héroes disponibles para formar un batallón con el que enfrentarse a Thanos, mientras éste sigue con su empresa, capturando de paso tanto a su hermano Eros como a su nieta Nébula, a los que tortura de forma indecible.
Se convoca a la entidad conocida como el Tribunal Viviente que, a cargo de Eternidad, la personificación del universo, tiene la obligación de juzgar lo sucedido. El Tribunal no se opone a las actividades de Thanos, pues considera que no viola el orden natural de las cosas y que, en el fondo, solo obedece al principio de la ley del más fuerte.
Con cierto esfuerzo, se forma un batallón formado por algunos miembros de los Vengadores, Quasar, Lobezno, Cíclope, el Doctor Muerte, Drax el Destructor, Nova, Spiderman, Capa, el Señor del Fuego, el Doctor Extraño y Estela Plateada. Dicho batallón se embarca en una misión suicida que culmina con el exterminio prácticamente de todos los héroes, y con un fútil intento por parte de Estela Plateada de arrabatarle el Guantelete a Thanos. Esta batalla da paso a la siguiente oleada, encabezada por entidades cósmicas como Galactus, el titán Kronos, el Maestro Orden, Lord Caos, el Extraño, las personificaciones del Amor y del Odio, un par de Celestiales y el propio Eternidad. La batalla culmina del modo más inesperado, con Nébula arrebatando el guante a Thanos y proclamándose como deidad. Se produce así un nuevo enfrentamiento, pero con una gran diferencia: ahora es Warlock el que ha llevado a Thanos a un aparte y le ha mostrado cuál es su punto más débil. Con todos sus planes, toda su ansia por la muerte y la destrucción, aquello que más odia Thanos es a sí mismo. Es por eso por lo que, de forma inconsciente, sus proyectos jamás han culminado. Debido a la revelación que le muestra Adam, Thanos cambia de bando para acabar con esa pesadilla de una vez por todas, aunque sin prometer qué sucederá después.


"¡Ahora manda mi coño!"


Thanos y Nébula tienen un enfrentamiento final, donde ésta decide devolver la realidad veinticuatro horas atrás; los héroes que permanecen en el campo de batalla (aquellos a los que el viaje temporal no ha afectado: Estela Plateada y el propio Warlock) son fácilmente eliminados y enviados al interior de la Gema-Alma, imentras que el Doctor Extraño sigue prisionero junto a Nébula.
Nébula elimina sin problemas al batallón cósmico, hasta que Warlock, desde el interior de la Gema, logra hacer que el Guantelete se vuelva contra ella y caiga al suelo. Adam logra salir de dicho mundo interior para recuperarlo, tomando así el manto de la divinidad y devolviendo el equilibrio al Universo una vez más, mientras que Thanos finge su propia muerte y desaparece.

Adam Warlock, a partir de aquí, tendría que superar un largo camino como guardián de las Gemas del Infinito. Sus actos serían juzgados por el Tribunal Viviente para determinar si éste sería digno de una carga así, y acabaría por desmembrar el Guantelete y repartir las gemas para lo que sería la Guardia del Infinito: así pues, la Gema Espacio iría a parar a Pip el Troll; la Gema Tiempo, para Gamora; la Gema Mente caería bajo la tutela de la ex-Vengadora Dragón Lunar; Drax el Destructor guardaría la Gema Poder; Warlock se quedaría, como no podía ser menos, la Gema Alma, y otorgaría la última de todas, la Gema Realidad, a Thanos.
Este sería el origen de toda una serie, que tendría cruces con sagas como la Cruzada del Infinito, posteriores y quizás menos impactantes.


La Guardia del Infinito. Bajo Adam Warlock, de izquierda a derecha: Pip el Troll, Dragon Lunar, Gamora y Drax el Destructor. A estos dos últimos los está conociendo hoy en día el público gracias a la película de Los Guardianes de la Galaxia. Como puede verse, en la adaptación se han cambiado sus aspectos de un modo más o menos evidente, y sus orígenes han sufrido una drástica reescritura para adaptarse a un universo cinemático algo más sencillo.


Pasando a mi valoración personal, diría que Adam Warlock ha aportado conceptos bastante enriquecedores al Universo Marvel: por un lado, como hemos visto, ha explotado el concepto del Mesías cristiano, mezclándolo con las clásicas aventuras de corte superheroico a las que la franquicia nos tiene acostumbrados; por otro, ha servido para entrelazar el tejido que conformaban muchos elementos del llamado "Universo Cósmico" de Marvel, hasta la fecha representado en series como Doctor Extraño o Estela Plateada. Para concluir, también nos ha mostrado un personaje cuya carga filosófica lo ha dotado de profundidad, sin limitarse al héroe que lucha contra el Mal y ya está. Warlock abjura de la violencia, cree en la paz, y procura defenderla hasta sus últimas consecuencias. Lucha, se sacrifica y cae, para luego resucitar, en un ciclo que parece no tener fin. Se enfrenta a su parte oscura y acaba descubriendo lo peor de sí mismo, para luego vencerlo. Asume el manto de la divinidad y luego lo rechaza.
Adam Warlock pudo ser un dios, pero eligió no liderar a nadie. Pues, según sus propias palabras, cada uno puede liderarse a sí mismo.

martes, 22 de diciembre de 2015

Escupiendo Rabia- ¿De verdad creéis en la democracia?




Hoy vamos a empezar con una reflexión políticamente incorrecta. Una declaración de intenciones, si queréis llamarlo así.
Veréis, yo no termino de creer en la democracia.
Vale, ¿habéis empezado a rasgaros las vestiduras y a berrear que apoyo los sistemas dictatoriales? ¿Habéis empezado ya a poner el grito en el cielo, y a apoyaros en vuestra clásica falacia de "Si no apoya a A, es que apoya a B, su total opuesto"? Venga, os dejo que berreéis lo que os dé la gana un ratito y ahora sigo.
¿Bien?
Planteaos esto: cuando uno va a un restaurante, espera que el camarero que le atienda sea el mejor de todo el establecimiento; del mismo modo que cuando uno va al médico, le gustaría ser examinado por alguien que esté tan preparado como el mejor. Pues si asumimos este principio, mi ideal de la política viene a ser tres cuartos de lo mismo.
Tiendo a pensar que, si tomamos este principio como cierto (en plan hipótesis, tampoco es que esté yo dando nada por sentado, ojo), la sociedad tendería a preferir un sistema oligárquico: consideramos que quien desempeñe una función o servicio hacia la comunidad debe partir de un nivel de preparación muy específico, o tener una meritología (que no meritocracia) que le respalde. Si no, pensemos en nuestra actitud un día que vayamos a operarnos y, por el motivo que sea, nos enteramos de que nuestro cirujano es lo más parecido a un carnicero y tiene récord de muertes en quirófano: pues eso, que no lo queremos ni en pintura y estamos como locos pidiendo que por favor nos pongan a alguien preparado.



Que sí, que Nick Riviera nos parece gracioso, pero no lo queremos operándonos ni en pintura.


Con el tema de la opinión, lo veo tres cuartos de lo mismo: ahora se ha puesto bastante de moda opinar absolutamente sobre todo, se haya estudiado el tema o no. Si me da la gana, yo puedo ponerme a hablar sobre ingeniería nuclear, medicina, educación, o (oh, sí) literatura sin haber estudiado ninguna de estas disciplinas. Que sí, que vale, que yo sí he estudiado literatura durante años; pues no os queráis imaginar la de gente que se ha leído unos cuantos libros, algún que otro manual de esos de "Pétalo en Twitter para vender tu libro como si fueran churros" y otro de esos de "Así se escribe bien, y si no, es que escribes mal" y ya ha venido  en plan académico, contándome verdaderas idioteces sobre lo que es la materia que yo llevo años estudiando. Extrapolad esto a vuestras carreras, vuestras profesiones o a cualquier área que hayáis trabajado de forma concienzuda y os daréis cuenta de lo terriblemente molesto que resulta que alguien venga a daros lecciones desde la más brutal ignorancia.
Pero tienen derecho a opinar, dicen.
Volvemos entonces a la cuestión de la oligarquía: existe el derecho a opinar, por supuesto, pero... ¿Es la opinión de alguien que no sabe de lo que está hablando igual de válida que la de alguien que sí? Podemos ponernos todo lo democráticos que queramos, pero para mí la respuesta es un rotundo no. Alguien que desconoce un asunto a la hora de hablar de él, jamás podrá tener una opinión con la misma validez que alguien que sí. Lamento decirlo, amigos Distópicos, pero en estos casos tenemos un ejemplo de que no, de que no todo el mundo es igual. No en este punto.


"Yo es que no entiendo de esto, pero es mi opinión".
Mantra moderno.
Pues vale.


Pasemos, pues, al tema de moda de esta última semana, que han sido las elecciones: sí, las elecciones. Las famosas elecciones. Esa rachita que me habéis dado, queridas almas de cántaro mías, dándome lecciones acerca de lo que está bien y lo que está mal. De cuál es la opción correcta y cuál el demonio encarnado. Muchos, muchos de vosotros, habéis intentado condicionarme, forzar mi voto en vuestro favor o simplemente persuadirme para que no vote a aquello que no os gusta. Habéis puesto vuestra opinión por encima de la mía, cuando yo ni siquiera he manifestado hacia dónde va a ir mi voto. Una vez más, habéis malinterpretado el derecho de la libertad de expresión (algo puramente democrático) con el derecho a vulnerar la opinión de los demás.
Como digo, no creo mucho en la democracia, ni siquiera en un sistema electoral basado simplemente en el número. No creo que la gente tenga más razón única y exclusivamente por ser mayoría; no creo que una persona que no tiene ni idea de lo que está votando tenga un voto con la misma validez que alguien que vota de forma concienciada. No me parece justo que se manipule a las masas desde la desinformación (sí, a la que muchos de vosotros habéis contribuido estos días, me temo) y que al final esto se convierta en un Club de la Lucha, donde los de una ideología se dan de hostias con los de la contraria... básicamente porque se supone que tienen que hacerlo.
No creo en la democracia tal y como está concebida, pero quiero que quede clara una cosa: es el sistema en que vivo y lo respeto. Creo que es mejor que muchos otros sistemas (por ejemplo, una dictadura; lo digo por si algún subnormal se piensa que por no parecerme el mejor sistema me voy a convertir en un fascista o algo así), pero me parece un sistema falible y mejorable.
Por el contrario, creo en el sistema oligárquico que he mencionado arriba, pero soy coherente: tampoco creo que, siendo como es el ser humano, fuera a funcionar a largo plazo. Al final todo sistema (formado por humanos falibles) acaba volviéndose falible y se corrompe a sí mismo.



Del mismo modo que tendemos a pensar que los mejores atletas son los que deberían ir a las Olimpiadas, tiendo a pensar que las mejores mentes son las que deberían gobernar un país.
Pero no nos confundamos: esto no es ninguna utopía; en ningún caso eso nos libraría de la corrupción, el enchufismo o el hijoputismo y, posiblemente, llegado el caso, estaríamos en las mismas (o peor) que hoy en día.
Pero, puestos a elegir si prefiero eso o un puñado de inútiles que encima sean corruptos, pues qué queréis que os diga...


La democracia también se corrompe a sí misma, ¿no lo habéis notado? En nuestro país, llevamos haciendo un mal uso de ella desde hace ya bastante. Para empezar, no hay más que ver esa actitud del humano de a pie, que se piensa que vivir en un sistema democrático es hacer lo que a uno le dé la puta gana porque tiene derecho. Pensar que vives en un sistema que te protege absolutamente de todo, pero al mismo tiempo ignorar que todos los derechos que ejerces debes hacerlos desde la responsabilidad. Que, como ciudadano, también tienes unos deberes.
Hemos tomado la mejor parte de la idea de la democracia y la hemos prostituido, vejado y tirado en una cuneta. Partiendo de ese principio, no hay más que ver cómo la hemos gastado cada vez que se ha hablado de política en este país. Incapaces de superar viejas rencillas (de la época de nuestros abuelos, por los clavos de Cristo), las hemos tomado como nuestras y nos hemos pasado por el forro eso de la pluralidad de opiniones o del derecho a que cada uno vote lo que le dé la puta gana, que para eso están las urnas. Yo soy de pensar que la gente que vota debería hacerlo de forma consciente y responsable, mirando con cierta cautela cuáles son las distintas alternativas de voto y dejarse de payasadas del tipo "Es que en mi casa se vota a esto", o "Ahora voto a estos para joder al gobierno"; pero como sé que la gente no es así y que la mitad de las veces ni siquiera tiene ni puta idea de lo que vota (esto lo he vivido en directo), pues oye, me jodo y me aguanto. Pienso que tenemos lo que nos merecemos y que, viendo el nivel de la educación en este país desde hace ya bastante, pues como que no damos para más.
No creo en el voto irresponsable, pero acepto que la gente lo haga; más que nada, porque está establecido en un sistema electoral que, como he comentado y que no me cansaré de insistir, respeto porque es el sistema en que vivo. Y porque, como persona escéptica, desconfío de que la opción en la que creo vaya a ser mejor. Simplemente lo creo, pero no necesito convencer a nadie, pues no me mueve una fe ciega ni esa seguridad tan firme que guía a unos cuantos iluminados que tengo que escuchar a diario.


Ahora todo el mundo parece profeta.
Y digo yo "Coño, qué suerte tenemos, que vivimos en una época en la que tienes un gurú en cada esquina para que te diga lo que tienes que pensar..."


Insisto: no creo mucho en la democracia. No como ese sistema infalible y utópico que la gente se cree que es. Pero, insisto también, creo que, de todos los sistemas políticos posibles, es de los menos malos. Prefiero que me gobierne un inútil que ha escalado el puesto dentro de su partido a base de comer congrios y lamer culos, a que me gobierne un hijo de puta que es igualmente inútil, pero al que se le ha puesto en sus santos cojones gobernarme, lo quiera el pueblo o no. De creer en algo, creería en un gobierno de gente preparada, que está donde está porque saben perfectamente lo que están haciendo, y tienen la conciencia suficiente para administrar el país de forma responsable. Con un sistema político así, tal vez no haría falta contar con que la gente fuese responsable a la hora de ejercer su voto, y ni siquiera haría falta plantearse eso de que haya que estudiar para poder votar. Si la gente fuese consciente de la responsabilidad que acarrea un voto, en lugar de pensar que está jugando un Madrid-Barcelona, tal vez las cosas fuesen diferentes.
La cuestión es que no cuento con ello. Me jodo y me aguanto, pues. Porque tampoco tiene por qué gustarme.


Pues no. No uta eto.


Si seguimos un poco ahondando en este tema, tampoco es que crea mucho en el bipartidismo. No le veo mucho sentido a que los mismos de siempre estén acomodados en sus puestos y se les eche solo cuando la han cagado MUCHO (y a veces, ni eso), para ser sustituidos por otros que, en definitiva, no es que supongan grandísimas diferencias. Soy más de creer en el pluralismo político (no lo veo del todo incompatible con que lo que gobierne sea una minoría altamente preparada) y en el derecho de cada uno a creer en la opción política que le salga de los cojones.
Subrayo esto porque esa actitud me ha venido matando estos días. Como he dicho, no creo en el bipartidismo. No estoy obligado a ello; pero, insisto una vez más, pienso que cada uno es libre de creer en ello si le da la gana. De ahí que haya visto burlas constantes a la democracia cuando en estas elecciones Marianete (bipartidista como él solo) haya vuelto a salir elegido. Las burlas hacia aquellos que los han votado han sido ATROCES, sobrepasando incluso el concepto de insulto. De subnormales para arriba los han puesto, lo que está precioso, cuando nos ponemos a pensar en lo demócratas que decimos ser todos.


"¿QUE HAS VOTADO A QUIÉN? ¡SUBNORMAL! ¡MONGOLO! ¡GILIPOLLAS! ¡HIJO DE LA GRANDÍSIMA PUTA! ¡POR TU CULPA Y DE TODOS LOS TONTOS DEL CULO QUE PIENSAN COMO TÚ NOS VAMOS A LA RUINA! ¡A LA PUTA RUINA!"


Que a ver, caballero, ¿a usted no le convence el resultado? Pues está en su derecho a decirlo y manifestarlo. Usted se encuentra en su pleno derecho a decir que esta elección le parece poco adecuada; puede incluso verla errónea y hasta decir que no cree que tal candidato le parezca la mejor opción como presidente para los próximos cuatro años. Es una postura respetable, que puede compartirse o no, pero no deja de ser un punto de vista.
Lo que no es respetable ni es un simple punto de vista es eso de manifestar verdaderas mamarrachadas como "España está llena de subnormales que votan a los de siempre" o el consabido "Disfrutad lo votado" o las clásicas amenazas de exilio (sin cumplirse, por supuesto) solo porque uno no está contento con el resultado, con un discurso de lloriqueo que hace que cualquiera que lo escuche se piense que vive en una dictadura (una de verdad) en la que le fueran a pegar un tiro en la nuca solo por ser de una ideología diferente a la del gobierno. Ver como hay grupos del tipo "Yo no voté a no sé quién, pues vete a la mierda" o "Si votaste a no se cuántos te jodes", demuestra de todo menos una conciencia democrática. Demuestra una absoluta falta de respeto hacia el resultado de unas elecciones y hacia aquellos que, por el motivo que sea, han depositado su confianza en tal candidato. Es pasar del derecho de la libertad de expresión al insulto, a la pataleta porque no ha salido el resultado electoral que uno quería.


"¡NO HA SALIDO LO QUE YO QUERÍA! ¡SOIS TODOS IMBÉCILES!"


Puede que yo no crea demasiado en la democracia (o no al menos como esa utopía que os habéis creído que es), pero al menos la respeto.
Vosotros habéis intentado influir en la opinión de los demás, diciéndoles lo que tienen o lo que no tienen que votar, como si eso fuera asunto vuestro. Dando por hecho que vuestra opción es mejor.
Habéis compartido información sin contrastar, a menudo bulos con bastante mala leche.
Os habéis enzarzado en auténticas peleas de insultos con la gente que no es de vuestra ideología. En el mejor de los casos, os habéis reído de aquellos que han manifestado seguir a formaciones distintas a la vuestra, como si aquello en lo que creéis estuviera libre de mácula alguna.
Habéis votado, muchos de vosotros, sin la más mínima conciencia. Desde una fe ciega en que vuestra opción es la mejor, que ríete tú de cualquier fanático del fútbol, religioso, o del tipo que sea. Pero se ve que, a la hora de votar, no existe el fanático. Solo el "concienciado".
Os habéis meado en el resultado de las elecciones (que, aunque no os guste cómo están planteadas, son legítimas y están reguladas por leyes, y no dejadas a la anarquía o la arbitrariedad) y os habéis comportado como unos auténticos energúmenos solo porque el resultado no es al que habéis votado vosotros. Habéis demostrado que no sois capaces de asumir que hay otros puntos de vista; que la mayoría (o al menos, la que ha salido reflejada en las urnas) no coincide con vuestro criterio. Pensáis que la democracia es la razón de esa mayoría, pero luego sois incapaces de aceptarla, cuando la mayoría dice algo que no os gusta.
Decidme: con estas actitudes tan respetuosas, tan dignas y tan civilizadas por vuestra parte, ¿de verdad creéis en la democracia?