martes, 16 de junio de 2015

Escupiendo Rabia- Donde dije libertad, ahora me escandalizo



Vamos a dejar las cosas muy claritas, señores. No voy a hacer apología del humor negro, porque aunque no niego que a veces me ría o suelte algún chiste macabro, sé dónde está mi lugar y no los suelto delante de gente desconocida (a veces tampoco lo hago según delante de qué gente conocida). No porque me vayan a acusar de ser tal o cual (eso me la sopla y, total, ya me acusan aunque no diga nada), sino porque según qué cosas me gusta hablarlas en ciertos círculos, llamémoslos de confianza, como el que habla de política o de religión. Para mí cada cosa tiene su sitio y hay sitios donde simplemente creo que hay temas de conversación que no proceden.
No voy a ir defendiendo los derechos de nadie, porque antes suelo defender la responsabilidad de cada uno, cosa que suele olvidar la mayoría.
No voy a decir que todos somos libres porque soy el primero que no se lo cree.
Este artículo no está para este tipo de alegatos. Quizás porque ando ya bastante quemado de ese rollito que veo destilarse por muchas partes donde parece defenderse que cada uno pueda hacer lo que le salga de los cojones sin tener que rendir cuentas de nada a nadie.

Partiendo de esta declaración de principios, probablemente debería haberme escandalizado por la enésima polémica digital. Sí, hablo la de este concejal que ha sido apedreado en la red social del pajarito por soltar chistes grotescos y de pésimo gusto. Si recordáis aquel post que escribí sobre el humor negro, ya sabéis que pienso que todo cuanto largamos en un sitio público se debe someter al criterio de nuestra propia responsabilidad. Ojo, no me refiero a autocensura, que es lo que vienen pidiendo (o exigiendo) algunos colectivos expertos en hacerse los ofendidos a la primera de cambio, como he comentado en otros artículos, como este, este otro o incluso este otro, sino de ser medianamente consecuentes con la borricada que se vaya a soltar (y más, en público). Prudencia es la palabra.

Ponemos la palabra aquí en bonito.
Acostumbraos, que la vais a leer un par de veces.


Aun hablando de casos diferentes, si os da por leer o releer cada uno de estos artículos, lo que tenemos es gente (o gentuza) que se cree que por estar defendiendo algo tiene ya el derecho de ir aplastando a los demás, diciéndoles lo que pueden o no pueden decir, entrando a saco, como si fueran una especie de Policía de la Opinión, donde aquellas que no casan con los sagrados ideales de la ultracorrección política deben ser silenciados y enviados a una especie de gulag donde los indeseables viven con una mordaza puesta (eso sí, luego todos protestamos contra la Ley Mordaza porque no nos deja protestar al gusto).
Se habla también de esa actitud de ir creando Immanuel Goldsteins a los que odiar durante unos días... para luego olvidarnos e irnos derechitos a por el siguiente "hijoputacabrón" al que queramos crucificar. Todo en aras de la justicia social y de esa patraña hipócrita en que hemos convertido la libertad de expresión.

Lo llamo hipocresía porque ese derecho, que algunos consideran inalienable, se ha convertido en un pretexto para difamar, desprestigiar o atacar abiertamente a la víctima de la semana. Estos días ha sido el concejal que ha abierto este artículo, pero no nos quedemos aquí y echemos la vista atrás; unos días antes lo fue el futbolista Piqué. Anteriormente fue Joss Whedon, que llegó incluso a sufrir amenazas de muerte por presunto (subrayo presunto, porque me pareció la típica meada fuera de tiesto por parte de aquellos que ven lo que les da la puta gana) machismo y racismo (sí, a la vez, en plan doble combo) en Los Vengadores: La Era de Ultrón, y que forzaron a que el director acabase por cerrar su cuenta de Twitter.


Scarlett Johansson como la Viuda Negra.
Apalea robots chungos a hostias, armada con solo un par de pistolas. Pone en su sitio a Hulk. Lista, valiente y con bastante mala baba.
Embutida en cuero y marcando tetas (sin importar el hecho de que prácticamente TODOS los personajes masculinos salen sin la parte de arriba mostrando torso desnudo, si no en esta peli, en cualquiera de las previas), ergo motivo para coger y amenazar de muerte al director de la peli.


Amenazas de muerte, ¿vale? No hablamos de gilipolleces.
Hace unos días, he visto artículos donde se denunciaba la misoginia de un ilustrador que usaba la figura de la mujer para denunciar el mal uso de las redes sociales. Imágenes que personalmente me resultaban algo desagradables, pero que precisamente servían para hacer esa denuncia y que entendí perfectamente. De esas críticas, beligerantes como ellas solas, y usando consignas que me sonaban ya demasiado fotocopiadas de otras personas, vi verdaderos ataques hacia lo que se veía y no hacia la denuncia que se quería hacer, como si solo importase lo superficial con tal de tener algo con lo que protestar. El artista Luis Royo, de paso (o de pasada), fue atacado en este artículo, de forma prácticamente gratuita, en plan "y ya que estamos, este también, que hace tiempo que le tenemos ganas". En ambos casos, el tufo que se destilaba era casi invitando a la censura: a decirles que se retiraran, que cambiaran su temática o como si tuvieran que pedir explicaciones o disculpas por hacer lo que hacen.
Poco antes de esto, los autores de la portada de Batgirl que he mencionado en uno de los artículos citados arriba. A principios de año, como ya mencioné, la crucificada en cuestión fue Cristina Pedroche, cuyo caso comenté aquí y que me causó una terrible vergüenza ajena por parte de aquellos que se han autoproclamados los únicos defensores de una causa tan respetable como es la lucha por la igualdad sexual... como si solo ellos tuvieran permiso para defenderla. Como si tuvieran carta blanca para putear a otros que también la defienden, pero desde otra óptica, usando un lenguaje ultra-agresivo contra ellos, con insultos soterrados y faltando al respeto de una forma beligerante y pasmosa.


"¡Tengo derecho a cagarme en tu puta madre y desearte que te peguen un tiro en la nuca! ¡Y TE CALLAS, GILIPOLLAS!"


Si nos fijamos, en estos casos casos, aun pareciendo diferentes entre sí en cuanto a fondo, la esencia viene a ser la misma: ataques a formas de arte, ataques a la vestimenta de la mujer, actitudes desmedidamente agresivas y atacantes que se consideran en una posición moral superior que les permite sentirse en pleno derecho de ejercer justicia formando parte de verdaderos pelotones de linchamiento online. Pelotones donde antes de preguntar qué coño ha pasado se insulta, se ridiculiza, se agrede verbalmente y se llega a delitos tan grandes como la amenaza de muerte. Actitudes propias de fanáticos; para fraseando a una amiga, "el fanatismo, del tipo que sea, tiende siempre a pagarla con el arte". Cada día creo que tiene más razón en esto.
Eso sí, aquí todo como muy justificado, muy cool porque se está defendiendo no sé qué. Si tengo que ser honesto, cuando me llega alguien en este plan, llega un momento en que no escucho ni lo que está defendiendo, porque por muy respetable que sea (esto lo he dicho ya mil veces, y lo diré dos mil, que seguro que al mundo le entra por un oído y le sale por el otro) lo pringa en mierda.
Una causa, por noble que sea, cuando es defendida por un fanático, queda ridiculizada. Sodomizada. Vejada y tirada en una cuneta. Porque el fin, a ver si nos vamos enterando ya no justifica los medios. Una causa, por noble que sea, jamás puede justificar esta cantidad de fanáticos que están proliferando a cada día que pasa. Jamás habrá derecho a que un puñado de salvajes enarbolen tal o cual bandera y la usen para manifestar su odio expreso hacia otras formas de pensar (o a la misma propia). Jamás se puede conseguir respeto desde esta total falta de respeto.


"Respétame, hijo de la gran puta. Que me respetes, te digo. Me vas a respetar porque tengo derecho a que me respetes. Y si no lo haces, pedazo de mierda con patas, eres un intolerante de mierda. Así que ya tardas en darme el respeto que me merezco y me chupes la punta de las botas. Y HAZLO CON GANAS".


Volviendo a este último tema, acerca del concejal recién dimitido por lo que se supone que son chistes de mal gusto, tal y como mencionaba otra amiga en su blog esta misma mañana, y como comenté yo en el artículo sobre la portada de Batgirl, no deja de alucinarme la tremenda hipocresía que estoy viendo al respecto. Hace unos meses (y sigo citando a mi amiga) todos éramos Charlie Hebdo. Hasta nuestro presidentillo se llenaba la boca con eso de la libertad de expresión (eso sí, en Francia, donde queda mejor hacer declaraciones... luego volvió a España y siguió adelante con la Ley Mordaza). Surgió una caterva de seres que, con su lacito de moda puesto (o, en este caso, sus lápices rotos, que se ve que eso de los símbolos nos encanta, aunque luego no sepamos qué hacer con ellos más allá de lucirlos), ya decían que no había que cortar alas ni al arte ni a la libertad de expresión, por mal gusto que se tuviera o por mucha gente a la que se ofendiese. Que se podía decir cualquier burrada amparándose en ese derecho. Insisto, cualquiera. Ahora esos mismos, que defendían una cafrada tan grande como el derecho a ofender si era necesario, con tal de que el arte siguiera siendo arte (¿disculpa?) han sido los que han puesto el grito en el cielo cuando han visto unos chistes, completamente sacados de contexto. Unos chistes que muchos de nosotros podíamos haber contado en petit comité (tal y como he iniciado en este artículo) con gente de confianza.

El chiste de todo esto nace precisamente de otro concepto que estoy empezando a ver cada vez que un fanático carga los ladrillos y decide crucificar a alguien: es el concepto de la descontextualización. La cosa se pone que arde en el momento en que alguien lee una frase que suene medio bestia e, ignorando por completo el contexto en que se ha dicho, atribuye ideologías de tal o cual tipo en la persona que la ha lanzado, degenerando la cosa primero en un juicio de valor hacia alguien que no se conoce y luego en una especie de tribunal inquisitorial popular que dicta sentencia sin lugar a defensa o alegato, para ya llegar a un pelotón de linchamiento online.
En caso alguno se ha preguntado de donde vienen estas frases. No antes de que se lie la Marimorena, tal y como le pasase también a Nacho Vigalondo (partícipe de la conversación donde se encontraron estas frases, por cierto) en su momento.
Nuevamente, vemos como se pasa de un extremo a otro sin problemas.
Los que abrazaban una causa ahora la abandonan o abrazan la contraria: si ayer (o hace unos meses) defendían el extremo (descabellado y absurdo) de poder decir absolutamente cualquier burrada por medio del derecho a expresarse libremente, ahora lo limitan e imponen la censura, porque están oyendo lo que (ahora) no quieren oír.


Es muy fácil perder la memoria de un día para otro.
Decir una mañana que apoyas tal o cual causa, o que eres de tal o cual ideología, y al día siguiente, cambiarte la capa, pintarte otros colores de guerra en la jeta y salir dispuesto a indignarte y repartir mamporros, aunque sea verbales.


Esto de los tweets, además, tuvo lugar hace cuatro años, cuando este ex-concejal ni siquiera era político. Es más, en aquella época era una persona anónima, sin vida pública relevante. Alguien como vosotros o como yo, queridos Distópicos. Otro ladrillo más de ese muro que es esta sociedad de mierda. Cuatro años, tras los cuales se ha hecho un rastreo "casual" de tropecientos tweets para dar con esto. Que sí, que ha sido desafortunado y una metedura de pata hasta el corvejón... pero rebuscar entre la mierda ha sido intencionado, y en eso no parece haber reparado nadie. En cualquier caso, haya habido intención o no, el concejal dimite, es exconcejal y ha pedido disculpas.
Unos piden disculpas por una cagada a petición de grupos indignados y ofendidos al tiempo que otros políticos, corruptos y con credibilidad cero son vitoreados al salir de los juzgados y hasta son reelegidos. O bien otros hablan, totalmente en serio y sin lugar a dudas de gente a la que deberían pegar "un tiro en la nuca", y no pasa nada.
Muy coherente.

Maticemos esto de la dimisión y las disculpas: entiendo que alguien que ha visto que ya no tiene mucha credibilidad (ya es cuestión de cada uno si se cree su intencionalidad o no, pero su imagen pública como político ya está herida de muerte, y eso me parece impepinable) dimita de un cargo público. A estas alturas, si lo pensamos, haga lo que haga muy probablemente quede en entredicho, aun siendo el mejor concejal jamás parido en un siglo. Esto es así, como también me parece lógico que se pida disculpas ante el padre de Marta del Castillo o ante Irene Villa, o incluso ante la comunidad judía por la pedazo de ofensa (parafraseando de nuevo el artículo del blog de mi amiga, creo que la cosa queda peor cuando pones nombre y apellidos a la víctima del chiste, como yo mismo también argumenté). Al fin y al cabo es una pedazo de cagada, se cometiera cuando se cometiera, porque se hizo en un medio público y eso, seas político o no, te hace quedar un poco (o bastante) mal, aun poniéndolas como ejemplos (como he dicho arriba, a mí según qué cosas me gusta comentarlas en mi vida privada y no delante de todo el mundo. Hay cosas con las que es mejor saber quién te rodea antes de abrir la boca. Prudencia, ya lo he dicho). Quiero insistir en el hecho de que, bajo ningún concepto, pienso defender esa cagada, porque me parece que es lo que es. Ha sido desafortunado, un acto de imprudencia y una irresponsabilidad bastante grande.



Pero vamos, que tampoco es que haya sido el único.
Esto no lo disculpa, pero es para pensar un poco sobre el efecto que tiene lo que dicen unos y el que tiene cuando otros dicen exactamente lo mismo, o cosas incluso más cafres.


Lo que toca un poco la moral es tener que pedir disculpas dando a entender que realmente has pensado eso, como si el hábito realmente hiciese al monje. Que contar un chiste racista te convierte en racista, como si de verdad apoyases tal o cual ideología.
Como si en este país nadie hubiera contado un chiste racista, o hubiera usado jamás el humor negro. Conste, sigo sin defenderlo: solo quiero remarcar el hecho de que aquí todo Cristo lo ha utilizado y jamás se ha apedreado a nadie.
Como si solo la persona que lo ha hecho de forma pública tuviera que disculparse y todos los demás, que han hecho exactamente lo mismo en privado, estuvieran libres de culpa y pudieran permitirse ese lujazo que es tirar la primera piedra.
Por lo que a mí respecta, lo voy a decir muy claro: la cagada es haber soltado chistes de mal gusto en público, a la vista de gente de la que tampoco es que te puedas fiar, de manera imprudente, en un lugar donde es muy fácil que te saquen de contexto, y donde acabas llegando, si tienes la suficiente mala suerte, a ofender abiertamente a la gente sobre la cual trata el chiste. Ahora bien, yo no voy a juzgar a la persona solo porque cuente un chiste que yo mismo me sabía. Porque si me lo sabía es por algo.


Porque si ahora me venís diciendo que todos sois unos corderitos inocentes que os habéis caído de un guindo, me vais a perdonar, pero no me lo creo.
Que a vosotros también se os lee.


Supongo que más de uno de vosotros me dirá que bueno, que los chistes, escritos están y que son desagradables. SÍ. No voy a ser quien lo niegue, y tampoco creo que yo me pusiera a publicarlos en una red social (menos en una como Twitter, que es un nido de gilipollas donde no se puede abrir la puta boca sin que te llegue una panda de capullos escandalizándose. Que se lo digan a Bisbal), pero quiero insistir en esto: si bien está el hecho de ser consecuente con la cagada y ser responsable con lo que hemos soltado por el boquino, quiero recordar a todos aquellos que han puesto el grito en el cielo que ha habido muchos, muchísimos, que no es que la hayan cagado. No han hecho comentarios desafortunados, o han dicho algo en público que merecía más la pena guardarse para contextos más privados. Hablo de gente que ha hecho apología de verdaderas salvajadas, no solo políticamente incorrectas, sino abiertamente ilegales. Y, puede que me equivoque, pero creo que la persecución social no ha sido, ni de lejos, tan directa ni tan severa.
Si queremos luchar por la justicia, debemos hacerlo con todos.

Poner a alguien en la picota y hacerlo pagar por lo que ha dicho cuando ni siquiera hemos visto lo que ha dicho en su contexto, y muy especialmente cuando eso dicho no refleja siquiera su ideología, no es un acto de justicia ni de reivindicación. Es un linchamiento público e hipócrita, revestido de unos bonitos argumentos en pro de la justicia social y que parecen justificar ataques de cualquier tipo.
Lo hemos visto una y mil veces a lo largo de los últimos años y, al paso que vamos, no va a parar. Puede que mañana sea cualquiera de nosotros el que tiene que pedir disculpas por haber dicho algo que ni siquiera comparte.
Es posible incluso que mañana, cualquiera de vosotros, se vea señalado por una enorme cantidad de dedos. Psiconalizados por un gran número de ignorantes que, sacando una sola frase de contexto de vuestras bocas, se sientan con el permiso de levantaros diagnóstico y de juzgar toda vuestra ideología. Toda vuestra vida, como si os conocieran de algo. Y el problema es que, si son los suficientes, no podéis ignorarlos porque "el que calla otorga", y digáis lo que digáis para defenderos no os van a creer.
Os obligarán a darles la razón porque son más.
Son más y chillan mucho.
Eso sí, todos en contra del bullying, del ciberbullying y del recontrabullying, con dos cojones.


"¡Admite de una vez que eres un hijo de puta! ¡Que eres de tal ideología! ¡Que odias a tal! ¡Que te criaron a hostias! ¡No lo niegues O SERÁ PEOR!"


Quizás el problema de este caso concreto, por lo que me ha parecido entrever, es que el tipo es político. Oh, sí, conozco el argumento mamporrero, y de poco original y trillado que está, empieza a oler a rancio. Es el mismo que usaron con Olvido Hormigos, a la que sometieron a un juicio público que casi acaba en linchamiento en la puerta de su propio ayuntamiento, tal y como denuncié aquí. Independientemente de que esta exconcejala fuese una santa o no (no es asunto mío ni me importa, la verdad), fue juzgada como una criminal por algo que sucedió en su vida privada. Muchos de esos guerreros sociales que ven a los políticos como seres inhumanos y cuasidivinos que deben darnos ejemplo en todo exigieron su cabeza, pese a no haber cometido delito alguno (es más, fue víctima de uno). Eso no pareció importar: como perteneciente a la clase política, debía pagar. Porque así lo exigía el pueblo, que en estas cosas parece estar por delante de la justicia, a la que ningunea, diciendo que "no vale para nada". Porque toda persona que ejerza un cargo público queda puesta automáticamente en entredicho, porque "tiene que dar ejemplo" (lo habré dicho tropecientas veces y lo mismo, no me importa repetirlo: a mí un político no me tiene que dar ejemplo para ser una persona honrada. Me lo da la gente que me lo tiene que dar, que son quienes me han educado; y, en todo caso, lo tengo que dar yo. Lo demás me sobra). Porque el que no es corrupto es vicioso y el que no, según parece, merece al menos dos hostias. Esa es la filosofía de más de uno y más de dos.


Para muchos la liberté, la egalité y la fraternité son solo para lo que le interesan.
Porque la liberté la coartan a quien quieren, la egalité les vale solo para ver lo que les da la gana y hacer la vista gorda con según quiénes, y la fraternité está para permitirse el derecho de atacar a los demás.


Pero voy más lejos: no solo gente con vida pública es la que suelta barbaridades por ahí, por si os creéis que son solo los políticos o los famosetes los que hacen que nos llevemos las manos a la chota. No es la primera vez que he sentido un cruce muy desagradable entre asco y vergüenza ajena cuando he visto declaraciones de la gente de a pie, alegrándose por la muerte de una persona conocida (véase el caso de Botín), como si fuera algo que celebrar. Gentuza que se ha descojonado mientras un puñado de criaturas se mataba en un accidente de avión en los Alpes, aludiendo a los orígenes catalanes de las víctimas. Auténticos hijos de puta hablando de moler a palos a la persona que esté de moda linchar esa semana (a palos literales, decir que a tal o cual habría que darle una paliza o pegarle un tiro en el cogote, por lo visto, está genial dependiendo de a quién se refiera uno. Porque el españolito medio está por encima de la ley).
Si lo del concejal ha sido de mal gusto, esto no se queda atrás. Y puedo equivocarme (de hecho, no puedo probarlo, así que hablo desde mi propia intuición), pero diría que estas últimas cosas, aun en el caso de que también fueran chistes, casi que me huelen a haber sido más dichas en serio que un puñado de chistes rancios sobre el Holocausto. Casos que, bueno, han salido en la tele y demás... a los que se les han cerrado sus cuentas, pero que en caso alguno (que yo sepa) se han visto obligados a pedir disculpas públicamente, o a mí al menos no me han llegado. Ni, que sepamos, ha habido responsabilidades penales por declaraciones tan brutales como esas.


O bien podemos hacer algo igualmente inteligente, que es ignorar lo bueno que pueda hacer una persona o darle la justa importancia, mientras que armamos el cirio por algo absurdo.
Véase el caso de la alcaldesa de Jerez, parando desahucios y la gente fijándose en sus zapatos el día de su investidura.



Gente que ha justificado tal cantidad de barbaridades que he llegado a un punto en que discutir con basura semejante es un desgaste tan grande que casi espero que la mierda que tienen en el cerebro algún día les salga por las orejas. Gente que se retrata a sí misma cada vez que abre la boca porque, a diferencia de esos chistes que tanto ofenden, aun sacados de contexto, hablan en serio. Muy en serio. Ya no por los comentarios de Twitter, sino por las burradas que ves que sueltan en una conversación. Burradas ante las cuales se quedan tan panchos porque "yo es que digo lo que pienso", como si eso se tradujera en "como es lo que pienso, puedo soltar cualquier animalada que se mee en el respeto a los demás, porque a quien hay que respetar es a mí".
Y eso no os ha importado tanto como lo del concejal, no solo por lo que acabo de decir sobre que sea una persona famosa, sino probablemente porque no se ha puesto tan de moda, tampoco. O no si había algún evento importante por medio en el que fijar la atención, como un campeonato internacional de petanca o la final de Masturchef.
Sea por el motivo que sea, lo habéis visto y no habéis hecho gran cosa.



Porque, al parecer, todo tiene su momento.
No hay más que ver a todos esos defensores que se apuntan al carro de tal o cual cosa solo cuando es la moda. Mientras tanto, pues cada uno a lo suyo.


Pero supongo que mola hacer como cuando alguien no puede soportar el acoso escolar y se suicida: mirar para otro lado con las cosas realmente graves, rasgarnos las vestiduras con las cosas sacadas de contexto, y luego esperar a que pase algo gordo de verdad para ir pidiendo tolerancia y libertad de expresión, como pasó con Charlie Hebdo.
El asunto, tal y como yo lo veo, es que no se puede pedir algo tan descabellado como una libertad de expresión que te permita insultar o humillar públicamente a quien te dé la gana (como llegué a escuchar cuando los asesinatos de París) y al día siguiente ir abrazando la ideología contraria, imponiendo un patrón de hipercorrección política que da la impresión de que el personal está saltando de un extremo a otro sin orden de transición. Yo eso no lo veo ni coherente ni sensato. La libertad de expresión no consiste en usar el arte para humillar; no consiste en soltar la primera cabestrada que a uno se le pase por la cabeza sin ser consciente de sus responsabilidades. Tener un derecho jamás debe ser una especie de prebenda moral que te permita mofarte de aquellos que no son de tu credo (No si luego esperas ser respetado, por supuesto). Y el arte, perdonad que os lo diga, no es ni debe ser la excusa para perpetrar este tipo de cosas. Porque bajo la bandera del arte se han cometido muchísimas burradas (solo que la mitad de las veces os quedáis en lo superficial berreáis contra cosas que quieren deciros algo que ni oléis y el resto de cosas las justificáis porque en realidad no parecen importaros). Se han perpetrado obras de verdadero mal gusto, avergonzantes y cuyo sentido estético es, como poco, dudoso. El arte es arte,  y se puede usar como expresión de lo que llevas dentro o incluso como herramienta para ejercer el derecho a la crítica, más o menos irreverente, no una excusa para hacer una apología de nada, ni un pretexto para humillar. El arte es un medio, pero el escarnio no es el fin.



Ciertas cosas, directamente ridículas o de dudoso gusto, las hemos aplaudido porque son "transgresoras".
Es más, cuando han ofendido a gente que profesa una creencia (especialmente musulmanes) nos hemos tirado de los pelos, pensando que hay que ver, que no tienen sentido del humor.
Sin embargo, cuando las sensibilidades que se hieren son distintas pero se usa el mismo mal gusto, reaccionamos de forma muy diferente y ya no decimos eso del sentido del humor.
Generalmente, esa reacción es agresiva. Incluso violenta.
Pero parece justificada.



Medios, fines, arte y causas. Todo queda como bastante difuso, si lo pienso... Porque me estoy dando cuenta, cada vez que veo todos estos apedreos masivos, de que a muchos de vosotros las causas que decís defender en el fondo os importan una puta mierda, o al menos la impresión que estáis dando con tanto fanatismo y tanto ataque digital indiscriminado es esa; a muchos de vosotros, por lo que estoy empezando a ver, la igualdad de género os importa un huevo. A muchos os da igual que los homosexuales tengan los mismos derechos que los heteros. Que los prejuicios hacia otras razas desaparezcan. A muchos de vosotros el bullying os la trae floja. Os la suda el tema de la violencia de género. Os da exactamente igual qué sistema de gobierno tenemos, si monarquía o república. Y os pasáis, muchos de vosotros, eso de la libertad de expresión por el forro de los cojones. Y no me vengáis con eso de poner cara de ofendidos. A mí, a cada día que pasa, me dejáis más claro que lo único que queréis es tener alguien a quien odiar, algo con lo que hacer ruido y contra lo que podáis descargar vuestras frustaciones de la vida diaria. Eso sí, todo suena mucho mejor cuando decís que es una protesta social. Que queréis que esta sea una sociedad mejor y todas esas chorradas que llevo escuchado por parte de los mismos de siempre para justificar la cantidad de tropelías que cometen cada dos por tres.


Tal vez el objetivo no sea luchar por nada.
Por lo que veo cada semana, quizás la idea sea tener alguien a quien crucificar.


Si os importara realmente ese derecho que tanto cacareáis, libertarios bipolares (que un día lucháis por una cosa y al día siguiente hacéis justo la contraria, como si los demás no viésemos vuestro rollo de revolucionarios de pose), ejerceríais ese derecho de una forma responsable. Sin ataques deliberados, dignos de fanáticos. Sin amenazas. Sin creeros que por tener ese derecho podéis aplastar y atemorizar a cualquiera. Sin imponer la censura sobre los demás. Sin vapulear a aquellos que simplemente no están de acuerdo al 100% con vosotros, y a los que habéis juzgado como enemigos a los que os creéis que tenéis carta blanca para moler entre unos cuantos.
Porque, aunque no os lo creáis, cuando imponéis esa censura para no sentiros ofendidos por cualquier patochada con la que os hayáis levantado especialmente susceptibles, da la puta casualidad de que os estáis meando en el derecho de la libertad de expresión de otros. Sí, ese derecho por el cual gritáis es el mismo que coartáis sobre otros.
Felicidades, guerreros.


"¡Oleeee, ya tenemos otra cruzada que seguir!"
"¡Vivaaaaa, la de gente a la que vamos a dar de hostias!"


Con vuestras vestiduras rasgadas de vestiduras, con vuestro odio camuflado de lucha social, os habéis retratado: habéis juzgado a personas por algo sacado de contexto, tal y como habéis juzgado a mujeres por su vestimenta o a artistas por las obras que han llevado a cabo, independientemente de que sean encargos o no. Todo siempre revestido en pos de tal o cual lucha social, en favor de tal o cual avance o del progreso de vete a saber qué.
Héroes.
En vez de fijaros en lo que la gente es capaz de hacer o de lo que realmente hace, en lugar de centraros en lo importante, os habéis quedado en la superficie. En lo aparente. Os habéis erigido en jueces, jurados y verdugos. Habéis dictado sentencia tan solo para esperar a ver quién será el próximo sobre el que descarguéis vuestra ira. Vuestro desprecio. Vuestro odio.
Pero cuando alguien os diga que os estáis pasando con vuestros ataques, vuestras burlas y vuestros ingeniosos memes, seguramente haréis lo mismo: os escudaréis en vuestro sentido del humor, en vuestro ingenio y en vuestra libertad de expresión. Entonces sí que lo haréis.
Insisto, felicidades: habréis demostrado ser la clase de gente que decís despreciar.

domingo, 14 de junio de 2015

Mondo Chorra- Retrato del Cibergilipollas



Están ahí.
Agazapados en la sombra, o proclamando su naturaleza a los cuatro vientos.
Puede que ignoréis su existencia.
Puede que ellos mismos la ignoren.
Sin embargo, eso no los hace menos reales.
Hablo de los cibergilipollas.
Es posible que creáis que no, pero estoy bastante seguro de que todos, absolutamente todos nosotros, hemos dado con alguno. En caso contrario, tal como decía Hugh Laurie, "en todos los grupos hay un gilipollas. Y si no lo encuentras, deja de buscar: el gilipollas eres tú".

Tal vez no debería ser así. No en un mundo que se rija por parámetros medianamente lógicos o donde el sentido común impere. Por desgracia, en un mundo que cada vez anda más conectado entre sí, los gilipollas (seres antaño condenados al ostracismo, de los cuales la gente abjuraba vaya a ser que su gilipollez fuera contagiosa) están saliendo del armario de la gilipollez. Ahora, lejos de sentirse aislados, están contactando con otros gilipollas. Están creando grupos de gilipollas que crecen y se autoalimentan, llegando a convertirse en auténticas plataformas de defensa de los gilipollas. La gilipollez, queridos Distópicos, al igual que cualquier mamarrachada hoy en día, está llegando a convertirse en un auténtico movimiento social y, a cada día que pasa, exige que sea respetada en lugar de ser erradicada. Los gilipollas, no contentos con eso, avanzan un paso más y empiezan a reclamar que el mundo se vuelva cada día más gilipollas. Que el sentido común se vaya por el retrete y que el homo medio-sapiens de a pie se agilipolle y se una a la comunidad gilipollesca, no vaya a ser tomado por un intolerante.

Este artículo pretende (aunque no creo que lo consiga) hacer una disección de los rasgos más comunes del Cibergilipollas. Es probable que muchos, muchos de estos rasgos no queden incluidos en esta extensa lista. Si echáis en falta algo, por favor, me lo comunicáis y puedo hacer una segunda enumeración.
Vamos allá:



"Bueno, vamos a decir la clase de persona que es usted... ¿Está preparado? Insisto en que esta pregunta es retórica. Francamente, me la sopla"


1. Principio gilipollesco pseudofreudiano, o Síndrome hipotético-deductivo-especulativo-psicoanalítico-tocacojones: Este principio convierte al cibergilipollas en un mentalista de primer orden. Aun sin poseer un título en psicología o psiquiatría, se permite levantar diagnóstico psiquiátrico exprés de todo el que le rodea, lo pida o no. Esta habilidad suele ser bastante espectacular, ya que el cibergilipollas solo necesita una frase para poder especular acerca de la ideología de la persona con la que está hablando, así como de sus pensamientos más íntimos, sus gustos o preferencias o incluso sobre su entorno familiar o eventos importantes en su vida.

2. Principio gilipollesco recontrasocrático, o Síndrome del experto de barra de bar: Este principio, nacido en barras de bar, verjas de obras y gradas de estadios de fútbol, tiene como base convertir al cibergilipollas en la evolución lógica del gilipollas común, dándole esa categoría de experto en cualquier puta cosa de la que se esté hablando. Si está usted hablando de derecho internacional, el cibergilipollas vendrá a dar su opinión. Si está hablando de sexología tántrica, el mismo cibergilipollas también vendrá a dar su opinión. Si está hablando de comida húngara... coño, el mismo tío también vendrá a dar su opinión. Nótese el matiz de que, aparte de dar su opinión, hablará como un expertillo en la materia sin molestarse en preguntar si hay alguien que sí lo sea. De ahí que a menudo la cosa no se limite a opinar de lo que no sabe, sino que llegue al punto de ir dando lecciones a gente que alegremente se las podría dar a él.

3. Principio gilipollesco talibánico, o Síndrome del guerrero social mentecato: Este principio otorga al cibergilipollas una base de agresividad en cualquiera de sus argumentaciones, restando argumentación a la argumentación en sí misma. Dicho de un modo algo más sencillo, el cibergilipollas no es capaz de defender su postura con una argumentación medianamente lógica. Ni siquiera es capaz de razonar cuando habla. Su herramienta más básica consistirá en atacar la posición contraria en base a insultos velados (o abiertos, que también puede ser), en posturas beligerantes y en tomarse a la tremenda o por la vía personal cualquier puta cosa de la que se esté hablando. Un cibergilipollas que está usando este principio va a partir de la base de que cualquier persona que matice sus palabras o que no esté de acuerdo al 100% con su ideología, por extrema y descalabrada que sea, es una postura contraria. Y como tal, debe ser atacada con toda la violencia verbal posible.



"ÑÑÑÑÑÑÑÑÑÑÑÑÑÑÑÑÑÑÑÑÑÑÑÑÑÑÑÑÑÑÑÑÑÑÑÑÑ"


4. Principio gilipollesco proignorántico, o Sindrome de la pataleta argumental: este principio viene a funcionar como resultante de los tres principios arriba mencionados. Habida cuenta de que no argumenta y de que habla sin saber, cuando a un cibergilipollas llega alguien que sí tiene conocimiento de lo que se está hablando y le demuestra que lo que dice es una meada fuera del tiesto, el cibergilipollas que ejerce la pataleta argumental defiende (por medio de ataques personales a ser posible) su derecho a ser un ignorante, dando a entender que el que sabe de lo que habla le está restregando por la cara su conocimiento. En ningún momento se para a pensar que lo que él ha estado haciendo ha sido restregar por la cara su desconocimiento. Este principio tiende a reconocerse con relativa frecuencia cuando vemos que el cibergilipollas en concreto está repitiendo, como un puto papagayo, las mismas consignas, y prácticamente palabra por palabra, que cualquier otro cibergilipollas. Lo que vienen siendo lemas de diseño y tal.

5. Principio gilipollesco informativo-Orwelliano, o Sindrome del desinformador bienintencionado: partiendo de este principio, el cibergilipollas se cree absolutamente cualquier mierda que le pongan por delante. Si esa mierda viene escrita en un blog que tiene un nombre chulo y reivindicativo, las posibilidades de creerse dicha mierda aumentan. No contento con creerse patrañas solo porque el trasfondo de lo que dicen casa con su ideología, el cibergilipollas las compartirá ciegamente, llegando incluso a aportar comentarios sesudos de su cosecha del tipo "Interesante reflexión" y similares, o bien llegando a establecer juicios sumarísimos sobre los temas o personas sobre los que se esté hablando: por medio de este principio, encontramos buenas causas que han llegado a establecer juicios paralelos antes de que la justicia se pronuncie (llegando a justificarse con animaladas del tipo "Es que para cuando la justicia quiera hablar ya nos hemos jubilado" o "La justicia no sirve para nada"), conformando incluso auténticos pelotones de linchamiento online. Eso sí, todo gratuito, sin necesidad de tener pruebas, de ser coherente o de llegar realmente a un concepto de justicia objetiva. Con que mole es suficiente.
Este principio también se refleja en esa actitud basada en compartir bulos bajo el pretexto de que se tiene una buena intención. Aun si el bulo realmente perjudica a gente desconocida para él, ignorará esto deliberadamente y seguirá escudándose en que está haciéndolo por ayudar.



El bee-challenge. Una campaña que salió el año pasado para protestar contra la censura hacia el desnudo en redes sociales. Consistía principalmente en hacerse una foto en tetas con el sujetador en la cara como si fuera una abeja.
Muy lógico, considerando que esas fotos son rápidamente borradas.
Y, como la historia ha demostrado, tela de efectivo.


6. Principio gilipollesco pseudosolidario, o Síndrome del postureo campañil: El cibergilipollas participa en toda campaña que llega a su conocimiento, independientemente de que esa campaña le importe realmente o que sepa realmente para lo que es. Gracias a esa imperiosa necesidad de ser aceptado en una comunidad que alaba eso de formar parte de algo (sea lo que sea, al más puro estilo nipón), el cibergilipollas no tendrá remilgos en hacerse selfies, compartir fotos, dar a "me gusta" o grabarse en vídeo haciendo cualquier estupidez simplemente para que los demás vean que está comprometido con... bueno, con lo que sea. A menudo enarbolará esa causa como una especie de motto personal y la defenderá a sangre y fuego, aunque eso implique (como en el Principio talibánico) atacar a los demás y dejar tras de sí una imagen bochornosa de la causa que defiende y haciendo más daño a ésta que bien.
A menudo, un cibergilipollas que usa este principio como doctrina, coleccionará lazos de todos los colores imaginables, que pondrá en su foto de perfil durante el Día Internacional de tal o cual causa. Una vez haya pasado ese día, se olvidará de dicha causa o bien incluso abrazará justo la contraria.

7. Principio gilipollesco megademagógico, o Síndrome de la víctima encabronada: El cibergilipollas puede ser gilipollas, pero no por eso carece de armas. La falacia, por ejemplo, es una de ellas. Un cibergilipollas se escudará en principios falaces para defender su postura, argumentando que todo aquello que no le beneficia directamente es porque le discrimina; otro de los rasgos típicos de este principio consiste en pensar que solo se tienen derechos y no responsabilidades. Por ejemplo, el cibergilipollas justificará su ignorancia o sus insultos con su derecho a opinar, pero en caso alguno se planteará si su opinión está fundada (aunque él haga creer a los demás que sí) o que su opinión le dé derecho a coger a una persona e insultarla. Este principio de absoluta y total demagogia se ve con total claridad en el momento en que el cibergilipollas se siente con el derecho de insultar a alguien que no le está dando la razón, que no comparte su visión chupiguai del mundo o que no comulga con su ideología. Es decir, si un cibergilipollas te llega hablando de X movimiento y tú dices que no te convence, tomará el argumento falaz de "te estás metiendo con El Movimiento al no decir que es lo mejor que existe; si no lo crees, lo estás atacando. Yo formo parte de dicho Movimiento, ergo me estás atacando a mí. Por tanto, tengo derecho a insultarte, no solo para defenderme a mí, sino a toda mi ideología". No sería la primera vez que un cibergilipollas de este pelaje se ha dedicado a atacar a la gente que no está de acuerdo con él o que no comparte sus visiones/reflexiones/diarreas mentales con la excusa de sentirse "discriminado por tal o cual condición". No es extraño que te llegue un cibergilipollas de tal o cual colectivo diciendo sandeces, ante las cuales no has cedido, y éste te responda diciendo que eres de tal o cual ideología que odia a su colectivo, sin pararse a pensar que si le tirarías de un puente con una piedra atada al pescuezo no es porque sea de ese colectivo, sino simplemente porque es gilipollas.
A menudo, encontraremos que un cibergilipollas que haga uso de este principio puede mezclarlo con el principio talibánico, llegando incluso a tener un criterio, como poco, exótico: es decir, su criterio hacia una opinión no dependerá de la opinión en sí, sino de la persona que la ejerza. Si dicha persona es alguien que no forma parte de su ideología o credo, no importa lo razonado que esté o incluso el hecho de que le está dando la razon: el cibergilipollas encontrará motivos para ponerlo a caldo porque lo que está diciendo no resulta del todo digno. En otros casos, encontraremos que el cibergilipollas se dejará la objetividad en casa y solo escuchará opiniones afines a la suya, por infundadas y absurdas que sean: lo único que le importa a este ser es oír lo que quiere oír. Eso sí, siempre asegurará empaparse de todos los puntos de vista posibles.


"Me he metido en un templo shao-lin y he visto que nadie tenía el pelo rizado como yo. Me sentí discriminado. ¡MUERTE A LOS PUTOS SHAOLIN!!!"


8. Principio gilipollesco ultrarrevolucionario, o Síndrome del Libertador: un cibergilipollas que abrace este principio tomará como modo de vida hablar de una revolución ideal que salvará al mundo de los terribles opresores fascistas-imperialistas-ultracapitalistas-tiranos-opresores que, paridos por demonios del décimo octavo infierno (según se coge por la Autopista al Infierno a mano derecha, cogiendo la salida por el Foso de la Condena) han sido criados en tanques de clonación para desangrar a los pobres y follarse a sus hijas (o solo a las que están buenas, que son hijos de puta pero no tontos). Escudándose en el principio falaz de que todo lo que haga el pueblo llano está bien porque es el pueblo, es sabio y es honrado, y de que todo gobernante es el mal, corrupto y demoníaco, el Sindrome del Libertador permite al cibergilipollas instaurar una bonita revolución desde el sofá, en su tablet fabricada por las sacrificadas manos de esclavos en el tercer mundo, al tiempo que se dedica a denunciar el uso de mano de obra en países subdesarrollados por empresas españolas. El ultrarrevolucionario entenderá que absolutamente todo el que tiene dinero, sin excepción, es un hijo de la grandísima puta que vive de extorsionar, someter y aplastar a los débiles, y que todos los débiles son bellísimas y honradas personas que han nacido sin mácula alguna, y todo cuanto hagan tiene derecho a quedar justificado.
El principio ultrarrevolucionario cree en un sueño. A lo Martin Luther King, tíos. Un sueño consistente en que toda revolución mejorará la sociedad. Que cualquier cosa tras esa utópica revolución será, por definición, mejor que lo que tenemos ahora mismo porque no existe nada peor que esta sociedad occidental y decadente. Es una revolución cómoda, porque implica gritar mucho, insultar más, y emprender pocos actos (más allá de los simbólicos) que realmente supongan algo. Eso sí, siempre queda bien pensar que él, junto a unos cuantos amigos, salvaron el mundo. Porque todos los demás, si no forman parte de SU grupo o SU movimiento, son parte del problema.




"¡Arrepentíos, ignorantes!"


9. Principio gilipollesco ultramoralista, o Síndrome del reflexivo incombustible: El cibergilipollas, cuando se siente amparado por este principio, se siente con la fuerza necesaria para soltar lecciones de moral a diestro y siniestro. Las reparte como el que llega y reparte Lacasitos, entrando a saco donde nadie le ha llamado y diciendo a todo el mundo lo que deberían o no decir, bien imponiendo censura de una forma clara o dando a entender que tal o cual código de conducta es lo que haría que la sociedad mejorase (y no la extinción de gilipollas como él). Gracias a esto, tergiversa conversaciones y desvirtúa temas. A menudo aparece en conversaciones de cachondeo en plan profeta del Antiguo Testamento o como un apóstol del S.XXI, enarbolando "profundas reflexiones", que tienen como (su) conclusión que "deberíamos dejar de decir tal o cual cosa" o "dejar de repetir arquetipos de (inserte aquí ideología que ya no mola)". Sus recomendaciones pueden abarcar desde lo estrictamente moralista a lo más absurdo. A menudo suenan medio bien (al menos si se sacan de contexto, porque dentro de un contexto no tienen puto sentido) porque tienden a representar "alguna inquietud social" (traducido: un tema que está a la moda y que los cibergilipollas están siguiendo y defendiendo por postureo puro y duro).
Este principio es el mismo que usan aquellos cibergilipollas que gustan de llevar cualquier puta cosa a su terreno (sea cual sea) y, una vez ahí, demostrar a todo el mundo que es una persona muy comprometida con dicho terreno, y que los demás (cuya implicación en ese terreno ni se ha molestado en preguntar) deberían plantearse según qué cosas o cuestiones (aunque tampoco se moleste en preguntar si ya se las han planteado)



"MUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUU!!!"


10. Principio gilipollesco ultraigualitario de la opinión, o Síndrome del bocachanclismo extremo: Un cibergilipollas considera, tal y como vimos en el Principio proignorántico, que no necesita documentarse realmente para poder hablar de algo. También hemos visto que se permite el derecho de opinar absolutamente sobre todo, tenga idea o no llegando incluso a dar lecciones, en lugar de estar informándose con algo que no sea lo que le da la puta gana (si es que se informa) o de preguntar a quien sabe del tema. Bien, habida cuenta de todo esto, el principio gilipollesco ultraigualitario de la opinión hace un compendio de todas estas cosas, enarbolando una defensa que justifique esta actitud. Basado en su idea de que tiene derecho a todo pero ninguna responsabilidad, el cibergilipollas considera que su opinión, solo por el hecho de ser una opinión (aun siendo una opinión ignorante, demagógica o abiertamente tergiversada o falsa) tiene exactamente la misma validez que la opinión de alguien que sí sabe de lo que está hablando. Gracias a esto, el cibergilipollas siente su opinión en perfecta igualdad con la de alguien que le da sopas con ondas, llegando incluso a rebatir cosas que ignora por completo. A veces incluso exigirá pruebas de todos colores a la gente que considera que debe aplastar argumentalmente, llegando casi casi a pedir muestras de sangre, líquido medular y tejido cerebral; sin embargo, cuando se trata de que tengan en cuenta su punto de vista, no aporta gran cosa más allá de variantes del "Porque yo lo digo y me tenéis que respetar". Aun en el caso de no aferrarse al Síndrome de la pataleta argumental, entonará el mantra de "Bueno, yo no sé de lo que estoy hablando, pero es mi opinión".
Y con eso, el cibergilipollas piensa que ya tiene carta blanca para seguir soltando idioteces.


"¡QUE ME DEJES, COÑO!"


11. Principio gilipollesco del cansinismo ignorado, o Síndrome del pazguato que no sabe que es un pazguato: Este principio aporta un cierto matiz de patetismo a la esencia del cibergilipollas; llegados al punto en que los que le rodean ya saben que no pueden hacer carrera del cibergilipollas, han tomado la opción de tenerlo ahí, como el que tiene un grano en el culo pero que pasan de estrujarse por no pringarse los dedos de mierda y pus. Ni siquiera se molestan ya en decirle al cibergilipollas que aburre, que es tonto del culo. Que leer sus comentarios produce urticaria sangrante en ciertos nódulos del cerebro y que, si no le responden, es porque uno no ha tenido un mal día y no le apetece joderlo al decirle al cibergilipollas que se vaya a tomar por donde amargan los pepinos de una santa vez y que deje de dar por culo.
Al no haber recibido semejante notificación de bordería, el cibergilipollas entenderá que la persona en cuestión que se limita a soportarlo estoicamente es su amiga, y no parará de dar la castaña día sí y día también con comentarios que aportan de poco a nada, con sandeces crónicas o pidiendo una atención que va buscando pero que, por gilipollas del culo, no se merece. Para el cibergilipollas, todo el que no le dice que está ya mu pesao y que ya cansa tanta exhibición de ignorancia es su amigo. Y como tal, se verá con la necesidad de corretear a su alrededor y ladrar para que le tiren un huesecito. Y bueno, quizás algún día la gente le tire uno.
De brontosaurio.
A la cabeza.



"Como me gusta el verde, digo que esta camiseta es verde. Y con mis gustos no te metas".



12. Principio gilipollesco estético-unilateral, Síndrome del buen gusto extremo o Síndrome del daltonismo adquirido: El cibergilipollas JAMÁS tendrá mal gusto. Partiendo de su visión unilateral del mundo, algo es bueno porque le gusta, o le gusta porque es bueno, haciendo uso de este tipo de lógica circular.  El cibergilipollas, por tanto, tiende a mezclar calidad con su gusto personal, haciendo ambos elementos algo indivisible. Siguiendo esto, nos damos cuenta de que a él JAMÁS le gustará algo que objetivamente tenga poca calidad o sea una mierda. A veces justificará esto diciendo que la calidad es "lo que entretiene" (y ya está) o cualquier otro argumento que demuestre una visión parcial de lo que está hablando; esto le permite, sin despeinarse y sin pudor alguno, decir que la literatura o música clásicas son una mierda porque "aburren", defendiendo cualquier cosa terminantemente opuesta porque (él dice que) son entretenidas y (según él) no hace falta nada más. Cuando ve que esto no hay cojones de defenderlo por ninguna parte, entonará el mantra de "Para gustos, los colores", por medio del cual se justificará para decir que le gusta a él y que por tanto es bueno.


"Se nos va un glande. DEP".


13. Principio gilipollesco plañidero ocasional, o Síndrome del pésame oportunista: El cibergilipollas tiene, como ya hemos comentado, la imperiosa necesidad de formar parte de algo. No solo de formar parte de ese algo, sino de destacar dentro de ello. Para ello, necesita ponerse chapitas continuamente y mostrar su afinidad o su sentimiento de comunidad con gente a la que importa un huevo y que, en definitiva, a él también le importan un huevo. Si a esto sumamos una vena fanboy bastante marcada en muchos casos detectados de cibergilipollas, y añadimos de paso esa tendencia a hablar de lo que no se sabe, encontraremos que cada vez que se muere alguien medio famoso el cibergilipollas se sentiría con el impulso de decir que era fan suyo de toda la puta vida. No importa que hablemos de un cantante flamenco, un cantautor indie, un actor porno o un escritor checo de poesía existencialista. El cibergilipollas asegurará haberse escuchado todos los discos, haber visto todas las películas o haber leído todo lo escrito por este artista. Si era famoso de cualquier otra índole (presentador, político, lo que sea), asegurará haberlo admirado toda la vida, aunque en realidad se haya estado cagando en sus muertos o su carrera le haya importado tres leches.

14. Principio exhibicionista procultural o Síndrome del cultureta confeso: El cibergilipollas puede ser gilipollas y a menudo le gusta hacer gala de ello, pero a veces puede disfrazarse de lo contrario e intentar convencernos de que es una persona de lo más culta. Amparándose en falacias tan absurdas como "leer me hace más culto y más inteligente", aprovechará cualquier partido de fútbol para decir que va a leer "un libro". En realidad, solo pone esto cuando hay algún partido importante (y diciendo implícitamente que todo el que vea un partido es subnormal, ya de paso), pero no dirá que lo que está leyendo es un Crepus-Culo o cualquier patochada similar (porque no todo lo que esté publicado como un libro es necesariamente cultural o de calidad. La mierda abunda, también en las bibliotecas de este mundo). O lo dirá y nos soltará lo de que para gustos, los colores. La tercera vía es que directamente no esté leyendo nada, pero lo diga por postureo.
Tampoco es extraño ver como el cultureta confeso se pasa todo el puto día subiendo citas de autores, como si así demostrase que los ha leído. Curiosamente, la mitad de las citas que sube son patochadas new age que jamás fueron escritas por dichos autores, pero ellos tampoco es que lo sepan. Ni es que les importe saberlo. Basta con parecer profundos y filosóficos, aunque lo que se diga sea una puta obviedad, y más falso que unos condones comprados en los chinos.
En ocasiones, se hará fotos leyendo, para que todos los demás veamos que, efectivamente, sabe leer. Luego será de esos que saca conclusiones acerca de un libro totalmente sacadas de contexto y que harán que cualquiera que sacara más de un cinco en comentario de texto en el instituto se echase las manos a la cabeza, pero no pasa nada. Él es guai. Y los demás no.


"Nananananaan NO TE OIGOOO"


15. Principio de la negación de la opinión contraria o Síndrome del "No es para tanto": El cibergilipollas parte del hecho de que sentar cátedra es una forma de vida, como ya estamos leyendo. Hemos visto también que tiene una especie de reacción alérgica hacia la gente que controla un tema más que él y que le cuesta entender que hay gente que ha estudiado las cosas sobre las que él opina de forma gratuita. En algunos casos hemos visto que esa reacción puede tomarse como una pataleta, atacando a quien le argumenta las cosas con datos, pero en otros casos toma este principio, consistente en restar importancia al argumento, diciendo que en el fondo lo que se está hablando no es tan importante.

16. Principio de la Crucifixión generalizada o Síndrome del Todo por la parte: El cibergilipollas no es un gilipollas sin causa, sino todo lo contrario. Tiene no una, sino mil causas. Si no está defendiendo una causa es porque está atacando la contraria (a menudo él ve ambas cosas como sinónimos). Cuando no enarbola una bandera o está llevando a la gente a su terreno para poder predicar a gusto, está propagando bulos o ejerciendo conversaciones de barra de bar donde todo lo que propone salvará el país, por encima de la opinión de todos esos "listillos con título" que pululan por ahí y que, coño, en el fondo no tienen ni puta idea de nada. En su avidez por formar parte de algún colectivo o causa, se vuelven beligerantes o directamente falaces, como ya hemos ido comprobando en puntos anteriores, llegando a este principio del que hablamos justo ahora. Si por ejemplo, tenemos que al cibergilipollas algo en concreto (pongamos los programas de teletienda) no le entusiasma, encontrará una causa por la cual atacar a ese algo. Es decir, si la causa de moda que el cibergilipollas está defendiendo consiste en hablar de los derechos de la gente que ha nacido con dos penes, crucificará a los programas de teletienda porque discriminan a esa gente, al no tener un señor con dos penes anunciando el cuchillo Ginsu. Así contado puede parecer descabellado, pero si nos ponemos con casos más frecuentes, tales como ver machismo en TODO el cine porno (olvidándose, por ejemplo, del cine porno gay) o en acusar a un género literario entero de racismo u homofobia, nos damos cuenta de que se toma el principio falaz de tomar la parte (por ejemplo, directores o artistas en general que SÍ sean racistas, machistas, homófobos o que odian a la gente con dos penes) por el todo (la industria entera, el género artístico o el arte, a secas), inculcando una neura personal en algo que realmente no va con ellos.
De ahí nacen los ciberacosos a según quién, los ataques a obras de arte por mostrar desnudos y demás: porque siempre hay gilipollas (o cibergilipollas) que piensan que por tener algo que defender ya tienen derecho a atacar a aquellos que ni siquiera les están atacando.


"Y yo pensaba que mis chistes eran malos..."


17. Principio del graciosismo unilateral, o Síndrome del Bufón con la gracia en los cojones: El cibergilipollas, como ya hemos visto, se cree que cae bien solo porque la mayoría de la gente pasa de pringarse en decirles que son imbéciles del culo. Por eso, ya no es solo que se tomen unas confianzas tremendas con gente que les ignora como el que ignora una plasta de vaca cuando va por el campo (o más, porque la plasta de vaca la ignoramos para no pisarla y, si es muy grande, para hacerle fotos y mandársela por Whatsapp a nuestros colegas a la hora de comer), sino que parece ser que tienen que recordar que son graciosos. A veces esta supuesta gracia se manifiesta con intentos de chiste que demuestran un humor blanco descafeinado (a menudo usado para camuflar algún insulto, o simplemente para recordarle a alguien que lo veo como un amigo) que, más que reírte, lo que te dan son ganas de trincar el Sagrado Atún Místico y arrearles un sopapo con él.
En otras ocasiones resulta que esa supuesta gracia es un pretexto para tocar los cojones a dos manos. No en vano, muchos cibergilipollas serán capaces de soltar una frase harto insultante del tipo "Tú es que eres un hijo de la gran puta" y, para que no suene tan ofensiva, añaden un "jejejeje" detrás, sin prestar atención al hecho de que, ya puedes estar poniendo tres renglones de "jejejeje", que el insulto ya lo has lanzado. Ni risitas, ni emoticonos ni memes. Hay cosas que no hay dios que las adorne. También se usa cuando un cibergilipollas recurre a un ataque personal hacia otra persona que simplemente estaba manifestando una opinión contraria. O no tan contraria; simplemente estaba hablando.


"Hazme este favor. YA. Por mi coño pelúo".


18. Principio del favor autoritario, o Síndrome del mongolo que se cree tu puto jefe: El cibergilipollas tiende a pensar que una gran parte de la sociedad está para servirle, si no toda. Y los que no, es porque le deben algo. El caso es que, por el motivo que sea, el cibergilipollas considera que puede andar pidiendo favores a quien sea, aunque sea gente que, como hemos visto, pase de él como de la mierda o que esté conteniendo las ganas para estamparle un piano de cola en los hocicos. Lejos de quedarse ahí, vemos que con mucha frecuencia el cibergilipollas se toma el brazo cuando cree haber cogido la mano de alguien y, en lugar de limitarse a pedir el favor y ya está, toma la actitud de tratar a la gente que le está haciendo un favor como si fueran sus empleados. En estos casos, llegan incluso a permitirse el lujo de andar presionando y molestando a aquellos a los que han pedido las cosas como un favor (añadiendo, por supuesto, el consabido "jejejeje" para que no se note tanto), sin plantearse siquiera en agradecerlo o en llegar (horror de los horrores) a devolverlo. Porque un cibergilipollas se acuerda de ti para pedirte el favor, pero para nada más.
En ocasiones el cibergilipollas dará con gente que le echará en cara, bien esa casual falta de memoria, bien esa presión que lo único que denota es tener más cara que espaldas. Cuando esto sucede, un rasgo muy clásico del cibergilipollas es hacerse la persona importante que tiene muchas cosas en la cabeza y que se ha visto obligada a tomar decisiones, bla, bla y puto bla. Cualquier palabrería barata sirve aquí para justificar que lo que se ha hecho es el gilipollas y que lo que se ha conseguido es dejar una imagen bochornosa de uno mismo.


"¡Yo no hago spam! ¡Mi mierda no huele!"


19. Principio gilipollesco del spam autonegado, o Síndrome del cansino insistente que se encabrona porque le dicen que es un cansino insistente: Entre según qué comunidades, hay veces que aparecen los llamados spammers. Para quien no esté familiarizado con el término, un ser de estos es aquel que llega sin conocerte de nada y te quiere vender su mierda. Ya sea mierda audiovisual, escrita, o un puto book fotográfico, no importa. Para el spammer, tú no existes como entidad o como individuo. Eres clientela potencial, y como tal, se tomará unas confianzas brutales como eso de decir "compramimierdacompramimierda" de forma insistente y porculera hasta que:
a) acabes por comprar su mierda para que se calle
b) lo mandes a él y a su mierda a la mierda.
Si decides optar por b), probablemente el cibergilipollas que opte por este principio se tomará la cosa bastante mal, diciendo que el spam que él hace no es spam (lo de los demás sí, aunque no haya diferencia alguna), como si él molara más o por ser él se aceptase cualquier mierda de la que venda sin reservas.
Cuando llega a un nivel extremo, un cibergilipollas que toma este principio se erige en diva airada cuando la persona a la que le quiere vender su mierda no sabe quién es. En plan ego a lo Hindenburg, como sintiéndose ofendido por el hecho de que alguien desconoce su augusto nombre. No es raro ver que ejercen un subnormalesco sentido del humor, como de auténtico falso ego hinchado, y con frases del tipo "No me puedo creer que no me conozcas, jejejeje... Si yo soy todo un referente. Cualquiera que tiene una idea de esto sabe quién soy". Patochadas varias y gilipolleces ya muy vistas para hacerse el interesante que, en el fondo, no logran enmascarar que el cibergilipollas, por muy ciber que sea, sigue siendo gilipollas.

Y hasta aquí, los principales rasgos del cibergilipollas. Como comenté arriba, dudo enormemente que estén todos los rasgos posibles, ya que el gilipollismo es una enfermedad que muta, aparte de ser muy, muy contagiosa. En cualquier caso, ya andáis todos un poco más advertidos, por si resulta que os los encontráis por ahí. Recordad: no los mojéis, no les deis de comer después de las doce de la noche... y bueno, si podéis, dejadlos bajo la luz del sol.



miércoles, 10 de junio de 2015

Angst- El mal que los hombres hacen, o Vivir con las alas cortadas



Decía Sócrates (o eso dicen) que la sabiduría está en reconocer la propia ignorancia. Partiendo de este principio, solo cuando uno duda de su propio conocimiento y se pone a sí mismo en constante prueba, es capaz de revisar sus propias creencias y de evolucionar en su forma de pensar. Cuanto más pensamos que no sabemos nada, si seguimos el planteamiento, más afán de saber tenemos.
No creo que le falte razón a este amiguete, porque el ansia de conocimiento (a mi juicio) se puede convertir en una especie de ambición bastante sana. Hoy aprendemos una cosita y, si lo que hemos aprendido nos interesa lo suficiente, ya vamos con la motivación necesaria para seguir aprendiendo. Es quizá eso lo que nos permite acceder a una experiencia en ciertos terrenos que otros no tienen. No porque seamos más listos o que una Musa estuviese sobándose su divina castaña en el cabecero de la cama de nuestros padres el día que nos concibieron. No creo que vayan por ahí los tiros; más bien me parece que hay cosas que nos gustan y que ellas solitas nos incentivan que sigamos con interés hacia ellas, y otras que (por el motivo que sea) no nos interesan tanto o directamente nos repelen, lo que propicia (aunque no necesariamente determine) que no aprendamos gran cosa sobre ella... porque no nos arrimaríamos a algo relativo al tema ni con un palo.

Pero ojo, una cosa es la teoría y la filosofía y otra muy distinta la práctica. Aquí es cuando voy a sonar a ególatra, prepotente y todo lo demás, para no variar (como si no me lo dijesen con frecuencia); como siempre, os insto a que sigáis leyendo y saquéis vuestras propias conclusiones cuando termine de largar el tocho, que para algo lo he escrito.
La humildad es algo que siempre he apreciado; aquellos que ya me conocéis sabéis que si hay algo de lo que no sé absolutamente nada, tiendo a callarme, y que raramente me creo superior a los demás (los más gilipollas, es decir, los que os pasáis la existencia juzgándome sin conocerme tanto como deberíais, ya podéis echaros las manos a la cabeza). Como mucho, parto de lo que me haya contado alguien que sí controla el tema propiamente dicho mejor que yo, o me dejo de tonterías y pregunto. Dicho de otro modo, que en contra de lo que mucha gente (algunos hasta cercanos) piensa, no hablo de lo que no sé. Es más, si hablo acerca de algo, no es porque me crea un experto, sino porque me siento lo bastante seguro como para tener una opinión forjada al respecto. Esa opinión suele ser siempre argumentada y bastante firme cuando lo hago, de ahí que tienda a parecer obstinado o prepotente. Lo que pasa es que me gusta que me argumenten las cosas, y ya yo decido si me parecen bien o no, que para eso tengo libertad de elección; si el que habla conmigo no me las argumenta o demuestra hablar desde la ignorancia, pues como que va a convencer a su puta madre.


Y con pose de jefe indio, si hace falta.


Y es quizás ahí cuando la humildad (o la falsa humildad, mejor dicho) no ha lugar. Me explico: a menudo podemos estar equivocados en cosas que creemos saber, y de que eso pase no nos lo quita nadie, ni hombre, ni gigante ni Dios. Somos humanos y falibles, no pasa nada por admitirlo. Pero llega un momento en esta vida en que también tenemos que llegar a ese ejercicio de autodeterminación y dejar muy claro que, en ciertos ámbitos o en ciertos temas, hemos estado adquiriendo conocimiento durante muchísimo tiempo y que no somos precisamente legos. No si tenemos un poco de amor propio y respeto hacia aquello a lo que hemos destinado tiempo a aprender. Que sí, que seguimos siendo falibles, por supuesto... pero no unos ignorantes. Llega un momento en que podemos decir "Ey, no sé lo bastante y quiero seguir aprendiendo" (lo cual es respetable, incluso lo ideal)... pero también nos encontramos en disposición de hablar con propiedad acerca de algo.

Supongo que por eso a veces resulta ofensivo cuando alguien que, por falta de experiencia o por abierta ignorancia, o bien porque tiene una experiencia diferente en el tema, te llega y te viene en plan "tú qué vas a saber" o "es que lo que tú ves no es así". Se puede entender el debate; se pueden entender los puntos de vistas diferentes y el contraste entre ellos. Eso enriquece el diálogo y es absurdo negarlo.
Lo que no enriquece en lo más mínimo es esa actitud que, intencionadamente o no, ningunea tus esfuerzos, tus conocimientos y, en definitiva, invade tu terreno personal.


"¡Jostias, que vienen!"


Podemos llamarlo ego a lo mejor. Quizás el conocimiento, o su afán por tenerlo, implica de forma sutil e implícita, la satisfacción personal. Querer ser mejor, no de forma necesaria mejor que los demás, pero sí mejor que uno mismo. Por tanto, que alguien llegue restando mérito a tus logros de ese modo (insisto, no planteando otro punto de vista diferente, sino echando el tuyo por tierra como si no valiera nada, sin más argumentos que el de "es que te crees que lo tuyo vale más y no es así y punto pelota") es una forma de ataque a nuestro terreno personal, ya que a menudo nuestras áreas de conocimiento son, en cierto modo, una expansión de nosotros mismos. Un reflejo de nuestros gustos o de nuestros ideales. Podría decir que es incluso un ataque a nuestra autoestima, como si nos dijeran "tu experiencia es una mierda. Has perdido el tiempo poniendo el alma en dedicarte a algo que, bien no es tan importante, bien las conclusiones a las que te ha llevado no valen para nada". Casi podría llamarse insulto, según las formas en que esto se haga.

Llegados a este punto podríamos ir con la moral cristiana que a muchos nos han enseñado: que sí, que mola muuuucho eso de ser humildes, de agachar la cabeza, de poner la otra mejilla y, en resumidas cuentas, de tragar toda la mierda que tenemos que tragar a diario. Esa mierda que pone en duda lo que a nosotros nos hace felices; esa filosofía de existencia que nos hace pensar que en el fondo, no somos gran cosa. A mí no me parece mal pensar que no somos dioses; de hecho lo respeto, y en gran parte pienso así. Me parece bueno que seamos conscientes de nuestras limitaciones, y que al mismo tiempo hagamos lo posible por vencerlas, siempre que nos veamos con la capacidad y vivamos en las circunstancias propias para ello.
Lo que toca los cojones es cuando las limitaciones te vienen de fuera. Cuando estás en una conversación y ves que, de forma sutil pero aun así perceptible, tienes las alas cortadas. Lo que dices se tiene en cuenta, pero siempre hay un "pero". Siempre, tus argumentos quedan un poco en entredicho, porque tu experiencia, por amplia que sea, igual no es la esperada. Porque se entiende que tu forma de ver las cosas no es la correcta. Porque igual pasan los años y te estás dando cuenta, cada vez más, de que te alejas de ser la persona que se esperaba que fueras.


Ya sabéis que El Pelos (Alan Moore) es habitual en este blog.
En La Broma Asesina decía que para volverte loco solo necesitas un mal día.
Imagina que tu vida se compone, siendo optimistas, en un 30 o 40% de malos días.
Luego calculad.


A veces piensan que te crees que no cometes errores. Que piensas eres perfecto. Que lo haces todo bien. Raramente, por no decir nunca, te preguntan si crees que hiciste lo correcto o que, por el contrario, la cagaste hasta el sobaco. Ves como todo el mundo se permite el lujo para decirte lo que debes hacer con tu vida, pero pocos te preguntan qué es lo que quieres hacer realmente. Conforme creces, te das cuenta de que tu mundo, a cada día que pasa, parece más centrado en tus resultados al tiempo que ignora por completo por qué, cómo o con qué intención haces las cosas. El motivo por el cuál tomas esas decisiones. Por qué cometes esos errores que, en definitiva, son tuyos.
Esos errores, de los que has podido aprender más o menos, y que para ti cuentan como cicatrices de batalla a lo largo de tu vida, de puertas para afuera tienen una percepción diferente; a menudo se usan en tu contra para recordarte que los has cometido... y poco más. Has cometido tal error, ergo no eres una persona responsable; o bien es que no has actuado como deberías haber actuado (aunque tú sepas que has hecho lo correcto y haya fallado todo lo demás, que también puede ser). Incluso cuando las circunstancias han jugado en tu contra y lo que has tenido ha sido una mala suerte de cojones (que también pasa), eso automáticamente cuenta como una mala decisión tuya y te dan por el tracatrás, independientemente de que otro gallo hubiera cantado si la cosa hubiera salido bien (cosa que tampoco tenía por qué ser del todo imposible). Eso ni se plantea.


Muchos de nosotros cargamos con una letra escarlata. No bordada, como la que llevaba Hester Prynne en la novela de Nathaniel Hawthorne, sino visible de otro modo.
Una o más de una.
Qué cojones, a veces parece que llevamos un puto alfabeto tatuado.


Es en ese momento cuando te das cuenta de que no encajas en tu propio alrededor. Que te pueden ver con mejores o peores ojos, pero que en el fondo, ni entiendes el mundo que te rodea, ni este parece entenderte a ti. Es como si cada parte estuviera hablando en un lenguaje completamente diferente y ambos sufrierais un problema de sordera galopante.
Podemos llamarlo aislamiento.
Alienación.
Creo que cada uno de vosotros tiene una palabra para ello.
Y es un problema. Al menos para mí. Desde siempre me he esforzado por intentar entender el mundo que me rodea y, conforme voy creciendo, más me doy cuenta de que menos entiendo: cuando eres pequeño, ves que se espera que cumplas con unos valores que se supone que son los buenos; sin embargo, creces y descubres que no, que eso es una tontería; ahora resulta que vives como una persona idealista y que esos valores con los que has crecido no valen un coño zurrido en Nocilla. Ahora se espera que abraces, si no los contrarios, otros que tienen poco o nada que ver con lo que se supone que debías ser.
De pequeños nos decían que debíamos ser buenas personas; de mayores, que el fin justifica los medios y que todo (al menos todo lo legal, independientemente de que sea moral o no) vale con tal de salvaguardar cosas tan importantes como nuestra seguridad o nuestro futuro.
De niños nos enseñan a ser caballeros andantes y de mayores nos dicen que eso es una puta mierda, que debemos limitarnos a sobrevivir y al de al lado que le jodan.
Lo mismo vosotros lo entendéis.
Si es así, os envidio. En serio.


Porque yo me siento alien.


Volviendo al punto de partida, todo esto casa con conceptos de psicología tales como la pirámide de Maslow. Aunque os parezca que estoy mezclando unas cosas con otras (esto es un artículo de opinión, así que tampoco voy a negarlo del todo), para mí todo está conectado. Según este señor, el ser humano pasa por una serie de necesidades, que van ascendiendo en una pirámide que abarca desde la más básica a la más elevada; conforme se van cumpliendo unas, se pasa al escalón siguiente. Esta pirámide plantearía la escala de este modo, empezando por la base y acabando en la cúspide:

1. Necesidades fisiológicas: comer, beber, cagar y demás.
2. Necesidades de seguridad: física, de empleo, estabilidad en general y todo eso.
3. Necesidades afectivas o de filiación: amistad, afecto, etcétera.
4. Necesidades de reconocimiento: autorreconocimiento, respeto, confianza o éxito.
5. Necesidades de autorrealización: moralidad, creatividad, espontaneidad, y un largo etcétera, que sería lo que diese sentido a nuestra vida y eso.


Y aquí, en forma piramidal, para que se vea más claro.


En el momento en que vemos que nuestro criterio es pisoteado constantemente o que lo que nos enseñaron de pequeños choca con lo que se espera de nosotros hoy en día, si lo pensamos, se transgrediría el cuarto escalón de la pirámide, que es el referente al reconocimiento: hacemos lo que nos han enseñado, pero ahora no parece valer para nada. De pequeño nuestros padres, nuestros educadores, nuestro entorno esperaba que nos convirtiésemos en buenos perros pastores, pero de mayores nos dicen que si no somos lobos es porque somos gilipollas. Lo que sabemos o creemos saber, parece que tampoco parece ser del todo reconocido: nuestra opinión siempre cuenta con algo para ser puesta en entredicho, socavada o ninguneada sin pudor. Puede que nosotros nos digamos a nosotros mismos que no sabemos nada con la intención de seguir aprendiendo, pero no es exactamente igual cuando eso nos lo dicen para que nos callemos la puta boca. Cuando nuestra experiencia no cuenta por el motivo que sea. Cuando nuestros logros, obtenidos en base a nuestros esfuerzos, no parecen ser gran cosa. ¿Os ha pasado alguna vez que os habéis partido el alma para conseguir algo y, lejos de ser un éxito arrollador, se ha convertido en algo muy discreto? Si os ha pasado, creo que coincidiréis conmigo al pensar que ha supuesto un orgullo para vosotros porque lo habéis dado todo y eso tan discreto que habéis conseguido os resulta una proeza.


A veces podemos ser el héroe más grande sobre la faz de la tierra.
Podríamos salvar vidas o hacer algo bueno por los demás.
Pues más vale que nos limitemos a pensar que eso nada más que vale para nosotros, porque si no somos lo que se espera, nos dan por el puto culo.


Una proeza que solo vosotros reconocéis, porque de puertas para afuera se entiende que si no ha sido el éxito rotundo es porque no os habéis esforzado lo suficiente. Como si lo que hubierais hecho, como si ese esfuerzo por el que habéis pasado, como si ese pequeño triunfo personal no importasen una mierda. Ante esto podemos decir que bueno, lo que uno hace solo a uno le tiene que importar, y que da igual lo que te digan, y bla, bla y puto bla. Y es verdad, pero también es verdad que de vez en cuando, o aunque sea una puta vez en nuestra existencia, también viene bien que reconozcan que hemos hecho las cosas bien. Ya no por tener el resultado que se supone que tenemos que tener (porque parece que hoy en día te van apuntando en una pizarrita y tienes que andar demostrando tu valía), sino porque realmente nos ha costado la vida misma conseguir lo poquito que hemos conseguido. Porque lo hemos logrado nosotros, y nadie nos ha regalado nada. Esto, que lo mismo cuando éramos pequeños es lo que nos habían enseñado, en nuestra vida adulta parece no tener la misma validez. Nuestro esfuerzo, grande o pequeño, en el momento en que llegamos a la vida adulta, no parece verse igual si no viene respaldado por un resultado.


Como decía Homer Simpson a sus hijos:
"Enhorabuena, os habéis esforzado. ¿Y de qué os ha servido? De nada. Moraleja: no os esforcéis".
Cuando nos esforzamos y vemos que quienes rodean no nos lo reconocen porque no hemos conseguido lo que se esperaba, ¿acaso es esa la lección que se desprende de esa falta de reconocimiento?


No es así con el fracaso, que ese siempre estará patente. Haz algo bueno y, si tienes suficiente suerte, se recordará un tiempo antes de ser puesto en entredicho o de ir acompañado con algún "pero". Cágala y tus errores te acompañarán hasta la puta tumba si es necesario. Tal y como decía el Bardo en Julio César, "el mal que los hombres hacen les sobrevive; el bien queda a menudo enterrado junto a sus huesos". Curiosamente, esa es otra de las cosas que por lo visto tenemos que aprender a transigir: lejos de parecer unos malditos prepotentes (¡los dioses nos libren!), debemos agachar la cabeza y consentir cómo nuestra necesidad de reconocimiento es vulnerada una y otra vez. Por cojones tenemos que aceptar que estamos limitados. Que cometemos errores que nos acompañarán toda la vida, que son nuestra culpa y que no hay forma de borrarlos. Tenemos que aceptar que nuestras virtudes están ahí, pero al parecer destacan menos que nuestros defectos. Que nuestros logros prescriben y, de no hacerlo, siempre es en entredicho.
Quieres hablar, pero estás mudo.
Quieres echar a correr, pero cargas con peso a tus espaldas.
Quieres echar a volar, pero te han cortado las alas.


Yo siempre defenderé eso de llevar alas.


En esta vida al parecer tenemos que asumir que no somos dioses, y que no siempre tenemos la razón. Que somos falibles y que a menudo estamos equivocados. Que no sabemos tanto como nos creemos y que nuestra experiencia, por algún motivo que se nos escapa, importa una mierda cuando abrimos la boca para decir lo que pensamos. Que nuestros valores, aquello en lo que creemos, son una patraña, porque lo que importa es lo que importa. Y que si no llegas a tener una vida estable, da igual que seas feliz, que vivas acorde a lo que crees que es correcto o lo que sea en lo que creas.
Pero no os preocupéis, queridos Distópicos, que esta es una lección que no vamos a olvidar fácilmente: muchos de nosotros vivimos en un mundo que se esfuerza mucho en recordárnoslo.