Decía Sócrates (o eso dicen) que la sabiduría está en reconocer la propia ignorancia. Partiendo de este principio, solo cuando uno duda de su propio conocimiento y se pone a sí mismo en constante prueba, es capaz de revisar sus propias creencias y de evolucionar en su forma de pensar. Cuanto más pensamos que no sabemos nada, si seguimos el planteamiento, más afán de saber tenemos.
No creo que le falte razón a este amiguete, porque el ansia de conocimiento (a mi juicio) se puede convertir en una especie de ambición bastante sana. Hoy aprendemos una cosita y, si lo que hemos aprendido nos interesa lo suficiente, ya vamos con la motivación necesaria para seguir aprendiendo. Es quizá eso lo que nos permite acceder a una experiencia en ciertos terrenos que otros no tienen. No porque seamos más listos o que una Musa estuviese sobándose su divina castaña en el cabecero de la cama de nuestros padres el día que nos concibieron. No creo que vayan por ahí los tiros; más bien me parece que hay cosas que nos gustan y que ellas solitas nos incentivan que sigamos con interés hacia ellas, y otras que (por el motivo que sea) no nos interesan tanto o directamente nos repelen, lo que propicia (aunque no necesariamente determine) que no aprendamos gran cosa sobre ella... porque no nos arrimaríamos a algo relativo al tema ni con un palo.
Pero ojo, una cosa es la teoría y la filosofía y otra muy distinta la práctica. Aquí es cuando voy a sonar a ególatra, prepotente y todo lo demás, para no variar (como si no me lo dijesen con frecuencia); como siempre, os insto a que sigáis leyendo y saquéis vuestras propias conclusiones cuando termine de largar el tocho, que para algo lo he escrito.
La humildad es algo que siempre he apreciado; aquellos que ya me conocéis sabéis que si hay algo de lo que no sé absolutamente nada, tiendo a callarme, y que raramente me creo superior a los demás (los más gilipollas, es decir, los que os pasáis la existencia juzgándome sin conocerme tanto como deberíais, ya podéis echaros las manos a la cabeza). Como mucho, parto de lo que me haya contado alguien que sí controla el tema propiamente dicho mejor que yo, o me dejo de tonterías y pregunto. Dicho de otro modo, que en contra de lo que mucha gente (algunos hasta cercanos) piensa, no hablo de lo que no sé. Es más, si hablo acerca de algo, no es porque me crea un experto, sino porque me siento lo bastante seguro como para tener una opinión forjada al respecto. Esa opinión suele ser siempre argumentada y bastante firme cuando lo hago, de ahí que tienda a parecer obstinado o prepotente. Lo que pasa es que me gusta que me argumenten las cosas, y ya yo decido si me parecen bien o no, que para eso tengo libertad de elección; si el que habla conmigo no me las argumenta o demuestra hablar desde la ignorancia, pues como que va a convencer a su puta madre.
Y con pose de jefe indio, si hace falta.
Y es quizás ahí cuando la humildad (o la falsa humildad, mejor dicho) no ha lugar. Me explico: a menudo podemos estar equivocados en cosas que creemos saber, y de que eso pase no nos lo quita nadie, ni hombre, ni gigante ni Dios. Somos humanos y falibles, no pasa nada por admitirlo. Pero llega un momento en esta vida en que también tenemos que llegar a ese ejercicio de autodeterminación y dejar muy claro que, en ciertos ámbitos o en ciertos temas, hemos estado adquiriendo conocimiento durante muchísimo tiempo y que no somos precisamente legos. No si tenemos un poco de amor propio y respeto hacia aquello a lo que hemos destinado tiempo a aprender. Que sí, que seguimos siendo falibles, por supuesto... pero no unos ignorantes. Llega un momento en que podemos decir "Ey, no sé lo bastante y quiero seguir aprendiendo" (lo cual es respetable, incluso lo ideal)... pero también nos encontramos en disposición de hablar con propiedad acerca de algo.
Supongo que por eso a veces resulta ofensivo cuando alguien que, por falta de experiencia o por abierta ignorancia, o bien porque tiene una experiencia diferente en el tema, te llega y te viene en plan "tú qué vas a saber" o "es que lo que tú ves no es así". Se puede entender el debate; se pueden entender los puntos de vistas diferentes y el contraste entre ellos. Eso enriquece el diálogo y es absurdo negarlo.
Lo que no enriquece en lo más mínimo es esa actitud que, intencionadamente o no, ningunea tus esfuerzos, tus conocimientos y, en definitiva, invade tu terreno personal.
"¡Jostias, que vienen!"
Podemos llamarlo ego a lo mejor. Quizás el conocimiento, o su afán por tenerlo, implica de forma sutil e implícita, la satisfacción personal. Querer ser mejor, no de forma necesaria mejor que los demás, pero sí mejor que uno mismo. Por tanto, que alguien llegue restando mérito a tus logros de ese modo (insisto, no planteando otro punto de vista diferente, sino echando el tuyo por tierra como si no valiera nada, sin más argumentos que el de "es que te crees que lo tuyo vale más y no es así y punto pelota") es una forma de ataque a nuestro terreno personal, ya que a menudo nuestras áreas de conocimiento son, en cierto modo, una expansión de nosotros mismos. Un reflejo de nuestros gustos o de nuestros ideales. Podría decir que es incluso un ataque a nuestra autoestima, como si nos dijeran "tu experiencia es una mierda. Has perdido el tiempo poniendo el alma en dedicarte a algo que, bien no es tan importante, bien las conclusiones a las que te ha llevado no valen para nada". Casi podría llamarse insulto, según las formas en que esto se haga.
Llegados a este punto podríamos ir con la moral cristiana que a muchos nos han enseñado: que sí, que mola muuuucho eso de ser humildes, de agachar la cabeza, de poner la otra mejilla y, en resumidas cuentas, de tragar toda la mierda que tenemos que tragar a diario. Esa mierda que pone en duda lo que a nosotros nos hace felices; esa filosofía de existencia que nos hace pensar que en el fondo, no somos gran cosa. A mí no me parece mal pensar que no somos dioses; de hecho lo respeto, y en gran parte pienso así. Me parece bueno que seamos conscientes de nuestras limitaciones, y que al mismo tiempo hagamos lo posible por vencerlas, siempre que nos veamos con la capacidad y vivamos en las circunstancias propias para ello.
Lo que toca los cojones es cuando las limitaciones te vienen de fuera. Cuando estás en una conversación y ves que, de forma sutil pero aun así perceptible, tienes las alas cortadas. Lo que dices se tiene en cuenta, pero siempre hay un "pero". Siempre, tus argumentos quedan un poco en entredicho, porque tu experiencia, por amplia que sea, igual no es la esperada. Porque se entiende que tu forma de ver las cosas no es la correcta. Porque igual pasan los años y te estás dando cuenta, cada vez más, de que te alejas de ser la persona que se esperaba que fueras.
Ya sabéis que El Pelos (Alan Moore) es habitual en este blog.
En La Broma Asesina decía que para volverte loco solo necesitas un mal día.
Imagina que tu vida se compone, siendo optimistas, en un 30 o 40% de malos días.
Luego calculad.
A veces piensan que te crees que no cometes errores. Que piensas eres perfecto. Que lo haces todo bien. Raramente, por no decir nunca, te preguntan si crees que hiciste lo correcto o que, por el contrario, la cagaste hasta el sobaco. Ves como todo el mundo se permite el lujo para decirte lo que debes hacer con tu vida, pero pocos te preguntan qué es lo que quieres hacer realmente. Conforme creces, te das cuenta de que tu mundo, a cada día que pasa, parece más centrado en tus resultados al tiempo que ignora por completo por qué, cómo o con qué intención haces las cosas. El motivo por el cuál tomas esas decisiones. Por qué cometes esos errores que, en definitiva, son tuyos.
Esos errores, de los que has podido aprender más o menos, y que para ti cuentan como cicatrices de batalla a lo largo de tu vida, de puertas para afuera tienen una percepción diferente; a menudo se usan en tu contra para recordarte que los has cometido... y poco más. Has cometido tal error, ergo no eres una persona responsable; o bien es que no has actuado como deberías haber actuado (aunque tú sepas que has hecho lo correcto y haya fallado todo lo demás, que también puede ser). Incluso cuando las circunstancias han jugado en tu contra y lo que has tenido ha sido una mala suerte de cojones (que también pasa), eso automáticamente cuenta como una mala decisión tuya y te dan por el tracatrás, independientemente de que otro gallo hubiera cantado si la cosa hubiera salido bien (cosa que tampoco tenía por qué ser del todo imposible). Eso ni se plantea.
Muchos de nosotros cargamos con una letra escarlata. No bordada, como la que llevaba Hester Prynne en la novela de Nathaniel Hawthorne, sino visible de otro modo.
Una o más de una.
Qué cojones, a veces parece que llevamos un puto alfabeto tatuado.
Es en ese momento cuando te das cuenta de que no encajas en tu propio alrededor. Que te pueden ver con mejores o peores ojos, pero que en el fondo, ni entiendes el mundo que te rodea, ni este parece entenderte a ti. Es como si cada parte estuviera hablando en un lenguaje completamente diferente y ambos sufrierais un problema de sordera galopante.
Podemos llamarlo aislamiento.
Alienación.
Creo que cada uno de vosotros tiene una palabra para ello.
Y es un problema. Al menos para mí. Desde siempre me he esforzado por intentar entender el mundo que me rodea y, conforme voy creciendo, más me doy cuenta de que menos entiendo: cuando eres pequeño, ves que se espera que cumplas con unos valores que se supone que son los buenos; sin embargo, creces y descubres que no, que eso es una tontería; ahora resulta que vives como una persona idealista y que esos valores con los que has crecido no valen un coño zurrido en Nocilla. Ahora se espera que abraces, si no los contrarios, otros que tienen poco o nada que ver con lo que se supone que debías ser.
De pequeños nos decían que debíamos ser buenas personas; de mayores, que el fin justifica los medios y que todo (al menos todo lo legal, independientemente de que sea moral o no) vale con tal de salvaguardar cosas tan importantes como nuestra seguridad o nuestro futuro.
De niños nos enseñan a ser caballeros andantes y de mayores nos dicen que eso es una puta mierda, que debemos limitarnos a sobrevivir y al de al lado que le jodan.
Lo mismo vosotros lo entendéis.
Si es así, os envidio. En serio.
Porque yo me siento alien.
Volviendo al punto de partida, todo esto casa con conceptos de psicología tales como la pirámide de Maslow. Aunque os parezca que estoy mezclando unas cosas con otras (esto es un artículo de opinión, así que tampoco voy a negarlo del todo), para mí todo está conectado. Según este señor, el ser humano pasa por una serie de necesidades, que van ascendiendo en una pirámide que abarca desde la más básica a la más elevada; conforme se van cumpliendo unas, se pasa al escalón siguiente. Esta pirámide plantearía la escala de este modo, empezando por la base y acabando en la cúspide:
1. Necesidades fisiológicas: comer, beber, cagar y demás.
2. Necesidades de seguridad: física, de empleo, estabilidad en general y todo eso.
3. Necesidades afectivas o de filiación: amistad, afecto, etcétera.
4. Necesidades de reconocimiento: autorreconocimiento, respeto, confianza o éxito.
5. Necesidades de autorrealización: moralidad, creatividad, espontaneidad, y un largo etcétera, que sería lo que diese sentido a nuestra vida y eso.
Y aquí, en forma piramidal, para que se vea más claro.
En el momento en que vemos que nuestro criterio es pisoteado constantemente o que lo que nos enseñaron de pequeños choca con lo que se espera de nosotros hoy en día, si lo pensamos, se transgrediría el cuarto escalón de la pirámide, que es el referente al reconocimiento: hacemos lo que nos han enseñado, pero ahora no parece valer para nada. De pequeño nuestros padres, nuestros educadores, nuestro entorno esperaba que nos convirtiésemos en buenos perros pastores, pero de mayores nos dicen que si no somos lobos es porque somos gilipollas. Lo que sabemos o creemos saber, parece que tampoco parece ser del todo reconocido: nuestra opinión siempre cuenta con algo para ser puesta en entredicho, socavada o ninguneada sin pudor. Puede que nosotros nos digamos a nosotros mismos que no sabemos nada con la intención de seguir aprendiendo, pero no es exactamente igual cuando eso nos lo dicen para que nos callemos la puta boca. Cuando nuestra experiencia no cuenta por el motivo que sea. Cuando nuestros logros, obtenidos en base a nuestros esfuerzos, no parecen ser gran cosa. ¿Os ha pasado alguna vez que os habéis partido el alma para conseguir algo y, lejos de ser un éxito arrollador, se ha convertido en algo muy discreto? Si os ha pasado, creo que coincidiréis conmigo al pensar que ha supuesto un orgullo para vosotros porque lo habéis dado todo y eso tan discreto que habéis conseguido os resulta una proeza.
A veces podemos ser el héroe más grande sobre la faz de la tierra.
Podríamos salvar vidas o hacer algo bueno por los demás.
Pues más vale que nos limitemos a pensar que eso nada más que vale para nosotros, porque si no somos lo que se espera, nos dan por el puto culo.
Una proeza que solo vosotros reconocéis, porque de puertas para afuera se entiende que si no ha sido el éxito rotundo es porque no os habéis esforzado lo suficiente. Como si lo que hubierais hecho, como si ese esfuerzo por el que habéis pasado, como si ese pequeño triunfo personal no importasen una mierda. Ante esto podemos decir que bueno, lo que uno hace solo a uno le tiene que importar, y que da igual lo que te digan, y bla, bla y puto bla. Y es verdad, pero también es verdad que de vez en cuando, o aunque sea una puta vez en nuestra existencia, también viene bien que reconozcan que hemos hecho las cosas bien. Ya no por tener el resultado que se supone que tenemos que tener (porque parece que hoy en día te van apuntando en una pizarrita y tienes que andar demostrando tu valía), sino porque realmente nos ha costado la vida misma conseguir lo poquito que hemos conseguido. Porque lo hemos logrado nosotros, y nadie nos ha regalado nada. Esto, que lo mismo cuando éramos pequeños es lo que nos habían enseñado, en nuestra vida adulta parece no tener la misma validez. Nuestro esfuerzo, grande o pequeño, en el momento en que llegamos a la vida adulta, no parece verse igual si no viene respaldado por un resultado.
Como decía Homer Simpson a sus hijos:
"Enhorabuena, os habéis esforzado. ¿Y de qué os ha servido? De nada. Moraleja: no os esforcéis".
"Enhorabuena, os habéis esforzado. ¿Y de qué os ha servido? De nada. Moraleja: no os esforcéis".
Cuando nos esforzamos y vemos que quienes rodean no nos lo reconocen porque no hemos conseguido lo que se esperaba, ¿acaso es esa la lección que se desprende de esa falta de reconocimiento?
No es así con el fracaso, que ese siempre estará patente. Haz algo bueno y, si tienes suficiente suerte, se recordará un tiempo antes de ser puesto en entredicho o de ir acompañado con algún "pero". Cágala y tus errores te acompañarán hasta la puta tumba si es necesario. Tal y como decía el Bardo en Julio César, "el mal que los hombres hacen les sobrevive; el bien queda a menudo enterrado junto a sus huesos". Curiosamente, esa es otra de las cosas que por lo visto tenemos que aprender a transigir: lejos de parecer unos malditos prepotentes (¡los dioses nos libren!), debemos agachar la cabeza y consentir cómo nuestra necesidad de reconocimiento es vulnerada una y otra vez. Por cojones tenemos que aceptar que estamos limitados. Que cometemos errores que nos acompañarán toda la vida, que son nuestra culpa y que no hay forma de borrarlos. Tenemos que aceptar que nuestras virtudes están ahí, pero al parecer destacan menos que nuestros defectos. Que nuestros logros prescriben y, de no hacerlo, siempre es en entredicho.
Quieres hablar, pero estás mudo.
Quieres echar a correr, pero cargas con peso a tus espaldas.
Quieres echar a volar, pero te han cortado las alas.
Yo siempre defenderé eso de llevar alas.
En esta vida al parecer tenemos que asumir que no somos dioses, y que no siempre tenemos la razón. Que somos falibles y que a menudo estamos equivocados. Que no sabemos tanto como nos creemos y que nuestra experiencia, por algún motivo que se nos escapa, importa una mierda cuando abrimos la boca para decir lo que pensamos. Que nuestros valores, aquello en lo que creemos, son una patraña, porque lo que importa es lo que importa. Y que si no llegas a tener una vida estable, da igual que seas feliz, que vivas acorde a lo que crees que es correcto o lo que sea en lo que creas.
Pero no os preocupéis, queridos Distópicos, que esta es una lección que no vamos a olvidar fácilmente: muchos de nosotros vivimos en un mundo que se esfuerza mucho en recordárnoslo.










No hay comentarios:
Publicar un comentario