Por si os pensasteis en su momento que la Saga de la Diputación se iba a limitar a dos partes, ya sabéis cómo funciona esto de la administración pública: pensadlo mejor. Esta épica aventura en la que vuestro querido antihéroe se tiene que pelear contra medio planeta para recuperar un puñado de eurillos que le debían no iba a quedar a quedar en una aventura de dos partes, sino que estaba destinada a convertirse en trilogía. Para muchos Distópicos, según me han venido llegando comentarios, parece haberse convertido en la Saga Bizarra del año en Rumbo a la Distopía.
Es posible, sin embargo, que haya habido seguidores que os hayáis perdido los episodios previos, de modo que os coloco los enlaces para leerlos aquí y aquí.
"Antes de empezar, ¿alguien quiere bajarse?"
Y llegamos, tras todo esto, al pelotazo final de esta historia. Como recordaréis, andaba yo pendiente de que me enviasen una carta para confirmarme que, efectivamente, me iban a ingresar (de una puta vez) los doce pavos que me debían. Pues bien, dicha carta de la Di-Putea-ción me llega un día. Lo normal en mí, y en cualquier persona (medio) normal habría sido abrirla diciendo "Pues mira, parece ser que por fin han caído en su error y que proceden a devolverme la pasta que me deben".
Insisto.
Os lo recuerdo.
Hablamos de la Di-Putea-ción.
La carta tiene un contenido muy diferente. Uno de esos de los que te sientan como una patada en los cojones. Pero una patada de las buenas, de las de bota de cuero, punta de acero y recreándose en el chafamiento de la bolsa testicular.
Resulta que, según ellos, falta TODA la documentación y solo está el famoso impreso que hubo que rellenar en forma de tratado de bur(r)ocracia absurda. Por faltar, leo en la misiva, falta hasta la puta fotocopia del DNI que, si recordáis, me llegaron a hacer en la misma oficina del registro. Ni que decir tiene que, como poco, estallo en furia: ya no porque se me olvidase tal o cual cosa y hubiese que empezar de nuevo el trámite, sino porque lo llevaba absolutamente todo y los muy cenutrios, además de perderlo, me dicen que se lo mande otra vez. Para postre, me dicen que les lleve un certificado bancario de no-sé-qué-pollas (disculpad mi falta de precisión, pero tanta mierda de papeleo me satura la memoria), que parece la novedad de este último episodio.
Tras defecar en todo panteón conocido y haberme inventado al menos media docena para poder descargar mis deyecciones a gusto, comenzamos de nuevo todo el proceso: me parto el alma buscando una vez más el recibo del banco donde daba constancia de que el ingreso había sido indebido. Un rato hurgando en la papeloteca de mi casa (para entendernos, una especie de pequeña torre llena de carpetas, papeles, impresos y algún que otro BOJA) y encuentro el (puto) recibo (de los cojones), que me meto en la mochila la mañana que decido poner punto final a esta historia. Eso o cagar en un container durante tres meses, construir un detonador y hacer estallar una bomba de MIERDA PURA en la puerta de la Di-Putea-Ción como señal de protesta. Por supuesto, elijo la vía pacífica, que uno ha hecho yoga.
Además, hacer estallar artefactos es delito.
Y con lo mal que me llevo con la tecnología, no te extrañe que me hubiera estallado toda la mierda en la cara, para rematar.
"¡Fregad, cabrones!"
En fin, me voy para la fotocopiadora de mi barrio y pido que me fotocopien el resguardo, junto con el DNI. Mientras me hacen la fotocopia, me pregunto por qué me lo pedirán; a estas alturas lo he enviado tantas veces que probablemente lo tienen de póster en las oficinas. Una vez tengo ambas copias, tiro para el banco y pido el certificado de los huevos ese. Esta vez me atiende un tipo diferente a todos los que me han venido atendiendo a lo largo de las aventuras anteriores. Me resulta curioso ver una cara nueva, para variar. Le cuento la movida por encima a este y me mira en plan "Pues muy bien". Me pide mi DNI (sí, otro más que lo hace) y prepara el certificado con cara de "Menuda soplapollez le han pedido a este, pero bueno, me pagan por estas paridas". Me extiende el papelito en un par de minutos y tiro para la sede por... no sé, creo que he perdido ya la cuenta de las veces que he ido.
Vuelvo al registro, sintiéndome ya como cuando voy a comprar cómics: me falta saludar al personal por su nombre. Me atiende un señor al que le cuento la historia, sintiéndome como uno de esos resúmenes de "En capítulos anteriores" que plantan en las series, pero con patas y mochila. El tipo me dice que para lo que quiero hacer, rellene OTRO de esos impresos en los que tengo que explicar con pelos y señales a quién me dirijo, qué solicito y para qué. Me pregunta a qué área específica de la Di-Putea-Ción me quiero dirigir. Con tanta mierda en la cabeza como llevo aguantando con este asunto, me quedo en blanco y me siento como un auténtico gilipollas profundo delante del tío, convirtiendo aire en dióxido de carbono ahí delante.
Llega un momento en esta vida en que casi mejor dar la impresión de que eres completamente imbécil a base de admitir tu ignorancia, en lugar de fingir que no lo eres, inventarte una respuesta y que, cuando se descubra que has metido la pata hasta el sobaco, quedar como un imbécil mucho más grande. Un imbécil sencillo para mí, gracias. El tipo, con cara de "joder, otro lerdo", me da el impreso y me envía a una mesa con un asiento para que rebusque entre mis papeles y confirme a quién me dirijo, y ya de paso, que rellene el impreso.
Me pongo a redactar, copiando la mayor parte de lo que había en el ingreso previo, añadiendo lo que me ha sucedido con la carta de marras. Lo absurdo de la situación me hace pensar que en un futuro necesitaré seis o siete folios para contar la historia entera y que los genios de arriba se acaben enterando de que solo quiero que me devuelvan mis doce euros de una puta vez.
"Por favor, señor, quiero más"
Relleno esa mierda, necesitando escribir justo debajo de los renglones especificados, y rezando para que no me echen para atrás el impreso por haber necesitado más espacio del reglamentario (que puede resultar descabellado, pero yo de esta familia me espero ya cualquier cosa). Añado la documentación pertinente y me plantifico otra vez en el mostrador. El tipo me vuelve a preguntar qué (coño) ha pasado para que vuelva a tener que enviar todo eso, así que le cuento la historia una vez más, pero con algo más de detalle. Insisto en el hecho de que yo la documentación la entregué, y señalo a su compañera de al lado, indicando que ella fue la que me hizo la fotocopia del DNI y la que me selló toda la mierda del episodio anterior. La señora, por algún motivo, me recuerda y confirma mi versión (probablemente porque, si os acordáis, casi me da un ataque de nervios allí en medio y ella me echó una mano para evitar que me convirtiera en Hulk allí mismo). Obviamente, la señora no se explica lo que ha pasado, ante lo cual le enseño mi carta. Ella la lee y se queda un poco flipando, porque no tiene ningún sentido que a los de arriba les llegase el impreso pero no todo lo demás. Arqueando la ceja, propone un plan: me va a hacer las copias de la mierda que entrego hoy y las va a sellar, pero no las va a meter en registro. No todavía.
"Le escucho, señora"
—Antes de eso —me dice —te vas a ir arriba —me indica la sección concreta —y vas a contarles la historia. Les vas a decir que entregaste la documentación y les vas a pedir que busquen, porque son capaces de tenerla allí y no haberla buscado. Seguro que es por eso que te han pedido que la traigas otra vez. Si resulta que no la tienen, pues ya vuelves por aquí y tramitamos el registro.
Flipando ante la teoría de la buena mujer, hago caso y tiro para arriba. Subo por unas escaleras y, siguiendo sus indicaciones, me encuentro con un señor que lleva una caja de plástico con gominolas. Le pregunto si voy en la dirección correcta y éste me dice que sí, que donde vea una fotocopiadora, a mano izquierda. Llego a esa sección y me encuentro un área con algunos cubículos y mesas de despacho. Me persono delante del primer ser vivo que encuentro, que me atiende. Le cuento la historia y parece vivir en otro planeta, hablar otro idioma o tal vez ser de una especie distinta a la mía, solo que se ha camuflado entre los humanos para sobrevivir. En resumidas cuentas, no tiene ni puta idea de lo que le estoy hablando; más allá, no sabe siquiera cómo reaccionar ante algo así. Me hace que espere en la silla en la que me he sentado y empieza a deambular buscando a un señor. Dicho señor no parece estar en la oficina. Miro a mi alrededor y no veo demasiados humanos por allí, lo que me lleva a pensar que igual no está ni en el edificio.
Algo en este plan, pero más modernito y con bastante menos gente.
Pasan varios minutos y la señora vuelve, con la misma cara de no tener ni puta idea de antes, solo que reflejando algo de alivio en sus ojos: me dice que vaya al fondo y que hable con no-sé-quién. Usa ese tono de "Ella sabe", de modo que me levanto y voy para la mesa de despacho que me han indicado. Allí me atiende una moza que tendrá mi edad, acaso un año o dos arriba o abajo. Le vuelvo a contar la historia, y antes de que termine, ella ya sabe quién soy. Me dice que me ha estado llamando por teléfono, pero que no se lo he cogido. Dudo entre la veracidad de la historia o la inutilidad suprema de mi móvil: que me haya mentido y no me haya llamado es tan probable como que me haya llamado y mi móvil ni siquiera haya recogido la llamada, perdida o no. Sea como fuere, la chica me informa de que a ella (me muestra una carpeta) solo le ha llegado el impreso cuasibíblico y que no tiene nada más. A estas alturas de la peli, ya conteniendo un cabreo considerable, le digo que eso es virtualmente imposible, considerando que su compañera de abajo fue la que me hizo la fotocopia dentro del edificio. Con una frase así, dicha con total tranquilidad y consciente de que esta vez tengo las de ganar, sentencio que no se me ha podido olvidar nada. Ante algo así, la chica nota la veracidad de mis palabras y se pone en pie, pidiendo que la acompañe. Nos ponemos en marcha hacia una tercera mesa, donde se pone a hablar con otro tipo. El otro tipo saca un A-Z de una estantería y me pregunta mi nombre. Se lo digo.
Ni un minuto, ¿vale?
El tipo no necesita ni un minuto entero para encontrar TODOS mis papeles en dicho A-Z.
"¿LO VEIS? ¡AHÍ ESTABAN!"
Ante algo así, me quedo aliviado por un lado, ya que se demuestra que yo tenía razón. Por otro, me quedo perplejo por el hecho de que me hagan venir para entregar unos papeles que ya había entregado, solo porque alguien ha guardado los primeros en una carpeta diferente a menos de diez metros de donde deberían estar.
La chica se disculpa, diciendo que si lo llegan a saber no me habrían llamado. Que seguramente debieron haber separado la documentación en registro, lo que explicaría que a ella le hubiera llegado lo que le llegó. Me cuenta además que lo mismo si hubiera conseguido contactar conmigo, no habría sido necesario hacerme venir. Y me cuenta además que me había pedido el certificado bancario, "ya que estaba", porque no tenía el recibo del banco.
—¿Pero entonces es necesario? —le digo, sin estar seguro de haber entendido un coño de lo que ha pasado aquí.
—Teniendo el recibo del banco, ya no hace falta —me dice, indicándome de paso que ya está todo en orden para poder tramitar la devolución de mi pasta.
Aun sin tener muy claro a qué cojones ha venido toda esta película, vuelvo a registro, ya que prometí a los de abajo que volvería para explicarles lo que me habían dicho. Llego, les cuento la historia y, en el punto en que les cuento que según los de arriba el error había sido de ellos, a la buena señora se le cambia la cara. Si ya estaba seria, ahora le chisporroteaban los ojos. Al oír mis palabras, para a una compañera que pasaba por allí con unos papeles en la mano y le dice:
—¿Has oído? ¡Que la culpa es nuestra! ¡Que hemos separado los papeles! ¿Habráse visto? ¡Si a nosotros nos llega algo grapado JAMÁS le separamos las grapas! ¡Yo creo que es algo!
"¡Se van a cagar!"
Con las mismas, me largo de allí. Nada me gustaría más que sumarme a la rebelión de esta señora contra los de arriba y clavarle una grapa a alguien en el ombligo, pero decido que ya he estado demasiado tiempo y demasiadas veces en ese puto edificio, y lo único que me apetece es volverme para mi puta casa de una vez. Eso sí, sin la sensación de que la cosa esté del todo solucionada. Esto es como la guerra fría: nada te garantiza de que, en el momento menos pensado, el enemigo te salga con una guarrada y te declare la puta guerra.
Es por eso que pasan unos meses y sigo sin saber nada de esta pandilla, hasta que una mañana me llega una carta al buzón con el membrete de la Di-Putea-Ción. Que dices tú, "pues oye, esto va a ser que me han ingresado la pasta", pero no tienes cojones de decirlo hasta que abres la carta y lo compruebas, porque vete tú a saber si en el momento en que me di la vuelta alguien perdió los papeles de nuevo.
Pero no, parece que esta vez las cosas se han puesto de mi parte, para variar: en la carta, larguísima y con un lenguaje administrativo absurdamente retorcido, me indican que, efectivamente, han dado cuenta del error y proceden a ingresarme mis doce pavos a mi cuenta. Además, en calidad de intereses, me añaden la friolera de veinticinco céntimos.
¿Es esto el final de la Saga? Esperemos que sí. Falta por pasarme por el banco y actualizar mi cartilla para que esto, por fin, haya concluido de una puta vez.








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