miércoles, 18 de mayo de 2011

El Gusano Interior, por Javier Durán: Acto I, capítulo 4




Con una punzada de dolor que le sacudía las entrañas, Álex se sintió violentamente empujado a la consciencia. Involuntariamente, su físico respondió con un gemido.
¿Qué ha pasado?
Todo a su alrededor le parecía abstracto, irreal. Incluso deforme. Una brisa racheada le acariciaba la cara, como intentando que se sintiese mejor pese al hecho de sentir que las tripas le iban a reventar de un momento a otro.
En el interior de su cabeza, ruido blanco. Su mente era una radio sin sintonizar. No entendía nada. No recordaba nada: ni lo que había estado haciendo, ni qué día era. Lo que había sido de Álex últimamente permanecía borrado de su memoria. A todos los efectos, esa parte de su vida era una tabula rasa. La sensación era abrumadora y angustiosa.
Por fin, abrió los ojos. La información del exterior llegaba a ellos con extraña lentitud, y sin demasiado efecto: veía perfectamente, pero lo que veía no le decía gran cosa. Se encontraba tirado en posición fetal sobre un suelo de piedra de color cremoso. Tenía los miembros entumecidos, lo que le hizo preguntarse cuánto tiempo llevaba ahí.
Intentó incorporarse. Su cuerpo le pareció tan pesado que si alguien le hubiese demostrado que estaba forrado de hormigón armado, no habría tenido problema alguno para creerlo. Fue al llevar a cabo esta operación cuando se dio cuenta del lugar en el que se encontraba: estaba en una cornisa considerablemente estrecha, a varios metros de altura. No habría esperado algo así en la vida. La sorpresa le hizo trastabillar pero, de algún modo, sus reflejos reaccionaron con presteza y pudo agarrarse para mantener una posición segura. Sobreponerse a la impresión fue algo que requirió un buen rato. Más tardó aun en ponerse en pie. Cuando finalmente lo consiguió, el cuerpo le temblaba y la cabeza le daba vueltas, pero se sentía ligeramente mejor, gracias a la brisa que le seguía acariciando el rostro.

Echó un vistazo en todas direcciones, con la firme intención de arañar algún indicio que le indicase qué había pasado. Por qué estaba allí. Cualquier cosa que le avivase los recuerdos le vendría bien. Los edificios de alrededor le decían que se encontraba, sin lugar a dudas, en el centro de la ciudad. La torre de la Catedral era inconfundible entre los viejos edificios que rodeaban aquel tejado. Más al fondo podía ver el monte que coronaba la ciudad, con el castillo emplazado en su cima. A sus pies, la minúscula plaza que se abría y el laberinto de callejuelas peatonales que se ramificaban más allá de la verja que la cercaba le daban pistas para concretar su posición exacta. Se encontraba sobre el tejado de una de las iglesias del casco antiguo, no cabía duda. Si la memoria no le fallaba, a pocos metros de allí debía encontrarse el antiguo palacio en restauración que debía albergar un museo en breve.
Saber dónde estaba, decidió, era ligeramente alentador, pero seguía sin tener ni idea de lo que estaba haciendo allí arriba. Y seguía sin poder recordar nada de lo sucedido en…
¿Qué día es hoy?
Miró al cielo, como si éste tuviese la respuesta a sus dudas aunque, obviamente, era una esperanza vana. La esfera celeste le devolvió la mirada sin expresión alguna.
El mareo no había remitido. No llegaba a tener náuseas; era una sensación extraña, de estómago pesado y reseco, como haberse tragado un ovillo de lana. La cabeza le daba vueltas. Tomando la misma dosis de precaución que cuando se hubo levantado, intentó caminar a lo largo de la cornisa para buscar un modo de bajar de allí, pero todavía seguía muy débil. Su cuerpo se rindió tras apenas un par de metros de exploración. El temblor en las piernas le llevó a tambalearse, para caer de boca sobre la piedra. Tuvo suerte de no haber caído al vacío. Los más de veinte metros que calculaba que debía haber desde aquella cornisa hasta el suelo parecían demasiado para él.
Arrodillado en el suelo, tomó aire para tratar de relajarse; al hacerlo, prestó atención por primera vez a sus manos y se dio cuenta de la razón de su falta de equilibrio: las que tenía ante sí no eran las suyas, sino dos enormes zarpas difusas, dos gigantescas sombras que se apoyaban en la piedra.
Mierda. Igual que cuando la inundación.
Del mismo modo que sucediera aquella vez, unos meses atrás, seguía sin recordar nada, pero imágenes abstractas y subliminales empezaban a formarse en la parte trasera de su mente. No sabía lo que eran con mucha seguridad, pero su subconsciente albergaba la seguridad de que no eran nada agradables.
Así que por fin ha pasado.
El brazo izquierdo le dolía, especialmente en la mano. Era una especie de calambre frío y agudo que se clavaba en nervios y huesos. Observando el dedo anular, comprobó con angustia que aquella cosa seguía soldada a la falange. Lo que sospechaba que debía ser la razón de todo aquello despedía un brillo escarlata, incandescente y cargado de matices. Había algo antinatural, casi inteligente, en aquel destello que se grababa en la retina y se clavaba en la mente como un clavo al rojo vivo. Desde la primera vez que lo vio, Álex nunca supo explicar qué era, pero le atraía tanto como le repelía. Producía escalofríos.
Evitando abandonarse a toda una marea de pensamientos de desesperación, intentó pensar de un modo práctico. Acostumbrarse al cambio físico que aquel estado le causaba. Cuando por fin consiguió acomodarse a su nuevo centro de gravedad, consideró el siguiente paso a seguir: buscar el modo de bajar de allí.
Fueron minutos enteros que se arrastraron, en vano, mientras Álex forzaba a su cerebro para que trabajase. Estaba agotado, tanto física como mentalmente. No tenía ni la menor idea de lo que le había pasado, pero parecía haberle consumido casi todas sus fuerzas. Con gran pesar, se vio obligado a desistir en su búsqueda. Tan exhausto estaba que ni se molestó en dejarse atrapar por el miedo o la desesperación. En una situación como aquella, esos sentimientos trascendían y quedaban amortiguados por una sensación similar a tener el interior de la cabeza forrado de algodón.
Sara.
Victoria.
Pensó en ellas y se preguntó dónde estaban. ¿Qué había pasado? ¿Por qué no recordaba nada? Mientras se hacía estas preguntas, el miedo se le clavó en el alma. Tal vez no se acordaba de lo que había sucedido, o tal vez, no se sentía capaz de aceptar la respuesta.
No.
Por favor, que no sea eso.
Con la mente castigada por el miedo y la desesperación, se apoyó en la pared de la cornisa y cerró los ojos, como si al hacerlo pudiese salir de aquella pesadilla en la que estaba atrapado. Se sentía perdido. Necesitaba abandonarse al sueño, aunque fuese por un instante.
Mientras Álex trataba de relajar su mente, dejó de ser consciente en su alrededor. Poco a poco, la cabeza se le iba. Ese nexo que todos tenemos con el mundo a nuestro alrededor se desvanecía como el vapor mientras su cuerpo se hundía. Las piedras de la iglesia, sólidas hacía un minuto, empezaban a parecer hechas de fango. Y luego, de agua.
Mientras el frío se apoderaba de él, Álex se sumergía en la oscuridad.

El Padre Peñas acababa de cerrar la capilla a los feligreses tras la última misa y, tras haberse cambiado de ropa, estaba barriendo un poco el polvo. No le importaba hacerlo en persona. De hecho, le relajaba y le hacía sentirse en contacto con tareas mundanas, más allá de las espirituales que su condición como sacerdote le imponía. El interior del templo se encontraba tan silencioso y recogido como siempre. Durante la misa no había sido muy diferente. Cada año que pasaba iba notando más y más la escasez de afluencia de feligreses. En la actualidad, ya solo quedaba un puñado de personas mayores y algún penitente suelto. Peñas era comprensivo. Podía entenderlo. Las noticias que venían llegando últimamente de la Iglesia no eran nada favorecedoras. No estaba de acuerdo con muchas de las cosas que decía la Santa Sede, pero se veía obligado a acatarlas. Así pasaba: la fe cristiana, lo que él consideraba el verdadero espíritu del catolicismo, se venía a pique poco a poco. Ya quedaban pocos fieles de verdad: básicamente la gente que provenía de otra generación. De otra época en la que las cosas se veían de maneras diferentes. solo esos creyentes, y los fanáticos. Los que aportaban dinero a raudales, pero de los que no se fiaba un pelo. No le gustaba la gente que basaba una creencia de amor en el odio a los que pensaban diferente. Pero la ironía era que su dinero si contribuía a que la gente necesitada pasase menos necesidades. Al menos, así era en la parroquia que él gestionaba.
Enfrascado estaba con estas divagaciones, cuando oyó los pasos a sus espaldas. Oscar, el monaguillo, se acercaba a él, ya vestido de calle y guiando su bicicleta con la mano. Al sacerdote que había en la parroquia antes de que él asumiera su gestión ese gesto le parecía una ofensa. Una falta de respeto a la Casa del Señor. Peñas pensaba que a Dios no le importaría que un chaval guardase la bici en la sacristía. Seguramente, tenía cosas mejores en que pensar y sería más difícil que algún desalmado le robase al chico el modo que tenía de volver a casa.

- Me voy ya, padre.
- Muy bien, Óscar; yo me quedaré aquí terminando de barrer un poco y me marcho luego.
- Nos vemos mañana, entonces.

Abrió la portezuela de madera y Óscar y su bici salieron por ella para desaparecer más allá de la verja exterior, dejando a Peñas solo entre la tranquilidad de las sombras del templo. Era una iglesia neo-gótica, construida allá por 1920. La única de ese estilo en la ciudad. Arquitectónica y estéticamente una maravilla. Incluso en la oscuridad de la noche recién caída y con las luces apagadas, se podía disfrutar de la luz que inundaba la nave central gracias al gran rosetón que presidía la fachada.
A Peñas le gustaba el arte. No era un experto, pero conocía la intención con la que esas cosas se hacían. Aquel diseño correspondía a una época en que la Iglesia consideró que el templo no debía ser un lugar oscuro y angosto, sino estilizado y lleno de luz. La Luz de Dios, que debía contagiarse en los fieles. Las pesadas piedras de antaño dieron lugar a ojivas y naves estilizadas. Las torres cuadradas, a agujas que se elevaban al mismísimo Cielo como dedos de piedra con la intención de tocarlo. Los ventanucos, a coloridas vidrieras de cristal. Ese tipo de arte, por supuesto, jamás se dio en la ciudad en un primer momento; hubo que esperar siglos, hasta que las antiguas corrientes artísticas volvieran a ponerse de moda. Y aun así, aquella iglesia seguía siendo especial. No había otra igual.
Tras aquellas reflexiones artísticas que solía hacer cada vez que se dedicaba a admirar el interior de la capilla, Peñas se acercó a la sacristía a coger sus cosas. Fue entonces cuando oyó un golpe sordo proveniente de una de las naves laterales. Si no tuviese sentido común, le habría parecido que alguien arrojaba un fardo pesado desde varios metros de altura.
No era la primera vez que algún vagabundo había intentado colársele en la parroquia. Lo que hacían normalmente era esconderse en algún confesionario durante la misa. Generalmente no suponían ningún peligro… la mayoría solo pedían un poco de comida, o dinero. Otros, solo un sitio caliente para resguardarse.
El sacerdote caminó en dirección al lugar donde había oído el ruido. Anduvo durante un rato, sin éxito. Pese a la luz del exterior que caía a través del rosetón, no se había fijado en la cantidad de sombras que albergaban las naves laterales. Era fácil esconderse allí.

Una voz emitió un gemido lastimero a pocos metros de él. Sonaba profunda, y algo le dijo que no precisamente debido al eco de la capilla. Aquel extraño efecto de sonido le heló la sangre, pero no dejó que eso le detuviese.
Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio”.
La voz volvió a quejarse de nuevo, ahora con mayor claridad que antes. Aunque su timbre podía sonar aterrador, pudo comprobar que tenía un deje triste. Aquél que allí había ido a parar estaba sufriendo.

- ¿Quién anda ahí?
Como toda respuesta, un nuevo gemido.
- Ahhh...aaa...yuuu...da...- la voz, mucho más clara y definida ahora, era gutural y cavernosa. Escalofriante.
Aunque camine por el valle de las sombras, ningún mal temeré...”
- Sí, sí, te ayudaré… pero, ¿dónde estás? ¡No puedo verte!

Algo se movió justo a su izquierda. Oculta por las sombras proyectadas por la columna y la pared, se movió algo de enorme tamaño, como un bulto más oscuro que la oscuridad misma que se acurrucaba frente al sacerdote. Una sombra, en el estricto sentido de la palabra. Dibujaba la silueta de un hombre de excepcional altura, ancho de hombros y cubierto por un manto y una capucha. Al verlo, a Peñas le vino a la cabeza la imagen de un sudario, similar a las imágenes que había visto una y mil veces de los leprosos que acudían a Cristo. Pero, a diferencia de éstos, había algo sobrenatural en aquella figura envuelta en sombras. Bajo la capucha, brillaban dos ojos blancos, igual que los de un gato en mitad de la noche. Aunque sin pupilas, tenían una expresión de dolor y agonía. La prueba a la que Dios había sometido a aquella criatura, decidió Peñas, debía ser de las realmente difíciles.

- ¿Qué... qué puedo hacer por ti?
- Necesito... necesito un teléfono- la sombra vomitaba las palabras, más que pronunciarlas. No podía verlo desde allí, pero era muy probable que estuviese herido-. Tengo que saber si están bien...
- ¿Quiénes?

La sombra se apoyó contra la columna. Desde aquel ángulo, el sacerdote calculó que debía medir casi dos metros. Para tener un tamaño tan enorme, se encontraba realmente débil. Estaba temblando y apenas sí podía sostenerse en pie.

- Déjame que te ayude a levantarte, muchacho- dijo Peñas, pero cuando fue a acercarse a la criatura, hubo algo que le hizo pensarlo mejor. Bajo el manto negro, vislumbró el brillo de algo rojo e intenso. La figura se agarraba con fuerza lo que debía ser su brazo izquierdo; ese brillo se encontraba precisamente al final del brazo, aunque el manto ocultaba qué era aquello tan brillante. Algo en su interior le dijo que aquel brillo tenía algo maligno, aunque no supo explicarlo.
- No- la figura volvió a hablar. A medida que le oía más veces, podía advertir que su voz temblaba tanto como su cuerpo-… no recuerdo nada de lo que ha pasado en… no sé cuánto tiempo ¿Qué día es hoy, padre?
- ¿Hoy? Hoy es Lunes.
- ¿Lunes?

Mierda.
Aquella respuesta le sentó a Álex como una bofetada. Había perdido casi dos días de su vida. Lo que había estado haciendo, o dónde había estado, eran un misterio.
Así que por fin ha pasado. Ya he perdido la cabeza. ¿En qué me he convertido?

- Sí, pero... ¿Sabrías decirme qué es lo que te ha pasado?… ¿qué es lo último que recuerdas?
- Recuerdo…- cerró los ojos y los recuerdos por fin fluyeron. Imágenes fantasmagóricas, flashes relampagueantes, se le clavaron en el cráneo causándole dolor tras los globos oculares. Ideas abstractas sobre un duelo mental contra algo horrible le inundaron la memoria, reptando en ellos con viscosidad, como si fueran anguilas. Una sensación de horror le invadió. Minutos antes, le había angustiado la falta de memoria; ahora, estaba seguro de que era mejor no recordar- no, padre… no quiero hablar de eso. Por favor, busque un teléfono. Necesito ayuda.
Pequeño gilipollas. NADIE puede ayudarte.
- Claro- respondió el sacerdote-. Tengo mi teléfono en la sacristía. Dame un minuto y voy por...- de pronto, algo llamó la atención en el rabillo del ojo del sacerdote. A las espaldas de la sombra, a su izquierda, se levantaba la capilla lateral dedicada a Nuestro Señor del Sagrado Corazón. La imagen, iluminada por un reflector halógeno situado a los pies de ésta, representaba a un Jesús con una túnica abierta a la altura del pecho, mostrando un corazón rodeado por una corona de espinas. Lo que le llamó la atención de la talla fue que ésta estaba llorando: podía ver claramente el brillo de las lágrimas iluminado por el reflector. Pese a lo que obviamente catalogaba como “milagro”, el sacerdote no dejo de prestar atención a su extraño visitante, que había quedado en silencio, y ahora comenzaba a temblar.
Odio a los curas.
El dolor de estómago se hizo más intenso.
No. Déjale.
Algo se estaba revolviendo en su interior. Se debatía en su estómago. Se retorcía como una lombriz. Era un dolor insoportable.
Odio a los putos curas. Tú también los odias. Venga, vamos a cargárnoslo. Será divertido.
Su brazo ya no le pertenecía.
Curas de mierda. Malditos maricas follaniños. Y las monjas, ¿te acuerdas de ellas? Malditas monjas asquerosas. Zorras reprimidas. Vamos a matar a este hijoputa.
- Padre…
Y rajar y cortar, y rajar de nuevo...
- Dime, hijo mío.
...Vamos a hacer que llame a su Dios...
- Salga de aquí ahora mismo…
... Me encanta cuando suplican. Cuando lo hacen suena tan patético que dan ganas de seguir cortando.
- ¿Cómo dices?
... Y haré que a ti te encante. Igual que lo del Sábado. Tú y yo nos lo pasamos en grande, aunque no quieras reconocerlo.
- Que salga… no sé cuanto tiempo voy a poder contenerlo.
¿Contenerme? ¿A mí? ¿Estás de broma?
La risa en su interior era fría, cruel y cargada de maldad. Al oírla, el corazón de Álex se desbocó. Por debajo del manto de sombras que le cubría el rostro, se sintió palidecer. Un sudor frío le recorrió la espalda.
- ¿Contener? ¿Contener qué?
- ¡HE DICHO QUE SALGA DE AQUÍ, JODER!

Con un grito agónico, la figura cayó de bruces al suelo y, dando espasmos, empezó a debatirse sobre sí misma. El sacerdote, al ver aquello, echó a correr en dirección a la puerta más cercana: la de la nave principal. A su espalda, oía gruñidos, rugidos y toda clase de gritos humanos y no humanos. Finalmente, un alarido dio paso al más absoluto silencio.
Peñas había olvidado que, cuando Óscar se marchó, ya había cerrado la puerta. Ahora descubrió que tendría que rodear a su visitante, atravesar la capilla entera y llegar hasta la sacristía, donde se encontraba la otra puerta.
La sombra se levantó, poniéndose esta vez en pie. Sus movimientos ahora no denotaban debilidad: se movía grácilmente. Echó a caminar, despacio y despreocupadamente. Del interior de la capucha, bajo la cual no brillaban ojos ahora, emergió una risa burbujeante. Luego, un sonido silbante, como si se quejase de un escozor, y echó a reír otra vez.
A su paso, la capa negra se alzaba y se movía como si tuviese vida propia. A sus pies, las baldosas se ennegrecían.

El Padre Peñas, totalmente presa del pánico se maldecía a sí mismo por abandonar la Casa de Dios ante una criatura poseída por el Demonio… pero un terror irracional se había apoderado de él y se sentía incapaz de tomar la determinación de expulsar a aquel monstruo. En aquel momento, lo que estaba haciendo era intentar huir de allí.
Mientras buscaba las llaves del portón, notó como algo pesado y muy frío le aferraba el hombro. Aquel ser tenía una fuerza sobrehumana; con muy poco esfuerzo, le dio la vuelta y le lanzó al suelo. Se estrelló contra éste con tal violencia que no fue capaz de moverse.
Peñas tenía ante sí a un gigante embozado de negro, encapuchado y con el rostro completamente envuelto en sombras. Alzó su mano izquierda hacia él, y pudo ver por fin de dónde provenía aquel brillo rojizo. Casi hipnotizado por él, apenas percibió aquella garra, aferrarle por el pecho y levantarle en peso con pasmosa facilidad. Lo atrajo ante sí, quedando su rostro muy cerca del de la criatura. Del interior de la capucha emergió una voz, profunda, gutural, que helaba la sangre. Si los muertos tuviesen voz, ésta sería lo más parecido.

- Hola- fue todo cuanto le dijo. El tono sonaba sardónico, incluso festivo. Al sacerdote le pareció un anticipo de lo peor. 
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.
Estas fueron las últimas palabras que al padre Peñas le dio tiempo a formular en el interior de su cabeza. Mientras, su visitante, reía. El sonido era tan macabro que le recordó más a otro sonido que a una risa.
Le recordó al sonido que hacen los huesos al romperse.


©Javier Durán Valdeiglesias, 2008

miércoles, 11 de mayo de 2011

El Gusano Interior, por Javier Durán: Acto I, capítulo 3



A lo lejos, sonaba un zumbido, monótono y monocorde.
Por un momento, pareció haberse detenido.
Pero volvió a sonar… de algún modo, sonaba más cercano…

- ¡Mierda!- exclamó Victoria débilmente, mientras se incorporaba. Se había quedado dormida, con la cabeza apoyada sobre la mesa del salón. Durante dos días había estado luchando contra el sueño, trabajando sin parar, investigando en sus libros, sin resultado. Y, cuando menos lo había esperado, el cansancio y el sueño pudieron con ella.
El portero sonó una vez más. Maldiciéndolo para sus adentros primero, y luego a viva voz, se levantó como pudo, con un dolor terrible en la espalda causado por la mala postura que había cogido al haberse quedado dormida mientras estudiaba. Al ponerse en pie, descubrió que las piernas se le habían entumecido. De hecho, su pie derecho estaba prácticamente dormido, así que caminó cojeando. Verla moverse era lo más parecido a una marioneta a la que le habían cortado un par de cuerdas, pero su titiritero seguía tirando de las que quedaban.
Estoy hecha un puto desastre.

- ¿Sí?- respondió. Al hablar, descubrió también que sentía unas punzadas de dolor en las sienes. Una jaqueca en toda regla se avecinaba con la firme intención de instalarse en su cabeza. Genial. Como si las cosas no estuvieran ya lo suficientemente jodidas.
- Victoria, somos nosotros, abre- rogó una voz femenina de tono agridulce al otro lado del portero electrónico. Automáticamente, la chica presionó el botón que abría la puerta del portal, colgó el comunicador y se dirigió a la cocina a por algo de café. Por el camino, se frotaba los ojos, que comenzaban a palpitarle pesadamente bajo los párpados.
¿Por qué puñetas nadie llama antes de venir a mi casa?, pensó. Esto no era cierto, pero no pudo evitar que ese pensamiento se le colase a hurtadillas, de un modo similar al dolor de cabeza. Se sentía malhumorada debido al cansancio, y a la vez desorientada: no tenía ni la menor idea de qué hora era. Una vez en la cocina, vio en el reloj de pared que eran las ocho y cuarto de la tarde. Lo último que recordaba era que Susana, su compañera de piso, le había dicho antes de irse que tenía que comer algo. A partir de ahí, un montón de diagramas, frases crípticas y nombres aún más extraños que danzaron por su mente. Y luego, la negritud del sueño sin sueño.

Victoria vivía con Susana en un piso de alquiler, en un barrio cercano a la estación de tren, prácticamente en el centro de la ciudad. Era una vivienda modesta de dos habitaciones, algo antigua y no demasiado grande, pero muy asequible de precio, para lo bien conectado que estaba con todo. La decoración había sido impersonal al principio, como solía ser frecuente, pero ambas se habían esforzado en humanizarla hasta conseguir que aquello pareciese un hogar. Habían hecho un buen trabajo.

El timbre de la puerta sonó poco después. Con movimientos aún torpes y totalmente carentes de gracia o estilo, Victoria abrió la puerta y recibió a sus invitados.
La dueña de la voz agridulce era Sara, su mejor amiga. La quería tanto que era para ella casi como la hermana que siempre le habría gustado tener. Se habían conocido unos años atrás, cuando estudiaban en la Universidad; conectaron casi inmediatamente y, prácticamente desde entonces, se habían hecho inseparables. Ésta, además, salía con el hermano de Victoria, lo que implicaba que la relación entre ellas fuese incluso más estrecha, si cabía. El hombre en silla de ruedas que venía con ella, un octogenario de aspecto frágil y entrañable, era el abuelo materno de Sara, Marcos Avellaneda. Doctor en Historia Antigua, antaño había ejercido como profesor universitario; tras su jubilación, se había dedicado a investigar con mayor profundidad en el mundo de lo oculto, que le había apasionado desde siempre.
Nada más verse, ambas amigas se fundieron en un abrazo fraterno. Ambas lo necesitaban.

- Tienes mala cara- dijo Avellaneda, tocándole las mejillas con amabilidad cuando Victoria le dio un beso a modo de saludo- Espero que no hayamos venido en mal momento.
- Ehh… no- respondió Victoria. Pese a la jaqueca y al haberse levantado de sopetón, era totalmente cierto. Les necesitaba allí-… es que me he quedado dormida.
- Te hemos estado llamando- dijo Sara, mientras acercaba a su abuelo a la mesa baja del salón-, pero tenías el teléfono apagado.
- ¿Sí?- dijo Victoria, aún aturdida. Se acercó a la mesa sobre la que había estado durmiendo, una ordenada metrópolis de folios y libros coronada por su ordenador portátil, ahora apagado. En una de las calles de aquella ciudad de papel en miniatura encontró su móvil y descubrió que el aparato, efectivamente, se había quedado sin batería. Con la misma manera de proceder que un autómata, lo puso a cargar y regresó a la cocina, dejando que sus invitados se acomodasen como quisiesen- Estoy haciendo café, ¿queréis un poco?
- No, gracias- respondieron los dos.
- Dime- preguntó Avellaneda una vez volvió al salón con una taza caliente en la mano- ¿has averiguado algo?
- Me temo que nada- admitió Victoria. No era necesariamente una experta en la materia, pero a lo largo de los últimos años también había desarrollado un cierto interés por los fenómenos paranormales y el mundo de lo oculto. A diferencia de lo que le sucedía al doctor, su afán por investigar esas cosas no era una ocupación que tuviese como entretenimiento para vaciar las horas muertas. Tenía sus propios motivos-. Mis libros no son malos, pero me parece que esto se me escapa. ¿Qué tal…?- en ese momento, Victoria reparó que estaba hablando solo con él: Sara estaba físicamente mirando por la ventana, pero mentalmente se hallaba lejos de allí- ¿Qué tal vosotros?
- Precisamente por eso hemos venido. Hemos estado echando una mirada por los sótanos de las bibliotecas de media universidad, investigando libros que ni siquiera se encuentran en el catálogo oficial. Y bueno, creo que hemos podido encontrar algo.

Avellaneda abrió una cartera de cuero que tenía en el regazo en la cual Victoria no había reparado hasta ese momento. De ella sacó un cuaderno con algunas anotaciones y decenas de referencias de biblioteca. Podía reconocer a la perfección la letra de médico del anciano y la caligrafía pulcra y redondeada de su amiga. En un breve vistazo a las hojas, distinguió códigos de bibliotecas de al menos tres facultades distintas, incluido el mastodonte arquitectónico de la Biblioteca General. Fue incapaz de hacerse una idea del número de horas que tuvieron que emplear en mirar todos esos libros.

- Hemos estado también en el depósito de la Facultad de Medicina y hemos revisado la colección de libros de ocultismo que tienen allí- indicó Avellaneda mientras Victoria pasaba los ojos, sin prestar demasiada atención, sobre algunos de los títulos que había anotados en la lista. Para alguien que no estuviese muy versado en la materia, aquel comentario acerca de una facultad tan supuestamente científica como la de Medicina debía resultar a todas luces absurdo. Sin embargo, cualquiera que tuviese un mínimo conocimiento, sabía que la colección de libros antiguos sobre Ciencias Ocultas que allí se encontraba había sido la donación de la biblioteca personal de alguien cuya esposa era una ferviente estudiosa del tema.
- ¿Y cómo ha ido el tema?
- Bueno, no querría echar las campanas al vuelo, pero me gustaría pensar que hemos dado con algo interesante.
- ¿Entonces se trata de...?- Victoria miró de reojo hacia su amiga, y luego se volvió a dirigir a Avellaneda en un tono bastante más bajo-... ¿De lo que habíamos pensado al principio?
- Todavía tengo mis dudas de que lo que haya sucedido a tu hermano tenga que ver con el Demonio, Victoria.
- Tú eres el experto, Marcos- aquella frase le había sonado muchísimo menos impertinente en su cabeza que cuando la hubo pronunciado. La jaqueca le estaba pasando factura y ni el café la iba a ayudar. Mientras mantenía aquella conversación, consideró durante una fracción de segundo lo mucho que necesitaba una aspirina.
- Bueno- respondió éste, pasando por alto lo desagradable que había sonado aquella respuesta y se centró más en su falta de seguridad al respecto-, no es más que una teoría, claro... todavía no he tenido oportunidad de comprobarlo...
- En realidad, Marcos, preferiría centrarme en saber cómo podemos salvar a mi hermano, antes que preguntarme quién es el responsable.
- Bueno, entiendo tu postura- respondió el doctor respetuosamente-, y entiendo que estés desesperada, como todos... pero mucho me temo que para encontrar la solución al problema, antes tendremos que dar con la causa, ¿no estás de acuerdo conmigo?

El orgullo de Victoria había tenido días mejores; concretamente, en ese instante, acababa de recibir la patada en el culo más grande que su dueña era capaz de recordar en mucho tiempo. Avellaneda tenía toda la razón del mundo. El pobre anciano inválido intentando ayudar, investigando para dar con la más mínima cosa que pudiese salvar a su hermano, y allí estaba ella echándolo todo por tierra, igual que si fuera una niñata de quince años. Abrumada por la vergüenza, suspiró. Ella y su maldito temperamento. Aquella lengua que no se podía estar quietecita, ni en los momentos en que mejor se estaba callada y escuchaba, para variar. Se sentía como una perfecta imbécil.

- Creo que será mejor que empieces desde el principio- meneó la cabeza, sentándose en el sofá y procurando empezar la conversación desde cero. Le dio un sorbo al café, con la esperanza de que fuese un elixir mágico que la sacase de aquella pesadilla de mierda en la que su vida se había convertido en los últimos días.
- Sí… a ver, ¿estás familiarizada con el término Egrégora?
- Claro, es… es una especie de… campo de energía negativa, ¿no?
- Algo parecido; según piensan algunos ocultistas, cada vez que tenemos deseos destructivos, alimentamos a las Egrégoras, ayudándolas a que se hagan más fuertes. Otros piensan que alguien que se vale de artes ocultas puede invocarlas para llevar a cabo cualquier tarea. En cualquier caso, parecen ir muy ligadas a las emociones.
- ¿Y crees que...?
- Bueno, no me siento del todo seguro para formar un juicio definitivo, pero creo que es muy posible que una de estas criaturas haya sido la responsable de lo que le ha sucedido a tu hermano.
- Supongamos por un momento que es eso, Marcos. Que es una Egrégora. ¿Podríamos ayudar a mi hermano sin hacerle daño?
Avellaneda caviló durante unos momentos, considerando la seriedad de la pregunta.
- Para ser honesto, no te lo sé decir con seguridad, Victoria. Pero hay una cosa que sí sé con seguridad al respecto. Pese a lo que le ha pasado a tu hermano, haría falta mucho más que eso para alterar la esencia vital de un ser humano. Si esa esencia... lo que podríamos llamar su alma, no se ha visto afectada, debería haber esperanzas.

Al igual que hiciera Avellaneda tan solo unos segundos atrás cuando ella hablaba, Victoria escuchó cada palabra, repasándola mentalmente. Pese a no ser nada seguro lo que el viejo doctor le decía, era cierto que era levemente esperanzador en mitad del caos en que su vida, la de su hermano y la de la pobre Sara, se habían convertido. En momentos así, o se aferraba a un clavo ardiendo o se volvía loca. Qué remedio.

- Si lo que dices es verdad, Marcos, ya solo me queda una pregunta por hacerte: con esa información que has descubierto... ¿es posible que hayas podido encontrar algún indicio de dónde podría estar mi hermano?
Avellaneda guardó silencio y bajó la cabeza. Luego, la sacudió.
- Esto es todo… cuanto hemos podido averiguar al respecto.

Victoria se tapó la boca con la mano, conteniéndose para no gritar de pura desesperación. Acto seguido, oyó un sollozo ahogado en la ventana. Sara seguía allí, de pie, con los brazos cruzados, encogida y temblando. Miró al anciano durante un segundo y éste asintió con la cabeza.

Sara. Su mejor amiga. Prácticamente su hermana. La pobre Sara, con la que había compartido mil y una intimidades, mil y una locuras. Mil y una risas. Verla tan destrozada ahora era algo descorazonador. No le salían las palabras de consuelo o de aliento. No sabía qué decirle.
Aunque Victoria lo estaba pasando mal, puesto que todo aquel asunto giraba en torno a su hermano, estaba segura de que Sara debía estar llevándolo incluso peor. Conociéndola como la conocía, no podía hacerse una idea clara del calvario que suponía todo aquello para ella, ya que había sido la última persona en ver a Álex, a eso, justo antes de desaparecer. Lo único que pudo relatar a Victoria de aquel espantoso episodio fue el modo en que aquella cosa la miró. Entre sollozos, al borde de la histeria, solo alcanzó a decir que jamás había visto tanto odio y desprecio en los ojos de nadie en toda su vida. Cuando alguien a quien consideras que es todo para ti, alguien con quien has compartido algunas de las cosas más especiales de tu vida, te mira de esa manera, convertido en algo irreconocible, te rompe el corazón. Una parte de Victoria, de un modo egoista, casi se alegraba de no haber sido ella la que lo hubiese presenciado. Ella misma no sabría cómo habría reaccionado.
Por algún motivo, mientras pensaba en esto, a Victoria le vino el recuerdo de aquella vez que Sara le confesó, roja como una amapola y feliz como una niña, que jamás había estado con nadie antes que con su hermano. Álex no solo ha sido el primero, le había dicho, llena de emoción. No creo que encuentre a nadie mejor en mi vida. ¿Podría existir alguien más especial para ella que su hermano?
Allí estaba, ahora una sombra de lo que había sido, nada que ver con aquel recuerdo. Mirando por la ventana, pensando en él, dondequiera que estuviese.
Se dirigió hacia ella y la abrazó, como solo una amiga del alma podría hacer.

- Le hemos perdido, Victoria- dijo, con la voz rota. Toda la dulzura o la alegría que la hubiera caracterizado en otro momento, brillaban por su ausencia. Su tono era ahora amargo, lúgubre-. Le hemos perdido.

Sin decir nada, dejó que su amiga hundiese el rostro bajo su hombro mientras, con ternura, le daba un beso en la cabeza para indicarle que estaba ahí, junto a ella. Que no la dejaría en la estacada. Era lo mejor que se veía capaz de hacer, puesto que las palabras seguían sin salirle de la garganta. Era frustrante. Toda su vida la habían visto como un referente. Desde siempre, Victoria había apoyado a todo el mundo, había aconsejado y, modestia aparte, no se le había dado mal. Ahora, sin embargo, cualquier cosa que se le pasase por la cabeza decir le sonaba vacía, ridícula. Como una promesa vana.
Tras todos aquellos años en los que había sido capaz de ayudar a tanta gente, ahora se veía obligada a hacer una cura de humildad. Con todo el dolor de su corazón, se veía obligada a admitir que no tenía todas las respuestas. Que no encontraba la solución al problema.
En resumen, Victoria se sentía el mayor de los fraudes.



©Javier Durán Valdeiglesias, 2008

lunes, 2 de mayo de 2011

El Gusano Interior, por Javier Durán: Acto I, capítulo 2



Villares se encontraba de pie, observando el anochecer en el cielo a través de los ventanales de su despacho. A varios kilómetros de allí, en el horizonte, podía verse el halo fantasmal que la ciudad, invisible tras las colinas, comenzaba a proyectar. A su espalda, su oficina ofrecía un aspecto fúnebre: la decoración, grisácea y minimalista, era tan sobria que parecía atrapar el tiempo entre sus cuatro paredes. La luz, indirecta y suave, otorgaba una atmósfera que invitaba al silencio.
Una mirada de inquietud comenzaba a dibujársele por momentos en el rostro maduro. Algo poco común, viniendo de un hombre de negocios implacable, conocido por su sagacidad y su frialdad a la hora de llevar a cabo todas sus gestiones. Era esa frialdad la que había llevado a su Corporación a la cima del país y parte del extranjero. Pero ahora esa actitud, que le había convertido en un hombre tan respetado como temido, comenzaba a agrietarse como un bloque de hielo.
Consultó su reloj. Faltaban unos segundos para las ocho. Estaba perfectamente sincronizado con el horario nacional. Para Villares, la precisión era más que importante: era fundamental. De este modo, al tiempo que él otorgaba precisión, también la exigía. Según él, era el único modo de que las cosas funcionasen correctamente. Y había sido así, de hecho, hasta hacía solamente unos días.
Apenas hubo sonado el timbre que indicaba que por fin habían dado las ocho, llamaron a la puerta, sacándole de sus elucubraciones. Se trataba de su secretario, que había sido citado a la hora en punto. Venía acompañado de algunos miembros de su consejo administrativo de confianza: un segundo hombre y dos mujeres. Todos con la misma pulcritud, con un paso casi unísono. Con el paso de los años, todos sus empleados habían adquirido la precisión y la seriedad que exigía. Los había educado bien.
Los miró a todos a los ojos, analizando la mirada de cada uno de ellos; en respuesta, sus empleados bajaron la vista tras unos segundos. solo las dos mujeres fueron capaces de resistirla un poco más. Los hombres de negocios, pensaba Villares, habían olvidado aquel viejo arte, el de reconocer lo que su interlocutor pensaba. Así les iba: ninguna otra empresa era competencia. De esta manera, Corvus, que había empezado siendo una fábrica industrial más hacía solo unas décadas, expandió sus horizontes. Compró todas las empresas importantes que se le interpusieron; abrió otras nuevas, que se convirtieron en auténticos éxitos y se ramificó hasta tal punto que pasó a ser, no el gigante corporativo más importante del país, sino prácticamente el único. Sumado a eso, el crecimiento de un mundo cada vez más globalizado, donde las multinacionales y las grandes empresas cobraban poder gracias a las políticas económicas de los gobiernos occidentales y asiáticos, solo sirvió para allanar el terreno a Corvus y ponérselo más y más fácil. Era por ello que todo el mundo la conocía ya como La Corporación.

- Señor Robles- con estas dos palabras, que sonaron más contundentes y firmes que la sentencia del juez más severo, dio la palabra a su secretario. Los ojos de Villares no se fijaban en él; se clavaban en los de su interlocutor como dos puñales.
No dijo nada más, ni falta que le hizo. No lo consideraba necesario, cuando con una mirada era capaz de decirlo todo: estaba esperando que éste le informase inmediatamente. Para eso estaba allí. Él y los demás.

Robles permaneció en silencio apenas unos segundos, ordenando de una forma estéticamente aceptable sus pensamientos, mientras hacía el terrible esfuerzo de soportar aquellos ojos que le analizaban, quemándole como dos carbones encendidos. Era un ejecutivo de unos cuarenta y pocos años, ambicioso y muy eficiente. Poseía un don de la diplomacia inusual, que le había convertido en un portavoz esencial para la Corporación. Al mismo tiempo, era muy hábil para conocer los puntos débiles de los demás y aprovecharlos en su propio beneficio, lo que le había servido para eliminar a todos sus competidores y escalar puestos el doble de rápido que cualquier otro. Si su mentor se podía comparar con un león viejo, éste se parecía más a un tiburón.

- Hemos- carraspeó, sin poder contener los nervios. Por muy buen ejecutivo que se fuese, por mucho hielo que corriese en la sangre, hablar ante Villares era algo difícil. El más mínimo desliz, una palabra mal escogida o a destiempo, y uno podría verse envuelto en problemas considerablemente serios-... hemos conseguido los resultados del Departamento de Investigación. Los resultados que Herrera y Sanz- señaló a las dos mujeres a su espalda, mientras dejaba los informes sobre la mesa. El símbolo del Cuervo de alas abiertas encabezaba los membretes de todos los folios- han obtenido son… lamento decirlo… lo que habíamos estado temiendo estos últimos meses, desde la... aparición del fenómeno y más concretamente, desde los últimos días. Según sus sondeos, está fuera de control.

Había algo en aquellas dos mujeres que inquietaba y enfermaba a Robles a partes iguales. No el hecho de que fuesen lesbianas, por supuesto. Había conocido de todo en la Corporación y sabía que la tendencia sexual de una persona no la hacía más fácil ni más difícil de apartarla de su camino hacia la cima. Para él, eso tenía tanto interés como el hecho de que tuviesen el pelo rubio. No, lo que le repugnaba de ellas era algo mucho más profundo, más insondable. Ambas tenían la expresividad de muñecas de cera pero, tras esos rostros hieráticos se escondía un brillo que insinuaba algo peor, mucho peor. Le daban escalofríos. Éstas, por su parte, parecían demostrar que disfrutaban causándole esa impresión. No era la primera vez que las veía observarle y luego mirarse entre ellas esbozando una leve media sonrisa, como si les pareciese un animal de feria. Algo muy divertido que no les llegaba ni a la suela de los zapatos. Eran odiosas.

Villares sopesaba las palabras al tiempo que pasaba los ojos sobre los informes, probablemente sin leer nada en concreto, solo tomando la idea general. Por primera vez en su vida, que sus empleados supiesen, agachó la cabeza. Toda la habitación pareció oscurecerse por un momento y el silenció llenó el aire. Nadie dijo nada, en parte por diplomacia, y en parte porque nunca había visto aquella actitud en su superior.
Por fin, tras aquellos cinco segundos que parecieron interminables, levantó nuevamente la vista, clavándola en la de Robles. Los demás no existían. El despacho no existía. El mundo no existía. solo existían aquellos ojos que se le clavaban en el alma. No fue de extrañar que éste sintiese una punzada que le recorría la columna en todas direcciones y se le erizasen los vellos de la nuca.

- Fuera de control- repitió. Cada palabra sonaba como un mazo en el estómago del secretario-. Y, dígame, señor Robles, ¿hay algo en estos informes que nos indique qué posibilidades tenemos de solucionar esta crisis?
- Sí, señor- no había nada que supusiera mayor alivio que dar buenas noticias a su superior en situaciones como ella. Era como demostrar ser inocente de herejía ante un Tribunal de la Inquisición.
Como toda respuesta, Villares meneó la cabeza de modo condescendiente. Era su manera de decir “Estoy esperando, así que no haga perder mi tiempo con pausas absurdas”.
- Como podrá comprobar en el informe, Herrera y Sanz han apuntado que el sujeto puede ser contenido por medio de...
Podía haber sido un buen discurso el que Robles estaba a punto de pronunciar. Se sentía inspirado y las palabras, poco a poco, empezaban a fluir en su cabeza. Es más, podría haber sido un discurso magnífico si el presidente de la Corporación no hubiese levantado la mano para decirle que se callase. Que no quería oir lo que tenía que decir. Que no estaba para tonterías. Todo eso con aquel simple gesto.
La firmeza de la negativa, pese a no haberse emitido con palabras, desarmó los argumentos de Robles como si le hubiese azotado con una fusta. Fue al atreverse a mirarle a la cara cuando descubrió algo en Villares que jamás habría esperado en él: en su frente comenzaba a dibujarse el brillo de una delgada capa de sudor. El hielo, por primera vez, parecía que empezaba a fundirse.
- ¿Perdón?- la voz del secretario empezaba a temblar. Nunca había tenido que decirle algo así a su superior. Así de preciso había sido hasta el momento.
- No quiero frenarlo.
Robles se quedó sin palabras.
- No estamos hablando de contener ni de frenar, señor Robles. Ni siquiera de neutralizar. Creo que ya tiene muy claras cuáles son nuestras intenciones al respecto, y consideraría una terrible pérdida de tiempo darle explicaciones acerca de algo que usted... que todos- los demás por fin parecieron existir ante la augusta presencia de Villares, que paseó su mirada fugazmente sobre ellos- saben perfectamente cómo hacer.
El tiempo se congeló nuevamente durante algunas fracciones de segundo cuando, Villares, apenas hubo terminado de hablar, volvió sus ojos hacia el tercer hombre que allí se encontraba. Robles, en ese momento, dejó de existir por un momento y una sensación de alivio le recorrió los hombros como una manta.
- ¿Tiene algo que decir al respecto, señor Sierra?- el tono de voz no era el de una pregunta. Con solo haberle visto, el hombre a la cabeza de la Corporación sabía que la respuesta era afirmativa. También supo que el ejecutivo que tenía delante no tenía ni la más mínima intención de expresar abiertamente su opinión. Ni una cosa ni otra le impidió a Villares sacarle de su momentánea invisibilidad.

Sierra era otro de los grandes ejecutivos de la Corporación. A diferencia de Robles, su valía se debía más a su cerebro para las gestiones que a otra cosa. Sin embargo, Villares había notado últimamente que su lealtad se encontraba dividida entre él y su ética personal. Había llegado el momento, pensó, de que su posible Judas revelase sus verdaderos colores delante de los demás. Por eso le había traído allí.
- Espero su respuesta, señor Sierra.
- Pues- el hombre titubeaba al hablar de un modo patético y lamentable. Desde luego, no era Robles. No tenía la entereza de éste ni por asomo-... verá... es que estoy escuchando todo esto y no puedo evitar pensar en la ilegalidad del asunto. Nuestra Corporación se ha esforzado desde siempre por mantener una imagen de honradez ante los medios. Su política empresarial es intachable... y personalmente, no creo que mancharnos las manos en este asunto vaya a resultarnos beneficioso en absoluto.

Al oír aquellas palabras, Robles no pudo evitar reírse para sus adentros. ¿Cómo se podía ser tan tristemente ingenuo en un sitio como la Corporación? ¿De verdad se creía aquella sarta de imbecilidades que acababa de soltar? ¿Honradez? ¿Política empresarial intachable? Estaba claro que aquel tipo no era más que un contable venido a más. De lo contrario, no habría abierto la boca. Ni siquiera se le habría pasado por la cabeza aquel discurso de parvulario. Y no era el único en considerar ridícula aquella postura. Incluso sin mirar a sus compañeras, podía ver perfectamente que Herrera y Sanz se estaban partiendo de la risa bajo aquellas máscaras de cera.
Villares, sin embargo, no se reía.
El silencio que se hizo a continuación fue sencillamente insoportable. Se estaba cuestionando abiertamente una decisión tomada por el propio presidente de la Corporación. Para ello, solo se podía ser dos cosas: muy valiente o muy imbécil. Robles no tuvo duda a la hora de elegir entre ambas opciones.

- Señor Sierra, creo que no es necesario entrar en el tema de lo que nos estamos jugando actualmente- el ejecutivo agachó la cabeza, recordando la imagen de un alumno reprendido por un maestro severo de antaño, aquella época en la que la autoridad estaba bien presente en las aulas-. No me apetece en lo más mínimo ponerme a discutir con usted sobre la legalidad de nuestras operaciones, ni sobre lo “intachable” que es realmente nuestra política empresarial. Lo que sí me gustaría dejarle claro es que usted forma parte de nuestra junta directiva, y que eso conlleva una serie de privilegios y beneficios que mucha gente estaría dispuesta a matar por conseguirlos.
«Asimismo, formar parte de ella implica aportar su punto de vista personal y sus conocimientos ante la materia que se discute... pero también implica que, si la junta ha tomado su decisión mayoritariamente, la decisión que se toma es la que se lleva a cabo y usted deberá acatarla sin cuestionarse la moralidad o no de sus asuntos. Para eso ya tenemos en nómina a los bufetes de abogados más importantes del país, ¿le ha quedado claro lo que le he dicho?
- Por supuesto, señor- Sierra tenía ahora el mismo aspecto grisáceo y carente de espíritu de la decoración que le rodeaba. Se sentía como un cerdo en un matadero, colgando por los pies y con un gancho a dos milímetros de su cuello. solo le faltaba ponerse a gritar.
- No me mire así, maldita sea- el tono del presidente rozaba la crueldad-. Parece que no lo entiende. Si está fuera de control, ya no nos sirve. Eso debe morir. Ya no solo por el bien de la Corporación, sino por el de toda esta ciudad… o Dios sabe de cuántos más.
- Comprendo, señor- la voz de Sierra ahora era un hilillo débil. Era sorprendente que no hubiese manchado los pantalones al oir aquella reprimenda.

En cuanto a Robles, comprendía la situación, pero eso no lo hacía más agradable. No era debido al hecho de que la Corporación se convirtiese en responsable de un crimen. Eso le daba exactamente igual; en el mundo en el que se movía, términos como “legal” e “ilegal” se difuminaban, convirtiéndose en algo tan relativo que costaba distinguir entre lo que estaba bien y lo que estaba mal. Además, como bien había insinuado Villares, se era inocente de algo en tanto la Justicia no lo juzgase. Y jamás se les ocurriría juzgar a la Corporación. No si se quería perder ese juicio. No. Se debía al hecho de tener que enfrentarse a algo así. No era humano, para empezar. Ni siquiera los informes tenían claro qué era lo que podía acabar con él, más allá de vagas referencias. Nada concreto. Y precisamente ahí era donde estaba el fallo: si no lo conocían, no podrían destruirlo; y si lo intentaban y no lo conseguían… bueno, eso les destruiría a ellos.

- Señor Robles- la voz de Villares volvió a sacarle de aquel agradable período de invisibilidad. El tono autoritario indicaba a la perfección lo que estaba pidiendo.
- Pondré inmediatamente al equipo especializado a trabajar, señor- respondió él con diligencia.
- Gracias- respondió Villares, volviendo a su tono tajante, esta vez con una tensión añadida que lo hacía aún más autoritario-. Esta vez, quiero resultados, ¿me he expresado con la suficiente claridad? ¿Lo han entendido bien todos?- Robles casi pudo oír la última palabra, literalmente, pronunciada en mayúsculas. La respuesta fue pronunciada de modo corporativo, carente de emoción. Al unísono.

Acto seguido, el pequeño comité que representaba a la junta directiva empezó a caminar con la intención de abandonar el despacho. Por el rabillo del ojo, Robles advirtió que las mujeres se detuvieron e intercambiaron un críptico cruce de miradas con Villares. Malditas gestalt, cualquiera podía saber lo que querían decir. Fuese lo que fuese, era algo entre ellas y el presidente. Algo que, le enfermaba admitir, le dejaba fuera. Mejor no pensar en lo que podían traerse entre manos.

Tras aquel pequeño careo con sus empleados, Villares se quedó solo una vez más. Éste volvió la cabeza a la ventana y observó que ya había caido la noche. La habitual calma que solía flotar a aquellas horas ahora le parecía siniestra o amenazante, como si una sombra fuera a abalanzarse sobre ella. Parecía como si la ciudad, allá a lo lejos, contuviese el aliento antes de gritar.
Este último pensamiento le produjo un desagradable escalofrío. Tras unos segundos de cavilación, llamó a su guardaespaldas personal.

- Trujillo.
- Dígame, señor Villares- Crujió la voz al otro lado del comunicador.
- Termino la jornada de hoy. Le espero en mi despacho.
- Entendido, señor.

Como cabía esperar en alguien de su posición, Villares era un hombre muy ocupado y su mente estaba trazando planes de todo tipo constantemente. En ningún momento había reparado en la estrella fugaz que había surcado el cielo hacia la ciudad.





©Javier Durán Valdeiglesias, 2008