domingo, 11 de septiembre de 2016

Spanish Bizarro- ACME y el estrambótico caso de la pizza con piña que nunca debió llegar



Entre los ACMEs existen una serie de hechos que se repiten de forma más o menos recurrente que podríamos llamar "Tradiciones". Por ejemplo, que cada (puta) vez que vamos a ir a comer a un sitio, dicho sitio esté cerrado y haya que buscar otro, o que cada vez que organicemos algo alguien lea mal las cosas y acabe por no enterarse del todo bien de lo que se va a hacer.
Este artíCULO habla de otro hecho que, con el tiempo, parece estar a punto de convertirse en otra tradición ACME. Como toda buena historia, tiene un prólogo; los protagonistas de éste son Martish Oscura, nuestra Honorable Tirana y su Amado Esposo, el Doctor Invierno.

Todo empezó una noche que llegaron a su casa y, como cualquier matrimonio normal, decidieron pedir algo de comida por teléfono. Unas pizzas, por ejemplo. Para tal propósito, eligieron una pizzería que se encuentra a unos trescientos metros de su casa en línea recta. Llamaron, pidieron sus pizzas y los del local les dijeron que tardarían unos cuarenta minutos en llegar. Esto es algo que no he terminado nunca de entender desde que estos tíos abrieron el restaurante: vayas a la hora que vayas, te dicen que, si vas a pedir pizza, va a tardar mínimo ese tiempo. No importa que el local esté lleno o vacío, siempre dicen lo mismo. Eso me lleva a pensar dos cosas: una, que siempre andan cortos de masa y se ponen a hacerla allí mismo bajo pedido, y dos, que el horno es más o menos del tamaño del que había en la casa de los Pin y Pon y que lo tienen a mínima potencia.
Sea como sea, nuestros Honorables Líderes hacen su pedido y esperan. Pasan los cuarenta minutos. Pasan algo más de cuarenta minutos.
Pasan algo más de algo más de cuarenta minutos.
Les llama el repartidor, diciendo que no sabe llegar al sitio. Martish Oscura le dice que está en la misma avenida, solo que un poco más abajo. El tío, al parecer, está unos metros más arriba.
Pasa un buen rato y el tío les dice dónde está. Ya va mal, porque asegura estar en un portal que es impar, y el matrimonio Oscuro vive en un par. Cualquiera que tenga más de dos neuronas juntas sabe que los números de los portales en una calle van agrupados por pares e impares.
El fulano consigue llegar. Lo ven llegar con la moto desde la ventana. También lo ven preguntar por el portal en la cafetería de abajo, pese a que es el único de la acera en bastantes metros. Doc Invi se acerca al portero electrónico para abrir. Mira por la cámara...
... Y no ve a nadie.
Pasan varios minutos, hasta que suena el portero y le abren. Pasa otro buen rato hasta que consigue subir. Se les presenta un fulano de al menos cincuenta tacos con cara de ser la antítesis más absoluta del espabilamiento. Les entrega la caja de la pizza que, para más inri, está chorreando cachos de queso y tomate por doquier. La puta lepra de las pizzas.



Algo así, por lo visto.


—Esto no lo vais a querer, ¿verdad? —dice.
—No —responde Invi, observando el Hiroshima de las pizzas desmenuzándose en la puerta de casa.

El tipo se va para devolverla y nuestros amados líderes se quedan con la cara partida ante el despropósito. A Doc Invi le da por hacer un Hansel y Gretel y seguir el rastro de cachos de queso que hay esparcidos alegremente por todo el bloque. Dicho rastro le lleva hasta el portal, donde descubre que no se ha tratado del simple meneo que se pueda llevar una pizza en una moto: al parecer, la pizza hizo turismo al salir del cajetín y se estampó contra el suelo del portal, a juzgar por la pedazo de mancha de tomate que encontró. Ahí fue cuando la cosa dejó de tener gracia y le hizo una foto al cuerpo del delito.
El repartidor vuelve no sé cuánto tiempo después y les entrega la pizza que faltaba. Invi le dice que puede entender muchas cosas, pero no que intenten colarle una pizza que se ha caído al suelo. El repartidor se defiende diciendo que era "la pizza de otra persona". No quiero ni imaginarme la cara que le puso el Doctor cuando escuchó aquello.

—De todos modos, me han despedido —le dice el repartidor allí mismo, como si ese dato procediera.

Nuestros líderes, tras el episodio absurdo, cenan y se van a dormir. Les suena el teléfono.
Puede que no os lo creáis, pero así sucedió.
Era el repartidor, otra vez.



"¡NOOO, POR DIOOOOS!"


—Oye, que no me han pagado —le dice a Invi, que no se puede creer que eso le esté pasando.
—Yo lo siento mucho —contesta nuestro líder —. No me gusta que despidan a nadie, pero... es que estás hablando con el tío al que le has traído la pizza. Eso es un asunto que tienes que tratar con tus jefes.
Un momento de silencio.
—Ah, me he equivocado de número.
El sonido de la línea y el prólogo de esta historia termina aquí.

Pasan algo así como un par de semanas, puede que un poco más. Estamos en una quedada de las nuestras en el cuartel general ACME y decidimos pedir tres pizzas para cenar. Obviamente, no contamos con el mismo sitio... ya no porque vayan a tener al mismo personaje como repartidor (ya he mencionado que fue despedido), sino por la tardanza. Además, entre nosotros hay gente que no le termina de gustar cómo cocinan; de este modo, trincamos unos papeles de propaganda que teníamos por ahí y pasamos al embolado habitual de ponernos de acuerdo acerca de lo que vamos a pedir, porque la idea es compartir. Tenemos a Katya, mi gemela maligna, en Skype, berreando que pidamos pizza con piña, su favorita. Al no estar físicamente con nosotros, ignoramos su petición. Salvando ella, nadie es capaz de digerir pizza que lleve fruta tropical encima.
Un buen rato de negociaciones y ya tenemos el pedido listo. Se piden las pizzas y nos dicen que, en unos veinte-treinta minutillos, llegarán.
Pasan los veinte minutos. Incluso los treinta.
Pasan cuarenta minutos, y cincuenta.
Las pizzas llegan a los setenta minutos.
Nos disponemos a comer, cuando... Abrimos una de las cajas y vemos que lleva piña.
Hay un puto despliegue tropical encima de nuestra cena.


Creo que todos en la casa pensamos esto.


Justo en ese momento pienso en Katya, que abandonó sesión en Skype y se había puesto con sus cosas. Le mando un mensaje preguntándole si ha tenido algo que ver, y la muy cabrona se descojona al otro lado de mi teléfono. El Doctor Invi, al ver la cena, muda la expresión de su rostro. El episodio con el anterior repartidor todavía está muy reciente y esto supone reabrir viejas heridas.
Para evitar que nuestro líder sufra una crisis nerviosa, nuestra benjamina, Kawaii-Chan, se ofrece para llamar por teléfono y comentar al local lo que ha pasado. La cosa empieza bien; al menos los dos o tres primeros segundos, cuando le dan las buenas noches. A partir de aquí, la cosa se pone cuesta arriba: los del local, lejos de pedir disculpas ante lo sucedido (un simple error que le podría pasar a cualquiera), se ponen a la defensiva, echan la culpa a su repartidor y ni siquiera contemplan la idea de hacer una devolución del pedido por el correcto. Kawaii-Chan, como es normal, empieza a perder los estribos al ver que la educación de la otra persona al otro lado del teléfono empieza a desaparecer cual zurullo en un váter al tirar de la cadena. Le comenta que habían pedido una pizza con tal nombre, y el tipo al otro lado del teléfono ni siquiera parece saber qué lleva. Llega ya al punto de tener que hablar de pedir una hoja de reclamaciones si no le hacen la correspondiente devolución del pedido. Y les pide que, por favor, la cena llegue en menos de treinta minutos y no setenta.
Esperamos unos veinte minutos y llega el pedido. Esta vez el repartidor es una chica, porque por lo visto el que trajo la comida la vez anterior no ha querido venir; esta es la primera noche de trabajo de la muchacha y la han mandado sin un puto cajetín en su moto. Obviamente, Martish e Invi le dicen a la repartidora que no es culpa de ella, de manera que no tiene de lo que preocuparse por lo que respecta a nosotros. De las pizzas que nos trae, una está machacada (nuevas reminiscencias del alucinante prólogo a esta historia) y se la tiene que llevar. Esto ya es la guerra, decimos. Una cosa es el error, que entra dentro de lo posible, y otra la falta de educación a la hora de resolver el asunto. Es por eso que Kawaii-Chan, Martish Oscura y yo unimos nuestras fuerzas para ir al local y pedirles la (puta) hoja de reclamaciones.



"No sé quién eres, pero si nuestra cena no está aquí cuanto antes, sufrirás las consecuencias"


Martish y yo quedamos en su portal. Es la primera mañana que tenemos disponible los tres tras la movida y no es plan de demorarlo. Tenemos previsto coger el Martishmóvil, recoger a Kawaii-Chan en su casa y de ahí tirar para el local. Algo sencillo, sin artificios. Llegar, entrar y salir.
Poco podíamos imaginarnos que saldríamos en el Día Internacional del Lerdo, o el Lerdo Day: nada más salir de la Martishcueva cogemos una rotonda y vemos a un fulano que, por algún motivo desconocido aparte de una lerdez absoluta, se había quedado congelado en mitad de la susodicha rotonda, impidiéndonos el paso. Nosotros allí buscando el modo de hacer algo tan sencillo como pasar por la puta calle, y el colega allí convirtiendo oxígeno en dióxido de carbono (eso, claro está, si no se dedica a hacer la fotosíntesis) y provocando un tapón de tamaño considerable. Tras un rato en que nos toca ser testigos forzosos de una supina incompetencia al volante y de un empanamiento que roza la patología, nos ponemos en camino. Nuestra Honorable Tirana me pide que le mande un mensaje a Kawaii-Chan para decirle que tiramos para la Kawaiicueva, pero que vamos a hacer una parada para echar gasolina al Martishmóvil. Yo me quedo en el coche, mientras Martish entra a pedir el surtidor para repostar.
Pasa un minuto.
Dos.
Cinco.
La Tirana regresa con los ojos chisporroteando energía satánica y me cuenta que delante de ella había otro lerdo: este en cuestión no parecía saber cómo funciona un puto boleto de Rasca-y-Gana y andaba examinándolo como si estuviera diseccionando una rana o como si estuviera intentando desmantelar una bomba. Yo me palmeo la cara y, una vez hemos conseguido alimentar al vehículo, salimos para la Kawaiicueva. Recogemos a Kawaii-Chan y tiramos para abajo, llegando al susodicho local en unos minutos.



"Con el encargado, por favor".
Imaginadnos con los roles de género cambiados y lo tenéis.


Llegamos a una hora en que no hay demasiada gente, de manera que contamos con que se nos pueda atender sin demasiadas complicaciones. Nada más llegar, vemos en la puerta que el "vehículo de reparto" resulta ser una bicicleta con una caja de fruta amarrada en la parte de atrás. Empezamos bien. Martish pide hablar con el encargado, que resulta ser el tipo que está tras el mostrador. Le recordamos lo que pasó la noche anterior y éste, a toda velocidad, se va a por el ticket del pedido. Al contarle lo que pasó (que entendemos que ya lo sabía, pero nos pareció necesario explicarle dónde estuvo la cagada), este se encoge de hombros y vuelve a echarle la culpa al repartidor. Le decimos que esa no es excusa y se defiende diciendo que nos cambió las pizzas, que qué más queremos. Kawaii-Chan interviene y pide el libro de reclamaciones... y advierte que el local no tiene el cartel obligatorio donde se indica al cliente que el local dispone de un libro de reclamaciones en caso de queja o petición. La cosa empieza mal. Mientras ésta está discutiendo con el encargado, Martish Oscura está informando a Katya, que está al otro lado pendiente de toda la historia a tiempo real. Kawaii-Chan, al ver que no le están haciendo ni puñetero caso, empieza a ponerse nerviosa. Nuestra Honorable Tirana, que ya la conoce metida en un saco, decide calmarla un poco y tomar ella la iniciativa de la situación. Es por eso que Kawaii-Chan pasa a informar a Katya vía móvil mientras Martish Oscura se encara con el personal, y yo me quedo en un segundo plano momentáneamente, esperando a que me llamen a escena.

—Llamad a la policía —nos pone Katya por escrito varias veces —. YA.



"Salid de ahí".


 En mitad de la movida, aparece el dueño. Un tío que, por algún motivo, me da muy mala espina. No sé si es porque llega en plan "Yo soy el dueño (¿qué coño pasa aquí?)" o porque no parece muy dispuesto a hablar. Ni siquiera nos escucha, de hecho; se limita a decirnos que nos dará la hoja de reclamaciones, dando a entender que no quiere saber más del tema. Ni siquiera mira la foto que le hicimos a la segunda pizza chafada que nos trajeron; según él, "esas cosas pasan, del meneo del reparto". El mejor momento viene cuando, tras insistirle una o dos veces que las pizzas por lo generalmente tienen forma redonda y plana... o, mejor dicho, tienen forma, a secas, nos suelta,  cuando Martish ya consigue que mire la foto durante un segundo o así, con sus huevazos toreros: "¿Qué pasa, que así no se puede comer?" Es ese momento en que nos damos cuenta de que estos tíos no se van a bajar de la burra y empezamos a pensar que Katya tiene razón y deberíamos ir llamando a la poli a la de ya. Sin embargo, la sangre no llega al río. Nos traen unos impresos para rellenar la hoja de reclamaciones... pero la movida no acaba aquí.
Echamos un vistazo a los impresos y nos damos cuenta de que NO son impresos legales. Me explico: un impreso de una hoja de reclamaciones está hecho con un papel más fino y tiene tres hojas de calco (blanca, amarilla y rosa), de manera que, al rellenarlo, te quedas con tu copia, el local se queda con otra y la tercera que iría para la administración (en este caso, Consumo). Estos papeles están bajados de Internet, impresos en folios con una impresora normal y corriente y grapados. Dicho de otro modo: si no había cartel indicando que había un libro de reclamaciones, es porque NO había un libro de reclamaciones.



"Todo esto es irregular".


Lo rellenamos igualmente, mientras el personal a nuestro alrededor empieza a hablar entre sí en una lengua que no consigo identificar. Sospecho que nos están poniendo a parir, pero no nos inmutamos: tenemos las de ganar, solo viendo la cantidad de irregularidades que nos estamos encontrando. Relleno dos impresos, ya que no hay copias. Le decimos al encargado que nos lo tiene que sellar y éste nos contesta que no tiene sello.
Aquí es donde ya llegamos al punto de la juerga padre.
Os explico: TODO local que ofrece un servicio debe tener un sello. Por ejemplo, para firmar albaranes; si te llega una hoja de reclamaciones, tienes la obligación de sellarla precisamente para que haya constancia de que el local ha recibido dicha queja y así se pueda dar parte a la administración. Si aseguras no tener dicho sello, para empezar, a ver de dónde narices sacas la comida que sirves, porque tiene que constar por alguna parte que la has comprado a tu proveedor. Aparte, quieren quedarse con una de las copias que he hecho para pasársela a su gestor. La abogada de Martish, al otro lado del teléfono mientras yo redactaba aquello, nos dice que bajo ningún concepto dejemos nada escrito por nosotros allí y que nos llevemos los impresos que hemos rellenado. El encargado, después del asunto con el sello, nos dice que quiere una copia para llevársela a su gestor. Tampoco es que nos lo ponga fácil para facilitarnos los datos del local y así ponerlos en el impreso. Hemos tenido que decirle que o nos facilita los datos o nos veremos obligados a llamar a la Policía.
Ante esto, que no sé ya si es incompetencia o abierta caradura, me dirijo al encargado y uso mi tono de profesor, que para algo me dedico a ello:

—Mira, te cuento cómo funciona esto —le digo, sorprendentemente tranquilo para cómo soy yo en este tipo de situaciones, que me suelen resultar bastante incómodas y violentas —: estos papeles que tenéis aquí no son legales. No estáis cumpliendo la normativa, de modo que ya os estáis metiendo en un lío. Si quieres llevarle el impreso a tu gestor, vosotros mismos... pero es que estos papeles no significan nada. Os dirá que no estáis cumpliendo la normativa y os meteréis en un lío más grande del que ya estáis metidos. Así que nos vamos a llevar estos papeles.


"No hagáis esto más difícil, por favor".


Martish, a mi lado, usa el mismo tono y complementa lo que digo con los detalles legales que yo desconozco. El encargado, que llegados a este punto no sé si es un pobre desgraciado al que han dejado ahí comiéndose el marrón (recordemos que el dueño se ha volatilizado tras darnos los impresos de chichinabo) o es otro jeta que se está haciendo el tonto, opta por hacer como su superior y desaparece tras decirnos "Un momento".
Kawaii-Chan, Martish Oscura y yo nos miramos los unos a los otros con una patente expresión de confusión en nuestras caras. Aprovechamos para coger un papel de propaganda del local y apuntar el nombre, la dirección y el teléfono. Con las mismas, nos largamos de allí. Nos llevamos los impresos, no como reclamación oficial, sino como prueba de la irregularidad que están cometiendo. Martish Oscura también ha sacado más pruebas fotográficas mientras hablaba con su abogada. Todo con la idea de plantarles una bonita reclamación en Consumo para que les cayera la inspección pertinente.


O pa que les manden a este.


Varios días después, Martish aprovechó una mañana que tenía libre para acercarse a Consumo y poner la correspondiente reclamación. A día de hoy, no tenemos constancia de lo que ha podido pasar a partir de este punto; según me ha contado la Honorable Tirana, la administración tarda un mínimo de dos meses hasta que inicien su intervención, así que a saber cómo acabará esto. Una cosa sí es segura: parece que ACME está sufriendo una nueva maldición, aparte de la de ir a un sitio y encontrárselo cerrado. Ahora, la comida a domicilio también está suponiendo un nuevo reto.

2 comentarios:

KaTya dijo...

Juas juas juas, pero que pena más grande no haber estado allí en persona!!!
Por cierto, nunca sabréis si el hecho de que llegara una pizza con piña fue cosa mia o no... os dejaré con la duda jijijijiji

Rumbo a la Distopía dijo...

Leñes, lo que nos faltaba, sabotaje a distansiaaaa!!!