martes, 12 de mayo de 2015

Mondo Chorra- Ovejas, lobos y perros pastores




No hace mucho metí mi excelente anatomía en el cine a ver la última (hasta la fecha) peli de Clint Eastwood, titulada El Francotirador. No voy a entrar en pormenores ni en dar mi opinión al respecto, porque no es el objetivo de este artículo, aunque lo menciono porque me quedé con una escena que me llamó la atención (tranquilos, es del principio de la peli y no revela nada en especial). En un flashback, prácticamente nada más empezar, tenemos que el protagonista de la peli en su más tierna infancia se ha inflado a mascadas de las buenas con un compañero de colegio, y se habla del tema en la mesa. Su padre, muy serio, expone lo siguiente (transcribo traduciendo de la página de IMDB, así que igual no lo vais a leer exactamente como se dice en la peli): "En este mundo existen tres clases de personas: las ovejas, los lobos y los perros pastores. Algunas personas prefieren pensar que no existe el mal en el mundo y, si alguna vez se les hiciese de noche fuera de casa, no encontrarían protección. Esas son las ovejas. Luego están los depredadores, que usan la violencia sobre los débiles. Esos son los lobos. Y luego están aquellos benditos con el don de la necesidad de proteger al rebaño. Esos son los perros pastores."
A continuación, el padre del protagonista dice que en su casa no se crían ovejas. En cuanto a los lobos, saca un cinturón, a modo de exponer lo que piensa de que un hijo se convierta en un matón. Es entonces cuando el protagonista explica que si se ha dado de hostias con un niño en el colegio ha sido por proteger a su hermano, al que estaban zurrando. Esto deja muy claro a qué grupo pertenece el protagonista.


Porque una charla familiar de las tranquilitas (sin necesidad del cinturón por medio) te puede enseñar un par de cosas.


Sin intención de animar a nadie a que se líe a tiros en Oriente Medio, la reflexión de lo que se plantea en este pequeño monólogo es uno de los puntos que más me llamaron la atención de la película. Quizás esa tricotomía de la especie humana resulte simplista, pero sí puede ayudar un poco a ver, en líneas generales, qué clase de personas podemos llegar a ser. A diario vemos cómo los lobos hacen que eso de la ley del más fuerte (o en todo caso, la ley del más hijoputa, o del que va más a su santo rollo sin importarle a cuántos jode por el camino con tal de conseguir sus fines u obtener vete a saber qué necesidades) se convierta en una máxima. Aparentemente más fuertes, más listos o simplemente dando la impresión de que la vida es más fácil cuando uno se comporta como un hijo de la grandísima puta, dan la impresión de dirigir el cotarro. Un cotarro en el que la máxima principal es "jode antes de que te jodan". Filosofías tan chulipirulis como pensar que el que no se aprovecha de los demás es tonto, o de que la ocasión la pintan calva. "Si tú vieras la ocasión, harías lo mismo", nos dicen en estos casos.
El fin que justifica los medios.

Yo soy de pensar que el poder, sin embargo, lo ostentan las ovejas. Aquellos criados para agachar la cabeza, para no levantar la voz a los lobos. Aquellos cuya educación les insta a no defenderse y aguantar estoicamente las mamonadas. Vivir en el rebaño implica tomar como mantra la filosofía de que "es que las cosas son así", de que no se puede uno andar siempre enfrentándose a todos. Aceptar el lugar que uno tiene y encogerse de hombros hasta herniarse el puto trapecio. Las ovejas, al igual que los lobos, distinguen lo que está bien de lo que está mal; y si a los primeros se la suda por completo hacer mal las cosas, a los segundos no se las suda tanto, pero tienen el nivel de iniciativa de una lata de mejillones. Todo lo más, se pueden acabar pasando la vida lamentándose y quejándose por los constantes embates de los depredadores, pero jamás, en su puta vida, serán capaces de oponerse. De plantar cara.
Son precisamente las ovejas las que dan ese poder ilusorio a los lobos, haciendo creer con su indolencia y con su pasividad que ellos son los que mandan. Con esa costumbre de agachar la cabeza día sí y día también, con ese conformismo extremo, dejan claro a sus depredadores que se las puede putear cada vez que a ellos les dé la gana. Es el rebaño humano el que cede ese derecho a la autoafirmación a aquellos a los que considera superiores, aunque jamás se ha preguntado ni por qué lo son, ni cómo puede cambiar su estatus.



"Pues no, no me lo había preguntado..."


Los lobos devoran, las ovejas aceptan.
Sadismo y sumisión, en un juego de roles ecológico.
Es, en gran parte, por eso por lo que pienso que lobos y ovejas son mayoritariamente responsables de que la humanidad se parezca, cada día más, a un puto estercolero. Cada depredador que se aprovecha de los demás y cada cobarde que lo acepta, lo permite o, sencillamente, mira para otro lado cuando esto sucede son una causa de que este mundo se vaya a tomar por culo.

Los perros guardianes (y aquí, más que exponer lo ya contado por la película, me permito hacer un apunte que quizás la contradice. Al fin y al cabo, estoy haciendo una reflexión sobre el monólogo, no un análisis interpretativo de lo que se dijo literalmente), desde mi punto de vista, no han sido bendecidos con nada, sino más bien todo lo contrario. Condenados a enfrentarse a los lobos cuantas veces sea necesario, tienden a ser atacados también por las ovejas. No la clase de ataque que perpetraría un depredador, por supuesto; el ataque de la oveja consiste en dar la espalda al perro pastor para defender al lobo, al que en el fondo admira tanto como envidia. Aquellos que defienden a los débiles pueden dar una imagen romántica a veces, pero a pie de calle, en la vida real, son vistos como unos pobres idealistas a los que poca gente entiende.
Porque no hay nadie que tenga como misión en la vida cuidar de los perros pastores, salvo quizás otros perros pastores. Y eso solo si hay suerte de encontrar algún otro a mano.



Este ha tenido una suerte de la hostia.


Esto implica, por supuesto, que el perro pastor tampoco termine de entender muy bien por qué es criticado o puesto en entredicho por la gente a la que defiende. Esa especie de síndrome de Estocolmo que las ovejas sufren en infinidad de ocasiones le resulta tan absurdo como frustrante... y sin embargo, el perro pastor no puede hacer otra cosa. No sabe hacer otra cosa. El perro pastor, por mucho que reniegue de esa condición, por mucho que jure que está perdiendo el tiempo al defender o ayudar a aquellos que, objetivamente, no lo merecen, sabe que no puede cambiar su rol, ya que es totalmente incapaz de asumir otro. No es la clase de personas que, de buenas a primeras, se levanten una mañana y le digan al mundo "Hola, mundo, hoy voy a comer de lo que me echen. Las injusticias y las cabronadas me van a dar igual, o bien hasta me van a parecer bien". Uno simplemente no se levanta de la cama con ganas de aceptar la mierda.
Del mismo modo, un perro guardián no se va a hacer jamás amigo de lobos, porque le resulta inconcebible tolerar algo tan despreciable como es ver a otros machacados simplemente porque los depredadores sienten que pueden hacerlo. No va a aceptar el doble rasero que se usa entre lobos y ovejas, donde unos salen siempre bien parados y otros son los que se llevan las hostias de forma indiscriminada.

Más difícil de plantear resulta que un perro pastor decida convertirse en lobo. Por muchas hostias que reciba, por mucha desaprobación que sufra, un perro pastor de pura cepa jamás se va a convertir en aquello que odia. En aquello que, en su fuero interno, ha jurado perseguir y combatir hasta el fin de sus días. Un perro pastor puede cometer mil errores, pero jamás cometería algo tan grave como el de traicionarse a sí mismo y a los valores que le recorren las venas.

Ser un perro pastor, por tanto, implica convertirse en un pedazo de metal, que se encuentra constantemente entre el martillo y el yunque, soportando embates, poniéndose al rojo vivo. Adaptando su forma, tal vez, pero no quebrantado, sino endureciéndose cada vez más. Con cada golpe, se hace más resistente. Se forja a sí mismo para, algún día, tener la capacidad de devolver cada uno de los embates sufridos... o acaso morir en el intento, pero jamás agacha la cabeza. Jamás se pone de rodillas. Porque para asumir, aceptar sin reservas y convertirse en un rebaño sumiso ya están las ovejas.


Si eres uno de esos, te encuentras justo ahí.
Sí, eres la cosa roja de en medio.


Con esta reflexión quiero que quede claro que esto en absoluto es una apología de la violencia física. No es necesario ser violento para ser un lobo, del mismo modo que tampoco hace falta para ser un perro pastor. Existen mil formas de ser un depredador que ataque al rebaño, y basta con mirar a nuestro alrededor, cada día, en cualquier parte, para darnos cuenta de que existe mucha, mucha gente, que entiende que el mejor modo de vivir es aprovecharse de los demás, aun en las cosas más tontas y aparentemente insignificantes. Anteponer sus deseos personales, por simples que estos sean, a las necesidades de los demás. Existe gente que, aun siendo consciente de que vive en comunidad, le importa un huevo y decide doblegar cualquier convención, norma o pacto social en su propio beneficio, aplastando a cualquiera que se le ponga en su camino. Son aquellos a los que el respeto hacia los demás les resulta ajeno, aunque sí exigen respeto para ellos, quizás porque consideren que el mundo gira a su alrededor o que todo lo que les rodea existe para satisfacerles.
Del mismo modo quiero decir de forma muy clara que no es necesaria la violencia para plantarles cara. Existen uno, dos, cien, mil métodos de dejar claro a los lobos que ellos no son los que deberían mandar, por tentador y fácil que resulte su camino de depredadores. Dependiendo de la ocasión, podemos hallar en nuestra cabeza el modo de pararle los pies a casi cualquiera de estos seres que consideran que todo y todos están para servirle. La cuestión no radica ahí. Con toda seguridad, el asunto está en si queremos dar ese paso y dejar de formar parte del rebaño. Si realmente queremos salirnos de ese cómodo redil, donde podemos agachar la cabeza y aceptar a los lobos como nuestros dueños y señores, para luego hablar con las otras ovejas y quejarnos de forma lastimera sobre lo mal que nos tratan.
Podemos hablar lo que queramos, pero si no actuamos no dejaremos de ser ovejas.
Por otro lado, en caso de aparecer un perro pastor, podemos colocarnos a su lado para que por lo menos no se sienta solo cuando nos protege. No nos confundamos, un perro pastor no lo necesita, ya que actúa por ese impulso irrefrenable de enfrentarse a lo que está mal... pero sí que sería de recibo mostrar un poco de gratitud, o por lo menos no escupirle a la cara y abrazar la incoherencia de minimizar las mordeduras de los lobos.
Echándole muchos arrestos (o muchos cojones, si nos dejamos de eufemismos), incluso podemos probar a sentirnos como perros pastores. Podemos tratar de descubrir si, en el fondo, cada vez que nos hemos encogido de hombros para quejarnos por lo bajo no era más que un impulso de perro pastor reprimido... o tal vez el miedo a dejarnos ver, el miedo a enfrentarnos a aquellos a los que hemos proclamado líderes, superiores o lo que quiera que creamos que sean, nos mantiene en esa posición de ovejitas lastimeras.


Si eres una oveja, te encuentras aquí.


Una vez terminada esta reflexión que he hecho yo, me gustaría invitaros a vosotros a que hagáis la vuestra. A que todos y cada uno de aquellos que leáis este post (por lo general sé que sois poquitos, pero a menudo cuento con que ninguno de vosotros sea precisamente idiota) se plantee si lo que he escrito aquí en un ratito tiene el más mínimo sentido o no es más que una ida de olla después de haber pasado demasiado calor viendo una peli en una sala de cine que no tenía aire acondicionado.
Pensad pues, en qué grupo os veis y si realmente queréis ser lo que se supone que sois.

2 comentarios:

Raelana dijo...

Quizás hacer solo tres grupos sea algo simplista, y también creo que una persona puede pasar de un grupo a otro dependiendo de las circunstancias, no tengo tan claro que un perro no pueda convertirse en un lobo si por su afán de proteger a uno llega a perjudicar a otro ni que un lobo pueda convertirse en oveja si llega otro lobo más grande.

Entrando ya en la reflexión, siento que no encajo en ningún grupo. No me veo como un lobo, aunque es posible que nadie se vea como tal aunque lo sea xD; sé que a veces soy pasiva y dejo que sean otros los que dispongan y eso me haría oveja, pero también a veces me pongo en plan protector con la gente y eso me haría perro. Pero no encajo completamente en ninguno de los dos grupos.

Sé que mi lado perro no me gusta, que estoy cansada de que la gente solo cuente conmigo cuando tiene problemas, siento que no merece la pena y que las ovejas tienen lo que se merecen.

Sé que mi lado oveja no me gusta, porque además ese lado siempre tiene que ver conmigo. No lucho por mí cuando sí lo he hecho por los demás.

Así que soy un perro/oveja egoísta y con crisis existencial...

Aunque lo que estaría bien es ser una cabra xD






Rumbo a la Distopía dijo...

Bueno, el objetivo del artículo era precisamente ese: pensar cuál es, en líneas generales, nuestra actitud ante la vida. Si somos de dejarnos avasallar, de plantar cara o ser de los que avasallan. Sí, suena simplista, pero quizás usando términos simples es como mejor vemos lo que somos, a base de despojarnos de matices y de relativizaciones. ;)