Cuando te pegas cerca de una década dando clases ves de todo. Incluso cuando puedes decir (aunque sea con la boca pequeña, porque vete a saber qué pasa por hablar) que has tenido suerte con tus alumnos, siempre hay cosas que no dejan de llamarte la atención. Uno de los casos más curiosos es esa obsesión por competir que voy viendo cada vez más entre la gente que me echo a la jeta a lo largo de los últimos años.
Ante esto supongo que muchos de vosotros diréis que oye, eso de ser competitivo no es malo. Que es un incentivo que provoca que te esfuerces y que, en resumidas cuenta, seas más productivo a nivel académico. Pues vale. Para vosotros la perra gorda; no es eso a lo que me vengo a referir.
Empecemos un poco a explicar la movida y luego ya vais sacando vuestras propias conclusiones: veréis, a mí me gusta partir del hecho (como siempre, hablo desde mi experiencia personal dando clases durante nueve años y de lo que he aprendido yo de ella. Si queréis un profesional de la psicología, la psicopedagogía o lo que sea que estéis esperando, pagadlo) que he venido aprendiendo a lo largo de mi breve trayectoria practicando yoga: la única competición en esta vida debe ser con uno mismo; el afán debe ser por superarse a sí mismo, dar lo mejor de cada uno y saber aceptar cuando uno ha tocado techo y ha descubierto que, como buen humano que es, tiene sus limitaciones. Ser consciente de que no podemos tener nivel Dios en todo y que, a lo mejor, igual no hace ni falta. Igual eso de la perfección absoluta es un concepto tan sobrevalorado como ridículo.
El problema, y es aquí a donde voy a parar, es cuando ese afán de competición con uno mismo se traspapela, se tergiversa, se retuerce y se pringa en mierda hasta las orejas. Hablo de ese momento en que un estudiante tiene como objetivo, no ser mejor de lo que era, sino ser mejor que los demás. Ese síndrome se ve traducido generalmente en una especie de obsesión enfermiza por estar pendientes a lo que hace cualquier compañero, o si este compañero mejora y le recorta distancia. En estos casos, te das cuenta de que un estudiante no concibe que puede haber un tema que se le puede dar peor, o que simplemente tiene una mala semana y se pilla unos verdaderos berrinches porque ha cometido el "pecado imperdonable" de sacar un ocho en lugar de un diez. Una nota más que respetable, posiblemente ganada con esfuerzo, se convierte de buenas a primeras en una tragedia que ríete tú de Hamlet o de la puta historia de Edipo.
"Morir... Dormir... ¿Por qué sacar un miserable ocho cuando puedo poner fin a este sufrimiento?"
Esta obsesión se proyecta a menudo en algo muy parecido (no me atrevo a llamarlo así, ya que no soy profesional de la psicología académica) al bullying, cuando este alumno, acostumbrado a sacar diez en todo, se dedica a mirar por encima del hombro a aquel compañero al que le cuesta horrores pasar de seis y que se parte los putos cuernos por llegar a tener una nota discreta. Este alumno obsesionado por tener la nota más alta de la clase, gracias a ese afán de competición malsana, se dedica a reírse (con mayor o menor discreción, ya dependiendo del alumno) de aquellos que no llegan a su nivel por el motivo que sea. No le importa que a lo mejor su compañero de clase no tenga demasiado tiempo libre para estudiar. Que la asignatura le suponga un esfuerzo porque su competencia no es tan alta. Que su capacidad de concentración sea menor. Incluso que no termine de entender a su profesor y eso le haga ir más a remolque. La competición aquí se convierte en una total falta de empatía, y de ahí a una total falta de escrúpulos. Para entendernos, es como si sacar notazas hiciera que más de uno se sintiese con derecho a pisotear a sus compañeros o a reírse de ellos, tratándolos como si fueran parte de una casta inferior.
"¿Qué nota has dicho que sacas, gilipollas?"
"¿Sabes qué nota he sacado yo?"
Si tengo que buscar raíces de algo así, a menudo he comprobado que esta obsesión por ser superiores académicamente de algunos alumnos, así como la ansiedad que se genera cuando este alumno no saca ese sobresaliente tan esperado, no es ni mucho menos autoinducida. La percepción del éxito y del fracaso, a mi juicio, me resulta muy similar a la percepción del dolor o la gravedad. Para ilustrarlo, os propongo una experiencia: tomemos el caso de dos niños hipotéticos, a los que vamos a llamar Gumersindo y Anastasia. Gumersindo y Anastasia tienen, pongamos, dos o tres añitos y están jugando en un parque. En esto que los dos, en plena carrera, tropiezan y se caen de boca. Algo relativamente frecuente y, habida cuenta de la resistencia de los críos, nada grave. De hecho, tanto Gumersindo como Anastasia se han hecho una ligera raspadura en una rodilla y ya está.
Fijémonos en su actitud: cuando ambos niños se caen, lo primero que hacen es buscar a un adulto con cara de confusión. ¿Por qué? Porque saben que la herida les escuece, pero no tienen ni la menor idea de si se han hecho algo serio o no. Fijaos que cuando esto pasa, los niños pequeños tienden a no llorar en un primer momento, o no al menos en los casos más generales. Necesitan, por así decirlo, "una segunda opinión". En el caso de Gumersindo, cuando llega su madre, lo pone en pie y le resta importancia a la herida, llegando incluso a decirle que no pasa nada (porque, efectivamente, es así). Le da con un poco de agua para limpiarla y, al cabo de un ratito, el pequeñajo está jugando por ahí sin mayor problema.
Supongamos que en el caso de Anastasia, al caerse, recibe una atención diferente. Su madre, incapaz de contener el agobio que puede suponer ver a un crío que se esmocha contra el suelo (porque eso no le gusta a nadie que tenga sangre en las venas), monta el pollo y empieza a mirar compulsivamente a ver si se ha hecho una herida. Empieza a darle vueltas a ver si esa herida se puede infectar, y cualquier síntoma derivado que queramos añadir. Lo más probable en este caso es que Anastasia estalle en un mar de lágrimas, no llorando de dolor, sino acojonada perdida, vaya a ser que pueda perder su pierna, con el poco tiempo que lleva usándola.
Traducido: es muy fácil que un padre (o adulto en general) proyecte sus propias neuras sobre un crío y éste crezca con ellas, inducidas y contagiadas por él.
"Ya que insistes en jugar en la calle, tendré que protegerte. No tienes ni idea de la cantidad de gérmenes que hay. De la cantidad de cosas peligrosas, cortantes o punzantes con las que puedes atravesar tu delicada piel."
Volviendo al caso de las notas, esto no es muy distinto: si un crío saca un ocho y contamos con que saque más, hay mil maneras de abordar el tema. Puede que sepamos que nuestro crío es un genio en, no sé, matemáticas... y resulte que un día te viene con que le han cascado un siete en un examen de las tablas de multiplicar. Ante eso hay varias formas de enfocar el asunto: se puede decir, por ejemplo, que es raro que haya bajado, pero aun así seguir contento porque tu hijo ha rozado el notable en un examen y tener en cuenta que no todo en la vida son sobresalientes. Un notable, amigos, SIGUE siendo una nota digna de sumo respeto. Otra opción es ningunear por completo esa nota, por respetable que sea y decir que como nuestro hijo merece sacar más, echárselo en cara, como dando a entender que ha fracasado. Se puede hacer algo más hijoputesco todavía, que es compararlo con algún hermano, primo o con el hijo del vecino y pedirle explicaciones acerca de por qué no tiene el puto detalle de ser como él. El chaval, que gilipollas no es, pero sí es un ser vivo con sentimientos que respira, come y caga, de buenas a primeras, verá cómo ese concepto de "espectro entre aprobado y sobresaliente" se reduce a "sobresaliente o fracaso". A partir de aquí, el propio chaval no comprenderá circunstancias atenuantes que hagan comprensible una bajada de un par de puntos en la nota que se puede sacar: no importa que a lo mejor haya dormido menos, que no haya tenido tiempo para estudiar o que simplemente el tema le cueste. Jamás podrá estar orgulloso de un ocho que le ha costado el alma sacar en un examen, porque ya vendrá con esa idea de fracaso inculcada. No será ni mejor que los demás y, lo que es peor, no habrá quien valore su esfuerzo. Porque él, amigos míos, ya ha perdido toda posibilidad de valorar su propio esfuerzo por sí mismo.
"Un 8.8. Un puto 8.8. Ni a 9 llego. Me siento sucio".
Esta actitud que he visto por parte de algunos padres, consistente en proyectar ese ansia de superación sobre los demás en sus hijos, aparte de resultarme enfermiza y contraproducente (pues lo que genera es una sensación de inseguridad constante en un hijo), rezuma un palurdismo de tres pares de cojones. Explico esto: cuando tú ves un padre de primaria exhibiendo un hijo como si fuera un puto trofeo porque saca dieces en todo, te das cuenta de que es la clásica superficialidad que se fija solo en lo que es aparente. En que realmente este tío, con toda probabilidad ha sido toda su puta vida un cero a la izquierda y parece ser que ha criado un hijo para que éste cubra las carencias que él ha tenido. Algo así como una especie de versión 2.0 de uno mismo, destinada a mejorar la generación anterior. No solo eso, encima a alardear de ello ante los demás, como si a los demás le importase un carajo su vida.
Aparte, una nota en primaria puede estar bien y oye, si la sacas, cojonudo... pero a efectos prácticos, no supone absolutamente NADA. No cuenta para selectividad, no forma parte de un expediente con el que puedas ganarte una beca. No te convierte, de hecho, en ningún genio, considerando cómo está el nivel en los últimos años y a menudo los más inteligentes son aquellos que sacan peores notas, básicamente porque están aburridos en clase (pegaos cinco putos años estudiando exactamente la misma mierda cada año y luego me contáis) y han perdido el interés. No es más que una valoración sobre cómo va el crío y para de contar. Nada por lo que tengas que andar exhibiendo a tu hijo como si fuera un perro con pedigrí o como una calabaza de quince kilos. Dicho de otro modo, es inculcar una puta obsesión a un crío sobre algo que no va a necesitar hasta que llegue, pongamos, a bachiller, y será en bachiller cuando realmente el estudiante deba decidir POR SÍ MISMO si realmente le interesa sacar una notaza para llegar a donde quiere o considere que con lo que está haciendo va bien. Se puede estar más de acuerdo con su punto de vista, pero es una decisión suya y solo suya. Si la caga, es SU error; y si resulta que acierta, es SU acierto. El caso es que hasta entonces, con casos como los que menciono, tenemos como cerca de diez años o así con la amenaza de que un crío que tenga una media de siete y medio sea un puto fracasado que no será nada en la vida.
Aparte, una nota en primaria puede estar bien y oye, si la sacas, cojonudo... pero a efectos prácticos, no supone absolutamente NADA. No cuenta para selectividad, no forma parte de un expediente con el que puedas ganarte una beca. No te convierte, de hecho, en ningún genio, considerando cómo está el nivel en los últimos años y a menudo los más inteligentes son aquellos que sacan peores notas, básicamente porque están aburridos en clase (pegaos cinco putos años estudiando exactamente la misma mierda cada año y luego me contáis) y han perdido el interés. No es más que una valoración sobre cómo va el crío y para de contar. Nada por lo que tengas que andar exhibiendo a tu hijo como si fuera un perro con pedigrí o como una calabaza de quince kilos. Dicho de otro modo, es inculcar una puta obsesión a un crío sobre algo que no va a necesitar hasta que llegue, pongamos, a bachiller, y será en bachiller cuando realmente el estudiante deba decidir POR SÍ MISMO si realmente le interesa sacar una notaza para llegar a donde quiere o considere que con lo que está haciendo va bien. Se puede estar más de acuerdo con su punto de vista, pero es una decisión suya y solo suya. Si la caga, es SU error; y si resulta que acierta, es SU acierto. El caso es que hasta entonces, con casos como los que menciono, tenemos como cerca de diez años o así con la amenaza de que un crío que tenga una media de siete y medio sea un puto fracasado que no será nada en la vida.
"Bien, veo que estás estudiando. Fenomenal, así no serás uno de esos inútiles que se quedan en un puto notable. Sobresaliente o matrícula o te puedes ir olvidando de que te deje respirar el resto de tu patética y miserable vida"
Voy más lejos: esa idea de que sacando una notaza llegas a la universidad y a partir de ahí eres el puto rey del mambo en una carrera es, como poco, ridícula. Para empezar, eso de que siendo licenciado llegas a todas partes y que tienes un trabajo de la hostia garantizado hace años que dejó de ser cierto. Qué cojones, dejó de ser hasta creíble; y si no me creéis, tan solo mirad la cantidad de licenciados universitarios (y con un expediente nada desdeñable en muchos casos) que están en la puta cola del paro.
Esa en realidad es la idea, ya desfasada, que muchos padres, palurdos perdidos, se creen; partiendo de ella, consideran que trae más cuenta hacer LO QUE SEA NECESARIO para sacar una buena nota y no ser "uno de esos de los demás". Si tu hijo se tiene que pegar una semana entera sin dormir, que se la pegue. Eso sin contar con que además, el perfil suele incluir tropecientas actividades extraescolares que, en lugar de hacer que el crío desconecte un poco, tenga más presión. Porque tiene que ser mejor que los demás: no puede estudiar inglés como complementaria, tiene que tener un puto C1 a los diez años o si no es que no da la talla como hijo. No puede tocar la flauta, tiene que estar en una puta rondalla a los seis años y ser el solista principal. Si no, es que hemos perdido el tiempo educando a nuestro hijo. Hay padres que, sencillamente, no pueden soportar la idea de que su hijo sea una persona NORMAL y que tenga la vida de un niño. Que sea una persona autónoma, con sus virtudes y sus habilidades, pero también con sus defectos y sus limitaciones. Al generar esa inseguridad en un crío, te das cuenta al tratar con ellos que, lejos de convertirse en estos críos modélicos que se supone que deben ser, lo que tenemos es chavales con una falta total de autonomía (y a menudo de autoestima), que necesitan constantemente la aprobación de otra persona, que les vaya diciendo paso a paso que no, que no la están cagando. Da mucha pena cuando te llega un crío así y se puede bloquear ante un ejercicio que no es difícil, pero que considera que tiene algún tipo de trampa. Críos así es difícil que los veas estudiando solos, porque al tener una presencia que anda exigiéndoles una nota determinada (es decir, la más alta) casi que necesitan la supervisión constante de quien se la exige, para sentir que van por el camino correcto y no hacia ese terrible fracaso que les espera.
Padres que consideran que la nota está por encima de cualquier puta cosa, incluyendo el aprendizaje real de una asignatura (que no siempre se traduce en lo que sacas en un examen, pero ni de puta coña), el esfuerzo que se emplee en ella o incluso los valores como el compañerismo, el trabajo de equipo y demás cosas que, en una sociedad de asco como esta, donde imperan la puñalada trapera, el lameculismo y la hipocresía, resultan una santa marcianada. Es decir, quedarte en la mamarrachada de fijarte solo en lo cuantificable. En lo que ves en un papelito. En tasar y medir a una persona y obviar por completo cualquier otra cosa que sí sea meritoria.
He hablado de los padres, pero este ámbito en realidad se puede aplicar también al profesorado. El profesorado, en contra de lo que algunos se creen, también está formado por humanos; entre los humanos, como sucede de manera habitual hay buena gente, gente que ni fu ni fa y verdaderos cabronazos de mierda. Cabronazos que no tienen reparo en reírse de un alumno delante de toda su clase, como si el fracaso de un estudiante en parte no fuese suyo. Esos profes machotes que se creen tan graciosos como Arturo Vals y se dedican a imitar a los alumnos más rezagados para que sus compañeros se rían. Los que cogen al mejor estudiante de la clase y lo ponen delante de sus compañeros para que "sirva como ejemplo a los demás y vean cómo hay que hacer las cosas"... como si el objetivo, más que aprender, fuese ser una copia perfecta e inalterada del alumno modélico, y no ser así equivalga a mierda, o simplemente algo que no merece la pena ni tener en cuenta. Profesores que crean castas de estudiantes en función de las notas que sacan, usándolas como excusa para hablar de su actitud (el caso claro del profesor que prácticamente desconoce el nombre de sus alumnos porque le importa un coño zurrido en Nocilla y, en el momento en que un alumno no saca una notaza, planta que su actitud en clase es "pasiva", con todo su puto flow, aunque el chaval simplemente no de un puto ruido en clase porque no le gusta llamar la atención o no sea tan efervescente como los que preguntan todo el rato). Esos jodidos genios de la docencia que tienen los santísimos cojones de suspender a media clase (demostrando que son unos putos inútiles) y decir que los que han cascado "no se enteran".
Esos seres que, si de mí dependiera y hubiera un sistema serio de inspecciones educativas, se iban derechitos a la cola del paro y no pisarían un centro docente, ni público ni privado en su puta vida. Y no es que yo vaya creyéndome el profesor modélico, ni mucho menos; tan solo sé que no soy un hijo de la grandísima puta tan grande como muchos otros que he tenido que ver y que me han causado vergüenza ajena.
Esa en realidad es la idea, ya desfasada, que muchos padres, palurdos perdidos, se creen; partiendo de ella, consideran que trae más cuenta hacer LO QUE SEA NECESARIO para sacar una buena nota y no ser "uno de esos de los demás". Si tu hijo se tiene que pegar una semana entera sin dormir, que se la pegue. Eso sin contar con que además, el perfil suele incluir tropecientas actividades extraescolares que, en lugar de hacer que el crío desconecte un poco, tenga más presión. Porque tiene que ser mejor que los demás: no puede estudiar inglés como complementaria, tiene que tener un puto C1 a los diez años o si no es que no da la talla como hijo. No puede tocar la flauta, tiene que estar en una puta rondalla a los seis años y ser el solista principal. Si no, es que hemos perdido el tiempo educando a nuestro hijo. Hay padres que, sencillamente, no pueden soportar la idea de que su hijo sea una persona NORMAL y que tenga la vida de un niño. Que sea una persona autónoma, con sus virtudes y sus habilidades, pero también con sus defectos y sus limitaciones. Al generar esa inseguridad en un crío, te das cuenta al tratar con ellos que, lejos de convertirse en estos críos modélicos que se supone que deben ser, lo que tenemos es chavales con una falta total de autonomía (y a menudo de autoestima), que necesitan constantemente la aprobación de otra persona, que les vaya diciendo paso a paso que no, que no la están cagando. Da mucha pena cuando te llega un crío así y se puede bloquear ante un ejercicio que no es difícil, pero que considera que tiene algún tipo de trampa. Críos así es difícil que los veas estudiando solos, porque al tener una presencia que anda exigiéndoles una nota determinada (es decir, la más alta) casi que necesitan la supervisión constante de quien se la exige, para sentir que van por el camino correcto y no hacia ese terrible fracaso que les espera.
Padres que consideran que la nota está por encima de cualquier puta cosa, incluyendo el aprendizaje real de una asignatura (que no siempre se traduce en lo que sacas en un examen, pero ni de puta coña), el esfuerzo que se emplee en ella o incluso los valores como el compañerismo, el trabajo de equipo y demás cosas que, en una sociedad de asco como esta, donde imperan la puñalada trapera, el lameculismo y la hipocresía, resultan una santa marcianada. Es decir, quedarte en la mamarrachada de fijarte solo en lo cuantificable. En lo que ves en un papelito. En tasar y medir a una persona y obviar por completo cualquier otra cosa que sí sea meritoria.
"Analizar. Tasar. Evaluar. Enviar datos a estadísticas. La persona es educacionalmente apta".
He hablado de los padres, pero este ámbito en realidad se puede aplicar también al profesorado. El profesorado, en contra de lo que algunos se creen, también está formado por humanos; entre los humanos, como sucede de manera habitual hay buena gente, gente que ni fu ni fa y verdaderos cabronazos de mierda. Cabronazos que no tienen reparo en reírse de un alumno delante de toda su clase, como si el fracaso de un estudiante en parte no fuese suyo. Esos profes machotes que se creen tan graciosos como Arturo Vals y se dedican a imitar a los alumnos más rezagados para que sus compañeros se rían. Los que cogen al mejor estudiante de la clase y lo ponen delante de sus compañeros para que "sirva como ejemplo a los demás y vean cómo hay que hacer las cosas"... como si el objetivo, más que aprender, fuese ser una copia perfecta e inalterada del alumno modélico, y no ser así equivalga a mierda, o simplemente algo que no merece la pena ni tener en cuenta. Profesores que crean castas de estudiantes en función de las notas que sacan, usándolas como excusa para hablar de su actitud (el caso claro del profesor que prácticamente desconoce el nombre de sus alumnos porque le importa un coño zurrido en Nocilla y, en el momento en que un alumno no saca una notaza, planta que su actitud en clase es "pasiva", con todo su puto flow, aunque el chaval simplemente no de un puto ruido en clase porque no le gusta llamar la atención o no sea tan efervescente como los que preguntan todo el rato). Esos jodidos genios de la docencia que tienen los santísimos cojones de suspender a media clase (demostrando que son unos putos inútiles) y decir que los que han cascado "no se enteran".
Esos seres que, si de mí dependiera y hubiera un sistema serio de inspecciones educativas, se iban derechitos a la cola del paro y no pisarían un centro docente, ni público ni privado en su puta vida. Y no es que yo vaya creyéndome el profesor modélico, ni mucho menos; tan solo sé que no soy un hijo de la grandísima puta tan grande como muchos otros que he tenido que ver y que me han causado vergüenza ajena.
"Soy el sargento de artillería Hartman. Vosotros sois unos mierdas de nueve años que no tenéis ni puta idea de cuál es el peso atómico del cobalto. No vais a reír, ni vais a llorar. Os voy a convertir en el blanco de mis putas neuras y os lo vais a comer".
Si lo pensamos, esto de comparar y humillar a un chaval por algo tan jodidamente superficial como una nota afecta y distorsiona por completo el factor de la motivación: un alumno así ya no se interesa por aprobar y mantener la costumbre para el día en que un buen expediente le haga falta, de eso nos podemos ir olvidando. Un crío así se interesará por sacar la mejor nota simplemente para que la gente que espera que la saque esté contenta, pero no porque realmente tenga esa necesidad. Insisto, en primaria, un expediente de sobresaliente no te lleva absolutamente a ninguna parte. Se puede querer sacarlo (y es respetable eso de querer sacarlo o aspirar a él, subrayo), principalmente porque un alumno quiera dar lo mejor de sí mismo, cosa que es digna de admiración. Lo malo es que cuando ese alumno lo que quiere es tener una excusa para estar por encima de los demás, y (especialmente) para que sus padres también tengan una excusa para estar por encima de los demás, es cuando ya llegamos a un verdadero problema, y serio. Cuando el concepto de fracaso (o mejor dicho, no cubrir según qué expectativas) no cuenta como una opción, estamos hablando ya de algo que roza lo patológico.
"¿Cómo? ¿Suspender?
¡ESTO ES ESPARTA!"
Llegamos a la universidad, y ese problema se agrava. En un mundo (por desgracia) mucho más subjetivo de lo que es el mundo de la primaria o la secundaria, encontramos que en muchos casos las evaluaciones no se hacen por medio de un baremo tan justo como sí personal. Por ejemplo, un profesor que tiene alumnos que vienen rebotados de otros profesores puede permitirse el lujo de ningunear las enseñanzas de esos otros profesores y proyectarlas sobre los alumnos, usándolos un poco como "víctimas" de pugnas entre departamentos. Caso típico de profesores de ingeniería (hasta no hace mucho la puta "élite" en la universidad de mi ciudad) que imparten calculo. El profesor A tiene alumnos del profesor B y pone un examen a estos alumnos: los alumnos hacen el ejercicio de forma correcta y el resultado del ejercicio es el esperado. Sin embargo, A suspende a estos alumnos porque "no le gusta el procedimiento realizado" (=el que enseñó B el año pasado), y tenemos unos pocos estudiantes a los que se le les queda la cara partida viendo como un examen que tenía un seis o un siete está en el acta como SUSPENSO.
Casos como alguno que he vivido yo, en que un profesor se equivoca a la hora de incluir el temario de un examen y examina a una clase de algo que aparece en otra asignatura similar que imparte y, lejos de reconocer el error, comete una masacre con el alumnado en el siguiente examen solo porque la clase le ha apercibido de dicho error. Equivocarse al poner la nota en el acta y dejar a un alumno suspenso, manteniédolo suspenso en la revisión, y por medio de una mentira tan despreciable como "Es que ya he puesto la nota en el acta y no puedo cambiarla", mandarlo para septiembre con un siete que tenía en el examen. Esa clase de preciosidades que algunos docentes, desgraciadamente, cometen porque llevan lo profesional al terreno personal y llevan a cabo guarradas que, en caso de ser denunciadas (y que no se hacen por miedo a futuras represalias, como bien sabemos los que hemos pasado por la universidad), los pondrían en un serio aprieto, dada su dudosa legalidad.
Preciosidades que, como puede verse, no se arreglan ni estudiando más, ni compitiendo con tus compañeros: son mierdas y putadas que te comes porque a un hijo de la grandísima puta se le pone en los huevos y a ti te pilla por medio.
Casos como alguno que he vivido yo, en que un profesor se equivoca a la hora de incluir el temario de un examen y examina a una clase de algo que aparece en otra asignatura similar que imparte y, lejos de reconocer el error, comete una masacre con el alumnado en el siguiente examen solo porque la clase le ha apercibido de dicho error. Equivocarse al poner la nota en el acta y dejar a un alumno suspenso, manteniédolo suspenso en la revisión, y por medio de una mentira tan despreciable como "Es que ya he puesto la nota en el acta y no puedo cambiarla", mandarlo para septiembre con un siete que tenía en el examen. Esa clase de preciosidades que algunos docentes, desgraciadamente, cometen porque llevan lo profesional al terreno personal y llevan a cabo guarradas que, en caso de ser denunciadas (y que no se hacen por miedo a futuras represalias, como bien sabemos los que hemos pasado por la universidad), los pondrían en un serio aprieto, dada su dudosa legalidad.
Mejor no damos nombres.
Los hechos permanecen, y esos hijos de la gran puta saben quiénes son.
Ojalá algún día lean esto que acabo de decir y se sientan identificados.
Preciosidades que, como puede verse, no se arreglan ni estudiando más, ni compitiendo con tus compañeros: son mierdas y putadas que te comes porque a un hijo de la grandísima puta se le pone en los huevos y a ti te pilla por medio.
Imaginad cómo le puede sentar eso a un estudiante que sufre esa obsesión: con años de machacamiento continuo en casa, no es difícil imaginar que se convierta en ese típico compañero al que nadie soporta por su excesiva competitividad, incluso hacia gente que no tiene ningún interés en competir con ellos. Aquí es donde nacen los trepas y los pelotas, esos seres que alardean desde primero de carrera con que van a ser los primeros de promoción y que se dedican a dar por culo en los despachos para obtener matrículas de honor donde antes había sobresalientes. Estos alumnos, no nos engañemos, no son competitivos, o no de una forma positiva: son malos compañeros, que se niegan a prestar apuntes o los dejan incompletos, que carecen por completo de escrúpulos a la hora de trabajar en grupo y los que, en definitiva, no se acerca ni cristo pa tocarlos ni con un palo. Para gente así, resulta que la gente les importa poco menos que una puta mierda. Las acaban viendo como obstáculos, como otros a los que compararse, o simplemente no las acaban viendo ni echando cuentas. Se convierten en la clase de gente que puede pringar de mierda un ambiente laboral, socavando y humillando a compañeros, murmurando mentiras a las espaldas y, en definitiva, creando mal ambiente solo porque ellos son incapaces de reconocer que, pese a tener un expediente de la puta hostia, su vida (lo que en definitiva importa) no pasa de ser una puta mediocridad.
Y es que parece que nos hemos creído que ya solo por tener un buen expediente académico o ganar dos mil pavos en vete a saber qué ya dejas de ser mediocre. Algunos son mediocres toda su puta vida, y no porque fracasen. El fracaso no nos hace mediocres; lo que nos hace mediocres es no vernos como lo que somos: seres humanos, falibles e imperfectos, con el estigma del fracaso presente. Lo que nos hace mediocres es la incapacidad de reconocer que podemos fallar y, yendo más allá, de aprender de nuestros propios fracasos. Un mediocre es aquel que cree que está por encima por no haber fallado jamás; uno que vive única y exclusivamente para sentirse mejor que los demás. Para creerse superior, aunque eso implique joder al prójimo, humillarlo o despreciarlo. Un mediocre no es aquel que saca un seis habiéndolo dado todo, luchando contra sus propias limitaciones y superándose a sí mismo. Lo es el que, ignorando sus propias limitaciones, vive para tener algo que restregar a los demás por la cara. Es el que, lejos de atesorar cualquier cosa que aprenda para sí mismo, la emplea para hundir a los demás. Para impresionarlos a todos. Para tener algo por lo que creerse alguien.
Y esa mediocridad, esa basura moral, queridos Distópicos, no se refleja en ningún expediente.
La colaboración entre compañeros, vista por la sociedad y concretamente nuestro sistema educativo, descripción gráfica.
Y es que parece que nos hemos creído que ya solo por tener un buen expediente académico o ganar dos mil pavos en vete a saber qué ya dejas de ser mediocre. Algunos son mediocres toda su puta vida, y no porque fracasen. El fracaso no nos hace mediocres; lo que nos hace mediocres es no vernos como lo que somos: seres humanos, falibles e imperfectos, con el estigma del fracaso presente. Lo que nos hace mediocres es la incapacidad de reconocer que podemos fallar y, yendo más allá, de aprender de nuestros propios fracasos. Un mediocre es aquel que cree que está por encima por no haber fallado jamás; uno que vive única y exclusivamente para sentirse mejor que los demás. Para creerse superior, aunque eso implique joder al prójimo, humillarlo o despreciarlo. Un mediocre no es aquel que saca un seis habiéndolo dado todo, luchando contra sus propias limitaciones y superándose a sí mismo. Lo es el que, ignorando sus propias limitaciones, vive para tener algo que restregar a los demás por la cara. Es el que, lejos de atesorar cualquier cosa que aprenda para sí mismo, la emplea para hundir a los demás. Para impresionarlos a todos. Para tener algo por lo que creerse alguien.
Y esa mediocridad, esa basura moral, queridos Distópicos, no se refleja en ningún expediente.









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