domingo, 14 de septiembre de 2014

Mondo Chorra- Anatomía de un capítulo cualquiera de Arrow (primera temporada)




Hace ya algún tiempo, me han venido recomendando la serie de Arrow, que por unas o por otras no me había dado por ver. Como lector de cómics, tengo que reconocer que me picaba bastante la curisosidad, así que en cuanto tuve ocasión, enganché a mi familia (me gusta ver las series en compañía) y nos pegamos unos pocos de maratones con las dos primeras temporadas. Fijaos si me enganchó que en cuestión de unas pocas semanas nos cepillamos los cerca de cuarenta episodios que hay emitidos hasta la fecha.
Gracias a eso, puedo escribir este artículo, donde podemos encontrar algunos patrones más o menos generales a lo largo de la serie. Como primera y segunda temporada cambian un poco, y tampoco es plan de pasarme con los spoilers, lo que vais a leer se va a centrar en la primera nada más. Vamos a ello:

Empieza el capítulo con un bonito plano de Starling City de noche. Luces, coches... vamos, lo normal en una ciudad. Ahora nos enfocan un callejón donde hay un fulano corriendo con cara de agobio. Nadie nos cuenta nada, pero oye, entendemos que el tío, bien es un delincuente, bien es un señor normal que es perseguido por un delincuente.
Pues no.
El tío tropieza con una china embutida en un traje de cuero a la que podemos reconocer en cualquier parte gracias a una peluca blanca con flequillo que podría haber comprado en el saldo de vestuario de una peli porno de los 90. El tío cae de rodillas y grita lo que suele gritarse en esos casos:

—Por favor, no, no, no.


El cuero es guai y el que diga que no, miente.

La china hace como que no lo oye, porque total, no la pagan para eso. Masculla algo en su lengua natal, que el director de la serie tiene el detalle de traducirnos con un bonito subtítulo: "La tríada está muy cabreada contigo, Guachufasen. La tríada no perdona. La tríada te va a dar la del pulpo". Y vaya si se lo da: lo infla a hostias y ahí lo deja, muerto.

La pantalla se pone negra, vemos una cabeza de flecha surgir y, en mitad de una música grandilocuente, vemos un cartelón que nos indica que, efectivamente, estamos viendo ARROW. Muy útil por si alguien se había confundido de canal o algo.

A la mañana siguiente, un señor afroamericano sin pelo sale en las noticias y nos cuenta que Guachufasen ha muerto apaleado en un callejón. Nos encontramos a Oliver Queen, protagonista de la serie, mirando la tele con cara de preocupación y comprobando que el nombre de Guachufasen está en la lista de su padre. Para el que no se entere de qué va esto, su voz (en off) nos lo explica: tiene una lista que le dio su padre con nombres de gente que le ha fallado a la ciudad, envenenándola y tal. Gente a la que Oliver ha propuesto dar caza zurrido en una capucha verde y a golpe de flechazo. Si Guachufasen estaba en la lista, alguien se ha interpuesto entre él y su cruzada, lo que quiere decir que ese alguien se convierte en una prioridad.

En mitad de esta corriente de pensamientos, aparece la madre de Oliver Queen, una señora tela de elegante que hasta para ir por casa va con su traje de los domingos.


"A mí no me levantes la voz, ¿eh?"


—Oliver, cariño —dice, exultante—me voy al Mercadona deLuxe, ¿quieres que te traiga algo?
—Nada, mamá, gracias, estoy bien. Desde que estuve en la isla sé manterme con lo mínimo.
—Eh... pues muy bien. Algún día me contarás qué hiciste allí durante cinco años, tras la trágica muerte de tu padre.

Se inserta flashback de padre de Oliver Queen volándose la chota en una balsa ante las narices de su hijo, no sin antes decirle que no es el padre que él esperaba y que cuenta con él para enmendar toda la mierda que hizo en sus buenos tiempos.

—Claro, mamá —Oliver sonríe como si se hubiera acordado de un chiste, pero no del todo bueno—. A ver si un día me pongo y eso.
—Bueno, eso, que me voy. No te olvides de que esta noche tenemos la fiesta en homenaje a Guachufasen.
—¿A Guachufasen? ¿Es que lo conocías?
—Pues claro, tú padre él y yo teníamos negocios turb... digooo, teníamos negocios importantes por toda la ciudad.
—Entiendo. Vale, pues allí estaré.

La madre de Oliver sale y a espaldas de éste aparece otro afroamericano con poco pelo. En este caso, el guardaespaldas de Oliver, al que conocemos como Diggle.

—Tu madre está metida en algo feo, Oliver— dice, con semblante medio serio, medio sonriente, y con su habitual pose de las manos cruzadas sobre el paquete.
—Qué va, hombre, dices tonterías.
—Como quieras. Bueno, ¿cuál es el plan?
—Dar con los asesinos de Guachufasen.
—¿Para qué? Te han quitado un nombre de la lista. ¿No te trae más cuenta tenerlos en nómina?
—Es que esta es la lista de mi padre. Los nombres los tacho yo.
—Pues vale.


Hands on the paquete.


Nuevo flashback. Esta vez tenemos a Oliver correteando por la famosa isla. Para darnos cuenta de que esto sucedió hace cinco años, la cara de nuestro protagonista rezuma menos seguridad en sí misma y el peinado es diferente. Yo cada vez que lo veo me recuerda al puto Dani Martín, el cantante de El canto del loco. Pues eso, tenemos a Oliver correteando mientras se aparta ramas del careto y jadeando como un perro en agosto. Lanza un berrido y se para a echar el hígado. Un segundo después, aparece un señor asiático con barba y cara de pocos amigos zurrido en una capucha verde y con un arco.

—¡Tú no parar! —espeta el asiático, con cara de vinagre.
—Que no tengo aire, coño.
—Tú no parar o esta noche no cenar.
—Yyomecagoentuputamadre.
—¿Tú decir algo?
— Sí, señor.

Y Oliver se pone a retozar por la isla, asfixiado perdido, mientras el otro va como diez metros por delante como si estuviera dando un paseo por su casa.

Este flashback aparece interrumpido por el timbre de la puerta. Al abrir, descubren que se trata del detective Lance, un señor con cara de probar vinagre que ha cogido por costumbre pasarse por la mansión Queen cada vez que muere alguien. El hecho de que Lance fuera el padre de la tipa que murió en el barco donde iba Oliver antes de naufragar es circunstancial. Este tío es un puto profesional.

—Buenos días, inspector Lance, ¿en qué puedo ayu...?
—Déjate de monsergas, Queen. ¿Sabes algo de lo que le ha pasado a Guachufasen?
—Que se ha muerto.
—AJÁ. Se ha muerto. ¿Cómo te has enterado?
—Lo han dicho por la tele.
—La tele. La puta tele. Ya. Qué casualidad de que se muera un hombre en esta ciudad y TÚ te enteres por la prensa, ¿verdad?
Oliver se encoge de hombros.
—Volveré en otro momento.
—Pos vale.
Lance sale de la mansión Queen refunfuñando. A su lado hay un subalterno, que le pregunta:
—¿Y bien, señor?
—¿Cómo que "y bien"? Esa familia oculta algo y lo descubriré.


"A mí estos mamones no me la dan con queso".



Después de tan apasionante episodio, volvemos a Starling City. Cambia la escena y nos encontramos a Laurel. Laurel, además de ser la hija de Lance, es una abogada impoluta a la que el maquillaje fashion de los ojos no se le cae ni recién levantada. Su trabajo en teoría es ayudar a los desfavorecidos, pero cuando no recibe visitas de algún amigo en su despacho, la encontramos mirando las noticias en el ordenador. Y si no te fijas en ella, seguramente estará consultando su Facebook.


—Anda la hostia —se dice a sí misma al ver que se han cargado a Guachufasen. Ella misma estuvo defendiendo a un grupo de vecinos a los que Guachufasen, que de santo tenía poquito, quiso desahuciar.
—¿Te has enterado?— surge la voz de su compañera de trabajo por encima del portátil— Guachufasen ha muerto—. La compañera de Laurel tiene una especie de superpoder, consistente en anunciarte absolutamente todo cuanto sucede a dos metros o ha tenido lugar en los últimos cinco minutos de episodio. Es muy útil si te has ido a mear y te has perdido algo.
Laurel cierra la pantalla con la página web de la versión de Starling City del 20 Minutos y, en su lugar, aparece un papel con algo escrito.
—Algo he oído por ahí —responde Laurel, con el disimulo de un hipopótamo en una tienda de cerámicas de lujo.— Qué superfuerte, ¿no te parece?
—Igual ha sido el Encapuchado.


No, yo tampoco me explico cómo coño lo hace para apuntar con la capucha sobre los ojos.


La compañera de Laurel hace referencia, cómo no, a Oliver que, al volver de la isla, lleva exactamente la misma capucha que el asiático con cara de pocos amigos y echa sus ratos libres en ensartar delincuentes como si fueran aceitunas, porque todo el mundo tiene un hobby. Eso sí, esto solo lo saben Oliver y Diggle. Los demás, ni puta idea de eso. Solo saben que un señor con capucha se dedica a lo que se dedica.

—Yo del Encapuchado no sé nada— responde Laurel, con cara de "Pero ya me gustaría. Ese tío sabe cómo poner en cintura esta ciudad".
—Anda, mira— la amiga de Laurel nos vuelve a echar un cabo—, tu amigo el rubio potente al que no me importaría montármelo salvajemente con él repetidas veces ha venido a verte.

Laurel gira la cabeza y se le cambia la cara. Entorna los ojos en plan "Te voy a cortar la picha" y se dirige a Oliver, que está ahí, con cara de "Hola, solo estaba mirando las camisas, ¿a qué precio las tienen?".


Una cara tal que así.


—¿Qué haces aquí, despojo humano?
—Hola, Laurel.
—Ni hola ni pollas. Es la quinta vez que vienes esta semana y estamos a miércoles. ¿Es que no te acuerdas que te lo estuviste montando con mi hermana, cacho cabrón?

Lo cual no sería malo si Oliver no se hubiera zumbado a la hermana de Laurel MIENTRAS salía con Laurel. Detallitos así son los que matan relaciones. Más aún, si la susodicha hermana se mata en el barco en que estaban Oliver y su padre cuando naufragaron, y el primero acabó en la isla con un chino con malas pulgas.

—Ya te he dicho que lo siento. Pero podemos ser amigos, ¿no?
— Hrrrrnnnnnntttt... Buenovalepuesalomejor.
—Gracias. Eres buena gente, Laurel. Se nota que trabajas para ayudar a los desfavorecidos.
—Yabuenosí...
—Hablando de ayudar a los desfavorecidos, necesitaba saber qué clase de pavo era Guachufasen.
—¿Has estado perdido en una isla cinco años, te dimos por muerto, te lo montaste con mi hermana a mis espaldas, dejas que se muera y ahora vienes a preguntarme por Guachufasen?
—Esto... ¿Prefieres que hablemos de tu hermana?
—Mejor no. Era un hombre malo.
—¿Cómo de malo?
—Más malo que un dolor.
—¿Y quién podría ir a cazarlo?
—¿Aparte del Encapuchado ese?
—Sí, aparte.
—Dicen que tenía tratos con las Tríadas.
—Gracias. Ahora me voy. ¡Con Dios!
—Pero tío, ¿ya te vas? ¿Así, por las buenas?
—No, "Con Dios" es una expresión que quiere decir "Adiós". Lo aprendí en la isla.
—Quiero decir... ¿Por qué tienes tanto interés en Guachufasen?
—Era coleguita de mi madre, por lo visto.
—Oliver.
—¿Síiiiii?
—Ten cuidado.


"Que como te mueras, nos cancelan la serie".


Oliver se despide poniendo cara de "Si tú supieras, nena, que puedo partirle el cráneo a un mastuerzo y meterle su propio pie por el ojete sin sudar, no me dirías eso". Con las mismas, sale de la oficina y vemos que la conversación con Laurel ha sido una tapadera para el verdadero objetivo: mangarle el expediente en sus putas narices para saber hasta qué marca de condones usaba Guachufasen. Diggle le está esperando en la puerta, manos en paquete, y le hace la habitual pregunta:

—¿Lo tienes?
—Lo tengo.
—Oye, no es por nada, pero algún día Laurel se va a dar cuenta de que tiene los archivadores vacíos, y eso sucede cada vez que te pasas a verla.
—Ya lo he notado— la sonrisa sardónica de Oliver es un enigma. No sabemos si es un "Lo sé y me da igual" o "Me he equivocado esta mañana y el gel que he usado en el bidet resultaba ser lubricante con efecto calor".

Cambio de escena. Es de noche y nos encontramos un almacén portuario. Aparece un maloso cuya identidad no conocemos dentro de un coche, mientras un segundo vehículo aparece por el final de la calle. Se baja la china del pelucón, con su modelazo de cuero digno de local sadomaso. Detrás hay un par de tíos con uzis colgando del sobaco, a los que han debido contratar por feos y mal encarados.

—Guachufasen ha muerto— dice el maloso desde dentro del coche.
—Lo sé— responde ella, tan expresiva como Kristen Stewart. Bueno, un poco más. Pero solo un poco—. Lo maté yo. A hostias limpias. Tú me lo ordenaste.
—Eso enseñará a gente como él que a mí no se me tocan los cojones.
—Sí, señor.
—Mi plan genial sigue en marcha, como era de esperar.
—¿Y qué pasa con el Encapuchado?
—No me convence el color de su traje.
—No, me preguntaba si no vamos a ir a por él.
—Sí, en un momento dado. Cuando te lo diga yo, que para eso soy el que pone aquí la pasta.
—Pero es que le tengo ganas.
—Me da igual. Obedece o te echo a la calle sin prestación por desempleo, ¿eins?
—Lo que usted diga, señor.

La acción se traslada a una nave industrial comida de mierda donde pone Queen Consolidated. No necesitamos ser unos genios para sumar dos y dos y saber a quién pertenece. En su interior, está Oliver, en topless y subido a una barra mientras hace ejercicio. Torso para arriba, torso para abajo. Esta escena pone a prueba la resistencia hormonal femenina a lanzarse a devorar la pantalla. También pone a prueba la heterosexualidad masculina. Entretanto, la voz de Oliver, en off, nos dice "Tengo que seguir estando así de tremendo para no dar tregua a mis enemigos".


Ese cuerpo.

Justo entonces, Diggle aparece y le pregunta cómo va la investigación sobre Guachufasen. Justo debajo del cuerpazo de Oliver hay tropecientos ordenadores y unos soportes con flechas con la punta pintada de verde.

—Pues ahí va el tema— responde.
—Ya lo veo, ya— Diggle echa un vistazo al monitor y comprueba que el Torrent está dándolo todo mientras se descargan las seis temporadas de Breaking Bad.

Oliver pega un salto desde unos tres metros y pico y se acerca al monitor. Maximiza una pantalla con cara de "¿Ves como sí trabajo, cabrón?" y le enseña a Diggle un montón de informes incomprensibles. Este mira el papeleo con cara como de entender qué coño es todo eso y prefiere no preguntarse por qué coño ha tenido que robar un expediente en papel cuando puede ver que lo tiene todo informatizado.

—La Tríada se reúne en los muelles. Allí podré dar caza a los que mataron a Guachufasen y así honrar la memoria de mi padre.
—Matando gente, ajam.
—No me vengas con milongas, Diggle, que tú fuiste soldado.
—Sí, pero a mí me pagaban por matar.
—Bueno, yo soy millonario. Me pago a mí mismo por ello.
—Pues vale.
—La Tríada, según veo en el diario de Guachufasen, se reúne todos los jueves por la noche en el muelle del Cajón Gordo, seguramente para hablar de sus cosas. Adivina qué día es hoy.
—¿No es miércoles?
—No, es jueves.
—Pues sí que pasa volando la semana.
—El Encapuchado irá esta noche a hacerles una visita.
—No, no, no... Esta noche es el homenaje a Guachufasen, ¿o es que no te acuerdas?
—Mierda, pues algo habrá que hacer...

Pasa un rato y volvemos a la mansión de Oliver. Nuestro amigo ya está vestido de calle. En su idioma, esto se traduce con camisa, chaqueta y todo muy elegante. Está en el vestíbulo y oímos un trotar de zapatos desde la escalera que comunica con el piso de arriba.

—Oooooliveeeeerrrrrr...
—Hola, Speedy.

Speedy es el mote de Thea, la hermana de Oliver. Cuando éste se perdió en la isla, ella tenía doce años. Ahora tiene diecisiete. Se ha convertido en una mujercita delgada de ojos más bien grandes, y orificios nasales aún más grandes. Entra de todo ahí.

—Esssta nocheeee hay fieeeeeshtaaaaa...
—¿Has vuelto a encocarte, hermanita?
—No, solo me he clavado dos botellas de litro y medio de tequila marca Danny Trejo. ¡MACHETE MACHETE MACHETE!
—Llevas una mala vida.
—Y tú le ponías los cuernos a tu novia con tu cuñada. Las lecciones de moral te las metes por el culo.


"Que te vayas a cagar ya, majarón"


Mientras Oliver pone cara de "Venga, va, esta me la merecía", aparece su madre, más en punta en blanco si cabe, acompañada de otro afroamericano con poco pelo. En esta ocasión, se trata de Walter, actual esposo de la señora.

—¿Todo listo? —dice la señora Queen.
—Sí.
—Seh.
—Pues arreando, que nos vamos.
—Muy elegante, Oliver —dice Walter— .Serás un digno heredero de tu padre en la empresa.
—No, gracias. Eso se te da mejor a ti, ya que eres muy bueno METIÉNDOTE MUY EN EL INTERIOR de ella.
—¿Mande?
—En el interior de la Queen Consolidated. No puedo negar que lo tuyo es la PENETRACIÓN PROFUNDA.
—Ejem, bueno, vale.

Este clima de tensión se rompe súbitamente por un vocerío en el exterior. El vocerío proviene de un solo hombre: Tommy Merlyn, la versión pudiente del amigo calavera que todo el mundo conoce.

—¡Oliveeeeer! —berrea este, con expresión de no haberse pegado una juerga en veinte años y firme objetivo de saldar deudas —¡Fiesta burra esta nocheeee! ¡Vamos a empotrar chorbas!
— Tommy.
—¡Todavía me acuerdo de aquella vez que nos lo hicimos con las hermanas Janderson!
—¿Las siamesas?
—¡Las mismas, menuda noche! Y aquello de terminar en...
—En otro momento, Tommy. Mi familia está delante.

Plano rápido de la familia Queen flipando en colores. Justo detrás de ellos está Diggle aguantando la risa y lamentándose de tener la postura fija con las manos en el paquete, en lugar de no estar grabando la secuencia con un móvil.

Se inserta aquí un segundo flashback, con Oliver en modo Dani Martín y el asiático de pocas palabras en una cueva. Oliver tiene ante sí un cuenco con agua y pinta de no entender un coño. El asiático acaba de llegar con dos pollos ensartados con una flecha. Planta las posaderas frente a él y le dice:

—¿Qué?
—¿Qué de qué?
—Pega al agua.
—Dame pollo y le pego.
—Si tu no pegar, yo pegarte a ti.
—Pues vale.

Y Oliver se pone dale que te pego, a endiñarle zurriagazos al agua. Ni explicaciones ni putas hostias. Se ve que el asiático de la capucha verde en su día era fan de la saga de Karate Kid y estaba como loco esperando a que llegase algún occidental panoli con ganas de aprender artes marciales.


"Yo cazar pollos, pringao. Tú mientras cantar 'La madre de José me está volviendo loco', a mí encantarme esa canción".



Tiempo presente. Nos vamos para el fiestón. Por algún motivo que desconocemos, la reunión se hace en una macrodiscoteca justo al lado de los muelles. Sale una disc-jockey con peluca de colores levantando los dedos hacia el cielo, mientras la gente le sigue el rollo. La familia Queen anda por ahí, en sus historias: Thea ya está probando todo lo probable en los baños y nadie le puede reprochar nada. Es joven, impetuosa y no ha mentido, pues dijo que iba "a empolvarse la nariz". Moira Queen está hablando con algún congresista sobre vete a saber qué, mientras que su esposo está al lado ejerciendo de adorno y asintiendo con cada frase ingeniosa. Oliver asiente igualmente, aunque ni puto caso de lo que le dicen. Tommy está con el potorradar puesto, a ver qué va a caer esta noche. Y de buenas a primeras aparece Laurel.

—Oliver.
—Laurel, no esperaba verte aquí.
—Soy abogada, pero tengo vida y eso. Y el house que pinchan mola.
—Emmm pues muy bien.
—Oye, sobre lo de mi hermana...

Se inserta flashback con la hermana de Laurel arrastrada por las aguas gritando "Socorro".


"¡QUILLOOOOOOOO!"


—¿Síiii?
—Te perdono porque te la tirases a mis espaldas. Eras irresponsable, inmaduro y tal.
—¿Y ahora no?
—No, ahora te cortas el pelo como un exmilitar ruso y no como el puto Dani Martín.
—Pues mira tú qué bien.
—Por cierto, estaba pensando...
—¿Síiii?
—Cada vez que te pasas por mi oficina me desaparecen expedientes.
—¿En serio?
—Sí. Quería decirte que, si ves a alguien raro con pinta de mangar expedientes la próxima vez que vengas, me lo digas. Mi padre es poli, ¿te acuerdas?
Oliver pone su cara de aguantarse la risa como un cabrón y responde:
—Lo tendré en cuenta.

Dan las doce y pico y a Oliver le da el gusanillo de cargarse malosos a flechazo limpio. Mira el móvil y la alarma le pone, muy discretamente, con un rótulo en letras enormes "LA TRÍADA SE ESTÁ REUNIENDO AHORA". Pide disculpas a vete a saber quién: Moira está flirteando con el padre de Tommy, que es un señor que podría pasar por ser el hermano mayor de Tommy. El propio Tommy, entretanto, tiene la cabeza metida entre las faldas de alguien; Thea está vomitando la primera papilla que le dieron en el callejón, mientras una amiga le sostiene la cabeza para que no se pringue el pelo. Walter lo está observando todo con impotencia, mientras que Diggle lo hace impasible. Ha llegado el momento de que el Encapuchado salga a cazar malos. Por ello, se pone la capucha de su amigo el chino, trinca el arco y le manga a su hermana una sombra de ojos de color verde de lo más cuca.


"Con estas pintas no me reconoce ni mi padre, colega".


A escasas tres calles de allí está la china de la Tríada con sus subalternos. Nuevamente, hablan en karaoke, con subtítulos para que lo entendamos todo:

—A ver, Wakizashi, la recaudación del mes.
—Ahí va.
—¿Pero qué mierda es esta?
—La crisis, jefa, la crisis. No hemos conseguido más que esto.

Pelucablanca le arrea una patada en la cabeza a Wakizashi y lo manda a reunirse con sus ancestros. El resto de subalternos sueltan diligentemente la recaudación y ponen algo de calderilla de sus carteras, no sea que esa noche cenen tacón de aguja. Se hace el recuento y la moza manifiesta su satisfacción con un escueto asentimiento de cabeza. En su lenguaje es que está flipando. Si estuviera en primera fila viendo a los Iron Maiden, haría exactamente el mismo gesto en mitad del The Number of the Beast.
Una vez llevado a cabo el primer punto en el orden del día, pasan al segundo, que es el que le mola a ella: ejecutar traidores o gente que les cae mal. Esta noche, toca cepillarse a un humilde barrendero que estaba dispuesto a testificar contra ellos. Clásico diálogo de "Por favor, no, no me mate" y lo de "Nadie le toca los huevos a la Tríada". Lo de siempre.

Justo entonces, las pocas farolas que había encendidas se van a tomar por culo. Un proyectil las ha reventado, dejándolos a oscuras.
Un proyectil verde.
Una flecha verde.

La asiática gira el cuello con tanta intensidad que por poco se deja el trapecio. La voz de Oliver, modificada para no ser reconocida, lo asemeja a un paciente con una reciente laringoctomía, pero aún así se entiende lo que quiere decir:

Le habéis fallado a esta ciudad.


"A ver qué va a pasar ya aquí con la tontería, Pelucablanca!"


La china, que ya se ha dado de hostias con Oliver un par de veces, se pregunta qué coño significará eso. Ella no prometió nada que no fuese terror, violencia, extorsión y mucho dolor. Desde su punto de vista, ha cumplido sus promesas a rajatabla. Pero como tampoco es que sea de mucho pensar, hace lo que más le gusta, que es montarse una coreografía de kung-fu guapa guapa y liarse a palos con el Encapuchado. Un par de minutos de capoeira con arco, patadas que no tocan el blanco, puñetazos bloqueados, un par de malosos ensartados como una aceituna y acción a raudales. La chunga de cuero ya ve que le empieza a faltar un poco el aliento y echa a correr. Le tiene ganas al Encapuchado, pero oye, que este tío se ha entrenado con los mejores y hacen falta más horas de Aquagym para superar eso. El Encapuchado, como era de esperar, echa a correr tras ella. Se agarra a alguna pared y hace numeritos de parkour tela de estéticos, pero en vano: la china se le escapa para volver a aporrearse la próxima vez, pero no está todo perdido. Cual versión ultraviolenta de la Cenicienta, se ha dejado algo.
Un portátil.
"Bingo".

A la mañana siguiente, nadie se pregunta demasiado por la ausencia de Oliver. Total, estaba cada uno en lo suyo y es casi mejor fingir que lo vieron toda la noche antes que admitir que estaban haciendo cosas de las que es mejor no hablar en la mesa. Oliver, en un momento dado, decide que el plato de macarrones es demasiado para él y pide retirarse con una escueta reverencia. Su madre pone cara rara, pero claro: si te pegas cinco años en una isla, se te cierra el estómago y eres de poco comer. Por eso no dice mucho más.

A donde va Oliver en realidad no es a "hacer un recado", como ha dicho a su madre; con el portátil que ha trincado de la china, se va para el edificio de la empresa de su padre y busca a alguien en la sección de informática. Ahí vemos una guapísima rubia con gafas atendiendo un email. En éste, alguien le dice que es incapaz de acceder al correo. Ella responde preguntando si ha probado a reiniciar el equipo. En caso contrario, aconseja formatear. Satisfecha con su trabajo, se calza una taza de colacao aderezada con coñac que le sirve para ir tirando a lo largo del día.
En esto que entra Oliver en el despacho, con su aire de rompebragas letal. La informático abre los ojos tan de par en par que las lentes de las gafas se le quedan pequeñas, mientras se pregunta si no se ha pasado con el coñac. Todo el mundo sabe cómo se ve a gente del sexo contrario cuando el nivel etílico en sangre supera una tasa.


"Madre mía, está tremendo el tío..."


—A las buenas tardes —dice Oliver, con su porte de "Estoy bueno y lo sé".
— Bu-bu-buenas —responde la informático, que atiende al nombre de Felicity. Ella también sabe que Oliver está bueno —¿Qué se le ofrece?
—Tengo un portátil.
—Yo tengo como siete.
—Ya, pero este portátil me da problemas.
—Eso es de bajar porno, todo el mundo lo sabe. Lo mismo probando con algo más... ejem, real...
Oliver no está seguro de haber entendido eso último del todo, con lo que sigue con su rollo.
—No, no... la cuestión es que se me ha escoñado un poco.
—¿Y eso?
—Se me cayó al suelo.
—Ajá —Felicity mira el portátil. Sí, puede que haya caído al suelo. Desde un quinto piso.
—Y también le cayó un poco de Nesquik encima.
—Suele pasar. Y supongo que también practicó zapateado encima de él.
—¿Por?
—Tiene marcas de botas por toda la carcasa.
—Ah, sí. Es que me puse un dvd de Carlos Saura y me emocioné...
—Y también tiene agujeros de bala.
—Esto... Sí, ¿qué cosas, eh? jejejeje
—Bueno, ¿y qué tengo que hacer yo con esta mierda?
—Pues resulta que tiene algunos datos que no se abren. Supongo que debido a algún golpecillo o algo...
—¿Tiene hecha copias de seguridad?
—Uh, no.
—Vamos bien. ¿Algo en la nube?
—No.
—Y tengo que sacar yo toda la mierda de este disco duro y dársela, ¿no?
—Eso eso.
—Pues vale.
—¿No me va a preguntar nada?
—Hombre, puestos a preguntar, le preguntaría por su Facebook, o su Whatsapp...
—Sobre el portátil, quería decir.
—Na, yo paso. Si aquí soy funcionaria.
—Fenómeno. Hasta más ver.
—Se pasa por aquí la semana que viene y ya le comento.
—¿Puede ser mañana?

Felicity se queda pensativa un rato. El tal Oliver este, el hijo de su difunto jefe, es un pájaro de cuidado. Seguro que es de esos que se pasa el día haciéndose selfies en calzones sobre la cama... y bajo la camisa se adivina un torso de los de tomar pan y mojar tres barras de Viena seguidas... Joder, a ese portátil hay que hincarle el diente. Como tenga una carpeta entera con sus reportajes fotográficos, ha triunfado como el primer disco de los Chichos.


"Yo en la sesión de entrenamiento. Porque un cuerpo no se cultiva solo"


—Por supuesto. Me pondré a ello en seguida.
—Gracias.

Nuevo flashback. Oliver está en la isla y su pelo sigue sin mejorar. De hecho, lo que ha empeorado es su cara, que ahora tiene unas ojeras de impresión. Tiene tiriteras y se encuentra tirado en el suelo en posición fetal. El chinaca lo ve con condescendencia y masculla en su idioma algo así como "Valiente poca calidad". Sin mediar palabra, le mete por el pescuezo unas hierbas que saben a mierda y lo hace beber. Más que hierbas mágicas, que es lo que podría parecer en cualquier momento, para mí que son un laxante tan potente que se lleva por el retrete (en este caso por el agujero tras dos piedras en un extremo de la cueva) todo virus, bacteria y troyano que haya en el cuerpo.

Nos vamos para los muelles. La china está hablando con el coche del malo, porque éste no tiene la educación de bajarse para decir las cosas cara a cara. Una vez más, como suele suceder en estos casos, responso por haberle fallado y haber perdido el portátil con lo importante. Por algún motivo que a la china se le escapa, no hay bronca alguna por no haber matado al Encapuchado. A saber qué coño se le pasa por la cabeza a estos villanos de hoy en día. Nuevamente, nuevas alusiones al plan y ella, como está ya acostumbrada, asiente aunque no tenga ni zorra de qué va la movida en realidad. No hay nada peor que un esbirro chungo que manifieste su total ignorancia ante algo.


Foto de Oliver dándole a la barra. Sé que muchas de mis lectoras lo agradecerán.


A la mañana siguiente, Oliver se planta a primera hora en el minidespacho de Felicity. El cruce de reacciones, por algún motivo que desconocemos, es bastante similar al anterior, así que pasamos directamente al diálogo:

—Decía usted que el portátil era suyo, ¿no?
—Lo es, lo es.
—Es que he encontrado una cantidad ingente de porno gay... Y la discografía completa de Tokio Hotel.
—Puedo explicarlo.
—No, no puede.
—En fin, ¿de las carpetas que estaban encriptadas?
—Eso me ha resultado curioso.
—¿Más porno gay?
—Aparte. Es que me ha llamado la atención que usted mismo encriptase carpetas con un código ASCO-3 sin tener ni papa de informática y luego me pregunte por lo que hay, como si no lo supiera.
—Nunca fui muy espabilado.
—Brrrrghhghppp... En fin, resulta que lo que tenemos en esa carpeta es... Puede arrimarse a la pantalla para verlo.
—¿Puedo?
—Ya lo creo. Arrímese más. Más. ¡MÁS, COÑO!
—...
—En fin, resulta que en esta carpeta hay planos. Planos de los Barrows.
—El barrio chungo. Es que... quiero convertirlo en un barrio bohemio, ¿sabe?
—Ya, y yo me afeito el higo con la batidora.
—¿En serio hace eso?
—NO.
—Alto, ¿qué es eso?
—Un plano de un barco.
—No es un barco cualquiera. Es el Queen's Gambit.
—¿El barco donde usted naufragó y donde perdió de forma trágica y dolorosa a su padre, para luego morirse de hambre y miseria en una isla desierta durante cinco putos años, sin catar moza?
—Sí...

Escena final.
Está Moira Queen en su casa. Ha mandado a Walter a ir a por mortadela, que la criada rusa les ha dicho que se han quedado sin ella, y los partidos de fútbol sin bocatas no son lo mismo. En ese momento, le suena el móvil. Una voz masculina, con un tono helado y siniestro le dice:

—LO SABE.


Otra fotaca más de Oliver dándole a la barra.


Nueva sintonía, con los títulos de créditos finales y aquí termina el capítulo, dejando al espectador con ganas de saber quién coño sabe qué. De saber quién es el malo. De saber quién es el nuevo estilista de Oliver, capaz de transformar a Dani Martin en un tiarrón. De saber quién es su entrenador personal y de qué excusa tendrá en el próximo capítulo para quitarse la parte de arriba.

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