viernes, 19 de septiembre de 2014

Angst- El Séptimo Mes



Suelo pensar que la vida, en líneas generales, tiende a regirse por ciclos, más que ser una sucesión desordenada de acontecimientos que no tienen que ver nada unos con otros: existen ciclos, más o menos prolongados que (en mi experiencia personal) suelen abarcar períodos de entre tres y cinco años, con sus puntos de inflexión y demás; luego, ciclos un poco más frecuentes, que vienen a durar cada año, tomando Septiembre como punto de partida, en una especie de juego de muerte (esa languidez que suele caracterizar a Agosto, donde todo a nuestro alrededor parece morir a causa del calor y la temporada vacacional de la mayor parte del mundo) y resurrección (en Septiembre, donde todo vuelve a ponerse en marcha y retomamos las rutinas perdidas durante el verano) o, usando ejemplos menos macabros, lo que vendría a ser el proceso de despertar tras una temporada de letargo. Todo termina, en cualquier caso, para volver a comenzar de nuevo.


Detengámonos, por un momento, en el mes de Septiembre. Si atendemos al calendario gregoriano (es decir, el que usamos hoy en día en los países occidentales), encontramos que se trata del noveno mes. No obstante, tomando la raíz etimológica, nos damos cuenta de que este mes corresponde al número siete, pues en el calendario romano era el lugar que le correspondía. Siete, un número dotado de connotaciones mágicas desde el principio de los tiempos, asociado a la suerte, al bien o simplemente como número sagrado. Septiembre, un mes frontera que separa el verano del invierno (o del otoño, si nos ponemos quisquillosos; en mi ciudad natal el otoño como tal es algo que solemos ver raramente) y que marca el final de la cosecha.
Un final de ciclo, si quieres.



De una cosa pa otra.


Esto me recuerda que, hace algunos años, un profesor (que más adelante sería el coordinador de mi curso de doctorado, del que ya os he hablado una vez) nos comentó en una clase del último curso de carrera que, dentro de poco, dejaríamos de ver la vida como si fueran cursos. Que dejábamos atrás la vida académica y que ese ritual de regreso en Septiembre dejaría de tener sentido.
No puedo estar más en desacuerdo.
Puede que sea debido a que mi vida sigue estando relacionada con la educación, pero para mí Septiembre sigue teniendo ese valor simbólico de vuelta a empezar. O bien, de inicio de una nueva etapa. Desde que puedo recordar, siempre lo he asociado al acto de cerrar ciertos capítulos de mi vida y, cómo no, de abrir otros. Nuevas temporadas que surgen, nuevos caminos y nuevos compañeros de viaje que se van sumando al camino. A veces, Septiembre supone una vuelta de tuerca e incluso trae de nuevo a viejos camaradas que, por unos motivos u otros, habían tomado senderos diferentes. Algo así como la "resurrección" de viejos contactos, si seguimos la metáfora.

No soy muy amigo de creer en casualidades; no, si dejo la extrema racionalidad a un lado (algo que, seamos honestos, a veces aburre y que a menudo me gusta hacer) y me planteo en cómo funciona mi Universo personal. Ese universo que aparece conformado por nuestro entorno, nuestras experiencias, por lo que sabemos y también por lo que ignoramos. Por lo que amamos, lo que tememos, por aquello por lo que luchamos y también por contra lo que luchamos. Ese Universo que no es más que una extensión de nuestras percepciones, el que solo podemos ver con los ojos que tenemos y del que solo nosotros podemos sacar las conclusiones que sacamos. Esa narración que, desde el mismo momento en que nacimos, nos tomó como protagonistas: a veces héroes, a veces antihéroes, vencedores, víctimas o simples espectadores de los acontecimientos que nos suceden. Diversos papeles que alternamos a lo largo de nuestra vida, alternándose entre sí o por medio de encarnaciones más o menos estables. La vida es un escenario y nosotros, meros actores.


Algo en este plan, pero menos descarado.


Partiendo de este concepto de Universo personal al que suelo referirme de vez en cuando, quizá no es casualidad que haya nacido en este mes y que, con cada año que cumplo, voy superando al mismo tiempo uno de esos ciclos anuales de los que he hablado. Como si, cada vez que llegase Septiembre, en cierto modo concluyese una etapa y empezase otra, coincidiendo con añadir un año más a mi andadura por este mundo que cada vez entiendo menos. Llega el momento de abrir nuevas líneas argumentales, finiquitar otras, cambiar el tono de la narración o retomar uno perdido. Novedades mezcladas con un constante déjà vu.

Esto, por supuesto, no es malo, sino todo lo contrario: para mí, pone de manifiesto esa particularidad que tiene el Universo que me rodea (nuevamente, la idea de que nuestro Universo funciona en base a cómo lo percibimos cada uno de nosotros, frente a la idea de un Universo o un entorno que son objetivos e inmutables). Introducción, nudo y desenlace de un ciclo de al menos doce meses; a veces, dicho desenlace es autoconclusivo (o lo es en algunos aspectos, al menos) y otras, produce ecos y ondas, que se van reflejando en acontecimientos posteriores, desarrollando ciclos algo mayores, etapas que engloban varios años. Piezas aparentemente independientes que conforman un mosaico aun mayor, y suele ser Septiembre precisamente la línea divisoria que marca esas pequeñas etapas dentro del mosaico. Movimiento primero, segundo, tercero, los que sean, de una sinfonía que viene a representar lo que es una parte concreta de tu vida. Lo que, para mí, marca realmente el paso de un año a otro (o un movimiento a otro) y una buena época para hacer balance de cómo están siendo las cosas y cómo han evolucionado con el paso del tiempo. Nada que ver, desde mi punto de vista, con Enero (irónicamente, el mes de Jano, dios relacionado con las puertas y los lugares de paso), que funciona bien como fecha oficial... pero poco más.

Se abre un nuevo año. Una nueva etapa. Nuevos acontecimientos en ciernes. Lo que suceda a partir de ahora... es algo que solo se puede descubrir viviéndolo.

No hay comentarios: