Hace cosa de un par de semanas atrás, mi pareja me comentó que iban a organizar un reestreno de la película de Miyazaki La Princesa Mononoke en un cine de mi ciudad. Aunque yo la peli la había visto ya un par de veces, es cierto que no me acordaba mucho de ella (la última vez que la vi debió ser hace más de tres años) y oye, tengo el suficiente buen recuerdo de ella como para querer verla en pantalla grande. Aparte, según pudimos comprobar, la entrada estaba a un precio más que razonable. Por tanto, un día que fuimos a darnos una vuelta, aprovechamos para meternos en una de las tiendas de merchandising, juegos de rol y otras zarandajas frikis (sí, hay algunos comics y libros también ahí) y comprarlas. Mi pareja suelta la pasta y me dice que ya se lo pagaré. Invitándola a cenar, a un helado o cosas así.
Unos días después, me comenta que por razones laborales y logísticas (traducido: curro al día siguiente y sin coche para poder desplazarse), no puede venir conmigo al reestreno, de forma que me da las entradas y me dice que busque a alguno de mis camaradas de armas para que me acompañe. Espero hasta el día antes, por si la cosa se le arregla, pero en vano, así que toca ir tirando de lista de colegas. En un primer momento pienso en Dan, al que muchos conocéis ya como mi compañero de aventuras en las Crónicas del Yoga, y con el que hace algún tiempo que no quedo para tomarme un algo o para echarnos un cine. Él me responde diciéndome que tiene esa tarde cubierta, así que mi segunda opción es El Deivi.
No os he hablado de El Deivi antes en estos artículos, creo. Bueno, en resumen, diré que es un buen colega; siempre dispuesto a echar un cable en lo que sea y que, por lo general, se apunta a un bombardeo.
Ah, sí, también tiene costumbre de responder a lo que sea con la palabra CULO.
Le mando un mensaje, y con solo mencionar la palabra "Mononoke" se apunta. Yo contaba con eso.
CULO.
Total, que allá que vamos. Salgo de currar y quedo con él en mi casa. El puto cine donde se estrena la película tiene una combinación de transporte tan cojonuda (está en un complejo comercial situado entre una autovía y un polígono industrial famoso por sus almacenes de chinos, sus burdeles, sus prostitutas esquineras y la total falta de vigilancia en varios metros a la redonda, sin acceso conocido por tren de cercanías o una línea de autobús que se pueda coger en algún sitio cercano) que nos vemos obligados a ir en coche. Allá que vamos, hablando de lo nuestro y elucubrando acerca de si ciertos especímenes que (por desgracia para nosotros) conocemos se han podido enterar del estreno de la peli, y en diversas formas de darles esquinazo posibles.
Hablemos un poco de la peli en sí: Mononoke es una peli del genial Miyazaki, autor de otras cositas tan notables como Mi Vecino Totoro o El Viaje de Chihiro. También diseñó los personajes de series todavía más míticas como Heidi o aquella versión de Sherlock Holmes con perros y gatos. La Princesa Mononoke tiene fecha de estreno original en 1997 y, si mi memoria no me falla, debió llegar a España cosa de un año y pico después (si no recuerdo mal, a mí me pilló ya en mi segundo año en la universidad, lo que debería ser hacia 1998 o así). No es difícil pensar, por tanto, que la gente que acude al reestreno es gente de unos treinta y pocos o así. Veintimuchos, como mínimo. La visión de un melenas sin afeitar en el aparcamiento acudiendo hacia el edificio del cine nos lleva en esa dirección, así que Deivi y yo hacemos lo propio y, una vez aparcado el Deivimóvil, tiramos para allá.
"¡Vamos para allá!"
Ahí estamos, Deivi y yo, hablando de nuestras cosas, en el momento en que los dos nos quedamos callados. Se nos congela la sonrisa y los ojos se nos ponen como platos, víctimas del horror más primario. ¿Recordáis la fecha de estreno? ¿Os ha parecido lógico mi cálculo acerca de la edad media de los espectadores?
Pues a tomar por culo.
Lo que Deivi y yo encontramos es la chiquillería más absoluta... lo que no tendría que ser malo si aquello no pareciese una especie de concurso de a ver quién chilla más o le demuestra a los demás quién es más friki, o "más especial" que el resto de la masa circundante. La media de edad, en contra de lo que habíamos pensado, es de apenas veinte años, si no menor (en la edad mental, ni entro). Es decir, gente que, mucha de ella, ni había nacido cuando estrenaron la peli en su día.
Mis ojos se clavan con horror sobre una criatura que va vestida de Princesa Mononoke, mientras recuerdo el espectáculo bochornoso sufrido unos años atrás, cuando visité por última vez un salón del cómic en mi ciudad.
Deivi no es que se lo esté pasando mucho mejor. Los que tenemos delante no parecen haber superado la adolescencia (qué cojones, ni siquiera parecen haber llegado mentalmente a ella) y están follándose la escala decibélica con las cuerdas vocales, que si jiji, que si jajá. Él posa la mirada sobre el cartel de una peli de terror, con el significativo título de Líbranos del Mal.
Seguimos avanzando y descubrimos con desesperación que, pese a haber subido más de media hora antes a la sala, hay una cola de más de cien personas, en su mayoría no muy diferentes que los banshees que tenemos delante.
Ganas de matar aumentando.
Nuestras jetas, tal que así.
Al internarnos en el pasillo de entrada a lo que es la sala en sí, tenemos otro grupo de gente delante de nosotros (no sé dónde cojones fueron los que estaban berreando a lo basto cuando entramos al recinto; tampoco es que me importe) que, en un espectáculo de madurez absoluta y a sus veintipocos años de edad (es decir, con las entrepatas negras), se están dedicando a darse collejitas y empujones, cada vez más bastos. Deivi y yo seguimos a lo nuestro, pero bastante atentos a que ninguno de estos empuje a nadie sobre nosotros. Este tipo de ambientes nos matan y no estamos para gilipolleces de criajos. Nuestra frase es algo así como "Yo solo digo que como me caiga alguien encima se la carga". Creo recordar que en nuestro pacífico discurso, mencionamos cosas como dar patadas en las costillas o algo así. Llevamos más de un cuarto de hora en cola escuchando idioteces y procurando que no empujen a nadie "en bromita" encima de nosotros.
La sala, hasta la puta pelota. Un acomodador nos pide que por favor, no dejemos huecos entre las butacas, a fin de que todo el mundo se pueda sentar de una forma cómoda y ordenada, lo que nos resulta lógico. Llegamos a una de las primeras filas de butacas, que vemos vacía. Es poner el pie en la fila y una señora nos dice que esa fila "Está ocupada".
La fila entera.
Subimos por las escaleras, entonces, a fin de encontrar localidades que anden más o menos centradas. En una de las superiores, encontramos un sitio que está de puta madre. Allí vemos que hay otro personaje que pone la mano en la butaca de al lado para que nadie se siente a su lado. Nosotros ignoramos lo que hace y nos sentamos en las que nos deja libres.
Es sentarnos y lo notamos.
Es algo inherente a todo sitio en que la proporción de frikis acérrimos (sí, de esos que convierten el frikismo en una "forma de vida" y que dedican la mayor parte de sus esfuerzos en demostrar al mundo lo frikis que son y lo especial que es su forma de vida, frente a los demás, que son aburridos, van al fútbol y en general son gilipollas) supera el 25% de los asistentes. Algo muy propio de convenciones, jornadas, salones de cómic y algunas tiendas donde se consiente que el chiquillerío campase a sus anchas como si, en vez de un local de venta, fuera un puto parque de atracciones.
No me refiero al vocerío (que también).
No me refiero a los disfraces (ya hemos visto un par de ellos).
No, amigos Distópicos, esto es mucho, mucho peor.
Me refiero al Peste a Choto.
Posible indumentaria que El Deivi y yo deberíamos haber llevado.
Incluido el bombardero de detrás.
Para entenderlo imaginad una sala cerrada, en la que se agolpan alrededor de doscientas almas (cálculo a ojo; nuestras entradas, para entendernos, son las 180 y 181) de las cuales, juraría que la mitad, friki arriba, friki abajo, viene sin duchar. Algo así como un autobús público, pero a lo bestia. Deivi tiene la mala suerte de que uno de estos enemigos del agüita de la chachi se le ha colocado justo al lado. Y al colocarse, pues coloca a Deivi, al que le falta un tris para crecer tres metros, volverse verde y liarse a hostias. En lugar de eso se pregunta por qué cojones la gente no se ducha. Que le parece muy bien que le gusten las frikadas y demás, pero que no entiende por qué cojones no se dan un agua.
A mí no es que me vaya mucho mejor. De vez en cuando, me llegan vaharadas de algo que, por Dios, espero que sea chorizo.
Miro a mi alrededor. Las conversaciones dan como risa, por no llorar. A nuestra izquierda y nuestra derecha tenemos especímenes de gente que se conoce entre sí, lo que implica que se están hablando (casi voceando) entre ellos con nosotros en medio.
—Llevo ya dos semanas sin afeitar —dice uno de ellos, de forma triunfal.
—Pues yo tres —responde su interlocutor, atusándose una masa de pelos informes que me recuerda a una espesa formación de musgo y líquen que se crece y se apelmaza en esa vasta zona situada entre debajo de la nariz y la garganta. Entiendo que hay una boca por alguna parte, porque el fulano no para de parlotear.
Muy maduro todo.
En mi observación me doy cuenta de que aquí el público viene como de uniforme: la nota dominante es la susodicha plasta de pelo descuidado y sin un puto recorte siquiera conocida como barba, pero también me doy cuenta de que muchos de ellos llevan camisita de leñador abierta y gafas.
Tampoco parecen saber muy bien para qué vale un peine.
En las chicas, la cosa varía un poco y algunas parecen hasta ir camufladas de persona normal... Sin embargo, abren la boca y se descubren por completo. Imaginadlo: berridos a todo volumen, risotadas y demás.
Al sentarnos, nos damos cuenta de que la película está en pantalla. Concretamente, lo que está proyectado es el inicio del blu-ray, que tienen puesto en bucle durante más de un cuarto de hora que nos tienen esperando. Aquello empezaba a las nueve, y son casi las nueve y veinte y lo único que vemos es lo típico de "Empezar película", "Audio" y "Subtítulos".
Hemos ido al cine para que nos planten un puto dvd.
Pasa el tiempo y los frikis empiezan a berrear cual gremlins cada vez que el menú termina el bucle y empieza de nuevo. El peste a choto se intensifica, hasta hacerse tan denso como el interior de un bote de Nocilla.
Alguien me deja ciego a golpe de flash en la fila de delante, haciéndose selfies con el móvil compulsivamente.
"Hola, estamos en el cine. Y como tenemos la obligación de demostrarlo, os dejamos una fotito. #enlabutaca #instacine #porculeandoenlaoscuridad"
Casi a las nueve y veinte, aparecen un puñado de personas abajo, a las que no termino de reconocer del todo, considerando que la sala no está del todo iluminada (las luces están encendidas, pero no todas) y que yo tengo las retinas quemadas por culpa del flash del móvil del tipo de delante. Por la silueta, reconozco a uno de la tienda de merchandising y, ocasionalmente, cómics (un "experto" al que escuché una vez hablar sobre Batman, al que definió como "No es un superhéroe, sino un tío con dinero" y el cual recomendó a gente que no había leído nada sobre el personaje los cómics más modernos que tenía, casi todos relacionados con tramas anteriores que no había mencionado y que supondrían que el pobre lector novicio no se enteraría de un coño al leer dicha recomendación) dando el clásico discursito en modo arenga en plan "Gracias por haber venido, espero que podamos hacer esto más veces, bla bla bla". Me planteo la cuestión filosófica allí mismo acerca de por qué coño no se calla y nos pone la película de una santa vez.
—Si vais a traer a la misma pandilla, conmigo no contéis para la próxima— respondo yo.
Nos cuentan que van a hacer un sorteo del blu-ray de la peli. Sacamos nuestras entradas y el que tenga el número de localidad premiado, se lo lleva. Llaman a la chica vestida de Mononoke a hacer de "mano inocente". El blu-ray le toca a un tipo que tengo a unas filas más abajo. Lo hacen levantarse, mientras alrededor, la masa informe de barbas y gafas empieza a aplaudir histéricamente y a hacer ruídos con la boca.
Por algún motivo, me viene a la cabeza la imagen de un puñado de focas de circo.
El chaval va a abandonar su butaca para ir a recoger el premio y, ya está en camino, cuando los de abajo se lo piensan y le dicen que mejor no, que mejor se espera a que termine la película.
Más risotadas.
Por una vez en mi vida, me alegro de que no me haya tocado un premio.
"¡SI! ¡JODER, SÍ! ¡LE HA TOCADO A OTRO, BIEN!"
El concurso está a punto de concluir, cuando Mononoke dice que quiere decir algo al público. Deivi y yo nos preguntamos qué carajo puede tener que decir. No tardamos en descubrirlo.
—Ahora —dice, con entusiasmo— quiero que nos levantemos todos y gritemos a la vez "MONONOKE", ¿vale?
— ¿CÓMO?— digo yo.
— No puede ser —añade Deivi.
Doscientas almas.
Doscientas almas que se levantan, al unísono y berrean "MONONOKE" mientras la chica disfrazada (las llaman "Cosplayers". Para mí es una tía disfrazada, se ponga como se ponga) levanta su bastón en modo "Todos unidos, con un solo espíritu, un solo corazón". En mitad de este apoteósico momento, encienden TODAS las luces del cine.
Deivi y yo, hundiéndonos cada vez más en nuestros asientos, queremos que nos disparen allí mismo.
Un cargador entero, por favor.
La peli se proyecta, sin más incidentes, salvando el peste a choto. De vez en cuando las vaharadas choriceras atacan, compitiendo con el pestazo que el fulano que tengo a mi izquierda va soltando a patatas sabor Receta Campesina, que engulle a lo largo de toda la puta película. Menos mal que lo que es la peli en sí está bien, porque si no, podéis reíros del tío aquel que irrumpió con una motosierra en el estreno de la versión original de La Matanza de Texas.
Cómo no, la peli termina y tenemos el orgasmo friki, con aplausos. Como si Miyazaki estuviese allí para recibir los elogios, o como si una compañía de actores hubiera representado la historia y se sintiesen halagados al escuchar el reconocimiento del público. Alguien quita el puto dvd y la gente empieza a largarse.
Y yo preguntándome de qué coño se ríe este.
Mientras vemos como alguien ha colocado un cartel bajo la pantalla (parecido a los de promoción que pone 40 Principales en sus preestrenos, solo que hecho a mano y escrito en japonés), bajamos por la escalinata que nos lleva al vestíbulo de la sala y descubro que no hay forma humana de avanzar: al final de ésta, hay un nota vestido del protagonista de la historia haciéndose fotitos con los chavales, lo que me parece bien... si las hace en un puto sitio donde no corte el tránsito de la gente, que la sala es de sobra grande como para poder hacerlo. Mis opciones son básicamente abrirme paso a empujones o bien tomar un camino secundario, atravesando una fila de butacas vacía. Tomo la segunda, con la esperanza de que ninguno de los presentes se me acerque a menos de tres metros. Deivi me acompaña, usando como acompañamiento el rechinar de sus dientes y sus gruñidos. Al salir de la sala descubrimos que la chica vestida de Princesa Mononoke no ha tenido bastante con el numerito: en alguna columna del recibidor del cine, encontramos que ha puesto pósters con su foto caracterizada del personaje para que todo el mundo sea consciente de lo que va a ver.
Encima tenemos un hambre que flipas y no hay un puto sitio abierto para comer en ese centro comercial: el McDonalds ha cerrado (por cerrado no quiero decir que hayan terminado el horario comercial, quiero decir que ya lo han retirado de allí), el Cien Montaditos acaba de cerrar la cocina y los otros dos restaurantes se nos escapan de nuestro presupuesto. ¿Siete pavos por una ración de aritos de cebolla? ¿Estamos locos o qué?
"¡Pero qué dices, tronco! ¿Nos vas a cobrar lo mismo por unos aros de cebolla que por una puta pizza?"
Pensamos en ir al Burger King que hay a unos metros. Recién cerrado, literalmente: encontramos a los camareros en el aparcamiento, cogiendo los coches para largarse. Salimos del polígono, en busca de algún sitio donde estén las cocinas abiertas. Con la gilipollez, son las doce y pico. A ver quién es el guapo que cena algo.
En el coche, mi pareja me llama para preguntar qué coño ha pasado, ya que antes de que empezase la peli le escribí un angustioso mensaje de auxilio. Al contarle por encima toda la movida, estalla en una sonora carcajada, mientras Deivi y yo nos miramos, lamentándonos de la absurda miseria en que se ha convertido nuestra vida a lo largo de las últimas horas.
Qué bien se lo ha hecho al no poder venir.
No tiene ni idea de lo que se ha perdido.
—Esto ha sido una puta encerrona —gruñe Deivi, que asegura querer hacer tragar su entrada a mi señora.
Yo me digo a mí mismo que ella habrá pagado las entradas, pero el espectáculo que hemos presenciado no está pagado. No hay forma de compensar esto, ni en esta vida ni en ninguna otra.
Nos meneamos para mi barrio, hacia una zona de tapas y bocatas. No uno ni dos, sino tres son los sitios que encontramos ya cerrando, hasta que damos con una pizzería donde una simpática chica de acento rumano nos atiende y nos hace sentarnos. Nos planta la cena (bastante recomendable, por cierto) por apenas seis pavos por cabeza y, la verdad sea dicha, resulta ser lo mejor de una desastrosa noche. Qué menos que dejarle una propina a la moza.
Yo me recojo ya para mi casa, y dejo a Deivi en la avenida principal de mi barrio, a la espera de que por lo menos podamos descansar y nos quitemos el mal sabor de boca de la peli (no de la cena, claro). Por mi parte, lo logro, pero para el pobre Deivi las cosas no son tan fáciles: se ha topado por delante con un camión de la basura al que le toca seguir un rato... hasta el momentazo en que uno de los basureros se baja del camión y se pone a mear delante de sus narices.
Noches para el olvido.








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