No es ningún secreto que el fulano que os escribe estas líneas se está quedando más sordo que un calcetín. De hecho, tampoco es una novedad ni nada que un servidor no supiera, ya que me hice mi primera audiometría allá por 2000, y ya me vinieron a decir que todo lo que tengo de canijo lo tengo de sordo. La posible explicación que me dio mi primer otorrino fue que el asunto se debiese a una lesión hereditaria en el nervio acústico, ya que mis tímpanos (cito textualmente) "son de revista".
No, yo tampoco quiero pensar mucho en la clase de revistas que leería el buen hombre mientras estaba plantando un pino tras la comida.
El caso es que pasan los años y la cosa, como supuestamente genética que es, va a más, hasta ese momento en que me presento a un examen de certificación de idiomas y la prueba de listening ya me la podían haber puesto en chino, que yo no oía una mierda. Ante esa movida, comento el tema por casa y vamos planteando la idea de volver a hacerme una nueva audiometría para ver si la cosa ha empeorado, que todo puede ser.
Pido cita en un famoso centro de salud de mi ciudad y veo que la prueba va a tardar un par de meses o así. No es que tenga prisa, pero me encuentro con los padres de una amiga de la familia, que me recomiendan la consulta de un doctor que, para mayor comodidad, trabaja a unos veinte minutos de mi casa a pie, por lo que me digo que no tengo mucho que perder y siempre viene bien tener un par de opiniones.
Este doctor, condenadamente serio, pero bastante apañado, me realiza la primera audiometría en unos catorce años y me confirma que, efectivamente, tengo una caída de mis frecuencias agudas bastante severa. En pocas palabras, puedo escuchar cómo eructa una vaca, pero si suena el timbre de mi teléfono, ni zorra. Visto el plan, me sugiere la idea de plantarme unos audífonos e incluso la de poder ir pidiendo una minusvalía, ya que considera que mi grado de sorduna es lo bastante galopante como para ello. No es que uno vaya pidiendo pasta por estar más sordo que una tapia; en realidad lo planteaba más bien para eso de hacer algún otro examen con listening y que hubiera constancia de que, más que no oír en inglés, es que no oigo bien, ni en inglés ni en español.
"¿Ha dicho 'Fuck'? ¿Eso lo pueden decir en un examen?"
"No, ha dicho 'Luck', so mal pensao"
Total, pasan unos meses y empezamos a mosquearnos por casa porque lo que es la cita para la otorrino de la Seguridad Social, como que no llega. Sabemos que las cosas con la sanidad pública van despacio, pero esto huele a que se están pasando, así que llamamos por teléfono. Nos confirman que, por algún motivo, esa cita se había perdido y no nos habían llamado, así que nos toca concertarla de nuevo. Por suerte, no tardan más de la cuenta y me llaman en poco tiempo. Me hago aquí una segunda audiometría, donde ya empezamos con cosas un poco extrañas, que reproduzco en este diálogo para que juzguéis vosotros si esto os ha pasado alguna vez:
—Hola, buenas —digo, al llegar —vengo a hacerme la audiometría.
—Muy bien —responde una enfermera —, pasa, pasa a la cabina.
Paso a la cabina. Para los que no os hayáis hecho nunca una, es como una especie de TARDIS del Doctor Who, solo que es tan pequeña por dentro como por fuera. En el interior tienes unos auriculares y un mando muy parecido al del juego Buzz. Tienes que apretar el pulsador del mando en cuanto detectas un pitido. En realidad, es una prueba bastante divertida.
—Si quieres, puedes dejar tu abrigo y tu mochila en esta silla —continúa la enfermera.
—Vale.
—¿Todo bien?
—Sí, gracias.
—Sí, gracias.
—Si quieres, puedes quitarte algo más. El jersey o lo que quieras.
(Un segundo o así de incómodo silencio)
Tras este extraño episodio, llevo a cabo mi audiometría y la simpática enfermera me confirma que, efectivamente, tengo una caída de la hostia en mis frecuencias agudas. Le pregunto si tiene alguna idea de por qué puede deberse. Ya me habían dicho lo del nervio acústico en su día, que quedaba como "Versión oficial", pero ya que estaba, preguntaba. Ella, muy honesta, me dice que no me lo puede decir con seguridad, ya que no es más que una audiometría y que no se atreve a darme un diagnóstico. Ya me llegará la cita con la otorrino.
Algún tiempo después, conozco a la otorrino. Casi tan seria como el doctor que me hizo la primera de mis audiometrías más recientes, me dice que efectivamente tengo una pérdida de audición severa y tampoco le parece mal eso de ponerme cacharritos en el interior de mis orejitas. Para estar más seguros de todo, me comenta, me manda una resonancia. Para ver cómo está la fiesta ahí dentro, se entiende. También coincide en que esto debería certificarse por alguna parte porque mi oído (al igual que dijese el médico anterior) mostraba un envejecimiento prematuro.
Pues muy bien.
Pasa algo de tiempo más mientras uno espera a que lo llamen para hacerse la resonancia. Cuando lo hacen, le dicen que tiene que estar el día X a las once y pico de la noche en una clínica para la prueba. Te quedas un poco hecho polvo al enterarte, pero por lo visto las colas son algo largas y te colocan donde pueden. "Hasta las doce y pico nos hemos quedado haciendo resonancias", nos comentan cuando llamamos para confirmar la cita.
Así que nada, se presenta uno en la clínica y rellena un formulario bastante extenso donde te preguntan de cuarenta mil millones de formas si tienes algo metálico alojado en el cuerpo. Yo respondo que "No" a todo: a menos que tenga alojado un cacho de aguja de alguna operación previa casi cinco años atrás, que yo sepa no tengo más metal en el cuerpo que el que me meto por las orejas cuando pongo el equipo de música.
Me meten en el tubo. El tío que lleva el asunto no parece mucho más mayor que yo, es bastante simpático y me explica cómo funciona el trasto en el que me voy a meter. Para aquellos que no lo hayáis visto nunca, es un cruce entre lavadora gigante y máquina del tiempo futurista. Según me explica mi anfitrión, esto viene a ser un imán de los grandes, que desprende un campo electromagnético de la hostia. Me explica con bastante detalle cómo funciona el cacharro mientras yo me voy quitando los tenis y cualquier otra cosa metálica que pueda llevar en la ropa.
La prueba en sí no es apta para claustrofóbicos, ya que te tumban, te colocan una especie de escafandra alrededor de la cabeza y te meten dentro del tambor de la lavadora. Por suerte, no da vueltas, pero hace un ruido que ríete tú de los Motörhead en directo. De hecho, a mí me ponen dos tapones en los oídos y, pese a eso, el repertorio de zumbidos me deja bastante desorientado. Son unos dieciocho minutos (seis tandas de tres minutos) oyendo MEC MEC, BLEEEERRRPPP y cualquier otra onomatopeya de cómic de ciencia-ficción que se os ocurra. Para más inri, mi cuello anda en una posición incómoda (yo y mis cervicales, vieja historia) y me veo obligado a mover la cabeza un par de veces. El encargado de realizarme la prueba me pregunta cómo ando y le pido parar un minuto para tomar el aire. Entre el cuello, las fuertes vibraciones y los ruidos siento como si tuviera el cerebro dentro de una puta montaña rusa. Salgo y el tipo me comenta que de momento la cosa ha salido bien, pero hay que repetir las dos pruebas en las que he movido la cabeza. Le digo que vale y me vuelvo a meter en el cacharro, procurando usar las técnicas de respiración que he venido aprendiendo durante mis Crónicas del Yoga y evitando pensar que, como mis poderes de joder aparatos electrónicos funcionen, me voy a reír tela ahí dentro. Mis poderes, por suerte, no funcionan y todo va bien. Para entretenerme en el interior del tubo, me dedico a contar. Hasta ahora lo que había hecho fue recordar canciones mentalmente, pero es cierto que contar funciona mejor. Salgo del tubo con un pitido similar al que podría tener salido de cualquier bareto y me voy a casa.
Los resultados me llegan cosa de una semana más tarde. No tengo mucha experiencia a la hora de analizar las fotos más íntimas de mi caja craneal, pero un vistazo al resumen de los grandes éxitos me dice que no hay daño aparente ni en nervio acústico, ni en cóclea, ni en oído interno ni en ninguna parte aparentemente relacionada con el oído.
Misterioso, ¿eh?
Seguimos esperando más tiempo hasta que me toca mi cita con el médico. Me toca sacrificar una tarde de clase (dos, si contamos que me había equivocado de fecha y había creído que mi cita iba a ser dos semanas antes, por lo que tuve que llamar a una alumna y decirle erróneamente que no estaría disponible) y tiro para el ambulatorio. Mi médico resulta ser otro diferente a los que me han atendido hasta la fecha. El doctor, al que llamaré Doctor Sincuello, hace que me siente en cuanto llego a la consulta. Le paso mis pruebas (audiometría y resonancia) y, por algún motivo, parece fijarse solo en la audiometría. Pues vale, él es el médico y yo no.
—Bueno —me dice el doctor —, lo que tú tienes es una degeneración auditiva hereditaria —hasta aquí, todo bien. Es lo que han venido a decirme todos los otros médicos —, situada en el oído interno. Concretamente, en el caracol.
Al oír esto, me quedo con cara de "Pues vale". Insisto, no soy médico, pero hay dos hechos que me resultan un poco extraños respecto a este diagnóstico: uno, que contradice a TODOS los médicos que me han visitado hasta ahora, y dos, que (puedo equivocarme) juraría que la resonancia ni la ha mirado y solo se está fijando en la audiometría que, bueno... ahí solo pone que tengo perdidas ciertas frecuencias auditivas, nada más. Sincuello me sienta en una silla, saca un cacharrito para inspeccionarme los tímpanos y al parecer, todo normal ahí. Me sigue explicando que el caracol tiene unas neuronitas que son las que interpretan las vibraciones, las traducen en sonido y que eso es lo que capta mi cerebro, o algo así. Sigo tan extrañado con el diagnóstico que le sigo en lo que puedo. Me enseña la audiometría una vez más y me dice que tengo el oído que debería tener una persona de unos sesenta y pico, setenta años. Le pregunto por ese silbidito que tengo constantemente en el oído y lo llama "acúfeno", que por lo visto suele ser bastante frecuente en lesiones así.
Me envía una nueva audiometría, esta vez para el año que viene, a lo que le pregunto si van a repetir mi resonancia.
—No, eso no es más que protocolo— me responde a esto.
Quizás es por eso por lo que parece no haberle prestado mucha atención. Mientras, pienso que entonces debe ser común que manden una resonancia cada vez que los oídos de alguien se ponen a perder frecuencias y a entonar toda una sinfonía de silbidos y pitidos.
Por algún motivo que solo mi caracol entiende, lo que sí oigo es que mi madre, que se había retrasado, toca a la puerta varias veces para entrar conmigo. El médico me despacha y al abrir la puerta me doy de bruces con mi madre. Le cuento brevemente la jugada y pone cara de póker. Una vez asimilada la información, me pregunta si le he comentado al médico lo de pedir el certificado de porcentaje de minusvalía, en vistas a futuros exámenes de idiomas.
—No tienes una pérdida de oído tan grande como para eso —es la respuesta del médico.
Llego a casa y me pongo a cotillear un poco acerca de la información que tengo. Nada de mirar en Wikipedia, le comento a Isi Poupeé (la única persona de la que hay constancia de que se ha leído TODOS los posts de este blog, enfermera para más señas, buena amiga y mejor persona) lo que me ha pasado. Me comenta (ya que yo de anatomía ando algo pez) que el caracol es la cóclea, a lo que le digo que entonces no entiendo nada porque según la resonancia todo está bien. Insisto, yo no soy un experto, pero Isi me dice que a ella lo que me han dicho tampoco es que la ponga cachonda precisamente. Para más inri, se han quedado con los resultados de mis informes, con lo que pedir una segunda (o, mejor dicho, quinta o sexta, ya he perdido la cuenta) opinión va a ser complicado.
Con las mismas, me planto en el centro de salud e Isi se viene conmigo, por si la cosa se pone fea. Una cola de tres pares de cojones, con un cacharro de tickets igualitos a los de la carnicería que nos indica que nos faltan como cuarenta personas para que nos atiendan. Nosotros, a lo nuestro, haciendo repaso de nuestros asuntos y balance de cómo han sido los últimos meses en Mundofandom. Vamos, lo que viene siendo habitual.
Un señor muy simpático nos da un ticket que le sobraba y gracias a eso subimos como unos quince puestos en nuestra lista de espera. Nos atienden en una mesa y nos comentan que lo que me pueden dar es mi historia, pero claro, está archivada y, al igual que el puto Elvis, ya no se encuentra en el edificio. Nos mandan para otro hospital, situado a unos cinco kilómetros de allí. Añadiendo emoción al asunto, San Valentín es al día siguiente y yo quería haber aprovechado la mañana para comprar un detalle (nada de pijadas de flores ni putas hostias, que conste); Isi y yo, en plan Batman y Robin, tiramos para el centro, compramos el regalo a toda velocidad y luego, para el hospital. Con dos cojones.
Dos menos cuarto de la tarde y allí estamos. Otra cola que nos toca tragarnos, solo que considerablemente más pequeña. Nos sentamos en unos bancos hasta que nos toca y seguimos con nuestras frikadas. Cuando nos llaman, nos atiende una señora a la que le explico la historia. Ésta me mira con cara rara y me suelta la frase que alguien que lleva cerca de tres horas y pico dando vueltas como un imbécil por toda la ciudad jamás querría oír:
—Esto no es aquí.
El mundo se detiene. Nuestras ansias de matar de forma dolorosa y especialmente sangrienta aumentan. Más si contamos el hecho de que, un minuto antes, hemos estado haciendo un repaso de algunas de las muertes más puto espectaculares del primer libro de Juego de Tronos. En lugar de entrar en furia, los Dioses saben por qué, pregunto entonces a dónde tengo que dirigirme.
Eso, y que no tengo armas a mano.
Podría haber sido peor, ya que nos mandan a Información, donde nos dan un formulario que tengo que rellenar para solicitar mi historial.
Tres horas y media.
No sé cuántos kilómetros recorridos.
Varias colas.
Un calor bastante considerable, si pensamos que estamos en el puto febrero y yo he salido de casa pensando que iba a hacer el mismo frío que en días anteriores.
Y vuelvo a casa con un puto folio.
Al igual que en cualquier sit-com, abro la puerta y le cuento a mis padres la movida. Les comento además que tengo que volver al hospital, llevar copia del formulario relleno, fotocopia de DNI y esperar a que me den una copia de mi historia, cuando eso sea propicio. Ya habéis visto que de vez en cuando hasta se les ha olvidado de darme las citas que me tenían. Si llego a escuchar risas de perro enlatadas, os juro que me lo creo. Tras todo este rollo macabeo que les suelto, mi viejo, que no nació ayer, me dice:
—¿Y no te trae más cuenta irte para la clínica donde te hicieron la resonancia y decir que has perdido el informe para que te den otro?
Silencio atronador.
Silencioso incluso para alguien que no oye una mierda, como es mi caso. Mi madre, en respuesta, se monta un Meryl Streep y llama con esa historia para preguntar si podemos conseguir una copia de la prueba de la resonancia. Al otro lado del teléfono le dicen que sin problemas; eso sí, para conseguir una copia del disco, te tienen que cobrar cincuenta pavos en caso de haberlo perdido. En casa me comentan que en realidad el disco no me hace falta, ya que para quedarme tranquilo lo único que necesito es ver el informe. A estas alturas yo pienso que me da igual pagar esa pasta (no es moco de pavo) si con eso puedo ir a algún otro médico y que vea la resonancia directamente.
Otra mañanita que salgo, para ver si por lo menos puedo solucionar parte del tema (que no todo, ya que el origen de mi sordera queda bastante velado de momento): cojo mi autobús y me dejo de ir para la clínica de la resonancia, con un fantástico paseíto por el paseo marítimo. Es buen día y oye, eso te anima un poco.
Me encuentro un ambiente bastante diferente en la clínica esa mañana: si bien la noche de la prueba aquello estaba bastante tranquilo, ahora la cosa parece una puta oficina del INEM. Una cola más que considerable y un ambiente, como quien dice, "cargadito". Espero mi turno pacientemente (os digo que el yoga mola para estas cosas) y le cuento el asunto a la enfermera que me atiende. Ésta me pregunta si la solicité por teléfono. Yo no lo tengo claro del todo y le digo que creo que sí. A la buena mujer no le consta nada en el ordenador y yo no sé qué responder; se anticipa a mí y me dice que no me preocupe, que es bastante normal que, aunque se pidan las pruebas, te digan que la van a tener lista y luego no la tienen. Me pide que espere y me comenta lo del cargo por la copia del disco. Yo le digo que sí a todo y aguardo mi turno con paciencia de Caballero Jedi.
Si quieres ver pruebas de lo que es la estupidez humana, la mala educación, o sencillamente la cabezonería, creo que una consulta es un buen sitio para empezar. Puedes desatar todo tu nihilismo, tu cinismo o simplemente tu desconfianza más descarnada hacia una especie que se dice estar en la cúspide de la evolución, y notar que te quedas hasta corto.
Pongo el caso de un señor con cara de pocos amigos, que se planta delante de la enfermera que me había atendido, en actitud Clint Eastwood:
Pues muy bien.
Pasa algo de tiempo más mientras uno espera a que lo llamen para hacerse la resonancia. Cuando lo hacen, le dicen que tiene que estar el día X a las once y pico de la noche en una clínica para la prueba. Te quedas un poco hecho polvo al enterarte, pero por lo visto las colas son algo largas y te colocan donde pueden. "Hasta las doce y pico nos hemos quedado haciendo resonancias", nos comentan cuando llamamos para confirmar la cita.
Así que nada, se presenta uno en la clínica y rellena un formulario bastante extenso donde te preguntan de cuarenta mil millones de formas si tienes algo metálico alojado en el cuerpo. Yo respondo que "No" a todo: a menos que tenga alojado un cacho de aguja de alguna operación previa casi cinco años atrás, que yo sepa no tengo más metal en el cuerpo que el que me meto por las orejas cuando pongo el equipo de música.
Es verdad que suelo tener canciones de los Judas Priest berreándome en la cabeza varias horas al día, pero no sé si eso cuenta como "Tener piezas de metal alojadas en el cuerpo"...
Me meten en el tubo. El tío que lleva el asunto no parece mucho más mayor que yo, es bastante simpático y me explica cómo funciona el trasto en el que me voy a meter. Para aquellos que no lo hayáis visto nunca, es un cruce entre lavadora gigante y máquina del tiempo futurista. Según me explica mi anfitrión, esto viene a ser un imán de los grandes, que desprende un campo electromagnético de la hostia. Me explica con bastante detalle cómo funciona el cacharro mientras yo me voy quitando los tenis y cualquier otra cosa metálica que pueda llevar en la ropa.
La prueba en sí no es apta para claustrofóbicos, ya que te tumban, te colocan una especie de escafandra alrededor de la cabeza y te meten dentro del tambor de la lavadora. Por suerte, no da vueltas, pero hace un ruido que ríete tú de los Motörhead en directo. De hecho, a mí me ponen dos tapones en los oídos y, pese a eso, el repertorio de zumbidos me deja bastante desorientado. Son unos dieciocho minutos (seis tandas de tres minutos) oyendo MEC MEC, BLEEEERRRPPP y cualquier otra onomatopeya de cómic de ciencia-ficción que se os ocurra. Para más inri, mi cuello anda en una posición incómoda (yo y mis cervicales, vieja historia) y me veo obligado a mover la cabeza un par de veces. El encargado de realizarme la prueba me pregunta cómo ando y le pido parar un minuto para tomar el aire. Entre el cuello, las fuertes vibraciones y los ruidos siento como si tuviera el cerebro dentro de una puta montaña rusa. Salgo y el tipo me comenta que de momento la cosa ha salido bien, pero hay que repetir las dos pruebas en las que he movido la cabeza. Le digo que vale y me vuelvo a meter en el cacharro, procurando usar las técnicas de respiración que he venido aprendiendo durante mis Crónicas del Yoga y evitando pensar que, como mis poderes de joder aparatos electrónicos funcionen, me voy a reír tela ahí dentro. Mis poderes, por suerte, no funcionan y todo va bien. Para entretenerme en el interior del tubo, me dedico a contar. Hasta ahora lo que había hecho fue recordar canciones mentalmente, pero es cierto que contar funciona mejor. Salgo del tubo con un pitido similar al que podría tener salido de cualquier bareto y me voy a casa.
Los resultados me llegan cosa de una semana más tarde. No tengo mucha experiencia a la hora de analizar las fotos más íntimas de mi caja craneal, pero un vistazo al resumen de los grandes éxitos me dice que no hay daño aparente ni en nervio acústico, ni en cóclea, ni en oído interno ni en ninguna parte aparentemente relacionada con el oído.
Misterioso, ¿eh?
Mira que me gusta a mí Motörhead.
Sin embargo, cuando los vi en directo tenían tal saturación de volumen que me dieron dolor de cabeza.
Chorraditas comparadas con lo que es una resonancia, os lo aseguro.
Seguimos esperando más tiempo hasta que me toca mi cita con el médico. Me toca sacrificar una tarde de clase (dos, si contamos que me había equivocado de fecha y había creído que mi cita iba a ser dos semanas antes, por lo que tuve que llamar a una alumna y decirle erróneamente que no estaría disponible) y tiro para el ambulatorio. Mi médico resulta ser otro diferente a los que me han atendido hasta la fecha. El doctor, al que llamaré Doctor Sincuello, hace que me siente en cuanto llego a la consulta. Le paso mis pruebas (audiometría y resonancia) y, por algún motivo, parece fijarse solo en la audiometría. Pues vale, él es el médico y yo no.
—Bueno —me dice el doctor —, lo que tú tienes es una degeneración auditiva hereditaria —hasta aquí, todo bien. Es lo que han venido a decirme todos los otros médicos —, situada en el oído interno. Concretamente, en el caracol.
Al oír esto, me quedo con cara de "Pues vale". Insisto, no soy médico, pero hay dos hechos que me resultan un poco extraños respecto a este diagnóstico: uno, que contradice a TODOS los médicos que me han visitado hasta ahora, y dos, que (puedo equivocarme) juraría que la resonancia ni la ha mirado y solo se está fijando en la audiometría que, bueno... ahí solo pone que tengo perdidas ciertas frecuencias auditivas, nada más. Sincuello me sienta en una silla, saca un cacharrito para inspeccionarme los tímpanos y al parecer, todo normal ahí. Me sigue explicando que el caracol tiene unas neuronitas que son las que interpretan las vibraciones, las traducen en sonido y que eso es lo que capta mi cerebro, o algo así. Sigo tan extrañado con el diagnóstico que le sigo en lo que puedo. Me enseña la audiometría una vez más y me dice que tengo el oído que debería tener una persona de unos sesenta y pico, setenta años. Le pregunto por ese silbidito que tengo constantemente en el oído y lo llama "acúfeno", que por lo visto suele ser bastante frecuente en lesiones así.
Me envía una nueva audiometría, esta vez para el año que viene, a lo que le pregunto si van a repetir mi resonancia.
—No, eso no es más que protocolo— me responde a esto.
Quizás es por eso por lo que parece no haberle prestado mucha atención. Mientras, pienso que entonces debe ser común que manden una resonancia cada vez que los oídos de alguien se ponen a perder frecuencias y a entonar toda una sinfonía de silbidos y pitidos.
Por algún motivo que solo mi caracol entiende, lo que sí oigo es que mi madre, que se había retrasado, toca a la puerta varias veces para entrar conmigo. El médico me despacha y al abrir la puerta me doy de bruces con mi madre. Le cuento brevemente la jugada y pone cara de póker. Una vez asimilada la información, me pregunta si le he comentado al médico lo de pedir el certificado de porcentaje de minusvalía, en vistas a futuros exámenes de idiomas.
—No tienes una pérdida de oído tan grande como para eso —es la respuesta del médico.
Pues vaaaaleee...
Llego a casa y me pongo a cotillear un poco acerca de la información que tengo. Nada de mirar en Wikipedia, le comento a Isi Poupeé (la única persona de la que hay constancia de que se ha leído TODOS los posts de este blog, enfermera para más señas, buena amiga y mejor persona) lo que me ha pasado. Me comenta (ya que yo de anatomía ando algo pez) que el caracol es la cóclea, a lo que le digo que entonces no entiendo nada porque según la resonancia todo está bien. Insisto, yo no soy un experto, pero Isi me dice que a ella lo que me han dicho tampoco es que la ponga cachonda precisamente. Para más inri, se han quedado con los resultados de mis informes, con lo que pedir una segunda (o, mejor dicho, quinta o sexta, ya he perdido la cuenta) opinión va a ser complicado.
Con las mismas, me planto en el centro de salud e Isi se viene conmigo, por si la cosa se pone fea. Una cola de tres pares de cojones, con un cacharro de tickets igualitos a los de la carnicería que nos indica que nos faltan como cuarenta personas para que nos atiendan. Nosotros, a lo nuestro, haciendo repaso de nuestros asuntos y balance de cómo han sido los últimos meses en Mundofandom. Vamos, lo que viene siendo habitual.
Un señor muy simpático nos da un ticket que le sobraba y gracias a eso subimos como unos quince puestos en nuestra lista de espera. Nos atienden en una mesa y nos comentan que lo que me pueden dar es mi historia, pero claro, está archivada y, al igual que el puto Elvis, ya no se encuentra en el edificio. Nos mandan para otro hospital, situado a unos cinco kilómetros de allí. Añadiendo emoción al asunto, San Valentín es al día siguiente y yo quería haber aprovechado la mañana para comprar un detalle (nada de pijadas de flores ni putas hostias, que conste); Isi y yo, en plan Batman y Robin, tiramos para el centro, compramos el regalo a toda velocidad y luego, para el hospital. Con dos cojones.
"¡Caracoles en su tinta, Batman, esto está hasta la puta pelota de gente!"
"Lo sé, Chico Maravilla, lo sé"
Dos menos cuarto de la tarde y allí estamos. Otra cola que nos toca tragarnos, solo que considerablemente más pequeña. Nos sentamos en unos bancos hasta que nos toca y seguimos con nuestras frikadas. Cuando nos llaman, nos atiende una señora a la que le explico la historia. Ésta me mira con cara rara y me suelta la frase que alguien que lleva cerca de tres horas y pico dando vueltas como un imbécil por toda la ciudad jamás querría oír:
—Esto no es aquí.
El mundo se detiene. Nuestras ansias de matar de forma dolorosa y especialmente sangrienta aumentan. Más si contamos el hecho de que, un minuto antes, hemos estado haciendo un repaso de algunas de las muertes más puto espectaculares del primer libro de Juego de Tronos. En lugar de entrar en furia, los Dioses saben por qué, pregunto entonces a dónde tengo que dirigirme.
Eso, y que no tengo armas a mano.
Podría haber sido peor, ya que nos mandan a Información, donde nos dan un formulario que tengo que rellenar para solicitar mi historial.
Tres horas y media.
No sé cuántos kilómetros recorridos.
Varias colas.
Un calor bastante considerable, si pensamos que estamos en el puto febrero y yo he salido de casa pensando que iba a hacer el mismo frío que en días anteriores.
Y vuelvo a casa con un puto folio.
Yeeeeeaaaaaahhhh...
Al igual que en cualquier sit-com, abro la puerta y le cuento a mis padres la movida. Les comento además que tengo que volver al hospital, llevar copia del formulario relleno, fotocopia de DNI y esperar a que me den una copia de mi historia, cuando eso sea propicio. Ya habéis visto que de vez en cuando hasta se les ha olvidado de darme las citas que me tenían. Si llego a escuchar risas de perro enlatadas, os juro que me lo creo. Tras todo este rollo macabeo que les suelto, mi viejo, que no nació ayer, me dice:
—¿Y no te trae más cuenta irte para la clínica donde te hicieron la resonancia y decir que has perdido el informe para que te den otro?
Silencio atronador.
Silencioso incluso para alguien que no oye una mierda, como es mi caso. Mi madre, en respuesta, se monta un Meryl Streep y llama con esa historia para preguntar si podemos conseguir una copia de la prueba de la resonancia. Al otro lado del teléfono le dicen que sin problemas; eso sí, para conseguir una copia del disco, te tienen que cobrar cincuenta pavos en caso de haberlo perdido. En casa me comentan que en realidad el disco no me hace falta, ya que para quedarme tranquilo lo único que necesito es ver el informe. A estas alturas yo pienso que me da igual pagar esa pasta (no es moco de pavo) si con eso puedo ir a algún otro médico y que vea la resonancia directamente.
Otra mañanita que salgo, para ver si por lo menos puedo solucionar parte del tema (que no todo, ya que el origen de mi sordera queda bastante velado de momento): cojo mi autobús y me dejo de ir para la clínica de la resonancia, con un fantástico paseíto por el paseo marítimo. Es buen día y oye, eso te anima un poco.
Me encuentro un ambiente bastante diferente en la clínica esa mañana: si bien la noche de la prueba aquello estaba bastante tranquilo, ahora la cosa parece una puta oficina del INEM. Una cola más que considerable y un ambiente, como quien dice, "cargadito". Espero mi turno pacientemente (os digo que el yoga mola para estas cosas) y le cuento el asunto a la enfermera que me atiende. Ésta me pregunta si la solicité por teléfono. Yo no lo tengo claro del todo y le digo que creo que sí. A la buena mujer no le consta nada en el ordenador y yo no sé qué responder; se anticipa a mí y me dice que no me preocupe, que es bastante normal que, aunque se pidan las pruebas, te digan que la van a tener lista y luego no la tienen. Me pide que espere y me comenta lo del cargo por la copia del disco. Yo le digo que sí a todo y aguardo mi turno con paciencia de Caballero Jedi.
"Gracias por tu ayuda. Serás recompensada".
Si quieres ver pruebas de lo que es la estupidez humana, la mala educación, o sencillamente la cabezonería, creo que una consulta es un buen sitio para empezar. Puedes desatar todo tu nihilismo, tu cinismo o simplemente tu desconfianza más descarnada hacia una especie que se dice estar en la cúspide de la evolución, y notar que te quedas hasta corto.
Pongo el caso de un señor con cara de pocos amigos, que se planta delante de la enfermera que me había atendido, en actitud Clint Eastwood:
—Oiga —gruñe —, tengo una duda con el formulario de la resonancia.
—Dígame —responde la enfermera, disimulando en su rostro la expresión de "Ay, Dios, otro no".
—Es que yo he puesto que sí a que tengo una válvula cardíaca, pero no tengo muy claro lo que me hicieron en la operación.
—¿Que no lo tiene claro?
—Sí, me tocaron ahí —se señala al pecho —, pero no me dijeron lo que me hicieron.
—Hombre, algo le dirían... o algo pondría en alguna parte.
—Buah, yo qué sé —entre paréntesis, "y me importa tres cojones".
—¿Entonces voy a perder la mañana o qué?
La enfermera insufla aire en sus pulmones. Su cara manifiesta expresamente: "Pues sí, ya nos ha tocado otro".
La enfermera insufla aire en sus pulmones. Su cara manifiesta expresamente: "Pues sí, ya nos ha tocado otro".
—Es que es una prueba peligrosa, ¿sabe? —responde, procurando que sus manos no se deslicen hacia la grapadora más cercana —.No podemos arriesgarnos a meterlo en la máquina ni no estamos seguros de que no tiene una válvula.
—Pues el médico me ha mandado a que venga aquí —léase con tono de "Él sabrá más que tú, mujer".
—¿Después de la operación?
—¡Pues claro! —su tono de "Es que pareces tonta" rezuma una educación que me hace pensar que este tío no debe hacer mucho que se ha bajado del árbol.
—Y no sabe lo que le han hecho —intenta aclararse la enfermera.
—No, pero tengo aquí el papel. ¿Ve? A mí me han operado de aneurisma. Y vea, el médico me ha mandado aquí. Por algo será, digo yo.
La enfermera procura evitar que no se note que está poniendo los ojos en blanco y está intentando que el fulano entre en razón ante algo tan sencillo de que lo van a meter en un puto imán gigante y, en caso de llevar algo metálico, el cacharro se lo va a arrancar de cuajo. Imaginad la gracia si estamos hablando de algo como una válvula cardíaca. Eso, por no mencionar que un accidente de ese calibre, aparte de mandar al señor gruñón al Patio de los Callados, de paso podría joder una máquina que no parece que la vendan precisamente en los chinos.
La enfermera procura evitar que no se note que está poniendo los ojos en blanco y está intentando que el fulano entre en razón ante algo tan sencillo de que lo van a meter en un puto imán gigante y, en caso de llevar algo metálico, el cacharro se lo va a arrancar de cuajo. Imaginad la gracia si estamos hablando de algo como una válvula cardíaca. Eso, por no mencionar que un accidente de ese calibre, aparte de mandar al señor gruñón al Patio de los Callados, de paso podría joder una máquina que no parece que la vendan precisamente en los chinos.
"Esto es todo cuanto ha quedado del señor aquel"
"Pero tíos, ¿no le dijísteis que con metal en el cuerpo no podía hacerse la prueba?"
"Sí, pero él insistió..."
—Hay médicos que nos han llegado a mandar pacientes hasta con marcapasos. Básicamente porque hay cosas que ellos no preguntan ni miran el historial completo cuando ordenan la prueba —ante estas últimas palabras, por algún motivo, empiezo a acordarme del Doctor Sincuello.
—Pero yo lo que no quiero es venir aquí para nada, que vengo de Fuengirola [localidad situada a unos treinta kilómetros de mi ciudad, para aquellos que venís de fuera]
Yo sigo pensando en la escena de meter a un tío con un cacharrito metálico dentro del tubo de la resonancia y en algo muy parecido a una escena sacada de Alien.
Pero, cierto, al menos el fulano no habría perdido la mañana.
Yo sigo pensando en la escena de meter a un tío con un cacharrito metálico dentro del tubo de la resonancia y en algo muy parecido a una escena sacada de Alien.
Pero, cierto, al menos el fulano no habría perdido la mañana.
—Emmm —a la pobre enfermera parece darle vueltas la cabeza ya, mientras lee y relee el papel que le ha dado el señor cabreado —, ¿y dice usted que tiene una prótesis?
—¡No, yo prótesis no tengo! —berrea como si la simple pregunta hubiese sido una estupidez —. Me tocaron la válvula del corazón, pero no me colocaron prótesis.
Formulario con unas cuarenta preguntas. En TODAS o prácticamente todas te están preguntando si llevas algún tipo de prótesis, marcapasos o similares. En lugar de preguntar si esa "válvula" a la que se refiere el formulario (que igual no estás obligado a saberlo) es una prótesis, le sueltas un rollo macabeo a la enfermera. La tratas como si fuera imbécil y al final el que queda como idiota eres tú, al confundir una prótesis con la válvula cardíaca natural (que te pregunten eso tiene tanto sentido como si te preguntan si tienes esfínter) y marearla con un despliegue de chulería y mala educación y haber empezado desde el principio, diciendo que no tienes prótesis.
Así se hace, campeón.
Formulario con unas cuarenta preguntas. En TODAS o prácticamente todas te están preguntando si llevas algún tipo de prótesis, marcapasos o similares. En lugar de preguntar si esa "válvula" a la que se refiere el formulario (que igual no estás obligado a saberlo) es una prótesis, le sueltas un rollo macabeo a la enfermera. La tratas como si fuera imbécil y al final el que queda como idiota eres tú, al confundir una prótesis con la válvula cardíaca natural (que te pregunten eso tiene tanto sentido como si te preguntan si tienes esfínter) y marearla con un despliegue de chulería y mala educación y haber empezado desde el principio, diciendo que no tienes prótesis.
Así se hace, campeón.
—Mmmm —la enfermera toma el formulario y se guarda donde le quepan las ganas de exponerle el párrafo anterior al energúmeno en su cara —, solo ha puesto "sí" en un par de casillas, y el resto está sin rellenar.
—Si no la he rellenado —espeta, ya más chulo que un ocho— es que no.
Se ve que la parte de "Responda sí o no en cada casilla" se la ha saltado. O igual es que el hombre da por hecho algo así, del mismo modo que da por hecho de que la persona con la que está hablando tiene que saber que lo han operado de aneurisma y que no le han metido cacharro alguno en la caja torácica en alguna operación previa.
—Si no la he rellenado —espeta, ya más chulo que un ocho— es que no.
"Y si digo que NO, es que NO, coño".
Se ve que la parte de "Responda sí o no en cada casilla" se la ha saltado. O igual es que el hombre da por hecho algo así, del mismo modo que da por hecho de que la persona con la que está hablando tiene que saber que lo han operado de aneurisma y que no le han metido cacharro alguno en la caja torácica en alguna operación previa.
—Ejem —concluye la enfermera —, vuelva a la sala de espera y espere a que le llamemos".
Apenas unos minutos después, les llega otro paciente en modo Chulopiscinas, preguntando cuánto falta para su prueba. Otra enfermera le pregunta su nombre, echa un vistazo a la lista y le dice que es el siguiente. En lugar de dar las gracias, éste suelta algo tan humilde y sencillito como:
—Es que soy diabético y me han ordenado esta prueba en ayunas. A ver si no tengo que dar aquí un espectáculo, ¿eh? —por "espectáculo", se entiende, a que tenga un desmayo o algo así. Pero, por mucha razón que tenga el caballero acerca de lo que está diciendo, hay formas y formas de decir las cosas. Y el tonito amenazador en plan "Si me pongo malo y la lío que sepáis que caerá sobre vuestras conciencias", como que no es plan. Menos aún viendo que hay apenas dos personas conteniendo toda una marabunta de energúmenos.
Un tercero pregunta por no sé quién que, según creo entender, está sometiéndose a la prueba ahora mismo; mi oído no me permite captarle bien el tono de voz (habla más bajito y en otra frecuencia diferente a los dos anteriores, de forma que capto un murmullo ininteligible), pero me llama particularmente la atención el hecho de que, mientras está hablando a la enfermera, está metiendo los pinreles dentro del cubículo-oficina donde ella y sus compañeras trabajan. Con cada palabra, avanza un poquito, de forma que cuando termina la conversación está prácticamente dentro. La enfermera lo despacha y este se vuelve a la sala de espera como si estuviera en su casa.
Un cuarto, con acento extranjero, probablemente británico, le monta un amago de pollo a la enfermera que me estaba atendiendo acerca del ticket de aparcamiento. Esta, con una paciencia que yo no tendría, le indica que el ticket que tiene en la mano es el de entrada y no de salida del parking. Este gira sobre sus talones con un gruñido y se larga.
Todo esto en cuarenta minutos que estoy esperando.
Finalmente, aparece la enfermera con mis pruebas y el disco con mi resonancia. Entre energúmeno y energúmeno se ha disculpado por la tardanza casi media docena de veces. Yo he comprobado que no ha andado precisamente rascándose el ombligo y he respondido a cada disculpa que no se preocupe. Cuando llega, me dice: "Que sepas que no te voy a cobrar la copia del disco".
—Yo no me he quejado —respondo, refiriéndome al servicio prestado. Tengo que reconocer que, pese a la espera, han sido muy amables conmigo en todo momento... y además, yo no tengo demasiada prisa. Hasta dentro de una hora y pico no me necesitan en otra parte, así que sin problemas.
—Precisamente por eso. Eres de los pocos en no hacerlo.
Le doy las gracias a la mujer de nuevo y me marcho como un señor de la sala de espera. Al fin y al cabo, he conseguido lo que quería, que eran los resultados de mis pruebas. No me han cobrado los cincuenta pavos que se suponía que debía desembolsar precisamente gracias a mi paciencia y a mi educación. Supongo que es cierto eso de que con buenos modales se va a todas partes.
Aparte, es viernes y hace un día estupendo. Tengo el paseo marítimo de mi ciudad a quince metros de mi cuerpo serrano y compruebo que tenía razón y que, según lo que reza el informe, mi oído interno no está dañado.
Unos días después, sigo sin tener claro por qué mi oído no funciona todo lo bien que debería, pero al menos tengo mis informes. Gracias a esta Épica Odisea, puedo enviárselos a cualquier otro médico que pueda dar una opinión que sirva para contrastar, confirmar o desmentir lo ya visto. Si la cosa tiene solución o, efectivamente, tendrán que ponerme cacharritos es algo que el tiempo irá diciendo. De momento, tenemos lo que tenemos.
Apenas unos minutos después, les llega otro paciente en modo Chulopiscinas, preguntando cuánto falta para su prueba. Otra enfermera le pregunta su nombre, echa un vistazo a la lista y le dice que es el siguiente. En lugar de dar las gracias, éste suelta algo tan humilde y sencillito como:
—Es que soy diabético y me han ordenado esta prueba en ayunas. A ver si no tengo que dar aquí un espectáculo, ¿eh? —por "espectáculo", se entiende, a que tenga un desmayo o algo así. Pero, por mucha razón que tenga el caballero acerca de lo que está diciendo, hay formas y formas de decir las cosas. Y el tonito amenazador en plan "Si me pongo malo y la lío que sepáis que caerá sobre vuestras conciencias", como que no es plan. Menos aún viendo que hay apenas dos personas conteniendo toda una marabunta de energúmenos.
"De uno en uno, cabrones, ¡de uno en uno!"
Un tercero pregunta por no sé quién que, según creo entender, está sometiéndose a la prueba ahora mismo; mi oído no me permite captarle bien el tono de voz (habla más bajito y en otra frecuencia diferente a los dos anteriores, de forma que capto un murmullo ininteligible), pero me llama particularmente la atención el hecho de que, mientras está hablando a la enfermera, está metiendo los pinreles dentro del cubículo-oficina donde ella y sus compañeras trabajan. Con cada palabra, avanza un poquito, de forma que cuando termina la conversación está prácticamente dentro. La enfermera lo despacha y este se vuelve a la sala de espera como si estuviera en su casa.
Un cuarto, con acento extranjero, probablemente británico, le monta un amago de pollo a la enfermera que me estaba atendiendo acerca del ticket de aparcamiento. Esta, con una paciencia que yo no tendría, le indica que el ticket que tiene en la mano es el de entrada y no de salida del parking. Este gira sobre sus talones con un gruñido y se larga.
Todo esto en cuarenta minutos que estoy esperando.
Finalmente, aparece la enfermera con mis pruebas y el disco con mi resonancia. Entre energúmeno y energúmeno se ha disculpado por la tardanza casi media docena de veces. Yo he comprobado que no ha andado precisamente rascándose el ombligo y he respondido a cada disculpa que no se preocupe. Cuando llega, me dice: "Que sepas que no te voy a cobrar la copia del disco".
—Yo no me he quejado —respondo, refiriéndome al servicio prestado. Tengo que reconocer que, pese a la espera, han sido muy amables conmigo en todo momento... y además, yo no tengo demasiada prisa. Hasta dentro de una hora y pico no me necesitan en otra parte, así que sin problemas.
—Precisamente por eso. Eres de los pocos en no hacerlo.
Fuck yeah.
Le doy las gracias a la mujer de nuevo y me marcho como un señor de la sala de espera. Al fin y al cabo, he conseguido lo que quería, que eran los resultados de mis pruebas. No me han cobrado los cincuenta pavos que se suponía que debía desembolsar precisamente gracias a mi paciencia y a mi educación. Supongo que es cierto eso de que con buenos modales se va a todas partes.
Aparte, es viernes y hace un día estupendo. Tengo el paseo marítimo de mi ciudad a quince metros de mi cuerpo serrano y compruebo que tenía razón y que, según lo que reza el informe, mi oído interno no está dañado.
Unos días después, sigo sin tener claro por qué mi oído no funciona todo lo bien que debería, pero al menos tengo mis informes. Gracias a esta Épica Odisea, puedo enviárselos a cualquier otro médico que pueda dar una opinión que sirva para contrastar, confirmar o desmentir lo ya visto. Si la cosa tiene solución o, efectivamente, tendrán que ponerme cacharritos es algo que el tiempo irá diciendo. De momento, tenemos lo que tenemos.














3 comentarios:
Qué lío, majo. Ojalá den con el diagnóstico. En todo caso, por ahí tienes algo positivo: si alguien dice estupideces en voz muy aguda, te ahorrarás el escucharlas.
¡Oh, soy la invitada de honor de este post! :D
A ver si aciertan de una puta vez contigo, porque vaya telita con tanta ida y venida.
Sí, bueno... lo que dice aquí Gissel es algo que me anima. Considerando el altísimo nivel de idioteces que oigo, casi es bueno que me pierda todas las que sueltan en una frecuencia aguda.
Isita, creo que después de lo que sufriste conmigo el otro día era lo menos que podía hacer, no? :D
Publicar un comentario