Este artículo cuenta con dos anécdotas para ilustrar, así como para empezar, aquello de que quiero hablar. Porque dos son mejor que una y así se ve más o menos claro el patrón de según qué cosas.
Nuestra primera anécdota tiene lugar hace ya casi diez años, en plena época universitaria y donde, de vez en cuando y por diversas razones, voy cambiando de compañías. Es precisamente una de estas personas que me rodea la que se convierte en una razón en sí misma. Hablo de esa clase de gente que empieza siendo amiga y, en última instancia, se acaba volviendo majara y se toma unas confianzas de órdago para dedicarse a faltarse al respeto. Y no hablo de bromas que no se interpretan como tal: hablo de una desgracia con patas que se permite el lujado de decirte frases tan bonitas y cargadas de emotividad como "Tú no eres más gilipollas porque no puedes". Y oiga, que si hay un motivo claro para decírmelo (yo mismo podría haberle hecho una lista, de haberme preguntado), pues vale, cada uno con su opinión y que espurree la mierda que le salga del culo. Pero el asunto es que estamos hablando de gente (o gentuza, más bien), que parece sufrir un puto episodio de enajenación mental y pasa de ser amiga un día a, en cuestión de horas, cruzársele los cables y dedicarse al insulto barato y gratuito. Sin darte explicaciones ni putas hostias, pese a que tú le preguntes a qué cojones viene esa actitud chulesca e insultante. Como mucho, el consabido "Tú sabrás por qué estoy cagándome en tu puta madre", como si uno fuera un puto telépata o como si la subnormalidad que a la otra persona se le pase por la chota le diese derecho a coger y putearte porque sí.
Con esta gente, como cabe esperar, lo lógico es la política de mandarla a tomar por culo: se pueden permitir muchas cosas, pero que alguien medianamente cercano se permita el lujo de faltarte al respeto es algo que no se debe consentir a ser humano alguno. De hecho, eso fue lo que hice: a la mierda con todos los gastos pagados y propicios días.
Al carajo ya. Le vas a faltar el respeto a Perry.
Pasa un añito y, tras haber retomado contacto con una amistad común, a esta persona se le vuelven a recruzar los cables y me manda un correo, diciendo que ha pasado tiempecillo y que podríamos retomar el contacto nosotros también, que si tal, que si cual. Yo leo aquello y, aunque me alegro de que la otra persona haya parecido recapacitar ante aquella monumental meada fuera de tiesto, le digo que si quiere hablar del tema me espere a la salida de un examen común que tenemos.
Esta persona accede.
Así que se presenta uno al examen, se patea los hocicos con Robert Peel, Eli Whitney y un montón de nombres de tíos que figuran en lo que probablemente sería una de las asignaturas más plomizas de la carrera y se queda a esperar a esta persona, para ver qué leches le va a contar para explicarte todo ese repertorio de sinvergoncerío y mala leche que tuve que tragarme de su augusta persona. A esto que sale y la conversación resulta, como poco, decepcionante:
—¿Qué tal? —me pregunta.
—Bien —respondo yo, esperando a que abra la boca y empiece a explicarse. Total, yo no fui quien empezó a insultar a esta persona, con lo que considero que, si alguien tiene que sacar el tema y empezar a contar qué coño pasó no soy yo. Bajo ningún concepto.
El caso es que esta persona, fíjate tú por dónde, no mencionó el asunto ni de pasada siquiera: la conversación que inició fue un diálogo absurdo y lamentable acerca de lo difícil que había sido el examen. Pero de por qué se dedicó a ponerme a caer de un burro y lanzarme insultos de intensidad moderada, ni mu. Con esto, me queda claro que esta criatura de Dios se ha creído que, efectivamente, sigo siendo gilipollas y que mi corazoncito se puede compadecer de un puerco correo electrónico enviado a colación de lo sucedido con una tercera persona. Se ha debido creer que he pasado por alto toda esa sarta de memeces que me soltó.
Se ve que no me conocía tan bien como creía.
En pocas palabras, pidió una oportunidad para enmendarse, la cagó miserablemente y se volvió por donde había venido: es decir, se fue de nuevo a hacer puñetas.
Así.
Y sin cargo de conciencia alguno.
Pasamos a la siguiente historia, unos años después, ya terminando mi licenciatura. Es justo en esta época cuando ingreso en lo que, sin problema en asumirlo, podría ser una de las peores bandas de rock duro de mi ciudad. Cómo no, me dedico a llamar a todos los amigos que puedo para que vengan a vernos a un bolo que damos en un bareto del centro. Soy consciente de que a la mayor parte de estos amigos míos el rock duro o el heavy metal son géneros musicales que no les entusiasman, pero tanto ellos como yo tenemos claro que esto no es más que una excusa para vernos y echar un rato, nada más.
De entre todos estos, llamo a una persona y le comento el tema en cuanto tenemos fecha, más de un mes antes de la actuación.
—No creo que vaya —me suelta.
—Te lo estoy diciendo con bastante tiempo de antelación —respondo yo, recordando el hecho de que esta persona en sí ha sido experta en quejarse de que la gente de la carrera nunca nos vemos.
—Ya, pero es que ese no es mi ambiente —es su principal argumento.
Dicho de otro modo, hablamos de alguien que se pasa todo el santo día echándonos en cara que si hay que ver, que si nunca nos vemos, que si ya va tocando, que no veas que aburrimiento de vida... Y en el momento en que le comentas el asunto (porque, joder, que un amigo venga a verte tocar por mal que lo estés haciendo te hace mucha ilusión) coge y se quita de en medio miserablemente. Porque no nos vemos, lloras y encima para quedar vienes con exigencias chorras, cuando tú eres la primera en:
1) No quedar con tus amigos ni a tiros, pero ser la primera en quedar con gente que te pone a caer de un burro y luego contarnos lo desgraciada que te sientes con esa gente.
2) Usar excusas tan rematadamente absurdas para no quedar, tales como "Mejor me quedo en casa leyendo" o "Es que tengo que estudiar" (aunque sea sábado por la noche y me haya pasado toda la puta semana estudiando a diario).
Más concretamente, que antepones la queja y el lloriqueo de no vernos a coger, hacer frente a esas cosas y ponerle solución.
Imagino que es porque mola más el rollito "Soy una víctima del mundo, compadeceos de mí".
No sé a vosotros, pero a mí personalmente que alguien se pase todo el día con el morro colgando y no te cuente otra cosa que no sean penas me resulta cargante.
Como es natural, esta respuesta me dolió bastante, pero preferí coger y pasarme por el culo las niñaterías de reinas del drama y hacer lo que se debe hacer en estos casos: No insistir. Que cada uno haga lo que le dé la gana, pero ya lo tenía claro: que no me viniese con nuevas patochadas del "A ver si nos vemos, que nunca quedamos", que entonces le suelto la artillería dialéctica en plena cara.
Pasan unas tres semanas y veo que esta persona me felicita el año nuevo de la forma más escueta posible (he visto telegramas con más retórica), a lo que yo le doy las gracias y sigo a lo mío, sin entrar ni en lo del concierto ni en otra de las historias absurdamente tristes con las que esta persona me ha venido bombardeando durante varios años (y que yo, como gilipollas perdido que soy, he escuchado con mi mejor intención, intentando ayudar). Paso, no estoy para payasadas ni para que me cuenten penas. Ya me he dado cuenta de que hay gente que te cuenta su mierda, no porque busquen consejo o que alguien les escuche: hay gente que, sencillamente, te busca para escuchar ellos mismos su propia mierda, sin interés alguno por salir de ella.
En apenas veinticuatro horas, esa persona ha dejado de tener contacto conmigo.
Sin explicaciones, tampoco.
Varios años después, una amiga común me saca el tema y me viene con las justificaciones y las defensas a ultranza que tanto me encantan:
—Tendríais que hablar —me suelta.
— Pues que venga ella y me busque, que fue la que me mandó a la mierda —respondo yo.
— Tú sabes que eso no lo va a hacer.
— Me muero de la pena.
Después de este ejercicio de sarcasmo, seguimos ahondando en el asunto y me entero de que la otra persona, agarraos, me dejó de hablar porque "Se pensaba que me había enfadado con ella".
—Pues claro que me enfadé —aclaro yo—. Aquel concierto era importante para mí y me habría gustado que la mayor parte de mis amigos viniesen. Que uno de ellos no venga porque no le da la gana, como entenderás, no es algo para reírle las gracias a nadie, ¿no te parece? Pero vamos— continúo—, que ya podía haber hablado el tema conmigo, porque yo tampoco voy a mandar a la mierda a nadie por algo así. Cosa que esta persona, por lo que veo, sí que ha hecho.
Y aquí viene la respuesta guai:
—Es que tú ya sabes cómo es.
Y ante semejante mamarrachada de respuesta, pienso: "A ver, ¿hipersensible? ¿Irracional? ¿Cobarde? ¿Con un serio problema que la lleva a rechazar el contacto con gente con la que siempre se ha llevado bien y una enfermiza preferencia por gente que la putea viva?"
Podría seguir usando adjetivos que resumen una actitud tan bonita como esta. En lugar de eso, lanzo mi contrarrespuesta:
—Y tú ya sabes cómo soy yo.
Resumiendo: "Que no aguanto tonterías de nadie, y menos de gente a la que considero amigos".
Dos casos: uno de una persona a la que mando yo a la mierda y de otra que me manda a la mierda a mí, pero la actitud viene a ser la misma. La actitud de tener cruces de cables de lo más tontos y mandar a tomar por culo una amistad porque "son sensibles" o porque "han tenido un mal día". Y por lo visto, como "son así", ya tienen carta blanca para hacer lo que les salga de los orificios rectales. Nos tiene que parecer bien porque son personas complejas, afectadas y con una personalidad muy marcada.
Son personas cuyas mongoladas no tenemos por qué aguantar, y puto punto.
Como ya he comentado en alguna ocasión, yo no soy lo que se puede definir como una persona del todo fácil de tratar: tengo mis cambios de humor, como todo el mundo, y mi sentido del humor en ocasiones puede medirse en una escala que oscila entre "variable" e "inexistente". Sin embargo, puedo decir sin mucho miedo a equivocarme, que suelo ser coherente en mis decisiones. Preguntad por ahí y tened por seguro que, si mando a la mierda a alguien, es con todos los gastos pagados y sin posibilidad de devolución. Porque no hablamos de un puto jersey de rebajas, sino de las relaciones interpersonales. Algo que de por sí me resulta bastante complicado y que me suelo tomar medianamente en serio a la hora de entrar en contacto con alguien. En el momento en que ese alguien empieza a comportarse como un soplapollas, me falta al respeto o se dedica a echarme las culpas de su mierda, ahí tenemos dos opciones: o me manda a tomar por culo él, o lo mando a tomar por culo yo. ¿La diferencia? Que, por lo general, cuando lo hago yo de esa persona no vuelvo a tener noticias en lo que me queda de vida; cuando son otros los que lo hacen, vienen a buscarme en el momento en que se les ha pasado el avenate y se creen que con decir "Hola, buenas" ya está todo arreglado.
Pues va a ser que no.
Y es que a ver, llega un punto en tu vida en que exigir las disculpas de alguien que se ha comportado como un imbécil contigo es absurdo; en ciertas ocasiones, resulta incluso prepotente. Si esa persona de verdad quiere arreglar las cosas, lo correcto a mi juicio es que te dé una buena explicación acerca de por qué se ha comportado así. Y la disculpa, si eso, pero lo primero es lo primero.
Poca gente he visto yo que, tras haberme puteado vivo (creedme, unos cuantos lo han hecho ya en estas tres décadas y pico que arrastro al lomo) han cogido y me han dicho "Mira, lo que me pasó fue esto, esto y esto". No. La actitud básica es coger, mandarte a la mierda por una cruzada de cables y luego esperar a que se les descrucen de nuevo y aquí no ha pasado nada.
Mis putos cojones.
Es una historia que, por algún motivo que escapa a mi limitado entendimiento, jamás llego a pillar del todo: me resulta hasta insultante, si os digo, porque me da la impresión de que se piensan que soy tan palurdo como ellos y que me olvido de un hecho tan sencillo como que tenía un amigo y, de buenas a primeras, dejé de tenerlo de la noche a la mañana. Y que, con las mismas, pues hala, bienvenido de nuevo. Y por lo visto me tiene que parecer fenomenal, como si no hubiera bastantes humanos en este planeta con los que relacionarme. Como si todo desgraciado que te falta al respeto fuese tan sumamente valioso que no nos podemos permitir el lujo de perderlo de vista. Como si hubiera que atesorar con fuerza al primer imbécil que se nos arrima y consentirle todas y cada una de sus neuras y gilipolleces porque "son así". Y a los personajes estos os digo que compasión con ellos, cero. Porque te la hacen una vez, te la hacen dos y te la hacen la cantidad de veces que les dé la puta gana si saben que se lo consentís todo.
Pues os lo digo claro: yo estoy ya hasta los mismísimos cojones de esa obligación de tener que comprender a cualquier cretino que se permite esas confianzas (o abusos de confianza, más bien) conmigo. Estoy harto ya de tener que ser comprensivo con gente que tiene arrechuchos y cambios de aire que ni ellos mismos entienden. Que tienen un problema, desde luego... pero eso no me obliga a mí a ser partícipe de ellos, ni a consentir faltas de respeto sin explicaciones, ni excentricidades, ni escenitas dramáticas ni gilipolleces varias. No me obliga a contagiarme de su mierda y ser objeto de sus ataques de divas enloquecidas. La vida es demasiado breve y demasiado valiosa para perderla junto a gente que, lejos de apreciar lo que es rodearse de un buen ambiente, se dedican a tratar a la gente como si fueran calcetines: hoy me los pongo, mañana me los quito, pasado me los vuelvo a poner y este verano que hace calorcete pues me los quito una temporada hasta que me dé el punto.
No. Ni de puta coña.
Bastantes problemas tiene uno ya en su vida personal como para tener que soportar los de otros. Porque desde que tenemos pelo en la entrepata somos conscientes de que nuestros problemas, así como nuestras decisiones, son nuestros y de nadie más: los asumimos, los combatimos o nos los metemos por donde nos quepan, o podemos pedir ayuda para solucionarlos (aunque al final siempre somos nosotros quienes debemos ponerles fin, y no esperar a que los demás los hagan por nosotros), pero pagar nuestros problemas con otros (y justificarnos de una forma tan chapucera como la mencionada arriba de "Es que yo soy así") no nos convierte ni en "sensibles", ni en "temperamentales", ni en "especiales" ni hostias en vinagre. Nos convierte en una panda de desgraciados que lo único que nos merecemos es que nos manden a la mierda sin billete de vuelta.
— Tú sabes que eso no lo va a hacer.
— Me muero de la pena.
Puto ja.
Después de este ejercicio de sarcasmo, seguimos ahondando en el asunto y me entero de que la otra persona, agarraos, me dejó de hablar porque "Se pensaba que me había enfadado con ella".
—Pues claro que me enfadé —aclaro yo—. Aquel concierto era importante para mí y me habría gustado que la mayor parte de mis amigos viniesen. Que uno de ellos no venga porque no le da la gana, como entenderás, no es algo para reírle las gracias a nadie, ¿no te parece? Pero vamos— continúo—, que ya podía haber hablado el tema conmigo, porque yo tampoco voy a mandar a la mierda a nadie por algo así. Cosa que esta persona, por lo que veo, sí que ha hecho.
Y aquí viene la respuesta guai:
—Es que tú ya sabes cómo es.
¡Muy bien! ¡Con eso nos ha quedado todo claro, sí señor!
Y ante semejante mamarrachada de respuesta, pienso: "A ver, ¿hipersensible? ¿Irracional? ¿Cobarde? ¿Con un serio problema que la lleva a rechazar el contacto con gente con la que siempre se ha llevado bien y una enfermiza preferencia por gente que la putea viva?"
Podría seguir usando adjetivos que resumen una actitud tan bonita como esta. En lugar de eso, lanzo mi contrarrespuesta:
—Y tú ya sabes cómo soy yo.
Resumiendo: "Que no aguanto tonterías de nadie, y menos de gente a la que considero amigos".
Dos casos: uno de una persona a la que mando yo a la mierda y de otra que me manda a la mierda a mí, pero la actitud viene a ser la misma. La actitud de tener cruces de cables de lo más tontos y mandar a tomar por culo una amistad porque "son sensibles" o porque "han tenido un mal día". Y por lo visto, como "son así", ya tienen carta blanca para hacer lo que les salga de los orificios rectales. Nos tiene que parecer bien porque son personas complejas, afectadas y con una personalidad muy marcada.
Son personas cuyas mongoladas no tenemos por qué aguantar, y puto punto.
Podemos parecer bordes... Pero es que algunos, sencillamente, estamos ya hasta los cojones.
Como ya he comentado en alguna ocasión, yo no soy lo que se puede definir como una persona del todo fácil de tratar: tengo mis cambios de humor, como todo el mundo, y mi sentido del humor en ocasiones puede medirse en una escala que oscila entre "variable" e "inexistente". Sin embargo, puedo decir sin mucho miedo a equivocarme, que suelo ser coherente en mis decisiones. Preguntad por ahí y tened por seguro que, si mando a la mierda a alguien, es con todos los gastos pagados y sin posibilidad de devolución. Porque no hablamos de un puto jersey de rebajas, sino de las relaciones interpersonales. Algo que de por sí me resulta bastante complicado y que me suelo tomar medianamente en serio a la hora de entrar en contacto con alguien. En el momento en que ese alguien empieza a comportarse como un soplapollas, me falta al respeto o se dedica a echarme las culpas de su mierda, ahí tenemos dos opciones: o me manda a tomar por culo él, o lo mando a tomar por culo yo. ¿La diferencia? Que, por lo general, cuando lo hago yo de esa persona no vuelvo a tener noticias en lo que me queda de vida; cuando son otros los que lo hacen, vienen a buscarme en el momento en que se les ha pasado el avenate y se creen que con decir "Hola, buenas" ya está todo arreglado.
Pues va a ser que no.
"Hola, te insulté, me cagué en tu puta madre y te mandé a tomar por culo. Pero tú y yo guai, ¿no?"
Y es que a ver, llega un punto en tu vida en que exigir las disculpas de alguien que se ha comportado como un imbécil contigo es absurdo; en ciertas ocasiones, resulta incluso prepotente. Si esa persona de verdad quiere arreglar las cosas, lo correcto a mi juicio es que te dé una buena explicación acerca de por qué se ha comportado así. Y la disculpa, si eso, pero lo primero es lo primero.
Poca gente he visto yo que, tras haberme puteado vivo (creedme, unos cuantos lo han hecho ya en estas tres décadas y pico que arrastro al lomo) han cogido y me han dicho "Mira, lo que me pasó fue esto, esto y esto". No. La actitud básica es coger, mandarte a la mierda por una cruzada de cables y luego esperar a que se les descrucen de nuevo y aquí no ha pasado nada.
Mis putos cojones.
Es una historia que, por algún motivo que escapa a mi limitado entendimiento, jamás llego a pillar del todo: me resulta hasta insultante, si os digo, porque me da la impresión de que se piensan que soy tan palurdo como ellos y que me olvido de un hecho tan sencillo como que tenía un amigo y, de buenas a primeras, dejé de tenerlo de la noche a la mañana. Y que, con las mismas, pues hala, bienvenido de nuevo. Y por lo visto me tiene que parecer fenomenal, como si no hubiera bastantes humanos en este planeta con los que relacionarme. Como si todo desgraciado que te falta al respeto fuese tan sumamente valioso que no nos podemos permitir el lujo de perderlo de vista. Como si hubiera que atesorar con fuerza al primer imbécil que se nos arrima y consentirle todas y cada una de sus neuras y gilipolleces porque "son así". Y a los personajes estos os digo que compasión con ellos, cero. Porque te la hacen una vez, te la hacen dos y te la hacen la cantidad de veces que les dé la puta gana si saben que se lo consentís todo.
"Te pegué una paliza, te quemé el coche y destrocé tu casa. Pero tienes que entenderlo, tenía un mal día y YO SOY ASÍ DE INTENSO".
Pues os lo digo claro: yo estoy ya hasta los mismísimos cojones de esa obligación de tener que comprender a cualquier cretino que se permite esas confianzas (o abusos de confianza, más bien) conmigo. Estoy harto ya de tener que ser comprensivo con gente que tiene arrechuchos y cambios de aire que ni ellos mismos entienden. Que tienen un problema, desde luego... pero eso no me obliga a mí a ser partícipe de ellos, ni a consentir faltas de respeto sin explicaciones, ni excentricidades, ni escenitas dramáticas ni gilipolleces varias. No me obliga a contagiarme de su mierda y ser objeto de sus ataques de divas enloquecidas. La vida es demasiado breve y demasiado valiosa para perderla junto a gente que, lejos de apreciar lo que es rodearse de un buen ambiente, se dedican a tratar a la gente como si fueran calcetines: hoy me los pongo, mañana me los quito, pasado me los vuelvo a poner y este verano que hace calorcete pues me los quito una temporada hasta que me dé el punto.
No. Ni de puta coña.
Bastantes problemas tiene uno ya en su vida personal como para tener que soportar los de otros. Porque desde que tenemos pelo en la entrepata somos conscientes de que nuestros problemas, así como nuestras decisiones, son nuestros y de nadie más: los asumimos, los combatimos o nos los metemos por donde nos quepan, o podemos pedir ayuda para solucionarlos (aunque al final siempre somos nosotros quienes debemos ponerles fin, y no esperar a que los demás los hagan por nosotros), pero pagar nuestros problemas con otros (y justificarnos de una forma tan chapucera como la mencionada arriba de "Es que yo soy así") no nos convierte ni en "sensibles", ni en "temperamentales", ni en "especiales" ni hostias en vinagre. Nos convierte en una panda de desgraciados que lo único que nos merecemos es que nos manden a la mierda sin billete de vuelta.









4 comentarios:
Yo soy de dar oportunidades, y de ir a pedir explicaciones si viene al caso en vez de esperar a que vengan, depende de la persona también, creo que la gente está muy acostumbrada al "hago como si no ha pasado nada" y que hay que desacostumbrarla y hacerle ver que sí, que ha pasado y que las explicaciones son necesarias. De todas formas, cuando la gente media entre amigos (o al menos es lo que suelo hacer yo), es cierto que decimos a uno "es que él es así", pero al otro le decimos lo mismo. No es que queramos que cedas tú y no el otro (o al menos yo no lo quiero), la idea es que cedáis los dos, aunque lo más normal cuando medias es que ambos amigos terminen enfadados con el mediador xDDD
Francamente, yo me he cansado de tener esperanza en la gente: he visto que eso del "hola, aquí no ha pasado nada" funciona en una dirección, lo que resulta muy injusto. Si la gente se quiere comportar como una imbécil, por mí adelante, pero con mi voto no cuentan. Se acabó la compasión con quien no lo merece.
Yo he dejado de dar segundas oportunidades. Nunca me han funcionado. Sobre todo con esas personas que te joden y que, como dijiste, JAMÁS asumen culpa alguna cuando tratan de volver contigo. Podría darte mis propios ejemplos pero no vienen al caso.
No te preocupes, no hace falta que des ejemplos. Había olvidado mencionar lo que tú misma indicas en tu comentario, Gissel: es justo ese hecho de que cuando te buscan JAMÁS asumen nada que hayan podido hacer. Hacen como que no ha pasado nada y se piensan que un nuevo acercamiento, más que una segunda oportunidad, es un "borrón y cuenta nueva".
Yo es que además soy de pensar que, salvando raros casos, la gente no cambia; se pueden cometer errores y subsanarse, hasta ahí bien... pero el que la ha jugado deliberadamente y luego reaparece sin mostrar arrepentimiento alguno tiene todas las papeletas de volver a repetir la trastada anterior, si no de cometer una más grande.
No pity, no mercy, no regret...
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