Tengo un colega al que esto de la tecnología le encanta. De estas cosas que a un palurdo como yo, que ni siquiera sabe cómo coño se programa el dvd del salón, le causan entre admiración y el más descarado estupor. Gracias a él me entero un poco cómo van los entresijos de las grandes compañías que venden ordenatas, portátiles, teléfonos móviles y demás cacharros que me hacen sentirme como un puto cavernícola. Así es un poco como medio aprendo a defenderme en un siglo que, obviamente, no parece ser el mío.
En una de estas historias, para variar, es su equipo el que se escoña y no el mío. Toco madera, porque de momento este trasto no ha decidido darme por el tracatrás y, desde el último formateo, la cosa parece funcionar de un modo medio decente.
Total, que me dice un día de acompañarlo para llevar su cacharro al servicio técnico. Y yo, pues sin ningún problema, para eso estamos los amigos; rollo a lo road movie, dos colegas en la carretera hablando de cómo va el mundo y todo eso. Le pones música country y esto podría pasar por una peli de finales de los 80.
Que yo esté sentado en el asiento de atrás, vigilando que un ordenador de última generación no se menee ni un pelo del asiento, es un detalle sin importancia.
Algo así. No me digáis que la estampa no mola.
Así que allá vamos. Salimos de nuestra clase de yoga matinal y, ni cortos ni perezosos, nos zambullimos en el coche hacia una de las localidades más pijas de la provincia. Para huevos, los nuestros.
Resulta que el servicio técnico de la marca del ordenador de mi amigo (al que me referiré simplemente como La Pera, para no herir sensibilidades ni ganarme una demanda) no funciona como un servicio técnico normal. Allí acudes por cita, lo que te hace pensar "Pues coño, estos tíos funcionan, y no como en otros sitios". De una forma similar al INEM, tu pides tu cita online y cuando llegas, tienes que avisar de que ya estás allí. Luego el dependiente, en el momento que ha despachado a algún otro previo, se va para ti y te atiende.
Esto, en la teoría, claro.
Llegamos al sitio, bastante prontito si tenemos en cuenta los cuarenta y pico de kilómetros de carretera que nos hemos metido entre pecho y espalda. Hemos llegado tan pronto que resulta que nos falta como media hora para llegar a la hora exacta de la cita. Sin embargo, nos presentamos igualmente en la tienda y decimos al primer fulano en polo "Mira, ya hemos llegado".
Es curioso el tema este de las citas; puedes pensar que es como cuando vas al médico, que si no hay nadie te atienden antes. Nosotros contábamos con el hecho de que, en resumidas cuentas, íbamos a dejar el cacharro y largarnos, una operación que puede tardar no más de cinco minutos. No es difícil pensar: "Bueno, en el momento en que uno tenga un hueco, le dejamos el trasto y nos vamos".
¿A que la idea, como tal, sonaba sencilla?
Pues os lo digo desde ya:
Los cojones.
Nos tocó esperar hasta la hora reglamentaria, lo cual es medio comprensible; lo curioso es que, cuando ya casi nos toca, nos acercamos hacia uno de los dependientes, para ver si nos hace caso alguien. Llevamos como media hora sentados en una cosa a la que llaman "Bar" (para mí un bar es un sitio en el que te ponen unas cañas, unos cacahuetes o unas putas cortezas, aquí todo es más aséptico que la oficina de Grey). Tras un ratazo largo, donde habíamos tenido una apasionada conversación hacia la calidad de los productos de las empresas de la competencia y viendo cómo los dependientes que no estaban hablando con nadie se dedicaban a enderezar las cajas de las estanterías con tanta obsesión como un afectado de TOC, pillamos a uno por banda.
- Sí, perdona- le dice mi amigo-, es que teníamos aquí el ordenador para que os lo llevéis y tal...
- Ah, sí- responde el chaval-, pero es que antes tengo que atender a Philip.
Miramos hacia dónde él señala. Vemos un señor allí sentado. Y no, en contra de lo que puede haber parecido, ni mi amigo ni yo tenemos ni zorra de quién es el tal Philip, por mucho que el dependiente diese a entender lo contrario. Total, que dejamos al dependiente con Philip, el Philip de toda la vida, allí los dos a su rollo, y nosotros al nuestro.
Un rato después, nos atiende un chaval y aquí termina la cosa el primer día. Todo con un trato como muy de supercolegasdelamuerte, que dices tú "Cinco minutos más y le pregunto a este cuando sale, porque llevárselo de cañas tiene que ser la leche". En ese instante de despedida, cuando mi amigo da su nombre una vez más, el chaval le reconoce por su trabajo. Puede que incluso sea fan, teniendo en cuenta esa rápida asociación de nombre y profesión. Más puntos para llevarnos a este tío de cañas.
Así que, con estas, nos largamos y volvemos para la ciudad... pero aquí no queda la cosa.
Así, que se vea, que aquí es donde pasa lo gordo.
El segundo día, cuando vamos a recoger el equipo, es cuando se produce la bizarrada padre.
Conscientes de que llegar antes de tiempo era algo inviable, mi amigo decide pedir una cita algo más ajustada para no tener que estar tocando las palmas en mitad del bar (insisto, en un bar te ponen priva. Eso es un puto bloque de madera alargado). Cogemos la carretera de peaje para no pasarnos de la hora y llegamos a la tienda más o menos a la hora estipulada.
Dejadme que os aclare un detalle: cuando pides cita en esta tienda, te dan un margen de quince minutos, así que si la pides a las doce, en realidad tienes un período de doce a doce y cuarto para llegar, buscar al primer dependiente que encuentres y decirle que ya has llegado.
Nosotros plantamos los pinreles en la tienda a las doce y cinco, que ni siquiera habían llegado a dar.
Pasa un rato y vemos que, de los doce dependientes que hay (no me lo invento, he invertido ese tiempo en contarlos), ni uno se ha acercado para preguntar qué deseamos. Es más, ni uno parece estar disponible. Cada uno con sus historias, y los clientes que vamos llegando nuevos, casi pensando en montar un botellón. Porque total, estamos en un bar que en realidad no es un bar, somos suficientes y empezamos a aburrirnos.
"¿Alguien sabe quién lleva aquí lo de las citas?"
Al rato, cuando los recién llegados ya empezamos a estorbar a los dependientes que están por ahí en lo suyo, aparece un clon de Torbe que se pasa por el forro del escroto esa política de sonrisa en la jeta y tratar al cliente como un colega. Le decimos que llevamos un rato (todavía no son y cuarto) y nos dice que nos han cancelado la cita porque no habíamos avisado de que estábamos allí. Dicho de otro modo, llegamos en el período que nos da la cita y no nos hace caso ni Cristo, pero la culpa es nuestra y nos anulan la cita. Una chica que estaba por allí dando vueltas se encuentra en el caso de que llegó a su hora, no la atendieron en un cuarto de hora y también le han anulado la cita.
A mí como que se me empieza a cambiar la cara ante tal mamarrachada; mayormente, porque si se tienen doce dependientes en una tienda, no es tan difícil lo de poner a uno que se dedique a atender a la gente que llega. Pero claro, esta empresa viene con protocolos prefabricados de arriba y no pueden mover un dedo.
La Pera, vaya.
O La Repera.
Algo como esto, pero con unas gafas más nuevas, unos dientes algo mejores, un uniforme distinto y, lo que es más evidente, sin la chica en el regazo. Al menos eso último habría sido un aliciente de interés.
Nos toca por fin, tras otro rato de despotrique contra esa política de usar a los dependientes como si fueran robots y al cliente como un puto rebaño al que ir lanzando forraje cuando les toca. Nos atiende un tío que parece el clon de un escritor al que conozco (y no es el único, un tercer dependiente a su vez es clon de un amigo nuestro, recordándonos tanto a él que incluso nos hemos llegado a referir a éste por su nombre y todo) y nos planta el trasto en el mostrador. El bicho, para variar, parece arrancar en condiciones y todo (que yo sepa, dado mi limitado conocimiento de estas bestias de Satán) está en orden.
El tío nos pide los papeles del ordenador (los cuales no nos pidieron la vez anterior, dicho sea de paso), lo que implica que mi amigo tenga que salir del centro comercial donde se aloja la tienda, en dirección al aparcamiento y volver. Casi diez minutos con la guasa.
A lo largo de la conversación subsiguiente, mi amigo le comenta al dependiente-clon que no es la primera vez que se le jode el equipo. Esta, en concreto, es la segunda o tercera. El tipo de la tienda casi se echa las manos a la cabeza, recitando eso de "NO PUEDE SER". Yo tengo un momento troll en que le digo a mi colega que igual es que la electricidad de su casa es la que jode los equipos.
Llega la hora de soplar la pasta y mi amigo saca su tarjeta. El dependiente-clon la mira y presta atención a la marca en concreto de ésta. Como Drácula mirando una Biblia, nos dice que la tienda no acepta tarjetas de esa red, con lo que va a tocar pagar al contado. Así, mi amigo me deja en el bar y va a buscar un cajero. Situación que, sacada de contexto, podría parecerse a la de un sábado por la noche entre colegas, solo que todo mucho más aséptico.
Sí. He repetido la palabra aséptico. Si una autora de best-sellers lo ha hecho y tiene fans que la defienden a capa y espada, exijo ya mi ración de lamidas de culo.
Mi amigo regresa; en el tiempo en que ha estado fuera, el tipo de la tienda (bastante simpático, por cierto), se ha estirado y nos ha regalado una funda de protección para el ordenador justo antes de desaparecer por una puerta supermoderna de esas que se abre con una tarjeta personalizada. Como las de Terminator.
Pasaré por alto el hecho de que la funda es de color rosa.
Ahora el ordenador de mi amigo es una Pera en dulce.
Cuando vuelve, resulta que las noticias son de todo menos alentadoras: de los dos cajeros que hay, uno están reparándolo y el otro no le ha dado dinero.
Yo me pregunto si en ese bar habrá platos que limpiar cuando un cliente no paga.
En un arranque de autodeterminación, mi amigo le dice al dependiente que pruebe a pasar la tarjeta por el lector. Este le mira extrañado, pero éste insiste:
- Yo pagué el ordenador en esta tienda con esa tarjeta.
El argumento no pude ser más contundente.
Rompiendo su propio protocolo, el dependiente accede, más en plan "No pasará nada por intentarlo y que este tío se quede tranquilo" que porque realmente cuente con que la movida vaya a funcionar.
Inserta la tarjeta...
Un segundo...
Dos...
Cinco...
- Parece que tenemos algún problemilla con el servidor- dice.
Luego me pregunta la gente por qué abjuro de la tecnología.
Creo que mi cara, a estas alturas de la peli, venía a ser tal que así.
Tras un rato esperando a que el puñetero servidor funcione, la tarjeta hace sus chiribitas en la pantalla y, ¡OH, ALBRICIAS! ¡FUNCIONA! La explicación es que por lo visto las tarjetas de esa red deben activarse especialmente, pero eso en caso alguno implica que no funcionen con la empresa de la tienda.
Acabamos de enseñarle algo al dependiente.
Por fin hemos terminado la odisea. Cuando echamos mano del reloj, nos damos cuenta de que, entre pitos y flautas, hemos invertido alrededor de cincuenta minutos en algo que podía haberse resuelto en apenas cinco. Vamos entonando un mantra acerca de lo chuliguai que es esa compañía electrónica, mientras vamos más chulos que un ocho con el ordenador a cuestas, cubierto por su flamante fundita rosa.
Otra aventura bizarra más.






4 comentarios:
Tanta pijez para que al final sean tan cutres como cualquier otra empresa y encima más cuadriculados... Yo es que cada vez les tengo más manía a éstos de la m... pera :P.
Yo no los conocía, la verdad... pero ha sido meterme en la tienda-robot esta que vi, y se me han quitado las ganas de comprarme una... una pera de esas.
Lo que no te pase a tí... ¿ves? yo es que no me llevo bien con las peras, ni con la fruta en general.
Pues va a ser que yo tampoco, visto lo visto :D
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