Este post bien podría formar parte de la sección que los fans distópicos conocéis como Escupiendo Rabia. Sin embargo, dado el carácter absurdo y rocambolesco de lo que voy a contar por aquí, casi trae más cuenta ubicarlo bajo la sección Spanish Bizarro.
Como muchos de vosotros ya sabéis, ocupo la mayor parte de mi tiempo en el fantástico mundo de las clases particulares, concretamente, de inglés. Llevo en esta situación (a falta de que algún alma cándida me contrate, claro) siete años hasta la fecha y tengo que decir que la experiencia, en general, es bastante buena: me gusta esto de la enseñanza, y tener estudiantes que empiezan prácticamente desde cero y verlos evolucionar hasta tener un dominio más que decente del idioma es una auténtica pasada, para el que no lo sepa.
También he tenido alumnos que ya contaban con un nivel más o menos decentes, a los que he preparado por mi cuenta para que puedan avanzar un poco más del clásico "presente simple-presente continuo-números-colores" al que les tienen acostumbrados en muchos centros educativos.
La relación que he tenido con los padres de mis estudiantes también ha sido bastante buena. Salvando alguna excepción, siempre ha habido buena comunicación entre ellos y yo, lo que ha llevado a un trabajo conjunto más o menos disciplinado en el que cada uno ha cumplido su parte y que ha llegado, la inmensa mayoría de las veces, a buen puerto. O sea, que el chaval o chavala apruebe y que, de paso, aprenda algo útil y sin aburrirse.
Esto, como digo, la mayoría de las ocasiones.
Sin embargo, hay gente que no funciona así y voluntariamente o no (uno nunca termina de estar seguro) te toca los cojones.
Este post está dedicado a la última familia (y casi la única en siete putos años currando) que ha encajado en ese perfil.
Retrocedamos nuestros relojes a unos meses atrás. Principios de mayo, está terminando la semana santa y una noche estoy en el piso de mi hermana, retrepado en un sillón y hablando con ella y mi cuñado de cualquier frikada. Lo que viene siendo lo normal, vaya.
A esto que me suena el teléfono.
Lo cojo y resulta ser una señora que viene por parte de una de las mejores familias para las que he tenido el gusto de trabajar. Esta familia a la que me refiero ha contado con mis servicios durante cinco años ininterrumpidos, y aparte, me ha recomendado (sin exagerar) a más de media docena de alumnos. Lo que podemos llamar gente apañada.
Total, que esta buena mujer me dice que tiene un hijo en segundo de bachiller (amigo de mi alumno, para más señas) que tiene que aprobar en junio, que tiene la selectividad por delante.
Miro la fecha, como el que no quiere la cosa.
Falta algo así como un mes para que se examine.
Mi cara al teléfono fue como la de esta señora.
Por honestidad profesional, no suelo coger alumnos a unas alturas del curso tan avanzadas. Considerando que, por agenda, no puedo dar mucho más de un par de horas por semana, el cálculo es sencillo: de ahí a junio, ese estudiante no daría más de ocho clases hasta que se examine, y eso con mucha suerte. Se lo digo a la madre, pero insiste. Añade además que es consciente de que eso no hay Dios que lo apruebe, pero que quiere hacer todo lo posible para que cuando la cague, no poder decir que no lo ha intentado, al menos.
Visto lo visto, accedo. Más que nada, por venir por parte de la gente por la que han venido. Mi sentido de la responsabilidad me hace pensar que se lo debo a la familia de mis alumnos y lo menos que puedo hacer es aceptar el desafío, con tal de no dejarlos mal.
Así que empiezo a darle clase al chaval (conocido desde entonces como Niñomilagro, por eso de pensar que un profesor particular es una especie de Santo cuya mano cura las posibilidades de suspenso) y, si me habían dicho que hasta hacía muy poco, había tenido una profesora particular, el nivel que tiene me hace pensar un par de cosas: una, que la profesora no se lo había currado demasiado; dos, que por buena que fuese la profesora, con Niñomilagro sus enseñanzas habían caído en saco roto y, tres (mi favorita), que dicha profesora igual ni existía.
Sin problemas, uno es un puto profesional: se arremanga y empieza a darle clase al muchacho aun siendo consciente de que le tendría que comer el potorro a Santa Rita para aprobar en Junio.
En ese tiempo, conozco al resto de la familia: ya he hablado de la madre (me referiré a ella como Madremilagro a partir de ahora); está el padre, que tiene la costumbre de mirarme como si analizase la veracidad de cada una de mis palabras (al que llamaré Papáscanner) y luego un hermano algo más pequeño, que más adelante se convertiría en Niñomilagro II.
Mi contacto con la familia es, como poco, curioso: Madremilagro, pese a ser totalmente consciente de que eso no hay Dios que lo lleve a buen puerto (básicamente porque no hay tiempo suficiente), tiene una especie de mantra que recita casi cada vez que hablo con ella: "Tiene que aprobar, ¡tiene que aprobar!"
Gracias por no presionarme.
"Puedo hacerlo. Soy de la sangre del dragón. Mi cuerpo es un templo. El miedo mata la mente. Fuerte soy por la Fuerza".
Papascanner es harina de otro costal; en conversaciones combinadas no suele hablar, limitándose más bien a analizar la veracidad de lo que digo. Sin embargo, a solas, tiende a preguntar mi valoración del nivel del chaval con frases tan crípticas como "¿En qué nivel consideras que está el niño?"
En momentos como este, echo de menos mis partidas de rol semanal. Lo mismo así podría decirle "Caballero, su hijo es un aprendiz de nivel 1, con un +2 a hacerse la picha un lío con según que frases".
Más alucinante es aún, cuando le digo que al chaval le falta todavía trabajo de base (es decir, estudiar como un cabrón, aparte de las clases que le doy) y me pregunta por "mi método".
- Tal vez lo que tienes que hacer- me dice un día- es dejarle unos esquemas de la teoría.
No respondo directamente a la pregunta. Le digo al muchacho que vaya a su cuarto y que traiga los apuntes que le he hecho. Al enseñarle los folios,en los que he hecho PRECISAMENTE lo que me ha dicho (básicamente mi procedimiento con la teoría es ese), se queda callado. No es que con ello esté reconociendo que estoy haciendo lo correcto, pero se mantiene en un estoico silencio.
Otro día, surge cuando me estoy sentando en clase y me dice:
- Le pones tarea al chico.
- Es lo que hago siempre- respondo yo, sin estar muy seguro de si es una pregunta o una orden.
- Bien.
Con esta palabra, desaparece.
Así, pero de un modo menos luminoso.
Llegamos a Junio. A "petición" de Papascanner, no solo le he metido al chaval el nivel de segundo de bachiller. En la clase semanal que tenemos (amén un montón de sábados y domingos que me ha tocado impartir), me he visto forzado a meterle la mitad del inglés que se supone que debería conocer desde el principio de la secundaria y que, bien lo había olvidado, bien nunca llegó a controlar del todo.
Papascanner me lo había dicho ("Supongo que harás un chequeo del nivel general de la materia"); yo, viendo que ese nivel era básicamente como el mío en matemáticas (jamás me pidáis que os haga una cuenta), no tuve más huevos que hacerlo.
Todo esto en un mes.
Y no, no fue ninguna proeza: para entendernos, esto fue como pegar un jarrón con cola y, antes de que ésta se secase, ponerte el susodicho jarrón bajo el brazo y echar a correr una maratón.
Si el puto jarrón no se te hace papilla en el sobaco sí es una proeza. Todo lo demás es lo esperable.
En mi caso, sucedió lo esperable: Niñomilagro hocicó en Junio, lo que implicó que (contra todo pronóstico) me volviesen a llamar para darle clase en Septiembre. Yo le había dicho que si no veía resultados en mis clases, no me parecía honesto por mi parte esperar que me volviese a llamar.
Pese a todo, lo hizo.
Cuando lo hizo, Madremilagro me llamó con un interesantísimo mensaje de paz y amor para todos los hombres de buena voluntad:
- Tienes que cobrarme lo mismo que le cobras a la familia que nos recomendó.
3 pavos de diferencia, nada menos.
Mi respuesta fue bastante clara: esa familia de la que hablaba eran de mis primeros alumnos, a los que les respeté el precio durante años. Joder, en cinco cursos que dí con ellos me localizaron a unos siete alumnos. Solo les subí el precio una vez en todo ese tiempo, y porque ya veía que el autobús estaba subiendo demasiado.
A Familiamilagro los conocía desde hacía apenas un mes.
En siete años que llevo dando clases jamás he hecho rebaja alguna de precio a nadie, lo cual no ha supuesto jamás discusión con nadie: la gente pregunta mi tarifa, les digo lo que llevo y ellos se apañan con lo que hay; si he tenido que hacer alguna subida de precio, ha sido siempre a un año o dos, mínimo, desde que empecé a dar clases con ellos. Tampoco ha habido quejas.
Accedo a rebajar un euro a mi tarifa con esta familia, porque "la cosa está muy mala". Yo no tengo clases ese verano, así que es mejor eso a no tener ningún tipo de ingresos. Además, voy a dar más de una hora a la semana. Esa rebaja parece (relativamente) razonable, si se tiene en cuenta que mi precio YA estaba rebajado desde el principio.
Llamadlo negociación.
"No discutas. No es profesional"
Claro, León. Tú llevas pistolas y armas hasta en el ojo del culo. Así cualquiera te tose.
Vuelta a empezar: esta vez, mis clases pasaron a por la mañana, durante un par de mesecitos. El chico, pese a tener el nivel que tenía se esforzaba, y hacía todas las tareas que le encargaba. Me dijo que iba a muerte y que quería aprobar.
Madremilagro volvía con su mantra. Lo mismo pensaba que a fuerza de repetirlo la cosa saldría. También me comenta que el chaval que le da matemáticas a Niñomilagro lleva tres euros menos que yo (casualidades de la vida, oiga).
Yo no cedo. Con la rebaja ya les he hecho dos favores, en menos de seis meses de clase (recordad lo de coger un alumno a finales de curso).
Tras todo un verano currando varias mañanas por semana, el chico se examina de selectividad en septiembre. Aprueba, aunque yo no me entero de la nota hasta prácticamente mediados-finales de septiembre. Esta información me llega cuando Madremilagro me llama para que le dé clase al hermano (a éste lo había visto en alguna ocasión: era una especie de muchachote callado que entraba en casa, pasaba por delante de sus padres y de mí y que parecía tener algunos problemas para decir un puto "Hola").
Yo tengo un día libre en mi horario, así que le digo lo que tengo. La madre accede y me planto en Casamilagro una vez más.
Me pregunta si le voy a cobrar lo mismo que le cobré durante el verano.
Ya es que ni me molesto en discutir. Ya tengo bastante con la voz que me susurra que me estoy prostituyendo de mala manera.
El arte de bajarse los putos pantalones, con tal de que no te calienten el melón más de la cuenta.
Empiezo con Niñomilagro II. Otro segundo de bachiller con una selectividad a la vuelta de la esquina.
Fuck yeah.
Este es más o menos como me lo esperaba: igual de silencioso que como se había mostrado y con una curiosa tendencia a mirar hacia el frente cuando le preguntaba algo. Algo así como un soldado en posición de firmes, solo que sentado, y hablando tan bajito que hace las delicias de mi ya dañado nervio acústico.
Este parece tener alguna idea de teoría básica, a diferencia de su hermano mayor. También es algo más creativo, a juzgar por los bocadillos obscenos que pone en las fotos de su libro de inglés (citas tan cargadas de sentimiento y lirismo como "Doctor doctor, mi novio es eyaculador precoz", "¿Me follo al de la polla gorda o al del culo afeitado?" o "Que grande la tenía el negro" han logrado cautivar mi alma de poeta). Sin embargo, no termino de ver del todo claro que lleve bien eso de estudiar. El siguiente ejemplo podría ilustrarlo:
Martes:
Yo: "Vale, pues te dejo tarea: para la próxima clase [sábado, clase extra para preparar un examen] ve organizándote el vocabulario de la unidad 1, que es la parte de codos y que tienes que prepararte por tu cuenta"
Niñomilagro II: "Vale"
Sábado:
Yo: "¿Qué, cómo ha ido ese estudio?"
NMII: "¿Ah?"
No hay más preguntas, señoría.
Llegamos a las últimas semanas. Un día después de haberle dado clases, Niñomilagro II se pone en contacto conmigo para preguntarme si puedo darle clase algún día antes del próximo viernes. Le respondo que imposible, que estoy a tope con las clases y que no puedo hacerle hueco. En nuestra última clase habíamos hablado de vernos el sábado, pero me dice "Bueno, pues ya nos vemos el Martes".
- Vale- le digo yo, pensando que ha cambiado de opinión.
Media hora después o así, me llama Madremilagro. Me dice que no, que la clase del sábado sigue en pie. Pues nada, sin problemas. La doy y ya está.
El sábado doy clase al muchacho, y viendo cómo está, él mismo me pide que le dé clase el domingo también.
Tampoco me opongo. Trabajo es trabajo, y al chico le viene bien tener el mayor número de horas posibles de clase.
Llegamos al martes pasado, día previo a la huelga general que mencioné en mi último Escupiendo Rabia. En la última clase no se habló directamente de ello, pero dije lo que digo siempre: "Bueno, ya vamos hablando", lo que quiere decir (en otras ocasiones lo he mencionado explícitamente) "Nos vemos en la próxima clase, y si le pasa algo a alguno de ambos, llama al otro".
Cuando tienes una clase estipulada con alguien, esto no es difícil de sobreentender.
Llego el martes por la tarde a clase. Toco el portero. La madre me responde, sorprendida por mi presencia.
- ¿No te ha dicho nada mi hijo?- dice.
- No- respondo yo.
"¿Debería?", pienso.
- Es que como mañana hay huelga, ha salido por ahí con la bici.
Imaginad mi cara.
Solo imaginadla.
Algo en este plan.
- Bueno, sube y te pago- me dice.
"Qué menos", me digo.
Madremilagro me paga la clase y, no llevo ni cinco minutos en mi camino de vuelta a casa, cuando me llama otra vez y me recita su letanía de que "la cosa está muy mala" y que esa clase "hay que recuperarla". Yo digo que viendo el nivel del niño, le viene bien, la verdad. Me informa de que ha aprobado con un cinco y medio y yo me digo a mí mismo que, con la idea que tenía, demasiada nota le han puesto.
Total, que hemos quedado para el sábado, aunque cuando cuelgo tengo la cierta impresión de que la señora piensa que con lo que me ha pagado ya ha cubierto la siguiente clase.
Yo empiezo a pensar que si me ha tomado por gilipollas, ha elegido al gilipollas equivocado.
Sin embargo, no me apetece discutir. Hasta los mismísimos cojones que estoy ya de tener que andar negociando con esta familia hasta la última puta cosa, y si eso ya se lo comento el sábado cuando acabemos la clase. Si me paga la clase que he impartido, bien; si no, pues ya me tocará pensarme si seguir dándole clase o no.
El jueves por la tarde me llama la señora, comentándome que yo "no había quedado en nada con Niñomilagro II" y que como dije "ya hablamos", él no se podía imaginar que yo iba a pasarme por su casa el martes. Que por eso no me había llamado.
Ante eso me quedo un poco flipando, ya que para mí el horario es sagrado y,a menos que una de ambas partes se ponga enferma o le pase algo, esa clase se da. Y si la clase no se da por el motivo que sea, una parte tiene la responsabilidad de avisar a otra.
Madremilagro no termina de verlo del todo claro, lo que se traduce con este curioso axioma:
"Mi hijo se larga, no te avisa de que no hay clase, pero en esencia la culpa de que hayas ido el martes es tuya".
"¡EXTERMINAR! ¡EXTERMINAR! ¡EXTERMINARRRRR!"
Pues claro. Qué ocurrencia tan idiota la mía, pensar que un martes previo a una huelga había clase. Mira que soy subnormal por eso de contar con que la clase se iba a dar. Soy tan gilipollas que no se me ocurrió ir detrás del chico para ver si le salía de las pelotas estar en su puta casa un día que teníamos estipulado.
Pues nada, que me dejo de ir por la casa el sábado (por cierto que me han cambiado el horario de las 11 a las 12 sin demasiadas explicaciones. Menos mal que no había planeado nada para después de la clase). Inundaciones en mi ciudad, y de las chungas: para que os hagáis una idea (si no habéis visto ya las fotos que circulan por medio Internet) el Corte Inglés casi con medio metro de agua, y yo sin acojonarme. Mi intención de plantarme en casa de esta familia es firme. Mi viejo, al ver lo suicida de mi iniciativa (preguntad por ahí y comprobad bajo qué circunstancias falto yo a mis clases... y preguntad a cuántas clases he faltado a lo largo de siete años) se ofrece a llevarme en coche.
Estoy en la casa a las putas doce en punto, como un campeón.
Estaré currando sin contrato, pero a profesional no me gana ni Dios.
Doy mi clase, con la expectativa de que por Dios nadie me comente la historia del martes anterior, porque me puedo cabrear (los que me habéis tratado en persona estos días habéis podido comprobar lo encabronado que me ha tenido el asunto). Ya no porque el alumno me dejase tirado... no es la primera vez que ha faltado algún alumno sin avisar y no me he molestado siquiera, ¿por qué? Porque cuando eso ha pasado, la familia de ese alumno en cuestión se ha muerto de la vergüenza y se ha deshecho en disculpas por haberme hecho perder el tiempo, ofreciéndose a pagarme la clase que no he dado, más que nada por las molestias. Esto, desde luego, saliendo de ellos, sin que yo haya tenido que decirles nada ni pedirles explicaciones ni nada por el estilo.
Por suerte, nadie me dice ni mu al respecto. Doy mi clase, sin más problemas añadidos que los de conseguir que mi alumno se entere de lo que le estoy explicando... y dejándole claro que si quiere que le enseñe lengua española, además de inglés, no puede pedirme que lo haga a tres días del examen y sin haberme preparado yo la gramática que dan en bachillerato (hace siglos que no la doy y no es moco de pavo, si hay que explicarla para aprobar un examen).
Al final de la clase, Madremilagro está hablando por teléfono, de modo que es Papascanner el que me atiende. Le cuento cómo ha ido el asunto, y él me pregunta cuánto me debe.
Son un par de décimas de segundo en que pienso que la madre ha cambiado de opinión. Luego paso de pensármelo y le cojo el dinero. Demasiadas historias, demasiadas discusiones me he tragado ya, por una tarifa que ya estaba rebajada. Currando contrarreloj, sacrificando fines de semana (la noche anterior a esta clase, por ejemplo, tuve que volverme de una cena a la hora de los niños de la ESO porque quería estar fresco para dar mi clase) y comiéndome marrones como el de la huelga para que al final parezca que la culpa de esos marrones es mía.
A la mierda con todo. Cojo el dinero y me voy a mi puta casa.
Cosa de una hora después, ya llegando a casa (no os imagináis lo que le ha costado al autobús atravesar el centro), mi teléfono berrea.
Madremilagro llamándome.
Me pongo a pensar en la cantidad de llamadas a las tantas (cuando me llamó Niñomilagro II, por ejemplo, yo había ignorado deliberadamente una serie de llamadas que había hecho la noche anterior a las once de la noche). En eso de que me llame uno, me diga que vamos a hacer tal cosa y que al rato me llame la madre para hacerme algún cambio.
Me pongo a pensar en la de veces que me han sugerido que rebaje mi precio a la tarifa que lleva el chaval que da matemáticas al chico, como si yo tuviese que organizar mi sueldo en base a lo que lleva un tío al que ni conozco.
En resumen, que durante un par de horas, no quiero historias.
Que no. Que paso.
Que me dejen, coño.
A la hora de comer, (puntería que tiene la señora), el teléfono vuelve a berrear. Han sido ya tres llamadas perdidas y considero que ha llegado el momento de dejar las cosas claras.
La señora me llama pidiendo explicaciones acerca de haber cobrado la hora de hoy (que, viendo lo que ha costado, me he ganado con un par de cojones), que "no habíamos quedado en eso". A esto le pregunto que si entonces el numerito del martes ha salido gratis, porque mi tiempo también vale (creo que ella ni había pensado en eso). Ante esto la señora me suelta que eso se lo tenía que haber comentado yo, porque -agarraos- eso "se lo tenía que haber dicho de entrada", porque ella había entendido que cuando ella me dijo que había que recuperar la clase, se refería a recuperarla ECONÓMICAMENTE.
Yo había dicho que al chaval le venía bien dar la clase esa semana.
Sin embargo, me doy cuenta de que ese argumento no tiene ningún sentido decírselo: me suelta que le he cobrado el doble, por la primera clase que no di y por una segunda que -atentos-NO necesitaba.
Aquí es cuando yo empiezo ya a cambiar de color: el chaval más pajizo que siete. Me trago el jueves la puya telefónica de que se tuvo que preparar solito un examen porque no tengo más días libres (dando a entender que a ver si le cambiaba el día... moviendo a más de un alumno que ya tengo colocado, con clases en la ota punta de la ciudad). Doy la puta clase y le meto el tema del Reported Speech (que acaba de dar), amén de un par de fórmulas de cortesía que le han metido en clase aparte, de las que se usan para sugerir cosas.
Y el chaval NO necesitaba la clase.
"¡Estáis despertando al puto dragón!"
Ante esto mi postura es clara: ya me han terminado de tocar los cojones, porque la insinuación de que no me he ganado el dinero que he traído a casa ya toca mi lado más proletario y me entran ganas de meterle a toda la familia una hoz y un martillo por el culo. Si ya tenía ganas de mandarlos a la mierda, estas ahora aparecen en mi cabeza con un rótulo luminoso que hacen que las putas Vegas parezcan un monasterio de clausura.
- Hasta luego- me dice la mujer al despedirse, tras haberme inflamado las pelotas, haber sacado mi instinto más asesino y haberme puesto de peor leche que desde que vi la versión de Tim Burton de Alicia en el País de las Maravillas. Ha habido gente que, por mucho menos, ha temido pronunciar mi nombre en voz alta-. Nos vemos el martes.
- Hasta luego- respondo yo, aunque no digo nada del martes, porque no he dado mi última palabra.
Y si digo que he colgado de mala leche, me quedo corto.
Pero corto, corto.
Corto de cojones.
Llega un momento en que, cuando te das cuenta de que hay gente que no hace más que pedirte favores y echar balones fuera cuando ellos meten la pata, la cortesía y el hacer las cosas de un modo correcto se convierten en "A la mierda con todo".
Ante cosas como esta, y habiendo mencionado a lo largo de esta última conversación que si no están satisfechos conmigo, no hay obligación de que sigan llamándome para que trabaje con ellos, la dimisión formal la va a hacer quien yo me sé. Porque ya estoy harto ya de chorradas. Estoy harto de tener que estar recibiendo llamadas constantes para calentarme la cabeza con historias que no me competen, teniendo que ponerme en la situación de hacer favores que no le he concedido a gente de más confianza. Harto ya de tener que justificar todas y cada una de mis actuaciones, cuando aquí nadie más lo hace.
Como los novios cabrones, lo que se van a encontrar va a ser un sms.
Sin explicaciones, a última hora y sin cogerles el teléfono después.
Porque uno puede pecar de gilipollas.
Pero cuando le tocan la moral, puede ser diez veces más hijoputa que cualquier bicho viviente que ha parido madre.











4 comentarios:
Pobre Javi estresado. Hiciste bien en borrar a esa gente como yo he borrado a algunas seudo-amigas. Cuando la molestia es más grande que la ganancia...
Bueno, mi traca final vendrá el martes, cuando les mande el mensajito a última hora dando a entender que más les vale irse buscando a otro profesor, que yo estoy apagado o fuera de cobertura. Se van a cagar en mi puta madre, como si lo viera... pero más me han tocado a mí la moral en estos últimos seis meses que hace que lo conozco y no ha pasado nada...
Y dices que llevas siete años en esto... Yo llevo quince (o más, yo qué sé, perdí la cuenta en algún momento) Y no sabes cuánto te comprendo, o mejor dicho, despues de leer la entrada... lo sabes perfectamente.
Gracias, Gusa! La verdad es que todo el mundo me ha dicho que he tenido mucha suerte, porque ha sido raro el malentendido o la discusión que haya tenido con el padre de un alumno. Pero bueno, alguna vez me tenía que tocar llegar al mundo real...
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