Hace ya varios años, durante un curso de inglés de gestión que hice un verano, me comentaron una iniciativa que por lo visto era bastante positiva para filólogos y demás seres raros que intentan mejorar su manejo en eso de los idiomas.
Hablo de los clubs de intercambio de idiomas. Repito estas dos últimas palabras porque, aunque no os lo creáis, el ser humano es malpensado de cojones y siempre (os lo juro) hace la pregunta: "¿Intercambio de qué?"
Creo que si fuese con la intención de intercambiar otra cosa que no fuese idiomas (por ejemplo fluidos, o traduciendo, abrir de patas a un puñado de rubias) resultaría patético poner carteles en las escuelas donde estudian. Si a vosotros también os lo parece y conocéis a alguien que trabaje en un sitio de estos, decídselo de mi parte, por favor. Igual a vosotros os creen más que a mí.
Yo lo intenté durante varios años y nada.
Creo que si fuese con la intención de intercambiar otra cosa que no fuese idiomas (por ejemplo fluidos, o traduciendo, abrir de patas a un puñado de rubias) resultaría patético poner carteles en las escuelas donde estudian. Si a vosotros también os lo parece y conocéis a alguien que trabaje en un sitio de estos, decídselo de mi parte, por favor. Igual a vosotros os creen más que a mí.
Yo lo intenté durante varios años y nada.
La profesora del curso me comentó un poco cómo funcionan esas cosas y me dije "Pues oye, suena bien".
En realidad es una cosa muy simple sobre el papel: pones una dirección de correo o un teléfono. Los extranjeros te llaman, quedas con ellos, charlas en inglés o español, te tomas algo con ellos y haces nuevos amiguitos. Lo normal es que ni pagues ni cobres, salvando (claro está) lo que te vayas a tomar por ahí.
Cogí a un par de fulanos de confianza de mi carrera (no me apetecía fundar un grupo con intenciones tan claras para meter a un par de gañanes que fuesen única y exclusivamente a restregar cebolleta) y fundé un grupillo para conversar con extranjeros los fines de semana. Nos inflamos de poner carteles en las academias de español para extranjeros de mi ciudad (teniendo que soportar, dicho sea de paso, las indirectas de la gente que trabajaba allí, que por algún momento parecían pensar que nos íbamos a dedicar a convertir las reuniones en algo parecido a las que montaban en Eyes Wide Shut). Tras el jodido esfuerzo que supuso conseguir que las Protectoras de la Virginidad de las Estudiantes de la Academia (ja, ja) se acostumbrasen a nuestra regular presencia y dejasen de arrancar nuestros carteles, llegaron los primeros estudiantes.
En realidad es una cosa muy simple sobre el papel: pones una dirección de correo o un teléfono. Los extranjeros te llaman, quedas con ellos, charlas en inglés o español, te tomas algo con ellos y haces nuevos amiguitos. Lo normal es que ni pagues ni cobres, salvando (claro está) lo que te vayas a tomar por ahí.
Cogí a un par de fulanos de confianza de mi carrera (no me apetecía fundar un grupo con intenciones tan claras para meter a un par de gañanes que fuesen única y exclusivamente a restregar cebolleta) y fundé un grupillo para conversar con extranjeros los fines de semana. Nos inflamos de poner carteles en las academias de español para extranjeros de mi ciudad (teniendo que soportar, dicho sea de paso, las indirectas de la gente que trabajaba allí, que por algún momento parecían pensar que nos íbamos a dedicar a convertir las reuniones en algo parecido a las que montaban en Eyes Wide Shut). Tras el jodido esfuerzo que supuso conseguir que las Protectoras de la Virginidad de las Estudiantes de la Academia (ja, ja) se acostumbrasen a nuestra regular presencia y dejasen de arrancar nuestros carteles, llegaron los primeros estudiantes.
El primero de ellos fue lo que podríamos llamar un especimen...
Bueno, digamos que la única palabra que me viene a la cabeza para definirlo sería "alucinante".
Aparentemente normal, este tío me llamó un buen día. Había visto mi cartel en una residencia en la que, para variar, causé una relativa buena impresión: curiosamente, me habían dejado entrar, no quisieron echarme cuando dije lo del cartel (no es coña, no es la primera vez que me han dicho que me largue de alguna de las academias SOLO por poner un cartel de este tipo) y tampoco me hicieron demasiadas preguntas acerca de las actividades que teníamos previstas.
En otros sitios les faltaba interrogarme en un cuarto oscuro con una lamparita.
"¡Confiesa! ¿Cuántas veces os pensáis reunir por semana? ¿Cuánto tiempo se va a hablar en inglés y cuánto tiempo en español?"
Este tío no me causó una impresión demasiado rara el primer día, para qué engañarnos: vino solo y se mostró amable en todo momento, sin nada digno de mención.
Más adelante, cuando se uniesen mis compañeros, empezaría el show... y quedaría claro que, cuando me equivoco, me equivoco a lo bestia.
Por ejemplo, como cuando nos comentó que estaba pensando en regatearle el precio del alquiler al dueño de la residencia porque le parecía demasiado caro. Yo me lo imaginé yéndose para éste, como el que está en un zoco y quiere negociar que le rebajen tres piastras por la compra de unas babuchas de esparto. Aquello resultaba tan rocambolesco que empecé pensando que estaba de cachondeo.
Ojalá.
Según nos contó este personaje, ante la obvia negativa, decidió mudarse, no sin antes llevar a cabo la técnica de la estrella del rock: sí, amigos Distópicos. El muy cafre nos confesó que dejó la habitación hecha unos zorros. Cuando le preguntamos a qué vino aquello, se encogió de hombros e hizo un gesto como diciendo "Sufrí una enajenación mental transitoria".
Fue ahí cuando empecé a pensar que, pese a las apariencias, este tío estaba como una puta cabra.
Ojalá.
Según nos contó este personaje, ante la obvia negativa, decidió mudarse, no sin antes llevar a cabo la técnica de la estrella del rock: sí, amigos Distópicos. El muy cafre nos confesó que dejó la habitación hecha unos zorros. Cuando le preguntamos a qué vino aquello, se encogió de hombros e hizo un gesto como diciendo "Sufrí una enajenación mental transitoria".
Fue ahí cuando empecé a pensar que, pese a las apariencias, este tío estaba como una puta cabra.
Este mismo ser nos presentó un día a su grupo de amigos de la escuela en la que estudiaba (tras cosa de un mes de promesas vacías acerca de llamar a otros extranjeros, lo que hacía que el asunto del intercambio de idiomas quedase pelín descompensado): un puñado de gente, en su mayoría proveniente de Francia y algunos de Alemania, que tenían un concepto un poco extraño de "ir en grupo". Paso a explicar por qué, y de paso dejaré claro que lo de "equivocarme a lo bestia" se aplicaba ya, no solo a él, sino a todo lo que le rodeaba.
Esta, quizás, fue la primera noche absurda entre unas pocas a lo largo de mi período coordinando grupos de extranjeros.
Nos habíamos metido en un bareto (eufemismo que uso para no decir "puto antro"), en el que se suponía que había una actuación de flamenco. Hasta aquí bien, algo natural llevarse a los extranjeros a un sitio donde se ofrezca la música típica local.
Lo chungo fue cuando nos enteramos de que la actuación de flamenco se había cancelado aquella noche por un motivo y, en su lugar, nos pusieron...
Bueno, nos pusieron otra cosa.
No me atrevo muy bien a definirlo, así que tendréis que contentaros con una descripción de lo que vi. O presencié. O sufrí, más bien.
No me atrevo muy bien a definirlo, así que tendréis que contentaros con una descripción de lo que vi. O presencié. O sufrí, más bien.
Se trataba de una señora que tendría, no sé... unos sesenta y muchos años. Puede que setenta. Iba vestida de viuda, con un vestido largo y un velo de encaje sobre la cabeza. Tocaba el clarinete, acompañada por un señor (no sé qué relación tenía con él, si eran amigos, familiares, amantes o se habían criado en el mismo manicomio) que tocaba la guitarra. La actuación, si es que se le puede llamar así, era un cruce entre un bolo musical de corte bohemio (por llamarlo de alguna manera) y un monólogo supuestamente humorístico.
Cuando la señora salió de una puertecilla vestida de viuda y simulando (bastante mal, por cierto) llorar por la pérdida de "Su marío", yo no podía reírme. Estaba flipando.
Y no en el buen sentido de la expresión, precisamente...
Ni que decir tiene que la sensación general ante diez minutos presenciando aquello fue la de querer salir echando hostias de allí para no volver. Algo parecido a como si Caracuero te persigue motosierra en mano, solo que amenazando con cantarte una versión alternativa del "Clavelitos".
Se ve que la idea que tuvimos los españoles que íbamos no fue un caso aislado. Fue darnos media vuelta y descubrir que los franceses que (supuestamente) venían con nosotros ya no estaban. Algo en plan Expediente X, para entendernos: están ahí, detrás de ti y, cuando te vas a dar la vuelta, lo que tienes es un puñado de aire.
Llamadlo abducción.
Para mí aquello tuvo una explicación diferente, pero igualmente alucinante: los muy cabrones se habían largado sin decir ni mu.
Llamadlo abducción.
Para mí aquello tuvo una explicación diferente, pero igualmente alucinante: los muy cabrones se habían largado sin decir ni mu.
Ahora entendía lo que significaba una "despedida a la francesa".
El primer extranjero seguía con nosotros les llamó y éstos respondieron como media hora más tarde: se habían ido a otro bar a ver un concierto reggae y que, si queríamos, podíamos ir con ellos. Imaginad lo sencillo que fue imaginarnos que fuesen a jugárnosla otra vez, así que nos volvimos para nuestra puñetera casa, con la idea de buscarnos otro grupo.
Así lo hicimos, formando un primer grupo (estable) de extranjeros bastante tranquilo, salvando uno de ellos.
Un tío que me llegó, diciendo que era "fotógrafo", pero que en realidad quería decir que era un auténtico pervertido: no bromeo con esto ni hago juicios prematuros. Aparte de mirar a todo bicho viviente con totete entre las patas como si estuviese a punto de sacarse la pirula allí mismo, el tío tenía una filia de lo más rara por el tema extremo/bizarro/fetichista. Un día se pone a hablarme de una fiesta a la que quiere ir, allá en su país. Me enseña el cartel, una especie de horterada amarilla de la que recuerdo solo tres palabras: Hardcore, Fetish y Bondage.
Ahí es nada.
Ahí es nada.
Y no queda ahí la cosa, ya que había una lista abajo con las cosas que permitían. Era más larga que un post de Rumbo a la Distopía, aunque sin fotos a pie de página. Algunas de ellas, yo no sabía ni que existían hasta entonces. Creo que he olvidado más de la mitad. Mi limitada mente no da para cosas tan exóticas.
Si me pongo a pensar en ello, no exagero al decir que habrían acabado antes diciendo lo que no toleraban. Como seis o siete renglones en aquel flyer, tíos.
Hay medicamentos con menos palabras raras en sus prospectos.
Hay medicamentos con menos palabras raras en sus prospectos.
Aparte, más anécdotas con este fulano, como fantasmadas en las que sostenía (sin conocerme de mucho, por cierto) haber hecho una sesión fotográfica a la novia de un amigo en la que ésta se despelotaba o (mi favorita) que tenía pensado irse a África algún día.
- ¿A hacer fotos?- le pregunté yo, porque solía hablar de los paisajes africanos como de una especie de paraíso para tíos que llevaban una Canon colgando del pescuezo.
Inocente de mí.
El tío quería abrir un puticlub.
- Y si te vienes a visitarme, te dejo alguna tía gratis- añadió.
No es coña, eso fue lo que me dijo.
"Pero si apenas me conoces. ¿A qué viene eso, tío?"
Una vez superado este traumático prólogo, pasamos al segundo año, que es famoso por noches de lo más absurdas. Tras el regreso a casa del primer grupo (o tras haber echado a patadas al pervertido antes de que empezase a acosar a alguna de las miembros que teníamos por aquel entonces), seguimos buscando más extranjeros con los que entrar en contacto. Fue así como se formó un segundo grupo, en el que conocí a grandes amigos, con muchos de los cuales sigo en contacto y a los que echo muchísimo de menos.
Esta segunda generación era algo más marchosa que la primera; las situaciones, por tanto, aumentaban en absurdo.
Pongo el caso de una noche en que una amiga del grupo nos dijo que un amigo suyo daba una fiesta a la noche siguiente. Amablemente, nos invitó a pasarnos, cosa que nos pareció bien.
Total, que nos plantamos en el punto de encuentro a la noche siguiente. Con mi socio de aquel entonces venía además una chica sueca, que también se había apuntado la noche anterior. Todo parecía apuntar a una fiesta en la que, además de pasarlo bien, tal vez podríamos encontrar más gente dispuesta a practicar idiomas...
Pero la cosa no salió tan sencilla.
Como media hora antes de llegar, ya en el autobús tirando para allá, recibo un mensaje: la amiga que nos había invitado nos dice que no puede ir, pero nos dice que han quedado frente a la Catedral y nos dice que su amigo es un chico japonés. Nos dice el nombre y que nos presentemos.
Esto ya empieza a pintar raro.
Más raro aún es el hecho de que, de unos cinco millones y pico de suecos, nuestra amiga tiene que ser la única impuntual, apareciendo como cuarenta minutos más tarde. En ese tiempo de espera nos ha parecido ver al japonés llevándose a un puñado de colegas al piso donde debían tener las base de operaciones. No nos hemos atrevido a decirles nada, para empezar porque no sabíamos si eran ellos (en mi ciudad hay bastantes extranjeros), lo que nos hace pensar en lo escasa que ha sido la cantidad de información, ahora que nos fijamos; en segundo lugar, nuestra amiga todavía tiene que venir y no queda muy fino dejarla tirada la segunda o tercera vez que hemos quedado con ella. Por eso, allí nos quedamos: habría sido curioso que dos recién llegados y perfectos desconocidos retrasasen a los que estaban allí más de media hora sin una razón del todo convincente...
Así que así nos quedamos, mi colega y yo plantados como dos pasmarotes delante de la puerta de la Catedral hasta que a nuestra amiga nórdica le dio por aparecer. Le comentamos el percal, diciéndole que sospechamos que se han largado sin nosotros.
- Pero bueno- digo yo-, no pasa nada: tú sabes donde es, ¿no?
- ¡NO!- responde ella, que resulta no conocer a ninguno de los pavos que han quedado esa noche.
Nota para mí mismo: no todos los estudiantes extranjeros se conocen entre sí.
Posdata para la nota: So gilipollas.
Nota para mí mismo: no todos los estudiantes extranjeros se conocen entre sí.
Posdata para la nota: So gilipollas.
Escena silenciosa de nosotros tres, plantados allí en medio, como tres auténticos capullos.
Llamo a la que nos invitó y le digo que por favor nos dé la dirección del piso. Si su pareja está por allí, al menos conoceremos a alguien. Me la manda por mensaje y allá que vamos.
Llegamos al piso, justo en el momento en que encontramos al japonés saliendo del portal, yendo vete a saber dónde. Demasiada coincidencia ya como para confundirlo, así que me presento y le digo que venimos por parte de nuestra amiga. Le damos su nombre, lo que debería ser salvoconducto más que suficiente.
- ¿Eh?- me dice el japonés, un simpático samurai con melenas y rostro sonriente- No conozco a nadie que se llame así.
Nuevo silencio.
Esta vez más violento aún.
Probablemente los tres segundos más largos de mi vida. Y si no lo son, al menos, están en un puesto muy alto en el ranking.
Esta vez más violento aún.
Probablemente los tres segundos más largos de mi vida. Y si no lo son, al menos, están en un puesto muy alto en el ranking.
- Pero sí, hay una fiesta en mi casa-añade, como si le importara tres cojones no saber quiénes somos o de dónde hemos salido-. Subid.
El piso era uno de estos del centro, de techos amplios, cuatro habitaciones y patio interior rodeado por toda la casa.
Más gente no podía haber allí dentro, y no exagero. Cuando quise hacer el cálculo aproximado, debíamos ser unos setenta allí dentro. Como un bareto en fin de año, pero sin barra.
Mientras nuestra amiga, jovial como ella sola, nos dice "Bueno, voy a socializarme" (es decir, que hace BAMF y desaparece de nuestra vista), yo me encargo de hablarle al japonés de un chico americano que estaba con nosotros la noche anterior. A este parece que sí lo conoce, lo cual resulta algo menos violento. Eso, sin embargo, no me tranquiliza demasiado, porque cada dos por tres nuestro nuevo amigo nos pregunta si ese chico americano va a venir o no. Yo sin tener ni puta idea de eso.
Por favor, que vengan de una puta vez, me repito a mí mismo.
Por favor, que vengan de una puta vez, me repito a mí mismo.
Tras una incomodísima media hora, nuestros amigos aparecen y el malentendido se soluciona: se conocían, pero de vista. En el momento en que la cosa se arregla, dejo de sentirme como si me hubiese colado en la fiesta y el mojito que me ponen por delante empieza a saberme algo mejor.
En esta clase de movidas te puedes encontrar con toda clase de seres curiosos, y no creáis que lo digo por decir: desde un italiano que parece sacado de una peli porno (es decir, un cachas de gimnasio de cabeza afeitada y embutido en una camisa de cuadros varias tallas más pequeñas, que tiene la costumbre de salir de la ducha en mitad de la fiesta, con solo una toalla) a un sonriente periodista ghanés que, en un pasillo prácticamente a oscuras, es lo más parecido al Gato de Cheshire.
Situaciones tan curiosas como pasarte por la cocina del piso y encontrarte a uno de tus amigos hablando con una chica española que, por algún motivo que no alcanzas a entender, se ha metido como medio kilo de servilletas dentro del sujetador y, a modo de pezones, ha usado dos tapones de botellas de Coca-Cola y pide que le soben las improvisadas prótesis.
Un par de tíos están haciendo cola para ello.
Encontrarte a un alumno del instituto de cuando estabas en prácticas el año anterior y quedarte en plan "¿Se puede saber qué coño haces tú aquí, chaval, que no has llegado todavía a primero de bachiller?"
Un par de tíos están haciendo cola para ello.
Encontrarte a un alumno del instituto de cuando estabas en prácticas el año anterior y quedarte en plan "¿Se puede saber qué coño haces tú aquí, chaval, que no has llegado todavía a primero de bachiller?"
Y, por supuesto, el constante miedo a que llamasen a la puerta y que fuese la policía a detenernos a todos por escándalo público. De hecho, la primera regla no escrita en un sitio como aquel era "da igual que echen el timbre abajo. NI SE TE OCURRA ABRIR".
Tampoco es que hiciese falta, con el ejército de gente que entraba y salía de allí la puerta estaba casi siempre abierta, hasta el punto de que en un momento dado me llega una chica y, como el que no quiere la cosa, me toca el hombro.
- Perdona- me dice, pensando que probablemente soy uno de los pocos que está sobrio y que, además, habla el idioma local-, ¿has visto al dueño de la casa?
Yo levanto la cabeza y miro la marabunta humana que masifica el pasillo.
Miro a la tipa durante un momento, casi a punto de decirle: "Claro, está ahí metido", pero opto por algo más amable. Al fin y al cabo, me ha venido con educación y con demasiada amabilidad, considerando las circunstancias. Yo en su lugar habría entrado con una ametralladora en la mano y no menos de diez cargadores colgando de un cinturón.
Miro a la tipa durante un momento, casi a punto de decirle: "Claro, está ahí metido", pero opto por algo más amable. Al fin y al cabo, me ha venido con educación y con demasiada amabilidad, considerando las circunstancias. Yo en su lugar habría entrado con una ametralladora en la mano y no menos de diez cargadores colgando de un cinturón.
- Puedo buscarle, en un momento dado- respondo yo, alegrándome de saber por lo menos quién es el susodicho. Me juego el cuello a que el noventa por ciento de los que estaban allí habían sido invitados de oídas y no tenían ni puta idea.
- No hace falta- me dice la chica-, tú simplemente dile que ponga un cartel en el portal, porque ya han tocado cuatro o cinco veces en mi casa. Es solo para que la gente que venga sepa dónde tienen que llamar.
Dicho esto, la tía se va y yo me quedo a cuadros, pensando cómo hostias se toma tan bien que haya una puta horda de salvajes alcoholizados en la casa de al lado armando un escándalo que ríete tú de los Maiden en directo.
Todavía sigo pensando en ese misterio.
Vería a nuestro amigo el japonés algunas veces más adelante en el futuro, aunque una de las últimas sería inolvidable: en un reportaje de las noticias de Televisión Española, sobre las Cruces de Mayo, fiestón granadino donde los haya (una especie de botellón, pero con el sellito de "tradicional", con lo cual no está tan mal visto como otros macroeventos de encogorzamiento masivo). Ahí estaba el colega, feliz como una perdiz, con un litro de galimocho en la mano y gritando "'¡ESTO ESTÁ DE PUTA MADREEEE!". Instintivamente, recuerdo que grité el nombre de mi amiguete en la mesa.
No queráis imaginar cómo me las tuve que ingeniar para explicarle a toda mi familia, allí presente, dónde había conocido a semejante elemento.
Todavía sigo pensando en ese misterio.
Vería a nuestro amigo el japonés algunas veces más adelante en el futuro, aunque una de las últimas sería inolvidable: en un reportaje de las noticias de Televisión Española, sobre las Cruces de Mayo, fiestón granadino donde los haya (una especie de botellón, pero con el sellito de "tradicional", con lo cual no está tan mal visto como otros macroeventos de encogorzamiento masivo). Ahí estaba el colega, feliz como una perdiz, con un litro de galimocho en la mano y gritando "'¡ESTO ESTÁ DE PUTA MADREEEE!". Instintivamente, recuerdo que grité el nombre de mi amiguete en la mesa.
No queráis imaginar cómo me las tuve que ingeniar para explicarle a toda mi familia, allí presente, dónde había conocido a semejante elemento.
Este es más o menos el ambiente que se destilaba en aquel piso: un puñado de gente hacinada, como los extras de un concierto de los Metallica dándolo todo.
"¡METAAAAAAALLLL!"
La segunda parte de estas historias, a menudo, consistía en bajar al centro un rato con esta gente, posiblemente para evitar inflamar las iras del vecindario. Supuestamente eso debería resultar menos absurdo, pero no nos confundamos.
Era infinitamente peor.
Imagina un grupo de unos veintitantos (muchos se quedaban en el piso) cafres campando a sus anchas por el centro de la ciudad, cada uno con un bareto favorito. No es de extrañar por tanto, que se produjese una disgregación de la hostia. Algo así como cuando los anglos, los sajones y los jutos invadieron las Islas Británicas, repartiéndose el territorio, solo que sin armas.
A la velocidad a la que se movían estos tíos (imaginad un puñado de Erasmus con extrema avidez por reventarse el hígado y plenamente conscientes de que la priva costaba la mitad que en su país natal y lo entenderéis), como te despistases un momento, ya te podías dar por perdido; suma eso al hecho de que a partir de las dos te cobraban un cojón por meterte en cualquier local. En otras palabras, te arriesgabas a perder cinco o seis pavos, y para colmo meterte en algún bar en que no estuviesen estos tíos. Olvídate además de llamarles al móvil. A ver quién es el guapo que lo escucha dentro de un bar con la música a toda hostia.
A la velocidad a la que se movían estos tíos (imaginad un puñado de Erasmus con extrema avidez por reventarse el hígado y plenamente conscientes de que la priva costaba la mitad que en su país natal y lo entenderéis), como te despistases un momento, ya te podías dar por perdido; suma eso al hecho de que a partir de las dos te cobraban un cojón por meterte en cualquier local. En otras palabras, te arriesgabas a perder cinco o seis pavos, y para colmo meterte en algún bar en que no estuviesen estos tíos. Olvídate además de llamarles al móvil. A ver quién es el guapo que lo escucha dentro de un bar con la música a toda hostia.
Así que no sería la primera vez que acabábamos sentados en mitad de alguna plaza del centro, viendo como algunos salían de algún bar un rato más tarde. Lo que viene siendo un absurdo de cojones.
No todas las noches absurdas eran necesariamente malas, por otra parte. Si no perdías a tu grupo, acababas siendo tratado como un extranjero más (total, cada uno era de un país, el hecho de que fueses nativo se convertía casi en una anécdota) y te podías descojonar de la risa. Es el ejemplo en que nos hicimos buenos amigos de un grupo de chicas escandinavas, con un sentido del humor lo bastante agudo como para merendarse a cualquier chulito piscinas que intentase ligar con ellas. Desde los pobres chavalitos de dieciocho años que se comportaban como si no hubieran visto a una muchacha en su vida (recuerdo el caso de una amiga noruega que lo usó como posavasos, hasta las narices de que el tío no hiciese otra cosa que comérsela con los ojos) hasta la colección de buitres que se limitaban a rodearnos con el vaso pegado al pecho, vigilando al grupo, se fuese a escapar... pasando por el pobre muchacho que intentó ligar con mi amiga finlandesa (una criatura de "encantador" sentido del humor), hablándole de lo más aburrido que se le pudo ocurrir: de trabajo.
Esas noches eran las de pasarlas bien, con situaciones tan descojonantes como hacer cola para entrar en el baño. Típico, una cola para chicos y otra para chicas. Yo en la primera y mi amiga sueca en la segunda. Le entra un tío a ella, y yo contemplando la escena, a ver cómo se desarrolla, con la impresión de que me voy a reír tela.
Se ponen a hablar.
- ¿Y has venido sola?- dice el chico.
- No- responde ella- he venido con él, señalándome a mí, que hasta el momento estaba callado como una puta en cuaresma. El tío se da la vuelta y me ve a mí, sonriente de oreja a oreja y, ligeramente decepcionado, me da la mano. No sabe que le he hecho un favor, porque a mi amiga le iban chicos algo más grandes, de manera que no tenía demasiado interés en él. Le he ahorrado más de media hora de ligoteo absurdo para nada.
"¡Hola, encantado!"
Llega la hora de largarnos, y veo que el grupo se ha desbandado un poco. Dos de las finlandesas me dicen que es hora ya de irse, así que me encargo de entonar lo de "Vengadores, reuníos" (en este caso, sería algo así como "Vikingas, Reuníos") a la par que busco a las demás. La danesa es la primera, que se reúne con las otras; la noruega me dice que se queda con otros amigos suyos; faltan mis dos amigas: la tercera finlandesa y la sueca.
A la primera la encuentro con un satélite orbitando a su alrededor: el chico que le había entrado hablando de curro seguía ahí, dándole la paliza. Ella, sin parecer hacerle demasiado caso, me dice nada más verme: "¿NOS VAMOS YA?". Ante mi respuesta afirmativa, deja allí al otro. No pude salvarle a tiempo como hice con los otros. Este había perdido el tiempo de forma irremisible.
A la sueca la encuentro cerca de donde la dejé, cerca de la puerta del baño, bailando alegremente como si no hubiera un puto mañana. Justo cuando llego, emerge un tío del wáter y a ella le llama atención su camiseta. Como respuesta, el tío dice alguna cosa y aprovecha para pedirle bailar, a lo que ella accede. No porque el fulano en sí le guste, sino porque tiene más marcha en el cuerpo que un capítulo de Fama. El tío no lo ve así y usa la clásica mirada de gato que está mirando a un canario en la jaula.
Si le ves la cara, te da la impresión de que su pensamiento está claro: "Esta noche me pego un homenaje. Un rabo, dos orejas y vuelta al ruedo".
Hasta que llego yo.
Paso el aviso y mi amiga es que ni se lo piensa: ni corta ni perezosa, gira automáticamente sobre sus talones, va a por el abrigo y se viene conmigo (en realidad no se viene conmigo, sino que va a reunirse con el resto del grupo, pero eso él no lo sabe).
El tío me mira y siento cómo su mirada se me clava en el alma.
Puedo entenderlo: el tío no era feo y pensaba que tenía posibilidades de ligar, hasta que llega un monstruito sonriente que abultaba la mitad que él y que, sin mediar más de tres palabras, se lleva a lo que él consideraba su presa.
Llamadme cruel, si queréis, pero todavía me sigo riendo de semejante putada.
Llamadme cruel, si queréis, pero todavía me sigo riendo de semejante putada.
La mirada que me lanzó fue más o menos así.
Y es que hubo noches que fueron para el recuerdo, tanto en el buen sentido como en el malo: noches en que, a causa del frío, te encontrabas los bares vacíos y estaba todo estaba tan muerto que en cualquier momento parecía que iba a surgir una horda de zombis desde algún callejón.
Noches en las que tus propios colegas intentaban rellenarte el vaso para ver si de una vez la cogías... verles la jugada y ser ellos los que al final la cogían.
Amigos que se te perdían, que no escuchaban el móvil y de los que volvías a saber, bien al día siguiente, bien a la semana siguiente, informando que nadie había acabado en Urgencias por vete a saber qué.
Seres extraños que se juraban abstemios y que parecían no haber roto un plato en su puta vida, pero que en un inesperado giro de los acontecimientos, soltaban a su Mister Hyde personal, cogían una cogorza de impresión y se ponían a hacer como el que tocaba unos bongos invisibles, haciendo que tus amigas dijesen que parecía que estaba dándole cachetazos en el culo a un mono (frase transcrita textualmente y traducida al castellano de modo literal).
Conocer la gastronomía de otros países, con cenas de pollo asado al microondas con hierbas aromáticas y palomitas, casi en el mismo plato. Tu grupo cenando allí en el piso de una de tus amigos y su compañero de piso, al mismo tiempo, viendo porno con sus colegas a dos metros en el mismo salón como el que está viendo el debate del estado de la nación.
Tíos que más que tíos, son elementos decorativos en un sofá. Tíos que, más que elementos decorativos, son cuerpos tirados en un pasillo. En este último caso, me llegué a plantear si el tío en cuestión del que hablo estaba vivo o, por el contrrio, había muerto meses antes de conocerle y había intentado sacarle conversación a un cadáver.
Esto no es más que un breve resumen de un montón de fiestas y situaciones a lo largo de casi dos años. Anécdotas extrañas.
Gente inusual.
Noches en las que tus propios colegas intentaban rellenarte el vaso para ver si de una vez la cogías... verles la jugada y ser ellos los que al final la cogían.
Amigos que se te perdían, que no escuchaban el móvil y de los que volvías a saber, bien al día siguiente, bien a la semana siguiente, informando que nadie había acabado en Urgencias por vete a saber qué.
Seres extraños que se juraban abstemios y que parecían no haber roto un plato en su puta vida, pero que en un inesperado giro de los acontecimientos, soltaban a su Mister Hyde personal, cogían una cogorza de impresión y se ponían a hacer como el que tocaba unos bongos invisibles, haciendo que tus amigas dijesen que parecía que estaba dándole cachetazos en el culo a un mono (frase transcrita textualmente y traducida al castellano de modo literal).
Conocer la gastronomía de otros países, con cenas de pollo asado al microondas con hierbas aromáticas y palomitas, casi en el mismo plato. Tu grupo cenando allí en el piso de una de tus amigos y su compañero de piso, al mismo tiempo, viendo porno con sus colegas a dos metros en el mismo salón como el que está viendo el debate del estado de la nación.
Tíos que más que tíos, son elementos decorativos en un sofá. Tíos que, más que elementos decorativos, son cuerpos tirados en un pasillo. En este último caso, me llegué a plantear si el tío en cuestión del que hablo estaba vivo o, por el contrrio, había muerto meses antes de conocerle y había intentado sacarle conversación a un cadáver.
Esto no es más que un breve resumen de un montón de fiestas y situaciones a lo largo de casi dos años. Anécdotas extrañas.
Gente inusual.
Fiestas bizarras, que forman parte de mi vida.









2 comentarios:
Pregunta: con semejante jaleo, ¿hubo realmente un aprendizaje de idiomas? :-D
Pues sí. Está todo traducido, pero los diálogos que se reproducen en este post, salvando quizás uno, originalmente fueron producidos en inglés :D
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