martes, 13 de noviembre de 2012

Spanish Bizarro- Días desastrosos




Es posible que este post de hoy os recuerde a historias anteriores de esta sección, tales como Una Historia de Mierda, o bien al aclamado Crónicas del Yoga. De hecho, pensé por un instante en calentarme la cabeza lo justo y poner un 2 detrás de alguno de estos títulos y contar lo que podría ser la siguiente entrega de cualquiera de ambos.
Sin embargo, conforme van avanzando los días, te das cuenta de que algo tan simple (cosa que por lo general no me parece mal) se queda corta. Especialmente, cuando la Mierda o el Yoga no son más que otro par de piezas de un conjunto.

Día Uno:

La historia de estos Días Desastrosos comienza como cualquier Crónica del Yoga más: con mi camarada de armas y amigo de hace un montón de años, avanzando aislantes en ristre hacia nuestra clase. Mañana fresquita para los estándares de mi ciudad, por lo que decido ponerme unos leggings térmicos bajo el chándal. Asunto solucionado.

Tengo que decir que ya me había levantado con los cables cruzados aquella mañana. La noche anterior, antes de acostarme, descubrí que mi madre, en una de sus incursiones a mi habitación, se había cargado unos palillos orientales que una buena amiga me había traído tras un viaje a Vietnam y Thailandia. Imaginad mi cara cuando veo que, en el estuche de bambú había solo UN palillo y con el cabezal roto. El segundo yacía, igualmente mutilado, a los pies de mi cama.
Una breve inspección confirmó que no era grave. Nada que no arreglase un poco de pegamento de contacto; sin embargo, cuando ciertos objetos adquieren valor sentimental, te cabreas cuando se los cargan. Sumad un +1 al cabreo si encima no hay pegamento en casa.

Gñé.


Así que salí de casa, medio mosqueado, capeando el fresquito mañanero y con el objetivo en mente de comprar pegamento cuando volviera de clase. Nada como tener metas en esta vida.
Me encuentro con mi amigo y empezamos a andar rumbo hacia el centro donde solemos convertir nuestros cuerpos en lo más parecido al pellejo de Plastic Man. Comentándonos cómo nos ha ido el fin de semana y demás, hasta que...
No sé si lo he comentado alguna vez aquí.
Si no, lo hago ahora.
El yoga favorece mi tránsito intestinal.
No es coña ni un chiste fácil, es la pura verdad. Si antes mi digestión era lenta, pero regular, ahora sigue siendo regular pero bastante más rápida. Dicho de otro modo, lo que antes hacía una vez al día, ahora pueden ser dos.

Podía tratarse a eso, o al atracón de madalenas que me había pegado la tarde anterior, o al hecho de que había estado comiendo magro en salsa de tomate a mediodía y siempre suelta un poco el vientre.
Buscad la causa que queráis.
Lo cierto es que, tal y como sucediese en Una Historia de Mierda, me pegó la familiar punzada bajo el ombligo y mi aparato digestivo me dijo sin palabras "Déjate de gilipolleces y busca un baño AHORA".
Justo como en aquel post, la zona por la que nos estábamos moviendo (un camino no muy lejos que el que tomé aquella noche) carece por completo de bares: un parque cojonudamente grande, un colegio, viviendas... pero ningún establecimiento público (abierto) con un fantástico servicio orientado a uso y disfrute de la clientela.

- No pasa nada- le digo a mi colega, cuando le informo de la situación-. No creo que sea peor que la última vez.
Con estas palabras, proseguimos nuestro trayecto y nuestra conversación. Yo, inusualmente callado, debido a que controlar según qué músculos del cuerpo en según qué situaciones, requiere una mente algo más concentrada. Me daba para escucharle con atención, pero no para participar animadamente.

Concentración. Con ella tú poder doblar tiempo y espacio.
O eso dicen.
Fuese como fuese, poco faltó para que mi cara fuese tal que así.
Y no porque tuviese intención de parar el tiempo, precisamente.


Seguimos avanzando unos metros más. La presión (lo siento, no conozco una palabra mejor) de no encontrar un sitio donde poder aliviar mi problema gastrointestinal hace que sienta una sensación (psicosomática) de agobio bestial. Ya sabes, esas cosas que te producen calor y una capilla de sudor por debajo de la ropa.
El efecto psicológico de presión aumenta en el momento en que tenemos el centro donde entrenamos a la vista. Puede haber casi ciento y pico de metros de aquí a allí; no es mucha distancia, pero tu organismo está para pocas coñas. Le digo a mi amigo que voy a correr hacia allá. Todo con tal de acortar el trayecto.

Llego al interior y recuerdo que jamás he pisado los baños. Subo la escalera y miro en una habitación contigua a nuestra clase.
Nada.
No estoy para explorar, así que bajo echando hostias hacia la cafetería, donde me juego el pellejo a que tiene que haber al menos un baño. Un vistazo rápido me lo confirma y me lanzo allí dentro cual bombardero, y lo digo de modo literal.
El aislante rueda por el interior del baño, mi mochililla cae al suelo.
Estallo.

Si sois de esos que tienen la costumbre de merendar mientras lee este blog, os recordaré que necesitáis urgentemente ayuda profesional. Al resto le diré que no es necesario entrar en detalles: basta decir que aquello no había sido una simple urgencia. Algo me había sentado mal.
Peor me sentó el hecho de meter la mano en el cacharro donde guardan el papel higiénico y el cartoncillo me da la bienvenida. Echo mano a la mochila y no tengo absolutamente nada con lo que limpiarme (ni siquiera el flyer de una discoteca, que usé una vez hace algunos años. Otra historia de supervivencia), así que echo mano del teléfono y le mando un mensaje a mi amigo.

Este está dentro de la clase, que ya ha empezado. Según me contaría, estaba en mitad de un ejercicio introductorio de respiración. Dios sabe cómo coño ha podido ver el móvil, ya que tiene la costumbre de dejarlo en silencio. Al ver mi llamada de emergencia, abandona el ejercicio y sale de la clase. Baja a la cafetería, coge unas cuantas servilletas y me las da (os ahorro la imagen que se encontró cuando abrí la puerta).

Todo termina aquí, con la ventaja de que, una vez limpio mi organismo, he dado la que puede ser una de las clases más relajantes de yoga de todas las que he tenido.
No hay mal que por bien no venga.

Lo que viene siendo una especie de sensación de epifanía, pero sin la revelación mística de una verdad universal.
Más bien algo así como "He puesto orden en el caos de mi universo personal".


Después del cachondeo que organizamos en el camino de vuelta, dejo a mi amigo en su casa y voy para la mía, no sin antes pasar por la papelería. El incidente no me ha distraído de mi objetivo del día.
Seis pavos y pico me cobran por un bote de pegamento de contacto. Con sorpresa, me acabo de enterar de que ya no fabrican (o no venden allí, que para el caso el efecto es el mismo) aquellos botecitos de plástico duro con punta en forma de jeringa. Bote con brochita, pues.

Llego a casa y preparo los palillos, así como una miniatura de la Viuda Negra que tenía un brazo suelto. Lo pongo todo en el escritorio que tengo en mi terraza y me dispongo a abrir el paquete con unas tijeras.
No preguntéis cómo coño lo hice, porque yo tampoco me lo explico.
Sea como sea, la tijera bailó en mi mano, cerrándose sobre mi dedo corazón y provocándome un corte superficial. Tanto, que ni siquiera duele.
Lo absurdo es que, para no doler, el hijo de puta sangra como Jesucristo llevándose latigazos. Me presiono con un pañuelo sobre el corte, chupo la herida, pero nada. Ahí sigue, echando una cantidad de sangre algo exagerada para la mierda de corte que es.
Eso no me impide, sin embargo, pegar los palillos y el brazo de la miniatura. Al guardar esta última, pienso que al haber caído sangre sobre su muñón, igual soy el hermano de sangre de una tía buena con metralleta de unos ocho centímetros de altura.


Esta, por si os interesa qué aspecto tiene.

Nos saltamos lo que sucediera luego (una discusión doméstica, de irrelevante importancia para este post, aunque sí algo molesta) para meternos en la historia de después de comer.
Hará cosa de un mes o así, mi grupo literario (sí, los indeseables esos de ACME- Asociación Cultural Málaga Escribe) decidió participar en una ronda de charlas sobre nuestras mierdas (las literarias, no las que suelto cuando salgo- o entro- del yoga). Los que le pegan a la poesía tendrían incluso la ocasión de leer sus epítetos ante el público y todo eso. Algo en plan cultural, pero también lúdico.
A mí me propusieron hablar sobre El Gusano Interior, mi novela de fantasía heroica/oscura/ciencia-ficción hacia el mes de diciembre. El plan era que me presentase la componente del grupo que nos comentó el tema, (y que además es una de las dos personas del grupo que me ha leído, lo cual ayuda para que te presente) y yo iba a llevar una copia impresa del mismo, con una cubierta montada por unos amigos míos, para que aquello pareciese un libro (aunque no haya edición alguna) y no un puerco archivo de texto impreso.
Todo pinta bastante bien, hasta que esta amiga me escribe:

- Sigo mala con la garganta- me dice-, así que mi presentación de este jueves no voy a poder darla.
- Oh, vaya, qué pena- digo yo. La verdad es que me hacía bastante ilusión ir, como suele ocurrir cuando un amigo presenta su obra.
- Sí, lo he estado hablando con la dueña del local [que organiza los eventos] y hemos pensado que igual podíamos adelantar la tuya.
- ¿Para este jueves?
- Sí.
- ¿Pasado mañana?
- Sí.

"¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHH!"

Imaginad el sonido de la aguja de un disco que salta a lo bestia.
Esa fue toda la reacción que mi cerebro pudo tener durante los diez o quince segundos siguientes.
Lo que estaba previsto a un mes vista, ahora se movía a tan solo unos días. Yo no sabía absolutamente nada de los amigos que me iban a montar la portada; me había puesto en contacto con ellos un par de semanas atrás, pero no me habían comentado todavía cómo iban. Mi amiga, además, estaba con la garganta como un campo de minas, lo que quería decir que tampoco podía presentarme.
Y encima, ese jueves ya tenía clase hasta algo tarde, con lo que tendría que ponerme en el centro en un tiempo récord.
Os recuerdo, además, que no me metí a hacer yoga por gusto: soy una persona con propensión al estrés y con un marco ansioso clínicamente reconocido (un par de visitas a urgencias lo confirman).
Total, que justo en ese momento tengo que irme a clase, de manera que le digo a mi amiga que lo hable con la organizadora y que, con lo que sea, me informe. Uno es un profesional y se mete el estrés por donde le quepa.
Y si hay que hacer la presentación, se hace.

Me voy para clase echando hostias y, por el camino, me pongo en contacto con mis amigos para ver cómo van con el trabajo. Me dicen que lo tienen todavía pendiente y que me avisarán esta semana. Me pongo a pensar cómo coño lo voy a recoger, ya que el miércoles tengo yoga (y además hay huelga general); el jueves y el viernes tengo un asunto familiar en el piso de mi hermana. Las tardes, ocupadas. Que no, que no hay tiempo material.
Una hora más tarde, vuelvo el doble de rápido (o sea, donde echaba una hostia, echaba dos). Justo al llegar, me comentan que nuestros horarios (el de mi trabajo y el del local) son incompatibles y que mi charla se dará en diciembre, como estaba prevista en un principio.
UF.

Solo ha sido un susto.
Pero bastante gordo.


Día Dos:

Llegamos al segundo Día Desastroso. Decido tomármelo con un poco más de calma, tras el trajín de ayer. Me planto en mi salón y me pongo a ver una serie que estoy siguiendo. Al terminar, me dispongo a encender mi ordenador portátil para grabar una cosa en un disco mientras me pongo con las tareas de la casa.
A los tres o cuatro minutos (tiempo estimado de arranque de mi equipo, que también se lo toma con calma), veo que la pantalla sigue más negra que el sfínter de King Kong.
Dentro de lo anormal que es mi equipo, esto es todavía más anormal.

Un buen rato después, la panalla cambia y sale un bonito fondo celeste con una ramita y un pajarito blanco en un lado. Yo, en mi inocencia (=analfabetismo informático integral) me llego a plantear que se me ha cambiado el sistema operativo por la cara.
Casi diez minutos después, el cacharro se apaga.
Vuelvo a encenderlo.
Sale un aviso (debió salir antes, pero estaba haciendo la cama grande y no lo vi) donde me dice que ha habido un problema con el arranque y me da dos posibilidades: una, un chequeo del sistema en busca de errores y otra, iniciar Güindous normalmente.
Elijo la primera.

Vuelve el ojo del culo de King Kong, durante un ratazo. Aburrido, sigo con las tareas de casa mientras el equipo hace las chorradas que tenga que hacer: me da tiempo a hacer las camas, ordenar el salón, ducharme, afeitarme y a poner la mesa.
Dos horas y media después, arranca.

"¡Por supuesto!"
No nos pongamos listillos, Doctor. Que de que esto arrancase nadie nos daba garantía alguna...


Otro susto, en menos de venticuatro horas. Aprovecho para salvar alguna cosilla que no me había dado tiempo a salvar y espero en mi fuero interno que no vuelva a suceder.

Termino de comer. Tras haber grabado lo que tenía que grabar, apago el equipo y tiro para clase. Voy unos cinco minutos tarde, pero no es nada grave en absoluto. Nada al menos por lo que deba agobiarme demasiado; sin embargo, me esfuerzo por no añadir más tiempo de espera y camino hacia allá a ritmo de legionario en Semana Santa.
Llego a casa de mi alumno, la novedad de este curso. Toco al portero y me lo coge la madre.

- ¿No habías quedado con mi hijo hoy?- me dice, con tono sorprendido.
- ¿Cómo?- respondo yo, sin saber de qué está hablando-. No, no me ha llamado- mientras digo estas palabras, reviso mi teléfono. Efectivamente, ni hay mensajes ni llamadas perdidas. Nada.
- Es que como había huelga mañana- me explica la buena mujer- se ha ido con la bici. Se suponía que te iba a llamar para decirte que no vinieras.

He caminado unos cuatro kilómetros, casi recién comido. Esforzándome por no llegar demasiado tarde y poder dar la clase.
Imaginad qué cara se me queda.

Sí, algo así.


- Bueno, sube y te pago la clase, por lo menos.

Pudo ser peor, me digo. No habría sido la primera vez que he tenido que volverme a casa con lo puesto.

Al volver en el autobús, hace apenas un par de horas, me pongo a pensar en eso del karma. Algo inevitable, tras consecuciones tan desastrosas de acontecimientos. Según ese antiguo concepto filosófico, recogemos lo que sembramos. Nuestras situaciones presentes son el fruto de acciones pasadas.
Yo he tenido diarreas matutinas.
Hemorragias digitales absurdas.
Sustazos tirando a gordos.
Aparatos que no funcionan.
Clases que no vas a dar y de cuya cancelación eres el último en enterarte.

En serio, días como este, donde se juntan todas estas cosas, son los que hacen que pierda toda curiosidad acerca de quién coño fui en una vida anterior o qué le hice al prójimo.

2 comentarios:

Gissel Escudero dijo...

Debes haberte portado muy, muy mal en alguna vida anterior. Seguro. Y por como vas en ésta, no sé cómo te irá en la siguiente...

Rumbo a la Distopía dijo...

Jajajajajajaja sabía que te iban a gustar mis disertaciones filosóficas tras un par de días HORRIBLES :D