Corren malos tiempos para las Artes, especialmente para aquellas Artes Narrativas, donde el objetivo (o al menos, uno de los más fundamentales) consiste en contar una historia. Y es que vivimos en una época de consumo rápido y comercialización a lo bestia, donde el objeto artístico se convierte en un objeto de consumo más, diseñado y manufacturado para ser engullido y cagado a la mayor brevedad posible. Compra, come, caga y vuelve a comprar.
El dominio de la pasta por encima del arte.
Y el dominio de las prisas y la mala praxis por encima del trabajo y el esfuerzo.
La literatura en caso alguno resulta una excepción. Al igual que el cine, se está viendo contaminada de esa extraña filosofía basada en la tiranía del entretenimiento, por encima de cualquier otra cosa: ahora lo que nos importa es que nos entretengan, pero en detrimento de todo lo demás. Ya ha dejado de importar que una historia tenga errores de facto, lagunas o simplemente incoherencias del tamaño de los atributos de un actor porno.
"Es que me entretiene" se ha convertido en un lema de vida, que viene a resumir todo un sistema de creencias: lee y observa, pero no pienses. Asume todo lo que te ponen por delante, no te lo cuestiones en ningún momento. Come de lo que te echen, que tú has venido única y exclusivamente a evadirte.
Jamás uses el cerebro, que no sirve para nada.
Como escritor, o mejor dicho, como intento de escritor, pero que se queda en cagamandurrias aficionado de decimoquinta fila, no puedo mostrar más mi repulsa ante este tipo de actitud. Entendedme, soy el primero en decir que no todo lo artísitico debe ser obligatoriamente sesudo, y que a veces hay obras dotadas de una calidad artística excelsa que lo único que producen en el receptor es toda una sinfonía de bostezos. El objetivo de este post es precisamente esa tendencia a la polarización, donde ves que toda la gente que ataca lo mismo que he expuesto un par de líneas más arriba defiende a capa y espada su opuesto más brutal, donde ya no sólo la calidad artística brilla por su ausencia, sino donde el autor insulta la inteligencia del receptor de las formas más flagrantes.
Eso, como cagamandurrias aficionado de decimoquinta fila que soy, pero que por lo menos se esfuerza en repasar sus propios escritos e intentar blindar sus guiones para evitar contradicciones y lagunas, es lo que me pone enfermo. Porque sé lo realmente jodido que es estar atento a todos y cada uno de los detalles que se te pueden escapar a la hora de concebir una historia. Porque soy perfectamente consciente de lo terriblemente complicado que es dotar a un personaje de ese aliento que lo convierte en algo real y no en una suma de arquetipos cutres (chuloplayas, tía buena, malo malísimo) y convertirlo en una criatura ficticia, pero no inverosímil.
Llamadme purista, pero estoy hasta los cojones ya de frasecitas aprendidas en jueves como "Es que es ficción", como dando por supuesto de que una historia, por el mero hecho de no ser real, ya cuenta con carta blanca para soplarte un puñado de idioteces que no hay un Dios que se trague.
Me cansa enormemente que un puñado de gañanes engañen a los lectores y espectadores con productos de ínfima calidad, mal terminados y pretenciosos: novelas narradas con torpeza, con efectos tan simplones como un Deus Ex Machina que te resuelve doscientas páginas de historia en tan sólo dos párrafos. Novelas sin una puñetera subtrama, que van echando hostias hacia un final atropellado, donde el "Corre, corre, vamos vamos, que llegamos tarde" se convierten en el principal motor de historias que, una vez resueltas, no cuentan ni con un triste epílogo. El malo muere. Fin. A tomar por culo, y hasta otra, familia.
En la Antigüedad, algunas obras se resolvían con la aparición de un dios que, surgido de entre los bastidores (la Machina) resolvía toda la trama de un plumazo.
Hoy en día esto se considera como el súmun de la torpeza narrativa, donde el autor (a menudo improvisando de un modo cutre y salchichero) se saca a un personaje de la manga nunca visto hasta entonces y que finiquita la situación, a falta de encontrar algo más elaborado.
Me empieza a repatear soberanamente los higadillos cuando dices que una novela puede dar más de sí, principalmente porque resulta atropellada, escrita con prisas, no ha sido revisada y cuenta con más tópicos que un culebrón venezolano, siempre haya alguien que te diga "Entretiene, por tanto es buena".
Puede que a más de uno le entretenga el blockbuster de turno, donde cualquier error argumental queda perfectamente ajustado con el primer plano de Megan Fox o con una explosión cargada de meneos de cámara donde no ves una puta mierda.
Para muchos, calidad es sinónimo de buenos efectos especiales y yo me lo tengo que tragar por cojones. Porque si no, da la puta casualidad de que uno es un gafapastas, un purista o un tío que no tiene ni puta idea de cine.
Con dos cojones.
Puede que yo no tenga ni puta idea y que me haya pasado unos pocos de años perdiendo el tiempo en la universidad, estudiando técnicas de narración, tanto literaria como las distintas adaptaciones cinematográficas de los grandes clásicos. Es posible que sea un ignorante por buscar que un medio narrativo me cuente una puta historia. Iluso de mí.
Puede que escupa veneno injustificadamente cuando digo que estoy HARTO de la cantidad de estafas argumentales que se cometen año tras año en nuestras salas de cine y en nuestras librerías. Puede que se me inflame la punta del nabo al ver como un tío recibe alabanzas por soplarte un final tan inesperado como absurdo y me tenga que tragar que un puñado de gente me diga que soy demasiado exigente cuando no haya flipado ante un final "que no me esperaba".
Joder, si Terminator hubiese terminado con el T-800 destruido gracias a que Sarah Connor empieza a peerse en su boca hasta reventarle la cabeza tampoco me lo habría esperado. Y como final, estoy seguro de que muchos se habrían llevado las manos a la cabeza.
Si Luke Skywalker al final de El Retorno del Jedi hubiese resultado despertar en una cama de hospital y descubrir que toda la trilogía de Star Wars había sido el sueño de un chaval que acababa de tener un accidente de coche, puede que al mundo entero le hubiese parecido una puta mierda.
Sin embargo, habría sido un final inesperado.
No confundamos "inesperado" con "calidad", por favor. No caigamos en esa falacia.
"Pues no, no me esperaba que la chica que huía del asesino y el asesino en realidad eran la misma persona. Básicamente porque me he pegado media película viendo a los dos a la vez en sitios diferentes".
Y es que ahora el consumo rápido se nota, amigos Distópicos: en muchos casos, lo que se llevan son los guapitos a lo Beverly Hills 90210, pero que en el fondo son más planos que su puta madre. Profundidad psicológica, poquita; tan sólo un simplista conflicto emocional con el que lloriqueen un poco y a tomar por culo. El resto consiste básicamente en el culto al cuerpo. La alabanza de lo físico y el babeo adolescente. Algo así como pillarte un disco de Justin Bieber, pero con unas ciento y pico de páginas de descripciones.
Convertir la literatura en despliegue hormonal, y ya está.
Y no, no os rasguéis las vestiduras, que no digo que esto no se haga: lo que digo es que la literatura ha sido, es y debería seguir siendo la confluencia entre dos elementos -forma y contenido-. El uso de uno en función de la desaparición del otro lleva a la estafa más absoluta. Es lo que me gusta llamar la "metáfora del Chupa-Chups", consistente en contentarse con chupar la carcasa del caramelo y tirarlo a la basura cuando te aburres... pero jamás llegar a catar el chicle. Si encima, en lugar de esa cubierta de caramelo, lo que nos plantan es un poco de agua congelada, lo que tenemos es una cosa sosa, carente de chicha y contenido. A la clásica cagada que puede ser un puto pelotazo en cuanto sale, pero a la que el tiempo pasa por encima en cuestión de unos pocos años. Al equivalente de ver una película que no tiene ni pies ni cabeza, pero que te lo arregla todo con dos explosiones. Habrá quien se contente con eso, pero desde luego que yo no.
Esto es la cultura pop, donde vivimos como termitas, consumiendo a toda velocidad y olvidándonos de las historias una vez las hemos (medio) digerido. Atrás han quedado esas historias que perviven por siempre, esos personajes que marcan un antes y un después en tu vida porque tienen un carisma que hacen que te cagues en los pantalones. Ahora el carisma es la tía buena de shorts ajustados o el tío sacado de una revista de moda y pasado oscuro... pero que no pasa de ser un llorica que intenta dar pena a su público para caer bien.
Hemos vuelto a los arquetipos más básicos, donde el héroe es superchulo, pega tiros como nadie y nunca falla el tiro. Al lado tiene una pava de tetas gigantescas que se hace la estrecha, pero a la que el héroe se acaba cepillando en un momento dado... porque para eso es el héroe. Tenemos el típico secundario gilipollas que acaba palmando brutalmente, porque si no el público no podría aceptarlo. Los malos son muy malos, carentes de cualquier ápice de humanidad. Fanáticos religiosos (que es lo que mola atacar hoy en día, como estandartes de las Fuerzas del Mal), chulos de playa que solo se diferencian del protagonista en que son más feos y algo más bordes con las tías o soldaditos de plomo que lo solucionan todo a tiros o a hostias. En definitiva, personajes monodimensionales que cuentan, como única baza para caernos simpáticos, algún chistecito malo de vez en cuando, para que veamos que el personaje tiene un lado "guai" y no es tan borde como otras veces.
Guau, qué despliegue de ingenio.
"Yo elijo bien mis papeles. Cuando hay algún error argumental en el guión, el director saca un plano de mi culo y asunto solucionado".
Gracias, Megan. Sabíamos que tú ibas a salvar el séptimo arte.
Y resulta que estas novelas y estas películas, como se venden, ya cuentan con "calidad", oiga. Y yo no es que me lo tenga que creer, sino que encima tengo que reconocerlo. Por huevos.
"Si se vende es porque es bueno".
Curioso el hecho de que estos mismos que usan este argumento como estandarte de sus creencias sean los mismos que dicen que la música de Pitbull, Bisbal o Justin Bieber es una santísima mierda. Qué casualidad, porque estos tres han sido desde sus orígenes unos putos récords de ventas. Resulta que la música comercial es una mierda por definición, pero los pelotazos en cine y literatura no se rigen por el mismo baremo.
Coherencia al poder.
Ahora todo es cool, políticamente correcto. Mola eso de mostrar la naturaleza oscura del ser humano, pero sin pasarse, que se crea polémica y te comes una denuncia de alguien que se ha rasgado las vestiduras al presenciar la "barbarie". A la que te despistas, te sale algún gilipollas diciendo que una novela puede ser un mal ejemplo para los chavales y exige su retirada de las tiendas. Por tanto, todo lo que sale hoy en día tiene que pasar por el sello implícito de la censura. Todo debe sonar chulipiruli, lo que coarta la creatividad del autor y, por consiguiente, la calidad general de la literatura.
Pero el público, en su Santa Sabiduría, lo demanda así. En lugar de no comprar una novela que no le gusta, obliga por cojones a que todo lo que se publique tenga que ir revestido de ese rollito santurrón que tanto se lleva ahora.
Partiendo de ese hecho, podéis decir que yo podría hacer lo mismo y no comprar ese tipo de novelas... pero pensad en la tiranía de la masa: pensad en que esa actitud ejerce una presión tan grande que hoy en día o compras literatura de hace décadas (crucemos los dedos por las reediciones) o te jodes, porque ya no se está publicando prácticamente nada en que le estén echando huevos hoy en día. Pensadlo: si hoy en día saliera un nuevo Poe o una respuesta a Jack Ketchum en nuestro país, se comería los mocos porque pasarían de él como de la mierda.
Y eso resulta que nos tiene que gustar. Los que buscamos algo que no sea lo de siempre tenemos que agachar la cabeza y tragarnos lo de siempre porque un puñado de gente ha decidido que eso es lo que tiene calidad. Que eso es lo que quiero yo. Por tanto, me puedo ir olvidando de buscar cualquier cosa que se salga del tiesto, porque me van a dar por culo.
"¿Hola? ¿Es aquí la sección de ficción no mainstream?"
No es de extrañar, por tanto, la tiranía de los géneros. No digo que esté mal que un género se ponga de moda, porque ha venido sucediendo desde la noche de los tiempos. Lo que me jode, lo que me repatea los cojones de una manera que ni os imaginais, es esa falta de criterio, donde el género de moda es lo único que importa: escribe una puta mierda, sin revisar, pasándote por el forro de los huevos cualquier estructura narrativa; escribe con constantes faltas de ortografía, sin saber montar una frase de modo decente. No te documentes para nada, que no hace falta. Sóplate una historia cargada de tópicos, simplona hasta decir "basta". Cuenta cosas predecibles, atropelladas, méate en los clásicos adaptándolos y pervirtiéndolos hasta que parezcan una puta ridiculez. No pasa nada. El editor será capaz de aceptar tu manuscrito y publicarlo porque el género de tu historia está de moda. Mientras haya carnaza que soltar a la masa no importa lo podrida que esté.
No importa que esto haga decaer la calidad de la industria día tras día, porque total, "es lo que el público quiere".
Y gracias a ello es como surgen ciertas generaciones de escritores que no han leído un libro en su puta vida, que entran a saco pensando que van a revolucionar la literatura con ideas que llevan pululando por nuestra historia décadas (o siglos, incluso). Es el triunfo de la ignorancia aplicado a las letras, donde resulta que si tal o cual publica siendo más malo que un dolor, ese tío automáticamente es "bueno".
Porque, según esta falacia, publican solo los buenos.
Y una leche.
Ya se ha demostrado que para publicar y para ser un superventas, (y que conste que esto me duele bastante admitirlo), el baremo de calidad ha dejado de ser importante. Es incluso superfluo, si os digo: en un mundo de mercado a lo bestia, donde todo es cada vez más agresivo y absurdo, el que publica básicamente lo hace gracias a que un editor cree que el producto va a conectar con el público; no por bueno, sino por cuestiones de marketing: por ejemplo, lo que hemos visto ya de la temática de moda.
En el caso de las ventas, pasa como con Pitbull y compañía: todo depende de la promoción y la publicidad de la que se rodee el producto. Ken Follet un buen día puede escribir una novela parida mientras cagaba en casa, donde cuenta cómo un chimpancé se la menea leyendo un Playboy que será un best-seller siempre y cuando esa novela lleve la misma promoción detrás que Los Pilares de la Tierra. Puede que no nos guste, pero esto es así, por lo que todo argumento que vengan a soltarme acerca de "si es bueno se vende" es algo que provoca en mi mente la más sonora de las pedorretas.
Las Aventuras del Mono que Caga, de Ken Folllet.
Éxito.
Por cojones.
Que conste que con esto, insisto, no me considero mejor escritor que muchos de los que se menean por este mundillo de víboras y demás criaturas insidiosas. Nada más lejos de la realidad. Lo que vengo a decir es que yo tengo muy claro que no voy a revolucionar una puta mierda; quizás porque no me molesta admitir que tengo influencias y que estoy en un proceso de aprendizaje constante, llevándome más hostias que Jake LaMotta a lo largo de éste. Yo no he nacido siendo ningún maestro ni tengo la intención de ello. Mis historias pueden ser mejores o peores, pero sé que muchos las pueden superar y que no voy a ser una estrella difícilmente igualable en una década o dos. Ni siquiera sé si ese es un objetivo deseable; prefiero currar, repasar, reescribir y sobre todo divertirme cuando escribo. Puede que publique algún día, puede que mis escritos acaben en la estantería de mi casa y yo mismo acabe siendo mi lector más fiel. Eso no me convertirá en inferior a muchos que ya están firmando libros... pero tampoco me hará superior a otros que también están partiéndose los cuernos por contar una historia decente.
Si hay algo que creo que puede diferenciarme de muchos de esos que van por la vida diciendo "Eh, soy escritor" es quizás mi tendencia a pensar que hay ciertas profesiones que no puedes atribuirte (artista, héroe), sino que son otros quienes deben hacerlo. A menudo incluso después de que hayas dejado este mundo, como reconocimiento o título honorífico. Si hay algo con lo que no me identifico con muchos de mis compañeros de profesión (o de afición, mejor dicho) es que yo al menos intento tener la conciencia tranquila y procuro no estafar a nadie cuando escribo una historia. No intento salir del paso ni improviso más de lo necesario. Porque si algún día alguien tiene que pagar por alguna de mis -ejem- llamémoslas "historias", quiero que ese alguien tenga la impresión de que el dinero que ha pagado (y del cual yo vería una mierda) le haya merecido la pena hasta el último céntimo.
¿Lo conseguiré? Pues sinceramente, no lo sé; de momento me contento con eso, con seguir manteniendo mis proyectos y agradeciendo la suerte de contar con colegas que no me chupan el culo con cada chorrada que escribo y que me dicen "Esto lo puedes hacer mejor".
Seguir currando.
Seguir revisando.
Corrigiendo.
Peleando.
Lo demás, ya no está en mi mano.
Y oye, si alguien me dice que lo que he escrito es una puta mierda o lo defiende a capa y espada, lo que sí me gustaría es que lo argumentase. Que dijese por qué algo es bueno o malo, poniendo ejemplos, explicando qué se puede mejorar y cómo.
Porque a mí lo del "Es que yo tengo mi opinión" y lo de "Para gustos los colores" me resulta vacío y sin sentido. La frase de marras que suelta el que no sabe defender una idea. La defensa del ignorante.
Para gustos, mis putos cojones.






2 comentarios:
Verdades como puños, desde luego. Yo hace años que no discuto a nadie el argumento de "se vende, luego es bueno", es como intentar convencer a una pared.
Sí, señor Ilógico. O lo de "Entretiene, ergo es bueno". Ya ni me molesto, yo tampoco.
A veces lo hago por trollear un poco, pero en realidad no tiene objeto alguno...
Publicar un comentario