Aunque muchos no os lo creáis, uno no sólo se dedica a largar mierda en un blog. De vez en cuando hasta crea historias y todo eso... o algo parecido, como puede verse en la sección de esta página titulada El Gusano Interior.
Y cuando uno lleva ya un tiempo escribiendo (en mi caso, de un modo más o menos "serio", corresponde a unos seis años), tarde o temprano acaba buscando el modo de entrar en contacto con alguna editorial para intentar dar el paso profesional.
Es justo aquí, amigos míos, cuando se descubre que, por mucho que nos intenten hacer creer, el mundo editorial está tan lleno de mierda y de gentuza como cualquier otro. Por supuesto, no vamos a generalizar porque hay de todo, ni tampoco vamos a dar nombres, porque señalar está feo. Aquellos otros autores que saben de qué va el tema probablemente hayan vivido experiencias similares y se atrevan a identificar los casos que voy a mencionar aquí con las que ellos han tenido. Puede que incluso algún editor le eche los cojones de internarse en este post y, si no tiene la conciencia del todo limpia, igual hasta se siente identificado con lo que aquí menciono.
Repito, no voy a dar nombres; así que si alguien identifica alguna de las cosas que menciono con algún ser vivo conocido, es más fruto de su mente que de la mía. Y, repito también: si alguien se siente identificado o denunciado con las barrabasadas que se van a mencionar por aquí... que pese sobre su conciencia, porque yo la mía la tengo muy tranquila.
Dicho esto, empezamos.
Lo primero que se nos suele decir siempre es que una editorial es una empresa y que el negocio del libro es como una industria cualquiera. Hasta aquí bien; es una realidad como un templo, y está claro como el agua que el editor, así como el librero o el distribuidor no son amables señores que lo que quieren es fomentar la cultura por encima del beneficio económico. Eso sería vivir en los mundos de Yupi y todo autor que se precie debe ser consciente de ello.
Lo que toca los cojones, quizás, es cuando te lo recuerdan constantemente y, empleando ese argumento, te dan a entender que eres imbécil. Que, precisamente ese principio es el que sirve para justificar burradas como el agotamiento hasta la saciedad de tal o cual género literario, saturando el mercado y basando el criterio de publicación más en el género en sí que en la calidad que tenga una obra.
Muchos piensan que es una exageración pero es un hecho: hay editoriales (o editores) que se creen que porque una temática está de moda, el modus operandi de mercado más inteligente es darle al público lo que quiere, lo pida a gritos o no.
Y esto es una verdad, pero a medias. Tan cierto, si queréis, como pensar que si veinte mil personas empiezan a sumarse a la moda de rajarse los pezones con un cúter, frente a una que no lo hace, da la razón a la mayoría.
Por políticamente incorrecto que os suene, la mayoría también puede equivocarse. Que sean la masa no les hace más sabios ni de mejor gusto; tan sólo más fáciles de convencer.
Por políticamente incorrecto que os suene, la mayoría también puede equivocarse. Que sean la masa no les hace más sabios ni de mejor gusto; tan sólo más fáciles de convencer.
Pues nada: Carne p'al pueblo. Por pelotas.
Supongamos por un momento que tenemos una frutería.
Hacemos un balance de ventas y descubrimos que, de todas las frutas y verduras que tenemos en la tienda, lo que más se venden son los plátanos. Imaginemos entonces que, partiendo de ese hecho, deducimos que como los plátanos es lo que más le gusta a la gente, la idea comercial es dejar de traer melones, judías, patatas o lechugas y lo que hacemos es platanizar la tienda.
Podemos incluso instaurar el Día Internacional del Platano (da igual que no salgamos del barrio, el nombre mola). Quedadas de amigos de los plátanos. Un foro de platanistas en Internet.
Preguntaos qué pasaría.
Puede que yo no tenga ni zorra de mercado, según argumentaría algún que otro entendido del tema (de experiencia no demostrada, pero autoproclamado experto), pero para mí, y llamadme exagerado, esa frutería acabaría cerrando en un pis pas.
Y muchos se preguntarán, "¿Por qué, si ha dado lo que el público quiere?"
Otros tantos echarían la culpa a circunstancias fantasma, tales como la crisis, los políticos o incluso una conspiración de fans de las lechugas, que seguramente están detrás del boycott.
Pues no. No llegamos a cosas tan complejas.
Puede ser, sencillamente, que la gente se harte de tener plátanos todo el santo día.
Puede que a uno, al que le encanten los plátanos, le de una mañana por levantarse y comerse una manzana.
Puede que incluso se desarrolle una intolerancia platanil debido a la ingesta masiva de esta fruta.
"Con dos opciones: te las comes o te las metes por el culo"
Dicho con otras palabras, esto es lo que pasa cuando se satura un mercado, sea de lo que sea, teniendo encima que aguantar la hipocresía de que los mismos que defienden esto en los libros tengan las narices de quejarse de que en el mundo de la música, por ejemplo y sin ir más lejos, cuando vas a una tienda nada más que hay música comercial. Igual es que yo no entiendo una mierda de nada y las diferencias entre saturar la industria musical y saturar la industria literaria no tienen absolutamente nada que ver... Pues nada, al genio que sepa explicarme las diferencias y convencerme de ellas, que me escriba.
Y aquí es donde surge la falacia: Si nos dicen una y otra vez, por activa y por pasiva, que el libro es una industria, ¿por qué hostias entonces no se parece enfocar el asunto como tal? ¿Qué clase de empresario es capaz de arruinar su propio mercado a base de cansar al público (a excepción del público más extremo, que ese no se cansa ni aunque le vendamos el mismo libro dos veces con distintas portadas)?
Y aquí es donde surge la falacia: Si nos dicen una y otra vez, por activa y por pasiva, que el libro es una industria, ¿por qué hostias entonces no se parece enfocar el asunto como tal? ¿Qué clase de empresario es capaz de arruinar su propio mercado a base de cansar al público (a excepción del público más extremo, que ese no se cansa ni aunque le vendamos el mismo libro dos veces con distintas portadas)?
Dejamos la respuesta flotando por ahí para que la meditéis.
El mundo editorial, sin embargo, no tiene este único problema. Hay cosas más profundas y arraigadas en todo este entramado que resultan más flagrantes y que, cada día más, estoy contemplando cómo se van denunciando pública o judicialmente para intentar poner fin a esto.
En el transcurso de los últimos meses he leído artículos de autores ya publicados que denuncian el trato decimonónico que tal o cual editorial da a sus autores; aquí es donde vemos que, si bien hay gente muy honrada en este mundillo (que la hay), también encontramos verdaderos gañanes que a lo que se dedican es a incumplir contratos, falsear índices de ventas y, en definitiva, a buscarse todas las triquiñuelas existentes para no pagar al autor (la persona gracias a la cual, y no al revés, existen las editoriales) lo que realmente le corresponde. Esto es el culmen de la ridiculez y de la miseria: si un autor acostumbra a tener un porcentaje irrisorio (de un 4 o un 5%, puede que como mucho muchísimo, un 10%) de la venta, racanearle ese precio (equivalente a cosa de un eurito por cada libro vendido) nos hace pensar que, al lado de más de uno, Ebenezer Scrooge era un manirroto.
Gente que va de pobrecita por la vida, contándote sus penas acerca de las ventas y del futuro de la empresa, y que resulta que han vendido el doble de ejemplares de tu libro. Tú sin saberlo, claro está: porque lo que te dicen, te lo tienes que creer. Eso es lo que hay.
"Mi vida es muy triste. Gracias a eso tengo carta blanca para incumplir mi contrato".
Llegados a este punto, me diréis que quizás estas cosas de incumplimiento de contratos y demás es mejor denunciarlas por la vía judicial. Y oye, no voy a ser yo quien le quite la razón a esa opinión. Desde aquí animo a esos autores que se han tenido que tragar esas mierdas que, si se han visto en esas historias, que pongan a esa gente en el banquillo (en el caso de tener pruebas tangibles, claro) y dejarlos en la vergüenza pública que se merecen.
Pero es que no todo consiste en actividades delictivas y, sin embargo, son esa clase de mierdas que hacen que se te revuelvan las tripas.
Hace cosa de media hora antes de empezar a redactar este post me he pasado por la página web de un par de editoriales para ver si tenían abierto el plazo de recepción de manuscritos, y no os podéis imaginar la clase de cosas que me he encontrado:
Secciones de información, redactadas con una chulería y una desfachatez hacia los autores que pretenden enviarles sus manuscritos que hacen pensar que en este negocio más de uno se cree que cuando se publica una novela se está haciendo un favor a su autor.
Tócate los cojones, macho.
Ni favor ni putas hostias, lo que están haciendo es su puto trabajo y tiene tanto de favor como que yo me vaya a un MacDonalds y me pongan un Big Mac cuando he pedido un Big Mac. De modo que no me venga nadie con chorradas: no existe justificación ALGUNA para ese trato déspota y condescendiente hacia, ya no sólo hacia el autor en concreto, sino hacia el público en general.
La editorial es una empresa, nos lo dicen una y otra vez; sin embargo, yo cuando voy a solicitar un servicio de cualquier tipo (por ejemplo, con los funcionarios, que suelen ser la cabeza de turco de este país y en cuyas madres nos acordamos siempre que nos entran ganas de cagar) y no me atienden me cabreo. Es más, hasta puede que pida una reclamación.
La pregunta entonces, es: ¿Qué clase de dispensa tiene un editor para permitirse ponerse de cara a un público y presentar un manifiesto que parece redactado por el puto John Wayne en un mal día? ¿Qué clase de imagen da una empresa que se comporta de esa manera?
"Mándenos su puta mierda para que nos limpiemos el culo con ella y nos riamos de usted. Si en el plazo de 13576 meses no ha recibido el mensaje de un paje diciendo que igual hasta nos pensamos publicarle su asquerosa obra (y perdonarle la vida), vaya a la iglesia más cercana a poner una vela de agradecimiento a Santa Rita".
La educación es algo que no debe ir reñido JAMÁS con el trabajo. JAMÁS. Si tú eres profesor y le dices a un alumno tuyo en mitad de una clase (o donde sea) cualquier cosa que suponga una falta de respeto (no necesariamente un insulto) se te cae el pelo.
No digamos cuando directamente le ignoras.
En este apartado, he encontrado una enorme cantidad de justificaciones acerca de la curiosa y educada costumbre que tienen muchísimos editores de no responder a sus correos electrónicos. Hasta tal punto está el patio que, cuando te llega un acuse de recibo o te rechazan un manuscrito (que en su derecho están) te sientes con el impulso de escribirles para agradecérselo.
¿Agradecerles qué? ¿Que hagan su puto trabajo?
¿Acaso cuando los demás hacen un informe o cuando terminan su jornada laboral esperan a que venga alguien a darles un beso en la botas y decirle "Gracias, gracias, no sabe cuánto supone para nosotros que hayas hecho esto"?
NO.
Ejemplos de agradecer cosas que deberían ser normales y lo absurdo que resulta hacerlo: "¡Hoy he salido a la calle y nadie ha querido abatirme a tiros! ¡GRACIAS A TODOS!"
La justificación más básica suele ser la del excesivo volumen de material que llega cada día a una editorial.
Pues muy bien, yo esa excusa me la paso por el forro del escroto. ¿Por qué? Porque cuando una empresa tiene un trabajo de cara al público, JAMÁS debe justificarse por no realizarlo, sino mejorarlo y punto. Si tienen un volumen muy grande de trabajo, no es el puto problema del autor. Porque si a un autor resulta que le mandan una obra por encargo y tiene que entregarla a tal plazo, al editor (salvando excepciones, claro), le importa tres cojones la vida del autor y quiere su material en tal fecha. Se ponga como se ponga.
Resulta que unos sí y otros no.
Doble rasero.
Si van tan de pobrecitos por la vida y tanto volumen de trabajo tienen, que no vengan luego quejándose de que están saliendo pocos libros o que tienen pocas ventas; quizás lo más viable, en vez de tanta queja y tanto lloriqueo consiste en una cosa que hacen muchas editoriales; algo tan básico como cerrar el plazo de recepción de originales hasta aligerar la carga. Lo que no se puede hacer es dejar la puerta abierta a absolutamente todo lo que venga y pasar de responder a todo bicho viviente. Eso lo que da es una imagen de dejadez simplemente inaceptable. Y, habida cuenta de casos de editoriales estadounidenses, donde el volumen suele ser infinitamente mayor, esa excusa tan pobre cae bajo su propio peso: en ese país al que tanto criticamos y del que tanto nos reímos, la imagen corporativa de una empresa es FUNDAMENTAL, y muchos se rebanarían un dedo con un cuchillo jamonero (en el caso de tener jamones dentro del país, claro) antes que dar una mala imagen de su negocio.
Ética, chicos. Se llama ética.
En inglés se dice así: fijaos en la curiosidad de que lleva "th" y una "s" al final.
Y hay más cosas: existe otra falacia en este mundillo, que consiste en considerar al autor, ya no como la última mierda, sino como partícipe en actividades que no le corresponden. Muchos parece ser que no se han enterado que la labor de un autor es CREAR; más allá de eso, entramos en cosas secundarias y que deben ser, como mínimo, voluntarias.
De ahí que critique hasta la saciedad esa imposición de más de un gañán en sus contratos editoriales a participar en los gastos de producción de un libro, en la promoción o incluso en la venta, porque la editorial no arriesga NADA.
A esto yo lo que suelo decir es que, si no quieres arriesgar, hay negocios bastante más estables: las funerarias o las panaderías, por ejemplo; de eso nunca falta clientela. Pero si no quieres arriesgar, nadie te ha puesto una pistola en la chota para que edites libros. Así que deja de presionar al autor para que ponga la pasta que tú no tienes. Y si te da por hacerlo (allá tu ética y tus valores), lo que no se puede hacer es obligarle. No dar opción.
Que un autor quiera participar en la producción de su obra es algo de lo más respetable, no nos confundamos. Lo que no es respetable es que TENGA que hacerlo por cojones, lo quiera o no. En estos años que llevo intentando publicar, he llegado a ver tal cantidad de formas de dorar la pildora para que el propio autor ponga dinero de su propio bolsillo para ver su libro en la calle, que os quedaríais helados.
Y todas, absolutamente todas, justificadas.
"No andamos muy bien de dinero"
"No podemos permitirnos más que esto"
Pues bien, para trabajar con gente que desde el primer momento se ponen la máscara de Perdedores (porque con estas palabras, menudo margen de confianza que dan) y cuyo nivel de riesgo anda más o menos por el cero patatero, soy de animar al autor que se ponga a su nivel educativo y les dedique a estos señores un efusivo corte de mangas.
Porque somos escritores, no gilipollas.
Y para pagar por editar nuestros propios libros, promocionarlos y venderlos... joder, para eso está la autoedición, donde la poca pasta que se gane va para los bolsillos de uno, y no para un señor que lo que ha hecho es ponerte un sellito en el lomo de tu libro.
A la Señora Engracia también quisieron cobrarle por publicar. Esto fue lo que les hizo.
Pero claro, que resulta que no todo el monte es orégano y que el editor no es tan malo como lo pintan.
No, y esto lo digo muy en serio.
Incluso refiriéndome a esta gente de la que estoy hablando (los editores honrados no están mencionados en este post, pero me aseguran que existen), resulta que no toda la culpa es de ellos.
Hace un rato he leído el artículo de un escritor, donde argumenta que el modo de pensar de muchos autores consiste precisamente en ese de "Como me han publicado soy feliz", y no puedo estar más de acuerdo: parece ser que, como nos hacen un favor al publicarnos (no porque lo que hayamos escrito sea bueno y genere beneficios, oiga, es que les hemos caído bien o les hemos pillado en un día generoso), nosotros tenemos que agachar la cabeza y entrar por todas.
Publicar cueste lo que cueste.
Pese a que no ganemos nada.
O incluso pese a que perdamos dinero, da igual.
Muchos incluso piensan que lo importante es publicar rápido y no bien. Que da igual las circunstancias del contrato, que no importa que te puteen de lo lindo, que te engañen. Que te enteres de las cosas por terceras personas.
Nada de eso importa.
Parece ser que además no se puede hablar.
Os garantizo que este post va a cabrear a más de uno, porque hay como un miedo generalizado (al cual señala también el autor del artículo que acabo de mencionar) a decir las cosas como son. A desenmascarar a esa panda de sinvergüenzas que se aprovechan de la gente sin la cual no serían nada. Porque este es un mundo pequeño y todo el mundo se conoce.
Nos han jodido, ahora resulta que nos tenemos que callar.
Que tenemos que poner buena cara ante las putadas. Ante las continuas barrabasadas y estafas que se cometen día sí y día también, no sólo contra el autor, sino contra el público, al que se les vende un material que no vale lo que cuesta la mitad de las veces.
Pero no. Resulta que tenemos que poner nuestra mejor sonrisa ante todo esto. Como están arriba, defender estas barbaridades a capa y espada. Respaldarles para que, con suerte, si un autor les cae bien y defiende esto públicamente ya entre en el juego endogámico de tener amiguitos que le publiquen a uno.
Pero no. Resulta que tenemos que poner nuestra mejor sonrisa ante todo esto. Como están arriba, defender estas barbaridades a capa y espada. Respaldarles para que, con suerte, si un autor les cae bien y defiende esto públicamente ya entre en el juego endogámico de tener amiguitos que le publiquen a uno.
Y si no entras por el aro, prepárate. Vaya a ser que... ¿Que qué? ¿Es que acaso nos van a partir la cara? ¿Van a amenazar a nuestras familias? O, peor aún, ¿no nos van a publicar?
En serio, ante este tipo de aseveraciones me tengo hasta que reír.
Me descojono, vaya.
Hoy en día, con las facilidades que se está dando a la autoedición, los que tienen que tener miedo son ellos. Ni políticas de ley del silencio ni putas hostias, porque ahora es cuando se está destapando que lo han estado haciendo de puta pena durante años. Ahora es cuando se están dando cuenta de que la gente a la que le deben los beneficios y la gente gracias a la cual sus empresas han seguido abiertas, igual pasa de ellos como de la mismísima mierda y se dedica a abrirse su propio camino, con un margen de beneficios mucho más ajustado al trabajo realizado.
Puede que ahora se estén dando cuenta que años de condescendencia, mentiras, engaños y chulerías dignas de portero de discoteca se estén volviendo contra ellos.
Si eso acaba por suceder, os digo que no voy a ser yo el que lo sienta por estos individuos que han contribuido a convertir la industria editorial en un auténtico estercolero.








2 comentarios:
Joder, lo que me parece increíble es que no tengas comentarios, con una entrada tan buena como esta. ¡Si señor!, se puede decir más alto pero no mal claro. Yo siempre he dicho, que los editores ante todo son empresarios, pero ojo, no por ello tenemos que ponerle el culo a nadie. Ya esta bien de arrastrarse y de suplicar un poco de consideracón.
Ya vale de tratarnos a los autores como gilipollas y de sus excusas baratas. Ya vale de algunos escritores gilipollas que sí, se las creen.
Genial la entrada, Javi, GENIAL! Un saludo muy grande.
Muchas gracias, Miss Cruz!
Bueno, sólo tienes que ver el subtítulo de este blog y entenderás por qué no hay demasiados comentarios jajajajajajaja
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