jueves, 29 de diciembre de 2011

Escupiendo Rabia: Inocencia interruptus



Estaba yo ayer despatarrado delante de la tele esperando a que terminasen los anuncios de una serie cuando me puse a hacer zapping.
Pues nada, otra manifestación de gente protestando, que en su derecho están. El lema: "Hemos perdido la inocencia".

No puedo estar menos de acuerdo en eso.

Sentirse triste no es perder la inocencia; tampoco lo es estar jodido. Digamos que son cosas que pueden ir de la mano, pero en caso alguno se implican mutuamente. Si queréis mi opinión, hoy en día somos más inocentes que nunca.
Si queréis saber por qué, seguid leyendo y os cuento.

1. Los buenos contra los malos:

La pérdida de inocencia no consiste en descubrir, de golpe y porrazo, que las cosas van mal. Ojalá fuera algo tan simple, pero no van por ahí los tiros: la inocencia que tenemos, como país, consiste en pensar que todavía existe una lucha del bien contra el mal. En creernos que, con un puñado de ideales, podemos conseguir lo que sea. Que en tres meses podemos salvar nuestro país y, ya puestos, contagiar el espíritu al resto de países y salvar el mundo.
Es bonito, pero no es más que un sueño. Tener sueños está bien, pero lo está mejor cuando uno es consciente del mundo que le rodea y tiene los pies en la tierra. Nadie nos impide soñar, de momento... pero no podemos convertirnos en víctimas de nuestros propios sueños. No debemos dejarnos arrastrar por unas ideas que, pueden ser maravillosas, pero que igual requieren tiempo. Mucho tiempo. O incluso que están muy por encima de nuestras limitaciones, como seres humanos.
"Nada es imposible".
"Yo, junto con unos amigos, salvé el mundo".
Fantasía adolescente.
Inocencia.


Os lo digo en serio: si todo fuese tan fácil habría pasado de la Universidad. Me habría matriculado en Hogwarts y habría planificado mi propia guerra contra Voldemort.

2. El idealismo. Ese concepto sobrevalorado:

Hablemos ahora de ideales. No nos confundamos, no es malo tener ideales o creencias... o al menos, no siempre. Pero ojo, eso no debería permitirnos sobrevalorar ese concepto. Tener un ideal no nos convierte en bellas personas, ni en sabios ni en nada por el estilo. Los ideales son como la gente: pueden ser buenos o pueden ser malos, así que el argumento de "yo tengo una idea" no es siempre algo digno de agradecer, porque igual nuestra idea es errónea... o igual es una idea muy mala.
Hitler tenía ideales.
Robespierre tenía ideales.
Un tío que se inmola en un mercado matando mujeres y niños inocentes tiene ideales.
Todos los mencionados creyeron que lo que estaban haciendo estaba bien, en aras de un bien mayor: matas a doscientos por salvar a miles. Luego querrás salvar a millones y matarás a miles. Luego querrás salvar a miles de millones y matarás a cientos de miles.
Los ideales, queridos Distópicos, no son estrictamente buenos. Son como las armas: en manos equivocadas pueden hacer mucho, mucho daño. Y además, son contagiosos.
Armas biológicas insertadas en nuestras cabezas.


Metáfora freak: Llega un señor como Magneto. Dice "hay que ver qué jodidos están los mutantes por culpa de los hombres". Decide aplastar a los hombres para así salvaguardar la paz de su pueblo...
Y se convierte en uno de los villanos más carismáticos.
Esto no es una crítica: no es más que un ejemplo que demuestra cómo somos.

3. Atribución de responsabilidad:

Para mí la inocencia está también en este punto. En pensar que, en momentos de desesperación, cualquier idea que desafíe lo establecido es buena. Cueste lo que cueste. Valga lo que valga. Sin responsabilidades.
Eso, amigos distópicos, es lo que me parece que nos convierte en seres totalmente inocentes: en pensar que, da igual lo que hagamos; que, en el momento en que creemos que lo que hacemos está bien, es como si nos envolviese un halo divino y celestial. Nuestros actos quedan justificados. Nuestra responsabilidad desaparece.
Y no lo digo por decir: ya os conté cuando estuve en las urnas y una señora, con mucha ilusión y muchas ganas, iba a votar al señor X, de un partido mayoritario... pero no sabía siquiera a qué partido pertenecía éste.

Nuestro país está forjado por la clase de gente que defiende una idea hasta las últimas consecuencias, pero sin saber qué coño está defendiendo. Somos los primeros en echarnos a la calle para pedir que nuestra democracia sea realmente representativa (lo cual está bien), pero al mismo tiempo nos vanagloriamos de nuestra ignorancia y lo que hacemos es pedir que nos arreglen el país, sin ser conscientes de que en un sistema realmente democrático, que el poder radique EN el pueblo implica que el pueblo tome las decisiones, y se responsabilice de sus errores.


Este año ya os puse el ejemplo de la excelente película La Ola. Gente que atribuye sus errores a otros y que, reconfortada en el ideal de pertenencia a un grupo, se siente superior.
No es en absoluto raro.

Que levante la mano el que se sienta identificado con esto.

Inocencia es, por ejemplo, cagarnos en el sistema bipartidista (lo cual es lógico) y luego dejar nuestro criterio en manos de la resistencia, sin preguntarnos (muchos de nosotros) siquiera quién mueve los hilos. Si todo cuanto se dice en esa resistencia está bien, o coincidimos con ello; nos cagamos en la gente que sigue ciegamente al PPSOE, pero en cuanto surge alguien que está en contra, muchos les seguimos con la misma ceguera. Lo mismo que justificábamos los actos de uno, justificamos los actos de otros.
No nos hacemos preguntas.
Obedecemos.

Pensad en ello:
Hitler fue elegido democráticamente.
Cromwell en su momento fue aclamado como un héroe.
Mientras Napoleón la liaba parda en Europa, provocando la muerte de muchísima gente, miles de personas le respaldaban porque "no era un tirano como los reyes".

Tiempos de crisis que hicieron que la gente depositara su fe ciega en los primeros que se alzasen en contra del poder establecido. Y luego, si no es lo que nosotros esperábamos o queríamos, la culpa es de ellos; no nuestra, por haberlos apoyado.
Pensemos en ello.

4. Con nosotros o contra nosotros:

Esto, por supuesto, no es un ataque a según qué colectivos; hace tiempo que me cansé de eso, porque luego parece que esperan que rindas vasallaje a gente que está en contra de lo que atacas.
Pues no.
Esto es un ataque contra nuestra forma de pensar. Contra el sentimiento de colmena que tenemos como especie. Contra esa puñetera manía que tenemos de coger y dejar que otros nos digan lo que hacer, lo que pensar, lo que creer.
Esto no es la Edad Media, amigos. Nadie nos obliga a agachar la cabeza ante un señor o grupo y darle la razón absolutamente en todo lo que diga. De hecho, no creo que sea ni sano.
Da la puñetera casualidad de que coincidir con alguien en algo no implica en caso alguno una defensa a ultranza; no implica no ver lo malo. No implica dar la razón en todo a alguien que no crees que la tiene.

Este es otro punto donde se ve la inocencia que nos cubre: en el concepto de crítica; hoy en día, cuando te dicen que puedes mejorar algo, lo interpretamos irremisiblemente como un ataque, lo sea o no. O estás con nosotros o contra nosotros. Entonces, entran la pasión y el discurso azorado. Y con esa desenfrenada pasión, a menudo los argumentos de ese discurso quedan empañados; la cosa se convierte en el "porque yo lo digo" o en el "tú eres malo", "estás equivocado", etcétera.
Todo se convierte en una cuestión de fe.
Nosotros frente a ellos.


"Tus ideas están menos de moda que las mías. Eres muy malo"

5. Conoce a tu enemigo:

Otra muestra de nuestra inocencia es cuando preguntas por ahí y ves que, después de siglos, seguimos viéndolo todo en términos polares. En España o eres de derechas o de izquierdas (o rojo o facha, dependiendo de lo atrasado que vivas históricamente a la hora de establecer diferencias políticas); o eres republicano o monárquico; o eres bipartidista o eres perroflauta; o eres del Madrid o del Barça.
No existe más muestra de inocencia que tener una visión tan limitada de las cosas. Pensar constantemente en etiquetas, y (lo que es mucho peor) medir a la gente en base a ellas.

Que necesitamos identificar las cosas es un hecho; de no ser así, no le pondríamos nombre a la mitad y haríamos como hacen muchas de nuestras madres, que las llamaríamos "eso" o "aquello". Pero, como digo, no podemos hacer un modo de vida de una simple idea. No a menos que queramos cegarnos por un único punto de vista y (horror de los horrores) veamos la realidad como algo limitado. Fragmentado. Tan subjetivo que flipas.
También estamos en la libertad de hacerlo, y tenemos el libre albedrío de sacrificar dicha libertad en aras de la comodidad; lo que sí resultaría hipócrita, por tanto, sería decir que los demás viven dormidos.
Buscad por ahí la Historia de los Siete Ciegos y el Elefante y entenderéis un poco lo que quiero decir. Si no, preguntadme y os la pondré encantado.

El problema está precisamente en eso: cuando nuestra visión limitada, según nuestro criterio, nos daría derecho a atacar a otros (a menudo físicamente, que también ha pasado en nuestra historia) o, (más recientemente) nos lleva a la división.
Hablamos de cambiar las cosas, cosa con la que muestro mi total apoyo... pero al mismo tiempo, a todo el que no lo comparte lo rechazamos. Le ponemos motes. Nos convertimos en matones de la clase y nos puteamos mutuamente.
Si queremos cambiar algo, quizás deberíamos empezar por cambiarnos a nosotros mismos y darnos cuenta de que así no podemos seguir.

Pero la raza humana necesita un enemigo. Alguien a quien lapidar. Alguien a quien odiar.
Eso es mucho más cómodo.


Claro que también es muy fácil decir que sólo los cristianos o la gente de derecha son intolerantes.
Y los demás no.
Claro que sí.

6. Amenazas fantasma:

También es mucho más fácil odiar a lo que se ve. A lo evidente, pero aquello que nos distrae de la raíz de los problemas.
Unos atacan la inmigración masiva, con argumentos tan alucinantes como decir que son un sinónimo de delincuencia (¿?); eso es lo fácil, en vez de pensar que quizás el problema radicaría en la superpoblación y en la falta de recursos... o bien en leyes que no están terminando de funcionar del todo bien.

Otros atacan sin piedad a los políticos, tachándolos de "nazis" cuando no ha salido el partido que les mola a ellos. No pensar en conceptos como "voto castigo" o "voto tradicional" es lo fácil; es muy fácil achacarle toda la culpa a la ley electoral (que ojo, tiene gran peso en el problema) como si fuera el ÚNICO factor que nos coloca en esta situación. Como si el pueblo llano, ese último y definitivo responsable de la maquinaria electoral (a menos que se demuestre un pucherazo, claro) no tuviese absolutamente nada que ver en el tema.
En los romances del siglo XIII, la culpa de todo mal a un caballero era un mago.
Aquí, ya lo vamos viendo.


"Lo confieso: yo soy el único responsable de todos y cada uno de vuestros problemas. Vosotros, unas pobres víctimas inocentes que no habéis roto un plato en vuestra puta vida".

Es muy fácil echar la culpa al político de turno que ha salido elegido (más o menos) democráticamente. Es muy fácil decir que sus políticas no molan (aunque igual respete las del gobierno anterior). Es muy fácil decir que es el Anticristo, la reencarnación de Hitler o el espíritu de Kurt Cobain, que vuelve a darnos la paliza con la guitarra.
Eso es mucho más fácil que pensar que los que están ahí arriba son gente a la que hemos puesto nosotros, y a su vez, son gente que responde a intereses superiores: nuestros políticos son lo que son gracias a los votos; los votos provienen, en gran parte, debido a un respaldo propagandístico BRUTAL (otros ejemplos de efectos de propaganda masiva de auténtica bazofia: que Stephenie Meyer sea best-seller); ese respaldo proviene en base a préstamos de la banca.
Tenemos entonces que los políticos responden más ante la banca que ante el pueblo, ¿no?
Pues no del todo.
A su vez, nuestros políticos responden ante Alemania. Sí, ese país que tanto nos encanta y que tiene montada una guerra encubierta en toda Europa. No una guerra con tanques o aviones, sino una guerra económica, donde una palabra de desconfianza hace hundir los mercados bursátiles; donde un rumor puede escoñar el comercio exterior.
Y aquí no acaba la cosa. Alemania responde ante los propios mercados. Los bancos de inversión, a causa de grandes crisis como esta, se convierten en auténticos especuladores que deciden quién conviene y quién no.
Pasaos por Italia. Pasaos por Grecia. Ahí ya tienen gente puesta a dedo, sin pasar por unas elecciones, que está gobernando estos países. Gente que, casualmente, trabaja para dichas agencias de especulación.
Y nosotros pensando en la derecha y la izquierda, en lo buenos buenísimos que son unos y lo malos malísimos que son otros, dependiendo de a quién votemos nosotros. Decidme si eso no es ser inocentes.


Personalmente, si tengo que inventarme un enemigo al que echarle la culpa de absolutamente todo, me quedo con este. Esa máscara de cara de mala leche mola.

Conclusiones inconclusas:

Si habéis entrado en este post esperando respuestas, mucho me temo que os vais a tener que quedar con las ganas. No creo que haya respuestas a estas cuestiones, porque estamos tratando de problemas que forman parte de cada individuo.
Para ser honestos, yo no creo en los movimientos de masas. No creo que una idea que se contagia como la pólvora sea necesariamente buena (de hecho, suelo dudarlo; a la Historia me remito), ni que la masa como entidad sea una criatura inteligente. No hablo aquí de individuos, donde hay de todo, sino de lo que es el rebaño, el grupo. El colectivo masivo. Ese que se deja influenciar y que actúa movido por una pasión irracional, sin reflexión ni razón.


Citando al gran Obi-Wan Kenobi: "¿Quién está más loco? ¿El loco o el loco que sigue al loco?"

Para ilustrar esto, me permito citar una frase que vi en una película, titulada El Cuervo, dirigida por Alex Proyas: "Un hombre tiene una idea; esa idea atrae a otros. Piensan igual. Esa idea crece y se convierte en una institución. ¿Cuál era la idea?"

Analizad cualquier fenómeno de masas. Cualquier disturbio. Esto es psicología social pura y dura: extraes a un individuo de uno de esos follones y, un par de horas después descubres que es incapaz de reconocerse a sí mismo. Que, si bien estaba saqueando o pegándole fuego a un contenedor (a menos que sea un auténtico sociópata), lo que le ha sucedido es que al verse inmerso en una turba ha visto diluidos sus límites morales. Se ha sentido con la total libertad de sacar la bestia que lleva dentro.
No es necesario que lleguemos a tanto, ni que nos pongamos a lanzar cócteles Molotov a la pasma, pero podemos pensar en la de veces que hemos creído que una idea es correcta y nos hemos sentido con carta blanca para actuar como nos dé la gana. En saltarnos las leyes. En pensar que provenimos de una Autoridad superior que nos lo permite.
Nos hemos creído mentiras y las hemos defendido hasta la última causa. Con pasión. Con vehemencia. Con rabia.
Con ira.
Hemos actuado creyendo que hemos tenido una idea, pero no hemos sabido quién mueve los hilos. Quién está detrás, orquestando todo cuanto sucede; dirigiéndonos en la sombra. Y no nos ha importado, porque creíamos que estábamos haciendo lo correcto.
Nos hemos convertido en cruzados.
En fanáticos.


"¡Adelante, chicos, que tenemos una causa! ¡AL ATAAAAQUEEEEERRRGGGHHH!"

No tengo respuestas, sólo lo que creo yo. Y, llegados a este punto, muchos pensaréis que no es gran cosa. Puede que penséis que vivo en mi propia Matrix, o simplemente que no tengo ni idea de nada. No os lo discuto, puesto que jamás me habréis oído decir que sea más listo o mejor que los demás; tan sólo os digo que prefiero cometer mis propios errores antes que los de otros. Si me equivoco (lo cual es más que probable), prefiero hacerlo yo antes de que nadie se equivoque por mí.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Coño! Es lo mejor que te he leído (bueno, va, lo que más me ha gustado) junto al post aquel de Los caballeros del zodíaco. Estoy completamente de acuerdo contigo y he tenido debates en este sentido con gente de la izquierda, de la derecha, burgueses, perroflautas, dragones y mazmorras. No creo en los grupos pero sí que creo que el poder corrompe. Suelo definirme como "Orwelliana" en este tipo de debates (recomiendo leer "Rebelión en la Granja") aunque tú lo has expresado igual de bien o mejor con eso de "Un hombre tiene una idea; esa idea atrae a otros. Piensan igual. Esa idea crece y se convierte en una institución. ¿Cuál era la idea?"

Divulgo :)

Rumbo a la Distopía dijo...

Vale, perdí el comentario...

Repito lo que decía (espero no olvidarme de nada): el objetivo de este post precisamente es el que apuntas. No consiste en atacar la ideología de nadie, que es muy respetable, sino recordar al homosapiens de a pie que toda idea, por buena que sea, puede tener algún punto cuestionable. No existen las ideas utópicas, como tampoco existen las ideas totalmente aberrantes (por mucho que nos cueste creerlo)

Y lo que verdaderamente me preocupa es como últimamente, con la noble intención de arreglar el mundo, luchar por la justicia y demás, se enarbolan causas muy buenas, pero cuyos medios a veces pueden ser más que discutibles; o bien, como se producen linchamientos y altercados públicos precisamente por hablar de la defensa de según qué ideas, como si eso justificase absolutamente todo lo que se hiciese por defenderlas.

En otros casos, la suma al colectivo (psicología social básica) hace diluir toda habilidad para cuestionarse cosas, hacerse preguntas, o simplemente, actuar de un modo racional. El colectivo, en la seguridad de la masa, actúa con esos límites morales totalmente difuminados... y luego pasan cosas de las que nos arrepentimos.

Para muchos es la hermosa lucha por los ideales. Para mí es algo terriblemente peligroso...

Y sí, yo también me siento muy Orwelliano últimamente jajajajaja