sábado, 8 de octubre de 2016

Mondo Chorra- Lo que aprendes viendo (una vez más) Los Caballeros del Zodiaco: La Saga del Santuario (1)




Hará cosa de un par de semanas, Katya y yo decidimos llevar a cabo un reto: revisionar Los Caballeros del Zodíaco (alias Saint Seiya, para aquellos que quieran decirlo en japo) para recordar los viejos tiempos. Esa época en la que veníamos del cole y nos poníamos a ver raciones de hostias con berridos sin doblar mientras nos zampábamos un Phoskito. En nuestro proyecto, nos hemos propuesto revisionar la serie completa, incluyendo todas las películas en estricto orden cronológico. Este post es precisamente un diario de todas las cosas que ambos hemos ido comentando conforme la hemos visto (más o menos a tiempo real, aunque hay ciertas variaciones), y el primero de una serie que iré publicando de forma regular, conforme vayamos terminando cada saga de las que la componen.
La Saga del Santuario consta de 73 capítulos, de forma que dividiré este artículo en dos. Sin más, os voy dejando todos los detalles que hemos encontrado en nuestro análisis. AVISO: Este post está lleno de spoilers, puesto que desgrana la serie en detalle. Se sugiere que lo leáis con esto en mente; si ya la habéis visto, se recomienda que os veáis de nuevo la Saga del Santuario, para ir pillando mejor algunos de los detalles.
Así que, vamos para allá:


1. Saint Seiya es una serie yaoi y el que diga lo contrario, miente. Se ve claramente ya en la primera escena del primer capítulo, con un encuentro bastante explícito entre el Caballero del Unicornio y el León Menor. El Unicornio es uke y el León Menor es su seme.
2. Vivimos en una mentira. El Coliseo de Roma no está en Roma, sino en Tokyo.
3. Los Caballeros son unos cabrones que hablan muuucho de la amistad, pero a la primera de cambio, se dejan tirados a su suerte en mitad del monte.

4. Mucho rollo con Andromeda, pero Seiya y Shiryu tienen un rollo muy intenso.

5. Saori sera la reencarnación de una diosa, pero es lerda.

6. La mejor manera de entrar en un sitio enemigo es por la puerta principal y con la armadura guardada en una caja.

7. Shiryu y Kikki duermen juntos, mientras todo el mundo se cachondea de Shun.

8. Shiryu y Shunrei son los Lannisters de esta serie. Se dice que son hermanos, pero hay una tensión sexual no resuelta entre ellos. O lo mismo sí está resuelta...
9. La diferencia entre la distancia para reventar un corazón humano de una hostia y reanimarlo de una hostia con la misma fuerza es de apenas un par de pasos.
10. Saint Seiya nos enseña que el espacio y el tiempo son abstracciones relativas. Por ejemplo, puedes tardar un rato de nada en ir desde Siberia a Japón, pero un capítulo entero en atravesar una ciudad.



Ejem.



11. Hyoga no vale para hacer de espía. Cada vez que está a punto de aparecer genera una cacho ventisca a su alrededor que delata su posición.
12. La principal función de Marin es mirar detrás de una columna para ver como le dan de hostias a los demás.
13. Si Ikki es cabrón porque su churri murió, yo quiero haberlo visto haciendo de pagafantas.

14. Todo se soluciona usando los dedos.
15. Si te dicen que no mires a un enemigo que te va a convertir en piedra, lo que hay que hacer es mirar.

16. Si te cae UNA mancha de sangre en un hombro, hay que despelotarse y bañarse en el agua del mar. Con todo el salino.

17. Un caballero de plata es más fuerte que uno de bronce. Un caballero de bronce, con mucho esfuerzo, puede vencer a uno de plata. A menos que haya caballeros de acero por medio, que pueden tumbar a uno de plata y, si no matarlo, al menos darle un buen susto.

18. El Patriarca es bueno. Es malo. Luego es bueno. Vuelve a ser malo. Y bueno otra vez. No, venga, que es malo.

19. Cada vez que hay una masacre, lo inteligente es ponerse a tocar el piano.

20. Un caballero de oro es superior a uno de plata, pero solo si tiene la armadura puesta en ese momento. Si no, el caballero de plata puede hacer lo que le salga de los cojones, que el de oro se va a quedar callao como una perra.


Si la ves haciendo esto, prepárate: está corriendo la sangre.



21. La mejor manera de demostrar tu poder al mundo entero es construir una pirámide de hielo. En Siberia.

22. Hay caballeros de plata que son tan incultos que no saben ni lo que es el puto escudo del Dragón.
23. Howard Stark trabajó para la fundación Kido.
24. Stan Lee hizo un cameo en un episodio, haciéndose pasar por agente encubierto del Santuario.
25. El Santuario también tiene mutantes en nómina, no solo caballeros.
26. El escudo del Dragón tiene ojos, por eso se puede convertir en piedra al mirar a la Medusa.
27. Marin tiene un B1 de inglés. Le sirve para comunicarse con Seiya, pese a que AMBOS son japoneses. Por cierto, sus mayúsculas en la arena son inconfundibles.
28. Esmeralda, la churri difunta de Ikki, se parece tanto a su hermano Shun (solo se diferencian en el color del pelo) como a un floripondio que crece en la Isla del Infierno, lo que lleva a pensar si Shun también se parece a un floripondio. Al igual que Kenny en South Park, muere más de una vez.

29. No importa que te saltes los ojos con los dedos. Si tienes voluntad y tomas té chino, te curarás tarde o temprano. Porque por lo visto, cuenta como enfermedad.
30. Pensar lo contrario a eso de curarse con fuerza de voluntad te convierte en un pesimista que no cree en sus amigos.



A la izquierda, Shun. A la derecha, Esmeralda.
Lo peor es que es verdad, son como dos gotas de agua.
La cuestión es que, si Ikki estaba enamorado de Esmeralda, y esta le recordaba a su hermano... ¿Ikki es otro Lannister?



31. Decir que atacar la fortaleza enemiga entrando por la puerta principal es un absurdo es propio de mala persona; lo lógico es decirlo, e irse inmediatamente a otra fortaleza enemiga entrando por la puerta principal.

32. Ikki no está del lado de los Caballeros de Bronce. Por eso deja colgados (literalmente) a su propio hermano e Hyoga. Sin embargo, no tiene reparos en coger a Seiya de un puñado para llevárselo a casa (y luego tirarlo al suelo cuando se aburre)

33. 180 cuervos no solo pueden capturarte cuando sales a la calle a que te dé el fresco. Además pueden dejarte inconsciente sin tocarte.

34. Al lado de Tokyio hay una cadena montañosa que se extiende tropecientos kilómetros sin señales de vida por ninguna parte.

35. Un caballero de plata es difícil de matar a hostias, pero puede morir cayéndose absurdamente por un precipicio.

36. Si un caballero de bronce te corta las dos manos, estas pueden crecerte durante un segundo para luego volver a desaparecer cuando conviene.
37. El Patriarca puede destruir una isla de un lefazo.
38. Frase célebre número 1:
"Está bien eso de tener cerebro"
"Sobre todo cuando no se tiene".
39. Una diosa puede llamarse princesa. Sí, ¿por qué no?
40. Shiryu se enfrenta a Bruce Wayne, que está disfrazado bajo la identidad de un tal Okko. Sus padres, además, son Seiya y Shun, que en algún punto del futuro viajan al pasado, se vuelven transgénero y tienen a Bruce.


No, no me he equivocado. Este hortera no se ha escapado de ningún episodio de G.I. Joe. Es un Caballero de los Abismos, enemigo de un capítulo en que los Caballeros de Bronce tienen que rescatar un petrolero de la Fundación Kido que ha sido secuestrado por este capullo y dos más, liderados por una tía con una armadura que parece un cruce entre Shina y un vampiro.
Por si esto no resulta ya bastante absurdo, el dato: el petrolero tiene motores nucleares. Viva la ecología y la madre que la parió.



41. Si 180 cuervos están llevandose a una diosa a 40 metros de altura, lo inteligente es cortar las cuerdas que la sostienen de una hostia y ya si eso recogerla.
42. Si estás entre una pared y dos enemigos, lo inteligente es tirarte por un precipicio.
43. Si te atacan con una bola con pinchos, puedes pararla con la mano. La diosa Atenea hará que la cojas por el único puto sitio donde no hay pinchos. Eso sí, dichos pinchos reaparecerán cuando la sueltes.
44. El Patriarca, aparte de ser bipolar perdido, genera total confianza en los Caballeros de Oro, pese al hecho sin importancia de que nunca nadie le ha visto la cara ni sabe muy bien quién es.
45. Si le dices a un Caballero de Oro que debe matar a Caballeros de Bronce te dirá que es algo indigno. Sin embargo, no tendrá reparos en darse un paseo por la isla de Andrómeda y reventarla hasta los cimientos, con toda la gente que vive allí.
46. Según el Patriarca cuenta (de puta pasada, dicho sea de paso) la "verdadera" Atenea se encuentra en sus dependencias y solo él puede hablar con ella. Eso sí, nadie la ha visto en su puta vida, pero oye, si lo dice el Patriarca, pues será verdad.
47. La comunicación interna dentro del Santuario tiene problemas: Aiora resulta ser Caballero de Leo y no lo sabían ni Milo de Escorpio ni el propio Patriarca.
48. El Caballero de Leo va a limpiar su honor por eso de acarrear la fama de ser supuestamente el hermano de un traidor. La mejor forma de hacerlo es aparecer y hacerle confesiones íntimas a Seiya mientras Shina se le está declarando.
49. Entre los hobbies de Aioria de Leo está hacer de farolillo.
50. La Armadura de Sagitario y las llaves de la canción tienen una cosa en común: ambas están en el fondo del mar, matarile rile rile (o en el de un lago, pero para el caso es lo mismo).


"Aaaay, qué hostiaaa..."



50. Aparte de la armadura de Sagitario, el Patriarca nos enseña cinco armaduras de oro más. Milo de Escorpio, al verlas, que se queda asombrado al enterarse de su existencia. Nunca se le había pasado por la puta cabeza que, aparte de su armadura y la de Sagitario hubiera, otras diez más. El hecho de que haya doce putas casas y que él vigile una de ellas es irrelevante. De hecho, a nadie se le ha pasado esto por la cabeza: los Caballeros de Bronce se quedan flipando igualmente al enterarse.
51. Cómo insultar a un Caballero de Oro con estilo: Llamándolo "Carnaval ambulante" y "Desgracia de cangrejo".
52. Cómo insultar a un Caballero de Bronce con mala leche: Llamándolo "Dragoncín". Imaginad en qué cantante de los ochenta he pensado al escuchar esto.
53. Los Caballeros de Oro son descendientes de un Flash del futuro.
54. Las estrofas de la famosa canción aquella que decía "Ojos negros, piel canela" eran una clara referencia al Caballero de Hidra.
55. Seiya fue descartado del reparto de Capitán Tsubasa por inútil.
56. Las tetas de Shina de Ofiuco crecen y menguan mágicamente dependiendo del ángulo de cámara.
57. El Caballero de Plata de la Tarántula tiene la pose de combate más yaoi que existe. Concretamente, es uke.
58. Si vas a atacar el Santuario, asegúrate de que tus excolegas de la isla de Andrómeda, a tomar por culo de donde tú estás, se enteren. Así podrán ir a buscarte la misma mañana del ataque, mientras tú estás dándote un paseo por el puerto antes de coger un avión.
59. Seiya y los Caballeros de Bronce han heredado de Aioros la puta manía de ir por territorio enemigo sin la armadura puesta. Porque guardadita en su urna está mucho mejor.
60. Tatsumi también se llama Tayuya. Y Dohko se llama Nai. Por si no estábamos ya bastante liados con eso de las identidades raras del Patriarca y las armaduras de las que nadie sabía su existencia.


"Ojos neeeegros piel caneeelaaa, que me llegan... a desesperaaar"



61. Frase de Shun digna del recuerdo (frase célebre número 2): "Eso no puede ser, porque si no, sería asolutamente absurdo". Se ve que no ha repasado el guión de la serie.
62. Atenea se reencarna cada 200 años o cada 2000, dependiendo de cómo le convenga al guionista.
63. Si dudas del Patriarca, lo inteligente es ir solo para acusarlo de traidor.
64. Si dos Caballeros de Oro se enfrentan, se comban el espacio y el tiempo, o bien tiene lugar una batalla que dura mil días y mil noches. Excepto si uno de los dos caballeros no lleva la armadura de oro puesta o está disfrazado. Entonces eso no cuenta.
65. Shaka de Virgo es el Caballero de Oro más sabio. Pero solo cuando está trabajando en su Casa. Si sale de ella, se cree cualquier gilipollez que le cuenten.
66. Si vas a atacar el Santuario, no solo debes ir por la puerta delantera y SIN la armadura puesta. Además, lo suyo es que le mandes una carta al Patriarca para explicarle con todo lujo de detalles que te vas a personar por allí para atacarle.
67. Saltarte las córneas, como ya hemos dicho, con los dedos se considera enfermedad. Se cura con agua de una montaña en la que hay pajarracos cabrones gigantes que te tiran ñoscos de piedra, pero que si les metes una hostia con todas tus putas fuerzas (para asustarlos, por supuesto) se encogen hasta parecer pajarillos indefensos.
68. Sabes que eres una diosa cuando te clavan una flecha en el pecho y te das cuenta dos minutos después. Irónico, si tenemos en cuenta que la misma diosa estaba dispuesta a recibir ella solita un bolazo de fuego entre los pechotes.
69. Los Caballeros de Bronce han jurado proteger a Atenea, pero si le endiñan un flechazo en la pechuga, lo más lógico es dejarla tirada, sin protección alguna, e irse a atravesar las Doce Casas para darse de hostias con los Caballeros de Oro.


Ptolemy de Sagita, el único Caballero de Plata que cuenta con solo un punto de vida.


70. Cuando Mu de Aries se ofrece a reparar tu Armadura de Bronce para participar en la batalla de las Doce Casas, lo más inteligente es desconfiar de él y decir que andas corto de tiempo (doce putas horas). No importa el hecho de que el mismo Mu las haya reparado en el pasado y que en ningún momento haya dado señales de ser un enemigo.
71. Aldebarán de Tauro es el equivalente en Saint Seiya al portero de una discoteca. Hasta tiene la misma postura, con sus brazos cruzados y su cara de mastuerzo.
72. Si se revienta una de las Doce Casas, hay un equipo de reparaciones que la pondrá a punto tras la batalla. Eso sí, si el equipo de albañiles tiene que reparar la casa de Cáncer, deberá enfrentarse a los Caballeros de Aries, Tauro y Géminis antes para poder pasar. Nadie conoce la importancia de los Albañiles del Zodiaco.
73. Aldebarán (Caballero de Oro) usa exactamente la misma técnica de combate que Marin (Caballero de Plata). Por algún motivo que no entendemos, eso del sable muerto nos hace pensar en disfunción eréctil. De hecho, todo en esta batalla rezuma a una intención oculta por ver quién la tiene más grande.
74. Uno de los planes de Aldeberán es que, si mata a Seiya, dejará su cadáver estampado en medio del suelo por toda la eternidad. Además de parecer un portero de discoteca, es una mijilla guarro.
75. No hay nada como una diosa que te hace chantaje emocional cuando has perdido el conocimiento tras una hostiaca. Es que ni inconsciente lo dejan a uno. A esto, sin embargo, lo llaman decir "Atenea me ha devuelto a la vida", cuando es lo más parecido a la alarma de un despertador.
76. Hecho yaoi: Seiya absorbe y proyecta la energía. Es lo mismo que decir "Chupa y luego escupe".
77. Aldebarán sabe que se enfrenta al Caballero de Pegaso tras ver la imagen de un Pegaso gigante tras una ráfaga de golpes. No antes.
78. El resto de Caballeros de Bronce está inconsciente durante la pelea entre Pegaso y Tauro, pero "mágicamente" recobran el conocimiento cuando esta acaba. El hecho de que Shiryu la recuerde con todo lujo de detalles en un flashback nos da bastante que pensar...
79. La frase de Shiryu, al recobrar el conocimiento, es para enmarcarla: "Lamento no haber podido ayudar UN POCO MÁS". Esto suena ya a recochineo. Menos mal que son todos super amigos...


"Si no estás en lista, no entras".


80. Tres capítulos para que Seiya derrote a Aldebarán. Cinco minutos para que Hyoga le congele las manos. El tiempo es relativo una vez más.
81. La casa de Géminis guarda paralelismos con un IKEA: por mucho que andes, no hay cojones de dar con la salida a la primera.
82. Aldebarán comenta a Mu de Aries que los Caballeros de Bronce le han hecho dudar del Patriarca. La razón: se ve que tienen mucha fe en lo que defienden y que, por tanto, deben estar en lo cierto. Se nota que nunca ha oído hablar del extremismo.
83. Todos los sirvientes del Patriarca, según cuenta "un rumor", fueron asesinados de forma violenta y terrible porque le vieron la cara. Los Caballeros de Oro tampoco han visto la cara del Patriarca, pero ni se preguntan dónde están esos sirvientes desaparecidos y presuntamente muertos. De hecho, tampoco les resulta raro desconocer la identidad de su superior más inmediato. Ellos a lo suyo.
84. Ver a los Caballeros de Bronce recorriendo la Casa de Géminis sin avanzar un solo metro es como ver a cuatro hámsters corriendo en la ruedecita.
85. Saint Seiya es una de las primeras series de anime en spoilearse a sí misma: Entre Andrómeda y el propio Patriarca ya queda más que mascado quién es el malo. Y por si no lo pillas a la primera, te lo soplan descaradamente varias veces.
86. Hyoga en la Casa de Géminis protagoniza el clásico y ataque "Que estoy mu loco", propio de puertas de baretos. Los resultados son evidentes: Acaba viajando a una infinita cola del INEM que aquí se hace llamar el Hades.
87. Shun dice que su cadena no detectó presencia alguna en la Casa de Tauro. Tampoco lo hace en la de Géminis, pero según él, en esta última casa es "La primera vez que le pasa". Shun, aparte de tener gatillazos nebulares, empieza a sufrir un serio problema de memoria.
88. Si te descogorcias contra el suelo de la Casa de Géminis, salen hojas. Del mármol.
89. Cuando un Caballero es desplazado por el aire de una hostiaca, suena igual que el balón de Oliver y Benji.


ÑIIIAAAAAAAAOOOOOIIIIAAAOOOOIIAAAAAAANNNNNNGGGGG...


90. Momento yaoi: Shiryu, gracias a eso de estar más ciego que un gato de yeso, se da cuenta de que la casa de Géminis es una ilusión. Por eso le dice a Seiya que se agarre a él y no se separe.
91. Seiya y Shiryu salen de la Casa de Géminis sin endiñar un solo garbañazo y se dan cuenta de que Hyoga y Shun andan dentro. La filosofía clásica de Saint Seiya, una vez más: "Que se busquen la vida".
92. Tras casi TRES casas, Mu de Aries y Kikki se dan cuenta de que los Caballeros de Bronce han dejado tirada a Saori. En este punto de la historia, posiblemente podría habérsela comido algún monstruo, algún soldado podría haberla rematado o se la podrían haber jincado por turnos una banda de desalmados que pasaba por ahí. Si es que demasiadas pocas cosas pasan.
93. Ikki está en un spa, con el culo metido, literalmente, en una pila de carbón al rojo, mientras los demás se dan de leches.
94. Shun es la clase de Caballeros tan nobles que explican con todo lujo de detalles cómo funciona su armamento al tío que quiere darle matarile.
95. La cadena de Andrómeda puede extenderse hasta varios años luz de distancia. Sí, ¿por qué no?
96. Puedes identificar a un enemigo por el collar que le has mangao.
97. Hyoga reaparece en la casa de Libra, que ahora aparece ocupada por el Caballero de Acuario (¿?). Este resulta ser el maestro de su maestro. Hyoga, que hasta el momento no había oído hablar de ninguno de los otros Caballeros de Oro (no olvidemos que pensaba, como todo el mundo, que la armadura de Sagitario era LA armadura de oro), resulta haber oído hablar de el famoso Camus de Acuario, al que reconoce como Caballero de Oro de toda la vida.
98. Camus ha jurado proteger al Patriarca, al que reconoce como el hombre más sabio y bondadoso sobre la faz de la Tierra, pese a que tampoco tiene ni pajolera idea de quién es.
99. El barco en que estaba la madre de Hyoga es de madera. En el puto s.XX. Camus lo revienta bajo la excusa de que Hyoga debe "alejarse de las emociones que le atan". En mi tierra, eso son ganas de dar por culo, a secas.


"Esto es buenísimo pa las almorranas".


100. Sutil momento yaoi: En las escenas de la ejecución de la Aurora, se puede ver con total claridad una bandera multicolor.
101. La madre de Hyoga y Jack de Titanic tienen una cosa en común: ambos palman cuando cabían perfectamente en la barca de salvamento. Mientras el barco se hunde, se va a su camarote a echarse en la cama y así ahogarse de un modo fashion.
102. Seiya no solo se entrenó con Marin. También lo hizo con Paulo Coelho. De ahí su actitud positiva ante la vida.
103. El Caballero de Cáncer tiene como hobby coleccionar las caras de aquellos que ha matado, incluyendo niños. Las tiene puestas en su Casa, lo que le ha valido el apelativo de Máscara de Muerte. El tío de recursos humanos que le contrató el día que fue a echar el curriculum como Caballero de Oro, sin duda, andaba algo despistado. Lo mismo que el tío que le pasó los tests psicotécnicos. Qué cojones, para huevazos los del resto de Caballeros de Oro, que se supone que también luchan por la justicia y, en vez de actuar, lo que hacen es ponerle el mote de Máscara de Muerte y seguir a lo suyo.
104. Shiryu, cuando viaja al Hades, se chuta con la especia que se tomaban los Fremen de Dune. Así se le quedan los ojos como se le quedan.
105. Shunrei ya no es hermana de Shiryu nunca más. Ha pasado al status de amiga.
106. Si rezas para que los Caballeros de Bronce venzan, los Caballeros de Oro ya no son poderosos. De hecho, se convierten en unos alfeñiques. La fe es puto poderosa.
107. Saori y Hyoga, por algún motivo que desconocemos, tienen un paseo gratis en una lavadora cósmica.
108. Si hasta ahora teníamos un flashback por cada capítulo, ahora encontramos la vuelta de tuerca: un flashback dentro de un flashback, donde Shiryu recuerda una conversación con Shunrei en la que recuerdan cómo se conocieron.
109. Cuando Shunrei conoció a Shiryu, ésta estaba frotándose el pistacho contra el tronco de un árbol. De ahí esa sonrisita que tenía.


"Ji, ji, ji"


110. Chip y Chop viven en casa de Shiryu.
111. Dohko de Libra no se mueve ni para dar un recado. A menos que Cáncer, en un ataque de hijoputismo crónico, ataque a Shunrei. Entonces es hasta capaz de meterse en el agua y todo.
112. Shiryu cabreado es la mezcla perfecta entre Usagi de Sailor Moon y Goku en modo Super Saiyan.
113. Las mejores peleas de insultos se producen cuando se enfrentan Cáncer y el Caballero del Dragón.
114. Gollum vive en el Hades. Y tiene un montón de primos que se frotan contra el Caballero de Cáncer.
115. Shiryu habla sin mover la boca. Es la técnica secreta de "La voz del Ano", muy útil en estos casos.
116. La mejor manera de enfrentarse al Caballero de Cáncer es jugando a las prendecitas con él. Cada vez que pierde una, llora como un puto blandengue.
117. Máscara de Muerte parece llevar años siendo Caballero de Oro. También parece llevar unos cuantos años más siendo un asesino. Pues bien, la armadura le repudia AHORA por mala persona.
118. Un aplauso para el traductor que puso en boca de Shiryu la expresión "Elevaros, dragones".
119. La mejor forma para volver del Hades es convertido en espermatozoide volador.



martes, 4 de octubre de 2016

Angst- Las tierras del olvido



Cuando eres alguien que da extrema importancia al entorno, te vuelves hipersensible. La más mínima alteración, cualquier conflicto, te pasa factura de un modo u otro. Se convierten en una carga que, poco a poco, te va drenando las energías. Es entonces cuando el cansancio y el hastío empiezan a invadirte. Cuando te das cuenta de que te ves desbordado.
Existen, sin embargo, momentos que pueden ser igualmente duros. Incluso más. Momentos de incertidumbre, e incluso miedo, si dicha incertidumbre se prolonga en el tiempo y aumenta en intensidad. Imagina cuando todos esos miedos, poco a poco, van tomando forma sutilmente. Un detalle un día, otro una semana después. Pequeños ápices, casi imperceptibles, pero que van sumando. Tus sentidos, de por sí agudizados cada vez que esas señales surgen, empiezan a alertarte como si fueran una sirena. Sabes que algo va mal. Puedes sentirlo, aunque todavía no sabes cómo. Lo que es peor, si supieras el modo, tampoco sabrías cómo evitarlo. Ni siquiera frenarlo.

Pasa el tiempo y empiezas a descubrir cómo las cosas te estallan en la cara. Y si no lo hacen, no importa: la virtud de aquellos que dicen lo que piensan consiste en acabar con una diana en el pecho para pagar por todo cuanto sucede a su alrededor. Cualquier error se acaba convirtiendo en una marca a fuego. Te conviertes, sin mucha opción a elegirlo, en el chivo expiatorio. En el blanco de las iras, en aquel que parece obligado a soportar las culpas de cosas que ni siquiera está seguro de entender.
Y es en ese momento cuando te das cuenta de que ya no eres de importancia.


El mundo baila a un ritmo que tú no entiendes.
O que entiendes, pero en el que ya no eres bienvenido.
Da igual cómo sea, el resultado es el mismo.


Esta es, probablemente, una de las epifanías más duras a las que puedes llegar si sientes un cierto apego por tu entorno. Una revelación de lo más decepcionante que pone de manifiesto un hecho tan sencillo de entender como difícil de encajar. Siempre podemos decir que en realidad lo que tenemos que hacer es no dar importancia a según qué cosas y demás. Que tenemos que estar por encima de según qué acontecimientos, o no dar crédito a según qué personas. Bla, bla, bla.
Si tenemos sangre en las venas, si tenemos un mínimo de corazón, sabemos que estas cosas, en el fondo, duelen.
Pensemos en ello: el ser humano forma parte de una comunidad. Por fallida que esta sea, es inevitable buscar la aprobación, o al menos ser comprendido por semejantes. Puede resultar muy romántica la figura del outsider , el lobo estepario que no necesita a nadie... pero esa figura es tan mitológica como falsa: sí que necesitamos a la gente que nos rodea. Necesitamos, aunque nos resulte horrible admitirlo, su aprobación. Su atención. Su calor humano. Cuando sentimos a esa gente como cercana, darnos cuenta de que no les importamos duele una barbaridad. Nos sentimos completamente inútiles. Desechados.

Se dice mil y una veces que lo que tú hagas por los demás debes hacerlo sin esperar nada a cambio, y es cierto... pero solo en parte. Al vivir en una comunidad, también formamos ciertos contratos sociales. Reglas no escritas que implican un cierto compromiso. En el momento en que dicho compromiso se rompe de forma unilateral (pues no es inquebrantable, ni mucho menos), se rompen los esquemas y todo se vuelve confuso. El equivalente emocional a un golpe propinado con muchísima fuerza en plena cara. O en las costillas. Pensad un sitio donde os resulte particularmente doloroso y paralizante y lo tenéis. La cuestión es que no es que se espere de forma explícita que todo el mundo corresponda nuestras atenciones... pero no podemos evitar que nos duela cuando estas se ven devueltas por, si no la ignorancia más absoluta, por esa sensación de estar predicando en el desierto. De estar esforzándose para nada.
Vacío, a fin de cuentas.


Toma hostia.


Recordemos además que, uno de los pilares básicos de nuestra sociedad es que todos, en mayor o menor medida, estamos concebidos para ser de utilidad de un modo u otro: si bien no cumplimos roles que satisfagan necesidades más o menos materiales (véase cuanto trabajamos para alguien, comerciamos con alguien, etcétera), lo somos a nivel intelectual (cuando intercambiamos información u orientamos a alguien de la manera que sea). Cuando no, a nivel lúdico (cuando decidimos invertir nuestro tiempo de ocio en pasarlo bien con alguien) emocional o afectivo (con nuestra confianza, nuestra empatía, nuestro cariño o incluso nuestro amor). Todos, en un momento u otro de nuestras vidas, necesitamos ser útiles para aquellos que nos rodean, del mismo modo que agradecemos la utilidad de aquellos que tenemos a nuestro alrededor. Es algo básico y, si lo pensamos en frío, incluso natural. Todos formamos parte de una cadena.

Es ahí cuando la conclusión de que has dejado de tener la más mínima importancia te cae por encima como si fuera un cubo  de agua helada. Es ese momento en que te das cuenta de que no eres más que un personaje secundario cuyo papel ha concluido y se vuelve redundante. Incluso molesto. A partir de aquí, ya dan igual tus buenas intenciones, el corazón que pongas en hacer las cosas. Da igual tanto el presente como el pasado. Empiezas a formar parte del olvido.
De todas las sensaciones que pueden aterrarte es esta, con toda seguridad, una de las peores: sentir que no eres nada, que tu voz no tiene peso, que hagas lo que hagas no merece la pena. Una vez más sientes que estás luchando contra la marea y que solo tienes dos manos. Sabes que haces las cosas lo mejor que puedes; lo mejor que sabes y, aun así, no es suficiente.
Nada de lo que haces es suficiente, porque no se trata de lo que haces.
Se trata de quién eres.


No eres digno.


Se produce entonces una mezcolanza de sentimientos, ninguno especialmente halagüeño: aparte de sentir cómo tu autoestima (o  lo poco que queda de ella, gracias a un montón de años entrando y saliendo de mil y una batallas) se termina de hacer polvo, se instala en ti la sensación de que sobras. De que incluso, como he mencionado arriba, llegas a ser una molestia. Poco a poco, se alimenta el deseo de desaparecer y buscar nuevos caminos... pero también la pregunta: ¿hacia dónde? ¿Con qué objetivo? La experiencia te dice que la historia se repite y que, en última instancia, solo cambian las caras y los nombres. Vives en un deja vu constante, y la huida o el eterno retorno no son la solución.

También te sientes, aparte de hundido al darte cuenta de que significas de poco a nada, algo decepcionado. Decepcionado con tu entorno, pues alimentaste  la esperanza de que quizás esta vez, para variar, iba a ser diferente. Decepcionado contigo mismo por caer de nuevo en el mismo error. Te sientes, además, muy confuso y llegas a preguntarte cómo has acabado llegando a este punto. Qué ha pasado para que todo se vaya al traste de la forma en que se ha ido. Cualquier ápice de ilusión se ha visto ennegrecido por esa sensación de ruina, de fracaso.

Haces examen de conciencia y sabes que has cometido errores. Como humano, no eres perfecto, por supuesto. Estas muy, muy lejos de acercarte a ese concepto. Pero también sabes que en momento alguno has obrado de mala fe. Has actuado siempre del modo que has creído justo y, ¿qué has obtenido?
Oscuridad y frío.
Vacío y miedo.
Ahora, sin saber cómo, has acabado en ese punto muerto. En mitad del territorio del olvido. Quien fuiste, o quien creíste ser, ya no lo eres. Tus palabras ya no significan nada. Tú mismo no significas nada. Sabes que, en el tiempo oportuno, no serás más que un recuerdo borroso, y eso con suerte. Porque no importas. El Universo ha vuelto a girar y ha dictaminado que ciertos caminos te están vetados. Vete por donde has venido y echa a andar en otra dirección. Aquí ya no tienes nada que hacer. Aquí no hay nada que ver.
Márchate.



Es la clase de cosas que te convierten en un nómada. En una persona que se ve obligada a refugiarse en una armadura que, en un mundo algo más justo y menos decepcionante, no tendría que llevar; en este, es lo único que te protege de los palos y piedras de una airada fortuna... y, en ocasiones, es llevándola y no es suficiente. No, cuando eres herido a un nivel tan íntimo.
Así que lo que toca, lo quieras o no, es avanzar. Marcharte y seguir buscando tu sitio, dondequiera que esté, si es que realmente existe. Cuarenta años en el desierto, en busca de una Tierra Prometida, acumulando polvo en las suelas de las botas, asfixiado por el peso de tu propia coraza. Cansado, muy cansado, de intentarlo todo y no conseguir nada. Y, dentro de esa armadura, hay una piel blanda, herida, que sangra por todas partes. Llena de cicatrices muy, muy profundas. Hay una persona muy cansada. Muy cansada, muy frustrada y, sobre todo, muy triste. Alguien que ve que, haga lo que haga, el veredicto ha sido emitido y condenado al exilio.

Ante eso ya lo único que te queda es agachar la cabeza y aceptar lo que te ha tocado, pues sabes que digas lo que digas no va a suponer nada. Que no vas a cambiar nada. No para mejor, al menos. Lo único que puedes hacer, por tanto, es asumir que has dejado de ser útil e iniciar el camino por las tierras del olvido.

martes, 20 de septiembre de 2016

Angst- Visita al yo pasado



A lo largo de estos días, he estado viendo una viñeta por las redes en las que se ven un par de muñequitos, bastante parecidos entre sí, con la diferencia de que uno es más mayor que el otro. El texto, bastante evidente: ¿Qué le dirías a tu yo pasado de cinco años?
No he participado en el juego en las redes, pero la pregunta me ha hecho pensar un poco. No me apetece entrar mucho en cómo era yo a los cinco años. Tengo mis motivos y no los expondré aquí. Espero que lo entendáis.

Quizás lo primero que le diría es que se vaya preparando para la que le espera. Le tendría que decir que le tocaría lidiar con un mundo al que querrá pertenecer pero al que no le dejarán. Bien porque no lo entienda, bien porque será abiertamente hostil. Tendrá que escuchar y soportar cosas bastante horribles y, lo que es peor: tendrá que fingir que las lleva bien. Mi yo de cinco años tendrá la obligación de formar una coraza a su alrededor y, con esa armadura puesta prácticamente día y noche, hacer ver que las cosas le afectan como una décima parte de lo que le afectan realmente. Adoptará distintos papeles que, a modo de máscaras, le servirán para protegerse: para muchos, será un bufón, pero solo para aquellos que le conozcan de verdad, será alguien que enmascara con una risa burlona todo bueno y lo malo lo que lleva por dentro. Aprenderá, con muchísimo esfuerzo y muchísimo dolor, a ser invisible. A pasar todo lo desapercibido que le sea posible, para así evitar convertirse en el blanco de según qué cosas.
También la cagará en eso, y a lo bestia, puesto que no siempre conseguirá alcanzar esa invisibilidad. No para según qué personas.

Aprenderá a soportar el sufrimiento de una vida que, si bien no es la más dura de la historia, sabe que no la merece. Le diría que le tocará descubrir lo que es el dolor, la incomprensión y la soledad. Tendrá que refugiarse en su propio mundo y sacrificar parte de su cordura solo para mantener la que le quede. Se convertirá en un nómada, que irá de un lado para otro, buscando un sitio al que pueda llamar suyo. Creerá encontrarlo de vez en cuando, para darse cuenta de su error y volver a empezar. Conservará pocos amigos y muchas cicatrices entre sus emociones. Tendrá un buen puñado de recuerdos agradables, empañados por una enorme cantidad de decepciones. Conocerá la soledad, la amargura y la injusticia. Combatirá esta última, solo para darse cuenta de que estará luchando contra molinos. Por ello, se estrellará contra un muro una y otra vez. Será crucificado. Le soltarán los perros. Por decir lo que piensa y negarse a mentir; por negar la autoridad de aquellos que no considera dignos de ella. Por no adorar a las malas personas a las que todo el mundo adora. Por todo eso será visto como el enemigo.



Por otra parte, descubrirá las artes. Las tomará como un amigo, como un camino solitario que le ayudará a entender el mundo; mucho menos, conseguir que el mundo le entienda a él, pero serán un buen alivio para escapar de aquello que no puede soportar. Para huir de un mundo al que no siente que pertenece, aunque lo intente una y otra vez. Las artes le enseñarán a expresar lo que no puede expresar por medio de la voz. Serán el consuelo con el que aliviar las heridas, con el que conjurar a sus propios demonios. Serán el desahogo y el purgante que necesitará y que no le será concedido tan fácilmente por otras personas.
Le diré que ese será un camino duro, puesto que corren malos tiempos para los soñadores. Vivirá en un mundo en que las artes no serán valoradas como deberían, y tendrá que aceptar que nunca ganará dinero con ellas. Por ello, cada vez que sus decisiones le lleven por ese camino, dichas decisiones serán cuestionadas. Tendrá que dar explicaciones, más de las necesarias, acerca de por qué ha elegido ese camino. Cada vez que lo haga, verá la incomprensión en los ojos del mundo. Verá la insinuación de estar cometiendo un error.

Será una voz que predica en el desierto. Alguien cuyas palabras no serán del todo escuchadas. Alguien que vive en un mundo en que decir lo que piensas te marca a fuego como culpable de incontables crímenes; tendrá que soportar vivir en un mundo donde aquellos que mienten salen airosos. Donde será acusado de crímenes que no ha cometido; donde cargará con las culpas de lo que hacen aquellos que se comportan de manera egoísta.
Mi yo de cinco años crecerá alimentando una enorme lista de fracasos y derrotas, que le serán recordadas de forma constante, bien por su entorno, bien por sí mismo, pues su capacidad de perdonarse según qué cosas estará muy limitada. Sus logros y sus aciertos pasarán de puntillas y a menudo serán abiertamente ignorados. Durante muchos, muchísimos años, vivirá estancado, sin apenas evolucionar en su universo: seguirá viviendo de la misma manera, sin mejorías, sin proyectar a una forma de vida mejor. Creerá salir del círculo en que se convierten sus días, semanas, meses y años para acabar en el punto de partida. Vivirá en un ciclo constante, que se repetirá una, y otra, y otra vez. Luchará por cambiarlo, pero no lo conseguirá. Cada vez que crea encontrar una ruptura con lo ya vivido, volverá de nuevo al punto de partida.


Pero sin cobrar. Más bien pagando.


Serán unos cuantos años de lucha incesnate contra su propio entorno: años viéndose obligado a justificarse por todas y cada una de las decisiones que toma. Años luchando contra sus demonios privados, sus terrores más recurrentes y sus propias derrotas. La mayor parte de las veces, no vencerá; ni siquiera quedará en tablas. Acabará, hablando de un modo figurado, siendo arrastrado por el suelo y escupiendo tierra. Lo único que le quedará será tener que aprender a encajar las pérdidas de la forma más digna posible. Mirará a su alrededor y, con el tiempo, la experiencia le dirá que nadie ha llegado jamás a explicarle nada, ni justificarse ante él. A veces lo ha necesitado y no lo ha tenido. Lo único que le ha quedado es la aceptación de que la balanza no suele estar equilibrada a ese respecto en este mundo.

La alternativa a esas explicaciones que ha tenido que dar ha sido siempre ser juzgado y declarado culpable. Se dictarán durísimas sentencias sobre su persona. Se pondrán palabras en su boca y se le atribuirán pensamientos que jamás ha tenido. Se le usará como chivo expiatorio para cargar con las culpas de los problemas de otros. Habrá culpables que salgan completamente impunes, y los pecados de éstos caerán directamente sobre sus hombros. La gente cercana a él, una vez más, le dará la espalda y se aliará con aquellos que han salido indemnes para lanzar sobre él sus sospechas, sus acusaciones. Para acusarle con el dedo de crímenes que saben que han cometido otros.


Una carga, a fin de cuentas.



Perderá a bastante gente por el camino. A otros, los abandonará de forma deliberada, aunque jamás sin al menos una buena lista de motivos que considere justos. Cada vez que esto suceda, todo el mundo le dirá que es algo a lo que no debe darle importancia y que le da demasiadas vueltas a las cosas. La cuestión es que, por carente de importancia que le digan que es, a él le importa. Y no podrá evitar destrozarse por dentro cada vez que esto suceda.
Se verá obligado a tomar decisiones muy, muy duras. Decisiones que le llevará mucho tiempo tomar y que, como importantes que considera, las encarará del mejor modo que sabe, tras haber meditado largo y tendido sobre ello. Prácticamente ninguna de esas decisiones será tomada en serio y casi nunca se pensará cuánto ha reflexionado sobre ellas. Eso también le hará daño, porque descubrirá que la imagen que proyecta no se corresponde con la persona que cree ser. Una vez más, se dará cuenta de que no solo no entiende el mundo que me rodea: éste tampoco le entiende a él.

Recibirá puñaladas por parte de aquellos a los que ha considerado siempre sus mejores amigos. Habrá quien le manipule, quien juegue con sus emociones. Muchos intentarán aprovecharse de él; más de los soportables lo conseguirán. Será humillado, engañado, incluso abandonado por quienes más le importan. Acabarán con su cordura y estarán a punto de destruirle. Esto dejará cicatrices en él de por vida y marcarán su comportamiento futuro.
Le romperán el corazón una y mil veces. Su vida a este respecto será básicamente una lista de amores imposibles, amores frustrados y todo un repertorio de dolor de todo tipo. Será descartado, cuando no abiertamente despreciado; la elección jamás tomada. Ni siquiera será planteado como elección en muchos casos. Será una sombra, raramente tenida en cuenta. Su lealtad, su atención y sus buenos sentimientos nunca serán suficientes, pues siempre habrá otros considerados mejores que él. Se verá obligado a aceptar eso último, y será consciente de siempre acabará quedando al margen. Siempre habrá alguien que le recuerde que no era una opción válida. No lo bastante bueno.
Deberá vivir con esos fantasmas, que le atormentarán una y otra vez. A veces, intentará olvidarlos y estos aparecerán de vez en cuando solo para molestarle. Para recordarle lo que le hicieron. Algunas veces, acudirán a él, de forma directa o indirecta para seguir insistiendo en que, puede que ya no formen parte de su mundo, pero que se niegan a aceptarlo. Él los querrá bien lejos y estos no dejarán de insistir, pese a que saben que ya no hay nada de que hablar. Que no le interesa saber nada de ellos.


"Hola, ¿te acuerdas de mí?"


Se  le dirá que todo eso no debe importarle. Que solo a él debe importarle cómo es y lo demás es irrelevante... pero seguirá pensando que forma (o, al menos, intenta formar) parte de un mundo en el que viven otros seres humanos. Que, por muy bien que suenen esas palabras de independencia y autodeterminación, también es parte de una comunidad. De una especie. De una sociedad. Puede ser un individuo, pero también pertenece a un colectivo; como miembro de ese colectivo, debe ser aceptado por él.
Y no cree estar consiguiéndolo.

Más adelante, se dará cuenta de que sus palabras no serán tan claras como le gustaría. Por más que intente explicar las cosas, descubrirá que lo único que hará será empeorarlo todo. Buscará poner fin a mis conflictos pero, al hacerlo, los avivará. Solo querrá estar en paz, pero al intentarlo, no hará sino generar más problemas. Intentará evitarlos pero, tarde o temprano, le buscarán a él. No tendrá manera de evitarlo. Como siempre, el dedo de la culpa señalará hacia él, y no sabrá cómo defenderse.

No será el héroe que siempre quiso ser. Su vida no será la de nadie importante. No descubrirá nada que cambie el mundo para mejor. Probablemente, morirá sin ser recordado como nadie especial para la humanidad. No será más que otra persona anónima, cuyo paso por el mundo dejará una huella leve. Sin embargo, consagrará su vida a ayudar a otros. Una labor que le llenará y que considerará necesaria, pero que será raramente reconocida por el mundo que le rodea. No importará la de gente a la que haya ayudado, ni lo mucho que haya podido influenciar para bien en las vidas de otros. Tampoco importará lo que haya podido aportar, ni las enseñanzas que haya podido impartir. Eso jamás parecerá excesivamente importante y siempre se esperará de él algo más. Algo que tal vez ni sea capaz de conseguir, pero se dé por sentado que sí. Sin preguntarle siquiera si eso es lo que realmente quiere.

Llegará el momento en que, harto de tener que justificarse cuando no debería, acabará agachando la cabeza. Se quedará en silencio y se limitará a mantenerse ahí,  pero sin aceptar las culpas de los crímenes que no ha cometido. Se dirá a mí mismo que no es responsable de las miserias de otros y, como tal, no tiene por qué pagar por ellas. Pero lo dirá en silencio, puesto que pocos realmente comparten ese pensamiento. El resto ni siquiera querrá escucharle.
Querrá huir. Desaparecer. Refugiarse donde pueda, lejos de todas las voces que le dirán lo que debería hacer, aunque no le pregunten qué quiere hacer, ni se planteen los motivos reales acerca de los cuales llega a las conclusiones que llega y toma las decisiones que toma.
Lejos de los juicios, de las acusaciones. Lejos de los reproches, de los intentos de humillación sacando trapos sucios. Acabará cansado, muy cansado. Incluso herido, porque sabe que no es como muchos piensan que es. Como muchos le acusan de ser.
Tan grande es la presión, que incluso tendrá dudas de esto último.


Las dudas son traidoras y tal.


Sus únicos aliados acabarán siendo la oscuridad y la distensión. Será testigo de todo cuanto sucede; de cómo se repite la historia una y otra vez. Condenado a observar. A destruir cada vez que intento solucionar algo. Se sentirá la criatura más inútil e inservible de la creación, que destroza todo cuanto cae en sus manos. Intentará luchar contra el caos de mi vida pero, al hacerlo, no hará sino provocarlo. Extenderlo.
Lo único que tendrá serán buenas intenciones, y no le servirán para nada. Acabará frustrado. Decepcionado y triste, como un niño que levanta un castillo de arena y ve cómo la marea lo destroza por completo sin que pueda hacer nada por evitarlo.
Ese será tu futuro, le diría a mi yo de cinco años.

Supongo que por eso la naturaleza es sabia y no nos permite viajar al pasado. Quizás por eso es mejor vivir en la ignorancia del presente sin saber lo que nos espera. Al menos, es mejor en mi caso, visto lo visto. Posiblemente, si me encontrara con mi yo de cinco años y le contase todo esto que acabo de poner por escrito, éste dedicaría todos sus esfuerzos a cambiarlo... y acabaría por no vivir su vida y embrollándolo todo aún más. Al intentar solucionar las cosas que ya sabría, lo más seguro es que acabase de destrozarlas y la cosa degenerase en algo aún peor. En un futuro, si cabe, bastante más oscuro.
Creo que mi yo de cinco años está bien donde está, sin saber según qué cosas.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Spanish Bizarro- ACME y el estrambótico caso de la pizza con piña que nunca debió llegar



Entre los ACMEs existen una serie de hechos que se repiten de forma más o menos recurrente que podríamos llamar "Tradiciones". Por ejemplo, que cada (puta) vez que vamos a ir a comer a un sitio, dicho sitio esté cerrado y haya que buscar otro, o que cada vez que organicemos algo alguien lea mal las cosas y acabe por no enterarse del todo bien de lo que se va a hacer.
Este artíCULO habla de otro hecho que, con el tiempo, parece estar a punto de convertirse en otra tradición ACME. Como toda buena historia, tiene un prólogo; los protagonistas de éste son Martish Oscura, nuestra Honorable Tirana y su Amado Esposo, el Doctor Invierno.

Todo empezó una noche que llegaron a su casa y, como cualquier matrimonio normal, decidieron pedir algo de comida por teléfono. Unas pizzas, por ejemplo. Para tal propósito, eligieron una pizzería que se encuentra a unos trescientos metros de su casa en línea recta. Llamaron, pidieron sus pizzas y los del local les dijeron que tardarían unos cuarenta minutos en llegar. Esto es algo que no he terminado nunca de entender desde que estos tíos abrieron el restaurante: vayas a la hora que vayas, te dicen que, si vas a pedir pizza, va a tardar mínimo ese tiempo. No importa que el local esté lleno o vacío, siempre dicen lo mismo. Eso me lleva a pensar dos cosas: una, que siempre andan cortos de masa y se ponen a hacerla allí mismo bajo pedido, y dos, que el horno es más o menos del tamaño del que había en la casa de los Pin y Pon y que lo tienen a mínima potencia.
Sea como sea, nuestros Honorables Líderes hacen su pedido y esperan. Pasan los cuarenta minutos. Pasan algo más de cuarenta minutos.
Pasan algo más de algo más de cuarenta minutos.
Les llama el repartidor, diciendo que no sabe llegar al sitio. Martish Oscura le dice que está en la misma avenida, solo que un poco más abajo. El tío, al parecer, está unos metros más arriba.
Pasa un buen rato y el tío les dice dónde está. Ya va mal, porque asegura estar en un portal que es impar, y el matrimonio Oscuro vive en un par. Cualquiera que tenga más de dos neuronas juntas sabe que los números de los portales en una calle van agrupados por pares e impares.
El fulano consigue llegar. Lo ven llegar con la moto desde la ventana. También lo ven preguntar por el portal en la cafetería de abajo, pese a que es el único de la acera en bastantes metros. Doc Invi se acerca al portero electrónico para abrir. Mira por la cámara...
... Y no ve a nadie.
Pasan varios minutos, hasta que suena el portero y le abren. Pasa otro buen rato hasta que consigue subir. Se les presenta un fulano de al menos cincuenta tacos con cara de ser la antítesis más absoluta del espabilamiento. Les entrega la caja de la pizza que, para más inri, está chorreando cachos de queso y tomate por doquier. La puta lepra de las pizzas.



Algo así, por lo visto.


—Esto no lo vais a querer, ¿verdad? —dice.
—No —responde Invi, observando el Hiroshima de las pizzas desmenuzándose en la puerta de casa.

El tipo se va para devolverla y nuestros amados líderes se quedan con la cara partida ante el despropósito. A Doc Invi le da por hacer un Hansel y Gretel y seguir el rastro de cachos de queso que hay esparcidos alegremente por todo el bloque. Dicho rastro le lleva hasta el portal, donde descubre que no se ha tratado del simple meneo que se pueda llevar una pizza en una moto: al parecer, la pizza hizo turismo al salir del cajetín y se estampó contra el suelo del portal, a juzgar por la pedazo de mancha de tomate que encontró. Ahí fue cuando la cosa dejó de tener gracia y le hizo una foto al cuerpo del delito.
El repartidor vuelve no sé cuánto tiempo después y les entrega la pizza que faltaba. Invi le dice que puede entender muchas cosas, pero no que intenten colarle una pizza que se ha caído al suelo. El repartidor se defiende diciendo que era "la pizza de otra persona". No quiero ni imaginarme la cara que le puso el Doctor cuando escuchó aquello.

—De todos modos, me han despedido —le dice el repartidor allí mismo, como si ese dato procediera.

Nuestros líderes, tras el episodio absurdo, cenan y se van a dormir. Les suena el teléfono.
Puede que no os lo creáis, pero así sucedió.
Era el repartidor, otra vez.



"¡NOOO, POR DIOOOOS!"


—Oye, que no me han pagado —le dice a Invi, que no se puede creer que eso le esté pasando.
—Yo lo siento mucho —contesta nuestro líder —. No me gusta que despidan a nadie, pero... es que estás hablando con el tío al que le has traído la pizza. Eso es un asunto que tienes que tratar con tus jefes.
Un momento de silencio.
—Ah, me he equivocado de número.
El sonido de la línea y el prólogo de esta historia termina aquí.

Pasan algo así como un par de semanas, puede que un poco más. Estamos en una quedada de las nuestras en el cuartel general ACME y decidimos pedir tres pizzas para cenar. Obviamente, no contamos con el mismo sitio... ya no porque vayan a tener al mismo personaje como repartidor (ya he mencionado que fue despedido), sino por la tardanza. Además, entre nosotros hay gente que no le termina de gustar cómo cocinan; de este modo, trincamos unos papeles de propaganda que teníamos por ahí y pasamos al embolado habitual de ponernos de acuerdo acerca de lo que vamos a pedir, porque la idea es compartir. Tenemos a Katya, mi gemela maligna, en Skype, berreando que pidamos pizza con piña, su favorita. Al no estar físicamente con nosotros, ignoramos su petición. Salvando ella, nadie es capaz de digerir pizza que lleve fruta tropical encima.
Un buen rato de negociaciones y ya tenemos el pedido listo. Se piden las pizzas y nos dicen que, en unos veinte-treinta minutillos, llegarán.
Pasan los veinte minutos. Incluso los treinta.
Pasan cuarenta minutos, y cincuenta.
Las pizzas llegan a los setenta minutos.
Nos disponemos a comer, cuando... Abrimos una de las cajas y vemos que lleva piña.
Hay un puto despliegue tropical encima de nuestra cena.


Creo que todos en la casa pensamos esto.


Justo en ese momento pienso en Katya, que abandonó sesión en Skype y se había puesto con sus cosas. Le mando un mensaje preguntándole si ha tenido algo que ver, y la muy cabrona se descojona al otro lado de mi teléfono. El Doctor Invi, al ver la cena, muda la expresión de su rostro. El episodio con el anterior repartidor todavía está muy reciente y esto supone reabrir viejas heridas.
Para evitar que nuestro líder sufra una crisis nerviosa, nuestra benjamina, Kawaii-Chan, se ofrece para llamar por teléfono y comentar al local lo que ha pasado. La cosa empieza bien; al menos los dos o tres primeros segundos, cuando le dan las buenas noches. A partir de aquí, la cosa se pone cuesta arriba: los del local, lejos de pedir disculpas ante lo sucedido (un simple error que le podría pasar a cualquiera), se ponen a la defensiva, echan la culpa a su repartidor y ni siquiera contemplan la idea de hacer una devolución del pedido por el correcto. Kawaii-Chan, como es normal, empieza a perder los estribos al ver que la educación de la otra persona al otro lado del teléfono empieza a desaparecer cual zurullo en un váter al tirar de la cadena. Le comenta que habían pedido una pizza con tal nombre, y el tipo al otro lado del teléfono ni siquiera parece saber qué lleva. Llega ya al punto de tener que hablar de pedir una hoja de reclamaciones si no le hacen la correspondiente devolución del pedido. Y les pide que, por favor, la cena llegue en menos de treinta minutos y no setenta.
Esperamos unos veinte minutos y llega el pedido. Esta vez el repartidor es una chica, porque por lo visto el que trajo la comida la vez anterior no ha querido venir; esta es la primera noche de trabajo de la muchacha y la han mandado sin un puto cajetín en su moto. Obviamente, Martish e Invi le dicen a la repartidora que no es culpa de ella, de manera que no tiene de lo que preocuparse por lo que respecta a nosotros. De las pizzas que nos trae, una está machacada (nuevas reminiscencias del alucinante prólogo a esta historia) y se la tiene que llevar. Esto ya es la guerra, decimos. Una cosa es el error, que entra dentro de lo posible, y otra la falta de educación a la hora de resolver el asunto. Es por eso que Kawaii-Chan, Martish Oscura y yo unimos nuestras fuerzas para ir al local y pedirles la (puta) hoja de reclamaciones.



"No sé quién eres, pero si nuestra cena no está aquí cuanto antes, sufrirás las consecuencias"


Martish y yo quedamos en su portal. Es la primera mañana que tenemos disponible los tres tras la movida y no es plan de demorarlo. Tenemos previsto coger el Martishmóvil, recoger a Kawaii-Chan en su casa y de ahí tirar para el local. Algo sencillo, sin artificios. Llegar, entrar y salir.
Poco podíamos imaginarnos que saldríamos en el Día Internacional del Lerdo, o el Lerdo Day: nada más salir de la Martishcueva cogemos una rotonda y vemos a un fulano que, por algún motivo desconocido aparte de una lerdez absoluta, se había quedado congelado en mitad de la susodicha rotonda, impidiéndonos el paso. Nosotros allí buscando el modo de hacer algo tan sencillo como pasar por la puta calle, y el colega allí convirtiendo oxígeno en dióxido de carbono (eso, claro está, si no se dedica a hacer la fotosíntesis) y provocando un tapón de tamaño considerable. Tras un rato en que nos toca ser testigos forzosos de una supina incompetencia al volante y de un empanamiento que roza la patología, nos ponemos en camino. Nuestra Honorable Tirana me pide que le mande un mensaje a Kawaii-Chan para decirle que tiramos para la Kawaiicueva, pero que vamos a hacer una parada para echar gasolina al Martishmóvil. Yo me quedo en el coche, mientras Martish entra a pedir el surtidor para repostar.
Pasa un minuto.
Dos.
Cinco.
La Tirana regresa con los ojos chisporroteando energía satánica y me cuenta que delante de ella había otro lerdo: este en cuestión no parecía saber cómo funciona un puto boleto de Rasca-y-Gana y andaba examinándolo como si estuviera diseccionando una rana o como si estuviera intentando desmantelar una bomba. Yo me palmeo la cara y, una vez hemos conseguido alimentar al vehículo, salimos para la Kawaiicueva. Recogemos a Kawaii-Chan y tiramos para abajo, llegando al susodicho local en unos minutos.



"Con el encargado, por favor".
Imaginadnos con los roles de género cambiados y lo tenéis.


Llegamos a una hora en que no hay demasiada gente, de manera que contamos con que se nos pueda atender sin demasiadas complicaciones. Nada más llegar, vemos en la puerta que el "vehículo de reparto" resulta ser una bicicleta con una caja de fruta amarrada en la parte de atrás. Empezamos bien. Martish pide hablar con el encargado, que resulta ser el tipo que está tras el mostrador. Le recordamos lo que pasó la noche anterior y éste, a toda velocidad, se va a por el ticket del pedido. Al contarle lo que pasó (que entendemos que ya lo sabía, pero nos pareció necesario explicarle dónde estuvo la cagada), este se encoge de hombros y vuelve a echarle la culpa al repartidor. Le decimos que esa no es excusa y se defiende diciendo que nos cambió las pizzas, que qué más queremos. Kawaii-Chan interviene y pide el libro de reclamaciones... y advierte que el local no tiene el cartel obligatorio donde se indica al cliente que el local dispone de un libro de reclamaciones en caso de queja o petición. La cosa empieza mal. Mientras ésta está discutiendo con el encargado, Martish Oscura está informando a Katya, que está al otro lado pendiente de toda la historia a tiempo real. Kawaii-Chan, al ver que no le están haciendo ni puñetero caso, empieza a ponerse nerviosa. Nuestra Honorable Tirana, que ya la conoce metida en un saco, decide calmarla un poco y tomar ella la iniciativa de la situación. Es por eso que Kawaii-Chan pasa a informar a Katya vía móvil mientras Martish Oscura se encara con el personal, y yo me quedo en un segundo plano momentáneamente, esperando a que me llamen a escena.

—Llamad a la policía —nos pone Katya por escrito varias veces —. YA.



"Salid de ahí".


 En mitad de la movida, aparece el dueño. Un tío que, por algún motivo, me da muy mala espina. No sé si es porque llega en plan "Yo soy el dueño (¿qué coño pasa aquí?)" o porque no parece muy dispuesto a hablar. Ni siquiera nos escucha, de hecho; se limita a decirnos que nos dará la hoja de reclamaciones, dando a entender que no quiere saber más del tema. Ni siquiera mira la foto que le hicimos a la segunda pizza chafada que nos trajeron; según él, "esas cosas pasan, del meneo del reparto". El mejor momento viene cuando, tras insistirle una o dos veces que las pizzas por lo generalmente tienen forma redonda y plana... o, mejor dicho, tienen forma, a secas, nos suelta,  cuando Martish ya consigue que mire la foto durante un segundo o así, con sus huevazos toreros: "¿Qué pasa, que así no se puede comer?" Es ese momento en que nos damos cuenta de que estos tíos no se van a bajar de la burra y empezamos a pensar que Katya tiene razón y deberíamos ir llamando a la poli a la de ya. Sin embargo, la sangre no llega al río. Nos traen unos impresos para rellenar la hoja de reclamaciones... pero la movida no acaba aquí.
Echamos un vistazo a los impresos y nos damos cuenta de que NO son impresos legales. Me explico: un impreso de una hoja de reclamaciones está hecho con un papel más fino y tiene tres hojas de calco (blanca, amarilla y rosa), de manera que, al rellenarlo, te quedas con tu copia, el local se queda con otra y la tercera que iría para la administración (en este caso, Consumo). Estos papeles están bajados de Internet, impresos en folios con una impresora normal y corriente y grapados. Dicho de otro modo: si no había cartel indicando que había un libro de reclamaciones, es porque NO había un libro de reclamaciones.



"Todo esto es irregular".


Lo rellenamos igualmente, mientras el personal a nuestro alrededor empieza a hablar entre sí en una lengua que no consigo identificar. Sospecho que nos están poniendo a parir, pero no nos inmutamos: tenemos las de ganar, solo viendo la cantidad de irregularidades que nos estamos encontrando. Relleno dos impresos, ya que no hay copias. Le decimos al encargado que nos lo tiene que sellar y éste nos contesta que no tiene sello.
Aquí es donde ya llegamos al punto de la juerga padre.
Os explico: TODO local que ofrece un servicio debe tener un sello. Por ejemplo, para firmar albaranes; si te llega una hoja de reclamaciones, tienes la obligación de sellarla precisamente para que haya constancia de que el local ha recibido dicha queja y así se pueda dar parte a la administración. Si aseguras no tener dicho sello, para empezar, a ver de dónde narices sacas la comida que sirves, porque tiene que constar por alguna parte que la has comprado a tu proveedor. Aparte, quieren quedarse con una de las copias que he hecho para pasársela a su gestor. La abogada de Martish, al otro lado del teléfono mientras yo redactaba aquello, nos dice que bajo ningún concepto dejemos nada escrito por nosotros allí y que nos llevemos los impresos que hemos rellenado. El encargado, después del asunto con el sello, nos dice que quiere una copia para llevársela a su gestor. Tampoco es que nos lo ponga fácil para facilitarnos los datos del local y así ponerlos en el impreso. Hemos tenido que decirle que o nos facilita los datos o nos veremos obligados a llamar a la Policía.
Ante esto, que no sé ya si es incompetencia o abierta caradura, me dirijo al encargado y uso mi tono de profesor, que para algo me dedico a ello:

—Mira, te cuento cómo funciona esto —le digo, sorprendentemente tranquilo para cómo soy yo en este tipo de situaciones, que me suelen resultar bastante incómodas y violentas —: estos papeles que tenéis aquí no son legales. No estáis cumpliendo la normativa, de modo que ya os estáis metiendo en un lío. Si quieres llevarle el impreso a tu gestor, vosotros mismos... pero es que estos papeles no significan nada. Os dirá que no estáis cumpliendo la normativa y os meteréis en un lío más grande del que ya estáis metidos. Así que nos vamos a llevar estos papeles.


"No hagáis esto más difícil, por favor".


Martish, a mi lado, usa el mismo tono y complementa lo que digo con los detalles legales que yo desconozco. El encargado, que llegados a este punto no sé si es un pobre desgraciado al que han dejado ahí comiéndose el marrón (recordemos que el dueño se ha volatilizado tras darnos los impresos de chichinabo) o es otro jeta que se está haciendo el tonto, opta por hacer como su superior y desaparece tras decirnos "Un momento".
Kawaii-Chan, Martish Oscura y yo nos miramos los unos a los otros con una patente expresión de confusión en nuestras caras. Aprovechamos para coger un papel de propaganda del local y apuntar el nombre, la dirección y el teléfono. Con las mismas, nos largamos de allí. Nos llevamos los impresos, no como reclamación oficial, sino como prueba de la irregularidad que están cometiendo. Martish Oscura también ha sacado más pruebas fotográficas mientras hablaba con su abogada. Todo con la idea de plantarles una bonita reclamación en Consumo para que les cayera la inspección pertinente.


O pa que les manden a este.


Varios días después, Martish aprovechó una mañana que tenía libre para acercarse a Consumo y poner la correspondiente reclamación. A día de hoy, no tenemos constancia de lo que ha podido pasar a partir de este punto; según me ha contado la Honorable Tirana, la administración tarda un mínimo de dos meses hasta que inicien su intervención, así que a saber cómo acabará esto. Una cosa sí es segura: parece que ACME está sufriendo una nueva maldición, aparte de la de ir a un sitio y encontrárselo cerrado. Ahora, la comida a domicilio también está suponiendo un nuevo reto.